Capitulo 24
Rogando que hubiera luna llena, decidió emprender la marcha hacia Longbridge inmediatamente, sin importarle los peligros inherentes a la noche. No quería pensar en el interrogante de que tal vez ya sería demasiado tarde, que lo llevaría a cargar con el enorme peso de la culpa. Se estaba ahogando en un mar de confusión: había acusado de todas las perfidias a la única persona que podía arrojarle la cuerda salvavidas que tanto necesitaba, expulsándola luego de su vida.
Tal como había hecho antes Minato con él.
Había caído en un nuevo abismo sin fondo, y no tenía idea de cómo salir de él. Pero, Dios santo, la amaba, y casi superaba su capacidad comprender por qué eso le resultaba tan difícil.
Durante esa cabalgada a la luz de la luna, comprendió que no deseaba otra cosa que parecerse a la princesa de la granja. Con todo su corazón deseaba iluminar el mundo que lo rodeaba como lo iluminaba ella, confiar como confiaba ella, creer como creía ella. Pero no podía hacerlo solo. Lo único que sabía con toda certeza era que lo asustaba de muerte la perspectiva de perderla.
Para ser un hombre que nunca había necesitado a nadie, necesitaba a la princesa campesina con toda la desesperación de un moribundo. No dejaba de ver la ironía: toda su vida había tenido un cuidado enorme de no formar lazos de ningún tipo, convencido de que lo perdería al final. Pues bien, estaba perdiendo, fatal y completamente.
En realidad había perdido toda su vida. Lo veía claro como un cristal; qué tremendamente profético había sido al atribuir las dolorosas pérdidas de su vida a su increíble maña para destruir a aquellos que le importaban. En esos momentos veía clarísimo que esa destrucción se debía no a que le hubieran importado demasiado, sino a que no le importaban lo suficiente.
Su madre, bueno, la había perdido antes de que entendiera lo que significaba querer. A su padre no podía perderlo, puesto que nunca lo tuvo. Pero estaba Yūra: no se había preocupado de él lo suficiente como para ver el deterioro de su espíritu; se había convencido a sí mismo de que Yūra era un hombre adulto, capaz de cuidar de sí mismo. En realidad Yūra no tenía a nadie a quien recurrir, a nadie que lo quisiera realmente, y él lo había dejado hundirse y caer, insensible a los signos de desesperación.
¿Y Menma? Su hermano había hecho un daño indecible a su matrimonio, mintiéndoles a los dos e introduciendo la desconfianza entre ellos.
Por mucho que le doliera pensar en su traidor hermano, no podía dejar de pensar qué rumbo habrían tomado sus vidas si él le hubiera demostrado a Menma cuánto lo quería. Y hubo un tiempo en que sí lo quería, aunque en algún momento ese afecto se pudrió, como una enfermedad infecciosa, hasta roerle el corazón y destruir cualquier relación que pudieran haber tenido.
Con todas su debilidades, Menma era lo que Minato había hecho de él y, en justicia, no podía responsabilizarlo de eso. Ojalá se hubiera tomado mayor interés en él; ojalá hubiera tratado de amarlo. Eso era lo que Menma había necesitado de él.
Por eso, justamente, le escribiría a Men, con la promesa de una pensión vitalicia y la esperanza de que algún día pudiera haber una reconciliación entre ellos.
También escribiría a la casita cerca de Fairlington, para agradecerle a su tía su sinceridad y pedirle que ella y el señor Senju se les reunieran pronto en Longbridge. Había perdido a su madre, pero no quería perder a su tía; la necesitaba para que le ayudara a salir del atolladero en que de pronto se había convertido su vida.
Y así llegaba a la herida más grave: la brecha abierta entre él y Hinata, aparentemente infranqueable, imposible de cruzar. Y esta era culpa suya; al margen de lo que hubiera hecho Menma, fue él quien primero fue indiferente a ella y luego buscó algo de qué desconfiar.
Ella le salvó su miserable vida y él le pagó acusándola de amar a Menma.
Pues sí, era un hombre desesperado. Por difícil que le resultara, estaba dispuesto a quitarse la piel para que ella lo examinara, para enseñarle la horrible locura que lo impulsó a acusarla, las sombras oscuras y las telarañas que le rodeaban el corazón.
Haría cualquier cosa por esa mujer, comprendió, lisa y llanamente; daría la vida por la princesa Hina de la Granja si eso era preciso para cruzar el abismo; porque sin ella no tenía esperanza, era un hombre muerto.
La necesitaba por que la amaba.
El sol comenzaba a aparecer por el horizonte cuando Hinata se asomó a su ventana a mirar los jardines por última vez, con las manos posadas sobre su abdomen. Por una vez, sentía el vientre en calma, pero su enfermedad de corazón y mente la tenía sumida en la confusión.
¿Cómo podría marcharse así? ¿Qué debía hacer, dejarle una nota diciéndole que estaba embarazada de un hijo suyo? Desde ese horroroso encuentro en Rasenrengan, se sentía desgarrada entre la responsabilidad de llevar en su seno un hijo de él y la honda herida que la impulsaba a marcharse.
El dilema era muy sencillo: si Naruto Namikaze necesitaba algo era a su hijo, ese ser de su propia sangre, para tenerlo en sus brazos, abrazarlo y derramar sobre él el amor de su dolido corazón. Pero ella no podía vivir sin el ser que llevaba en su vientre. Y estaba claro que no podía vivir con Naruto.
Se sentó junto a la ventana en el banco con cojines y apoyó la frente en el fresco cristal. Ya se le había olvidado la rabia; esta había dado paso a una inmensa desesperanza.
Después de todo lo que había pasado, la idea de perderlo para siempre era más dolorosa que los triviales motivos que lo impulsaron a mentirle. Había desconfiado de ella, ¿pero qué otra cosa podía esperar? Con la vida que había vivido, era de admirar que no la hubiera arrojado lejos llevado por su desconfianza. Lamentablemente, no había esperanzas de que él cambiara.
Era un hombre de triste figura, en realidad, no el joven y gallardo conde del que había estado tan enamorada.
Qué vacía debió de ser su vida solitaria, desprovista de verdadero compañerismo humano, de amor.
Su padre había sentado los cimientos sobre los que él levantó el muro inexpugnable con que se rodeaba, y esa sola incapacidad de dejar entrar a alguien en su corazón fue la que creó ese profundo abismo entre ellos.
Se sentía impotente en su lado del abismo, desesperada por llegar a él de alguna manera, pero sin esperanzas de salvar la brecha. Igual él podía estar al otro lado del mundo.
«Dios», qué cansada estaba.
No había nada que hacer. Lo había intentado, de verdad, pero todo estaba acabado. Ahora tenía otra vida en que pensar, y tan pronto como estuviera preparado el coche, se marcharía de Longbridge.
Agotado, Naruto entró en el largo camino circular de Longbridge y se desanimó al ver el coche cargado hasta los topes de baúles. Ella estaba a punto de dejarlo. «Dios mío, te lo ruego, muéstrame tu misericordia una vez más, una sola vez más, y te juro que no la desperdiciaré», oró desesperado.
Era peor de lo que se imaginaba. Cuando tiró de las riendas y Kurama se detuvo, vio que había por lo menos seis pares de ojos fijos en él, entre ellos los de Kakashi, los de una llorosa señora Dismuke, los de Ebisu, los del doctor Kabuto y los de unos cuantos criados. En medio de todos ellos estaba Hinata con un gordo perro a cada lado.
No había tiempo para pensar; se apeó de Kurama y entregó las riendas a un joven mozo que lo miró ceñudo. Habiendo cabalgado toda la noche, estaba cubierto de suciedad y polvo, y nada preparado para enfrentarla ahí, delante de su ejército.
Pero no tenía alternativa: no podía desperdiciar su oportunidad. Se quitó el sombrero y se peinó los cabellos con los dedos. Para ser un hombre que había vivido en el filo y visto su buena cuota de peligros y aventuras, no había nada, nada, que lo asustara más que lo que debía hacer en ese momento, delante de toda esa gente.
Avanzó, azorado, casi temeroso de mirarla. Descendió el silencio sobre el pequeño grupo cuando levantó la mano y la miró.
-No te vayas -dijo con voz ronca.
Ella palideció, y miró cohibida a los que estaban reunidos junto a ella. La señora Dismuke, con sus rollizos brazos cruzados sobre su robusto pecho, lo miró a enfurruñada; Hosho, el lacayo, fingió estar mirando el coche, pero de reojo lo miró enfadado; incluso Kakashi, su leal Kakashi, frunció los labios y fijó los ojos en las puntas de sus zapatos. Sólo en el señor Kabuto vio una vaga compasión por él.
Ese día no había secretos ahí, eso era evidente.
Hinata se aclaró nerviosamente la garganta.
-Perdona, milord, pero le prometí a mi familia ir a recibirlos cuando volvieran de Bath, ¿no te acuerdas?
Él mandó al cuerno su intento de encubrir la fea verdad.
-Te lo pido por favor, no te vayas. A ella se le empañaron los ojos.
-Tengo que irme -se limitó a musitar.
-No, no tienes que irte. -Avanzó unos pasos más, inseguro-. Concédeme un momento para hablar, Hinata, sólo un momento.
Dios santo, ¿tan desesperadas le salían las palabras? Hinata bajó los ojos y en silencio estuvo una eternidad considerando la petición. Naruto se movió inquieto, apoyándose en uno y otro pie, intentando no ver los ojos que lo miraban fijamente, pero tuvo la clara sensación de que igual podría estar ante la horca. La vergüenza le revoloteó en la boca del estómago y le subió haciéndole arder la piel bajo el cuello de la camisa.
-Un momento -susurró ella.
Varios parecieron desaprobar esa decisión, en especial la señora Dismuke. Pero Hinata salió de su círculo protector y avanzó hacia él. Él la cogió del codo y la alejó unos cuantos pasos de los otros.
-No te vayas, Hinata...
-No puedo seguir viviendo así, Naruto -interrumpió ella, negando obstinadamente con la cabeza.
-¡No digas eso! Escúchame, por favor. Estaba equivocado, Hina, terriblemente equivocado. Sé a qué fuiste a Rasenrengan. Ahora lo sé todo, y además de estarte agradecidísimo, comprendo lo mucho que nos envenenó Menma. No, no, eso no disculpa mi enorme estupidez. Debería haber confiado en ti. Dios mío, son tantas las cosas que debería haber hecho. Pero si me das una oportunidad te demostraré lo mucho que estoy arrepentido.
Hinata alzó sus grises ojos hacia él, esos ojos que antes chispeaban de vida; lo único que vio en ellos en ese momento fue pena. Esos ojos le perforaron el alma, le expresaron claramente sus dudas. Y esos ojos se llenaron de lágrimas a la vez que ella negaba lentamente con la cabeza.
-Tal vez confiarías en mí en el momento. Naruto, pero creo que tus heridas son muy profundas. No sé... no sé cuándo te volverás a cerrar, o a encontrar otra cosa para desconfiar. Sencillamente no puedo vivir así. No puedo... no puedo respirar así.
«¡No!», gritó su mente. Angustiado, la alejó otro poco más del grupo.
-Vamos a ver... Deseabas volar, ¿recuerdas? Me dijiste que querías experimentar la vida. Te juro que experimentaré contigo todo lo que quieras hacer. Si quieres escalar montañas, ¡las escalaremos! Si quieres navegar hasta los confines del mundo, ¡navegaremos! Tú y yo, Hinata... y nuestro hijo -concluyó, suplicante, y le tocó el abdomen.
Hinata ahogó una exclamación y pegó un respingo ante su contacto. De la comisura de un ojo le brotó una lágrima, y los cerró fuertemente.
-Dios nos asista, Naruto, pero creo que es demasiado tarde -dijo, casi en un sollozo-. No podemos retroceder, ¿no lo entiendes? Este fue un matrimonio estúpido desde el principio... El daño ya está hecho. ¡No puedo vivir aquí! ¡No puedo vivir contigo!
Y como si él la hubiera quemado, se dio media vuelta y se alejó de él.
-¿Y el hijo que esperas? -exclamó él, desesperado. Ella se llevó inconscientemente la mano al abdomen, y de mala gana giró ligeramente la cabeza, mirándolo de soslayo. A él le partió el corazón ver el brillo de pesar en sus lágrimas.
-Sinceramente, no lo sé -susurró ella con voz ronca, y continuó caminando.
Naruto se quedó sin habla, devanándose los sesos en busca de algo, de cualquier cosa, que la detuviera. No tenía idea, no sabía suplicar por su vida, eso le era tan ajeno como todo lo que ella le había enseñado. Cuando Hinata iba llegando al grupo, la señora Dismuke abrió los brazos para recibirla, y Naruto comprendió que se le escapaba el momento. Algo se encabritó dentro de él y lo impulsó a gritar:
-¡Me prometiste que nunca me dejarías!
Hinata se detuvo en seco. Varios de los mirones sofocaron exclamaciones de sorpresa; Naruto retuvo el aliento. «Vuélvete, vuélvete, vuélvete», le suplicó en silencio, y, Dios misericordioso, ella se volvió lentamente a mirarlo.
-Eso fue diferente -dijo con un vocecita débil.
-¡No! -exclamó él negando enérgicamente con la cabeza-. Me juraste que nunca me dejarías, no lo puedes negar. Me lo prometiste, Hinata, ¡me lo prometiste!
Un torrente de emoción dejó huellas mojadas en esas hermosas mejillas; se veía tan desamparada y triste que Naruto dio varios pasos hacia ella, con las manos hormigueantes por abrazarla. Pero Hinata movió la cabeza y retrocedió.
-¡No puedes exigirme que cumpla esa promesa. Naruto! ¡Todo es diferente ahora!
-Sí, sí, mi vida, todo es diferente ahora -dijo él en tono grave, y avanzó otro paso-. Yo he cambiado, y tú también. Por eso no te puedes marchar de aquí, ¿lo ves? Todo es diferente. Hay mucho sin decir entre nosotros, hay muchas heridas entre nosotros, hemos tenido muchos miedos. Se lo debemos a nuestro hijo, Hinata, le debemos por lo menos darnos la oportunidad de sanar las heridas. Dado lo que sabes de mi familia, ¿puedes estar en desacuerdo? No te puedes marchar, Hinata, no te puedes marchar así.
Ella respondió ahogando un sollozo y cubriéndose la cara con las manos. Su resolución se estaba desmoronando, comprendió él.
Aferrado a ese hilillo de esperanza, guardó silencio y se limitó a observarla, nervioso. Pasado un angustioso momento, advirtió que la señora Dismuke lo estaba mirando con la boca abierta, moviendo la cabeza y, rarísimo en ella, sorbiendo por la nariz unas pocas lágrimas.
¡Y Kakashi! Kakashi lo miró a él, con expresión rara, miró a Hinata y, pasado un rato, se agachó y cogió el pequeño maletín de ella. A Naruto le dio un vuelco el corazón, pero Kakshi lo sorprendió girando sobre sus talones, sin decir palabra, y entrando en la casa con el maletín.
Entonces Hinata levantó hacia él su mirada dolida.
-Un día más. Eso es todo lo que te doy.
Él asintió solemnemente, como si el corazón no le hubiera dado un brinco de renovada esperanza, y simuló no ver la sonrisa que intercambiaron el doctor Kabuto y Hosho.
Otra maldita lágrima le rodó por la mejilla y Hinata se mordió el labio para impedir la salida al torrente que venía detrás. Durante las horas transcurridas desde el regreso de Naruto había estado encerrada en sus aposentos, tratando de esclarecer sus confusos sentimientos y pensamientos, tratando de decidir qué debía hacer. Aunque ya faltaba poco para que oscureciera, todavía no estaba más cerca de una respuesta de lo que estaba hacía dos días.
La verdad era que amaba a Naruto tanto o más que siempre. En ese momento comprendía, después de horas de reflexión, que, pese a sus muchos intentos por enemistarlos, no fue Menma el que lo estropeó todo mintiéndoles.
Al final fue la desconfianza lo que lo destruyó todo. Claro que creía que Naruto lo lamentaba, tal como lo lamentaba ella. También creía que le estaba agradecido por descubrir la verdad sobre su nacimiento, pero ¿qué sentiría dentro de un año? ¿O al día siguiente? ¿Alguna vez se permitiría sentir sin oponer batalla? ¿Y cuánto tiempo pasaría hasta que perdiera la batalla?
Jamás nunca le había dicho que la amaba. ¿Se lo diría alguna vez? Le tenía un miedo terrible a la pena de no sentirse amada, y temía que esta encontrara la manera de meterse en su vida nuevamente y destruirla.
El tintineo de un cascabel la sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza y vio a Hugo entrar por la puerta que ella había cerrado, estaba segura; llevaba puesta la cinta roja con un cascabel que ella había hecho cuando Naruto estaba ciego. Moviendo la cola, el perro levantó el hocico hasta su cara.
-Hugo, ¿dónde encontraste tu cinta? -musitó, rascándole las orejas.
Al bajarle las manos por el pelaje del cuello notó algo duro y se inclinó a mirar qué era. Se le escapó una exclamación de sorpresa; de la cinta colgaba una pulsera de diamantes y esmeraldas.
Rápidamente la sacó de la cinta, y cuando estaba mirando detenidamente la preciosa joya, entró Maude saltando y fue a colocarse junto a Hugo, levantando el hocico hacia ella, reclamándole la atención.
Hinata no tardó en ver que la cinta de Maude llevaba atada una bolsita. La desató y la puso boca abajo sobre su falda. De la bolsita cayó un cuadrado de papel vitela doblado y un collar de diamantes y esmeraldas.
-Dios mío -susurró.
Cogió el papel, lo desplego y leyó:
«Te suplico que vengas al mirador. Por favor».
Eso era todo, y no llevaba firma, nada. Pero era suficiente.
Paseándose nervioso por el espacioso mirador, Naruto sorteó el cubo con heladísima agua del río en que se estaba enfriando la botella de finísima champaña, luego la mesita sobre la que estaban dispuestos diversos tipos de pudin, y casi chocó con el jarrón que contenía un inmenso ramo de preciosos lirios y orquídeas.
Irritado, dio la vuelta alrededor y continuó su paseo. Con la considerable ayuda de Kakashi había trabajado como enloquecido en la preparación de ese momento, que sabía era su última y mejor oportunidad. Y estaba enfermo de miedo de que ella no viniera.
Apretó los dientes: sí vendría. Y para entonces, él tenía preparado el discurso perfecto, en que explicaría las fuerzas del universo de tal manera que ella no podría de ningún modo tergiversar lo que quería decir.
Era un excelente discurso de contrición; no había pensado en otra cosa desde su horrible experiencia a su llegada a la casa. Su primera victoria fue frágil, eso estaba clarísimo, pero el discurso... lo había revisado en busca de fallos en la lógica, pero no logró encontrar ninguno.
Giró enérgicamente sobre sus talones para continuar el paseo, y ahogó una exclamación de sorpresa.
Hinata estaba en la entrada del mirador. Le revoloteó el corazón en el pecho al mirarla; Dios mío, ¿siempre había sido tan hermosa? A la dorada luz del sol poniente, con un vestido del color de sus ojos y luciendo un escote sobre el que brillaba su ofrenda de paz, la mujer con quien se había casado era La Princesa de pies a cabeza.
Por centésima vez se repitió duramente qué ciego había sido a su belleza, que irradiaba desde su interior, a su radiante sonrisa, capaz de hacer caer de rodillas a un hombre, a su curvilínea figura, sus maravillosos cabellos y sus ojos chispeantes; la magnitud de su estupidez lo pasmaba.
Ella se cogió recatadamente las manos a la espalda, y él cayó en la cuenta de que la estaba mirando como un bobo. Hizo una respiración profunda para serenarse.
-He estado tan, tan equivocado, que no puedo imaginarme que quieras escuchar una palabra de lo que tengo que decirte.
Hinata sonrió tristemente, y desvió la vista hacia las orquídeas.
-Los dos hemos estado equivocados.
-Sí, bueno, he sido bastante... obtuso, en realidad. Lerdo es otra palabra que me viene a la mente -añadió, más para sí mismo-. Total, que estaba espectacularmente equivocado respecto a ti.
Ella frunció ligeramente el ceño, perpleja.
-Es decir... fui injusto contigo. Debería haber confiado en ti. Debería haber hecho muchas cosas...
Su discurso, ¿dónde estaba su discurso? ¿Dónde estaban las magníficas comparaciones entre sus problemas y la vida en general? ¿Las promesas que quería hacer? Se le habían escapado de la mente, porque al mirarla sintió una oleada de calorcillo en el pecho, la prueba inequívoca, irrefutable de que...
-Te amo. Y sin esperanzas, creo.
Ella agrandó los ojos y se mordió el labio inferior..
-La verdad es que no puedo vivir sin ti, y tengo un miedo mortal de que me dejes -continuó él, con la sensación de que su corazón se adelantaba a su cerebro, y que no podía impedírselo.
Hinata se cubrió la boca con las manos fuertemente entrelazadas, y lo miró con una expresión que él no supo distinguir si era de consternación o simplemente de miedo. Se afirmó las manos en las caderas y desesperado paseó la vista por la sala tratando de encontrar las palabras correctas, pero fue en vano porque su corazón se le adelantó:
-Hina..., por favor, te lo suplico, no me dejes. ¡Te necesito! Si me dejaras intentar demostrarte cuánto lo siento todo, que te amo... que te amo tanto que... que me duele...
Naruto nunca sabría cómo ocurrió, no la vio acercarse, pero de improviso ella estaba en sus brazos, besándolo con locura. Se cogió de su cintura para no caerse, pero la emoción le hizo flaquear las piernas y de pronto los dos estaban tendidos en uno de los bancos con cojines que bordeaban toda la orilla circular del mirador.
-Te amo -repitió, asombrándose de cómo decir esas palabras le quitaba un peso invisible a su corazón.
Mientras tanto las manos de ella trabajaban en desatarle la corbata y desabotonarle el chaleco.
-Nunca supe lo que era el amor antes de ti, y no me lo merezco. -Continuó él mientras ella le bajaba la chaqueta por los brazos-. No me merezco nada tan precioso ni tan bueno ni tan hermoso como tú. Y... y te tuve, pero sólo comprendí lo que me estabas haciendo cuando ya era demasiado tarde, y ahora. Dios me asista, no tengo idea... no sé qué debo hacer... -balbuceó, mientras ella lo ponía de espaldas para quitarle la camisa-. Pero te lo suplico, sí, te lo suplico de rodillas, Hina, por favor, ámame...
Ella lo silenció con un apremiante beso; le introdujo la lengua en la boca y él gimió de placer, desaparecidos todos los pensamientos de su cabeza. Ella le acarició los hombros, bajó las manos por el pecho y las tetillas endurecidas y continuó hacia abajo, pasando por encima del miembro excitado que abultaba el pantalón.
Naruto le cogió la cabeza, le quitó las horquillas y pasó los dedos por entre su sedosos rizos. La inspiró hacia su alma y de pronto, sin saber cómo, ella estaba debajo de él, los broches de su vestido sueltos y sus pechos al descubierto. El los devoró con la boca mientras con las manos le subía las faldas hasta tocar la suave y cremosa piel de sus muslos.
-Te amo -susurró.
-Entonces, demuéstramelo -le susurró ella con voz ronca al oído.
Naruto pensó que eso era lo más erótico dicho jamás en toda la historia de la humanidad. Hinata se agitó debajo de él y le mordió el labio inferior con los dientes.
-Demuéstramelo ahora -insistió.
El no necesitó que se lo repitiera otra vez; se liberó de los pantalones y la penetró con avidez, abandonándose con deleite a la seducción de su cuerpo apretado alrededor de su miembro. Hinata le cogió los hombros y se apretó contra él.
-Te amo. Naruto, te amo más que a mi vida.
Y él pensó que bien podría explotar. Embistió con fuerza, observando sus ojos brillar de deseo y mover los labios con sus jadeos, mientras se arqueaba para recibir cada embestida, apretándolo fuertemente con las piernas.
La pasión de su unión era casi salvaje en su intensidad, y cuando la excitación de él comenzó a llevarlos a un aterrador orgasmo, ella echó la cabeza hacia atrás, gimiendo y contrayendo los músculos, apretándolo y haciéndolo arder con cada contracción. Y Naruto se liberó en lo más profundo de ella, cerca de la matriz que contenía a su hijo y la promesa de su futuro.
Después continuaron unidos, cada uno resollando para recuperar el aliento. De pronto lo estremeció la idea de que podría haberla perdido y no volver a tenerla en sus brazos nunca más. Hinata le enrolló su pelo entre sus dedos, tranquilizándolo con caricias suaves como de plumas.
-Dímelo otra vez -susurró ella-. Dímelo para poder volar.
Naruto levantó la cabeza y se miró en los ojos grises de su mujer. Sintiéndose humilde y agradecido de que Dios le hubiera mostrado su misericordia una segunda vez, le sonrió tiernamente, jurando en silencio no volver a desperdiciar ni un solo momento más de su vida con ella.
-Te amo, princesa, te amo más que el aire que respiro.
Y Hinata cerró los ojos y se rió, exactamente como se habría reído si estuviera volando por encima de la tierra.
