Hoy como es "cierre de temporada" dejo los comentarios al final.
Importante que los leais.
Disfrutad el capítulo.
Astrid había luchado en más batallas de las que podía contar.
Se había enfrentado innumerables veces a los cazadores de brujas y a otros aquelarres que habían cometido la insensatez de declararle la guerra a Le Fey. Había sido una de las pocas brujas, por no decir la única, que había sobrevivido en un combate cuerpo a cuerpo contra Drago Bludvist y sí, había visto morir a muchas de las suyas. En todas aquellas batallas, Astrid siempre había experimentado tensión y nerviosismo, actitud perfectamente lógica y sensata en una bruja de su rango que contaba con demasiadas responsabilidades, pero que siempre había sabido tenerlo todo bajo perfecto control. Entre las suyas se la había reconocido como una guerrera fuerte, calmada y, ante todo, con la cabeza lo bastante fría
Sin embargo, hacía demasiado tiempo que Astrid no entraba en batalla —dado que habían huído tan rápido de la boda de Hipo y Kateriina ni siquiera podía considerar que habían combatido como tal— y le desagradaron los nervios que invadieron su estómago, casi como si aquella fuera su primera vez que iba a la guerra. En realidad, desconocía qué había visto Hipo con exactitud. Su novio estaba tan agobiado por tomar el vuelo que no se había explayado en dar detalles salvo que Thuggory iba atacar la Isla de los Marginados con toda su flota y que su padre estaba vivo y su vida corría peligro.
Astrid no supo cómo reaccionar a lo de que Estoico estaba vivo. ¿Había sospechado que pudiera estarlo? Evidentemente, pero eran suposiciones que nunca había querido hacer con Hipo por miedo a brindarle falsas esperanzas. Sin embargo, Hipo tenía tanta prisa por marcharse del nido de Valka, que ni siquiera se detuvo a escuchar sus preguntas. Es más, él mismo examinó el ala de Tormenta para comprobar si estaba capacitada para seguir el ritmo de vuelo de Desdentao.
—¿Puedes volar a más velocidad de lo normal? —le preguntó Hipo a la Nadder.
—Puedo intentarlo —respondió Tormenta convencida.
Hipo pasó sus manos por el ala de la dragona con un fulgor verdoso de magia curativa. Cuando aún poseían el grimorio, su novio había estudiado con detenimiento el arte de la curación, un tipo de magia que se le daba inusualmente bien, probablemente porque requería una capacidad de concentración que él manejaba casi a la perfección. Cierto era que no era capaz de realizar ciertos hechizos curativos que requerían un control exquisito de su magia —hechizos que incluso la propia Astrid tampoco era capaz de aplicar a día de hoy—, pero había sido lo bastante habilidoso como para ejecutar sus pocos conocimientos en los dragones. Cuando Hipo terminó, Tormenta parecía haber recuperado prácticamente todo el movimiento de su ala e Hipo le dio unas palmaditas en su lomo antes de montar sobre su propio dragón.
Astrid subió sobre Tormenta sin cruzar palabra con ella. La tensión entre ambas amigas era palpable, pero no era el momento para entrar en una nueva discusión, más sabiendo que Tormenta no iba a soltar prenda sobre Valka por mucho que le insistiera. La bruja miró hacia donde su ubicaba la caverna donde habitaba la madre de Hipo. Sin lugar a dudas, Valka era una persona peculiar, pero lo que más inquietaba a Astrid era la cantidad de secretos que escondía: por un lado las extrañas circunstancias que rodeaban el nacimiento de Hipo, el cual parecía haber traído consecuencias que ni su novio ni ella misma lograban comprender; por el otro, lo que fuera que se escondiera bajo el lago del nido, protegido ya no solo por ella, sino por aquel dragón alfa. Era indudable que lo que hubiera allí abajo debía estar relacionado con la magia, pues Astrid casi podía saborearla de lo intensa que era, aunque no podía adivinar el qué podía ser.
Al menos estaba segura de que Valka no podía ser una bruja por el simple hecho de haber dado a luz a Hipo, pero que se hubiera dado cuenta de que ella era bruja con solo estudiar su lenguaje no verbal era raro.
Muy raro.
Ella era una bruja y estaba orgullosa de ello, pero no era algo que fuera cantando a los cuatro vientos, más ahora que se había acostumbrado a pasar como humana por casi dos años. Si Valka se relacionaba con brujas, convendría descubrir con cuales, aunque de momento era algo que tendrían que esperar por descubrir. No obstante, Astrid daba por sentado que aquella no sería la última vez que verían a Valka, más sabiendo que si ella era el guardián debían descubrir a toda costa lo que ocultaba bajo esas aguas.
Encontrar la salida del nido fue más fácil de lo que en un principio pensaron. Siguieron a varios dragones que sortearon las columnas de hielo y piedra con una gracia envidiable y salieron al helado exterior en cuestión de minutos. El cielo estaba despejado de nubes y el sol salía por el este; sin embargo, hacía un frío de mil demonios. Astrid se estremeció, pero Hipo había sido lo bastante previsor como para darle una de las mantas que usaban para dormir a modo de capa, puesto que los cazadores de brujas le habían quitado toda su ropa de abrigo cuando la atraparon la noche anterior.
Volaron a una velocidad de vértigo. Era toda una suerte que Hipo hubiera tratado el ala de Tormenta para que pudiera seguir el ritmo vertiginoso del Furia Nocturna porque en una circunstancia normal habría sido imposible volar a tal velocidad. Además, Hipo volaba sin preocuparse de que fueran vistos o no, total, se iban a la boca del lobo y si Le Fey no había descubierto todavía que estaban en el Archipiélago por los eventos de anoche, era indudable que iba a descubrirlo ahora.
Supuso que o bien la notificación de Eret sobre su captura no había llegado a tiempo a Thuggory o sencillamente había decidido ignorarlo para enfocarse en el ataque hacia la Isla de los Marginados. Astrid realmente necesitaba ubicarse con la situación real del Archipiélago, sobre todo para entender quién estaba del lado de la supuesta resistencia que había mencionado Elea la sirena y a quién se enfrentaban además de Le Fey, Thuggory y los Gormdsen.
Durante el viaje, Astrid pudo sentir la tensión y la magia de Hipo desde la distancia que los separaba. No podía saltar sobre Desdentao debido a la velocidad a la que estaban volando, pero estaba convencida de que Hipo debía estar trazando un plan en base a su premonición. La bruja no podía ignorar tampoco su propio nerviosismo. Ella no era de ir a batalla a ciegas, siempre coordinaba una estrategia de ataque y un plan de escape por si se daba el caso de necesitarlo. La desesperación de Hipo, marcada por el poquísimo tiempo que disponía para salvar a su padre, había impedido que pudieran discutir siquiera qué demonios iban hacer cuando llegaran a la Isla de los Marginados.
Volaron todo el día, sin parar a comer o a descansar, y cuando entró la noche, la luna llena brilló en todo su esplendor. A Astrid le dolían las piernas por haberse pasado tantas horas sobre la Nadder, pero su dolor pasó a un segundo plano cuando por fin alcanzaron su destino. Tal y como Hipo había predicho, la flota de Thuggory estaba atacando la isla con bolas de fuego lanzados desde catapultas que tenían instaladas desde sus barcos. Astrid se ubicó junto a Hipo, con el corazón en un puño, y preguntó:
—¿Qué necesitas que hagamos? ¿Dónde está tu padre?
—En el establo —respondió él señalando un edificio con el tejado en llamas con la mandíbula muy tensa—. Se va a derrumbar en cualquier momento, tenemos que bajar.
Astrid cogió de su brazo para detenerle.
—Yo detengo el derrumbe y tú apaga las llamas —le indicó la bruja muy seria.
—Pero…
El rugido de unos dragones que volaban alrededor de la isla lo silenció. Al parecer, los jinetes de Gormdsen debían estar dando apoyo a Thuggory desde el cielo.
—Les daremos tiempo suficiente para salir —insistió ella—. Hay aprovechar el factor sorpresa, Hipo. Nadie nos espera aquí y Desdentao cuenta con potencia suficiente para destruir las catapultas.
—¿Y qué vas hacer tú? —cuestionó él con el ceño fruncido.
Astrid respiró hondo y cerró los ojos para concentrarse. Había hecho aquello millones de veces antes y solo esperaba que su magia no le fallara esta vez. Se escuchó un relámpago a lo lejos y el viento cambió de repente.
—¡Astrid! ¡El establo! —gritó Hipo de repente.
La bruja detuvo su tormenta para enfocar toda su energía mágica en hacer levitar los escombros ardientes del tejado. El fuego que había estado consumiendo el edificio también se extinguió gracias al apoyo de Hipo.
—No salen —dijo él en pánico al cabo de unos segundos—. ¿Por qué no salen?
—¡Yo me encargo! ¡Haz lo que te he dicho! —le ordenó ella mientras volvía a centrar su atención en convocar a la tormenta sin abandonar el hechizo de levitación puesto sobre el estado.
Hipo asintió y se colocó en posición para descender a toda prisa hacia los barcos de los Cabezas Cuadradas. Desde la distancia en la que se encontraba, los gritos y el caos que habían bajo ella eran difíciles de apreciar, aunque la tormenta eléctrica retumbaba contra sus oídos como los cantos de las mismísimas valkirias. Astrid enfocó su mirada hacia el establo y respiró aliviada cuando vio a Estoico salir —era imposible no reconocerle aún desde esa distancia— junto con otra persona con pinta de escualida. La bruja deshizo el hechizo tras dar varios minutos de margen por si alguien más debía salir y se dirigió a Tormenta.
—No puedo hacer nada sin armas, así que necesito que me dejes en tierra.
—¿Qué? ¿Estás loca? ¡Te matarán según te vean! —exclamó Tormenta horrorizada.
—Muy torpe tengo que ser para que un puñado de vikingos puedan conmigo —clamó Astrid y le dió unas palmaditas en su cuello—. Estaré bien, quédate volando cerca por si te llamo y, si ves van tras de ti, te largas.
—Astrid, ¿qué pretendes hacer? —cuestionó Tormenta horrorizada.
La bruja estrechó los ojos par definir su visión.
—He luchado en suficientes batallas como para saber que la clave para acabar con un ejército es derrocar a su líder —explicó echándose el pelo hacia atrás.
—Pero Hipo…
—Deja que él se encargue de los barcos y de los dragones. Está mucho más a salvo sobre Desdentao que en plena batalla campal.
Tormenta seguía sin estar convencida de su plan, pero Astrid se echó hacia delante para indicarle que aquel era el fin de la discusión. La Nadder descendió en picado hacia la isla y la bruja sostuvo la montura con tanta fuerza para aplacar la sensación de vértigo de su estómago que se le quedaron los dedos entumecidos. Sin embargo, cuando se encontraba a suficiente distancia del suelo, se soltó el arnés y saltó de la silla. Cayó sobre sus pies, aunque rodó para compensar el peso de su cuerpo de la caída y terminó de rodillas en el suelo. Un hombre reparó en su presencia enseguida y se abalanzó sobre ella gritando como pollo sin cabeza. La bruja no necesitó levantarse para evadir su hachazo y mover sus piernas para tirar a su atacante al suelo. El hombre jadeó de la sorpresa, pero antes de que pudiera actuar, Astrid ya le había arrancado el hacha de la mano y le noqueó con el extremo de la empuñadura.
Miró el hacha con desdén. Era demasiado pesada para su brazo y estaba muy mal cuidada, con rastros de óxido en el acero, pero menos era nada. Barrió el lugar con la mirada para buscar a Thuggory a la vez que la gente, sin importar el bando, gritaba aterrada ante el reconocido silbido de cierto dragón.
—¡Furia Nocturna!
—¡Agachaos!
Astrid corrió por las calles bañadas por la sangre y las vísceras de hombres y mujeres por igual que habían caído en combate. La bruja siempre había creído que los humanos luchaban con excesiva violencia, aunque probablemente ella no era la más adecuada para quejarse cuando había descuartizado a un hombre vivo sin despeinarse no muchos meses atrás. Se cruzó con una mujer que intentó arremeter contra ella. Astrid intentó noquearla, pero era bastante más rápida y violenta que el hombre que la había atacado antes, lanzando estocadas con su espada sin darle cuartel. La bruja, irritada por el tiempo que le estaba haciendo perder aquella imbécil, cogió de su muñeca y se la retorció hasta que consiguió que soltara el arma. Sin embargo, la Cabeza Cuadrada sacó una daga que no se la clavó en su costado de puro milagro y Astrid, consciente de que no pararía hasta matarla, hundió el filo del hacha en su cuello. Cualquier hacha decente hubiera decapitado su cabeza de una sola estocada, pero aquel hacha de mierda sólo llegó hasta la yugular. La mujer intentó quitársela de encima golpeándola inútilmente hasta que se ahogó en su propia sangre. Una vez muerta, Astrid empujó su cuerpo para desatascar el filo del hacha del cuello de la mujer y un chorro de sangre empapó su cara. El cadáver cayó al suelo y Astrid intentó limpiarse la sangre de su rostro con la manga de su túnica cuando escuchó:
—¡Ey! ¡Thuggory! ¿Esa no es una de los Jinetes de Mema?
Astrid giró la cabeza buscando el origen de aquella voz. Había mucho ruido y caos a su alrededor, pero su instinto supo indicarle hacia dónde debía dirigirse. Corrió como si la vida le fuera en ello hasta que alcanzó una calle amplia donde un hombre muy alto tenía su hacha alzada para clavársela en una escuálida mujer.
Astrid necesitó dos segundos para procesar que el tipo era Thuggory y la víctima era Brusca, por lo que no se lo pensó dos veces. Alzó su hacha con las dos manos y la tiró contra el arma del Cabeza Cuadrada. Su hacha impactó con tanta fuerza contra el acero del de Thuggory, que se la arrebató de las manos de un solo golpe y se quedó clavada en el suelo, dejándole lo que venía a ser en shock.
—¡Ey, pedazo de cabrón! ¿Por qué no te metes con alguien de tu tamaño?
Thuggory se giró tan confundido como impresionado porque alguien le hubiera desarmado con tanta facilidad. Al igual que ella, estaba cubierto de sangre que probablemente no sería ni suya. Astrid nunca había tratado con Thuggory en persona ni había estado a una distancia cercana para apreciar lo corpulento y alto que era. Le había visto los días previos a la boda de Hipo y Kateriina y, desde la distancia, tuvo la impresión de que era un hombre melancólico, taciturno y muy distante. Hipo le había explicado que Thuggory era una persona muy introvertida y reservada, que siempre le había costado relacionarse con los demás. Su juventud marcaba un inevitable distanciamiento con los otros Jefes, pero su posición también impedía que pudiera relacionarse con los de su edad con tanta familiaridad como un chico normal o un heredero de Jefatura como Hipo o Camicazi.
El rol de Thuggory en toda aquella historia era un auténtico misterio para ella. Le Fey se había apoderado del cuerpo de Kateriina Noldor, su prometida, y había roto su enlace para acercarse a Hipo y, en consecuencia, a ella. Cabía la posibilidad de que estuviera sometido al hechizo mental de Le Fey y que por ese motivo estuviera peleando para ella o incluso que Le Fey pudiera estar fingiendo ser Kateriina para convencerle de que se quedara en su bando. Fuera lo que fuera, Thuggory era la mano derecha de la reina y aún tenía que decidirse si lo mejor era quitárselo de en medio o usarlo contra ella.
Astrid tragó saliva. Ya solo por su tamaño no iba a ser nada fácil noquear a alguien como Thuggory y mucho menos desarmada. Miró a Brusca, quien seguía sujeta del brazo del Cabeza Cuadrada con una expresión de pura sorpresa y pánico, como si no se creyera que ella estuviera allí delante.
—Eres más bajita de lo que dicen —dijo Thuggory de repente.
Astrid apretó los puños para contener la magia que se moría por descargarse sobre el Cabeza Cuadrada.
—Suéltala —le ordenó la bruja.
—¿Por qué? —cuestionó el vikingo—. Es una traidora y una criminal en búsqueda y captura, al igual que tú, tu novio y el resto de personas que se encuentran aquí.
—El único traidor que hay aquí eres tú —escupió Astrid—. No te lo voy a repetir: suéltala ahora o tendrás que hacerlo por las malas.
—¿Por las malas? —se mofó Thuggory—. ¿Crees que me das miedo? No intimidas ni una cuarta parte de lo que piensas, chica.
A Astrid le cabreó tantísimo su arrogancia que decidió no contenerse con él. Sin moverse de donde estaba, cogió a Thuggory del cuello con su magia y apretó con fuerza. El vikingo soltó un jadeo, pero no se resistió a la mano invisible. Extrañada por su inusual pasividad, Astrid decidió apretar un poco más hasta que, de repente, un ente invisible la empujó y provocó que diera un traspiés hacia atrás. Thuggory cogió una fuerte bocanada de aire y se llevó la mano que tenía libre para masajear su cuello. La bruja no comprendió qué estaba pasando, había sido como si hubieran cortado el brazo invisible que unía su magia con el cuello de Thuggory.
—¡Astrid! —gritó de repente de Brusca, como si hubiera despertado por fin del shock—. ¡Thuggory está vin..!
Astrid no pudo escuchar el resto de lo que su amiga tenía que decir porque el vikingo la golpeó con tal violencia en la cabeza que cayó como un peso muerto en el suelo. La bruja, movida por la ira, se abalanzó sobre él desarmada y dispuesta a destrozarle la cara a aquel grandísimo hijo de perra. Thuggory aplacó su puño con su mano aunque dio un paso hacia atrás apretando los dientes.
—Joder, sí que tienes fuerza —comentó él sorprendido.
—¿Qué te pensabas? —escupió ella—. ¿Que por ser más bajita que tú ibas a tener la batalla ganada?
Thuggory intentó torcer su puño, pero Astrid soltó una pequeña descarga que le obligó a soltarla. Astrid le propinó un puñetazo en su mandíbula y, después, le dio otro en el estómago. El vikingo jadeó y cayó sobre sus rodillas mientras Astrid daba un paso hacia atrás para darle el golpe de gracia. Sin embargo, cuando la bruja fue a darle una patada en la cara, Thuggory consiguió repeler su ataque cogiendo de su pierna y tiró de ella para lanzarla al suelo. Astrid se dio en la cabeza y su visión se emborronó por unos segundos, pero fue lo bastante espabilada como para rodar por el suelo y evitar que Thuggory le diera un pisotón.
—¡Estate quieta, joder! —gritó el Cabeza Cuadrada furioso.
Astrid parpadeó una par de veces para enfocar sus ojos e impulsó sus pies para lanzarse sobre él. Thuggory cayó sobre su espalda con ella encima y Astrid le retuvo con su magia contra el suelo para asegurarse de que no se moviera y así poder golpearle la cara a gusto. No obstante, cuando iba a brindarle el tercer puñetazo, Thuggory se liberó inexplicablemente de su hechizo y consiguió rodear su brazo alrededor de su cuello, forzando su espalda contra su pecho para que no pudiera liberarse con tanta facilidad. Astrid intentó zafarse de él, pero entonces Thuggory se puso en pie y Astrid se vio en la horrible situación en la que apenas podía pisar el suelo con la punta de sus pies de lo alto que era el Cabeza Cuadrada.
—Admito que te he subestimado, bruja —clamó Thuggory molesto—. Los rumores sobre ti no eran meras exageraciones, aunque sí creo que te has precipitado un poco lanzándote como una loca sobre mí.
Astrid intentó liberarse por todos los medios, pero solo consiguió que Thuggory presionara su brazo con más fuerza contra su garganta, cortándole más y más la respiración. Se preguntó cómo demonios se había podido liberar de su hechizo, ¿acaso su magia había vuelto a fallar? ¡No tenía sentido! ¡Su magia no solía revelarse en situaciones de peligro!
—¿No te puedes estar quieta? —protestó él irritado apretando con más vehemencia.
La bruja intentó convocar su magia para que un rayo cayera sobre ese capullo, pero por alguna razón ésta no acudió a su llamada. Era muy extraño, no era como en esas ocasiones en las que su magia no quería obedecer, sino más bien parecía como si quisiera salir y no pudiera hacerlo. Era como si estuviera bloqueada dentro de ella.
Desesperada, Astrid decidió cambiar de estrategia.
Llevó sus manos hasta el brazo de Thuggory e impulsó sus piernas todo lo arriba que pudo para seguidamente dejar caer todo el peso de su cuerpo. El agarre del brazo se aflojó al instante por su repentino movimiento, pero Astrid no soltó el brazo de Thuggory hasta que consiguió girar su enorme cuerpo por encima de su espalda para arrojarlo al suelo. El Cabeza Cuadrada soltó un quejido, quedándose unos segundos sin aire por el impacto.
La bruja pudo aprovechar aquel momento para matarlo. Podría coger su hacha y decapitarlo allí mismo. Sería una baja significativa para Le Fey, su mano derecha humana asesinada por la que un día fue su mano derecha entre las brujas. Sin embargo, cuando ambos cruzaron las miradas, Astrid pudo ver más allá de la ira en sus ojos: había impotencia, tristeza y una enorme resignación.
—Hazlo rápido, por favor —le pidió Thuggory sin poder ocultar su anhelo.
Astrid parpadeó sorprendida por su súplica. Su último golpe le había debilitado —en el caso de una persona normal le habría dejado totalmente fuera de combate—, pero era como si ya no tuviera más ganas de pelear, ni con ella ni con nadie. Parecía muy cansado, harto de tener que cargar con cargas que ni la propia Astrid lograba entender del todo. Sin embargo, en ese instante comprendió que Thuggory no estaba bajo el hechizo de Le Fey, que seguía siendo dueño de su persona y de su plena voluntad, pues Astrid había vivido tiempo suficiente con la reina para diferenciar quién estaba sometido a ella y quién no.
La bruja cogió el hacha de Thuggory que se había quedado clavada en el suelo. A diferencia de la otra que había empuñado antes, aquella se veía nueva y bien cuidada. Seguía siendo un poco pesada para su brazo, pero era algo que Astrid podía soportar. No iba a matarle, su conciencia y su instinto le advertían de que no lo hiciera, pero podía dejarle inconsciente el tiempo suficiente para coger a Brusca y llevarla a un lugar seguro. Sin embargo, antes de que pudiera girar sus pies de nuevo hacia Thuggory, el hombre se había levantado para arremeter de nuevo contra ella, consiguiendo pillarla desprevenida y tirarla al suelo para dejarla totalmente bloqueada con el peso de su cuerpo.
El vikingo apretó sus manos con fuerza contra su garganta. Astrid, ansiosa y desesperada, intentó quitárselo de encima, rabiosa por haberse dejado engañar con tanta facilidad.
—Deja de resistirte, bruja —dijo él entre dientes.
Astrid sentía que sus ojos se aguaban por el esfuerzo y rezó a Freyja porque Hipo no se cayera de Desdentao a causa de la asfixia. Con sus últimas energías, cogió de las muñecas de Thuggory y empujó contra él. Thuggory abrió mucho los ojos, impresionado por su fuerza, mientras que Astrid se esforzaba por mantener aquel pulso. Consiguió coger algo de aire, pero era inútil, se estaba quedando sin energías y en cuestión de segundos Thuggory la asfixiara con sus manos.
¿Por qué se había precipitado tanto?
¿Ahora que por fin habían regresado iba a morir de una forma tan patéticamente humana?
No podía morir.
No sin acabar lo que habían empezado.
De repente, escuchó un golpe seco y las manos de Thuggory se aflojaron hasta tal punto que todo el peso muerto de su cuerpo terminó cayendo sobre ella. Astrid soltó un quejido de dolor, pero consiguió quitarse al hombre de encima para encontrarse con una aterrorizada Brusca, con la cara y el pelo cubiertos de la sangre de la herida en su sien, armada con una piedra y temblorosa como una hoja.
—¿Está muerto? —preguntó la vikinga en un hilo de voz.
Astrid posó sus dedos contra el cuello de Thuggory para sentir su pulso y observó cómo la herida abierta a la altura de su nuca estaba sangrando a borbotones.
—Está vivo —confirmó la bruja.
—Vale.
Brusca alzó la piedra para golpear su cabeza de nuevo, pero Astrid consiguió detenerla a tiempo. La vikinga se derrumbó prácticamente contra su cuerpo, demasiado débil y agotada como para mantenerse sola en pie.
—¡Hay que matarlo, As! —clamó la vikinga ansiosa—. Así acabaremos con ella.
—¿De qué demonios estás hablando?
La vikinga iba a responder cuando escucharon un gemido a su lado. Astrid se giró de nuevo hacia Thuggory y contempló horrorizada cómo la herida de su nuca se cerraba ante sus ojos como por arte de magia.
—Está vinculado con Le Fey —dijo Brusca casi sin voz.
—Es imposible —musitó Astrid—. Se supone que… se supone que no puede curar sus heridas a través de ella misma… No… No puede ser.
Cuando Thuggory empezó a incorporarse, Brusca cogió a Astrid de la mano aterrorizada y la bruja supo que ella sola no podía vencer a alguien que era prácticamente inmortal. Astrid tiró de la mano de Brusca para correr lejos de allí y encontrar un lugar seguro en el que esconderse y pensar en qué hacer ahora. Sin embargo, la vikinga estaba demasiado débil para andar por su cuenta, así que Astrid la cargó en su espalda sin pensárselo dos veces.
—Astrid, tenemos que ir hacia la montaña —dijo Brusca rodeando su cuello con sus delgados brazos.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó ella metiéndose entre las casas para que Thuggory no les siguiera la pista.
—Estoico y Alvin han dado orden de esconder a los niños y a todo aquel que no pueda luchar allí. Tienen un conjunto de túneles bastante grande.
—¿Dan a alguna salida? —preguntó Astrid deteniéndose en un callejón para coger aire.
—Que yo sepa no —respondió Brusca.
—¿Entonces por qué coño creen que es buena idea meter a todo el mundo en una puta ratonera? —cuestionó la bruja furiosa—. ¡Hay que largarse de aquí!
Brusca se deslizó de su espalda y se apoyó contra la pared de madera de la casa.
—Da igual que salgamos volando o cojamos un barco, Le Fey podrá alcanzarnos de una manera u otra.
Astrid se llevó las manos a la cintura, intentando convocar esa idea brillante que debía salvarles. Miró a Brusca de reojo y se dio cuenta que la observaba de arriba abajo sin ningún miramiento.
—¿Qué pasa?
—Es que… llevo tanto tiempo esperando este reencuentro que se me hace raro que ahora sea real. Me gusta el corte de pelo, por cierto —comentó la vikinga algo azorada—. He tenido que soportar tanto por llegar hasta aquí que se me hace hasta surrealista tenerte delante. Se supone que mañana partíamos a buscaros hacia el norte y vas tú y apareces como si nada…
—Espera, ¿cómo sabías que estábamos en el norte?
Brusca abrió la boca, pero volvió a cerrarla, como si necesitara pensarse bien su respuesta.
—No te enfades —le pidió su amiga.
—¿Por qué iba a enfadarme? —cuestionó ella recelosa.
—Porque hemos contado con una ayuda que puede que no apruebes.
Ambas mujeres se agacharon cuando un dragón voló cerca de los tejados de las casas entre las que se estaban ocultando.
—¿Quién? —preguntó Astrid todavía escéptica.
—Heather —respondió Brusca mordiéndose el labio.
—¡¿Qué?! —chilló la bruja indignada—. ¡¿Qué coño hacéis trabajando con esa hija de perra?! ¿No te dije que pertenecía al aquelarre de Le Fey?
—¡Le Fey la echó, Astrid! —insistió Brusca exasperada—. ¡Pero eso no importa ahora! Hay que alcanzar los túneles y bloquearlos para que no entren.
Astrid se llevó la mano a su flequillo para apartárselo de la cara.
—Es un suicidio, Brusca —dijo la bruja—. Tiene que haber otra alternativa, otra…
El brillante plan que tanto estaba buscando se encendió en su cabeza como cuando chasqueaba los dedos para encender la mecha de una vela. No sabía porque una idea tan descabellada podría venírsele así como así, pero supuso que la desesperación causaba que se le ocurrieran las cosas más descerebradas.
—Tienes cara de que se te ha ocurrido una locura —observó Brusca intrigada.
—Necesito encontrar a Hipo —dijo la bruja ansiosa—. Tienes razón: hay que replegar a toda la gente hacia la montaña, pero incluyendo a todos los que están peleando.
—¿Qué? —soltó Brusca desconcertada—. ¿Y cómo vamos a resistir el ataque?
—No vamos a hacer nada de eso —replicó Astrid muy seria—. Ve a la montaña lo más rápido que puedas y encárgate de evacuar a todo el mundo en un mismo lugar —la vikinga asintió, pero Astrid cogió de su brazo—. Lo más importante de todo es que encuentres a Heather, Brusca.
—¿Para qué? —preguntó Brusca inquieta.
—¡No hay tiempo para explicaciones! —replicó la bruja consciente de que contaban con poco tiempo para actuar y asomó la cabeza fuera del callejón para ver cómo estaba el panorama. Hizo una seña a Brusca para que se acercara a su lado—. Corre como si tu vida dependiera de ello.
La vikinga asintió a su orden y trotó hacia la montaña mientras Astrid esperaba a que Hipo la encontrara guiado por el vínculo. En cuestión de segundos, Desdentao aterrizó sobre uno de los tejados del callejón e Hipo bajó de un salto para estrecharla entre sus brazos con tanta fuerza que casi no la dejaba respirar.
—¿Quién demonios ha pasado? ¡No había forma de encontrarte! —dijo alarmado cuando rompió el abrazo, llevando sus manos hacia su cuello donde empezarían a verse los mismos cardenales que podían apreciarse en el suyo.
—Thuggory —respondió ella sin extenderse en dar explicaciones y cogió de sus manos para que el cosquilleo del vínculo calmara sus pobres nervios—. Tengo un plan, pero es una locura.
—No empiezas bien para convencerme —comentó él estrechando los ojos.
—¿Recuerdas el capítulo de la magia del desplazamiento del grimorio?
Hipo alzó una ceja desconcertado.
—¿Cómo no hacerlo? ¡Era mi favorito! Hablaba sobre cómo funcionaba el vuelo entre las brujas —comentó él—, ¿pero no entiendo adónde quieres llegar con eso? Tenemos dragones con los que salir volando.
—¡No hablo de eso! —replicó ella con impaciencia—. Tienes una memoria que es capaz de reproducir casi cualquier cosa que hayas leído, así que me imagino que recordarás cómo acaba ese capítulo en concreto.
El vikingo se quedó pensativo a la vez que su cerebro parecía pasar las hojas de un grimorio invisible a sus ojos. Palideció cuando pareció encontrar la página que estaba buscando.
—Es una puta locura —dijo Hipo escandalizado—. No podemos hacer ese hechizo solos, tú misma me dijiste que requería el poder de una reina para ejecutarlo y… ¿qué pretendes? ¿Aplicarlo sobre toda la isla?
—Únicamente en la gente que necesita huir de aquí —explicó Astrid apurada—. Y no seríamos solo dos, al parecer Heather está por aquí también.
Hipo alzó las cejas.
—¿Es una broma? —cuestionó él sin poder ocultar el escepticismo en su voz.
—No —negó ella con firmeza—. Tenemos que intentarlo, no hay otra forma de hacerlo. Estamos bloqueados por cielo y mar.
Su novio sostuvo su mirada durante unos segundos antes de suspirar resignado.
—No podía ser fácil, ¿verdad? —dijo él con impotencia.
—Hemos venido tan deprisa y corriendo que no hemos tenido ni tiempo para procesar un plan como es debido —argumentó la bruja—. Y la gente de aquí está claramente faltante de recursos. Es obvio que tampoco se esperaban un ataque como este. Hay que replegar a todo el mundo hacia la montaña, Brusca ya está en ello, pero necesito que adviertas a los jinetes que están luchando con los dragones para que hagan lo mismo.
—¿Y los que están en tierra peleando? —cuestionó él angustiado—. Mi padre está luchando ahí fuera, Astrid. No sé cuánto aguantará el fortín de la montaña sin nadie que lo cubra.
—Yo me hago cargo de avisar a tu padre y los demás —le prometió la bruja—. ¿Has conseguido destruir todos los tanques? —Hipo asintió—. Bien, eso nos dará un poco de tiempo. Según llegue todo el mundo a la montaña, aplicaremos el hechizo, así que más nos vale que nos demos prisa.
—¿No puedo ir mejor yo a por mi padre? —sugirió Hipo ansioso.
Astrid negó con la cabeza sintiendo un nudo en su garganta.
—Sé que te mueres de ganas por reencontrarte con él, pero veros supondrá una distracción para ambos y te necesito concentrado. Ya habrá tiempo para hablar cuando estemos a salvo.
Hipo asintió con desgana y Astrid le besó en la comisura de sus labios.
—Procura que no te maten —le pidió ella.
—Tendría que decirte lo mismo, ¿no crees? —cuestionó él apoyando su frente contra la suya y cogiendo de sus manos—. Prométeme que tendrás cuidado.
Astrid puso los ojos en blanco.
—Yo siempre...
—Astrid —le advirtió Hipo clavando sus orbes verdes en las suyas.
La bruja hundió los hombros, pero sonrió levemente.
—Está bien —prometió ella.
Hipo la besó en los labios con su habitual pasión como sello de su promesa y Astrid respondía con el mismo frenesí. Tal vez muchos pensaran que aquel no era el momento más adecuado para besarse así, ¿pero cuándo mejor que ahora? Ninguno de los dos podría soportar abandonar este mundo a sabiendas de que no se habían besado como era debido al menos una última vez. Cuando Hipo rompió el beso y soltó sus manos para escalar hacia el tejado para alcanzar a Desdentao, Astrid tenía la sensación de que tenía mucho frío y que todo lo de su alrededor se venía abajo. Nunca había estado enamorada y, aunque la muerte de Hipo supusiera la suya también, la sola idea de perderlo le inspiraba tanto miedo que casi no la dejaba respirar.
Aún así, no podía dejar dominarse por el pánico. Ella era una guerrera y aquella no iba a ser su última batalla. Había hecho el juramento de no parar hasta acabar con Le Fey y tener las respuestas que llevaba anhelando desde que tenía uso de razón. Se lo debía a sí misma, costase lo que le costase.
Salió de nuevo a la aldea y corrió hacia el corazón del conflicto, no sin antes armarse con un hacha e incluso un escudo que arrancó de los cadáveres desperdigados por el suelo. Para Astrid no era tan fácil plantear una batalla sin tener en cuenta que ya no podía volar por su cuenta, sobre todo porque cuando Tormenta voló cerca de Astrid para que se subiera sobre ella, la bruja decidió priorizar el apoyo a Hipo en desalojar los cielos que en su propia seguridad.
Era difícil adivinar de qué lado debía luchar. Había un popurrí de personas que pertenecían a tribus diferentes y Astrid se vio en la encrucijada de que no saber a quién debía enfrentarse y, lo peor, es que todo el mundo parecía verla como una enemiga. La bruja intentó focalizarse en esquivar los ataques y bloquearlos con el escudo mientras intentaba por todos los medios alcanzar a Estoico. No obstante, cuando estaba a unos diez metros de Estoico y otro tipo con barba negra y cara de amargado, una bruja armada con una lanza se abalanzó sobre ellos aprovechando que estaban entretenidos peleando contra la gente de Thuggory.
La bruja actuó con rapidez. Clavó sus pies en el suelo e impulsó el brazo que cargaba el escudo hacia atrás a la vez que realizaba un rápido cálculo mental. Captó la atención tanto de Estoico y del otro hombre como la del resto de atacantes cuando escucharon sobre sus cabezas el impacto metálico del escudo contra la bruja. Antes de que alguno pudiera reaccionar, Astrid hizo un gesto con su mano que causó que uno de sus rayos cayera entre medias, causando que todo el mundo se echará hacia atrás y generando un incendio que empezó a propagarse con rapidez.
—¿Estás loca? ¿Quién coño te piensas que eres para incendiar mi aldea? —gritó el hombre moreno como un energúmeno.
Agobiada por el poco tiempo que disponían y porque Thuggory podía aparecer en cualquier momento, Astrid ignoró a aquel hombre y se dirigió a Estoico.
—Hay que abandonar la isla, Hipo y yo tenemos un plan, pero necesito que todo el mundo se dirija a la montaña.
—¿Para qué? Los túneles no llevan a ninguna parte —dijo Estoico desconcertado.
—No vamos a salir por los túneles —le prometió la bruja—. Hay otra vía de escape, más arriesgada, pero muy eficiente si funciona.
—¿Cual? —escupió el hombre moreno—. Espero que no sea otro truco de magia, porque empiezo a estar un poco harto de…
—¡Alvin! —le cortó Estoico muy serio—. Si Hipo secunda este plan, yo también.
—¿Y abandonar mi isla, esta batalla y destruir el poco honor que le queda a mi pueblo? —cuestionó el Jefe de los Marginados—. ¡Nunca!
Astrid apretó los puños para contener la rabiosa electricidad que deseaba salir de sus dedos.
—¡¿De qué coño te sirve tu isla si todo el mundo muere?! —gritó la bruja colérica—. ¡No hay que ser una experta para adivinar que son superiores en armamento y ejército en tierra, mar y aire! ¡He luchado suficientes batallas en mi vida como para reconocer cuándo una está perdida y siempre hay que anteponer la seguridad de los nuestros al puto honor que al final no sirve para una mierda!
El tal Alvin parecía dispuesto a discutir con ella cuando Estoico se interpuso entre ellos.
—Alvin, Astrid tiene razón —le advirtió el Jefe de Mema—. Sabes que yo lucharía contigo hasta el final, pero también tenemos que pensar en los refugiados y en toda tu gente. Esta batalla está perdida desde que comenzó.
El Jefe de los Marginados parecía tener un auténtico dilema interno. ¿Luchar como vikingos o huir como cobardes? Astrid comprendía la humillación que debía suponer para aquel hombre tener que abandonar su hogar para escapar con el rabo entre las piernas, pero también consideraba que morir por una batalla perdida era una soberana estupidez. ¿De qué servía morir con honor? ¿Qué iban hacer con el puñetero honor si estaban muertos? Astrid jamás había comprendido el concepto del honor entre los vikingos, pero no creía que el orgullo de un pueblo tuviera que estar por encima del pueblo en sí.
Los Cabezas Cuadradas gritaban al otro lado de la barrera de fuego, buscando una forma de rodearlo o atravesarlo para seguir con la batalla. Astrid observó con el corazón en un puño que Thuggory caminaba hacia la barrera de fuego, decidido a reorganizar a sus gente para un nuevo ataque. Sin embargo, la presencia del Jefe de los Cabezas Cuadradas, la cabezonería de Alvin en escucharles o sencillamente la situación de por sí no fue lo que causó que Astrid entrase en verdadero pánico. Cuando cayeron los primeros copos de nieve, por un segundo pensó que sería cosa de su imaginación, una triquiñuela de su cabeza generada por el estrés y el cansancio. Su tormenta seguía presente, pero sintió de repente algo estrujarse dentro de ella que hizo que se llevara la mano al pecho, como si otro ente mágico quisiera apoderarse de su hechizo.
—¿Esto es cosa tuya? —preguntó Estoico confundido extendiendo su mano para palpar la nieve.
—Tiene que ser brujería, estamos a menos de un mes de entrar en verano. Ya nunca nieva en esta época —replicó Alvin igual de desconcertado.
De repente, un pestilente olor llegó a las fosas nasales de Astrid. La bruja no pudo contener una arcada y tuvo que taparse la nariz a tiempo para aplacar sus náuseas. Sintió que algo se desgarraba dentro de ella cuando su tormenta se disipó y empezó a nevar con mucha más intensidad a la vez que se levantaba un viento que hasta podía llegar a helar la sangre.
—Tenemos que irnos —dijo la bruja sin poder ocultar su terror.
Estoico se vio alarmado por su repentino cambio de tono y su expresión de horror, pero Alvin no pareció prestarle atención.
—¡No pienso irme sin partirle la cara al niñato de Thuggory!
La bruja bloqueó su paso y negó con la cabeza repetidamente sin quitarse la mano de su boca y su nariz.
—No lo entendéis, ella está aquí.
Al principio, Alvin no pareció comprender a quién se estaba refiriendo, pero Estoico palideció tanto que la bruja pensó que iba a darle un infarto en cualquier momento. Astrid siempre había sido una bruja precavida, de esas que siempre imaginaban que el escenario podía ser peor del que tenían. Sin embargo, aquella noche, con la peste de Le Fey abordando su nariz y los dedos de sus pies congelándose bajo la densa capa de nieve que caía sin intención de parar, Astrid pensó que la situación ya no podía ser peor. Que Le Fey apareciera por allí complicaba todo por mil y ninguno de los allí presente, ni siquiera ella, estaban capacitados para hacerla frente. Elea se lo había dicho, para ganar la guerra y vencer a la Le Fey tenían que cumplir con todas las predicciones del agua y no habían conseguido ni una de ellas todavía.
—¿Qué hacemos, As...Astrid? —preguntó Estoico tiritando con la barba cubierta con una fina capa de escarcha.
—Seguir con el plan —respondió la bruja esforzándose en sonar segura de sí misma, aunque no pudo contener otra arcada por la peste que se colaba tras la barrera de su mano—. Id hacia la montaña y que toda la población se reúna en un mismo lugar. Aseguraos de que Hipo esté a salvo y encontrad a Heather. La distraeré todo el tiempo que pueda hasta que pueda unirme a vosotros.
—Pero Astrid…
—¡Haced lo que os digo, hostia! —chilló la bruja impaciente—. ¡No tenemos tiempo! ¡Venga!
Movidos por el miedo en su voz y la urgencia extrema de la situación, Estoico, Alvin y el resto de personas que peleaban en su bando corrieron hacia la montaña, luchando contra la tormenta de nieve que se había levantado de la nada. La nieve extinguía con rapidez la barrera de fuego y escuchó cómo los Cabezas Cuadradas se sobreexcitaban ante la perspectiva de volver a entrar en batalla. Astrid se apartó la mano de su nariz y cerró los ojos para concentrarse en lo que realmente importaba. Dejó de escuchar los gritos de los soldados de la reina, de sentir los fríos ojos de Thuggory sobre ella, de helarse por la tormenta de nieve que chocaba contra su piel como si los copos se trataran de pequeñas cuchillas, de oler la peste que inundaba el ambiente por la presencia de Le Fey… Su magia fluyó por todo su cuerpo hasta sus manos, donde la electricidad irradiaba de sus dedos.
La bruja abrió de nuevo los ojos y observó con cierta satisfacción que, a pesar de que el fuego ya se había apagado por completo, ninguna de las personas que tenía ante ella salvo Thuggory habían dando un paso al frente. El Cabeza Cuadrada se paró a una distancia prudencial de ella, probablemente temeroso de que su electricidad pudiera darle, aunque era difícil saber si aquel hombre tenía miedo o no. Su rostro era un papel en blanco, sin emoción alguna, salvo la dureza y frialdad marcada en sus ojos.
—Puedes parar esto —dijo él con voz autoritaria—. Entregaos y no os pasará nada.
—¿Tú piensas que soy gilipollas o qué? —declaró la bruja irritada—. No tengo el más mínimo interés en lo que tú puedas ofrecerme. Largaos ahora de esta isla u os sacaré yo misma a patadas.
El Cabeza Cuadrada alzó una ceja.
—Pensaba que al menos tendrías un poco de cabeza —comentó Thuggory decepcionado—. No puedes ganarla, lo sabes bien, Astrid. Ríndete ahora y ella no descargará su ira contra toda esa gente.
Astrid respiró hondo para contener su magia que estaba ansiosa por desplegarse y matar a aquel hijo de perra traidor.
—¿Te crees que la conoces mejor que yo, Thuggory? —cuestionó Astrid con repulsión—. ¡He desperdiciado veinte años de mi vida en servirla! Sé cómo es Le Fey en realidad, miente más que habla y tú eres tan tonto como para creerla. Además, ¿qué coño ha visto en ti para que te hubiera vinculado con ella?
—¿Y qué vio Hipo en ti para que estuviera dispuesto a dejarlo todo por una cualquiera que se abrió de piernas para él sin pensárselo dos veces? ¡Le hiciste creer que estabas enamorada de él! —replicó Thuggory asqueado—. Antes de conocerte, Hipo gozaba con un buen nombre. Estaba predestinado a ser el mejor de todos nosotros y en establecer por fin la paz entre todas las tribus del Archipiélago. Y entonces apareciste tú, quién hasta dónde yo sé, no eres nadie. Una bruja sin nombre, sin honor, con las manos manchadas de sangre desde que apenas eras una niña —Astrid dio un respingo—. ¿Crees que no sé nada de ti? Le Fey me lo ha contado todo, bruja. Eres egoísta, codiciosa de poder que miras más por ti misma que por los demás. ¿No le cortaste un dedo a tu mejor amiga para entrar en el ejército? ¿No decapitaste a un hombre que había perdido a toda su familia para ganarte la atención de la reina? Y no te conformaste solo con eso, ¿verdad? No solo traicionaste a tu reina, sino que cuando te exilió te aprovechaste de Hipo, envenenando su mente con tus mentiras, follándotelo cuando debía ser fiel a su futura esposa…
Astrid puso los ojos en blanco y soltó un jadeo de impaciencia.
—¿Vas a extenderte mucho? No me estás contando nada que ya no sepa —le cortó la bruja irritada—. Entiendo que quieras ponerme en la posición de la bruja malvada, sádica y ninfómana, pero es que yo no tengo que justificarme ante nadie y mucho menos ante alguien como tú, Thuggory. Será todo lo horrible que quieras, pero al menos no soy el perrito faldero de una psicópata. Por esa misma razón Le Fey quiso quitarme de en medio.
—¿Sólo por eso, Astrid? —dijo una voz sobre ella.
La reina flotaba sobre sus cabezas, vestida con su vestido vaporoso del aquelarre, decorado con baratijas de oro y llevaba una corona de flores moradas sobre su largo cabello azabache. Había detenido la tormenta de nieve y todos los hombres y mujeres que estaban tras Thuggory se arrodillaron al mismo tiempo como si se trataran de marionetas. Astrid contuvo la respiración, asqueada por la peste que emanaba del cuerpo de Le Fey, el cual era mucho más intenso de lo que recordaba. No le pasó por alto sus evidentes cambios físicos. Kateriina se había presentado en Isla Mema como una mujer delicada, mojigata y con aire virginal, pero Le Fey había modificado su cuerpo con curvas tan marcadas que resultaban hasta obscenas y ahora casi parecía una mujer totalmente distinta. Sin embargo, por muy cambiada que se viera, Astrid reconoció la expresión sádica y fría de Le Fey en el rostro de Kateriina Noldor.
Da igual el tiempo que pasara, seguía siendo la misma hija de perra que siempre.
—Por Freyja, Astrid, qué pinta más repugnante tienes, ¿has cogido peso? —comentó Le Fey con una sonrisa malvada—. ¿Y esos pelos? Para una cosa bonita que tenías, ¿y vas y te lo cortas?
Astrid no respondió. Le costaba acostumbrarse a su pestilente olor y sus manos, aún cubiertas por su magia, temblaban por su inevitable sensación de terror por volver a verse cara a cara con Le Fey. Sin embargo, Astrid no podía darse el lujo de dejarse intimidar, mucho menos ante la reina.
—Que te jodan —soltó Astrid con furia.
La bruja descendió hasta que sus pies desnudos se posaron sobre la nieve, a unos diez metros de donde se encontraba ella y con Thuggory pisándole de los talones.
—Tengo que decir que estoy muy sorprendida de verte por aquí, ¿dónde está tu novio? —cuestionó la reina con voz melosa, pero Astrid no respondió—. ¡Vamos, Astrid! Voy a mataros igualmente, mejor hacerlo rápido y sin hacerme perder el tiempo, ¿no crees? De igual forma, antes debes entregarme el grimorio.
Astrid sostuvo su mirada en silencio. Tal vez el hecho de que Finn Hofferson les hubiera robado el grimorio acabaría jugando a su favor después de todo.
—No sé de qué me hablas —respondió la bruja fingiendo indiferencia y sacudiendo los hombros como si la cosa no fuera con ella.
De repente, Astrid sintió una mano invisible apretar contra su garganta. La bruja, muy acostumbrada a estos ataques de Le Fey, dio un paso hacia atrás y formuló un hechizo por lo bajini que disolvió la presión de su cuello al instante. La reina estaba claramente molesta por su acción, pero al menos no volvió a repetir el conjuro de asfixia.
—Tu amiguita me confesó que te llevaste el grimorio el día que huiste con tu novio de Mema —explicó la reina—. Ese libro es mío, así que o me devuelves ahora o te juro que arraso todo este islote.
—¡Una mierda va a ser tuyo! —escupió Astrid furiosa—. ¡Ese libro pertenecía a Asta Lund! ¡Masha quería dejárselo a ella, no a ti!
Le Fey palideció cuando Astrid pronunció aquellos nombres, hasta tal punto que abrió tanto sus ojos que parecían que iban a salirse de sus cuencas. Dio un paso hacia adelante, pero Astrid se aseguró de dar otro hacia detrás mientras volvía a taparse la nariz por el nauseabundo olor que volvió a emitir el cuerpo de Le Fey.
—¿Cómo demonios sabes tú de ellas? —cuestionó la reina con lentitud—. ¿Cómo puedes saber tú nada de Masha o de Asta?
—Dímelo tú, Moryen —Le Fey soltó un jadeo cuando Astrid pronunció su verdadero nombre—. Las traicionastes, ¿verdad?
—¡Cállate! —gritó Le Fey como una histérica—. ¡Ellas me traicionaron a mí! ¡Ese libro siempre tuvo que ser mío! ¿Me entiendes? ¡Mío!
Astrid sonrió.
—Bueno, pues me temo que seguirá sin ser tuyo, porque si piensas que te lo voy a dar así como así… es que eres más tonta de lo que recordaba.
El plan de Astrid había consistido en entretener a Le Fey todo el tiempo posible hasta asegurarse de que todo el mundo se encontraba a salvo en los túneles de la montaña. Sin embargo, aunque era la parte de distraerla era relativamente sencilla, su plan contaba con una desventaja considerable: Le Fey enfadada era muy impredecible, tanto que ni la propia Astrid sabía bien cómo iba a actuar a continuación para descargar toda su furia.
El hedor putrefacto de la magia de Le Fey se intensificó a la vez que la reina jadeaba por su arrebato de ira y odio contra ella. Thuggory no pudo evitar dar unos pasos hacia atrás, asustado por el estado de la reina, cuyo cuerpo temblaba por la sobredosis de magia que estaba apunto de explotar de ella. Astrid sintió su corazón latir fuerte contra su pecho cuando la nieve empezó a tornarse en hielo y la bruja se aseguró de mover sus pies lo más rápido posible para que no se quedaran congelados y clavados en el suelo. No obstante, cuando empezaron a salir puntiagudos bloques de hielo del suelo, Astrid decidió que aquel era el momento de salir cagando leches de allí.
Sin embargo, correr en el hielo no era fácil. Bueno, más bien era imposible. Resultaba increíble que dada la velocidad en la que estaba corriendo o, más bien deslizándose, Astrid ya no se hubiera dado de morros contra el suelo. No obstante, sabía que iba a ser imposible subir la pendiente de la montaña con todo aquel hielo persiguiendola y la bruja sintió el pánico dominarla. ¿Qué iba hacer? Le Fey había vuelto a volar y la perseguía de cerca mientras Thuggory y su gente retomaban la marcha hacia la montaña como si sus pies no se vieran afectados por el hielo.
—¡No podrás huir de mí para siempre, pequeña rata! ¡Eres mía! —chilló la reina.
Astrid intentó convocar una tormenta sobre Le Fey, pero solo consiguió conjurar un rayo que retumbó a lo lejos. Una vez más, su magia estaba totalmente bloqueada dentro de ella. Le Fey rió a carcajadas.
—¿Es que no lo entiendes todavía, Astrid? ¡Tú eres lo que eres hoy por mí! ¡Una bruja jamás puede atacar a su reina! ¡Recibiste la bendición de Freyja porque así se lo pedí yo! ¡Puede que no tenga tu magia, pero ésta jamás sería capaz de hacerme ningún daño!
La bruja sintió que sus piernas flojeaban a la vez que la sangre desaparecía de su cara. Eso explicaba por qué no podía usar su magia durante la boda y por qué Thuggory había podido burlar su magia con tanta facilidad.
Estaba jodida.
Sin su magia, Astrid no era nada. No tenía ninguna posibilidad contra Le Fey.
Se había quedado tan en shock por sus palabras que no pudo esquivar uno de los pinchos de Le Fey que rozó contra su muslo, desgarrando la tela de su pantalón y abriendo una herida considerable que había comenzado a sangrar. Casi como un acto sentido, Astrid se llevó la mano a su herida para curarla, pero su magia no respondió a su orden.
—¡Mierda! —se lamentó ella.
Intentó levantarse, pero la pierna le dolía demasiado. Sentía la sangre ardiente correr por su piel, helada por las bajas temperaturas causadas por la magia de Le Fey. Miró hacia la reina, quién descendía poco a poco hacia ella con una sonrisa maquiavélica, disfrutando de su estado; y, por un momento, pensó que aquel sería su fin.
Sin embargo, Astrid tenía clara una cosa. Si iba a morir a manos de que aquella perra, al menos sería luchando.
Apretó sus puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas, pero aquel dolor o el de su pierna en nada tenían que ver con el ardor en sus entrañas. Su magia parecía estar contenida dentro de una barrera invisible y, aunque ésta luchaba por salir, parecía incapaz de hacerlo por su propia cuenta. Astrid respiró hondo e intentó sintonizarse con su magia para romper aquel muro como fuera, pero generó una primera fisura en el muro casi fue como si estuviera desgarrándose por dentro.
—¡Estúpida! —gritó Le Fey desconcertada—. ¡No puedes romper mi conjuro así como así!
Astrid alzó su mirada furiosa hacia ella y tuvo que la sensación de que Le Fey lucía algo confundida e intimidada. Aunque su magia seguía mayoritariamente bloqueada, la bruja sintió una débil corriente de electricidad deslizándose por las ranuras quebradas de la barrera que tanto le estaba costando destrozar. Le Fey, movida por un inusual pánico, gritó:
—¡Thuggory!
La bruja no comprendía porque teniéndola allí tendida y retorciéndose del dolor, no la mataba la propia Le Fey. La reina la había odiado desde siempre y sabía que llevaba tiempo anhelando que llegara este momento, ¿por qué no recogía ella misma su premio? Thuggory apareció entre los bloques de hielo jadeante y miró primero a Le Fey y después a ella. Frunció el ceño al verla en ese estado, pero no se movió hasta que la reina chilló:
—¡Mátala, Thuggory! ¡Acabemos con esto de una puta vez!
Astrid se deslizó hacia atrás a la vez que Thuggory se acercaba peligrosamente a ella con su hacha en mano. Esto no podía acabar aquí, ¡no podía! Soltó un grito de dolor cuando consiguió acumular suficiente electricidad como para atacar al Cabeza Cuadrada; sin embargo, estaba tan débil que apenas le rozó y solamente dio un ligero traspiés para alejarse de su electricidad. Le Fey ladró de nuevo a su mascota para que la matara y Astrid supo que ya no podría resistir más.
Sin embargo, ella no quería morir y mucho menos que Hipo lo hiciera por su culpa.
Se aseguró de clavar sus ojos en los de Thuggory a la vez que éste alzaba su hacha. De repente, escuchó una implosión y el Cabeza Cuadrada cayó hacia atrás, como si una fuerza invisible le hubiera empujado con suma violencia. Antes de que Astrid pudiera procesar lo que acababa de pasar, sintió algo deslizarse a su lado y algo ardiente posarse sobre su muslo. El cabello cobrizo de Hipo le hizo cosquillas en su mejilla y escondió su rostro en él cuando su magia curativa cerró dolorosamente su herida. Hipo también jadeó, probablemente por sentir aquel mismo dolor en su propia piel, pero no se detuvo hasta asegurarse de que la herida estuviera bien cerraba en una alargada cicatriz que se quedaría allí por siempre. Astrid miró hacia arriba y observó que Le Fey ya no estaba allí y que, a pocos metros de ellos, Desdentao rugía furioso.
—¿Le habéis lanzado un plasma? —preguntó ella en voz de hilo.
—Como comprenderás, teníamos que improvisar algo —respondió Hipo limpiándose la sangre de ella en su túnica—. Hemos optado por la opción más rápida y eficaz.
El tono tenso de Hipo le hizo ver que estaba enfadado con ella.
—Hipo…
—No te atrevas a buscarme una excusa, Astrid —le recriminó él furioso—. ¡Me has dado un susto de muerte! ¿Enfrentarte tú sola a Le Fey y a Thuggory? ¿Acaso has perdido la cabeza?
—Era la única opción que tenían tu padre y los demás para escapar… ¿Qué querías que hiciera?
—¡Esforzarte en no darme un puto infarto por cada decisión de última horas que tomas! —exclamó Hipo exasperado.
—¡No me trates como una niña! ¡He hecho lo que tenía que hacer para salvar a tu padre! —chilló ella con el mismo tono irritado.
Hipo abrió la boca para replicar cuando Desdentao, de repente, dijo:
—¿Chicos? Creo que deberíais ver esto.
Un intenso olor a putrefacción hizo que casi vomitara la poca bilis que quedaba en su estómago, aunque Hipo sí que no pudo reprimirlo y vomitó a un lado espantado por la peste. Astrid consiguió levantarse y se quedó horrorizada al ver cómo el cuerpo de Le Fey, situado a una distancia considerable de ellos a causa del plasma de Desdentao, había empezado a flotar a la vez que la piel destrozada de su pecho se recomponía de nuevo. Thuggory, quien estaba a pocos metros de ella, también había empezado a moverse.
—¡Mierda! —soltó Astrid horrorizada llevándose la mano a la boca—. Hay que irse.
Astrid ayudó a Hipo a levantarse a la vez que el Furia Nocturna corría hacia ellos para que montaran sobre él, pero antes de que Hipo pudiera meter su prótesis en el pedal del dragón, una violenta corriente de aire les tiró arriba hacia la pendiente. Astrid intentó recomponerse y observó que, por suerte, el vendaval les había arrastrado lo bastante para que quedaran a una distancia relativamente corta de la entrada a la montaña. Sin embargo, el poco amago de euforia que pudo sentir se vio interrumpido cuando vio que Le Fey volaba a toda velocidad, con una afilada espada de hielo en su mano, hacia Hipo, quien yacía en el suelo semiinconsciente.
Astrid sabía que era una estupidez interponerse entre su novio y la reina, sobre todo porque Hipo iba a morir igual cuando Le Fey le clavara la espada, pero no soportaba la idea de que lo asesinara. Se deslizó con rapidez por el hielo y le pareció oír a Hipo gritar algo cuando Le Fey se encontraba a escasos metros de él, pero la sangre bombeaba con tanta fuerza contra sus oídos que no podía escuchar nada. El cuerpo de Hipo ardía contra su espalda y, aunque su novio hizo un amago de apartarla, no se movió. Cerró los ojos, no pudo evitarlo, nunca era agradable que a una le dieran un espadazo y, además, no le apetecía que lo último que fuera a ver en esta vida fuese la cara de Le Fey.
Esperó.
Y esperó.
Y siguió esperando a que el hielo desgarrara su piel y sus vísceras.
Pero no sucedió nada.
Abrió los ojos cuando sintió una respiración caliente contra su cara y se encontró con los ojos grises e inyectados en sangre de Le Fey. Astrid estaba muy confundida y miró hacía abajo, donde la espada de hielo estaba a escasos centímetros de su abdomen. Pasó la mano entre el hueco que separaba su cuerpo del filo de hielo, pero no había nada que impidiera a Le Fey clavarle la espada. La reina parecía estar realizando un enorme sobreesfuerzo, como si realmente estuviera intentando empujar la espada contra ella, pero algo le impidiera hacerlo.
—¡Apártate! —gritó Le Fey.
Astrid volvió a clavar sus ojos en ella. Esto ya había sucedido antes, durante la boda se había vuelto a interponer entre Le Fey e Hipo y en esa ocasión, probablemente por haber haber estado más preocupada en escapar que en otra cosa, no reparó en que Le Fey no le había clavado la espada que llevaba entonces. Sin embargo, esta vez era diferente. Astrid se había resignado a morir en sus manos y, ahora que la tenía en bandeja de plata, Le Fey parecía no poco deseosa, sino más bien incapaz de hacerlo.
—¿No me has oído, estúpida? ¡Que te quites! —chilló la reina furiosa.
—No puedes matarme, ¿verdad? —dijo ella incapaz de salir de su asombro—. Por eso, aún sobrándote ocasiones para hacerlo, nunca me mataste, ¿verdad? Hay algo que te lo impide.
Le Fey tiró la espada a un lado e intentó empujarla para abalanzarse sobre Hipo, aunque la reina no tuvo en cuenta que en lo que respecta en el cuerpo a cuerpo, Astrid ya no era tan fácil de ganar. Era extraño cómo la piel de Le Fey se sentía helada contra sus dedos, pero ello no impidió que Astrid sujetara de sus brazos con tanta fuerza que estaba segura que le dejaría hematomas.
—¿Por qué? —cuestionó la bruja mientras Le Fey intentaba zafarse de ella—. Tiene que haber una razón para que no puedas matarme, ¿verdad? Algo que llevas ocultándome desde hace años, grandísima hija de perra. ¡¿Dónde coño están?!
Astrid no reparó que la magia ahora manaba de su cuerpo con una intensidad anormal y Le Fey hiperventilaba a la vez que tiraba de sus brazos para soltarse. La bruja gozó al ver el terror sus ojos del color de la nieve sucia.
—¡Suéltame, rata asquerosa! —chilló la bruja.
—¡No! —rugió Astrid a la vez que el cielo se oscurecía por encima de sus cabezas—. ¡Toda mi vida he buscado esta puta verdad y vas a decírmela aquí y ahora!
—¡Yo no te debo nada, estúpida de mierda! —gritó Le Fey rabiosa y el suelo tembló bajo sus pies a la vez que la reina generaba sus bloques de hielo sin control aparente, hasta el punto que parecía abalanzarse sobre su propio ejército. Astrid sintió que sus manos se helaban y que su magia era forzada a volver dentro de la barrera invisible de Le Fey, pero no la soltó—. ¡¿Quieres saber la verdad?! ¡¿Eso es lo que quieres?! ¡Ellos jamás te quisieron! ¡Te abandonaron! ¡Te entregaron a mí porque no podían soportar tener a una escoria como tú como hija!
—¡Mientes! —replicó Astrid furiosa.
La bruja no sentía sus dedos de lo helados que estaban y sintió unas manos calientes en sus hombros.
—Astrid, suéltala —le suplicó Hipo con voz temblorosa—. ¡Te va a congelar!
—¿Qué más da? Ella no puede matarme —dijo ella sin apartar sus ojos de Le Fey.
—Pero a él sí puedo —replicó la bruja con una sonrisa serpentina—. ¿O piensas que os vinculé por mera coincidencia?
La bruja sintió una fuerte presión en su garganta, pero cuando farfulló el hechizo para deshacerlo, se dio cuenta aterrada de que no estaba asfixiándola a ella, sino a Hipo. Astrid se vio forzada a soltar a la reina y consiguió liberar a Hipo del hechizo cuando posó su mano contra su cuello. Hipo enganchó sus dedos con los suyos con desesperación y, antes de que Astrid pudiera hacer o decir nada, escuchó a Le Fey reírse a su espalda.
—¿Quién iba a decir que te enamorarías de un humano, Astrid? Tengo que decir que no tiene pinta de ser uno muy normal, ¿verdad? —cuestionó la reina con diversión—. Contéstame a una cosa, Haddock, ¿qué pasó con Sven Gormdsen? —la pareja contuvo la respiración, aunque Hipo se esforzó en mantener su expresión fría—. Vas de modosito y respetable, cuando luego te la follas a ella y después matas a sangre fría a ese pobre hombre, ¿qué le lanzaste para que ardiera de esa manera? ¿Algún mejunje de dragón o algo?
—Yo no hice nada —mintió Hipo con firmeza.
—Ese fuego no era normal —insistió Le Fey con impaciencia—. Es imposible que tú pudieras emplear ningún tipo de magia al igual que es imposible que Astrid pudiera hacerlo porque ninguna bruja, ni siquiera yo, podemos usar la magia del fuego. Sin embargo, sigues irradiando un aura anormal y extraño, pero por muchas vueltas que le dé, lo único que se me ocurre es que lanzaras algo a aquel imbécil que hizo que implosionara y comenzara a arder. La pregunta es el qué. ¿Qué fuego de qué dragón usaste para que incluso yo pueda sentir su calor?
Astrid sintió cómo la magia de Hipo despertaba dentro de él y apretó su mano para que se controlara. Lo último que necesitaban era que Le Fey supiera que él poseía magia también, más si sospechaba de ello. La bruja no quería ni imaginarse lo que la reina sería capaz de hacerle a Hipo si descubría que tenía el poder de manipular el fuego. Le Fey alargó la mano para agarrar a su novio cuando, de repente, soltó un gemido que la detuvo en seco. Astrid e Hipo observaron horrorizados como la reina soltaba varias arcadas antes de soltar algo pequeño por su boca. Tanto Le Fey como la pareja se quedaron mudos al ver que era una bellota.
—¿Pero qué mierda…? —empezó a decir Le Fey antes de dar otra arcada.
Astrid no comprendía qué estaba pasando, pero antes de que pudieran reaccionar escucharon una voz a su espalda gritar:
—¡Hipo! ¡Vamos!
Estoico había descendido por la pendiente con una lanza clavada en el suelo para no deslizarse por el hielo, pero no fue él quién llamó la atención de Astrid, sino Gothi, que se encontraba justo delante del Jefe con los ojos cerrados y la mano extendida hacia ellos. Astrid se volvió de nuevo hacia Le Fey, quién seguía vomitando cada vez más bellotas, y se preguntó cómo demonios podía Gothi emplear magia sin que Astrid pudiera sentirla siquiera. Hipo tiró de su túnica y cambió su prótesis para poder caminar con mayor facilidad sobre el hielo. Le Fey cayó sobre sus rodillas, aún expulsando bellotas por su boca, mientras clavaba sus rabiosos ojos llorosos en ellos. Cuando Hipo alcanzó la mano de su padre, Astrid intentó advertir a una concentrada Gothi, pero Le Fey actuó mucho más rápido que ella.
Un fulgor purpúreo salió de la mano de Le Fey y, antes de que Astrid pudiera interponerse o incluso apartarla, golpeó de lleno en la cabeza de Gothi. La anciana abrió primero mucho los ojos, quedándose completamente en blanco y cayó en los brazos de Astrid mientras su cuerpecito se sacudía con violencia. La bruja ni siquiera tuvo tiempo para reaccionar cuando sintió que alguien fornido la cogía también en brazos, casi como si estuviera intuyendo que iba a estar a punto de abalanzarse sobre Le Fey si la dejaban un solo minuto más cerca de ella. Estoico aún no la conocía lo suficiente como para saber que Astrid no iba a abandonar a Gothi por nada del mundo y sintió una punzada en su pecho, ya no solo por el miedo a que la anciana pudiera morir, sino por el riesgo que estaba asumiendo el Jefe a que Le Fey le maldijera también por rescatarla.
Tan pronto entraron en la montaña, Astrid saltó de los brazos de Estoico para atender a Gothi. Inconsciente del caos que había a su alrededor ni del esfuerzo titánico que se estaba empleando para cerrar los portones de la montaña, la bruja posó de lado el cuerpo tembloroso de la anciana y metió sus dedos en su boca para evitar que se tragara su propia lengua. La galena seguía sacudiéndose con violencia, con los ojos entrecerrados y Astrid supo que si no hacía algo rápido, Gothi moriría en cuestión de minutos.
—¿Astrid?
Hipo estaba a su lado con gesto angustiado y la bruja cayó en ese momento que tenía la cara húmeda de sus propias lágrimas. Estaban rodeados de gente a la que Astrid decidió no prestar atención, pero Hipo le forzó a la que le mirara a los ojos para que supiera lo que necesitaba saber en ese momento.
Podía hacerlo.
Sólo tenía que calmarse y decir las palabras adecuadas.
Astrid formuló un hechizo que consiguió que Gothi dejara de sacudirse, aunque la anciana no recuperó la consciencia. La bruja se sintió repentinamente mareada, probablemente por el uso excesivo de magia que había tenido que usar en un solo día. Hipo la cogió del brazo preocupado y Astrid se apoyó en él, sintiéndose estúpida por verse tan débil.
—¿Está…? —escuchó a Brusca preguntar.
—No —respondió Astrid en un hilo de voz—, pero tampoco está fuera de peligro.
El rostro de Gothi estaba ahora sereno y relajado. Había conseguido inducirla a un profundo sueño del que ahora no podía salir y la bruja no disponía de conocimientos suficientes sobre magia curativa para salvar a Gothi, mucho menos sin el grimorio. Astrid se acarició el párpado de su ojo derecho, el cual palpitaba contra sus dedos debido a su inicio de dolor de cabeza.
Escucharon de repente golpes contra el portón, probablemente del ejército de Thuggory esforzándose en forzar la puerta. Alvin se puso a ladrar órdenes para que la gente acudiera a bloquear la puerta con todo aquello que encontraran.
—Astrid —la bruja alzó la mirada hacia Estoico—. Sé que esto no es fácil, pero se nos acaba el tiempo. Si realmente tienes un plan, necesitamos que lo apliques ya.
La bruja, en cambio, no se movió. Por mucho que quisiera hacerlo, su cuerpo no parecía responder a las órdenes de su cerebro. Estaba cansada física y emocionalmente, el encuentro con Le Fey la había afectado más de lo que hubiera previsto y después de lo de Gothi estaba muy descolocada. La galena había empleado un tipo de magia que no había visto nunca antes. Es más, Astrid, quién como cualquier otra bruja podía percibir la magia de las demás, no había sentido absolutamente nada cuando Gothi había embrujado, por llamarlo de una forma, a Le Fey.
La mano cálida de su novio posándose sobre su hombro la trajo de nuevo a la realidad.
—Astrid, es ahora o nunca —dijo Hipo con suavidad—. El portón no aguantará mucho tiempo.
La bruja asintió y, con ayuda de Hipo, se levantó del suelo. La entrada de la montaña era una galería amplia, aunque había tanta gente y dragones amontonados que algunos de ellos estaban dispersos por los pasillos de piedra. Estoico cogió a Gothi entre sus brazos con suma delicadeza y Brusca se acercó preocupada para evaluar su estado. También se encontraban allí Chusco y Mocoso, aunque éste último tenía más bien una expresión de pocos amigos.
—¿Dónde está Heather? —preguntó Astrid.
Brusca se giró hacia ella.
—Camicazi ha ido a por ella —respondió la vikinga.
—¡Ya estamos aquí! —chilló alguien de repente.
De entre el gentío aparecieron Camicazi, quién no había cambiado nada desde la última vez que la vio en Isla Mema, y arrastraba de la mano a una chica flaca que llevaba un pañuelo anudado en la cabeza. Astrid necesitó unos segundos para procesar que la chica del pañuelo era la amiga de su infancia.
—¿Heather? —preguntó ella aún sin dar crédito.
La otra bruja arrugó el gesto tras darle una mirada despectiva de arriba abajo.
—Te ves horrible —dijo Heather arrugando el gesto—. ¿Por qué coño te has cortado el pelo? Para algo bonito que tenías.
—A diferencia de ti, no considero que mi aspecto sea una prioridad —le recriminó Astrid con desgana.
—¡Claro, como ya tienes a uno enganchado a ti que te folla cuando te venga en gana es fácil decirlo! —escupió Heather con repulsa.
Todos los Jinetes, incluído el propio Estoico, jadearon por la desvergüenza y la prepotencia de Heather. En unas circunstancias normales, Astrid le habría partido la cara sin dudarlo. No soportaba a la mujer arrogante y déspota en la que Heather se había convertido cuando de pequeña siempre había demostrado ser dulce y amable. Sin embargo, tras haber vivido casi dos años entre los humanos y en una relación con una alguien tan humilde y atento como Hipo, Astrid no podía sentir nada más que lástima por Heather, por el resto de brujas e incluso por sí misma por el haber vivido tantos años tan llenas de odio y desprecio hacia los demás. Hipo fue a responder al insulto de Heather furioso cuando Astrid le detuvo cogiendo de su codo. Su novio se giró hacia ella confundido, pero la bruja sencillamente negó con la cabeza.
—No merece la pena y hay cosas más importantes en las que pensar ahora —dijo la rubia muy seria y se dirigió a Heather—. Solo hay una forma de escapar de aquí, Heather.
—Le Fey está ahí fuera y estos túneles no tienen salida, así que estoy esperando que nos ilustres—replicó la bruja.
—Lo haremos entre Hipo, tú y yo —aclaró Astrid y Heather frunció el ceño sin comprender. Astrid tomó aire para armarse de paciencia—. ¿Recuerdas el grimorio que estabas buscando cuando viniste a Isla Mema? Hipo y yo lo encontramos.
—Lo sé, Brusca me lo dijo —comentó Heather con desinterés.
—En él había un hechizo muy concreto —Astrid hizo una pausa, sentía su boca seca y los labios agrietados—. Un hechizo de teletransporte, uno lo bastante potente para trasladar a toda este gente y a los dragones.
Heather sostuvo su mirada durante unos segundos sin mostrar ningún tipo de emoción. Parpadeó un par de veces antes de dirigirse a Hipo con una sonrisa forzada.
—Tu novia ha perdido la cabeza por completo —dijo Heather sin un ápice de diversión en su voz—. Quiere que apliquemos un hechizo que requiere el nivel mágico de una reina o un aquelarre entero y, al parecer, te incluye a ti para ejecutar al hechizo.
—No estoy loca, Heather —respondió Astrid en la lengua de las brujas con las mejillas encendidas—. Tú misma has sido testigo de la magia de Hipo cuando convocamos a Hela.
—No digas chorradas, ¡él había absorbido parte de la tuya! —insistió Heather con impaciencia.
—No Heather —contestó esta vez Hipo también en la lengua de las brujas—. Aparentemente, era mi magia.
—¡No te creo! —chilló ella escandalizada—. ¡Los hombres no pueden emplear la magia!
—Oye, ¿podríais hablar en un idioma en el que podamos entenderos? —les interrumpió Mocoso irritado—. ¡No me estoy enterando de una mierda!
Los golpes contra el portón se iban intensificando más y más y parecía que cada vez era más difícil contener al ejército de Thuggory y Le Fey. Astrid cogió a Heather del brazo con fuerza y clavó sus ojos en los suyos.
—Sé que lo que te hice fue horrible y que jamás me perdonaras por ello, por no decir que estoy convencida de que te echaron del aquelarre precisamente porque no te permití encontrar el grimorio —susurró la bruja para que solo Heather pudiera oírla—. Pero sabes bien que ella te matará esta vez, a ti y a toda esta gente que no tiene culpa ninguna de todo lo que está sucediendo.
—Son humanos, Astrid, poco me importa lo que les pase —dijo la mujer dolida y puso los ojos en blanco ante el ceño fruncido de la rubia—. Nos odian, siempre lo han hecho.
—Entonces dales motivos para que dejen de hacerlo —insistió la rubia.
Heather se mordió el labio inferior, aún indecisa. Astrid miró hacia el portón y observó aterrorizada que estaba empezando a entrar hielo por las ranuras de las puertas. Le Fey estaba aplicando su magia del hielo para destrozar la puerta por dentro. Sintió el desagradable hedor de la reina llegar a sus fosas nasales y tanto ella como Hipo y Heather arrugaron la nariz para contener el olor.
—No sé si mi magia será suficiente —murmuró Heather preocupada—. He gastado gran parte de mi energía en un hechizo de búsqueda para encontraros a vosotros dos y por tu cara tú no estás mejor que yo. Tú también estás en el límite, As.
—Estoy bien —replicó la bruja sacudiendo los hombros y miró a Hipo quién tenía los ojos clavados en el portón—. ¿Están todos dentro?
Su novio giró la cabeza hacia ella y asintió.
—Desdentao y Tormenta están con los otros dragones para asegurarse de que están todos juntos —añadió su novio.
Astrid asintió aliviada y tomó aire antes de dirigirse al resto de gente que los observaban muertos de miedo.
—Vamos a realizar un hechizo de teletransporte y requiere de un nivel muy alto de magia que no podremos alcanzar sin que colaboreis con nosotros —empezó a explicar Astrid alzando la voz para que la escuchara el mayor número de personas posible—. Nosotros tres seremos el núcleo y necesitamos entre todos forméis una cadena humana para...
—¿Por qué Hipo tiene que estar en el centro? —le interrumpió Mocoso molesto—. ¿Esto no es cosa de brujas?
—¿He dicho que se puedan hacer preguntas? —le cortó Astrid con frialdad y Chusco le dio un puñetazo al vikingo para que cerrara la boca—. Es esencial que todo el mundo se dé de la mano o tenga contacto con otro cuerpo, haciendo una cadena hasta nosotros tres. ¡Por favor! ¡Aseguraos de que todo el mundo esté en la cadena, sobre todo niños, ancianos y dragones! ¡Será imposible teletransportar a nadie que no esté dentro!
Los humanos se quedaron mirándola sin estar muy seguros de cómo reaccionar.
—¿A qué coño estáis esperando? ¿No veis que están a punto de entrar? ¡Venga! —les gritó Astrid furiosa.
La ira en su voz pareció aliciente suficiente como para que todo el mundo se pusiera manos a la obra. Astrid cogió a Hipo de la mano y a Heather del brazo para llevarlos lo más al centro de la sala posible. La bruja cogió una piedra que encontró en el suelo y dibujó los cuatro puntos cardinales. Hipo se inclinó a su lado, fingiendo que la estaba ayudando, para hablar con ella sin que nadie los escuchara.
—¿Adónde vamos a ir? —preguntó él ansioso—. No se me ocurre ningún sitio más que el nido de Valka...
—No creo que a tu madre le haga especial ilusión que nos aparezcamos con centenares de personas en su nido —comentó Astrid sin apartar la vista de las runas que estaba escribiendo en el suelo—. No te preocupes, sé adónde tenemos que ir.
Hipo frunció el ceño.
—Has usado mucha magia hoy —le advirtió él—. ¿No quieres que sea yo el que…?
—No —le cortó ella de inmediato mientras se levantaba—. Aunque te dijera adónde debemos ir, no sabrías su localización. Yo me encargo.
—Astrid…
—¡Hipo, para ya! —dijo ella enfadada—. Estoy perfectamente, acércate a los dragones para asegurarte de que entiendes lo que tienen que hacer y vuelve enseguida.
Su novio obedeció a regañadientes, poco contento de que Astrid se cerrara en banda con él, pero al menos era consciente de que no era el momento para discusiones, mucho menos delante de toda aquella gente. Astrid se apartó el pelo de la cara y se encontró con el rostro de Heather con una sonrisita de suficiencia en la cara.
—¿Problemas en el paraíso? —preguntó ella con malicia.
—¡Que te jodan! —escupió Astrid apretando los puños.
Cuando Hipo regresó, Astrid cogió la mano de Heather de mala gana a la vez que hacía lo mismo con la de su novio. Heather sujetó la de Hipo a regañadientes.
—Redúcete a repetir lo que nosotros decimos, solo necesitamos tu energía mágica, nada más —le indicó Astrid a la otra bruja.
Heather hizo una mueca, pero no replicó cuando escucharon otra vez un fuerte golpe contra el portón. Astrid sintió una mano en su hombro y giró levemente la cabeza para encontrarse con Brusca, seguida de un montón de gente tras ella. Su amiga sonrió confiada, aunque Astrid no fue capaz de darle ningún gesto que pudiera despertar siquiera su propia confianza. Estoico había posado una mano sobre el hombro de su hijo, mientras que con la otra cargaba a Gothi. Padre e hijo compartieron una mirada cómplice, pero no dijeron nada. Aquel no era el mejor momento para un reencuentro, por mucho que ambos deseasen lo contrario. Heather, por su parte, dibujó una mueca de dolor en su rostro cuando Alvin clavó sus dedos en sus hombros, aunque tenía los ojos puestos en Astrid.
—Más vale que esto funcione, bruja —le advirtió el vikingo malhumorado.
Alguien gritó que estaba todo listo, aunque Astrid no empezó a recitar el hechizo hasta que escucharon el rugido de Desdentao dándoles su visto bueno. El conjuro, en realidad, no era complicado, aunque Astrid estaba tan nerviosa y abrumada por el espantoso olor de Le Fey que necesitó empezar tres veces hasta que consiguió recitar el conjuro de tirón. Heather fue la primera en debilitarse, aunque tanto Hipo como Astrid, sin parar de cantar el hechizo, no permitieron que se desvaneciera al suelo y la bruja del pañuelo se esforzó en seguir su ritmo. Astrid notaba que sus fuerzas se desvanecían con suma rapidez cuando un fuerte viento empezó a sacudir la galería. La gente de la sala gritó y Astrid rezó a los dioses porque no rompieran la cadena.
Quedaba muy poco.
Solo tenía que concentrarse en la ubicación y ya estaría.
O eso esperaba, pues era la primera vez que realizaba un hechizo como aquel y los estaba teletrasportando prácticamente a ciegas, pues aún sabiendo la ubicación exacta del lugar al que quería ir, Astrid no había estado nunca allí antes. Sintió la mano de Hipo arder contra la suya, pero aquel quemazón la ayudó a mantenerse concentrada y despierta a pesar de que los le pesaban cada vez más a cada segundo que pasaba. Las uñas de Brusca se incrustaron sin piedad en sus hombros, probablemente porque estaba demasiado y aterrada por todo lo que estaba pasando como para formular palabra. En algún punto, le pareció escuchar un golpe sordo a su espalda, probablemente el del portón quebrándose, aunque el viento huracanado era tan intenso que el sonido se distorsionó en el aire y tampoco fue capaz de voltearse para comprobarlo por sí mismo.
Agotada, cerró los ojos sin dejar de repetir el hechizo una y otra y otra vez, hasta que, en algún momento, el viento se disipó. Entreabrió los ojos cuando el agarre de Hipo se aflojó y escuchó el sonido de las olas golpear contra las rocas.
—¡Imposible! —gritó alguien sorprendido.
—¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es este? —le pareció oír a una mujer preguntar a lo lejos.
Los gritos de jolgorio y victoria no se hicieron de rogar. ¡Lo habían conseguido! ¡Habían huído de las garras de Le Fey y de Thuggory justo ante sus narices! Sin embargo, Astrid se sentía lenta de reflejos. Vio a Estoico abrazar a su hijo emocionado y cómo Brusca sacudía sus hombros con euforia y entusiasmo. La mano de Heather aflojó su agarre y sus ojos procesaron con suma lentitud cómo la bruja caía inconsciente en los brazos de Alvin.
Astrid no pudo siquiera acudir en su auxilio porque se sentía cansada.
Muy cansada.
Tan cansada que podría dormir durante años si le dejaran.
Alguien la sujetó del brazo y vio que Hipo le estaba hablando muy alarmado, aunque no fue capaz de entender lo que le estaba diciendo. Mientras todo se fundía en negro, se preguntó cómo demonios había tenido tanta suerte en acabar con alguien como él. Le Fey había metido la pata vinculándole con él, pues Astrid no había podido ser más feliz sin Hipo a su lado.
Cayó en la más profunda oscuridad.
No supo calcular cuánto tiempo estuvo cayendo, si horas, días, años… Pero no sintió miedo, sobre todo porque no recordaba cuándo fue la última vez que se encontraba tan relajada y a gusto. No obstante, la oscuridad se tornó de repente en una intensa luz y cuando Astrid por fin recuperó su visión se encontró con un techo de madera. La bruja frunció el ceño al darse cuenta que estaba tumbada en el suelo y se incorporó no sin esfuerzo, pues su cuerpo todavía se encontraba entumecido por el hechizo.
No reconoció el lugar en el que se encontraba, pero tenía pinta de ser una casa que se había construído recientemente y lucía bastante acogedora pese al desorden. Había una olla con agua calentándose al fuego, también había libros de toda clase y pergaminos con anotaciones desperdigados por el suelo y la mesa del comedor y había junto a la puerta un cesto hasta arriba de ropa que necesitaba lavarse. Astrid se acercó a la ventana para ubicarse y soltó un jadeo de sorpresa al darse cuenta que estaba en Isla Mema.
¿Acaso les había llevado a Isla Mema sin darse cuenta o…?
No podía ser, estaban casi en verano y fuera estaba nevando intensamente.
¿Estaba teniendo una de sus visiones?
Su corazón latió fuerte contra su pecho cuando escuchó voces en el piso superior de la casa. La bruja subió por la escalera para encontrarse con una puerta entreabierta. Astrid arrastró los pies hasta que atravesó la puerta como el ente fantasmal e invisible que solía ser siempre en sus visiones. Junto a la ventana se encontraba una mujer de más o menos su edad que canturreaba una nana que a Astrid le resultaba extrañamente familiar mientras mecía a un bebé entre sus brazos. La última vez que Astrid la había visto había sido una adolescente, pero reconoció enseguida a Eyra, la protagonista de sus otras visiones. Se había convertido en todo una mujer, algo flaca había que decir, pero se veía deslumbrante. Llevaba puesto un vestido que le llegaba hasta los tobillos y un chal encima de sus hombros para protegerse del frío. Tenía su pelo castaño recogido en dos trenzas y sus ojos, uno castaño y la mayor parte del otro verde con manchas marrones, observaban con calidez al niño. Astrid se acercó aún más para observar a la criatura; sin embargo, se llevó una decepción al ver que cargaba con un bebé de pelo castaño y no rubio como ella le hubiera gustado encontrarse.
¿Por qué no paraba de soñar con ella? Astrid no entendía porque sus últimas visiones la llevaban siempre a aquella desconocida y no a Asta o a Le Fey. Volvió a centrar su atención en el bebé y vio que el pequeño había abierto los ojos para mirar a la mujer.
Astrid contuvo la respiración.
¿Sería posible…?
—A ver, Hipo, cielo, esto consiste en que te duermas, no en que te quedes mirándome —dijo Eyra con una sonrisa cansada.
La bruja casi podía morirse de amor allí mismo. Sus ojos, tan verdes como en el presente, estaban repletos de curiosidad e inocencia, algo que ella misma podía apreciar levemente cada vez que cruzaba los suyos con los de su novio. Pese a no ser un bebé especialmente grande, Hipo se veía sano y bien alimentado, aunque era difícil calcular su edad a simple vista. El pequeño desvió su mirada de Eyra hacia la ventana, donde los copos de nieve caían con lentitud a la luz de las últimas luces de la tarde.
—¿Te gusta la nieve, Hipo? —preguntó Eyra con voz tierna—. Yo soy más del verano, pero me encanta Snoggletog. Este es tu primer Snoggletog, ya lo verás, ¡te va a encantar! ¡Me aseguraré de que te caigan un montón de regalos! —la mujer rió e Hipo dibujó una sonrisa que hizo que tanto Eyra como Astrid se derritieran por él—. ¡Pero qué monada eres, por favor!
Alguien tocó a la puerta en el piso inferior y Eyra acudió de inmediato sin parar de hacerle carantoñas a Hipo. Astrid los siguió de cerca con mil preguntas en la cabeza. Eyra trataba al niño con una ternura extremadamente maternal, casi como si ella misma fuese su madre. ¡Era extraño! Hipo no le había mencionado nada sobre ninguna mujer que le hubiera criado siendo un niño, pero Eyra parecía conocerle muy bien y era obvio que Hipo estaba muy familiarizado con ella.
Eyra abrió la puerta y Astrid dio un brinco cuando vio a Gothi quitándose la nieve de su ropa y de su pelo.
—¡Hola tía! —exclamó Eyra sorprendida—. No te esperaba por aquí hoy.
—Tu marido me ha dicho que esta mañana te has vuelto a encontrar mal —dijo la anciana preocupada.
Astrid se llevó la mano a la boca al escuchar la voz de Gothi. Nunca antes había oído hablar a la galena y se le hacía tan raro como impactante. Su voz era afónica y rasposa, pero se apreciaba la calidez y el afecto en su tono. Sin embargo, lo que resultó todavía más chocante fue descubrir que Eyra era la sobrina de Gothi. Ni la propia anciana le había contado nada de si había tenido familia; Astrid siempre había dado por hecho que debido a su avanzada edad y al estar soltera Gothi no debía quedarle familia en el Midgar.
Eyra puso los ojos en blanco mientras se apartaba para dejar pasar a Gothi.
—Siempre ha sido un exagerado —se quejó ella a la vez que cerraba la puerta.
—Su descripción literal ha sido que has vomitado de tal manera que parecía que ibas a echar tus vísceras por la boca —apuntó Gothi acercándose al fuego para calentar sus manos.
Eyra soltó una carcajada.
—Me he casado con un melodramático —se burló ella a la vez que acomodaba a Hipo en el hueso de su cadera—. ¿Quieres té?
—Ya lo sirvo yo —se ofreció Gothi cogiendo una tetera con su bastón para llenarla con el agua que estaba en el fuego—. Llevas un tiempo así, Eyra. Ya vale de excusas, tienes que dejarme que te examine.
—¡Estoy bien! —dijo ella exasperada.
Gothi golpeó a la joven en la cabeza con su bastón.
—¡Mira que eres cabezona! ¿Acaso quieres que sea Asta la que te examine? Porque sabes que si no te examino yo, tu esposo acabará contándoselo ella, lo sabes muy bien —le advirtió la galena irritada.
Eyra arrugó el gesto a la vez que se sentaba resignada junto a la mesa. Hipo extendió sus manitas hacia los libros que estaban amontonados en la mesa, pero Eyra lo movió para que se acomodara en posición de dormir entre sus brazos.
—Antes muerta a que esa mujer me ponga un dedo encima —sentenció Eyra molesta.
—Pues si no quieres buscarte problemas, ya sabes lo que tienes que hacer. Hagámoslo ahora mientras se asienta el té.
Gothi echó las hierbas a la tetera humeante y le dio unos golpecitos con su bastón a la pierna de su sobrina para que la siguiera. Astrid las siguió hasta lo que parecía ser el dormitorio principal y Eyra dejó a Hipo sentado sobre la cama. El niño se quedó muy quieto mientras observaba en silencio cómo la joven se quitaba el delantal, el chal y se soltaba las ataduras que ajustaban su vestido a su cuerpo. Eyra se llevó las manos a sus brazos para protegérselos del frío cuando se quedó con sólo las vendas que sujetaban sus pechos y los calzones.
—Túmbate, anda —le animó Gothi—. Cuando antes empecemos antes acabaremos.
Eyra se tumbó con desgana en la cama y llevó su atención a Hipo, quien gateó para estar más cerca de ella y coger de su mano. Gothi la observó de reojo mientras palpaba su vientre.
—Estás muy encariñada con él —comentó la mujer.
—¿Cómo no estarlo? No he visto a un bebé tan bueno y adorable en mi vida —respondió Eyra sonriente—. Hice bien en ofrecerme a cuidarlo a pesar de todas las pegas que me pusieron —Eyra dio un pequeño bote cuando Gothi presionó en una zona en particular de su abdomen—. ¡Ay! ¡No des tan fuerte!
—¡Calla! —le regañó Gothi, aunque suavizó su expresión enseguida—. ¿A tu marido le sigue pareciendo bien lo que haces?
—¿Por qué no tendría que estarlo? —cuestionó Eyra arrugando el gesto.
—Teniendo en cuenta que en un principio te ofreciste a cuidar de Hipo para fastidiar a Asta...
—¡Eso es mentira! —se defendió la joven indignada—. Le dije a Estoico que podía cuidarlo porque bastante horrible es que unos dragones devoren a tu mujer y te quedes solo al cargo de un niño recién nacido. Además, se lo debía a Valka, ¿sabes? Con lo que le costó tener hijos y lo mal que lo pasó cuando Hipo… ya sabes —su expresión se ensombreció—. Conmigo está a salvo y no le harán nada.
Gothi no replicó y siguió palpando su vientre hasta que se dio por satisfecha.
—Estás hinchada —comentó la anciana y llevó la mano a sus pechos. Eyra hizo una mueca de dolor—. Bastante hinchada. ¿Con qué frecuencia te ocurren los vómitos?
—Sobre todo por la mañana, aunque a veces también me dan nauseas cuando hay pollo para comer.
Gothi arqueó una ceja.
—Eyra, ¿cuándo se te bajó la regla la última vez?
La joven ladeó la cabeza, extrañada por su pregunta, pero se quedó unos segundos pensativa haciendo su cuenta mental cuando su expresión se tornó en una del más puro pánico.
—No puede ser.
—¡Siempre has sido una despistada! —le regañó Gothi, aunque la situación parecía divertirla en exceso—. Debes estar cerca de terminar el primer trimestre.
Eyra se incorporó con brusquedad, sobresaltando a Hipo que se puso a hacer pucheros. La joven se llevó las manos a la cara y respiró profundamente para calmar su ansiedad. Astrid se fijó que no podía parar de agitar su pierna derecha.
—¿Eyra…?
—Estoy embarazada —murmuró ella incapaz de salir de su asombro y se giró hacia la anciana—. ¿Pero cómo…? Habíamos decidido esperar a que los ataques de los dragones se redujeran y había estado tomando té de luna para que no…
—No es lo habitual, pero el té puede fallar —explicó Gothi sentándose en la cama junto a ella y cogió a Hipo en brazos—. Llevo muchos años trabajando de galena, Eyra, y he aprendido que los bebés aparecen cuando una menos se espera. Si no, mira Valka, estuvo tres años sufriendo abortos y cuando ella y Estoico decidieron que no tendrían hijos, volvió a quedarse embarazada y por fin nació Hipo.
Eyra cogió al pequeño de las manitas e Hipo agarró su dedo con fuerza.
—Se va armar un buen revuelo cuando lo sepan —dijo la joven con aire ausente—. Ojalá sea un niño, será mucho más fácil si es así.
De repente, la visión se emborronó a su alrededor y Astrid estiró la mano hacia la imagen aguada de Eyra y Gothi, desesperada por alcanzarlas. Sin embargo, se vio de nuevo en el comedor donde Eyra se encontraba ahora sentada en el suelo con un libro en mano e Hipo estaba sentado sobre sus piernas, apoyado contra su pecho y abrazando a un peluche con forma de Nadder. Astrid apreció la tripa ahora más pronunciada de Eyra y un Hipo más despierto con la boquita entreabierta sin apartar la vista del libro. La joven soltó un bostezo e Hipo alzó su mirada hacia ella.
—Otro —dijo el niño con entusiasmo.
—Ya te lo he leído dos veces —replicó ella con una sonrisa cansada mientras acariciaba su pelo—. Mañana te lo vuelvo a leer si quieres, ahora ya es tarde, tu papá tiene que estar a punto de llegar.
Sin embargo, Astrid leyó la preocupación en sus inusuales ojos. Algo no estaba bien en ella. Se llevó su otra mano a su vientre, como si estuviera velando por la criatura que crecía dentro, hasta que, de repente, Hipo también posó su manita contra su tripa. Eyra dio un pequeño respingo e Hipo apartó la mano asustado. Astrid temió que ocurriera algo malo, pero la sonrisa radiante de Eyra la tranquilizó al instante.
—Parece que le gustas mucho a alguien, Hipo. Siempre da pataditas cuando pones tu mano.
Hipo sacudió la cabeza y esta vez apoyó su cabeza contra su vientre. Eyra siguió acariciando sus mechones hasta que, de repente, se escucharon unas voces fuera. La joven se puso tensa, pero no se movió de donde estaba; es más, se puso a cantar por lo bajo la nana que la bruja había escuchado antes, probablemente para evadirse de las voces que venían de fuera. Astrid se asomó a la ventana para ver quienes estaban hablando, pero estaba demasiado oscuro como para apreciar nada, así que decidió atravesar la puerta principal. Sin embargo, en lugar de salir hacia el exterior, terminó de nuevo en el dormitorio de Eyra.
La joven estaba sentada en la cama, con el vientre todavía más abultado, junto con Sigrid Thorston. Ambas tejían en silencio y concentradas, o más bien, Sigrid tejía mientras Eyra intentaba imitarla muy torpemente.
—¡Esto es una mierda! —se quejó la castaña de mala gana lanzando las agujas y lo tejido al pie de su cama.
—Ya te he dicho que esto iba de paciencia —le recordó Sigrid sin dejar su labor.
—Sabes que yo soy muchas cosas, pero paciente no es una de ellas —replicó Eyra cruzándose de brazos sobre su vientre—. No entiendo a qué viene ahora esto de que tengo que aprender a tejer.
Sigrid alzó la mirada hacia ella y sonrió con cierta tristeza.
—Todas las madres saben tejer.
—Pues yo podría ser perfectamente la primera en no saber hacerlo —se quejó Eyra—. No pasaría absolutamente nada.
—Eyra…
—¡No soy ama de casa, Sigrid! —chilló la joven furiosa—. Puede que tú estés más que dispuesta en dejarlo todo por tus gemelos, pero yo no quiero renunciar a mi vida por el hecho de ser madre. ¡Sabía bien con quién se casaba cuando me lo propuso! ¡Toda su puta familia lo sabía! Y ahora todos ellos me odian, a veces pienso que incluso mi propio marido también.
Sigrid paró de tejer y se quedó mirando a su amiga preocupada.
—Él te quiere, Eyra —la castaña se mordió el labio para contener un sollozo—. Y te recuerdo que se casó contigo en contra de la voluntad de casi toda su familia y digo casi toda porque Thror te adora. Si no fuera por él seguramente seguirías siendo una solterona.
Las lágrimas cayeron por las mejillas de Eyra y Sigrid se sentó junto a ella para limpiárselas.
—Estar embarazada es una mierda —le aseguró la rubia con ternura—. Las emociones se nos disparan y queremos llorar por todo, pero te prometo que al final merece la pena. Verás lo bonito que es tener a tu bebé por primera vez en brazos —Sigrid acarició su vientre—. ¿Ya habéis pensado nombres?
Antes de que Eyra pudiera responder, una violenta fuerza invisible empujó a Astrid hacia atrás. La bruja cayó al suelo y se llevó la mano a su cabeza que ahora palpitaba de dolor. ¿Por qué estaba viendo todo aquello? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tenía estas visiones? ¿Que le aportaba la vida de esa chica para que estuviera viendo su historia? El resonante sonido de un relámpago hizo que Astrid alzará la mirada y se quedó consternada cuando vio que estaba en la plaza central de Isla Mema, en plena tormenta y en mitad de un ataque de los dragones. La aldea estaba teñida del color del fuego de las enormes antorchas que los locales habían levantado para espantar a los dragones y de las casas que ahora eran pasto de las llamas. La lluvia caía con fuerza, aunque Astrid no podía sentirla en su piel, y el cielo rugía como si el mismísimo Thor estuviera allí presente. La bruja había oído hablar innumerables veces de aquellas redadas, de todas la gente que había fallecido a causa de ellas. Se le revolvieron las tripas cuando vio cómo los vikingos atacaban a destajo a los dragones, ignorantes de que aquellas criaturas eran manipuladas por una reina dragón que les aterraba y demandaba comida cuando no sus vidas.
—¡Atacad! ¡No dejéis que lleguen a las reservas de la cosecha! —escuchó gritar a alguien con furia—. ¡Esos monstruos cenarán hoy en el mismísimo Helheim!
Estoico Haddock apenas había cambiado en las últimas dos décadas. Por supuesto, en aquella visión su barba contaba un tono rojizo muchísimo más intenso que en la actualidad, pero por lo demás seguía siendo igual. Astrid intentó seguirle, pero entonces alguien pasó a su lado a toda prisa.
Eyra.
La joven estaba embarazadísima y, más que correr, trotaba como podía a la vez que cargaba con Hipo en brazos. Astrid corrió hacia ellos ansiosa. Sabía que a Hipo no le pasaría nada, ¿pero a Eyra? La pobre muchacha estaba calada hasta los huesos y llevaba puesto un camisón que se le había quedado pegado al cuerpo por la lluvia. Aún así, había tenido el detalle de tapar a Hipo con una manta para protegerle del frío de la borrasca y de la visión de los dragones atacando la aldea. Le faltaban pocos metros para alcanzar la escalinata que subía al Gran Salón, aunque el cansancio de tener que cargar con dos bebés ella sola parecía estar pasándole factura. De repente, Eyra se paró en seco y soltó un grito que puso la piel de gallina a Astrid. La bruja había escuchado esa forma de gritar muchas veces antes cuando las mujeres que había ayudado a dar a luz sufrían una contracción.
Eyra estaba de parto en pleno ataque de dragones.
Hipo se puso entonces a llorar y la joven intentó consolarlo como pudo mientras giraba la cabeza en diferentes direcciones para suplicar ayuda, pero nadie parecía prestarle atención. Astrid estaba desesperada por ayudarla, pero por mucho que intentara tocarla, sus manos atravesaban su cuerpo como si fuera un fantasma. Lágrimas de impotencia cayeron por las mejillas de Astrid, quien no comprendía por qué tenía que haber algo tan frustrante y horrible.
—¡Eyra! —gritó alguien de repente.
Astrid alzó la mirada, pero la visión volvió a emborronarse de nuevo para trasladarla de nuevo a una estancia diferente a las que había visto hasta entonces. Era un dormitorio amplio y limpio, con chimenea propia y una cama enorme. Eyra estaba acurrucada entre las mantas dándole la espalda, por lo que Astrid rodeó la cama vigilando sus pasos, aunque supiera que no la oiría. Se escuchaban voces fuera de la habitación, como si alguien estuviera teniendo una fuerte discusión, aunque en aquel dormitorio solo se percibía la respiración de Eyra.
La muchacha estaba despierta y con la mirada perdida en el bebé recién nacido que estaba tumbado a su lado. La criatura estaba tapada con mantas y solo podía apreciarse todavía su carita roja por el esfuerzo durante parto, aunque estaba muy tranquila y profundamente dormida. La discusión de fuera se intensificó y Eyra cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera silenciarla de alguna manera. De repente, la puerta del dormitorio se entreabrió y pudo escuchar una voz masculina decir con frialdad:
—Ella es mi mujer, por mucho que os joda. Así que superadlo de una puta vez, porque me tenéis harto.
Astrid dio un paso hacia atrás cuando el hombre entró en el dormitorio y cerró la puerta tras él con suavidad a pesar de que estaba claramente furioso. La bruja soltó un jadeo al reconocer a una versión mucho más joven y limpia de Finn Hofferson. Su pelo rubio estaba recogido en una trenza, sus ojos eran profundamente azules y tenía una barba corta y bien cuidada que recorría su fuerte mandíbula. Su expresión se suavizó de inmediato cuando Eyra alzó la cabeza y el hombre le regaló una sonrisa tan llena de amor que hasta la propia Astrid se le cortó la respiración.
—¿Cómo estás? —preguntó Finn en voz baja a la vez que se tumbaba en el otro extremo de la cama.
Eyra suspiró.
—La poción de mi tía está empezando hacer efecto por fin —comentó ella con voz ronca—, pero tengo mucho sueño.
—Duerme entonces, ya no hay nada que temer, los dragones se han ido.
El bebé se movió y Eyra posó su mano sobre su vientre para calmarlo. Finn acarició con uno de sus dedos la mejilla de la criatura con una delicadeza inusual en alguien tan grande como él.
—Es perfecta —susurró él con fascinación y orgullo.
Eyra no respondió a su comentario, sencillamente se quedó mirando al bebé en silencio hasta que murmuró:
—No la quiero cerca de mi hija.
Finn suspiró.
—Eyra…
—Me la suda lo que diga tu madre —escupió la joven con furia contenida—. Es nuestra hija, no la suya, y la decisión de bautizarla ni siquiera le pertenece a ella.
Astrid sintió su corazón latir fuerte contra su pecho. Tenía una extraña sensación en su estómago… Como si fuera a vomitar de los nervios que la habían invadido repentinamente. Finn contempló a la bebé en silencio, quién parecía inquieta por la repentina tensión que se respiraba en el ambiente.
—Ella cree que es lo más seguro para…
—¿Acaso no lo entiendes? —le cortó Eyra desesperada—. Nuestra hija crecerá sabiendo que es diferente a los demás; es más, se verá obligada a esconder su verdadera naturaleza cuando, por lo general, debería ser lo contrario entre las de su especia. Sí, es muy bonito eso que dice tu madre de que nuestra hija posee una bendición muy especial de los Dioses y que le aguarda un destino que cambiará el curso de la historia, pero me niego a que crezca con esa presión sobre sus hombros.
Finn sostuvo la mirada de su mujer durante un largo rato hasta que dijo:
—Sabes que siempre voy a estar de tu lado, ¿verdad?
Eyra hizo una mueca de disgusto.
—Odio todo esto —murmuró ella con voz rota—. Ahora toda tu familia está también en tu contra por mi culpa y...
—Olvídate de ellos ahora —le interrumpió Finn con suavidad y retiró los mechones de su rostro—. Tú eres mi familia ahora, Eyra, y esta pequeña también. Lo daría todo por vosotras, lo sabes bien.
Eyra sonrió y Finn apoyó su frente contra la de ella. La niña de repente sollozó y Finn se apartó al instante angustiado por si le hubiera hecho daño. Eyra rió:
—Tiene hambre, nada más.
Con la ayuda de su marido, Eyra se sentó en la cama con un gesto de dolor y se desató el cordón del camisón para sacar uno de sus pechos. Astrid sintió un nudo en su pecho, aún incapaz de comprender el motivo por el que estaba viendo todo eso, pero sentía que iba a romper a llorar en cualquier momento de lo inexplicablemente abrumada que se sentía.
—¿Has pensado lo del nombre? —preguntó Finn rodeando su hombro con su brazo para acercar su cuerpo al suyo.
—Sí y he descartado todos los nombres horrendos de la lista —dijo Eyra con una mueca—. Esa tradición que tenéis en esta aldea de poner nombres nombres feos y estúpidos para proteger a los niños de los trolls no puede ser más ridícula. Todo el mundo sabe que los trolls solo te roban las calcetines.
Finn soltó una carcajada.
—¿Entonces le ponemos el nombre de tu madre? —sugirió él.
—Lo he estado pensado y no creo que Brita sea un nombre adecuado para ella tampoco. Además, no le veo sentido llamar a mi hija por el nombre de una madre a la que nunca conocí —explicó Eyra llevando de nuevo su pezón a la boca de la bebé—. Creo que podríamos adaptar el nombre de Asta.
El hombre la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Después de tu discurso de que no la quieres cerca de nuestra hija quieres llamarla como ella? —cuestionó él confundido.
—Digamos que es una muestra de paz hacia ella por mi parte y, además, he dicho que quiero adaptarlo. Asta suena muy extranjero y basto para una niña de Isla Mema, así que buscando nombres encontré uno más… ¿normal? —se rió de su propio chiste, aunque su marido reaccionó alzando una ceja—. Astrid, me gusta Astrid.
La bruja soltó un jadeo tan alto que casi se ahogó.
No podía ser, ¿acaso era posible que ella…? ¿Eyra? ¿Finn Hofferson? ¿El mismo que había intentado matarla a ella y al hombre que amaba era su…?
Finn Hofferson sonrió a su esposa y se inclinó hacia su hija.
—Bienvenida a la familia, Astrid. A partir de mañana, el mundo entero te conocerá como Astrid Hofferson.
Xx.
¡Holi!
El capítulo ha sido un poco más corto de lo que os tengo acostumbradas, pero si no me era imposible acabarlo a tiempo. Tengo un par de cositas que comentar:
Wicked Game volverá en septiembre. El parón es algo más corto que el del año pasado, pero necesito vacaciones y desconectar los pocos días que me marcho a la playa. Llevo una época larga que me está costando apreciar mi propia calidad literaria y a veces siento que estoy flojeando, así que creo que parar un tiempo me vendrá bien. Así que no contéis con nuevo capítulo hasta mediados de septiembre. Además, todavía me queda una semana más de trabajo, así que poco a poco.
Soy MUY PESADA con lo de las reviews, pero no os hacéis una idea lo mucho que me aporta vuestro feedback. Agradecería muchísimo que os animarais a escribirme y contarme qué os está pareciendo el fic desde el giro que ha dado desde el final del primer acto. Si os gusta, si os disgusta (si esto que sea constructivo porfa) y AMARÍA escuchar vuestras teorías de la conspiración. Vuestras reviews son el único sueldo que recibo por el trabajo y el tiempo que empleo en escribir este fic, así que mil gracias por hacerlo.
Recordad que podéis seguirme en Twitter (itsasumbrella) y por Instagram (itsasumbrellasart) para manteneros informadas de todas las novedades de Wicked Game.
Mil gracias por estar ahí a través de tu pantalla.
Mil gracias por seguir Wicked Game.
Nos vemos en septiembre. Felices vacaciones.
