Billy estaba de pie frente a la ventana de la habitación de su jefe. Observaba el extenso jardín con aire grave, reflexionando sobre la misión que Geese-sama pensaba encomendarle: obtener el segundo pergamino secreto, y hacer que Wolfgang Krauser y Terry Bogard se enfrentaran de algún modo. Aquellos objetivos no guardaban relación entre sí, pero Geese confiaba en que podían lograrse simultáneamente.
Conteniendo un suspiro frustrado, Billy miró hacia la cama. Su jefe estaba dormido debido a un potente analgésico que el médico le había inyectado. Geese no se quejaba de sus lesiones, pero Billy sabía que aquellas heridas le estaban causando un enorme dolor.
Como su jefe debía descansar, no habían tenido tiempo de conversar sobre los detalles de aquel plan, ni sobre nada en general. Billy sabía que Geese le daría órdenes detalladas cuando fuera el momento adecuado, pero se sentía impaciente. Necesitaba saber cuánto tiempo estaría ausente. No concebía pasar semanas o meses lejos de su jefe.
En esos días, la pesadumbre que sentía por haber perdido ante Terry Bogard había amainado. Increíblemente, Geese no le había recriminado por su derrota, y sólo le había ordenado volverse más fuerte. Billy seguía sintiendo un profundo cargo de consciencia por la caída que Geese-sama había sufrido, pero el empresario había hecho hincapié en que no lo responsabilizaba por eso.
Sin embargo, había algo que aún preocupaba a Billy. Geese no había dejado de pensar en Terry a diario y con frecuencia. Todos sus propósitos giraban en torno a ese joven. Geese no sólo iba a fingir su muerte y dejar que la ciudad se sumiera en el caos por una temporada... También iba a prescindir de los servicios de Billy debido a esa obsesión por desquitarse con Terry.
"No, no prescindir", se corrigió Billy, observando el rostro dormido de su jefe y esforzándose por mantener a raya la amargura. "Dejaré de ser su guardaespaldas por un tiempo, pero me ha dado una gran responsabilidad que no confiaría a nadie más".
Geese-sama le estaba encomendando dos encargos importantes. Lidiar con Terry y Krauser, y obtener el pergamino. Y Billy sabía cuánto significaban los viejos pergaminos para su jefe.
Sin hacer ruido, Billy se sentó en el sillón junto a la cama. Recordó lo que Geese le había revelado sobre los pergaminos años atrás. El que estaba en su poder otorgaba la capacidad para curar, y Geese había obtenido aquel conocimiento durante el viaje a Japón. Ya no necesitaba que el pergamino estuviera en su presencia para utilizarlo. Era por eso que aquellas lesiones que lo inmovilizaban serían pasajeras. Sanarían gracias a aquel poder ancestral, pero lentamente, porque requerían de una gran cantidad de energía, y Geese había consumido su ki durante la pelea contra Terry. Sobrevivir a la caída había agotado sus últimas reservas.
La revelación sobre la capacidad de Geese-sama para sanar y recuperarse de una caída tan terrible había hecho que el agobio de Billy se calmara en parte. El joven no había pasado por alto la ironía: el pergamino que él tanto había aborrecido era lo que permitiría que Geese-sama estuviera bien.
Y, según la leyenda, reunir los tres pergaminos otorgaría a su dueño la inmortalidad...
Para el joven, aquello seguía siendo una fantasía, pero... ¿y si no era así? Si se le presentaba la oportunidad de conseguir el juego completo de pergaminos para Geese, lo haría. El poder de curar era real. Aunque la inmortalidad no fuera posible, quizá esos viejos documentos ayudarían de alguna otra manera a asegurar que su jefe sobreviviera a otro incidente mortal en el futuro.
Cuando lo pensaba así, ir a Europa a robar el segundo pergamino no sonaba tan mal.
—Tendrás que ganarte su confianza, tanto de Krauser como de su personal —dijo Geese, pensativo, recostado contra las almohadas con el rostro pálido—. Tal vez el verte deprimido por la muerte de tu jefe hará que crean que te has derrumbado y bajarán la guardia. —Geese hizo una pausa y miró a Billy con malicia—. Por lo que he estado viendo estos días, adoptar una actitud decaída no te costará ningún esfuerzo.
—Por favor, no se burle de mí, Geese-sama. Estaba preocupado por usted —protestó Billy.
Geese rio.
—¿Crees poder hacerlo?
—Sí —asintió Billy, y su ligera irritación por la burla de su jefe se disolvió al escuchar esa suave risa—. Iré a beber a algunos bares. Me aseguraré de que me encuentren y que vean lo miserable que me siento.
Geese volvió a reír. Billy había dicho la última frase con el rostro serio, pero su tono había sido sarcástico, como si le siguiera el juego.
—Krauser creerá que todo está a su alcance, mi ciudad, mi guardaespaldas. Y una vez que te ganes su confianza, podrás sugerirle organizar un torneo si realmente quiere igualarme.
Billy asintió, reprimiendo lo que pensaba sobre el complicado plan de Geese-sama. Iba a cumplir sus órdenes, sí, pero los pasos que debía seguir le parecían innecesariamente complejos. Debía exponerse al personal de Krauser, dejar que lo contactaran, aceptar la oferta que le iban a hacer, convencerlos de organizar un torneo, y asegurarse de que Terry participara...
Hasta ese momento, Billy no sabía en qué consistía el negocio que ese tal Laurence Blood había mencionado, pero Geese estaba seguro de que Krauser quería reclutarlo. Según Geese-sama, Krauser cumpliría su palabra de apoderarse "de lo que era suyo" y eso incluía a sus negocios y sus subordinados. Billy, en particular. Y aquello no tenía sentido para Billy, porque ¿para qué reclutar al empleado de un enemigo? ¿Por qué no simplemente hacer algo más simple, como matarlo y exhibirlo a modo de trofeo?
Sin embargo, ante esa interrogante, Geese respondió que Krauser tenía cierto código de honor. Matar por matar no iba con él.
Luego Geese continuó, expresando sus pensamientos en voz alta, pero hablando más para sí que para Billy:
—El sistema de inscripciones al torneo no permite controlar quién participará y es inadecuado. Si se tratara de un evento privado, con invitaciones enviadas a algunas personas específicas, la participación de Bogard estaría asegurada.
Geese asintió para sí, satisfecho con su propia idea, y Billy bajó la mirada, tratando de enmascarar el pesar que le producía oír ese nombre en los labios de su jefe. Geese lo notó.
—¿Qué pasa?
Billy mantuvo la mirada baja.
—Me preguntaba qué es lo que Terry Bogard le hizo, para que usted se haya obsesionado de este modo con él.
—¿Obsesionado?
Billy alzó la vista. Geese lo observaba con el ceño fruncido y una clara extrañeza.
—¿No le parece una obsesión, Geese-sama? —musitó Billy, desconcertado.
Los ojos de Geese se oscurecieron y se tornaron duros. El joven comprendió que estaba adentrándose en terreno peligroso y esbozó una sonrisa tenue para apaciguar a su jefe.
—Cuando Bogard está involucrado, usted actúa de un modo extraño. Toma decisiones que no son propias de usted. Por mencionar un ejemplo, me está pidiendo que vaya con Krauser, la persona de la cual usted intentó protegerme años atrás —explicó Billy con voz cortés.
—Si te refieres a la razón por la que te alojé en la Torre, fue por conveniencia. ¿Por qué habría de proteger a un empleado?
—Porque usted defiende lo que es suyo —respondió Billy educadamente. Los años que había pasado con Geese lo habían hecho acostumbrarse a esas respuestas bruscas en las que Geese parecía refutar un argumento, sin realmente negarlo.
—¿Qué significa esto? ¿No quieres aceptar tus órdenes?
—Haré cualquier cosa que usted me ordene, Geese-sama, pero no puedo evitar pensar —respondió Billy—. No quería molestarlo.
Geese hizo un sonido de fastidio y cerró los ojos.
—¿Qué quieres saber? —preguntó en voz baja al cabo de unos minutos, girando el rostro para observar a Billy.
Billy se sorprendió. ¿Geese-sama pensaba explicarle...?
Sintiéndose súbitamente incómodo, Billy clavó la vista en la alfombra. Estaba sentado junto a la cama y no había manera de rehuir la intensa mirada de su jefe. No encontraba la forma de decir que quería saberlo todo.
Geese esperó y luego dijo, impacientándose:
—¿Qué es lo que sabes?
—Terry dijo que quiere vengarse de usted porque usted mató a su padre, un hombre llamado Jeff Bogard —respondió Billy pausadamente, atento a los cambios en el semblante de Geese-sama para saber cuándo callar—. Según su versión, se trataba de un hombre "inocente", y a usted no le importó matarlo delante de sus hijos.
Geese esbozó una sonrisa desdeñosa.
—Hijos adoptivos, y no sabía que los había adoptado en ese entonces —aclaró burlón.
Billy contempló la sonrisa en los labios de su jefe. Geese-sama no estaba negando que había matado a un hombre, ni que lo había hecho en presencia de unos niños. Es más, su rostro estaba adoptando una expresión complacida, como si saboreara ese recuerdo.
—En cuanto a si era inocente, no importa mucho —continuó Geese—. Era mi enemigo y debía morir.
Billy se estremeció al oír la frialdad de su voz. No conseguía imaginar qué había hecho ese Jeff para que el rencor de Geese-sama perdurara en el tiempo, tan intenso que Geese había acabado volcándolo hacia un hijo sin ningún vínculo de sangre.
—De seguro tuvo una buena razón para matarlo —dijo Billy—. Pero ¿por qué se ensaña con Terry?
—Él heredó algo que debió ser mío.
Billy se sintió confuso. No estaba sacando nada en claro de aquella conversación.
Geese lo contempló un momento y rio para sí. Luego dirigió la mirada hacia lo alto del dosel de la cama, perdido en reflexiones.
Billy no habló. Quizá Geese agregaría algo más, o quizá no. Tal parecía que el vínculo que lo unía a Terry Bogard estaba fuertemente arraigado en su pasado. Geese no estaba interesado en Terry como persona; se había obsesionado con lo que ese joven representaba.
—En la época en que entrenaba en Asia, Jeff era mi compañero —habló Geese de pronto, en una voz tan baja que era casi un susurro.
Billy se inclinó hacia la cama, sorprendido por la información y porque Geese le estaba revelando una parte de su vida sobre la que él no sabía nada. Era obvio que al entrenar Geese no había estado solo, pero tener una confirmación de que había tenido compañeros era fascinante. De inmediato Billy quiso saber más. Quería saberlo todo. Sobre el viaje, sobre los día pasados en el extranjero, su relación con aquel compañero.
Pero el joven guardó silencio, y esperó a que su jefe continuara.
—Éramos los dos alumnos más sobresalientes de un viejo maestro y uno de nosotros heredaría los secretos de aquella escuela —susurró Geese. Su ceño estaba fruncido, pero sus ojos estaban perdidos en la nada.
—¿Secreto? —repitió Billy en una voz tan baja como la de Geese.
—Técnicas ancestrales con las que podría haber obtenido un poder increíble.
Billy adivinó cómo acababa esa historia. El viejo maestro había elegido a Jeff Bogard como heredero y, al hacerlo, había desairado a Geese. Jeff a su vez le había heredado esa técnica a Terry, y la aparición del joven había avivado el rencor de Geese. Pero... ¿qué tan grave había sido ese desaire? Jeff estaba muerto, pero el resentimiento de Geese no se había apagado.
Sin notarlo, Billy había apoyado las manos en la cama. Estaba inclinado hacia Geese, mirándolo intensamente.
—No sé nada de ese tal Jeff, pero no tengo ninguna duda de que en términos de poder o talento usted era el más adecuado.
La afirmación brotó impetuosa, y Geese lo observó largamente con un brillo extraño en sus ojos.
—No estabas ahí, no puedes saberlo.
—No necesito haber estado ahí para saber que no podría haber sido de ninguna otra manera.
Las manos de Billy estaban cerradas con fuerza en el cobertor. Por algún motivo, estaba comenzando a sentirse molesto al imaginar a Geese deseando algo, y que esto le fuera arrebatado.
Geese continuaba contemplándolo, y la sombra de extrañeza que había en su rostro se convirtió en una tenue sonrisa. Despacio, alzó una mano y la posó en el cabello de Billy e hizo una corta caricia.
Incómodo porque no había esperado que Geese-sama recompensara su impetuosidad, Billy continuó:
—¿Por qué no lo eligieron?
—Aquel maestro no aprobaba el uso que yo quería darle a ese poder —respondió Geese—. Se jactaba de entender mis ambiciones. De entenderme a mí.
—Pero usted ha conseguido lo que quería. Su poder, los negocios... Eso significa que no necesitaba de esa técnica secreta.
—En ese entonces no pensaba así.
Geese hizo una pausa y deliberó por un largo rato si debía continuar hablando. ¿Cuánto más iba a revelarle a Billy? El joven esperaba expectante, se contenía de hacer preguntas, y se veía molesto por algo que había sucedido más de una década atrás.
—Mi intento de obtener la superioridad sobre Jeff para revocar esa decisión acabó con una derrota —dijo Geese en voz baja, apartando su mano. No sonó apesadumbrado. Su voz se tornó distante, como si hablara de un acontecimiento que había tenido lugar en otra vida.
—Si aún estaba perturbado por el desaire de su maestro, de seguro no pudo dar todo de sí —murmuró Billy.
—No necesito que busques excusas, perdí —dijo Geese, y luego agregó con una risa despectiva—: Fue mucho esperar que Jeff le pusiera fin a mi existencia y me ahorrara el cargar esa humillación.
—¿De qué habla? —dijo Billy en tono hosco, sin poder aceptar lo que Geese-sama estaba diciendo. ¿Había estado dispuesto a entregar su vida... por haber perdido una pelea?
Geese rio nuevamente al ver la expresión de Billy.
—Llámalo un error de juventud —ofreció, poniendo su mano sobre la de su guardaespaldas, que continuaba sujetando el cobertor—. Jeff se negó a matarme. Prometí matarlo a él si desoía mi petición, y aun así, no lo hizo. Tiempo después cumplí mi palabra, cuando intentó interponerse en mis planes.
Billy cerró sus dedos alrededor de los de Geese, que estaban ligeramente fríos.
—Ya no necesita ese poder... El hijo de ese hombre no debería significar nada para usted. ¿Matarlo no fue suficiente?
La pregunta fue hecha con completa honestidad y Billy no sintió que había dicho algo indebido, pero Geese lo contempló con el ceño fruncido y comentó:
—Cuando decidí revelarte esta información, no preví que encontrarías la manera de simplificar a tal extremo mi pasado.
Billy se movió intranquilo, mas no tuvo tiempo de ofrecer una disculpa. Geese esbozó una sonrisa dura e hizo presión en la mano del joven.
—Tienes razón, Billy, ese poder ya no me interesa. No lo necesito para alcanzar mis metas —concedió. Sin embargo, tras una breve pausa, agregó en voz amenazante—: Ahora otro deseo ha tomado su lugar. Tengo una cuenta que ajustar con Terry Bogard.
—Geese-sama —protestó Billy, sonando ligeramente exasperado.
La expresión agobiada de Billy hizo que Geese riera otra vez. Sin meditar en lo que hacía, entrelazó sus dedos con los del joven.
Compartir esa parte de su vida con Billy no había sido tan difícil como había pensado. Billy no había mostrado lástima al oír que él había sido derrotado, y se había puesto de su lado inmediatamente, sin necesitar saber los detalles. El joven no buscaba adularlo. Billy realmente creía en él.
Con suma lentitud, Geese acarició el dorso de la mano de Billy. Los nudillos del joven aún estaban desgarrados debido a la pelea en el bar.
En los últimos años, el joven había tenido cuidado de proteger sus manos, como él le había ordenado, y se había vuelto lo suficientemente fuerte para poder evitar que alguien lo lastimara de gravedad en los torneos. Pero tras las peleas con Terry, Billy había acabado cubierto de magulladuras en el rostro y los brazos que hacían que Geese recordara el día en que lo había encontrado en Londres y las huellas de maltrato que Billy había tenido por todo su cuerpo.
Con un dedo, Geese recorrió un largo rasguño que marcaba la mano de Billy. De niño, Billy había salido lastimado por defenderse, y ahora era lastimado siguiendo sus órdenes.
—¿Geese-sama? —murmuró Billy.
Su guardaespaldas estaba ofuscado por la caricia y su silencio, pero esperaba muy quieto, mirándolo brevemente y luego bajando la vista, como si no supiera si en ese momento debía comportarse como su empleado o como su...
Aquella frase siempre quedaba incompleta en los pensamientos de Geese, porque ninguno de los dos había puesto un nombre a la relación que mantenían.
Una sola palabra no era suficiente para describir aquello en lo que Billy se había convertido para él. El joven era una presencia permanente en su vida, que dejaba un extraño vacío cuando se alejaba. Seguía siendo un subordinado, pero uno que se había ganado su absoluta confianza. Al enviarlo a Europa, a Geese no le preocupaba la posibilidad de que Billy intentara robar el segundo pergamino, u ofrecerlo en secreto a algún comprador del mercado negro. También estaba seguro de que Billy no acabaría ambicionando aquel poder para sí mismo.
Con cualquier otro empleado, Geese habría tomado precauciones. Cambiarse de bando y ponerse al servicio de un noble en un castillo de Europa podría resultar tentador para cualquiera, pero no para Billy.
Después de lo que había visto, Geese ya no dudaba. Billy se lo había dicho desde un inicio: lo que el joven más deseaba era estar con él.
En ese momento, Billy estaba con el rostro bajo, y devolvía la lenta caricia que Geese había estado haciendo en su mano. El semblante del joven estaba tranquilo, pero también triste.
—¿No quieres ir a ese viaje? —adivinó Geese.
—Si es lo que usted desea, lo haré —respondió Billy sin demora, y Geese se preguntó una vez más si su guardaespaldas había aprendido a evadir conversaciones siguiendo su ejemplo.
—¿Qué es lo que te preocupa?
Billy levantó la vista un segundo y la respuesta estaba clara en sus ojos. El joven parecía preguntarle: "¿no es obvio?".
—Me gustaría estar con usted mientras se recupera —dijo Billy tras un segundo—. Y también me preocupa mi hermana. Nunca la he dejado completamente sola.
—Yo voy a estar bien —dijo Geese con desdén—. Que te quedes conmigo mirándome dormir no justificaría tu sueldo, ¿no es así?
—Sí… supongo que tiene razón… —murmuró Billy.
—En cuanto a tu hermana, no dejes que se convierta en una distracción innecesaria. No tienes por qué preocuparte por ella.
—¡Pero…! —En un primer momento, Billy se puso a la defensiva y quiso protestar, porque le pareció que Geese estaba menospreciando la responsabilidad que él sentía hacia su hermana menor. Geese había mostrado indiferencia hacia Lilly desde que los había encontrado en Londres, y Billy tenía la impresión de que su jefe veía a la niña como un estorbo. Sin embargo, al controlar su exabrupto, Billy se dio cuenta de que Geese no había hablado de mala manera—. ¿A qué se refiere? —optó por preguntar.
—Ella continuará estando segura para que tú puedas desempeñarte según mis expectativas. Eso no tiene por qué cambiar.
—¿Eso quiere decir que usted va a…? —Billy se detuvo a tiempo antes de que las palabras "cuidar de ella" escaparan.
Geese entrecerró los ojos, como si hubiera leído sus pensamientos y estuviera ofendido
—Los secretarios podrán encargarse —señaló Geese secamente.
Billy no pudo contener una sonrisa. El tono de su jefe sonaba excesivamente irritado y fuera de lugar para una conversación tan inofensiva. Geese-sama estaba bromeando con él.
—Gracias —dijo Billy, sintiendo un enorme alivio.
Geese dejó escapar un resoplido desdeñoso.
—Simplemente es lo que acordamos cuando te contraté.
Billy asintió, aún agradecido.
—No me siento tranquilo al imaginarla sola en esta ciudad —murmuró Billy sin saber por qué. No era normal que él le hablara a su jefe sobre Lilly—. Quisiera ir a verla, pero no quiero presentarme ante ella así… —Billy hizo un leve gesto hacia su rostro magullado.
—Si estuvo viéndote pelear en el torneo ya debe saberlo —señaló Geese.
—Ripper le dijo que eran efectos especiales…
Geese arqueó las cejas.
—¿Y ella le creyó?
Billy contempló a su jefe. Ésa era exactamente la misma pregunta que él le había hecho a Ripper. Pero mientras él confiaba en que su hermana era aún lo suficientemente ingenua para creer esa mentira, Geese-sama parecía estar sugiriendo que la niña sabía la verdad y que no había manera en que creyera aquella tontería.
Como no solían hablar sobre Lilly, Geese no comentaba sobre la manera en que Billy la estaba criando. El joven había hecho lo posible por proteger a Lilly de la violencia en South Town, y de los rumores que corrían sobre Geese Howard. Había ocultado la naturaleza de su trabajo tanto como había sido posible. Pero ahora, de súbito, ante la mirada de Geese, ocultarle la verdad a Lilly sonaba como algo malo. Billy se sintió súbitamente culpable por no haber confiado en que la niña sería capaz de enfrentar la realidad, tal como él había hecho cuando tenía casi su misma edad.
Geese exhaló suavemente y cerró los ojos.
—Estoy cansado —comentó—. Dormiré algunas horas y no te necesitaré aquí. Ve donde Lilly si eso te tranquiliza. Cuando Krauser tenga su atención puesta en ti no será seguro que te acerques a ella.
A pesar de las duras palabras, Billy notó un tibio cosquilleo en su pecho. Geese-sama no solía pronunciar el nombre de su hermana... Era agradable escuchar aquellas delicadas sílabas de sus labios.
—Lo haré, Geese-sama —dijo Billy en voz baja—. Pero quisiera acompañarlo hasta que se duerma, si me lo permite.
—Como quieras —murmuró Geese.
Billy tomó prestado uno de los autos de la mansión y salió por la puerta secundaria destinada a la servidumbre. El vehículo era un sedán de color azul cuyo modelo había dejado de venderse casi una década atrás. Los parachoques plateados estaban carcomidos por la herrumbre, y los espejos laterales ofrecían un aspecto desvencijado. Sin embargo, la dirección respondía bien y el motor funcionaba sin problemas, porque ese vehículo era uno de tantos que Geese mantenía en su propiedad, en caso tuviera que abandonar el lugar sin llamar la atención.
Esa tarde, Billy había decidido no tomar un taxi ni una de las limosinas porque no quería hacer su presencia evidente, en caso alguien lo estuviera rastreando.
Desde el encuentro con Laurence Blood, diversos informantes de Howard Connection habían avistado desconocidos preguntando por Billy en distintos lugares de la ciudad. Tal parecía que el personal de Krauser estaba empeñado en encontrarlo.
Billy dio un largo rodeo para evitar avenidas principales. Se adentró por callejuelas estrechas donde notaría al instante si algún vehículo lo estaba siguiendo. Aparcó el sedán a varias cuadras de distancia de su destino, y luego caminó con pasos rápidos por calles residenciales vacías. Miró en derredor para confirmar que nadie lo vigilara antes de saltar la verja trasera de su propia casa, y entró forzando la puerta de la cocina, como si fuera un ladrón.
Bastó con que cruzara el umbral para que sus preocupaciones quedaran medio olvidadas. Aquella casa estaba amoblada de forma bastante simple, pero las paredes y los muebles eran de acogedores tonos beige. Las luces bañaban el lugar con cálidos amarillos, y el toque de color lo ponían las mullidas alfombras de segunda mano que cubrían el suelo de las distintas estancias.
Había una cacerola sobre la cocina encendida a fuego bajo. Un delicioso olor a comida llenaba el ambiente.
De inmediato, Billy sintió que por fin estaba en casa, y aquel pensamiento lo hizo sonreír. Le agradaba esa sensación, porque la experimentaba cuando venía a visitar a Lilly, y también cuando volvía donde Geese-sama. Se sentía afortunado de tener dos lugares a los cuales podía considerar su hogar.
—¿Lilly? —llamó.
Sí, pensó Billy mientras su hermana aparecía en la puerta de la cocina y corría hacia él para abrazarlo con todas sus fuerzas. Era afortunado de poder tener dos hogares y dos personas que le mostraban un afecto tan distinto, que a la vez era tan similar.
Al abrazo de Lilly siguió una mirada de preocupación por los golpes que él tenía en el rostro, y luego un ligero toque en su mejilla acompañado por un suave reproche cuando Billy le quitó importancia a las heridas. Los dedos de Lilly eran más delicados que los de Geese, pero el gesto era el mismo.
Aquello hizo que Billy cerrara los ojos e inclinara la cabeza. Geese-sama y Lilly eran dos personas completamente opuestas, y él estaba agradecido por el afecto que recibía de ambos. Geese y Lilly significaban todo para él, y él iba a hacer lo que fuera por protegerlos.
Billy pasó gran parte de la tarde hablando sobre el torneo, procurando decir medias verdades para no tener que mentir más sobre lo que Lilly había visto en la televisión. Le confió a la niña que, contrario a lo que se rumoreaba, Geese seguía vivo. No compartió detalles sobre la caída, pero se sintió complacido al ver el sincero alivio de Lilly al enterarse de que el empresario estaba a salvo.
Al caer la noche cenaron juntos, y Billy consiguió apartar sus preocupaciones por unas horas, para dedicarle su completa atención a Lilly. La conversación giró en torno a lo que su hermana hacía durante el día, y Billy descubrió que Lilly había aprendido a tejer por sí misma, siguiendo las instrucciones de una revista. La niña también habló sobre libros que había leído, y le mostró los dibujos que había hecho esos últimos días. Habló largamente sobre unas semillas que una vecina le había regalado, y que ella había plantado en el pequeño jardín.
Lilly se veía tan contenta de tenerlo ahí que Billy tardó en darle la noticia sobre el viaje a Europa. Le costó trabajo encontrar la manera de tocar el tema, y hasta consideró mentir y decirle a Lilly que el viaje tomaría sólo unos días. Sería más fácil darle excusas por teléfono desde Europa, porque así no tendría que ver su rostro al informarle que no sabría cuándo iba a volver.
Sin embargo, Billy recordó de pronto la expresión de Geese cuando éste se había enterado de que Ripper le había dicho una mentira absurda a Lilly. En parte, Geese-sama tenía razón. Lilly no se merecía que la engañaran, aunque fuera por su bien.
Con esfuerzo, Billy explicó que su jefe le había ordenado que viajara en su representación a Alemania. Minimizó la complejidad del encargo y solamente se disculpó porque iba a ausentarse por una temporada. Lilly lo escuchó atenta y sin oponerse. Si aquello la entristeció, no lo demostró.
—¿Podré escribirte cartas? —preguntó Lilly cuando Billy guardó silencio—. ¿Me enviarás postales?
El tono de la niña era ligero y Billy se pasó una mano por el cabello, incómodo.
—Lo intentaré —dijo, pese a saber que mantener correspondencia con Lilly iba a ser peligroso. Las cartas podían ser interceptadas. No quería que ningún enemigo de Geese-sama se enterara de la existencia de su hermana—. También te llamaré. Si necesitas algo mientras no estoy, puedes pedírselo a Ripper o Hopper.
Billy escribió el número de los anexos de los secretarios en una libreta que Lilly le entregó. La niña seguía tranquila, tal vez demasiado.
—Ugh, no quiero dejarte sola —gruñó Billy, sintiéndose súbitamente agobiado por la calma que mostraba su hermana—. Lo siento, Lilly. Tal vez debería haberme negado…
Billy se cubrió el rostro. En esa casa, lejos de Geese y del influjo de su presencia, negarse a una orden parecía una posibilidad. Era sólo una ilusión, claro. Billy sabía que no podía negarse. Era imposible decirle que no a Geese-sama.
—Pero si el señor Geese te lo pidió, tienes que hacerlo —dijo Lilly, mirándolo con curiosidad.
—¿Y te parece bien? ¿No te importa quedarte sola? Si no quieres que vaya, dilo…
Lilly sonrió suavemente.
—Tienes que obedecer al señor Geese —señaló.
—Lilly…
—Y un día yo también traeré dinero y no tendrás que trabajar tanto.
—No es necesario, tenemos ahorros suficientes... —murmuró Billy, sintiéndose aun más culpable porque sus largas ausencias no se debían solamente a la necesidad de dinero.
Lilly no insistió, pero con su mirada dejó claro que estaba decidida.
—No me importa estar sola. Cuidaré la casa.
Billy se quedó algo perplejo. Lilly hablaba con firmeza y en verdad no se veía afectada por el viaje, pese a que él no había conseguido suavizar aquella noticia. Había dicho la verdad, y Lilly había respondido con una calmada disposición.
¿Era posible que Geese-sama entendiera a su hermana mejor que él?
Despedirse de Lilly no fue doloroso, porque ya no sentía que la estaba abandonando. Al igual que Geese, Lilly era un incentivo para acabar la misión encomendada y volver a casa lo más pronto posible.
—Geese-sama tiene un poco de fiebre, sería mejor que lo dejes descansar —informó Hopper cuando Billy llegó a la mansión.
—¿Su estado ha empeorado? —preguntó Billy abruptamente, sintiendo un súbito vacío en su interior.
—No, el médico dice que no hay por qué preocuparse. Era de esperarse, debido a sus heridas.
Billy asintió y entró en la habitación de su jefe sin hacer un sonido. Dejó su bo apoyado contra el velador, y se quedó de pie, observando a Geese.
El empresario estaba con el rostro sudoroso y el cabello húmedo. Su respiración estaba agitada y Billy podía percibir el calor de su cuerpo incluso desde esa distancia. Se le veía muy desmejorado, y las líneas de su rostro cansado estaban más acentuadas que de costumbre.
A pesar de que Billy se mantuvo en silencio, Geese entreabrió los ojos.
—Geese-sama —saludó Billy en un susurro, tomando un paño húmedo que estaba sobre el velador para limpiar el sudor que perlaba la frente de su jefe.
—¿Cómo te fue? —murmuró Geese.
—¿Con Lilly? —preguntó Billy, extrañado por el interés que Geese mostraba hacia su hermana ese día. El empresario asintió y Billy continuó—: Tomó la noticia con más calma de lo que yo esperaba. A veces olvido que ya no es una niña pequeña. Ha aprendido a valerse por sí misma. —Billy hizo una pausa y preguntó—: ¿Desea un vaso de agua?
Geese respondió con una tenue afirmación y Billy sirvió un vaso y se sentó en el borde de la cama para ayudarle a beber. El joven nunca había visto a Geese tan débil, y procuró ocultar su preocupación. Su jefe le hablaba como si no estuviera ocurriendo nada fuera de lo ordinario, y Billy quería comportarse como si ésa fuera una noche cualquiera. Ayudarle a beber no era tan distinto de prepararle una taza de té y entregársela con reverencia.
Cuando el vaso estuvo vacío, Billy permaneció sentado en el colchón y Geese giró el rostro para observarlo.
—¿Cuántos años tiene tu hermana? —preguntó.
Billy se sorprendió de que la conversación volviera a Lilly, y descubrió que poder hablar de ella con su jefe le agradaba muchísimo.
—Pronto cumplirá quince. Pero la última vez que me ausenté, ella aún vivía en el refugio. Tenía adultos a su alrededor. Ahora estará sola. —Billy bajó la mirada hacia los cobertores—. Sin embargo, sé que va a estar bien.
—Ella ha vivido lo mismo que tú, ¿esperabas lo contrario?
La voz de Geese fue tenue, pero clara en el silencio de la habitación. Billy sonrió para sus adentros. ¿Geese-sama se habría dado cuenta de que estaba sonando casi amable? Tal vez era la fiebre la que lo llevaba a mostrar ese inesperado interés en Lilly.
Sin embargo, lo que Geese-sama decía era la verdad. Lilly había sufrido las mismas carencias que él en Londres, y al llegar a South Town las cosas no habían sido fáciles para ella. La niña había soportado con entereza el llegar a una ciudad extraña donde había sido alojada en un refugio lleno de desconocidos. En cierto modo, la vida en South Town, esa vida moldeada por la existencia de Geese, era lo que había formado su carácter.
Con asombro, Billy se dio cuenta de que había algo que Geese esperaba de parte de Lilly.
Aunque a veces transcurrieran meses sin que el empresario la recordara, ella tenía una vida gracias a él. Los documentos que habían permitido que Lilly saliera de Inglaterra portaban la firma de Geese. Y, a pesar de que Geese no le había pedido nada a cambio a la niña, parecía que sí tenía una tácita exigencia: esperaba que Lilly fuera una persona que se ajustara a sus expectativas.
Billy comenzó a imaginar cómo sería un encuentro entre Geese-sama y Lilly. Recordaba la indiferencia de Geese en Londres, y la tímida curiosidad de Lilly. ¿Cómo sería una conversación entre ellos? ¿Qué se dirían?
—Estás poniendo una cara extraña —comentó Geese y Billy se sobresaltó, volviendo a la realidad—. ¿En qué piensas?
—Nada de importancia, Geese-sama. Sólo me preguntaba si algún día Lilly tendría la oportunidad de agradecerle personalmente lo que hizo por nosotros.
—Hm. No necesito el agradecimiento de una niña.
—Lo imaginaba —dijo Billy, pero había una sonrisa en sus labios, porque Geese no se estaba negando.
Geese respondió a esa sonrisa con una propia, que fue casi imperceptible.
—Será mejor que no lo distraiga más —susurró Billy, posando su mano sobre la de Geese un segundo—. Debe descansar.
—Acuéstate a mi lado.
Billy obedeció, y no tardó en sentir el brazo de Geese rodeándolo para acercarlo más hacia sí. El calor de la fiebre era intenso, y Billy alzó una mano para rozar la frente de su jefe y su mejilla.
Geese cerró los ojos al sentir el contacto y Billy notó una vez más lo débil que se encontraba.
—Es una simple fiebre —gruñó Geese, como si pudiera sentir la inquietud que Billy no estaba expresando.
—Dijo que se recuperará y le creo, pero es normal que me preocupe, Geese-sama —susurró Billy muy bajo, apoyando la cabeza contra la almohada y mirando el perfil de su jefe.
Ya no hubo respuesta, pero Billy continuó observándolo, incluso después de que Geese cayó profundamente dormido.
Nota: Meses atrás, cuando publiqué el capítulo 19, Billy estuvo en una situación muy similar, cuidando de Geese-sama. Esa escena ha sido convertida en un fanart por Yah~. Pueden verlo en twitter PUNTO com /Yeh_and_Yah/status/1236848753828454402
Thanks again, Yah, for this beautiful piece!
