Disclaimer | ©"Shingeki no Kyojin/進撃の巨人" y sus personajes pertenecen a Hajime Isayama, esta obra es realizada sin fines de lucro, únicamente recreativos, por MagiAllie a la plataforma de FanFiction. Cualquier modificación o re-subida a un sitio diferente sin autorización será reportada en Support de Google. Todos los derechos reservados.

Notas | Ya ni siquiera quiero pensar en fechas, ha pasado mucho, muchísimo tiempo, desde la última vez que actualicé, pero estoy segura de que este año veremos el final absoluto de esta historia. El cierre está cada vez más cerca, nos encontramos a dos capítulos más (sin contar este) y finalmente podemos despedirnos. Aún así, haré los extras que prometí y también otros más que tengo pensados.

1.- Este capítulo tiene un exceso de notas, porque cuenta con demasiadas referencias culturales (de diferentes culturas), no quiero agobiarlos con ellas, así que las dejaré al final del capítulo, pero es necesario que las revisen si realmente quieren comprender en su totalidad las ideas del fic.

Mil gracias a todos los que me han prestado su apoyo incondicional, a ustedes debo todo, espero por fin algún día regresarles de alguna forma, aunque fuera muy mínima, todo el amor y apoyo que me han dado. Gracias Lia por seguirme apoyando con este fic, aún cuando todo parece perdido y sin remedio.

Sin entretenerlos, aún más de lo que ya lo he hecho, adelante con la lectura:


ARABIAN NIGHTS


CAPÍTULO 21

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"Llegó a lo más alto por su perfección

las tinieblas con su belleza dispersó.

Admirados son todos sus atributos,

a él y a su familia envíales saludos.

[Golestan La Rosaleda, Sa'di]

.

Afuera había un silencio opaco y seco, como parte de cualquier mínimo extremo del desierto rocalloso y cálido. La humedad del aire solo se percibía cuando las cortinas danzaban en el aire mecidas por el viento salado, o dulce, de alguno de los estanques de agua más cercanos. En el interior, ruido de pisadas, puertas, murmullos, rigurosa preparación del espacio, frufrú de tela fina y la firme voz de la mandamás en todos los asuntos relacionados al evento. Después de varios intentos de poner orden a la horda de personas que se encargaban de los detalles y el trabajo más exhaustivo pesado y ridículo, la mujer dio un suspiro cargado de frustración y cansancio. Los últimos días apenas había conseguido que sus parpados se cerraran y sus ojos descansaran por al menos treinta minutos, sin ser una noche continua, el tormento infernal había sido un suplicio caluroso.

Y hoy finalmente la condensación de sus esfuerzos.

No tuvo reparo alguno en tocar la puerta, sus nervios estaban tan de punta que la sutileza había desaparecido por completo de su minúsculo sistema, además su paciencia se acortaba a cada paso mientras más se acercaba a la cama, donde el enmarañado paquete de cobijas y cojines no dejaba rastro alguna de un ser humano en el interior de aquel mar; sin embargo, Petra sabía que estaba ahí, sobre todo por la forma en la que el felino de gran tamaño y energías apenas recuperadas ronroneaba suavemente, concentrado en un sueño profundo a los pies de la cama. Sus orejas revolotearon un solo instante para asegurarse que su amo no estuviera en problemas y volvió su atención al mundo de los sueños, su estado era débil y delicado, pero había sido imposible mantenerlo lejos del mozuelo por mucho tiempo.

Petra observó el desastre de cobijas, el calor del sol carcomía la carne de su espalda y no lograba comprender como es que podía seguir tan profundamente dormido bajo los rayos incandescentes del sol y la presión de tan magnánimo evento pisándole los talones a cada segundo que pasaba. En una respiración profunda intentó llenar sus pulmones de todo el aire que le fuera posible, cerrar los ojos y ejercitar su tolerancia para dejar salir una suave voz de su boca.

―Eren…

Soltó el nombre como si fuera un susurro y se mantuvo en silencio un breve instante, para percatarse de que su fina intervención había sido ignorada olímpicamente y que, como yo era costumbre, tendría que emplear herramientas menos consideradas si quería que el tiempo no comiera vivos a ambos. Uno de los dos tenía que poner de su parte plenamente, y parecía que ese papel era el suyo.

―Eren, tienes que despertar ― ordenó con una insignificante firmeza, endureciendo tantos su pose como su voz ―, el sol está en el alba y tenemos un día muy agitado por delante…

Se quedó callada, no tenía caso dar explicaciones del porqué tenía que despertarse, principalmente porque eran obviedades y en segundo lugar porque Eren ni siquiera le estaba escuchando, seguía profundamente dormido.

―Eren ― esta vez la firmeza fue grave y sintió una pizca de emoción cuando algo se removió bajo las cobijas ―. Despiértate inmediatamente, es tarde. Ya tendrías que estar vestido.

Se quejó.

―¡Eren! ¡Vamos! ― comenzó a desesperarse mientras rodeaba la cama y recogía las telas que habían caído en el piso y los cojines bajo sus brazos.

―Mmmm…

Un quejido frustrado salió de su boca cuando notó que Eren comenzaba a despertar, pero lo único que era capaz de replicar eran murmullos sin sentido, su mente aun no llegaba a alto nivel de concentración, su raciocinio seguía apagado por ahí en alguna parte. Enfurruñada dio una seña a las sirvientas que se encontraban en la puerta de la habitación, con las manos llenas de bandejas, esperando que Petra les dejara entrar, sin evitar espiar entre los rincones y dar cuenta de las magníficas condiciones en las que dormía y vivía el joven mozuelo próximo a convertirse en una fantástica autoridad.

―Vamos niñas, rápido, al menos alguien aquí tiene que ponerse manos a la obra ¡Eren, no me hagas quitarte todas esas cobijas de encima! ― la desesperación del aya era tanta que comenzó a lanzar los cojines directo a donde presumía se encontraba la cabeza del castaño.

Así de cercana era su relación. Eren comenzó a reír bajo las cobijas y a convertirse en una frustrada masa de lamentos.

―El Sultán dijo que puedo dormir hasta el mediodía ― soltó en voz quejosa, sujetando la almohada contra su cabeza, espiando con sus impresionantes ojos verdes, por encima de las cobijas.

―Por supuesto que él Sultán lo dijo ― gruñó Petra para sí misma ―. Puedes hacer lo que quieras, siempre y cuando no se trate del día de tu Nikah(1). ¡Eres demasiado mimado! Te estás comportando como un chiquillo, levántate ya, tenemos muchas cosas que hacer.

―Oh, Petra ― gimoteó Eren saliendo de su escondite con el pecho descubierto y los brazos estirados ―. Es tan temprano, te aseguro que el Sultán ni siquiera está despierto, todavía….

―En eso te equivocas, lo vi despierto desde que el cielo era rojo y tu seguías aquí roncando como un león ― Petra dirigió la atención de las sirvientas nuevamente, que habían comenzado con el aseo del salón y sus demás tareas ―. Dejen las bandejas en la cama. Y tú ¡Por Allah! Cúbrete el pecho, que haces mostrando esos aretes relucientes, eres un caso perdido.

Eren soltó una risa ligera infantil y tomó la bata de bordados preciosos color rojo que se encontraba en reposo a un costado de su cama, para cubrirse tal como Petra se lo había ordenado. Quedaba claro quién era la que tenía la autoridad en este mismo momento. Tan pronto como se vistió comenzó a picar un poco de la abundante comida que habían dejado frente suyo, acariciando la cabeza de Karabulut que reposaba en atento cuidado sobre sus piernas, moviendo la cola como un gato alegre..

Petra sonrió a escondidas.

―¿Estás de buen humor, no? ― preguntó Petra. Dirigiéndose después hacia las sirvientas.

―Mi humor es el mismo de siempre ― aseguró Eren tocándose el cabello ―; estaría de mejor humor si alguien no hubiera tenido modales tan desconsiderados para levantarme.

―Ah, eres un niño ― sonrió tontamente ―, tenemos realmente muchas cosas que hacer Eren, no puedes tontear en la cama hasta tarde. Hoy no.

―Si hubiera sabido que un matrimonio eran tantas complicaciones no hubiera sujetado la daga del Sultán tan fácilmente ― consideró engullendo un par de uvas.

Las sirvientas se miraron entre ellas como si fuera posible que existiera alguien en el mundo que dudara en elegir comprometerse con el hombre más poderoso y atractivo de esas tierras, cual si hablara del clima seco y árido que diariamente se posa frente a sus narices. Petra las calmó con una sola mirada de advertencia y se dirijo nuevamente al mozuelo, que reposaba descuidadamente en su gigantesca cama, con una sonrisa infantil.

―¿Ya tuviste suficiente? ― preguntó con las manos en la cintura ―. Ni una uva más en esa barriga tuya, porque si tu vientre se redondea en ese vestido estarás arrepentido.

Con un solo chasquido todas las bandejas de comida fueron retiradas y los ojos de Eren se llenaron de preocupación.

―¡Dios mío! Voy a morir de hambre, no llegaré a la boda, me desmayaré en el camino ― se quejó dramáticamente ―, el Sultán me va a escuchar, realmente tendré que quejarme…

Petra se dio la vuelta.

―¿Está listo el baño? Ayuden al Sultân a bañarse, estamos retrasados…

En ese mismo instante una horda de jovencitas revoloteó por la habitación dispuestas a ayudar al jovencito hasta en la más mínima cosa, desde calzar un zapato hasta mover la mano si era necesario, por su parte el mozuelo solo se mantuvo en la cama haciendo una falsa rabieta, para la aya esto era música para sus oídos. Realmente se sentía extasiada de ver al jovencito feliz, pues apenas la semana pasada había tenido su enfrentamiento con la reina, dando como resultado un ambiente enrarecido y sombrío, pero con el paso de los días y la boda aproximándose cada vez más las cosas habían dado un giro bastante jocoso, la mayor felicidad para todos en el palacio, especialmente para ella y para el Sultán es que ambos gozaran lo mayor posible de esta celebración. La cúspide de las presentaciones y Eren tenía que vivirlo todo perfectamente en calma y sobre todo acogedoramente feliz.

Para la sirvienta y el resto del servicio en el palacio había sido un claro infierno, incluso Levi había tenido que mantener al punto sus asuntos políticos para darse un momento en revisar cuidadosamente, con cautela y dos veces, las invitaciones que serían enviadas a todos sus invitados, que no habían dejado de enviar esplendorosos regalos y asegurarse de que todo se encontrara en el punto en el que a Eren más feliz le pusiera, para ello el chico había solicitado de la ayuda del aya en más de una ocasión haciéndola ocupar de asuntos que estaban fuera de sus manos.

Para su suerte, Eren seguía siendo sencillo en su interior, a pesar de que sus ropas y joyas, e incluso modales en el palacio eran de lo más refinados, seguía sin comprender cual era la importancia entre poner flores sobre la puerta o debajo de ella. Había hecho el mayor esfuerzo por aprender el protocolo perfectamente, pero seguía dependiendo de mucha buena voluntad para conseguir los mejores resultados, que estuvieran a la altura de un público como el que asistiría a la ceremonia.

Para todos había sido un proceso largo e impredecible. Y hoy, finalmente, los resultados serían demostrados.

Al salir Petra de la habitación, era como volver a un mundo al cual no quería pertenecer. Al menos con Eren podía ser directa y tratarle como a un igual, aunque sabía perfectamente que no lo era, pero los sirvientes y demás gente estaba teniendo un momento realmente duro en el exterior, ya no solo se trataba de acomodar y perfeccionar todo, hasta el último detalle, sino de atender a los miles de invitados y sus esplendorosos regalos que se arremolinaban una y otra vez en la sala de trono, esperando, como si fuera posible, que el mismo Sultán en persona les fuera a recibir, cosa que resultaba absolutamente imposible y ridícula, pues además de sus muchas obligaciones el Sultán se encontraba en su ceremonia de purificación desde la noche anterior. Muchos de ellos mantuvieron sus propios campamentos a las afueras del reino, como sitiando la ciudad, otros accedieron a permanecer en habitaciones dentro del palacio, el burbujeo se convertía en un bullicio incesante, tan solo en el interior del palacio, y ya en el exterior el mundo parecía detenido a la celebración.

Hacía días que el pueblo había comenzado a decorar las calles, llenarlas de colores, flores y polvo rojizo en el piso que pintaba los pies, cada familia tenía un cazo de caldo enorme en casa, algunos con sus propios alimentos otros esperando la comida que el palacio expediría para todos. La algarabía y alabanzas, cantos y bailes se extendían por cada rincón de las tierras del Sultán, todas las personas se encontraban presas de una emoción, comprensible y nada sutil. Por fin, su rey se casaba. No había mayor dicha para un reino que esa y eso era notorio sobre todo en ambas partes.

El Sultán y Eren…

La aya dio un breve recorrido por el palacio, terminando de dar un par de decenas de órdenes a cientos de grupos que llevaban regalos, jarrones de flores, velas y manjares para el banquete, haciendo referencias por aquí y por allá, agradeciendo a los invitados por su amable esperar e indicando a todos que la ceremonia se llevaría a cabo más pronto de lo que se imaginan.

Aunque Eren aún no conocía con exactitud y no había visitado en plenitud la ubicación de la ceremonia, pues se había decidido, de parte del Sultán, realizar la Nikah en el Mahal recientemente construido en lugar de la mezquita del palacio, ya que las dimensiones de la Mehr y de la celebración como tal eran tan amplias que solo el nuevo palacio sería capaz de soportar tal capacidad de invitados, Petra estaba agradecida. De alguna manera el Mahal parecía un lugar mucho más adecuado para llevar a cabo tan tremenda celebración, de esta manera fácilmente pudo guiar a todos los sirvientes e invitados al lugar y dar un poco de espacio a Eren y al Sultán.

Aunque sea solo hasta el mediodía.

Atareada, y con un par de artículos pendientes en brazos regresó a paso firme y veloz en dirección a la habitación de Eren, estaba segura de que a estas alturas el chico ya estaría más que despierto y por supuesto bañado e incluso bien arreglado, aunque claro esto solo sería gracias a un milagro; aun así, no pudo evitar sentir emoción cuando su mente proyectó las imágenes preciosas del muchacho en su mayor esplendor posible. Sus manos sudaban, estaba permeada en una latente exaltación. No podía imaginar cómo se encontraba Eren…

En el interior de la alcoba el ligero orden que había encontrado en la mañana se había convertido en la destrucción de un espacio íntimo, las sirvientas que antes revoloteaban y se movían alrededor de los pilares ahora corrían presurosas de un lado a otro, moviéndose de un lado a otro, sin dar tregua alguna entre ellas. El espacio de una persona futura a comprometerse, por supuesto, debía ser una instancia de paz y armonía, contrario a eso el cuadro era de desenfreno.

―¿Eren? ― preguntó Petra desde la cama.

La pantera no estaba en ninguna parte visible.

―En el baño ― anunció Eren con una voz jubilosa.

Aliviada. Petra suspiró, imaginaba al chiquillo en absoluto pánico, pero por el tono de su voz traslucía calma y emoción, no entendía porque las sirvientas se encontraban tan atareadas. Ella había vestido a Eren decenas de veces, lo había visto en un manojo de nervios, una bestia enfurecida y el más mimado chiquillo del palacio, en todas esas ocasiones no había sido un reto y esta vez no parecía serlo.

Con calma, Petra entró al sauna y se mantuvo quieta después de cruzar por el portal. El lugar estaba cubierto de una densa capa de vapor y un olor penetrante a flores, que también se encontraban esparcidas por toda el agua. En forma de media luna, una docena de chicas sujetaban prendas y en el interior del agua Eren observaba de forma juiciosa todas y cada una de ellas. La sonrisa de Petra se quebró.

―Pero es que, ¿Acaso perdiste la cordura? ― tuvo que sostenerse fuertemente de los pilares ―, pensaba que estarías vestido por completo a esta hora, pero estás ahí chapoteando todavía ¡Faltan escasas horas para la ceremonia! Eren vestirte para una Nikah no es lo más fácil del mundo.

Eren frunció el ceño, confundido.

―No estoy chapoteando por ahí ― replicó ofendido ―, en realidad, estaba esperándote. Si pensabas por un instante que comenzaría a vestirme sin tu ayuda estás muy equivocada.

Petra palideció.

―Sal de ahí inmediatamente.

Eren se rio y tomó nuevamente su bata. De alguna manera era como si el mozuelo hubiera retrocedido a una época en la que acababa de llegar al palacio y era descuidado de sus actos y totalmente inconsciente de la situación, porque el Eren lleno de ira y juicioso que ella conocía estaría sentado en el paladín desde hacía horas. Definitivamente la relajación de la semana en espera había sido demasiada, con este pensamiento en mente, se acercó al joven, sujetando una gran vasija de perfume.

Eren salió del agua y se levantó secando con cuidado las gotitas que resbalaban por su cuerpo, la sonrisa de su rostro se había atenuado cada vez más, su semblante se volvió completamente serio cuando Petra comenzó a colocar el perfume por su cuerpo y las sirvientas por fin consiguieron moverse de su lugar y empezar a trabajar en los detalles más minuciosos, como secar su cabello y cuidar en todos los aspectos su piel.

Eren tomó asiento.

Petra le sonrió desde el piso, sujetando sus talones y sus pies pequeños y delicados. Aunque sus manos y habilidades no eran las mejores para realizar este acto, se había preparado lo suficiente para hacer los tatuajes en las manos y pies de Eren de forma casi perfecta. El chiquillo se había reducido a un firme observador, dejando que tanto Petra como las sirvientas cubrieran su piel con pintura rojiza, circulando los dedos con anillos, agregando flores en las palmas y símbolos de riqueza y felicidad que él muchas veces había visto en su madre.

Hasta ese día, Petra había visto como, con dificultad, Eren pintaba sus manos, trazaba líneas rojas y puntos en sus pies, de color rojo, por supuesto su enseñanza era la de una bengalí, y aunque en sus tierras esta práctica no era común, para Eren andar así por el palacio era una muestra más de su particularidad. Y del recuerdo de su madre. Petra sonrió, de alguna manera era como si ambas culturas se fusionaran en él y con él, la unión de sus reinos. A pesar de que la madre de Eren…

―Mi madre pudo ser una reina ― comentó Eren observando sus manos ―, ella huyó de esa vida y yo caí nuevamente en estas redes…

―Los pecados de los padres recaen sobre los hijos ― comentó la aya soltándole los pies, luego con una sonrisa, agregó ―, estoy segura de que ella estaría feliz de verte así, Eren.

El otro apenas regresó una sonrisa, una diminuta.

Petra entonces notó, que tal vez la bruma de la felicidad se disipaba. No porque Eren no estuviera feliz de casarse, sino porque tenía una mente que le colmaba de pensamientos, todo el tiempo, no felices en todos los casos, por eso cuando su mente comenzaba a atormentarle con todo tipo de ideas, ella debía cuidar su identidad.

Sujetando con cuidado al chiquillo, le sonrió a la cara.

―¿Estás preparado? ― preguntó sonriéndole de oreja a oreja

Eren asintió.

Y petra sonrió.

Detrás de ella una joven sujetaba una bandeja de plata, muy similar a otras decenas alrededor de toda la habitación, la aya se giró hacía la sirvienta y tomó entre sus dedos el contenido, con mucho cuidado, pero al más mínimo movimiento, el tintineo de la fricción bañó toda la sala.

―Primero, bichura(2) ― Eren sonrió ante la palabra, seguramente ya conocida y levantó cuidadosamente su pierna para adornar los dedos de sus pies con múltiples anillos de oro ―. Y las tobilleras.

Así mismo sus tobillos quedaron cubiertos por pulseras adornadas entre ellas con finas cadenas y un hermoso color dorado, con diamantes incrustados cada centímetro, sus delgadas piernas hacían que las tobilleras bailaran en sus pies y tintinearan con cualquier movimiento.

De otra bandeja de plata, Petra tomó los siguientes objetos de joyería, esta vez en mucha mayor abundancia que los anteriores ―Los bangles(3).

Eren se quedó maravillado ante la hermosa ilusión de las pulseras de vidrio de colores que Petra cargaba en sus manos, no eran demasiado gruesas para llenar todos sus brazos, pero definitivamente lo suficiente para convertirse en unas muñequeras. Un poco más animado, levantó los brazos y sonrió a su aya, que figuró poco a poco la emoción de ir colocando los adornos matrimoniales.

―Los bangles, Eren, son muy importantes ― Eren asintió ―: en las tierras de tu madre dependiendo de la región donde se celebre el matrimonio, se otorga un color diferente con un significado diferente. Tu del Devlet―i Aliyye―i Osmâniyye(4), las tierras bajo el sol, serás el gobernante de todo lo que se extiende en este próspero reino. Por eso…

Petra tomó dos pulseras de vidrio rojo, y la colocó en ambas muñecas.

―Rojo, para la energía ― luego tomó dos azules y las colocó de igual manera ―; azul, para la sabiduría.

El castaño comenzaba a sentir sus muñecas cada vez más llenas, pesadas, brillantes y tintineantes.

―Púrpura, para la independencia ― Petra sonrió para sí misma ―, algo que definitivamente eres; verde, para la suerte en el matrimonio, y finalmente…

―Amarillo, para la felicidad ― complementó el menor en armonía con sus manos, cubiertas de cinco preciosas pulseras.

―Así es ― por supuesto, el niño era tan listo como la aya podía reconocerlo, y había estudiado aquello y sido criado por una mujer de esas tierras ―. Ahora, mangalsutra(5).

Eren bajó el cuello con cuidado y dejó que Petra colocara alrededor de su garganta una ligera cadena de piedras negras y de oro, cuyo diseño en el dije era tan elaborado como un mantra. Sin embargo, después de acomodarlo con cuidado, la mujer se dirijo a la siguiente bandeja, a lo que el mozuelo suspiró sin comprender.

El aya se detuvo…

―¿Qué sucede? ― preguntó ella contrariada.

―El mangalsutra ― respondió Eren emocionado, con las palabras brincando de la punta de su lengua ―, es ese collar que protege al matrimonio de malos augurios.

Petra se quedó callada observando como el de ojos verdes sujetaba el dije con adoración. Tragó saliva, preocupada.

―No tendrás que preocuparte por eso más, Eren.

―Lo sé ― Eren sonrió ampliamente ― pero aun así, no quisiera quitármelo nunca.

Petra solo negó con la cabeza y tomó las joyas de la siguiente bandeja.

―Ahora bien, la nathni(6) ― ante aquella palabra, Eren regresó a su rostro habitual y dejó que Petra colocara el anillo dorado en su nariz, una discreta argolla que no tocaba ni siquiera sus labios y con una cadena ligera se unía a los aretes jhunka(7), de oro y piedras preciosas.

―No olvides el bajuband(8) ― pidió Eren sujetando la otra pulsera, colocándola con cuidado en su brazo, un brazalete amplio, que, pensándolo bien, en contraste con su vestido, apenas resaltaría.

Petra observó a Eren colocarse el brazalete, un poco de miedo sacudió súbitamente su pecho. No, no se sentía aterrada por ningún aspecto de la boda, sino porque una vez terminada esta joyería, el vestido y lo demás serían adornos que terminarían de presentarse en un par de segundos, cuando menos se dieran cuenta Eren estaría completamente listo para partir y así dar por iniciada la ceremonia. Los nervios y ansiedad comenzaban a sentirse cada vez más, al menos en ella, Eren aún parecía ajeno a esta realidad, pero no podía dejar que esto la descontrolara; juiciosa, llamó a las siguientes esclavas, que cargaban en sus brazos cofres de oro bastante pesados, acercándolos sutilmente a donde Eren había vuelto a tomar su asiento.

―Eren ― le llamó el aya con cuidado de no sobresaltarlo ―, hasta el momento no has tenido la oportunidad de observar tu vestido de bodas terminado, y aunque sé que ha sido confeccionado bajo los estrictos estándares que pediste, espero que sea de tu total agrado, me he asegurado de que el proceso se lleve a cabo con extremas precauciones por los sastres más respetables del mundo.

Eren se levantó del diván con una sonrisa calmada y tibia.

―Estoy segura de que es perfecto, Petra. No me preocupa en lo absoluto ― tomó las manos de su aya ―, siempre haces un trabajo maravilloso y siendo tú la persona que más me ayuda y guía me siento seguro de seguirte en las decisiones que tomes.

―¡Guarda esas palabras para tu esposo! Por Allah… vamos traigan el vestido…

Las sirvientas abrieron los cuatro cofres de oro. Eren, como cualquier persona con un ápice de curiosidad nada sutil, se acercó inmediatamente a observar el contenido, que ya solo con abrirlo podría deslumbrar a cualquiera y convertirlo en ciego, el resplandor era de una belleza inmensa. Y esa perfección inmediatamente se reflejó en los ojos de Eren, pues la emoción le cubrió al primer instante.

―Luce perfecto, no podría verse tan bien en mi…

―Que dices, es tu vestido ― le explicó Petra sin atreverse a ver todavía tan magnánima pieza.

―Señorita Petra ― a sus espaldas una sirvienta le llamó con voz trémula.

La sirvienta giró a ver a la chiquilla y dirijo su atención a la docena de jovencitas que se mantenían de pie sin hacer nada.

―Ayuden a vestir a Eren ― ordenó inmediatamente ―. ¿Qué sucede? ¿Hay algún problema? ― preguntó la mujer súbitamente asustada, cualquier cosa podía convertirse en una catástrofe si ella no estaba atenta.

―Le llaman, en la puerta ― comentó sin dejar de mostrar un rostro de preocupación.

Aquello preocupó aún más a la aya, y por supuesto no podía dejar que Eren notara sus nervios, mucho menos ahora que su atención estaba abstraída y muy feliz por el vestido, era algo con lo que seguramente tendría que lidiar sola y sin que nadie se enterara. Así que silenciosa como una sombra se retiró a pasos largos del baño y enfrentó nuevamente el caos de la habitación, que se había relajado un poco ahora que la atención se centraba en el baño. La pantera se había cansado de descansar en la cama y, extrañamente, meneaba la cola de un lado a otra a un costado de la puerta entreabierta de la habitación, donde se alcanzaba a vislumbrar apenas minúsculamente la armadura de un soldado.

Preocupada, aceleró sus pasos hasta la puerta.

―¿Qué suced…? ― frenó en el arco con las manos sujetas a la puerta ― ¿Qué…? ¿Qué está…? ¡¿Pero qué está haciendo usted aquí?! ¡Cierra la puerta inmediatamente! ¿Acaso quiere matarnos a todos?

―Tranquilízate ― el Sultán levantó las manos intentando recuperar la actitud apacible de la aya.

Petra notó, en un instante, su sonrisa juguetona. Estos dos, definitivamente estaban de buen humor.

―No se supone que pueda verlo, ni siquiera que estén en el mismo edificio y pienso respetar esas reglas, ningún soborno será suficiente para que me permita dejarlo pasar por esta puerta ― amenazó la más baja con verdaderas intenciones de iniciar un combate cuerpo a cuerpo si era necesario.

―No estoy interesado en entrar ― aseguró Levi con el ceño fruncido ―, bueno, admito que la curiosidad me carcome intensamente, pero respetaré las tradiciones tanto como me sea posible; sin embargo, no podía dejar esta tarea a alguien más, necesitaba contar con mi supervisión.

Con una simple mirada, Levi ordenó al guardia que se encontraba firme y de pie a sus espaldas acercarse, fungiendo como escolta de algo que sujetaba entre sus manos, una caja fina de madera tallada y pulida tan grande como la mitad de su torso. A primera vista no parecía ser un objeto de sumo valor, pero la forma de los candados que resguardaban el interior daba a entender todo lo contrario.

De su cuello, el Sultán descolgó una cadena de oro donde una llave colgaba, no era de un grosor o un tamaño particularmente grande, en realidad no deba la impresión de tratarse de algo excepcional, pero el cuidado y esmero con el que Levi acercó la pieza de metal a la caja de madera, y la forma en la que sus ojos desprendían un brillo espectacular, permeado del deseo de la presunción, Petra comenzaba a inferir que era lo que el Sultán ansiosamente develaba.

―Honestamente, desearía entregarle esto personalmente a Eren― carraspeó sacando la llave del candado ahora suelto ―, mi descuido, pues el tiempo no me lo permitió. Cuento contigo como el medio más capaz de entregarlo, directo de mi mano a la suya, con toda la importancia que lo requiere.

El pelinegro se apartó de la vista de la aya para mostrar el interior de la caja, con sus revestimientos de seda y las almohadillas, acunando con perfección, el colosal adorno desfilado en oro, cuyas formas recordaban al halo magnifico de una deidad, el brillo en la cabeza desprendido de la divinidad y cristalizada de las intenciones más puras, reflejado en la belleza de la joyería incrustada en los diferentes segmentos en punta, rodeados por una diadema que iba desde la nuca, cruzaba las sienes, se unía con el centro de la cabeza y terminaba en una maravillosa tikka que brotaba desde el nacimiento del cabello hasta las cejas, cubriendo con seguridad el bindhi(9) que Eren portaría con orgullo, pero la magnificencia dad de la pieza era de insoportable belleza.

La aya llevó la mano a la boca.

―Esta, Petra ― explicó el hombre, sujetando con cuidado uno de los diamantes que relucían en la corona ―, no es solo parte de mis regalos de boda, es la corona que Eren usará de ahora en adelante en representación de su estatus real. Es su corona.

―¡Mi Sultán! Que bella pieza… ― soltó la sirvienta sin poder conducir su emoción de forma cuidadosa.

―La hice traer, no de la estúpida bóveda de joyas reales, la hice traer de la tumba de la Mahidevran(10)― ante la mudez de Petra, pues, aunque conocía el término, no podía comprender la claridad de los orígenes de una joya tan excepcional, Levi río sordamente y toqueteó nuevamente el oro ―; una antigua reina de leyenda, que solo existe en nuestros más antiguos libros de héroes. Sin certeza de su verdadera existencia, la expedición fue en búsqueda de la prestigiosa corona de aquella belleza que nunca se desvanece. Dile a Eren esto y pídele que use la corona en nuestra boda.

El aya se mantuvo en silencio, nada podía replicar ante eso, asintió con la cabeza, sorprendida que aún después de la fantástica explicación el hombre poderoso aun mantuviera la cortesía de pedírselo a su prometido ¿Quién podría negarse en primer lugar?

La muchacha pidió que traspasaran la caja de madera, nuevamente cerrada a las manos de dos sirvientas que ya la esperaban, con los dedos sudorosos y los ojos llenos de nervios. Inmensa responsabilidad la que ahora mismo se posaba, sin quererlo, en sus palmas pecadoras. Petra se despidió con una referencia formal y le dio la espalda al Sultán, con el corazón en un puño.

―Petra ― la voz grave del rey la detuvo inmediatamente ―. Dile a Eren… que lo estaré esperando en altar, hasta el último día de mi vida.

Una vez soltó la última palabra el sonido de las pisadas fuertes del Sultán y los soldados desapareció por el corredor, dejando a la muchacha con la respiración contenida, un montón de pensamientos revoloteaban en su cabeza y sobre todo la idea imprecisa de que el pelinegro, aquel niño que había conocido desde recién nacido, que había forjado una reputación a través de su espada, un espíritu de batalla indomable, ojos seductores y carácter apacible, que a la mínima chispa podía convertirse en una fogata; tenía el corazón envuelto en llamas de amor implacable que se agitaban con la más débil corriente del día, pues incluso conociendo todo esto, estaba rendido de afecto y pasión a Eren, le suplicaba, con toda la intención de que lo honrara, ponerse la corona que había conseguido especialmente para él y pedía, con voz insegura que no se retractara en el último momento, porque él lo amaba… lo amaba y lo amaría siempre. Así fuera lo último que hiciera.

Una sonrisa diminuta se asomó por la comisura de la boca de la sirvienta, todo el mundo merecía a alguien que le amase de la asombrosa forma en la que el Sultán amaba a ese chiquillo. Por sobre todas las cosas humanas e infrahumanas.

Llena de emoción se desplazó por la habitación en un vaivén ligero que casi parecía un baile y se coló hacía el baño, con todas las ganas de mostrarle a Eren el gran obsequio que su Majestad había hecho traer para él, el objeto de leyenda que…

Abruptamente su cuerpo se quedó pegado al piso, sus pies perdieron las ganas de reaccionar y sus ojos se volvieron tan grandes como dos bandejas de oro. La respiración constante y feliz se convirtió en aire condensado dentro de sus pulmones, donde no quiso salir. Lo único que pudo lograr, con muchos esfuerzos, fue llevar la mano a la boca y cubrirla en su baño de asombro.

A su alrededor el aire había dejado de circular, las cortinas se movían como una sinfonía extraña en compás de cierta arpa que era absolutamente inexistente, pero la imagen celestial llena de una brillante luz preciada era un espectáculo impresionante, completo. Música, luz, y la sensación de estar en presencia de una deidad.

Eren estaba de pie encima de un sillón color rojo, con la cabeza agachada y los ojos fijos en sus propias manos, que recorrían con incredulidad los contornos de su cuerpo, incapaz de reconocerse, luego viajaba al espejo de la habitación y al agua del baño que bañaba su cuerpo con ambrosía. Cada minúsculo movimiento ocasionaba una oleada de cascabeleo ocasionada por sus joyas y prontamente por el súbito movimiento de observar a Petra su cuerpo dio media vuelta.

El aya no pudo mantener la compostura más. Sus cabellos peinados, sus ojos verdes y sus espesas pestañas negras coreados por una boca rosada, pintadas las mejillas de un rojo claro, pálido, y un punto rojo en el medio de la frente, la expectativa de mirarse en el reflejo de los ojos de la joven que le había cuidado durante toda su estancia aquí.

Una sonrisa intentó brotar de su boca, pero se quedó atorada en medio del tambaleo de sus manos, que acariciaron nuevamente la tela, aquella hermosa tela que comenzaba en una gargantilla de oro en su cuello y se extendía, adornada por finos hilos de oro y diamantes hasta su vientre, en el centro un adorno de diamantes dividía su pecho y se extendía como flecha hasta el inicio de sus piernas, donde partía la tela de la falda, manteniendo el patrón de tela roja diáfana, completamente zurcida en piedras de diferentes patrones, resaltando los hilos de plata y oro y la cola larga del vestido que decoraba parte del sillón y un largo recorrido hasta su final, cerca del agua de la bañera. Sus brazos estaban cubiertos por unos finos adornos enlazados al vestido, dando la sensación de un par de alas que le acompañaban y terminaban en unas muñequeras de pedrería preciosa de las cuales colgaban largas filas de diamantes y rubies bordados en hilos que terminaban en campanillas tan minúsculas, pero preciosas.

El conjunto era, el vestido de bodas más ideal y maravilloso que Eren jamás habría podido utilizar, la fusión maravillosa de un vestido hindú y la belleza de las tierras cálidas árabes, jugaban en la sensualidad ilusoria de su absoluto poder y reinado, enmarcado de la causalidad de una boda en la que la estrella era su impresionante belleza.

―¿Qué te parece? ― pregunta el mozuelo tímidamente, sus ojos se han convertido en dos agujeros de inseguridad. Cada palabra lo acompaña de un tintineo.

―Eren ― Petra se acerca al sillón con lágrimas en los ojos y toma sus manos con soltura ―, nunca pensé que podría verte más hermoso que aquella vez cuando te colaste en el palacio; eras el niño más bonito que mis ojos habían visto. Luego, cuando bailaste frente al Sultán y cuando asististe a todas y cada una de las citas en la sala de trono, todas esas veces, creía que eran insuperables, incluso cuando el Sultán anunció su matrimonio, temí que no pudieras verte más hermoso que nunca y ahora… aquí, frente a frente, no supe lo equivocada que estaba. Porque tu belleza evoluciona con tu felicidad y cada segundo que pasa te conviertes en una criatura de hermosura impresionante, el vestido solo es el complemento. Y tú, lo usas de una forma en que no podría verse mejor, así que sonríe ampliamente, no existe forma alguna en que te veas más precioso y esta vez, creo que lo digo con seguridad.

Eren mordió su labio inferior, jugaba con sus muñecas nerviosamente y luego dirijo a Petra una mirada cargada de auténtica gratitud, densidad de sensaciones acumulándose en sus ojos cubiertos de una fina capa de lágrimas que no se atrevían a salir por miedo a arruinar su imagen. Con mucho cuidado uno de sus pies descalzos se posa en el piso y sujeta la mano de la sirvienta con la otra, para no trastabillar, a la hora de bajar y poner con efusividad los brazos largos y sueltos en el cuello de la mujer.

―Ya, ya, mi pequeño ― lo consuela antes de que diga cualquier cosa ―, sé cómo te sientes, hoy es el día más feliz de tu vida, te lo aseguro. Si yo reaccioné así al verte, sé que Levi querrá morir de amor ahí mismo.

Sin soltarle, Eren rio calladamente y luego bajó sus brazos para enjuagar sus ojos llenos de lágrimas, Petra le tomó cariñosamente de la mejilla rojiza. Eren se ponía más alto cada día.

―¡Oh! Hablando del Sultán ― Repentinamente giró para darse cuenta que las dos sirvientas aun sujetaban la caja de madera y observaban con incredulidad la asombrosa belleza del traje de bodas del mozuelo.

―¿Levi? ― preguntó Eren confuso ― ¿Está aquí? ― rápidamente sus ojos buscaron por encima de la salida.

―Tonterías, no puede poner un pie en este lugar ― Con una sonrisa la pelinaranja se posó a un costado de la caja y tomó la llave que Levi le había dejado ―; sin embargo, ese hombre no deja de hacer acto de presencia en su día. Vino personalmente a dejar esto para ti… Eren.

Eren observó desconcertado la mano de Petra, con la llave extendida colgando de sus finos dedos blancuzcos y luego la caja de gran tamaño y asombrosa belleza, tenía una expresión de incredulidad y suma curiosidad que no se aplacó hasta que tomó la llave y con una velocidad incomparable se abalanzó hasta el seguro y develar prontamente el contenido de la caja.

Con el corazón en un puño levantó la tapa, dejando suavemente que el brillo le llenara los ojos como destellos de estrellas y su piel reflejara la luz que los diamantes y joyas pequeñas, pero hermosas proyectaban contra su cara. Su boca se abrió sorprendida en un círculo, perfecto y rosado, muestra de la absoluta incredulidad. Sus manos temblorosas apenas pudieron terminar de abrir el cofre y fueron directo hacía su boca, que no lograba más que abrirse y abrirse y caer en la sorpresa absoluta de la belleza intrínseca del objeto que le bañaba con su brillo y esplendor, sostenido cuidadosamente, las comisuras de su boca tornaron en una sonrisa inmensa de felicidad y sus dedos temblorosos pronto se volvieron firmes para sujetar la corona que simbolizaba su papel real. La imagen de la realeza y sultanía se sometía y enfrentaba a su cabeza con este objeto tan precioso…

―Mi corona ― musitó como declarando el nombre del objeto, con sumo ímpetu ―. Levi me ha dado… mi corona, la corona que usaré como Sultán.

―El Sultán la mandó traer especialmente para ti, desde tierras muy lejanas ― explicó Petra observando como el muchacho sujetaba con extremo cuidado la joyería fina entre sus manos ―, estoy segura que él te contará mejor la historia que antecede a este hermoso y fino artefacto. Si el Sultán quiso dártela ahora, es porque quiere que la uses, y me lo ha pedido.

―¿Directamente? ― por un instante la atención de Eren pasó de la corona a los ojos del aya, evidentemente impactado ―. Ese Levi… no tiene por qué pedírmelo, ni siquiera una vez. Haría cualquier cosa por él aun sin que me lo insinuara.

Con una sonrisa juguetona, finalmente sacó la corona de la caja y entre movimientos suaves y seguros logró colocar el pesado, pero refinado objeto, que llenó cada curva de su cabeza en un instante. Las figuras alargadas se extendían como un aura, la tikka preciosa cubría el bindhi y marcaba la mitad de la cabeza con una línea de oro, así como las dos delicadas ornamentas que partían de la mitad y cruzaban sus cienes. Encima de su cabeza era tan perfecta como se imaginaba, era como ver a una Diosa iluminada por los rayos del sol. Absoluta belleza y asombro.

Del rostro de Petra solo salieron lágrimas de incredulidad, sus ojos no pudieron evitar deslizarse desde el ultimo diamante hasta la punta de sus pies, Eren era alto y precioso, un verdadero ejemplo de la belleza a seguir.

―¿Luzco bien? ― se preguntó, moviendo las pupilas verdes por todo el lugar, en busca de aprobación.

―Mi Eren ― Petra puso las manos sobre su boca ―: eres una fantasía. Con justa razón Levi me lo ha dicho hace un instante, casi suplicante…

―¿Qué ha dicho? ― preguntó el ojiverde sujetando las manos temblorosas de su aya.

―Que te estará esperando en altar, hasta el último día de su vida.

Eren inclinó su cabeza suavemente, sus ojos se cerraron con cuidado y una sonrisa cruzó su rostro, primero ligera, apenas visible, hasta convertirse en una intensa mueca de absurda felicidad.

―Que petición más desacertada ― negó ligeramente y el sonido de los diamantes tintineó por todo el espacio ―, no tendrá que esperar tanto, me estoy impacientando, tendré que consumar nuestra boda inmediatamente.

Petra le acarició la mejilla.

―El palanquín ya debe estar esperándote afuera ― Eren asintió y dio un paso firme ―: ya estás listo, mi niño.

.

"Trabajan el Sol, la Luna, las nubes y el viento

para que no seas indiferente al obtener tu sustento.

Por ti todo gira y acata las leyes;

no sería justo que tú no obedecieres."

[Golestan La Rosaleda, Sa'di]

.

A reserva de sus anteriores palabras, la tensión que emanaba del interior del palanquín era tangible incluso para los mozos de porte que tambaleantes pero firmes guiaban al muchacho hasta el otro extremo del palacio, sobre un camino de flores que había sido colocado desde la salida del palacio hasta la entrada de la mezquita de su nuevo palacio, donde la ceremonia se llevaría a cabo. Flores rojas que crujían a cada paso, y con cada centímetro el menor no podía más que encogerse en su propio asiento mullido, más y más…

Sus dedos, no dejaban de jugar una y otra vez con las pulseras de sus muñecas, el sudor de sus palmas brotaba sin cesar debido a los nervios y el incesante bochorno que todo el atuendo que traía encima, suntuoso y elegante pero increíblemente pesado, le estaba produciendo. Sin duda su boda era en el día más caluroso de la existencia de ese reino y Eren lo sentía en cada poro de su piel. Sus pies nerviosos, su estómago retorciéndose en el interior de su cuerpo, ni siquiera las alentadoras palabras de Petra resonaban ni remotamente en su cabeza mientras más se acercaba.

La ceguera de las cortinas le ponía más ansioso. Sentía el movimiento, pero sabía que en cualquier instante se detendría y eso significaría su llegada al lugar, solo abrir las cortinas sería exponerse a una muchedumbre inconmensurable, a una alfombra roja que guiara al lugar donde Levi le estaría esperando, tal vez con una sonrisa, tal vez mudo ante su aspecto, pero ¿Y si no?

―¡No te metas ideas en la cabeza! ― intentó convencerse, sujetándose de las mejillas, como si no estuvieran lo suficientemente rojas ya.

Al instante la corona se tambaleo, muerto de terror tuvo la audacia de sujetarla. No podía perder la corona de la cabeza en un momento como este; sin embargo, tenía la impresión de estar perdiendo la cabeza misma en un mar de nervios incesantes.

Enumeró en su cabeza, de nueva cuenta, las personas que se encontrarían en el evento, en quienes, por supuesto podía confiar ciegamente, pero la cuenta no llegaba más que a un puñado y sus entrañas no terminaban de retorcerse cuando una nueva ola de nervios le golpeaba, ciertamente Armin estaría en primer fila, pero también el magistrado islámico: Sheik(11). Después de todo, la Nikah era la primera parte y la más importante de este evento…

―Al menos Jean es mi Wali…

Tan súbito como un rayo cayendo en las lejanas dunas del desierto y quemando todo a su paso el palanquín se detuvo. Eren tuvo la impresión que las paredes de tela se convertían en un calabozo y que poco a poco se estrechaban a su alrededor, incluso mientras los mozos bajaban el carro la impresión de estar cayendo a un pozo sin salida se convirtió en una verdadera alucinación y por más que intentó precisar sus pensamientos en el protocolo que había estudiado detenidamente millones de veces durante los últimos días sus nervios se convirtieron en un mar de ahogo incesante.

Sujetando sus rodillas sintió que no podría salir de ese palanquín así lo abrieran de par en par y tuvieran que jalarle del brazo, no, en realidad él estaba realmente feliz de casarse, entonces sus nervios… debía ser una tontería, y si tardaba un solo segundo más ahí dentro ¿Qué clase de sospechas despertaría? No podía dejar que los demás creyeran por un solo segundo que no podía hacerlo, estaba más que listo. No podía dejar a Levi esperando ni un instante más… que podía pensar él… su futuro esposo.

Juntó todo el valor que quedaba en su cuerpo y frotando sus manos en torno a las palmas sacó el pie derecho del interior del palanquín y dejó que la planta tocara en su totalidad la alfombra roja bajo suya, como un recordatorio de que el firme suelo le sujetaba y que era el escenario de su boda frente al que se encontraba. Decidido, ambas piernas brotaron del palanquín envueltas en la tela preciosa bordada en joyas e hilos de los más preciosos colores. Al mismo instante, sus manos abrieron las cortinas blancas y la bondadosa cabeza pequeña y hermosa asomó sus brillantes y firmes ojos verdes, que al preciso instante se fijaron en el camino largo de alfombra bermellón lleno de flores de miles de colores y los costados aglomerados de personas, mirándole.

Solo un instante fue suficiente para que Eren observara su entorno, cuando se encontró de pie, poderoso y envuelto en un halo de monarquía, sus ojos finalmente llegaron hasta la figura viril que esperaba erguida en el abstracto de la alfombra junto a los pilares de la entrada de la mezquita. Fuerte y atractivo, el Sultán…

Dejó al muchacho sin aliento.

Levi, no tenía la impresión de ser un futuro esposo, un novio en el altar. Un marido. En realidad, su imagen era más la de un mortal bendecido por Dios, a punto de subir al cielo y tomar su lugar en el panteón de los dioses hindúes. Eren mordió su labio, nadie tenía idea de lo mucho que representaba para él esos detalles… el estar caminando para encontrar su rostro, vestido de rojo, con un atuendo hibrido entre sus dos culturas. Pero para Levi, un Sultán, retomar las costumbres de la cultura de la madre de Eren.

Estaba descalzo, igual que él. Vestía un amplio pantalón de color dorado, con bordado de llamas de fuego entre colores negros, rojos y amarillos, con el torso al descubierto, mostrando su perfectamente bien esculpido cuerpo, a excepción de la tela del saree que iba desde su pantalón subiendo, recargado en su hombro, y colgando entre su brazo hasta el piso. Los brazos musculosos llenos de pulseras de oro y en la mano, la hermosa daga que representaba su papel real.

Su cabello, tan hermosamente negro, como la misma noche, solo podía embellecerse más hasta el grado de la idolatría con la figura de su corona. Era la primera vez que Eren la veía, una diadema de oro gruesa con un diamante ámbar justo en el centro, encima de su frente. Discreta y hermosa, pero tan omnipotente… tan poderosa y monárquica.

Tan sin aliento como estaba obtuvo la voluntad de dar un paso enfrente, de recorrer aquel sendero celestial que guiaba nada más y nada menos que al camino del hombre más atractivo que sus ojos habían tenido la dicha de ver, en todo su esplendor. El rostro de Levi siempre era inexpresivo; sin embargo, los latidos de su corazón nunca eran silenciosos, siempre llevaban su nombre escrito en ellos. Esta vez incluso Eren podía entrever la felicidad radiante que el Sultán irradiaba desde sus cejas suaves y negras, ya no contraídas en su común ceño fruncido, su mirada relajada y amorosa, tremendamente calidad, hasta su sonrisa… con aquellos labios finos como dos pétalos, rosados, que ligeramente mostraban los atisbos de una sonrisa envuelta en una abrumadora y sincera felicidad eclipsante.

Las personas, que eran tantas, y los detalles físicos frente al Jaeger Mahal, quedaron olvidados en un rincón de su mente y de sus preocupaciones, no existía espacio alguno en su mente que no se encontrara lleno hasta el borde con la imagen de su futuro esposo. Su respiración contenida le suplicaba que avanzara más rápidamente, que no tuviera miedo a caer, a tropezar, o a perder la corona, pues sin importar que, lo más importante para él ahora mismo era encontrarse al lado de su Sultán.

Llegar hasta su lado.

―Eres bellísimo hasta perder la razón ― susurró Levi a su rostro cuando le tuvo justo al lado ―, cuando te vi salir de ese palanquín, mis pies quedaron atados al piso, pero mis deseos eran tomarte en brazos inmediatamente…

―Mi Sultán yo…

Un carraspeo inesperado hizo que Eren se detuviera en el acto, percatándose de que sus manos se habían movido por voluntad propia y ahora mismo incluso el mismo Sultán le sujetaba de las muñecas con una fuerza un poco más impropia de lo normal. En la entrada del fabuloso Mahal, rodeado por miles de flores y dos incandescentes antorchas el Sheik les observaba calmadamente, con una sonrisa relajada, pero de alguna forma sentía que su papel estaba siendo minimizado por lo reprobatoria de sus acciones. De cualquier manera, quien podría detener al Sultán si deseaba besarlo ahí mismo…

―Sultán Levi Khan(12) ― llamó enfatizando cada uno de los títulos, letra por letra y en una voz perfectamente fuerte y clara ―, Padisah(13) de todos los reinos de Arabia, Hünkar(14) de todos los adoradores de Allah, estamos reunidos aquí, con nuestro dios como testigo, sobre el suelo bendito de este reino, para celebrar su Nikah con Eren Sultân, para honrar esta unión: la unión física de dos cuerpos, pero también de dos almas, de dos espíritus que acordarán acompañarse eternamente de ahora en adelante.

Con una sonrisa amable, el hombre vestido completamente de blanco y con una espesa barba blanca, levantó sus manos haciendo el movimiento en petición de que ambos se colocaran de rodillas frente a él, que a su misma vez había tomado de las manos de un ayudante las escrituras sagradas.

Sin soltarle la mano en ningún momento Levi y él se sentaron con las rodillas en el piso y sus rostros fijos en el Sheik, sus movimientos eran suaves y coordinados, sus corazones palpitaban al mismo tiempo.

―En el nombre de Allah, clemente, misericordioso. Alabado sea Allah, Señor del Universo, Soberano Absoluto del día del juicio, guíanos por el sendero recto. El sendero de quienes agraciaste, no el de los execrados ni el de los extraviados(15). Guía a estas dos almas que en este día y de ahora en adelante pretenden permanecer juntas por siempre y para siempre, Allah bendice este matrimonio.

Tal como lo había estudiado, Eren escuchó estas palabras atentamente y ante el sonido del cierre del libro estrepitoso, pero con respeto, inclinó su cabeza hasta tocar el suelo, haciendo una reverencia completa ante Allah para recibir su bendición, y casi al mismo tiempo que su frente tocó la alfombra roja volvió a levantarse para escuchar nuevamente y con atención las palabras del Sheik.

No supo en qué momento Levi había soltado su mano, solo hasta que el calor se volvió frio notó que el Sultán tenía aún los ojos cerrados frente al piso y parecía orar con fuerza. Sintiéndose solo ya con la frente en alto, no pudo evitar suspirar con nervios, de ahora en adelante incluso el tiempo de oración debían complementar… todo eso y más Eren quería hacerlo igual que Levi.

Finalmente se levantó y cuando el Sheik volvió sus ojos a ellos, sonrió.

Luego se dirijo a los presentes con una mirada severa.

―El amor de Allah, es el que vive en nosotros porque entre nosotros nos amamos. El amor es un sentimiento tan precioso, que debe ser cuidado y atesorado, no manchado ni emancipado con la tacañería, la falta de afecto y el egoísmo, por eso, cuando dos personas se aman intensamente ese amor debe pertenecer a ellos, al uno con el otro, y también a Allah. Es necesario que ese amor sea bendecido por nuestro creador, no únicamente para beneficiarse los unos a los otros, cuando una pareja se entrega correctamente al matrimonio no solo se conecta con Allah eternamente, sino que su amor se vuelve puro y eterno, un amor que día con día no dejará de crecer, que no se volverá débil, sino que vivirá en la dulzura de la fe y del amor eternamente.

Finalmente, sus ojos penetraron nuevamente en los suyos, clavándose como dos planetas, sin afán de juzgar, pero si con la dureza de la realidad de sus palabras. Tontamente, Eren tuvo la intriga de pensar cómo se sentiría el Sheik con una boda así de hibrida entre dos personas de diferentes culturas, seguramente asumía que Eren retomaría diligentemente la religión de su esposo y aunque ese era el caso sus ropas y las del emperador no dejaban de ser un atisbo de duda; sin embargo, había ya tantas permisiones e incredulidades en este matrimonio que una más realmente no hacía un gran cambio en las cosas.

―«¡Oh, gentes! Cuidad vuestras obligaciones para con vuestro Señor, que os creó de una sola alma y a partir de ella creó su pareja, y a partir de la unión de las dos han surgido multitud de hombres y mujeres.»(16)

En ese momento ambos se pusieron de pie, aun cuando su mente se encontraba completamente concentrada en la ceremonia lo más que podía, no lograba que su inquieta personalidad dejara de cuestionarse muchas cosas. Sabía que el Sheik era el encargado del rito civil y del contrato nupcial, aun así, esta celebración estaba lejos de ser su boda religiosa… e incluso así el Sheik mencionaba a Allah tanto como le era posible. Se mantuvo distraído en estos pensamientos cuando sintió la presencia de dos personas.

Erd y Gunter. Los generales más cercanos al Sultán Levi y de su máxima confianza…

Sus testigos.

―Así pues, dichas estas palabras para guiar a ambos en la vida matrimonial ― continuó el Sheik ―, daremos inicio al contrato nupcial.

Levi hizo una ligera reverencia con la cabeza.

En algún momento, alguno de los sirvientes más silenciosos preparó tres cojines de color crema que colocó del lado derecho de la alfombra y otros dos del lado izquierdo, separados apenas por un metro y medio, donde Eren y Levi junto con sus testigos tomarían asiento y se sentarían a discutir, aunque en realidad no había nada que discutir el contrato nupcial frente al Sheik, que tomaba asiento en un cojín a la cabeza de ambas familias.

Eren guardó silencio, dio la espalda al Sultán y se sentó sigilosamente sobre el cojín que estaba colado frente a frente con Levi, sin dejar de emitir una sonrisa honesta cada vez que ambas pupilas se encontraban, ninguno de los dos podía evitar sonreír ligeramente, su creciente felicidad a cada instante se encontraba más cerca de consumar su unión física y espiritual.

Alto como un roble, noble como un guerrero, pero joven como un muchacho, la agraciada figura de Jean que se había mantenido lejos de su atención desde que inició la Nikah se posó a su lado. Verlo ahí, a su lado, de pronto trajo chispas eléctricas a las manos de Eren, pues, aunque Jean no le miraba sus ojos estaban llenos de honestidad. Miraban con fijeza y determinación a Levi, acercándosele hasta estar enfrente de él y saludarlo extendiendo su mano, que fue tomada por la del contrario con total naturalidad, después volvió en sus mismos pasos; tomando asiento a un costado de Eren y postrándose en una reverencia rápida como su Wali, incluso en su papel desempeñado estaba muy por arriba de sus actuales habilidades…

―Sultán Levi Khan, con sus testigos ― el Sheik hizo una reverencia cortés al lado de Levi y luego miró a Eren y repitió el gesto. ―; Eren Sultân, con su wali. Ahora iniciaremos la lectura del contrato nupcial…

Eren comenzó a sentirse nervioso, en algún punto quería gritar que en realidad todo esto era absolutamente innecesario, no había necesidad de un contrato, nada de lo que Levi pudiera darle por escrito sería más importante que las palabras que ya había susurrado a su corazón y él creía devotamente, desde su punto de vista la unión de ambos era más intensa que lo que cualquier trozo de papel pudiera connotar; ante eso, la mirada de Levi era aún más seria e inexpresiva, y la cantidad de papel que el Sheik sacó de sus espaldas era bastante grande, casi del grosor de su propia mano, había muchísimo papel ahí… y todo eso era a puño y letra de Levi…

Eren contuvo la respiración. Así que ahí estaban todas las condiciones…

―Si me permite, su señoría… ― exclamó Jean sin abandonar su postura ―, el Sultán Levi Khan y yo ya hemos discutido todos los puntos establecidos dentro de su honorable contrato nupcial, estoy aquí para asegurarme de que estos estén estipulados correctamente y que sean cumplidos al pie de la letra, según lo acordado por el propio Sultán y por mí, bastará con leer y firmar entre ambas familias solo la primera hoja.

Eren guardó un silencio desacostumbrado, tenía una boca y estaba acostumbrado a usarla sobre todo en momentos donde su sorpresa lo llevaba al máximo. No era un secreto para él, que Jean y Levi no tenían la mejor relación, pero no le parecía imposible que se hubieran reunido con anterioridad para discutir todos esos puntos, aunque si era bastante sorpresivo. A juzgar por la expresión del pelinegro se encontraba de acuerdo con lo antes dicho por el Wali.

―Si así lo deseáis ambas familias, procederé ― aclaró su garganta y tomó la fina hoja de papel ―: "Sultán Levi Khan: Padisah y Hünkar(17) ofrezco a Eren el dueño de todos mis sentimientos amorosos y el único recipiente de conexión espiritual que poseo con otra persona todas las pertenencias que a mi nombre se mantengan desde el día de hoy y hasta el día de la muerte de todos mis descendientes, ofrezco a él las tierras que he ganado en el nombre de este reino, de mi Dios y con mi propia fuerza y voluntad. Me comprometo a ser sometido ante la voluntad de Dios en el matrimonio, a entregarle mi necesidad de tener un compañero que inspire amor, cariño y lo contenga en momentos de preocupación y tristezas, a ser quien cuide del hogar que ambos habitemos, a ser la complementariedad de ambos, a ser buen esposo. Si todo esto os complace, que se me permita tomarle en matrimonio, si no es suficiente que se me permita ofrecer la dote que entre mil cosas más no vale ni la mitad de lo que Eren representa para mí y si esto no es suficiente, con toda la disposición estoy dispuesto a reformular cada una de estas peticiones."

Ante cada palabra el ojiverde mantuvo sus respiraciones cortas y acompasadas, pero ya cerca del final no pudo evitar jugar nerviosamente con la indumentaria de sus muñecas y sus dedos de las manos, simplemente no podía creer que por un instante Levi de verdad considerara que con todas las cosas que le ofrecía habría alguien que podría negarse ¿Quién en este mundo podría no aceptar semejante solicitud poco careciente de ostentosidad? Aun así, Eren no necesitaba nada de esto…

Cualquiera de esos bienes materiales, por más que le impresionaran no dejaban de ser innecesarios. Lo único necesario y bien recibido, era el amor que el Sultán le profesaba tan pasionalmente y a cada instante que lo necesitara. No había duda de que un amor tan pasional era imposible de contenerse incluso en la boca de una persona…

― Así pues, si ambas familias están de acuerdo ¿Aceptareis este contrato nupcial? ― Eren volvió en sí mismo y notó que el pelinegro le miraba preocupado, pero una sola sonrisa suya llena de auténtica alegría le regresó la chispa de antes

― Sí, aceptamos. ― soltó Jean con firmeza.

Sellando el matrimonio.

―Ahora bien, es mi honor y deber nombrar a nuestro Sultán Levi Khan: Padisah y Hünkar de todas estas tierras y a Eren Sultân, ahora: Devletlû İsmetlu Eren Haseki Sultân(18) esposos completos y bendecidos por Allah.

Dicha afirmación causó revuelo entre los presentes, las personas que rodeaban la ceremonia y llevaban un buen rato paradas afuera del Mahal, habían comenzado a perder la paciencia, pero aquella frase les devolvió la algarabía, los tambores resonaron fuertemente y las cornetas explotaron en jubilo.

Eren sonrió abiertamente y miró a Levi con fascinación. Habían sido nombrados esposos oficialmente y Eren había obtenido su título.

El contrato nupcial se había completado.

―Sin más preámbulo, adelante en presentar la Mehr que este Sultán ha preparado para usted; Eren Sultân ― habló El Sheik inclinándose suavemente hacía el Mahal.

Por fin, más que nunca estuvieron dispuestos a por fin poner un pie adentro de este hermoso palacio. Eren asintió a Jean, que le miraba con intensidad, y ambos se pusieron de pie. Sabía, porque en esencia él se encontraba en el palacio, que la Mehr que Levi había preparado para él consistía en más que un palacio construido dentro de otro palacio, a lo largo de los días había visto centenares de regalos de bodas llegar, todos ellos además de ser un símbolo del aprecio de mucha gente, conformaban la dote.

Así mismo, Levi se puso en pie y siguiendo los pasos del Sheik, con sus dos testigos a las espaldas, esperó a que Eren se posicionara a su costado izquierdo, para extender la mano y solicitar que el ojiverde colocara su palma encima de la suya, había un halo radiante desprendiéndose de su ligera sonrisa, brotes dorados enmarcaban su rostro, a leguas se notaba que estaba satisfecho con lo que estaba a punto de mostrar.

Ya desde las afueras del Mahal la vista era impresionante, la construcción se extendía a lo largo y ancho, increíblemente alta y llena de columnas de mármol, con pisos de todos los colores, arcos, y hermosas antorchas que iluminaban cada rincón aun en plena luz de día. El pórtico era inconmensurable, rodeado de flores y telas de color bermellón que entorpecían la vista del patio interno, donde seguramente ahora mismo la dote se encontraría alojada. El Sheik se dirijo hasta esta puerta donde un par de hermosas sirvientas sujetaban dos grandes trozos de cuerda, que se levantaron al mismo compás cuando los dos hubieran de traspasar para ingresar al interior del eclipsante palacio.

En todos los rincones se aspiraba un suave y delicado aroma a flores, que inundaban el ambiente como la bruma misma, las cortinas se levantaban una tras otra dejando atrás el bullicio del exterior, de la turba que seguía sus pasos extasiada por contemplar las maravillas de la riqueza del Sultán, y la mano de Levi se cernía firme por debajo de la del castaño. El latir de ambos corazones se encontraba acompasado…

Finalmente cruzaron la entrada principal, revelándose ante los ojos la verdadera maravilla de la construcción, el exterior solo era una fachada en pos de servir como muro de protección, que igualmente equivalía en belleza a un palacio mismo, pero ya dentro de sus paredes el palacio tomaba la construcción de un verdadero tesoro en el que primero se extendía un fantástico jardín lleno de hermosas fuentes rectangulares hasta el borde de agua cristalina y hermosos nenúfares con flores de loto; alrededor de toda esa hermosa flora silvestre, delicadamente acomodada en el espacio abierto, la Mehr se extendía por cada uno de los rincones, convirtiendo el verde pasto en un mantel recubierto de oro en toda la extensión de la palabra.

―No necesito todo esto ― giró Eren rápidamente a ver a Levi, su corazón palpitaba emocionado.

El pelinegro le devolvió la sonrisa y tomó sus dos manos.

―Tal vez no lo necesites, me aseguraré de que no lo necesites, pero lo mereces: eso y más ― Eren quiso protestar, apenas abrió la boca para dejar salir cualquier tipo de excusa modesta, el Sultán cubrió su boca con el dedo índice ―. Permíteme…

Y señaló nuevamente al interior del jardín, esperando que en ese instante los dos se pusieran a recorrer todas aquellas riquezas que colmaban el jardín.

Eren contuvo su respiración, y siguió a Levi, justo al primer paso.

―De acuerdo.

Cuando Eren era pequeño y vivía en los barrios bajos las bodas eran motivo absoluto de algarabía entre todos los vecinos: la unión de dos personas y la excusa para emborracharse y comer comida gratis simplemente era una idea demasiado apetecible para ser rechazada, todo el mundo gozaba de estos eventos. A menudo la Mehr entre las dos familias pobres consistía en un par de gallinas, una reliquia familiar, todo el dinero posible a juntar y por supuesto una casa. Alguna de las bodas más lujosas que el pequeño niño había podido admirar incluía un pequeño burro, el nivel actual de la Mehr que ahora cubría su gran Mahal era incomparable al de estos recuerdos. Tenía la mano derecha en puño levantada contra el pecho, la otra guiada por Levi, quien sonreía a su lado mientras caminaba sobre el pasto cubierto de hermosos pétalos de flores. Los regalos se esparcían por todos lados del suntuoso espacio abierto, algunos sujetados por sirvientas alegres, otros en el piso acomodados estratégicamente para que la vista fuera aún más deliciosa…

Era como el interior de la cueva de las maravillas a plena luz del sol.

Una suave risa abandonó la boca del Sultán y Eren se giró para mirarlo con el corazón agitado. Cuando el Sultán notó aquellos ojos verdes encima suyo se encogió y usó su dedo pulgar para acariciar la palma de su mano.

―La verdad, estoy haciendo un poco de trampa ― murmuró suavemente sobre su oreja, Eren lo miró sin comprender y Levi levantó su rostro señalando con su mentón los dibujos ―, en este lugar se encuentran también los regalos que nuestros invitados trajeron para la boda: todos estos forman parte de tu Mehr.

Eren se relajó visiblemente, incluso sonrió. Ver a Levi de tan buen humor con la boda era algo que ya se esperaba, siempre que los dos estaban juntos el Sultán siempre tenía reservadas las mejores miradas y sonrisas, pero incluso expresar su emoción rodeados de tanta gente significaba que sus emociones le superaban al grado de que sin poder ocultarlas terminó mostrando su gozo frente a todos los invitados.

―Hay demasiados… ni siquiera sé por dónde empezar ― tosió Eren mirando los regalos que se desbordaban a su derecha y a su izquierda.

Por todos lados los invitados se colocaban en los pasillos del jardín admirando todos los obsequios, suspirando maravillados, pero incapaces de acercarse y tocar: el espectáculo era tal que el recorrido parecía el de un antiguo museo de libre exhibición.

Levi se encogió de hombros.

―Cualquiera que elijas es bueno, los he supervisado yo mismo. Nada por debajo de los estándares ― levantó ambas cejas y soltó la mano de Eren, extendiendo su propio brazo para que el chico se atreviera a caminar como le gustara.

Con más soltura Eren comenzó a recorrer cada una de las reliquias que se desperdigaban por todos lados encontrando numerosos cuadros finamente pintados apilados uno encima de otro como láminas de oro, incluso en lo alto brillaba prominentemente un cuadro de sus propios padres viéndolo con ojos llenos de felicidad: como siguiéndolo con la mirada; sin detenerse mucho más Eren observó un hermoso cofre de madera recubierto de hermosas piedras preciosas y brillantes que destelleaban en los rayos del sol, grabado en la placa de oro que la recubría destacaba la palabra: al'iikhlas(19), el conjuro de la fidelidad eterna, Eren suspiró pasando los dedos por encima, pero continuó, después revisaría el interior.

A un lado decenas de sirvientes sujetaban con sonrisas en sus rostros pergaminos de papel amarillo deslizando letras negras con una preciosa caligrafía: había al menos diez diferentes poemas de amor que el propio Sultán había escrito, cuando se acercó a tomar uno para leerlo notó que no solo se trataba de poemas, también había diferentes escritos e incluso cuentos, Levi lo sujetó de los dedos, antes de que sus ojos se posaran directamente sobre las palabras escritas.

―Habib, mira esto por favor… ― alejándolo directamente de su propia escritura.

Eren se preguntó si estaría avergonzado, pero lo siguió.

―No sabía que tenías el don de la escritura ― tonteó Eren siguiéndolo hasta una pequeña torre de telas preciosas.

―No creo tener el don, pero al menos debía intentarlo ― dijo Levi con una sonrisa y luego tomó uno de los bordados que estaba justo encima.

Antes de girarse a ver el precioso obsequio, hizo una nota mental de pedirle a Levi que leyera después esos para él… en privado.

Al girar su vista, Eren admiró la prenda cuidadosamente, se trataba de un hermoso sareé bordado con hilos de oro y plata, mostraba orgullosamente un pavorreal, una pantera, un caballo y un ciprés. Cada una de las telas apiladas en esa gran torre eran sareés de la más altísima calidad y Eren moría por usar cada uno de ellos, a Levi le encantaba vestirlo, disfrutaba verdaderamente deleitarse con Eren usando las prendas más exquisitas y ahora tenía la oportunidad de otorgarle tantos como quisiera. Eren levantó su mano y tomó al azar otro de los sareés, un hermoso color azul le hacía resplandecer hermosamente con el cielo y las estrellas bordado encima.

Encantado, Eren giró por el mismo pasillo admirando una hermosa cantidad de flores plantadas en cada una de las macetas de los jardines.

―Todo el jardín es un obsequio entero, ahora mismo no podrás verlo tan glorioso como realmente es: pero está a tu gusto por completo.

Eren lo sabía, por las orquídeas, jazmines, azafranes, camelias y coronas imperiales que se desbordaban por todas partes, siguiendo sus instintos el pasillo de flores hermosas lo llevo a una pequeña carpa conformada por telas para cubrir lo que se encontraba el interior. Sin detenerse a observar si Levi lo seguía, Eren se coló en el interior, maravillándose de inmediato.

En esta hermosa carpa se encontraban decenas de vestidos, todos colgados de forma que sus faldas hermosas lucieran, complementados con hermosos velos, zapatos y joyas, atuendos formados tantos que Eren no tendría que preocuparse nunca en la vida sobre como vestirse. Anonadado, se dirijo hacia un hermoso vestido rojo con una falda bordada en piedras preciosas, su tacto era tan suave que Eren no podía esperar para ponérselo encima. Siguiendo en su asombro, caminó hasta llegar a unas preciosas repisas de cristal que mostraban perfectos y preciosos collares de oro con piedras de todos los colores e incluso colores que Eren no podía reconocer, finalmente se detuvo en un hermoso collar de ópalo que había llamado su atención, todas esas hermosas joyas eran tan asombrosas que quería colgarlas encima de inmediato, a su lado descansaban preciosas muñequeras y pulseras que se unían directamente al dedo anular, cada joya del anillo era distinta, unas más ligeras y otras más pesadas, pero todas conectadas a las hermosas y variantes pulseras, estiró la mano para tocar una de las piedras, pero no se sintió lo suficientemente atrevido para usarla sin ayuda de una sirvienta y para evitar estropear algo sobre los arreglos Eren se movió hasta otro impresionante vestido.

Este vestido a diferencia de los otros no mostraba casi rastros de la tela con la que había sido tejido, pues los diamantes lo hacían relucir ardiente y fervoroso por todos lados, el velo colgaba por los costados y el escote era prominente. A ambos lados del vestido se colocaban como hermosos complementos, collares formados por miles de piedras que colgaban por sus hombros y se acentuaban en su espalda. Eren nunca había visto joyería parecida. Una que recorriera todo el cuerpo, incluso por sus caderas y sus…

―Creo que te verás radiante en eso ― susurró Levi a sus espaldas.

―¡Allah! Casi me matas de un susto ¿En qué momento entraste? ― preguntó Eren encarándolo suavemente. Estaban completamente solos.

Uno de los brazos de Levi se afianzó a su cintura.

―Justo detrás de ti.

Eren colocó ambos brazos por encima del cuello del Sultán, sabía bien que aún no debían tocarse ni mucho menos, pero el torso de su Majestad estaba descubierto y se veía resplandecientemente, guapo e incomparable. Cuando estaba por inclinarse para besar su hombro, sus ojos captaron algo a lo lejos…

―¿Qué es eso? ― frunció el ceño.

Confundido por el súbito cambio, Levi giró el rostro y se encontró con un hermoso atuendo.

―Oh, eso… es, en realidad espero que nunca lo uses, pero…

Eren se soltó inmediatamente y giró con asombro hasta donde se encontraba. El traje era exquisito, la tela era blanca e inmaculada, suave, pero la armadura que rodeaba las piernas brazos y el pecho era del oro más brillante que hubiera visto jamás, en la cintura se acentuaba un cinturón de diamantes que dejaba a un costado una espada cimitarra impresionante con mango de esmeralda. Las hombreras tenían la forma de un felino y el casco también, incluso el mechudo que colgaba de la punta de este era de hermosas plumas blancas.

―Eres un Sultân ahora, si hay guerra en este reino no espero que estés desnudo esperando a los invasores ― carraspeó Levi ―, esta es tu armadura.

―Pero yo no sé luchar… ― se excusó Eren, sin dejar de admirar el traje.

―Si no te gusta…

―¡Me encanta! ¡Aprenderé! ― se lanzó nuevamente a sus brazos.

Levi lo recibió acunando su delgada cintura entre ambos brazos.

―No lo necesitarás, pero me alegra oír que te gusta.

Eren estaba a punto de besarlo hasta desfallecer cuando un ligero carraspeo interrumpió desde la entrada de la tienda, logrando que el muchacho, que normalmente no era nada tímido, contrajera sus brazos y Levi lanzara una mirada asesina ante el causante. El ambiente solo se relajó cuando Gunter apareció avergonzado detrás de una cortina.

―Majestad, aún hay personas esperando por entregar sus regalos y felicitaciones.

Levi suspiró.

―¡Vamos! ― gritó Eren sujetando la mano del Sultán y arrastrándolo fuera de la carpa.

El exterior era brillante y caluroso, las personas reían y se veían copas de vino por todos lados, realmente disfrutaban de la Mehr, aunque no estaba en sus manos disfrutaban de admirar ese paisaje. Tan pronto como sus ojos se acostumbraron al exterior Eren alcanzó a divisar una figura ligeramente familiar entre la multitud, se trataba de un joven de baja estatura y cabeza rapada que entregaba vino a los invitados sonriendo con amabilidad.

Eren se ahogó un poco, Levi lo miró preocupado.

―¿Estás bien? ― preguntó inclinándose suavemente a su lado.

―Ese es Connie ― murmuró señalando al jovencito ―, él cuida a los animales y dijo que había un obsequio de animales para mí.

―¿Eso dijo? ― Levi miró furtivamente al chico, ignorante de los murmullos.

―¡No lo castigues! Yo, estoy realmente emocionado… ¿Dónde están esos animales?

Levi pareció desconcentrarse de ese viejo asunto y volvió sus ojos al final de un gran pasillo del jardín que estaba rodeado de hermosos cipreses, Eren entendió de inmediato el gesto y sujetándose sus faldas pesadas comenzó a caminar hasta divisar un lugar un poco extraño que resaltaba entre los demás regalos: parecían largas cajas de madera altas, talladas y formadas una a lado de la otra. En el interior, hermosos corceles se formaban uno al lado de otro.

―Este no es el lugar donde se encontrarán normalmente, pero era difícil mantener a los animales cerca de tanta gente sin que se pusieran nerviosos: el palacio tiene tu propia caballería; sin embargo, hay alguien muy importante a quien quería presentarte…

Por supuesto, las palabras del Sultán estaban cargadas de una emoción desbordante, incluso cuando su mano lo tomó se sintió como si hubiera temblado ligeramente, de alguna forma Eren sintió que estaba a punto de dar un gran paso uno mucho más importante que la boda, tal vez. El pelinegro se acercó con sigilo hasta un hermoso corcel que descansaba suavemente en medio de otros dos.

―Este de aquí es Gulgun(20), es una yegua: la segunda más rápida de todo el mundo, por detrás de mi Shabdiz(21). Este será tu corcel de ahora en adelante, lo montarás siempre que quieras, lo respetarás y él a ti. Este corcel es el alma gemela de mi Shabdiz, los dos provienen del mismo linaje y no existe ninguno mejor que ellos en comparación.

El de la capa de rosas.

Ese era el significado del nombre de esta hermosa yegua.

Su pelo era blanco, marfilado, su hocico casi azulado, increíbles ojos expresivos y unos tintes rozados recorrían su hermoso cuerpo, el cabello que colgaba a lado de su cuello era tan abundante como rizado e incluso su cola llegaba hasta el piso, arrastrándose ligeramente. Tal vez Shabdiz era el caballo más veloz, hermoso e inteligente que Eren hubiera conocido hasta el momento, pero Gulgun era para él.

Se acercó tímidamente al animal y levantó la mano, el corcel precioso en ningún momento vaciló e incluso cuando su mano frotó suavemente su hocico, solo lo miró calmadamente. Con valentía, Eren juntó su frente a la del corcel y la descansó encima por unos instantes, aspirando el aroma a flores que todo su cuerpo desprendía.

―Dejaré mi cuerpo en tus manos y el tuyo en los míos. Gracias Gulgun.

Se separaron y la ansiedad de montar al hermoso caballo solo creció. Al verlo así de feliz y emocionado, Levi no pudo dejar de mostrar una fantástica sonrisa.

―Su Majestad ― Gunter llamó nuevamente al Sultán ―, lamento interrumpirlos nuevamente, la familia real del Sur desea entregar su regalo personalmente.

Con una simpática sonrisa Eren asintió al soldado y miró fijamente a Levi.

―¿Vamos? ― pidió el pelinegro extendiendo su brazo gentilmente.

―Me gustaría ver algunos regalos más, ¿Puedo quedarme solo? ― pidió suplicante, Levi asintió alejándose lentamente ―. ¿No molestará eso a los invitados?

―¿Acaso importa si se molestan? Ve a ver todos los regalos que quieras, volveré en un momento.

Sin decir más el pelinegro se alejó y aunque Eren realmente deseaba pasar más tiempo a su lado era un ser curioso por naturaleza, si veía algo resplandeciente no podría evitarlo y desearía correr hacia él lo más pronto posible, por si esto fuera poco el tiempo se estaba agotando cada vez más rápido y el aún no había visto ni la mitad de los obsequios más llamativos.

Mientras vagaba por algunas de las millones de cajas llenas de joyas, Eren comenzó a caminar entre los más recónditos espacios del jardín, la mayoría de los invitados se encontraban cada vez más lejos, interesados en otros obsequios, cuando el mozo visualizó una hermosa estatua de mármol tallada finamente por un artesano experimentado, las facciones eran exquisitas, el acabado era tan delicado que simplemente parecía real. Incluso la tela que cubría las piernas de la estatua estaba doblada en cada borde, las joyas resaltaban y Eren se percató que se trataba de una estatua de sí mismo colocada en el centro de una fuente, sus ropas sueltas casi ligeras y vaporosas podían ser bastante impúdicas y no pudo evitar sonrojarse fuertemente, después de todo había cientos de personas en este jardín.

La estatua estaba delicadamente recostada en un pilar y miraba hacia abajo como si buscara algo entre el agua de la fuente, sus cabellos eran tan delicados que incluso parecían moverse. Observarla tan detenidamente hizo a Eren pensar que en cualquier momento soltaría un suspiro y le miraría. Un poco asustado dio un paso hacia atrás cuando su espada chocó con una superficie firme y solida que le hizo perder la estabilidad tras el impacto y deslizarse suavemente a una caída segura; sin embargo, antes de que sus posaderas tocaran el fino pasto los brazos de la persona contra la que había chocado le sujetaron con firmeza y cuidado de no posarse atrevidamente contra su cuerpo, deteniéndolo en el acto.

Eren regresó a su lugar original y levantó la vista sin soltar todavía el suspiro que había estado conteniendo desde que fue víctima de su propia torpeza.

Siendo sujetado por el brazo todavía, Eren abrió sus ojos como platos, esa persona era…

Realmente alta e impresionante.

Sus miradas se encontraron por un instante, hasta que el joven portador de ojos miel se giró a mirar a las espaldas de Eren donde su estatua los miraba como riendo, totalmente abstraída en fingir que el agua era más interesante. Con una sonrisa cortés el extraño agregó:

―Eres tú, hace unos momentos me preguntaba cómo lucirías en persona.

El castaño ni siquiera se había percatado que había otra persona observando la estatua desde antes de que él llegara, súbitamente su rostro se pintó del mismo color que sus ropas, completamente avergonzado. Al menos en la estatua tenía ropa, pero era demasiado próxima a él, si tuvieran la misma ropa podrían pasar por gemelos:

―¡No la mire! Es vergonzosa… ― esporádico como era, cuando no medía sus acciones, tomó al hombre del brazo y lo sacó inmediatamente de la proximidad de su clon.

Solo se separaron por tres zancadas cuando notó que su acompañante no mostraba resistencia alguna a sus bruscos movimientos y su falta de cortesía. Como si súbitamente hubiera recordado que ya no estaba en posición de hacer lo que quisiera Eren soltó ese brazo, sintiendo súbitamente que le quemaba. Giró su contrariado rostro, encontrando de vuelta una sonrisa amable y un entrecejo confuso. Su garganta se cerró con angustia y poniendo las manos en alto exclamó:

―¡Disculpa! No quise, no quería yo… perdón por tocarte ― retractó las manos y las colocó por detrás de su espalda con una sonrisa pidiendo disculpas inmediatas, pero incluso su sonrisa arrebatadora falló al final y soltó un suspiro angustiado ―. Soy un fracaso, eres el primer invitado que saludo hoy y estoy… creí que no lo estaba, pero si estoy un poco nervioso. Además, perdón por decirte todo esto y tratarte, quiero decir, tratarlo con demasiada familiaridad.

Probablemente estaba hablando demasiado rápido y una gran cantidad de incoherencias, porque el joven solo le miró como si quisiera responder a todas estas disculpas con una gran amabilidad, pero si Eren quería salvar este encuentro y recolocar su estatus como alguien que definitivamente merece ser la pareja del Sultán decidió dar el siguiente paso.

Juntando ambas palmas frente a su pecho dio un paso atrás y sonrió con una amabilidad arrebatadora:

―Mi nombre es Eren, me presento soy el Sultân ― apenas esas simples palabras abandonaron su boca quiso retractarse, ¿lo era? Técnicamente la ceremonia aún no concluía, era realmente torpe.

―Lo sé ¿Quién no ha escuchado de usted y sus virtudes? Soy yo el que debería presentarse. ― iba a hacerlo cuando Eren notó que realmente le agradaba esta persona así que comenzó a mirar nerviosamente a su alrededor, el extraño continuó ―. Yo… he participado en varias ceremonias, pero jamás vi tanta riqueza y lujo en un solo palacio. Es cierto que usted es la debilidad del gran Sultán Levi Khan.

―¡Oh! ¿Qué dices? Claro que no… ― comenzó a reírse nerviosamente, pero se enderezó en cuanto comenzó a notar que de nuevo estaba actuando con una familiaridad desagradable ― am quiero decir… en realidad estoy actuando como un tonto, eres el primer invitado con quien hablo y estoy actuando como si no hubiera practicado por meses para portarme adecuadamente, si me sigo portando así enfrente de todos los invitados nadie va a llamarme Majestad en lo absoluto. Soy agobiante, ni siquiera sé porque te estoy diciendo estas cosas.

El joven soltó una risa bastante suave y comenzó a tocar su cabello con actitud despreocupada.

―Siendo honesto, yo también he estado practicando desde que me encargaron esta tarea, así que eso nos hace dos.

Eren sujetó sus propias manos, intentado reprimir una inconmensurable sonrisa. Como si no fuera suficiente el joven continuó:

―No me molestan esta clase de reuniones, pero raramente encuentro una compañía tan agradable. Es usted una persona muy interesante, Majestad ― acentuó la última palabra de forma que Eren no pudo evitar ponerse en puntillas por la felicidad.

―Entonces, perdón, pero… ¿Puedes ser mi invitado de prueba? Así podré practicar cuando tenga que recibir a otros mucho menos agradables que tú. Saludos, cortesías, charla casual… ¿Aceptas?

―Por supuesto, no puedo permitirme perder la oportunidad de compartir unos minutos con el Sultân de estas tierras. ― sonrió ampliamente y el mozuelo le devolvió el gesto, esperanzado ―. Es una suerte que se apareciera, creí que tendría que pasar el resto del día vagando solo entre tantos obsequios en busca de…

―¿Oh? ¿Estás buscando algo? ― preguntó Eren dirigiendo la mirada hacía donde su acompañante rebuscaba perdidamente.

El chico continuó buscando desde su altura, pero al no encontrar lo que hallaba volvió a mirar hacía donde el joven tambaleaba sus ojos intentando que la corona que llevaba en la cabeza no se meneara demasiado, pero con cada movimiento, tintineaba. El chico de ojos verdes lo miró y el otro le sonrió.

―Así es, el obsequio que yo traje.

―¿Qué es? Tal vez lo haya visto de pasada camino hacía acá ¡Tengo muy buena memoria!

―Estoy seguro que sí ― cumplimentó el otro ―. Se trata de una caja bastante grande de madera, tiene incrustaciones de oro en los bordes y una cerradura del tamaño de mi puño.

Levantó la mano para mostrársela a Eren y el más joven notó que su mano parecía bastante firme. Súbitamente, lo recordó.

―¡La he visto! ¡Sígueme!

Y como si no hubiera aprendido la lección, tomó esa mano y corrió sujetando al invitado hasta guiarlo donde, solo por un instante, había admirado el cofre. Para suerte de ambos, el camino no fue largo, un par de pasillos y ya se encontraban frente al lujoso acabado en madera y oro.

―Es un cofre muy bonito ― agregó Eren de rodillas frente a él, sonriendo ―, muchas gracias.

―No es nada, pero el regalo… está en el interior ― se puso de rodillas a su lado antes de que Eren apartara la mirada avergonzado, sacó una llave del interior de su pecho y abrió la cerradura con una facilidad admirable.

Conteniendo la respiración, el mozuelo sujetó sus rodillas mientras admiraba el interior del cofre, recubierto con hermoso terciopelo rojo descansaba una pieza de joyería que el joven nunca había visto en su vida, trabajada, hermosa, cubierta en oro y piedras preciosas. Una corona extravagante muy desigual a la suya, pero rival en belleza. Cadenas de piedras y flores se extendían a los costados y dejaban una tikka colgando en el medio de la frente. Tragó saliva maravillado.

A su lado, la reacción parecía complacerle.

―Es preciosa…

―Ansió que la use.

―¡Probablemente lo haga! ¡Lo prometo! ― aseguró Eren, prometiendo casi sin pensarlo ―, tal vez mañana pueda hacerlo, espera y verás…

La sonrisa de la otra persona se ensanchó hasta que sus ojos se curvaron en las puntas, incluso con su gran armadura no dejaba de tener la apariencia de alguien confiable y apacible, Eren realmente se sentía con las ansias de llamarlo su amigo.

―Habib ― llamó Levi desde sus espaldas, mirándolo tranquilamente con una sonrisa extraña.

Al escuchar su llamado, Eren se puso de pie inmediatamente y corrió hasta su lado, como halado por un anzuelo invisible. Apenas sus ojos se encontraron con el pelinegro, su corazón dio un brinco, era incomparablemente guapo, Eren nunca lo había visto sonreír durante tanto tiempo, pero justamente hoy el gozo en su semblante era incomparable.

―¡Mi Sultán! Observe esa bellísima pieza… ― señaló al cofre ―, ha sido un regalo muy costoso de parte de… eh, bueno de…

―No hay necesidad de presentaciones ― aseguró Levi afianzando su brazo en la cintura del castaño y mirando al joven con amabilidad ―, reconozco bien a este buen señor.

Asintió con gratitud, el joven frente suyo repitió la reverencia extraña que anteriormente hizo frente a Eren, pero en esta ocasión con muchísimo más énfasis y cuidado, las facciones endurecidas, por supuesto Levi ocasionaba eso enfrente de cualquiera. Eren quiso transmitirle confianza a través de una mirada, pero el otro no volvió a mirarle fijamente.

―Muchas gracias por el obsequio, estoy encantado, mi esposo se verá radiante en él ― continuó Levi ―, por favor, agradece a tus señores de mi parte. Y coméntales que estoy ansioso por llevar a cabo nuestra reunión.

―Sí, su Majestad ― accedió cordialmente sin perder la postura honrada.

―Habib, es hora de irnos, tenemos mucha gente que saludar y todo el mundo está ansioso por verte ― acunó el rostro de Eren en un gesto dulce, el menor sintió la palma fría contra su mejilla y sonrió ―, además el hammam(22) será muy pronto.

Eren asintió sin dejar de sonreír y sintió como rápidamente su esposo tomaba su mano de la misma forma en que anteriormente lo había guiado, con su palma por debajo de la suya. Pero antes de dar siquiera dos pasos, Eren volteó y observó al joven que aún no apartaba la vista, sonriendo en su dirección.

Sonriente, tomó las telas de su vestido e inclinó completamente su cabeza, con la corona tambaleante y danzarina descendiendo entre miles de joyitas.

―Su Excelencia ― completó su reverencia y luego se despidió ondeando los dedos un par de veces.

Después, en tres pasos saltarines volvió al lado de su esposo y se retiró por completo de la vista del joven que había sonreído en respuesta antes de murmurar un "No lo soy…" que por supuesto, Eren no alcanzó a escuchar.

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"Contempla la gracia divina y su clemencia

que el siervo ha pecado y El se avergüenza."

[Golestan La Rosaleda, Sa'di]

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En qué momento surgió la idea, no podía recordarlo. Como había planeado la ejecución de su plan, tampoco estaba seguro. Solo podía comprender que su corazón latía con locura en el interior de su pecho, sus pulmones estaban por salirse de la boca y su rostro estaba cubierto de sudor. Estaba ansioso, asustado, comiéndose los nervios en cada paso, la adrenalina giraba dentro de sus venas cada que se acercaba más a las profundidades de los calabozos.

Había sido difícil, pero finalmente hizo un par de favores por aquí y por allá, se deshizo del sustancial dinero que había reunido durante todos sus años de servicio y corrompió a los guardias que día y noche se la pasaban con las lanzas en alto, esperando que las festividades nupciales del Sultán se terminaran para poder hacer caso de la orden que anteriormente se había dictado, la de asesinar a la reina.

Reiner no podía permitir que su señora terminara de esta forma.

Con una antorcha en la mano, zigzagueó entre los pasillos oscuros y húmedos de las mazmorras del palacio, guiándose solamente por el sonido de respiraciones alejadas. Se encontraba prácticamente solo, tanto como podía estarlo, el sonido de su pulso revoloteaba estruendosamente en las profundidades de su cabeza. Un par de vueltas más y se encontraría con la mujer de sus sueños.

Sin embargo; la vista era distinta a la esperada. Por supuesto, estaba sola, cubierta de un manto negro que esta vez no se trataba de sus ropas funerarias, sino de la oscuridad invisible del encierro mortal. Se había convertido en una sombra huesuda, blanca, asustada de la luz de la antorcha. Aun así, ni siquiera se detuvo a mirarlo, estaba de rodillas, observando la pared que se ocultaba en sus espaldas, con la ropa sucia hecha jirones y el cabello revuelto por toda la cabeza, un cabello oscuro y largo como cuerdas de hierro, un pajal o un nido, habrían sido una descripción más acertada.

―Majestad ― susurró Reiner intentando llamar su atención.

Su mente, que estaba ida, hizo caso a este llamado y su rostro cambió inmediatamente. Reiner soltó un suspiro, si antes la mujer era hermosa, de eso no quedaba nada, pero en su corazón seguía sintiendo aquella chispa de amor a la que no podía renunciar. Su estado era crítico, físicamente se veía abismalmente distinta, pero mentalmente ¿Aquello tendría solución?

Sus labios partidos llenos de sangre y moretones se curvaron en una sonrisa amarga y sus brazos y piernas temblaron hasta deslizarse a los barrotes, donde tomó la cara del soldado y la estrujó entre sus dedos huesudos.

―Reiner, oh, Reiner, mi Reiner… si viniste ― el anhelo en su voz volvió al joven rubio a su vitalidad.

La abrazó como nunca lo había hecho por entre la jaula de hierro que fuertemente la rodeaba.

―Su Majestad, no sabe cuánto lamento haberme tardado tanto en venir ― se excusó sintiendo las caderas diminutas de la mujer.

Ella negó contra su hombro y se mostró cariñosa como nunca lo era, incluso acariciaba sus cabellos rubios y palmeaba sus mejillas contra la palma de sus manos callosas y lastimadas. Reiner odiaba verla en ese estado, pero no podía tirarse a llorar lamentando su incapacidad, ahora debía actuar.

―No te preocupes, no te tardaste, llegaste justo en el momento exacto ― sonrió ella apartándose ―. ¿Vas a sacarme de aquí? ¿Lograste conseguir las llaves?

―¡Lo hice! ― rebuscó entre sus ropas hasta dar con el artefacto de hierro que colocó en el candado que colgaba en la cerradura de la puerta, sus nervios le hacían temblar, pero su devoción le regresaba la firmeza.

La puerta cedió con un chirrido espantoso, y prontamente la mujer buscó la forma de ponerse de pie sujetándose por un par de piernas que podrían considerarse verdaderos palillos, sus rodillas manchadas de sangre regresaban la imagen de un mártir. Reiner sintió verdadera furia al verla así y se aproximó súbitamente a sujetarla entre sus brazos para dejarla salir, ella lo recibió sonriente.

―Hizo bastante ruido… ― murmuró la reina sujetándose del cuerpo del joven y dando pasos cortos entre las baldosas de la prisión.

Parecía haber sido torturada.

―No se preocupe, hoy hay mucho ruido afuera, pero todos están distraídos… tenga, le traje esto ― extendió a la mujer una capa de ropa negra, larga y nada llamativa.

―Oh Reiner, muchas gracias ― tomó la prenda con cariño y la colocó contra sus hombros, rápidamente convirtiéndose en una sombra más dentro de las oscuras paredes de la prisión.

―De esta forma nadie nos verá cuando nos escapemos ― explicó Reiner sujetando con ternura la mano de la mujer y ayudándola a dar los primeros pasos.

Pero ella se detuvo.

Y no dio un paso más hasta que el chico la miró, suponiendo que se trataba del dolor extendió su mano para sujetarla de la cintura y ayudarla un poco más, pero la sonrisa de la reina se volvía cada vez un poco más oscura y su expresión no dejaba de complicar a Reiner, sentía que había algo que no estaba siendo dicho…

―¿Majestad?

―¿Escapar dijiste? ― sus ojos estaban fijos en la cara del soldado ― ¿Yo escapar?

El rubio se puso rígido, miró a la mujer y contuvo su respiración. Ella notó su ignorancia y comenzó a reír distraídamente.

―Oh Reiner, mi pobre, pobre Reiner ― sujetó su propia barbilla ― ¿No te dije que hoy era el día adecuado? ¿Acaso no recuerdas la promesa que me hiciste?

―¿Mi reina…?

―¡Insignificante tonto! ― gruñó ella dándole una bofetada que, a pesar de su debilidad, estaba cargada de fuerza ― ¡Prometiste que lo matarías! Ahora estás de pie aquí como si sacarme de este palacio fuera tu intención, mírame… mírame bien, de este palacio yo no puedo salir si no es hecha cenizas.

―Pero mi reina ¿Cómo? ¿De qué está hablando? ¡Esta batalla está perdida! El Sultán y ese niño están celebrando su Nikah ahora mismo, ¡Usted ya ha perdido!

Aquellas palabras parecieron caer en el fondo de la cabeza de la mujer, pero rápidamente fueron disipadas con otra mueca de molestia e ira.

―¿Cómo te atreves a decir eso? cuando los dos estamos aquí, de pie, vivos. Esta batalla no está perdida hasta que uno de los dos muera y no existe un mejor día para eso que hoy ¡La muerte de ese niño va a ser el mismo día de su boda y mi hijo llorará su perdida hasta el final de los tiempos! No deseo más que dolor y miseria para él de ahora en adelante. Si eres tan débil para darte por vencido solo por esto entonces no eres más que una pérdida de mi tiempo, inútil…

Empujándolo con sus brazos delgados, Reiner observó a la mujer caminar sin siquiera esperarlo.

En un instante la miró.

Ella se estaba alejando de él.

Apretó ambos puños, en un intento desesperado de contener aquella furia que estaba corriendo por sus venas. Estaba molesto. Por supuesto no era tonto, sabía que ella no lo amaba, siempre lo había sabido, él era solo una herramienta para ella y él estaba feliz de serle útil, incluso ahora ella misma lo había llamado inútil, aun con todos los sacrificios que él había hecho por ella. Cuando lo único que deseaba era sacarla de aquí y darle la oportunidad de vivir, ni siquiera de vivir a su lado, solo de no verla morir.

Pero ella no estaba satisfecha, él había fallado en su deber de protegerla, de darle lo que realmente quería, de hacerla feliz. Por supuesto, sabía que no lo amaba, que él estaba suplantando a alguien más que nunca había visto por ella, no sabía si era el anterior Sultán o algún amor de otra vida, pero ella no lo miraba, solo miraba su pelo rubio, su complexión campirana y rápidamente lo convirtió en un soldado. Lo hizo suyo, como si estuviera llenando un vacío que antes no había podido llenar. El juguete que nunca pudo poseer.

Ella lo convirtió en solo otra cosa que quería poseer.

Y él había gastado los esfuerzos de una vida en verla salir de aquí, a salvo, viva, tal vez no feliz, pero viva…

Había tenido la esperanza, no, había sido su error. El cometió una equivocación, pensó que, por supuesto ella lo seguiría, que estaría incluso feliz y agradecida de estar a su lado y convertir los esfuerzos de una vida en algo más, en algo juntos. ¡Estúpido! Si bien sabías que a ella no le importabas…

Le molestaba, por supuesto que le hería, no estar en el primer lugar era absolutamente desgastante, pero ver que… con todos sus esfuerzos no podía más, sino que ser el objeto arrojado a un lado mientras ella buscaba con locura el final de la vida de Eren: el nuevo centro de su universo.

Golpeado por un rayo, cedió a los impulsos y corrió tras ella, deteniéndola.

―¡No vaya! ― gritó suplicante ―. Olvídelo, por favor… olvide esa venganza, sígame afuera de este palacio, por favor, se lo imploro, no existe para mi otro propósito en la vida que el de hacerla feliz y si usted no me elije a mi entonces yo no tendré una vida por la cual vivir ¡Por favor renuncie a ese niño! Y a su hijo, venga conmigo, le daré una casa, le daré un hijo mejor que el anterior, le daré mi amor incondicional ¡Sígame fuera! ¡La llevaré a un lugar mejor!

Y aunque el calor del momento le hizo soltar palabras que había guardado en lo profundo de su corazón, la risa cruel de la reina lo hizo volver.

La causa estaba perdida. Y no la del asesinato, sino la suya…

―Si usted va a ir a matar a ese niño, yo… no la seguiré más…

Era vergonzoso, ahora incluso la estaba amenazando.

―No te necesito.

Suspiró con una carcajada y empujó su cuerpo endeble, de rodillas a sus pies, ella lo sacó de su camino. Tres zancadas después se detuvo, a pesar de que la esperanza ya era vana, Reiner la miró, había comenzado a llorar, pero ella seguía riendo.

―¿Un hijo mejor? ¿Crees que puedes darme un hijo mejor que el Gran Sultán de estas tierras? ¿Una vida mejor? ¿Crees que puedes darme más que ser una reina y vivir en el palacio? ¡Eres un niño! Peor, eres un inútil. Un cobarde. ¿Si no ibas a seguirme, porque te molestaste en prometer que matarías a esa rata? ¡Todos los hombres son iguales! Enfermos de lujuria pueden decir lo que quieran, pero cuando la realidad los golpea la amnesia viene a sus cerebros ― La reina le dio la espalda y siguió caminando ―. No eres peor que un perro muerto de hambre, pero al menos los perros son leales. Tú, con todas tus promesas, no eres más que mierda inútil.

―¡Le pude dar amor! ― gritó inútilmente

―¿Para qué porquería me sirve tu amor? Si ni siquiera puedes cumplir mis deseos… ¡Piérdete de mí vista para siempre! Recuerda mis palabras, si vuelvo a verte… te arrepentirás de no haberme seguido ahora.

Tras escuchar estas palabras, el rubio solo observó. Había dejado de llorar, aunque las lágrimas no dejaban de caer por sus mejillas, sentía que no lo hacía de forma consciente, su espíritu se alejaba lentamente y el cuerpo de la reina desapareció por completo junto a la antorcha que cargaba, manteniéndolo en la oscuridad, con pensamientos cada vez más y más despreciativos, odiándose a sí mismo por ser incapaz de retener a la mujer que amaba, odiándola a ella por no darle el lugar que él sentía merecer, a Eren quien fue el culpable de que todo esto fracasara, que la reina cayera en desgracia y no pudiera salir del agujero donde ella misma se había metido y lo había metido a él, aunque pensándolo bien, por supuesto esta decisión fue suya, por su incapacidad de alejarse, de resistir a sus desbordantes sentimientos. También a Levi, que era indolente para todas estas sensaciones y lo único que le importaba era el otro joven de ojos verdes que no hacía más que convertirse en su vida ¡Qué daría él por estar en su lugar!

Y, sin embargo; no pudo mover un solo musculo. Solo pudo quedarse así rogando que las palabras de la reina fuesen ciertas y se convirtiera en una basura inútil, su autocompasión era asquerosa, su dolor lo era aún más, pero no podía hacer nada…

Solo convertirse en eso y perder a la mujer que amaba para siempre de vista.

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"Los enamorados perecen

a manos de sus amadas

y los muertos no dicen nada."

[Golestan La Rosaleda, Sa'di]

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Poco después de que Levi tomara de su mano y lo guiara entre un mar de invitados de todas las ciudades, reinos y familias conocidas y por conocer se arremolinaran ruidosa y espléndidamente a su alrededor, la Nikah no duró mucho más y los novios tuvieron que separarse con un solo beso en los labios, pues según dicta la tradición el uso ritual del Hammam era algo obligatorio antes de la propia boda. Durante los últimos siete días, Eren había estado asistiendo religiosamente todas las noches a uno de los baños más esplendidos que se encontraba dentro del palacio, no se trataba del bonito, pero pequeño baño de su habitación, o del gran baño con piscinas y sillones reclinables que estaba en la habitación del Sultán, era un baño que Eren no había visto jamás antes en el palacio. Las paredes estaban recubiertas de cuarzo rosado, la bañera estaba tallada en la misma piedra brillante conformando una gran concha con agua cristalina en el interior, rodeada de hermosas fuentes con forma de jarrones que servían el agua caliente y proporcionaban vapor a los lindos bancos reclinables que se desplegaban por las paredes. Para la ocasión, Petra había llenado el lugar con pétalos de flores, por todo el piso y del techo colgaban linternas de panal de miel, brotando una sensación cálida y reconfortante, las velas generaban un aroma a jazmín y a sándalo que cubría todo el lugar y el frio no se atrevía a perturbar su baño de vapor a pesar de que las puertas de un balcón que daba al exterior del palacio se encontraban completamente abiertas.

La tradición suponía que Eren asistiera a este baño durante siete noches, siendo la última un día antes de la boda, un método para purificar no solo su cuerpo sino su espíritu y llevar su mente a un nivel elevado de meditación y acercamiento con Dios. Se suponía, el jovencito debía estar acompañado por otras mujeres y damas de compañía; sin embargo, Armin había rechazado la oferta por una razón desconocida y Petra, su única amiga era una sirvienta. Además, ellos dos juntos en el baño habría sido un desastre, por lo tanto, se encontraba completamente solo.

Su sequito de ayudantes y sirvientes, incluida Petra, lo habían llevado hasta la puerta y ayudado a que se desprendiera de las hermosas vestimentas de boda que había cargado todo el día, incluso colocaron su impresionante corona, que había ocasionado un salvaje dolor en el cuello, y la dejaron en el baúl de madera que ahora reposaba junto a la tina, al igual que un centenar de botellas con hermosos perfumes y aceites, diferente extractos de flores y telas acolchadas, así como sedosas batas, para cubrirlo una vez que lograra salir.

Con las caderas entumecidas, hundidas hasta el agua, Eren arrojó el líquido sobre sus hombros ligeramente, su cara estaba llena de maquillaje, pero no se sentía cómodo limpiándose de inmediato.

Sus pies estaban hinchados y adoloridos por haber caminado demasiado tiempo descalzo por todos lados, la bañera era lo suficientemente grande para hundirse por completo en ella y nadar un par de brazadas en el interior, pero el extenuante dolor en su cuerpo le impedía moverse más allá de la orilla de la concha rosada.

Suspiraba.

Así mismo, Levi estaría ahora mismo en otro de los baños del palacio, seguramente uno muy parecido al de él, aunque quizá contara con inmaculadas paredes de marfil blanco. Eren sonrió con alegría recordando la felicidad imposible de ocultar que se derramaba por los ojos del Sultán y se extendía por su sonrisa durante todo el día. Levi era alguien más de acciones que de palabras y verlo tan enteramente complacido con la celebración de la boda otorgaba un inmenso placer y regocijo al pequeño mozuelo. Después de todo Levi había adelantado la boda tanto como había podido y ahora mismo le costaba creer que solo faltaran dos pasos más antes de poder consumar el matrimonio y volverse soberano de estas tierras. Y oficialmente dueño del cuerpo y corazón de Levi.

Sigilosamente, conteniendo la respiración, Eren observó sus manos.

Las manos de un niño; sin embargo, en ellas se mostraba con dureza las cicatrices de su vida dura, heridas de guerra y de hambre. Hace unas horas estas manos estaban ataviadas de pulseras y anillos, ahora solo mostraban un lindo patrón de tatuajes y palmas rojizas de pasión y felicidad, ¿Cómo era posible que él… hubiera logrado conquistar el corazón del Sultán? Por supuesto, es algo que había conseguido proponiéndoselo, pero en su interior prefería pensar que, más que por el fruto de su esfuerzo o por suerte, era el destino.

Que este era su destino.

Y por lo tanto tenía que tratar al destino con cuidado, ya que era muy quisquilloso. Varias veces había intentado hundirlo en el peor de los lodos, él se había levantado como pudo, atacando como animal salvaje, había luchado por este destino. Y ahora iba a consumirlo.

Llevó su mano sin mirar hasta una de las botellas que reposaba al costado de la tina y tanteó también la campana que debía sonar en caso de que necesitara la ayuda de Petra o del soldado que vigilaba la entrada del baño. Muy a reserva suya y de Levi, de alguna forma ambos tenían la impresión de que alguien querría espiarlo mientras se bañaba, así que Levi ordenaba muy celosamente que el soldado solo frecuentara el área durante unos diez minutos y luego volviera a su rondín, para no volver sino hasta después de otros diez.

Después de todo, Eren debía permanecer en ese baño como mínimo dos horas.

El contenido en el interior del frasco era viscoso y abundante de un extraño color café, parecía una jalea más que un aceite. Eren lo miró con desagrado, pero el olor era atrayente y supo que, si por casualidad pudiera encontrarse con Levi esta noche y descubrir su cuello para que lo besara, esta esencia le complacería, así que comenzó a untarla con entusiasmo por su cuerpo.

Una vez lleno del perfume desvió su palma hasta otra de las sustancias, esta vez un líquido blanco y espumoso que fácilmente podría deslizarse por los cabellos de su cabeza, Eren había usado ese jabón anteriormente, estaba feliz de repetir la misma esencia, el olor era agradable a fresas, naranja y flor de jazmín. Vertió una cantidad considerada en sus manos y masajeó su cabeza por entre todos los cabellos, hasta que estos se volvieron espumosos como el mar y comenzaron a escurrir por su cuerpo. Su cabello era un poco más largo que lo normal, después le pediría a Petra que lo cortara.

Enjuagó sus manos en el agua de la tinta y siguió con sus brazos, dejando que el perfume del jabón se impregnara en su cabeza. Cuando llegó el momento de sumergir su cabeza en el agua, Eren cerró sus ojos. Debía haber estado en el lugar cerca de treinta minutos, no más, el agua se llenaría de jabón en vano, pero prefería terminar con el proceso de baño de una vez y permanecer cómodamente en el vapor del exterior por otro tiempo.

Debajo, el agua no era muy caliente hasta quemar, era tibia y llenaba todos los poros de su piel, sus manos enjuagaron sus cabellos, pasando los dedos por cada mechón rigurosamente, sujetando el aire dentro de sus pulmones y con sus mejillas ligeramente infladas.

Eren acarició nuevamente su cabeza hasta rozar con una extraña protuberancia que se posaba en la parte superior de la cresta, tal vez una joya que pasó desapercibida…

Hasta que la extraña figura tomó forma de violenta mano y sujetó con toda la fuerza los cabellos de la cabeza del mozuelo, hundiendo su figura hasta el fondo de la bañera. Produciendo de inmediato que se contorsionara sujetando la mano que con firmeza lo tomaba e intentara incorporarse al exterior utilizando todas sus fuerzas, el aire abandonó sus pulmones con un estallido violento y cuando quiso levantarse impulsando con sus pies desde el piso de la tina sus talones resbalaron con la profundidad.

¡Estaba siendo ahogado!

Abrió sus ojos bajo el agua, pero estaba llena de jabón y de una bruma rosada que no le permitió ver absolutamente nada. Incluso con su abrupto cansancio, no podía ser posible que no pudiera siquiera levantarse, a menos que la persona que estuviera hundiendo tuviera fuerza descomunal… lo cual no era una locura tampoco, había cientos de invitados en la boda, miles de soldados ¡Cualquiera podría estarlo atacando!

Desesperado por la ausencia de aire, el agua comenzó a filtrarse dentro de su boca, sus movimientos se volvieron erráticos y cada vez más desesperados, pero una chispa de intuición brincó de su mente, si esta persona no pensaba dejarlo salir, entonces tendría que hacerla entrar.

Con la fuerza de sus manos sujetó la muñeca cruel que lo hundía y penetró sus uñas en la carne de ese brazo, jalando con fuerza hacia el interior, hasta que los dedos trastabillaron un poco en su agarre y Eren pudo percibir el trozo de brazo, hasta el hombro, que entraba por el agua, y un mar de cabellos negros hundiéndose ligeramente. Pero el rostro era indivisible.

Convencido de que su atacante acababa de trastabillar, Eren levantó una pierna y golpeó con toda su fuerza el origen donde ese brazo brotaba y rápidamente sintió el impacto contra una cabeza dura como piedra, logrando que la mano soltara sus cabellos y su cabeza se precipitara el exterior, rebuscando ansiosa e inquietamente el aire. Con el cabello cubriéndole los ojos, con sus pulmones y corazón latiendo tan rápido que su cuerpo pulsaba, Eren apenas pudo frotarse los ojos para quitarse el agua, cuando intentó arrastrase al exterior de la tina, sin intenciones de enfrentar a esa persona que se retorcía en el piso del baño, mojada y espectral...

Pero no tenía tiempo para recomponerse. La figura extraña apenas le dio tiempo de salir de la bañera cuando se puso en pie enloquecida y corrió hasta su cuerpo, tumbándolo directamente al piso hasta que su cabeza rebotó contra las baldosas rosadas. Eren apretó los dientes, el dolor mareó aún más su apenas consciente cerebro, sin embargo, sus brazos no le fallaron, sujetaron con brutal firmeza las muñecas del fantasma y luchó por detener el brillante puñal oxidado que se dirigía con desprecio a su garganta.

Finalmente, los ojos de Eren se abrieron.

―¡Eres tú! ― gruñó preso de una creciente e insufrible ira.

Ella no era como la recordaba y su expresión avejentada solo conducía a una indescriptible locura, incluso sonreía y soltaba sangre de la boca, pues Eren había golpeado en su mandíbula. Se veía delgada como un soplo, pero su fuerza era incesante, la adrenalina estaba consumiendo a ambos, pero ella parecía en ventaja por muchas decenas de kilos de fuerza.

―¡Maldito chacal, acabaré contigo ahora mismo! El día más feliz de tu vida solo será una mancha miserable en tu asquerosa vida, un horror en el recuerdo de la existencia de mi hijo y una lección para todos los creyentes de este reino. ¡Morirás el día de tu maldita boda! ¡Morirás a mis manos! ― La reina Kuchell, cubierta en andrajos negros y húmedos intentaba frenéticamente hundir una daga de Dios sabe dónde contra su cuello.

Pensaba cortar las venas de su cuello y degollarlo irremediablemente.

Eren jadeaba, como un pez boqueando, buscando aire, intentaba con todas sus fuerzas evitar que la mujer le ganara con sus movimientos descontrolados, pero era imposible, la ira y el deseo asesino que la estaba consumiendo le brindaba la fuerza suficiente para dejarlo convaleciente contra el piso, luchando con sus rodillas y sus brazos en un intento desesperado por retraer el cuerpo que agobiantemente se le iba encima. Estaba desnudo y el piso frio contra su espalda le daba una fricción insoportable, su cabeza se azotaba súbitamente una y otra vez contra el piso, su cuerpo estaba cubierto de jabón y el mismo se filtraba hacia sus ojos, tenía una completa desventaja.

Eren miró a lo lejos la campana colocada en la esquina de la bañera, tenía que alcanzarla y hacerla sonar, solo así conseguiría que alguien fuera en su ayuda.

Renunció a esa esperanza, cuando un rayo de verdad lo golpeó, había ocurrido ya tanto y nadie lo había ayudado, definitivamente tenía que valerse por sus propias manos si quería salir vivo de esta.

Si tan solo usaba una de sus dos manos para darle un puñetazo lograría desestabilizarla y hacerla caer, pero la fuerza que ejercía contra su garganta era tanta que dejarla a una sola muñeca era arriesgado.

―¿Cómo es que sigues con vida? Después de burlar todos mis intentos por llevarte a la muerte, después de haberme convertido a mí en la escoria de este palacio, aunque ese papel estaba absolutamente reservado para ti…

A esta persona no le importaba matarlo, siempre había sido su objetivo, no tenía nada que perder, esperar o atacar ¡De cualquier forma ella quería destruirlo! Tenía que darlo todo por sobrevivir, ya no era el niño asustadizo que se dejaba intimidar por un par de palabras desagradables. Usando la destreza que la quedaba, colocó su mano derecha, presionando el cuello de la abominable bestia vestida de negro, el cuello era delgado como un tubo y aun así sus dedos presionaron sobre la garganta intentando privarla de aire. El agarre funcionó y la presión del cuchillo cedió, en ese momento con una de sus piernas empujó encima de sus costillas y volteó el cuerpo de la mujer.

Colocándose en ventaja y dejándola fríamente contra el piso, la ausencia de aire la dejó tosiendo múltiples veces, pero su extraña sonrisa no desaparecía de la cara. El puñal no abandonaba su mano…

―¡Imbécil! Rata maloliente, desagradable usurpador de reino, puta de miles… solo eres una zorra desagradable, no importa cuánto te esfuerces ¡Nunca dejarás de ser más que un simple esclavo! ― escupía insultos uno tras otro y su rostro se convertía en un abanico rojo de ira con cada palabra venenosa que abandonaba su boca ―. Día de la boda… ¡Una mierda! Este es el día de tu inevitable muerte a mis manos.

Eren le cubrió la boca con sus manos, incapaz de escuchar una sola palabra más. Sus ojos se llenaron de lágrimas de ira y frustración, ella se retorcía sin dejar pie a la rendición el cuchillo se balanceaba de un lado a otro, no estaba ni cerca de terminar de luchar, pero Eren no podía seguir escuchando esas terribles palabras que solo mermaban en su integridad…

―¡Suficiente! ¡Cállate inmediatamente! ― gritó Eren presionando más sobre la mano que tenía el cuchillo y sobre la que estaba en su boca.

Cuando aquella boca clavó sus dientes ponzoñosos en la palma de Eren haciéndolo retroceder en el instante en el que la sangre brotó de sus dedos sin detenerse.

―¡Ni siquiera la muerte misma conseguirá callarme! ― una risa enloquecida brotó de su garganta, estaba cargada de desprecio ―. ¡Escúchame bien! Si muero ahora iré al infierno, me convertiré en tu perdición, seré el ancla que hunda a ti y a los tuyos al fondo de la miseria ¡A ti! Que luchaste tan fuertemente por amor, jamás nunca tendrás amor, solo la desagracia te perseguirá y todos los tuyos, los que te amen y te apoyen sufrirán las mismas condiciones, miles de calamidades caerán sobre ellos ¡Que mis palabras se graben con la sangre de mi muerte! ¡Que mi voz no se calle y resuene en lo más profundo de tus pesadillas para siempre!

Completamente aterrado por esas palabras, Eren ignoró el dolor de su mano y se precipitó a sujetar el primer objeto que chocara con sus dedos para terminar inmediatamente contra el odio que brotaba en forma de maleficio contra él. Porque, porque justo el día de su boda, donde tendría que contar con la dicha más grande del mundo, era humillado y consumido por el odio de esta persona, el odio injustificado que emanaba por completo de su ser y se volvía en poderosas maldiciones… ser maldito el mismo día de su boda, ser maldecido con tanto desprecio…

Sujetó Eren aquella caja que había reposado junto a la bañera, era firma como una roca y cargaba en su interior el peso de su reinado: la corona que lo marcaba como dueño de esas tierras, y aunque sus manos temblaban sus ojos estaban fijos en esa mujer.

Ella, la mujer que lo obligó a estudiar y convertirse en un entretenimiento barato para los hombres, que lo vistió como un prostituto y lo presentó con afán de humillarlo; la mujer que por sus propia mano, tomó la vida de sus padres de forma vil y los asesinó cruelmente enfrente de él, obligándolo a mirar su desgracia; que lo acusó injustamente de brujo contra todo el pueblo y lo encerró en un calabozo para torturarlo y denigrarlo; la que trajo a Mikasa para poner a prueba el amor de Levi por él, tentando sus fuertes sentimientos; la que mató a su pequeña ave y casi por su culpa, su compañero Karabulut había sucumbido a la muerte… ella, que el día de su boda venía aquí y con todo el rencor de los infiernos soltaba maldiciones una tras otra, contra él, contra Levi y contra todos aquellos que lo amaran…

¡Ella era despreciable!

―¡Basta! ― gritó Eren llorando incesante, levantando el cofre por encima de la cabeza de la mujer.

―¡Que el infierno escuche mi maldición, que Allah abandone mi alma y me vuelva esclava de las sombras! ¡Que estas palabras se graben en ti hasta conseguir tu perdición: Sobre ti y los tuyos conjuro mi maleficio, que mi alma no encuentre descanso hasta que mi odio cumpla su oficio!

Asustado e iracundo, las manos de Eren actuaron en pos de silenciar inmediatamente los conjuros altamente peligrosos que aquella mujer estaba soltando, el cofre de madera impactó con un ruido sordo contra la cabeza de la reina, una vez que suficiente para que su cabeza se llenara de sangre, sus ojos bañados en rojo y su boca abierta…

―¡Te maldigo! ¡Te maldigo! ¡TE MALDIGO!

―¡No! ― gritó el joven y volvió a tirar del cofre, hasta impactarlo una vez más.

Y otra vez.

Otra vez cuando las manos de la mujer temblaron.

De nuevo cuando su garganta hizo un ruido sordo.

Y finalmente cuando un grito brotó del ensangrentado cadáver.

Y el cofre calló de sus manos, mientras sus piernas luchaban por alejarse del rio de sangre que brotaba de aquella magullada cabeza, la corona símbolo de su nobleza recientemente adquirida cayó en el lago de sangre y su espalda estrelló contra la piedra rosa de la bañera.

Los abundantes mechones de cabello negro empapados en sangre, arrancados de raíz por el impacto de la madera, la frente llena de escoriaciones, magulladuras en el cráneo y hondas heridas producidas por el impacto. Las cejas fruncidas y la boca torcida en una mueca, la cresta de la cabeza hundida de tal forma que podría ser desprendida al mover el cuerpo. Terriblemente mutilada, bañada en sangre, apenas conservaba apariencia humana.

El desastre frente suyo se volvió un amargo trago y el miedo, ira, confusión y desesperación brotaron de su cuerpo en forma de un sonoro grito amargo que inundó cada espacio del palacio. Resonando con fuerza mientras sujetaba los cabellos de su cabeza y sus ojos abiertos no borraban ni un instante de lo que acababa de ocurrir.

Él acababa de matar a la reina…

Al retumbar de su sonoro grito, un gutural sonido llenó toda la habitación cuando las puertas fueron empujadas hasta abrirse de par en par y la figura segura, fría y feroz de Levi se abrió paso sin siquiera reparar en el lago de sangre que se formaba en el piso, dirigiéndose directo al cuerpo trémulo de Eren desbordando una desconcertante preocupación. Colocó ambos brazos en los hombros del mozuelo y exclamó con devoción:

―¡Eren! ¿Estás bien? ― paseó sus manos y sus ojos por el cuerpo endeble del joven rebuscando la fuente de la sangre que manaba de su cuerpo ―, ¿Estás herido? ¿Duele en alguna parte?

Las preguntas brotaban atropelladamente de su boca, pero soltó un suspiro de alivio al ver que el ojiverde no tenía ninguna herida de gravedad inmediata, excepto por la pequeña fisura que brotaba sangra de la parte posterior de su cabeza. Sin tener mucho más en cuenta, el Sultán tomó su propia ropa y la colocó en el cuerpo del joven, abrazándolo con la cálida tela para cubrirlo de su desnudez, envolviéndolo como a un niño pequeño.

―Eren ― susurró como una canción de cuna y lo adhirió a sus brazos, intentando frenar los temblores y llanos que el mozuelo no dejaba de emitir ―. Tranquilo, todo está bien, todo está bien, tú estás bien…

―¡Majestad! Este es… es el cuerpo de la reina ― algún soldado que había acompañado a Levi cuando la escena se suscitó no podía dejar de lucir sorprendido.

Pero Levi no quería lucir nervioso y alterar a Eren, a quien abrazaba como si se tratara de un niño pequeño, recorriendo su húmeda espalda de arriba abajo y besando su sien, para evitar que el menor notara la horrible escena que lo había dejado en ese estado, silenció a sus soldados acompañantes con una sola mirada y resopló al darse cuenta de la situación en la que estaban.

Un montón de público se arremolinaba en la entrada del baño, las personas no dejaban de desplegarse y asistir al evento, los invitados de la boda murmuraban cosas inteligibles y estaban evidentemente colapsados, pero Levi no tenía tiempo para preocuparse por ellos; sin embargo, tampoco podía dejar que pensaran lo que fuera, arruinarán la boda y cuestionaran la reputación de Eren.

―Lo sé ― expresó el Sultán acomodando el cuerpo del joven y pegándolo cada vez más a su torso para cargarlo y salir inmediatamente de ahí ―, limpia este desastre y realiza los preparativos para el funeral después de que terminemos la boda. Y no hagas más preguntas.

―Si, su Majestad ― obedeció el soldado, retirándose de inmediato entre el mar de personas curiosas.

Otros tres soldados de la guardia se mantuvieron cerca de las puertas y esperaron a que el Sultán, con el cuerpo de Eren entre sus brazos, se abriera paso hasta la salida para cerrar las puertas del baño y quedarse resguardando ese desastre, tal como lo había llamado el pelinegro.

Apenas dio un paso al exterior, Levi sintió la abrumadora presión de decenas de personas mirándolo fijamente o peor intentando mirar a Eren, trémulo entre sus brazos, un coro de voces surgió de la nada, ninguna lo suficientemente fuerte para que llamara su atención, pero todas igual de molestas: "¿Majestad se encuentran bien? ¿Está herido? ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?" más verborrea que autentica preocupación. Una llama de ira se insertó en el pecho del Sultán.

―Todos, por favor regresen a sus habitaciones inmediatamente ― sentenció acompañado de un silencio sepulcral.

Sin embargo, Levi estaba más que consciente de la gravedad del asunto y no quería preocupar a la gente más de lo suficiente, no quería que comenzaran a hablar sobre Eren o cualquier otro tema que no fuera la boda, después de todo este era un momento sumamente importante para ambos, que no debía verse ennegrecido por otras circunstancias. Notando que su voz había sonado demasiado cargada de agresividad, bajó el rostro y dio un paso enfrente antes de salir de ahí.

―Muchas gracias a todos por sus preocupaciones, les aseguro que todo está bien y la boda continuará sin repercusiones.

Y con la fuerza de sus piernas se apresuró a perderse entre los abiertos pasillos del palacio y deslizarse por entre las escaleras para sacar a Eren de ese lugar lo más pronto posible y así poder comenzar a lidiar con el shock que su… esposo estaba cargando. Aferró aún más sus manos a la encantadora criatura que temblaba con el rostro enterrado en su pecho, ya húmedo de tantas lagrimas derramadas. Sus dedos dejaron marca en la cova de sus rodillas y en el brazo delgado del menor, pero la calma del Sultán estaba desmoronándose.

A solo unos pasos de llegar a la habitación de Eren, apareció una apresurada mujer con el rostro compungido y el cabello hecho un desastre, había corrido bastante para alcanzarlos. A leguas se notaba que el atuendo de hoy estaba haciendo mella en su esfuerzo, incluso las marcas del maquillaje estaban desvaneciéndose.

―Petra ― la llamó Levi sujetando a Eren con cariño y abriendo la puerta de la habitación con un puntapié ligero.

―¡Majestad! ― gritó ella conmocionada, el Sultán apenas la había visto durante la ceremonia y como se arrepentía de que ella no hubiera estado junto a Eren en el hammam ― ¡Oh, por Allah! ¿Cómo está Eren? ¿Qué sucedió?

En ese instante Levi notó que la sirvienta sujetaba una bandeja temblorosa de té. Con los ojos fijos en ella, Levi dejó el cuerpo de Eren sobre la cama mullida llena de almohadas, a un costado de la pantera, que había abandonado con mucha anticipación el evento, pues las multitudes le abrumaban.

―Todo está bien Petra ― tomó entre sus propias manos el té y dejó la bandeja en uno de los muebles del costado de la cama ―. Eren necesita recostarse, por favor encárgate del desastre en el baño, te buscaré más tarde para los detalles.

La aya asintió dos veces, pero se mantuvo en su lugar, como si aún quisiera decir algo más antes de retirarse, pero no se atrevió. De cualquier forma, Levi sabía qué clase de advertencia es la que iba a darle.

―Petra, no te preocupes ― forzó una sonrisa ―, si Eren y yo hemos estado juntos tanto tiempo y no hemos consumado nada una noche no hará la diferente, además… no ahora, no así…

Y se giró a ver el mozuelo que tenía los ojos cerrados, los puños apretados y la frente bañada en sudor, productor de sus apresurados latidos y su respiración errática.

Convencida de la palabra del Sultán la aya se retiró con la promesa de que volvería más tarde, para asegurarse de que todo estaba en orden.

Levi, que no había despegado sus ojos del joven intentó mover sus manos de forma que la tela terminara de cubrir un poco más la hermosa piel brillante que revelaba, sin tener ni por un instante más que la genuina sensación de afecto y preocupación. Acercándose más a él, sentado sobre la cama, pasó su brazo por debajo de sus hombros menudos y comenzó a retirar los cabellos cafés que se encontraban pegados a la frente del ojiverde.

―Eren ― llamó con voz suave, cariñosa y aterciopelada ―. Petra trajo té de hojas de loto, ¿Quieres beber un poco?

No consiguió una respuesta de los ojos llorosos del chico, pero Levi sabía que ese té tenía un impresionante efecto curativo y relajante, así que estiró sus blancos dedos para tomar una de las tazas y verter un poco del líquido rojizo cubierto en durazno, pétalos de loto y semillas de frijol rojo. El olor era dulce.

―¿Habib? ― acercó la taza a los labios casi blancos por la ausencia de sangre y cuarteados de tanto morderlos, pero el menor no mostró reacción alguna.

Sin perder la paciencia, Levi acarició la mejilla del chico con el dorso de su mano, sus cejas hundidas en su frente blanca aperlada y sus labios como dos líneas, fruncidas de evidente preocupación.

―Mi amor, tienes que beber un poco, esto te hará sentir mejor… ― suplicó dulcemente, pero sin dar frutos.

El pelinegro tomó la iniciativa y colocó su cuerpo en el respaldo de la cama, abriendo las piernas para colocar a Eren en el espacio entre ellas y dejarlo descansar su espalda contra su pecho, entrelazando sus brazos alrededor de ese endeble cuerpo, arrullándolo como si se tratara de un bebé, reuniendo su mentón con la frente de Eren. Tomó la taza de té y colocó el líquido en su boca para después depositarlo sobre los labios de Eren, fríos al tacto y dejar fluir un poco del dulce sabor.

Al sentir el suave toque de ese beso, los ojos de Eren se abrieron, sus lágrimas abrieron camino entre sus sonrojadas mejillas y dejó que Levi presionara delicadamente sus labios un poco más hasta que su corazón consiguió un ritmo normal.

El pelinegro se separó y contorneó el rostro del menor, sonriéndole con una tranquilizadora media luna en el rostro, para después juntar sus frentes y beber del intenso color de ojos de Eren, que le miraban con expectativa y lágrimas intensas.

―Ey ― lo llamó con tono quedo, ronco ―. Estás bien amor mío, todo va a estar bien, no te preocupes por nada.

―Pero yo… ― el labio inferior de Eren tembló y se curvó en un puchero.

Levi lo obligó a recostarse con los ojos cerrados sobre su pecho nuevamente, meciendo sus brazos ligeramente alrededor de ese cuerpo en un bamboleó reconfortante.

―Todo eso que te aqueja, deja que sea yo quien cargue con esas preocupaciones ― suplicó Levi sin dejar de besar su cabeza llena de húmedos mechones marrones ―, todo lo que te turba, déjamelo a mí. Si algo te duele o te molesta, yo estoy aquí, soy fuerte y puedo proveerte de consuelo, de amor, puedo cargar con todo lo que te aqueja ¿No es eso lo que hacen los esposos?

La última palabra la soltó como si le regocijara.

Eren enterró sus manos en el pecho blanco de Levi y dejó que sus lágrimas se derramaran sobre esa piel blanca como marfil. Levi notó que lloraba, aunque su respiración era cada vez más tranquila, por supuesto entendía cómo se sentía su prometido. Después de todo lo que había pasado a su corta edad, en realidad nunca imaginó este desenlace, ni siquiera él había tenido la oportunidad de asimilar la situación adecuadamente.

Pero había sido la primera vez que Eren había asesinado a alguien con sus propias manos, además… no era cualquier persona.

―Eren, entiendo porque lo hiciste ― explicó Levi consiguiendo que le mirara nuevamente con sus bonitos ojos verdes ―, sé que estás preocupado por ti, por tu reputación, por cómo me voy a sentir yo, por si la boda estará bien, por lo que los demás van a pensar, pero déjame decirte: todo va a estar bien, todo el mundo sabe lo que esa mujer te hizo, la boda seguirá como hasta ahora, los invitados solo sabrán que lo hiciste en defensa propia y esa es la verdad, lo sé Eren. Tu eres alguien tan hermoso, tan puro… nunca harías eso para dañar a nadie sin motivos, y créeme después de todo lo sucedido tenías motivos de sobra.

―Pero Levi… es tu madre ― acomplejado, bajó la mirada y sintió repulsión de sus propias manos.

―Esa mujer no es mi madre Eren ― explicó Levi sujetándole de los hombros, asegurándose de que el mozuelo lo mirara ―, una mujer que hizo tanto daño a la persona que yo más amo en este mundo no puede ser considerada buena, no solo intentó asesinarte, te lastimó en todas las formas posibles. La persona que me crio no está ni cerca de ser la persona que falleció hace un rato…

Ante las contundentes palabras de la muerte de la reina Eren se abrazó al cuerpo del Sultán y comenzó a llorar estrepitosamente, mientras Levi balanceaba sus manos de arriba abajo en la espalda de su esposo.

―Ya, ya, mi pequeño, mi precioso Eren llora todo lo que desees, yo estoy aquí― besó repetidamente la frente del menor, mientras murmuraba dulces palabras en los oídos de su amado esposo ―. Tu eres hermoso, eres inteligente, eres creativo, eres un guerrero, eres valiente, eres gentil, tu eres todo lo que yo siempre habría deseado y más.

Después de repetir durante un largo tiempo una serie interminable de palabras hermosas que Levi recitaba contra la oreja de Eren, el menor dejó de llorar y comenzó a acurrucarse cómodamente contra el cuerpo de Levi, sujetándose a sus brazos, dejándose arrullar por estos mismos, retrayendo sus piernas y sintiendo como Levi lo rodeaba con las suyas, presionando su mejilla en el palpitante corazón del Sultán, hasta que se quedó prácticamente dormido.

Levi por supuesto no era tonto.

Sabía que por más que quisiera no podría cargar con todas esas emociones por si solo, pues Eren era una persona independiente a él capaz de sentir y amar tanto como lo era él; sin embargo, deseaba otorgar un consuelo honesto al decirle todo lo anterior. Él lo comprendía mejor que nadie, también había sucumbido a una debilidad brutal cuando tuvo que matar a alguien por primera vez con sus propias manos, Eren no tendría que haber pasado por ninguna de esas sensaciones jamás. Pero los seres humanos eran así: complejos.

Sus vidas recorrían siempre diferentes caminos y los resultados eran distintos. No importaba si Eren no podía tener la absoluta felicidad para siempre, pero mientras él tuviera la oportunidad definitivamente se esforzaría por brindar esta emoción a Eren siempre que pudiera.

Un suave golpeteo en la puerta hizo que Levi se removiera incómodo, no pensaba quedarse toda la noche junto a Eren, pero tampoco quería levantarse a abrir la puerta, finalmente, esta se abrió lentamente, dejando ver un poco de la luz del exterior del pasillo.

La figura de Petra, acompañado de Auro se reconocieron entre la penumbra y el Sultán no pudo más que suspirar y abandonar acongojado el cuerpo tranquilo y en reposo de Eren. Quien no hizo más que mover ligeramente sus cejas mientras fue colocado por completo contra las cobijas mullidas, tan pronto se apartó de la cama, Karabulut tomó su lugar al lado de su amo y comenzó a restregar su pelaje contra Eren.

Una vez en la puerta el Sultán la cerró tras de sí para que el ruido no molestara al castaño.

―Su alteza ― saludaron los dos al mismo tiempo.

―Eren está dormido ¿Qué sucede? ― informó el pelinegro con los brazos cruzados.

―Mi Sultán ― habló Auro, con evidente nerviosismo, sujetando entre sus manos una túnica de seda negra con bordados en dorado y cintilla roja ―, el consejo, algunos jeques y varios de los invitados se encuentran reunidos ahora mismo en la sala de trono, sus actitudes son bruscas y están solicitando que su Majestad baje a dar un comunicado oficial sobre los sucesos recientes.

Apretó sus dientes y bajó los brazos que de inmediato se mostraron tensos…

―No van a perderse la oportunidad de ser unas bestias desagradables ― escupió con ira ―, bajaré a dar el comunicado. Petra…

La chica sonrió ligeramente y asintió, tomando la túnica de los brazos de Auro y colocándola suavemente sobre los hombros de Levi sin que este se inmutara o ayudara a la aya con este trabajo.

―No se preocupe, yo cuidaré de Eren. Vaya sin cuidado.

―Auro, no es necesario que me acompañes. Quédate a vigilar la habitación ― el soldado bajó la cabeza en señal de asentimiento y ayudó a la mujer a entrar por la puerta principal, para después quedarse en resguardo atento.

Una vez que el Sultán notó la habitación adecuadamente resguardada y a Eren en las manos adecuadas, pudo suspirar con un alivio parcial y emprender su camino hasta la sala de trono, donde le esperaba un tormentoso encuentro con una multitud de confundidas, impresionadas y desagradables personas: no solo autoridades políticas de su reino, los propios invitados de la boda no iban a desaprovechar la oportunidad de mermar en el interior de su manejo del reino y de su manejo familiar. Suspiró armando internamente una excusa convincente sobre los sucesos anteriormente acontecidos, pero confiando que, si pudo lograr calmar a Eren sobre el tema en cuestión, un par de extras no sería una carga tan laboriosa.

Sin necesidad de saludar o detenerse a revisar las miradas confundidas de Erd y Gunter, abrió las puertas del gran salón y se precipitó al trono, reparando en el súbito silencio glaciar que su presencia generó en el murmullo de los asistentes. A simple vista se reunían más de cincuenta personas, incluso en ropa de cama.

―Su Majestad ― saludaron en armonía parte del consejo y otros miembros aledaños a la política de sus reinos.

Levi mantuvo la mirada firme, pero se podía entrever el cansancio en sus ojos. Sujetando ligeramente su cabeza con la mano en uno de los regazos del trono, usando ambos dedos para masajear sus sienes. Con la otra mano respondió al saludo y solicitó silencio absoluto. Orden acatada inmediatamente.

Soltó un suspiro.

―Entiendo, perfectamente, todas sus inquietudes ― explicó solemnemente ―, no me queda más que explicar a todos la situación tan delicada que existe entre mi esposo y mi línea familiar directa, que estoy seguro muchos de ustedes ya conocen o han escuchado.

Al ver que sus palabras producían auténtica curiosidad en los oyentes, prosiguió.

―Mi esposo y la ya fallecida Validae Sultán Kuchell, mi madre, han sido víctimas, ambas partes, de una relación increíblemente tormentosa, producida por un odio infundamentado de parte de mi madre hacía Eren ― explicó cuidadosamente ―, durante los últimos meses, esta relación fue en picada hasta un punto sin retorno, cada vez más y más oscuro. Hasta el punto en que una persona bastante cuerda y serena como la reina madre, cayó en una profunda depresión y presa de la locura requirió de los intentos más crueles y viles para deshacerse de la persona que amo… por sus actos tan deshumanizados fue condenada a muerte por mí.

Un murmullo se extendió por toda la sala, por supuesto los aledaños al reino conocían bien estos sucesos, pero la gente del exterior no podía más que cuestionarse cuál era la verdadera naturaleza de un hombre que condenaba a su propia a la muerte por algo tan volátil como el amor.

―Desafortunadamente, no pude llevar a cabo esta sentencia de la forma adecuada y respetuosa que una reina mereciera… pues esta misma noche, la noche de mi boda, bajo circunstancias que no conozco, mi madre escapó de su encierro e intentó asesinar a mi esposo de una forma despiadada el mismo día de su boda ― aquellas palabras le supieron amargas en la boca, cada vez que repensaba en estos eventos su corazón se estrujaba acongojado ―, en defensa propia y únicamente con afán de preservar su vida mi esposo la detuvo, tomando su vida en el camino.

El murmullo que antes se había suscitado rápidamente se convirtió en un silencio cada vez más extendido y cruel.

―Este hecho ha afectado duramente a mi esposo, quien no solo se siente terriblemente culpable, algo merma en su corazón pues tal agresión no merece sufrirla nadie y mucho menos en un día tan importante para cualquiera ― pensaba dar por terminado el discurso después de esta afirmación, pero solo para recalcar comentó ―, puedo asegurar a todos que estos hechos son verídicos y que el intento de asesinato fue ejecutado por la reina Kuchell, así como que mi esposo actuó únicamente en defensa propia y si alguien decidiera verificar la certeza de mis palabras al no creer en esta afirmación, los invito a alzar la voz.

Silencio absoluto.

Levi esperó pacientemente unos segundos, pero nadie fue capaz de refutarlo.

―Bien, la boda seguirá el ritmo como hasta ahora y el funeral será posterior a ello ― se puso de pie ―, muchas gracias a todos por su atención, regresen a sus habitaciones.

Dicho esto, se levantó del trono y salió de la sala, dejando a una multitud de personas entre confusas y decididas.

Aquellos ojos ámbares, bastante bien ocultos al final de la sala, cuyos puños temblaban en un trauma que se extendía ligeramente por todo el cuerpo no pudieron más que librar y contener los gritos desesperados que se precipitaban a querer salir por su garganta. Un sudor frio recorrió la espalda de Reiner, cada vello de su cuerpo se erizó y siguió la dirección en la que el Sultán se retiró.

Sabía los riesgos que corría la reina al intentar ejecutar su plan, por supuesto sabía que la había dejado sola, pero… tener la noticia certera de su muerte no era más que el increíble peso de que toda la etapa que habían vivido estaba completamente terminaba y no había vuelta atrás. No existía ni mínimamente una remota posibilidad de realizar aquellos sueños que infantilmente tuvo, ahora el contenedor de su amor no existía más en este mundo y ahora sentía que no existía ningún sitio donde posarlo, encima… el odio de su interior, un odio que hasta ahora él no había generado se extendía por todo su cuerpo.

Nunca había comprendido porque razón la reina Kuchell había odiado a Eren. La seguía, pero no la entendía.

Intentando destruir el amor que nacía de un odio de raíces profundas.

La volvería a seguir si así fuese necesario, pero ahora… ya no había nadie a quien seguir.

No entendía porque lo odiaba, pero ahora sentía crecer en su interior un profuso odio. Porque ese ser, al que todos veían como alguien hermoso, glorioso y maravilloso, había sido el culpable de que una persona completamente normal y perfecta a sus ojos, se volviera en eso tan distinto que al final había sucumbido a la muerte por manos de ese ser imperfecto. Y eso hacía que Reiner lo odiara, porque había trastornado a la mujer… y por culpa suya este final había sido necesario.

Arrepentirse no tenía sentido ahora; sin embargo, no podía dejar ir esas palabras y esos pecados como agua entre sus manos. La reina Kuchell estaba muerta, pero el estaba vivo y alguna vez hizo una promesa, que mataría a Eren con sus propias manos.

Estaba vivo y podía hacerlo.

Si la reina Kuchell viviera y si él no la hubiera abandonado tal vez habría otra oportunidad, pero ya no podía recorrer esas mismas pisadas. Sin embargo, aún podía cambiar algo…

Podía matar a Eren. Y hacerla feliz en donde sea que estuviera.

Todavía tenía una oportunidad de lograrlo.


N/A: Al final corregí todo esto yo misma y terminé agregando más y más cosas, pero no puedo dejar de tener la impresión de que salvo por la muerte de Kuchell este capítulo es bastante aburrido y poco trascendental. Por supuesto me habría encantado desarrollar la boda de forma pomposa en una sola escena continua, pero son procesos demasiado largos, incluso semanas, así que por muchas reglas que me salté no pude evitar dividir este capítulo en dos. Además estoy profundamente emocionada por el sexo del siguiente capítulo, a la expectativa del papapa.

Creo recordar que lo que me hizo demorar en escribir este capítulo fue la cantidad desmesurada de información que comencé a reunir para describir los elementos de la boda, veo que valió la pena cuando reviso las muchas notas que tiene este capítulo.

Hice mi mejor esfuerzo para reunir absolutamente todos los regalos, salvo uno que utilizaré en el próximo capítulo, así que espero que los encuentren entre mis desastrosas descripciones y si se me ha pasado alguno les ruego me disculpen y me digan que fue, para ver si puedo introducirlo después.

Ya me tomé un ratito para agradecer a todos por su apoyo y sus hermosos reviews, así que no los haré perder el tiempo con más lectura de notas innecesarias y responderé sus reviews directamente en mensaje. En excepción de los Guest, a los que ya saben aprecio con todo mi corazón, gracias a ustedes Arabian Nights se ha convertido en un fic tremendamente popular.

Nunca me canso de invitarlos a todos ustedes a pasar por mi Facebook Magi Allie donde tengo álbumes con fotos sobre los escenarios del fic, incluyendo atuendos, en este caso regalos y locaciones, pero también hermosos Fanarts que muchos de ustedes lectores han regalado para esta humilde historia.

Por favor entren a ver ese hermoso arte, no se arrepentirán.

Como promesa, cuando este capítulo sea publicado el siguiente ya estará en proceso.

Nos leemos más pronto de lo que se imaginan.

*NOTAS AL PIE*

1 NIKAH: El primer paso para celebrar la ceremonia del matrimonio, la consumación del contrato entre el tutor legal Wali y el novio, el siguiente paso es la reunión de los testigos y la entrega de la Mehr. Es obligadamente oficiado por un Sheik.

2 BICHURA: Anillos que se utilizan en los dedos de los pies.

3 BANGLES: Pulseras de vidrio con joyería, acorde con el color del vestido o la simbología. Mientras más pesados más hermosos.

4 Devlet-i Aliyye-i Osmâniyye: Significado literal de "Impero turco otomano" el cual incluye regiones en tres continentes. Ahí se ubica Persía. El reino del fic es ficticio, pero incluye este país, así como tros territorios asiáticos y árabes.

5 MANGALSUTRA: El collar símbolo hindú de la unión matrimonial. Es un collar sagrado que simboliza el amor y la buena voluntad.

6 NATHNI: Anillo de la nariz.

7 JHUNKA: Aretes.

8 BAJUBAND: Brazalete de brazo colocado por debajo del hombro.

9 BINDHI:Se trata del punto rojo que las mujeres casadas colocan en su frente, se considera el sexto chakra y simboliza el tercer ojo. Retiene la energía y fortalece la concentración.

10 Mahidevran: "Aquella cuya belleza nunca se desvanece" fue enterrada en el mausoleo de su hijo Mustafá, en el Complejo Muradiye de Bursa. Es recordada como "la Sultana Olvidada" o también como "la primera que se volvió segunda".

11 SHEIK: Líder religioso o político, también conocido como Jequé, es el encargado de guiar la ceremonia y recitar el sermón del Santo Profeta.

12 KHAN: Es en origen un título turco-mongol que significa 'máximo gobernante'.

13 PADISAH: Es una denominación real a modo de título de origen persa, compuesto del persa pād «maestro» (o pati del persa antiguo) y de shāh «rey». El rango más alto equivalente a la antigua noción persa de «gran rey».

14 HÜNKAR: Tradicionalmente se le conoce al gobernante otomano como "sultán", pero los propios otomanos utilizaban el término "padişah" (emperador) o "hünkar" para referirse a su gobernante. El título formal del emperador constaba de la palabra "sultán" junto con "khan" (por ejemplo, Sultán Suleiman Khan)

15 Al fatiha: es la primera de las azoras o capítulos en que está dividido el Corán, libro sagrado del Islam. La más importante de sus oraciones.

16 «¡Oh, gentes! Cuidad vuestras obligaciones para con vuestro Señor, que os creó de una sola alma y a partir de ella creó su pareja, y a partir de la unión de las dos han surgido multitud de hombres y mujeres.» Cita del Corán 4:1 Probablemente esto remite en alguna forma a la idea del Génesis que afirma que la mujer salió de una costilla de Adán.

17 Sultán Levi Khan: Padisah y Hünkar: Títulos totales del Sultán Levi

18 Devletlu İsmetlu Eren Haseki Sultân: Hasta el momento no he encontrado la traducción de Devletlu İsmetlu, pero creo que es la forma de empezar a referir el título de la esposa. En este caso Eren Sultân el título más corto y agregar el Haseki que significa "Una mujer que pertenece exclusivamente al sultán". Este título en general representa el lugar de la consorte imperial. Existen otros términos como Kadin, Kadinefendi y Khatun, que significa esposa del gobernante. De ahora en adelante Eren abarcará todos estos nombres para sí mismo.

19 al'iikhlas: Fidelidad

20 GULGUN: Tras la muerte de Shabdiz, el rey Khosrow posee otro maravilloso caballo, Gulgun, «el de la capa de rosas». Debido al peso que de por sí tiene Šabdiz, Gulgun no aparece tantas veces y cuando lo hace siempre es apenas una mención de su nombre y de su extraordinaria rapidez. Para los héroes persas el caballo es el animal de compañía más importante de todos.

21 Šabdiz —literalmente, «medianoche», «negro»— era el legendario semental de Khosrow II, Šabdiz tenía la reputación de ser «el caballo más veloz del mundo», Šabdiz es uno de los regalos de madurez que recibe Khosrow Parviz cuando toma posesión del trono de Irán, y desde ese momento sus vidas quedan estrechamente unidas. Shabdiz es un caballo muy especial para mi (Magi) tiene el nombre de todos los caballos que le he dado a Levi en mis fics, de modo que ellos dos ya tienen una larga relación juntos. En este fic. Shabdiz aparece poco, pero pueden recordarlo cuando salvó a Eren la primera vez que salió del palacio. También aparece en el confesionario.

22 HAMMAM Se trata de un baño Turco de vapor en el que la novia se purifica durante siete noches, por lo regular asiste acompañada de inciensos, velas, cantos de otras mujeres y abrazos de las mismas. Hombres y mujeres celebran esto separados, la mujer con las mujeres y el hombre con los hombres.