Pues aquí estoy de vuelta, con un nuevo capítulo yay!

Siento este retraso de meses. El 2020 está siendo duro para todos y yo no soy la excepción. Este verano ha sido complicado a ratos y aunque he estado escribiendo no he sido constante y no quería publicar sin tener todo escrito. Ahora me falta muy poco para terminar este fic y por eso he vuelto.

Muchas, muchas gracias a todas las lindas personitas que han estado leyendo y comentando en mi ausencia *corazón* *corazón* *corazón*.

Espero que os guste este nuevo capítulo. ¡Disfrutad de él!

¡El capi número 25!


Cap. 25: Llegaré pronto

Esa noche Kirishima no quería parar. La anterior había descansado bien y notaba a su amigo cada vez más nervioso. Sus músculos, por supuesto, empezaban a resentirse. Cuando le sobrevenía alguna punzada de dolor, se repetía que ya descansaría cuando estuviera muerto. Se reía de su propio comentario, a veces pensaba que iban hacia una muerte segura. Otras era un poco más optimista y se decía que no tenían porqué acabar envueltos en una pelea o provocando una guerra.

-¿Hoy no necesitas descansar? –Bakugou le había leído la mente, lo sabía. El dragón giró ligeramente la cabeza hacia él y sonrió enseñando los colmillos. Después negó y volvió a mirar hacia adelante. El rubio sabía que nunca podría agradecerle lo suficiente todo lo que llevaba haciendo por él desde siempre y mucho más últimamente. Se giró hacia la chica invisible y le dijo:

-Te quedas al cargo, voy a descansar la vista un rato.

-Entendido –el rubio se envolvió más en su capa, se tumbó un poco sobre el cuerpo cubierto de escamas rojas y cerró los ojos. Con la cabeza también tapada, el sonido del viento contra sus oídos no era tan fuerte. Aunque solo volaban, la constante tensión en los músculos y el pelear contra el viento para no caer lo agotaban mucho.

Enseguida se sumió en un sueño ligero pero lo suficiente como para soñar. Y lo vio a él de nuevo. Últimamente siempre lo veía a él. Estaba rodeado de escombros, en lo que parecía una plaza. El rubio lo llamaba pero no parecía poder oírlo. De repente una gran sombra los cubría y el otro giró la cara para mirarlo a los ojos. Sonrió un momento, una sonrisa que no llegó a iluminar sus ojos, demasiado tristes para quedar bien con aquel gesto. En el momento de desviar la mirada, se desvaneció. Y todo se volvió negro. Cuando abrió los ojos, seguía sobre su amigo, tenso. Se quitó un poco la prenda de la cabeza para mirar el cielo: seguía siendo noche cerrada. Suspiró y se volvió a tapar. Apenas lograba descansar porque todo lo que soñaba del otro era de ese estilo, lleno de lugares extraños en los que el chico o desaparecía, se lo llevaban o vete tú a saber cuántas cosas más. A pesar de eso, trataba de dormir lo que podía, necesitaría de toda su fuerza y su energía pronto, al paso que iban llegarían al día siguiente, al anochecer quizás, a su destino.

"Espera un poco más Deku, llegaré pronto. Te encontraré, te llevaré de vuelta y no volveré a perderte de vista". Ese pensamiento lo acompañó hasta que volvió a dormirse y, por esa vez, descansó sin soñar nada.


Midoriya abrió los ojos, la cabeza le latía con fuerza. Hizo el gesto de tocársela y se dio cuenta de que estaba atado. Enfocó la vista a su alrededor: estaba encadenado a una pared, en una esquina de lo que parecía algún tipo de calabozo. Jamás había visto una celda así, sin ventanas y solo iluminada por la suave luz de la antorcha puesta fuera, lejos de su alcance aún si hubiera estado libre. Tiró de sus grilletes para comprobar la fuerza que tenían. Necesitaría su poder si quería romperlos. Lo descartó enseguida, no debía precipitarse.

-¿Ya estás despierto? –la voz del rey le heló la sangre. Tragó saliva a pesar de tener la boca seca. -No sabes la guerra que nos has dado… no pensé que te opondrías a mí con tanta fuerza –se acercó a los barrotes, hasta casi poder tocarlos con la cara.

-¿Qué es lo que quiere de mí? –Izuku estaba agotado de aquello. De huir del rey, del daño que estaba haciendo a los de su alrededor. De poner a todos en peligro. Preguntó sin esperanzas de obtener respuesta, el rey fue sin embargo, magnánimo y le dio la información que quería.

-De ti nada. Nunca me interesaste, has sido meramente un peón. Bueno, no un peón –rió ante su propio comentario: -mucho más, un alfil. Sí, eres un alfil en mi partida de ajedrez. Solo necesitaba encontrar la forma de provocar un paso en falso del demonio. Cualquier cosa me servía. Tengo que reconocer que jamás habría podido predecir que sería uno de mis súbditos, un humano, el que haría caer todo.

-Bakugou nunca se dejaría engañar por sus artimañas –dijo mirándolo fijamente. En la penumbra, pudo ver a medias su expresión. Una mueca que le provocó un escalofrío:

-¿Sabes qué es lo mejor de todo? Uno de mis vigilantes me ha avisado: un dragón rojo viene hacia aquí. Y trae a una persona sobre su lomo, con el pelo rubio y una capa enorme. ¿Te suenan? Llegarán mañana por la noche si mantienen el ritmo –el terror se instaló en los ojos del muchacho. Lo que más había temido, lo que había pedido en silencio para que no ocurriera, justo se precipitaba sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

-Descansa mucho muchacho, todavía no has terminado de ayudarme –se alejó riéndose, una risa profunda, vibrante y cargada de un egoísmo tan puro que era difícil describir con palabras. Midoriya se revolvió tratando de soltarse, sin éxito. Quiso tener una ventana para poder gritar hasta quedarse afónico, tal vez alguien lo escucharía y podría ayudar.

-Kacchan… no vengas, por favor –se mordió el labio inferior para no llorar. De poco le serviría en aquella situación. Y aún sabiéndolo, no podía evitarlo.

-Ojalá no amaneciera nunca –fue lo último que susurró. Un último deseo que tampoco se cumpliría. Se encogió contra una pared, tratando de mantener el calor que le quedaba. Todavía tenía unas horas. Tenía que pensar en algo. Debía pensar en algo.

Amaneció pero no podía saberlo. Solo cuando el relevo del carcelero llegó, supo que, al menos, salía ya el sol. Se preguntó cuánto tiempo le faltaba al rubio para llegar con Kirishima. ¿Valía la pena escapar? ¿Sería mejor esperar, seguir los planes del rey y, una vez que se encontrara con Bakugou, intentar salvarle? Ese pensamiento le dio fuerzas, sonaba real, factible y tangible dentro de su cabeza. Se agarró a él como a un clavo ardiendo.


El dragón sentía su cuerpo cada vez más pesado. El sol estaba ya muy alto en el cielo, sería más de medio día y ya empezaba a notar las horas sin parar ni a beber agua. Katsuki no había pasado por alto esto y en un momento dado, cuando había intentado razonar con su amigo sin éxito, hizo lo que solía cuando se veía en un punto desesperado: saltar. Esto pilló a Toru totalmente desprevenida, la chica vigilaba al demonio cuando dormía pero si estaba despierto, se preocupaba de sí misma y de no caer.

-¡Kirishima! ¡Bakugou ha saltado! –al principio creyó no haber escuchado bien. Después miró hacia abajo y escuchó la primera explosión.

-Mierda –fue todo lo que dijo mientras descendía. Aquellas caídas estaban totalmente bajo control para el rubio y sabía que eso obligaba a su amigo a bajar. Una vez en tierra, el dragón espero a que la chica bajara para arremeter contra él, en forma de dragón.

-¿Te has vuelto loco? Llevábamos un ritmo fantástico.

-De nada me sirve llegar pronto si vas a estar medio muerto. Descansaremos hasta el anochecer. Volaremos por la noche y llegaremos al amanecer –el pelirrojo nunca sabría lo mucho que le había costado dejar de lado su deseo de encontrar a Deku para que él pudiera descansar. Agradecido muy a su pesar, volvió a su forma humana, bebió hasta quedar saciado y se durmió casi sin darse cuenta.

-Iré a por agua y comida, tú cuida de él –solo de nuevo, miró hacia arriba. El cielo despejado y el ruido de los pájaros le daban al día un aspecto despreocupado y agradable. Suspiró. Estaba agarrotado por tantas horas sin moverse y agradecía aquella pausa muy a su pesar.

Dejó que el aire despeinara su pelo y despejara un poco su mente. Sentía la vista cansada y la mente embotada. Por eso no tardó mucho en volver con provisiones y dormir también un poco.


Dieron de comer a Midoriya pero no curaron sus heridas. No sabría muy bien decir cuánto estuvo encerrado pero sin duda más de lo que el rey le había dado a entender porque no lo sacaron cerca de la hora que él pensó sería ya de noche. Ninguno de los guardias que lo custodiaban le dirigió la palabra. Tampoco se fiaron de soltarlo para que comiera, se limitaron a cambiar sus ataduras para tener las manos delante. El muchacho se planteó intentar escapar pero desechó la idea. Debía guardar sus energías para cuando volviera el rey. Y, por muy mal que le sonara, parecía mucho más sencillo escaparse de él una vez que se encontraran con Bakugou que tratar de salir corriendo sin saber cuándo ni cómo llegarían. Era más sensato esperar. Comió todo lo que le ofrecieron y descansó lo que pudo. En uno de sus ratos de sueño, oyó lo que le pareció una conversación entre el guardia que llegaba y el que se iba:

-¿Te toca otra vez turno?

-Eso parece. El rey aún no ha dado la orden.

-Ya le serví la cena. No ha dado guerra pero no te fíes, debe estar tramando algo porque está muy tranquilo –guardaron silencio. O quizás Midoriya se perdió más en su propia inconsciencia porque no escuchó más. Al menos sabía que ya era de noche otra vez y que Katsuki se retrasaba. Deseó que estuviera bien y a la vez, que no llegara al día siguiente.


-¡Despierta muchacho! –una voz mal humorada y un golpe seco contra su cuerpo lo devolvieron a la realidad. Pestañeó para acostumbrarse a la luz del fuego que estaba más cerca de su cara y trató de enfocar la vista. Un soldado había entrado en la celda para despertarlo mientras el rey esperaba fuera. Lo hizo incorporarse y comprobó que las cadenas seguían bien cerradas.

-Me han informado que, pese al retraso, esos demonios estarán pronto aquí. Es hora de ponernos en marcha –aunque trató de resistirse, no pudo evitar que lo sacaran de la celda. El rey lo agarró por un brazo y casi lo alzó para impedir así que lo retrasara. Ante ellos había una larguísima escalera que subía y con cada escalón, el muchacho sentía un mal presentimiento cada vez más fuerte.


Como bien había indicado su majestad, ya tenían a la vista el castillo y poco les faltaba para llegar. Kirishima había tenido la prudencia de aterrizar para hacer los últimos kilómetros a pie. Sobre los árboles, se movían con habilidad. El rubio lideraba el pequeño grupo con la sensación de ser observado. Y así era. Un crujido a destiempo lo hizo detenerse y perderse sobre la copa de un árbol cercano al sonido. Después volvió sobre sus pasos y les indicó a sus compañeros que subieran tras él.

-Hay soldados en los alrededores. Armados.

-¿No van a atacarnos? –preguntó la muchacha apretando el nudo de su capa por los nervios. El pelirrojo lo pensó un momento y susurró:

-Creo que esperan que lleguemos hasta allí… nos habrán preparado una trampa. Toru, desvístete. No creo que sepan que también vienes con nosotros. Eres la única ventaja que tenemos, además del hecho de saber que algo anda mal.

-Entendido –obedeció y rápidamente se encontró desnuda. Kirishima guardó su ropa con una sonrisa tímida.

-¿Qué hacemos, Bakugou?

-Sería más prudente que no se dieran cuenta de nuestro avance, pero quizás sea demasiado obvio –el rubio dudaba. -No iremos como para que no nos oigan, hay que confundirlos un poco para ganar tiempo y llegar con algo de ventaja. Y lo más importante, la presencia de Hagakure debe ser un secreto. ¿De acuerdo? –asintieron con un gesto y se pusieron en camino.

Caminaron sobre los árboles, separados para desorientar a los soldados. Tarde o temprano avisarían de su llegada pero cada minuto contaba.

La puerta ante ellos, cerrada, no impidió su entrada. Como de costumbre, no la usaron. El pelirrojo cargó disimuladamente a la joven, ella no tenía la misma habilidad y un paso en falso la delataría. Se ocultaron de la vista en una callejuela desierta.

-Tenemos que acercarnos todo lo posible, ¿y si vamos por los tejados?

-Estaríamos muy a la vista -exclamó impaciente el rubio: -cualquiera asomado a una ventana podría alzar la vista y vernos.

-Puede que lo más sensato sea recorrer las calles, lástima que no las conozcamos demasiado -el de ojos rojos dio la razón a su amigo, que agitó la cabeza para apartar un mechó rubio de la frente. Empezaron entonces a caminar, esquivando a las personas y avanzando lentamente. Bakugou se impacientó por el ritmo, pero guardó silencio. Poco a poco se hacía cada vez más grande la imponente estructura.

-Ya casi estamos -el pelirrojo volvió a cargar con ella y entraron por un lateral, al patio de armas.

-¡Lo logramos! -bajó de él de un salto y tiró sin querer una pila de armas apoyadas en la pared. El ruido fue ensordecedor en el silencio de la mañana. Los guardias que había allí se acercaron al hueco donde normalmente se guardaban las cosas para encontrarse a los dos demonios ya en tensión:

-¡Corre! -susurró el jefe demonio a la chica, que se alejó en silencio sintiéndose muy tonta.

-¿Qué hacemos?

-¿Un poquito de espectáculo? -sonrió haciendo explotar sus manos. El otro agitó la cola con fuerza y enseñó los colmillos.

-Estaba deseando que lo dijeras.


El sol cegó a Midoriya cuando salieron por la enorme escalera a una pequeña habitación con el sol entrando por las ventanas. El rey se había cansado de gritarle que anduviera más deprisa, al final se había limitado a arrastrarlo cuando tropezaba o le fallaban las fuerzas.

Atravesaron una enorme puerta y el aire fresco de la mañana despertó, alivió y consoló al muchacho. Necesitaba mucho respirar aire que no estuviera viciado. Miró a su alrededor tratando de ubicarse: parecía uno de los laterales, una de las torres que rodeaban el patio de armas. Se oía jaleo y ajetreo pero no le dio importancia, por la mañana todos los lugares del pueblo bullían.

-Dime una cosa, chico -el rey se giró hacia él y lo miró. Izuku alzó la vista pero el hombre estaba a contraluz y no pudo leer su expresión. -¿cómo crees que se sentiría ese demonio rubio si te viera morir en mis manos? -guardó silencio, esperando su respuesta. Con la garganta seca, intentó encontrar su voz:

-Vete al infierno -ya no le importaba nada. No quería que lo viera triste o asustado. Si tenía que pelear por su vida y por la del rubio, la de todos los que fueran allí en su busca, sería valiente y fuerte.

-Un infierno es en lo que esa criatura está convirtiendo mi castillo -lo hizo ponerse de pie y se acercaron a la barandilla. Entre los soldados que gritaban, los sirvientes que corrían y el humo, se vieron recortadas dos siluetas. Una de ellas, con capa y mucha presencia, provocaba explosiones mientras avanzaba gritando y riendo. Su pelo rubio ondeaba al viento y, aunque no podía ver sus ojos, sabía que estarían emocionados, con ese tono brillante que le provocaba la adrenalina.

-No puede ser… -susurró para sí. Le habría gustado que no fuera real. Por supuesto una parte de sí mismo se alegraba de que hubiera ido a por él. Pero la otra, demasiado asustada por lo que pretendía el rey, habría preferido no verlo allí.

-Todo ha ido bastante bien, tengo que reconocer que es una criatura poderosa. Lástima que deba morir -rodeó al chico con un brazo, apretando su cuello. El de ojos verdes se mordió el labio para no hacer ningún sonido. No le daría ese placer. Sintió cómo apretaba más, dejándolo sin aire. Aún así resistió. Después le aflojó el agarre para cambiar de postura y retorcerle el brazo. Aquel dolor agudo era más difícil de soportar y un leve gemido escapó de su boca. No fue suficiente, había demasiado jaleo en el patio y las explosiones continuadas ahogaban cualquier sonido.

-Tendré que ayudarte un poco -el hombre tomó aire y llamó al rubio, con un grito contundente que pareció helar a los presentes:

-¡Bakugou! -el aludido alzó un momento la cabeza y buscó con la mirada al que había mencionado su nombre. Al principio la silueta le pareció deforme, no reconoció a ninguno de los dos. Poco a poco dio unos pasos en su dirección y empezó a ver formas más concretas. El humo se fue diluyendo con la brisa mañanera. Y ya no solo distinguió la silueta del rey, sino otras más contra su cuerpo. Sus pupilas se dilataron para contraerse enseguida en forma de fina línea.

-Deku… -Kirishima lo escuchó y miró también para ver si era cierto. El rey tenía al chico agarrado por el cuello y por su expresión, debía estar apretando fuerte.

-¡Deku! -empezó a hiperventilar. No era capaz de controlarse. Sus ojos se encontraron con los del muchacho y este, apretando los dientes un poco, le dedicó una sonrisa. Esa que odiaba. La que no llegaba a sus ojos. La que era para los demás, con ella trataba de darle valor a la otra persona o de aliviar sus preocupaciones. Porque incluso en una situación como aquella, se preocupaba por él más que por sí mismo. Se dispuso a ir hacia él, apretando los dientes para no convertirse allí mismo y devorar a ese canalla cuando de repente sucedió. Algo agarró al rey y le hizo una llave que conocía bien: la había visto enseñar en la aldea muchas veces, era su amigo pelirrojo el que lo hacía.

-Toru -se prometió darle las gracias en cuanto tuviera ocasión de hablar con ella.

La joven aprendió aquel movimiento de memoria y lo practicaba siempre que podía. Estaba pensada para usarse contra oponentes mucho más grandes y la clave era pillarlos por sorpresa. Los había visto en cuanto habían salido y se precipitó por las escaleras que había cerca para llegar. No la oyó y en un instante logró que soltara al chico. Lo que no había calculado era hacia qué dirección y en lugar de quedar en el suelo junto a ella, se precipitó por la barandilla baja de piedra en dirección al suelo.

Izuku ahogó un grito y cargó uno de sus brazos para golpear el suelo y amortiguar el impacto. Su cerebro no le permitía pensar en ninguna otra alternativa. Apretó los dientes pero en un pestañeo se vio rodeado por unos brazos y un olor que conocía bien. Bakugou había corrido más que en toda su vida y saltó en el momento que hacía una explosión. Agarró al muchacho en el aire y lo apretó contra su cuerpo mientras se preparaba para rodar en el suelo y protegerlo del golpe. Se golpeó en el hombro y lo asaltó un dolor fuerte pero no le hizo caso, su mente estaba pendiente del giro y de no aplastar al otro con su peso. Dieron unas cuantas vueltas y se llevaron por delante un objeto no identificado antes de perder velocidad y parar. Se quedó boca arriba, sin aliento y con el hombro muy dolorido, dislocado quizás. Gracias a la divina providencia, aún conservaba suficiente fuerza para seguir apretando al chico, que alzó la cabeza mareado y desorientado.

-Deku… mi deku… -alzó el otro brazo para acariciar su pelo y su mejilla suavemente. Sonrió y murmuró: -creí que no volvería a verte -esa frase pilló por sorpresa al aludido. No era nada habitual que el demonio expresara sus sentimientos de forma tan abierta. Pero le gustó y tomó aire para decirselo pero la voz del pelirrojo lo interrumpió:

-¡Bakugou cuidado! -los soldados habían empezado a rodearlos y el rey había desaparecido de la vista:

-Tenemos que salir de aquí -le dijo el rubio mientras lo apartaba para ponerse de pie. -Y me temo que no podremos hacerlo sin pelear -agregó, tirando de su brazo con un movimiento brusco para recolocárselo. Ahogó un grito de dolor y sonrió, con el rostro crispado. Los soldados se acobardaron un poco, aquél ser no parecía de este mundo. Bakugou se crujió los nudillos y sonrió enseñando los dientes y sus colmillos mientras, con un gesto sutil, colocaba al muchacho a su espalda.

-Veamos de qué están hechos los soldaditos del rey -rió con histeria y se arrojó sobre el que más cerca le pillaba, tomándolo por sorpresa.

Continuará…


¿Cómo acabará esta historia? El próximo capítulo será el último.

Gracias por leer :3

Por cierto, si me dejáis algún review me haréis sentir muy feliz y traeré muy prontito el capítulo.