Roy Mustang - Misión 8: Paz
Ishval E. 31/AGO/1908 - 2/SEP/1908
Los libros de historia recordarán la última etapa de la guerra como la más tranquila. Incluso ahora, con los supervivientes de la misma vivos para poder contrastar la verdad, se habla de ella como si hubiese sido un paseo, como los últimos metros que recorre un vehículo por inercia al soltar el freno.
Nada más lejos de la realidad. Los últimos momentos de la guerra fueron tanto o incluso más crueles que el pleno apogeo de la misma. El motivo era que ya no había resistencia, ya no se peleaba. La gente huía, trataba de pasar desapercibida entre nuestras líneas, levantaban las manos cuando nos veían, se arrodillaban y lloraban por su vida.
Es mucho más fácil matar a un hombre cuando tiene un arma en la mano.
Podríamos resumir que el final de la campaña en Ishval fue cruenta e injusta. Tuvimos que dejar a un lado cualquier atisbo de humanidad que aún conservásemos y remangarnos para matar. Saneábamos los barrios con diligencia, tratando de ser lo más eficiente posibles. Con el paso de los días habíamos aprendido que de nada servía tratar de salvar a alguno en un intento egoísta de redimir nuestra conciencia, aunque fuera por un segundo. Nos encontrábamos en una carretera de un sentido, si queríamos salir de allí lo único que podíamos hacer era huir hacia delante.
Mi última misión fue en la región de Romit, en el extremo oriental de Ishval. Era uno de los últimos barrios en los que se agrupaban rebeldes armados. Ya no había monjes guerreros, solo antiguos ciudadanos con algún fusil o granada en su poder y un fuerte sentimiento de odio. Se ocultaban en las ruinas de lo que una vez fueron sus casas y nos disparaban hasta que los matábamos o se quedaban sin munición. A veces incluso veíamos cómo trataban de cubrir a su familias, que corrían en dirección contraria hacia el desierto.
De nada servía, nuestra estrategia era infalible. Primero atacábamos con la artillería pesada, en el caso de las batallones de Alquimistas Nacionales, con ellos mismos. De esta forma, con el primer enfrentamiento directo se eliminaba el poder ofensivo enemigo. Después, dos pelotones de choque entraban por los flancos del barrio con explosivos y descargas de artillería ligera. Quemaban y derruían lo que quedase de las casas, obligando a los supervivientes a moverse. De esta forma conseguíamos que ninguno se dispersara. Si iban hacia nosotros, se encontraban con la fuerza principal, un grupo de soldados armados, y eran fusilados. Por el contrario, si escapaban hacia el exterior, se encontraban con kilómetros de extensas dunas. Desde allí, totalmente desprotegidos, eran blanco fácil para la artillería pesada o la alquimia.
Sistematizar las purgas ayudaba a deshumanizarlas, separando los sentimientos de nuestras acciones y evitando imprevistos. Porque eran los imprevistos los que más afectaban, los que se grababan en las pesadillas.
Un grupo de rebeldes se parapetaban detrás de una ruinosa pared de piedra y adobe. Lo que antaño fue un edificio ahora era una barricada. Los cañones de sus fusiles escupían balas de forma errática, manteniendo a mi escuadrón bloqueado. Una de las balas silbó cerca de mi posición, arañando una piedra cerca de mi cabeza.
Llevábamos ya diez minutos esperando que nos dieran luz verde y pudiéramos comenzar el exterminio de la zona. Una muestra más de la incompetencia del mando. Si estuviéramos esperando apoyo, tendría sentido sincronizar los ataques, pero tratándose de células independientes nuestra libertad de movimientos debería ser mayor, ajustándose a las circunstancias.
Mis soldados también se asomaban por los resquicios de nuestras barricadas hechas con sacos de arpillera apoyados entre ruinas y rocas. Intercambiaban disparos, manteniendo la tensión de ser abatidos. Lo ideal habría sido mantenernos resguardados hasta el momento de luz verde, pero dado que ya conocían nuestra posición, si no manteníamos un mínimo de presión podrían lanzarnos granadas o algún explosivo.
Esa situación se mantuvo hasta que vi cómo uno de mis soldados lanzaba un grito. Una bala le había dado en el hombro, empapando su uniforme azul de un color morado oscuro. Di una señal para avisar a mis hombres y, con un chasquido, generé una llamarada que cruzó la línea defensiva de piedra y carbonizó a los cinco hombres que se ocultaban tras ella. Avanzamos a través de esas ruinas. Los dos soldados que me cubrían mantenían sus fusiles en ristre, preparados para cualquier ataque sorpresa. Las calles quedaban ennegrecidas por el paso de mis llamas. La arena negra era la firma de mi obra.
Me detuve y volví la vista a mis hombres. –Comenzamos la misión. Bravo –dije, dirigiéndome a al pelotón de morteros–, diríjanse en dirección sur y avancen hacia el norte por el flanco derecho. Llevarán una escolta de seis hombres. Lleven la munición justa, no pueden permitirse ir cargados.
–Conmigo otros cuatro hombres –continué–, me cubrirán mientras avanzamos de norte a sur. Cuando detengamos el fuego, avanzaréis hacia el oeste hasta encontrarnos, después continuaremos hacia la zona exterior y el desierto.
Tras dejar claro el plan, nos dividimos y comenzamos a avanzar. El silencio, a diferencia de otras veces, no era opresivo ni incitaba a mantener la guardia alta. Era un silencio pacífico, como el que reina en los cementerios.
A los pocos minutos comencé a oír las explosiones. El pelotón del flanco derecho había comenzado a barrer la zona. Desde allí, en la distancia, solo se veían volutas de humo y pequeños resplandores. Miré al edificio que tenía delante y chasqueé los dedos. Mi llamarada se coló a través de las ventanas, reventando los pocos cristales que aún aguantaban.
Cuando ésta se disipó pude ver cómo unas llamas, pequeños focos de incendio, se mantenían en el interior de las viviendas. Al poco tiempo, enormes gusanos de humo negro escapaban hacia el cielo. Si quedaba alguien en esa vivienda y no había sido pasto de las llamas, acabaría asfixiado. Continuamos a la siguiente calle y repetimos la operación. El ritmo lo marcaban las explosiones de los morteros.
Varias calles después pude ver siluetas entre las ventanas. Aun así, chasqueé los dedos y la llama se extendió por toda la fachada. El estruendo de la combustión del aire ahogó los gritos por un tiempo. No di tiempo a que se extinguiera y volví a chasquear los dedos, rematando a cualquier superviviente. Las puertas del portal se abrieron de golpe y vi salir a un hombre en llamas.
Como si fueran una sustancia pegajosa, las llamas se extendían por sus ropas aunque se frotara. Su cara tenía un color oscuro, entre el marrón y el rojo, y gritaba en agonía. Mi escolta lo abatió cuando dio tres pasos. Por si acaso, volví a chasquear los dedos, reavivando el incendio que había provocado en el edificio.
Por esa misma calle, un par de hombres nos miraban desde una esquina. Al ser conscientes de que los observábamos, comenzaron a correr por el callejón que se extendía frente a ellos. Chasqueé los dedos de nuevo y mis llamas corrieron más que sus piernas. Caminamos con rapidez hacia su posición por si habían escapado. Cuando llegamos solo quedaban un par de cuerpos irreconocibles, tan ennegrecidos que se fundían con el suelo. Solo el olor delataba lo que habían sido apenas unos segundos atrás. Uno de mis hombres movió uno de los cadáveres con el pie. Pudimos ver cómo su silueta quedó dibujada en la arena, como una sombra blanca en un contorno negro.
Fuimos barriendo toda la zona. Éramos conscientes de que algunos escapaban pero no importaba, tarde o temprano se toparían con nosotros. Cuando una explosión derruyó el edificio que yo acababa de incendiar, supe que nos habíamos encontrado. Seis de los ocho hombres de la escolta mantuvieron sus posiciones mientras yo y otros dos, volvíamos hacia el oeste para encontrarnos con la fuerza principal.
Charlie, uno de los hombres de mi escolta, se detuvo a mi lado. Miré en su dirección y vi cómo una trampilla, la entrada a un sótano, parecía sospechosamente limpia. Eso solo podía significar una cosa.
–Adelante, soldado –dije con voz ronca. Con el polvo se me secaba la garganta.
Él y otro más se acercaron a la trampilla. Intentaron abrirla tirando, a patadas e incluso disparando a las bisagras, pero la puerta no cedió. Me acerqué a ella. Se trataba de un portón de doble hoja hecho con duras chapas de hierro. Si hubieran sido de madera las podría calcinar, sin embargo, el hierro era un asunto distinto.
Miré a los hombres que cargaban con los morteros, pero negaron. –Ya no nos queda munición, comandante.
Para mi desgracia, yo tampoco podía hacer gran cosa. Al estar en un espacio tan pequeño y, probablemente sin salida, cualquier débil llamarada que lanzase acabaría muriendo en su interior. Maldije en silencio. No podíamos dejar a esa gente allí. Podríamos esperar a que salieran por agua o por comida, pero no sabíamos si allí dentro tenían algún tipo de avituallamiento. Lo que seguro era inadmisible sería pasarlo por alto. Entonces presté atención al hueco que quedaba entre las dos hojas de la puerta y tuve una macabra idea.
Apoyé la cabeza en la plancha metálica y cerré los ojos. Al poco tiempo pude escuchar un ruido en su interior. Aquello corroboraba lo que había pensado. Si seguían ahí dentro significaba que aquel sótano no tenía otra salida. Estaban aislados.
Me quité la chaqueta y taponé toda la parte inferior del hueco, dejando únicamente una hendidura en la parte superior. Entonces apoyé las manos a ambos lados del hueco y activé mi alquimia. Una chispa azulada se coló en su interior, iluminando tenuemente la estancia.
Continué con las manos en aquel lugar un total de dos minutos hasta que unos gritos débiles comenzaron a escucharse al otro lado. Al principio eran de confusión, pero después de rabia. Comenzaron a aporrear las puertas con fuerza desde dentro. Entonces miré a mis hombres, que ya estaban en posición. Calculé cuándo daría el siguiente golpe y me aparté en aquel momento.
Las puertas se abrieron con fuerza. Un hombre salió tropezando, pero no pudo articular palabra antes de ser abatido. El cuerpo cayó de nuevo al interior y oímos un grito femenino. Me asomé al agujero. Se trataba de una pequeña despensa subterránea, ni siquiera era un sótano.
En su interior, una mujer lloraba con un niño dormido en sus brazos mientras miraba el cadáver de su marido. En realidad, el niño tenía tantas posibilidades de estar dormido como de estar muerto. Cuando miró hacia arriba, sus ojos, húmedos y rojos, se clavaron en los míos. Lo que más me dolió fue que no me miraron con odio, solo con pena, una pena infinita. La visión se cortó cuando Charlie le pegó un tiro en la frente, acallando todo el ruido.
Ambos nos quedamos mirando la horrible escena. –Comandante, ¿cómo ha hecho que salieran? –me preguntó.
Lo miré un momento. Tenía unos rasgos afilados, la barbilla puntiaguda y la nariz aguileña. Su pelo era negro, peinado hacia atrás. Sus labios, al igual que los de todos nosotros, habían olvidado lo que era una sonrisa.
–Reduje la concentración de oxígeno. Supongo que el niño se desmayó y el padre intentó salir. Debió de pensar que se estaban asfixiando.
Charlie volvió la vista al interior. Tenía el ceño fruncido. –Entonces, ¿el niño está inconsciente?
Chasqueé los dedos de nuevo, creando una columna de fuego en el interior de aquella despensa. Él volvió con sus compañeros sin mediar palabra. Los juicios morales son absurdos en la guerra.
Poco después el grupo principal nos alcanzó. No había oído disparos, pero tampoco había prestado atención. Es algo horrible de admitir, pero en aquel momento me había acostumbrado tanto al sonido de los disparos que ya me parecían parte del ambiente, como el ruido que hace el viento al mecer las hojas de un árbol.
–¿Algún contratiempo? –pregunté al primero de ellos. Era un hombre alto y rubio que respondía al nombre de Fabio. En aquel momento ni lo recordaba. Vestía el uniforme y, sobre él, la capa blanca. También llevaba el gorro del ejército correspondiente a su rango, azul y con dobleces entrelazados hacia arriba.
–No, comandante. Apenas vinieron media docena de hombres y los abatimos sin problemas.
–Perfecto. –Miré al enlace y su enorme mochila de comunicaciones. –Avisa al centro de mando. La región de Romit ha capitulado. –Me volví al resto de hombres. –Ahora avanzamos al este. Seis hombres se quedarán protegiendo al enlace y las provisiones. Si ocurre algo, mandad una avanzadilla. –Toda baja evitable era una baja inconcebible. Si el uso de escolta se hubiera normalizado en la guerra, nos habríamos ahorrado miles de muertos.
Mientras caminábamos entre los escombros era consciente de que aún quedaría algún rezagado. Algún hombre atrapado bajo los escombros o herido sin poder moverse. El exterminio de una zona era algo laborioso si se quería hacer correctamente. Intenté no pensar en ello y continué avanzando junto a mis hombres.
Al final, las ruinas iban descubriendo el desierto de Xing. Grandes dunas de arena se extendían hacia el horizonte. Sus figuras, curvas y armoniosas, parecían haberse dibujado de un solo trazo. Sin embargo, esa belleza no mostraba las temperaturas infernales que se alcanzaban en ese desierto, las hectáreas infinitas de arena seca y los miles de kilómetros que había hasta el siguiente signo de civilización.
Avanzando sobre una de las dunas distinguí un total de cuatro personas dirigiéndose hacia el sur. Peleaban por ascender hacia la cresta de la misma, como si aquella fuera una meta que llevase a algún sitio. Charlie se colocó a mi lado.
–Señor, ¿dejamos que huyan? –me preguntó.
–Las órdenes no incluyen perseguir a los rebeldes que escapen de aquí –contesté–, nosotros nos limitamos a Ishval.
Charlie se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió con una cerilla. La tiró al suelo y dejó escapar una bocanada de humo. –Supongo que será porque al sur lo único que hay son las fronteras con Aerugo. Si consiguen atravesar el desierto probablemente los capturen.
Aquello era irrelevante. Ya había visto en el norte que a los habitantes que conseguían cruzar las líneas los dejaban huir sin más. Era una norma implícita que solo los oficiales conocían. Los soldados rasos tenían obligación de disparar, de acabar con ellos. Aun así, no dije nada. No tenía sentido tratar de justificar lo injustificable. Aquella guerra era un sinsentido de principio a fin.
Volví hacia la ruinosa ciudad y arranqué la marcha al punto de partida. Las ruinas expelían fumarolas de humo blanco, tintando el paisaje de un color gris y sucio. Aquello era lo que habíamos creado, todo nuestro esfuerzo se reducía a aquel triste paisaje.
Un par de disparos rompieron aquella calma. Siguiendo el alboroto, vi a un pequeño grupo de hombres que se había reunido alrededor de una pared de piedra. Un hombre mayor yacía tumbado en el suelo, en su regazo descansaba un perro que parecía estar muerto.
Fabio tenía el fusil en la mano. –Comandante Mustang, este es el último.
Me acerqué a él. Tenía la barba manchada con polvo y sangre. Su herida era mortal. La representación de la derrota. –Anciano, eres el último.
Su piel cobriza comenzaba a tornarse gris. Las arrugas que surcaban su rostro parecían dibujar un mapa. La mayoría de ellas se concentraban a los lados de los ojos, la frente y los labios. Estos se curvaron hacia arriba, acentuando las arrugas en una mueca que parecía una sonrisa condescendiente.
–¿Cuáles son tus últimas palabras?
–Comandante –dijo Fabio con voz de alarma, apuntando su fusil al hombre.
En aquel momento, el viejo abrió los ojos. Parecían ligeramente desenfocados, pero pronto centraron su atención en mí. Su boca se abrió, pero tardó un segundo en articular palabra.
–Maldito… seas.
Dos palabras. Mi condena.
–Como desees. –Chasqueé los dedos.
Aún no se había disipado el humo cuando el enlace vino dando tumbos cargando su enorme mochila. Su alegría se mostraba en forma de lágrimas. La guerra había terminado.
El repliegue de tropas fue algo sumamente ordenado. Los pequeños pelotones fueron uniéndose a sus escuadrones y batallones. A los dos días ya estábamos reunidos en el campamento general del oeste. Allí pude ver a Hughes, lo único que me alegró en lo que llevaba de semana. Ambos escuchamos el discurso despótico del Generalísimo.
–¿Qué harás ahora, Hughes? ¿Volverás a Central?
Hughes sonrió de forma canina. –Por supuesto que sí. Tengo una estrella esperándome allí.
Lo miré con admiración. Después de todo lo ocurrido, todos los demonios combatidos, su espíritu seguía inquebrantable. Hughes sería durante mucho tiempo mi apoyo. También el de Glacier, y más adelante de su hija. Intento no pensar demasiado en la pérdida que fue su muerte para todos nosotros.
–¿Y tú qué, Roy?
–¿Yo qué? –Devolví la pregunta.
–Ahora sé lo que pretendes hacer con el país pero, ¿qué harás con tu vida?
Esbocé una sonrisa triste. Yo no tenía su fortaleza, estaba demasiado roto para intentar lo que su pregunta proponía. Demasiados demonios me susurraban que no merecía la felicidad de la que él hablaba. Antes de plantearme algo así, debería devolver al mundo todo lo que le había quitado.
–Nada, Hughes. Ahora mismo no me puedo desconcentrar de mi objetivo.
–¿Y qué me dices de la francotiradora? –preguntó él.
Su inteligencia era afilada como un cuchillo, y eso a menudo me enfadaba. La pregunta me llevó a un terreno más cenagoso. Una cosa era aspirar a la felicidad, otra muy distinta era lo que me estaba proponiendo. Aquello no lo merecería nunca. Me bastaba con saber que seguía viva después de este desastre.
Mi respuesta fue lacónica. –No, Hughes.
Pude ver su mirada de comprensión a través de los cristales de sus gafas. Era una de las personas que mejor me conocía. Sabía que tenía esa tendencia a autoflagelarme. –Bueno… solo te voy a dar un consejo entonces. –Me miró con seriedad. –Si quieres protegerla, mantenla cerca de ti.
Tras esa conversación fui a buscarla. La encontré frente a una tumba, y lo que me propuso me golpeó como una bola de demolición. No fue hasta que me contó sus desvelos que fui consciente de la magnitud de lo que había hecho. No había tenido en cuenta qué podría pensar ella. El enorme peso que habían tenido sus decisiones para que todo acabara de esta manera.
Me guio hasta una casa abandonada. El segundo y tercer piso habían sido derruidos, pero la estructura de la planta baja seguía en pie. La entrada estaba cubierta por una cortina hecha jirones. Miré atrás; la calle estaba vacía. Los soldados estaban evacuando la zona en dirección a las vías del tren. Había llamado a Knox, aunque aún no había llegado y no sabía para qué. Pese a todo, confiaba en su discreción. Iba a ser eso lo que necesitaríamos.
Aparté la cortina con el antebrazo y entré en el destartalado salón. Las grietas y agujeros del techo dejaban pasar rayos de luz, que a su vez iluminaban las motas de polvo suspendidas en el aire. Todo en aquella casa daba sensación de abandono. Había una mesa aplastada por los escombros, sillas de madera tiradas en el suelo y un sillón con la tela llena de polvo.
Entre toda aquella destrucción se alzaba ella. Uno de los rayos de luz caían sobre su figura, ensalzando su tez pálida. Su pelo brillaba como si fuera de oro. Era una visión descorazonadora, algo tan bello rodeado de inmundicia, como una flor alzándose entre el estiércol.
No hubo ceremonias. Se quitó la capa blanca y la casaca azul. Hizo lo mismo con la camiseta negra y el sostén. Una vez más, el lienzo que era su espalda quedaba a mi merced. Vi cómo se encogía, cubriendo su desnudez con los brazos. Su espalda era más ancha que antes, probablemente por el ejercicio militar. Aun así, en aquel momento parecía frágil, pequeña.
Me acerqué en silencio y quedé a un palmo de ella. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, la fragancia que se mezclaba con el sudor y el polvo del lugar. Me enguanté la mano. El sonido que hizo la tela con mi mano hizo que su espalda se encogiera aún más. Tenía que protegerla, y en lugar de eso le haría más daño.
–Perdóname –dije–. Lo siento de verdad. –Calló. –Durante todo este tiempo he tratado de justificar mis actos por un bien mayor. He puesto todas mis esperanzas en un futuro que aún no existe, en un castillo de aire.
Se me humedecieron los ojos. Los cerré con fuerza. –He matado a muchísima gente escudándome en que eran órdenes. Nunca pensaba que tuviera otra opción. Pero ahora dudo. Después de todo esto, ahora que ya ha terminado, solo puedo pensar que quizás sí la tuve, pero fui demasiado cobarde para hacer lo correcto. –Mi respiración estaba agitada, las lágrimas corrían por mis mejillas.
–Y mi mayor condena ha sido arrastrarte a todo esto. Te propuse el ejército porque pensé que podrían ayudarte a seguir adelante, pero nunca que te meterían en este infierno, que te obligarían a mancharte las manos de esta forma. –No podía mirarla aunque estuviera de espaldas, me avergonzaba de mí mismo.
–Por si fuera poco utilicé aquello que me habías confiado para avivar esta masacre. No vi que la alquimia era algo que me prestabas, de lo que seguías siendo responsable. Estuve tan... tan ciego.
Mi pecho convulsionaba por cada respiración. Mis actos no podían arreglarse con una disculpa, no había nada que pudiera hacer para repararlo. Entonces noté cómo sus manos se posaban en mi cara. Abrí los ojos y me encontré con su rostro.
Movió un pulgar y borró uno de los recorridos que habían hecho mis lágrimas. Después hizo lo mismo con el otro. Sus enormes ojos café me miraban con piedad. Me había perdonado; no había nada más injusto.
–No tomes como tu carga el peso de mis decisiones. Yo elegí este camino. –Sus labios se curvaron de forma imperceptible. No fue una sonrisa, fue un esbozo, un boceto, el cimiento sobre el que quizás podría florecer una. –Haz de este país un lugar mejor.
En ese momento, resplandeciente y desnuda bajo el rayo de luz, me pareció la persona más fuerte del mundo. Volvió a darme la espalda y se arrodilló. Habló en un susurro, pero la escuché. A fin de cuentas, solo estábamos ella y yo. –Volvamos a casa.
–Sí –respondí. Chasqueé los dedos.
Hola a todos y todas.
Me temo que hemos llegado al final del viaje. Es cierto que aún queda la última carta de Hughes para ponerle punto y final, pero este es el último capítulo de estos dos maravillosos personajes.
En cuanto a este último capítulo. Me costó un poco cómo enfocarlo para poder tocar todos los temas que quería enseñar. Por una parte, quería mostrar a Roy tomando parte en el exterminio, mostrando tanto sus acciones como el modus operandi del ejército, barriendo zonas y demás. También la escena del último hombre que mató, la cual aparece en el manga. Por último, quería mostrar la escena en la que Roy le quema la espalda a Riza, pero creo que fue mejor no hacerlo tan explícito.
Un dato curioso es que el barrio de Romit no existe en el universo en FMA, pero sí es un pueblo real. Se encuentra en el país de Tayikistán, en Oriente Medio. Quería poner un nombre que pegase y me puse a buscar con Google Maps jajaja.
Por último quiero hacer una reflexión.
Los temas en los que más incidencia he querido hacer en este fic, más allá de poder escribir sobre dos personajes que me encantan, es sobre la guerra y las mujeres (y el vino jajaja okno).
En primer lugar, aunque parezca algo muy obvio, la guerra no soluciona nada. Los conflictos suelen surgir por motivos egoístas, y debe ser mediante el diálogo como deben solucionarse. Hoy en día vivimos en un mundo que esta lejos de considerarse pacífico, hay muchas guerras activas y mucha gente muriendo. Os pongo ejemplos como la guerra de Afganistán, Siria, Yemen, Ucrania o Israel/Palestina, conflctos en los que a día de hoy mueren miles de personas al año.
Por suerte, los frentes poco a poco se van desplazando al tema económico y no tanto al militar, pero igualmente debemos intentar atajar estos conflictos en los que al final muy pocos salen beneficiados y siempre a costa del dolor de la gente. Debemos ser empáticos y generosos, solo así podremos ser mejores.
Por otra parte, espero haber abordado el tema del machismo en este fic con el mayor respeto posible. Una crítica desde mi punto de vista, siendo hombre, nunca será tan acertada como el que podría hacer una mujer, pero considero que era necesario visibilizar algo que es tan real y que tan poco (o tan mal) se trata en libros o películas. Quiero hacer énfasis en esto último porque parte del problema está en cómo la cultura trata a la mujer, como débil o el interés amoroso del personaje masculino, algo muy visible aquí, en FanFiction. Se deben apoyar y difundir historias en las que la mujer sea tan válida como el hombre, y ese es uno de los motivos por los que FMA es tan brillante.
Hoy en día a muchas mujeres no se las trata igual que a los hombres, ya sea a nivel laboral como en muchos otros ámbitos de la sociedad. Incluso en lugares muy avanzados como ciertas partes de Europa, los micromachismos siguen existiendo, siguen estando establecidos ciertos patrones de conducta que llevamos interiorizados desde nuestra niñez y nos hacen tratarnos de forma diferente. Si bien es cierto que hay aspectos en los que puede que no seamos iguales, las oportunidades y el trato deben ser idéntico para ambos géneros. Debemos visibilizar este problema y combatirlo desde nosotros mismos, analizando cómo nos comportamos y cómo tratamos a quienes tenemos alrededor.
Siento la charla moralista.
Quiero expresar mi agradecimiento a todos los que habéis seguido este fic, y espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo lo hice creándolo. Y por supuesto, quiero hacer una mención especial a DolcePiano y Jisbon28, también a Demona 0 y Yumivigo, por las reviews que habéis hecho. Es muy importante para los que creamos contenido recibir cierto feedback para saber qué os parece, ver otro punto de vista diferente al nuestro y, sobre todo, apoyar el trabajo. Me habéis conseguido animar mucho leyendo vuestros comentarios, y agradezco de veras que os hayáis tomado la molestia de escribirlos.
Eso es todo. La semana que viene subiré la última carta.
Un abrazo.
PD: Por si a alguien le interesa, estoy trabajando en otro proyecto... Zelda~~
