Capítulo 25
Just a Smile
—Quinn, ¿me puedes explicar de una vez que está pasando? ¿De qué estaba hablando Dave? ¿Qué es lo que no puedo saber?
La morena se desesperaba ante la actitud de la rubia, que prácticamente rezaba, imploraba que sucediese algo para salir de aquella situación airosa. Pero no iba a ser así.
Cada segundo que pasaba impacientaba más a Rachel, y entendía que debía confesar todo.
Ella lo decía en muchas ocasiones; la verdad es lo único que importa. Y no podía seguir ocultándole aquello. No si quería conservar su confianza y su amistad.
—Rachel…Te juro que yo no pretendía hacerte daño.
—¿Qué? Habla, por favor. Me estoy empezando a asustar mucho, Quinn.
—Recuerdas, recuerdas el día que llegamos aquí, cuándo montamos la tienda —se lanzó entre balbuceos, y Rachel asintió—. Recuerdas que Dave nos la jugó con eso de dormir juntas.
—Ve al grano, Quinn.
—Ok…Cuando, cuando tú te pusiste a llenar el colchón, yo aproveché para recriminarle a Dave lo que había hecho. Ya sabes, no, no es normal que haga eso y bueno, yo solo quería que fuese consciente de lo que había hecho y él, él…
—Quinn, deja de tartamudear, por favor, y explícame de una vez que está sucediendo —interrumpió visiblemente molesta. Quinn tomó una gran bocanada de aire, tratando de tranquilizarse y ordenar sus pensamientos.
—Dave me la jugó de nuevo —habló al fin—. Me empezó a retar, a echarme en cara que no tenía motivos por los que preocuparme por dormir contigo, porque era algo normal entre amigas… Pero, pero usó ese juego que siempre usa cuando pretende sacar algo a su favor, y me dejó entrever que si tenía miedo a que tú… A que tú te fueras a enamorar de mi simplemente por dormir a mi lado —espetó bajando la mirada.
—¿Qué? ¿Enamorarme de ti? —cuestionó confundida.
—Sí. Me estaba poniendo a prueba, Rachel. Y Yo caí en la trampa solo por molestarle.
—Pero no entiendo, ¿qué le dijiste?
—Pues, pues le dije que era algo podía suceder.
—¿Qué?
—Lo siento, Rachel. Fui una estúpida, pero te juro que lo hice solo por molestarle. Porque se estaba riendo de mí, y encima me infravaloraba. Y ya sabes que cuando me tocan el ego, yo… Dios, lo siento. Solo quería callarle la bocaza esa que tiene.
—Espera, espera, porque sigo sin entender. ¿Me estás diciendo que Dave bromeó con el hecho de que tú y yo durmiéramos juntas, que no le daba importancia y que tu debías estar tranquila porque yo no me iba a enamorar de ti?
—Exacto. No puede estar mejor resumido.
—¿Y tú le dijiste que si me podía enamorar de ti?
—Sí, pero eso solo lo dije por fastidiarlo. No, no lo dije porque lo pensara realmente.
—Ok. ¿Y cuál es el problema? ¿Por qué no querías contarme eso?
—Porque eso no es todo —masculló desviando de nuevo la mirada—. Hay algo más. Hicimos, hicimos una apuesta.
—¿Una apuesta?
—Aposté que tú, que tú te ibas a enamorar de mi —confesó nerviosa.
—¿Qué?
—Rachel, yo hice eso porque sabía que íbamos a ganar. Quiero, quiero decir, pensaba decírtelo, y cómo nos estábamos haciendo pasar por pareja, pues iba a resultar creíble, pero…
—¡Oh dios! —exclamó aturdida— ¿Todo esto es por una apuesta?
—¿Qué? No, no, Rachel, déjame que te explique…
—¡Quinn! ¿Todo esto, todas las cosas que me has enseñado, ese "me gustas" en el bosque, ha sido por una apuesta?
—¿Qué? No…no, Rachel, te lo juro. Eso no tiene nada que ver.
—¿Te tengo que creer?
—Rachel, por favor, te lo prometo. Cuando hice la apuesta fui a decírtelo, para que lo supieras. Y fue cuando te encontré mareada porque habías intentado llenar el colchón a pulmón, ¿recuerdas? Y te dije que tenía un plan nuevo, pero tú no quisiste oírlo. ¿Lo recuerdas? Me dijiste que no quería más líos, y yo pensé que tenías razón.
—¿Pero aun así seguiste adelante?
—Rachel, tienes que creerme. Yo solo lo hice porque ya estábamos metidas en el plan de hacerles creer que éramos pareja, no lo hice para llevarlo a cabo de verdad. Te lo juro.
—No me jures, Quinn…— respondió visiblemente afectada.
No conseguía asimilarlo, no podía creerla a pesar de querer hacerlo. Todas aquellas situaciones que habían vivido en el campamento, todos los halagos que había recibido de la rubia, aquél "me gustas" o el "eres importante". Los besos que se atrevió a regalarle, todos y cada uno de aquellos momentos pasaban por su mente como una película mientras trataba de convencerse de que lo que le contaba era la verdad.
—Rachel, escúchame —se acercó tomándola de la mano—. Te juro que yo no estaba mintiéndote. Todo lo que he hecho contigo estos días ha sido real, me ha salido del corazón. No tenía nada que ver con la estúpida apuesta.
—Pero…Quinn tú no eres así. Tú, tú nunca has dicho ese tipo de cosas, y de pronto me lo dices a mí, sin más… ¿Cómo quieres que te crea?
—Porque tienes que creerme —se desesperó—. Porque nunca en mi vida me he sentido así, y ahora te lo estoy diciendo. Rachel, lo siento…Sé que tendría que habértelo dicho antes, pero tienes que creerme. Todo lo que te he dicho ha sido real, no para intentar enamorarte…—balbuceó.
Rachel bajaba la cabeza. Quería mostrarse fría, distante, dejar claro que aquello no le provocaba aquella sensación de angustia como realmente le estaba provocando, y no salir huyendo como una cría. Algo que empezaba a desear con todas sus fuerzas. El temor, la vergüenza a creer que Quinn podría haber estado riéndose de ella, era algo que no podía asimilar. Pero se mantuvo firme. O al menos lo intentó.
—Ok…Está bien —masculló escuetamente, y Quinn la miró confusa.
—¿Esta bien? ¿Qué significa eso? ¿Me crees?
—Claro, si tú lo dices, tendré que creerte —respondía sin apenas convicción.
—¿Seguro?
Quinn no terminaba de creer que Rachel estuviese accediendo a aquello. Sus gestos, la oscilación de su mirada evitando cruzarse con sus ojos en todo momento, le indicaban que no le creía en absoluto. Pero sus palabras parecían ser claras.
—Si dices que es así, no hay nada que debatir —respondió bajando la mirada.
—No, no me crees —masculló Quinn sabiendo que le estaba mintiendo —Ok…Haz lo que quieras —espetó malhumorada al tiempo que se separaba de la chica.
—Hey…hey, un momento. ¿Te enfadas tú? —le recriminó.
—Rachel, lo que te he dicho a ti en estos días, no se lo he dicho absolutamente a nadie en mi vida. Y no me crees. Y no solo ahora. Nunca me crees cuando te confieso lo que siento por ti. Estoy harta de tener que demostrarte constantemente todo porque no me crees.
—Ah ¡No! —exclamó— Increíble, soy yo la que debo de estar enfada y ahora me sales con eso. ¿Soy yo la culpable? Vamos, Quinn, ¿me estás echando la culpa de que tú hayas inventado esa estúpida apuesta?
—No, te culpo porque no me crees, y me cansa tener que demostrártelo. Que da igual lo que haga o día, en el momento en el que surge alguna duda, ya pierdo toda credibilidad contigo. Se supone que somos amigas. Si te digo que me importas, es que me importas de verdad. Pero a ti te da igual que me trague mi orgullo. Te da igual que haga cosas que no hago con nadie, porque no… No me aceptas así. Tú quieres que siga siendo la hija de puta que te hace daño en el instituto. Tú quieres que siga siendo la que intenta conquistar a tus novios, o hace dibujos de mierda en las puertas de los baños, para reírme de ti. Eso es lo que quieres. Solo así te sientes segura conmigo. Pues muy bien, Rachel Berry. ¡Perfecto! —espetó segundos antes de alejarse por completo de la morena.
Rachel se quedó petrificada. No terminaba de creer cómo Quinn había conseguido darle la vuelta a la discusión de forma tan rápida, y sin sentido, dejándola a ella como la única culpable de la misma. Algo que no iba a terminar aceptando, ni mucho menos ceder.
No volvió a dirigirse a ella en prácticamente toda la tarde, y parte de la noche.
La preparación de la barbacoa y la fiesta las iba a mantener lo suficientemente distraídas para lograrlo. Lo que no pudieron evitar fueron las miradas. Las miradas furtivas y desafiantes que a cada rato se lanzaban. Miradas que ya casi habían olvidado y que las transportaba directamente a sus inicios en el instituto. A ese estúpido juego en el que no solo aparentaban ser enemigas públicas, sino que realmente lo eran.
Pero solo Quinn parecía moverse bien en aquella situación, al menos eso era lo que aparentaba su rostro de absoluta y total indiferencia respecto a la morena. Rachel, a pesar de intentarlo, no había dejado de pensar en cómo todo se había destruido en cuestión de minutos. En como aquella chica que le había enseñado un mundo completamente distinto, volvía a hacerla sentir ridícula después de todo lo vivido.
Y es que, para Rachel, ya todo había tomado un matiz diferente. Mágico. Un bosque de robles se había convertido en un impresionante escenario lleno de mágicas criaturas que sobrevolaban sobre sus cabezas, de enigmáticas flores que parecían esconderse, y de cascadas de agua que limpiaban el alma. Ya no sentía pavor por dormir a oscuras en una tienda de campaña, porque sabía que una trampilla permitía ver la luz del exterior, y ella estaba a su lado. Ya no temía por dibujar una simple y sencilla manzana, sino que se atrevía a plasmar con texturas y sombras toda una panorámica del lago, porque ella le ayudaba. Y ni siquiera le importaba comer galletas sentada en el suelo, rodeada de miles de insectos que no podían verse a simple vista, solo porque Quinn se sentaba a su lado. Ya creía en el paraíso porque lo había visto en lo alto de aquél mirador, con ella aferrándose a su cintura. Nunca más volvería a detestar un globo de agua, porque ese absurdo objeto, se había convertido en el recuerdo perfecto de un beso.
Lo recordaba y su mente volvía a llenarse de fuegos artificiales, demostrando que la teoría de Finn sobre los besos de Quinn, era cierta.
Un beso que, a pesar de ser fingido, aún quemaba en sus labios. Tanto que, si había algo que tenía seguro en su vida, era el no volver a sentirlo. No porque no lo deseara, sino porque sabía que sería su perdición. Como casi lo fue la noche anterior.
Agradecía haber tenido la frialdad suficiente para pedirle, o, mejor dicho, suplicarle, que no la besase mientras interpretaban aquel papel ante los ojos de Melanie.
Porque no podía arriesgarse a perder la cabeza con ella. Una regla incontestable reinaba el universo; un solo paso del amor al odio, un solo paso de la amistad al amor.
Quinn se había encargado de demostrarle algo que ella ya sabía; que era especial. Y lo hizo tanto, que no dudaba de su imponente magnetismo, de la atracción que generaba a su alrededor. Pero, además, en esos días que pudo pasar a su lado, había descubierto a una Quinn más interesante y atractiva de lo que nunca imaginó, y que lograba crear todo un conflicto moral en su cuerpo para el que no estaba preparada. Si Quinn era capaz de provocar lo que le provocó con un beso de mentira, ¿qué no sería capaz de conseguir con un beso real?
Fue esa la pregunta que se estuvo haciendo desde que la besó por primera vez, como excusa ante Melanie y Dave. Y era esa la pregunta que la aturdía mientras trataba de ignorarla durante la barbacoa. No lo consiguió. Rachel no perdió de detalle de ella ni a la hora de comer, cuando Quinn prefirió compartirla con algunos de sus compañeros, ni en ese ese instante, en el que ya había dado comienzo la celebración oficial del 4 de julio en el campamento, y dónde los grupos de los demás campamentos se unieron a ellos.
Solo había algo que podía hacer para tratar de ignorarla cuando la noche ya caía, y su teléfono móvil tenía la clave.
"Necesito hablar contigo, necesito escucharte, por favor, acéptame la llamada".
Finn. Fue casi por inercia. Solo él podía ayudarla a superar aquella noche sin siquiera saberlo. Y en aquel mensaje que le envió estaba la clave para lograrlo. Solo esperaba que el chico no fuese lo suficientemente orgulloso, como Quinn lo era.
Lo que Rachel no sabía era que la rubia no había perdido detalle de ella en toda la tarde.
Sabía qué hacía, con quien hablaba y como actuaba en todo momento, incluso en aquel instante, en el que la observaba inmersa en su móvil apartada del resto de compañeros, sentada como días atrás, en uno de los troncos que servían como bancos.
Su orgullo le podía. Solo encontró la estúpida excusa de tener que demostrarle que no mentía para no seguir discutiendo con ella, y había sido peor aún. En ese instante, deseaba con más fuerza acercarse a ella, volver a estar como habían estado durante aquellos días, y no tener la molesta sensación de creer que todo volvía a ser como al principio, sin ningún tipo de interacción entre ellas.
Un gesto fue suficiente para apartar ese orgullo, y decidir acercarse a ella después de tantas horas tratando de ignorarla. Rachel había empezado lamentarse por momentos y todo parecía indicar que era por culpa del su teléfono móvil.
Sabía que algo le estaba sucediendo e intuía que era.
—¿Una galleta? —Quinn apenas pudo pronunciar aquella frase, un absurdo nudo se apoderaba de su garganta al acercarse a Rachel y descubrir que sus ojos permanecían completamente vidriosos.
—No, gracias —respondió volviendo a bajar la cabeza hacia el teléfono.
Algo que no hizo más que preocupar a la rubia, que comenzó a apartar el malestar de tener que ceder para acercarse, a ella e intentar saber que sucedía.
—Son tus favoritas.
—No quiero, Quinn.
No dijo nada más. Quinn optó por volver a alejarse tratando de contenerse, y buscar otra opción para aquella ardua tarea. Sin embargo, no necesitó más que varios pasos para hacerla cambiar de opinión.
—No tengo hambre —susurró Rachel tras ser consciente de la dureza de su respuesta.
—Ok…No te molesto más.
—Quinn —musitó llamando la atención de la chica, que había comenzado a alejarse de nuevo— No… no es por ti, es sólo que no tengo apetito.
—Está bien.
—Gracias —respondió con el gesto apenado.
Realmente valoraba aquel intento de acercamiento, pero ahora su malestar había aumentado tras aquel intento por evadirse.
—Si necesitas algo…Ya sabes —le dijo Quinn, y la morena se mantuvo en silencio. Pero solo el tiempo justo y necesario para alzar el móvil y entregárselo, dispuesta a mostrarle el motivo de su apatía.
Quinn dudó unos instantes al ver el gesto, pero terminó aceptando el teléfono y observando los mensajes que aparecían en su pantalla.
Necesito hablar contigo, necesito escucharte, por favor. Acéptame la llamada. 16:57pm
Estoy haciendo cosas, ya hablaremos cuando tenga tiempo. 17:15 pm
Finn por favor, acéptame la llamada. 17:17 pm.
No me apetece hablar en este instante, luego te llamo a tu casa. 17:25 pm
No estoy en casa, estoy en el lago Hope, de acampada con los chicos del taller de dibujo 17:26 pm
¿Taller de dibujo? ¿Acampada? ¿De qué hablas? 17:32 pm
Por eso necesito hablar contigo, tengo que explicarte algo. 17:34 pm
Basta, estoy cansado y quiero dormir un poco. Te llamo cuando pueda 17:42 pm
—¿No sabía que estabas aquí?
Rachel negó.
—¿Por qué no se lo has dicho? —preguntó entregándole de nuevo el teléfono tras leer los mensajes.
—No he podido hablar con él, no me ha dejado.
—Pero podrías habérselo escrito antes.
—Podría, pero no lo hice.
—¿Por?
—No lo sé, igual tenía miedo de que no lo entendiera —volvía a bajar la cabeza.
—¿Miedo? —se lamentó— Rachel, ¿vuelves a lo mismo?
—No te entiendo.
Quinn trataba de ordenar sus pensamientos. Hacia escasos minutos estaba luchando por conseguir hablar con Rachel sin discutir, y ahora la morena parecía necesitarla, de nuevo por culpa de Finn.
—No puedes tener miedo por hacer algo que has deseado hacer, Rachel —espetó tratando de sonar con calma—. Tendrías que haberle dicho que venias. No puedes pretender que te comprenda si le ocultas esas cosas. ¿Acaso pensabas que no se iba a enterar?
—Sí, si sabía que se iba a enterar, y te juro que yo pretendía decírselo. Pero no me atrevía.
—Pues es lo primero que debes hacer.
—¿Decirle todo?
—No, tener la certeza y tranquilidad de saber que lo que haces es bajo tu responsabilidad, que lo haces porque quieres, y si los demás se molestan por ello, no debes ocultarlo. Es su problema, no el tuyo —soltó, y Rachel terminó desviando la mirada de nuevo hacia el suelo, lamentándose por la situación.
—Tengo la culpa de todo —masculló—. Voy a terminar perdiéndolo.
—Hey —interrumpió—, yo no he dicho que tú tengas la culpa. Es cierto que no decírselo es un error, pero él no tiene derecho a exigirte nada. Ni tú la obligación de explicarle.
—Pero…
—Rachel, mira la respuesta que te ha dado. No le apetece hablar contigo ahora, prefiere dormir y ya te llamará. Pues bien, es su problema, tú ya has hecho lo que debías.
—Pero duele, duele mucho, Quinn —masculló con la voz quebrada— ¿No te das cuenta que se va? Lo estoy perdiendo.
—Es absurdo, Rachel. Es absurdo que yo siga respondiéndote a esto porque nunca te voy a decir lo que quieres oír. Y no te lo digo porque no puedo mentirte. Llevas 6 días aquí y él no te ha preguntado ni una sola vez como estás, o que estás haciendo durante el verano. No es justo que estés aquí lamentándote porque él no crea que deba llamarte ahora.
—Dios… Esto es una tortura —se lamentó abandonando su improvisado asiento.
—¿Tortura? Rachel mira dónde estás —le replicó Quinn lanzando una mirada a su alrededor— ¿Hace falta que te lleve de nuevo a ver las mariposas para que recuerdes lo mágico de este lugar?
—Basta Quinn, no me ayudas en nada con eso. Es lo último que necesito —masculló realmente afectada, y la rubia se contuvo al ser consciente plenamente de su estado.
—Lo siento —se disculpó.
—No te das cuenta, ¿verdad?
—¿De qué?
—De que llevo dos, tres, cuatro horas aquí tratando de no pensar en lo perfecta que eres, tratando de odiarte, y tú vienes a ofrecerme mis galletas favoritas, a hablarme con sinceridad, y a recordarme que esto es mágico. Así no lo voy a conseguir nunca, no puedo odiarte —sonó frustrada.
—¿Por qué me quieres odiar? —preguntó confusa— Yo…yo creía que querías ser mi amiga, Rachel. Sé que lo que ha pasado hoy nos ha hecho discutir, pero no pensaba que fuese tan grave como para querer odiarme.
—Quiero odiarte, Quinn —susurró dejando escapar una sonrisa repleta de resignación—. Quiero odiarte porque de esa forma se supone que no me dolerá tanto…
—¿Doler? ¿El qué? —interrumpió completamente confusa— ¿Aun piensas que sigo con esa apuesta?
—No…no es por eso.
—¿Entonces? ¿Por qué quieres odiarme?
No podía. Rachel miraba a Quinn y trataba de encontrar las palabras adecuadas para responder a aquella pregunta, pero las únicas que aparecían en su mente iban a meterla en problemas.
—Cuanto más te conozco, más me gustas —soltó provocando la sorpresa en la rubia—. Quinn y me temo que tú y yo vamos a estar destinada siempre a desconfiar la una de la otra.
—¿Qué? —interrumpió— ¿Por qué dices eso? Rachel yo confío en ti, lo he hecho incluso cuando no quería ni verte.
—Mira lo que sucedió hoy. Se supone que yo era la que debía enfadarse, y al final has terminado tú teniendo la última palabra.
—Pero eso ya lo debes saber. Soy Quinn Fabray y siempre voy a tener la última palabra, lleve o no razón —trató de sonreír—. Forma parte de mi estúpido ego.
—¿Lleves o no razón? —repitió— ¿Me estás diciendo que no llevas razón en la discusión de hoy?
—No es necesario que yo te lo diga. Sabes perfectamente que no la llevo.
—¿Y por qué me has dicho todo eso?
—Es mi orgullo el que me hace actuar así, ya lo deberías saber. Ya me conoces lo suficiente para saber cuándo trato de escaparme de una situación así.
—No tienes que escapar de mí.
—Lo sé, pero…No podía hacer otra cosa si no me vas a creer.
—Empiezo a creerte…
—¿Ahora?
—Me acabas de decir que mi obligación, como persona, era haberle dicho a Finn que iba a estar aquí. Eso demuestra que eres neutral, que me dices las cosas por mi bien, sean buenas o malas. No puedo desconfiar de ti después de algo así.
Silencio. Un silencio en el que no hubo más que una mirada repleta de complicidad entre las dos. Quinn supo que por primera vez entendía que Rachel la había comprendido a la perfección.
—Entonces, ¿las galletas no han servido de nada? —le dijo con un tono más distendido, tratando de acabar con la tensión que seguía inmersa entre ellas. Y Rachel dejó escapar una sonrisa.
—Déjame que las pruebe, igual así funcionan —respondió tomando la misma actitud conciliadora de Quinn, que no dudó en entregarle la pequeña caja de galletas.
—Vamos, ahí hay varios músicos del campamento del sur, y es probable que te interesen. Hablan de musicales.
Paradojas de la vida, pensaba la morena. Hacia apenas unos minutos estaba escribiéndole a Finn para no pensar en ella, y ahora era Quinn quien la ayudaba a no pensar en él.
Y era plenamente consciente de lo que le estaba sucediendo. Quinn, muy a su pesar, realmente se estaba convirtiendo en un problema en su vida. Tenía la total certeza de saber que su amistad con ella no iba a llegar a buen puerto. Lo intuía, lo sabía y, sin embargo, no podía mostrar indiferencia hacia ella. Y por otro lado estaba Finn. La misma fuerza gravitatoria que sentía que la estaba uniendo a Quinn, parecía empeñada en alejarla de Finn. Y empezaba a convertirse en un serio problema para su maltrecha consciencia.
—Hey Quinn, Dave te necesita —Miller interrumpía la llegada de ambas.
—¿Para qué?
—Vamos, está preparándose para tocar un par de canciones y dice que necesita que cantes una de ellas.
La rubia lo miró sorprendida y buscó a Dave, que, en mitad de un pequeño grupo, la observaba expectante.
—Me ha dicho que estás un poco molesta con él, por eso te lo pido yo. Porque si te lo pide él le vas a decir que no —sonreía divertido.
—No voy a cantar —respondió rápidamente.
—Vamos, faltan unas horas para los fuegos artificiales, y necesitamos un poco de animación. Y el otro día te escabulliste.
—No voy a cantar aquí, que cante Rachel —miró a la morena.
—¿Yo? No, yo canto sólo si tú lo haces antes.
—Dave dice lo mismo, sólo tocará si tu canta la primera de las canciones —intervino de nuevo Miller—. Vamos, no puedes dejarnos sin su actuación. Además, ahora también se le suma Rachel.
—No voy a cantar.
—Hazlo…—interrumpió Rachel reclamando su atención— Me debes una.
—¿Qué?
—Si quieres que te perdone por lo de hoy, canta.
—Eso es chantaje.
—Estoy con Rachel, sea lo que sea lo que os haya pasado, es evidente que estás en deuda con ambos —replicó divertido—. Vamos, tienes que cantar.
—Oh dios…—se lamentó, y su voz sonó con tanta resignación, que Miller sonrió satisfecho, y la invitó a que siguiera sus pasos hacia el improvisado escenario. Rachel no lo hizo. Ella aguardó unos minutos, y optó por buscar un lugar en el que sentarse más apartada del corrillo que ya formaban alrededor de Dave. Sabía que, a Quinn, aquellas encerronas no le gustaban demasiado. Y lo último que pretendía era ponerla nerviosa de alguna manera. Lo que no sabía era que Quinn, más que nerviosa, lo que sentía era rabia. Un enfado monumental que iba a terminar pagando con el culpable de aquella trampa. Porque hacerla cantar frente a un grupo de desconocidos, además de sus compañeros del curso, era una trampa para ella.
—Si piensas que con esto vas a solucionar todo lo que has hecho, te aviso que has elegido mal —le dijo a Dave nada más llegar junto a él, que ansioso comenzaba a afinar la guitarra.
—No te equivoques. Yo no he organizado eso. Ellos me piden que toque la guitarra, y yo necesito algo de inspiración. Algo que sólo tú puedes darme.
—Ya…—se acercó al oído del chico— ¿Y porque no le pides esa inspiración a Mel y dejas de meterme en líos? —murmuró.
—No es un lío, es tu salvación. —le sonrió—. Además…Mel no me da ese tipo de inspiración precisamente.
—Imbécil— se quejó.
—Vamos con Just a Smile —respondió ignorando el insulto.
—¿Qué? No, ni hablar.
—Te he dicho que esto va a ser tu salvación, y lo será gracias a esa canción —le replicó—. Vamos, prepárate.
—Dave, no voy a cantar esa canción, es algo personal.
—Lo sé, por eso quiero que la cantes. Apuesto a que vas a lograr ablandar el corazón de alguien —susurró, y Quinn pudo percibir como sus ojos se desviaban con intención hacia uno de los laterales. Ella lo siguió por inercia, para descubrir a quien se había dirigido.
—No, no, ni hablar —masculló al ser consciente de lo que pretendía el chico—. Dave, esa canción es… La escribí, es solo… No tiene nada que ver con Rachel.
—Yo no he dicho nada de eso —le respondió ampliando la sonrisa.
—No, no voy a cantar eso.
—Me da igual lo que digas, Quinn. Necesito escucharte cantar esa canción y la vas a cantar, a no ser que quieres que no toque nada y el resto de chicos te culpen a ti.
—Te estoy empezando a odiar. ¿Lo sabes? Igual después de esto, te mando de una patada en el trasero a Chicago.
—Correré el riesgo.
—Idiota —balbuceó, pero Dave ya no volvió a responderle.
—¡Bien chicos! —exclamó llamando la atención del grupo—. Aquí a mi lado está Quinn Fabray, seguro que muchos de vosotros habéis escuchado cantar a miles de personas. Unas os gustaran más que otras, pero de ya os digo que Quinn, lejos de ser la mejor cantante del mundo, es una de las más especiales.
—Basta Dave —susurró tratando de evitar pasar aquel momento con la mayor brevedad posible.
—Lo vais a comprobar. Y no solo eso, es que además es una muy buena compositora —ignoró la sugerencia de la rubia—. Quinn va a cantar una canción que me mostró hace apenas una semana, escrita por ella misma, y a la que yo decidí poner música. Así que espero que seáis conscientes del hecho histórico que vais a presenciar en los siguientes minutos. Y sepáis valorarlo…
—Dave, ya… —susurró conteniendo la respiración, y sintiendo como los nervios, esa vez sí, ya se apoderaban de su estómago.
—¿Lista?
—Acabemos con esto ya —murmuró y los primeros acordes comenzaron a sonar con un estilo country, algo que sorprendió a todos los que asistían al show. Y por supuesto, a Rachel. Que aún seguía desconcertada tras descubrir que iba a cantar una canción escrita por ella misma.
I fell for you
And what if it´s crazy
I have fun if you think
and I think without thinking.
I know I must follow
the ghosts of the past
surrendered to the kiss
you planted in my defense.
Follow Me
I'll give you my heart
please don´t kill him
and let the dream
follow the sign that you give me
as I follow the live that I lived
Just a touch
Just a smile
I´ll give you my heart
Just for one of your smiles
Lo hizo. No supo por qué, pero Rachel terminó sonriendo, regalándole ese gesto que Quinn suplicaba en aquella canción justo cuando la rubia se decidía a mirarla. No se atrevió a hacerlo antes por miedo a perderse en la letra de la canción. Y no fue hasta ese preciso instante, en el que la inercia la llevó hacia ella.
Tal vez fueron 10, 20 o 30 segundos los que estuvieron mirándose, mientras Dave terminaba con los últimos acordes de la canción, y el grupo rompía a aplaudir agradecidos por la íntima actuación. Y de no haber sido por la interrupción de Mel, probablemente habrían permanecido así durante varios minutos más.
—¿Estás bien? —cuestionó Mel rompiendo el cruce de miradas, y Rachel reaccionó.
—Eh…sí, sí —respondió tratando de disimular. No lo estaba. De hecho, a pesar de la sonrisa que acababa de dibujar en su rostro, sentía como un nudo se aferraba a su pecho, y casi no le permitía respirar.
—Estás como hipnotizada…
—No, bueno, quiero decir, estaba… Estaba disfrutando de la actuación.
—Es hermosa la canción que ha cantado. No sabía que también compusiera.
—Yo tampoco —susurró regresando la mirada hacia Quinn. Y fue justo en ese instante cuando descubrió que ya se acercaba a ella, mientras Dave seguía tocando la guitarra. El nudo en su pecho se convirtió en un temblor que recorrió todo su cuerpo.
—¿No sabias que escribía? —insistió Mel, pero a Rachel no le dio tiempo a responderle. Quinn se plantaba frente a ellas.
—¿Todo bien?
—Oh, aquí está la compositora —intervino Melanie—. Le estaba diciendo a Rachel que no sabía que escribías canciones.
—No suelo hacerlo. Esto ha sido una excepción.
—Pues menuda excepción. Ha sido hermosa.
—Gracias. ¿Y a ti? —buscó a Rachel, que, junto a ella, permanecía absorta mirándola.
—¿A mi qué?
—¿Te ha gustado?
—Me ha gustado mucho —balbuceó con una tímida sonrisa adueñándose de sus labios.
—Bien… Me alegro. ¿Me puedes acompañar un momento? —le dijo ofreciéndole la mano, y Rachel ni siquiera se lo pensó. Nunca se lo pensaba cuando le regalaba aquel gesto. Que Quinn le ofreciera su mano, era algo a lo que ya se había acostumbrado, y a pesar de lo que pudiera estar pasando entre ellas, siempre terminaba aceptándola. En ese momento lo hizo por pura inercia, y cuando quiso darse cuenta, ya caminaba detrás de ella alejándose del grupo de chicos, y de una Mel, que ni siquiera se atrevió a interrumpirlas.
—¿Qué ocurre? — preguntó extrañada tras alejarse lo suficiente del grupo.
—¿Qué vas a hacer luego?
—¿Luego?
—Sí, cuando sea la hora de los fuegos artificiales —le respondió deteniendo el paso.
—Pues…Supongo que lo que hará todo el mundo, verlos.
—Te propongo un plan.
—¿Qué plan?
—Acompáñame a mi rincón mágico —espetó sonriente—. Desde allí se ve todo el lago y es espectacular.
—¿Quieres que nos metamos en el bosque de noche?
—Todos lo van a hacer. De hecho, creo que aquí solo se quedaran los monitores.
—Oh, ok. Si tú quieres que te acompañe, lo haré.
—Me encantaría que vinieras, Rachel. Solas tú y yo. Sin Mel, sin los boyscouts, sin el profesor, y por supuesto sin Dave. Solas tú, yo y los fuegos artificiales.
—Está bien —balbuceó. Y lo hizo casi sin fuerzas por culpa del nudo que seguía anclado a su pecho.
—No te noto muy convencida.
—Sí, sí que lo estoy —fingió, pero no lo estaba. Y no porque no quisiera hacerlo. No porque no le resultase terriblemente tentador pasar la última noche con ella, sentada frente a un lago en un rincón de ensueño, y ver los fuegos artificiales a su lado. Por supuesto que le fascinaba el plan, pero había algo en su interior que le gritaba, que la zarandeaba y le advertía que aquello no iba a estar bien.
—Ok, prometo que te va a gustar, créeme.
Rachel respondió con una simple sonrisa, no pudo articular palabra alguna porque las voces de Dave, reclamándolas junto al resto de compañeros, interrumpieron la conversación.
Faltaban unas horas para el acontecimiento final, pero la fiesta aun continuaba en el campamento. Una celebración que consiguió sacar varias sonrisas a Rachel y liberarla un poco de la extraña sensación de tensión que se apoderaba de su cuerpo, y de los continuos bombardeos de su mente.
La música era la mejor de las opciones para lograr ese cambio, y Dave acertó de pleno en hacerla cantar junto a él.
Fueron varias las canciones que cantó. Y no fue hasta que la cena ya estaba casi finalizada, cuando las actuaciones cesaron.
Fue el teléfono de Rachel el que logró apartarla del pequeño grupo que había formado con Dave y su guitarra. Un mensaje de Finn en su pantalla, fue suficiente para destruir la calma y obligarla a alejarse de nuevo del centro de la reunión.
Un mensaje que cambió radicalmente sus planes, y los de Quinn.
La había perdido de vista. De hecho, fue consciente en ese instante de que llevaba prácticamente 30 minutos sin verla merodear entre los grupos. Tuvo que hacer un barrido con su mirada de toda la zona de acampada, para volver a verla. Estaba justo saliendo de la carpa que compartían, y no lo dudó.
Rachel aligeró el paso decidida al verla salir de la carpa, pero sus piernas comenzaron a temblar al encontrarse con la sonrisa de la rubia al descubrirla.
—Hey… ¿Ya ha terminado el concierto?
—Eh, sí. Me temo que sí. ¿Qué haces aquí?
—Oh, pues… He venido a por unas cosas que voy a necesitar —le respondió sin perder la sonrisa, y mostrándole la mochila y una manta perfectamente doblaba sobre su brazo.
—Oh… ¿Eso es para…?
—Para ver los fuegos artificiales. Mira, llevo una manta para sentarnos en el suelo, la linterna para poder ver, y he metido galletas y algunas cosas que encontré en la cabaña de la cocina —respondió ilusionada—. ¿Te gusta el ron?
—¿Ron?
—Ajam. Vamos a ver los fuegos comiendo galletas y bebiendo ron. Así yo me olvido de la vergüenza que me ha hecho pasar Dave, y tú te olvidas de Finn —espetó divertida.
—Oh dios…
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿No te gusta el plan? Tranquila, si no quieres ron, no te preocupes, no te voy a obligar…
—No, no es eso, Quinn —la interrumpió lamentándose.
—¿Qué ocurre, Rachel? ¿Es por…?
—Me ha escrito, Quinn. Finn me ha respondido.
—¿Y? —preguntó curiosa— ¿Qué te ha dicho?
—Que me va a llamar en un rato.
—Ah…Bueno, algo es algo, ¿no? Al menos así podrás hablar con él.
—Quinn…—susurró— Si me va a llamar no… No puedo ir al lago —añadió lamentándose, y el gesto de la rubia se desfiguró.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—No sé exactamente cuándo me va a llamar, y si me alejo de aquí no tendré cobertura —dijo y Quinn guardó silencio. Simplemente desvió la mirada con la decepción instalada en su rostro, tratando de encontrar las palabras adecuadas para no terminar haciendo daño a la morena—. ¿Lo entiendes? Si me marcho no tendré cobertura, y no podré hablar con él.
—Ya…Ya, lo entiendo —respondió un tanto confusa—. Pero… ¿por qué no te llama ya? Quiero decir, aún falta una hora y media para los fuegos, tiene tiempo de sobra y…
—Me ha dicho que se iba a duchar y a dar un paseo para despejarse, que luego me llamaría.
—Ok. Ok. Entiendo. Perfecto entonces.
—Quinn no te enfades, por favor —le suplicó.
—No…No me enfado— le respondió esbozando una extraña sonrisa—. No pasa nada, otro año será.
—Quinn, por favor — le replicó con la voz quebrada.
—Tranquila Rachel, estoy bien. Eso…eso es importante, tienes que solucionarlo ya o vas a terminar volviéndote loca. Así que no te preocupes por mí. ¿Ok?
—¿Segura? ¿No te enfadas?
—No…Claro que no —respondió alejándose de ella, procurando que el malestar que ya se había adueñado de ella, no se viese reflejado en su cara—. Ya…ya me cuentas que tal. ¿Ok?
—Ok, pero… ¿Dónde vas? —preguntó al ver como Quinn se alejaba en dirección opuesta al campamento.
—Al lago.
—¿Qué? ¿Ya?
—Sí. Estoy cansada de aguantar a Dave, y no quiero que sepan que fui yo quien se llevó la botella de ron —se excusó forzando la sonrisa.
—Pero… ¿Te vas a ir sola?
—Ajam…
—Quinn —susurró.
—Tranquila Rachel —le dijo regalándole una última mirada—, sé cuidarme sola. Siempre lo hago.
