Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is iambeagle, I just translate.
Thank you iambeagle for trusting me with your story!
Capítulo 31
Después de sorprender a Edward en Chicago me quedo con él por dos semanas. Mientras él trabaja durante el día, yo exploro la ciudad e incluso me ocupo haciendo un poco de mi propio trabajo. Atiendo algunas llamadas por Skype y hago lo que puedo hacer de forma remota. La culpa me carcome por tomarme estas vacaciones improvisadas, más que nada porque mi plan es avisarles que sólo me quedaré dos semanas más cuando regrese a Seattle.
En mi quinto día en la ciudad Edward me lleva a su oficina que está a unas calles de donde nos estamos quedado. Me presenta a algunos de sus compañeros y unos cuantos no pueden ocultar su reconocimiento a la mención de mi nombre. Sus rostros llenos de suficiencia los delatan – Edward les ha hablado de mí. Más tarde me dice que pasó muchas horas felices con ellos en LA, recontando tristemente nuestra historia. Murmura que probablemente no fue una gran compañía durante esos tres meses, pero aparto su preocupación con un beso y la sustituyo con la seguridad de que ahora el pasado ya quedó detrás de nosotros.
Terminamos nuestro último fin de semana como turistas, tomándonos fotos, agarrándonos de las manos, siendo completamente molestos con nuestras muestras de cariño en público. Edward me lleva a todos sus edificios icónicos favoritos de Chicago, obsesionándose por la arquitectura. Es tan jodidamente lindo así, usando palabras como yuxtaposición, dicotomía y armazón. No tengo ni idea de lo que está diciendo, pero amo la forma en que suena en su boca. Se mete mucho en el tema, habla y señala, intentando con todas sus fuerzas envolverme en ello. Intento seguirle el ritmo, pero más que nada lo veo admirar todo. La fascinación en su rostro durante ese momento es uno de mis recuerdos favoritos.
Vemos un juego de los Cachorros y nos aventuramos a diferentes restaurantes. Todos los que yo elijo tienen perros calientes y pizza de sartén en el menú. Edward elige lugares más elegantes para nosotros, donde los platos tienen infinitamente menos comida en ellos y cuestan el doble. Lo llamo "Cabrón Burgués" durante esa parte del viaje y él sólo pone los ojos en blando antes de admitir que los lugares que yo elegí eran mejores.
Capturo un poco de contenido durante nuestro tiempo juntos, tomo fotos de la comida, las vistas, algunas muy cándidas del novio más lindo del mundo. No es hasta mi última noche en la ciudad que publico algunas fotos en mi Instagram personal, destacando mis lugares favoritos para comer en Chicago. Han pasado meses desde la ultima vez que actualicé mi Instagram y se siente bien. Recibo un montón de likes inmediatos, unos cuantos "¿Dónde has estado?" e incluso un Emoji de babita, que asumo es por la foto de Edward a media mordida. Asumo que es por él sólo porque junto con el Emoji el comentario dice: "Lo que daría por ser ese perro caliente".
Es indecente.
Y graciosísimo.
Mi teléfono se ilumina con una notificación de que ECullen le dio like a mi post. Al inspeccionarlo más de cerca, noto que también le dio like al comentario la inapropiada babosa.
—No las alientes —le digo, pateándole la espinilla. Estamos acostados en la cama del hotel y nuestras piernas están algo entrelazadas, así que mi patada no resulta tan fuerte como quería. Está bien. En realidad, no quiero lastimarlo. Sólo quiero darle mierda.
—Entonces no publiques fotos mías sin preguntarme primero. —No suena enojado, sólo juguetón. Enciende algo dentro de mí y me defiendo. Somos buenos en esto.
—Pues creí que ahora que estamos juntos de nuevo puedo publicar lo que quiera de ti.
—¿Por qué eso sería una regla? —pregunta retóricamente—. ¿Así que puedo publicar cualquier foto que quiera de ti?
—Eso requeriría que publicaras cosas en tu Instagram. —Entro a su solitaria página, que consiste de nueve publicaciones en total. La última foto fue de hace más de dos años y es sólo el estadio de los Seahawks durante un juego—. ¿Por qué tienes un Instagram si no publicas nada?
—Porque me gusta seguir gente —dice, casi me convence. Lo miro y admite—: Bien. Me gusta seguirte.
No puedo detener la sonrisa que ocupa mi rostro.
—Mi propio acosador. Me encanta.
Abandono mi lugar a su lado y me siento sobre su cintura. Está sin camisa, sólo lleva puestos unos bóxeres negros. Mis dedos juegan con el vello sobre la banda elástica de su ropa interior y se estremece, su risa suena ronca y cargada de lujuria.
—Como si pudieras hablar de acosadores —dice, agarra mi muñeca para evitar que siga tentándolo—. Tú me encontraste aquí en Chicago.
Bufo.
—Difícilmente me tuve que esforzar.
—Yo no presumiría.
—¿Por qué no? Es impresionante. —Suspiro pretendiendo estar molesta, pero nos estamos sonriendo el uno al otro como idiotas. Extrañé esto, lo extrañé a él. Hemos vuelto a ser nosotros mismos sin ningún inconveniente y se siente bien—. No pretendas que no te alegra que te haya encontrado —digo con sarcasmo, siguiendo con nuestra pseudo pelea.
—Por supuesto que me alegra —dice, con voz más suave ya—. Entonces, ¿la oferta sigue en pie? ¿Puedo publicar cualquier foto que quiera de ti? —pregunta sin soltar el tema.
—Bien. Si tanto te molesta que yo publique fotos tuyas en mi Instagram, entonces seguro. Publica lo que quieras de mí.
Agarra su teléfono y lo mete bajo mi camiseta.
—¡Oye! —Intento agarrar su teléfono, pero él es más rápido que yo y lo aleja de mí.
—Oh, cálmate. No tomé ninguna foto. —Le pellizco el pezón como venganza, pero sólo gruñe en respuesta diciendo—: Más fuerte.
Intento no dejar que note como ese simple gruñido y esa voz ronca me excitan.
—Eres un idiota —le digo.
—Aja. —Su teléfono está de regreso señalando a mi cara.
Cubro el lente con la mano.
—No lo hagas. No estoy lista para una cámara.
—¿Y qué?
—Pues… o sea, no. No puedes publicar una foto de mí en tu camiseta, sin maquillaje, con un grano en el mentón y… y cabello mojado. Ew. No hay filtro que pueda hacer que eso se vea bonito.
—¿Bella?
—¿Qué? —digo inexpresiva, medio esperando que contradiga mi declaración, que me diga que soy hermosa y que difícilmente puede ver mi grano.
En lugar de eso, me dice:
—Cállate.
Comienzo a reírme y su teléfono está ahí de nuevo a mitad de mi carcajada, con la boca abierta y los ojos tan chiquitos que parecen estar cerrados.
—¡Oye! —espeto porque es tan irritante que me pone feliz y molesta y tan, tan caliente. En la mejor manera posible.
—Ah. Listo. —Le sonríe a su pantalla, feliz con lo que sea que haya capturado.
Empujo su pecho.
—¿Y bien? Muéstrame.
Bloquea su teléfono y lo mete bajo su almohada
—De ninguna manera. Yo no pude ver mis fotos antes de que las publicaras.
—Noticia de último minuto, cabrón; siempre te ves bien.
Sólo se ríe, pero debe saber que es verdad.
—Supéralo.
—Podría. —Alzo la vista al techo—. Pero no lo haré.
—Pues tendrás que hacerlo. No es como que la vaya a publicar justo ahora. Me tomaré mi tiempo… esperaré el momento perfecto cuando de verdad no te lo esperes.
—Eres un siniestro… —me callo—. Exactamente lo que diría un acosador.
—No soy un acosador —replica.
—Tengo por escrito que pasaste por nuestra antigua casa en el carro de tu mamá —digo tajante, argumentando mi punto—. No me hagas sacar esa cosa como evidencia.
Sus ojos se iluminan, la esquina de su boca se alza solo un poco.
—¿Guardaste mi carta?
—¿Qué? ¿Creíste que era lo suficiente despiada para tirarla? —pregunto en voz baja.
—No. No sé.
Me inclino un poco hacia enfrente para que nuestros pechos se junten.
—Guardaré esa cosa para siempre.
—Muy bien. —Sus manos bajan por mi espalda y agarran mi culo—. Maldición, no quiero que te vayas mañana. ¿Qué haré sin ti por dos semanas?
—¿Usar tu mano? —digo sarcástica y él empuja la cabeza contra la almohada, gimiendo. Beso su cuello y su barbudo mentón.
El plan es que yo regrese a casa y termine mis dos semanas en el trabajo mientras él termina su proyecto en Chicago. Luego volará directo a Seattle para ayudarme a empacar y arreglar todo antes de convertirme oficialmente en una residente de Los Ángeles.
—Yo tampoco quiero irme —murmuro y levanta la cabeza lo suficiente para verme—. Esta burbuja ha sido muy, muy agradable.
—Tan agradable como ha sido, ansío dejar atrás la burbuja.
Entrecierro juguetonamente los ojos.
—Ten cuidado, amigo.
—No es algo malo. Sólo me refiero a que estoy emocionado por comenzar nuestra vida en LA.
Me muero un poco
—Yo también. Me emociona ver tu apartamento.
—Nuestro apartamento —me corrige.
—Cierto. —Sonrío.
Nuestro apartamento. Nuestra vida. Nuestro nuevo comienzo.
XXX
—Sabes, ser una acosadora y una acumuladora no te funcionan bien. Tienes que elegir uno, Bell.
Los comentarios de Edward no han parado mientras empacamos mis pertenencias para la mudanza. Se la mantiene haciendo pequeñas observaciones, irritándome, intentando comenzar algo que probablemente terminará con él lanzándome en mi desordenada cama y besando un camino que baja por mi cuerpo.
—Ja, ja —digo secamente. En realidad, no tengo tantas cosas, pero él no tiene nada de acumulador en su ser, así que piensa que esto es gracioso. Él es limpio, organizado. Cada artículo que tiene sirve un propósito. Yo soy… un enmarañado desastre—. Sabes, es muy ofensivo que uses tan casualmente la palabra con A cuando ambos sabemos que no lo soy.
—¿Ofensivo para quién? —dice inexpresivamente, alzando las cejas de forma retadora mientras escarba en un pequeño contenedor que encontró y que contiene cada tarjeta de cumpleaños, de San Valentín y cada carta que he recibido a lo largo de mis veintisiete años.
—Ofensivo para las personas que de verdad sufren de acumuladorismo.
Suelta una carcajada.
—Esa palabra no existe.
—¿Qué? ¿Conoces todas las palabras en el diccionario del inglés?
Sus ojos se iluminan con diversión.
—Estás loca.
—Repito, eso es ofensivo para la gente que sí está loca.
—Tú sí estás loca —replica—. Pero te amo. Como sea, ¿por qué guardaste todas estas cosas? —agarra un listón por participar en un día de campo… en quinto año.
—Es sentimental.
Agarra una de las tarjetas de mi abuela y la lee en voz alta.
—Bells, felicidades por llegar al cuadro de honor de segundo año. —La cierra de golpe—. ¿Cuéntame cómo es que esto tiene una pizca de sentimiento?
—No lo entenderías. —Gimo en voz alta, agarro el contenedor y lo aparto de sus juiciosos ojos—. Vete, sirve de algo en la cocina.
Se queda ahí parado y no dice nada, en sus ojos se ve la preocupación por haberme hecho enojar. En realidad, no sé por qué guardé toda esta mierda. Claro, algunas cosas sí tienen significado emocional – las tarjetas de cumpleaños de Charlie, de mis abuelos. En otra época Emmett solía hacerme tarjetas de cumpleaños a mano, esas están ahí también, junto con la carta perfecta de Edward. Todo lo demás es pura basura.
—Tal vez sólo… me gustaba ver la evidencia de que me amaban —digo, sintiéndome vulnerable—. ¿De acuerdo?
—Mierda —suspira, sentándose en la orilla de la cama y jalándome para pararme entre sus muslos—. Nena, lo siento.
Sonrío de verdad y me encojo de hombros.
—Está bien. Es raro. Como la forma en que tú tienes que limpiar toda la cocina luego de cocinar.
—Eso no es raro.
—Antes de comer —añado—. ¡La comida se enfría! ¿Por qué no limpiar luego de disfrutar tu comida?
—No estamos hablando de mis peculiaridades —replica—. Pero lamento mucho haberte molestado por las tarjetas. En realidad, creo que es muy lindo que hayas guardado las tarjetas de san Valentín de la primaria. Sólo estoy celoso de quien quiera que sea ese niño Mike… dibujó demasiados corazones en la tarjeta que te dio.
—Por justa razón —digo con sarcasmo—. Después de todo, fue mi primer novio.
Edward resopla una carcajada.
—Si hubiera ido a la primaria contigo, le habría pateado el culo a cualquier niño que te mirara.
Me río con demasiada fuerza, alejándome un paso de él.
—¿Y crees que yo soy la loca?
—No puedo dejarte que seas sólo tú. ¿Dónde queda la gracia en eso? —replica, tirando de la trabilla de mis shorts para mantenerme quieta.
Con él sentado y yo de pie, quedamos casi a la misma altura. Lo beso castamente, pero él lo profundiza, sus dedos se van metiendo debajo de la desgastada orilla de mis shorts de mezclilla.
—No —gimo en su boca—. No podemos. —A pesar de que, de verdad, de verdad quiero hacerlo. Me ha estado provocando todo el día, subiéndose la camiseta para limpiarse el sudor de la frente, dándome nalgadas cuando paso a su lado—. El ferry se va a medio día y no podemos perderlo porque le dije a Charlie que llegaríamos a las tres.
—Mierda. Está bien. —Esconde la cara en el hueco de mi cuello y lo siento besar un camino de mi oído a mi clavícula.
—Edward —le advierto y lo siento sonreír contra mi piel.
—Bien. —Se endereza, alzando las manos en señal de derrota—. Ya no te tocaré. —Pero me sigue manteniendo atrapada entre sus muslos.
—Me sigues tocando —me río.
—No con mis manos. —Lo dice con voz algo ronca y sus ojos se oscurecen.
Miro su regazo, sintiendo que me caliento. Alzo un poco la rodilla, frotándola gentilmente contra el bulto en sus jeans.
—Bella, si no quieres que te aviente en la cama y te tome en este jodido momento, tienes que detenerte.
Sonrío. Él traga. Y justo como lo sospeche, termina con él lanzándome sobre la cama, gateando entre mis piernas y haciéndome gritar su nombre una y otra vez.
XXX
—Entonces te vas a ir —dice Charlie, su rostro está ilegible.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Al final de la semana.
—Y te estarás juntando con éste —dice, señalando a Edward que está sentado frente a él.
—¿Juntando? —repito, haciendo una mueca—. Viviremos juntos, sí.
—¿Cuáles son sus intenciones? —me pregunta Charlie.
—No seas tan anticuado —me río y meneo la cabeza—. ¿Qué importa eso? —Mi mente regresa a ese momento donde estaba acostada en la cama con Edward, ambos expresando lo que queremos y vemos para nuestras vidas. Y lo que él quiere es a mí. Para siempre. Cuando lo dijo con tanta simpleza me hizo llorar. Así que Charlie no tiene que preocuparse porque Edward tiene las mejores intenciones.
Estoy a punto de decirlo cuando Edward habla.
—Esto no es algo casual, Sr. Swan —dice, tomando mi mano. Mi sonrisa se suaviza cuando veo la forma en que me ve, con ojos determinados, con una sonrisa de confianza—. Voy muy en serio con ella. Y no lo veo como juntarnos —añade—. Estaremos viviendo juntos… comenzando nuestras vidas.
—¿Desde cuándo me llamas Sr. Swan?
—Desde que parece que necesito tu aprobación para llevarme a Bella a LA conmigo.
A Charlie le gusta esta respuesta.
—Siempre has tenido mi aprobación. Sólo me gusta hacerla sufrir un poco.
—Qué amable de tu parte —digo inexpresiva, paso mi pulgar por el pulgar de Edward y le ofrezco una sonrisa para hacerle saber que lo hizo bien. Muy bien.
—Pues, ¿qué? —Charlie se levanta de la mesa, avanzando hacia el refrigerador—. Sólo quiero asegurarme de que estés bien protegida, es todo.
—Bella puede cuidarse sola —dice Edward por mí—. Pero te prometo que estará en buenas manos.
Dios, de nuevo me derrito. Y de nuevo a Charlie le gusta esta respuesta.
Papá nos prepara unos filetes a la parrilla y celebramos con la lager más fina de Rainier. Cuando terminamos de comer y el sol comienza a hundirse un poco en el cielo, me paro y recojo los platos de la mesa del patio.
Edward se para a ayudarme y me detengo, la curiosidad me está molestando.
—¿Sigue aquí? —pregunto sin emoción.
Charlie alza la vista, dándole un largo trago a su lata.
—Se fue hace un mes.
Puedo sentir la mirada de Edward en mí, pero no volteo a verlo, sólo asiento. Escuchar que Renee se fue no debería sorprenderme. Y no es así. Tampoco me desequilibra como habría sucedido en el pasado. Estoy casi estoica, como si hubiera separado todo lo relacionado con Renee de la forma en que me hace sentir. No hay enojo, no hay tristeza. Nada.
—¿Te dijo por qué se iba? —pregunto y Edward toma la pila de platos de mis manos antes de entrar, dándonos un minuto a solas.
—Sólo que Forks no se sentía como su hogar. Quería ir a algún lugar más cálido. ¿Arizona?
—¿Está sobria?
—Eso creo.
—Muy bien.
Charlie me mira por un segundo.
—¿Estás bien? —asiento—. ¿La terapia y… todo eso ha estado bien?
—Sí. De hecho, voy a seguir mis sesiones con Emily luego de mudarme. Al parecer podemos hacerlo por Skype o algo así. Así que sí.
Veo la sonrisa más leve asomándose por debajo de su bigote.
—Me alegra escucharlo. —Estoy a punto de entrar cuando dice—: Lamento haberte hecho pasar por todo eso, niña. Yo no… bueno. —Se detiene y lo veo tragarse la emoción—. Sólo estaba haciendo lo que debía. En realidad, nunca supe si lo que hice por ti estuvo bien o mal. Ahora lo sé. Y lo siento.
No puedo descifrar si está hablando de mi infancia o de permitir que Renee me sorprendiera hace meses. Pero decido que no importa. Lo pasado, pisado. Él lo siente. Él lo está intentando. Y lo perdono.
XXX
Una noche antes de que Edward y yo partamos, Em y Rose nos acompañan en el restaurante chino para una última celebración.
Bebemos demasiado, cantamos versiones muy malas de nuestras canciones favoritas de karaoke, incluso cedemos ante los asquerosos jelly shots que ofrece el bar. Se siente agridulce, pero estoy jodidamente emocionada por lo que me espera.
Edward no puede dejar quietas las manos, me jala a las esquinas del bar para besarnos como adolescentes. Rose le dice mierdas cada vez que me aleja porque quiere pasar tiempo conmigo y no puede hacerlo con él encima de mí.
Pero me encanta. Me encanta que él no pueda tener suficiente. Lo que Rose no entiende es que estamos compensando por todo el tiempo perdido. Y no me refiero al tiempo que estuvimos separados… me refiero a los últimos cinco años en que no estuvimos juntos románticamente. Cada momento, beso y caricia con él es intensificada. Se siente diferente ahora y se lo atribuyo a que estamos completamente juntos en esto. No estamos preocupados, no nos falta confianza ni dudamos del otro. Sabemos dónde estamos y es una sensación jodidamente buena.
Cuando ya casi son las once, Edward quiere irse a casa. Me quejo un poco, pero él tiene esa mirada, la que me dice en silencio que me desea. Ahora. En la cama. O más bien, en el colchón inflable que está en mi sala porque ayer vendí mi cama y tuvimos que pedirle prestado un colchón a Rose.
—Media hora más —negocio con él—. ¡Ni siquiera han tocado el dueto que Em y yo cantaremos!
—Bien —hace un puchero, pero veo la comisura de su boca alzarse en una pequeña sonrisa. Se dirige al bar y se sienta en el taburete junto a Rose, dejándonos solos a Em y a mí. Edward se gira, señala la botella de cerveza en su mano y asiento diciéndole que también quiero una.
—Entonces, ¿qué tal se siente?
—¿Qué? —pregunto, alzándole una ceja a Em.
—¿Tener tus mierdas en orden?
Escupo una carcajada, un poco de cerveza cae por mi mentón.
—Vete al carajo. —Em solo sonríe ante mi respuesta—. Pero se siente bien —digo eventualmente. No debería sentirme reacia a admitir que mis mierdas definitivamente no estuvieron en orden hasta hace poco—. ¿Y tú? ¡Eres como un hombre nuevo!
Em renunció a su ocupación como mesero y comenzó a trabajar tiempo completo como mixólogo en el nuevo restaurante moderno de su amigo. Su cabello sigue siendo un oscuro desastre de chinos, pero está más corto de los lados, un poco más profesional. También su guardarropa ha cambiado drásticamente desde que conoció a Rose. Y está feliz. Puedo notar que es genuino.
—Soy un hombre nuevo. Comencé a comprar despensa en la tienda en lugar del 7-11 —presume.
—Vaya, Em. —Aplaudo lentamente—. Un paso a la vez.
Me tira dedo.
—Ser adulto no es tan aterrador como pensé que sería, creo.
—Muchas cosas no son tan aterradoras como parecen —musito, mirando la nuca de Edward al otro lado del lugar.
—Compre un anillo —admite Em en voz baja y mi cabeza se gira de golpe hacia él.
—No me jodas —exhalo, sonriendo enormemente.
—No es nada elegante, pero… sí.
—Amigo, eso es… grande. Hablando de ser un adulto de verdad. —No sé qué más decir. Estoy igual de emocionada y nerviosa por él—. ¿Crees que dirá que sí?
—Pues carajo, Bella. Eso creí, pero ahora no estoy tan seguro si esa es tu reacción.
—Perdón —arrastro las palabras con sarcasmo—. Nunca nadie me había dicho que van a proponer matrimonio. No conozco el protocolo ni qué decir.
Sacude la cabeza, gruñendo una carcajada.
—Creo que dirá que sí.
—Yo también. ¿Cuándo se lo preguntarás?
—Sigo trabajando en eso. Tal vez en un mes… su cumpleaños se acerca, así que tengo toda una sorpresa planeada.
Sonrío.
—¿Quién más sabe?
—¿Nadie? Supongo que el tipo de la joyería. Pero nadie más.
Me conmueve que Emmett quisiera decírmelo a mí primero. Le palmeo la espalda, ofreciéndole ánimos.
—Pues… no lo jodas.
Se sacude con su risa, chocando su cerveza con la mía.
—Gracias. Sabía que podía contar contigo para darme ánimos.
Edward y Rose se unen a nosotros de nuevo, y estoy vibrando con emoción. Edward me mira – puede notar que pasa algo, pero mantengo los labios sellados. Lo mantendré así hasta que estemos a solas más tarde. De ninguna manera puedo mantenerle en secreto estas noticias.
Eventualmente la noche llega a su fin. Nos turnamos para abrazarnos todos y cuando mi despedida se vuelve algo llorosa, lo atribuyo a que bebí demasiado. Ya tenemos un plan tentativo para que Em y Rose nos visiten en dos meses, y casi se me sale decir que podemos celebrar su compromiso. Pero me detengo y maldigo en silencio a Em por darme estas noticias mientras estoy ebria.
Su Uber llega primero, Edward y yo nos quedamos en la banqueta esperando el nuestro.
—Em le pedirá matrimonio —escupo cuando su carro desaparece de nuestra vista.
Edward alza las cejas hasta la línea de su cabello.
—Em avanza rápido. Pero bien por él.
—Dios, he estado guardando esa información por demasiado tiempo.
—¿Hace cuánto lo sabes?
—Desde hace media hora.
Las esquinas de los ojos de Edward se arrugan y me jala hacia él.
—Qué estresante para ti.
—Sí lo fue —respondo con seriedad—. Casi arruino la sorpresa.
Edward sólo sonríe con sus brazos rodeando fuertemente mi cintura.
—Hablando de bodas… —se calla, sus ojos brillan.
—¿Qué hay con eso? —pregunto, mi corazón se acelera el ver su hermoso rostro.
—Mi mamá está volviéndose loca —dice y sacude la cabeza, sonriéndole al piso.
—¿Cómo?
—Cuando estaba ayudándole a limpiar luego de cenar la otra noche, ella no paraba de hablar sobre cosas de bodas. Ya tiene algunas ideas para el lugar. Dijo que nos las enviará por correo. Bell —murmura y mi estómago se agita con anticipación—, ya tiene hecha una hoja de cálculo —dice finalmente.
Jadeo con horror fingido, empujándole el pecho.
—¡Una hoja de cálculo no!
Se ríe, jalándome de nuevo hacia él y besando mi mejilla.
—Crees que es gracioso ahora. Sólo espera. Ya sabes cómo es con las fiestas y cuando planea eventos.
Suspiro, mirándolo.
—No suena tan mal. Tener a alguien que sepa lo que está haciendo será lindo… para… cuando llegue ese momento. —Edward sólo sonríe—. Que puede ser cuando sea. No estoy apurada. Pero también sabes que quiero estar contigo para siempre, entonces… —detengo mis divagaciones—. Como sea.
—Como sea —repite, todavía sonriendo—, sabes que en el minuto en que nos casemos, comenzará a hablar sobre bebés. Así que… no digas que no te advertí.
Mis mejillas se calientan y me suavizo rápidamente a la idea. Quiero esta vida con él, el compromiso, los bebés. Los abuelos controladores que consienten hasta la mierda a sus nietos. Pero nos lo llevaremos con calma. Por ahora. Eso no significa que todo esto no esté en nuestro futuro.
—No me molesta como suena eso.
—¿Qué parte? —pregunta, mirándome con toda la adoración posible.
—Todo —murmuro, mis dedos juegan con el cabello en su nuca—. Vas a ser un papá muy sexy. Ya estoy molesta por toda la gente que vas a excitar cuando uses un fular.
Edward se ríe ante la idea, sacudiendo la cabeza.
—Bésame, idiota.
Y eso es exactamente lo que hago.
