Los personajes de Candy Candy pertenecen a sus autoras Mizuki e Igarashi. Esta historia es de mi autoría como todas las que he escrito y lo hago sin fines de lucro, solo por entretención.


Junto a Ti

CAPITULO XXVI

Juntos para siempre

Cerca de las ocho de la noche, Albert llegó a la dirección que le había dado el señor Steel, para que le llevará el dinero. Era una alejada carretera, cerca de donde estaba la casa donde tenía a Candy. Albert se bajó de su automóvil, con una maleta en una de sus manos. Ahí se quedó por varios minutos, muy nervioso en espera que llegara el padre de Luisa.

Mientras esperaba, rogaba que pudiera rescatar a su pequeña sana y salva y llevársela junto a él, lejos de ese loco. Era lo único que le importaba, que Candy estuviera bien.

En ese momento vio una sombra que caminaba hasta el, ya que la noche comenzaba a caer.

—Señor Steel -lo nombró Albert mirándolo.

—Aquí estoy, William -contestó el hombre con una voz ronca -¿Trajiste el dinero?

—Si, aquí lo tiene -dijo Albert pasándole el maletín con dinero.

El señor Steel la abrió de inmediato dándose cuenta que estaba llena de dólares.

—Vaya William, debes amar mucho a esa chiquilla para darme tanto dinero.

—Si la amo tanto, que estaría dispuesto a darle toda mi fortuna. ¿Dónde está Candy?

El señor Steel dejó el maletín en el suelo y desde su chaqueta sacó un arma.

—Siento decirte que no la podrás ver -contestó apuntándole -Que lástima que te vayas a morir sin ver a tu amada.

—¿Que paso con mi pequeña? -le preguntó alterado -¿Le hiso daño?

—No, ella está bien, el que se va morir eres tú por dejar a mi hija, una señorita de sociedad y cambiarla por esa vulgar huérfana.

—¡No se atreva hablar así de la mujer que amo!

—¡Y tú no te atrevas a dar un paso! ¡Ahora te vas a morir William Andrew! -gritó el señor Steel apunto de disparar.

Cuando en ese instante llegó la policía, ya que George la había llamado, presintiendo que la vida de Albert estaba en peligro.

—¡No se atreva a disparar! -le ordenó uno de los policías apuntándole también con un arma.

El señor Steel se volteo para ver al policía.

—¡No me dispare! -pidió asustado.

—Baje su arma.

El policía caminó hasta él.

—Esta detenido por secuestro e intento de asesinato. Va pasar muchos años en la cárcel -le dijo el policía con intensión de colocarle las esposas, pero el señor Steel le dio una patada al policía y salió huyendo.

Pero otro de los policías le disparo dándole en la espalda.

Albert se quedó helado, al ver el cuerpo del señor Steel muerto en el suelo.

—¿Se encuentra bien, señor Andrew? -le preguntó el policía.

—No sé dónde está mi prometida.

—Hay que ir a buscarla.

En ese momento Albert vio una casa a lo lejos, presintiendo que en ese lugar podría estar su amada.

—Debe estar en esa casa.

Albert y el policía se fueron aquella vieja casa, donde al entrar se encontraron con Candy que estaba sentada en el suelo, con las manos y los pies amarrados y la boca tapada.

—¡Pequeña! -la nombró Albert acercándose a ella, donde le sacó el paño que tenía en la boca.

—Albert, mi amor, gracias a Dios estas vivo.

—Tranquila, todo pasó.

—¿Y dónde está el señor Steel?

—¡Esta muerto!

—¿Tú lo mataste?

—Fui yo señorita, él quiso huir tuve que dispararle -le contó el policía.

—¡Oh mi pequeña!-la abrazo con fuerza -No sabes lo angustiado que estaba por ti. Voy a sacarte esas amarras.

—Llévame pronto de aquí, Albert.

—Si, vamos de una vez. Ya no está el señor Steel para que te vuelva hacer daño.

—A pesar de todo siento pena por ese señor, estaba como loco.

—Su ambición lo enloqueció.

—Pobre Luisa, va sufrir mucho cuando sepa que su padre murió.

—Si, ella lo quería, era su padre -dijo Albert con tristeza.

Un mes después…

En la mansión de Lakewood se estaba realizando la esperada boda de la señorita Candice White y William Albert Andrew. Una boda hermosa y familiar, donde estaban las personas más queridas de la pareja, entre ellos Puppett la mascota de Albert con la que él se había rencontrado después de tanto tiempo.

Su tía Elroy no había querido participar de la boda, prefirió quedarse en Chicago, muerta de la rabia por no haber podido impedir aquella unión. Albert se sintió triste por la actitud de su tía, el la quería como una madre, solo esperaba que más adelante llegara aceptar su matrimonio con Candy.

Candy lucía un hermoso vestido de novia, descotado en los hombros, con una amplia falda, bordada con finos hilos y un velo muy blanco donde se podía apreciar su bello rostro, un rostro lleno de felicidad, de convertirse en la esposa del hombre que tanto amaba. Albert se encontraba a su lado, muy guapo como siempre, vestido con un traje en tono gris. Ambos se veían hermosos frente al sacerdote que los estaba casado.

—¿Señor William Albert Andrew, acepta como esposa a la señorita Candice White, para amarla y respetarla todos los días de su vida hasta que la muerte los separe? -le preguntó a él.

—¡Si acepto! -contestó el rubio sonriéndole a su futura esposa.

—¿Señorita Candice White, acepta como esposo al señor William Albert Andrew para amarlo y respetarlo todos los días de su vida hasta que la muerte los separe? -le preguntó a ella.

—¡Si acepto! -contestó Candy eufórica.

—Ante Dios los declaro marido y mujer. Señor Andrew puede besar a la novia.

Albert delicadamente levantó el velo que tapaba el rostro de Candy y beso sus labios, en un beso maravilloso, que sellaba su compromiso de amor.

Una vez que se besaron, todos se les acercaron para darles las felicitaciones a los recién casados.

—Candy, señor Andrew que sean muy felices -le dijo la señorita Pony.

—Cuide mucho a nuestra niña -le pidió la hermana María.

—Claro que la voy a cuidar, ella es como un tesoro para mí -contestó Albert abrazando a su esposa.

Luisa se acercó a ellos. Ella se sentía muy triste por la muerte de su padre, a pesar de lo malvado que fue, sin embargo, había sido su padre y lo único que le quedaba en la vida, ya que su madre había muerto cuando era una niña. Ahora tendría que aprender a vivir sin él, pero tenía personas maravillosas que la iban ayudar a salir adelante.

—¡Candy, William, muchas felicidades por su boda! -les dijo sinceramente.

—Gracias, Luisa -contestó Albert dándole un abrazo -Nos alegra mucho que hayas participado de nuestra boda.

—¿Luisa, puedo hablar contigo a solas? -le pidió Candy.

—Claro.

—Albert, vuelvo enseguida.

—No te demores mucho, mi pequeña.

Candy llevó a Luisa a otro lugar del jardín de la mansión, donde se estaba realizando la boda. Una boda de día, donde un bello sol los acompañaba.

—Luisa, quiero pedirte disculpa por todo lo que ocurrió con Albert. Nunca fue mi intensión quitártelo.

—Candy eso yo lo sé, todo lo que pasó no fue tu culpa. Eres una gran chica y por eso William te escogió a ti.

—¿Entonces, no me guardas rencor?

—Por supuesto que no-contestó con una sonrisa - Nunca voy a olvidar lo que hiciste por mi cuando me recibiste en el hogar de pony. Me gustaría mucho que siguiéramos siendo buenas amigas.

—¿Lo dices en serio?

—Si, Candy.

—¡Oh Luisa! -la abrazó eso me hace muy feliz -Como me gustaría que te convirtieras en mi cuñada.

—¿En tu cuñada?

—Si, Tom es como mi hermano y si tú lo aceptaras te convertirías en mi cuñada.

Luisa soltó una risita.

—Bueno…yo le dije a Tom que le voy a dar la oportunidad de conquistarme, veremos qué es lo que pasa.

—Tom te ama mucho, y te haría muy feliz.

—Lo se…es un chico extraordinario -dijo Luisa mirando al vaquero que estaba en la boda junto a su padre.

Él también la miró en ese instante, diciéndole en esa mirada que estaba dispuesto a todo para conquistar su corazón.

Después de la ceremonia religiosa, comenzó el baile de los novios, donde Candy y Albert se lucieron bailando por todo el jardín, siendo acompañados por otras parejas los acompañaron Stear y Archie con sus novias Annie y Patty, Tom con Luisa y hasta la señorita Pony con el señor Stevens.

La boda estuvo maravillosa, con una gran fiesta acompañado de un gran banquete, un exquisito pastel y baile que duro hasta el atardecer.

Una vez que todo terminó, la pareja de rubios se quedó en el jardín, sentados en una silla, disfrutando del atardecer, donde el sol comenzó a ocultarse detrás de las montañas.

—¡Que hermosa tarde! -comentó Albert mirando hacia el horizonte.

—Si, está muy bella.

—Es por nuestra boda, el sol sabe lo mucho que nos amamos y que desde ahora en adelante vamos a estar juntos para siempre.

Candy se emocionó con aquellas palabras, que sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Si, juntos para siempre.

—Pequeña, no vayas a llorar. No olvides que eres más linda cuando ríes que cuando lloras.

Ella lo miró asombrada, ya que aquellas palabras solo se las había dicho su príncipe de la colina.

—¿Por qué me dices eso? -le preguntó confundida.

—¿No te gusto lo que te dije?

—No es eso.

—¿Entonces?

—Albert, esas palabras me las dijo el príncipe de la colina cuando lo conocí en la colina de pony.

Él le sonrió.

—Pequeña, yo soy el príncipe de la colina.

—¡Tu! -exclamó mirándolo con sus ojos como plato.

—Si…

—¿Y porque nunca me lo dijiste antes?

—Bueno…antes no lo recordaba y cuando recuperé la memoria, quería dejarlo para un momento especial y que mejor momento este donde nos hemos convertido en esposos.

—¿Que más secretos tiene, señor Andrew?

—Jajajaja, ninguno más, señora Andrew. Se lo prometo.

—¿Seguro? -lo miró dudosa.

—Completamente.

—¡Oh mi amor, me hace tan feliz saber que eres mi príncipe de la colina! -lo abrazo fuertemente -¡Te amo mucho más!

—Y yo a ti, mi pequeña -le dijo tomándola en sus brazos.

—¿Qué haces, Albert?

—Llevarte a nuestra habitación.

—Es temprano para dormir.

—Quien dijo que vamos a dormir -le dijo Albert con una voz seductora -No olvides que es nuestra primera noche como casados.

Candy se sonrojó de pies a cabeza.

—¡Albert!

—Jajajaja, te pusiste roja como un tomate, pequeña.

Ella se tocó sus mejillas.

—Jajajaja, si un poco.

—Vamos pequeña, que te tengo una sorpresa.

Albert llevó a su esposa, hasta una de las recamaras de la mansión, donde pasarían su noche de boda. El día anterior Albert se dedicó a decorarla, con velas y muchas rosas rojas por todos lados, hasta en la cama habían pétalos combinando con el velo blanco que la rodeaba. Todo estaba hermoso, para esa noche están especial, donde por fin Candy y él se convertirían en uno solo.

A la mañana siguiente. Unos ojos verdes se abrieron como dos hermosos luceros que despertaban de un largo y tranquilo sueño. Con el cabello desordenado y su cuerpo cubierto por un fino camisón de seda blanco, Candy levantaba su cabeza encontrándose a su lado con el hombre que amaba con todo su corazón, William Albert Andrew, su protector, su incondicional amigo y príncipe de la colina. Mostrando una amplia sonrisa Candy se quedó observando el rostro de Albert que aún seguía dormido, con una respiración que apenas se podía percibir. Con una de sus manos le acarició el cabello, sintiéndose la mujer más afortunada del mundo de tener un hombre tan maravilloso como el a su lado. No sabía exactamente cuándo se había enamorado de Albert, pero ahora eso que importaba ella era su esposa y la mujer que estaba dispuesto hacerlo inmensamente feliz.

Albert lentamente comenzó abrir sus ojos, encontrándose con la mirada dulce de Candy, viendo su sonrisa fresca y sintiendo el perfume de su piel que lo tenía completamente cautivado, reafirmando que era la mujer con la que quería compartir el resto de su vida. Con suavidad la tomó por la cintura y la acercó a su pecho musculoso, provocando que Candy se estremeciera de pies a cabeza. El color de sus ojos se mesclaron en uno solo y una amplia sonrisa salió de sus labios en ese momento, recordando la apasionada noche que habían vivido. Una noche que jamás olvidarían, donde por primera vez consumaron su amor. Todo había sido con mucho nerviosismo al principio, sobre todo por parte de Candy que era algo nuevo para ella, pero después poco a poco se fue relajando con las caricias y besos de su esposo, que la hicieron sentirse más relajada y amada, de una manera que nunca imaginó. Tenía miedo de aquella primera vez, pero Albert la trató con tanta ternura que todos sus miedos se fueron en un instante, pasando a una entrega muy apasionada de parte de los dos.

—¿Cómo amaneciste, mi amor? –le preguntó Albert pasándole su dedo índice por la nariz de la rubia.

—Muy bien, mi príncipe de la colina –le respondió ella con coquetería –¿Y tú como amaneciste?

—¡Maravillosamente! Fue un placer haber dormido contigo.

—A mí también me gustó mucho dormir contigo –confesó ella sonrojada.

—¿Lo dices de verdad?

—Si…señor Andrew.

Albert hundió sus manos en los risos de Candy y la acercó a sus labios, donde tiernamente la comenzó a besar llegando hasta tocar lo más profundo de su alma. En un beso envuelto en una mescla de sentimientos, amor, deseo, pasión, ternura en fin un beso que hacía reafirmar lo mucho que la amaba.

Mientras que Candy sentía que se le acababa la vida con aquel beso, disfrutando de la boca de su esposo, un hombre tan tierno, pero al mismo tiempo tan apasionado, que cada vez que la acariciaba la hacía sentir que su piel se erizaba, con el contacto de sus manos, que recorrían su cuerpo como si estuviera acariciando una de las rosas que estaban en la habitación.

Esa mañana desayunaron muy tarde, para después hacer las maletas y dirigirse de regreso a Chicago, donde tomarían el barco para comenzar su luna de miel, por varias ciudades de Europa en especial Escocia.

*Fin*


Hola lindas chicas

Espero que se encuentren muy bien junto a sus familias. Aquí les dejo el final de la primera parte de esta historia, porque si Dios me lo permite hare una segunda parte, ya que quedaron cosas inconclusas. Me imagino que todas querrán saber si Tom logrará conquistar el corazón de Luisa, por otro lado, si la tía abuela llegará aceptar el matrimonio de los rubios. Esta segunda parte contara la vida de casado de Candy y Albert, con nuevos acontecimientos y nuevos personajes.

Muchas gracias a cada una de las chicas que me apoyaron con este fic leyéndolo y enviándome sus lindos cometarios. Espero que lo sigan haciendo con la segunda parte, ya que saben que sin ustedes nosotras las escritoras no somos nada.

Les envió un cariñoso abrazo a la distancia y muchas bendiciones.