Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 32

Hubo una época, hacía ya muchos años atrás, cuando el preludio de una pelea lo llenaba de emoción y entusiasmo. En ese entonces, mientras esperaba por el inicio de la contienda, solía realizar algunos ejercicios de calentamiento deseoso por estar frente a su oponente. Aquel tiempo fue el mejor para él, en esos días cosechó sus primeros logros y empezó a forjarse una reputación.

Siguió en alzada con gran rapidez, poco a poco fue acumulando respeto y admiradores que lo veían como un ejemplo a seguir. Incluso sus padres, quienes en un principio no respaldaron el camino que eligió para sí mismo, acabaron por apoyarlo a medida que fue recolectando preseas, y eso, consecuentemente, lo llevó a ganarse el máximo logro deportivo de su carrera.

Ya con una hija bajo su cuidado y con una esposa esperándolo en casa, coronarse como campeón mundial fue la cereza en el pastel que concretó todos sus sueños de antaño. Cada lágrima derramada, cada pizca de sudor y cada gota de sangre en el suelo habían valido la pena; sin embargo, sin que lo supiese en ese momento, ese título fue el último triunfo honrado que ganaría.

Con el manto de la viudez ya sobre sus hombros, Mr. Satán, al enterarse de las amenazas que un sujeto llamado Cell arrojó en televisión, rápidamente se sintió moral y legítimamente obligado a detener a aquel buscapleitos. Si bien ni siguiera el propio ejército pudo vencerlo, Mr. Satán, presumiendo su cinturón de oro, tomó en sus manos la responsabilidad de salvar al mundo.

– Todos mantengan los ojos bien abiertos, falta muy poco para el mediodía…–a su derecha, hablando por medio de una radio, Van Zant le giraba instrucciones a sus numerosos subordinados–si ese payaso cumple con su palabra, llegará en cualquier momento…

En retrospectiva, viéndose a él mismo en el pasado, Mr. Satán reconocía que su actitud al encarar a Cell fue la de un brabucón presumido y sin cerebro. Aunque, también justificándose, el padre de Videl alegó que la apariencia de Cell, la cual creyó obra de un disfraz de carnaval, no le permitía tomarse en serio a un sujeto que aparentaba ser la mezcla entre un hombre y una cucaracha.

Así pues, engañado por el aspecto antropomorfo de Cell, Mr. Satán le lanzó toda clase de insultos y burlas en tanto esperaba que su lucha contra él iniciase. Pero, cambiando su perspectiva para siempre, dos acontecimientos que hasta hoy considera inexplicables causaron en él un tsunami existencial que, radicalmente, destrozó su concepción de la realidad tal y como la conocía.

Unos desconocidos, los cuales, descendiendo desde el mismísimo cielo, se presentaron al torneo para participar en él. Mr. Satán, pasando por alto su increíble llegada, los tachó de aficionados incultos por no saber quién era él. Por ello, ansioso por darles una categórica demostración de su fuerza, Mr. Satán le plantó cara a Cell atacándolo con las técnicas que lo hicieron llegar a la cima.

Y en menos de un parpadeo, sintiendo un enorme dolor recorriendo su cuerpo, Mr. Satán se percató que se encontraba fuera del cuadrilátero y a varios metros de distancia de Cell. Nunca lo vio venir, pero de algún modo, sin lograr defenderse, Cell contraatacó y lo tiró tan lejos que sintió que voló por unos segundos. Por desgracia, aún le esperaban más rarezas por presenciar.

– ¡Ya llegó, ya llegó! –Llenando la habitación con sus gritos, uno de los secuaces de Van Zant los sobresaltó a todos al gritar por la radio– ¡está justo encima de nosotros!

Terremotos, luces de colores y relámpagos que salían de la nada, esos eran los recuerdos más usuales que la memoria de Mr. Satán le ofrecía al evocar aquella tarde. Su sentido común, diciéndole que todo aquello no podía ser real, le repetía hasta al cansancio que esos charlatanes de peinados extraños sólo usaban trucos para impresionar. Era la única explicación posible.

Pero pronto; a pesar de negar tercamente lo que veía, en su interior debió aceptar que miraba algo histórico y sobrenatural. El miedo lo invadió y se apoderó de él, llegó a temer por su vida en más de una ocasión entretanto se protegía detrás de una roca. Y para empeorar aún más las cosas, cuando creía que la locura no podía aumentar, una cabeza decapitada rodó ante él y le habló.

Hasta la actualidad no entendía a ciencia cierta porqué lo hizo, lo más sensato hubiese sido irse y alejarse de ese infierno lo más que pudiese; no obstante, corriendo en la dirección opuesta, Mr. Satán llevó consigo dicha cabeza hacia donde Cell, con la crueldad que lo caracterizaba, torturaba a un niño de la misma edad que su hija. Al verlo, sin evitarlo, pensó en Videl por instinto.

Arrójame, le pidió aquel fenómeno, y Mr. Satán, queriendo deshacerse de él, cumplió su petición. Después de haber sostenido en sus manos tal monstruosidad, los eventos subsiguientes no fueron nada claros para él. El ruido y los destellos tan potentes que se manifestaron luego no le permitieron ver con claridad lo que pasaba, sus recuerdos al respecto no eran de fiar.

Para cuando recobró el conocimiento, ignorando cuánto tiempo estuvo inconsciente, la calma al fin le brindó un justo descanso. Ni Cell ni aquellos desconocidos se hallaban a la vista; empero, como si fuesen las fauces de un animal gigantesco, un descomunal cráter se extendió por varios kilómetros a la redonda, dejando, en la faz de la Tierra, una cicatriz que nunca podría borrarse.

– Caballeros, llegó la hora…–rompiendo el tenso silencio que llenó aquel lugar cuando el Gran Saiyaman aterrizó frente a Shapner, Van Zant, sin dejar de observar la situación en la lejanía, murmuró para todos los presentes–si tenemos éxito, nos habremos librado de una peste insoportable. Pero antes de intervenir, deseémosle suerte a nuestro joven y valiente amigo…

Alzando la mirada, observando a Shapner quien parecía conversar con el Gran Saiyaman, Mr. Satán sintió como sus nervios se volcaron en su contra con aún más violencia. Shapner era un reflejo de su yo anterior: un Mr. Satán que se esforzó por ganar sus batallas de forma honrada y justa. El rubio, en carne propia, simbolizaba lo que ya no era y deseaba tanto volver a ser.

Todavía no sabía qué lo impulsó a cometer tan vil engaño, la presión de informar el resultado del Torneo de Cell se lo comió vivo cuando las cámaras y los micrófonos lo rodearon. Por un santiamén, tratando de explicar lo que sucedió, se dispuso a decir la verdad; sin embargo, al entender que aquello le quitaría la corona de héroe que muchos le dieron, cambió de opinión.

Fue muy fácil, mentir siempre lo ha sido. Entre copiosas risas nerviosas, sin dejar de sonreír, Mr. Satán no se demoró en atribuirse la victoria sobre Cell, y, en consecuencia, apropiarse para sí mismo de un lugar inmerecido en los libros de historia. Y con ello, lloviendo sobre él como un diluvio, las mieles del éxito lo premiaron con dinero y lujos que no se tardó en aceptar.

Lo que no fue sencillo fue sostener su mentira. Con el paso de los años, cada vez que se le cuestionaba el más insignificante detalle de aquel día, sin que pudiese impedirlo, terminaba contradiciéndose a sí mismo. Afortunadamente nadie se atrevió a ir más allá, de haber ocurrido tal cosa, era más que probable que su estilo de vida lujoso y adinerado hubiera acabado hace mucho.

– No intervengan hasta que yo lo ordene, repito, no intervengan hasta que yo lo ordene–como cualquier general en medio de una guerra, Van Zant, con frialdad, continuaba dándole órdenes a los suyos–veamos qué puede hacer nuestro joven gladiador, dejemos que se divierta un poco…

Pero lejos de los reflectores, cuando el público no lo veía, su conciencia lo atormentaba con el peso de sus falacias. De no haber muerto su esposa, era muy posible que ella lo hubiese dejado; Miguel se habría decepcionado de él obligándolo a confesar su farsa ante el mundo. Empero, en su ausencia, quien pagó el precio de su cobardía y arrogancia fue su tesoro más amado: Videl.

¿Cuántas veces le pidió perdón en su mente antes de dormir?

¿Cuántas veces se vio tentado a ir a su habitación para sincerarse con ella?

¿Cuántas veces se armó de valor para admitir sus fallas pero terminó acobardándose sin remedio?

Por un largo tiempo, sin que lograse encontrar una salida, Mr. Satán se sintió atrapado en un interminable ciclo de culpa y remordimiento que lo agobiaba por las noches. Padeció una amplia gama de pesadillas: desde su hija abandonándolo hasta ser linchado por una multitud enfurecida. Ninguno de esos escenarios lo alivió; al contrario, lo empujaron más hondo en sus falsedades.

Y entontes, como caído del cielo, apareció la salvación para sus tormentos: Shapner. Jamás aceptó la idea de ver su única hija en brazos de un chico, los celos paternales combinados con su añoranza por Miguel le impedían tan siquiera considerarlo. No obstante, al enterarse de lo ocurrido entre Videl, Shapner y el Gran Saiyaman, vio en el rubio la respuesta a sus problemas.

– ¿Pero qué tanto están haciendo esos dos? –De nuevo, interrumpiendo los pensamientos del campeón, un impaciente Van Zant comentaba en voz alta sobre lo que observaba–pensé que se darían con todo desde el principio; pero no han hecho nada más que mirarse.

Cuando la fiesta en la alcaldía terminó, sin temor a equivocarse, Mr. Satán notó un inusual comportamiento en ambos adolescentes. No parecían ser la enamorada pareja de novios que tanto alardeó ante la prensa y demás invitados; sino que daban la impresión de ser un matrimonio al borde del divorcio. No se hablaban ni se miraban, la seriedad de sus rostros lo inquietó.

Una hora más tarde, cuando tanto Videl como él ya habían regresado a la mansión, su teléfono celular sonó con urgencia exigiendo su total atención. Al contestarlo, se contactó con un serio Shapner, quien, a la brevedad, le contó de su no planeada conversación con el Gran Saiyaman en el ayuntamiento; asimismo, le informó del reto que ambos pactaron para el día siguiente.

Y así, después de varias rápidas y cortas llamadas telefónicas entre Shapner, Van Zant y él, Mr. Satán pudo dejarse caer en su cama para intentar dormir. Aún así; a pesar de sus esfuerzos por conseguirlo, sus ojos se negaron a cerrarse. Una infinita corriente de emociones viajó por su cuerpo hasta concentrarse en su estómago, el cual, retorciéndose, amenazó con hacerlo vomitar.

No sólo era un mentiroso por atribuirse una victoria que no le pertenecía; sino también, que era un descarado manipulador que envenenó la mente de su yerno para usarlo como una herramienta y llevarlo al borde de la muerte. No obstante, sin dejar de repetirse que lo hacía por el bien de Videl, Mr. Satán cruzaba los dedos rogándole a todas las deidades del universo por un milagro.

Luchando contra la ansiedad y las náuseas, el campeón mundial, posando su vista en Shapner, lo contemplaba imaginando las horribles consecuencias que vendrían si él fallaba. De vivir en una cómoda y gigantesca mansión, la fría y gris celda de una prisión pasaría a ser su único domicilio.


– Escogiste un interesante lugar para vernos, no tenía idea de que existiese.

Allí estaba, parado justo frente a él, con una tranquilidad que lo enfurecía aún más. No se veía inquieto ni nervioso; al contrario, por el tono de su voz sonaba relajado y confiado. Por ende, deseoso por demostrarle que no lo intimidaba ni lo asustaba, Shapner se mantuvo en silencio sin desviar la mirada de él. Inclusive, expresando determinación, sus ojos ni siquiera parpadearon.

Sin embargo, en sus adentros, la errática mente de Shapner continuaba dispersa y en conflicto. Las palabras de Videl resonaban en sus oídos, destrozando, una y otra vez, lo que quedaba de su desmoronada alma. Aquello, debilitándolo y mermándolo, ponía de manifiesto la dolorosa traición que, según Shapner, Videl perpetró en su contra. Ella, su gran y único amor, lo traicionó.

Por más que intentase verse sólido y firme en su exterior, aquello, irremediablemente, no era más que una cortina de humo. Desde el instante en que despertó esta mañana sabía cuál sería el resultado de la pelea, no importaba cuánto se preparase ni que tampoco tuviese de regreso su hombro restaurado. Videl, quien era su musa y máxima adoración, lo tumbó con un soplido.

Frunciendo el ceño, negándose a llorar por ella y menos en presencia de su enemigo, Shapner era víctima de una avalancha de sentimientos que le impedía pensar con claridad. Este no era el Shapner fanfarrón y seguro de sí mismo que aplastaba a sus oponentes en el cuadrilátero; este era un Shapner con el corazón roto que se vio engañado y utilizado como si fuese un mero juguete.

No obstante, para el rubio, nada de aquello era lo peor. Ni la profunda tristeza que lo golpeaba ni la amarga decepción que impregnaba su paladar, lo hacían desear caer arrodillado y sollozar. Lo peor era que aún la amaba; a pesar de su abrupta ruptura, Shapner seguía perdidamente enamorado de Videl. Ella era su cosmos; su universo, su razón de ser. Ella era todo y nada a la vez.

¡Videl!

El primer golpe no vino cuando ella acabó con su relación; el primer golpe fue el hecho de encontrarla besándose con otro, mientras él, cegado por la felicidad que sentía en ese entonces, alardeaba con la prensa de la maravillosa suerte que tenía al estar con ella. Empero, tornando aquel descubrimiento todavía más doloroso, el "amante" de Videl resultó ser su némesis.

¡Shapner! –Sobresaltada, evidentemente sorprendida por su aparición, Videl dijo su nombre en voz alta a su vez que se apartaba del superhéroe– ¡no es lo que parece, puedo explicarlo!

No tienes que explicarle nada, es él el que tiene que dar explicaciones–Gohan, usando el tono que empleaba cuando se disfrazaba como el Gran Saiyaman, caminó con calma acercándose a Shapner–llegaste justo a tiempo, eres la segunda razón por la que estoy aquí esta noche.

Videl, será mejor que entres. Yo me encargaré de esto…–pese a estar en shock por haber hallado a su novia con otro hombre, Shapner, demostrando una impresionante estabilidad, consiguió articular una corta frase dirigida a la hija de Mr. Satán–entra, hablaremos luego.

Ella no irá a ninguna parte, no hasta que escuche lo que he venido a decirte–extendiendo un brazo frente a Videl, el Gran Saiyaman, no disimulando su cólera hacia Shapner, estaba más que dispuesto a asumir el control de la conversación–no es mi intención comportarme como un buscapleitos y menos en presencia de Videl, pero es necesario que ella vea quién eres en realidad.

A espaldas de Shapner, resonando con alegría, se alcanzaba a escuchar la orquesta que llenaba de música el ayuntamiento. Ninguno de los invitados que bailaban al compás de sus melodías se imaginaba lo que sucedía en aquel balcón, de haberlo hecho, casi instantáneamente, los reporteros allí reunidos se hubiesen lanzado hacia ellos con sus cámaras fotográficas.

¿Crees que puedes aparecer de la nada, besar a mi novia y darnos órdenes? –Apretando su puño izquierdo, el rubio, emulando al enmascarado, tampoco ocultó sus sentires– ¿quién demonios te crees que eres?

No importa quién sea yo, lo que importa es quién eres tú…–parándose justo frente a Shapner, Gohan, conteniéndose para no hacer algo de lo que se arrepintiese, le apuntó con un dedo al cabestrillo que le daba soporte al brazo lastimado de Shapner–tal vez esto te suene extraño, pero te juro que es verdad. Primero quiero darte las gracias, lo digo en serio; quiero agradecerte por haberle salvado la vida a Videl. De haberme enterado que ella hubiese muerto esa noche, creo que no hubiera podido seguir viviendo.

La aludida, aún sintiendo en sus labios la humedad por aquel beso, intentaba decirles algo pero de su boca las palabras se negaban a salir.

Yo no me encontraba en la ciudad en ese momento, estaba muy lejos de aquí. No fue hasta el día siguiente cuando me enteré de lo que ocurrió, por eso vuelvo a decirlo: muchísimas gracias por haberle salvado la vida.

Shapner, confundido por la rabiosa gratitud que el Gran Saiyaman le profesaba, no olvidando su entrenamiento como boxeador, no bajaba la guardia por ninguna circunstancia.

Si no hubieras hecho nada después de eso, créeme que incluso te consideraría como un buen amigo. Tal vez lo hubiéramos sido–posando su mano en el hombro en cuestión, Gohan, dejándose llevar un poco por el instinto hostil de los saiyajins, lo hizo solamente para causarle una pizca de dolor al rubio–pero luego cometiste el peor error de tu vida, lo que hiciste jamás te lo voy a perdonar.

¡Ya basta, dime de una maldita vez lo que quieres! –Usando su única mano saludable para quitárselo de encima, el rubio, sin dar un paso atrás, ya se había cansado de tanta habladuría sin sentido– ¡sea lo que sea, no te irás de aquí sin pagar por haber besado a mi novia!

¿Tu novia? –Con burla y sarcasmo, el Gran Saiyaman le cuestionó–tal vez lo sea en este momento; pero después de esta noche, no lo será nunca más. Fuiste un maldito desgraciado al manipularla, me das tanto asco. Sabías que Videl se sentía culpable por tu herida; lo sabías mejor que nadie, por eso no dudaste en usar su culpa a tu favor para aprovecharte de ella.

¡Silencio, ya fue suficiente! –Reaccionando, liberándose de las cadenas que la tuvieron silenciada, Videl se aproximó a ellos colocándose justo en medio de los dos–¡ya te lo dije cuando apareciste, Shapner no se ha aprovechado de mí!

No hace falta que lo defiendas, Videl. Esta repugnante basura no se merece tu consideración.

¡Deja de pretender que lo sabes todo de mí! –vociferando, sin importarle si alguien dentro de la alcaldía la escuchaba, Videl le dio un tenue empujón al enmascarado–lo que ocurra entre Shapner y yo no es de tu incumbencia, no necesito que te metas en mi vida privada.

Shapner, quien se quedó callado al escuchar la intervención de su novia, miró como tanto Videl como el Gran Saiyaman intercambiaban argumentos frente a él. Tal cosa, recordándole que los halló compartiendo un beso, le hacía pensar que ambos eran más cercanos de lo que parecían. Tanta familiaridad entre ellos le disgustó, le irritaba que otro estuviese invadiendo su territorio.

Aunado a eso, pensando en las acusaciones que aquel bufón de circo le atribuyó, Shapner no les encontraba ni el más mínimo sentido, diciéndose, mentalmente, que el Gran Saiyaman era un completo lunático. En consecuencia, aún creyendo que el superhéroe no era más que un farsante que se vestía de payaso, Shapner vio su oportunidad para defenderse y responder al respecto.

No tengo ni la menor idea de cómo diablos lograste llegar hasta aquí, pero no pienso perder el tiempo escuchando los disparates de un charlatán como tú…–aprovechando que Videl se había acercado a ellos, Shapner, parándose delante de ella, trató de mantenerla alejada de aquel entrometido héroe–jamás me he atrevido a ponerle un sólo dedo encima a Videl, la amo demasiado como para atreverme a lastimarla.

Eres un hipócrita. Si realmente la amaras, no la obligarías a estar contigo a la fuerza–sin inmutarse por los alegatos del rubio, Gohan, debajo de su disfraz de Gran Saiyaman, le replicó con veneno–te he estado vigilando muy de cerca desde hace varias semanas; he visto con mis propios ojos la forma tan asquerosa con la cual la manipulas, no tienes excusa alguna que te defienda.

¿Me has estado vigilando? –Shapner, sin ver la expresión de Videl detrás de él, le preguntó con genuino interés y confusión–no trates de asustarme con estupideces, la última vez que nos vimos fue en la escuela y eso fue hace más de un mes.

Así que lo recuerdas, eso me alegra. En esa ocasión te advertí claramente que te mantuvieras alejado de ella, te dije que no volvieras a molestarla–evocando aquella corta charla de hace mucho atrás, el Gran Saiyaman le dio algunos golpecitos en el pecho al rubio con la punta de un dedo–fui muy claro contigo; pero te atreviste a ignorar mis advertencias. La invitaste a salir, la llevaste a un viejo cine a unas cuadras de aquí.

¿Cómo sabes eso? –Pasmado, Shapner no pudo evitar verse sorprendido al escucharlo– ¿acaso estuviste espiándonos, nos has estado vigilando?

Acabo de decírtelo hace menos de un minuto: te he estado vigilando con mucha atención y sé cada movimiento que has hecho desde entonces–imitando una de las famosas sonrisas de Vegeta, Gohan se jactó de sus observaciones–no tienes defensa alguna que te salve, le prometí a Videl que no te quitaría tu miserable vida pero me encargaré que aprendas la lección.

Además de ser un farsante, también eres un acosador. Ahora entiendo por qué te escondes debajo de ese ridículo disfraz; de no usarlo, ya hubieras terminado en prisión hace mucho–si bien no quería admitirlo, a Shapner le asustaba que aquel individuo estuviese siguiéndolo desde hacía tiempo atrás sin que él se percatase de su presencia, lo cual, obviamente, lo llevó a preguntarse cómo no se dio cuenta de su cercanía–pero no creas que te quedarás sin castigo, hablaré con Mr. Satán y con el mismísimo alcalde si hace falta, me aseguraré que la policía te arreste y te encarcele por ser un demente peligroso.

Habiendo dicho eso, y metafóricamente hablando, en la mente de Shapner se encendió una bombilla que le hizo recordar, con apremio, lo que sucedió unos días antes cuando el Gran Saiyaman fue visto masacrando a una banda de asaltabancos.

Justo acabo de recordar que casi asesinaste a unos asaltantes, estoy seguro que usaste alguna clase de truco barato para herirlos; pero el punto es que eso demuestra que eres un peligro para la ciudad–demostrándole que no le tenía miedo, siendo su turno para argumentar, Shapner le regresó los golpes en el pecho que él le dio un minuto antes–te haces llamar superhéroe pero no eres más que un psicópata, no permitiré que te acerques de nuevo a mi novia.

Estoy empezando a creer que eres más estúpido de lo que creía. Si supieras las cosas que he hecho desde que era un niño, ya habrías ensuciado tus pantalones–teniendo fugaces recuerdos de su tormentosa infancia, Gohan, con una amargura muy honesta, le contestó al rubio a su vez que le daba una mirada de reojo a Videl–de todos modos ya me encargué de reparar ese error que cometí, esos cuatro asaltantes ya se encuentran como nuevos. Y si no son unos idiotas, dejarán su vida como delincuentes de inmediato. Lo cual me recuerda que tengo un regalo muy especial para ti; aunque no te lo mereces.

Desconfiado, vigilando cada movimiento que aquel payaso hacía, Shapner lo vio sacar una pequeña bolsa de tela que guardaba en su cinturón. El rubio, al igual que Videl a sus espaldas, miró con curiosidad como el Gran Saiyaman abría dicha bolsa para introducir una mano en su diminuto interior. Tanto Videl como él observaron con expectación, les intrigaba lo que sacaría.

Para suerte de ambos, su espera no fue mucha. Al cabo de unos cuantos segundos, sosteniéndola con la punta de dos dedos, el Gran Saiyaman les mostró una pequeña e insignificante semilla de un aspecto nada fuera de lo común. Cualquiera que la hubiera visto, tal y como Shapner pensaba en ese momento, hubiese creído que tal semilla no daba la impresión de ser algo especial.

Sé lo que estás pensando, pero te equivocas–adivinando, acertadamente, los pensamientos de Shapner, el Gran Saiyaman se ganó la atención del rubio y la pelinegra–son muy pocos los humanos que conocen de la existencia de estas semillas, así que siéntanse afortunados por conocerlas. Se les conoce como semillas del ermitaño y aunque su aspecto no sea impresionante, sus cualidades curativas sí que lo son.

¿Cualidades curativas? –adelantándose a Shapner, Videl, quien era muy dada a interesarse por cualquier cosa que se ganase su curiosidad, le cuestionó al superhéroe.

Exacto–mostrando una gran sonrisa, Gohan le respondió a Videl–una vez que comes una de estas semillas, sin importar la gravedad de tus heridas o lo fatigado que estés, sanarás por completo en menos de un parpadeo.

Arqueando una ceja, completamente escéptico, Shapner bufó sin sutileza al no creer nada de lo que dijo el enmascarado. Es ridículo, se dijo en sus adentros, aquella porquería de color verdoso lo único que provocaría sería una congestión estomacal. Así pues, no dándole crédito a las fantásticas afirmaciones del Gran Saiyaman, Shapner se prestó a terminar con la plática.

¡No quieras vernos la cara de idiotas, esa basura no curaría ni un refriado! –Exclamando con vigor, la paciencia de Shapner estaba llegando a su límite–no sólo eres un charlatán y un acosador, también resultaste ser un estafador. Si quieres ganar dinero fácil engañando a la gente, mejor busca a otros a quienes estafar. No tengo intenciones de seguir escuchando tus estupideces.

Por ese tipo de arrogancia e incredulidad, es que la humanidad no ha podido explotar todo su potencial–sin perder los estribos, milagrosamente, Gohan le dijo una gran verdad al rubio–he visto con mis propios ojos como varios amigos míos han sanado gracias a estas semillas, incluso yo mismo las he usado muchas veces. Pero estás en lo correcto en un detalle: no sanan enfermedades, así que no curarían un resfriado.

Suenas como uno de esos vendedores sinvergüenzas que sólo buscan embaucar a cuanto pobre diablo se cruza en su camino–con prepotencia, Shapner desestimó el corto discurso del Gran Saiyaman–si de verdad piensas comenzar una carrera como estafador, te recomiendo que mejores tus técnicas de ventas. Son realmente patéticas.

Después de terminar la secundaria deberías dedicarte a la comedia, tienes futuro en ella–soltando una corta risa fingida, el superhéroe, no estando de humor para soportar tal soberbia, decidió ignorarlo y concretar una parte fundamental de todo su plan–pero si no quieres creer en mis palabras, no hay problema. Una vez que comas esta semilla, sabrás que decía la verdad.

Con rapidez, con un movimiento ágil de sus dedos, Gohan le lanzó a Shapner la semilla que sostenía apuntándole directamente a la cara. Shapner, gracias a que se mantuvo atento en todo momento, pudo emplear su mano izquierda para protegerse y atrapar aquel fruto antes que éste impactase en su rostro. Videl, quien volvió a silenciarse, se limitó a sólo observarlos y escucharlos.

Considera esta semilla como tu recompensa por haber salvado a Videl. Tan pronto como la hayas comido, la herida en tu hombro sanará de inmediato–aseverándole, Gohan no le dijo ninguna mentira–pero te lo advierto, una vez que estés completo de nuevo, me encargaré de darte tu merecido castigo por aprovecharte de ella. No voy a matarte; no te preocupes, sólo te infringiré el dolor suficiente como para que no vuelvas a hacerlo jamás.

Nuevamente, no tomándose en serio las amenazas que aquel encapuchado le arrojaba, Shapner, sin decir nada, se quedó mirando la semilla en la palma de su mano con una expresión desconfiada. Teniéndola más de cerca, echándole un vistazo a su textura, aquel grano de figura humilde no parecía respaldar las extraordinarias cualidades que supuestamente ostentaba.

Por el contrario, siempre con suspicacia, Shapner temió que dicho cereal estuviese envenenado o impregnado con cualquier sustancia tóxica que lo mataría tan pronto como lo metiese en su boca. En primera instancia, pensó en tirarlo al suelo y aplastarlo con uno de sus zapatos; sin embargo, cambiando de opinión, el rubio creyó que sería mejor conservarlo y usarlo como evidencia.

Una vez que se haya librado del molesto Gran Saiyaman, Shapner, sin demora, buscaría a Mr. Satán y al alcalde para hablarles de lo sucedido. Les diría que el falso héroe no era más que un charlatán, un acosador y un estafador. Con ello, Shapner confiaba en que su reciente "amistad" con el gobernador de la ciudad hiciese que él enviase a la policía para encarcelar al Gran Saiyaman.

Lamentablemente para Shapner, como lo descubriría unos minutos más tarde, las cosas no serían tan sencillas como las pensaba.

No soy ningún tonto. Apuesto que esta semilla debe estar envenenada con cianuro o algo similar, ni de broma me la comería–decidido a usar esa semilla como un indicio a su favor, Shapner la guardó en uno de los bolsillos de sus pantalones– ¿de verdad creíste que sería tan estúpido como para comérmela?

Piensa lo que quieras, no me importa–si bien sus deseos por curarlo eran verdaderos, Gohan se encogió de hombros ante el escepticismo del rubio–te ofrezco una oportunidad única para sanar tu cuerpo y recuperar el brazo que no has podido usar en meses; pero si no quieres aceptar mi regalo, entonces no tendrás derecho a quejarte cuando te haga puré.

Si tanto quieres pelear conmigo, con mucho gusto aceptaré…–olvidándose de su desventaja física, el Shapner de ese momento rebosaba de confianza y seguridad en sí mismo; aún más teniendo a Videl a su lado–por tu culpa, Videl perdió su merecido lugar como heroína de la ciudad. Ella nunca ha necesitado de trucos baratos para pretender ser alguien que no es. Videl, desde que la conocí, siempre ha sido auténtica. Pero desde el día en que llegaste a la ciudad, no le has atraído más que desgracias.

Mudo, solamente oyéndolo, el Gran Saiyaman no mostró reacción alguna.

¡Shapner, por favor detente! –Videl, interviniendo, intentó halarlo hacia ella sabiendo muy bien lo que Gohan era capaz de hacer– ¡no es hora de actuar como un buscapleitos, no tienes que hacer esto!

¡Perdóname, mi amor…pero no puedo! –Negándose a escuchar a la hija del campeón mundial, Shapner estaba cavando su propia tumba sin saberlo–esta noche debía ser especial para nosotros dos, es la primera vez que salimos junto con tu padre a una cena importante como familia. No voy a permitir que un fantoche vestido de carnaval venga a tirar todo eso a la basura; no permitiré que un cobarde que esconde su cara bese a mi novia y se burle de mí frente a ella… ¡no lo toleraré!

Creo que es justo que le digas la verdad, Videl. Si él no quiere creer en mis palabras, lo hará cuando escuche las tuyas.

Petrificándose, sintiendo como su cólera se congelaba al instante, Shapner se olvidó de sus deseos por cerrarle la boca al Gran Saiyaman al no comprender a lo que se refería. Volteándose, notando como una avergonzaba Videl agachaba la vista, el rubio, volviendo a ver al encapuchado, observó cómo éste esbozaba una burlona sonrisa que le hizo tener un muy mal presentimiento.

Él no lo sabía; pero ese era el comienzo del fin, después de esa noche las cosas no volverían a ser como antes. Sus metas para el futuro, sus esperanzas de vivir una vida larga y feliz al lado de Videl estaban a punto de morir. Nunca dirían sus votos nupciales en el altar, nunca harían el amor en su luna de miel, nunca tendrían en sus brazos a su primer hijo. Nada de eso sucedería, jamás pasaría.

¿Qué verdad, de qué hablas? –recuperando la elocuencia, Shapner bajó su tono y le preguntó al Gran Saiyaman– ¿de qué demonios te estás riendo?

Videl no te ama; nunca lo ha hecho, no siente nada por ti–no negando que experimentaba una gran satisfacción al decirle eso, la naturaleza belicosa de los saiyajins le exigía que abriera aún más la herida–finalmente ella ha abierto los ojos, tus artimañas ya perdieron su efecto. Es hora que ella se libere de ti; es hora que la dejes ir.

¿Hasta cuándo tendré que escuchar tus idioteces? –Shapner no se atrevería a decirlo abiertamente, pero no podía negar que sintió como si alguien le incrustara una navaja en el corazón– ¡juro que te mataré, me cueste lo que me cueste!

Si no me quieres creer, pregúntaselo a ella…

¡Ya no digas más, por favor! –Videl, padeciendo una combinación de enojo y tristeza, le imploró a Gohan que se detuviera mientras se mordía la lengua para no llamarlo por su verdadero nombre en frente de Shapner–si viniste hasta aquí para ayudarme, pues te digo que no lo has hecho. Ya no digas más, sólo cállate y vete. Por favor, sólo vete.

¡No, aún no te irás! –Shapner, apretando los dientes, daba la impresión de estar a punto de explotar–no te perdonaré por haber arruinado esta noche, me vengaré por esto.

¿Entonces eso significa que deseas pelear conmigo?

¡Sí, voy a pelear contigo! –ignorando las súplicas de Videl que parecían ser inagotables, Shapner también se negó a escuchar la voz de su cordura que le pedía que se detuviera–a las afueras de la ciudad, más allá de los límites conocidos, se encuentra una estación de trenes abandonada que data del siglo pasado. Te estaré esperando allí, mañana a mediodía. Es un lugar solitario, ningún entrometido nos molestará. Ahí podremos hacer lo que queramos sin que nos interrumpan.

Perfecto, mañana a mediodía será…–flotando suavemente sobre el piso, el Gran Saiyaman se disponía a retirarse–prometo que cuando termine contigo regresarás a casa con vida, pero no lo harás en una sola pieza.

Si bien podía verlo flotar con sus propios ojos, Shapner, cegado por la ira, no fue capaz de pensar con claridad y aceptar que el superhéroe no era la farsa que él creía que era. Por otro lado, el Gran Saiyaman, deseándoles buenas noches, se elevó en el aire hasta salir disparado en el cielo nocturno. Pero, sin que lo supiese, a Shapner todavía le quedaba una tragedia más por afrontar.

– ¡Oye, muchacho! –Despertándolo de su letargo, el Shapner del presente escuchó como Van Zant le gritaba por medio de un pequeño audífono que ocultaba en uno de sus oídos, el cual, justo antes de la llegada del Gran Saiyaman, le fue entregado por el mismísimo mafioso para tener comunicación directa con él– ¿qué diablos estás haciendo, por qué no luchas de una vez?

El rubio, a raíz por los gritos de Van Zant, se vio forzado a pestañear mientras retrocedía un poco rompiendo su intercambio de miradas con su oponente.

– ¡Vamos chico, empieza a luchar! – Shapner, quien no contaba con la capacidad de hablar con Van Zant, no tuvo más remedio que oír sus reclamos– ¡tienes a toda una multitud esperando, quiero ver lo que puedes hacer ahora que te recuperaste mágicamente!

– ¿Sucede algo? –Notando su abrupto cambio de comportamiento, Gohan, quien carecía de la agudeza auditiva de su mentor, le cuestionó a su rival– ¿no me digas que te estás arrepintiendo de esto?

– Claro que no, no me arrepiento de nada–respondiéndole, el ahora exnovio de Videl recuperó su postura con rapidez.

– Veo que sí comiste la semilla, entonces sabes que no tienes posibilidades de ganarme–queriendo destrozar su orgullo tal y como lo hizo con Cell, Gohan, manipulado por su propia herencia extraterrestre, le comentó con una fingida inocencia–tal vez debiste quedarte en casa; aunque te hubiera buscado de todos modos. Lo que le hiciste a Videl es imperdonable, jamás creí que caerías tan bajo.

Ladeando la mirada, para Shapner escuchar sobre ella fue como si le dieran una bofetada. Se había presentado en el sitio de la pelea a la hora acordada porque siempre se consideró un hombre de honor, nunca pensaría en huir como un cobarde por más difícil que fuese el desafío. No obstante, por más que intentó mentalizarse en ganar, Shapner se sentía completamente derrotado.

Cuando llegó a casa al terminarse el baile de gala, luego de saludar a sus padres, se prestó a encerrarse en su habitación para quitarse ese maldito traje de etiqueta. No le importó que Mr. Satán gastó una fortuna en él, se lo quitó con rabia tirando cada pieza al suelo mientras se miraba fijamente en su espejo que colgaba en una pared.

Entretanto se desvestía, causadas tanto por el dolor físico de su hombro como por la traición de Videl, varias lágrimas empezaron a brotar de sus ojos mojando la piel de sus mejillas. Así de tajante era para describirlo, no hallaba otra palabra para hacerlo. Videl lo traicionó, lo usó y jugó con él por semanas; empero, doliéndole aún más, la justificación de Videl lo terminó de destruir.

Arrodillado, llorando como si fuese un niño pequeño, Shapner cayó abatido sobre la alfombra de su recámara murmurando numerosas incoherencias al sollozar. Simplemente no lo podía creer, de todas las personas que existían en el mundo; de todas las personas que conocía, jamás, ni remotamente, hubiese imaginado que aquella a quien más adoraba, terminaría hiriéndolo tanto.

Humillado, sintiéndose totalmente pisoteado, Shapner descargó lo mejor que pudo todo su sufrimiento y rabia, golpeando, hasta el cansancio, el piso con su puño izquierdo. Durante el tiempo que estuviesen juntos, mientras él iba muy en serio, ella se redujo a fingir y a engañarlo, haciéndole creer que las cosas eran maravillosas y celestiales entre los dos. Videl se burló de él.

Se vio muy tentado a insultarla, deseaba liberarse de la amarga mezcla de sentimientos que se aglomeró en su garganta. En su mente, reuniéndose uno tras otro, cada insulto soez que evocaba lo abrazó, alentándolo, con fervor, a maldecir hasta el infinito el nombre de Videl Satán. Era lo mínimo que ella se merecía, ser insultada era una pequeña retribución a cambio de sus agravios.

Empero, tomando grandes bocanadas de aire, Shapner irguió su cabeza moviéndola de forma negativa. No era capaz de ofenderla, por más que Videl se lo mereciera, los labios de Shapner se rehusaban a manchar la dignidad de quien fue su más grande amor desde la infancia. La amaba, y eso, haciéndolo llorar todavía más, le hizo olvidar cualquier anhelo por eliminar al Gran Saiyaman.

¿Qué sentido tenía luchar contra aquel payaso, cuando fue Videl, y no él, quien le causó el mayor daño en toda su existencia?

Estuvo allí tirado por una eternidad lamentándose y ahogándose en su miseria, hasta que, casualmente, miró de reojo la diminuta semilla que el Gran Saiyaman le obsequió. Respirando un poco más tranquilo, recordando como aquel bufón le dijo que dicha semilla era su "recompensa" por haber salvado a la pelinegra, Shapner, ensimismado, no lo meditó demasiado y la tomó.

Dudó al principio, era una reacción natural y esperable, no tenía certeza alguna que las asombrosas propiedades curativas que el superhéroe afirmó fuesen reales. Si la comía y caía muerto, sus padres encontrarían su cadáver a la mañana siguiente. Sin embargo, impulsado por el ímpetu en respuesta a las acciones de Videl, el rubio, sin dudar más, la arrojó en su boca y la tragó.

En un inicio nada sucedió; continuó igual. Insultándose a sí mismo, ya no soportando tanta humillación, Shapner se reprendía por haber sido burlado y ridiculizado por segunda vez en la misma noche; pero, sorprendiéndolo sin aviso, un raro cosquilleo se extendió por cada centímetro de su cuerpo, hasta concentrarse, en su totalidad, en la herida de bala en su hombro derecho.

El cosquilleo se transformó en un calor agradable y reconfortante, una plácida caricia que lo dejó en silencio. Sin equivocarse, tampoco sin exagerar, Shapner pudo sentir como sus huesos rotos, sus músculos inflados y sus nervios dañados se reconstruían dentro de sí, regresando, en menos de lo que cantaba un gallo, a su estado original luciendo completamente intactos.

Shapner, al sentirse bien, retiró el cabestrillo y las vendas que portaba, mirando, con incredulidad, como la cicatriz que el proyectil y la posterior intervención quirúrgica habían dejado en él, brillaba, ahora, por su ausencia. Jamás hubiera augurado que el individuo que deseó destruir, lo sanaría; por el contrario, la que fuese su musa y máxima adoración, acabaría rompiéndole el corazón.

Aún así, por más que desease darle las gracias, Shapner no estrecharía su mano en señal de amistad. Por ende, sin importarle que fuese medianoche, el rubio recurrió a su teléfono para informarle de lo ocurrido a su suegro, obviando, evidentemente, lo sucedido entre él y Videl.

– ¿Estás seguro que no te estás arrepintiendo de haber venido? –Rompiendo sus pensamientos otra vez, el Gran Saiyaman, cuestionándole, se le acercó–normalmente siempre has sido un hablador fanfarrón, pero hoy estás muy callado.

– Las últimas horas no han sido nada fáciles para mí, muchas cosas dolorosas me han ocurrido en muy poco tiempo–apretando sus puños, Shapner los estrujó sintiendo el grosor de sus guantes de boxeo sobre ellos.

– Algo me dice que Videl finalmente te dijo la verdad, ella se liberó de tus cadenas–sonriendo, adivinando lo que podría estar pensando el rubio, Gohan le afirmó–no debe ser nada sencillo admitir que la chica que tanto quisiste nunca sintió lo mismo por ti; aún más después de haber recurrido a toda clase de artimañas asquerosas para obligarla a estar contigo.

– ¿Todavía insistes con eso? –enojándose, Shapner le objetó–ella y yo, desde que nos conocimos, vivimos muchas cosas juntos; pero nunca me atreví a tal cosa.

– Terco hasta el final, ya veremos si para cuando terminemos aún seguirás diciendo lo mismo…

Shapner lo ignoraba, pero Gohan, queriendo emular lo que hizo con Cell años atrás, lo sanó para que pelease con todo lo que tenía para ofrecer, y así, en el proceso, hacerle ver que sus habilidades humanas eran inferiores a las suyas. No sólo buscaba derrotarlo en el campo de batalla; si no que también, pretendía destrozar su orgullo demostrándole que no valía nada.

Y no pensó en mejor manera para herirlo que apelando a la hija del campeón mundial.

– Quizás no debí marcharme tan pronto, me hubiese encantado ver como ella te decía tus verdades de frente.

– ¡Cállate!

– ¡Eso es, así me gusta! –Viendo que su estrategia funcionaba, Gohan no claudicó– ¿adónde se fueros esas agallas que tenías anoche, qué pasó con el Shapner que aseguró que me ganaría?

Videl ya no se hallaba a su lado, el futuro brillante que imaginó gracias a su cercanía con Mr. Satán pendía de un hilo, prácticamente su canasta de metas y deseos yacía vacía. No obstante, corrigiéndose a lo interno, Shapner se recordaba que aún le quedaba algo por lo cual luchar: él mismo. No volvería a ser el hazmerreír de nadie, ni de Videl ni de ese bufón pretencioso.

Corrió sin mirar atrás; corrió como un toro enfurecido harto de siempre ser menospreciado. Y para cuando fue consciente de sus actos, Shapner, saltando hacia su adversario, se dispuso a borrarle esa mueca en su rostro con un certero puñetazo. Aquel brazo que permaneció inerte por semanas, de nuevo, como en sus mejores épocas, se prestaba a luchar.

Así pues, bajo la mirada lejana y vigilante de Mr. Satán, Shapner apuntó a la barbilla del superhéroe depositando en ella toda la potencia que podía generar. El impacto se produjo escasos segundos después, fue un golpe directo, frontal y limpio. A la distancia, sin separarse de sus binoculares, Van Zant sonreía alegrándose que la acción finalmente haya comenzado.

Pero, lo que ni él ni Mr. Satán pudieron ver, fue la expresión agónica y pálida que Shapner dibujó en su rostro una vez que concretó su arremetida. Gohan, por su parte, se limitó a sonreírle con levedad, dicho resultado era más que obvio tomando en cuenta que Shapner era un simple terrícola. Aún así, sin tomar ventaja, Gohan se quedó quieto mirándolo sufrir.

– Si ese fue tu mejor golpe ahora que tu brazo está sano, debo decirte que fue realmente patético…–sin haberse movido ni un milímetro, Gohan le comentó al silencioso rubio–pero no puedo culparte, eres un humano ordinario, era natural que ninguno de tus ataques me causara daño.

Trastabillando y caminando con dificultad, casi cayéndose, Shapner hacía su máximo esfuerzo por no gritar al apretar los dientes. Había golpeado a rivales duros en el pasado, tal cosa no era nueva para él; empero, esta vez, era algo completamente diferente. Al golpearlo; a pesar que su guante le ofrecía un moderado grado de protección, Shapner juraría que golpeó una pared de acero.

Sus dedos temblaban al sacudirse su sistema nervioso, fue un verdadero milagro que no se aplastaran cuando chocaron contra el mentón de Gohan. Asimismo, sin prestarle atención al Gran Saiyaman, Shapner, no importándole sus burlas, trató de flexionarlos pero acabó descubriendo que no le era posible hacerlo. Era muy probable que su mano estuviese rota o fracturada.

– ¿Eso fue todo, en serio? –Decepcionado, Gohan volvió a burlarse de él– ¿me hiciste venir hasta este desolado lugar sólo para darme un miserable puñetazo?

Aproximándose, sin dejar de contemplarlo, la arrogancia saiyajin le susurraba al oído que jugase con él de la misma manera en que lo hizo con Cell.

– Al menos creo que es justo que te regrese el golpe; pero no te preocupes, me aseguraré de no excederme mucho…

Escuchando como varias alarmas sonaron en su cabeza, el rubio, haciendo un esfuerzo titánico por enfocarse en el enmascarado, vio como éste se esfumó de su vista frente a él como si fuese un acto de magia. Lo que ignoraba era que Gohan, sacándole provecho a su súper velocidad, se dirigía hacia a él tan rápido que sus ojos no eran capaces de observar sus movimientos.

Para su mala fortuna, cuando pretendía preguntarse dónde diablos estaba, sintió como si una locomotora lo atropellase directamente en su cara. Ya con anterioridad, cuando participaba en torneos escolares, fue víctima de los derechazos de sus oponentes que buscaban noquearlo. Aún así, en aquel entonces, y corriendo mejor suerte, ninguno de ellos consiguió tirarlo a la lona.

Aunque, en esta ocasión, no sólo terminó tirado en el piso; sino también, que literalmente salió disparado por varios metros antes de detenerse más atrás. Nunca alguien lo había tumbado con un sólo ataque; si bien no era invencible, siempre se las arregló para resistir los puñetazos manteniéndose en pie. Pero hoy era más que innegable que era incapaz de defenderse.

– Deberías darme las gracias, me tomé la molesta de reducir lo más que pude mi fuerza para no matarte–avanzando con lentitud, teniendo total control de la lucha, Gohan era el ganador tanto en la teoría como en la práctica–no sé si fuiste muy valiente o muy estúpido al desafiarme; pero eso no importa, espero que ahora entiendas de una vez que no eres más que una minúscula hormiga.

Shapner no respondió nada, por más que quisiese decir algo, no podía. Uniéndose a su mano lesionada, dando claros indicios de padecer una fractura, su mandíbula le impedía gesticular con naturalidad. Y de sus labios, filtrándose entre ellos, una abundante cascada escarlata creó un charco de sangre que no terminaba de fluir. Incluso Gohan le tuvo lástima al verlo hecho polvo.

– Me llamaste fraude y charlatán muchas veces, pero no soy nada de eso–arrodillándose al lado de Shapner, el Gran Saiyaman le platicaba con normalidad como si el rubio no estuviese desangrándose–soy alguien real con habilidades reales, y no lo digo para presumir; lo digo porque es la verdad. Si no te hubieras pasado de listo con Videl, tal vez te hubiese enseñado cómo controlar tu ki, pero elegiste el rumbo equivocado.

Tosiendo, luchando por no ahogarse con su propio líquido vital, el rubio lo escupía en grandes cantidades junto con algunos de sus dientes.

– Diablos, estás hecho un asco…–continuando con su monólogo, Gohan recordó cuando Cell sufrió una ráfaga de vómitos incontrolables que concluyó con la expulsión de la esposa de Krilin–esto ya no me parece tan divertido, pero prometí que te daría tu merecido y no pienso cambiar de opinión.

Shapner, sintiendo como el mundo le daba vueltas, no le prestó atención a los comentarios del Gran Saiyaman, al encontrarse, peligrosamente, en la línea que separaba la lucidez de la inconciencia. Nada de lo que pudiese haber hecho de antemano lo hubiese preparado para esto, todas aquellas veces en las que soñó que le ganaba y lo vencía eran sólo eso: meros sueños.

Del mismo modo, sus explicaciones para demostrar que el Gran Saiyaman era un fraude que empleaba trucos baratos se cayeron como un castillo de naipes. Ese individuo ante él, por más risible que fuese su apariencia, era una realidad. Le era imposible explicarlo o entenderlo; pero no tuvo más opción que aceptar, de una manera muy dolorosa, que siempre estuvo equivocado.

Sin embargo, no queriendo recordar por lo que le quedaba de vida una derrota tan humillante, Shapner decidió usar su último as bajo la manga que consistía en un inesperado obsequio de Van Zant; sólo necesitaba poder sacarlo de sus bolsillos.

– Ven, te ayudaré a ponerte de pie…

Por más que sus palabras sonasen amistosas, los actos de Gohan no lo fueron. Sujetándolo del cuello de su camisa, levantándolo como sino pesara nada, los pies de Shapner colgaron sobre el suelo sin que lograse oponerse. Era patético, se lamentaba el rubio, se había convertido en aquello que más detestaba: en alguien débil y vulnerable.

Sacudiéndole el cabello, como si fuese la muerte misma, para Shapner el viento frío y punzante que corría en aquella vieja estación ferroviaria era el preludio de su ocaso. Le hubiese encantado despedirse de sus padres, lo deseaba. Aún así, recordándose que el Gran Saiyaman le prometió que no lo asesinaría, un alivio muy humano lo invadió a medida que le costaba respirar.

– Mis instintos me están diciendo que acabe contigo; que le dé fin a tu miseria, pero no lo haré–luego de una corta pausa, el Gran Saiyaman le habló sin soltarlo–hace siete años cometí un grave error, por mi culpa mi padre murió dejando viuda a mi madre. Y por mucho que desee castigar tus fechorías, con la paliza que te he dado es más que suficiente.

Gimiendo, soportando dolores terribles; incluso peores que los que toleró cuando lo hirieron de bala, Shapner sólo podía callarse y escucharlo.

– Así que antes de acabar con esto, te daré una última oportunidad para admitir tus maldades–acercando su rostro para tenerlo cara a cara, Gohan, debajo de su disfraz de superhéroe, se disponía a hacerle una sencilla pregunta– ¿admites que te aprovechaste del dolor y la fragilidad mental de Videl para que ella hiciese lo que querías aunque eso fuese en contra de su voluntad?

Tácito, el rubio no respondió; lo cual, jugando en su contra, incrementó el enojo de Gohan.

– ¿Admites que fuiste un canalla que obligó a una buena amiga a ser tu novia cuando ella no quería serlo? –Replanteándole su cuestionamiento, Gohan estrujó con fuerza la tela de la camisa de Shapner– ¡vamos, respóndeme!

– ¡No!

No importándole que su mandíbula luciese levemente dislocada, haciendo un esfuerzo admirable y sobrehumano, Shapner, negándose a ser culpado por algo que no hizo, reunió las energías que le quedaban para gritar tan fuerte como pudo. Gohan, genuinamente impresionado, enmudeció al ver la persistencia de Shapner, quien, según él, continuaba negándose a reconocer sus crímenes.

– ¡No puedo creerlo, incluso hecho pedazos persistes en negarlo!

– Fue…fue ella la que jugó conmigo…–otra vez; a pesar de sus heridas, Shapner le contestó lo mejor que pudo con una evidente torpeza–ella me mintió todo este tiempo…

Aquello fue la gota que derramó el vaso, la terca y cuadrada lógica de Gohan se resistía a considerar tal posibilidad. Para él, era obvio que Shapner era el villano; el ruin villano que se aprovechó de una pobre chica, cuya culpa, destrozando su confianza, la transformó en la víctima perfecta para un sinvergüenza como Shapner que sólo buscaba complacer sus impulsos carnales.

Rabioso, pasándole por alto a sus propias promesas, Gohan no dijo nada más. Por consiguiente, tal y como lo hizo con Cell cuando el androide vio que sus ataques eran inútiles, el saiyajin se prestó a rematarlo. Así pues, sosteniéndolo firmemente, el Gran Saiyaman despegó con violencia volando en línea recta ascendiendo en el brillante cielo azulado como si se tratase de un cohete.

Shapner, cerrando los ojos por la tremenda velocidad de ascenso, experimentaba una aceleración bestial que ni antes o después volverá a vivir. En su oído, el audífono que Van Zant le había entregado con anterioridad, rugía con una molesta estática al salirse del rango de alcance de los radios del mafioso y su ejército. Pero, tan rápido como comenzó, el viaje se terminó de repente.

Entreabriendo los párpados, como si fuese un muñeco de trapo, Shapner ladeó la cabeza a un costado descubriendo dónde se hallaban. Gohan, en ese súbito arrebato de furia, subió tan arriba en el firmamento que la curvatura de la Tierra era visible. De no haberse encontrado en tan malas condiciones, Shapner hubiese dicho que era la vista más hermosa que había visto jamás.

– Traté de ser misericordioso; traté de darte una lección sin destruirte, pero tu persistencia me exaspera–conversándole otra vez, Gohan lo inclinó de tal manera que Shapner alcanzó a mirar el suelo debajo de ellos–aún así, tampoco quiero manchar mis manos con tu muerte y dejaré que sea la gravedad, y no yo, quien acabe contigo.

Si bien sus lesiones físicas eran considerables, el cerebro de Shapner se las arregló para procesar tal información y deducir lo que el Gran Saiyaman haría con él.

– Adiós, Shapner…

Liberándolo, soltando el agarre que tenía sobre él, Gohan lo vio caer en caída libre al ser halado por la fuerza de la gravedad. Shapner, por su parte, bajaba sin control mirando como los edificios y demás elementos en la superficie terrestre se volvían más y más grandes con el paso de los segundos. Era más que obvio que no podía hacer nada por detenerse, su muerte era inminente.

Siempre, desde que era un niño, se consideró un hombre valiente y con agallas. Haberse presentado a pelear contra un rival más poderoso de él, desde cierto punto de vista, así lo demostraba. Pero ahora, bajo tales circunstancias, al descender como un meteorito, Shapner no quiso mirar más y cerró sus ojos sumergiéndose en la oscuridad absoluta.

Y al hacerlo, inmerso en aquella oscuridad, apareció ella; pero no la verdadera. Era la Videl que nunca lo defraudó y que cada noche, justo cuando se imaginaba con ella, lo visitaba en sus sueños para tener otra de sus maravillosas citas ficticias. Ella, extendiendo sus brazos hacia él, recibiéndolo con un cariñoso abrazo, calmó sus nervios aplacando los miedos que lo rodeaban.

Iba a morir en menos de un minuto, sería un final doloroso y veloz; no obstante, como consuelo, le alegraba que lo hiciese estando con una Videl que sí lo amaba de verdad. Aunque fuese una dulce mentira, la prefería sobre la cruel realidad.


Si existía algo que no soportaba, sobre cualquier otra cosa, era esperar. Luchar contra la policía le resultaba divertido, enfrentarse con Videl cuando ella intentaba arrestarlo también lo entretenía; sin embargo, verse en la obligación de aguardar para que se produzca algo que deseaba sacaba a relucir lo peor de su persona. No soportaba no tener el control, aquello le enfurecía.

Y ejemplificando tal situación, Shapner, el flamante yerno de Mr. Satán, el valiente que tenía la misión de derrotar él mismo al Gran Saiyaman con sus propias manos, no estaba haciendo absolutamente nada. El rubio, allí parado como un idiota, simplemente se quedaba quieto mirando a su enemigo, quien, imitándolo, también lo observaba en total silencio.

– ¿Pero qué demonios es esto? –Molesto, murmurándose para él mismo, Van Zant lanzó una pregunta al aire– ¿acaso es un maldito concurso de miradas donde el que pestañea es el perdedor?

Como ya se lo imaginaba, nadie, ninguno de sus acompañantes, ni siquiera Mr. Satán, se atrevió a responderle. Ladeándose con levedad, echándole un vistazo al campeón mundial, Van Zant se dio cuenta con facilidad que su multimillonario socio lucía muerto de miedo. Su rostro pálido y humedecido por el sudor lo delataban, terminaría desmayándose si no se daba un respiro.

Antes de conocerlo en persona; antes que lo buscase en su guarida para hacer negocios con él, Van Zant se dejaba llevar por la imagen pública que Mr. Satán proyectaba en la prensa y en la televisión. Creía que era un hombre imponente, un sujeto audaz que venció él solo a un monstruo imparable como Cell. Pero ahora, al estudiarlo de cerca, descubrió que no era lo que presumía ser.

Físicamente no se veía tan poderoso como aparentaba; al contrario, Van Zant creía que él mismo podría vencerlo si lo tomaba con la guardia baja. Dicho pensamiento, regresándolo siete años en el pasado, lo hizo cuestionarse cómo fue posible que alguien como Mr. Satán derrotara a Cell. Era un cobarde que se escondía detrás de una falsa seguridad, no era quien decía ser.

Volteándose, mirando otra vez a Shapner y al Gran Saiyaman, Van Zant utilizó sus binoculares para examinar con más profundidad a ambos contendientes. El superhéroe, a primera vista, no mostraba ningún cambio en su típica apariencia viéndose igual que siempre. No obstante, luciendo un aspecto más saludable y vigoroso, Shapner se robó de inmediato su atención.

– ¿Cómo diablos hizo para sanar tan rápido? –Susurrándose, esta vez hablándose sólo para él mismo, el mafioso no le quitaba sus ojos de encima al brazo derecho del rubio–hace unos días era un lisiado inútil; ahora parece un hombre completamente nuevo…

Anoche, despertándolo sin anticipación, su teléfono celular lo comunicó con un ansioso e inquieto Mr. Satán, el cual, balbuceando sin parar, le informó que mañana se llevaría a cabo la operación. Si bien el anuncio de la pelea lo tomó por sorpresa, Van Zant, ya hallándose establecido en el lugar elegido, le aseguró con frialdad a Mr. Satán que todo estaba preparado para la ocasión.

Así pues, con la llegada del amanecer, una lujosa limusina se presentó en aquella vieja y maltratada estación de trenes cuyos ferrocarriles habían dejado de moverse hacía décadas. Y como si fuese un maestro de ceremonias, caminando con soltura y confianza, Van Zant se aproximó al vehículo recién llegado para darles la bienvenida.

Todavía escondiéndose con aquellas gafas oscuras, Mr. Satán, siendo el primero en salir, miró con ansiedad en todas direcciones contemplando las ruinas en los alrededores. Pero, no importándole aquello en lo más mínimo, la mente de Van Zant se concentró en su totalidad en el adolescente que tendría la tarea de ser la carnada. Y lo que vio lo asombró, era sencillamente imposible.

¿De verdad eres tú, chico? –caminando hacia él, estudiándolo de la cabeza a los pies, Van Zant le cuestionó al verlo vestido y listo para la batalla– ¡luces fantástico, no me lo puedo creer!

Hola, Van Zant…–serio pero no grosero, Shapner le respondió–sí, yo soy.

Te ves como nuevo, es genial–estrechando su mano, Van Zant no perdió la oportunidad para examinarle el brazo derecho– ¿cómo lograste recuperarte tan rápido?

Recibí un tratamiento especial; y para ser sincero, todavía no salgo de mi asombro–mirándose a él mismo, Shapner movió su brazo en varias direcciones demostrando que se encontraba en perfectas condiciones–quizás estoy soñando y nada de esto sea real.

¡Esto es muy real, chico! –Abrazándolo por los hombros, Van Zant le apuntó al centro de aquella deteriorada estación de trenes–y será justo aquí donde harás historia, vas a borrar del mapa a ese payaso desgraciado del Gran Saiyaman.

Eso espero…

En ese instante, sin saber el porqué, Van Zant se percató que Shapner no era el mismo que conoció días atrás cuando Mr. Satán se lo presentó. El Shapner de aquel entonces; pese a sus limitaciones físicas, se mostraba seguro y tajante al querer ser él quien le hiciese frente al Gran Saiyaman sin amedrentarse por las burlas o las críticas que recibiese.

Van Zant, en sus adentros, sabía que era casi improbable que lograse su cometido; pero, aún así, le gustaba que aquel chico tuviese agallas y no se escondiera. Shapner le recordaba a sí mismo en su juventud, cuando quiso dejar de ser un simple matón para ser el cabecilla de su propia pandilla. Shapner; aunque ingenuo, era valiente y Van Zant admiraba a los que eran valientes.

Pero al verlo de nuevo, aquella valentía que vio en él la semana anterior había desaparecido. Era como si al recuperarse de su hombro herido, su coraje, siendo el precio a pagar por su sanación, se hubiese evaporado. Empero, recordándose que Shapner sólo era el cebo para atraer al Gran Saiyaman, Van Zant pasó por alto su vacilación confiando en su ejército y en su arma secreta.

¿Qué clase de tratamiento especial fue ese? –Aún con curiosidad, Van Zant deseaba saber cómo Shapner sanó sus lesiones– ¿fue alguna terapia experimental, fue brujería o le vendiste tu alma al diablo?

Podría decirse que fue magia, no encuentro otra manera para describirlo.

Deteniéndose, viéndolo seguir caminando, Van Zant se quedó en blanco con semejante respuesta. La magia no existía, se dijo en sus pensamientos, ese muchachito parecía haber olvidado con quién hablaba. En otras circunstancias, no teniendo consideración alguna, Van Zant impondría su autoridad castigando tal burla recordándole que con él no era prudente ser un bromista.

Aún así, perdonándole la "broma" al rubio, Van Zant, apresurándose para alcanzarlo, le sacó partido a la considerable distancia que Shapner comenzaba a crear entre él y Mr. Satán para conversar en privado. Asimismo, siguiendo con su análisis, el gánster se reiteraba que algo debió haberle ocurrido al rubio porque esa actitud tan callada y ensimismada no era propia de él.

¿Estás preparado? –Hablándole otra vez, Van Zant le cuestionó a Shapner mientras éste se detenía en el sitio donde esperaría llegada de su rival–sé que no será fácil pero deposito toda mi confianza en ti, sé que darás tu mejor esfuerzo.

Quiero ganar, siempre me ha gustado ganar. La historia sólo recuerda a los ganadores, los perdedores mueren en el olvido…–reflexionando para él mismo, Shapner se giró para mirar a Van Zant–aunque le confieso que no estoy tan seguro como hace unos días, las cosas han cambiado.

Siéndote sincero, lo noté tan pronto como te vi–confirmando sus sospechas sobre él, Van Zant caminó hacia Shapner colocándose frente a él–pero pase lo que pase, no estás solo. No olvides que todos mis hombres estarán esperando el momento adecuado para entrar en acción, sólo es necesario que yo chasquee los dedos para que una lluvia de plomo caiga sobre ese payaso.

Lo sé; sé que tus hombres estarán aquí en todo momento. Es sólo que no puedo evitar preguntarme si todo un ejército bastará para acabar con él, lo que estamos a punto de hacer no es nada fácil…

Entiendo tus preocupaciones; yo también las tengo. He escuchado que las balas no le hacen daño, fue por eso que planeé tirarle un edificio encima para aplastarlo.

¿Y eso será suficiente? –Cuestionándole, Shapner puso en tela de duda su estrategia– ¿tienes planeado algún plan de contingencia en caso que eso no logre acabar con él?

Riéndose suavemente, Van Zant esbozó una sonrisa perversa que inquietó al yerno de Mr. Satán. En consecuencia, antes de responderle, el mafioso se aseguró que nadie más lo escuchara.

Te voy a confesar un pequeño secreto, galán…–sacando una de las granadas de gas que consiguió en el mercado negro, Van Zant, mostrándosela, se dispuso a explicarle su plan de respaldo–sé que a Mr. Satán no le gustará saber que compré una dotación de estos bebés, pero en tiempos de guerra toda ventaja es válida.

¿Es lo que creo que es?

Veo que tienes buena memoria–Van Zant le sonrió otra vez al replicarle–este es un gas sumamente tóxico y venenoso, te matará en menos de un minuto si no te apartas. Su primer efecto es paralizar el cuerpo, luego te mata al cerrarte la garganta y asfixiarte. Si todo lo que he preparado falla, no dudaré en usar una de estas bellezas contra ese desgraciado.

Considerando contra quién nos enfrentamos, supongo que es justo estar preparados.

Por eso mismo te daré una, será tu as bajo la manga en caso de emergencia…–viendo que el chico tenía las manos cubiertas con los tradiciones guantes de boxeo, aprovechándose de eso, Van Zant metió la granada en uno de los bolsillos de los pantalones de Shapner–supongo que no es tu estilo usar cosas como estas, pero considéralo como un regalo de buena suerte de mi parte.

Recordando cómo era cuando se conocieron, Van Zant, creyendo que Shapner rechazaría su ofrecimiento, aguardó por dicha reacción esperando que pudiese convencerlo de usarla. Sin embargo, para su auténtica sorpresa, el yerno del campeón no objetó ni rechazó la granada. Así pues, sin hablar más de ella, el rubio la conservó guardada donde estaba.

Hay una cosa más que quiero darte, muchacho. Si vamos a trabajar como equipo, es fundamental que recibas mis órdenes directamente–como si fuese un mago lleno de trucos, Van Zant sacó de su chaqueta un diminuto artefacto que Shapner no pudo identificar al principio–es un audífono, no podrás hablar conmigo pero me escucharás.

Nuevamente, ante la imposibilidad de utilizar sus propias manos, Van Zant le colocó el audífono a Shapner en uno de sus oídos. Luego de eso, reuniéndose con Mr. Satán quien no disimulaba sus nervios, Van Zant reiteró la estrategia en voz alta mientras faltaban unas horas para el arribo del superhéroe. Tanto el campeón como Shapner, sin interrumpirlo, lo escucharon con atención.

Sin emplear la palabra "carnada" ante Shapner, Van Zant, con más elegancia, recalcó que Shapner recibiría al enmascarado y lo confrontaría por sí mismo al inicio. Más adelante, Shapner tendría que atraerlo hasta la vieja aduana de la estación que yacía cargada de explosivos. Una vez que el Gran Saiyaman estuviese adentro, con solamente oprimir un botón, toda la estructura colapsaría.

Y sin más, deseándole suerte al valiente y joven gladiador, Van Zant y Mr. Satán se apartaron para ocultarse en una de las restantes edificaciones cercanas. Igualmente, las tropas del bandido regresaron a sus posiciones esperando que les dieran luz verde para actuar. El tiempo siguió su marcha; las agujas del reloj los acercaron al momento tan esperado que, al fin, se concretó.

No obstante, los eventos no se desarrollaron como le hubiesen gustado a Van Zant. Tanto Shapner como el Gran Saiyaman, como si fuesen dos estatuas vivientes, se quedaron de pie uno frente al otro mirándose por una eternidad. Perdiendo la paciencia, no resistiendo ni un segundo más, Van Zant se moría de ganas por empujarlos a pelear de una maldita vez.

Quería ver una guerra; quería que la sangre corriera.

– ¡Oye, muchacho! –Olvidándose de la diplomacia, recurriendo a su radio, Van Zant lo sintonizó con la frecuencia del audífono que le entregó a Shapner– ¿qué diablos estás haciendo, por qué no luchas de una vez?

Deteniéndose por un instante para tomar una bocanada de aire; enseguida, aún con enfado, volvió a gritarle.

– ¡Vamos chico, empieza a luchar! –Enfatizando sus deseos por ver violencia salvaje y desmedida, al mafioso, con sinceridad, le importaba un rábano la seguridad de Shapner– ¡tienes a toda una multitud esperando, quiero ver lo que puedes hacer ahora que te recuperaste mágicamente!

Y logrando lo que deseaba, Van Zant, volviendo a sonreír con satisfacción, vio como Shapner finalmente tomaba con seriedad su misión y atacó al superhéroe. Lo que sucedió más tarde dejó helados a los allí reunidos, en especial a Mr. Satán, quien, ahogando un grito de espanto, miró con horror como el Gran Saiyaman mandaba a volar de un sólo golpe al rubio.

Todos, como era lógico suponer, se quedaron en silencio esperando por las órdenes de Van Zant para intervenir y salvarle el pellejo al desafortunado Shapner. No obstante, sin mover un dedo, el bandido mantuvo sus tropas en espera queriendo ver si Shapner se atrevía a usar la granada. La tensión y las caras asustadas se propagaron como un virus; un virus al que Van Zant era inmune.

– ¿Qué estás esperando? –cuestionó Van Zant al ver que Shapner no se defendía– ¿por qué no haces nada?

– ¡Eso es lo que yo te pregunto a ti! –Hablándole a sus espaldas, Mr. Satán, no pudiendo aguantar más, lo haló para que se girara y quedasen frente a frente– ¿por qué diablos no envías a tus hombres a ayudarlo?

– El chico aún no ha perdido; mientras siga en pie, sigue siendo su pelea…

– ¡Eso no era parte del plan! –No importándole que todos lo escuchasen, Mr. Satán le reclamó con gran enojo– ¡si él muere será mi responsabilidad, haz algo!

– Le tienes muy poca confianza a tu chico, pensé que lo habías entrenado para esta ocasión–indiferente, Van Zant regresó la mirada hacia adelante–y guarda silencio, si ese desgraciado del Gran Saiyaman nos descubre por tu culpa todo se arruinará.

– ¡No te atrevas a darme órdenes, yo no soy uno de tus esclavos! –Sujetándolo con fuerza de un brazo, el padre de Videl, olvidándose que se hallaba ante uno de los criminales más buscados de la ciudad, lo forzó a verlo otra vez– ¡no olvides que yo te contraté, así que yo te doy órdenes a ti!

Riéndose, Van Zant no le respondió.

– ¡Yo estoy pagándoles a todos ustedes una pequeña fortuna por esta locura, así que les ordeno que vayan a ayudarlo! –Tratando de salvarle la vida a Shapner, el campeón, sin notarlo, estaba poniendo en peligro la suya– ¡ya me escucharon, yo estoy a cargo de todo esto!

– ¿De verdad crees que estás a cargo? –Con un tono sereno pero amenazante, Van Zant le contestó viendo que nadie se movía de sus lugares.

– Te di muchísimo dinero, te daré más si haces lo que te digo–dándose cuenta que se equivocó, Mr. Satán se acobardó al sucumbir ante la enorme presión sobre él.

– ¿Y tu dinero te da poder sobre mí? –colocando una mano en uno de los hombros del campeón, Van Zant le preguntó con frialdad.

– ¡Jefe, tiene que ver esto!

Al unísono, tanto Van Zant como Mr. Satán, ambos sin decir nada, miraron como el Gran Saiyaman sujetaba del cuello a Shapner antes de salir disparado en el aire perdiéndose de sus vistas. El campeón, quedándose sin palabras, sintió como el alma se le caía a los pies al no saber qué hacer. Toda clase de horribles pensamientos se apoderaron de él, no lo podía creer.

Van Zant, sin inmutarse, solamente soltó un soplido antes de volver a enfocarse en Mr. Satán, el cual, golpeado psicológicamente al dar por muerto al rubio, era una presa fácil para un depredador como él. Las cosas no pasaron como las había imaginado; pero eso no importaba, igual él sería el ganador. En cuanto a Shapner, lo echaría de menos; en verdad le simpatizaba.

– Sé lo que estás pensando, pero no fue tu culpa; fue de él.

– Yo lo metí en esto, la culpa es mía. Shapner está muerto por mi culpa; yo provoqué todo esto, iré a prisión…–comenzando a perder el equilibrio, Mr. Satán daba la impresión de querer desmayarse.

– Tranquilízate, personalmente me encargaré que no pases ni un día en la cárcel.

– No puedo involucrarme más contigo, no debí buscarte desde un principio. Todo esto fue un maldito error…

Sonriendo para sí mismo, Van Zant, diciéndose en sus adentros que Mr. Satán ya no le era de utilidad, procedió a deshacerse de él.

– Sabes, hubo un tiempo donde te admiré muchísimo; quería ser tan rico como tú, pero haberte conocido en persona me hizo darme cuenta de cómo eres en realidad–mientras los dos se veían mutuamente, Van Zant, con disimulo, buscó algo entre sus ropas sin que Mr. Satán se diese cuenta–no eres tan valiente como presumes, hasta la entrometida de tu hija tiene más agallas que tú.

Demasiado impactado por la tragedia de Shapner, Mr. Satán, sin prestarle mucha atención a Van Zant, no observó cómo éste sacaba un arma.

– Al principio me había conformado con la paga que me prometiste, pero luego me dije a mí mismo que podía ir por más–rápido, sin dejarlo reaccionar, Van Zant le hundió el cañón de su pistola en el estómago a Mr. Satán–tienes una casa muy bonita y me encantaría mudarme a ella tan pronto como esto termine, tampoco nos olvidemos del resto de tu fortuna…

Mudo, volviéndose a sentir aterrado como cuando presenció el Torneo de Cell, el campeón, esta vez, no pudo ocultarse detrás de una roca para protegerse.

– Recuerdo que cuando me buscaste me dijiste que hacías todo esto porque querías ayudar a tu hija, algo muy noble de tu parte; es una lástima que odie con toda mi alma a esa maldita mocosa–retirándole el seguro a su revólver con el pulgar, Van Zant lo miró directo a los ojos–te prometo una cosa: cuando ni tú ni el Gran Saiyaman existan, la próxima en la lista será tu desgraciada hija. Videl y yo tenemos varios asuntos pendientes que ya es hora de resolver.

– ¡Por favor, escúchame! –recuperando el habla, Mr. Satán pensó en intentar algo pero ya era muy tarde.

– Adiós, Mr. Satán…

No era la primera vez que le disparaba a alguien. Desde que se convirtió en un mocoso descarriado, hacía ya tantos años atrás, la muerte y él constantemente trabajaban en equipo. Sin embargo, asesinar a un individuo que era considerado un héroe mundial, no era algo que hiciese a menudo. Tal hazaña, sin duda alguna, sería un logro que presumiría en su infame currículum.

Así pues, como si todo se moviese en cámara lenta, Van Zant, apretando el gatillo, vio como el padre de su peor pesadilla se retorcía de dolor mientras era herido de forma mortal. Tropezando, no pudiendo mantener el equilibrio, el campeón terminó derrumbándose en el piso, el cual, con gran rapidez, fue tiñéndose de rojo gracias a la abundante sangre que salía de él.

Van Zant, mirándolo por un instante, viéndolo desangrarse hasta morir, sonrió con gran emoción al imaginarse en su nueva y enorme mansión, rodeado, hasta donde podía ver, de los abundantes lujos y tesoros que le pertenecieron a su antiguo dueño. Dicha residencia sería su castillo; sería la capital de su naciente imperio que se adueñaría de Ciudad Satán reclamándola como suya.

Empero, antes de apoderarse de la ciudad, era necesario que primero se encargara de dos molestas alimañas. Si bien sus poderes eran impresionantes, el mafioso depositó su confianza entera en su arma secreta convencido que aquel gas triunfaría donde las balas han fracasado. Una vez que lo eliminase, tan pronto como lo liquidase, podría borrar del mapa a su principal objetivo.

Pero, a diferencia del Gran Saiyaman y Mr. Satán, Videl se mecería un tratamiento más especial. La capturaría y luego la torturaría; disfrutaría de verla sufriendo y gritando cuando le devolviese, una por una, cada una de las humillaciones y derrotas que ella le propinó con el paso de los años. Y una vez que haya saciado su sed de venganza, él mismo, con sus propias manos, la mataría.

Quizás Van Zant estaba celebrando antes de lo debido; no obstante, las circunstancias parecían apoyar su entusiasmo al no tener ningún rival que, según él, lo detuviera. Las condiciones eran las ideales para él, y con dicho pensamiento respaldándolo, enfundó su arma dándole una última mirada al moribundo Mr. Satán tendido ante él.

El paisaje en aquella abandonada estación de trenes era más que sombrío, lo único que se necesitaba para que el mal triunfara era que los hombres buenos no hicieran nada.

Fin Capítulo Treinta y dos

Hola, muchas gracias por leer, espero que les haya gustado el capítulo. Este episodio fue muy trágico, pero ya era hora que una de las varias bombas que mantenía guardadas explotara. Desde hace años que tenía estas escenas anotadas en una libreta, fue un gran gusto por fin haberlas podido narrar oficialmente; aunque todavía quedan más cabos sueltos por atar.

Sobre la pelea de Gohan y Shapner, sé que fue muy corta y que el rubio salió muy mal librado pero desde el principio la había imaginado así. Traté de ser lo más realista posible en cuanto a los personajes y por eso consideré que era imposible que Shapner le ganara a Gohan; pero su derrota, más allá del resultado, también tiene la intención de hacerle ver la verdad sobre el Gran Saiyaman.

Con respecto a Van Zant, como lo expliqué anteriormente, no es un personaje que yo haya inventado para el fic; él aparece como relleno en DBZ. Es el sujeto que mata a una pareja de ancianos y al perrito de Majin Buu, si hacen memoria, recordarán que Van Zant le disparó a Mr. Satán en la serie, yo quería hacerle un guiño a esa escena y por eso la agregué en la historia.

Para terminar, como ya lo saben, me gusta escuchar música mientras escribo y para este capítulo me acompañó una canción que me parece perfecta para Shapner y su ruptura con Videl. Es una de las varias canciones que pertenecen a la banda sonora de la película The End of Evangelion, si alguien la quiere oír, búsquenla en You Tube con este nombre: Thanatos - If I Can't Be Yours.

Antes de despedirme, les doy las gracias a SViMarcy, Lei1990, Akane Mitsui, Guest, Kellz19 y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.