Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am home again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am whole again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am young again
Whenever I'm alone with you
You make me feel like I am fun again
However far away
I will always love you
However long I stay
I will always love you
Whatever words I say
I will always love you
I will always love you
Lovesong — The Cure
— ¡Vamos Aioria! No seas aguafiestas, todos iremos.
El castaño parece un tanto ausente, su compañero resopla, su amigo es todo un caso perdido.
—Nos pasamos día y noche estudiando—insiste, —nos merecemos una recompensa.
—Ya, ¿y eso es embriagarnos?—pronuncia fastidioso.
— ¡Como quieras! Estaremos en el bar de siempre, ve si tienes ganas.
No es que le molestaran esas cosas, le gusta la vida universitaria y las actividades de cualquier joven, pero ese día—y no entiende muy bien porqué—se siente odioso, literalmente, no se aguanta ni él. Después de deliberarlo un momento decide ir, tal vez unos tragos le harán sentir mejor. Suelen juntarse en un bar que queda a una cuadra de la universidad tecnológica donde asiste.
La vida de Aioria no ha cambiado mucho desde aquellos años de adolescencia y puede decirse que es feliz. O intenta serlo. Porque no va a olvidar que sufrió y mucho. Luego de la partida de su hermano y Camus, se sumergió en una depresión que le valió tener que pedir ayuda profesional. Siempre se había sentido un muchacho de espíritu fuerte, indomable, casi como un León, pero luego de las pesadillas vividas en ese tiempo, se convenció a sí mismo que sólo era un gatito asustado… y solo. Utilizó su tiempo sabático para reencontrase.
El apellido Argyropoulos terminó siendo prohibido, deseaba enterrar esa historia y la de su hermano, apartando cualquier recuerdo que le instara a pensar en el gemelo mientras se esforzaba por llevar su relación con el francés. Con el tiempo dejó de importarle, Aioria sabía que nunca podría borrarlo del todo, porque él nunca llegó a ser un ser frío y calculador como le hubiera gustado en ese asunto. Su naturaleza bondadosa y simple le obligaba a caer en la compasión una y otra vez.
Compasión que le dictaba el perdonar el pasado y seguir adelante, sobre todo dejar de odiar la figura que representaba Saga en su vida, no directamente, pero sí de forma masiva, porque al pensar en Saga, ese otro rostro idéntico y completamente distinto a la vez, devenía a su mente, acompañado de interminables recuerdos de besos y placeres, y no se olvidaba para tortura de su ya maltrecha alma, el amor que le tenía.
Aioria supo, años después, que había pecado de ingenuo con sus buenas intenciones, al reprocharse esos pensamientos cuando su novio estaba lejos. Pero luego sucedió lo inevitable y Camus pasó a ser su confidente una vez más, así funcionaban mejor, ¿Por qué habían querido manchar su amistad con una relación? Contaminar lo único sincero que tenían, dio gracias al cielo que su amistad pudiera salir a flote después de su truncado noviazgo.
Pero ahí, se vio solo una vez más, entonces volvió a odiar a Saga y a consecuencia, a Kanon, por recordarlo. Por levantarse varias noches con los muslos mojados.
Había llegado al punto máximo de hartazgo, culpándolo de todos sus males y aunque en cierta medida era verdadero, fue el mismo Aioros quien imponiendo su condición de hermano mayor, le recordó que el gemelo sufría de una enfermedad y por tal, no había que juzgarlo. Que debía seguir adelante como él lo hizo. ¡Zaz! Eso fue una cachetada a su orgullo, porque si su hermano puede ser feliz después de todo lo que vivió, ¿acaso él no es capaz de seguir adelante?
Perdonar el pasado y seguir adelante…. Olvidar los malos recuerdos, olvidarlo.
Aioria sacude su cabeza y chasquea la lengua contra sus dientes, refunfuña. No comprende por qué se ha puesto a pensar en eso justo ese día.
— ¡Bah! Creo que sí necesito ese trago.
Sube a su moto y se dirige al bar donde encontraría a sus amigos.
—
Ingresa a la oficina sin llamar, Dohko resopla sin levantar la vista, mientras lleva el cigarrillo a sus labios, antes de dar una calada, Kanon se lo saca y apaga en el cenicero.
—Deberías cuidarte un poco, sabes—sonríe ladino, —ya no eres un jovencito.
—Mocoso atrevido, ¡que estoy en mis mejores años!—se defiende—ustedes son los que no tienen ningún respeto por sus mayores—Kanon se echa a reír con ganas, mientras el detective se cruza de brazos y bufa—maldito el día que te incorporé a mi departamento ¡Maldito!—exclama con los brazos apuntando hacia el techo, mientras gesticula exageradamente.
—Ya, ya anciano, no es para tanto.
— ¡No me llames anciano, mocoso!—Kanon vuelve a reír.
—Bueno, me retiro, daré unas rondas más, tal vez logremos averiguar algo, antes de medianoche envía mi relevo, hoy debo terminar temprano—no espera respuesta y sale de la oficina ante los refunfuños del detective.
—Y ahora me da órdenes el condenado—sonríe de forma paternal—pero sí que es bueno en lo que hace…
Observa su reloj pulsera, marca las 23:12 p.m., el firmamento se encuentra claro y la noche tranquila. Bosteza, no ha ocurrido gran cosa esa noche, una más perdida, pero sabe que está en buen camino, encontrará a los malditos.
Kanon Argyropoulos, oficial a cargo de la sección narcotráfico ¡A que ni se lo imaginaban! Bueno él tampoco, si se lo hubieran preguntado años atrás. Pero la vida cambia a las personas, así como las experiencias.
El detective Dohko lo había apadrinado cuando decidió incorporarse a la policía y desde ese momento había escalado posiciones como nadie. Es ingenioso, elocuente, perspicaz; la envidia y deseo de todos sus compañeros y compañeras.
Y básicamente a eso se ha dedicado desde que terminara el colegio, enterrando al Kanon de aquellos tiempos.
El ruido de una moto lo despierta de su ensoñación, ha pasado como bólido. El radar que tiene a disposición marca 200km/h.
—Algunos nunca aprenden—dice para sí, mientras arranca el motor de su patrulla y sigue al demente motociclista.
Lo ve detenerse en un semáforo tres cuadras delante, el chirriar de las llantas por poco y sacan chispas en la acera. El que maneja la moto pareció darse cuenta y manso orilla su vehículo a un costado, Kanon desciende de su patrulla y se dirige al que parece un hombre joven. El sujeto se quita el casco.
Las coincidencias existen. La última vez que lo había visto fue hace dos años, fugazmente, cuando tuvo que buscar a su hermano del colegio porque sus padres no se encontraban en Grecia y él estaba a cargo del pequeño Defteros. Se lo cruzó en la calle, pero el castaño no pareció verlo, o eso quiso creer.
— ¿Con prisa? No es una calle para transitar a esa velocidad—dice impersonal, como si no lo conociera. Aioria se halla de piedra.
Le cuesta reconocerlo con el cabello corto, pero jamás podría olvidarse de ese rostro, esos ojos. En su vida.
— ¿Kanon?
—Sí.
Recuerda haber oído que el gemelo había ingresado a la policía y que se dedicaba a combatir al narcotráfico en la ciudad y el país. Pero a pesar de que viven en la misma ciudad, nunca se volvieron a encontrar. Verlo vestido de oficial, con su rostro serio, el cabello corto y tratándolo como un perfecto desconocido es surreal y excitante.
Lo es en muchos aspectos. Le calienta verlo y se reprime por sentirse sofocado ante la presencia del gemelo, después de tantos años aun le hace acelerar el pulso y calentar la sangre, nadie ha logrado eso en él, ni siquiera Camus, a quien quiere mucho (y había sido un amante excepcional).
En un primero momento acusa al alcohol que circula en sus venas, no es de beber, ni mucho menos, pero esa noche se había juntado con compañeros a celebrar la graduación en su carrera de ingeniería informática. El rubor se instala en sus mejillas mientras recibe el viento de esa fresca noche. Kanon parece darse cuenta y sonríe.
—Nunca me imaginé que te vería ebrio e infringiendo la ley—ensancha su sonrisa al mismo tiempo que el color abarca más del rostro de Aioria, —al parecer no fui el único en cambiar ¿Sabes que tengo que hacerte una multa, no?
Aioria se muerde el labio inferior, mientras el cosquilleo ya le molesta en su entrepierna, es el alcohol definitivamente—y ese condenado uniforme que le sienta tan bien al gemelo—. Kanon arquea una ceja viendo el oscilar de la mirada verde sobre su anatomía y se permite sonreír altivo y orgulloso. Aioria se relame los labios, sus miradas se encuentran nuevamente.
Kanon siente un ligero malestar en el pecho, recordando lo mucho que había disfrutado de esa mirada, antes de verla cargada de odio y rencor, tantos años han pasado y todavía no se le olvida por completo. Pero Aioria ya no lo observa de esa manera, al menos quiso creer que ya no lo odia. Estuvieron minutos enteros en silencio, sólo observándose. Su vista se pasea por la calle, el cielo despejado, el viento ululando en sus oídos, se siente por demás estúpido al pensar que ahora será como en esas películas, donde se besarían y se abrazarían, recordando cuanto se aman y han extrañado.
Algo parecido sucedió… saltándose la parte de trompetas y violines dando dulces serenatas de amor.
— ¿Pensé que éste departamento ya no les pertenecía?—dice apretándolo contra la pared, mientras azota la puerta de un manotazo.
—Aioros nos pidió que lo cuidáramos mientras estaba en América… ¡Ah!
Suelta el gemido cuando la pierna del gemelo se clava entra las suyas y sus manos le desgarran el cuerpo en caricias. Kanon aprieta las nalgas y lo eleva, mientras le devora el cuello, literalmente. Se aferra al cuerpo del peli azul, sus manos tiran de los cabellos, reclamando la boca. Le cuesta acostumbrarse al hecho de que su bello y largo cabello azul ya no existe.
Las bocas se enredan, unen sus lenguas, erotizando hasta el más recóndito poro de su piel, la química intacta, las ansias y el deseo de fenecer en el cuerpo del otro. Con Aioria enredado en su cuerpo, camina los pasos que los separan de la cama, las camisas son arrojadas en el camino, las manos redescubren pieles hartas conocidas.
Arroja al castaño en la cama, se arrodilla en ésta y gatea sobre su cuerpo. Kanon posa una mano a cada lado de su cuerpo, a la altura de sus hombros, respira efusivamente y lo contempla; ve al niño que alguna vez se había entregado a él, al que le gritaba por todo y lo amaba por todo… se ve amándolo como antes, ese sentimiento le duele en lo profundo de su cuerpo, le duele pensar que puede seguir amándolo, pensando que esa historia ya se encontraba superada, enterrada con el Kanon qué alguna vez fue. Pero ahí está, con Aioria bajo su cuerpo, con la mirada expectante, mientras recorre su rostro con sus manos.
Se tiende en su cuerpo, recarga su peso sobre el castaño y lo abraza fuertemente, no hace nada más pero tiene unas terribles ganas de llorar.
—Nunca voy a encontrar siquiera palabra que compense todo lo que te hice sufrir—susurra de repente el castaño. Kanon se tensa.
—Los muertos al cementerio—susurra—ahí se pudren mejor…
— ¿Soy uno de esos muertos en tu cementerio, Kanon?—pregunta ya con la voz estremecida.
—En realidad, eres como un zombie—masculla. Aioria se permite reír.
A la risa le sigue una carcajada más sonora e incontrolable. Se echa a reír como hacía tiempo no reía. Se sujeta el estomagó ante el asalto de dolor en sus costados y ríe aún más ante la mirada confundida del gemelo. Kanon, embelesado, termina por contagiarse, entonces ambos ríen como energúmenos, rodando por la cama, sujetándose el estómago y respirando todo el aire que pueden, mientras se ahogan en carcajadas. Kanon lo besa de repente, mientras las risas chocan en sus labios unidos.
—Eres el zombie más bello que alguna vez tuve en mi cementerio—dice acariciándolo.
—Si sabes lo horrible que suena eso, ¿no?—Kanon se encoge de hombros.
Se tiende nuevamente sobre el castaño, mientras besa su cuello y sus manos vuelven a encender esa piel de por si caliente.
—No pensemos más en eso…
Se incorpora un poco para recostarse a su lado y abrazarlo, uniendo la espalda de Aioria con su pecho, acaricia todo el cuerpo, se dedica a mimarlo, como nunca hizo con nadie más. Vuelve a recostar con cuidado boca arriba al castaño, con sumo cuidado, se deshace de las prendas que ya sobran entre ellos y su deseo. Con su mano derecha acaricia el vientre, los muslos, sube nuevamente hasta el pecho, su otra mano se ocupa de los brazos, los hombros, el rostro. Aioria poco a poco cierra sus ojos disfrutando del contacto, de la sensación de pertenencia con el otro. Toca su sexo, Aioria da un gemidito el cual hace que Kanon ensanche su sonrisa, sonrisa que deviene a una mortífera sofocación que le corta la respiración y le estruja el pecho.
Y deja de mostrarse como un hombre duro para desarmarse en lágrimas, todas aquellas lágrimas que nunca se permitió derramar, porque ya no lloraba, en cambio todos esos años fue tragándose la amargura y desasosiego, para enderezar la espalda y levantar su frente bien en alto, pisoteando la sombra que arrastraba, que era suya, pero también le abrazaban varias más, esas de apariencia irreal y fantasmagóricas, al que llaman pasado.
Aioria lo escucha, pero no quiere abrir sus ojos aún, se toma unos segundos para calmar su corazón, luego se incorpora y lo abraza con fuerza, lo sujeta con ambas manos del rostro y limpia con dulzura, esa dulzura que el gemelo conoce bien, cada lágrima. Besa, saborea y luego habla.
—No pensemos más en eso—repite las palabras del peli azul. —Te amo Kanon y sé que no merezco nada de ti, pero por esta noche, regálame tu amor—Kanon sonríe.
—Estás borracho, no sabes lo que dices.
—Puede ser, pero… un borracho siempre dice la verdad—y le devuelve la sonrisa.
—No puedo regalar algo que no tengo—la mirada del castaño se ensombrece y Kanon sonríe aún más, —un idiota se olvidó de devolvérmelo… siempre tuviste mi amor, idiota.
—Entonces—Aioria se sienta sobre sus piernas a horcajadas—voy a reclamarlo.
Se hunde en él, sin preámbulos, ni recuerdos. Se hunde en Kanon para rescribir una historia inconclusa, para acabarla. Cierra sus ojos por el dolor, hace muchísimo tiempo que no está con alguien—de ese modo—exhala todo el aire y se deja caer para juntar su frente con la del de ojos azules, despega sus parpados nuevamente para encontrarse dichos ojos, junto a una bella sonrisa de complicidad.
—Idiota.
—Idiota tú—replica.
Estallan en risas, increíblemente felices y satisfechos, Kanon lo abraza por la cintura y pega sus labios, sus bocas dejan historias sin importancia atrás, dejan los recuerdos maltrechos y reacomodan las piezas, sus caderas se conocen tanto que no les basta más que unos movimientos para cabalgar juntas. Kanon se arrodilla, sujetando al castaño por la espalda y así penetrarlo con mayor libertad, las piernas de Aioria se aferran a la cintura del otro griego, jadean en sus bocas porque no despegan sus labios, de vez en cuando un intenso gemido los hace separarse, sólo para unirse al siguiente instante, Kanon cuela una mano entre ambos tomando el sexo de su castaño, deviniéndose juntos al éxtasis, ya sin sentimientos que ocultar.
Aioria piensa que su felicidad al fin es completa… algo similar piensa Kanon.
—Es raro verte con el cabello así—dice mientras le acaricia los cortos cabellos. Kanon sonríe.
—Y pensar qué solía decirle lo mismo a Saga cuando decidió cortárselo.
Aioria da un respingo antes de tensarse al escuchar ese nombre. En todo ese momento se había olvidado de él, pero Saga es real, muy real y una parte importante de Kanon, siempre lo será. Recarga su cabeza sobre el pecho del gemelo.
— ¿Cómo está él?
—Bien—Kanon no dice más nada. No es momento de hablar sobre ello, no aún.
El gemelo toma su celular que había estado sonando todo ese tiempo sin que le prestara atención.
« ¡Con un demonio Kanon! ¿Dónde te metiste? Condenado mocoso irresponsable…» Le siguen varios improperios de ese estilo.
—Dohko debe estar desquiciado porque no le respondo—exclama riéndose, olvidándose de la tensión anterior.
—Demasiada confianza has de tenerle, si lo llamas por su nombre—Aioria entrecierra sus ojos.
— ¿Celoso?—contraataca—es un hombre apuesto.
—Podría ser tu padre…
—Mi abuelo diría yo—lo abraza y besa— ¿Estás cansado? Porque yo no—dice mostrándole una vez más su bella sonrisa. Aioria niega resignado y endulzado. Algunas cosas nunca cambiarán.
Existen demasiadas cosas de las que hablar y aclarar todavía, algunas sombras que aún se ciernen sobre ellos, pero están seguros de que las despejarán. Juntos.
Gracias por leer.
