Capítulo 53
Palabras
—Cruzamos las manos así y luego las abrimos así—hizo una pausa—. Vamos Em, repite conmigo buenos días, así perfecto—espetó regalándole un pequeño beso en la cabeza—. Lo haces genial, vamos otra vez, pero ahora todo junto… Buenos días, te quiero mucho. ¡Bien! Eres genial, princesa—volvía a abrazarla.
Lo estaba consiguiendo. Quinn leía a Emily uno de los cuentos que aparecían en su libro electrónico, y se sorprendía al ver como la pequeña conseguía llevar a cabo los gestos correspondientes al lenguaje de signos, que el protagonista del cuento interpretaba con sutileza. Unos gestos que correspondían a palabras como, hola, buenos días, te quiero mucho, etc. Palabras que sin duda eran perfectas para ablandar el corazón de su madre, y así poder mostrarle de una vez por todas que su hija era una niña perfecta.
Quizás no era la hora adecuada para aquello, pero Rachel aún seguía dormida mientras Emily y ella ya llevaban casi treinta minutos despiertas. Aquel sábado tenían la mañana libre tras haber pasado la noche juntas, después de la fiesta de celebración que Quinn acertó a llevar a cabo solo para poder divertirse un rato con su chica. Lo cierto es que no entendía cómo estaba despierta a esa hora, casi a las 08:30 de la mañana, sobre todo porque apenas había dormido durante la noche. Rachel se encargó de que así sucediese. Bueno Rachel y su sobredosis de adrenalina, que la mantuvo activa hasta casi el amanecer, tal y como le había anunciado.
Lo cierto era que, en aquel instante, Quinn se entretenía con Emily a falta de sueño, y Rachel dormía plácidamente sobre su cama, cuando los rayos del sol lograron destruir su calma. De nuevo el sol que lucía impasible sobre los rascacielos se colaba en su habitación y conseguían que sus ojos, cerrados y acostumbrados a la oscuridad, se removieran inquietos bajo los parpados, provocándole un extraño despertar.
Un extraño y nuevo despertar sin ver a Quinn junto a ella después de haber dormido allí.
—No me lo puedo creer ¿Por qué diablos desaparece siempre? —susurró al tiempo que se desperezaba y volvía a cubrir su rostro con el blanco edredón, tratando de recuperar la oscuridad tras descubrir que, una vez más, Quinn rompía su promesa—. Ni una sola vez, ni una jodida vez me va a dar el placer de verla al despertar—se quejó cuando algo le llamó la atención.
Una risa.
Rachel escuchó una breve risotada y no dudó en apartar el edredón de su rostro, y lanzar una mirada hacia la pantalla en su mesita de noche. Ni dos segundos tardó en reincorporarse y acabar el sueño que la aturdía, tras descubrir como la cama de su hija estaba vacía.
Se puso el pijama a regañadientes, peleándose incluso con los pantalones mientras se apresuraba a salir de su habitación, para comprobar personalmente que su hija no estaba en su cama. Y fue una segunda risotada la que abortó su misión segundos antes de llegar a su objetivo.
Rachel se detuvo en mitad del pasillo al percibir de nuevo el sonido, y supo entonces que provenía de la planta baja. Concretamente, desde el salón. Descendió por las escaleras terminando de colocarse la camiseta, con el pelo alborotado cubriendo parte de su rostro, y el desconcierto que le provocaba aquella situación. Tuvo que detenerse al llegar a la entrada del salón, tras descubrir una de las escenas que más iba a recordar el resto de su vida.
Quinn, tumbada en el sofá, usando una de sus camisetas de pijama y su preciado pantalón rojo con lunares blancos, el pelo recogido torpemente y su sonrisa más encantadora. Mientras Emily, sentada sobre sus piernas, con el pelo también recogido en una coleta imposible sobre su coronilla, con su pijama de estrellitas y las pantuflas de cerditos, sostenía entre sus pequeñas manos el cuento electrónico que tantos quebraderos de cabeza le había traído.
No paraban de sonreír y gesticular juntas, lanzándose miradas que Quinn respondía con palabras, mientras su hija señalaba cosas en aquella pantalla.
Había visto a su hija de muchas formas, y todas ellas le habían terminado emocionando. Pero en aquel instante, junto a Quinn, sentía que quizás la vida no había sido tan dura con ella. Y le comenzaba a regalar una oportunidad de oro para poder sonreír sin miedos. Que aquella mujer de pelo claro y mirada hipnotizadora, que se había colado en sus vidas, conseguía formar el equipo perfecto junto a Emily para poder lograr ser feliz.
Y la más mínima duda que pudiese quedar en su interior en ese momento, se disipó al recibir la primera de las miradas de Quinn tras descubrirla observándolas completamente atónita. Una mirada acompañada de una enorme sonrisa que conseguía incluso hacerla temblar.
—Buenos días, dormilona—susurró sin dejar de sonreír.
—¿Qué hacéis ahí? —cuestionó con algo de duda mientras se acercaba—¿Qué haces despierta, mi amor? —miró a su hija, que rápidamente se percataba de la presencia de su madre y le mostraba el libro con una enorme sonrisa.
—Me desperté porque tenía algo de sed, y miré la pantalla de la cámara de su habitación—dijo Quinn—. Vi que estaba despierta y, bueno, supuse que quería algo. Así que fui a verla. ¿Cómo ves? Parece que ya ha dormido suficiente—sonreía divertida—. Estamos leyendo cuentos. Es un buen plan para un sábado por la mañana ¿No es cierto?
—Eh, supongo ¿Tú no tienes sueño?
—No, ya no—respondía sin perder la sonrisa—¿Y tú? ¿Qué haces despierta ya?
—Pues me despertó la claridad de la habitación, y luego me he puesto de mal humor al ver que otra vez me dejabas a solas en la cama— esgrimió fingiendo estar molesta.
—Hey, no puedes enfadarte, tengo una excusa de peso. —Le dijo señalando a la pequeña
—Sí, por eso te has librado. No vas a tener una excusa mejor en tu vida—añadió al tiempo que dejaba un beso sobre la cabeza de su hija, que seguía inmersa en sus juegos.
—Lo sé. Sabía que con ella no me ibas a exigir nada muy, muy, muy pero que muy romántico—sonreía divertida.
—No tientes a la suerte, aún puedo exigirte cosas—interrumpía tomando asiento a los pies de su hija, permitiendo que ésta siguiese utilizando a Quinn como respaldo—¿Qué tal has dormido, hormiguita? —miró a la pequeña, y Quinn la buscó rápidamente con la mirada.
—¿Hormiguita? —le dijo, y la niña miró a su madre con el cejo fruncido, imitando perfectamente el gesto de la rubia—¿Por qué la llamas así?
—¿Por qué no? Tú la llamas así.
—Exacto, porque es algo entre ella y yo.
—¿Y? Yo soy su madre. Tengo derecho a llamarla como me plazca, o en su caso, saber por qué la llamas así.
—No, no, Rachel, eso es algo personal entre tu hija y yo, así que… Ese apelativo es solo de uso exclusivo entre nosotras—le dijo buscando el apoyo de la pequeña, que, para sorpresa de Rachel, asintió dándole la razón a Quinn.
—No me lo puedo creer. Al menos dime por qué la llamas así.
—No, ni hablar—respondió regresando al cuento conteniendo la sonrisa.
—Fue el día de las pinturas—murmuró Rachel tras unos minutos pensativa—¿Qué sucedió ese día para que…?
—Rachel, déjalo. Es algo nuestro—insistió— ¿No estabas interesada en saber si seguía teniendo sueño? Em, dile a mamá si tienes o no sueño —añadió desviando el tema de conversación, y la pequeña se limitó a sonreír, y desperezarse un poco más de lo que ya lo había hecho durante aquella mañana.
—¿Eso es un sí? —cuestionó la rubia.
—Eso es un sigo teniendo sueño, pero quiero jugar—explicaba Rachel que volvía a levantarse, y sin dudarlo, tomaba a la niña entre sus brazos para ocupar ella su lugar junto a Quinn, y permitir que su hija usara sus piernas de asiento, exactamente igual que lo había estado haciendo con Quinn.
—Hey ¿Te haces dueña de su lugar? —habló Quinn que no esperaba aquel gesto.
—Tengo frío—se quejó con un tono infantil—. Necesito estar entre las dos.
—No será que estás celosa de…
—Tengo frio—repitió interrumpiéndola.
—Ok—susurró divertida—. Ven aquí—añadió cobijándola entre sus brazos—¿Has dormido bien? —cuestionó apartando el pelo para liberar parte de su cuello, donde iba a terminar dejando algunos delicados besos.
—No ha sido mucho, pero no me quejo—sonreía.
—Deberías estar cansada, ha sido una larga noche.
—¿Tú estás cansada?
—No, aunque no voy a tener más remedio que dormir un poco antes de marcharme al teatro.
—Cierto, tienes ensayo hoy—recordó—. Tendrías que haber seguido durmiendo.
—Estoy bien aquí—respondía mientras comenzaba a acariciar los hombros de su chica—. No tengo que ir hasta las 3, así que tengo tiempo para descansar un rato.
—Me gustaría acompañarte, pero Kate hoy tenía cosas que hacer en el laboratorio hasta tarde y no he querido molestarla.
—No te preocupes, estás mejor aquí con ella—miró a Emily—. Iba a resultar extraño que fueses al teatro solo para acompañarme ¿No crees?
—Cierto, sobre todo después de lo de anoche—se lamentó.
—¿Te arrepientes? —cuestionó Quinn tras notar el tono de voz apagado de la morena.
—No es eso, es solo que no sé… Quinn—tomó aire—. A veces ni siquiera yo misma sé lo que hago.
—Te lo dije, Rachel—murmuró—. Te dije que tenías que ser consciente de lo que acababas de hacer y…
—¿A ti te molestó? —interrumpía.
—¿A mí? No, para nada, pero eso no significa que no me preocupe, Rachel—explicó—. Ya me dejaste claro que no te gustaba que nadie supiese nada de tu vida, que no querías ser el centro de atención por cosas que no estuviesen relacionadas con tu profesión y, bueno, de repente me besas en mitad de una discoteca. No sé, fue extraño también para mí.
—Te estoy volviendo loca, ¿verdad?
—No cielo, no es eso.
—Quinn—volvía a hablar sin dejar que la rubia pudiese explicarse—. Todo mi temor es por ella—acarició a su hija.
—¿Por Em? —cuestionó confusa.
—Cuando me quedé embarazada y Kevin me dijo lo que podría pasar con mi carrera, me hundí. No quería acabar ahí y por eso decidí esconderme, y seguir su consejo para poder volver a trabajar en el teatro—Hizo una pausa—. Pero yo no era así, como soy ahora. Fue tras lo de su problema cuando me volví así de obsesiva. A veces pienso en renunciar a todo, pero luego pienso en ella y me doy cuenta de que no puedo. Tengo que triunfar de nuevo por ella, y no puedo cometer esos errores. No puedo poner en peligro más profesión. Me prometí que nunca le iba a faltar de nada, que iba a tener todo lo que quisiera, y para que eso suceda yo tengo que seguir trabajando como lo hacía antes de quedarme embarazada.
—¿Y crees que una portada de revistas saliendo con alguien de la mano te va a influir en el trabajo?
—Ahora soy madre, Quinn, y como ya te dije, este mundo es complicado para que te contraten si eres madre. Y más aún si lo eres estando sola. Que todos sepan lo que haces o dejas de hacer complicaría las pocas opciones que tengo, y no me puedo permitir el lujo de dejar de trabajar en esto. Es lo único que sé hacer.
—¿Cómo que es lo único que sabes hacer, Rachel?
—Quinn, yo no tengo capacidad para trabajar en otro lugar. No, no sirvo para vender ropa en una tienda o para servir cafés en un bar. Y no es que lo infravalore, es que no sirvo, no valgo para nada más que no sea cantar tengo. Tengo que aprovechar mi voz y conseguir todo lo que pueda mientras esté al alcance de mis manos—Susurró—. Es por eso por lo que miro tanto mi privacidad y la de ella. No quiero…—tragó saliva—No quiero que todo se venga abajo por los rumores o los cotilleos. He visto muchas carreras hundirse por esos motivos.
—Rachel ¿Y no te has parado a pensar que quizás Em no necesite tanto para ser feliz?
—Si te refieres a lo material, —interrumpía—por supuesto que sí, soy consciente de que no necesita tanto. Por eso tiene solo lo justo y necesario, lo que cualquier niña puede tener.
—¿Entonces? ¿Para que necesitas tanto dinero? Y no me digas que para llevarla a esa estúpida clínica.
—No, no es para llevarla a esa clínica Quinn, al menos ya no, pero desde que supe que tenía ese problema, siento que tengo que tener todo el dinero que pueda para poder hacer frente a eso—volvía a pausar el discurso mientras acariciaba el pelo de su pequeña—. Estoy segura de que, en algún lugar del mundo, hay alguien que está a punto de encontrar una solución a su problema, y cuando eso sea real, yo tendré todo lo necesario para que ella pueda tener su oportunidad.
Quinn se heló. Y era complicado que eso sucediera mientras la tenía entre sus brazos, pero aquellas palabras de Rachel le hacían entender que su obsesión era más grave de lo que pensaba.
Nada tenía que ver con su pequeña. El verdadero problema en aquella casa lo tenía Rachel, y no era algo que cualquiera pudiese lograr hacer desaparecer. Daba igual que su hija se expresase con signos, daba igual que sonriera o se mostrase feliz, daba igual que aquella opción de ir a Londres hubiese resultado todo un fracaso. Rachel seguía pensando que su hija iba a tener la oportunidad de hablar, y toda su vida giraba en torno a ello.
—Rachel—susurró sin saber muy bien cómo afrontar aquellas palabras.
—Sé qué piensas que soy un monstruo—volvía a hablar la morena—. Sé que no concibes la idea de que no pueda entender que mi hija pueda vivir perfectamente sin voz. Y lo entiendo, pero no es así Quinn—aclaró—. Sé que las personas mudas, sordas ciegas, da igual, cualquier persona con una discapacidad así puede sobrevivir, puede hacer una vida perfecta sin problemas. Por supuesto que lo sé.
—¿Entonces? —La obligó a que la mirase—¿Por qué te empeñas en eso? No, no lo comprendo.
—No voy a tener el valor suficiente de afrontar sus frustraciones.
—¿Cómo?
—Quinn, yo he vivido toda mi vida luchando por un sueño—espetó con la voz entrecortada—. Y ese sueño lo podía conseguir solo porque tengo voz, si no hubiese sido imposible ¿Qué pasará si un día ella decide que quiere ser cantante o cualquier otra cosa en la que sea necesaria la voz? ¿Cómo voy a explicarle que no puede serlo? —sollozó—¿Cómo le voy a decir que sus sueños son imposibles? ¿Cómo voy a ser yo quien destruya sus ilusiones, Quinn? Si mis padres me hubiesen dicho que mis sueños eran imposibles, yo no habría podido vivir. No puedo hacerle eso a ella—terminó confesando entre lágrimas—. No puedo Quinn. ella es una Berry como yo y no podría verla sufrir así.
—Shhh —susurró Quinn tratando de contener el llanto de la morena. Emily también se había percatado del gesto y no tardó en cuestionarla con la mirada entristecida, tratando de comprender por qué su madre rompía a llorar de aquella forma—. Cálmate Rachel, la estás preocupando—murmuró al tiempo que le dejaba un delicado beso en la mejilla. No sabía que decirle, no sabía cómo actuar porque todo lo que Rachel decía, tenía su parte lógica y racional. Era miedo, miedo a enfrentarse a aquellas posibles frustraciones que su hija algún día podría llegar a tener. Cualquier madre podría paliar con aquella sensación, pero Rachel lo tenía más difícil, más complicado de sobrellevar.
Ella había vivido por y para la música, se había preparado desde pequeña para llegar hasta donde ahora estaba, y por eso era completamente consciente del miedo que podría sentir si no hubiese logrado conseguir su objetivo.
Emily tenía su carácter, tenía una personalidad bastante parecida a la de su madre, y ese detalle era fundamental para saber que sus frustraciones, podrían ser superiores a la de cualquier niño con su discapacidad. Todo en la vida de los Berry tenía un punto de dramatismo de mayor magnitud que en cualquier otro ser humano que existiese sobre la tierra, o al menos que ella conociera, y eso también incidía en las futuras generaciones. Como su hija.
—¿Me entiendes Quinn? ¿Entiendes que no soy un monstruo? ¿Que todo lo que hago es por ella? —volvía a hablar mientras limpiaba las lágrimas que ya caían por su mejilla con la manga de su pijama.
—Lo entiendo, Rachel—respondía con algo de nerviosismo—. Pero quizás…
No sabía cómo continuar y detuvo su frase, provocando la atención de la morena que ya dirigía su mirada hacia ella tras volver a abrazar a Emily.
—¿Quizás qué?
Resopló—Rachel, lo que te voy a decir no es una ofensa, te juro que no quiero que lo tomes como ofensa ni que pienses que tengo una imagen de ti distorsionada —tragó saliva—. Pero tengo que decírtelo, tengo que pedirte que lo pienses al menos como una ayuda ¿De acuerdo?
No sabía que responder. Rachel seguía con la mirada fija en la rubia, tratando de averiguar a qué hacía referencia cuando hablaba de ofensas y ayuda.
—Quizás necesites ayuda—susurró con algo de temor—. Ayuda profesional. Bajó la cabeza. Rachel se limitó a bajar la mirada y dejar caer nuevas lágrimas por su mejilla mientras trataba de permanecer serena. —Podrían intentar ayudarte, Rachel—volvía a susurrar apartando el pelo que ya caía cubría su rostro—. Mira, ojalá y te juro que yo también pienso que hay alguien en cualquier lugar del mundo que está descubriendo o va a descubrir una solución para ella, pero mientras y por lo que me has contado, eres tú quien debe estar preparada. Tú, tú eres su madre Rachel, y tu objetivo en la vida de ella es ser su bastón, su fuerte, apoyarla, estar en lo bueno y en lo malo. Si no estás preparada para afrontar lo malo tienes que prepararte para ello. Tienes que buscar ayuda para aprender. ¿Entiendes?
—¿Y crees que alguien me puede ayudar en eso? —alzó de nuevo la vista para terminar de destruir el alma de Quinn.
Los ojos, aquellos enormes y brillantes ojos que siempre lucían especiales, reflejaban en aquel instante una tristeza que no había visto jamás en su vida. Tristeza, cansancio y una frustración que también se había adueñado de ella y que la hacía sentirse insegura.
—Te aseguro que sí, al menos tienes que intentarlo—susurró—. Igual que has conseguido ocultarte durante tres años, también puedes tratar de ser más fuerte mentalmente. Y eso solo lo puedes conseguir con ayuda, Rachel.
—¿Y a quien le voy a contar mi vida?
—Pues a quien debes contarle tus problemas para que te ayude a solucionarlos. Existen los psicólogos—trató de bromear para que sus palabras no sonaran con dureza.
—No puedo contarle a nadie sobre mí, ni siquiera a un psicólogo— volvía a sollozar—. Quinn, no es fácil. No puedo confiar en cualquiera.
—¿Qué dices? Un psicólogo es un médico, ¿acaso tu no vas al médico? ¿Acaso Emily no tiene su pediatra? Ellos saben todo, y no desconfías de ellos ¿no es cierto?
—Sí, pero es diferente, Quinn…
—Rachel, los psicólogos tienen su juramento hipocrático también—interrumpía.
—Lo sé, pero no me puedo fiar de cualquiera, Quinn. Y no tengo un psicólogo de confianza en quien…
—Yo sí—soltó provocando su curiosidad—. Conozco a la persona adecuada para eso.
—¿Tú? ¿A quién? —preguntó confusa.
—Tengo una amiga que ha estudiado psicología ¿Lo recuerdas? —respondía tratando de hacerla ver que ella también sabía de quien se trataba, pero Rachel no parecía recordar ese detalle, no hasta que sus miradas se cruzaron durante varios segundos y su mente le devolvía a la realidad.
—¡No! —exclamó la morena—Ella no.
—Rachel, es perfecta, ella conoce tu historia y es buena.
—¿Qué? No, no—comenzó a responder con los nervios volviendo a inundar su cuerpo—. Ni hablar, además ni siquiera ejerce ¿No?
—No, no ejerce como psicóloga porque trabaja en algo que le gusta más, pero es psicóloga. Ha estudiado y terminó su carrera como cualquier otro, y sé que ha ayudado a más de una. Es buena, te lo juro.
—Pero ella me odia Quinn, Santana me odia—espetó levantándose del sofá, permitiendo que su hija volviera a ocupar su lugar—. Si dejo que se meta en mi cabeza, me va a hundir para siempre.
—"Me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar".
—¿Qué dices?
—Eso forma parte del juramento hipocrático que Santana juró cuando se licenció. Estuvo durante días repitiéndolo sin parar, y se me quedó grabado. Tiene que cumplirlo—respondía con naturalidad.
—No Quinn, ni hablar. Santana me odia y…
—"Si en mi práctica médica, o fuera de ella, viviese u oyese, con respecto a la vida de otros hombres, algo que jamás deba ser revelado al exterior, me callaré considerando como secreto todo lo de este tipo".
—¿Otra cita del juramento?
—Solo quiero que sepas que Santana es la persona indicada. Es psicóloga y conoce tu historia, al menos parte de ella. Además, es mi amiga y no podrá hacerte daño, porque entonces me lo hará a mí.
—Santana me odia—volvía a susurrar con apenas un hilo de voz—. Será la peor de las ideas, y, sobre todo, no creo que ella se preste para ayudarme—respondía dándose por vencida.
—"Cada vez que entre en una casa, no lo haré sino para bien de los enfermos, absteniéndome demala acción o corrupción voluntaria, pero especialmente de trato erótico con cuerpos femeninos o masculinos, libres o esclavos", bueno esto último tendré que asegurarme yo de que no lo lleve a cabo—esbozó una ligera sonrisa, tratando de tranquilizar y convencer por completo a Rachel.
—Va a ser una mala idea.
—Rachel—se levantó del sofá para acercarse a ella tras escuchar como aquella última respuesta de Rachel, era casi un sí—. Recuérdalo, todo va a ir bien, y si estás haciendo todos esos sacrificios por ella, —miró a Emily—éste no puede ser menos.
—Que Santana López sepa todo lo que ocurre en tu mente no es un sacrificio, es un suicidio, Quinn—murmuró.
—Que lo hubiese pensado antes de jurar por Apolo, por Asclepio, por Higia y por Panacea—volvía a sonreír al tiempo que tomaba a la morena por la cintura—. Los dioses se vengarán de ella si no cumple la promesa de Hipócrates.
—¿Y qué dioses son los que te han entregado a ti ese poder de convicción? —se dejó llevar. Rachel sabía que había perdido aquella batalla porque, simplemente, no tenía fuerzas de negarle más cosas a Quinn. No había dejado de ayudarla, de hacerle la vida más fácil desde que supo que no quería que nadie ni nada supiese de su vida privada. Para colmo, había aceptado aquel extraño cambio de actitud durante la salida de la noche anterior, y seguía mostrándose capaz de poder ayudarla. Rachel había perdido todas las excusas posibles habidas y por haber para poder rechazar las peticiones de Quinn—¿Qué promesa has hecho tú para tener ese don?
—¿Tengo poder de convicción?
—Ni mis padres ni Brody han conseguido que yo aceptase una cita con un psicólogo, y llegas tú y lo consigues en apenas diez minutos. Y encima siendo Santana. No lo entiendo.
—Bueno, algún don tendría que tener ¿No?
—¿Solo uno? —miró a la pequeña—. Mírala. Consigues que Em pase toda una hora mirando ese cuento sin pedir su desayuno, esa es otra razón de peso para creer que tienes un trato con los dioses.
—Ok, lo confieso—sonreía divertida—. Pero no puedo decirte que clase de pacto es, ahora solo puedo volver a utilizar mi poder de convicción para conseguir que me invites a desayunar algo riquísimo.
—¿Quieres que te prepare el desayuno?
—Soy tu invitada, y en un par de horas tengo que marcharme, sería un detalle de tu parte—volvía a sonreír, esta vez provocando que la primera de las sonrisas apareciera en Rachel, dejando atrás aquella mirada llena de miedo y frustración que había podido observar minutos antes—. Así me gusta—susurró regalándole un pequeño beso en los labios—. Que sonrías, recuerda la canción y recuerda el mensaje en la pista de hielo, de tu sonrisa, nace nuestra ilusión—miró a la pequeña, que esta vez sí, no perdía detalle del cambio radical de su madre y como las lágrimas dejaban paso a aquella expresión de tranquilidad.
—Cierto, voy a tatuarme esa frase en algún lugar de mi cuerpo para no olvidarla nunca—respondía sin dejar de mirar a la pequeña.
—Mmm, me gusta esa idea. Si lo haces, prometo tatuarme yo otra—sonreía.
—No me tientes.
—Te lo digo de veras. Sí te tatúas esa frase prometo tatuarme contigo algo que tú quieras.
—¿Seguro?
—Segurísimo—respondía mordiéndose los labios.
—Ok, pensaré en la mejor frase que puedas tatuarte, y tendrás que hacerlo.
—Trato hecho—espetó obligándola a que sellara aquel pacto con un apretón de manos—. Em—miró a la pequeña—tú eres testigo de este pacto.
Y como si de una respuesta se tratase, la pequeña se limitó a regalarse a sí misma un abrazo y señalarlas a ambas con el dedo índice, mostrándoles un te quiero que consiguió sorprenderlas, y que ya había acogido como su saludo o respuesta oficial a cualquier pregunta.
—Hasta eso has conseguido, que acepte que mi hija aprenda algunas palabras en ese lenguaje.
—Sabes lo que es ¿No? —cuestionó Quinn permitiendo que la morena se acercase a su hija.
—Te quiero—susurró Rachel a modo de respuesta
—Pues eso—balbuceó Quinn observando como Rachel volvía a tomar asiento junto a la pequeña, y comenzaba a abrazarla—Te quiero—. Dejó escapar de manera casi imperceptible.
—¿Qué has dicho? —preguntó Rachel alzando la mirada hacia ella.
Quinn sonrió divertida tras aquel gesto.
—He dicho que al final me toca a mí hacer el desayuno.
—Ah—interrumpía Rachel con el mismo gesto divertido—. Pensaba que habías dicho te quiero.
—Creo que oyes cosas que no son…—Respondía con un fingido gesto de soberbia—En fin, voy a preparar café, si no te importa que utilice tu cocina.
—No, espera—se levantó rápidamente para detenerla—. Ya me encargo yo, tú tienes algo más importante que hacer ahora.
—¿Algo más importante? ¿El qué? —preguntó confusa.
—Ayudarle a que pueda decir más palabras bonitas con el lenguaje de signos—miró a su pequeña para luego volver a clavar la mirada en los ojos de la rubia.
—¿Qué tipo de palabras? —cuestionó paralizada por la cercanía de sus labios.
—Palabras como gracias por estar en mi vida.
