Cuadragésimo primero

Tan dormida que lo único que podría despertarme era una grúa levantando mis parpados, y un haz de luz de unos 12.000 vatios directamente hacia mis pupilas. O tal vez el ruido de un cañón atravesando la pared.

Había llegado el viernes y por fin tenía una mañana completa para mí sola. Para descansar de toda la semana, aunque aún me quedasen dos días más de trabajo en la cafetería. Pero al menos iba a poder dormir. Siempre y cuando Kurt no buscase la forma de fastidiarme. Él si conocía la manera de despertarme sin tener que utilizar una grúa ni ningún foco cegador. Le bastaba con su dedo índice y los dichosos toquecitos que daba sobre mí nariz.

Aguanté hasta el séptimo, al menos eso pude contar desde que desperté, porque estaba segura que mientras dormía me había regalo algunos más. Y después de ese, me revolví dispuesta a apartar la mano de mi cara con tan mala fortuna que mi cabeza chocó contra su cara.

—¡Oh, mierda! —se quejó dejándose caer sobre la almohada.

—¿Eres idiota? ¿Qué haces molestándome? —le repliqué tras notar el punzante dolor en mi cabeza. Aunque a él debía estar doliéndole mucho más que a mí, evidentemente.

—Oh dios, me has roto la nariz —volvió a quejarse—. ¿Por qué eres tan bruta?

—No soy bruta, me estabas molestando mientras duermo. ¿Sabes lo que es la inconsciencia? —volví a reprocharle—. Además, ni siquiera te he dado en la nariz, no seas exagerado.

—Duele mucho.

—Lo tienes merecido, por pesado —volví a girarme hacia el costado, tratando de seguir durmiendo—. Déjame dormir, es mi mañana libre.

—Lo sé, por eso estoy molestándote —respondió tras quejarse varias veces por el golpe—. Necesito tu ayuda.

—¿Mi ayuda? Kurt, son las 8 de la mañana. ¿De verdad que no puedes esperar a,

—No puedo esperar —volvió a dejarse caer sobre la almohada junto a mí—. ¿Sabes qué día es mañana?

—¿Sábado?

—¿Sábado 17? —replicó y yo tardé en reaccionar. Hasta que mi cerebro se despertó y fue consciente de lo que aquella fecha significaba—. Oh, dios… ¿sábado 17? El cumpleaños de…

—Tranquila —me interrumpió cuando yo lo buscaba para asegurarme de que no estaba dormida—, ya me he encargado de avisar a sus amigos, y de comprar las cosas para mañana.

—¿Has organizado la fiesta? ¿Por qué no me has dicho nada?

—Porque no sabía si ibas a querer participar, y tampoco he querido molestarte mucho.

Ni mucho ni tan poco, pensé tras escucharle. Con razón aquella semana se había pasado tan rápida para mí. Ni una sola discusión, ni un solo mal entendido ni nada que me descentrase de mi propia vida. Mis clases de danza, mi trabajo en la cafetería y las pertinentes reuniones a las que tuve que asistir por el teatro. Contando con que recuperé mi rutina diaria de ejercicios, y el estudio del libreto para el musical. Una semana prácticamente perfecta, o normal si no hubiese vivido todo lo que pasé durante los últimos meses.

—¿Por qué no iba a participar? Es su cumpleaños y lo celebramos en nuestro apartamento.

—Sí, pero pensé que ibas a preferir mantenerte al margen.

—¿Por qué?

—No sé, pensé que como tu relación con ella no ha sido la más…

—Estamos arreglándolo —le interrumpí—. Todo empieza a ser un poco normal. Así que sí, pienso estar presente en la fiesta.

—Perfecto. Mejor para mí —me sonrió—, pero lo cierto es que no eres tú quien me interesa.

—Oh, gracias por tanta delicadeza. Ahora sí que te puedes marchar, quiero seguir durmiendo.

—Espera Bella durmiente —volvió a tocarme la nariz y a punto estuve de volver a golpearlo, esta vez intencionadamente—. Quiero saber algo y solo tú puedes ayudarme.

—¿Qué quieres ahora?

—¿Cómo es la relación de San con las princesas de Inglaterra?

De nuevo necesité algunos segundos para analizar la pregunta y no dejar que la sorpresa me dejase en evidencia.

—¿Qué? ¿Su relación?

—Sí, ya sabes. ¿Se hablan? ¿Sabes si tienen contacto o…?

—Sí, supongo, que se yo.

—Tú tienes que saberlo.

—No tengo por qué saber nada. Solo sé que han hablado un par de veces desde el domingo y ya está. No me interesa nada de ellas. ¿Lo recuerdas?

—Ya, claro —musitó desviando la mirada hacia el espléndido ramo de violetas o pensamientos que presidía mi habitación sobre mi estantería.

—Ya claro… —repetí molesta—¿Qué quieres que haga con ellas? ¿Las pisoteo como hizo Santana con el lirio? ¿Las tiro? No soy así de cruel, ellas no tienen culpa de nada.

—Ya, pero podrías ponerlas en el salón o en otro lugar, no justo ahí. Apuesto a que es lo primero que ves al despertar y lo último antes de dormir.

Sí, ese era el motivo por el que estaban allí precisamente, pero no iba a permitir que él siguiera riéndose de mi debilidad y se lo negué dándole de nuevo la espalda. Aunque tal vez lo único que hice fue confirmarle sus sospechas, como siempre hacia cuando no quería seguir mintiendo.

—¿Entonces qué? —insistió olvidándose del ramo— ¿Crees que se llevan bien?

—Y yo que sé. ¿Por qué no le preguntas a ella?

—Porque si le pregunto, no será una sorpresa. No sé si invitarlas a la fiesta.

—¿Quieres invitarlas? —volví a mirarlo

—Se supone que son amigas. Imagino que a Santana le hará ilusión que estén.

—Pues invítalas —susurré con apenas un hilo de voz. Y es que ni siquiera me atrevía a hablar tras ser consciente de que era más que probable que volviese a verla, y mi masoquismo nato ya empezaba a saltar emocionado por tal idea. ¿Qué? No me juzguen. El ser humano necesita calma, pero ese subidón de adrenalina que te proporciona una situación como aquella, era imposible de rechazar. Y más si eras tan idiota como yo.

—¿Sí?

—Supongo que le gustará. Es muy buena amiga de Emma.

—Ok. ¡Perfecto! —exclamó levantándose de la cama—. Dame tu móvil, voy a llamarla.

—¿Qué? Espera, espera —me reincorporé yo también— ¿Qué dices de llamarla con mi móvil?

—Tú tienes su teléfono. ¿No es cierto?

—Eh, sí, pero…

—¿Pero qué? ¿Cómo pretendes que la llame si yo no lo tengo? —me cuestionó al tiempo que se hacía con el teléfono y comenzaba a buscar en la agenda.

—No, no, ni se te ocurra llamar desde ahí —le amenacé—. Apunta el número y llámala tú. ¿Ok?

—¿Por qué eres tan tacaña? Es una jodida llamada.

—No quiero que vea mi número en la llamada, así que llama desde el tuyo, por favor.

—Ok, tranquila. Quinn no sabrá que estás en la cama mirando su ramo de flores mientras te vuelves paranoica por una simple llamada. Menos mal que lo tenías superado.

—Como sigas molestándome, no voy a dejarte llamar ni desde tú teléfono —amenacé de nuevo, pero de poco sirvió.

Kurt me miró altivo mientras leía la agenda y pronto volvió a hablar, pero yo no lo dejé.

—Lizzy —mascullé—. No busques a Quinn, busca a Lizzy.

Risotada. Bueno, tal vez no tanto, pero Kurt si tuvo que contener la carcajada tras escuchar el nombre que le había otorgado a Quinn en mi teléfono. Y supe que lo hizo porque él no era como Santana, y seguro que sabía el motivo del mismo. O tal vez lo intuía, no lo sé. Me mantuve a la espera tratando de escuchar el eco lejano de la voz de Quinn atendiendo a aquella llamada, pero en su lugar no fue eso lo que oí. Solo el murmullo de alguien que desconcertó a Kurt.

—¿Hola? ¿Quinn? ¿Cómo? Pero, pero… ¿Este no es el teléfono de Quinn Fabray? Ajam, oh, oh, ok, lo siento, he debido confundirme. Lo siento de veras. Disculpe la molestia. Lo siento —repitió por segunda vez y yo no tuve más remedio que buscarlo con la mirada—. ¿Quién diablos es Logan?

—¿Logan? ¿De qué Logan me hablas?

—Acabo de llamar al número que supuestamente es de Quinn y me ha respondido un chico llamado Logan, bastante enfadado por haberle despertado a esta hora.

—¿Qué dices? Seguro que te has confundido al escribir el número y…

—No, no —me interrumpió lanzándose de nuevo sobre la cama—. Mira, es el mismo —me mostró la pantalla y yo pude comprobar que efectivamente, era el mismo número. El número que pertenecía a Quinn. De hecho, me lo sabía casi de memoria de tantas veces como lo había mirado esperando una respuesta a mis mensajes.

—¿Estás seguro que no te has equivocado?

—Rachel, puedes comprobarlo por ti misma, aunque te aseguro que a ese chico no le ha hecho mucha gracia que lo llame. Parecía dormido.

—Debe haber algún error. Llama a su apartamento.

—¿Tienes el número?

—Sí.

—¿Tengo que buscar a Jane Austen o…?

—¡Idiota! —le repliqué dándole de nuevo la espalda, aunque no iba a dejar de prestar atención a sus pasos.

Kurt pareció encontrar el teléfono del apartamento de Quinn, y no tardó en realizar la llamada. Llamada que esta vez sí respondieron sin errores. Aunque no era Quinn quien la atendió, sino Emma.

—Hola, soy Kurt. Ajam, sí, ese mismo —dejó escapar una risita falsa—, perdona que te llame tan temprano, pero he intentado localizar a tu hermana y no ha sido posible. No, la he llamado a su móvil, pero me ha atendido un chico que dice llamarse Logan. Ajam, no, pues no lo sé, me lo ha dado Rachel —me mencionó y yo regresé la mirada hacia él dispuesta a recriminarle que lo hubiera hecho, pero el gesto confuso de Kurt mientras escuchaba a Emma, hizo que me contuviera y siguiese prestándole atención—. ¿De veras? Oh, vaya, no, no, pasa nada, es solo que mañana es el cumpleaños de Santana y vamos a hacerle una fiesta sorpresa. Y bueno, quería invitaros tanto a tu hermana como a ti, y a la nueva, si, a esa —sonrió de nuevo, pero esta vez lo hizo de verdad, no sonando forzado—. Claro, sí. ¿Se lo puedes comentar? Ajam, perfecto. ¿Le dices que me llame o me escriba? Necesito tener un control de quienes van a ir, será aquí en nuestro apartamento y tengo que saber quiénes vienen o no y, exacto… perfecto. Se lo dices y quedamos en que me avisáis. ¿Ok? Y no os preocupéis por Bleu, está invitado también. Ajam, bien, sí, éste es mi número. Ok, muchas gracias Emma, y disculpa por la hora en la que… Oh, entonces está bien —volvió a sonreír y yo me desesperé—. Claro, hablamos. Adiós.

—¿Qué ha pasado? —cuestioné rápidamente.

—¿Quién es esa chica? —me miró sorprendido— ¿Desde cuándo Emma es tan, tan, dulce?

—¿Dulce?

—Sí, no te haces una idea de cómo me ha tratado, no ha parado de bromear y… Oh dios. ¿Qué le pasa?

—Pues, no, no lo sé. ¿Ha aceptado?

—Sí, bueno dice que se lo va a comentar a Quinn y que ella me avisará, porque no saben si podrán dejar a Bleu solo. Pero no sé, ha sido demasiado amable. Tanto que parecía que me estaba tomando el pelo.

—¿Dónde está Quinn? —pregunté sin poder evitarlo.

—En la floristería.

—¿Y te ha dicho por qué su teléfono no…?

—Ah, sí —respondió entregándome mi móvil que aún había mantenido entre sus manos —. Al parecer lo dio de baja antes de irse a Australia. Ahora tiene otro.

—¿Qué?

—Pues lo que te acabo de decir, que ese ya no es el número de Quinn. ¿Estás bien?

No. No. No

Podría gritarlo, pero supuse que mi gesto era más que suficiente para saber que no estaba bien después de oír aquello. Básicamente porque, si era cierto, significaba que había estado completamente confundida durante todo el tiempo. Que mi desmesurado orgullo no tenía razón ni lógica alguna. Que mi continua negación por acercarme a ella, no tenía fundamento real en qué basarse. Y rápidamente recordé las palabras, las últimas preguntas que Quinn me hizo cuando la dejé en la sala de seguridad del hotel, cuestionándome acerca de los mensajes que yo le dije que había borrado.

Aquél ¿de qué hablas? resonó en mi mente tan fuerte, que creí que Kurt lo había podido oír igual de claro que yo. Por supuesto eso no era posible, pero si la mueca de desconcierto que se instaló en mi cara, y que estaba asustándolo.

—¿Rachel? —insistió al no recibir respuesta alguna por mi parte— ¿Estás bien?

—Eh, sí, sí —balbuceé.

—Ok, creo que será mejor que sigas durmiendo. Veo que aún te faltan algunas horas de sueño para ser persona.

—No —le interrumpí saliendo de la cama—. No voy a dormir más, voy a salir a correr un rato. Me apetece un poco de deporte.

—¿Qué? —me miró aún más extrañado, y con razón.

Hacía escasos minutos le estaba amenazando para que me dejase seguir durmiendo, y de pronto, casi sin apenas tiempo de pensarlo, estaba dispuesta a correr una maratón por las calles de Brooklyn. Motivo más que suficiente para que él se preocupase. Sin embargo, lo que él no sabía era que mi único propósito al abandonar de aquella manera la cama, era por culpa de aquel descubrimiento acerca del paradero del teléfono de Quinn. Evidentemente tenía que confirmar que aquello era cierto, que yo había sido la más idiota del universo, y no había otra opción más que la que pasó por mi mente en aquel microsegundo. Si Quinn estaba en la floristería, no podía evitar dejar pasar aquella oportunidad. Aun sabiendo que iba a romper mi propia promesa y mis palabras quedarían sin validez alguna.

Nadie excepto ella lo iba a saber. Ni siquiera Kurt, que seguía completamente extrañado cuando supo que hablaba en serio, y me vio salir del apartamento, después de adueñarme de la manzana que él pretendía comerse mientras ordenaba su agenda de trabajo para aquel día, y preparada para una tanda de ejercicios que iban a empezar con una leve carrera por Brooklyn.

Iluso. Mi carrera solo duró hasta que llegué al metro y me lancé al vacío dispuesta a llegar hasta la 72th en Manhattan, donde la Pequeña Gardenia ya permanecía abierta, y el sol, brillante como hacía días que no brillaba, conseguía hacer vibrar los colores de las cientos de flores que se acomodaban en sus ventanales. La alegría que sentí al ver como volvía a llenarse de vida aquella floristería, fue motivo suficiente para lanzarme hacia el interior y no dudar ni un solo segundo lo que estaba haciendo.

Dicen que cuando actúas y te dejas llevar por impulsos, existe la opción de equivocarte o acertar, pero el remordimiento de consciencia es menor si lo haces a sabiendas. Y yo en aquel instante ni siquiera me lo pensé.

Entré y dejé que la campanita avisara de mi presencia. No fue necesario esperar demasiado, porque apenas un par de segundos después, pude intuir que alguien estaba a punto de aparecer detrás del mostrador. Y digo alguien porque para mí mala fortuna, no era Quinn, sino Brittany.

Vuelvo a decirlo, no sé qué clase de aura vestía aquella chica, pero fue verla aparecer y notar como todo se llenaba de una paz casi tangible. No sé si era su sonrisa, natural y despreocupada, o aquella vestimenta tan casual que lograba que me sintiera arreglada incluso con mis zapatillas y mi ropa de hacer deporte.

—¡Hola! —su voz y su tono también era otro punto a favor para sonreír. Desprendía alegría por cada poro de su piel, y esto terminaba contagiándote—. Buenos días.

—Hola —balbuceé imitando la sonrisa.

—Me alegra verte. ¿En qué puedo ayudarte? ¿Quieres alguna flor?

—Eh, no, no. Eh, yo, yo venía buscando a Quinn. ¿No está?

—Ah, pues no, no está —respondió sin perder la sonrisa—. ¿De verdad que no quieres alguna flor? ¿O tal vez una planta?

—No, no, lo siento. Emma le ha dicho a mi compañero que Quinn estaba aquí —insistí —. ¿Ha salido?

—Sí. Bleu necesitaba dar un paseo y se lo ha llevado a un parque que hay por aquí cerca, o eso creo. Hace apenas unos minutos que ha salido, pero si quieres puedes esperarla. Tal vez si echas un vistazo a las flores, te apetezca comprar alguna,

—Oh, no, no, todo bien, seguiré corriendo —señalé hacia mis deportivas—. Luego me paso por si ha regresado. ¿Ok?

—Ok, aquí estaré —me guiñó el ojo.

—Bien, pues, hasta, hasta luego —dije dispuesta a marcharme de la misma forma en la que había llegado, pero eso era solo una idea. Porque Brittany no estaba dispuesta a que me marchase así, sin nada más.

—Hasta luego. Eh, disculpa Rachel —me detuvo—. Verás, no soy una persona demasiado insistente, al menos no en determinados temas, pero si, si me compras una flor, te estaré eternamente agradecida.

—¿Quieres, quieres que me lleve una flor? —balbuceé un tanto confusa. Es cierto que había insistido varias veces durante nuestra breve conversación, pero imaginé que solo estaba bromeando.

—Verás, Quinn no quería dejarme a solas porque piensa que no soy capaz de atender la floristería, así que le he dicho que era capaz de vender más flores que ella en el tiempo que estuviese fuera. ¿Y sabes qué? —gesticuló divertida—. Esto es una mierda, no sé qué pasa en esta ciudad que nadie parece querer comprar flores, y si salgo amenazando a quien pasa por la puerta, no quedaría demasiado ético. Así que, si me echas una mano, podré demostrarle que al menos he vendido algo y no soy tan torpe como ella piensa.

—Oh… —susurré aún sin saber si aquella historia era real, o realmente se estaba riendo de mí. Juraría que era lo segundo, pero su mirada esperando mi respuesta era realmente sincera. Así que asentí sin más y accedí a comprar una dichosa flor—. ¡Genial! —exclamó eufórica —¿Cuál quieres? Vamos. ¿Cuál te gusta?

—Eh, pues —barrí la floristería con la mirada y mis ojos fueron a posarse sobre ellos. Sobre los lirios malva que tanto habían significado para mí—. ¿Qué tal un lirio?

—¿Un lirio? —repitió lanzando una mirada hacia el frente, donde se amontonaban la mayoría de macetas—. Perfecto, un lirio para Rachel, porque es muy buena persona y me va a ayudar a callarle la boca a la estirada de mi amiga —musitó mientras accedía a tomar una de las flores. Aunque no la que yo había escogido—. Aquí tienes —espetó ofreciéndome la flor y yo dudé.

—Disculpa, pero eso, eso es una margarita y yo… Te he pedido un lirio.

Sonrió y lo hizo de tal forma que yo volví a creer que todo era una broma, que en cualquier momento aparecería una cámara de televisión y yo quedaría como una estúpida delante de todo el país. Pero por lo visto no era así. Brittany era realmente divertida, y me lo demostró con creces.

—Eres lista —me guiñó el ojo—, veo que sabes diferenciar una margarita de un lirio —añadió al tiempo que dejaba la radiante flor amarilla y escogía al fin el lirio que yo le había pedido—. Yo no supe hacerlo cuando llegué. De hecho, había plantas que incluso pensé que se fumaban —volvió a guiñarme el ojo—, pero Quinn fue tan pesada con eso que quise saber si era la única en esta ciudad que no sabía diferenciar algo así. Ahora veo que sí, que solo yo soy capaz de confundir una margarita con un clavel.

—Lirio —corregí.

—Cierto, lirio. ¿De qué color quieres el papel? ¿Transparente, azul, amarillo…?

—No, no importa. Me la llevo así, sin papel ni nada.

—¿Segura? queda más bonita si…

—Sí, si —insistí—, pero tengo algo de prisa y no es necesario. Esa flor ya está bonita así. ¿No crees?

—Tienes toda la razón. Es bonita así, sin más.

—Toma —la interrumpí de su inminente monologo ofreciéndole un billete de diez dólares celosamente llevaba guardado en un pequeño bolsillo, junto mi móvil y las llaves del apartamento—. Quédate con el cambio —añadí tras hacerme con la flor, y su sonrisa se amplió hasta casi no caber en su cara.

—¿Sí? Wow. Gracias, con esto podré decirle a Quinn que he vendido más de una y se va a tragar sus palabras.

—Sí, así es —sonreí yo también—. Espero que te vaya bien el resto de la mañana, apuesto a que venderás muchas más.

—Gracias. Tú sí que eres genial.

—Sí —balbuceé al tiempo que retrocedía hasta la salida—, sí que lo soy. Y será mejor que siga corriendo antes de que mis músculos se enfríen —me excusé como pude, y Brittany asintió dando conformidad a mis palabras. Aunque no me dejo salir sin antes volver a retenerme.

—Hey, Rachel —exclamó recuperando un poco la normalidad—, si yo fuese tú, corría por el parque que está junto a Riverside drive. Es un buen sitio para correr y para encontrar buena compañía —añadió guiñándome de nuevo el ojo, y yo supe que había entendido mi excusa mucho mejor que yo.

Asentí y di las gracias por la información. Información que yo habría descubierto con tan solo pensar un poco. Aquel parque del que hablaba Brittany, era el mismo en el que Quinn me citó hacía ya casi tres meses. El parque donde Bleu solía jugar y correr. Y hacia ese mismo parque dirigí mis pasos en una carrera continua, sin pensar aún en lo que pretendía decirle si me la encontraba y con el lirio entre mis manos.

Confieso que el extraño encuentro con Brittany y como había logrado venderme una simple flor por diez dólares, rondó por mi mente durante todo el trayecto, y me hizo reír sin parar. En cualquier otra situación habría jurado que aquella chica trataba de ridiculizarme, pero después de lo vivido con las hermanas Fabray, aquel tipo de broma era una completa delicia para mí.

Y pensando en ella llegué a donde me había indicado, que justamente coincidía con mi intuición al saber que Quinn se encontraba paseando a Bleu.

Era bastante asidua a aquel parque, al menos eso me dejó entrever la noche que me lo mostró, y por lógica debía estar allí. Intuición que no me falló, por supuesto.

Apenas crucé la gran avenida y me adentré en el interior del parque, la encontré. Tal vez podría resultar complicado, porque a pesar de no ser una hora habitual para estar en un parque, apenas eran las 09:30 de la mañana, el tener habilitada una zona especial para perros hacía que muchas personas lo visitaran para acompañar a sus mascotas. Y aquella mañana había bastante gente en él. Sin embargo, mi rápida localización de Quinn no se debía a una supuesta capacidad supernatural de percepción, sino al llamativo abrigo que volvía a vestir la inglesa.

Era imposible no verla sentada en uno de los bancos, mientras el sol incidía directamente sobre ella y lograba que el naranja o rojizo abrigo que vestía, fuese como una alarma destellante que llamaba la atención de todo ser vivo que paseara por aquel parque. Incluido Bleu, que no paraba de corretear alrededor de ella mientras esperaba impaciente a que le lanzara su pequeña pelota azul.

Templé mis nervios tras pasar varios minutos observándola, y lo hice porque necesitaba ordenar mis pensamientos y recuperar parte de la valentía que necesitaba para enfrentarme a ella. Aunque mi único deseo era hablar, no discutir. De hecho, no lo iba a hacer bajo ningún concepto. Ni siquiera si ella se lo proponía.

Mi único objetivo era averiguar qué diablos había sucedido con su teléfono, y si había recibido mis mensajes y mis llamadas, o por el contrario pensaba que no había tenido la decencia de preocuparme por ella cuando más lo necesitaba. Y con ese objetivo empecé a recorrer los 100 o 150 metros que me separaban de ella. Sin perder el paso ni la actitud. Sin retroceder en mis intenciones, ni dudar un solo segundo de lo que estaba haciendo. Al menos hasta que noté como su mirada se desviaba hacia mí, y me descubría.

No tuve más remedio que detenerme, porque noté como si una fuerza me bloquease el paso en el mismo momento en el que nuestras miradas se cruzaron, y su gesto se volvió confuso.

Yo conocía esa sensación. Quinn probablemente estaba pensando que acababa de sufrir algún tipo de alucinación, porque jamás se esperaría mi presencia en aquel parque, a aquella hora y, sobre todo, caminando directa hacia ella cuando le había repetido hasta la saciedad, que no se acercara a mí. Sin embargo, fue esa mueca que dibujó en su rostro lo que me hizo recuperar el aliento, y seguir adelante con mi idea de llegar hasta ella. Lástima que solo pude dar un paso más antes de recibir la mayor y más extraña de las ofensas de cuántas había recibido a lo largo de mi vida. O tal vez debería llamarla sorpresa.

Quinn se levantó rápidamente y alzó su mano bruscamente—¡Alto! —me gritó al tiempo que lanzaba una mirada a su alrededor antes de volver a dirigirme la palabra— ¡No te acerques a mí!