Cuando cruzó las puertas correderas, con la maleta a rastras, su padre fue lo primero que vio. Y el modo en que se le iluminó la cara al Sheriff en cuanto vio a su hijo, fue como recibir una bocanada de oxígeno puro.

Stiles sonrió al hombre. Una sonrisa de verdad.

Jamás habría imaginado que llegara a echar tanto de menos estar en casa. Y menos cuando los ánimos con los que se marchó no es que fueran de los más alegres.

Stiles se fundió en un abrazo con su padre, dejando la maleta olvidada. Sólo se separó de él cuando varios carraspeos insistentes les indicaron que estaban en el medio de la fila, obstruyendo el paso.

Con una sonrisa de vergüenza, John se apresuró a coger la maleta y avanzar un par de metros. Pero en cuanto llegaron a una zona menos atestada de gente, procedió a repetir la acción de antes, como si fuera un deja vu.

Salvo que esta vez se percató de la escayola de su hijo, parcialmente tapada por la cazadora. Y apenas la vio, la sonrisa se transformó en una mueca de horror.

- ¿Qué te ha pasado?

- No es nada, papá. Me caí haciendo el tonto.

- ¿Y por qué demonios no me llamaste? – puso su cara patentada de padre barra Sheriff cabreado.

Stiles soltó un breve suspiro. Hubiera deseado que la calma durara un poco más.

- Porque no habría cambiado nada. Sólo te habría preocupado, y no me apetecía, la verdad.

- ¿Y dónde te curaron? ¿En el hospital?

- No – dijo al fin, pero muy tentado de mentirle – Había un médico muy bueno que conocía Derek y…

La frase quedó interrumpida de golpe.

Lo triste es que ni siquiera pensó que podría ocurrir algo así, hasta que no se encontró con el pastel.

Pero apenas dijo el nombre de Derek… En cuanto oyó su nombre saliendo de sus labios… fue como si se quedara sin respiración.

Y pese a que no había dejado de pensar en él durante todo el vuelo, oír su nombre ahora, tan lejos de donde estaba su dueño, le dejó una sensación horrible.

Porque por primera vez, era consciente de que a partir de ahora, su nombre sería lo único que tendría de él. Que su recuerdo sería lo único que nadie podría quitarle. Todo lo demás: su rostro, su olor, su sabor, el tacto de su piel, el sonido de su voz… Todo eso se había perdido para siempre.

Por fortuna (o por desgracia), al Sheriff no le pasó desapercibida la reacción de su hijo.

Y por ello, no le obligó a que se siguiera explicando.

Lo que hizo fue coger la maleta, y caminar en dirección al parking, con Stiles a medio metro de distancia.

- No hacía falta que vinieras a recogerme - Comentó Stiles cuando ya se habían subido al coche patrulla – Podría haber cogido el tren.

- Habría sido muy pesado – explicó el hombre, saliendo ya a la autopista general – Y me apetecía venir a buscarte.

- ¿No tenías que trabajar?

- Me he pedido el día libre – explicó con la vista fija en la carretera. Pero entones llevó una mano hasta la rodilla de su hijo, y la apretó con cariño.

Y aquel gesto sobrecogió de tal manera a Stiles, como no creía que fuera posible.

No era ni mucho menos la primera vez que su padre le apoyaba por medio de acciones que aparentemente no tenían importancia. Eran detalles que la mayoría de las veces, sobre todo con el paso del tiempo, llegó a considerar ñoñas y que ya no tenían sentido. Que eran casi ridículas.

Pero cuando ocurrían Stiles se alegraba de que, a pesar de no ser un niño pequeño, su padre a veces siguiera tratándole como si lo fuera. Y que nunca se cansara, de tanto en cuanto, de recordarle que le seguía queriendo y que no se avergonzaba de demostrarlo.

Y tener de nuevo esa prueba, tan palpable, fue como quitarle un peso de encima. O, más bien, como recordarle algo que creía olvidado.

Porque en los últimos meses, había dudado de que siguiera existiendo esa complicidad entre los dos. Una que sabía no era nada común entre el resto de compañeros de clase; casi entre el resto del mundo. Porque al parecer, que un padre le recordara a su hijo cuánto le quería, era algo vergonzoso. Y cuando un hijo le decía a su padre que también le quería, era tildado de la cosa más ridícula de todas… Y aun así Stiles nunca dejó de hacerlo. Porque en el fondo sabía que lo que el resto del mundo sentía al verle actuar así, era pura envidia. Por saber que jamás tendrían una relación tan especial, cercana y cómplice, como la que ellos tenían.

Pero durante semanas esos gestos desaparecieron… Primero porque había cosas más importantes por la que preocuparse, como monstruos, asesinos y compañeros perdidos; y después porque parecía que su relación padre/hijo había llegado a un punto de inflexión.

Y durante ese tiempo, Stiles estaba aterrorizado pensando que ya nada sería como antes…Que el hecho de que no le creyera a pies juntillas la primera vez que le mencionó la existencia de los hombres lobo, significaba que jamás podría volver a confiar en él. Que jamás podría quererle como le había querido desde que tenía memoria.

Y ahora, con la mano de su padre todavía firme sobre su rodilla, se dio cuenta de cuán equivocado estuvo.

Sin dudarlo un segundo, Stiles colocó la mano del brazo bueno sobre la de su padre, apretándola con fuerza. Y cuando empezó a temblar, a causa de las ganas de echarse a llorar pero luchando por intentar controlarse, fue el mayor de los Stilinski quien no lo dudó.

Echándose a un lado de la carretera, paró en el arcén. Y apenas estuvo el coche parado, sin apagar siquiera el motor, se giró en su asiento para abrazar a su hijo.

- Está bien – susurró cuando Stiles se refugió en sus brazos – No pasa nada, hijo. Llora cuanto quieras.

- Lo siento mucho – gimió el chico en su cuello, empapándole en cuestión de segundos.

- Por qué. ¿Por ser tan torpe y estar siempre cayéndote? – trató de hacerle reír.

- No. Por haberme olvidado de que eras el mejor padre del mundo.

- Stiles…

- No debí enfadarme porque no me creyeras a la primera. Tenía que haberme dado cuenta de que era algo imposible de creer. Y que eso no significaba que no confiaras en mí.

- Nunca dejaré de confiar en ti – le aseguró con voz grave – Eres el chico más listo que conozco.

- También el más torpe – sonrió esta vez Stiles.

- También el más torpe – admitió el Sheriff – Pero sí que siento no haberte creído a la primera.

- No pasa nada – se limpió las lágrimas como pudo – Te perdono.

El hombre sonrió con ternura, dándole un beso en la frente. Pero no se movió de su sitio. Porque pese a que se veía que su hijo estaba mejor, sabía que no había soltado todo lo que tenía dentro.

Y no sería el mejor padre del mundo del que tanto presumía su hijo, sino se aseguraba de que lo hiciera.

- Intuyo que la visita no fue como esperabas.

Stiles negó tras varios segundos de silencio.

- No van a volver, ¿no?

- No quieren… Der… Él no quiere.

- Lo has intentado – intentó animarle - Nadie podrá echarte en cara que al menos lo intentaste.

- No es eso… No lo entiendes.

- Lo entiendo perfectamente, hijo – dijo con calma, sonriendo – Verás. Hay ciertas cosas para la que los padres tienen una especie de, sexto sentido.

- Qué se supone que significa eso.

- Significa que muchas veces me doy cuenta de cosas que a lo mejor al resto del mundo le pasan desapercibidas – dejó varios segundos de pausa - ¿Quieres saber de lo que me di cuenta yo?

Stiles parpadeó varias veces a modo de respuesta.

- Que desde hace un tiempo… Casualmente desde que a tu mejor amigo le mordió un hombre lobo… aunque por aquel entonces yo no sabía eso… El caso es que desde hace casi dos años, siempre que hablábamos, había un nombre aparte del de Scott, que repetías sustancialmente más veces que el del resto de gente. ¿Sabes qué nombre era?

- No.

- Derek.

La punzada al oír de nuevo ese nombre, fue tan fuerte como la primera.

- Y qué tiene que ver eso con lo del sexto sentido.

- Pues que enseguida me di cuenta, que lo extraño no era que mencionaras su nombre unas mil veces más que la del resto de tus amigos juntos… Sino que cuando decías su nombre, lo hacías de un modo extraño. Como si supieras que no debías decir su nombre, pero te resultaba imposible no hacerlo.

- Eso no es nada extraño. Por aquel entonces él estaba acusado de asesinato. Y ya le habías detenido una vez y…

- Y decías su nombre, exactamente del mismo modo en que yo decía el nombre de tu madre, cuando hablaba con mi padre.

- Yo…

- Tranquilo – se apresuró a decir en cuanto vio que Stiles se había quedado sin habla - No voy a tener esa charla sobre los chicos y las relaciones… Creo que ya eres bastante mayorcito para ello.

- Gracias – sonrió tímidamente.

- Debo intuir que fuiste allí para hablarle de tus sentimientos.

- No… Mis sentimientos no eran ningún secreto para nadie.

- Oh… ¿Dijo algo que no debía?

- Qué… No, no. Nada de eso. Créeme, él fue muy considerado con… mis sentimientos.

- ¿Entonces?

- Digamos que llegué diez años tarde – respondió con voz cansada - Y que ya hay otra persona que ocupa todo su interés.

- Entiendo.

Stiles soltó un suspiro ahogado.

- Stiles… Sé que ahora mismo hay poco que pueda decirte que te ayude a sentirte mejor. Que piensas que nunca vas a superar esto, y que la vida es un asco pero… créeme. El tiempo lo cura todo… Y aunque creas que no hay nadie como él…

- No hay nadie como él.

- Hijo… El primer amor siempre es difícil de superar pero…

- No, no lo entiendes – su voz recuperó un poco de energía - No hay nadie como él. Literalmente. No es sólo el hecho de que sea increíblemente atractivo, y que tenga un cuerpo de escándalo y ese toque de tío peligroso y duro que hace que sea aún más sexy y que haría que hasta una monja se derritiera – explicó sin respirar y sin sentir remordimientos por ser tan descriptivo con su padre - También es la persona más extrañamente divertida que he conocido jamás pero… Por si eso fuera poco, además tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Y no me refiero a que sea una persona tierna y atenta que está preocupándose por los demás y que siempre se pone en el último puesto, como si él no importara nada y el resto del mundo sí. Me refiero a que es como un gigantesco osito de peluche… Y las ganas de abrazarle hasta asfixiarle son…

- Encontrarás a alguien que te haga superarlo. Aunque no lo creas.

- ¿Y si no quiero superarlo? – replicó con dolor - ¿Y si quiero que siga estando ahí? Que siga doliendo para así no olvidarle. Porque sé que es él o nadie…

John miró con infinita tristeza a su hijo durante casi un minuto.

- ¿Te hablé alguna vez de la primera chica de la que me enamoré?

- Qué.

- Ya me has oído.

- Fue mamá. Me lo contasteis un millón de veces. Fue amor a primera vista.

- Pero ella no fue la primera chica de la que me enamoré.

- ¿Ah, no?

- A ella la conocí en la universidad. Pero esta chica de la que te hablo, la conocí aquí, en el instituto de Beacon Hills. ¿Sabes quién era?

Stiles negó, los ojos muy abiertos.

- Melissa McCall.

- ¡Qué!

- Ella era la capitana del equipo femenino de beisbol. Y era con diferencia la chica más guapa y lista de todo el pueblo… Y en cuanto la vi el primer día en clase, me enamoré perdidamente de ella.

- ¿En serio? ¿Qué pasó?

- Pues que un día reuní el valor suficiente para pedirla que me acompañara al baile. Pero llegué tarde, porque ya se lo había pedido Scott McCall Senior. Y cuando les vi llegar juntos a la fiesta, tan perfectos y felices, pensé que jamás lo superaría. Que había perdido la oportunidad de estar con la mujer de mi vida… ¿Sabes qué pasó después? – Stiles volvió a negar - Que decidí irme a la otra punta del país para intentar olvidarla. Y en Nueva York conocí a la mujer más preciosa, inteligente y divertida de todo el mundo…

- Mamá.

- Cinco años después, cuando regresé a Beacon Hills, descubrí que Melissa y Scott se habían casado. Y lo que unos cuantos años atrás me habría parecido algo horrible, entonces lo vi como una buena noticia. Porque ella era y siempre sería una gran amiga, así que me alegré por ella. Pero lo más importante, era que a mi lado tenía a tu madre.

- Pero Melissa se divorció y… – se mojó los labios, su vena curiosa más despierta que nunca - ¿Nunca te arrepentiste? ¿Nunca te preguntaste qué habría pasado sí…

- Claro que no. ¿Qué sentido tendría imaginarse algo así? – preguntó extrañado - Sólo podía pensar que si no me hubiera marchado a Nueva York, jamás la habría conocido – su sonrisa se tornó triste entonces. Como ocurría cada vez que pensaba en Claudia - Y puede que nos la arrebataran antes de tiempo pero… Jamás me arrepentiré de haber compartido esos años con ella. Porque fueron los más felices de toda mi vida – amplió la sonrisa al mirar a su hijo - Y si no hubiera sido por ella, jamás te habría tenido a ti… Y una vida sin ti, sí que no puedo imaginármela.

- Joder – Stiles ya estaba volviendo a llorar como una magdalena - Se supone que tenías que ayudarme a que me sintiera mejor… No acabar llorando tú también.

- Lo siento – rió y lloró a la vez - Ya sabes que siempre he sido un sentimental.

- Menudo Sheriff – entornó los ojos, ganando con ello una leve colleja de su padre.

- Te propongo una cosa – dijo John Stilinski con un tono más jovial - Tenemos unos doscientos kilómetros de camino hasta llegar a casa. Durante ese tiempo, lloraremos y maldeciremos al mundo por ser tan cruel, que permite que estemos solos cuando debería haber una cola de solteros a las puertas de la residencia Stilinski, peleándose por conseguir a dos tíos tan increíbles como nosotros… Pero en cuanto lleguemos a casa, se acabó el sufrir y el lamentarse. ¿De acuerdo?

Stiles digirió la parrafada de su padre, y asintió con cautela.

- Lo intentaré.

- Tal vez te levante el ánimo un par de pizzas, y ver el maratón de Star Wars. Hace mucho de la última vez que hicimos algo así.

- ¿En serio?

- Claro – hizo amago de darle un puñetazo en la mejilla - Nos lo tenemos merecido.