[~Selket~]
-¿Nerviosa, Selket?
-Un poco tarde para preguntar, maestro Dohko- dije entre dientes.
Entré en la arena junto a otro aspirante. Ambos estábamos ansiosos y sólo salimos del estupor cuando el Patriarca nos dio la señal para comenzar con el que sería el primer combate del Torneo para mí. Toda la semana había habido combates y Milo me había permitido ver algunos. Realmente eran pocos, pues no quería que perdiera días de entrenamiento ni me preocupara demasiado cuando llegara mi turno. Ahora veía que había tenido razón en ello. Le dediqué una última mirada rápidamente y me concentré en el combate.
El chico era el aprendiz del Caballero de Bronce de Leo Minor, a quien había visto alguna vez en el Coliseo, pero de quien no sabía nada. No tenía idea de sus habilidades o técnicas, podría ser un prodigio y noquearme en dos segundos o ser un completo tarado. Ya lo averiguaría pronto. Mi táctica consistía en averiguar primero sus debilidades y luego utilizarlas a mi favor. Esta pelea la usaría para medirme el aceite y ver cómo era un combate real y no un entrenamiento. Sin embargo, las cosas no siempre salen como uno las planea y pasan cosas inesperadas...
El aprendiz del Leoncillo arremetió contra mí a toda velocidad, y aunque yo era muchísimo más rápida, no lo esquivé hasta que estuvo muy cerca. Error. El chico no me estaba probando como yo a él, por lo que cuando estuvo a una distancia cercana se lanzó con fuerza hacia mí, concentrando su Cosmos.
-¡Lionet Bomber!- gritó al tiempo que me impactaba en el estómago, lanzándome varios metros atrás.
Caí pesadamente de espaldas, sintiendo un gran dolor en el vientre y luchando por que el aire entrara en mis pulmones. Había subestimado al chico por tener una apariencia inofensiva. Sería mi único error en este combate, no podía perder así de fácil. Me acomodé nuevamente y decidí sellar sus movimientos de una vez. No se iba a andar con juegos ni yo tampoco, pero antes le iba a demostrar a Milo que había hecho las cosas bien, que había aprendido.
-Restricción- murmuré en cuanto estuve a una distancia media, sin dejar de avanzar con pasos marcados.
Me había costado horas dominar aquella técnica mental, pero ahora veía los frutos de mi entrenamiento mental. Si bien Milo me había entrenado arduamente en combate cuerpo a cuerpo, su mayor logro había sido ayudarme a desarrollar mis técnicas mentales y los ataques a distancia. Todavía no quería enseñarme la Aguja Escarlata, pero habíamos trabajado mucho para que dominara mi técnica del Aguijón Escozul, que era en ciertos aspectos, parecida a la suya. Concentré las ondas con mi mente y el cuerpo de mi oponente se paralizó mientras yo encendía mi Cosmos en mi ataque mental. Llegué lentamente hasta donde estaba y saqué mi uña venenosa.
En menos de lo que esperaba, el combate había acabado. Salí de la arena y Milo me recibió con una sonrisa triunfante.
-Te confiaste- me regañó Milo en cuanto llegué junto a él.
Tenía razón en hacerlo, un error así fácilmente me hubiera costado el Torneo. Me hubiera noqueado de no haber frenado su golpe con mi pierna, evitando así que me diera de frente con todo su poder y a toda velocidad. Había sido una mala decisión y me había pasado por confiada.
-Lo siento, maestro- me disculpé sinceramente.
Asintió y me indicó que lo siguiera, lo cual hice sin chistar, mientras desempolvaba mi ropa con la mano. Salimos del Coliseo y nos sentamos en unas rocas cerca de la Calzada. Durante todo el día había hecho calor, pero ahora el viento había cesado, lo que antecedía una tormenta.
-¿En qué fallaste hoy?- me preguntó, aunque no había rastro de reproche en su voz.
-Obviamente me confié y por eso logró golpearme, sino no hubiera podido ponerme un dedo encima con esa velocidad…- dije con frustración.
-"Obviamente"- me remedó. -¿Y si era tan obvio por qué te confiaste?
-Era un chico insignificante, lo vencí de inmediato- me defendí.
-Luego de que te golpeara, mandándote a volar por la arena- me dijo con suficiencia.
Torcí el labio y me crucé de brazos molesta. Todo eso era verdad. Había sido una estúpida y no tenía a nadie más a quien culpar.
-Los arrogantes nunca sospechan- me dijo. -Cuando uno cree que es muy superior, comete los errores más estúpidos por una razón muy simple: pensar que los demás no son tan poderosos o inteligentes como uno.
Miré a Milo sin decir palabra. Estaba tremendamente avergonzada.
-No te digo todo esto para atormentarte por un error, Selket. Te lo digo para que te sobrepongas a esto y seas mejor. Yo también tuve que aprender a no dejarme nublar el juicio por el orgullo. Créeme, si algo nos enseñaron los combates con los de Bronce en la batalla de las Doce Casas fue precisamente eso- su voz era tranquila y sin dejos de arrogancia.
No sabía qué decir, todavía me parecía sorprendente la facilidad con la que Milo me confiaba sus errores, como si el orgullo de Caballero Dorado se esfumara por unos minutos para enseñarme una lección. A los ojos de los demás podría seguir siendo altivo y orgulloso, pero cuando se sentaba a hablar conmigo fuera durante un entrenamiento o en la cama, no habían filtros ni egos. Ambos nos sentíamos en confianza para hablar sin tapujos de nuestros errores, aunque a mí me costara más. Lo miraba fijamente con curiosidad por aquellas historias, cuando sentí caer sobre mi cabeza las primeras gotas de lluvia. El combate que seguía a continuación del mío iría por la mitad e iba a terminar con un aguacero. Quizá eso beneficiaría a alguno de los contrincantes. Milo miró al cielo y luego me indicó con la cabeza que regresáramos a Escorpio. Llegamos emparamados completamente, pero me sentía victoriosa, ni el frío me importaba. Mi pelo parecía una maraña húmeda llena de tierra, por lo que opté por un baño caliente, aunque sería rápido. Sequé mi pelo con una toalla y lo peiné cuidadosamente. Me puse una sudadera y me metí bajo las cobijas a escuchar el viento rugir con fuerza por la ventana. Milo traía un libro en su mano cuando entró en la habitación. Con el clima violento de afuera, no había mucho que pudiéramos hacer, más que disfrutar de la victoria de hoy. Mis ojos prácticamente se cerraban solos del cansancio. Aunque era más aquella tensión por fin liberada, por fin había empezado el Torneo.
Sentí como si hubiera dormido dos días seguidos. Me tallé los ojos e intenté enfocar cualquier cosa, pero mi vista estaba nublada. Sí había dormido más de la cuenta, pero me sentía muy bien. Miré a mi alrededor, pero no vi señales del Escorpión por ningún lado, así que me levanté y me fui a la cocina. Me recibió con una taza de café, lo cual no era usual, pues era una bebida diurética no muy buena para entrenar.
-¿No vamos a entrenar hoy?- pregunté, dando el primer sorbo.
-No, hoy descansarás… del entrenamiento. Tienes algo peor por delante- me respondió.
Al principio me desconcertó, pero luego recordé qué día era hoy y entendí su profecía.
-Ya llegó- exclamó al sentir los pasos en el salón. -Kalá Christoúgenna, Mátia mou.
Seline había organizado una pequeña fiesta de navidad en el Santuario. Navidad. En un Santuario griego. Por mucho que yo había chistado, sólo por no querer organizar la fiesta, ella estaba empeñada en que pasáramos una velada con chocolate, ponche, pavo y todo tipo de comidas festivas. Esta vez lo hizo en el gran comedor del Santuario, con ayuda de las vestales y el aval de la diosa. Todos los Saints en servicio acudieron a la celebración, incluídos dos de los Santos de la Esperanza, que no residían en él.
-¿Algo especial que nos quieras contar hoy?- pregunté, bebiendo un trago de café y sabiendo de antemano la respuesta.
-Iré a Atenas con Aioria- dijo con muchísimo entusiasmo.
-Últimamente pasas mucho tiempo con el León…- exclamó con lentitud y un tono sarcástico Milo.
Seline se sonrojó un poco y volteó la mirada de inmediato, mientras yo reía. La verdad era que desde aquel incidente con Raido y Hokan, Seline había hecho más que buenas migas con el Caballero de Leo, quien se había esmerado bastante en sus cuidados, haciendo pie para que comenzara una bonita amistad entre ellos… y bueno, algo más. Ella siguió su camino Calzada abajo y nosotros permanecimos un rato más desayunando.
-¿Desde cuándo está saliendo Seline con Aioria?- me increpó Milo en cuanto Seline estuvo fuera de la vista de ambos.
-Eres muy ciego, Milo…- reí otra vez, mientras lo anudaba con mis brazos y jugaba con algunos mechones que cubrían sus penetrantes ojos azules de Escorpión.
-¿Vas a contármelo?- insistió.
-No seas un hermano celoso, déjala tranquila. Además, tú también estás con una aprendiza, ¿o no? No tienes mucho para reclamar allí...
Él frunció el ceño y decidí distraer su mente con besos que pronto pasaron de la ternura al deseo, pero lo contuve cuando ya las cosas empezaban a ir más allá de lo decoroso en el comedor, por lo que me levanté y lo dejé solo, abandonando el Octavo Templo para ir donde Mu. Debía organizar unas cosas con él antes de poder encargarme del pedido del pez.
De vuelta subí junto a Lexie, quien siguió su camino a Sagitario para ayudar a Aioros. Seline había logrado involucrar a medio Santuario en esto. Nos despedimos y me adentré en el salón de Escorpio, donde solía estar Milo acostado en el diván cuando no tenía nada que hacer. De alguna forma lo iba a arrastrar a mi miseria.
-No estás haciendo nada, ¿quieres ir a Rodorio?- le pregunté casualmente.
-¿Qué tienes con Rodorio que quieres ir todo el tiempo?- me contestó malhumorado.
-¿Qué tienes tú que siempre estás tan amargado?- le contesté con el mismo tono que acababa de usar conmigo, luego suavicé el tono hasta casi suplicarle. -Vamos, tengo que conseguir algunas cosas para la fiesta. Tu hermana anda ocupada y tenemos que tener todo listo antes de que anochezca.
Él volteó los ojos y se levantó de mala gana.
-¿Regrese de dónde?- preguntó con desgano.
-Ay, pon atención: Seline irá con Aioria a Atenas mientras las chicas y yo organizamos y compramos lo que falta. Tú nos ayudarás, por cierto- le dije mientras lo urgía a salir.
Salimos hacia Rodorio poco después del mediodía. El día estaba nublado, pero fresco, perfecto para no morir del calor en el mercadillo de Rodorio consiguiendo ingredientes para la Marina más intensa y amante de los eventos sociales. Mi acompañante no estaba muy contento, pero encontraría la manera de compensarlo luego. Pasamos por varios puestos y conseguí la mayoría de artículos de la lista: confituras, polvo para hornear, nueces… El pobre Milo sólo se limitaba a verme, pero sin interactuar. De todas formas, todos allí sabían que se trataba de uno de los Caballeros Dorados. Ellos, con o sin Armadura, resaltaban de entre el resto. Claro, todos tenían un índice de masa muscular y una altura que hacía ver pequeño e insignificante al resto del mundo, sin mencionar que con el trabajo venía también el requisito de lucir como modelos de alta perfumería.
Pasamos por último a la panadería, donde me recibieron Ina y su hermana menor, quienes se quedaron fascinadas mirando a Milo. No todos los días veían a un Caballero Dorado cargando las compras, eso era seguro. Siempre era trabajo de las vestales o nosotras las aprendizas. Pedí la harina y otras cosas y su padre salió un rato después con mi pedido.
-Ka Selket, qué gusto verte- exclamó, entregándome las cosas.
-Kýrie Fausto, era imposible no venir a la mejor panadería de todo Grecia. Muchas gracias, tendremos una celebración increíble, estoy segura- le dije, sonriente.
-Ah, siempre tan elocuente, despoinída. Me alegra mucho eso. Toma, puse una caja extra de kourabiedes para que pases las fiestas- me dijo con una sonrisa paternal.
Le agradecí inmensamente y les deseé felices fiestas, abrazando a las niñas. Luego emprendimos por fin el viaje de vuelta al Santuario.
-No sabía que eras tan popular- me dijo Milo en cuanto salimos de Rodorio.
-Bueno, es que soy su mejor cliente, esas kourabiedes no se comen solas- reí.
Las aprendizas éramos bastante conocidas entre los pobladores, ya que además de hacer las compras, ayudábamos en tareas sencillas. La primera vez que ayudé al panadero fue a arreglar una de las aspas del molino, ya que había que treparse al techo de paja y desde ahí repararla, lo cual no representaba mayor trabajo para mí, pero para alguien normal sería engorroso y peligroso. Desde entonces kýrie Fausto ponía unas cuantas kourabiedes extra en mi compra todas las semanas. Obviamente, para cuando llegaba a Escorpio a entregarle a Ilse los víveres semanales, no había rastro alguno del regalo.
Llegamos al atardecer al Santuario, entregándole a Seline todo en el comedor principal, las vestales se encargarían del resto. Oficialmente había cumplido mi parte y podría ir a relajarme hasta el anochecer. Tendría que compensar a Milo en grande, pues estaba bastante amargado por la noticia de esta mañana y el haberlo obligado a hacer tareas de matriarca. Llegamos a la Octava Casa y le serví un vaso de Stroh, su bebida predilecta.
-Ok, tienes alcohol y mi atención. Puedes despotricar por una hora antes de que tengamos que salir de nuevo- le dije, sentándome en el diván frente a él.
-No soy una chica, Selket- me miró con indignación, tomando un trago.
-Como quieras- le dije con una sonrisa, sabiendo que en 3, 2…
-¿Por qué tiene que salir con Aioria?- se quejó, molesto.
Ajá, cosas de "chicas".
-¿Por qué no? Es agradable, gracioso, atractivo-
-¿Por qué no sales tú con él si tanto te agrada?- me espetó con sorna.
-No seas, bobo. Deberías estar feliz por tu hermana. Aioria es un buen tipo, un Caballero Dorado. Además, ella está feliz. Quéjate el día que quiera salir con DeathMask- le dije.
Su expresión de horror me hizo reír. Tomó otro trago y me atrajo hacia él. Me dio un beso con sabor alicorado y me senté en sus piernas. Nos quedamos en silencio un rato sin movernos o hacer nada. Era su manera de procesar aquello y no pensaba interferir. Cuando se sintió listo, simplemente me puso con cuidado en el diván y se levantó. Entró al cuarto y lo seguí. Era casi hora del show, así que me puse un quitón vinotinto y Milo una chaqueta con camisa verde militar y pantalones oscuros. Guardó en su chaqueta el pequeño dije de aguijón que habíamos conseguido de regalo para Seline. Era un pequeño colgandejo de plata en forma de aguijón coloreado con visos rojos y azules. Era un toque especial que se me había ocurrido: dos Escorpiones, su técnica era un destello rojo, la mía era azul… Algo para recordarnos siempre.
Milo y yo habíamos acordado no intercambiar regalos entre nosotros, ya que nuestros cumpleaños habían estado demasiado cerca a la fecha y… bueno, no necesitábamos demostrar nada.
Llegó la hora y nos dirigimos al comedor. A pesar de que era un secreto a voces, tratábamos de no atraer la atención sobre nosotros, actuando lo más normal posible. Llegamos y ya estaba la mayoría allí, aunque la diosa y el Patriarca no habían hecho su aparición todavía.
-Wow, Seline. Te luciste esta vez, todo luce increíble- le dije en cuanto la vi.
-¿Qué se supone que hay que hacer en una fiesta de navidad?- preguntó Milo.
Aioria se incorporó a la conversación de inmediato.
-Básicamente sólo comeremos y beberemos hasta que llegue el año nuevo- dijo, alzando su copa en señal de brindis.
-Ja… Ja…- respondió Seline, dándole un codazo al León Dorado.
Milo tenía una mezcla de emociones en su cara que iban desde los celos tiernos y protectores de un hermano, la alegría de ver a su hermana feliz y las ganas de estrangular a Aioria con sus propias manos. Todo en un mismo lapso. Era una imagen bellísima que atesoraría en mis recuerdos cada vez que necesitara una carcajada.
-Puedo ver la aneurisma bajando por tu sien, Einni- le dije, conteniendo la risa.
Él frunció el ceño y puso su brazo sobre mis hombros.
-No llevo ni veinticuatro horas con esta nueva información, Mátia mou- podía ver que se estaba esforzando.
Era nuevo en esto de ser hermano mayor, había que darle tiempo. Afortunadamente, Seline no tenía idea, era mejor así. No era grave, de cualquier forma.
-Está bien, creo que es muy dulce que quieras cuidar a tu hermana- lo abracé brevemente y me fui a servir algo de ponche.
Estaba bebiendo aquella bebida lechosa y nueva para mí cuando sentí un abrazo en mi cintura: Kiki acababa de llegar, seguido por Mu. Lo abracé y fue a jugar con Yakov. Me hacía mucha ilusión verlo con un amigo de su edad. Eso significaba que Hyoga estaría por ahí junto a Andrómeda, según había escuchado. Milo había ido a conversar con Aldebarán y DeathMask, mientras Seline y Aioria seguían en lo suyo. Escaneé la habitación poniendo especial cuidado en los asistentes hasta que un Caballero Dorado captó mi atención: Shaka de Virgo se encontraba entre los presentes. Eso era nuevo, en verdad. Aquel Santo parecía ajeno a la vida en el Santuario, siempre en su Templo meditando entre nubes de incienso y sonidos extraños.
-Oye, Mu- llamé al ariano, quien se encontraba todavía a mi lado. -Shaka tenía una aprendiza nueva, ¿no? Una pequeña niña.
-Sí, la pequeña sigue bajo su custodia, ¿por qué preguntas, Ket?- me contrapreguntó él.
-Bueno, es simple curiosidad… La primera vez que la vi iba de camino a Géminis, cuando Saga me llevó y desde eso no la he visto- dije, intentando fisgonear un poco más.
Recordaba que Saga me había dicho que luego me explicaría, pero obviamente nunca lo hizo. Tenía cosas más importantes en qué ocuparse, como enviarme a dimensiones desconocidas para su diversión.
-Curioso interés… Ella está bien, es pequeña aún, pero Shaka será un buen maestro- me respondió al tiempo que alzaba su copa de vino.
Le devolví el gesto con mi taza de ponche, que por cierto no estaba mal, aunque lo cambiaría sin pensarlo por un mojito de Aldebarán en un abrir y cerrar de ojos. Lastimosamente, el brebaje no había pasado el filtro de la anfitriona.
-Mu, Selket- saludó el maestro Dohko, incorporándose a la conversación.
-Maestro Dohko, ¿qué tal la fiesta? ¿Había sucedido algo así en el Santuario antes o es cosa de Marinas?- pregunté con algo de fastidio en mi voz, aunque no muy intencional.
-Es la primera vez que vemos una celebración así, aunque yo he estado doscientos años en una cascada… No podría decirte mucho.
Claro. Todos podían identificarse con ello, por todos los dioses...
-Achú- escuchamos el estornudo de Seline junto a nosotros.
La pobre no paraba de estornudar por el polvo mientras había estado limpiando, así que le ofrecí ir por un antihistamínico con Mu. Ella guardó el pañuelo y negó con la cabeza al tiempo que se excusaba. En unos segundos Aioria llegaba a su lado. Estornudó nuevamente.
-Tal vez eres alérgica a los gatos- rió el maestro Dohko.
No me aguanté y me eché a reír también, mientras me apoyaba en Mu, quien permanecía calmado, pero sabía que en el fondo le había hecho gracia el chiste de Dohko.
-Ah, el bueno humor del maestro Dohko era lo que le faltaba a la fiesta- exclamó Seline.
Todos reímos y mientras Aioria saludaba a Mu y a Dohko, yo llamé a Seline y la llevé del brazo a un rincón del salón. Milo llegó de inmediato.
-¿Qué sucede?- preguntó turnándose por mirarnos.
-Tenemos algo para ti- le dije, abrazándola.
Milo sacó de su chaqueta la pequeña cajita y se la entregó. Lo abrió de inmediato y sacó el dije con la cadenita de plata. Lo admiró por unos segundos entre sus manos y con lágrimas en sus ojos nos abrazó. La rodeé en cuando nos soltó y le puse el dije alrededor del cuello.
-Listo, así tendrás algo siempre para recordarnos- le dije.
Su semblante se ensombreció al instante, pues sabía que estaba en una cuenta regresiva y tendría que regresar al Templo Submarino en Atlantis en un año, máximo, según los cálculos con el Torneo. La abracé muy fuerte y le dije que no llorara, pues las lágrimas comenzaban a agolparse en sus brillantes ojos aguamarina. Compartimos un momento más abrazadas hasta que de repente todos hicieron silencio: Athena y el Patriarca habían llegado. Nos alineamos a los lados para que pasaran e hicimos las respectivas reverencias, mientras ella con una cálida sonrisa pasaba por nuestro lado. Aioros la recibió y se perdieron de mi vista por un rato, volviendo todo al bullicio normal. Estaba comiendo un ceviche de camarón cuando el Patriarca llegó a mi lado.
-Selket de Escorpio- me dijo, haciéndome respingar y casi atragantándome con la comida.
-Gran Patriarca, buenas noches- le respondí con una reverencia.
-¿Cómo has pasado esta velada? Esa pequeña Marina ha revolucionado este Santuario- me dijo al tiempo que me enseñaba su copa. -Ustedes… han llegado para cambiar muchas cosas, a decir verdad.
No sabía si lo decía como un reproche o un cumplido. No sabía qué responder. Si reir cortésmente o llorar y pedir perdón.
-Un trago de agua fresca, en verdad- aquella voz me heló la sangre.
-Señorita Athena- murmuré mientras me apuraba a hacer la reverencia a la diosa.
Ella sonrió y me indicó con un gesto con las manos que me levantara. Miré brevemente a mi alrededor y tragué en seco nerviosa.
Milo, ven aquí, te lo ruego.
Sonreí mientras rezaba internamente porque el Escorpión me hubiera escuchado, donde quiera que estuviera.
-Es muy agradable ver a mis Caballeros compartiendo el pan y el vino. Sería estupendo hacer una celebración cada año, sin duda lo disfrutaría mucho más que aquellas aburridas fiestas sociales a las que me toca acudir con la Fundación Graud- dijo Athena.
Yo seguía atónita y muda. Atiné a sonreír levemente, pero tenía pánico de pensar que me viera falsa o grosera, pero estaba totalmente aterrada y no sabía muy bien cómo comportarme. Afortunadamente una voz familiar llenó el silencio.
-Athena, Patriarca- escuché la voz de Milo tras de mí.
Suspiré aliviada: ahora podría dividir la carga que significaba hablar con las personas más importantes de todo el Santuario. Milo tenía una desenvoltura envidiable con situaciones sociales y/o incómodas, las cuales para mí eran indistinguibles. Comenzaba a sentir dolor de estómago de los nervios, permaneciendo como estatua junto a Milo, quien hablaba con familiaridad, pero con respeto con ambos. En un momento llegó Sagitario nuevamente a susurrar un breve mensaje en el oído de la diosa, quien asintió y se disculpó con nosotros, retirándose a otro lugar. Fiu. Pude respirar nuevamente más tranquila, pues el Patriarca no me ponía tan nerviosa. No sé cómo Milo nos disculpó y me llevó del brazo a otro sitio.
-Selket, es una diosa, pero también es una persona. No tienes que actuar como si tuviera dos cabezas- me regañó Milo.
-Lo siento, yo… no me acostumbro todavía a ella. Es como una figura etérea para mí- me disculpé.
Él me miró como si no tuviera remedio y me llevó a nuestra mesa, donde estaba precisamente su mejor amigo.
-¿Demasiado temprano para empezar a beber como cosacos?- le pregunté, sentándome a su lado.
-No tienes idea…- me espetó viendo el fondo de su copa.
Seguía sin entender su apatía en ciertos aspectos, sobre todo con Seline. Sin embargo, no iba a meterme donde no me habían llamado. Me limité a jugar con la servilleta de tela doblada en forma de cisne.
-Iré por un trago, ¿quieres algo?- le ofrecí a Camus.
-Podrías traerme un Kir- me dijo.
-¿Qué es eso?
-Es una bebida de vino blanco con Crème de Cassis- me dijo con fino acento francés.
Volteé los ojos y me levanté hacia el bar que habían dispuesto. Volví al rato con un vaso de vino rosado para mí y un aperitivo de crema de café para él.
-Esto no fue lo que te pedí- gruñó molesto.
-La verdad ni siquiera me molesté en poner atención. Toma tu créme de café y deja de joderme la vida- le respondí molesta, haciendo un fingido acento francés en "créme" que lo fastidió de inmediato.
Me recibió el vaso y lo probó, aunque primero me dedicó una mirada asesina a la que respondí con una sonrisa falsa. Dos podíamos jugar ese juego. Pronto tocaron la campana y los demás llegaron a las mesas. Milo se sentó junto a mí y Leyja llegó junto a Camus, aunque estaba segura que se moría de ganas por cambiarse para la mesa de los Leones, junto a Seline, Aioria y su querido Raido. Ya iba cediendo la asgardiana.
Luego de la cena, tomamos aperitivos y un delicioso postre. Conversamos un rato más y luego nos fuimos retirando poco a poco. Había sido una larga velada y me moría por regresar a Escorpio a tener por fin un momento de calma, suficiente interacción social por hoy… y quizás el resto de la semana. Le ofrecí a Seline quedarme a ayudarle, pero me dijo que las vestales se encargarían, así que partí con Milo hacia el Octavo Templo. Camus se apoyaba en el Escorpión para subir la Calzada, mientras Leyja y yo íbamos un poco más atrás. Milo siguió hacia Acuario con los otros dos y yo me adentré en Escorpio.
Llegué y me deshice del maquillaje rápidamente. Puse el quitón en la cómoda para lavarlo luego y me puse un camisón. Milo entró un rato después y se tiró en la cama quitándose rápidamente la ropa. Me acosté junto a él y me recosté en su pecho. Qué rápido pasan las cosas en el Santuario, hacía un año más o menos había llegado y jamás me hubiera imaginado que estaría hoy aquí, así. En unas semanas tendría el segundo combate del Torneo y esperaba una victoria impecable.
[~]
kalá Christoúgenna: "Feliz navidad" en griego.
Kýrie: "Señor" en griego.
Ka y despoinída: formas en griego de decir "señorita".
