Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«27»

Hinata contemplaba con la mirada perdida el tambor de bordar que tenía en el regazo, con sus largos dedos inmóviles y el corazón sombrío como el cielo que se extendía más allá de los ventanales del salón. Naruto llevaba tres días y tres noches comportándose como un desconocido; un hombre frío y adusto que la miraba con gélido y ostensible desinterés cuando no con desdén, en las contadas ocasiones en que se dignaba dirigir la vista hacia ella. Era como si otra persona se hubiera adueñado de su cuerpo: alguien a quien ella no conocía, un hombre que a veces la miraba con una expresión tan maligna que le producía escalofríos.

Ni siquiera la inesperada visita de tío Jiraya ni su campechana presencia consiguieron aliviar la densa atmosfera que se respiraba en Konohagakure. Había aparecido para salvarla eso le explicó cuando estuvieron a solas después de instalarse en la casa el día anterior y no perder de vista durante un buen rato el generoso trasero de la doncella de la planta superior que le preparaba la cama pues en Londres había oído comentar que Naruto se había encolerizado como un poseso al descubrir su apuesta en el libro del White.

De todas formas, los obstinados y evidentes intentos que hizo el hombre para entablar una amistosa conversación con Naruto no consiguieron más que alguna educada y terriblemente breve respuesta. De la misma forma, las tentativas de Hinata de normalidad no engañaban a nadie, ni siquiera al servicio, pues ya no se los veía como una pareja feliz. Todos los de la casa, desde Higgins, el mayordomo, hasta Enrique, el perro, respiraban aquella atmosfera crispada.

En el opresivo silencio del salón resonó la potente voz de tío Jiraya, que sobresaltó a Hinata:

—¡No te digo! ¡Un tiempo espléndido en Konohagakure! —Enarcando sus cejas con expresión interrogante, a la espera de un comentario para seguir hilvanando la conversación, el hombre hizo una pausa.

Naruto levantó la vista del libro que estaba leyendo para responder:

—En efecto.

—Ni una gota de humedad —insistió tío Jiraya, con las mejillas sonrosadas por el vino que había ingerido.

—Ni una —admitió Naruto, sin la menor expresión en su rostro.

Algo nervioso pero impertérrito, el otro siguió:

—Ni pizca de frío. Buen tiempo para la cosecha.

—¿De veras? —respondió Naruto en un tono que realmente desaconsejaba seguir la conversación.

—Ejem... bastante bueno —respondió tío Jiraya, apoyando un poco más la espalda en la butaca y dirigiendo a Hinata una mirada de desesperación.

—¿Qué hora es? —preguntó Hinata con ganas de retirarse.

Naruto la miró para responder con intencionada crueldad:

—No lo sé.

—Tendría que tener un reloj, Naruto —sugirió tío Jiraya como si acabara de tener la idea más original del mundo—. ¡Justamente es lo que nos mantiene constantemente al corriente de la hora!

Hinata se volvió rápidamente para ocultar el disgusto que le había dado Naruto al aceptar por segunda vez el reloj de su abuelo y luego dejarlo de lado.

—Son las once —se apresuró a decir tío Jiraya, señalando su propio reloj, que llevaba colgado de una cadena—. Yo siempre llevo reloj —presumió—. Así no tengo que hacer conjeturas sobre la hora. Unos artefactos extraordinarios, los relojes —siguió con entusiasmo—. Y lo que se rompe la cabeza uno pensando cómo pueden funcionar, ¿verdad?

Naruto cerró el libro de forma audible.

—Sí —dijo—. Es cierto.

Tras haber fracasado completamente en su intento de iniciar una animada conversación sobre relojería, tío Jiraya dirigió otra suplicante mirada a Hinata, pero en este caso quien respondió fue Enrique. El enorme perro pastor inglés, que seguía sin enterarse de su obligación de proteger a las personas, reconocía en cambio su deber de reconfortarlas, de prodigarles afecto y situarse a sus pies en caso de que necesitaran atención. Al ver la desdichada expresión en el rostro de sir Jiraya, se apartó de la chimenea para acercarse corriendo al afligido caballero y pegarle dos lametones en la mano.

—¡Diantre! —saltó tío Jiraya, levantándose con más energía de la que había demostrado en el último cuarto de siglo y secándose el dorso de la mano con el pantalón—. ¡Ese animal tiene una lengua que parece una bayeta mojada!

Enrique, ofendido, dirigió una lastimera mirada a su contrariada víctima para volverse acto seguido en dirección a la chimenea.

—Si no os importa, creo que voy a retirarme —dijo Hinata, incapaz de soportar un minuto más aquel ambiente.

—¿Está todo preparado en el bosque, Filbert? —preguntó Hinata a la mañana siguiente cuando, a petición suya, apareció en su habitación su fiel y anelano lacayo.

—Todo dispuesto —dijo el hombre con amargura—. Y no es que su marido se merezca una fiesta de cumpleaños. Tal como la trata últimamente, lo que se merecería de verdad es una buena patada en el trasero.

Hinata metió un caprichoso mechón hacia dentro del sombrero azul celeste que llevaba y no respondió al comentario. Había organizado una fiesta sorpresa para celebrar el cumpleaños de Naruto el día en que habían paseado por la glorieta, el día más feliz de lo que había resultado un cortísimo periodo de dicha.

Llevaba días soportando el frío e inexplicable desdén de su esposo y su rostro estaba más pálido, y constantemente tenía que luchar por contener las lágrimas. Hasta tal punto que incluso le dolía el pecho y el corazón al no encontrar el motivo que pudiera explicar el comportamiento de Naruto. Pero al acercarse la hora de la sorpresa no podía sofocar la esperanza de que, cuando él viera lo que había planeado con la ayuda de Gaara e Ino, tal vez se convirtiera de nuevo en el hombre con el que había comido junto al río, o como mínimo le explicara lo que le preocupaba.

—El personal sólo habla de la forma en que la está tratando —siguió Filbert, enojado—. Sin apenas dirigirle la palabra, encerrado día y noche en el despacho, sin comportarse como un marido...

—¡Por favor, Filbert! —exclamó Hinata—. No me estropee el día con todo esto.

Arrepentido, si bien decidido a dar rienda suelta a sus iras contra el culpable de las oscuras sombras que se dibujaban bajo los ojos de Hinata, Filbert siguió:

—No hace falta que se lo estropee yo, ya lo hará él. Incluso me extrañó que aceptara su sugerencia de ir hasta el bosquecito cuando usted le dijo que quería enseñarle algo.

—También me sorprendió a mí —respondió ella intentando esbozar una sonrisa que enseguida se convirtió en una mueca de desconcierto.

Aquella mañana había entrado en su despacho cuando Naruto estaba reunido con Hatake, el nuevo ayudante del administrador, pensando que tendría que suplicarle que le acompañara a dar un paseo en carruaje. En un primer momento iba a negarse, pero luego dudó, echó una mirada al hombre que tenía delante y luego de repente asintió.

—Todo está dispuesto —aseguraba Hatake a Naruto en la habitación de éste—. Mis hombres se han situado entre los árboles a lo largo del camino que conduce al bosquecito y alrededor de éste. Llevan ya tres horas allí. Han llegado veinte minutos después de que su esposa sugiriera la pequeña excursión. He dado instrucciones a mis hombres de que no se muevan, que sigan allí camuflados hasta que aparezcan el asesino o los asesinos. Puesto que no pueden abandonar sus posiciones sin ser vistos, les será imposible informarme y yo no sabré lo que ven. A saber por qué su primo eligió el bosquecito en lugar de una cabaña o algo más recogido.

—Me parece imposible que pueda sucederme eso —exclamó Naruto poniéndose una camisa limpia. Detuvo un instante el gesto al plantearse lo absurdo que era cambiarse de ropa para resultar atractivo ante su esposa, que lo llevaba a una trampa para acabar con su vida.

—Pues está sucediendo —respondió Hatake con la certera tranquilidad del veterano en campañas—. Y es una trampa. Lo he visto por el tono de su esposa y su mirada cuando le pedía que salieran juntos está tarde. Estaba nerviosa y mentía. No he perdido de vista sus ojos. Los ojos no mienten.

Naruto miraba al detective con amargo desdén, recordando lo engañosamente inocentes que le habían parecido en otro momento los ojos de su esposa.

—Es un tópico —dijo con desprecio— que antes también mantenía yo.

—La nota que hemos interceptado de lord Gaara hace una hora no es un tópico —le recordó Hatake, convencido—. Están tan tranquilos sobre nuestro desconocimiento acerca de sus planes que ni siquiera ponen cuidado en ningún detalle.

Ante la mención de la nota de Gaara, la expresión de Naruto se petrificó. Siguiendo sus instrucciones, Higgins le había llevado la nota de Gaara antes de entregársela a Hinata, y aquellas palabras se le habían grabado en el cerebro:

«Todo está a punto en el bosquecito.
Lo único que tienes que hacer es llevarlo hasta allí.»

Una hora antes, al leer aquello, el dolor casi había conseguido derrumbarlo, pero en aquellos momentos no sentía nada. Había superado el umbral de los sentimientos y no experimentaba ninguno, ni siquiera le afectaba la traición ni aparecía el miedo mientras se preparaba para enfrentarse a sus queridos asesinos. Lo único que deseaba era acabar con aquello para poder borrar de una vez por todas a Hinata de su corazón y de su mente.

La noche anterior había permanecido en la cama en vela, luchando contra el estúpido impulso de ir hacia ella, entregarle dinero y aconsejarle que huyera, puesto que tanto si ella y Gaara conseguían matarle como si no, Hatake disponía de pruebas suficientes para asegurarse que los dos pasaran el resto de su vida en una mazmorra. No podía soportar la imagen de Hinata mugrienta, harapienta, viviendo en una oscura celda infestada de ratas, ni siquiera ahora... cuando estaba a punto de convertirse en su blanco en campo abierto.

Hinata le esperaba en el vestíbulo, atractiva e inocente como una flor de primavera, con un vestido de muselina azul y ribetes de color crema en las mangas y el dobladillo. Se volvió para verle bajar la escalera y dirigirle una sonrisa radiante e impaciente. Naruto constató con un incontrolado arrebato de ira que su esposa le sonreía, y le sonreía porque creía que iba a deshacerse de él para siempre.

—¿A punto? —dijo Hinata animada.

Él asintió sin decir nada y ambos se dirigieron al coche que les esperaba en la avenida.

Hinata dirigió una mirada de soslayo al perfil de Naruto cuando el coche emprendió suavemente el camino entre los árboles que iba a llevarles a un ancho y exuberante claro más allá de las huertas. A pesar de su apariencia tranquila mientras se apoyaba en la cómoda tapicería, sujetando levemente las riendas de los caballos, Hinata vio que su mirada iba de aquí para allá entre los árboles que flanqueaban el camino como si observara algo en concreto, como si lo esperara.

En realidad, ella se preguntaba ya si había descubierto lo de la «sorpresa» y esperara ver como salían de entre los árboles los participantes en la fiesta. De repente, al llegar al claro, la sorpresa de Naruto ante el espectáculo que le dio la bienvenida le hizo constatar que no estaba al corriente de nada.

—¿Pero qué...? —preguntó Naruto con voz entrecortada, lleno de asombro al observar la increíble panorámica que se abría ante sus ojos: banderolas de vistosos colores se agitaban al viento, sostenidas por los arrendatarios de Naruto y sus hijos, que se habían reunido allí ataviados con sus mejores galas. A su izquierda, vio a Gaara, a su madre y hermano al lado de su abuela.

Se habían desplazado hasta allí también Ino y Sai junto con Utakata y otras amistades londinenses de Naruto. A la derecha, al fondo del claro, se había montado un estrado sobre el que se veían dos asientos parecidos a un trono y otros seis más sencillos. Por encima de la plataforma habían montado un dosel para protegerla del sol, y por encima de los postes que lo sujetaban ondeaban los estandartes de los Konohagakure.

El carruaje de Naruto avanzó hacia el centro del claro y cuatro entusiastas trompetas anunciaron la llegada del duque tal como estaba dispuesto con estridentes sonidos de cuerno, a los que siguieron las prolongadas ovaciones de los reunidos.

Deteniendo lentamente los caballos, Naruto se volvió hacia Hinata.

—¿Qué es todo esto? —preguntó.

La mirada que le dirigió ella reflejaba amor, incertidumbre y esperanza.

—Feliz cumpleaños —dijo con ternura.

Naruto se limitó a mirarla, apretando los dientes en silencio.

—Es una celebración al estilo de mi aldea —explicó ella con una sonrisa vacilante—, aunque un poco más trabajada que las que organizábamos nosotros en los cumpleaños. —Al ver que él seguía mirándola de la misma forma, Hinata le cogió el brazo para explicarle con entusiasmo—: Es una combinación de torneo y feria campestre, para celebrar el cumpleaños de un duque. Y también para que conozcas un poco a tus arrendatarios.

Naruto contempló a los reunidos enojado y perplejo. ¿Sería posible que un escenario tan cuidado constituyera el telón de fondo de un asesinato? ¿Era un ángel o un demonio su esposa? Lo sabría antes de que terminara el día. Se volvió para ayudarla a bajar del carruaje.

—¿Qué es lo que debo hacer ahora?

—Vamos a ver —respondió Hinata con animación, intentando disimular lo estúpida y dolida que se sentía—. ¿Ves los animales en los rediles?

Naruto echó un vistazo a la media docena de corrales montados allí alrededor.

—Sí

—Pues estos animales pertenecen a tus arrendatarios y debes escoger el mejor de cada redil, y también establecer con el propietario un precio por los que he comprado en el pueblo. Allí abajo, donde las cuerdas marcan unas sendas, se organizará una justa, y en el otro lado, donde ves el blanco, se celebrará un concurso de tiro al arco...

—Creo que ya lo he captado —la interrumpió Naruto.

—Sería bonito que participaras en alguno de los concursos —añadió ella con cierta vacilación, no muy segura de que su esposo quisiera mezclarse con sus inferiores.

—Bien —dijo él, y sin más palabras la acompañó al asiento reservado para ella en el estrado y la dejó allí.

Después de saludar a sus amigos de Londres, Naruto, lord Sai y Gaara se sirvieron unas cervezas como las que estaban tomando ya los arrendatarios e iniciaron una vuelta por la feria, no sin detenerse a observar el número de malabarista que realizaba el hijo del hacendado, un muchacho de catorce años.

—¿Qué, querida mía? —preguntó Utakata acercándose a Hinata—. ¿Ya está locamente enamorado de ti? ¿Ganaré yo la apuesta?

—Compórtate, Utakata —le advirtió Ino, quien se encontraba al lado de Hinata.

—Que nadie se atreva a mencionar esa espantosa apuesta en mi presencia —exclamó la duquesa viuda.

Impaciente por observar a Naruto más de cerca, Hinata se levantó y bajó los escalones del estrado con Ino a su lado.

—No es que no me complazca verle, pero ¿por qué ha venido Utakata? ¿Y los demás?

Ino se echó a reír.

—Los demás han venido por la misma razón. Utakata está aquí. Por el hecho de tener la propiedad tan cerca de Konohagakure de repente nos hemos convertido en populares. Esos que normalmente no salían de la ciudad en mucho tiempo aparecieron ayer decididos a echar un vistazo para comprobar cómo os van las cosas a ti y al duque. Ya sabes como es Utakata... Siempre alardea de ser el primero en enterarse de cualquier cotilleo. ¡Cuánto te he echado de menos! —añadió Ino, dándole de repente un cariñoso abrazo, y luego retrocedió un paso para observarla bien—. ¿Eres feliz con él?

—Yo... sí—mintió ella.

—Lo sabía —exclamó Ino, apretándole la mano, encantada de haber acertado la predicción de que Hinata no tenía valor para explicar que se había casado con un hombre de un humor tan imprevisible que de pronto le hacía pensar que se estaba volviendo loca. Así pues, siguió abrazándola en silencio, para observar luego con cierta amargura cómo Naruto se paseaba entre los rediles, con las manos en la espalda y la expresión seria, como correspondía, mientras calculaba el valor de la mejor ave de corral, el cerdo más cebado, el perro mejor entrenado, y repartiendo premios a sus emocionados dueños.

Cuando el sol empezó a esconderse tras las copas de los árboles y se encendieron las antorchas, tanto el pueblo como la nobleza estaban de buen humor, todos reían y bebían cerveza juntos y participaban en todo tipo de concursos, desde los más serios a los más tontos. Naruto, lord Sai e incluso Utakata compitieron en el tiro al arco, en una justa, en esgrima y en tiro. Hinata, llena de orgullo había permanecido al margen de las actividades, contemplando llena de ternura como Naruto fallaba adrede el último disparo en uno de los concursos de tiro para que pudiera ganarlo un muchacho de trece años, hijo de uno de sus arrendatarios.

—El premio se lo lleva el mejor —declaró Naruto con una mentirá piadosa al ofrecer al emocionado joven una libra de oro.

Seguidamente borro toda pretensión de dignidad lanzándose a la carrera de tortugas, escogiendo una de la cesta e insistiendo en que sus amigos hicieran lo mismo. En ningún momento, sin embargo, se volvió para mirar a Hinata. Era como si hiciera un esfuerzo por participar pensando exclusivamente en sus invitados. Codo con codo con los niños, tres de los más ilustres nobles de Londres se situaron en el punto de salida, animando a sus corredores, espoleándolos para que avanzaran más deprisa y lamentándose amargamente cuando las tortugas, haciendo caso omiso a sus regias órdenes, se replegaban bajo la concha.

—Nunca me gustaron las tortugas excepto en una sopa —bromeó Gaara dando un ligero golpe con el codo en las costillas de Sai —, pero la mía ha demostrado cierto empuje antes. Te apuesto una libra a que la tuya permanece más tiempo bajo el caparazón que la mía.

—¡Hecho! —exclamó Sai sin dudarlo un momento y empezó a animar a la suya, que había quedado rezagada, para que sacara la cabeza.

Naruto les observaba con expresión hermética, y poco después se dirigió a la mesa en la que unas doncellas de la cocina servían jarras de cerveza.

—¿Qué demonios le ocurre a tu ilustre primo? —preguntó Utakata a Gaara—. En la esgrima te miraba como si intentara desangrarte. ¿No seguirá celoso porque estuviste a punto de casarte con su esposa?

Gaara no dejó ni un instante de observar su tortuga y respondió encogiéndose ligeramente de hombros:

—¿Qué te hace pensar que Naruto haya podido sentir celos alguna vez en su vida?

—No olvides, mi querido amigo, que yo me encontraba en el baile de los Uchiha la noche en que cayó sobre nosotros como un ángel vengador y mandó a Hinata a casa.

—Por culpa de aquella indignante apuesta que obligaste a Hinata a presentar —replicó Gaara y de nuevo se concentró en su tortuga.

Con otra jarra de cerveza en la mano, Naruto apoyó el hombro en un árbol y con expresión pensativa observó a Hinata, que volvía la cabeza a uno y otro lado, sin duda intentando localizarlo. Sabía que no lo había perdido de vista ni un instante. Lo mismo que Gaara. Y en los dos se veía la misma expresión de desconcierto, de incomodidad, como si ambos esperaran verle más contento por la celebración de su cumpleaños.

Volvió la mirada hacia Hinata y se fijó en que reía por algo que acababa de decir su abuela. Casi oía su cantarina voz, incluso en la penumbra era capaz de ver como se le iluminaban los ojos al reír. Su esposa, una asesina. Ante aquel pensamiento, de su corazón salía una desgarrada protesta que el cerebro no podía acallar. «¡No lo creo!», dijo en un suave y enfurecido murmullo. La muchacha que había planificado todo aquello no podía estar planificando su asesinato. La muchacha que le había estrechado contra su cuerpo de noche, la que bromeaba con él pescando junto al río y le había ofrecido con timidez el tan preciado reloj de su abuelo no podía participar en un intento de asesinato.

—¿Excelencia? —le apartó de sus pensamientos la voz perentoria de Hatake cuando se disponía a acercarse al concurso de tiro, que se estaba convirtiendo en algo más cómico que reñido a medida que los participantes apuntaban con la vista nublada por la cerveza al blanco que habían pegado a un árbol—. Debo insistir en que abandone este lugar ahora mismo —murmuró Hatake avanzándole por detrás.

—No diga sandeces —saltó Naruto, harto ya de Hatake y de sus teorías—. Está claro lo que decía mi primo en su nota: habían organizado juntos está fiesta para mí y por ello se vieron en secreto en un par de ocasiones.

—No es momento para discutir todo esto —replicó Hatake enojado—. Dentro de poco oscurecerá y mis hombres no son lechuzas. No verán nada en la oscuridad. He dispuesto que tomen posiciones a lo largo del camino para que usted vuelva a casa.

—Teniendo en cuenta que ya es demasiado tarde para hacer el camino de regreso con luz del día, no veo por que no puedo quedarme un rato más.

—No me responsabilizo de lo que pueda ocurrir si no se va ahora mismo —le advirtió Hatake y acto seguido se dio media vuelta y se marchó.

—¿Tú crees que es normal que unos hombres hechos y derechos anden por aquí animando a sus tortugas? —bromeó Ino observando a Gaara y a su esposo—. Tal vez tenga que ir y recordarles que sus privilegiadas posiciones les exigen decoro —dijo descendiendo lentamente del estrado con esa intención—. De todas formas, me interesa saber quién será la vencedora —confesó guinando el ojo.

Hinata asintió con aire ausente mientras contemplaba los risueños rostros de los campesinos. Pero de pronto su mirada se detuvo en una cara que la inquietó justamente porque no estaba nada alegre. Sin saber por que, de repente recordó la noche en la que había conocido a Naruto —una noche templada y agradable como está—, cuando dos asesinos apuntaban contra él.

—Abuela —dijo, volviéndose hacia la duquesa—. ¿Quién es aquel hombre bajo que está allí enfrente, el de la camisa negra... el del paratelo rojo en el cuello?

La duquesa localizó al hombre y encogió los hombros.

—No tengo la menor idea de quién puede ser —respondió la mujer con aire remilgado—. He visto más campesinos de estos hoy que en los treinta años que he pasado en Konohagakure. No —añadió un poco a su pesar—, y no es que crea que no ha sido una idea excelente está fiesta que has organizado. Ultimamente las cosas han cambiado en Inglaterra y a pesar de que lamente tener que consentirles ciertas cosas a nuestros servidores, considero prudente que un terrateniente se lleve bien con sus arrendatarios hoy en día. Por lo visto cada vez piden más y se envalentonan...

La cabeza de Hinata divagaba y volvía a los tristes hechos de la noche en la que conoció a Naruto. Nerviosa, buscó con la mirada al hombre de la camisa negra que parecía haberse esfumado. Unos minutos después, sin ni siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, empezó a hacer un inventario de sus seres queridos, localizándolos para tranquilizarse de que estaban sanos y salvos. Buscó a Gaara y no lo encontró, con mirada ansiosa, intentó localizar a Naruto y lo encontró al borde del bosque, con el hombro apoyado en un árbol, tomando cerveza y contemplando la fiesta.

Él se fijo en ella y movió ligeramente la cabeza. La dulce e indecisa sonrisa que le dirigió ella le provocó dolor, incertidumbre y arrepentimiento. Levantó la jarra hacia ella en un brindis silencioso y burlón y acto seguido quedó paralizado al oír en la oscuridad una voz que le resultó curiosamente familiar.

—Una pistola le apunta directamente a la cabeza, milord, y otra a su mujer. Un solo movimiento y mi compañero volará los sesos de ella. Acérquese a mí, siga mi voz, estoy entre los árboles.

Naruto se irguió y bajó lentamente la jarra. El alivio y no el miedo se apoderó de él al volverse hacia la voz; estaba preparado para la confrontación tanto tiempo esperada con su desconocido enemigo. Es más, estaba impaciente por iniciarla. Ni por un instante creyó que Hinata corría peligro; sabía que aquello había sido un ardid para obligarlo a obedecer.

Dos pasos le llevaron a la envolvente oscuridad del bosque y entonces vio el mortífero brillo de la pistola.

CONTINUARÁ...