En el siguiente recuerdo vio a ese Harry sin la venda en los ojos y sentado en una de las sillas de aquella habitación con Severus a unos pasos al frente de él. Ambos jadeaban y tenían las ropas desacomodadas en una señal de esfuerzo hecho nada más. Ese Harry gruñía mientras Severus mantenía el gesto que le conocía de las lecciones de Oclumancia. El regaño de Severus Snape no lo decepcionó.
—¡Tienes que esforzarte más!
—¡Eso estoy haciendo! —gruñó ese Harry como antes lo había hecho en las lecciones.
—¿Eso estás haciendo? —se burló Snape—. Acabo de ver cómo te golpeaba tu primo, como dejaste escapar a una serpiente entre cientos de muggles y hasta las sobras que comías con esa familia. ¡No se está esforzando, Potter! Legilimens —atacó Snape sin avisar.
Ese Harry gruñó frustrado ante la invasión.
—Enseñándole Espectro Patronum al grupo ese de estudiantes y su encuentro en la lechucería con la señorita Chang. Es presa fácil para el Señor Tenebroso, Potter —relató Snape gélido—. Legilimens —atacó de nuevo. Ese Harry gruñó de nuevo y la frustración de Snape se marcó en cada uno de sus músculos—. El ataque de mortífagos en el mundial de Quidditch, la muerte de su lechuza, la muerte de la señorita Granger. Esto es una burla a los esfuerzos de lo que queda de la Orden del Fénix. Legilimens —atacó de nuevo y ese Harry gruñó de nuevo—. Los golpes que recibió de ese muggle gordo con el que vivió, Longbottom siendo torturado, el ataque de los dementores a usted y a ese otro gordo que tiene por primo, su beso con la señorita Weasley ¡Esfuércese, Potter! Esto es una guerra. Legilimens —atacó de nuevo, y esta vez ese Harry gritó con dolor, pero Snape no se detuvo—. Quirrell y la piedra filosofal, la muerte de Black. El sueño en el que se rinde al Señor Tenebroso ¿¡Es que quiere tener esa venda hasta que lo maten!?
Eso hizo saltar de su asiento al Harry pálido y sudoroso.
—¡Eso es lo que tú quieres! —gritó furioso—. Lo único que quieres es que no me vuelva a poner esta maldita venda para ver los ojos de mi madre, ¡de tu amada Lily!
La máscara impertérrita de Severus se rompió ante el reclamo mostrando furia y desolación al mismo tiempo. El hombre bajó la vista y carraspeó una vez antes de irse por la puerta de la habitación. Antes que Harry fuera arrastrado por el recuerdo hacia donde estaba Severus, vio a ese Harry ponerse la venda apresuradamente sobre los ojos y lanzarse hacia la puerta. Se tropezó en el primer escalón y cayó de cara sobre los siguientes. Con un gesto de dolor empático por ver su forma cayendo de esa manera, subió las escaleras notando como su "otro yo" tocaba las paredes para subir los escalones.
Severus estaba a dos pasos de la trampilla. Caminaba de un lado a otro con la mirada furiosa y los puños apretados. Se detuvo cuando vio a ese Harry salir y dudó en ir a su encuentro. Sólo cuando ese Harry alzó los brazos para buscar en su ceguera, Severus lo sujetó por un brazo. Ese Harry se lanzó al pecho de Severus y clavó la cara en el esternón del hombre mientras lo abrazaba desesperadamente.
—Lo siento, hice mal. Déjame remediarlo —pidió apretando más fuerte su abrazo.
—Está siendo ridículo, Potter —cortó Severus con tono impávido.
—Por favor, Severus —pidió ese Harry dolorosamente—. Al menos haz el esfuerzo de entenderme. Si lo necesitas, entra en mi mente… pero no hagas esto.
—Acabo de estar en ella —se burló el hombre.
—No Oclumancia, sólo…
—Va a tener que quitarse de nuevo esa maldita venda de los ojos —lo retó.
—Sí —aceptó ese Harry y asintió varias veces con la cabeza aún pegada al pecho de Severus.
Mientras Severus guiaba a ese Harry de vuelta a la habitación y él los seguía, sintió su cara arder ante el recuerdo de su despertar en San Mungo. En alguna ocasión se había preguntado qué había llevado a Snape —en ese tiempo Snape— a entrar a su mente. Los recuerdos hasta ese momento le parecía razón suficiente.
Dentro de la habitación, Severus le quitó la venda de los ojos con un cuidado especial y aprovechó para ver el rostro golpeado en la excursión. Con un susurro, Snape usó la magia en la que era experto y sólo un pequeño aspaviento le dijo que ese Harry estaba siendo afectado por tal. Un segundo después, ambos parecieron relajarse. Ambos suspiraron.
—Ahora lo sabes —dijo ese Harry con una sonrisa torcida y rubor en las mejillas.
Severus lo besó con esa mezcla de pasión y férreo control que había conocido ya de labios cálidos y pegó su pómulo al de ese Harry.
—Ya no son los ojos de Lily los que veo en ti, y ya no es a Potter a quien veo en las facciones —susurró con la voz afectada—. Te veo a ti, Harry; sólo a ti. Tus ojos, tus manos, tu dolor, tus miedos, tu fuerza y tus esperanzas.
—Te amo —susurró ese Harry algo cohibido.
Mientras veía a Severus apretar el abrazo sobre ese Harry, el remolino lo llevó a otro recuerdo.
Apenas pudo darle forma al recuerdo anterior, aún procesaba lo que había visto, los dos personajes a los que veía desaparecieron y reaparecieron en otro punto de la misma habitación. Tenía que preguntarse cómo era que ese Harry no se había vuelto loco, aún, por permanecer siempre en el mismo lugar, siempre con los ojos cegados… aunque tuviera que retirarla para lecciones de Oclumancia. Esperaba, al menos, hubieran continuado con esas. Aunque, a decir verdad, ni él pensaba que realmente sirviera para tal rama de la magia. Por un momento —mientras veía a Snape moviéndose sobre el calefactor que hacía las veces de estufa y a ese Harry otear el aire como si anticipara algo—, sintió pena por Severus que había sufrido su completa falta de habilidad para cerrar la mente y, a pesar de ello, meses o años después… al menos en sus recuerdos, seguía intentándolo. Esperaba. Quería pensar que ese pequeño quehacer era lo que podría mantener cuerdo a su persona dentro de aquellas visiones. También sintió pena por ese otro que no era él aunque lo fuera.
Severus dejó la estufa tras servir un par de platos. El Harry espectador se acercó para ver el contenido de eso y se encontró poniendo mala cara a lo que veía como un caldo gris que se veía como engrudo.
Cuando ese otro Harry probó aquello se vio en su rostro, o en el rostro que era de él, formarse el más puro gesto de placer. Recordó entonces haber probado la mano de Severus en la preparación de alimentos y no pudo evitar recordar aquella cena.
—Debes extrañar hacer pociones —dijo ese "él" devolviéndolo a recuerdos ajenos—. Cada día la comida es un festín para los sentidos. Puedo distinguir cada ingrediente, pero al mismo tiempo es un sabor único —siguió, emocionado, antes de suspirar profundamente—. Es como una caricia que se esparce por el cuerpo; como cuando tus manos me acarician por dentro y por fuera —terminó con un ligero gemido y alzando la mano para buscar al otro.
—Estás comiendo —dijo Severus secamente, pero traicionaba al tono la mano con la que alcanzó la de ese Harry.
—Estoy listo para el postre —respondió ese Harry sugerentemente.
Severus abrió los ojos sorprendido mientras una sonrisa de lado aparecía en la comisura de sus labios.
—Ven aquí, Harry —ordenó Severus con una voz llena de promesas sensuales.
Ese Harry se puso de pie llegando a Severus con plena seguridad de su cuerpo en el espacio y se acercó hasta besarlo ligeramente en los labios, bajó por el costado del cuello y acarició su torso hasta llegar a la ingle. Se arrodilló en el piso mientras sus manos trabajaban sobre el pantalón de Severus y lo liberaba del confinamiento de la tela. Sin entretenerse, lo tomó en su boca.
En un movimiento Severus lo detuvo por la quijada, se puso de pie rígidamente y con la mano desapareció aquello sobre la mesa. Tomó a ese Harry para ponerlo sobre sus pies y de ahí lo guió hasta la mesa; allí, éste subió al mueble y abrió las piernas para su amante. Severus atacó la ropa con poca delicadeza logrando que ese Harry inspirara profundamente y lo empujó ligeramente para que su espalda quedara contra la mesa. Ese Harry abrió más las piernas, ya no para acomodar al hombre sino para invitarlo.
—Esto sólo sería mejor si pasara entre pociones cocinándose.
Ese Harry lanzó una risa fuerte que no tenía nada de burla mientras abrazaba la cadera del hombre con las piernas.
—Algún día tenemos que cumplirte esa fantasía —ronroneó ese Harry—. ¿Quieres dominarme usando los colores de Gryffindor o de Slytherin?
Severus gimió bajo mientras buscaba los labios de ese Harry con los propios.
—Mientras te castigue por ser el estudiante arrogante, irresponsable e irreverente del ciclo lectivo, no me importan los colores que uses. No vas a pasar mucho tiempo con ellos en el cuerpo.
Fue el turno de ese Harry para gemir.
—No merezco el castigo, profesor —comenzó ese Harry con su mejor tono de reto—. Usted vio cómo boicotearon mi poción.
A eso, Severus reaccionó de inmediato.
—No me provoques, Potter —gruñó con un tono de fastidio casi perfecto.
Salón de pociones.
Mientras recordaba su propia versión de aquello, Harry se sonrojó profusamente. Apartó la mirada de la escena frente a él y se dedicó a investigar lo que había en la habitación. Era raro eso de sentir la necesidad de darle algo de privacidad a dos recuerdos; pero Merlín, si esos dos seguían así él iba a tener un caso más severo de… incomodidad en la entrepierna. Y los sonidos no estaban ayudando para controlarla.
Supo que al fin terminaba ese recuerdo cuando se sintió jalado por aquel remolino desconcertante, pero al que se comenzaba a acostumbrar.
En la misma habitación, Severus y ese Harry se veían tensos y nerviosos, uno sentado en la cama, el otro sentado a la mesa frente a dos viales llenos con algo color verdoso traslucido. Por primera vez, el fuego del calefactor estaba apagado y era la varita de ese Harry la que iluminaba. El sonido de porcelana rompiéndose rasgó el silencio y las dos figuras parecieron comenzar a respirar de nuevo mientras los pedazos de un tazón blanco caían a la madera del piso y se partían en más pedazos. Ese Harry agachó la cabeza y retiró la venda de sus ojos lentamente. Severus tomó los dos viales y camino hacia la cama.
—¿Estás listo para luchar? —preguntó ese Harry en cuanto Severus se sentó a su lado, torciendo una sonrisa pero sin subir la mirada del piso.
—Hasta la muerte —respondió Severus tan seco como en sus momentos de más estrés.
Ese Harry elevó la mirada de inmediato y la clavó en los ojos de Severus. Se acercó para besar sus labios ligeramente y aprovechó para tomar uno de los viales en las manos del espía.
—No. Hasta la muerte no —rezongó Harry—. Hasta la vida después de la batalla —completó alzando el frasquito de vidrio.
—Te veo después de la batalla —asintió Severus brindando con su propia poción.
Ambos bebieron el contenido de aquellos en un trago.
Se pusieron de pie como si se hubieran puesto de acuerdo para hacerlo al mismo tiempo y salieron de aquella habitación. El bosque al que salieron ya no estaba nevado, la tierra estaba húmeda, el suelo cubierto de pasto, ramas y algunas zarzas con bayas. No sabía decir por qué, pero a Harry le parecía que era una noche de verano.
Ese otro Harry, en libertad después de al menos meses, abrió los brazos e inhaló profundamente. Severus lo vio con una sonrisa torcida y ojos entornados con culpabilidad. El mayor dejó al joven recrearse un poco en la sensación de libertad y tras unos minutos llamó su atención a lo urgente.
—¿Cuánto deberíamos esperar? —preguntó ese Harry en dirección a Severus.
—Cuanto necesites para sentirte seguro —respondió Severus, seco—. No tardes demasiado —ordenó.
Ese Harry lo miro con un reto provocador e invocó su patronus. De la punta de la varita salió la bruma plateada que se transformó rápidamente en un cuervo demasiado grande para ser de tamaño natural. El ave plateada voló marcando un recorrido circular y regresó frente a ese Harry, aleteando frente a su cara pero suspendido en el aire.
—Ven al bosque de Dean, Riddle. Es momento de terminar esto de una vez por todas —dijo a su patronus y el cuervo salió volando.
Severus rodó los ojos en sus cuencas.
—Esperemos que esa arrogancia le sirva para ganar la batalla, señor Potter.
—Contigo a mi lado no necesito más para ganar.
Severus gruñó con profundo fastidio y ese Harry rió libremente ante la reacción. Severus llamó su propio patronus y la cierva corzo plateada se marchó en la dirección contraria a la que el cuervo había viajado.
Las bromas quedaron de lado cuando se miraron entre ellos y desaparecieron. En otro bosque, o en algún otro punto del mismo, el primer sonido de personas apareciendo en la periferia espantó aves cercanas haciéndolas huir volando.
Ambos hombres se pusieron en guardia apuntando con las varitas en la dirección del sonido. Un segundo sonido llamó su atención en dirección diferente al primero y el primer atisbo de luz verde cruzó entre los árboles.
En seguida fue la batalla, caras desconocidas se lanzaron hacia el par, los aliados llegaron también y los hechizos iluminaron la noche. Voldemort apareciendo entre los árboles, acompañado de su fiel serpiente.
La batalla fue un caos; un borrón de personas atacando y defendiendo. Ese Harry se encaró a su enemigo y atacó. Severus protegió a ese Harry de un ataque y se enzarzó en una batalla propia. Nagini murió. Al final, Voldemort murió dejando a Harry maltrecho, tirado en el suelo pero respirando; y cuando Severus cayó al piso por el ataque de una maldición, el recuerdo se cubrió de negro.
Un instante después del negro, todo fue blanco. Por un segundo creyó se encontraría de nuevo en la estación de King's Cross blanca y nebulosa. En cambio, cuando su vista se adaptó a la luz, se encontró en un cuarto de hospital. Lo recordaba de su propia vida. Estaban en San Mungo. Severus despertó lentamente sobre la sencilla cama de hospital y se movió incómodo mientras veía a su alrededor.
Ni un minuto después apareció un sanador para revisarlo. Mientras así lo hacía, Severus preguntó por ese Harry en sus recuerdos. Cuando el sanador respondió, Severus lo apartó de su lado y se puso en pie. Trastabilló los primeros pasos y, a pesar de las recomendaciones del doctor mágico, salió de la habitación.
Siguió a Severus en su recuerdo hasta una habitación igual de blanca e igual de iluminada, allí se vio en la cama. Ahora limpio y sin la venda. Severus se acercó al lado en la cama y le acarició el rostro amorosamente. Verlo así conmovió al Harry que veía en los recuerdos; nunca antes —en sus recuerdos, en los de Severus o en la vida real— había visto tanto amor reflejado en esas facciones.
Severus se acercó para besarlo en los labios y se incorporó de nuevo.
—Ya tendrías que estar despierto, Potter —dijo hoscamente—. Bebimos la poción al mismo tiempo.
Pero ese Harry no despertó. Con miedo a lo que pudiera pasar dentro de la cabeza de Severus, apenas se sorprendió cuando vio entrar a McGonagall a la habitación.
—Severus —llamó ella.
Severus volteó la mirada, pero no se movió de su lugar.
—Minerva —devolvió con un asentimiento de cabeza, su voz sonando ronca y falta de uso—. ¿Qué pasó con el Señor Tenebroso?
—Está muerto —respondió ella conciliadoramente.
—¿Cuándo va a despertar Harry? —preguntó Severus.
Harry no pudo evitar darse cuenta del gesto de extrañeza que McGonagall hizo al escuchar la pregunta.
—Nadie lo sabe. Severus, tenemos que hablar —interrumpió al hombre antes que éste comenzara a hablar.
—Luego habrá tiempo para hablar —dijo Severus a pesar de la interrupción—. Cuando despierte hablaremos.
McGonagall no se vio feliz por la respuesta, pero asintió y se marchó de la habitación sin que Severus prestara más atención a sus acciones. Severus tomó la mano de ese Harry y su preocupación y extrañeza comenzó a pesar también en el espectador del recuerdo.
En ese momento Harry temió que aquel otro Harry no despertara más. Temió que una vez más, Severus tuviera que pasar por la pérdida de un ser amado. Temió por lo que la mente misma de Severus pudiera conjurar para torturarlo.
Lo que parecieron ser horas de espera después, ese Harry —tras abrir los ojos con dificultad— acercó la mano lentamente hasta la mejilla de Severus.
—Harry —suspiró Severus preocupado y aliviado al mismo tiempo.
Ese Harry acarició la mejilla de Severus poniendo una sonrisa cansada en los labios.
—Severus —susurró antes de aclararse la voz.
El hombre se acercó lentamente hasta rozar los labios del Harry en el recuerdo y ser correspondido con ánimo. Severus terminó el beso para mirar a ese Harry como si algo malo fuera a pasar. Y, mientras veía aquello, Harry comenzó a sentir ansiedad por algo que no podía comenzar a definir aún.
—Estoy bien —aseguró ese él desde la cama—. Muy cansado, pero bien. Feliz.
—Descansa —ordenó tibiamente mientras acariciaba también la mejilla de ese Harry en los recuerdos.
Apoyándose en la mano que lo tocaba, ese Harry volvió a quedarse dormido.
—Llamaré a los sanadores —avisó al joven aunque estuviera dormido.
Con obvia reticencia, Severus dejó de tocar el rostro de ese recuerdo y fue directo a la puerta de la habitación. Lanzando una mirada a su espalda, como si quisiera comprobar que el más joven siguiera allí, cruzó la puerta.
En el pasillo se encontró con un sanador y le indicó prontamente que el paciente había despertado. El médico sacó su varita, recitó un hechizo rápido y escribió un número en el aire. Cuando el 406 se quemó en el aire y desapareció, el médico entró apresurado a la habitación.
406. Ver ese número en el aire, y lo que significaba, le envió un escalofrío por la espalda.
Siguió de nuevo a Severus hasta el cuarto de su convalecencia y vio a ese Harry luchar contra el sanador que se había apresurado a la habitación. Severus se acercó para detener al médico y quitárselo a ese Harry de encima pero tres más aparecieron y retiraron a Severus del cuarto con un "está convulsionando".
McGonagall encontró a Severus rabiando frente a la puerta marcada con un 406.
—Severus —llamó ella con voz de mando—, tienes que descansar. Estuviste a punto de morir —suavizó la voz.
—No lo estuve —gruñó Severus—. Tomé la poción "Manto de Vida", ambos la tomamos antes de la batalla. ¿Qué le hacen a Harry? —preguntó casi con odio.
Cuando McGonagall tomó el brazo de Severus y lo instó a ponerse en marcha, el remolino aquel lo apartó de ese recuerdo. Se dio cuenta que éste ya era un recuerdo de vida, no de las visiones. Estaba viendo a Severus cuando despertó en San Mungo.
Antes de poder darle sentido a lo que veía y a lo que él mismo recordaba de hacía tanto, se encontró en el siguiente recuerdo. Severus estaba de vuelta en su propia habitación del hospital mágico, sentado sobre la cama, vistiendo ya sus prendas negras. Aunque no las que Harry había conocido del profesor sino aquellas en las que había visto al hombre. Se veía alicaído y, más que confundido, se veía solo de nuevo. Harry tragó el nudo en su garganta al verlo así y no poder consolarlo.
McGonagall entró a la habitación tras un ligero golpe en la puerta, iba seguida por un hombre bajo y regordete que llevaba papeles en las manos.
—Severus —comenzó ella—. Él es el señor Hailgrek, del Ministerio de Magia.
Severus volteó hacia ellos sin pronunciar palabras, con su máscara impertérrita de vuelta en el gesto.
—Señor Severus Snape, buenas tardes. Vengo de parte del Ministerio para entregarle la resolución de su juicio.
—¿Qué juicio? —preguntó Severus con voz gélida y entornando los ojos.
—El que se realizó tras la batalla con usted-sabe-quién —respondió el hombre claramente amedrentado por el otro. Tembló un poco mientras le extendía una carta de pergamino y la dejó sobre la cama cuando Severus no la tomó. Hailgrek carraspeó una vez para devolver la voz a su garganta—. Sus recuerdos nos dijeron todo lo que necesitábamos saber. En la carta encontrará los detalles formales, pero le adelanto que es usted libre de la prisión de Azkaban bajo un periodo de prueba que será mínimo de 5 años y no mayor a 25 años o hasta que demuestre a la sociedad mágica que no es una amenaza para sus cimientos. Dado este periodo de prueba, debo informarle, es imposible que regrese a su puesto de director del Colegio de Magia y Hechicería Hogwarts pero no lo limita en lo respectivo a su cargo de docente. Así mismo, se le pide no abandonar el país o cambiar de residencia y evitar cualquier contacto con Mortífagos ya fuera que hayan sido perdonados o condenados tras sus juicios. Suena peor de lo que es, señor Snape —trató de sonar tranquilizador, pero su tonó sonó condescendiente—; si me permite decirlo: mientras no haga nada legalmente cuestionable, usted gozará de su libertad. Esto todo por mi parte, señor Snape. Tenga un buen día.
Habiendo dicho su monólogo, el enviado del ministerio huyó de la habitación. Harry tembló con un poco de rabia y con un poco de indignación por lo que conllevaba la condena. Aunque no hubieran llevado a Severus a Azkaban, lo habían condenado a un tipo de cárcel apenas menos cruel. Lo encerraban en una cárcel invisible llamada soledad. El Ministerio lo había privado de comunicarse incluso con Draco; y eso debería pesar en el padrino que había salvado al ahijado de cometer asesinato.
Por un instante se sintió orgulloso de él mismo por haber rabiado su indignación ante el ministerio en aquella ocasión, y agradecido con Hermione por lo que había logrado. Sólo un instante, porque la voz de Severus lo llevó de nuevo a esos recuerdos ajenos.
—Minerva —llamó Severus con sospecha en la voz—. ¿Qué juicio? Qué recuerdos, ¿los de hace tres años, en la caída de Hogwarts?
—Los recuerdos que le diste a Harry —respondió McGonagall confundida—, los que le… ayudaron a ganar la guerra.
—No le di ningún recuerdo para ganar la guerra, Minerva —comenzó entornando los ojos hacia ella—. Esperamos la señal de la Orden, bebimos la poción; llamamos al Señor Tenebroso y peleamos en el bosque de Dean.
—Severus, ¿te encuentras bien? —preguntó ella preocupada—. Déjame llamar a un sanador —dijo apresurándose a la puerta.
—No —ordenó Severus secamente—. Sólo respóndeme, ¿derrotamos al Señor Tenebroso en Hogwarts, o fuimos derrotados?
—Lo derrotamos. Harry lo hizo —se corrigió de inmediato.
—¿Hace cuánto?
—Diez días.
—¿Diez días? —susurró Severus perdiendo el aire de sus pulmones—. Gracias, Minerva —dijo tras unos segundos de silencio—. Deseo estar solo —terminó secamente.
Mientras McGonagall asentía tensamente y comenzaba a irse, Harry se sintió expulsado de los recuerdos aún viendo la absoluta desolación en el gesto de Severus.
Desorientado por el cambio de "realidad", pudo volver en sí gracias al brazo de Severus que lo sujetaba por la espalda evitando que cayera hacia atrás.
Mientras ese brazo lo devolvía lentamente a la realidad fuera de los recuerdos, su mente seguía perdida entre las consideraciones —formando asociaciones y conclusiones—. Apenas viendo el gesto resguardado de Severus, se lanzó en un abrazo para sujetarlo o para sujetarse a él mismo, no lo sabía.
Había visto tantas emociones en Severus, tal vez más que nunca. Había visto tanto y tan poco al mismo tiempo. Había visto… ¿eran los deseos de Severus? ¿Sus miedos? ¿Su percepción ante la vida? Y se había visto a él de forma tan diferente, sonando tan diferente, enfrentándose a Severus, y a él mismo, en formas tan diferentes y tan parecidas a las que lo habría hecho; que se sentía perdido… como si no fuera él mismo aún bajo su propia piel. Por momentos no sabía si había sido él, otro o si había dejado de ser.
Se sintió en calma de nuevo cuando los brazos de él lo sujetaron también y buscó las palabras adecuadas para hablar. Ninguna llegó a su boca, todas atoradas en incompletas frases inconexas queriendo salir al mismo tiempo.
Disculpas, agradecimientos, excusas y explicaciones, reclamos. Y una más fuerte que el resto.
—Bienvenido a la vida después de la batalla —dijo al fin, viéndolo a los ojos.
Severus se inclinó avergonzado, con un tinte rojizo en la cara, y Harry aprovechó para besarlo. Lento, profundo, queriendo marcar el final de un camino recorrido.
Con el beso, los recuerdos de Severus lentamente se alejaron a un segundo plano en su mente y volvieron los propios. Recordó las noches en cama con su pareja, las muecas y las provocaciones, la compañía mutua en la biblioteca cuando investigaban y allí recordó los pergaminos que el hombre había dejado para enterarlo de sus intenciones. Las palabras, cuando dijo estaba intentando una relación sentimental con él. Cuando le dijo, en otras palabras, que lo había elegido a él.
Qué debía creer, ¿palabras escritas o palabras dichas?
Terminó el beso cuando el pensamiento se volvió insidioso con la forma de papeles, diagramas y círculos mágicos.
Apoyó la frente en el torso de Severus y se regodeó en el calor de ese cuerpo mientras dudas diferentes y parecidas se agolpaban en su mente. ¿Debería mencionarlos? ¿Estropearía el momento?
¿Necesitaba saber? ¿Quería saber?
Se separó un paso del cuerpo ajeno y se preparó para echar todo a perder.
Severus lo vio con ojos entrecerrados, labios apretados y gesto resguardado. Tampoco él se sentía actuando con sentido; estaba forzando las cosas… lo sabía, lo sentía. Pero ya no podía con más irrealidades en su cabeza.
—Tan rápido cambiaste de parecer —soltó Severus con sarcasmo y cruzando los brazos sobre el pecho cerrando su postura como si se protegiera de un ataque mientras se veía imponente y desdeñoso al mismo tiempo.
Harry negó con la cabeza.
—Entonces… ¿por qué… —comenzó sólo para detenerse cada vez. Cuando sintió que la tensión entre ellos se volvía insoportable tuvo que obligarse a habar más—. Vi el "mensaje" que me dejaste en el escritorio. Estoy tratando de entender qué…
—¿Mensaje? —interrumpió confundido—. ¿Qué mensaje?
—Me dejaste las notas de tu investigación para revertir magia sacrificial sobre el escritorio —dijo francamente, aunque no pudiera sostenerle la mirada más de un segundo. Severus se tensó de inmediato—, junto al libro de teoría mágica y quinta essentia —explicó—. Hasta escribiste mi nombre allí para que las leyera.
Mientras suspiraba fastidiado, Severus pasó los dedos por el cabello de Harry hasta llegar a la nuca, allí tomó el cabello en un puño firme aunque no para causar dolor, y lo obligó a subir la mirada hasta la suya.
—Me dijiste que querías algo real, Harry —respondió en un reto.
—¿Esto no lo es? —rezongó Harry bajando la mirada lo más que podía mientras era sujetado de esa forma.
Severus lo dejó ir y se alejó un paso más buscando distancia. Cuando parecía que se marcharía, volvió un paso sobre su camino y encontró una mirada verde más confundida que emitiendo juicios.
—Necesito darte una garantía de que así sea —terminó dando media vuelta para seguir su camino como si escapara de nuevo.
Harry lo alcanzó en un abrazo por la espalda para evitar que se marchara y sonrió sobre la ropa negra.
—¿Esa una garantía para ti o para mí? —susurró la pregunta sintiendo la tensión del cuerpo ajeno entre sus brazos.
—Deje de presionar, Señor Potter —gruñó el hombre sin veneno en el tono.
Una vez comprendió que en las palabras de Severus había una promesa, Harry rió suavemente y dejó ir al hombre hasta que se sintiera a gusto para seguir con el tema. Ahora estaba más seguro que nunca que era esta realidad la que deseaba vivir en cada momento.
