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Candy aceptó la silla que le ofrecía y enlazó modestamente las manos encima de la falda, para que dejaran de temblar. La voz de Albert era tranquila, pero a pesar de todo, ella estaba nerviosa. Respiró hondo.
—¿Qué es lo que quieres saber? Estoy segura de que Tom y Pauna te han dicho que le pedí a Anthony que nos llevara de caza.
—Sí, Tom explicó lo que estabais haciendo en el bosque, pero no por qué te pusiste a ti y a los demás en peligro al abandonar el castillo.
Candy contó brevemente lo sucedido aquel día. Cuando hubo acabado, como él no dijo nada sino que siguió mirándola fijamente, continuó, nerviosa.
—Anthony tomó todas las precauciones apropiadas. Yo solo pensaba en disfrutar de un breve respiro de la monotonía de las semanas anteriores dentro de los muros del castillo. Verás, habíamos estado trabajando tanto para poner las cuentas en orden para san Miguel...-Sabía que su explicación sonaba ridícula... y lo era. Se avergonzaba de la parte que había tenido en la instigación de su aventura.
—Entonces ¿no conocías mis órdenes de que tú y Pauna permanecierais en Dunvegan mientras yo estuviera fuera? ¿Anthony no te lo explicó? ¿No te advirtió del peligro que presentaban los Mackenzie?
—Desde luego, Anthony explicó tus deseos. Es solo que, bueno, supuse que no sabías que ibas a estar lejos tanto tiempo... y esto... que no te importaría, dadas las circunstancias. Hacía un día tan hermoso y lo estábamos pasando tan bien... y no nos alejamos mucho del castillo. Nunca imaginé que los Mackenzie fueran tan osados como para arriesgarse a acercarse tanto. Todo parecía bastante inocente.
Se sentía como si volviera a ser una niña, de pie ante su padre, retorciéndose las manos con frustración, mientras trataba de explicarle otra decisión discutible, que no podía racionalizar ni para sí misma.
—Lo que no comprendo es que Anthony lo aceptara. ¿Por qué iba a desobedecer mis órdenes expresas?
Candy se mordió el labio. Albert observaba sus cambios de expresión atentamente y confundió la culpa que había en su cara con una respuesta.
—¿Qué hiciste?-preguntó, entrecerrando los ojos.
—No, lo malinterpretas. Es difícil de explicar. Es solo que, bueno, me siento culpable. Es que...-El retorcimiento de manos se intensificó—. Anthony quizá tenga unos sentimientos tiernos hacia mí y, bueno, se lo supliqué, y sé que no estuvo bien.-Tenía las mejillas encendidas de incomodidad y vergüenza.
Albert se pasó los dedos por el pelo y la miró furioso.
—Desde luego que no; apesta a manipulación. Si lo que dices sobre los sentimientos de Anthony es cierto, no deberías haberlo animado.
—No lo animé. No era mi intención utilizar sus sentimientos de esa manera. Haces que parezca muy calculado. Es solo que cuando tú lo has mencionado ahora, me he sentido culpable... que, en retrospectiva, sé que no debería haber acudido a Anthony, sabiendo lo que siente.
—No, no deberías haberlo hecho. Descubrirás que no todos los hombres hacen lo que a ti se te antoja, Candy. No todos se dejarán llevar por una bonita sonrisa o un roce en el sitio oportuno. La verdad es que me sorprende que mi hermano se dejara embaucar por un ardid tan evidente. Pero yo no.-Su voz era dura como el acero—. Descubrirás que yo no soy tan fácil de persuadir.
—¿Qué quieres decir?
—No intentes engañarme. Nunca.
Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.
—¿Has terminado?
—No.-La ira que Candy temía brotó con toda su fuerza. Los ojos de Albert llameaban—. ¿No te das cuenta de lo que habría pasado si yo no hubiera llegado a tiempo? Habrían matado a Anthony y tú habrías deseado que te mataran también. ¿Ir de caza? Podrías haber esperado mi vuelta.
—¿Tu vuelta?-El dolor que sentía por su abandono se desbordó finalmente—. Estuviste fuera tanto tiempo que dudaba de que tuvieras intención de volver.-Notó un nudo en la garganta—. Nunca se te ocurrió escribirme. Ni una sola palabra.
Tenía la mirada fija en los pies. No se atrevía a mirarlo a los ojos por miedo a que él viera lo peligrosamente cerca que estaba de echarse a llorar.
—¿Qué quieres de mí?-preguntó él con rudeza—. Ya te he dicho que no puede ser.
Al momento siguiente, Candy se encontró entre sus brazos; estaba claro que él tenía intención de dar rienda suelta a su irritación en su persona. Inclinó la cabeza hacia atrás mientras escudriñaba su cara en busca de alguna señal de comprensión. Pero no había pruebas de compasión en las líneas duras y tensas de su cara: sus ojos eran rendijas, su boca estaba fuertemente apretada dibujando una línea recta y sus brazos eran rígidos e implacables.
Por su aspecto parecía no ser capaz de decidir si quería zarandearla o besarla. Se quedaron mirándose fijamente durante un tiempo, en el precario equilibrio que les ofrecía la indecisión. Candy contenía el aliento, consciente de que él estaba librando una feroz batalla consigo mismo. No quiso esperar y tomó la decisión por él.
Le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas y acercó los labios a los de él. Sus curvas se amoldaban perfectamente a sus músculos fuertes y duros.
—Quiero esto-dijo, y lo besó.
Albert soltó un juramento en voz baja y la atrajo más hacia él; no se limitó a corresponder a su beso, sino que asumió el control. Su beso estaba lleno de un hambre que bordeaba la inanición.
Audaz y desenfrenado.
Su boca se movía sobre la de ella posesivamente, buscando alivio. Había urgencia en sus movimientos, como si las arenas del tiempo fueran un enemigo que pudiera frustrar sus intenciones. El furioso palpitar del corazón de Candy -latiendo de excitación, no de temor— corría parejo con el de Albert.
El tiempo de espera era un poderoso afrodisíaco. El contacto de los labios de él sobre los suyos reavivó al instante la pasión que había despertado su último beso ardiente. Candy sintió que un fuerte latigazo de deseo le recorría el cuerpo. Sabía que lo deseaba y que su deseo no tenía nada que ver con los planes de su tío. Era una necesidad primitiva. Lo quería como una mujer quiere a un hombre.
Albert abrumaba sus sentidos, haciendo que se sintiera flácida de deseo, incapaz de cualquier pensamiento coherente que no fuera sus ansias por el hombre que la tenía entre sus brazos. La portentosa sensación de su exigente boca, el suave cosquilleo de su pelo dorado que le caía sobre la mejilla, la fricción de su barba de un día contra su sensible piel, el embriagador olor a sal y mar que parecía impregnar su piel y el sabor del vino demorado en sus labios hacían desaparecer cualquier idea relacionada con su plan.
Lentamente, él aflojó su abrazo. Sus ásperos dedos dibujaron un camino ligero, sorprendentemente suave, en su brazo, a lo largo del hombro y por la garganta, hasta llegar a la barbilla. La piel le hormigueaba donde él dejaba su contacto, mientras le levantaba despacio la barbilla, obligándola a estrechar más el abrazo.
Ella sabía que él no se contentaría con unos besos inocentes. Su pasión se había librado de las cortas riendas con que la controlaba y el deseo reprimido que ella sentía cómo explotaba en su interior no se apagaría con un cortejo amable. Notó la fuerza de su deseo cuando sus dedos y sus labios trabajaron al unísono para abrirle los labios a la ambiciosa invasión de su lengua, dedicada al saqueo y el pillaje con cada movimiento giratorio. Incapaz de contener su propia pasión, Candy respondió instintivamente y su lengua se juntó con la de él, uniéndose y emparejándose a su deseo con su réplica, inocente pero cómplice.
Tenía la espalda contra la pared junto a la ventana, mientras todo el cuerpo de Albert se apretaba contra ella. El vigor de su poderosa constitución, tan musculosa y fuerte, despertaba un anhelo primitivo de protección del que se habría burlado solo unos meses antes. Antes de averiguar lo vulnerable que era, a manos de Fergus Mackenzie. Con Albert se sentía plenamente femenina. Vulnerable, pero segura. Y sobre todo, deseada. La poseía como si no pudiera quedar ahíto de ella.
Sus manos estaban por todas partes, explorando los esbeltos contornos de su cuerpo. Como un conquistador, con cada caricia la marcaba como suya. Sus movimientos eran más bruscos, más duros y más desenfrenados que antes. Como si temiera la intervención de un pensamiento racional. Deslizó los dedos por debajo del corpiño del vestido para acariciarle el pecho, y los pezones se le endurecieron, esperando la caricia de su lengua. Él la cogió con la boca y chupó haciendo girar el palpitante botón entre los dientes y la lengua hasta que ella se retorció de frustración.
Notó el helor del aire frío cuando él le levantó la falda y dejó una pierna al descubierto. Notó cómo su mano le acariciaba las nalgas desnudas y acercó, decidida, las caderas hacia él. Se estremecía con el hormigueo de expectación despertada en cada sitio donde sus cuerpos se tocaban. El acalorado palpitar entre sus piernas era muy delicado, como un cosquilleo de consciencia agudizada.
Los labios de Albert volvieron a buscar su boca mientras su mano subía, audaz, por la parte interior de sus muslos. Se tensó, con el corazón desbocado. Deseando. Esperando. Ansiando que la tocara. Oh, Dios, cómo la provocaba. Sus atormentadoras caricias, roces y toques aumentaban lentamente la divina presión hasta hacerla temblar de necesidad. Hasta que estaba húmeda y caliente, ansiando más. Su lengua entraba y salía de su boca y, de repente, lo supo... supo lo que él haría. Apretó las caderas contra su mano, con un ruego silencioso.
Gimió, deleitándose en la arrolladora oleada de alivio que sintió cuando su dedo se introdujo rápidamente en la humedad que había entre sus piernas.
—Dios, qué apretada estás.-La voz de Albert sonaba tensa, como si sintiera dolor.
Las sensaciones, cercanas al éxtasis que él despertaba en ella superaban con creces cualquier otra idea. O duda. Nada tan maravilloso como aquello podía estar mal. Su respiración se aceleró, convirtiéndose en un jadeo, mientras él continuaba con sus caricias íntimas, despertando un escandaloso frenesí de necesidad. La presión creció y creció, hasta que creyó que iba a estallar. Se sentía extraña, impaciente por algo que no comprendía.
—Relájate-le susurró él, alentador—. No luches, deja que tu mente se abandone. Concéntrate solo en el placer que sientes donde yo te toco. Voy a hacer que tengas un orgasmo.
Candy se entregó a la suave caricia de su voz. No le costó entender a qué se refería cuando la presión aumentó en su interior. Él introdujo el dedo dentro de ella, y cuando le masajeó su punto más sensible con el pulgar, se tensó y, finalmente, se rompió en pedazos.
Albert vio cómo la celestial oleada del orgasmo de Candy la inundaba arrastrándola, poderosa, con ella.
El asombro y el éxtasis que aparecieron en su cara eran lo más hermoso que había visto nunca. Cuando las sensaciones fueron disminuyendo, el movimiento de su pecho se hizo más lento y su color volvió a la normalidad.
—Nunca había imaginado...-dijo ella en voz baja, sobrecogida—. ¿Siempre es así?
Él quería mentir, pero le dijo la verdad que estaba firmemente alojada en su pecho.
—No siempre-Nunca. Nunca se había sentido de aquel modo al llevar a una mujer al orgasmo.
Ella pareció tomarse sus palabras en serio. Su sonrisa le llenaba toda la cara.
Albert no había querido que aquello sucediera.
Solo quería meter un poco de sensatez en su cabeza, pero cuando ella apretó sus dulces labios contra los de él, estuvo perdido. Sabía que no podría-ni querría— luchar contra la poderosa atracción que parecía unirlos. Pero sí que podía darle placer sin despojarla de su inocencia.
O eso pensaba. Pero las siguientes palabras de Candy lo cambiaron todo.
—Yo también quiero tocarte a ti. Enséñame cómo darte placer.
Sus honorables intenciones salieron volando por la ventana. Contuvo el aliento cuando la mano de Candy fue, inocentemente, hasta su muslo. Debería estar escandalizado por su atrevimiento, pero estaba demasiado excitado. Quería sentir su mano en él. La cogió por la muñeca y le hizo deslizar la mano por encima del plaid hasta llegar a su prominente erección. Los dedos de Candy rodearon instintivamente su falo.
Se tensó, esperando su siguiente movimiento, dando gracias a la tela que separaba su mano de su verga. Estaba tan duro, tan lleno de deseo que incluso el simple contacto de su mano en su sensible y caliente piel podían hacerle perder el control. Inocentemente, ella lo tocaba, explorando tentativamente toda su longitud y, con su ayuda, empezó a acariciarlo. Apretó las nalgas, luchando contra el impulso de estallar en su mano. O levantarle las faldas y deslizarse en el caliente y apretado guante de su interior. La idea de toda aquella suavidad rodeándolo provocó la salida de una gota anticipada de su punta.
Albert sabía que iba demasiado aprisa, pero sentía que toda su experiencia se hacía cenizas por la ardiente hoguera que había entre los dos. Ninguna mujer lo había hecho sentir de aquel modo, ninguna le había hecho perder el control. El ardor de su respuesta lo volvía loco. Había recorrido ese camino muchas veces, pero nunca había viajado con una mujer como aquella, que respondía a cada movimiento suyo con otro propio. Corría el peligro de tomarla allí mismo, contra la ventana. O eso o arriesgarse a que el dulce círculo de su mano le hiciera sufrir la humillación de quedar como un muchacho inexperto.
Se obligó a aflojar el ritmo. La apartó de la ventana y la dejó en un banco con cojines que había cerca. Se inclinó sobre ella y la besó suavemente mientras empezaba a desatarle las cintas del vestido. Le recorrió la cara con los labios, dirigiéndose a la sensible nuca. Candy suspiró cuando la lengua de Albert saboreó su piel de seda, dulce como la miel.
Albert no tenía intención de llevar las cosas tan lejos, pero su cuerpo no admitía una negativa. El deseo batallaba contra el honor.
Levantó la cabeza bruscamente y se sintió como si se hubiera sumergido en una bañera de fría realidad. Sabía qué tenía que hacer, aunque era, sin duda, lo más difícil que había hecho nunca. Estaba muy cerca de hundirse en su apretado ardor y liberar aquella presión casi insoportable.
Pero, al parecer, el honor había vencido.
No podía hacer eso. No cuando ella todavía era vulnerable debido al ataque sufrido. No cuando había tantas cuestiones pendientes entre ellos.
Se merecía más de lo que él podía darle.
Se levantó, pero su mirada siguió cautiva de lo que abandonaba en aras del deber. Ella era la tentación personificada: tenía los ojos medio cerrados de pasión, los sensuales labios magullados por sus besos, y su respiración era superficial y entrecortada. Arrastró la mirada hasta la suave piel marfileña de sus pechos, parcialmente expuestos, con los pezones oscuros y tensos por sus besos.
Debía de estar loco.
Candy abrió los ojos sorprendida ante la brusca interrupción del placer que él le estaba dando solo unos momentos antes.
—¿Por qué me miras así? ¿He hecho algo mal?-Se incorporó intentando abrocharse torpemente los lazos de su corpiño.
¿Mal? Era tan condenadamente inocente.
Albert se volvió y se puso a mirar por la ventana, al oscuro exterior, dejando que su respiración se tranquilizara. Finalmente, la miró.
—Ya te he dicho cómo tiene que ser.
Ella se levantó y le rodeó el cuello con los brazos.
—No tiene por qué ser así.
Era casi demasiado. Tal vez debería tomar lo que ella le ofrecía, y al infierno con las consecuencias. Pero Albert no actuaba impetuosamente cuando se trataba del clan, ni siquiera con una mujer a la que deseaba por encima de todas las demás.
Cuidadosamente, le soltó los brazos del cuello. No podía pensar con ella tan cerca.
—¿Por qué me has besado?
Candy se quedó boquiabierta.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
—No confías en mí-dijo ella rotunda.
—¿Debería hacerlo? Eres una MacDonald.
Sus miradas se encontraron y vio que sus francas palabras la habían herido, pero su respuesta era importante para él. Más importante de lo que quería reconocer.
Ella alzó la barbilla, pero el temblor de su labio inferior traicionaba su angustia.
—¿Te he dado alguna razón para que no lo hagas?
Albert se frotó la mandíbula, pero no respondió. No estaba seguro.
—Me has provocado antes-dijo, refiriéndose a aquel vestido y al transparente
night trail
—. Y no has contestado a mi pregunta.
Candy se sonrojó, sin saber si era de enfado o de culpa.
—Te he besado porque quería hacerlo. Es la única razón. Como recordarás, estábamos hablando del ataque, a petición tuya. Tú lo propusiste.-Levantó la barbilla y lo miró—. Y si decidiera seducirte, lo sabrías.-Aquella seguridad femenina, sensual, lo desconcertó.
Albert estuvo a punto de sonreír ante su jactancia, aunque su amenaza provocó un estremecimiento trepidante en su interior. Sospechaba que ella estaba en lo cierto. Aquella mujer era mortífera.
Ella dejó su amenaza en el aire unos momentos, antes de continuar.
—Tal vez yo podría cuestionar tus motivos. ¿Por qué me has traído aquí esta noche?
—Te pedí que vinieras aquí para hablar del ataque. Tal vez deberíamos volver a eso y hablar de las ramificaciones de tus actos.-Hizo una pausa, preguntándose cuáles podrían ser esas consecuencias.
Candy permanecía de pie ante él, orgullosamente, con el pelo alborotado y las mejillas sonrojadas, pero aparte de eso, no quedaban apenas pruebas de su estado de casi desnudez de unos minutos antes.
—Reconozco mi responsabilidad. Haz lo que quieras.
Albert negó con la cabeza.
—No me gusta tu parte en esto, pero el responsable era Anthony. Quedó al mando mientras yo estaba fuera y responderá de sus actos cuando despierte. Tú ya has sufrido suficiente castigo a manos de los Mackenzie. No obstante, si alguna vez decides volver a desobedecerme, escúchame bien, Candy, habrá graves consecuencias. Confío en que no volverás a hacer nada tan imprudente.
No era una pregunta.
—Puedes volver a tu cámara-dijo más amablemente.
No eran solo Anthony y Candy los culpables. Albert se sentía también responsable por lo que había estado a punto de pasarle a ella. No había difundido las noticias de su matrimonio y aquello había contribuido a que Fergus Mackenzie sospechara que Candy no era quien decía ser. Además, la había dejado sola demasiado tiempo. El recuerdo de su amarga acusación no se había borrado; su largo silencio le había dolido.
Candy se aventuró a lanzarle una última mirada, suplicando que la comprendiera. Él le sostuvo la mirada pero mantuvo una expresión inescrutable. El recuerdo de lo que habían compartido se mantenía, incómodamente, entre los dos. Escarmentada, Candy se volvió y empezó a dirigirse a la puerta.
Él observó cómo se iba, y su cuerpo siguió ardiendo con un deseo no consumido. El recuerdo de su cara, cuando había estallado entre sus brazos, lo acosaría cada uno de los días que quedaban de aquel maldito matrimonio a prueba.
La detuvo antes de que llegara a la puerta.
—¿Por qué estás aquí realmente, Candy? ¿Por qué aceptaste este matrimonio?
Ella pareció sorprendida por la pregunta.
—Era el deseo de mi padre.
—Pero ¿y tú? ¿Tú qué quieres?
—La prosperidad de mi clan y el amor de mi familia.
—¿Nada más? ¿No quieres un hombre al que amar? ¿Niños a los que cuidar?
—Claro, pero tú has dejado muy claro que esta no es tu intención.-Sus miradas se encontraron y se sostuvieron—. ¿Por qué aceptaste tú este matrimonio?
—No tuve elección, el rey lo exigía-respondió él automáticamente. Vio la chispa de algo en sus ojos. ¿Dolor?
—Al comprometerte conmigo, cumplías con tu deber para con tu rey, pero no dice en ningún sitio que no puedas disfrutarlo.-Hablaba en voz muy baja—. Yo lo he hecho.
Él se quedó en silencio un momento, recordando la intensidad de lo que habían compartido.
—Eso no cambia nada.-No comprendió que había pronunciado aquellas palabras en voz alta hasta que vio su expresión. Parecía que él la hubiera golpeado.
Al cabo de un momento, Candy sonrió tristemente.
—Estás equivocado. Lo cambia todo.
...
Creo que se refiere a que lo cambia todo porque ella se ha enamorado. Hasta aquí mis bellas lectoras. Nos encontramos mañana. Feliz viernes :)
