Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO V

Cuando el Príncipe recibió las cartas de su amada familia, que tan dulces sensaciones hicieron experimentar a su corazón, ¿dónde estaba? ¿Qué hacía? ¿Qué había hecho desde que dejó el monte de la Morra? Esto es lo que vamos a ver.

Apenas descendió del amado monte se volvió para mirar la mansión querida en que quedaba llorando su ausencia su amada Candy. Desnudó su espada y juró darle cumplida venganza de cuantas traiciones, perjuicios y tormentos había sufrido de parte de sus enemigos. Su primera diligencia fue presentarse al tribunal creado por el Rey para juzgarlo. Prometió encadenar a la sierpe y remediar todos los daños que había causado, devolviendo al dominio del Rey todas las usurpadas posesiones. Sus promesas fueron aceptadas, quedó libre bajo su palabra y se le autorizó el nombre del Rey para volver a comenzar la guerra. De allí marchó a su castillo de la Cumbre, llamó a sus fieles tropas y comenzó a organizar de nuevo su ejército. Convocó a todos los habitantes del Desierto para que viniesen a alistarse bajo sus banderas todos cuantos quisiesen pertenecer a ellas. Acudían en tropel todos cuantos habían sufrido la tiranía del Reino de las Sombras. Los que más desgraciados no pudieron acudir desde luego, contentáronse con escribir al Príncipe que se aprestase a romper sus cadenas y a libertarlos tan pesado yugo. Acudieron también a alistarse multitud de jóvenes guerreros que, entusiasmados por la gloria del Príncipe, deseaban combatir a su lado y recoger inmarcesibles laureles bajo las órdenes de tan esclarecido Capitán.

Presto se terminaron los preparativos; entonces el valeroso héroe salió a campaña contra sus enemigos, les declaró la guerra, y provocó y retó con glorioso denuedo al orgulloso Neil, Príncipe de las Negras Sombras. Este tirano se había apoderado de casi todo el Desierto y había usurpado la mayor parte de las fortalezas que el Rey de las Luces tenía en él, de manera que casi sólo habían sido libres de su dominio el monte de la Mirra y el monte de las tres Mansiones. Enorgullecido y satisfecho con esto, se creía invencible y se daba a sí mismo el título de Príncipe del Desierto de las Lágrimas, y hacía sentir en todas partes su tirano y pesado yugo, pues lejos de tratar a sus infelices vasallos con la bondad y cariño paternal con que los trataba el Rey de las Luces, se portaba con ellos como un amo cruel y tirano, como un señor implacable y sin misericordia. La facilidad de sus triunfos y la rapidez de sus conquistas le hicieron más soberbio que nunca.

Pero en el tiempo que más se vanagloriaba con su poder apareció amenazador el invencible Anthony Brown Andley, y con la velocidad del rayo reconquistó todo lo que había perdido. Los soldados, cuando vieron de nuevo a aquel Capitán a quien adoraban, se creyeron invencibles y sólo ansiaban los combates y las batallas. Éstas fueron siempre seguidas de gloriosos y espléndidos triunfos, y en breve se apoderó el victorioso Anthony de cuanto el injusto Neil había usurpado. Al entrar los soldados en las fortalezas reconquistadas exhalaban gritos de indignación al ver los estragos que en ellas habían hecho sus enemigos. Los muros derribados en parte, sobre las paredes escritas palabras contra el Rey y contra el Príncipe, y los nombres de Neil y de la sierpe. La imagen ¡qué horror! del augusto y legítimo Soberano sustituida por la del tirano usurpador. Pero en muy breve fueron reparados todos estos daños. La imagen de Neil fue arrojada fuera con ignominia, y la del Rey bien amado llevada en triunfo a su antiguo lugar; las abominaciones fueron borradas y los muros reedificados. Marcharon después, prosiguieron la guerra con ardor y se apoderaron de lo que les faltaba. El miserable Neil, incapaz de resistir el esfuerzo de su rival, iba huyendo de ciudad en ciudad y de fortaleza en fortaleza, vencido siempre y derrotado.

Pocos días después llegaron sus vencedores a aquella aldea en que el Príncipe se había presentado en otro tiempo como médico. Está aldea estaba bien defendida, pero pronto cayó en poder del esforzado guerrero. ¡Cuán grande fue el gozo de estos fieles servidores al verse libertados del pesado yugo que por tanto tiempo habían sufrido! Con el más puro entusiasmo recibieron al joven héroe que había roto sus cadenas; se felicitaban de haberle conocido, y los que antes no sabía quién era exclamaban ahora admirados: «—¡Conque aquel sabio médico que muchas veces velaba a nuestro lecho, el que habitaba con nosotros era el Hijo muy amado de nuestro poderoso Rey!» El noble vencedor, por su parte, se mostró liberal y generoso sobre toda ponderación. Abrazó con la mayor ternura a los que lo habían acompañado al castillo de las Negras Sombras, los colmó de honores y dignidades, los llamó amigos, y en presencia de su corte los sentó a su mesa y los convidó a su boda.

No tardó en ser atacado por el Príncipe aquel primer castillo donde había estado Candy, donde él estuvo disfrazado de jardinero, donde le devolvió la salud y de donde la sacó con su triunfante espada. ¡Qué recuerdos! ¡Qué sentimientos hicieron latir su corazón al hallarse frente a esta fortaleza! Atacóla y la tomó. ¡Con qué efusión de ternura visitó aquellos amados sitios! El jardín donde la vio por primera vez, el calabozo donde, moribundo, fue por ella visitado, el aposento que allí ocupaba ella. Todos estos sitios fueron embellecidos con pinturas y estatuas que recordaran los acontecimientos allí verificados. El jardín, sobre todo, le hizo rodear con doradas verjas y cultivar con esmero. Gozaba en ver las amadas flores que él había sembrado primero y regado después con su propia sangre. Hizo de ellas un bello ramillete y lo envió a Candy.

De todo cuanto había usurpado traidoramente Neil en el Desierto no quedó en su poder más que la última fortaleza, de donde había huido últimamente Candy. Presto se dirigió a ella el valeroso Capitán; a la vista de sus muros éxito en su pecho una noble indignación, recordando sus propios agravios y los tormentos que allí había padecido su amada esposa. Cayó como un rayo con todo el impulso de su ira. Neil, que allí se había atrincherado, pudo huir a duras penas. El Príncipe de las Luces se apoderó del castillo, lo hizo demoler y arrancar hasta sus cimientos y arrojó sus escombros en el barranco que le rodeaba. No obstante, quiso conservar el patio de la corza, sabiendo que era de grata memoria para Candy; le embelleció y fortificó, y luego, sin detenerse, partió veloz al frente de su ejército y llegó hasta las puertas del Reino de las Sombras. El orgulloso monstruo de las siete cabezas quiso oponerse a su triunfo. El invicto vencedor no esquivó el combate, que no duró mucho tiempo, pues pronto huyó el monstruo llevando en su pecho una profunda herida. El Príncipe lo citó para un último y decisivo combate cuya hora y sitio le intimó que le haría saber.

Llegó, por fin, el valeroso caudillo hasta el último baluarte de sus enemigos; entonces desafío al de las Negras Sombras y le obligó a batirse con él en singular combate. «—Veamos —le dijo—, quién ha de ser, por fin, el Rey del Desierto y el esposo de Candy; que lo decidan los aceros como tiempo ha hemos convenido». El orgullo dio fuerzas a Neil para aceptar el combate, pensando, necio, que podría resistir a quien hasta entonces había sido su vencedor. Se señaló día y hora para el combate, y bien pronto todo estuvo preparado: los ejércitos estaban de ambos lados, dejando el campo por medio. Llegada la hora acudieron los combatientes.

Reinaba un profundo silencio, parecía que hasta contenían la respiración para ver y escuchar mejor; ya estaban colocados frente por frente Anthony Brown Andley, Príncipe de las Luces, y Neil, Príncipe de las Negras Sombras; sonaron las trompetas y los campeones rompieron el uno contra el otro. El Príncipe de las Negras Sombras estaba furioso; sus ojos parecían salirse de sus órbitas, su respiración era ruidosa, echaba espuma por la boca y decía mil dicterios injuriosos a su rival. El Príncipe de las Luces también estaba indignado; pero su enojo era lleno de majestad; su hermoso rostro no estaba descompuesto; estaba hermoso, sí, pero con una hermosura imponente y terrible como la de un cielo tempestuoso; su mirada era tal que hacía estremecer.

¡Espantosa, tremenda fue la lucha! Neil el soberbio, con su gigantesco brazo, su formidable espada templada en el veneno de la sierpe y auxiliado por el poder maléfico del monstruo, hubiera vencido sin duda a cualquier otro que no fuese su competidor. ¡Oh, pero vencer al glorioso Anthony no cabía en lo posible! Así es que después de tremendos, desesperados esfuerzos, el soberbio gigante cayó por fin a los pies de su vencedor.

Un grande murmullo se levantó en todas partes. Mil gritos de alegría saludaron al Príncipe triunfante. Él se acercó a su prisionero, y bajo su triunfadora espada le obligó a confesarse vencido y a que hiciera cuanto fue de su agrado; hizo que le entregara el escrito firmado por Candy, que le devolviese todos los prisioneros de guerra, todos los cautivos que gemían años atrás en el Reino de las Negras Sombras. El vencido le entregó el papel y las llaves hasta de los más escondidos calabozos. Enseguida el vencedor le obligó a que declarara delante de testigos intachables de una y otra parte que jamás había recibido de Candy prenda ni señal alguna de cariño, que sólo fuerza de engaños y traiciones había podido llevarla al castillo de las Negras Sombras, y que últimamente había hallado en ella una heroica resistencia, no obstante de tenerla en su poder y hallarse ella sin persona alguna de su parte. Neil declaró y firmó todo esto y firmaron también los testigos. Entonces, levantando su espada, le dijo: «—Ahora bien, Neil, Príncipe de las Negras Sombras, yo no te quitaré la vida y aún te dejaré por algún tiempo la libertad y el dominio de tu Reino. Porque, sábelo, yo voy a celebrar mis bodas con Candy y no quiero que se diga que solo muerto tú o desarmado he podido desposarme con ella. ¡Oh, no! Esto no es así; usa de cuantos ardides, de cuantas traiciones y perfidias estén en tu poder; te desafío a que por astucia o por violencia la arranques de mi lado. Pasado este tiempo tendrás, sin que puedas esquivarlo, que lidiar conmigo en compañía de tu monstruo en un último y decisivo combate. El sitio y día yo te lo haré saber.

Las puertas de las Negras Sombras fueron abiertas, y sus umbrales, que jamás habían traspasado más que los habitantes de aquel Reino, fueron bien pronto traspasadas por el noble triunfador.

Los moradores de aquel tristísimo lugar quedaron asombrados al ver penetrar en su recinto a aquel desconocido. «—¿Quién es este? —decían—. Su aspecto majestuoso y su mirada Serena imponente no parecen de un prisionero. Vencedor parece, no vencido; mas, ¿cómo ha podido llegar hasta aquí? ¿cómo ha podido quebrantar las férreas puertas de estas mazmorras?» El Príncipe seguía caminando triunfalmente sin que nadie osara detener su paso. Sacó una multitud de prisioneros que allí tenía la sierpe detenidos. Todos aquellos que habían gemido tanto tiempo en el Reino de las Sombras y que habían suspirado siempre por el momento de su libertad, vieron llegar aquel fausto día tan esperado y deseado. Reunidos todos alrededor del héroe le tributaban a la vez alabanzas y acciones de gracias. Hubo algunos que entonaban himnos que repetían mil voces en acordes conciertos encomiando las proezas del noble libertador. Todo fue regocijo, y el vencedor se apresuró a salir de aquel lugar llevando consigo a todos los suyos.

Cumplió al punto su palabra y devolvió a Neil todas las fortalezas que él había tomado y que estaban dentro del Reino de las Sombras, pero no le devolvió las del Desierto, por no hacer a sus fieles vasallos víctimas de tan odiosa tiranía. Devolvióle también todos los prisioneros que se le habían hecho durante la guerra. Terrence y Eliza fueron de este número. Después fue a presentarse al tribunal que conocía en su causa. Declaró cuanto había hecho y las razones que había tenido para hacerlo; presentó los escritos firmados por Neil y los testigos. Los jueces deliberaron maduramente sobre el caso, y vistos aquellos documentos, oída la declaración de Candy e inquirida su voluntad por medio de personas competentes; certificados también de hallarse Candy libre de la marca y de las menores reliquias del veneno de la sierpe, hicieron cancelar y destruir en debida forma el escrito que ella había firmado, y declararon que Candy pertenecía al Príncipe de las Luces y era digna de ser su esposa. Después dieron por bueno cuánto el Príncipe había hecho, y aprobaron de parte del Rey, cuyos representantes eran, el emplazado combate con la sierpe; dieron por concluida la causa, al Príncipe por libre; declaráronle además, benemérito del Reino por los grandes servicios que le había hecho.

Regocijado partió el Príncipe para su castillo de la Cumbre, desde donde dio sus disposiciones para que los cautivos libertados fuesen llevados al Reino de las Luces y las tropas distribuidas convenientemente en las fortalezas libertadas a fin de asegurarlas, y al grueso del ejército hizo que marcharse en columnas hacia el monte de la Mirra a fin de que contribuyese a solemnizar sus bodas; y entonces recibió las cartas de que hemos hablado y que tan dulce júbilo le hicieron experimentar. Contestólas al punto, y en particular a Candy escribió una larga, tierna y dulcísima carta en la que le daba cuenta de todo lo hecho y le aseguraba que muy pronto volvería a aquel amado monte a fin de celebrar con ella su tan deseado desposorio.


Un capitulo dedicado casi en su totalidad al valiente Anthony, Príncipe de las Luces.

Espero lo hayan disfrutado. ¡Nos vemos la próxima!.