TERCERA PARTE DE SANGRE Y HIERRO


Nota: Antes que nada, quiero dar las gracias a todos los que me dejaron sus comentarios al anunciar que iba a continuar la historia después de tantísimo tiempo. ¡De verdad creía que ya no se acordarían! Les envío todo mi cariño, son ustedes lo más hermoso que existe bajo el sol… y bajo la tormenta. Daen Gore, AnaCM, Keiscy, AthtarCat-Kuro, DayBlythe, Julchen, Angela… Y, por supuesto, Vanya-chan y Sproutmo. Are you both serious? Do you read my story even if your first language is not Spanish? I really have no words. In particular, I was very moved by Sproutmo's words (well in fact by all your comments, dear readers), since Gilbert is also very dear to me. I try to give him a soul in everything he says or does.

GRACIAS A TODOS POR SU AMABILIDAD. Y a mi pequeña alma gemela, gracias a ti estoy aquí de nuevo escribiendo.

Ah, que se enamoren de mí por mi manera de escribir… Creo que es lo más bonito que se le puede decir a un escritor :) jajaja.

En fin, solo voy a decirles que continúa el culebrón en Viena. Más que nunca (?) Espero que les gusten las reflexiones exaltadas y emocionales de los personajes (pues este capi está lleno de esto) y todas las tonterías que van a hacer durante los próximos capítulos (Sobre todo Ivan jaja). ¡Hasta pronto!

PD: Aún tengo que habituarme a escribir tras 3 años de hiatus. Me costará un poco recuperar mi propio nivel. Intentaré ir mejorando…


Todo lo grande está en medio de la tempestad.

(Martin Heidegger)


CAPÍTULO 31 - LA TORMENTA

Ivan se sentía tan inmensamente agradecido ante aquel escocés de revueltos cabellos rojos, que se descubrió sonriéndole con genuino cariño. El príncipe no solía cobrar afecto hacia nadie, y menos con tanta facilidad, pero era inevitable sentir admiración por aquel hombre. Y no solo porque Alistair Kirkland proyectase un aura de lo más atrayente con la intensidad de sus ojos verdes, el gesto irónico de su rostro y la apostura de su cuerpo (el escocés era muy consciente de su atractivo y del efecto que obraba en los demás, eso lo percibía claramente Ivan), sino también porque era ese mismo hombre quien había convivido durante años junto a Gilbert. Tenía que conocerlo como nadie. Le había enseñado, guiado, reprendido, acompañado, confortado. Probablemente habría sido testigo de las lágrimas y de los anhelos más íntimos de Gilbert, y, aunque fuera solo por tal causa, Ivan debía retenerlo allí. Y agasajarlo, pues el valor del escocés, a sus ojos, era inconmensurable.

Cuando se dio cuenta de que Alistair tenía la intención de marcharse, puesto que su misión allí ya había concluido, Ivan se levantó del diván y, en un arranque de confianza, se adelantó para tomarlo de las manos.

—Señor Kirkland, permítame que le invite a un pequeño refrigerio —ofreció con los ojos radiantes de animación—. Se lo ruego, no se vaya. Quédese conmigo un rato.

Hasta a Alistair le costaba rechazar una invitación proferida con tanto fervor. Le parecía imposible que ese Romanov que así lo miraba, como un chiquillo embriagado de felicidad, fuese el mismo que había escrito aquellas notas amenazantes a Gilbert. Pero ya empezaba a vislumbrar ese lado extremadamente apasionado del príncipe y del cual ya le había advertido su pupilo en ocasiones.

Ante su vacilación, Ivan insistió:

—Le haré traer el mejor whisky de Escocia —aseveró para tentarlo—. Pídame lo que usted quiera.

Alistair se rio entre dientes.

—¿Acaso dispone usted de un transporte tan rápido, Braginski? Ni siquiera los trenes alemanes son tan veloces.

—Yo puedo conseguirlo todo.

—Ya… no me cabe ninguna duda. Pero no seré yo quien le haga ascos a ningún whisky —dijo el escocés volviendo a sentarse en la otomana—. Me valdrá cualquier whisky que tenga, no soy muy quisquilloso. Ha dado usted con mi debilidad. Lo felicito.

—Bueno, Gilbert me habló un poco de usted. Juego con un poco de ventaja —explicó el príncipe tomando asiento a su lado.

—¿Ah sí?

—Cuando Gilbert estuvo cuidando de mí hablamos de muchísimas cosas. Esos días fueron los más maravillosos de mi vida. Y, sin embargo, insuficientes para mí. Le juro que podría estar el resto de mi vida oyéndolo hablar con esa intensidad que posee, oyendo sus risas, tomándole el pelo… Es tan sumamente adorable cuando pasa de una emoción a otra…

—De modo que lo que quiere de mí es sonsacarme información.

Las mejillas sonrosadas del ruso le recordaban a esas poesías tan malas que Gilbert había escrito alguna vez y le había enseñado un poco avergonzado, tratando de enaltecer a su príncipe petersburgués.

—Sin duda es usted muy inteligente, señor Kirkland. ¿Le supondría un problema que me hablase de su pupilo? Es todo cuanto deseo, ¡ayúdeme!

Alistair se llevó una mano a un bolsillo de su chaqueta y extrajo de él una pitillera de plata.

—¿Y a usted le importaría que fumase?

—Adelante. —Ivan se giró al recordar a Sadiq y lo buscó con la mirada. Hacía un rato lo habían despedido para hablar más confidencialmente, pero en algún momento el turco había regresado al salón, se había sentado sobre una butaca a cierta distancia de ellos y los había estado observando y escuchando en silencio con un gesto que a Ivan se le antojó indescifrable—. Sadiq, por favor, ¿podrías traernos el mejor whisky de que dispongamos? Se lo encargaría al servicio, pero confío en tu criterio.

Sadiq se levantó y hasta le dedicó una breve inclinación de cabeza.

—Por supuesto, mi príncipe. Como siempre, tus deseos son órdenes para mí.

Los otros dos hombres fueron conscientes de la frialdad con que el turco los había mirado justo antes de salir para cumplir con su encargo. Sin embargo, ninguno dijo nada al respecto.

—De acuerdo, Braginski. Le contaré lo que yo considere oportuno, aunque le advierto que me siento como si, al hacerlo, fuera a traicionar a Gilbert.

—¿Es que no cree en mis buenas intenciones?

—De buenas intenciones está empedrado el infierno, mi querido Romanov. Pero si vine hasta aquí fue para ayudarles a ambos. Créame que lo único que yo persigo es la felicidad de mi pequeño, así que le reitero que mis amenazas hacia usted no son vacías. Como le haga usted sufrir, no le daré tiempo siquiera a arrepentirse.

—¡Lo sé! ¡He aprendido la lección!

El escocés se encendió entonces el cigarrillo tras ofrecerle uno a Ivan, quien lo rechazó graciosamente con un gesto muy principesco. Era curioso ver cómo aquel joven, que iba vestido tan solo con una bata de seda, se podía conducir con semejante elegancia, pero claro, un Romanov, descendiente de tantos zares y reyes alemanes debía saber comportarse exquisitamente cuando la situación lo requiriese. No obstante, por Gilbert sabía que también podía llegar a comportarse como un salvaje. Aquello también era propio de los Romanov.

—Está bien —aceptó Alistair con el cigarrillo ya prendido en los labios—. ¿Qué quiere que le cuente?

—¡Todo! Sus miedos, sus gustos, sus… ¡objetivos! En sus cartas me abrió su corazón como nadie hizo nunca conmigo, pero necesito saber más sobre él —dijo Ivan recuperando la exaltación de su voz.

—En realidad, Braginski, no hace falta que sepa nada más. Bastaría con que tuviera usted sentido común.

—Sabrá por Gilbert que a veces me falla el sentido común. Después siempre acabo arrepintiéndome, pero no puedo evitarlo. Es superior a mí.

Alistair meneó la cabeza y exhaló un suspiro.

—A Gilbert le gusta leer. Seguramente esto ya lo sepa. Sobre todo, historias de aventuras, pero también adora las tragedias y las historias dramáticas. Estuvo un tiempo devorando una tras otra esas novelas góticas del siglo pasado. Y eso que le aterran los fantasmas.

La espontánea carcajada de Ivan hizo sonreír abiertamente al escocés.

—Ay, ¡pero qué idiota es!

—Seguro que no hará falta que le recuerde que apenas tiene dieciocho años. Por mucho que se las dé de prusiano todopoderoso e imbatible no es más que…

—Lo sé bien —murmuró Ivan con una sonrisilla que evidenciaba cierto grado de malicia—. Tiene un cuerpo exquisito. Y flexible. Y delicioso.

—¡Por favor, Braginski!

Pero Ivan se había recostado boca abajo sobre el reposabrazos del diván con una postura confiada, dejando reposar la barbilla sobre sus propios brazos cruzados, y ahora lo taladraba con la mirada y con gesto de suma concentración mientras sonreía y movía las piernas en el aire. Desde luego, el ruso también parecía un crío. Un crío incoherentemente sensual. Y no sabía si era intencionado o no, o si iba en la naturaleza de Ivan, pero tuvo que hacer un esfuerzo para apartar aquellos inconvenientes pensamientos de su cabeza.

Algún tiempo después, Sadiq regresó con el whisky y lo dejó frente a la pareja sobre una mesita auxiliar. Ivan no le hizo el menor caso, pues continuaba devorando al escocés con la mirada, quien, por su parte, se apresuró a servir él mismo la bebida ambarina en sendas copas.

—Me alegro de corazón que fuera usted su preceptor —dijo Ivan de repente, concentrando su atención en el par de pendientes que Alistair lucía en una de sus orejas—. Creo que habría sido imposible encontrar un hombre mejor que usted.

—Me halaga —dijo Alistair recuperando parte de su aplomo y su cigarrillo del cenicero.

—Pero prosiga.

—Los caballos. No hay cosa que le guste más a Gilbert que los caballos.

—Oh sí, y montar. Es un jinete incomparable.

—Se lo advierto por última vez, Braginski…

La risa cantarina del príncipe se desvaneció cuando se incorporó un poco para tomar su copa, que apenas vació de un solo trago. Alistair lo miró atónito.

—Bebe usted alcohol como si fuese agua.

—Me he entrenado a conciencia —replicó Ivan con un encogimiento de hombros.

—Hablando de entrenamientos. Gilbert dedica horas a entrenarse cada día. A veces hasta pierde la noción del tiempo. Es… excesivamente militar. Lo que mejor se le da es la esgrima. En realidad, alguna vez he llegado a pensar que a Gilbert le gustaría que estallase una guerra solo por ir al frente a lucirse.

—Vamos, pero qué dice…

—No, no bromeo. La sociedad y la escuela lo han educado en toda esa parafernalia bélica que también usted habrá percibido aquí. La victoria sobre Francia les dio alas y me temo que ahora todos estos chiquillos prusianos, y ahora alemanes, crecen romantizando la guerra.

—Bueno, en Rusia también tuvimos nuestra ración de euforia tras derrotar al imperio otomano. —Al decirlo, Ivan desvió la atención hacia Sadiq, que estaba inusualmente callado. ¿Pero qué le sucedía?

—Espero que al menos ese sueño no se le cumpla —murmuró Alistair sacudiendo la ceniza de su cigarrillo sobre el cenicero.

—Si en algún momento estallase una guerra en Alemania, algo que no creo que sea probable, señor Kirkland, yo no permitiría que se alistara. Es mi intención cuidar de Gilbert. Pase lo que pase.

—¿Lo cuidará de usted mismo?

—Ya me ha advertido varias veces. Se lo repito: no pienso hacer daño a su pupilo.

—Le recuerdo que le pegó usted cuando creyó que no era virgen.

El rubor, esta vez sí, cubrió las mejillas de Ivan, que apartó la mirada de su interlocutor con evidente perturbación.

—No fue exactamente así…

—Tengo una confianza absoluta en la honestidad de Gilbert.

—¿Está seguro de ello? —inquirió el príncipe molesto—. Porque Gilbert tuvo relaciones con un compañero de clase, y las habría tenido conmigo, en ambos casos cuando aún se consideraba prometido con su primo.

—Veo que alberga resquemor hacia él. ¿Cree que Gilbert es una puta?

—Bueno…, él mismo me dijo que eso sería él para mí.

Se quedaron unos segundos mirándose a los ojos, Ivan todavía ruborizado, pero los dos con el gesto más tenso.

—Lo creía más espabilado, Braginski. Me parece que no ha sabido comprender las intenciones ni los sentimientos de Gilbert. Se lo repito: ¿Cree que Gilbert es una puta?

—N… no. Por favor, no vuelva a repetir esa palabra. Es una cuestión personal, de mi familia. No deseo entrar en detalles, pero me afecta sobremanera.

—Dígame una cosa, alteza. Se conocieron cuando eran unos niños en un hotel de Viena, ¿no es así?

—Así es.

—Y Gilbert, como el gran bobo que es, le regaló una sortija de compromiso —indicó señalándole aquella mismísima sortija de amatistas que Ivan seguía portando al cuello, colgada de una fina cadenilla de plata, y que ahora resplandecía sobre su bata de seda—. ¿Consideró usted estar prometido con Gilbert desde aquel día?

Ivan se mordió los labios, consciente de a dónde quería ir a parar el escocés, y Sadiq soltó una repentina carcajada que los sobresaltó a ambos.

—Y, aun así —intervino Sadiq con una sonrisa feroz—, mi príncipe se acostó con decenas de hombres en Estambul. Y con algunos más en San Petersburgo. Además de conmigo, por supuesto. Mi querido príncipe, creo que tu invitado tiene más razón que un santo.

El ruso se levantó de su asiento, pero Alistair lo tomó de un brazo y lo instó a volver a sentarse.

—No se ponga así, hombre. Tan solo quería hacerle ver lo fácil que es ver lo negativo en los demás y obviar los propios fallos, incluso aunque se traten de los mismos. Lo que quiero decir es que no tiene nada que recelar de mi pupilo. ¿Sabe qué es lo que más le gusta a Gilbert? Más aún que sus caballos, su cerveza, sus uniformes, las armas y la guerra.

Ivan aguardó con el ceño fruncido.

—¡Usted, por el amor de Dios! ¡Usted! Lo que más le gusta en el mundo es cierto príncipe ruso de cabellos rubios. Y adora Rusia. Es por eso que quiso aprender ruso desde pequeño, ¿lo sabía usted? Comenzó su estudio allá en Prusia Oriental, cuando no era más que un pequeñín revoltoso y salvaje. Incluso antes de conocerle a usted.

La mirada del príncipe se perdió en ensoñaciones y una sonrisa dulce volvió a embellecer sus rasgos eslavos.

—Estábamos destinados el uno al otro, ¿verdad?

—No creo en esas tonterías románticas.

—Me habría gustado tanto conocerlo por entonces… —musitó Ivan haciendo caso omiso de sus palabras—. Cuando lo vi por vez primera solo fueron unos instantes, pero me bastaron para saber que Gilbert sería mi futuro, que se convertiría en mi vida entera. Hay contadas ocasiones en las que te alcanza una especie de iluminación y entonces lo sabes. Comprendes que todo cobra sentido, que todo sucede por una razón.

—Sí, tengo entendido que los rusos son muy deterministas —comentó Alistair saboreando su scotch con delectación, sumamente divertido ante las arrebatadas palabras del príncipe—. Aunque puedo comprenderlo. Poco después de ese incidente en el Grand Hotel de Viena, yo también conocí al pequeño diablillo. Fue entonces cuando la familia Beilschmidt me contrató como preceptor de su primogénito. Y, ciertamente, Gilbert con seis años era una cosa adorable. Me encantaba hablar con él y plantearle dilemas morales a cuál más difícil. El crío nunca cesaba de sorprenderme con sus salidas de tono y el modo en que interpretaba las cosas. Ya por aquellas fechas era un chiquillo anhelante de amor, y es que su familia es estricta y huraña hasta límites enfermizos. Gilbert… Oh, pero creo que me estoy extralimitando con mis observaciones. Disculpe que no desee seguir ahondando en este tema. Al fin y al cabo, los Beilschmidt me pagaron por la educación de su hijo. Y bastante generosamente, además.

—Comprendo sus reticencias. No seguiré aprovechándome de su paciencia —dijo Ivan con cortesía, y, a continuación, le dedicó a su invitado la mejor sonrisa de su repertorio. Y, en efecto, ¡qué sonrisa tenía el maldito Romanov!

—Tan solo una cosa más, ¿de acuerdo, señor Kirkland? Dígame, ¿qué puedo hacer para conquistar a Gilbert?

—Vamos, Braginski, si ya lo tiene conquistado.

—Eso no es cierto… Se despidió de mí definitivamente en su última carta. Se marcha a Viena.

—Tonterías. Solo se ha construido un pequeño muro de protección. No le costará nada derribarlo. ¡Pero tenga paciencia, Braginski! No se construyó Roma en un solo día.

De nuevo se oyeron las risas de Sadiq, e Ivan se volvió hacia él, irritado.

—¿Se puede saber de qué te ríes ahora?

—De tu paciencia, mi príncipe. De tu total falta de ella, más bien.

Ivan alzó sus aristocráticas cejas con prepotencia y se esforzó por ignorar una vez más al turco.

Y fue en ese preciso momento cuando Sadiq lo supo.

Fue como si se hubieran roto las compuertas de su corazón. Como si una devastadora tormenta lo hubiera arrasado por dentro y se hubiera llevado consigo toda traza del sentimiento que aún albergaba por su príncipe de hielo, su salvador, su perdición, su maravillosa y eterna pesadilla.

No supo ni cómo fue capaz de formular su pregunta sin que se le quebrase la voz.

—Entonces, ¿te marchas a Viena, mi príncipe?

Ivan ni siquiera lo miró. Se limitó a seguir sonriéndole al hombre pelirrojo que tenía a su lado y fue a él a quien le dedicó su asentimiento silencioso. Claro que iría a Viena. Allí es donde se encontraba su destino.

—Cuidaré de tu palacio en Berlín durante tu ausencia —dijo Sadiq con más entereza de la que habría imaginado que tendría—. Lo mantendré todo en orden.

Porque no pensaba ir a Viena y ser testigo del amor inquebrantable de Ivan hacia aquel muchacho prusiano. Antes prefería que le arrancasen el único ojo que le quedaba.

Entonces, ahora sí, Ivan extendió su sonrisa hacia su antiguo esclavo y le dedicó una formal inclinación de cabeza. Había comprendido Ivan lo que implicaban aquellas palabras y ¿lo aceptaba de buen grado? Hacía mucho que se había acabado todo entre ellos, eso era cierto, él lo sabía bien, pero aun así se había resistido con todas sus fuerzas. Incluso cuando se acostaba con Jean-Claude, en su mente solo estaba Ivan. De hecho, un día lo había llamado «mi príncipe» mientras lo estrechaba entre sus brazos y el duque no pareció inmutarse ante su inoportuno lapsus. Le había sonreído con extrema dulzura… Pero ¿acaso no se había escudado Jean-Claude siempre en sus sonrisas tal y como solía hacer él mismo con Ivan?

¿Y por qué le estaba doliendo tantísimo? ¿Era por Jean-Claude, al que había abandonado mientras lloraba a sus pies? ¿Por sí mismo? Si Ivan hubiera decidido seguir adelante con su plan de volver a San Petersburgo, se habría ido con él sin dudarlo. Pero tuvo que venir aquel pelirrojo a trastocarlo todo.

«Siempre estaré contigo, mi príncipe. Eso te prometí una y otra vez. ¿Y ahora ni siquiera te importa lo más mínimo que yo me vaya de tu lado?».

—No es mi palacio, Sadiq —dijo Ivan con suavidad—. Es tuyo. Te lo regalo.

Y allí estaba. Su regalo de despedida.

Sadiq se levantó y musitó una excusa antes de retirarse, presuroso, anegado de vergonzosos sentimientos.

En cuanto salió de la estancia, Alistair carraspeó y miró de reojo al ruso. Aquellos dos hombres habían sido amantes, o eso al menos había dicho antes el turco, por lo que acababa de ser mudo testigo de su civilizada ruptura. ¿Había acaso tristeza en aquellos ojos preciosos que poseía Ivan? Si la había, él no habría sabido decirlo. Pero lo cierto es que Ivan aún tardaría un buen rato en volver a pronunciar palabra, y Alistair sabía que, en ocasiones, el silencio era mucho más elocuente que las palabras.

Aprovechó entonces su ensimismamiento para examinar a gusto al príncipe. Los cabellos rubios fulguraban en tonos dorados a la más mínima incidencia de un rayo de luz. El pelo se le ondulaba con delicadeza sobre la frente y le enmarcaba aquel par de ojos claros que, estaba seguro de ello, debían de haber causado estragos por doquier. Empezaba a comprender el ardor de las palabras de Gilbert al describir a su príncipe. Y pensar en Gilbert lo llevó, indefectiblemente, a imaginárselo junto a Ivan, sobre él, debajo de él, entre sus brazos, gimiendo, gimiendo ambos, besando y mordiendo aquellos labios tan hermosamente trazados que no se atrevían a romper el silencio que los había envuelto.

«¿Y me estoy sonrojando yo? ¿Con mi edad? Pero por favor…».

—Sea romántico, Braginski.

—¿Cómo dice? —preguntó Ivan parpadeando, como si volviera en sí.

—Que sea romántico con Gilbert.

Ivan se rio quedamente con un matiz melancólico que no pasó inadvertido para Alistair.

—Creo que lo deslumbró usted —prosiguió el escocés—. Y no me extraña, la verdad sea dicha. Un Romanov. Uno de los hombres más poderosos de mundo. ¿Y quién no lo haría? Regala usted palacios como quien le da un caramelo a un niño.

—Sadiq es muy especial para mí. Se merece mil palacios —murmuró Ivan.

—No lo dudo. Lo que quería decir es que no se deje engañar por el deseo exacerbado que le mostró Gilbert entre sus sábanas. Sí, me lo contó. Aunque tampoco habría hecho falta, pues vi las marcas que usted le dejó impresas por todo el cuerpo. Un poco excesivo, ¿no cree?

—Oh… señor Kirkland, frente a usted me siento como un chiquillo de nuevo. ¡No me reprenda más! ¡Si a Gilbert le pareció insuficiente!

My God

—Y… y… bueno, a mí no me parece mal.

—Braginski, se lo pido por favor…

—¡Ya se lo he dicho infinidad de veces! ¡Yo solo deseo hacer lo que Gilbert quiera!

—¡Pues escúcheme! ¡Sea romántico con él! ¡Eso es lo que quiere Gilbert! Pero él no se lo va a reconocer a usted jamás. Él quiere amarlo. Como en una de esas tontas óperas a las que es tan aficionado. Conviértase en un príncipe de cuento, pero de los encantadores, no de los crueles, hágame el favor.

Ivan enderezó la espalda ante sus palabras en un gesto regio y muy acorde a su dignidad imperial, y alzó su rostro con un deje de determinación.

—Descuide, señor Kirkland. Eso haré. Y quiero extenderle, desde ya, mi invitación para que sea usted el padrino de nuestra boda en San Petersburgo.

Ivan coreó las risas de Alistair al cabo de un par de segundos, aunque, por su parte, el ruso jamás había hablado tan en serio.

2

Viajar en tren era algo que desde siempre le había encantado. Disfrutaba como nadie del silbido de la locomotora, del traqueteo sosegado y constante de los vagones deslizándose sobre las vías, de los pintorescos paisajes que se sucedían uno tras otro, y de las cabinas privadas en las que, si tenías suerte, podías repantigarte y leer a gusto sin que nadie te molestara. A ser posible, con una buena cerveza a tu lado.

Gilbert se estiró y bostezó en libertad, deleitándose en la soledad de su amplia cabina. En unas horas llegaría a Viena y se reencontraría al fin con Roderich y Elizabeta. Los viajes largos le hacían sentirse abrumado, inquieto, animoso, feliz, en suma, ante las perspectivas desconocidas que se desplegaban ante él. Dejar atrás Berlín no le había causado ningún tipo de conflicto. La capital del imperio alemán tenía sus cosas buenas, de eso no le cabía duda alguna, pero ahora lo que necesitaba era otra cosa. Necesitaba Viena. Se había acabado el bullicio, el frenesí, los disparos y las exhibiciones de fuerza; ahora necesitaba la paz austriaca, su recogimiento, su música, su ensueño.

¡Tenía tantísimas ganas de verlos a los dos!

Tenía muy presente que todo sería ahora muy distinto entre ellos. A veces, pensar en aquellos tiempos lejanos lo sumía en un estado de añoranza, pero también de vergüenza por todas las cosas que había hecho, pero también deshecho. Estaba seguro de que hasta las paredes de Rosenthal le recordarían con aprensión. ¡El salvaje prusiano del este!

Intentaba pensar menos en Roderich que en Elizabeta. Eli iba a ser todo un misterio para él, pues la última vez que la había visto, ella todavía era una chiquilla huesuda que insistía en trepar hasta la cima de los árboles más altos a pesar de sus voluminosas faldas. No iba a ser capaz de reconocerla. Eli tendría ahora dieciocho años como él. Toda una mujer.

La sonrisa vaciló en sus labios al relacionar sus recuerdos con los de Roderich. Una mujer que, en apenas algo más de un mes, se casaría con su primo.

Roderich… Su Roddy. A él le aterraba volver a verlo. Cuando su primo se inmiscuía en su mente solía asaltarle una debilidad que era inconcebible para el prusiano, que lo hacía dudar incluso de sí mismo. Era como si todo su mundo se volviese nebuloso e impredecible, y Gilbert detestaba aquella sensación entremezclada de impotencia, inseguridad y miedo. Quizá era por esta causa por lo que siempre se había portado tan mal con Roderich. Por cómo lo hacía sentir.

Suspiró. Y qué difícil era querer dejar de pensar cuando eso es todo lo que ansías hacer.

Tres hombres había en su vida. Era curioso cómo, al pensar en ellos, los sentimientos eran semejantes, y, al mismo tiempo, claramente distintos.

Roderich lo volvía del revés. Lo convertía en aquello que precisamente no quería ser.

Jean-Claude, en cambio, lo dejaba triste y con un dolor sordo que jamás desaparecía de lo más profundo de su corazón. Pensar en su belleza y en aquella peligrosa mirada de ojos verdes que siempre lo había trastornado, lo devolvía a un estado de indefensión en el que él mismo era víctima, pero también verdugo. La suya había sido una relación extremadamente agridulce. El abuso, la camaradería, el roce y ¡todo aquel maldito deseo! Deseo desaforado, inmenso, mutuo, culpable. Con Roderich, por el contrario, no había sido más que una relación espiritual, ilusoria. E inacabada.

Gilbert se recostó en su asiento tapizado, se acurrucó sobre sí mismo y cerró los ojos.

E Ivan. Vanya. En el centro de todo, iluminando cada resquicio de oscuridad con la luz deslumbrante que irradiaba toda su alma. Con Ivan sentía, desde luego, todo lo anterior, y, además, en grado sumo. No existía una sola emoción que Ivan no le hiciese sentir. A veces, incluso, creía que podía llegar a romperse solo con pensar en su príncipe. Ivan Braginski era la aniquilación de todo, la disolución de su ser. Era una tormenta sin principio ni final.

El solitario viajero se quedó dormido pensando en ese hombre, en quien era su único punto débil. Ivan era siempre lo último que registraba su mente al abandonarse al sueño cada noche. Su voz y su sinuoso acento ruso, sus manos firmes, pero también suaves, sus labios (¡Y cómo echaba de menos sus besos!). Solía perderse en ensoñaciones culpables en las que Ivan lo besaba en todas y cada una de las partes de su cuerpo. Por el cuello, los hombros, sus orejas, sus cabellos, sus párpados, sus dedos, sus labios, su vientre, sus rodillas, sus muslos, su…

Por fortuna ningún sueño perturbó su descanso, y fueron los silbatos de los supervisores de la estación los que lo arrancaron al fin de su sopor.

¡Viena al fin!

Gilbert corrió hasta la salida y se colgó de una de las barras de la puerta del vagón para poder asomarse al exterior y buscar febrilmente a Roderich con la mirada. El muy maldito nunca había ido a esperarlo a la estación, siempre con sus dichosas excusas de pianos, exámenes o indisposiciones varias.

Verlo allí, en la lejanía, con los brazos cruzados y con la brisa agitando su larga levita y el largo cabello castaño le causó a Gilbert una profundísima impresión. Bajó del tren de un salto y se forzó para no ir hasta él correteando por el andén como un chiquillo feliz. No podía demostrar tanto entusiasmo, por supuesto, por mucho que quisiera ir hasta Roderich y estrujarlo con fuerza entre sus brazos.

Había llegado a estar muy enojado con él tras su expeditiva y fría ruptura por carta, pero, poco a poco, el sentimiento se había ido diluyendo hasta quedar únicamente un breve poso de amargura. A decir verdad, incluso a veces comprendía a Roderich. La sociedad te obligaba a claudicar, a transitar por el mismo camino trillado de todo el mundo: compromiso, matrimonio, hijos, familia, declive, vejez y muerte. Y eso era todo. ¿Cómo iba él a reprochárselo a Roderich? Ni siquiera sabía muy bien cómo iba él a eludir tal destino frente a sus padres. Por lo menos los hombres lo tenían más fácil que las mujeres para permanecer solteros.

A medida que se aproximaba a Roderich, cada latido de su corazón se iba adaptando al ritmo que marcaban los pasos que iban a posibilitar el encuentro entre ambos. Tan concentrado estaba Gilbert, que no se había dado cuenta de que Roderich no estaba solo. Su primo estaba flanqueado por una muchacha (Eli, ¡quién si no!) y por un jovencito de cabello rubio peinado hacia atrás, que fue precisamente quien rompió la espera adelantándose hacia él con calma. Recordaba la última vez que Ludwig lo había ido a esperar a aquella misma estación, sus gritos de felicidad y cómo había corrido hacia él. Ahora se conducía como el hombrecito que era, y le tendía los brazos a su hermano con una sonrisa leve y contenida que derritió de amor al prusiano.

—Gil, bienvenido. ¡Cuántas ganas tenía de volver a verte, hermanito! Por fin has regresado.

—Y yo a ti, Lud, y yo a ti —respondió Gilbert entre sus brazos, aspirando nostálgicamente el suave aroma de los cabellos de su hermano pequeño y el olor del tónico que empleaba para peinarse.

Se separaron el uno del otro y se miraron y los dos se echaron a reír al unísono.

—¡Por favor, pero qué guapo estás con el uniforme de húsar! —exclamó Ludwig.

Gilbert adoptó una pose marcial como si apoyase una mano indolente sobre el sable de caballería y alzó la cabeza con orgullo mientras doblaba el brazo derecho para lucir sus galones de plata. Podría haberse vestido de civil, con ropa más cómoda para afrontar el viaje, pero quería presentarse ante ellos como húsar.

Elizabeta, por supuesto, se había quedado muda en cuanto lo vio aparecer. Unas de las pocas debilidades de la húngara eran, precisamente, los húsares. Los feroces guerreros a caballo que tanto habían aterrorizado a los ejércitos de toda Europa. Se decía que un húsar valía por cinco hombres, y ella lo creía fervientemente.

Ahora Gilbert se acercaba a ella con una media sonrisa y Elizabeta se dio cuenta de que hasta ella se ponía nerviosa ante el inminente encuentro. ¿Qué había sido de aquel pequeñuelo llorón que siempre iba cubierto de heridas y cicatrices? De no ser por los cabellos de suave color platino y por los ojos —displicentes, orgullosos—, que ahora se clavaban en ella con un destello burlón no lo habría reconocido en absoluto.

¿Pero qué era aquella elegancia imposible que se desprendía de cada uno de los movimientos de Gilbert? El prusiano nunca se había caracterizado por su elegancia, y ahora tenía ante sí a un húsar de la muerte, todo refinamiento y coquetería, inclinándose ante ella como si fuese a invitarla a un mismísimo vals.

Gilbert le sonrió cuando ella le devolvió la inclinación y Elizabeta percibió, sorprendida, la desnuda y sincera admiración que estaba exhibiendo el muchacho hacia ella.

—¡Eli, pero si llevas pantalones! —dijo Gilbert con una carcajada, a modo de peculiar saludo, y ella también alzó su cabeza, orgullosa.

—¡Pues claro que llevo pantalones! ¿Acaso te crees que voy a dejar que un puñado de trapos defina lo que yo soy?

—¡Me encanta! ¡Estás increíble!

A fuerza de la costumbre, Elizabeta había creído que el reencuentro con el prusiano habría acabado siendo un desastre para todos, pero ahora se sorprendió riéndose ruidosamente junto a Gilbert. Aquel Gilbert vestido, además, como uno de sus jinetes favoritos de la antiquísima caballería ligera húngara. «Tú sí que estás increíble, Gilbert», le habría dicho, henchida de admiración hacia su amigo, pero pensó en Roderich y se contuvo a tiempo.

Ahora lo miraba, aún traspasada por multitud de sentimientos, mientras él se volvía, por fin, hacia Roderich, al que Gilbert había dejado para el último lugar. Y la mujer perdió la vista en los nudos austriacos de hilo de plata que decoraban el uniforme negro de Gilbert, como si aquella fuera la imagen más hermosa que hubiera visto en años. Tan absorta estaba admirando el uniforme, que ni siquiera se dio cuenta de la súbita tensión que se desató entre los dos primos.

Gilbert había dejado de sonreír al encararse con Roderich. El austriaco, por su parte, era incapaz siquiera de esbozar ni el más elemental gesto amable hacia el recién llegado. La tensión persistió algunos segundos de más, unidos como estaban por sus pupilas, fieramente prendidas las unas en las otras.

«Dios mío, está aún más guapo que hace dos años», pensó Gilbert, desarmado frente a la fría belleza, algo femenina, del pianista. Siempre le había parecido que Roderich era como una de aquellas figuritas de porcelana que solían adornar las repisas de las chimeneas, frágiles, etéreas, prestas a quebrarse al más mínimo toque. Él mismo había roto tantas cuando era pequeño… y después claro, venían los inevitables azotes. Había llegado a asociar tantas veces las delicadas estatuillas con el dolor de su trasero, que no tuvo más remedio que echarse a reír ante la deriva absurda de sus pensamientos.

Aquello obró el milagro. Roderich sonrió levemente a su primo y este, entusiasmado frente a aquel destello de cariño, se adelantó hacia él, pero se detuvo en el último momento, inseguro, vacilando sobre cómo proceder. Al fin, Gilbert ladeó un poco la cabeza y extendió la mano en el aire hacia Roderich, tratando de condensar en su rostro toda la gratitud que sentía ante el hecho de que él también hubiera ido a recibirlo a la estación.

Roderich le dio la mano y se la estrecharon unos segundos. Y eso fue todo.

3

El recibimiento de Gilbert en Rosenthal fue muy distinto al que había tenido la última vez. Todo fueron parabienes y obsequiosidad hacia el triunfante sobrino de los Edelstein, que regresaba ahora como oficial graduado y no como un prófugo escolar.

Le cedieron los mismos aposentos que él ya había usado en el pasado, y en seguida le vinieron a la cabeza todos los recuerdos que habían quedado allí encerrados entre las paredes cubiertas de tapices. Los pasadizos secretos, los suspiros nocturnos motivados por sus onanistas caricias —siempre en solitario— y, por supuesto, Roderich. Roderich únicamente en sus pensamientos, puesto que había sido siempre Gilbert quien acudiese a las habitaciones de su primo para poder abandonarse al sueño el uno en los brazos del otro. Recordar su inocencia, la de ambos, lo hacía sonrojarse de vergüenza. Pero aquello no dudaría mucho tampoco. Luego llegaron las cartas de Natalya —de Ivan—, y se incrementaron sus desvelos emocionales, una vez que Gilbert ya había entendido que él era distinto a los demás. Y que siempre lo sería.

Mientras desempacaba sus trajes de los baúles que poco antes le habían traído en un carruaje desde la estación, no dejaba de pensar en Roderich, que, de camino a Rosenthal, se había conducido con su habitual seriedad, apenas comentando de vez en cuando alguna generalidad. Roderich, siempre perdido en sus cavilaciones, encerrado en ese mundo interior suyo en el que jamás había dejado entrar a nadie. Ni siquiera a él.

«Y yo hice todo lo posible», se dijo Gilbert con acritud.

Ahora Roderich se casaría con Elizabeta y todavía no sabía qué sentía al respecto. ¿Habría Eli conseguido lo imposible? Roddy apenas había abierto la boca, pero sí que había intercambiado frecuentes miradas con Elizabeta, mientras que a él lo había rehuido a conciencia. ¿Pero es que iba a quedar todo así entre ellos? Pues no, ni hablar. Él no podría hacer como si nada hubiera pasado. Se habían amado, aquellos últimos besos furtivos no eran mentira. Se habían hecho promesas mutuas. ¿O es que acaso Roddy lo consideraba ahora algo de lo que avergonzarse y que había que enterrar para siempre?

¿Pero cómo abrir el corazón y el alma de Roderich von Edelstein? De algún modo le sonaba todavía más difícil que declararle la guerra al imperio ruso.

XXX

Los primeros días todo volvía a ser como antaño. Uno trataba de acercarse y otro rehuía el acercamiento. Gilbert perdía la paciencia y Roderich se molestaba. ¡Era tan desquiciante! La frustración del prusiano empezaba a ser inasumible para él.

Pero nadie, absolutamente nadie, sabía nada sobre la tormenta demoledora que estaba cercenando, pieza a pieza y día a día, el corazón de Roderich. Desde el mismo momento que había visto a su primo pequeño saltar del tren con un gesto de inmensa felicidad en el rostro, Roderich se moría. Cuando Gilbert trataba de hacerle reír un tanto tímidamente, Roderich se moría. Cuando Gilbert le sonreía, Roderich se moría. Cuando Gilbert le oía tocar el piano con evidente admiración en los ojos, Roderich se moría. Y cuando observaba a Gilbert sin que este lo supiera y percibía la tristeza que su primo se intentaba guardar para sí mismo, entonces Roderich, por supuesto, se moría aun más.

Pero claro, él sabía demasiado bien qué era eso de guardarse dentro la tristeza, alimentarla y hacerle un hueco en lo más profundo de su ser.

¿Y por qué estás tú tan triste, Gilbert?, le habría gustado preguntarle. Habría dado su mano derecha por aliviar ese dolor en los preciosos ojos de su primo.

Elizabeta Héderváry que, seguramente, era la más inteligente del trío, se percataba de la torpeza proverbial de sus dos amigos y meneaba la cabeza para sí cuando era testigo del interminable fracaso en las interacciones de aquella pareja de botarates. No había tenido más que atar varios cabos sueltos y, con un poco de ayuda inconsciente de Ludwig, utilizar su imaginación para comprender la naturaleza de los sentimientos de esos dos hombres a los que tanto quería. Estaba muchísimo más claro en el caso de Gilbert (y eso que la única relación que había tenido con él en diez años había sido a través de sus cartas).

Pero Roderich la confundía un poco. Sabía que su prometido la amaba. Hacía tiempo que lo hacía, y ella ya se había hecho a la idea de compartir el resto de su vida con él, pero la llegada de Gilbert había afectado a Roderich de un modo que ella jamás hubiera creído posible. Aquellos indicios que lo delataban causaban en la húngara una ternura a la que no estaba acostumbrada: el modo en que a Roderich le temblaban las manos al arrancar sus melodías al piano, el parpadeo más rápido de sus ojos violetas cuando Gilbert pasaba cerca de él, el tartamudeo en su voz al responder cualquier pregunta.

¿Estaba Roderich enamorado hasta la médula de Gilbert? ¿O acaso era tan solo una reacción de miedo y fascinación ante aquel primo que siempre lo había aterrorizado? Pero claro, Roddy jamás le diría la verdad. Ni siquiera a ella, que iba a ser su mujer.

¡Pues muy bien! Ella extirparía aquella enfermedad doliente de sus respectivos corazones. Y lo conseguiría, porque no había cosa en el mundo que Elizabeta Héderváry no pudiera hacer.

XXX

Acercarse a ellos para conversar abierta y tranquilamente de sus sentimientos estaba fuera de toda posibilidad, por eso Elizabeta estuvo ideando encuentros que ayudaran a aflojar las cadenas con las que sus dos amigos se habían constreñido a sí mismos. Además, así también podría distraerse de los preparativos de su boda. La húngara aborrecía todo aquel trajín de vestidos, invitaciones, protocolo y organización de mesas, el servicio, la comida y hasta las conversaciones con la prensa que se encargaría de publicar el nobiliario enlace. A Elizabeta no se le ocurría nada más pesadillesco, así que lo había dejado todo en manos de sus respectivas madres y Anneliese von Edelstein había recogido el testigo encantada, pues ella vivía por y para los eventos de sociedad.

El día en que retó a Gilbert a un duelo de esgrima fue el comienzo del deshielo. El prusiano parecía realmente encantado con la idea, y a ella la satisfizo la actitud más madura que mostraba aquel cabeza hueca. Recordaba las frecuentes alusiones misóginas de Gilbert hacia ella —y hacia todas las mujeres en general— cuando no era más que un niño medio salvaje, y eso era algo que a ella siempre le había molestado. Ahora percibía un trato distinto en él: ahora la trataba como a una igual.

Gilbert había tomado el florete que ella le había traído y había estado un rato haciéndose a la empuñadura y cortando el aire con la hoja para después ir a probar todas las posiciones de guardia. Eli lo observó con una sonrisa, evaluando la pericia de su contrincante, y Gilbert le devolvió una mueca burlona.

—Lo mío son los sables —dijo Gilbert—. Esto no vale, cuentas con ventaja.

—Ya, claro. ¿Ya estás buscando pretextos para justificar tu derrota ante mí? —replicó ella, mordaz, y sus palabras, claro está, prendieron la chispa en el prusiano.

Roderich se había sentado a la sombra en un banco y los miraba echarse pullas el uno al otro con una leve sonrisa impresa en los labios. No comprendía cómo aquellos dos podían excitarse tanto con un arma en las manos, pero, en cualquier caso, era muy agradable verlos reír. Era como si nunca hubiera cambiado nada entre ellos.

Gilbert ya no llevaba su uniforme, al menos en el interior de Rosenthal, pero ese día, a petición de Elizabeta, sí se lo había puesto. Ella le había dicho, ardorosa: ¡Quiero medir mis fuerzas con un húsar de la muerte! Y él había accedido, divertido ante aquella admirable y tenaz muchacha que casi siempre iba a todas partes con sus pantalones y sus botas de montar de cuero. Para el duelo de ese día, se había recogido el largo cabello en una gruesa trenza, y, pensativo, Gilbert desvió la mirada hacia Roderich unos segundos. Se le hacía tan extraño que fueran a casarse, que aún no terminaba de creérselo del todo. La pareja ni siquiera estaba nerviosa ante la perspectiva del enlace.

«Joder, yo estaría subiéndome por las paredes».

—¡En garde! —gritó Elizabeta, sobresaltándolo, y Gilbert tuvo que desviar tres estocadas perfectamente dirigidas hacia su pecho.

—¡Pero si serás tramposa! —replicó él rompiendo hacia atrás para adoptar la posición de guardia una vez que quedó fuera de su alcance—. Además, ten cuidado, que no llevamos protección.

—Por eso no te he atacado a la cabeza, llorón.

—¡Rod! —exclamó Gilbert de repente, y el interpelado abrió mucho los ojos por la sorpresa—. ¡Lleva la cuenta de mis estocadas! ¡Voy a darle una soberana paliza a tu prometida!

—Pe… Pero si yo no sé de esgrima…

—¡Da igual! ¡Tú cuéntalas!

—¡Tú lo quieres es hacer trampa! —intervino Elizabeta—. Porque seguro que tu primo cuenta más a tu favor.

—Sí, ya, claro —Gilbert se rio—. ¿Quién quieres que gane, Roddy?

—Me basta con que gane el menos idiota de los dos.

Los duelistas se carcajearon ante la imprevista chanza del austriaco.

—¡Entonces esa seré yo!

—¡No, Rod! ¡Así no! ¡Tienes que decidir quién es el mejor! —insistió Gilbert aguantando a duras penas la risa—. ¿Y quién es el mejor? ¡Confiesa, Roddy! ¡Quién es el mejor!

Eli marchó hacia delante y trató de desbaratar la guardia del prusiano con un furibundo y continuo ataque, pero Gilbert aguantó estoicamente, defendiéndose con movimientos fluidos y tan precisos que parecía como si no fuese más que un juego de niños para él.

Elizabeta rompió una vez más hacia atrás y chasqueó la lengua con fastidio.

—Vaya, pues sí que eres bueno —aceptó ella, sacudiendo el brazo con el que empuñaba el florete para desentumecerlo.

—Querida mía, ¡a esto me dedico!

Y qué delicia era ver a Gilbert y a Elizabeta luchar con tal denuedo por imponerse el uno sobre el otro. Roderich pensó que era como una especie de danza, más agresiva de lo habitual, pero danza, al fin y al cabo. Uno avanzaba, otro retrocedía, los pies debían seguir el ritmo correcto, y los brazos a veces arriba, luego abajo, atrás y adelante, y el equilibrio, los giros y los requiebros y, en general, la extrema elegancia que los dos estaban exhibiendo inconscientes y enfrascados como estaban en la mutua batalla.

Mentalmente, Roderich ya estaba componiendo una nueva pieza para piano, inspirado en el ardoroso intercambio de estocadas y risas.

—No está nada mal, Eli. Pero no tienes nada que hacer contra mí. ¡Ríndete y reconoce que soy el mejor y el hombre más asombroso que has conocido nunca!

—¡Nunca!

—Entonces no tendré piedad contigo —advirtió Gilbert con una sonrisa de suficiencia.

Y lo peor es que el muy maldito tenía razón. Era condenadamente bueno con una hoja en las manos, claro que ella no estaba dispuesta a perder, y menos contra un prusiano.

Elizabeta se llevó una mano al costado y gimió entre dientes y Gilbert bajó de inmediato el florete con expresión de suma preocupación.

—¿Eli? ¿Qué pasa? ¿Te he hecho daño? —inquirió Gilbert acercándose rápidamente a ella.

Lo siguiente que aconteció entre los dos contendientes encendió los ánimos de Roderich, que se levantó como un resorte del banco y abandonó su puesto de observación para ir corriendo a auxiliar al gimoteante prusiano. Elizabeta le había pegado a su primo un puñetazo a la altura de la boca del estómago, y este había caído al suelo como un doliente fardo.

—¡Pero Eli! —chilló el austriaco fuera de sí—. ¡Cómo se te ocurre!

Apenas había sido un golpecito de nada, pero la húngara sabía muy bien dónde colocarlo para dejar a un molesto adversario fuera de combate.

—No es nada. ¡Vamos, llorón, arriba! —dijo Elizabeta, palmoteando con energía.

Roderich se había arrodillado junto a Gilbert, que se revolcaba por todo el suelo.

—Me has matado, mujer. Has acabado conmigo —gemía el muchacho con las manos crispadas sobre el estómago—. Me muero, ¡no puedo respirar!, ¡me muero! ¡Tramposa!

Eli se había llevado una mano a la boca para reprimir una risotada ante las hiperdramáticas exageraciones de Gilbert.

Y ¡oh, milagro imposible de los cielos! Incluso el mismísimo Roderich, incluso él, estaba haciendo el esfuerzo de su vida por no reírse mientras acunaba suavemente la cabeza de Gilbert sobre su regazo.

4

El cambio que operó en Roderich tras el duelo fue notorio incluso para los Edelstein, que solían estar ocupados en sus respectivos quehaceres desde la mañana hasta bien entrada la noche. Y todo por algo tan tonto… Elizabeta solo había pretendido distender el ambiente entre ellos, pero todo había acabado mejor de lo esperado. Ella misma se había dejado llevar como cuando eran niños, cuando ella perseguía y vencía a Gilbert (o se dejaba vencer por él) y lo volvía loco con sus continuos retos, carreras, peleas y discusiones.

Estaba claro que Roderich también había regresado a la niñez y había reaccionado como solía hacer entonces: protegiendo al idiota de su primo, acudiendo en su ayuda cuando el todopoderoso prusiano por fin se volvía vulnerable.

Y ahora, Eli volvía a sorprenderse ante la fácil aceptación de su prometido cuando ella le planteó la que sería la segunda parte de su plan. A decir verdad, Roderich se mostraba incluso impaciente.

Ya había comenzado el mes de abril, y algunos días todavía hacía frío, pero la idea de una excursión y un picnic al aire libre ilusionó mucho a los dos primos. ¡Roderich montando a caballo! Creía que no viviría para ver un momento semejante. Elizabeta rio feliz desde su montura y azuzó a su caballo para partir al galope, cosa que Gilbert imitó en seguida, pues competir con la húngara era para él tan natural como el respirar. Las protestas de Roderich avivaron tanto la hilaridad de la pareja como la velocidad de sus caballos, forzando así al austriaco a seguirlos con una mueca adusta. Y qué jinetes tan excelentes eran los dos. Elizabeta llevaba esa mañana el cabello suelto, y le flotaba a la espalda como los de una amazona especialmente bella bajo la deslumbrante luz primaveral. Roderich observó a Gilbert, quien, a su vez, observaba a Elizabeta extasiado, y un intenso ramalazo de celos sacudió al austriaco de la cabeza a los pies.

Gilbert nunca había manifestado especial interés en la húngara, pero en los últimos días lo descubría a menudo contemplándola esquivamente. Y, la verdad sea dicha, no sabía a quién se debían sus celos.

Eli había organizado aquel providencial picnic, pero no estaba dispuesta a ocuparse de la comida ni de las bebidas, así que mientras ella cuidaba y desensillaba los caballos, ellos se dedicaron a ir distribuyendo los platos sobre el delicado mantel de hilo blanco.

Gilbert le dedicó una sonrisa desarmadora y Roderich vaciló, inquieto, medio abrazado a la botella de vino tinto que acababa de sacar de una cesta.

—No me digas que vas a beber vino, Roddy —le dijo Gilbert, y su cálida sonrisa se tornó más maliciosa.

—Pues sí. Es lo que procede en una merienda campestre.

—¿Estás seguro? ¿Ninguna limonada para el señorito?

—¿Ya estamos? Pienso acabarme esta botella yo solo.

Le encantó ver la mirada de profundo asombro en los ojos de Gilbert.

—¡Eli! —exclamó el prusiano fingiendo horror—. Pero ¿qué le has hecho a mi primo?

Ella se acercó taconeando con brío sobre sus altas botas de montar y se sentó grácilmente al lado de su prometido.

—¿Yo? ¿Y no habrás sido tú, Gilbert?

—Yo qué voy a hacerle… —El primer atisbo de sonrojo en la piel clara del prusiano puso a la muchacha de un humor excelente. Pero qué fácil iba a resultar todo…

Por su parte, Roderich rezaba por que ninguno de ellos se percatara de su agitación interna. Le iba a ser muy difícil mantener el control junto a aquel par de locos. Le asustaba pensar qué podría suceder, pero al mismo tiempo no recordaba la última vez que se había sentido tan feliz. Con una levísima sonrisa miraba a Gilbert, y luego a Eli, que volvían a discutir por alguna tontería, y se entretenía en admirar los rasgos de ambos. Con su incorruptible cariño, Eli se había ganado un hueco en su alma por derecho propio y, a aquellas alturas, la belleza serena de la muchacha se le había clavado en lo más profundo de su ser. Pero, ¿y qué había de aquel Gilbert que se reía y se pasaba la mano por los cabellos blancos con inconsciente sensualidad? Gilbert ya le había parecido un dios la última vez que había estado de visita en Rosenthal, pero ahora… Ahora tan solo mirarlo le dolía físicamente.

¿Y por qué demonios no podía casarse con ambos?

Roderich, una vez más, estuvo a punto de echarse a reír.

En el fondo, no lo veía tan descabellado. ¿Quién, de hecho, había prohibido que pudiera prometerse en matrimonio con las dos personas que él amaba por encima de todo? Se imaginó durante unos instantes esa vida imposible, y se sonrió al reconstruir las comidas conjuntas, los juegos, las conversaciones nocturnas, las peleas y las reconciliaciones. Pero cuando pensó en las noches compartidas, todos sus procesos vitales se quedaron temporalmente en suspenso. ¿Y qué hacía pensando él en algo así? Gilbert, en la cama, inclinándose para besarlo, y Eli apoderándose de su cuello con los labios, las manos de ambos acariciándolo al unísono, desnudándolo, recorriendo todo su cuerpo, amándolo con sus dedos…

Gilbert lo estaba mirando con los ojos entornados como si, de alguna forma, hubiera adivinado sus más íntimos secretos, y Roderich, estremecido, no tuvo más remedio que servirse una generosa cantidad de vino tinto.

—Oh, Gil, de verdad que pensaba que venías a sabotear nuestra boda —estaba comentando la húngara con gesto divertido—. Rod estaba muy atemorizado pensando en todas las cosas que podías hacer para volverlo todo del revés.

Gilbert soltó una carcajada.

—¡Pero no estropees la sorpresa, querida mía!

En este punto, Elizabeta le dedicó una sonrisa pavorosa.

—Atrévete a hacer algo, Gil, y yo misma me encargaré de borrarte del mapa.

Al menos las abrumadas ensoñaciones sexuales habían quedado en segundo plano ante la repentina escaramuza. Roderich suspiró todavía más nervioso. Cuando se enzarzaban así el uno con el otro, solía ser fatal para los tres.

—Me encanta que vistas de hombre —soltó Gilbert con candor, más animado tras servirse una buena jarra de cerveza de una pequeña barrica que había traído consigo desde las famosas bodegas de los Edelstein.

—Sí, ya me lo imagino —replicó ella con maldad.

Gilbert rehusó contestarle y se concentró en su bebida mientras su sonrojo se iba extendiendo nítidamente desde las mejillas a las orejas. Elizabeta lo examinaba con detenimiento, como si estuviera pensando en multitud de cosas a la vez y no se decidiese por cómo atacarle.

Y, para su sorpresa, fue el propio prusiano quien desplegó un ataque preventivo:

—¡Cásate conmigo, Eli!

Esta vez la carcajada atronadora de Elizabeta se adueñó de todo cuanto había bajo el sol de Viena.

—Por supuesto que sí, cariño. ¿Y se puede saber quién de los dos se vestiría de novia?

Gilbert, desde luego, no era rival para la húngara. Nunca lo había sido.

El prusiano miró con cierta aprensión a Rod. ¿Le habría contado Roderich, en un alarde de inaudita confianza hacia su prometida, algo acerca de la existencia de «Gilbertine»? Pero no, eso era imposible, Roderich no era aquella clase de personas. Él nunca lo traicionaría ante otros, ni siquiera ante su flamante y futura esposa. Ah, pero había sido Ludwig quien lo había complicado todo al implicar a Eli y hacerle partícipe del secreto que los primos compartían.

Realmente, parecía como si la húngara estuviera quitándole hierro a todo el asunto, precisamente, al bromear sobre ello. Lo estaba naturalizando. Y Gilbert sintió que lo inundaba una inmensa oleada de cariño hacia la muchacha que ahora lo taladraba con esos bellísimos y chispeantes ojos verdes.

—Creo que te sentaría mucho mejor a ti que a mí —dijo al fin, caballerosamente, guiñándole un ojo.

—Tú y yo tenemos que hablar largo y tendido, Gilbert —dijo más seria—. Me refiero a solas. Tú y yo.

—Cla… claro, cuando tú quieras.

—¡Muy bonito! —interrumpió secamente Roderich haciendo que Gilbert estuviera a punto de atragantarse con su cerveza—. Ya empezáis con lo de siempre.

—¿Lo de siempre? —inquirió Gilbert, pero Elizabeta, que era más avispada y conocía como nadie al austriaco, se levantó del suelo ágilmente y se echó hacia atrás su larga melena castaña.

—Voy a darme un paseo, par de tontos. ¡Nos vemos dentro de un rato!

Y, dicho y hecho, desapareció entre la arboleda sin darles tiempo siquiera a despedirse. En un primer momento los dos se miraron un poco avergonzados, pero Gilbert se sobrepuso pronto y se acercó a gatas hasta quedar a su lado. Roderich tragó saliva e, inconscientemente, se humedeció los labios, pero se las arregló para aparentar normalidad.

Habían evitado, por todos los medios, encarar todo aquel alud de palabras no dichas y que se interponían entre ellos como una pesada e infranqueable losa. Ahora Eli los había dejado solos para que hicieran de una vez lo que debían hacer, ambos lo sabían, y se miraban a los ojos sin decidirse. Pero ¿por qué? ¿Por qué era tan difícil?

—Gilbert, ¿recuerdas aquella pieza que tocaba al piano cuando tú me interrumpiste? Me refiero al día antes de que fuésemos a la ópera y… y…

«El día en que me besaste».

Gilbert, que era incapaz de enmascarar sus sentimientos, se mostraba obviamente sorprendido ante la iniciativa de Roderich.

—Sí, sí, claro que me acuerdo.

—Aquella pieza no era una improvisación —confesó el pianista—. Te mentí.

—Oh…

—Lo titulé «Balada inacabada para Gilbert en sol menor».

Hasta Roderich se sintió conmovido ante la expresión de suma vulnerabilidad que asomó a esos rasgos tan delicados como masculinos que Gilbert poseía.

—Oh, Roddy, pero ¿qué dices? Era… ¿era para mí?

—Sí, la compuse para ti… —Roderich se interrumpió y reparó en la neblina que relumbró en los ojos escarlata del prusiano y trató, como siempre, de reprimir una sonrisa un tanto malintencionada—. Pero qué incorrección, primo. Nunca me hubiera imaginado que te fueras a emocionar tanto. De hecho, de haberlo sabido antes…

¡Pero qué estaba pasando allí!

Gilbert se fijó en la botella y la copa de vino y entonces lo comprendió al vuelo. Recuperó su pose más sarcástica y le dio un golpecito en el hombro a Roderich con un deje de prepotencia.

—De haberlo sabido yo, te habría emborrachado mucho antes, Roderich.

El austriaco resopló.

—Jamás te lo hubiera permitido.

Sus últimas palabras tocaron una tecla que no debía haberse tocado, fue como si, de repente, unas intolerables nubes de tormenta hubieran conquistado y sometido al sol. La tristeza de Gilbert era una de las muchas debilidades del austriaco.

—Primito… —empezó Roderich, y se calló.

No, no podría. Ni siquiera el vino podría. Quizá si no lo abordara tan directamente…

—Dime.

—Siempre he tenido celos de ti y de Elizabeta. Vosotros parecíais hechos el uno para el otro. Compartíais un mundo que a mí me estaba vedado, y siempre me dejabais atrás. A veces incluso tenía pesadillas en las que los dos me hacíais daño. ¿Tienes idea de cómo me sentía yo…?

—¡Oh, Roderich…! —Sin pensarlo, Gilbert se arrojó sobre él para envolverlo entre sus brazos y Roderich se dejó abrazar por el emocionado prusiano durante un rato.

—Pero no pasa nada, porque ya he comprendido… —prosiguió el austriaco.

—¡Roddy, por favor! ¡Si yo te quería más que a nadie! Te adoraba. ¡Eras todo mi mundo!

—Gil… —Le estaba costando muchísimo seguir en esa línea. Exteriorizar los sentimientos a través de las palabras era infinitamente más difícil que a través del piano, eso desde luego—. Yo… Yo quería pedirte perdón por todo lo que pasó entre nosotros. Por… por mis promesas, y por todo…

—¡Tonto! No me pidas perdón. Yo tampoco me porté muy bien.

—Soy un cobarde. Siempre tuviste razón en eso. Pero quiero que sepas que mis… mis sentimientos hacia ti eran reales.

Gilbert no se vio con fuerzas para contestarle, se enjugó rápidamente los ojos con un brazo y buscó su jarra de cerveza con dedos trémulos. Roderich lo dejó beber antes de continuar. Ya no había marcha atrás.

—No puedo ser como tú. No… No soy como tú. Nunca lo seré —dijo Roderich—. Y quiero a Elizabeta.

—Ya, ya lo sé. No hace falta que me des más explicaciones. —La esplendorosa sonrisa de Gilbert le paralizó un poco el corazón, aunque no habría sabido decir si era genuina o impostada.

—Gilbert… siempre voy a quererte. Eso lo sabes, ¿verdad?

—Te lo agradezco. Te agradezco muchísimo que te hayas abierto así. ¡Significa tanto para mí! —Pero estaba esquivando su mirada, y Roderich supo que empezaba a contagiársele a él la tristeza de Gilbert.

—Ay… mi primito pequeño, siempre has sido tan tontuelo —susurró el pianista con los ojos húmedos por el alcohol—. Eli me dijo el otro día que cree que estás enamorado de alguien.

Gilbert se apartó de él como si un mismísimo rayo hubiera caído entre ellos.

—Dime, Gil, ¿tiene razón? Si hay algo de lo que no tengo ninguna duda en el mundo es sobre la perspicacia de Elizabeta.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque quiero asegurarme de que seas feliz.

Gilbert bajó la cabeza en un gesto de clara derrota.

—Sí que hay alguien.

Roderich osó acariciarle el dorso de la mano.

—Y… ¿y cómo es él? — inquirió con suavidad.

—No, de verdad que no quiero hablar de él.

—¿Cómo se llama? ¿Te ama como tú lo amas a él?

—¡Roddy, te lo ruego! En cualquier caso, nada importa ya. Se acabó todo entre nosotros.

«Que no te importa, claro. Te debes de creer que no te conozco, Gilbert».

—¿Acaso te ha hecho daño?

—No… Sí. ¡No! ¡No lo sé! No importa, no lo voy a volver a ver nunca más.

—Gilbert…

En ese momento los dos notaron unas inesperadas gotas de lluvia sobre las mejillas, y, en apenas un abrir y cerrar de ojos, la fina lluvia se convirtió en un violento aguacero que amenazó con arrasarlo todo a su paso.

Roderich exhaló un gemido de frustración y Gilbert lo miró. El cabello de Roderich, las gafas, los elegantes encajes de su camisa, estaba todo tan empapado que parecía como si alguien le hubiese volcado un cubo de agua encima y no pudo resistirlo: Gilbert estalló en atronadoras carcajadas, incontenibles, poderosas como la propia tormenta —esta vez muy real—, que ya empezaba a desatarse, inclemente, sobre ellos.

Gilbert reía, y reía tanto, que también lloraba.

—Tenemos que irnos —trató de decir Roderich, temblando ante la furia del primer trueno que restalló en los cielos.

Sin embargo, el prusiano se levantó del suelo, se separó unos pasos, extendió los brazos en el aire y, con los ojos cerrados, alzó la cabeza hacia el cielo ahora encapotado.

—Pero se puede saber qué diantres haces…

Sin responderle, Gilbert sacudió la cabeza, y miles de gotas salpicaron a su alrededor mientras el agua caía a plomo sobre él. Disfrutando a solas de la lluvia, abandonado a la furia inabarcable de la naturaleza, dejando que la ropa se le empapase y bautizase sus rubios cabellos revueltos hacia atrás. Rindiéndose.

Roderich pensó, obnubilado, que nunca lo había visto tan sublime como allí, entregando su alma a la lluvia.

—¡Rod, ven conmigo!

—Tenemos que…

—¡Deja ya de pensar en todas tus obligaciones, maldita sea! Ven conmigo. Suéltate. ¡No pienses! ¡Olvídate de todo, Roderich! Cierra los ojos y escucha conmigo el rumor de la lluvia. ¿Pero no eras tú aquí el músico?

—Gilbert, es… es una tormenta. Y es muy fuerte. Y ya sabes que yo…

Su primo se acercó a él, lo tomó de una mano y lo alzó del suelo con facilidad. Y, acto seguido, lo estrechó entre sus brazos con fuerza, pero también con ternura, envolviendo al tembloroso pianista con todo su cuerpo.

—Siempre voy a protegerte, Roderich. Siempre —susurró Gilbert junto a su oído con voz grave—. Ninguna tormenta se atreverá jamás a hacerte daño mientras yo esté contigo. Mientras yo esté a tu lado. ¡Siempre estaré a tu lado! Porque ¿sabes una cosa? Te querré siempre. Siempre. Y a Eli también. Estoy muy feliz de que te vayas a casar con ella, porque os quiero muchísimo a los dos.

Entonces el grandísimo idiota del prusiano tomó a Roderich en sus brazos como se haría con una novia camino del lecho nupcial y se echó a reír como no había reído nunca. Y giró con él, y giró en círculos en un baile improvisado hasta que ambos se deshicieron en risas ante tamaña estupidez. Roderich se aferró, feliz, al cuello de Gilbert, y, por unos portentosos instantes, ni siquiera tuvo miedo de la tempestad.

xxx

Al día siguiente, Roderich abrió la tapa de su piano y sus dedos se movieron por sí solos sobre las teclas, ágiles, seguros, inspirados como nunca habían estado. No le costó completar al fin esa pieza que había permanecido inacabada por demasiado tiempo.

Sin embargo, la propia melodía interna de Gilbert se desvirtuó y desafinó cuando, esa misma mañana y después del copioso desayuno junto a los Edelstein, desplegó el Wiener Zeitung y sus ojos se detuvieron, atónitos, en la cabecera de los anuncios de sociedad.

«… La ciudad de Viena da la bienvenida a uno de los miembros más queridos de nuestra capital imperial, integrante de una de las Casas Reales de mayor abolengo y raigambre de toda Europa. En 1873, nuestro regio visitante ya nos obsequió con su presencia cuando Viena se ofreció a acoger y a deslumbrar al mundo con su exposición universal, dedicada entonces a la cultura y comunicación, temas, en efecto bien conocidos por la sociedad austro-húngara. Su Alteza Serenísima, el príncipe Ivan Fiodorovich Braginki-Romanov, de la egregia Casa imperial rusa, ha honrado con su visita la Hofoper el pasado domingo, y…»

Gilbert seguía lívido cuando Elizabeta se lo encontró un poco más tarde ese mediodía.