Aviso: Secuela del fic Life Unexpected. Los personajes y todo lo que reconozcan pertenece a JK Rowling.

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32. Reparando algunos daños

Era algún momento de la madrugada cuando Mar abrió los ojos, sin razón aparente. Nada la había despertado, ni una pesadilla o algún ruido exterior; había sido solo una reacción de su cuerpo, obedeciendo el horario de su reloj biológico. Durante la mayor parte de su vida —exceptuando esa época tumultuosa en la que prefería no pensar— había tenido el sueño más bien pesado y regular, sin sufrir de episodios de insomnio o dificultad para dormir corrido. Desde luego, eso había cambiado cuando Ophelia había nacido.

En los casi once meses que tenía de vida, la niña había evitado de manera casi intencional pasar la noche sin despertarse, lo que había hecho que el cuerpo de su madre se acostumbrara a levantarse varias veces en una madrugada, incluso sin que ella llorara.

O, recientemente, sin necesidad de que estuviera en la habitación.

Mar respiró hondo y giró la cabeza, encontrando vacío el espacio junto a su costado en el que su hija acostumbraba dormir cada noche. Hacía mucho que había mandado al demonio todos los libros de expertos que repetían los beneficios de enseñar a los niños a pasar la noche en sus cunas. Ninguno de ellos había criado hijos mientras atravesaban el inicio de una posible guerra y algo bastante parecido a una separación romántica, así que le daba igual que la juzgaran. Ya tendría tiempo en el futuro de lidiar con el mal dormir de su hija.

Por inercia, su mente viajó a Londres, donde, con algo de suerte, Sirius y ella estarían pasando una mejor noche que la suya. Su corazón se estrujo ante el pensamiento, con una mezcla de ternura y anhelo. Desde que él había dejado de lado su maldita terquedad y aceptado que la niña se quedara en Grimmauld Place, Mar tenía una reconfortante sensación de tranquilidad en el cuerpo. Le daba paz que se estuviera haciendo cargo, que de verdad lo estuviera haciendo. Pero también le hubiera gustado estar ahí para presenciarlo.

De más estaba decir que Marlene era una persona práctica, que no se llenaba la cabeza con tonterías románticas. Pero también estaba de más recordar que, a pesar de eso, estaba enamorada como una idiota. Y que lo extrañaba, muchísimo y de manera constante.

No importaba que se vieran casi todos los días y que hablaran como si nada hubiera cambiado, cuando llegaba la noche y se encontraba sola, era imposible recordar que las cosas sí eran diferentes. Porque no estaban juntos, y esa realidad pesaba más de lo que se había imaginado.

Suspiró con pesadez y se incorporó en la cama, chasqueando la lengua cuando miró a su alrededor. Todo lo anterior se confirmaba con el simple hecho de que, aunque hubieran infinitas habitaciones en casa de James y Lily, ella seguía durmiendo en la que tenía todas las tonterías de Sirius pegadas en las paredes. Había tratado de excusarse con que era una cuestión de logística, pero en el fondo sabía que se trataba de algo más profundo. Y cursi.

Le costó un par de minutos aceptar que no iba a volver a conciliar el sueño tan rápido, así que se quitó las cobijas de encima y se puso de pie. Lo único que podía hacer era tomar un vaso de agua y esperar que una vuelta por aquella mansión la asustara lo suficiente como para obligarla a volver a la cama.

Sin embargo, sus planes cambiaron cuando, al salir de la cocina, encontró que la luz del salón estaba encendida.

—Odio a los hombres.

—Eso es nuevo —respondió Lily, sonriéndole divertida desde el sofá—. Lograste engañarme muy bien todos estos años.

—No estabas prestando suficiente atención —resopló Mar, acercándose para sentarse a su lado—. Si no fuera por ellos, estaríamos durmiendo como bebés en este momento. ¿Te parece justo?

La pelirroja no había dado sus razones para estar despierta, pero ella había revisado la pizarra de guardias y sabía que James estaría afuera toda la madrugada. Era fácil llegar a la conclusión.

—Ese es un excelente punto —concordó Lily, suspirando. Dejó al lado una pila de pergaminos que había tenido sobre su regazo—. Casi te hace desear estar soltera.

—No mientas, te encanta esta mierda del matrimonio. A mí me embaucaron.

—Seguro —dijo la pelirroja con ironía, sonriendo. Le apartó el cabello del rostro en un gesto maternal, antes de preguntar—: ¿Estás bien? ¿No te sientes cansada?

—No más de lo normal —aseguró Mar, enarcando una ceja—. Prometo que no estoy al borde de otra crisis de fatiga… de nuevo.

—Bueno, prefiero preguntar. La última vez no lo hice y…

—Lily, sé que te cuesta diferenciar ambos conceptos: pero somos tus amigos, no tus hijos.

—Eres imposible —chasqueó la pelirroja, cruzándose de brazos.

Mar soltó una risita y le dedicó una mirada conciliadora. Sabía que les había dado a todos una buena razón para estar atentos a sí estaba o no descansando, pero mientras más pronto lo dejaran ir sería mucho mejor para ella.

—No te preocupes. De verdad estoy bien —le aseguró, sincera. Decidió cambiar el tema; no quería volver a hablar de su situación con Sirius ni nada parecido—. Mejor cuéntame, ¿qué estabas haciendo con todos esos papeles?

—Oh… No es nada —respondió Lily, apartando la mirada, algo insegura—. Solo me distraía un poco del insomnio.

—¿Estabas terminando informes? —le preguntó Mar, extrañada. Lily se tomaba los informes con la misma seriedad que lo hacía con las tareas cuando estaban en el colegio: era ridículamente puntual.

—No exactamente —admitió la pelirroja, mordiéndose un labio, sin decidirse a contarle—: Yo… Bueno, te voy a contar, pero tienes que prometer que no vas a burlarte.

—¿Discúlpame? ¿Por quién me tomas? ¿Sirius? —Chasqueó la lengua, ofendida, ante la mirada irónica de su amiga—. No seas idiota. ¡Cuéntame!

—Bueno… —Lily suspiró y tomó uno de los pergaminos, entregándoselo con timidez—. Son… son mis columnas. Las que solía escribir para El Profeta.

—¿En serio? —Mar se sorprendió, pero un breve vistazo al pergamino le confirmó lo que su amiga decía—. ¿Te devolvieron tu trabajo y no me dijiste nada?

—Soy la última persona a la que le devolverían el trabajo en este momento —resopló Lily, con una risita más relajada—. No lo hago para publicarlas, obviamente, solo… Siempre me relajó escribirlas; era una forma de desahogarme de todo lo que estaba pasando en mi vida, y ahora me está pasando demasiado, así que cuando tengo un rato libre solo… Escribo.

—Ya… entiendo.

Mar leyó por encima la columna, sonriendo al reconocer el tono jocoso e inteligente que Lily siempre había usado para escribir. Una sensación de deja vu la llevó por un viaje en el pasado, hacia un par de años atrás, cuando las cosas eran tan diferentes que parecía mentira que hubieran cambiado tanto. Como si pertenecieran a otra vida.

—Lily, y… te importaría si… ¿Quieres que las lea? —preguntó Mar, mirándola de reojo—. No tengo problema. Incluso podría hacerte correcciones. Ya sabes, com antes.

—¿Quieres hacer eso? —Esa vez, fue oportunidad de Lily de sorprenderse.

—Pues… sí. A ver, ahora eres tú la que no se puede burlar —le advirtió Mar, apuntándola con un dedo—. Pero, honestamente… Extraño un poco trabajar.

Lily agrandó los ojos con incredulidad antes de soltar un suspiro profundo. Mar la imitó, soltando una carcajada llena de tranquilidad; por un segundo, había temido estar diciendo una tontería.

—¡Ay, qué alivio! Pensé que me estaba volviendo loca.

—¡Por supuesto que no! —exclamó Mar, sintiendo que se quitaba un peso de encima. Recogió las piernas sobre el sofá para estar más cerca de su amiga—. Lily, estamos trabajando desde los veinte años, y nos encantaba lo que hacíamos. Creo que es normal sentir algo de nostalgia.

—Sí, tienes razón. Y no es como que lo extraño siempre, ya tenemos suficientes preocupaciones —señaló Lily, enarcando las cejas—. Pero las cosas de la Orden son… Es diferente. Creo que lo que extraño usar la cabeza; sentirme inteligente.

—Yo extraño ser útil, lo cual es una tontería porque sé que lo soy para la Orden, pero… —Mar suspiró, sin saber cómo poner en palabras todo lo que sentía—. Me gustaba trabajar.

—A mí igual —concordó Lily, sonriéndole, comprensiva y aliviada. Recostó la mano contra su puño para continuar—. No sé por qué no te lo dije antes. Intenté hablarlo con James y creo que no me entendió del todo. Él extraña no tener que preocuparse por guardias y mortífagos, pero…

—Pero nunca ha trabajado un día en su vida, es normal que no entienda —completó Mar, entornando los ojos divertida—. Además, él tiene su propio dinero.

Además —asintió Lily, haciendo énfasis en esa palabra—. Yo todavía no me acostumbro a que… bueno, en parte también es mío.

—Lo es.

—Me parece absurdo tener tanto dinero —admitió Lily, sacudiendo la cabeza—. Todavía sigo usando mis ahorros de antes de casarnos. Creo que lo haré hasta que se agoten, luego tendré que resignarme.

—Tus problemas de millonaria conmueven mi alma —la picó Mar, echándose a reír cuando su amiga le dio un suave empujón—. No, yo entiendo. Sirius suele poner dinero en mi bóveda para «la niña», pero sé que espera que lo use también para mí. Como si fuera a hacer algo así.

—Uno creería que te conoce mejor que eso —dijo la pelirroja, tomando una de sus manos—. Me alegra haber hablado contigo. Y por supuesto que puedes leer y corregir todo. Harás que se sienta más real.

—Será todo un placer —aceptó Mar, sonriendo emocionada—. Quizás podríamos hacer un cronograma de entregas como el que teníamos en la oficina. Así tenemos algo a lo que aspirar en la semana, no tiene que ser muy estricto, pero…

Lily no necesitó más que eso para ponerse en modo estudiante destacada que había logrado ser prefecta. Mar escuchó atenta los planes que se le iban ocurriendo, aportando sus ideas y ayudándola a darles formas.

Se quedaron hablando hasta que los primeros rayos de la mañana iluminaron el salón. Sin quererlo, Mar se encontró rememorando sus años de juventud, cuando vivían juntas en un apartamento pequeñísimo, compartiendo sus sueños y sus planes; tratando de sacar adelante la vida resquebrajada que les había quedado. Siendo la familia que la otra había perdido.

En el presente, ambas estaban en lugar infinitamente mejor, pero, pensó Mar antes de quedarse dormida en el sofá, nunca les vendría mal juntarse para dejar de ser adultas llenas de responsabilidades. En especial en esos momentos, cuando la normalidad era tan escasa.

Siempre podían regresar a la otra para obtener un poco más.

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Sirius no le había dicho a nadie que la rodilla le seguía doliendo. Se había mejorado lo suficiente para caminar por su cuenta y sin las malditas muletas, por lo que convencerlos a todos de que estaba perfecto había sido sencillo. Aun así, bastaba que cualquiera prestara suficiente atención para darse cuenta de que no podía pasar mucho tiempo de pie sin tener que cambiar el peso de su cuerpo, o que necesitaba estirar la pierna cuando estaba sentado.

Por suerte, no había nadie conocido cerca para ver la mueca de dolor que hizo cuando se apareció junto al bar. Solo Ophelia, que se rió encantada de la palabrotas que soltó.

—No está bien reírse del dolor ajeno, mocosa —la amonestó él, acomodándola en su cintura—. ¿Es eso lo que te enseña tu madre?

La niña ignoró su pregunta y continuó balbuceando mientras apuntaba con su dedo a cualquier cosa que tuvieran a su alrededor. Sirius no entendía nada de lo que decía, pero aun así iba respondiéndole lo que se le antojara. Le había parecido una tontería cuando la sanadora les había dicho que lo hiciera para incentivarla a que siguiera intentando hablar, pero no había tardado en agarrarle el gusto. De todas formas, siempre lo había relajado conversar con la única persona que no iba a responderle.

—¿Pediste diez kilos de pataletas y ganas de joder? —bromeó cuando Mar abrió la puerta—. Aquí te los entrego.

—Cierra la boca —le ordenó Mar, antes de esbozar una sonrisa enorme y tomar en brazos a Ophelia, que casi se arrojó sobre ella—. ¡Hola, mi cielo! ¿Me extrañaste?

—Bueno, diez fueron la última consulta. Ya empiezan a sentirse como once si la cargas mucho rato.

Ambas ignoraron su comentario, muy ocupadas en saludarse. Ophelia se abrazó a su madre con ambos brazos, recordándoles a ambos que ya había crecido lo suficiente como para responder de manera más activa a sus atenciones. Sirius se giró para asegurar la puerta y así no dejar su sonrisa en más evidencia.

—Mamá te extraño estas dos noches —le dijo Mar a Ophi, recibiendo balbuceos como respuesta—. A ti y tus once kilos perfectos. No importa lo que tu padre diga.

—Ya, porque no eres quien la cargó hasta aquí —resopló Sirius, sacando del bolsillo de su chaqueta el bolso miniatura donde llevaban las cosas de la niña—. ¿Vamos a enseñarle pronto a caminar? Ya hace falta.

—Aprenderá cuando tenga que hacerlo —aseguró Mar, sin darle mucha importancia—. Así como pronto aprenderá pronto a decir mamá. ¿Puedes hacer eso, Ophi? ¿Puedes decir ma… ma?

Sirius enarcó una ceja, divertido, y se quedó callado mientras esperaba a que la niña dijera las sílabas que había repetido de manera incesante durante las últimas semanas.

—Pa… pa… papa…Pa…

—Ya, entendí —le cortó Mar, mirándolo con desdén cuando se echó a reír—. Agh, no luzcas tan encantando. Ni siquiera sabe que está hablando de ti.

—¿Y de quién más hablaría? —se jactó él, sonriendo arrogantemente con todo el rostro—. Es muy inteligente, Mar. Tú misma lo has dicho.

—Es sabido que tiendo a equivocarme —murmuró Mar, entornando los ojos—. ¿Te vas ya? Vi en la pizarra que tenías guardia.

—Tengo… pero puedo quedarme un rato —decidió, a la vez que se dejaba caer sobre el sillón de la sala—. Necesito sentarme.

—A ver, exagerado, está pesada, pero no es para tanto —le dijo ella, sentándose en el sofá frente a él. Lo miró con los ojos entrecerrados—. ¿O te está doliendo la rodilla de nuevo?

—¿Por qué? ¿Le quieres echar un vistazo? —le preguntó él, enarcando las cejas de forma sugerente.

—Sirius. —Mar le lanzó una mirada severa y algo preocupada, mientras se acomodaba a Ophelia sobre el regazo—. ¿Estás seguro de que no quieres que alguien te revise?

—Yo ya me revisé.

—Alguien con más conocimiento.

Sirius la miró, fingiendo estar indignado, sin revelar que, en el fondo, sabía que ella tenía razón.

Había realizado los mismos hechizos que siempre usaba cuando él o alguno de sus amigos sufría una lesión. Eran fáciles, y, en su experiencia, bastaba muy poco tiempo para recuperar la movilidad por completo. Esa vez lo había hecho todo igual, solo que, quizás, había subestimado la gravedad de esa lesión. Debía haberlo hecho, si tantas semanas después seguía doliéndole.

Sin embargo, no estaba dispuesto a aceptar que necesitaba ayuda para una tontería así. No había que hacer un drama por eso.

—No es la rodilla, Mar. Ya no me duele, quédate tranquila —mintió, asegurándose que una mentira piadosa no hacía daño. Estiró ambas piernas para disimular el dolor en la otra—. Solo necesito descansar un puto segundo porque se me olvidó lo que es dormir.

—Perdóname si estoy realmente feliz de escuchar eso —respondió Mar, sonriendo encantada.

—Ajá, por eso es que la niña no conoce de consideración.

Ella siguió sonriendo, sin darle verdadera importancia a las ojeras que a él también habían empezado a salirle. No podía culparla, desde luego, y aunque luego de quedarse con Ophelia por la noche pasara buena parte del día cabeceando, la verdad era que no lo molestaba.

Prefería eso a volver a verla al borde del colapso. No estaba dispuesto a permitir que volviera a pasar.

—Oye, Mar, ahora que estoy aquí. Hay algo de lo que quería hablarte.

—¿Qué será?

—Supongo que estás enterada de que ya casi se cumple un año desde que esta pequeña mocosa salió por una de mis partes favoritas de tu cuerpo. —Hizo caso omiso a la mirada asesina que Mar le lanzó, que parecía dispuesta a soltar a la niña para ahorcarlo, y preguntó—: ¿Has pensando en cómo quieres celebrar?

—Eres un cerdo.

—Gracias, pero eso no responde mi pregunta.

—Responde a muchas otras —resopló Mar, obligándose a sonreír cuando Ophelia le pasó uno de sus juguetes—. Y por supuesto que estoy enterada, pero todavía falta como un mes para eso…

—¿De verdad? ¿No era la próxima semana? —Fingió sorprenderse él.

—Imbécil —dijo Mar, entornando los ojos—. ¿Por qué preguntas eso?

—Quiero estar al tanto de tus planes, es todo —respondió él, encogiéndose de hombros—. Si quieres que hagamos una fiesta, será mejor que nos pongamos con eso desde ahora.

—Sí, deberíamos… —murmuró Mar, quedándose pensativa por un momento antes de responder—. Pero la verdad es que… no creo que quiera.

—¿Cómo? —preguntó Sirius, sorprendido—. ¿A qué te refieres con eso?

—Que no estoy segura de que quiera que hagamos una fiesta.

—¡Pero…! ¿Estás hablándome en serio, Marlene? —Agrandó los cuando ella asintió. No estaba entendiendo nada, y por un momento pensó que estaba jugando con él—. ¡Es su primer cumpleaños!

—Lo sé.

—¿Qué pasó con esa mierda de querer que todas sus primeras celebraciones fueran especiales? ¿Qué es más especial que tener un año existiendo? Y jodiendo.

—Pues ese plan infantil que tuve ya probó ser casi imposible de lograr —señaló Mar, entornando los ojos antes de fijar la mirada en su hija—. No necesito otro Halloween fallido y otra Navidad de mierda para saberlo.

Eso fue suficiente para que el ambiente se enrareciera. Sirius se removió incómodo en el sillón, sintiendo como su rodilla resentía la tensión que de pronto había aparecido en su cuerpo. Y por la culpa, desde luego.

—Mar…

—Ya, no vamos a hablar de eso —le cortó ella, sacudiendo la cabeza—. No quiero que su primer cumpleaños sea otra fiesta llena de drama, ¿de acuerdo? Además, ni siquiera va a recordarlo. Ningún niño lo hace, es solo una excusa para que los padres celebren.

—¿Y acaso no lo merecemos? —preguntó Sirius, cruzándose de brazos con indignación—. ¡La mantuvimos con vida durante todo un maldito año! Si nadie va a darnos un premio, al menos podemos comer pastel.

—Te das mucho crédito en ese argumento —señaló Mar, enarcando una ceja—. Y no he dicho que no comeremos pastel. Podemos juntarnos en casa de James y Lily; una reunión pequeña estará bien.

Sirius chasqueó la lengua con fastidio. No le gustaba para nada aquel plan; entendía la actitud de Mar, por supuesto, pero no le parecía justo dejar de celebrar el cumpleaños de Ophelia por… pues por él y sus cagadas. Era cierto que no iba a recordarlo, pero eso no le parecía una razón lógica para no hacerle una fiesta. Iba a estar encantada con todos los regalos y la atención, ¿acaso no valía la pena?

—Además, Ophi no necesita una fiesta para saber que nos alegra tenerla aquí —agregó Mar, sonriendo y pegando su frente a la de la niña—. Ella ya lo sabe.

Sirius asintió, dándole la razón en eso.

Pero decidió que en lo otro no sería tan obediente.

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Hannah no iba a darse cuenta de que sus sentimientos habían cambiado hasta que fuera demasiado tarde. Cuando quisiera huir de una situación que se había vuelto demasiado para ella, pero encontrara que su corazón estaba negado a seguirla. Porque se había enganchado a alguien con todas sus fuerzas.

En el futuro, vería hacia atrás y recordaría todos los detalles que debían haberle servido de advertencia. Por ejemplo, cómo había empezado a verse en el espejo al menos tres veces antes de encontrarse con él, o la forma en que su estómago se encogía, emocionado ante la idea de pasar el rato a su lado. Eran esas pequeñas cosas, las que había ignorado deliberadamente, pero que un día le indicarían cuándo había empezado todo. Cuando había pasado de ser parte de una venganza tonta e infantil a ser mucho más que eso. Cuando se había convertido, sin ella darse cuenta, en una de las relaciones más importante que iba a tener en la vida.

Eran revelaciones que tendría más adelante, en el presente, Hannah solo las había interpretado como la misma emoción que había sentido siempre, solo que aupada por la promesa de unos besos que la hacían temblar, y de una mirada sincera que la hacía sentir como la chica más importante del mundo. La más amada, que era justo lo que necesitaba en el momento.

La chica se cambió de peinado una última vez y volvió a revisar sus dientes, asegurándose que no había residuo alguno del almuerzo. Luego de eso, tomó los libros gruesos que había dejado sobre su cama y se puso en camino. Iba a bajar directamente, sin distraerse, pero se encontró con alguien a mitad de las escaleras que puso en pausa sus planes.

—¿A dónde vas con esa cara? —preguntó la chica, deteniéndose y mirando a su amigo con una pequeña sonrisa—. ¿Te cayó mal el almuerzo?

—No, pero seguro lo hará —respondió Harry, sonriéndole con hastío—. Voy a cambiarme para ir a ver a Snape.

—Agh, olvidaba que tenías que verlo hoy —se quejó ella, fastidiada—. ¡Es sábado! ¿No deberías tener el día libre?

—Debería tener todos los días libres de estas clases —gruñó Harry, de mala gana—. Estoy harto de perder el tiempo así.

—Trata de aguantar, ¿sí? —le dijo Hannah, apretando los puños para no tomar su mano—. Si tus padres dicen que es necesario…

—Sí, sí. Por algo será —completó Harry, girando los ojos—. Deben tener una razón que obviamente me están ocultando, pero igual esperan que comprenda. Lo de siempre.

Otra cosa de la que Hannah no iba a darse cuenta tan pronto, sería del momento en que sus sentimientos por Harry volvieran a su estado original. Pasaría un buen tiempo sin discernir que la preocupación genuina que le nacía desde el fondo del estómago había dejado de ser romántica. La profundidad de ese sentimiento nunca iba a cambiar, solo la razón.

En ese momento, solo pudo sujetar sus libros con fuerza para no abrazarlo. Era algo que en el pasado habría hecho sin dudar, pero que no se sentía segura de hacer en ese momento.

Estaban hablando, sí, pero las cosas seguían sin ser del todo normales. Ella no había logrado sanar por completo.

—¿Trataste de llorar frente a Lily? Quizás eso ayude —bromeó, por toda respuesta.

—Buena idea, no se me había ocurrido —dijo Harry, soltando una risita—. Quizás lo intente ahora. Voy a hablarles antes de bajar a las mazmorras.

—¡Oh, salúdalos de mi parte! —le pidió la chica, pasándole por un lado para seguir bajando.

—Claro… ¿Tú a dónde vas? —preguntó el chico, mirándola con interés. Agrandó los ojos al notar sus libros—. ¿Tenemos tarea?

—Siempre tenemos tarea —señaló Hannah, girando los ojos con diversión—. Pero no, voy a estudiar un rato.

—Pensé que Hermione tenía una cosa de prefectos...

—Sí... no voy a estudiar con ellos —respondió ella, desviando la mirada—. Tengo otros amigos, ¿sabes?

Harry no necesitó más información para que la expresión de su rostro diera un cambio radical. Hannah respiró profundo, deseando para sus adentros que lo dejara estar, por una vez.

Desde luego, él no estaba dispuesto a hacerlo.

—Ya, claro —dijo el chico, apretando las mandíbulas—. Hannah…

—Harry, no empieces.

—¿Puedo decir…?

—No, no puedes —le cortó ella, poniéndose seria—. No hagamos esto, ¿de acuerdo? Llevamos muchos días sin discutir.

Por desgracia, muchos días para ellos significaba unos cuatro o cinco, que era lo que podían pasar sin volver a discutir por el mismo tema. Sin llegar a nada.

Era una de las razones por las que no habían podido volver a la normalidad. Ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer, algo que nunca les había pasado.

—Me voy. Hablamos en…

—Hannah, solo trata de no juntarte tanto con él, por favor —le pidió Harry, suplicante—. La gente está… dicen cosas que no…

—¿Cómo? —preguntó ella, sobresaltándose y agrandando los ojos—. ¿A qué te refieres con eso? ¿Qué cosas dice la gente?

—Eres miembro del ED, pero a la vez frecuentas a Malfoy cada rato libre —señaló Harry, mirando a otro lado—. ¿Qué crees que dicen?

Hannah sintió un nudo en su garganta, que en otro momento habría sido un aviso de las lágrimas que estaban por salir. Esa vez, fue producto de la rabia y la indignación que le provocó aquel comentario.

—¿Estás acusándome de algo, Harry? —preguntó, sin irse por las ramas.

—Pero… No, claro que no, solo…

—Supongo que tú te encargaras de desmentir a la gente que dice eso, ¿cierto? ¿O los dejas irse pensando que soy una soplona?

—Claro que lo desmiento, Hannah, pero…

—¿También lo crees?

—No —dijo Harry, sin tomarse ni un segundo para pensarlo—. Solo digo que…

—Entonces, si no lo crees y te encargas de desmentirlo, no veo por qué deberíamos preocuparnos —resolvió ella, encogiéndose de hombros con una calma que no sentía—. No necesito tu aprobación ni la de nadie para escoger mis amistades, ¿te queda claro?

—Hannah, solo… no quiero que tomes una mala decisión. Es todo.

—No te preocupes por mí —le ordenó, sin conmoverse—. No soy tan tonta como piensas.

Si Harry pensaba en decir algo más, Hannah no pensaba quedarse a escucharlo. Se dio media vuelta y siguió bajando las escaleras, procurando no dejar que el enfado que sentía se extendiera más de la cuenta.

No iba a dejar que nadie arruinara su humor. Mucho menos él, que ya había arruinado suficiente.

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Durante esos últimos meses, Draco se había sentido como si estuviera viviendo en un sueño, uno que había cultivado por más años de los que hubiera querido admitir. En un punto había estado seguro de que no ocurriría, de que tenía que resignarse a que ella nunca lo vería como algo más que un amigo y que lo único que podía hacer era fantasear con algo diferente. Ver que se había equivocado lo hacía sentir como si estuviera flotando sobre el piso.

Pero pensar que pronto podría perderlo no lo dejaba disfrutarlo por completo.

—A ver, esto no tiene sentido —exclamó Hannah, sacándolo de sus pensamientos al cerrar con fuerza el libro que tenía sobre el regazo. Estaba sentada frente a él con las piernas cruzadas—. ¿Para qué sigo leyendo si no estás escuchándome?

—¿Quién dice que no estoy escuchando? —preguntó él, frunciendo el ceño. Obviamente no lo había estado haciendo.

—No actúas como si lo hicieras.

—Porque no quiero interrumpirte —argumentó el chico, mirándola con indignación—. Discúlpame por tener buenos modales.

—Por favor, no digas tonterías. Te conozco lo suficiente para saber cuando estás escuchándome en silencio y cuando me estás ignorando —señaló Hannah, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos—. ¿En qué estás pensando?

Draco le mantuvo la mirada con falso fastidio, procurando que su expresión no revelara el miedo frío que trepaba por su estómago hacia su pecho. Estaban sentados en el jardín, bajo la sombra de un árbol junto al lago. Era un día cálido y soleado, que no iba para nada acorde con sus lugubres pensamientos.

No podía decirle en lo que estaba pensando, no era ni siquiera una posibilidad. Después de todo, lo que pasaba por su mente en ese momento era algo que atentaba directamente contra la chica. Contra todo lo que le importaba, aunque a él le escociera.

No podía dejar de pensar en lo cerca que estaba la brigada de descubrir, finalmente, las actividades clandestinas que tenían meses llevándose a cabo en el castillo. Y de las que ella era parte.

Iban a descubrirlos pronto, aunque ellos no tuvieran ni la menor idea.

Y de haber pasado en otro momento, a inicios del año escolar o antes del receso de navidad, Draco habría sido el primero en celebrarlo. No iba a negar que sentía una morbosa satisfacción al saber que estaba por arruinarle la fiesta a Potter y a sus amigos, pero no lo estaba disfrutando tanto como habría querido, o como todos esperaban de él. Lo que sentía por Hannah no se lo permitía.

Draco tenía muy claro cuál era su posición; sabía en qué creía y confiaba en lo que apoyaba. Estaba seguro, por completo, de que estaba en el lado correcto de ese conflicto. Pero también sabía que ella tenía la misma confianza en su postura. Una que era totalmente diferente a la suya.

Cuando eran juntos era sencillo olvidarlo. Se le hacía fácil disfrutar de su presencia como siempre la había deseado, perderse en sus besos y en sus caricias, calentarse con ella y embriagarse en todo lo que podía hacerla sentir. En esos momentos, era sencillo ignorar sus diferencias, sin importar lo profundas y marcas que eran. Sin embargo, Draco nunca había dejado de escuchar al reloj en su cabeza, ese maldito tic tac que le recordaba maliciosamente que aquello no iba a durar. Que lo que podían tener en común no era tan fuerte para superar lo que los diferenciaba.

Y que pronto terminaría por separarlo.

—¿Draco?

—Ya estudie ese tema —respondió, al cabo de unos segundos—. Me aburre escuchar algo que ya conozco.

—¿No se te ocurrió decírmelo hace media hora? —resopló la chica, mirándolo con exasperación—. ¡Pude haber pasado a otro capítulo!

—Da igual, Hannah —dijo Draco, entornando los ojos con fastidio—. Tampoco estoy muriéndome por estudiar.

—¿Estás muriéndote por reprobar?

—¿De verdad? —El chico enarcó una ceja y esbozó una sonrisa, pagado de sí mismo—. ¿Crees que eso es una posibilidad?

—Merlín —resopló Hannah—. Eres un presumido.

Draco soltó una risita, divertido, y reprimió las ganas de pasarle una mano por la mejilla. Se veía adorable cuando se enfadaba.

—No entiendo por qué haces tanto drama —dijo él, chasqueando la lengua—. Tú también vas a obtener buenas notas. Relájate un poco.

—He estado muy relajada, ese es el problema —señaló ella, dedicándole una mirada significativa—. Como sabes, estas últimas semanas no he sido la más responsable.

—¿Y te vas a quejar? —preguntó él, sonriendo con picardía.

—No, pero me gustaría que tuvieras un poco de consideración.

Él suspiró y la miró suplicante. Sabía que estaba estresada por lo cerca que estaban los exámenes, todo el mundo lo estaba, pero el chico no quería pasar su tiempo con ella leyendo ni repasando temas que no le interesaban. Lo que quería meterse en una esquina apartada para devorar sus labios hasta dejarla sin aliento, pero pidiendo más. Quería encontrar una forma de llevarla a su habitación, cuando estuviera vacía, y hacer lo que su cuerpo le rogaba a gritos. Habían estado tan cerca tantas veces en esos últimos meses que sentía que iba a explotar si no ocurría pronto.

Por desgracia, ella no iba a apreciar ninguna de esas propuestas. Aunque en el fondo también lo deseara.

—Hannah, no estamos todo el día juntos —señaló, tratando de poner la cabeza en su lugar—. A veces te desapareces para estudiar.

—Sí, pero… —La chica desvió la mirada antes de soltar, casi en un susurro—: No siempre es para estudiar.

El ambiente se enrareció apenas ella terminó su respuesta. Una vez más, apareció junto a ellos esa ruidosa verdad que preferían ignorar la mayor parte del tiempo, pero que eventualmente se hacía presente.

Draco sabía lo que hacía cuando se esfumaba en el aire, y Hannah sabía que él sabía. El silencio de ambos era sólo un antifaz transparente.

—Bueno, lo siento —murmuró él, rompiendo el extraño silencio—. No sabía que querías que convirtiéramos estos ratos en sesiones de estudio.

—¿Por qué crees que te dije para sentarnos aquí? —preguntó ella, sonriendo con orgullo—. En nuestro lugar de siempre no íbamos a avanzar nada.

—Ah, claro, ahora tiene sentido —dijo él. Frunció el ceño, fingiendo cambiar su humor—. Por un momento pensé que te había dejado de dar vergüenza que te vieran conmigo.

—¿Qué? —saltó Hannah, borrando su sonrisa en un parpadeo—. Pero… ¿De dónde sacas eso?

—Se me ocurrió —respondió el chico, encogiéndose de hombros.

Hannah abrió y cerró la boca, luciendo mortificada. Draco pretendió estar indignado durante un par de segundos más, solo para jugar con ella. No lo estaba diciendo en serio, la verdad era que le daba igual que la gente los viera o no, y estaba a punto de sacarla de su sufrimiento cuando la chica se movió de su lado.

—Que…

—Eres un malcriado —le espetó, rodándose para tumbarse a su lado, con la espalda recostada al árbol—. No puedes estar cinco minutos sin salirte con la tuya.

—Hannah —empezó a decir, abriendo los ojos al verla acomodarse en su costado—. ¿Qué haces?

—Voy a seguir leyendo, lo lamento por ti —le informó la chica, tomando su brazo y obligándola a abrazarla por los hombros—. Entonces, estaba en el capítulo cinco…

Volvió a su lectura justo como lo había estado haciendo un momento atrás: sin contar con su atención. Draco estaba muy ocupado tratando de que su corazón no saliera disparado de su pecho como para escuchar una lección de transformaciones.

Tragó saliva, nervioso. Al principio, había estado seguro de que las razones de Hannah para cambiar la relación que tenían no habían sido del todo sanas y honestas. No era la situación ideal, pero no se había quejado; le bastaba con lo que tuviera para ofrecerle, aunque sus sentimientos no fueran del todo correspondidos.

Hacía un par de semanas que ya no estaba tan seguro de eso. Era un presentimiento que le daban las actitudes de la chica, su forma de tratarlo y de actuar. De mirarlo. Y no lo estaba imaginando, ni era su mente enamorada inventando tonterías. Sabía que no lo era, porque una parte de él deseaba estar equivocado.

Porque odiaba sentir que las cosas estaba tan cerca de ser como él quería, y a la vez tan cerca de terminar.

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Harry se paró frente a la puerta de la oficina de Snape, sintiendo como todo su cuerpo se ponía pesado ante la sola idea de entrar. De enfrentarse, una vez más, a esas inútiles lecciones, aunque a él le costaba mucho llamarlas así. Si las clases de pociones se parecían más a un castigo que a una asignatura, las de oclumancia eran una verdadera tortura.

Con un suspiro profundo, Harry se recostó de la pared y cerró los ojos. No quería entrar tan rápido; había bajado unos minutos antes de la hora, pero no tenía ni una pizca de prisa. No la habría tenido en un día normal, mucho menos la tendría en ese, cuando su humor estaba tan cargado de negatividad.

La discusión con Hannah no había ayudado, por supuesto, pero lo que había terminado por arruinar su ánimo había sido la posterior llamada a casa, que definitivamente no había salido como esperaba.

—¡Es que ella se niega a verlo! De verdad —se había quejado Harry unos minutos atrás, sentado en el baño de su habitación con la puerta sellada—. No hay forma de decírselo. Simplemente no escucha.

—¿Has pensado que podría estar bajo una maldición? —le preguntó Sirius, al otro lado del espejo. Estaba en el jardín de casa con James, haciéndole reparaciones a su motocicleta—. Es más común de lo que parece.

—No lo es. Deja de ser tan absurdo —le dijo James, entornando los ojos—. Harry no necesita tus teorías conspirativas.

—Estoy empezando a pensar que puede estarlo —resopló el chico, ignorándolo—. De otra forma, no me explico cómo está tan cegada.

—Lo siento, niño, sé que debe ser difícil —le dijo su padre, suspirando—. Pero ey, al menos están hablando. Eso es algo bueno.

—Sí, cuando no estamos discutiendo —murmuró Harry, enfurruñado.

—Mocoso, ¿y qué te parece si cierras la boca un rato? —le sugirió Sirius, dedicándole una mirada significativa—. Créeme, te haría bien solo asentir, sonreír y agradecer que no sigue ignorándote.

—¡No puedo hacerlo! Es mi… es Hannah —dijo, sin encontrar ninguna palabra con la que s sintiera cómodo—. No puedo solo sentarme a ver cómo se junta con Malfoy y se pone en peligro. Tengo que cuidarla.

—Felicidades. Criaste un mocoso cursi igual a ti —se burló Sirius, mirando a James.

—Cállate ya —respondió su amigo, desestimándolo con una mano antes de regresar con su hijo—. Harry, sé que debe ser frustrante, pero sí creo que deberías tratar de llevarlo con calma. No querrás empeorar todo, ¿cierto?

El chico había resoplado, sin perder su irritación. Por supuesto que no quería volver a arruinar las cosas, mucho menos que Hannah volviera a enfadarse y a quitarle el habla, solo pensarlo lo descomponía. Sin embargo, eso no significaba que fuera a callarse mientras ella se arriesgaba de esa forma. Era algo que no podía hacer.

Hasta allí, conversación había ido bien. La parte interesante fue la que empezó un segundo después.

—Ey, Lily dice que vaya alguno ayudar en… —Mar, que acababa de atravesar la puerta del jardín, interrumpió su oración cuando se fijó en la imagen del espejo—. ¡Hola, Harry! ¿Cómo estás?

—Hola, Mar —la saludó el chico, sonriendo apenas, y sin responder la pregunta.

—No sabía que habías llamado. ¿Por qué no le han avisado a Lily? ¿Quieren quedarse sin cenar?

—Estamos hablando cosas de hombres, Mar, es obvio —dijo Sirius, levantando el pecho con fingida solemnidad.

—Entonces, ¿quién está hablando?

—Harry y yo —respondió James, sonriendo con diversión.

—Qué graciosos —dijo Sirius, algo picado—. Estamos consolando al pobre chico, ¿puedes tener compasión? Está deprimido porque se peleó con Hannah.

—¿De nuevo? —se sorprendió Mar—. ¿Ahora qué hiciste?

—¡Nada! —exclamó Harry, indignado—. Yo solo… estoy preocupado, pero ella se niega a hacerme caso.

—No sabía que eras su padre para tener que hacerte caso —respondió Mar, enarcando una ceja.

—¡Eso no…! No es lo que estoy diciendo.

—Mar, no agobies al mocoso —se metió Sirius, chasqueando la lengua—. Es todo culpa de ese chico Malfoy.

—Exacto —asintió Harry, agradecido de que intercediera en su defensa—. Hannah sigue juntándose con él sin importar lo que yo…

—¿Sin importar que estés celoso?

—¡Yo no estoy celoso! —casi gritó el chico, agrandando los ojos. Empezaba a sentir las mejillas calientes, pero lo ignoró—. No se trata de eso.

—¿Entonces?

—Marlene, no estás entendiendo el punto —intervino Sirius, mirándola con el ceño fruncido, ya sin diversión—. Se trata de que ese chico no es buena compañía. Harry solo está tratando de protegerla.

—Esa es una muy bonita fachada para los celos, ¿no te parece? —preguntó Mar, entrecerrando los ojos.

—¿Qué quieres decir con…?

—Por favor, no hagan esto sobre ustedes dos —les pidió James, mirándolos de manera suplicante.

—Si no es mucho pedir —gruñó Harry.

—Eso no es lo que estamos haciendo —aseguró Mar, desviando su atención de Sirius y regresándola al espejo—. Harry, voy a decirte algo que seguro ninguno de estos dos te dirá.

—Oye…

—Hannah no es menos inteligente o madura que tú —empezó Mar, seria—. ¿Te gustaría que ella te dijera con quien debes juntarte?

—Yo… —Harry boqueó, sintiéndose contra la pared—. Digo, no, pero… ¡Es diferente! Yo no estoy pasando mis ratos libres con un idiota como Malfoy.

—Cariño, sabes que te adoro, pero como pasabas tus ratos libres fue lo que te metió en este problema. No me parece justo que la juzgues a ella.

Harry cerró la boca de golpe, y esa vez no pudo luchar contra el bochorno que le pintó el rostro. Desde luego, no podía decir nada que fuera en contra de eso.

—Vamos, Mar, no seas tan dura con él —intervino James, saliendo en defensa de su hijo—. Harry cometió una estupidez que no es justificable, pero…

—Pero vas a justificarlo de todas formas.

—No es eso lo que…

—Marlene, ¿de qué lado estás? —le preguntó Sirius, enfadado—. ¿Del nuestro o del de ese mocoso? Que, por cierto, está a un par de años de un tatuaje en el brazo y una máscara negra.

—No estoy del lado de nadie, imbécil. Solo quiero ayudar a Harry sin malcriarlo, algo que ninguno de ustedes hace nunca —replicó ella, ganándose tres miradas igual de indignadas. Las ignoró y continuó—: Y te recuerdo que ese mocoso tiene quince años.

—¿Y eso justifica que sea un mini mortífago?

—Es solo un niño tarado que no tiene idea de lo que está haciendo, Sirius. No es un mortífago.

—Todavía —dijeron Sirius y Harry a unísono.

—Pues cuando lo sea, entonces podremos juzgarlo, no antes —señaló Mar con rotundidad.

—A ver, ¿acaso necesito recordarte de quien es hijo? —soltó Sirius, apretando las mandíbulas.

—Sirius...

—Ah, ¿ahora vamos a juzgar a las personas por lo que sus familias hacen? —Mar ignoró la intervención de James para mirar a Sirius con una mezcla de incredulidad e indignación—. ¿O los juzgaremos por su nivel de estupidez adolescente? Porque ninguno de ustedes dos es el más apto para algo así.

—Eso… es algo exagerado —dijo James, como quien no quiere la cosa.

—No lo es.

—¡Por supuesto que sí! —exclamó Sirius, tan enfadado como ofendido—. ¡Nosotros no éramos aprendices de mortífago en la escuela, Marlene!

—Ni obedecíamos órdenes de una tirana corrupta —agregó James.

—Ah, ¿y quieren hablar de lo que hacían? A Lily le encantara ser parte de esta conversación…

—No hace falta molestar a Lily con estas cosas.

—Nosotros éramos idiotas, Mar, pero era un tipo distinta de idiotez, y tú lo sabes —señaló Sirius, mirándola con una seriedad muy impropia en él—. Así como sabes lo que ocurrió con los Malfoy que estudiaron con nosotros.

—¡Exactamente! —dijo Harry, recuperando el habla al sentirse apoyado por su padrino—. Ellos no eran perfectos, pero definitivamente no eran Draco Malfoy. No iban por ahí creyéndose superiores al resto ni humillando a otros chicos que…

—A ver, esto se nos está saliendo de las manos —lo interrumpió James, tratando de mediar entre toda la polémica—. Y no estamos llegando a ningún lado.

—Da igual, tengo que irme a ver a Snape —se excusó Harry, de mala gana. No quería seguir manteniendo esa conversación—. Díganle a Lily que hablamos después.

—Harry, sé que estás enfadado conmigo, pero trata de entender lo que te digo —le pidió Mar, suavizando su tono—. No estoy en tu contra, solo creo que deberías darle a Hannah un voto de confianza. Es lo mínimo que le debes.

—Mar, tú no entiendes —respondió Harry, casi desesperado—. Malfoy y todo su grupo están intentando de arruinar el ED. Es lo que buscan. Todo el mundo lo sabe, y que ella se junte con él es…

—¿Alguna parte de ti cree que Hannah sería capaz de traicionarlos?

—¡No! Pero…

—Entonces, no dejes que te afecte con quien pasa o no su tiempo. Es una chica buena que tiene el corazón en el lugar correcto. Y tú lo sabes.

Por supuesto que Harry lo sabía, no era algo que fuera negar, bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, su buen corazón era justamente lo que no lo dejaba estar tranquilo. No quería que saliera lastimada solo por confiar demasiado en alguien en quien no debía. Desde luego, temía eso mientras ignoraba que la última persona que la había lastimado era una en la que supuestamente podía confiar.

Por suerte, Harry no tuvo tiempo para meterse en esos pensamientos. La puerta de la oficina abriéndose lo impidió.

—Potter, ¿qué estás esperando ahí? —le preguntó Snape, mirándolo con desprecio—. No tengo toda la noche para ti. Entra.

Harry gruñó por lo bajo y obedeció, arrastrando los pies.

Estaba empezando a hartarse de tener tantos días malos.

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¡Hola, mis amores!

Volví un poco antes de lo que había prometido, y si ustedes están sorprendidos, yo más. Decidí que no quería tardar todo el mes porque, como vieron, es un capítulo bastante corto y que sirve más como puente que otra cosa. El que viene va a ser el inicio del fin, por decirlo de alguna forma, así que quería dejar todo listo para empezar a cerrar la historia.

No tengo mucho que decir sobre este capítulo, así que voy a hablarles brevemente de una situación que he notado en sus reviews.

He notado que muchos no estén de acuerdo con la relación de Hannah y Draco, lo cual me parece totalmente válido. Esta historia no pretende obligar a nadie a querer a una pareja más que la otra, tampoco quiero romper corazones o hacer llorar a alguien, lo que ha buscado LU desde el inicio es justo lo contrario. Siempre voy a hacer lo que a mí me parezca mejor para la historia, y lo que crea que mis personajes necesitan. Nadie está obligado a leer algo con lo que no se siente cómodo, mucho menos en fanfiction, que está hecha para que disfrutemos de lo que nos provoque.

Habiendo dicho esto, espero que hayan disfrutado el capítulo, a pesar de que no fue muy movido. Prometo que el siguiente será mucho mejor (:

Espero que todos sigan muy bien, a pesar de todas las sorpresas que el 2020 sigue lanzando. Les envío un abrazo inmenso que ojala los alcance donde sea que estén y sin importar la situación que estén atravesando.

¡Cuídense mucho! Hablamos pronto. Bye.