No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco (Leer nota al final).

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Había llegado el momento de ponerse cómoda. Marie le había confeccionado una falda muy ligera y bastante corta para que pudiese cambiar la parte inferior del vestido si la larga falda la agobiaba. E Isabella, por su cuenta, y a escondidas de su abuela, se había comprado unas zapatillas color rosa con pequeños brillos que le daban el toque de glamour necesario para usarlos en una fiesta.

Fiel a su estilo, se quitó la flor del cabello, y luego giró ante el espejo… Bien, muy bien. Ella era así, informal y alocada, y mientras a Edward le gustara, era suficiente.

Sonrió al darse cuenta de que más que una novia, parecía una colegiala… Sí, seguramente su hombre lindo apreciaría su atuendo al recordar alguna tarde ardiente que habían sabido disfrutar.

Cuando estaba a punto de salir del baño, alguien entró. Isabella se encontró con la mirada de Esme en el espejo y el corazón se le aceleró. La había visto de lejos, la había evitado toda la tarde. Isabella no quería que nada empañase su fiesta de bodas. No quería enojarse, no quería pelear, y mucho menos que Edward pasara un mal momento por culpa de su madre. Y ahora aquí estaba. Su presencia no auguraba nada bueno.

Bella se volvió y la enfrentó. No permitiría que Esme la maltratara ni que intentase amedrentarla.

—Hola Isabella —dijo al fin.

—¿Qué quieres, Esme? —no le simpatizaba en absoluto su suegra y no tenía deseos de fingir.

—Te he seguido hasta aquí sólo por una cosa. Sé que no me quieres, es más, sé que mi hijo me odia. Y si te soy sincera, querida, creo que esta boda es un error.

—Ya sé lo que piensas y no me interesa, ¿tienes algo nuevo que aportar? Porque si no, me marcho ya —le dijo Isabella, resuelta.

—Espera —la detuvo con un gesto—. Te he dicho que necesitaba estar a solas contigo por un motivo. Dame tu mano —ordenó.

Isabella vaciló. Por un breve instante sintió temor. Esme tenía los ojos inyectados en sangre, como si hubiese estado llorando.

Estaban solas en el recinto del lavabo, una frente a la otra, contemplándose. El rostro de su suegra no tenía ni color, ni expresión. Parecía un cadáver, pero Bella no sintió lástima. Era una mujer dura y egoísta, y sabía que no podía esperar nada bueno de ella.

Esme estaba muy decidida a hacer lo que se había propuesto, así que, como vio que Isabella dudaba, ella misma le tomó la mano y depositó algo en su palma.

Cuando Isabella bajó la vista, se encontró con la sortija de la bisabuela de Edward, la Condesa Alexdandra Cullen. ¿Por qué Esme se estaba desprendiendo de la joya que tanto deseaba?

—Quería darte esto. Es tuya. Tú eres la señora Cullen ahora —le dijo suavemente.

No podía ser cierto… Esme renunciando a la sortija sin que nadie se lo pidiese.

Isabella estaba perpleja.

—¿Por qué lo haces? —preguntó.

Esme la miró y pestañeó confundida. Ni ella misma lo sabía. Sólo sentía que esa sortija era de Isabella, y ella no acostumbraba a quedarse con cosas que no le pertenecían.

—Sólo ponla en tu dedo, Isabella. Y no preguntes más —respondió.

—No. Quiero saber. Dime… —quería averiguar si había alguna remota posibilidad de que tuviesen algún tipo de relación con ella.

Luego de una pausa bastante prolongada, Esme suspiró y le dijo sin mirarla…

—Esa sortija me recuerda que he traicionado a mi hijo. Lo he hecho hace veinticuatro años, y lo he vuelto a hacer días pasados. No voy a pedir perdón, no lo haré. Pero no la quiero.

Isabella no supo qué decir. Se puso el anillo en el dedo medio, pensativa. Esme estaba muy tensa, ya no soportaba más el desgaste que le significaba enfrentarse a Isabella y a sus propios fantasmas. Tomó el pomo de la puerta, pero antes de salir, se volvió y murmuró:

—Hazlo feliz —y luego se marchó de la fiesta.

Bella estaba atónita. Miró su mano y sacudió la cabeza. Y por primera vez en todo ese tiempo, estuvo de acuerdo con su suegra. Lo haría feliz. Había sido creada para hacerlo feliz. Y quizás también su misión sería ahora oficiar de nexo entre madre e hijo, y ya no más de piedra de la discordia. "Qué ironía", se dijo mientras salía del baño observando la piedra que brillaba en su mano.

—Aquí estás, mi cielo. Te he buscado por… ¿Me parece a mí o te has cambiado el vestido? ¿Y traes puestas zapatillas? Isabella, eres…

—¿Qué soy? —preguntó sobre su boca.

—Única —dijo él. Y agregó— única, maravillosa, bella. Te amo.

Ella le echó los brazos al cuello. Estaban en medio de la pista de baile, y se escuchaba uno de los temas preferidos de la pareja. Edward apoyó su frente en la de Bella y cerró los ojos. Una vez más la magia los envolvió. Cuando los abrió vio que Isabella lloraba en silencio.

—¿Qué tienes, mi vida? Dime, ¿qué te pasa? —se inquietó.

Ella lo miró a través de las pestañas mojadas y murmuró:

—Simplemente soy feliz. Inmensamente feliz corazón. Mientras estés conmigo no me hace falta más nada.

La música continuaba, pero ellos estaban inmóviles en el centro del salón amándose con la mirada. Edward besó sus mejillas, bebió sus lágrimas. Con los brazos en torno al cuerpo de Isabella, la levantó del suelo, para tener el rostro frente al suyo.

—Eres mía… — murmuró fascinado, como si acabara de descubrirlo.

—Y tú, mío —afirmó ella.

—Así es…

—¿Para siempre? —preguntó Isabella, ahora sonriendo.

—Para siempre, mi vida. Para siempre… —fue la respuesta de Edward. Y luego la besó. Los labios de Bella sabían a lágrimas, pero por dentro, su boca sabía a gloria. Y a vainilla… Oh, ¿dónde estaba la perrita?

—¿Y Vainilla? —preguntó de pronto, sobre la boca de ella.

Isabella sonrió, y le señaló a la mascota.

Cuando la vio, Edward soltó una sonora carcajada. Vainilla estaba en los brazos de Renata. Lo más gracioso era que Renata le hablaba al animal como si fuese una persona, y ella le correspondía mirándola atentamente y moviendo la cola.

Carlisle se acercó a ellos riendo también.

—¿Qué me dices, hijo? ¿No están como para una foto esas dos?

—Por supuesto, son tal para cual. Tómales una y luego la subes a Facebook, ¿eh? —respondió Edward guiñándole un ojo a su padre.

Tenía todo lo que amaba allí en esa fiesta. Su familia, sus amigos… Y a Isabella. Pero ya había llegado el momento de huir, pues estaba loco de deseos de estar con su bella princesa a solas.

La tomó de la mano y le susurró:

—Nos vamos ya. Esta fiesta terminó para ti y para mí, Isabella.

—¿Y comenzará otra luego? —preguntó ella, pícara.

—Tienes la idea fija, ¿eh? —se burló él.

—Sólo porque tú me inspiras…

Instantes después, y sin que nadie lo notara, Isabella y Edward se escabullían de la fiesta, y se dirigían al Hotel Conrad de Punta del Este para vivir su esperada noche de bodas.

—¿Tienes prisa, corazón? No puedo seguirte el paso… —observó Isabella al llegar.

—Es que tengo miedo de que aparezca tu abuela con las últimas recomendaciones para tu primera vez y te ponga ansiosa, mi cielo.

—No creo que nada pueda ponerme ansiosa ya —le dijo, risueña, mientras entraban a la lujosa habitación.

—¿No? —le preguntó Edward alzando una ceja— Si fuese tú no estaría tan seguro…

A Isabella se le secó la garganta de pronto.

Él se inclinó a sus pies, y lentamente le desató las zapatillas sin dejar de observarla. Luego tiró de los cordones para quitarlos de los pequeños orificios, y enseguida los tensó en sus manos.

Bella estaba embriagada de deseo. Su corazón comenzó a latir muy deprisa, se le aflojaron las rodillas y la sangre se agolpó en sus sienes cuando lo oyó decir con voz grave:

—Pon las manos al frente, Isabella. Las muñecas juntas. Ahora voy a amarrarte. Y te aseguro que te pondrás más que ansiosa, mi vida. Puedes apostar por ello.

Y una vez más, Isabella se dejó llevar. Haría cualquier cosa que Edward le pidiese, lo que fuera.

Sin dudas no sería una noche de bodas tradicional, pero ellos no eran una pareja tradicional. Les había costado muchas lágrimas vencer a la adversidad, pero habían superado todos los obstáculos y su amor se había visto fortalecido. Y había llegado el momento de comenzar a escribir su propia historia de vida juntos.

Harían lo que fuese necesario para mantenerse unidos siempre. Después de todo… ¿qué no sería capaz de hacer Isabella para estar con Edward? Y él, ¿qué no haría por esa boca...?

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¡QUE HERMOSO! Ya serán felices por siempre, ¿no? Kekul jajaja

Pero… alguien ya me preguntó… así que tengo que someterlo a votación… a mí me gusta este final (aún falta el epílogo)… pero… hay una secuela… ¿estarían interesados en leer una segunda parte?

A mí, personalmente, me gustaría dejarlo hasta aquí… pero al cliente lo que pida! Jajaja si les gustaría una segunda, déjenmelo saber en los comentarios y yo haré todos sus sueños realidad jajaja También tengo un nuevo proyecto, ya que este se termina… tendrán noticias pronto.

No olviden dejar un comentario, es importante.

¡Nos leemos pronto!