Holaaa de nuevoo

Lo prometido es deuda asi que aqui está el cap.

Este capitulo será mas largo que el anterior y bueno...espero que lo disfruten tanto como yo lo disfruté volviendo a leerlo jaja

Sin mas que decirles a leer!


PELIGRO

No es sino hasta que Jakotsu suelta un gruñido que suena a mi nombre que me doy cuenta que no he escuchado nada de lo que ha dicho. Doy un respingo apretando el bolso contra mi costado por automático, oigo los latidos de mi corazón y nuevamente siento la necesidad de llorar.

Tras cinco tortuosos segundos logro contener el impulso y recomponer un pésimo intento de sonrisa de disculpa, el pelinegro entorna los ojos mientras se cruza de brazos, oigo el golpeteo de su zapato contra el suelo de su taller y me pregunto si hace mucho que no le pongo atención.

Me respondo que sí porque mis pensamientos se han quedado estancados en un punto en concreto: Sesshomaru.

Darme cuenta que todavía estoy enamorada de él me ha dejado una marca en el interior, una herida punzante que arde como si me desgarraran con un arma de filo dentado. A lo mejor suena exagerado pero no se me ocurre ninguna otra analogía.

Así es simplemente: Sesshomaru Taisho me duele.

Y mucho.

Cierro las manos entorno al asa de mi bolso para que ninguno de los tres note los temblores.

Han pasado apenas cinco días que me han parecido años, las horas por el día se me van lentas y tortuosas mientras que por la noche las llamadas de Sesshomaru que nunca llegan me vencen hasta que caigo rendida en el piso del baño para llorar en silencio.

Kohaku se ha abstenido de enfrentar mi actitud evasiva, estoy segura que lo adjudica a los nervios naturales de cualquier persona que tiene tres semanas y media para unir su existencia a alguien.

-¿Y bien?—Jakotsu resopla debajo de su fleco negro enarcando una ceja.

Esa es una excelente pregunta porque no estoy segura de conocer la respuesta. Me gustaría buscar apoyo pero Hojo no ha dejado de mirarme fijamente como si quisiera taladrarme la cabeza.

Por fin, Aome espabila y brinca en mi salvación.

-Las aves me gustan—dice tomando al chico del antebrazo, lo gira en dirección a una de las estatuillas en exhibición.

-Unas a pequeña escala quedarían perfectas para el centro de la mesa principal o de regalos—agrega moviendo las manos en torno a la silueta de la escultura.

Ah, de eso hablaban.

-¿Qué tiene de malo este tamaño?—refunfuña el artista curveando las comisuras de los labios.

-Es muy grande—evidencia Aome señalando el ave de cuarenta centímetros. En eso creo estar de acuerdo.

Ambos se enfrascan en una discusión que tiene que ver con la estética y la necesidad de que una pareja de aves gigantes no nos cubran a Kohaku y a mí del resto de los invitados.

No estoy segura, hasta donde recuerdo los centros de mesa estaban a cargo de Aome (como todo lo que tiene que ver con flores), mi madre lo eligió de un catálogo que la madre de mi amiga le envió por e-mail. Me parecía que estarían hechos de rosas blancas apretujadas en forma esférica sobre la punta de un delgado tallo de metal blanco de treinta centímetros.

El debate va subiendo de tono hasta que no logro comprender lo que dicen, la cabeza comienza el normal dolor con el que he estado lidiando desde hace varias semanas. Además, el que no haya dormido bien no ayuda mucho al malestar, inclusive mi madre me ha dicho que hasta por Skype es fácil notar las ojeras que comienzan a amoratarse debajo de mis ojos (todos los días me recuerdo usar más maquillaje).

Se le nota preocupada en serio aunque hasta ahora he logrado evitar la conversación de seguridad de mis decisiones o el pánico que todos atribuyen a los nervios. Tal como Kohaku.

Me asalta una duda que de pronto se vuelve urgente.

-Jakotsu.

El interpealado se vuelve a mí de inmediato.

-¿El comprador ha vuelto a llamar?

Su gesto evidencia que no esperaba una pregunta como esa, suelta el aire con pocas ganas y asiente, luego se vuelve a Aome para seguir con la discusión que le importa más.

Aome no aparta la mirada de mí.

-¿Qué le dijiste?—insisto. Oigo un resoplido de frustración por parte de mi primo pero, por primera vez, lo paso por alto.

-Que te llamara a ti—dice sin darse la vuelta.

Me muerdo los labios, no podía esperar otra respuesta aunque una parte de mí mantenía la esperanza de que aquella persona perdiera el interés de comprar después de que no le respondiera las más de seis llamadas. Se han quedado en la bandeja de no atendidas junto con las de Aome o mi primo.

Mi necedad se ha vuelto en mi contra apenas descubrí mi inconsciente aversión a la idea de deshacerme de mi (nuestro) departamento. Pero no puedo evitarlo, las piernas comienzan a flaquearme apenas me siento sobre el sofá de Kohaku con la disposición para contactar con el interesado en comprar.

No concibo a nadie más ahí dentro. Pululando por el pequeño salón o mirando televisión en la sala, mucho menos ocupando mi (nuestro) dormitorio. No luego de aquella confesión ahogada en alcohol.

La terrible sensación de sofocación me asalta tan de prisa que me obliga a huir de ahí.

-Voy al baño—suelto al ir de pronto retrocediendo hacia la puerta de madera.

Jakotsu se ha indignado lo suficiente como para no prestarme atención (pese a que soy yo la que carga el cheque con su paga), Hojo me sigue con la mirada y mi amiga entorna los ojos con preocupación.

-¡Oye!—el chico salta al frente. Al parecer me equivoqué—Necesito un croquis del salón para saber dónde acomodaré cada figura.

Tardo un segundo en comprender lo que me dice porque me urge más apartarme de ahí.

-Yo me encargo, Rin—dice Aome tirando de la playera sucia del moreno—De todas formas tú no sabes nada de decoración y estas cosas deben estar en armonía con los ramilletes.

-¿A qué le dices "cosas"?—gruñe Jakotsu olvidándose de mí.

Aprovecho ese momento para empujar la puerta corrediza y apresurarme fuera del taller. Oigo el zumbido de mi teléfono y doy un salto.

Tanteo torpemente dentro del bolso hasta que lo encuentro; el alma me vuelve al cuerpo cuando descubro que es la boutique donde hice cita, sin embargo, esa escasa tranquilidad se evapora en cuanto mi cabeza me recuerda lo que implica.

La inseguridad me aguijonea porque todavía soy incapaz de decidir qué es lo correcto para todos aquí, ni siquiera para mí. Mis deseos se quedaron estancados en el egoísmo, de eso es lo único que estoy segura.

Y no me gusta porque terminaré rota otra vez.

-¿Kohaku?

Casi tiro mi móvil al escuchar su nombre. Me vuelvo de golpe a Hojo echando de nuevo el aparato al bolso.

-No—musito de inmediato, a la defensiva-¿Por qué sería él?—mi voz tiembla con pánico.

Los ojos oscuros de mi primo se afilan levemente con astucia.

-Por nadie más reaccionarias de esa forma—sentencia. Quiero ponerle mala cara pero tiene razón pese a que no dio la respuesta obvia: Kohaku será mi marido, no es anormal que me llame por teléfono.

-¿Cómo?—titubeo.

-Como si le tuvieras miedo—enarca ligeramente la ceja como si estuviera frente a una víctima de violencia. Si la garganta no me ardiera ahora mismo podría hasta echarme a reír con la ocurrencia.

-No le tengo miedo—miento aún así. La verdad es que estoy aterrada y sobre todo, avergonzada.

Hojo se encoge de hombros con frialdad.

-El baño está del otro lado.

-¿Qué?—parpadeo un par de ocasiones. Mi primo resopla fastidiado, está claro que él (y probablemente nadie) se tragó mi historia.

Tras un par de minutos que Hojo ocupa para mírame fijamente, da unos pasos al frente jugando con las llaves de su auto, va a pasarme de largo para llevarme (como todo un chofer obligado) a la siguiente parada pero lo detengo a tiempo.

-¿Qué?—pregunta de golpe.

Me muerdo los labios vacilando lo que estoy a punto de pedirle, luego me convenzo de lo estúpido que sonaría y me abstengo, lo suelto y me echo a andar sin preocuparme por darle una explicación lógica a mi comportamiento.

Ya nada en mi vida la tiene. ¡Qué más da!

Además suplicarle a Hojo que me abrazara sería la mejor forma de caer de rodillas y llorar.

Otra vez.


La sonrisa que me dirige la vendedora es la más amigable que he recibido en mucho tiempo. Y es falsa. Es la misma mueca que les dedica a todas las entusiastas novias que transpiran felicidad mientras firman la factura del vestido que usarán en el día más feliz de su vida.

Cambio el peso de mi cuerpo varias veces, exasperada por la lentitud de la dependiente mientras me va explicando los términos de compra, me perdí la mayoría a partir de que comenzó a hablar de los arreglos. Está claro que ningún vestido está hecho para alguien así que me limito a esperar que Tsuyu esté poniendo más atención que yo a la exposición, solo así sabré con exactitud los días en que tendré que presentarme ante la modista.

Cuando por fin tengo la oportunidad, estampo mi firma en el recibo, busco un cheque de entre los que Kohaku rubricó para mí y se lo entrego.

No estoy muy segura si la cantidad es excesiva.

Kohaku está pagando casi todos los preparativos pese a que la tradición dicta que tiene que correr a cargo del padre de la novia. Sin embargo, es tan obstinado y orgulloso que prefirió utilizar sus ahorros y combinarlos con los míos (que no son tantos) para balancear un poco la situación.

El resto, está a cargo de sus padres y los míos (en secreto prácticamente).

Pese a ello, él no se ha opuesto ni una sola vez a alguna excentricidad que se me llegue a ocurrir, supongo que es porque solo han sido dos: la mesa de chatarra y las esculturas a cargo de Jakotsu.

Sirvió mucho que Jakotsu fuera amenazado por Hojo para controlarse al momento de cobrar. Ya mucho era que los invitados fuesen a "admirar" su trabajo.

Resoplo llamando la atención de Tsuyu.

-El que elegiste es precioso—dice con emoción. Trato de sonreírle antes de asentir.

Al final me quedé con la opción número uno porque…no hubo más y el tiempo apremia.

Luego del percance con Sesshomaru y de que saliera huyendo de entre sus brazos, me negué a recorrer las tiendas como si hacerlo fuera a retrasar la boda.

Los labios me tiemblan mientras nos dirigimos hacia la salida, fijo los ojos en los ventanales: afuera mis primos charlan animadamente, al menos Hakkaku y Eri (que ni loca se inmiscuye en algo tan banal como un vestido de novia). Amari simplemente está apostado contra el auto al lado de Hojo. La escena de los dos castaños, serios y aburridos, juntos contra la carrocería es bastante cómica pero no me acuerdo como reír.

El bochorno de medio día me golpea de lleno el rostro cuando salimos, me recuerda el calor que emana del cuerpo de Sesshomaru.

La piel me arde como si todavía estuviera atrapada entre la pared y su torso; recordarlo me estremece.

Acordarme de mis manos bajando por los botones de su camisa, botándolos uno a uno mientras él me sostiene las mejillas, repasando con la lengua el contorno de mis labios me causa un estupor tan poderoso que podría desmayarme.

Sigo caminando hacia mis despreocupados primos que hablan sobre a dónde iremos a comer o si pasaremos por la abuela Kaede antes…

Mis memorias siguen palpitándome, doliendo conforme van tomando color dentro de mi cabeza, puedo verme derramar las lágrimas que él enjuga con los pulgares, también como besa el camino húmedo dejándome un amargo aroma a vodka.

Siento sus manos sobre mis hombros, deteniendo el temblor en ellos mientras Sesshomaru se aleja lo suficiente para que pueda contemplar sus ojos vagos, nublados por la embriaguez y una sensación más profunda que me da miedo pensar.

Tsuyu salta a los brazos de Amari, colgándosele al cuello al hundir el rostro en su pecho, despreocupada porque su novio no la abrace inmeditamante, sino que simplemente se deje hacer. La sonrisa de la castaña es genuina aunque la felicidad podría ser excesiva: da la impresión de no haberlo visto en años en lugar de haberse separado apenas veinte minutos.

Me muerdo los labios al ver venir la asfixia que baja hasta mi pecho. Algo muy parecido a lo que experimenté cuando Sesshomaru hizo ademán de arrodillarse.

Quiero llorar así que me detengo en medio de la acera antes de comenzar a hacerlo.

Aquél acto tan bonito quedó relegado al miedo y el resentimiento. Porque ahí, en los escasos segundos mientras él se inclinaba, descubrí que no podía dejar que siguiera así.

Mis piernas me tiemblan como esa noche, justo cuando le murmuré nuevamente lo mucho que me dolía su simple presencia, mintiéndole al decirle que lo odiaba y luego, simplemente salir huyendo.

Él no me siguió, supongo que su atención estaba demasiado turbada por el alcohol como para moverse adecuadamente y ser más rápido que yo.

Lo dejé arrodillado en medio del dormitorio mientras escapaba de vuelta a casa de Kohaku para fingir que solo estaba nerviosa por el compromiso.

Siento una punzada en el pecho que llega a ahogarme. Es tarde, ya estoy llorando.

-¡Rin!—Tsuyu se alarma, se suelta de Amari para acercarse a mí.

Al instante las risas de mis primos se acallan y soy consciente que me están mirando.

-Lo…siento—balbuceo pasándome las manos debajo de los ojos.

-¿Estás bien?—pregunta Eri. Hakkaku rueda los ojos.

-Es obvio que no—le dice-¿Qué te pasa?—ahora se dirige a mí.

Hojo tensa la mandíbula, parece estar conteniéndose para decir algo así que prefiero evitar mirarlo.

Busco dentro de mi arsenal de mentiras, he dicho tantas que alguna me podría servir, pero no hallo ninguna lo suficientemente buena en este momento.

Quisiera decírles la verdad.

-¿Rin?—Tsuyu me mira intensamente, me recuerda mucho a Mizuki. Supongo que ella es la representación de mis amigas en este momento dado que ellas no están presentes.

-Es solo que…-carraspeo antes de continuar—Está pasando muy…rápido.

Eri sonríe de lado soltando una carcajada.

-Pero si eras tú la que hablaba todo el tiempo de casarse con ese Taisho.

-Eso fue hace años—replica Amari en tono calmo. Me sorprende que lo recuerde aunque para nadie que me conociera era nuevo que estuviera enamorada de Kohaku.

-¿Y qué?—mi prima se encoge de hombros—Si quieres casarte, cásate. Si no, no lo hagas.

La simpleza de su argumento resulta arbumadora.

Hakkaku decide quedarse fuera del drama femenino para golpear a su hermano menor y llamar su atención.

-¿Segura?—me pregunta Tsuyu, quedito.

Asiento una vez incapaz de hablar de nuevo. Cuando mis ojos se encuentran con los de Hojo descubro que él es el único que parece saber la realidad. Me asusta que así sea de modo que, de nuevo, rehuyo sus ojos.

-¿Y?—Hakkaku sonríe maliciosamente-¿Cuándo te casarás tú, Amari?

Tsuyu se sobresalta, sus mejilla se han coloreado en un momento, el interpelado evita la mirada malévola que le lanza su hermano, ha dado un ligero respingo y los brazos se le aprietan contra el pecho.

-Eri es la mayor—dice con firmeza. Hakkaku se ríe al ver el resultado de su broma.

-Ni su novio querrá quedarse con alguien tan gruñona.

-¡Cállate, tarado!—se defiende ella.

Hojo resopla apartándose del auto.

-Vámonos—ordena—Me están haciendo perder el tiempo.

Inhalo profundo y aunque mi desazón no ha disminuido ni un ápice, al menos el incidente ha quedado relegado como una prueba más de mis nervios hechos polvo gracias a la boda que se avecina. La mía.

Mis primos lo pasarán por alto (al menos la mayoría) y se enfrascará en otra charla.

Espero, sinceramente, lograr distraer mi mente lo suficiente hasta que tenga que recomponer la sonrisa con las damas de honor durante la elección de sus vestidos.


Ayame teclea rápidamente la respuesta para Koga mientras esperamos que Aome y Mizuki salgan del vestidor. Mi amiga pelirroja ha sido la única que no ha tenido ningún problema para meterse dentro del vestido sin ningún drama femenino de por medio.

Me remuevo sobre el sillón plastificado mientras Aya,e, las dos vendedoras y yo escuchamos la larga charla motivacional que están teniendo Aome y Mizuki dentro del probador.

A lo mejor se les ocurre salir en algún momento.

No me opongo a que se tomen su tiempo porque eso me permite un momentáneo respiro a los preparativos que de pronto se han vuelto rutinarios y tortuosos, lo cual es ridículamente irónico porque han sido relativamente escasos.

Apenas me he ocupado de los que necesitan mi atención realmente luego que Kohaku me dejara carta abierta para elegir el resto mientras él pudiera decidir el sitio de la recepción y donde viviremos.

Como respuesta inconsciente a esos pensamientos mi mirada baja al móvil, no ha sonado más y tampoco ha recibido otra llamada de Sesshomaru, evidenciando su poca disposición o peor, que se dio cuenta que dejó que el alcohol guiara sus palabras y acciones por un momento. Seguramente su voz no solo apestaba a vodka sino también a mentiras y falta de sexo.

Suelto una risotada amarga porque él jamás estará escaso de sexo. Sara Asano y hasta Kagura estarían encantadas de ayudarlo a deshacerse del estrés.

Me muerdo el interior del labio con fuerza temiendo sangrármelo en cualquier momento. La garganta me escoce.

-¡Ya basta!—dice Ayame de pronto dejando de lado el celular.

Alzo los ojos a ella agradecida de que hablara, ella tuerce los ojos al levantarse el vestido lo suficiente como para caminar, baja de la pequeña tarima y se encamina con pasos firmes de vuelta al vestidor.

No pasan ni tres minutos para que salga acompañada de Aome y arrastrando detrás de sí a Mizuki.

Las miro desfilar frente a mí y detenerse en línea recta, Aome tira de Mizuki para evitar que se esconda detrás de ella.

Estoy consciente de lo que esperan que haga así que no opongo resistencia a mi rol y finjo analizarlas con mayor detenimiento del que realmente necesito, digo, son mis amigas, creeré que se ven bien con lo que sea que se pongan.

El vestido es el mismo para las tres aunque se le ciña a cada una en distintos sitios, a Mizuki, por ejemplo, en el escote que en ella luce más pronunciado (y es motivo de su avergonzado rostro carmesí) y en Aome, el satín se le embarra en las caderas resaltando sus curvas. A la única que parece irle más proporcionado es a Ayame.

El estilo llega a gustarme, sobre todo el corte griego en el escote en uve que se pliza en pequeños dobleces en el busto. El delicado listón naranja intenso debajo marca la caída del resto de la tela.

Tienen la espalda descubierta totalmente en una forma indirecta de solidaridad con mi vestido blanco.

-Se ven bien—digo al fin.

Aome entorna suavemente los ojos dejando de analizarse a sí misma en el enorme espejo.

Ayame no parece notar mi falta de convicción porque estás más ocupada deteniendo a Mizuki para que no huya de vuelta a su blusa de cuello alto.

-Un peinado alto les vendría bien a todas—dice la más joven de las vendedoras, interviniendo a tiempo antes que la azabache se vaya de la boca.

Tengo que admitir que ha estado bastante silenciosa tomando en cuenta su expresión ya siempre preocupada, un gesto que no va nada para su forma de ser.

Carraspeo tomando la oportunidad de desviar la atención de mí.

-Todas tienen cabello largo—apunto.

-Rin…¿Estás…estás segura que…este vestido…?—Mizuki se muerde los labios atreviéndose a apartar los brazos de su busto. La visión de sus senos medio al aire la hace soltar un gritito ahogado.

-Te ves muy bien—dice Ayame parándose a su lado y dedicándole una sonrisa animada—A Shippo le va a gustar—agrega guiñándole un ojo que solo logra abrumar más a Mizuki.

Ese comentario es más propio de Aome pero la morena sigue con la mirada fija en mí como si quisiera leerme la mente.

El pánico se desata de nuevo al imaginarme que vaya a comenzar a hacer preguntas sobre "el otro hombre".

-¿Qué ocurre Aome?—le digo, el tono en mi voz sonó menos firme de lo que pretendía. Las dos vendedoras se lanzan miradas entre sí—Te va bien.

Aome afila la mirada oscura dando por sentado que está consciente que trato de desviar su atención, sin embargo, inhala profundo y se comporta como se supone que haga. La sensación de culpa me invade de manera muy parecida a cuando esto frente a Shippo: sé que ella también se esfuerza por creerme.

-A mí todo me va bien—replica con un encogimiento de hombros que me sabe a desdén. Me está dando por mi lado y aunque me duele su desinterés me convenzo que es lo único a lo que puedo aspirar.

Me lo merezco.

-Oye, Rin—habla la pelirroja revisando el nuevo texto de Koga mientras se deja hacer por la vendedora que le ajusta el vestido con alfileres-¿Has pensado en el color de los zapatos?

No. La respuesta es clara pero intento vencer mi estupidez y fingir de nuevo.

-Creí que el atuendo lo elegirían ustedes—apenas puedo hablar.

-Ya—alza los hombros como si nada y sigue tecleando. Una de las vendedoras aprovecha la brecha para ofrecer varias opciones de zapatillas.

El móvil vibra dentro de mi bolso y suelto un respingo, me apresuro a buscarlo entre el maquillaje.

No es Sesshomaru.

Frunzo el ceño con más ansiedad que confusión al ver el remitente.

-Rin—la voz de Aome me hace saltar sobre el sofá. Alzo los ojos desviando la llamada-¿Todavía estás segura?

La pregunta me toma desprevenida pese a que he ensayado la respuesta mil veces, preparándome para cuando me la hicieran.

De pronto no sé qué responder, si ser sincera y echarme a llorar en los pares de brazos de mis amigas (y las vendedoras) o recomponer la sonrisa y decirles que todo está pasando tan rápido que no logro asimilarlo.

Cuando en realidad lo único que no acepto todavía es la actitud cretina de Sesshomaru Taisho. Ni sus palabras o su desatinada petición para arruinarme la vida, porque seguro que eso pretende.

-¿De qué?—ahogo una nueva llamada y la morena parece darse cuenta porque no despega los ojos de mi bolso. Aprieta los labios pintados y me da la impresión que decide decir algo distinto a lo que pensaba.

-De mañana—resopla sacudiendo los cabellos.

-Si Rin prefiere tener una segunda cena de compromiso o una pre-recepción en lugar de ver hombres en tanga: déjala—Ayame no parece tener problema para ponerle atención a su charla con Koga y al mismo tiempo escucharnos.

La pelinegra recupera por un instante su normal actitud desfachatada.

-Ya había hecho reservación en una mesa frente a la pista—gruñe.

-Rin tiene sus motivos—le espeta Ayame pasándose las manos por la tela que le recubre la cintura. No ha dejado de analizarse en el espejo.

Mizuki suelta un suspiro de alivio porque tampoco puede con tantas emociones (o la promesa de tener un hombretón bailándole medio desnudo). Ya somos dos aunque mis razones son de otro tipo de calibre que nada tienen que ver con sentir pena.

Cuando el móvil comienza a sonar por tercera ocasión me levanto de golpe alejándome hacia la salida. Ignoro si llamé la atención de alguna aunque estoy segura que sí. Lo último que oigo antes de salir es la petición queda de Mizuki porque se le añada un triángulo de tela a su vestido en la parte del escote.

La tarde está cayendo, no obstante, el bochorno es el mismo. Una capa de sudor me perla la nuca y me hace sentir casi sucia.

-¿Qué quieres?—es la primera vez que le hablo de esa forma a Inuyasha pero honestamente no quiero tener nada que ver con él o…su hermano. Sobre todo con Sesshomaru y sus actitudes que pretenden ser maduras cuando reflejan lo contrario.

Estoy enojada con él también por algún motivo. Casi tan furiosa como herida por su hermano mayor así que ni él, ni nadie, puede culparme por tratarlo con el mismo desagrado con el que él siempre se ha dirigido hacia mí.

-¿Es cierto?—su voz es tajante y casi ansiosa. Supongo que su altivez tampoco lo deja.

-¿El qué?—resoplo sintiéndome cansada.

-Tu despedida de soltera será una especie de recepción previa—ataca.

-¿Y qué si así es?—reto—Inuyasha, en serio, la última vez que me hablaste me metiste en aprietos—digo.

-Sesshomaru irá, lo sabes ¿no?—la entonación es, por primera vez, una especie de advertencia. No entiendo el motivo, preocuparse por su hermano está de más.

Quiero decirle que no me importa, de verdad me gustaría, sin embargo, soy incapaz siquiera de controlar la vibración que me toma desprevenida, aprieto el celular para ahogarlas. De pronto no suena tan mal el reventón de antro con hombres enmascarados que me bailen mientras pretendo estármela pasando genial.

Inhalo hondo una bocanada de aire caliente, me remueve sobre la acera y sin querer mis ojos se cruzan con el interior de la tienda, a través de los maniquíes de los mostradores logro divisar a dos de mis amigas.

Me sube un nudo por la garganta y de inmediato me obligo a seguir con la pantomima.

-Por supuesto que irá—replico recomponiendo un tono falsamente amigable—Es parte de la familia de mi prometido—agrego—También tú estás invitado aunque imagino que ya Kohaku o su madre te lo han dicho.

Inuyasha comprende de inmediato o eso intuyo dado que su respuesta es seca.

-Ten por seguro que así será.

Luego cuelga.

Gruño porque ni con mi estado actual lograré pasar por alto su manera fastidiosa de ser. Me tomo un par de segundos para relajarme y aunque es infructuoso, al menos puedo aprovechar para enjugar las lágrimas antes de que quieras salirse.

Ya no quiero llorar.

Al volverme me pasmo en mi sitio. Aome, todavía dentro del vestido de prueba, me mira fijamente de pie frente a la puerta del local. Debió haber salido apenas yo lo hice así que me atrevo a aliviarme al pensar que la conversación que tuve con Inuyasha no es para nada sospechosa.

La morena separa los labios para decir algo pero de inmediato se calla, su ceño fruncido en una mueca de consternación se acentúa cuando da unos pasos levantándose el largo del vestido.

De pronto sus pupilas me reflejan tanta solidaridad que podría venirme abajo, empero, me forzo a controlar aquél impulso para continuar.

Debo hacerlo. Merezco poder hacerlo. Todos en realidad.

Cuando al fin va a hablar la interrumpo.

-Volvamos adentro, Aome. Todavía no hemos elegido las zapatillas para mis damas de honor.

No espero que ella responda, me encamino de vuelta a la tienda y la paso de largo consciente que su mirada ansiosa me sigue.


Dado que Hojo se negó rotundamente a ser parte de un debate femenino acerca de vestidos tuve que volver en metro. Lo cual, no me molestaría sino porque sin nadie a mi alrededor no hay nada que me distraiga lo suficiente de mi propia mente.

Sesshomaru sigue siendo el eje alrededor del cual todo parece girar. Inclusive, todavía puedo percibir el sabor picante de sus labios y sentir el sabor del vodka en su aliento.

Ese recuerdo me arde tan fuerte que ha desplazado a los anteriores que antes creía que eran bellísimo pese a ser parte de una especie de farsa que yo sola cree. Un espejismo que forjé con ilusiones infantiles, ciegas de cariño.

Mientras el tren va avanzando por el subterráneo me pregunto en qué momento decidí que estaba enamorada de Sesshomaru, cuándo su tacto dejó de arderme en la entrepierna para pulsar en mi pecho con su sola presencia. No obtengo la respuesta porque nunca la tuve y sospecho que siempre será así: no estaré segura del momento en el cual repetirme que lo nuestro era solo sexo ya no fue suficiente y mi muro de protección se desmoronó ante un par de muestras forzadas de caballerosidad.

Una pantomima que en Sesshomaru salía tan natural pese a que era parte de su papel para "conocernos" y evitar que la mocosa idiota que estaba perdida por él dejase de entregarse con tantas ganas.

La sola idea me repugna casi tanto como hiere.

Él siempre decía que al morderme los labios, iba a lastimarme y al final fue él quien me destruyó. Lo reconozco. En la soledad de mi mente puedo permitirle ese privilegio.

Inhalo hondo repasando sus últimas palabras antes que intentara confundirme de nuevo: suenan tan ridículas, increíbles y hermosas que tengo que recurrir a compararlas con sus frases crueles y autosuficientes, con su gesto altivo, la mueca descarada y su cinismo para contrarestarlas.

¡Que idiota! Me digo.

Ni siquiera ese insulto parece suficiente porque odio admitir que escapé de sus brazos solamente por el miedo que me provoca estar equivocándome de nuevo…y no porque esté locamente enamorada de Kohaku, mi amor platónico de la adolescencia.

Me muerdo los labios concentrando ahí mi frustración.

Soy una completa estúpida.

Contemplo el móvil en medio de mis manos, no ha sonado de nuevo luego de la conversación extraña con Inuyasha y su advertencia que se me antojó a amenaza. De alguna forma, claro.

El suspiro que suelto suena más como un gimoteo de asfixia. Así me siento, sofocada por las decisiones que he arrastrado desde hace casi once meses y medio, cuando pasé los seis mejores de toda mi vida. O eso creí.

Una punzada en el pecho me recuerda que Sesshomaru Taisho fue la peor de ellas. Que debí alejarme de él limpiamente cuando él comenzó a ignorarme realmente, cuando su indiferencia ya no era parte de una emocionante discresión que desquitábamos enredados en las sábanas.

El metro se detiene con un traqueteo incómodo al que le sigue el rechinido de las vías; alzo los ojos al nombre de la estación y demasiado tarde descubro que me he pasado dos de la indicada. Con un resoplido de frustración me pongo de pie antes que se cierren las puertas corredizas.

Ahora tardaré más tiempo en llegar al apartamento de Kohaku y eso implica más tiempo para torturarme.


Arrastro los pies el último tramo de escaleras, el frescor entre las paredes me reaniman la piel luego del maratónico día aunque, irónicamente, extraño el bochorno de mi departamento.

Resoplo tratando de adjudicar mi cansancio mental al ajetreo al que me sometí por no haberme ocupado de los preparativos de mi boda antes. Esa es una excelente excusa para Kohaku.

Ya ni siquiera me molesta aceptar que miento.

Doy vuelta sobre el corredor mientras rebusco mi llave pero al final no es necesaria, la puerta del apartamento se abre y sale Miroku. Me freno un par de segundos sintiendo una oleada de ansiedad erizarme la piel. Se me anuda la garganta.

Kohaku está de pie debajo del dintel, intercambiando algunas palabras que no escucho debido a la lejanía. Miroku sonríe ampliamente a su hermano, lo señala como lo haría con un paciente y supongo que ése fue el motivo de su visita: revisar cómo va la salud de su hermano dado que Kohaku es tan obstinado como para reusarse visitar el hospital por algo que él considera una exageración.

Por un instante me permito sentirme bien por ambos, porque su relación esté devolviéndose un poco a lo que era antes del accidente.

Miroku levanta la mano derecha y mece juguetonamente los cabellos de Kohaku.

No puedo evitar parpadear confundida porque ese gesto es muy parecido al que tiene Kohaku conmigo a veces.

Mi prometido se remueve incómodo esforzándose por recomponer un gesto fastidiado y cierra la puerta. No me vio acercarme por el pasillo.

Miroku se encamina en dirección contraria a la mía. Cuando nuestras miradas se cruzan me acuerdo de porqué no me resulta verdaderamente conveniente que la confianza entre los hermanos reviva al punto de la confianza ciega.

Me tiemblan las manos así que aferro el asa de mi bolso tratando de mantener la barbilla en alto mientras vamos cruzándonos.

La acusación en sus ojos negros no pasa desapercibida porque sencillamente no la cubre la sospecha que antes pudo sentir.

Desconozco por qué no le ha dicho nada a Kohaku aunque bien ese pudo haber sido otro motivo para su visita. O Sesshomaru fue convicente o Miroku Taisho es realmente discreto y cuidadoso para no hablar de algo que no está seguro. Es como salido de un verdadero cuento de Disney.

Apenas y sus labios se curvean a medias en un gesto de forzada gentileza mientras asiente en mi dirección. Le devuelvo el indiferente saludo aunque mi sonrisa es más bien temblorosa.

Cuando llego hasta la puerta del departamento me atrevo a echar una ojeada desde detrás de la pantalla de cabello, Miroku ha desaparecido hacia las escaleras.

Aspiro hondo controlando los temblores, cada vez me parece más difícil aunque debería ser al revés con tanta práctica anterior.

Cuando abro la puerta me encuentro directamente con Kohaku, me quedo en el umbral atrapada por el terrible peso de sus ojos.

¿Será que Miroku le ha dicho lo ocurrido?

Tembelequeo y la garganta se me seca.

-¿Qué haces ahí parada?—me pregunta frunciendo el ceño un tanto confundido. No lo culpo, nuestras miradas se encontraron durante casi un minuto y estoy segura de que notó el pánico en mis ojos.

No me presta atención cuando cierro la puerta detrás de mí, se ocupa de terminar de doblar la ropa que debió salir de la secadora hace poco. Está en calma mientras lo hace pese a que hace acopio de toda su paciencia para hacerlo con solo un brazo. Ya debe estar acostumbrado al yeso y sobre todo, ni siquiera perder una extremidad le impediría ser tan pulcro con sus pertenencias como es.

-Déjame ayudarte—digo de inmediato dejando el bolso de lado y corriendo hasta él.

-Puedo hacerlo solo.

Lo ignoro no porque no le crea, sino porque necesito algo en qué distraerme y la ropa desperdigada en la sala parece la mejor idea.

Permanecemos en silencio un rato, no es sino hasta que coloco la última camisa doblada sobre el montón y me dispongo a llevarla al armario cuando Kohaku habla.

-¿Qué hiciste hoy?

-Preparativos.

Responde con un monosílabo que me da la apertura para preguntar también.

-¿Y tú?

-Bankotsu y yo trabajamos en la cartera de clientes de la que me haré cargo—menciona dejándose caer a mi lado sobre el sofá.

-Grandioso—digo y pese a que estoy alegre por él mi entonación deja mucho que desear, por eso me apresuro a seguir hablando—Seguramente eres el primer abogado en el despacho al que todavía no le entregan su título.

Kohaku se encoge de hombros de manera neutral.

-Juromaru me dio ya su regalo de bodas. Es para ambos—tuerce los labios, ligeramente contrariado.

Casi automáticamente sujeto la pila de ropa para llevármela a la habitación con la intención total para acomodarla por colores, tallas y hasta marca.

-¿Quieres verlo?—inquiere ladeando el rostro hacia mí. Me detengo antes de llegar a la habitación, vacilo y luego, cuando me convenzo que Kohaku es quien menos culpa tiene, asiento dejando el montón sobre una silla del comedor.

Kohaku se pone de pie y avanza al dormitorio, antes de que lo pierda de vista se vuelve sobre sus talones, me encojo cuando me acaricia a cintura y deposita un beso en mis labios.

-Ya vuelvo.

Apenas retoma su silencioso andar me atrevo a destensar los brazos.

Lo oigo remover algunas cosas en la habitación. No obstante los muros alcanzo a escucharlo hablar.

-Es un libro—sonó como una especie de advertencia renuente.

Desconozco el tipo de libro que sea aunque pica mi curiosidad que lo haya dicho de esa forma.

A estas alturas estoy totalmente convencida que Miroku no le ha mencionado nada todavía sobre el incidente con Sesshomaru o lo que sea que él le haya dicho.

Ya no creo que agradecérselo a Sesshomaru sea lo mejor porque implicaría volver al círculo vicioso del que he intentado salir desde hace meses. Y sobre todo, no quisiera enfrentar su comportamiento cretino cuando finja que nada de lo que me dijo la última vez fue real.

El fugaz recuerdo de él con una rodilla al piso me estremece.

Rápidamente obligo a mi mente a distraerse antes que sea demasiado tarde, lo único que encuentro es el ademán de Miroku antes de irse así que opto por ello.

-Kohaku—mi voz tembló suavemente pero el interpelado no lo nota porque responde con un simple monosílabo—Vi a Miroku. ¿Dijo…algo en…especial?—me muerdo los labios oyendo cuidadosamente.

-Vino a revisarme—se oye fastidiado, las cosas han dejado de removerse en la otra habitación—Podré quitarme el yeso para la boda.

Su naturalidad al hablar es como una estocada bien merecida para mí.

Soy una cucaracha miserable, de eso no tengo duda.

Me sostengo del espaldar de la silla para tomar fuerzas ahora que los pasos de Kohaku se han vuelto a escuchar. Ya viene de vuelta.

-Estupendo—musito.

-¿Es lo que querías saber?—Kohaku se detiene junto al muro que conecta con el corredor por el que llegó.

Niego con la cabeza creando una pantalla de cabello entre su expresión y la mía.

-Él…tiene la misma manía que tú sobre... mecer los cabellos—menciono imitando el gesto-¿Significa algo?

-¿Eso importa?

Asiento todavía sin mirarlo.

-Tú haces eso conmigo—murmuro.

Oigo un resoplido de resignación antes de que me responda.

-Es la manera en que él me…-carraspea—me demuestra su cariño.

Aprieto los dientes.

Transcurre un momento en silencio hasta que su calor corporal me rodea, empero no me atrevo a enfretar sus ojos. Lo siento cerca así que vuelvo a a hablar.

-¿Alguna vez hiciste eso con…Kanna?

No necesito verlo para saber que ha fruncido el ceño.

-Ya…ya sé que no te gusta hablar de ella pero…

-¿Estás celosa?

-No—apresuro la palabra.

Kohaku suspira pesadamente dejando el libro que fue a buscar sobre la mesa, frente a mí. Ni siquiera puedo darle significado a las letras de la portada o a la ilustración de un semi-desnudo.

-No. Por ella no sentía lo que siento por ti—sus palabras son firmes y el tono un tanto incómodo. Lo entiendo porque nunca ha sido dado a las muestras expresas de sus emociones.

Y ahora mismo es un pésimo momento para que lo haga.

Aprieto la superficie de madera de la que me apoyo, las manos me duelen al instante debido a la fuerza empleada. Merezco esta sensación de culpa y arrepentimiento porque fui yo quien preguntó…y fui yo quien ha traicionado su confianza más de una vez.

-Entonces es algo así como…-vacilo tanteando el terreno.

-Un "te amo".

El aliento se me escapa, las piernas se me doblarían y me mandarían al suelo si no fuera porque me sostengo de la silla.

-Míralo y si te incomoda tanto como a mí, puedo arrojárselo a Juromaru a la cara—Kohaku habla contra mi sien izquierda como si ya le hubiese dado la respuesta que se espera a una confesión de ese tamaño.

No parece importarle que no me hubiese lanzado a sus brazos gritándole lo mucho que siempre lo he amado, desde que lo conocí y hasta ahora. Quizás está seguro de ello porque se lo había demostrado varias veces atrás y cuando me propuso matrimonio también. ¿Qué otra prueba podría necesitar como para dudar ahora de mí?

Se da la vuelta para devolverse al sofá, en silencio desperdiga (con la mano sana) unos cuantos documentos para revisarlos. Seguro que son de su nuevo empleo en el despacho de Mukotsu Taisho.

"No merece esto", me digo. No a alguien tan idiota como yo, sin embargo, su revelación me duele demasiado como para externar la verdad y la serie de dudas que Sesshomaru está reviviendo en mí.

"No me merece", pienso también aunque ya no estoy segura de a quién de los dos me refiero. Si a Kohaku por comportarse a la altura desde que inició el compromiso o a Sesshomaru por ser un total cretino.

Deseo poder confesarle a Kohaku todas las mentiras, contarle largo y tendido lo que ha ocurrido, manifestarle que desde que él decidió que era yo quien él quería por esposa tuvo razón y hubo alguien que me rompió el corazón…Que lo negué para convencernos a ambos de lo contrario.

Pero no puedo.

En cuanto lo haga no solo desaparecerá el "te amo", también nuestra larga amistad junto con la de Shippo y varias personas más. Habrá tanta decepción de por medio y sobre todo, lo lastimaré.

Soy incapaz de algo así.

Mi cobardía para enfrentarme a la verdad con él por primera vez se convertirá en coraje para mantenerme firme en mi decisión. De todas formas estuve enamorada de él una vez, por años, él es guapo y a su manera me demuestra lo que siente.

Más que todo lo anterior: no debo seguir enamorada de Sesshomaru Taisho.

Aspiro hondo enjugándome las solitarias lágrimas que comenzaron a resbalar por mis mejillas.

-No quiero interrumpirte en tu trabajo—le digo, él emite otro monosílabo distraído—Cuando termines cenaremos y…-tomo otra bocanada de ánimo—Te contaré cómo van los preparativos de nuestra boda.


Inspiro hondo una última vez, termino de retocarme el color rojo de los labios y tras guardar el labial en mi cartera, salgo del pequeño sanitario.

Me alizo la falda del vestido blanco mientras me echo a andar hasta Aome.

-Todavía te puedes arrepentir—dice.

-Más te vale no haber contratado ningún streaper que se presente de momento, Aome—le digo mientras avanzamos hacia el sobrio salón.

La morena pone mala cara.

-Admite que mi idea de despedida de soltera es mucho mejor—gruñe cruzándose de brazos sobre el crop top guinda.

No digo nada porque prefiero mi adaptación de esa celebración porque me mantendrá pensando solamente en el compromiso, no habrá alcohol desmedido de por medio y tampoco un final trágico como el del viaje a las islas Phi Phi.

Sobre todo, tener a la familia de Kohaku y la mía tan cerca me evitará llegar a cometer alguna idiotez y permanecer firme cuando Sesshomaru Taisho arrive a la fiesta (o pre-recepción como la están llamando todos) que mis amigas tuvieron que improvisar dado que me negué a que me llevaran a la zona VIP de un club para mujeres con hormonas encendidas y billetes listos para ser enganchados en las tangas de los bailarines.

Esta fiesta es la forma en la que controlaré lo que pase en mi vida a partir de ahora.

Nos detenemos frente a la mesa de bocadillos. Para haber sido organizada en apenas semana y media, debo decir que esas tres atolondradas lo hicieron bastante bien. Consiguieron reservar un restaurante entero, bueno, Mizuki se lo pidió a Shippo y él convenció a su padre. Fue una cadena de buenas obras.

Nazuna se encargó de los aperitivos y Aome hizo personalmente el arreglo floral de la recepción. De la anterior despedida de soltera solo quedan las invitaciones rosas atestadas de purpurina.

Solo está presente la familia más cercana de Kohaku, la mía (exceptuando a mis padres porque ellos tienen la fecha del vuelo fija y además siguen creyendo que estaré embriagándome con mis amigas luego de que esta reunión termine), sus amigos y los míos.

Nótese que exigí informalidad y la presencia de gente joven para que la situación se animara en la medida de cualquier fiesta. Cuando veo a Hakudoshi Taisho intentar hacer bailar a Shiori al ritmo de la música de elevador que suena de fondo, me doy cuenta que lo estoy logrando.

Además elegí usar blanco en mi atuendo como una forma de ofrenda a mi compromiso con Kohaku.

-Voy a evitar que Jakotsu arruine la sorpresa de la decoración—dice Aome una vez que nota al pelinegro hablar animadamente con los padres de Kohaku. Hojo, más alejado de la conversación, se mantiene estoico en su lugar.

Apenas me quedo sola un brazo me rodea la cintura desde detrás, doy un respingo cuando siento la dureza del yeso detrás.

-¿A qué hora vendrán los desnudistas?—pregunta Sota plantándose frente a mí. Su sonrisa burlona no está destinada a fastidiarme a mí, lo sé.

Kohaku se posiciona a mi lado pero deja el brazo colgado a mi cintura.

-¿No fue suficientemente claro cuando vine con Rin?—frunce el ceño levemente.

Su amigo se rie despreocupado.

-Solo era una pregunta, quería saber si habrá una sorpresa con pene dentro de un pastel gigante—se encoge de hombros.

-Piérdete, Sota.

El interpelado, acostumbrado a los desplantes groseros de Kohaku, pasa a nuestro lado palménadole el hombro a su amigo y va a reunirse con el silencioso Juromaru.

-¿Ocurre algo?—me remuevo dentro del brazo de Kohaku para escapar y mirarlo a los ojos, él se deja hacer dejando floja la extremidad luego.

-Shippo y yo iremos por cervezas—avisa. Antes de que diga algo él agrega—Tranquilízate, Rin—bufa con fastidio—Él conducirá—menea el yeso que le cubre el brazo.

Asiento entonces y ya no se me ocurre nada más que decir.

Lo veo alejarse, pasa a traer de camino a Shippo arrastrándolo con poca delicadeza. Shippo se queja y camina de espaldas unos cuantos metros antes de lograr zafarse del agarre, sus quejas son audibles por todo el lugar.

"Idiota", "Kohaku", "¿no tienes modales?".

La escena es cómica y tan propia de mis dos mejores amigos que me devuelve por un momento a nuestras andadas adolescentes.

La sonrisa se me desinfla al reparar en cómo lo pensé.

Sé que es momento de distraerme así que carraspeo buscando alguna charla a la cual unirme, mis primos son una buena opción porque Aome sigue lanzándome miradas atentas que me desaniman para acercarme a mis amigas.

-¡Inuyasha!—la voz de Bankotsu retumba en el sitio, su padre lo reprende más porque no escuchó lo que le decían por teléfono que por haber soltado un grito.

Las piernas me tiemblan mientras fijo los ojos en el interpelado que se une, a regañadientes, con su primo. Nuestras miradas se cruzan un momento, luego voltea hacia la entrada, automáticamente sigo la dirección de sus ojos.

Me sostengo la mano izquierda escondiendo el anillo de compromiso mientras Sesshomaru deja el abrigo con uno de los meseros y se encamina con firmeza…hacia mí.

No, me digo. No, no, no, no, no.

-¡Miroku!—oigo la voz de Inuyasha, lejana e insistente—Ven un momento.

Alcanzo a ver al interpelado avanzar hacia sus primos, nos da la espalda.

El corazón me late desmedido mientras Sesshomaru acorta la distancia entre los dos. No sé qué pretende pero no quiero averiguarlo.

Retrocedo el cuerpo dispuesta a salir huyendo de ahí. Posiblemente unirme a la charla de Miroku e Inuyasha sea una excelente idea para demostrarle al hermano mayor de mi prometido que entre su tío y yo no hay más nada.

Al instante en que mis ojos se encuentran con los de Sesshomaru me doy cuenta que él ha previsto mis intenciones. La resolución determinada y feroz me hace desistir porque su expresión ha sido una advertencia. Tengo miedo que se le haya ocurrido presentarse bebido de nuevo, aunque lo dudo bastante dado que se acerca con su normal garbo.

Tembelequeo dándome media vuelta, me sostengo del borde de la mesa antes de fingir que acomodo los vasos en su sitio. Mi corazón ha comenzado una lucha para salirse de mi caja torácica.

Ni siquiera creo que Sesshomaru haya saludado a su familia.

Doy un brinquito cuando él se detiene a mi lado, contra la mesa de bocadillos. Estrujo el mantel para proyectar ahí mi ansiedad, empero, por el pánico no puedo hacer nada.

Por el rabillo del ojo lo veo sujetar uno de los vasos que he desacomodado en mi intento barato por pasar desapercibida.

-Arriba—sentencia—En veinte minutos—sé que me mira porque me estremezco de la maldita forma con la que mi cuerpo reacciona a él—No me obligues a ir por ti frente a todos—su susurro fue una amenaza un tanto sugestiva que me provoca choques eléctricos por los muslos, así que los aprieto debajo del vestido.

Sin decir nada más me pasa de largo en dirección a su hermano.

Cierro los ojos tratando de controlar mi respiración, cuando me doy cuenta que no me desharé del miedo decido volver sobre mis pasos hacia el sanitario.


-Tú puedes.

La frase de ánimo me parece brutalmente sobrevalorada porque seguramente quien la inventó no estaba a punto de reunirse con un hombre como Sesshomaru Taisho.

Gimo al morderme los labios, ahogando un alarido de pánico e impotencia porque sé que debo acudir a la cita. Es eso o atenerme a lo que sea que Sesshomaru tenga pensado hacer.

Luego de lo ocurrido en el departamento ya no puedo estar segura que siga siendo discreto.

¿Qué ganas?, quisiera preguntarle.

-Humillarme—susurro—Elevar tu ego.

¡Cómo si necesitara acudir a mí para eso!

Empero, no tengo más opciones y ahora mismo ni siquiera se me ocurre otro motivo por el cual él haya soltado ese ultimátum.

Las manos me hormiguean hasta que soy capaz de sentir agujitas de dolor debajo de las palmas, casi tan penetrantes como el odio que me estoy obligando a sentir por él y por mí. Me insulto de mil maneras al darme cuenta que una parte de mi interior, oculta e indefensa, está emocionada con la idea de encontrarme con él.

Descubro que quiero oír lo que tiene que decir.

-Está mal—gruño sacudiendo los cabellos. ¿Por qué se empeña en hacerme sentir miserable? ¿Por qué no solo vuelve a ignorarme? -Vas a casarte con Kohaku—le digo a mi reflejo, dejándole en claro que eso ocurrirá y que, sin importar nuestra particular situación, eso es lo mejor.

La culpa me aguijonea ante los espamos de arrepentimiento.

Me deshago de ellos, recompongo la careta de naturalidad y salgo del sanitario para encontrarme con Sesshomaru.

Me deslizo por entre las mesas, sortéandolas lo más rápido que mis tacones me permiten, lanzando miradas fugaces sobre el hombro para asegurarme que nadie nota mi ausencia. Supongo que no dado que Kohaku no está por aquí. Quizás piensen que estamos juntos.

Me escabullo entre los pilares que sostienen el techo de madera, luego me cruzo con un par de meseros antes de dar la vuelta por un diminuto corredor que conecta con unas escaleras de caracol que, a su vez, dan acceso a la terraza del restaurante.

Subo corriendo tratando de ahogar el sonido metálico que provocan mis zapatos contra los barrotes de acero, a dos escalones de llegar a mi destino todo el valor se esfuma: Sesshomaru está de pie contra el cristal fijo del cancel, cruza los brazos contra el pecho y su gesto es distraído. Aprieto el barandal con una mano mientras escalo los últimos peldaños, entonces él parece notarme; rehuyo su mirada y empujo la puerta de cristal agradeciendo el aire fresco que me permite recuperar la respiración.

Me detengo contra la baranda de piedra, notando las coloridas jardineras que bordean la zona de fumadores.

Está desierta debido a la reservación.

-Estaba a punto de poner a prueba tus habilidades innatas para huir, niña—habla desde mi espalda, luego el cristal hace un sonido seco cuando la puerta se cierra.

Los hombros se me tensan al saberlo tan cerca.

Quiero replicarle algo desagradable, preguntarle irónicamente si está sobrio pero me abstengo porque si alguien ahí es hiriente con las palabras es él.

Además, el aroma de su colonia me indica lo contrario.

-Ya estoy aquí—aviso estúpidamente, no, en realidad jadee— ¿Qué quieres?—la pregunta salió forzada de mis labios porque no quería formularle. Tengo miedo de oír la respuesta.

-Que no salgas corriendo mientras hablamos.

Aprieto las manos contra el barandal de piedra, el corazón está a punto de salírseme del pecho que me sorprende que Sesshomaru no tenga las manos preparadas para atraparlo. Y quizás, pisotearlo.

Gruño en silencio antes de darme la vuelta.

-Ya sé que dirás—me encamino de vuelta al asfixiante anterior antes sin mirarlo.

Su mano se enreda a mi brazo antes de que logre mi cometido, la piel me arde donde me toca así que me aparto. Él no opone resistencia pero no parece dispuesto a dejarme partir.

Retrocedo otra vez sintiéndome vulnerable.

Ojalá pudiera evitar pensar que Sesshomaru es jodidamente guapo. Obviar lo bien que le queda el suéter azul marino de cuello de tortuga o los pantalones de gabardia gris.

¡Por Dios, Rin!

-¿En serio?—su tono autosuficiente comienza el fácil trabajo de enfadarme—Entonces supongo que tienes una respuesta para mí.

Hinco los dedos contra la roca preguntándome si me romperé las dos piernas si salto hacia las jardineras. A lo mejor solo una.

Él parece leerme los pensamientos otra vez porque da otro paso en mi dirección como si esperara que la presa intentara huír del cazador.

-No sé de qué hablas—musito pese a saber que fingir demencia no arreglará absolutamente nada. Sin embargo, me rehúso a tener la misma conversación que me deje noches enteras en vela imaginando como sería si no me hubiese enamorado…o peor, si él lo hubiese hecho.

-Te pedí que no te casaras.

Automáticamente lanzo una mirada ansiosa detrás de él, asegurándome que nadie puede vernos desde abajo. Sesshomaru ladea el rostro sobre su espalda antes de clavar los ojos de nuevo en mí, despreocupado totalmente si somos descubiertos hablando de algo así.

Tiemblo como lo hice la última vez, me siento rebasada por las circunstancias y me parece increíble que Sesshomaru continúe con la misma cruel farsa.

-Estabas borracho—murmuro, mi voz se oye ahogada y el tono que usé fue para recordármelo a mí antes que a él.

-Lo estaba—no suena demasiado arrepentido—Pero no lo suficiente, niña.

Alzo los ojos a él automáticamente, me arrepiento al instante porque sus profundos ojos dorados me engullen. Está más ojeroso de lo normal y la resolución en sus pupilas es la misma que me derrotó la última vez.

-Si lo que quieres es que te lo repita sobrio, lo haré—sentencia.

Da los tres pasos que nos separan, violando todo espacio para una charla común. Siento que las piernas se me tensan antes de comenzar a burbujear, me muerdo los labios y él reposa las palmas a mis costados, sobre el barandal.

La improvisada prisión que forma con su cuerpo me hace tiritar, al instante elevo la palma para empujarle el pecho. No quiero que siga acercándose.

-Basta—suplico.

Ya no tengo fuerzas para exigir o fingir que no estoy despedazándome.

-¿Realmente quieres me vaya?—inquiere. ¿Por qué pregunta eso?

Siento las manos débiles cuando aprietan contra su firme torso.

-Apártate—ordeno en voz baja, aunque más bien sonó como súplica.

-Responde.

"No quiero".

-Sí—jadeo al hablar tratando, en vano, de ganar espacio entre nosotros. Él, haciendo alarde de su hombría, acerca el torso a mí causando que los dedos me tiemblen.

Acerca el rostro al mío, inmediatamente ladeo la cara hacia la puerta. Su cercanía exacerba mi ansiedad porque en cualquier momento alguien puede venir.

Su aliento fresco roza mi oído.

-Mentira.

Aprieto los dientes buscando la fuerza para alejarme definitivamente…a lo único que puedo recurrir es a mi furia.

-Si así fuera ¿qué haces aquí?—ronronea contra mi oreja. El aliento se me está escapando pero no permito que mi indignación se volatilice todavía.

La primera respuesta que cruza mi mente es recordarle que es mi despedida de soltera o que él me amenazó expresamente, empero sé a qué se refiere así que, para terminar con esto lo antes posible, decido responder.

-Quiero que te alejes—al menos sonó un poco firme, quizás se deba a la indignación ante su desplante de poder.

-Hazlo mejor, niña. No voy a creerte si lo sigues diciendo así—suelta una risotada amarga mientras curvea una de sus comisuras en la mueca irónica que tanto detesto.

-No sé qué quieres pero no es divertido—espeto, apretando la mandíbula—A menos que vengas a disculparte, algo que no harás, por la manera en cómo te comportaste en mi departamento…-estoy hablando demasiado rápido, al ritmo de mi corazón lastimado—Déjame.

-No—sentencia cerrando todo espacio entre nosotros, me aprieta contra el barandal de piedra y su cuerpo. No puedo evitar pensar que mis manos son sumamente pequeñas contra su torso.

Odio la manera en que mis piernas están temblando, también mi respiración que hiperventila y sobre todo mi corazón que no ha parado de palpitar en su nombre.

-Te lo preguntaré de nuevo ¿Realmente quieres que me aleje?—vuelve a preguntar con voz grave.

"No".

-Sí—balbuceo.

"Quiero que lo que dijiste sea verdad"

-Quiero que te alejes de mí—bajo los ojos para que no se entere de mi embuste. Estoy temblando contra su cuerpo.

Transcurre un largo momento en silencio en el cual solo escucho los palpitares de mi corazón al intentar salirse de mi pecho. Las rodillas me tiemblan casi tanto como los labios.

Sé firme, Rin, me ordeno.

Lo oigo suspirar hondamente, con frustración, su hálito huele a menta, se mezcla bastante bien con el aroma a naranja que despide su cuerpo y me envuelve en una vorágine. Sin embargo, ese cosquilleo en la piel solamente me recuerda el hedor a alcohol con el que dijo aquellas tonterías.

"Sé que no son verdad", quiero agregar.

Tengo que salir de aquí. Huir otra vez.

Si no lo hago me dejaré vencer por él de nuevo.

Sesshomaru es demasiado peligroso.

-Ninguno cumplió su parte del trato—se muerde el labio. Alzo los ojos a él sin saber a qué se refiere—Debió ser solo sexo.

Sus palabras no encajan mucho con su natural ego, sin embargo, esa es la menor de mis preocupaciones en este momento. Porque me está besando.

Sus labios son cálidos contra los míos, arden cuando se tocan y me estremece el sabor de su saliva.

No ha bebido nada esta vez.

No entiendo y por un segundo me permito no intentarlo, me dejo llevar por su boca que se mueve cadenciosa sobre la mía, sin rastro de su normal sugestión posesiva.

Sus manos me sujetan por la cintura. Mi mente se está nublando demasiado rápido.

"Está mal", me recrimino.

-¡No!—levanto la voz más de lo conveniente dado el sitio donde estamos. Doy un manotazo a su brazo para alejarme de él dos pasos, mismos que él me regresa con un simple movimiento de su mano. Y no puedo evitar pensar que entre nosotros siempre fue así, que nunca tuve posibilidades de no salir herida bajo el yugo de su arrogancia.

-Te odio—mi jadeo se queda bastante corto en la escala de los insultos, de hecho, sonó como un ruego lastimero.

Estoy comenzando a llorar.

-Eso ya lo dijiste—replica con voz dura, está enfadado—Antes de dejarme como un imbécil arrodillado frente a ti—el reproche me lastima de una manera que no esperaba: quiero excusarme. No sé por qué la escena me hace ver a mí como la mala cuando no tengo ninguna culpa esta vez.

-Estabas borracho y necesitado de alguien que calentara la cama para ti—discuto tirando de mi brazo para zafarme, infructuoso.

Ansiosa sigo echado miradas hacia el cristal, abajo nadie ha notado nada inusual. Quizás ni siquiera nos ven pero ya me he arriesgado demasiado.

-Si sigues haciendo eso vas a lastimarte porque no pienso soltarte hasta que me escuches—gruñe atrayéndome de vuelta, mi cuerpo choca contra su pecho con brusquedad, luego su brazo me rodea la cintura para mantenerme quieta.

Y me ofusco totalmente.

Estoy harta.

-¡¿No te parece que ya me has lastimado lo suficiente?!—reprocho a sabiendas que también tuve un papel desagradable en todo esto. Pero no me importa porque ya no puedo seguir fingiendo que estar cerca de él no me lacera el corazón hasta dejarlo a carne viva.

-Porque lo hiciste—murmuro bajando los ojos, trato de ahogar las lágrimas pero no resulta.

Maldita sea.

-Me lastimaste—interrumpí algo que decía—Y ahora solo estás encaprichado—me cuesta trabajo hablar, creo que hasta respirar es un logro—Si…lo que quieres…es acostarte conmigo una última vez…

-¿Te das cuenta de la estupidez que estás diciendo?—gruñe.

-No me trates como una niña tonta—alego—Porque ya me cansé que me veas como una mocosa infantil—va saliendo toda la furia nuevamente—Y ahora lo que sea que quieras…

-A ti—taja con firmeza.

Mis palabras se estancan en la garganta aumentando la densidad del nudo. Lo miro fijamente consciente del pánico que siento ahora mismo, de la lucha interna que desarrollo para no creerle. Porque sé que miente.

Su pecho sube y baja casi tan agitado como el mío.

Ya no tengo habla, me siento derrotada, exhausta y confundida.

Sesshomaru aparta la mirada renuente, la mandíbula tensada me deja intuir que no soy la única que está luchando por mantenerse ahí.

Pero la idea es ridícula.

-No llamaste de nuevo—susurro y me detesto porque sonó como una súplica. Me odio por darle oportunidad para que se explique.

-Me dijiste por enésima vez que me odias—replica en el tono que usa como una disculpa que no llega a materializarse en una—Pero…no voy a hacer lo que dices querer.

Sesshomaru aprieta los labios.

-Le pagaré la boda entera si quiere—gruñe subiendo la mano de mi muñeca hasta a mejilla.

Vibro con oleadas de electricidad que me recorren de pies a cabeza al percibir de nuevo su calor corporal.

Pero me ha ofendido otra vez.

-Eres un…

-¿Cobarde?—sonríe de lado sin felicidad, irónico y altivo. Se está burlando de mí-¿Cretino? ¿Mentiroso? ¿Arrogante?—recita-¿Tienes uno nuevo, niña?

El familiar tono retador me recuerda mucho los meses cuando me atreví a pensar que éramos solamente él y yo. Cuando comencé a enamorarme de Sesshomaru Taisho.

De pronto todo ha desaparecido, solamente está él frente a mí.

Mi cabeza no está de acuerdo pero mi corazón parece empeñarse en creerle, en saltarle a las manos…de donde nunca ha salido en realidad.

Inclina el rostro en mi dirección, cierro los ojos al instante, soportando la culpabilidad que bulle hasta hacerme sentir miserable.

-No te cases—exclama y esta vez no existe el amargo sabor del vodka—Si a alguien deseas contigo no es a Kohaku—sentencia, seguro de sí mismo—Es a mí—gruñe con voz grave atrayéndome de golpe. Sus labios rozan los míos otra vez.

Un dolor punzante aprieta en mi brazo, desequilibrándome al apartarme violentamente de Sesshomaru.

-¿Le vas a responder, Rin?

De lo primero que soy consciente es que la mano que me sostiene me está haciendo daño, lo segundo es que su voz me deja sin aliento.

El pánico explota en mi sistema con aguijones de dolor casi físico.

Sesshomaru clava sus ojos a mi costado y solo entonces me doy cuenta que no estoy alucinando: Kohaku enfrenta los poderosos ojos de su tío mientras espera mi respuesta.


¿Y bueno que piensan?

Me da un infarto cada que lo vuelvo a leer jajaja

Sin embargo, es algo que ya tenía que ocurrir...como que se venía retrasando pero ya no se podía aplazar más. No se olviden de dejarme sus comentarios! ¿Qué creen que hará Kohaku?

Nos leemos en el próximo.

Besos y abrazos a todos!