Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«28»

—¿Adónde vamos? —preguntó a la sombra que sostenía el arma.

—A una acogedora casita que se encuentra al final de este camino. Sitúese frente a mi y empiece a andar.

Con el cuerpo tenso como un resorte, Naruto avanzó un paso más en el camino sin soltar la sólida jarra de cerveza que tenía en la mano.

—¿Que hago con eso? —preguntó simulando docilidad haciendo girar y levantando ligeramente la mano derecha.

El bandido miró el objeto que sostenía él en su mano durante una fracción de segundo, justo el tiempo que necesitaba Naruto. Echó el contenido de la jarra a los ojos de aquel hombre e hizo girar acto seguido el recipiente para asestarle con él un golpe entre la mandíbula y la sien que le dejó tumbado en el suelo. Inclinándose un poco, Naruto agarró el arma del matón, tiró de su brazo y lo puso de pie.

—¡Andando, hijo de perra! Vamos a seguir con el paseo que me habías prometido.

El hombre se tambaleó un poco y Naruto le pegó un fuerte empujón que le hizo avanzar dando bandazos. Naruto se metió la mano en el bolsillo y buscó a tientas la pequeña pistola que llevaba siempre encima desde su vuelta a Inglaterra. Comprendió que le habría saltado del bolsillo al inclinarse sobre aquel hombre y asió con fuerza la que le había arrebatado mientras seguía a su desgraciado prisionero por el camino.

Cinco minutos después vislumbró en el extremo de la senda la oscura silueta de la casa del guardabosque.

—¿Cuántos hombres hay dentro? — preguntó Naruto, pese a que por las rendijas de los postigos no se vislumbraba luz alguna que indicara que hubiera alguien allí esperando.

—No hay nadie — respondió el bandido jadeando al notar el frío beso de la boca de la pistola contra la nuca —. Uno o dos. No lo sé — rectificó enseguida.

Naruto le respondió en un tono frío como la muerte.

—Cuando lleguemos a la puerta les dirás que me has apresado y que enciendan una lámpara. Como digas algo más, te vuelo los sesos.

Por si no le había quedado claro, apretó un poco más la boca del cañón contra la nuca de aquel hombre aterrorizado.

—¡De acuerdo! — exclamó con un grito ahogado, tambaleándose ligeramente al subir deprisa los peldaños para apartarse de la pistola—. ¡Lo tengo! — gritó con voz grave, asustado, al tiempo que pegaba una patada en la puerta. Ésta se abrió haciendo chirriar los goznes—. Encended una lámpara, que aquí no se ve ni torta, ¡maldita sea! — añadió, obediente, de pie en el umbral.

Se oyó el ruido de una yesca al encenderse, una sombra se inclinó hacia una lámpara y la luz parpadeó. Con un movimiento veloz, Naruto golpeó el cráneo de su cautivo con la culata de la pistola, arrojándolo al suelo, donde quedó inconsciente. Acto seguido, apuntó hacia la aturdida silueta que se inclinaba sobre la lámpara encendida.

Al ver el rostro que le miraba fijamente a la luz de aquella lámpara, estuvo a punto de desmayarse, tan inmenso fue su dolor y tan grande su sorpresa.

—¡Naruto! —exclamó la madre de Gaara, su tía en tono salvaje. La mirada de la mujer se volvió de pronto hacia una esquina y Naruto, con gesto instintivo, se volvió, se agachó y disparó. La sangre salió a chorros del pecho del otro asesino contratado por su tía, quien abrazó con fuerza su torso antes de perder el equilibrio y caerse. Una pistola saltó de su fláccida mano.

Naruto miró un instante al hombre para asegurarse de que estaba muerto y volvió luego la cabeza hacia aquella mujer a la que hasta hacía poco había amado más que a su madre. Y sintió... no sintió nada. La fría y vacía nada que se había ido adueñando de su interior iba asfixiando todas las emociones, impidiéndole cualquier sentimiento... Incluso la ira. En un tono completamente inexpresivo se limitó a preguntar:

—¿Por qué?

Aquella tranquilidad, aquella educación pusieron tan nerviosa a su tía, que respondió tartamudeando:

—¿Por... por qué vamos a matarte, te refieres?

Al darse cuenta de que hablaba en plural, Naruto levantó la cabeza bruscamente. Se acercó al hombre que yacía en el rincón, le arrebató la pistola cargada que tenía en la mano y abandonó la vacía que tenía en su poder. Pistola en mano, obligó a la mujer a la que tanto había querido a acercarse a la puerta que daba a otra habitación, que parecía un pequeño dormitorio. Allí no había nadie y a pesar de todo su tía parecía seguir pensando que había que matarle. Por otra parte, había hablado en plural.

Luego se le ocurrió a quién podía estar esperando y las primeras chispas de la ira se inflamaron en su interior: al parecer, allí tenían que acudir su primo y probablemente su esposa a comprobar que habían acabado realmente con él.

Volvió a la estancia principal y en un tono temible, glacial, dijo:—Por lo visto, está esperando refuerzos. Podríamos sentarnos, pues, y aguardar juntos.

La duda y el pánico se reflejaron en los ojos de la mujer al dejarse caer junto a la rústica silla junto a la mesa. Con un exagerado gesto de cortesía, Naruto esperó a que ella se hubiera sentado y luego apoyó en una postura informal la cadera en la mesa, colocándose de cara a la puerta.

—Y ahora —le dijo con la máxima suavidad— vamos a ver si me responde a unas preguntas... con rapidez y concisión. ¿Verdad que no fue un casual accidente el ataque que sufrí aquella noche en las afueras de Londres?

—No... no sé a qué te refieres.

Naruto volvió la cabeza hacia el conocido rostro del bandido que le había asaltado en aquella ocasión y que ahora yacía inconsciente y miró luego a su tía. Sin pronunciar una palabra, levantó la pistola que seguía en su mano y apuntó a la aterrorizada mujer.

—La verdad, señora mía.

—¡No fue un accidente! —exclamó ella con los ojos clavados en la amenazadora pistola.

Él bajó el arma.

—Adelante.

—Como tampoco lo fue tu captura, aunque la intención no era apresarte, porque tenías que morir, pero por lo visto... es difícil acabar contigo —añadió en tono de acusación, angustiada—. Siempre has tenido la suerte del diablo. Tu... con todo el dinero y los títulos, con tus robustas piernas rebosantes de salud, mientras el pobre Kankuro es un lisiado y Gaara prácticamente un indigente. —Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos y la mujer siguió, furiosa, gimoteando—: Lo has tenido todo, incluso la suerte. ¡Ni el veneno ha podido contigo! —gritó agitando los hombros—. Ni siquiera pudimos permitirnos contratar a alguien más competente para matarte porque todo el dinero estaba en tus manos.

—¡Qué desconsiderado he sido! —exclamó Naruto con amargura y sarcasmo—. ¿Por qué no me pedian dinero? Si por un instante me hubiera imaginado que lo necesitaban, se los habría ofrecido. Aunque no, evidentemente —rectificó en tono cáustico—, para matarme.

—Abuela —dijo Hinata algo desesperada—. ¿Ve usted a Naruto por alguna parte? Y ¿al hombre de la camisa negra y el pañuelo rojo en el cuello?

—¡Por el amor de Dios, Hinata! —respondió la duquesa, exasperada—. ¿Cuándo pararás quieta y dejarás de obligarme a buscar a uno y a otro? No te preocupes, que Naruto está aquí al lado. Tu esposo estaba ahí, apoyado en un árbol con una jarra de esa espantosa poción en la mano hace un momento.

Hinata se disculpó, intentó mantenerse sentada y tranquila, pero unos minutos más tarde ya no pudo soportar el inexplicable agobio y el pánico que empezó a sentir.

—¿Adónde vas, bonita? —preguntó la duquesa al ver que Hinata se levantaba y se arreglaba la falda.

—A ver si encuentro a mi marido. —Con una atribulada sonrisa, admitió—: Creo que me asusta pensar que pueda desaparecer otra vez, como un año atrás. Tonterías mías, ya lo sé.

—¿O sea que te importa, verdad, pequeña? —preguntó la duquesa en tono cariñoso.

Hinata asintió, pues le preocupaba tanto descubrir el paradero de Naruto que había dejado a un lado el orgullo que le hubiera llevado a una respuesta evasiva. Su mirada recorrió inquieta la muchedumbre mientras se disponía a ir hacia el lugar en que le había visto por última vez. No veía a Gaara por ninguna parte pero sí a Ino y Sai, que se acercaban a ella cogidos del brazo.

—Una espléndida fiesta, Hinata —comentó Sai con una tímida sonrisa—. Ni en las más refinadas reuniones de la ciudad lo había pasado tan bien.

—Gracias. ¿Han visto a mi marido por aquí? Y a ¿Gaara?

—Hace más de un cuarto de hora que no. ¿Quieres que vayamos a buscarles?

—Se lo agradecería —respondió Hinata pasándose la mano por el pelo—. Realmente está noche estoy fatal —admitió, disculpándose, nerviosa—. No paro de imaginarme cosas... Hace un rato incluso crei ver a un hombre entre los árboles ahí abajo. Y ahora al parecer Naruto ha desaparecido.

Sai, sonriendo, le habló con el tranquilizador tono que habría utilizado para dirigirse a una niña inquieta.

—Hace unos minutos estábamos juntos. Ya les localizaré y te los traeré.

Hinata le agradeció el favor y se dirigió a la mesa en la que se servía cerveza en jarras de peltre. Al pasar por delante de está saludó a una de las doncellas de la cocina y siguió hacia el árbol en el que había visto apoyado a Naruto. Echando una última ojeada a los reunidos, se volvió hacia el bosque y con paso vacilante tomó la estrecha senda.

Poco después se dijo que todo eran imaginaciones suyas, que actuaba como una tonta, y se detuvo, aguzando el oído, pero las risotadas y el barullo de la fiesta ahogaban cualquier sonido procedente del bosque, y las gruesas ramas de los árboles le ocultaban cualquier resquicio de luz y le producían la impresión de que se encontraba en un inquietante vacío con ruido y sin vida.

—¿Naruto? —gritó. Y al ver que nadie respondía, se mordió el labio con expresión preocupada. Decidió volver al claro y al dar media vuelta vio en el camino la jarra vacía.

—¡Dios mío! —murmuró, cogiendo el objeto para observarlo. Cayeron de él unas gotas de cerveza. Desesperada, miró a su alrededor, esperando, deseando, ver a Naruto tumbado por allí, tal vez mareado de tanto beber, como le había ocurrido en alguna ocasión a tío Jiraya. Lo que vio en cambio fue el brillo de una pequeña pistola junto al camino.

La cogió, se volvió y soltó un grito ahogado al chocar contra el cuerpo de un hombre.

—¡Gaara! Menos mal que eres tu! —exclamó.

—¿Qué demonios ocurre? —dijo él, cogiéndola por los hombros, angustiado—. Sai me ha dicho que Naruto había desaparecido y que tú habías visto a un hombre que se escondía entre los árboles.

—He encontrado la jarra de cerveza de Naruto aquí mismo y poco más allá, una pistola —dijo ella con la voz y todo el cuerpo temblorosos por el terror—. Y he visto también a un hombre que creo que era el mismo que intentó matar a Naruto la noche en que le conocí.

—Vuelve al claro y no te muevas del lugar iluminado —le dijo Gaara en tono brusco, y seguidamente le arrebató la pistola, echó a correr por la senda y desapareció en la espesura.

Después de tropezar con una gruesa raíz que atravesaba la senda, Hinata echó a correr hacia el claro, no tanto en busca de seguridad como de ayuda. Trastornada, buscó con desesperación a Utakata o a Sai y al no localizar ni a uno ni a otro se dirigió a uno de los campesinos que se había tomado un respiro en el concurso de tiro y rondaba alrededor de la mesa de la cerveza tan achispado como sus compañeros.

—Excelencia! —exclamó el hombre asombrado, descubriéndose la cabeza y disponiéndose a hacer una reverencia.

—¡Déjeme su pistola! —le dijo Hinata casi sin aliento y, sin esperar a que él reaccionara, le arrebató el arma de la mano—. ¿Está cargada? —preguntó, corriendo ya hacia la senda.

—Por supuesto.

Respirando a duras penas tras la carrera por la senda, Gaara pegó el oído a la puerta de la casa del guardabosque por si detectaba algún sonido dentro. Al no oír nada, comprobó si tenía el pestillo puesto y al ver que así era, retrocedió un par de pasos, arremetió contra ella con el hombro y la abrió de par en par. Casi sin equilibrio por la facilidad con la que había cedido la madera, entró tambaleándose y una vez dentro quedó boquiabierto. Vio a su madre sentada, completamente rígida en una silla frente a él, y junto a ella, también a la mesa, estaba Naruto con una pistola en la mano.

Ésta apuntaba directamente al corazón de Gaara.

—¿Qué... que demonios pasa aquí?, —saltó Gaara en un resuello.

La llegada de Gaara hizo añicos el último resquicio de esperanza que llevaba a Naruto a pensar que Hinata y su primo no habían participado en la conspiración para acabar con su vida en aquella fiesta.

En tono suave aunque de contundente amenaza, dijo:

—Bienvenido a mi fiesta, primo. Imagino que falta otro invitado para completar la cuadrilla, ¿verdad Gaara? ¿Mi esposa? —Antes de que el otro pudiera responder, añadió—: No te impacientes... Seguro que vendrá a por ti, convencida de que ya os habéis deshecho de mí, ¿o no? Seguro. —La suavidad de su tono se interrumpió de pronto—. Veo un bulto en tu bolsillo, que no puede ser más que un arma. Quítate la chaqueta y tírala al suelo.

—Naruto...

—¡Ahora mismo! —insistió Naruto en tono violento y el otro obedeció lentamente.

Cuando Gaara hubo lanzado la chaqueta al suelo, el arma de Naruto se desvió ligeramente hacia la izquierda, apuntando a la silla situada junto a la cerrada ventana.

—Siéntate. Y no te muevas ni una pizca —le advirtió con pasmosa tranquilidad—, porque de lo contrario te mataré.

—¡Estás loco! —murmuró Gaara—. Tienes que estar loco, Naruto. Por el amor de Dios, dime que demonios ocurre aquí.

—¡A callar! —saltó Naruto, ladeando un poco la cabeza al oír pasos en los peldaños de la casita. Su odio iba dirigido sobre todo a la muchacha que le había tenido obsesionado durante más de un año, la intrigante y maquinadora que le había hecho creer que le amaba, la bruja que había tenido entre sus brazos y le había entregado su cuerpo; la bellísima, risueña e inolvidable muchacha descalza que le había llevado a pensar que el paraíso era un río junto al que se extendía una manta con una comida campestre. Y en aquellos momentos, pensaba con una ira que apenas acertaba a contener, aquella mujer,estaba a punto de caer en sus garras.

La puerta crujió y se abrió... unos dedos; un mechón de pelo oscuro asomó por la rendija y acto seguido unos ojos grises que se abrieron como platos al detectar el arma que sujetaba Naruto.

—No seas tímida, cariño —dijo Naruto en un tono tan bajo que pareció un mortal susurro—. Entra. Te estábamos esperando.

Con un suspiro de alivio, Hinata abrió la puerta de par en par, vio al bandido en el suelo y se precipitó hacia dentro mientras Naruto se levantaba. Llorando, aterrorizada, se abrazó a él olvidándose de la pistola que llevaba en la mano.

—¡Sabía que era él... lo sabía!

Lloraba por el dolor y la sorpresa y Naruto la agarró por el pelo para hacerle levantar la cabeza. Cuando tuvo su rostro muy cerca del suyo, soltó:

—¡Cómo no ibas a saber que era él, bruja asesina!

Con una fuerte sacudida la echó al suelo y al caer se dio con la cadera contra la pistola que seguía en su mano. Durante un instante, Hinata permaneció inmóvil mirándolo desconcertada, aterrorizada, incapaz de comprender lo que ocurría.

—¿Tienes miedo, amor mío? —dijo él burlonamente—. No me extraña. A donde vas a ir no hay ventanas, ni preciosos vestidos, ni hombres... aparte de unos pócos carceleros que se aprovecharán de tu delicioso cuerpecito hasta que quede tan demacrado que ya ni siquiera les interese. Esperemos que seas capaz de mantener su atención más tiempo que la mía —añadió con toda la crueldad de la que fue capaz—. Y deja ese aire de sorpresa —añadió, interpretando mal su expresión conmocionada—. He estado en la cama contigo porque tenía que mantener la farsa del marido que nada sospecha... no porque te quisiera —mintió, experimentando un casi incontrolable deseo de matarla por su traición.

—¿Por qué haces esto, Naruto? —exclamó ella y seguidamente retrocedió aterrorizada ante el fuego que despidieron sus ojos al constatar que había utilizado su nombre de pila.

—Quiero respuestas, no preguntas —le espetó. Calculando que pasarían otros diez minutos antes de que Hatake se diera cuenta de que no estaba en la fiesta y de que había sido visto por última vez al tomar está dirección, Naruto se relajó de nuevo contra la mesa, apoyando un pie en el suelo y dejando que el otro se balanceara mientras se volvía, con gesto despreocupado, hacia Gaara—. Mientras esperamos —le dijo en voz baja, apuntándole con la pistola—, tal vez quieras darme algunos detalles. ¿Quien más has envenenado en mi casa? La mirada de Gaara pasó del arma que sostenía Naruto a su implacable expresión.

—Estás loco, Naruto.

—No me importaría matarte —respondió él pensativamente, levantando el arma como si se dispusiera a hacerlo.

—¡Un momento! —exclamó su tía, lanzando una mirada de desesperación a la puerta, y luego empezó a balbucear—: ¡No hagas daño a Gaara! N... no puede responderte porque n... no sabe nada del veneno.

—Imagino que mi esposa tampoco sabe nada —la interrumpió Naruto con sarcasmo—. ¿Verdad que no, querida? —preguntó apuntando luego a Hinata.

El pasmo y la furia llevaron a Hinata a incorporarse, agarrando la pistola entre los pliegues de su falda.

—¿Crees que hemos intentado envenenarte? —dijo en un resuello, mirándole como si acabara de pegarle una patada en el estómago.

—Sé que lo han hecho —replicó él disfrutando al advertir la angustia en su expresión.

—En realidad... —intervino Kankuro desde el umbral de la puerta, apuntando con su pistola a la cabeza de Naruto— te equivocas. Tal como está a punto de confesarte mi desquiciada madre yo soy quien concibió esas auténticas, si bien fracasadas, todo hay que admitirlo, conspiraciones para acabar contigo. Gaara no tiene agallas para matar a nadie, y puesto que yo soy el cerebro de la familia, pese a no contar con unas buenas piernas, fui yo quien se ocupó de la planificación y los detalles. Te veo sorprendido, primo. Como todo el mundo, das por sentado que un tullido no representa un peligro para nadie, ¿verdad? Suelta el arma, Naruto. Tengo que matarte de todas formas; pero si no la sueltas, primero mataré ante tus ojos a tu encantadora esposa.

Con el cuerpo rígido como un resorte, Naruto soltó la pistola y se incorporó lentamente, pero Hinata se acercó sigilosamente a él intentando encontrar amparo en su persona.

—¡Apártate! —dijo sin aliento, pero ella, en una aparente exhibición de terror, le agarró la mano y metió la pistola en su palma.

—Tendrás que matarme también a mí, Kankuro —dijo Gaara en voz baja, levantándose y dando un paso al frente.

—Ya lo suponía —dijo su hermano sin vacilar—. Ésa era mi intención.

—¡Kankuro! —exclamó su madre—. ¡No!. Eso no es lo que habíamos planeado...

La mirada de Hinata se clavó en el hombre que estaba en el suelo; vio como deslizaba el brazo hacia la chaqueta de Gaara y que, por detrás de él, otro hombre entraba por la puerta levantando lentamente una pistola.

—¡Naruto! —chilló, y al ver que no podía protegerle contra los atacantes, Hinata se lanzó contra él en el preciso momento en que se disparaban dos tiros.

Los brazos de Naruto se aferraron a ella con gesto instintivo mientras Kankuro se desplomaba, alcanzado por una bala de Hatake disparada desde la puerta, y el bandido del suelo rodaba agarrándose el brazo que le había alcanzado Naruto con un disparo. Todo ocurrió tan deprisa que a Naruto le costó darse cuenta de que Hinata de pronto se convertía en un peso muerto que iba resbalando junto a su cuerpo. La agarró con fuerza y le tomó la barbilla con la intención de bromear diciéndole que se desmayaba cuando todo había terminado, pero lo que vio le heló el corazón: la cabeza le colgaba hacia atrás y manaba mucha sangre de la herida que tenía en la sien.

—¡Ve en busca de un médico! —ordenó a Gaara mientras la colocaba en el suelo.

Aterrorizado, se arrodilló a su lado, se rasgó la camisa e hizo con ella unas vendas para taponarle la herida de la cabeza. No había terminado con el vendaje y la sangre empapába ya la blanca tela de hilo y el rostro de Hinata adquiría un tono ceniciento.

—¡Dios mío! —murmuró Naruto—. Dios mío.

Había visto morir hombres en las batallas infinidad de veces; conocía las señales que indicaban que una herida era mortal, y a pesar de que su cabeza comprendía que no conseguiría superarlo, seguía estrechándola contra su pecho. Con Hinata en brazos, corrió hacia la senda con el corazón desbocado al ritmo de sus palabras: «No te mueras... no te mueras... no te mueras...».

Sin resuello por el esfuerzo, llegó al claro del bosque llevando en brazos lo que más quería en el mundo. Sin hacer caso de las sorprendidas caras de los campesinos, que formaban grupos silenciosos, vigilantes, Naruto colocó a su esposa en el carruaje que al parecer Gaara había ordenado que esperara al borde de la senda.

Una anciana, comadrona, echó una ojeada a la ensangrentada venda que cubría la cabeza de Hinata, a la sepulcral palidez de su piel y, mientras Naruto daba la vuelta para subir al coche, intentó tomarle el pulso. Se volvió luego hacia los congregados moviendo la cabeza con tristeza.

Las mujeres a las que Hinata había ayudado, aquéllas con las que había confraternizado un año antes, miraban con ternura aquel cuerpo inerte colocado en el coche, y al alejarse éste los suaves gemidos impregnaron el ambiente. No hacía ni diez minutos que en éste se respiraba toda la alegría que emanaba de ella.

CONTINUARÁ...