Cuadragésimo segundo

Jamás en mi vida me habían confundido tanto con una simple frase. Aunque lo que realmente me aturdió no fue lo que dijo, sino cómo y dónde lo dijo.

Juro que tras escuchar aquel no te acerques a mí que Quinn me regaló con toda la intención del mundo, busqué a mi alrededor algún tipo de peligro que pudiese perjudicarme si me acercaba a ella. Un árbol que estaba a punto de caer, Bleu a punto de morderme, o un francotirador apuntándome en la sien. No lo sé, cualquier estupidez sin lógica era buena para tratar de comprender qué diablos estaba pasando. Pero no había nada. De hecho, una mujer que en ese instante pasaba entre nosotras, nos miró realmente asustada. Pero eso no hizo que Quinn erradicara su extraña actitud.

—¿Qué? —cuestioné lo suficientemente alto como para que pudiese oírme.

—¡No puedes acercarte! —repitió.

—¿Por qué?

—¡Porque no quiero que vuelvan a golpearme!

—¿De qué diablos hablas? ¿Quién te ha golpeado? —me asusté

—Oye, no tengo ni idea de lo que pretendes, pero… ¿Sabes lo que duele una bofetada de Santana? No quiero volver a sufrir algo así.

—¿Qué? —murmuré aún más confusa y vi que ella no se enteró— ¿Santana te ha pegado? Estás bromeando. ¿No?

—¡No, no bromeo! ¡Ella me dijo que no me acercara a ti a menos de…! ¿Qué mira señor? Estamos hablando—cuestionó a un pobre hombre que pasaba junto a ella y que, lógicamente, no entendía por qué me estaba gritando —Ok —volvió a mí tras ver como el hombre se alejaba—. San me dijo que, si me acercaba a ti a menos de 50 metros, me las vería con ella. Y te juro que no me apetece en absoluto hacerlo.

Oh dios.

No, aquello no lo dije en voz alta, solo lo pensé mientras esperaba la risotada que debía continuar a aquella estúpida excusa. Pero Quinn no lo hizo. No sonrió. De hecho, se mantuvo firme y con el gesto serio, tan serio que Bleu no tardó en percatarse de lo que estaba sucediendo y comenzó a merodear alrededor de ella. Se estaba poniendo nervioso, y no me gustaba en absoluto.

—Es una broma. ¿Verdad? —reaccioné al fin.

—No. Lo siento, pero con Santana no se puede bromear, y menos aún con alguno de sus guantazos. No quiero más líos que puedan terminar con mi culo en los calabozos de cualquier comisaria neoyorquina.

La ignoré. Quiero decir, no ignoré su discurso, que realmente me resultó bastante divertido, pero si deseché la idea de hacerle caso y me lancé hacia ella sin dudarlo. A pesar de un nuevo intento por alejarme con otra de sus excusas, yo seguí caminando firme hacia ella, hasta que estuve lo suficientemente cerca como para que nuestra conversación no fuese escuchada por el resto de personas que había en el parque.

—Te estoy hablando muy en serio, Rachel. No quiero líos. ¿Ok? Si Santana.

—Santana no podrá hacer nada porque la orden de alejamiento la estoy rompiendo yo —la interrumpí y ella me miró con algo de preocupación. Aunque yo sabía que toda aquella parafernalia no era algo que realmente le preocupase. Simplemente estaba marcando su territorio, haciéndome ver que esta vez no era ella quien se acercaba a mí para molestarme, como era más que probable que yo le hubiese replicado si fuera cierto.

—¿Y qué te hace pensar que yo quiero que rompas esa orden? —me replicó justo cuando lanzaba de nuevo la pelota de Bleu, y éste se olvidaba de mi presencia para correr detrás de ella—. ¿Qué quieres?

—Vengo en son de paz.

—Oh, en son de paz —murmuró volviendo a lanzar una mirada a su alrededor—. ¿Es una cámara oculta?

—Quinn, basta. He venido a hablar contigo, hay algo importante que necesito saber y sólo tú me lo puedes decir. Tengo que ser madura de una vez y si no es hablando, no podré serlo.

—¿Hablar? —masculló retrocediendo hasta el banco, donde volvió a tomar asiento—¿Algo importante? Si vienes a preguntarme por qué estuve en la academia de danza el martes. Deberías preguntarle a tu profesor, y no a mí.

—Eh, no —la interrumpí recordando ese pequeño detalle. No lo habría recordado si no lo hubiese mencionado, y lo cierto es que era algo por lo que realmente sentía curiosidad.

Mi clase del jueves fue exactamente igual que la del martes. Brian no hizo mención alguna al encuentro que ellos mantuvieron en su despacho, y yo tal y como decidí, no le cuestioné absolutamente nada respecto a ello. Mantuvimos una relación meramente profesional, como la de cualquier profesor con sus alumnos. Y eso lograba que mi curiosidad aumentase aún más. Sin embargo, no era lo suficientemente atrayente como posicionarse por encima de mi objetivo aquella mañana.

—¿Entonces? —volvió a hablar ella— ¿De qué quieres hablar ahora con tanta urgencia? —musitó regalándome una de esas miradas desconfiadas que hacen te replantees todos tus movimientos. Por suerte la flor entre mis manos me ayudaba a contener los nervios que poco a poco, empezaban a acusarme. Flor que fue el objetivo de Quinn en varias ocasiones durante aquel barrido que sus ojos hicieron sobre mí.

—Sé que te pedí que no volvieses a acercarte a mí —me lancé—, pero acabo de descubrir algo ésta mañana que tengo que confirmar, sí o sí. Verás —Quinn se mantenía expectante y un tanto confusa escuchando mi pequeña explicación. Mi tartamudeo empezaba a ser un fastidio tanto para ella, como para mí—. Kurt, Kurt ha intentado llamarte para invitarte a la fiesta de cumpleaños de Santana, que es, que es mañana. Y bueno él, él me preguntó si tú querrías venir con Emma y Brittany, por supuesto. Y yo le dije que probablemente querrías, así que quería llamarte, pero él no tenía tu número, entonces él me ha despertado solo para…

—Rachel —me interrumpió y yo lo agradecí. Había empezado uno de esos discursos en los que termino sin aire por culpa de aquel barullo de palabras que se amontonaban en mi cabeza, y no digo nada concreto—. ¿Puedes, puedes ir al grano?¿Has venido para saber si quiero ir o no a la fiesta de Santana?

—No —balbuceé.

—¿Entonces? Ve al grano por favor.

—Quiero saber que sucede con tu número de teléfono.

—¿Con mi número?

—Con este número —aclaré mostrándole la pantalla de mi teléfono.

Confieso que estuve a punto de reír al ver el gesto confuso que mostró Quinn al observarlo, pero los nervios me tenían en tensión. Tanta que ni siquiera supe como fui capaz de mantenerle el teléfono frente a ella y ser consciente de lo cerca que estaba.

—¿Lizzy? —balbuceó extrañada.

—Oh, ignora eso, quiero que me digas si el número ese es el tuyo.

—Eh, no. Bueno sí, pero ya no.

—¿Cómo que ya no?

—Ese es el número de teléfono de mi abuela —respondió alzando la mirada hacia mí, y yo instintivamente me aparté de ella, volviendo a dejar la distancia adecuada para que la tentación fuese la menos posible.

Y sí, hablo de tentación porque Quinn aquella mañana estaba completa e irremediablemente resistible. No sé si era su pelo al natural, aquel gesto de desconfianza forzado que mantenía y que yo sabía que solo era por orgullo, el intenso color de su abrigo o el extraño verde grisáceo de sus ojos que parecían de otro mundo, y que no tenían reparos en clavarse sobre los míos cada vez que me hablaba. Logrando aquella sensación en mí.

—¿De, de tu abuela?

—Sí. Mi abuela me lo cedió a mí hace un año o algo así, porque ella no solía utilizarlo al estar yo aquí con ella. Y yo lo he mantenido hasta que cumplió el contrato con la compañía de teléfonos. ¿Por?

—¿Lo mantuviste? ¿Quieres decir que ya no lo tienes?

—Pues no.

—¿Desde cuándo?

—¿A qué viene esto, Rachel? ¿Qué pasa con el teléfono?

—¿Desde cuándo, Quinn? —insistí— Dime que no te fuiste a Australia sin él

—Pues, pues sí, si me fui a Australia sin él. Lo di de baja justo el día antes de irme. De hecho, cuando, cuando fui a tu casa a hablar contigo, estaba haciendo esos trámites.

—Oh dios —me lamenté—. Oh, mierda.

—¿Qué pasa? ¿Por qué tanto interés en ese teléfono?

—¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me dijiste que te habías cambiado de teléfono? —le recriminé alzando la voz, tanto que se asustó y volvió a levantarse.

—¿Qué te pasa? ¿Ni siquiera eso hago bien? ¿Por qué tengo que darte explicaciones a ti? No sé si recuerdas cómo me echaste de tu casa aquel día, pero te aseguro que lo último que habría hecho sería volverme para decirte, oh Rachel, disculpa que vuelva a molestarte, sé que Santana puede que quiera romperme la cabeza y que tú termines escupiéndome, pero, he cambiado mi teléfono.

—¿Y cuándo estuve en tu casa? ¿Por qué mierda no me lo dijiste cuando estuve contigo antes de marcharte?

—Rachel —se llevó las manos a la cabeza— ¿De verdad has venido a discutir conmigo por un jodido número de teléfono? ¿Estás loca? Ese día estaba destrozada. ¿De verdad piensas que iba a caer en ese detalle? ¿En decirte que ya no tenía ese número?

—Te estuve llamando —confesé tras ver como el gesto de Quinn se iba transformando y el enfado empezaba a ser real—. Te estuve llamando cuando estaba en Ohio, y te dejé mensajes, y avisos en el buzón de voz.

—¿Qué?

—Te escribí como 20 mensajes, y me aparecían como recibidos, y te llamé y me saltaba el buzón de voz hasta que alguien lo canceló, y no pude hacer nada más. Creía que no querías hablar conmigo.

—Oh dios —susurró sorprendida—. ¿Hablas en serio?

—Puedes comprobarlo si quieres —volví a ofrecerle mi teléfono al tiempo que me decidí a tomar asiento en el banco. Pero ella no lo aceptó. Se mantuvo de pie, observándome sin perder aquel halo de confusión que mostraba hasta que decidió seguir mis pasos, y tomar asiento a mi lado, justo cuando Bleu volvía a merodear alrededor de nosotras y se llevaba algunas caricias de Quinn—. Creí que, que no querías saber nada de mí. Y resulta que ésta mañana, cuando Kurt te llama le atiende un tal Logan que no sé quién es y le dice que dejemos de llamarle de una vez.

—No, no puedo creerlo. ¿Pensabas que iba a ignorar una llamada o un mensaje tuyo?

—No, no lo sé, pero eso es lo que pasó. Estaba en Ohio y tú rechazabas mis mensajes. ¿Qué pretendes que piense?

—Oh dios, ahora entiendo por qué me dijiste eso en el hotel.

—No, no podía creer que me estuvieses echando en cara que no me había preocupado por ti. Incluso llamé a tu casa, pero nadie me atendió.

—No había nadie en casa. Emma y yo nos marchamos a Inglaterra desde Australia.

—Lo supe cuando regresé, pero, aun así, nadie me dijo que ya no tenías ese número y yo… —la miré buscando algún tipo de complicidad— Seguía creyendo que no necesitabas mi apoyo. No sé, fue bastante extraño y duro, a pesar de ser yo quien te pidió que te alejases de mí. Lo que pasó con tu abuela me hizo comprender que no podía ser tan testaruda, y que hay momentos en los que el orgullo no sirve de nada. Yo quería ayudarte Quinn, pero me molestó creer que no lo aceptabas.

—No, no sé qué decir, Rachel —sonó con dulzura—. Lo cierto es que estaba bastante enfadada contigo —sonrió débilmente—. Entendí que no quisieras llamarme, y te juro que agradecí que me dejaras aquella nota, pero, no sé, estaba mal y como tú dices, hay momentos en los que tienes que pensar más en ti. Sentía, sentía que era más importante estar con mi familia, estar con Emma y olvidarme de todo lo que nos había pasado —se lamentó—. Sé que suena duro, pero, no hacíamos más que hacernos daño y no era el momento. Pensé que el tiempo, tal y como tú dijiste, era lo único que podría calmar las cosas. Y por eso no te llamé, ni te busqué, lo siento.

—Te entiendo —la interrumpí—. No tienes por qué excusarte, te aseguro que te entiendo mejor de lo que puedas imaginar. Nos hemos hecho mucho daño sin necesidad alguna, y solo te das cuenta de que no tiene sentido cuando pasa algo que realmente es importante. Yo también necesitaba olvidarme de todo, Quinn. Me fui porque empezaba a creer que iba a dejar de lado todo por lo que he luchado en mi vida. De repente ya nada me salía bien, estaba siempre enferma, me pasaba las noches despierta, y todo lo que hacía era mentir, mentir, y mentir. No podía continuar así, Quinn. Pero te aseguro que no dejé de pensar en ti, y en Emma durante todo el tiempo. Creí que daros ese espacio era necesario, pero cuando vi que ni siquiera respondías a un mensaje de ¿Cómo estás?, me sentí bastante mal, y ofendida. No sé.

—Yo habría reaccionado igual, así que tú tampoco tienes por qué excusarte. Supongo que ambas necesitábamos alejarnos. Aunque todo haya sido por culpa de una confusión.

—Supongo, lástima que haya sido justo cuando realmente quería que supieras que estaba contigo si me necesitabas —fui sincera y ella lo supo. Vi como fruncía los labios y bajaba la mirada con algo de agradecimiento. Lo suficiente como para hacerme ver que había comprendido mi lamento.

—Me hiciste mucho bien al venir a casa —dijo en un intento de hacerme sentir mejor, pero no lo consiguió. La rabia de haber estado equivocada durante aquellas semanas, empezaba a pasarme factura en mi estado anímico, y pronto lo iba a empezar a notar. Tan pronto como tuve que contener la primera de las lágrimas que querían salir de mis ojos sin permiso previo—. Hey, tranquila, todo está bien, Rachel. Me consuela ver que todo ha sido un error, y que no estaba equivocada al creer que eras alguien importante. Tal vez estaba enfadada, pero jamás dejé de creer en ti como persona.

—¿A pesar de todas las cosas feas que dije? ¿A pesar de culparte a ti de algo de lo que solo yo era culpable? ¿A pesar de creer que eras tú quien me estaba jodiendo la vida?

—Bueno, dicho así —lanzó la mirada al frente—, es complicado, pero sí —volvió a mirarme—. A pesar de todo eso, siempre he creído en ti como persona, en tu buen corazón, Sé que todo se nos fue de las manos, y que estabas mal. Aunque me haya dolido, admito que entiendo que hicieras lo posible por salvar tu relación con Santana. Dicen que el amor va y viene, pero las amigas siempre deben estar. ¿No crees? O, no sé, tal vez en Brighton somos demasiado masoquistas.

—¿Mas que yo? Te aseguro que no.

—¿Eres masoquista?

—¿De verdad me lo preguntas? ¿Crees que una persona normal haría todo lo que yo he hecho? ¿Sabes cuantas veces he hecho lo que no quería hacer? ¿Sabes cuántas veces me he llevado la contraria a mí misma sabiendo que no era buena idea? Soy idiota por naturaleza y la más masoquista del país.

—Te compadezco —susurró y no pude evitar mirarla. Había sonado con algo de humor y pude confirmarlo cuando vi como sonreía débilmente—. Ya somos dos masoquistas —añadió logrando que yo tampoco pudiese evitar contener la sonrisa. De hecho, tuve que desviar la mirada hacia Bleu, para tratar de evitar que los nervios volvieran a jugármela. Fui consciente en ese mismo instante de como estábamos allí, sentadas en el parque y hablando de nuestros sentimientos sin reprocharnos nada, sin recriminarnos ni insultarnos. Como si hubiésemos madurado 20 años en apenas unas semanas.

Y ella también fue consciente de aquello. Al menos eso intuí.

—Gracias por venir a decírmelo —añadió.

—Espero que no sea demasiado tarde y no me odies.

—No te he odiado nunca, bueno, el día de la pelea con Brian me sentí realmente ofendida porque no me creyeses, pero…

—Sí te creí —la interrumpí.

—¿Y por qué me echabas la culpa? Santana y Brittany me la jugaron. Yo pensaba que iba a recibir una disculpa de ella, y te aseguro que no habría acudido a la cena si no llega a ser porque Britt me insistió. No tenía ni idea de que tú ibas a estar allí.

—Te culpé porque eras tú quien no me creía a mí —espeté—. No, no debiste actuar así con Brian. ¿Te haces una idea de lo que habría pasado si le ocurre algo grave? Y no solo eso, no solo le habrías hecho daño, sino que además te habría denunciado. ¿Cómo iba a ayudarte? ¿Cómo diablos te iba a sacar de algo así? Empujar a alguien por unas escaleras es intento de homicidio…

—Wow, eso es exagerado.

—No, no lo es. Quinn estabas fuera de sí —la miré—. Me asusté mucho al verte así, no, no podía creer que fueras como Santana cuando se vuelve loca.

—Creí que estaba haciéndote daño, ya te lo dije —bajó la mirada un tanto molesta—. No quería hacerle nada, solo apartarlo de ti. Además, estaba furiosa.

—¿Por qué?

—Porque estabas allí, con él. Creí que estaba alucinando cuando os vi, y no podía creérmelo. No sé...sentí que me habías estado mintiendo todo este tiempo, que cuando me dijiste que no sentías nada por él, era mentira. Se juntó todo, Rachel. La rabia por verte con él, el miedo por verte mal y…

—Nunca te mentí —le interrumpí al ver que no conseguía continuar hablando—. Salí a cenar con él para intentar arreglar todo. Solo quería poder ir a clases y que todo volviera a ser como siempre.

—Lo sé, pero me lo dijo Santana cuando ya te habías ido, y también me lo ha dicho Brian.

La miré de nuevo, a pesar de que Bleu buscaba mi atención ofreciéndome la pelotita azul para que se la lanzase y poder continuar con sus juegos. Fue Quinn quien lo hizo mientras yo esperaba a que continuase hablando de aquello. Era otra de las cosas que necesitaba saber.

—Brian estuvo el lunes en la floristería buscándome, pero yo estaba organizando algunos viajes y no pudo verme. Así que fui a verle a la academia porque supuestamente tenía algo importante que decirme —me miró tras incitar a Bleu a que corriese detrás de la pelota —. Me temo que ese tipo está un poco asustado.

—¿Asustado? ¿Asustado de qué? —me interesé recordando que Brian había sido testigo de mi confesión, que él sabía de mis sentimientos hacia ella. Y pensar que podría haberle hecho referencia a eso, me puso en alerta.

Quinn sabía que estaba loca por ella, era algo evidente, pero no que fuese mencionándola como mi princesa o mi chica. Eso era algo que salía de mí sin ni siquiera ser consciente, y no tenía ni idea de cómo iba a tomárselo si se enteraba.

—Me dijo que necesitaba ser sincero conmigo, que supiera que no había pasado nada contigo. Que simplemente se equivocó y pensó que tú también querías algo, pero nada más. Que solo fue una confusión y que no volverá a molestarte.

—¿Te dijo eso? ¿Por qué? —cuestioné sorprendida. Lo último que esperaba era que Brian necesitara explicar nada cuando él mismo me había pedido que lo dejásemos en paz.

—Porque imagino que tiene miedo a que hagamos o digamos algo que pueda perjudicarle. Rachel, te dije que ese hombre no era como tú creías y el tiempo me está dando la razón. Un profesor de danza de una academia bastante importante, no puede verse involucrado en un asunto como ese. Sea verdad o mentira.

—Oh, imagino que Santana tiene razón —susurré sin apenas darme cuenta de que ella pudo oírme.

—¿Santana? ¿Qué sabe Santana? —se interesó y yo noté como algo me impulsaba a levantarme del banco y dar varios pasos sin sentido alguno para volver a detenerme frente a ella.

—Ella, ella me dijo lo mismo que tú. Cuando te vi salir de la academia y, ver cómo, como venias detrás y ni siquiera nos hablamos. Me dijo que tal vez Brian estaba asustado y por eso quiso hablar contigo.

—En primer lugar, si no te hablé cuando te vi, era porque no quería molestarte —me interrumpió—. Santana me dijo que en el hotel que habíamos llegado al límite contigo. Que estabas desatendiendo cosas realmente importantes por culpa de todos los malentendidos, y que teníamos que hacer algo. Le dije que podría estar tranquila, que no iba a molestarte más, y lo cierto es que no creí que Brian fuese a citarme sabiendo que tú estabas allí. Pero supongo que lo hizo con la intención de que vieras que todo estaba bien, y yo ver que todo mantenía una relativa normalidad entre vosotros. De ese modo no habría reproches ni acusaciones. ¿No crees?

—Suena lógico. Tal vez por eso me siga tratando bien en clases, para que nadie pueda sospechar nada, y yo no pueda utilizar nada en su contra.

—Es lógico Rachel. Quiero decir, yo en su lugar también trataría de cubrirme las espaldas y no tener enemigas. Decirle al guarda de seguridad del hotel que todo fue un accidente, y llamarme para explicarme que había sido una confusión, solo puede significar que tenía miedo de salir perjudicado. Al fin y al cabo, ¿quién soy yo para que me tenga que dar explicaciones? No sé, si fuese tu chica o tu mujer, tal vez, pero sin que eso sea cierto, es probable que solo lo haga para cubrirse, nada más.

—Entiendo —balbuceé desconcertada. Escucharla hacer referencia a mi chica o mi mujer, provocó una pequeña subida de adrenalina en mí y que los nervios empezaran de nuevo a florecer, tanto que el lirio estaba pagando las consecuencias y varias hojas cayeron al suelo.

—No tienes que preocuparte. Si lo que dices es verdad y él no hizo nada para ofenderte, debes olvidarlo. Sigue con tus clases como has estado haciéndolo y no lo pienses más. Prometo que no volverás a verme por allí ni te molestaré. Sobre todo, si con ello hago ese lirio no termine hecho trizas —lo miró divertida—. Veo que realmente te gusta esa flor. No todo el mundo hace deporte con lirios —bromeó cambiando radicalmente de tema, y sé que lo hizo porque vio un leve atisbo de incomodidad entre nosotras, y supuse que no quería que llegase a más.

—Mientras no quede como quedó el que tú me regalaste —respondí tratando de mantener la calma—. No sé si lo sabes, pero Santana lo aplastó. Fue demasiado cruel. De hecho, me prometí a mí misma no volver a llevar más flores a casa mientras ella estuviese, pero, Brittany sabe vender muy bien.

—¿Brittany? ¿Se lo has comprado a ella?

—Sí. Creí que estabas en la floristería y he pasado por allí.

—¿Y no has enloquecido? ¿No te ha contado alguna de sus maravillosas y fantásticas historias para venderte la flor?

—Eh, pues no, creo. Bueno me ha dicho que te había prometido que iba a vender unas mil flores mientras estabas ausente.

—Eso es cierto. Veo que ha empezado bien.

—Ya solo le quedan 999 —bromeé—. Aunque me temo que va a ser complicado que lo consiga. Ha querido venderme una margarita en vez de un lirio, cuando yo le había pedido el lirio. Ha sido bastante extraño.

—Típico en Britt —sonrió—, pero supongo que de alguna manera tiene que aprender. Emma va a necesitar ayuda.

—¿Emma? —murmuré notando como Bleu me buscaba para que le regalase algunas caricias, y eso hice mientras esperaba la respuesta de Quinn.

—Ella se va a encargar de la floristería, y Brittany le va a ayudar.

—¿Y tú? —cuestioné temerosa. No me gustaba en absoluto la seriedad que había adquirido su rostro al responderme, y mucho menos el cómo desviaba la mirada hacia Bleu, evitando mirarme.

—Yo, pues yo tengo que hacer mi vida. No está en mis planes el ser florista siempre, ya lo sabes. Tengo una profesión y me gustaría poder trabajar en ella.

—¿Vas, vas a regresar a Inglaterra? —balbuceé sin poder contenerme.

—¿Inglaterra? —me miró frunciendo el cejo—. No, claro que no. Buscaré algo cerca, no sé, hace unos días he estado de viaje con unos amigos y un compañero me ha comentado de un proyecto con el departamento de historia de Yale. Y, bueno, parece interesante. También he visitado varios museos de Nueva York. No sé, voy a intentarlo al menos.

—Pero, pero no te marchas. ¿No? —volví a insistir. Y es que la simple idea de creer que se iba a ir para siempre, era algo que en ese momento ya no concebía.

Días atrás, cuando nos vimos envueltas en todo aquel lio con Brian, llegué a desear que se marchara, que la mejor opción para que no volviésemos a hacernos daño, era estar lejos la una de la otra. Sin embargo, en aquel instante y tras hablar con sinceridad sobre todo lo ocurrido, era lo último que deseaba en mi vida.

Daba igual si decidía irse a Connecticut, a Philadelphia o al Gran Cañón del Colorado. No me importaba cual fuese su destino si no era más allá de nuestras fronteras. Un océano de distancia era demasiado.

—No, no me marcho. Necesito estar cerca, o en todo caso en un lugar en el que pueda viajar hasta aquí en cualquier momento. Emma solo tiene 21 años y no puedo, o mejor dicho, no quiero dejarla sola.

—Estoy, estoy de acuerdo contigo. No puedes dejarla sola —dije intencionadamente —Ella te va a necesitar, por supuesto que sí.

—Sí —susurró regalándome una de esas miradas en las que incluso el tiempo se detiene a tu alrededor. En las que solo ves sus ojos, y sabes que son capaces de leer tu mente—. Ella me va a necesitar —añadió y yo me mareé.

No. No me mareé como lo hice cuando Rupert me aceptó en el musical y Santana me salvó de morir inconsciente en el apartamento. Me mareé porque de nuevo regresaba aquella sensación de no tener fuerza suficiente para controlar mis impulsos, de no saber cómo camuflar aquella oleada de calor que me inundaba, y que hacía de mi respiración lo más complicado de mi vida.

Lo intenté todo; Desviar la mirada hacia la flor, error. Acariciar a Bleu, error. Tocarme el pelo, error. Mirar de nuevo el teléfono, error. Todo, absolutamente todo lo que hacía, me llevaba a recordar que ella seguía allí, mirándome en completo silencio, escrutándome, divagando con sus súper poderes en mi mente, sabiendo en todo momento lo que sentía y pensaba. Siendo testigo de cómo mi patetismo nato salía a relucir, y aquella madurez de la que hice gala minutos antes, quedaba en nada con mi actitud infantil.

Tanto es así, que fue ella quien me sacó de aquel trance como mejor lo sabía hacer.

—Va siendo hora de que sigas con tus ejercicios. ¿No crees? Vas a pasar frío con esas mallas —sonrió y yo me ruboricé.

¿Frio? pensé. ¿Cómo iba a pasar frío estando cerca de ella? Era algo físicamente imposible, si contábamos que mi sangre adquiría una mayor velocidad por culpa del incesante bombardeo de mi corazón. Pero eso era algo que ella debía de ignorar, al menos por el momento. Así que me recompuse y también le sonreí.

—Tienes razón, no puedo permitirme otro catarro más.

—Tienes que cuidarte. Ahora viene lo mejor para ti —me guiñó el ojo, y el mundo se acabó para mí.

—Ok —temblé—. Será mejor que me marche. Gracias por todo.

—No tienes que darme las gracias por nada —se levantó—. Solo prométeme que cuando pase algo, o surjan algunas dudas, vamos a hacer esto. Nos vamos a sentar tranquilamente y a hablar con sinceridad, sin temores, a la cara. ¿De acuerdo?

—Te lo prometo.

—Bien, supongo que la invitación a la fiesta sigue en pie. ¿No?

—Por supuesto. Kurt está al tanto de todo así que se lo diré y él te avisará con la hora, y demás, ¿De acuerdo? Por cierto, es probable que tengas que buscar algún disfraz.

—Perfecto —sonrió con más dulzura aún si podía, y reclamó a Bleu que rápidamente se puso a su lado—. Vamos chico, tenemos que ir a ver qué diablos está haciendo Brittany con las margaritas —bromeó y yo supe que ya si había llegado el momento de marcharme.

Ya no había dudas, ni siquiera rencor, ni resignación. Después de aquella charla solo quedaba en mí una agradable sensación de bienestar y una paz que hacía mucho tiempo que no sentía. Siempre sin contar con las palpitaciones y el deseo casi enfermizo de lanzarme a sus brazos. Pero eso era algo a lo que ya me había acostumbrado, y ni siquiera le daba importancia.

—Cuídate —le dije a modo de despedida, y ella asintió sonriente mientras le colocaba la correa a Bleu.

—Tú también, Rachel.

—Adiós chico —miré al perro tras devolverle la sonrisa, y me dispuse a alejarme de ellos sin más. Aunque ella lo evitó.

—¡Rachel! —exclamó acercándose a mí cuando me detuve—. Lo siento, pero necesito preguntarte si lo del, lo del ramo te molestó o por el contrario… Quiero decir, eh, no, no quería molestarte, solo, solo te lo hice llegar para que supieras que no te odiaba y que por eso no te hablé. Solo quería darte ese espacio y…

—Tranquila —la interrumpí—, entendí perfectamente el mensaje de su leyenda —sonreí.

—Pero… ¿Te molestó?

—No, en absoluto.

—Después de pedirle a Britt que te lo llevase, me arrepentí. No sabía cómo ibas a reaccionar.

—Quinn —volví a interrumpirla—. No creo que haya regalo más hermoso que una flor, más aún si sabes que con ellas puedes decir tantas cosas. A menos que te regalen una Hortensia, claro —bromeé y me gané otra más de sus sonrisas—. Pero mientras no sea eso, está bien, es perfecto. Lo tengo en mi habitación.

—Ok, me alegra saberlo. No hubo mal intención, solo quería que lo supieras.

—Lo sé —respondí recordando cómo entre mis manos seguía el lirio, y no lo dudé. No podía no hacerlo teniéndolo allí, conmigo. No podía no hacerlo teniéndola a ella allí, frente a mí. No podía no hacerlo conociendo su perfecto y hermoso significado—. Toma —susurré ofreciéndoselo y ella frunció el cejo confuso.

—¿Para mí?

—Está un poco deformado por culpa de mi poco cuidado, pero sí, estoy segura de que tú vas a saber cuidarlo mejor que yo.

Sonrió al tiempo que dio un paso más hasta poder llegar a él, y lo tomó procurando rozar mi mano con sus dedos. Y digo procurando porque estuve segura que fue totalmente intencionado hacerlo.

El escalofrío que sentí seguramente lo percibió hasta el astronauta que en ese instante estaría observándonos desde la estación espacial. Pero yo fui una campeona y supe aguantar el tipo sin desviar la mirada, ni borrar mi media sonrisa de los labios.

—Gracias, es la primera vez que me regalan un lirio. Lo voy a cuidar, créeme. Y también le voy a agradecer a Brittany su intensidad por vendértelo.

—Bien —susurré tras retomar un nuevo silencio en el que pensé en aquellas palabras. Temí haber sido víctima de una nueva jugada de aquellas sorprendentes británicas. Empecé a sospechar que realmente quería que yo llegase hasta Quinn, con una flor entre mis manos—. Me alegro por él —añadí regresando a la conversación—. Te veo mañana, Quinn.

—Claro, nos vemos mañana.

Nada más.

Una nueva mirada, una nueva sonrisa y mi cerebro dando la orden a mis pies para que emprendiesen el camino de regreso a mi apartamento. Un camino que empecé con una leve carrera al trote mientras Quinn seguía clavando su mirada en mí, tal y como lo había hecho cuando la vi salir de la academia. Pero con la diferencia de que aquella vez, lo hacía con una sonrisa plantada en su rostro, una flor entre sus manos, y la tranquilidad que me regalaba el saber que, a pesar de todo, seguía siendo aquella chica de Brighton que me enamoró. Que seguía siendo la inglesa de exquisita educación y sentido del humor desesperante. Que seguía siendo Quinn, mi chica, mi princesa de sonrisa encantadora, y ojos impresionantes.