25. CONFESIÓN
El sheriff Uchiha arrestó a Naruto por la noche. No hubo palabras. Estaba convencido de que era su hombre y no quería perder el tiempo en discusiones. Tan pronto entró en la casa, anunció a Naruto que estaba bajo arresto y quince minutos más tarde estaba de camino a Konohagakure acompañado por dos ayudantes.
Hinata se quedó muy preocupada. Naruto no había podido hablar con Lulu. De hecho, nadie había dado con ella. Había desaparecido.
Nadie la había visto tras huir hacia el bosque. Los pocos sirvientes que quedaban en Oakley se habían mantenido apartados de la mansión, a salvo en sus cabañas. Preferían no saber lo que estaba ocurriendo tras la muerte de Sāra, a la que ahora estaban preparando para trasladarla a Konohagakure la mañana siguiente.
Tampoco tenían la certeza de que Lulu hubiese regresado. Menma envió a varios hombres a buscarla al campo mientras él y Killer B lo harían en la ciudad. Pero no dieron con ella en ninguno de los dos lugares.
Al atardecer, Hinata caminaba arriba y abajo por la habitación, padeciendo la ausencia de Naruto. Se preguntaba por su estado. El sheriff Uchiha había sido tan testarudo. No había querido escuchar el razonamiento de su marido y probablemente ya lo estaría tratando como si lo hubieran condenado.
Se estremeció al pensarlo. Se dirigió a la ventana y apoyó su rostro contra el cristal. Estaba oscuro como boca de lobo y el viento soplaba agitando los árboles. Había empezado a llover, pero esta vez no lo estaba disfrutando.
Sentía desdicha y desesperación. Se acostó en la cama sin hacer mido, agotada, y contempló el dosel en la oscuridad. Era muy consciente del vacío que había a su lado.
A la mañana siguiente despertó al oír el rugido del viento. Fuertes ráfagas empujaban a unas nubes espesas y grises que surcaban el firmamento veloces, y una luz amarillenta envolvía la tierra. La lluvia caía con moderación, pero las gotas golpeaban con fuerza los cristales, empujadas por el temporal.
Se avecinaba una tormenta.
El día transcurrió lentamente y la lluvia causó estragos en el sistema nervioso de Hinata. Menma, calado hasta los huesos, entró varias veces en el dormitorio sin noticias de Lulu. Aunque ninguna de los dos lo admitió, estaban perdiendo la esperanza de encontrar a la chica con vida.
Era ya tarde cuando Hinata, incapaz de permanecer sentada en Harthaven y deseando ayudar a su esposo, se atavió con su equipo de montar y una capa con capucha. Descendió por las escaleras sin hacer ruido. Temía que Karui la sorprendiera. Si la obstinada anciana la descubría intentando salir en medio de la tormenta, la detendría. Y sabía que Iruka también se opondría a ensillar a Bella Dama.
Al final consiguió escapar y se dirigió a los establos, donde Iruka estaba poniendo heno fresco en el suelo de las caballerizas.
Al abrir la puerta, el hombre se sobresaltó y la miró mientras la joven luchaba contra el viento para no salir despedida. Dejó caer la horquilla al suelo y corrió en su ayuda.
—¿Qué hace saliendo con este tiempo, señora Namikaze? —inquirió el hombre—. Debería estar en la casa, alejada de este vendaval.
—Quiero sacar a Dama Bella, Iruka —repuso Hinata—. ¿Puedes ensillarla? Ya he montado otras veces bajo la lluvia, así que no te preocupes.
—Pero, señora Namikaze, se avecina una tormenta —protestó Iruka—. Cuando se pone así, las contraventanas salen volando y los árboles caen. No es seguro. El señor Namikaze me despellejará si se entera que ensillé el caballo con este tiempo.
—Yo no se lo voy a decir, Iruka —respondió obstinada—. Si lo averigua, le diré que te obligué a hacerlo. Ahora apresúrate a ensillar a Bella Dama. Tenemos que encontrar a Lulu para que pueda decirle a Uchiha que el señor Namiakze no asesinó a la señorita Sāra.
Iruka la miró asustado, como si fuera a añadir algo, pero permaneció en silencio, con expresión de preocupación.
—Si no la ensillas. Iruka, lo haré yo —sentenció. El mozo salió arrastrando los pies y sacudiendo la cabeza. A Hinata le pareció que habían transcurrido horas hasta que Bella Dama estuvo lista. Iruka comprobó la cinta por quinta vez.
—Señora Namikaze, puede que esté inquieta por la tormenta —la previno. Su expresión evidenciaba su preocupación—. Señora... ¡No puede!
—Oh, calla, Iruka —ordenó—. Tengo que irme.
Él cedió a regañadientes y la ayudó a montar. Pero todavía sostenía la brida, muerto de miedo. Sus labios empezaron a temblar y Hinata pensó que aún podría impedirle la salida. Al final, le entregó las riendas y se volvió para abrir las puertas del establo. La joven espoleó al caballo y se adentró en la tormenta.
Tuvo la sensación de estar entrando en otro mundo. El viento, la lluvia y los relámpagos se unían formando un pandemónium. El zaino se detuvo y resopló, pero la muchacha volvió a espolearlo para que continuara. El viento azotó su capa y la lluvia la empapó en un abrir y cerrar de ojos. Los rayos desgarraron el cielo secundados por el fragor de los truenos.
Hinata se volvió y divisó por encima del hombro a Iruka envuelto en la tormenta, observándola alejarse. Durante una milésima de segundo estuvo tentada a regresar y apaciguar los temores del criado... y los suyos propios.
No podía negar que estaba asustada. Pero la idea se desvaneció rápidamente. Si no hubiera sentido que debía partir, hubiera permanecido esperando en casa, pero la vida de Naruto dependía de Lulu y ¿qué mejor lugar para resguardarse de la tormenta que la casa desierta de su antigua señora?
Se adentró en el bosque al galope, donde las ramas la azotaron y arañaron. Los árboles se mecían decididos a arrojarla del caballo al tiempo que el viento rugía coro rabia. La yegua resbaló y se zarandeó de un lado a otro del camino embarrado, cortándose las patas con la maleza.
Hinata tuvo que concentrarse para no resbalar y, desesperada, agarró las riendas con fuerza y hundió la cabeza en la crin de Bella Dama. El trayecto se convirtió en una batalla en la que caballo y jinete se enfrentaron al viento y a la lluvia, al bosque y al barro.
De pronto el viento amainó y la lluvia dejó de golpear la espalda de Hinata.
La joven se dio cuenta de que el caballo se había detenido, extenuado. Alzó la cabeza y vio que estaban al abrigo de la mansión de Oakley. La casa solariega surgía amenazadora en la tormenta, iluminada débilmente por el día gris y deprimente. Se apeó, con piernas temblorosas, y se apoyó en el animal sudoroso hasta recuperar las fuerzas.
Empujada por la esperanza y el miedo, cruzó el pórtico y se adentró en la inquietante estructura. Cerró la puerta al vendaval y contempló a su alrededor. Luego se desprendió de las botas embarradas y la capa empapada.
Parecía que la casa se inclinaba empujada por la ventisca, sus ráfagas colándose por las grietas de las contraventanas, agitando las cortinas y colgaduras, haciendo vibrar los cristales. El suelo crujía bajo sus pisadas, las paredes se quejaban y los guijarros revoloteaban en el tejado.
En cada habitación se proyectaban sombras que se movían lentamente y, de las entrañas del caserón azotado por el temporal, se oían chirridos y portazos.
La mansión parecía estar molesta con la intrusa, pero el objetivo de Hinata era mucho más importante que su aprensión. Tenía que asegurarse de que Lulu no estaba escondida en algún rincón.
La llamó, pero nadie respondió. Buscó en todas las estancias con una minuciosidad nacida de la desesperación. Las habitaciones del primer piso estaban oscuras. Las cortinas estaban echadas sin dejar que la luz se filtrara a través de ellas.
Continuó su búsqueda, escudriñando todos los lugares lo suficientemente amplios para esconder a una persona. Descorrió las cortinas y abrió las puertas. La actividad la hizo entrar en calor y alejar el frío que albergaban sus huesos.
Subió corriendo por las escaleras con las faldas por encima de las rodillas, con unos modales impropios de una dama, y continuó rastreando el segundo piso. En él, parecía que la tormenta estaba todavía más cerca. Las corrientes de aire eran heladas y la lluvia golpeaba con fuerza el tejado. Las contraventanas se cerraban de golpe empujadas por las ramas de los árboles. Irrumpió en todas las habitaciones, mirando debajo de las camas.
Se detuvo un momento junto al lecho de Sāra y comprendió que en ese lugar es donde Naruto había sucumbido a los encantos de la mujer. En un arrebato de cólera, tiró las sábanas al suelo y las pisó.
Su búsqueda resultó infructuosa. La entrada al desván era una pequeña trampilla en el techo, inalcanzable sin escaleras. Regresó al primer piso y, al percatarse de que no había comprobado el salón, entró en él.
Hinata se quedó helada. El cortinaje había sido arrancado de las ventanas y había una silla rota en el suelo. Una mesa con sólo tres patas se balanceaba frente a la chimenea. Sobre el escritorio no había nada; papeles, plumas y tintero estaban desparramados sobre la alfombra que había debajo.
Varios libros habían caído de la librería y los que todavía permanecían en ella, estaban muy desordenados. Habían revuelto la sala como si hubieran estado buscando un objeto de suma importancia.
Aunque no había razón para creer que no hubiese sido hallado, Hinata empezó a investigar cada rincón como sólo una mujer es capaz de hacerlo.
No tenía la menor idea de lo que buscaba. Únicamente intuía que podía haber algo. Rastreó con los ojos la alfombra y la superficie de cada mueble. Arregló los objetos y comprobó cada recoveco.
La mampara de la chimenea estaba ligeramente ladeada y su acusado sentido de la pulcritud, la llevó a enderezarla. Al hacerlo, un extraño centelleo llamó su atención. El objeto estaba alojado en una grieta, entre dos ladrillos, en el suelo de la chimenea. Se agachó y se quedó boquiabierta.
Era uno de los pendientes de diamantes de Kushina Namikaze, sus pendientes, del par que le había entregado Yakushi. Lo recogió y lo contempló incrédula.
En la nota que Sāra había enviado a Naruto afirmaba tener una información que debía contarle. ¿Y qué otro secreto podía haber descubierto que no fuera lo de Orochimaru Mitarashi?
No había otro, se dijo. Pero ¿por qué Yakushi se lo había revelado? Seguro que se había dado cuenta de que Naruto no iba a permitir que continuara chantajeándola a cambio de su silencio. Si Sāra se hubiera enterado de lo de la muerte de Orochimaru, habría hecho todo lo posible para contárselo a Naruto por despecho.
Entonces ¿por qué el señor Yakushi se lo había contado a Sāra? ¿Por qué le había dado los pendientes? ¿Por qué razón había puesto en peligro su fortuna mediante un acto tan estúpido? ¿Se había enamorado de la mujer y pensaba sobornarla con esas baratijas? ¿Ese horrible hombre? Sāra se hubiera burlado de él en su cara.
Pero ¿era eso? ¿La había asesinado por haberse burlado de él o para asegurar su silencio? ¿Poseía la fuerza suficiente para romperle el cuello?
Naruto podía hacerlo, lo sabía, pero ¿tenía ese hombre, que era la mitad que su esposo, la fuerza suficiente para llevar a cabo ese acto?
—Vaya, pero si es mi buena amiga, la señora Namikaze —dijo una voz.
Hinata se volvió, alarmada. No había duda de a quién pertenecía esa voz estridente. El pánico la paralizó. Yakushi, arañado y magullado, la miraba con una sonrisa en el rostro.
-Veo que ha encontrado el pendiente -observó. Ella asintió con cautela.
-En la chimenea -dijo él entre risas-. No pensé en ese lugar. Dios la bendiga por haberlo hallado por mí. Creí que nunca lo encontraría.
-Le... -Hinata se atragantó, y empezó de nuevo-. ¿Le dio los pendientes a Sāra?
-Bueno... no exactamente -explicó Yakushi -. Se los mostré y le prometí una vida desahogada conmigo. -Su rostro se desfiguró en una mueca-. Cuando los vio, supo que eran suyos. No paró hasta descubrir por qué los tenía yo. Entonces, cuando le expliqué lo del pobre Orochimaru, sus ojos brillaron extrañamente y me los arrebató y juró venganza. Se volvió loca. Al principio me costó entenderla.
Estaba fuera de sus casillas, tan pronto reía como lloraba. Todo el rato gritando que se iba a vengar de usted. Juró que la vería colgada. Tuve que golpearla para que volviera en sí. Con una frialdad espeluznante me contó lo que le haría. Le dije que estaba siendo una estúpida, que podría vengarse con el dinero que usted me iba a dar. Yo sabía que cuando su marido sé enterara de lo del chantaje, ya no habría más joyas, sabe, y que incluso podría matarme para mantener mi boca cerrada. Pero no quiso escucharme. Quería verla colgada del cuello, pero primero deseaba contárselo a su esposo y ver cómo suplicaba por su vida.
Envió a Lulu a buscarlo con la nota. La chica me vio alterado y huyó con la nota mientras Sāra y yo discutíamos. Traté de hacerla entrar en razón y de convencerla de que podíamos ser ricos, pero me dijo que quería verla colgada. Estaba decidida á contárselo a su esposo y a mostrarle los pendientes como prueba. Se burló de mí y me llamó sapo repugnante... dijo que me había estado engañando para ver qué podía sacarme. Le hice los vestidos gratis, y me llamó cerdo, caricatura odiosa de un hombre. La amaba, de veras, y ella me insultó.
Rompió a llorar-
-Me pegó dos veces cuando le dije que había copiado su vestido, el de usted, para dárselo a ella y entonces me insultó brutalmente haciéndome pedazos. No pude evitarlo. Mis manos rodearon su cuello sin saber lo que hacían. Ella se asustó y se apartó de mí escondiéndose tras las cortinas. Pero la agarré y la obligué a estirarse. No sabía que poseía tanta fuerza. Me pegó patadas y me dio un puñetazo digno de un hombre. Me apartó de ella a fuerza de golpes. Nos peleamos por toda la habitación, como puede ver.
Pero pude disfrutar de ella, y ella también de mí. Todavía creía que podíamos ser felices juntos. Pero me escupió en la cara y me llamó monstruo, me dijo que cuando llegara su esposo vería a un verdadero hombre. Mis manos estrujaron su cuello, hasta arrebatarle la vida. No pude detenerlas. Las aparté cuando llegó su marido. Estaba muy furioso. No llamó ni a la puerta. Apenas me dio tiempo a esconderme.
-¿Quiere decir que todavía estaba aquí cuando llegó mi esposo? – inquirió Hinata atónita.
-Sí -afirmó Yakushi -. Entró hecho una furia. Me asusté al verlo tan grande. Tal vez me libré de él cuando vio que su trabajo estaba hecho. Luego apareció otro hombre igual que su esposo, que salió tras él, pero tampoco me vio.
-¿Por qué me está contando todo esto, señor Yakushi? -preguntó Hinata asustada ante la posible respuesta.
-¿Por qué no, ahora? -repuso él-. Desde el instante en que encontró el pendiente, supo que había sido yo el que había matado a Sāra. Démelo antes de que vuelva a perderse. -Se lo arrebató y se lo quedó mirando durante un largo rato-. Cuando estaba confeccionando sus vestidos, Sāra me dijo que para ella yo no era un don nadie. Me llamó «mi amor» y dejó que acariciara y besara sus pechos. La amaba, de veras, y ella me llamó sapo.
Las lágrimas cayeron por su desagradable semblante. Alzó la vista entornando los ojos.
-No era la primera mujer que mataba por burlarse de mí -confesó-. El vestido que llevaba usted cuando huyó de la tienda de Orochimaru, pertenecía a otra que se burló de mí. Orochimaru, el tipo, pensó que no había regresado porque no podía pagarlo. -Soltó una carcajada-. No regresó porque estaba muerta. Le rompí el cuello igual que a Sāra. También a la señorita Seki, por burlarse de mí.
Yakushi se acercó amenazador a Hinata, que percibió el horrible olor a colonia y comprendió lo que acababa de decirle. Al recordar la primera vez que había olido esa pestilencia, se sobresaltó.
-¡Estaba detrás de las cortinas de la tienda de Orochimaru Mitarashi! -exclamó la joven-. ¡Me vio salir huyendo con el vestido!
El hombre esbozó una horrible sonrisa.
-Sí -confirmó-. Ni siquiera miró atrás. Tengo que agradecérselo. Me facilitó el trabajo.
-¿El trabajo? -inquirió Hinata sin comprender.
-Sí, mi trabajo -repitió Yakushi -. ¿De veras creyó que había matado a Orochimaru? ¿Con esa pequeña herida? No. Únicamente se desmayó, más por el vino que por lo que le hizo.
-¿Quiere decir que está vivo? -preguntó ella, incrédula. Yakushi se echó a reír sacudiendo la cabeza.
-No, señora-negó-. Le rajé el cuello. Fue fácil. Todos esos años haciendo los trajes para él. Él decía a todo el mundo que eran suyos, pero no sabía ni enhebrar una aguja. Fue muy sencillo. Aunque... la cocinera vio cómo lo asesinaba. Regresó a lavar los platos y me vio con el cuchillo. Tuve que abandonar Inglaterra por su culpa. No pude ponerle las manos encima. Huyó como Lulu, demasiado asustada para morir, y no pude encontrarla.
Hinata, perpleja, retrocedió hasta la chimenea. ¡Todo este tiempo pensando que había matado a un hombre!, pensó.
-No me va a resultar fácil matarla, señora -admitió el jorobado-. Nunca me ha hecho daño. De algún modo, hasta ha sido amable conmigo. Es usted tan hermosa. Una vez le dije a Sari que algunas de las mujeres más bellas del mundo habían llevado mis creaciones. Me refería a usted. Es la única que hace justicia a mis vestidos. Pero ahora, para salvar a su marido, les dirá a todos que yo maté a Sāra.
Yakushi se acercaba a ella, bloqueando su huida. Con la espalda en la chimenea, Hinata no podía retroceder más. Al ver las garras del asesino dirigirse hacia su cuello, las mismas que había visto en los sueños, una fuerza extraña le dio valor para enfrentarse a él pasara lo que pasara.
Con un rápido movimiento consiguió esquivarlo. Él alcanzó su chaqueta de montar, y se la arrebató cuando la joven tiró con fuerza al tratar de huir de sus garras. Era muy rápido. Consiguió agarrarle un pliegue de la falda, tiró de él con una fuerza aterradora y giró a la muchacha. Contempló el hombro que el traje hecho jirones había dejado al aire y se relamió de placer.
-Su piel es como la seda -musitó con lascivia-. Soy un aficionado a la dulzura de la carne femenina. Quizá podamos retrasar su... partida... un rato. –Le arrancó la tela que cubría sus senos. La prenda cayó al suelo, dejando a la joven cubierta únicamente por una enagua mojada. Los ojos del agresor se encendieron al contemplar el ligero material y empezó a jadear sobre ella como un perro hambriento sobre un hueso. Le rasgó la prenda hasta dejarla desnuda.
Hinata chilló y forcejeó con él, golpeándolo en el pecho. Pero era demasiado fuerte y se burlaba de sus esfuerzos lastimosos.
-No posee ni la mitad de fuerza que Sāra -se mofó.
La aplastó contra él. Hinata intentó alejarse de él, asqueada. Yakushi besuqueó su cuello y sus senos. Luego la mordió viciosamente en un hombro. Hinata gritó de dolor, ya sin fuerzas.
Sintió cómo la boca de Yakushi descendía hasta sus senos y se percató de que estaba a punto de morderla otra vez. Le había hecho inclinarse tanto, que estaba convencida de que ella era lo único que lo sujetaba.
De repente, se acordó de cuando Orochimaru Mitarashi la había intentado poseer; ella lo había tirado al suelo. No tenía tiempo para pensar si funcionaría ahora y, sin previo aviso, alzó los pies. Cayeron al acto. Al intentar impedir la caída, él la soltó.
Hinata dio contra el suelo, rodó y se incorporó. Yakushi trató de cogerla, pero sólo le rozó una pierna. La muchacha salió huyendo hacia las escaleras sin mirar atrás. Sabía que su agresor ya se había levantado y confió en que las escaleras le harían aminorar la marcha. Subió por los escalones jadeando, corriendo con todas sus fuerzas.
Al llegar arriba, se volvió para mirar. Yakushi estaba empezando a ascender con una pistola en cada mano.
Hinata soltó un grito y entró en la primera habitación que encontró. La cruzó a toda prisa, se metió en una segunda habitación y cerró la puerta a sus espaldas. Sólo se detuvo al llegar a la última estancia. No podía continuar sin salir al pasillo, y en éste estaba él, dubitativo, intentando averiguar dónde se encontraba ella.
Hinata cerró los ojos e intentó sosegarse. Su corazón latía con fuerza, impidiéndole oír en qué dirección había ido Yakushi. El repiqueteo de la lluvia empeoraba las cosas. Se apretó contra la pared, temblando, y comprobó la herida de su hombro. Tenía marcados los dientes de su asaltante.
Si conseguía atraparla, no cesaría hasta destrozarla. Se preguntó si Sari y Sāra habían tenido que sufrir la misma tortura. Las había violado y ahora iba tras ella. Súbitamente, apareció ante ella la visión de un hombre siniestro a caballo acercándose... acercándose hacia ella, envuelto en una capa negra. Pero esta vez su rostro era visible. Era el señor Yakushi.
Hinata se tapó los ojos para hacer desaparecer la horrible visión.
¡Ojalá Dios le concediera la muerte antes de que ese hombre abusara de ella!
Se estremeció apoyada contra la pared. Desnuda, las corrientes de aire eran heladas. Contempló su cuerpo desnudo y se mordió el labio. Quiso buscar algo de ropa en el armario que había junto a ella, pero no podía permitirse hacer el menor ruido.
Oyó portazos y que empujaban muebles en una de las habitaciones del fondo. Antes de moverse esperaría a que llegara a la estancia contigua. Si conseguía deslizarse por la puerta sin ser descubierta, podría llegar hasta las escaleras fácilmente y escapar de él.
Su capa estaba en el vestíbulo. Si pudiera cogerla antes de ser sorprendida... Pero su vida valía más que su recato. ¡Oh, Señor, si pudiera escapar!
De pronto se percató de que Yakushi estaba en la habitación de al lado. Hizo girar el tirador con sumo cuidado, echando una ojeada a la puerta que separaba ambas estancias. Sin mirar al pasillo, salió y cerró la puerta sin hacer ruido.
Retrocedió dos pasos y se volvió para pasar por delante de la habitación donde se encontraba él. Súbitamente sintió una manó y soltó un grito.
-¡Hinata! -exclamó Naruto, que luego contempló alarmado su cuerpo desnudo.
Hinata lo abrazó sollozando, sin preguntar por obra de qué milagro había conseguido salir de la cárcel y reunirse con ella. Estaba calada hasta los huesos, pero su abrazo húmedo la sosegó. De repente oyó los pasos de Kabuto Yakushi. Sus latidos se dispararon y tiró bruscamente de su marido.
-¡Oh, Naruto, date prisa! -exclamó-. Está armado. Naruto palideció.
-¿Te ha hecho daño, Hinata? -inquirió consternado.
Ella no tuvo tiempo de responder. Sabía a qué se refería, pero no podía detenerse a tranquilizarlo. Lo empujó hacia un dormitorio, al otro lado del pasillo. Estaba cerrando la puerta cuando Yakushi abrió la suya.
El hombre la vio de inmediato y levantó la pistola. Hinata se quedó petrificada. El arma se disparó. La bala le rozó la oreja y se incrustó en la puerta, astillando la madera. Conmocionada, Hinata la cerró de un portazo.
Naruto no se paró a preguntar. El disparo había pasado demasiado cerca de su esposa. Tiró de ella con fuerza y se apoyaron contra la pared junto a la puerta, Hinata detrás de él. El tirador empezó a girar. De pronto se abrió y el señor Yakushi entró. Naruto le agarró del brazo y le retorció la muñeca haciendo que una de las pistolas se estrellara contra el suelo. El señor Yakushi se volvió sobresaltado.
Por la expresión de su semblante estaba claro que no sabía que Naruto estaba en la habitación. Ya no perseguía a una dama indefensa, sino también a su marido. Yakushi vio que el puño del hombre se dirigía hacia su rostro e intentó esquivarlo, sin conseguirlo del todo. El puñetazo le rozó la mejilla y, aunque no lo sintió con toda su fuerza, lo lanzó contra la pared. Aturdido, apuntó al abdomen de Naruto con la pistola que le quedaba. Oyó gritar a Hinata.
-Me ha arrebatado la equivocada, señor Namikaze. Es una lástima, ¿no cree? -observó Yakushi. Naruto avanzó hacia él con un brillo mortífero en los ojos. Su esposa volvió a chillar agarrándole del brazo y tirando de él con todas sus fuerzas para hacerle retroceder. Pero no lo consiguió.
-¡No me ha hecho daño, Naruto! ¡Logré escapar a tiempo! -gritó Hinata. Naruto se detuvo. La miró y parte de la violencia que se reflejaba en su semblante desapareció.
-Él mató a Sāra -explicó ella.
-Sí, fui yo -admitió Yakushi, mirando a Naruto con una sonrisa-. Y no voy a pensármelo dos veces antes de matarlos a ustedes también. Pero creo que ya sabía que había sido yo, ¿verdad?
-Tal vez -replicó Naruto. Retrocedió unos pasos llevándose a Hinata con él.
-Sí. Estoy seguro -afirmó Yakushi -. Oí que había estado preguntando por mí en la ciudad. Empezó a curiosear el día que vino a la tienda, queriendo saber cuándo había dejado Inglaterra y qué clase de tipo era. Lo que deseo saber es por qué.
Naruto esbozó una sonrisa y se quitó la camisa con toda tranquilidad.
-Mi mujer lo mencionó en varias ocasiones -contestó.
Hinata lo miró sorprendida. Él le sonrió tratando de sosegarla y le colocó la camisa por encima. Pero al ver la marca de los dientes del señor Yakushi en su cuerpo, su expresión se endureció.
-Vaya, veo que se ha fijado en las señales de su esposa -se mofó Yakushi -. Es una mujer muy delicada, ¿no cree? Está realmente adorable sin ropa. Eso es algo difícil de admitir en mi profesión. Pero es cierto. No he visto a nadie que sea tan hermosa. Y, además, es más hábil que la mayoría. Huyó de mí antes de que pudiera disfrutar de sus encantos. Es escurridiza como una anguila.
-Si le hubiera puesto la mano encima, ahora estaría muerto -gruñó Naruto. Yakushi sonrió con desdén.
-De modo que le habló de mí, ¿eh? Nunca me lo hubiera imaginado. Cuando la vi huir de la tienda del pobre Orochimaru, pensé que estaría tan asustada que no se atrevería ni a pronunciar mi nombre, creía que había sido ella la que lo había matado. No me imaginé que hablaría. Pero, entonces ¿por qué se asustó tanto cuando le dije que se lo contaría a usted si no compraba mi silencio? -inquirió.
-Me temo que no sabía que me lo había dicho -repuso Naruto. Yakushi arrugó la frente.
-¿Eh? ¿Cómo dice? No tiene sentido -declaró.
-No importa, Yakushi – comentó Naruto-. Ahora, si es usted tan amable de decirme qué le dio mi mujer, le estaría muy agradecido.
-Ya sabe lo que me dio, o parte de lo que me dio -contestó Yakushi -. Vi cómo cogía el pendiente de diamantes junto al cuerpo de Sāra. - Hurgó en el bolsillo de su abrigo y sacó las joyas para mostrárselas-. Para satisfacer su curiosidad. -Sonrió-. Bonito lote ¿no cree? Igual que su esposa, tan bonita con su piel sedosa y su cabello. Me apuesto a que cualquier hombre se moriría por tocar sus tetas, bellas y suaves y...
-¿También violó y mató a Sari Seki? -interrumpió Naruto. Yakushi lo miró con los ojos entornados.
-Sí. Se burló de mí igual que Sāra. La seguí desde Konohagakure y gocé de sus encantos en el bosque. Pero no era ni la mitad de hermosa que su mujer.
-¿También era usted el del bosque cerca del molino? -volvió a interrogarle.
-Sí -confirmó Yakushi -. Casi no pude evitarlo ese día. La deseaba. Cuando el vendedor ambulante me vendió el traje, supe que estaba aquí. Traté de que me dijera dónde había conseguido el vestido, pero no pudo decírmelo. Cuando la vi en el bosque supe que era la misma chiquilla que había huido de Orochimaru al intentar violarla. También se escabulló de él y le clavó un cuchillo.
-¡No! -gritó Hinata-. Cayó sobre él mientras peleábamos.
-Pensó que lo había matado, pero no estaba muerto... todavía. No hasta que le rajé el cuello -afirmó Yakushi.
-¿Ha asesinado a toda esa gente, sin que nunca hayan sospechado de usted? -preguntó Naruto.
-Sí, y a mucha más -confesó Yakushi con orgullo-. Lo pasé mal cuando tuve que huir de Inglaterra, pero no me cogieron y nadie ha sospechado de mí aquí.
-Debe de creerse muy listo -apuntó Naruto.
-Lo suficiente para añadir dos más a mi lista. -Los amenazó con el arma-. Pero deseo gozar de su esposa delante de usted. Nunca he hecho nada parecido a eso.
-Como le ponga una mano encima, lo mataré-. Yakushi se echó a reír. Luego, los miró con un brillo antinatural en los ojos.
-Sí, será muy agradable. Ya me lo imagino... atado, inmovilizado mientras yo gozo de su mujer en la cama. Se volverá loco cuando vea que la penetro. Haré que grite cada vez que saboree un bocado.
Hinata abrazó a Naruto con fuerza, apretando la cabeza contra su pecho.
-La mataré yo mismo antes de dejar que le ponga sus viciosas manos encima -juró Naruto-. Pero no va a conseguir ni acercarse un poco. Será mejor que apunte bien con esa pistola. Si no me mata con esa única bala, no vivirá mucho tiempo después de haber apretado el gatillo.
-Puedo matarle sin ninguna dificultad -amenazó Yakushi, apuntándole al corazón con su arma.
De pronto, Hinata se colocó delante de su marido. Éste intentó apartarla, pero ella se aferró a él salvajemente.
-¡Por el amor de Dios, Hinata, aparta! -gritó Naruto.
-¡No! -exclamó ella-. Sólo tiene una bala. Únicamente puede matar a uno. Deja que sea yo -suplicó-. Prefiero morir antes de que me toque otra vez. No podría soportarlo.
-Su esposa tiene razón, señor -admitió Yakushi -. No puedo matarlos a los dos con una sola bala. Será interesante ver a cuál alcanzo. Están tan ansiosos por morir el uno por el otro... -se burló-. Usted, señor, es un ser muy galante. Dijo que mataría a su esposa antes de que le pusiera una mano encima. ¡Qué caballero! Se cree que no soy digno de acostarme con un cadáver.
-No es digno ni de pisar el suelo por el que camina -le escupió-. ¿Realmente cree que voy a permitir que la toque? ¡No dejaré que ningún hombre use lo que es mío y, usted, maldito, cree que no voy a luchar a vida o muerte para mantenerla a salvo de su depravación!
-No tiene elección -espetó Yakushi con desprecio. Apuntó por encima de Hinata a la cabeza de Naruto: Se acercó a la joven y le arrebató la camisa que cubría su cuerpo. Luego retrocedió y se regaló la vista con sus muslos y sus nalgas-. Me gusta más así.
Naruto avanzó inmediatamente con una especie de gruñido, pero Yakushi volvió a amenazarle.
-Retroceda o le vuelo la cabeza a su esposa.
La tormenta lanzó una rama contra los cristales de la ventana, haciéndolos añicos y sobresaltando a Yakushi, que miró a su alrededor confundido.
Naruto aprovechó la ocasión para abalanzarse sobre él, pero Yakushi disparó la pistola. Al ver a su marido tambalearse hacia atrás, Hinata soltó un grito. El herido se llevó una mano al hombro, que empezaba a sangrar profusamente, y esbozó una sonrisa diabólica.
Yakushi se percató de su error. El hombre no estaba muerto y sabía que se aseguraría de quitarle la vida. Ahora ya no era el perseguidor sino la presa.
Aterrorizado, se precipitó hacia la puerta consiguió huir a una velocidad asombrosa. Naruto salió tras él sin dudarlo un minuto. Hinata, aturdida, permaneció unos segundos inmóvil. La impresión de ver a Naruto alcanzado por la bala había sido muy fuerte.
Salió de la habitación a tiempo para ver a su marido bajar por las escaleras detrás de Yakushi. Éste miró horrorizado hacia atrás permitiendo ver a Hinata la espuma que rezumaba de su boca.
Su lengua golpeaba enérgicamente los labios y sus ojos estaban abiertos de par en par. Al llegar al primer piso, empezó a dar vueltas sin saber qué hacer. Miró la pistola que todavía tenía en la mano y, al darse cuenta de que ya no le servía, la arrojó contra Naruto.
Éste la esquivó y el arma se estrelló contra el suelo. Yakushi corrió hacia la puerta, pero su adversario, mucho más ágil, se abalanzó sobre él. Los dos cayeron al suelo. Naruto se incorporó enseguida y propinó un tremendo puñetazo a Yakushi. El hombre cayó hacia atrás sangrando. Naruto lo levantó otra vez y lo estrelló contra la pared con la fuerza suficiente para romperle la espalda.
El señor Yakushi gritó de dolor. Su adversario volvió a propinarle otro puñetazo, esta vez en el abdomen.
Cuando Yakushi se encogió, Naruto lo enderezó lanzándole un brutal gancho en la mandíbula. El asesino suplicó por su vida mientras trataba de liberarse con desesperación. Pero Naruto no tenía intención de dejarle marchar.
-¡No vas a tener otra oportunidad de hincarle los dientes a mi esposa, bastardo vicioso! -exclamó Naruto. Hinata estaba aterrorizada. Jamás había visto a su esposo actuar con tanta violencia. Parecía no molestarle la herida del hombro. Los dos hombres estaban cubiertos de sangre; era imposible saber quién era el que sangraba más. Naruto golpeaba a Yakushi una y otra vez.
Hinata bajó por las escaleras con las piernas temblorosas en dirección a ellos. Con una mano se cubría el busto y con la otra, la entrepierna.
Hinata no pudo soportarlo por más tiempo. Corrió hacia su marido y le agarró del brazo.
-¡Naruto, basta! -exclamó-. ¡Vas a matarlo! . ¡Por el amor de Dios, para!
Aturdido, Naruto soltó a Yakushi y observó cómo éste caía al suelo. Yakushi se agarró a la cintura de su contrincante con un gemido, pero éste ya no estaba interesado en él. Tampoco Hinata deseaba presenciar la brutalidad a la que podía llegar su esposo cuando perdía los estribos. Lo contemplaron con lástima antes de volverse. Luego Hinata examinó la herida de Naruto y, al tocarla, éste hizo una mueca de dolor.
-Tenemos que ir a casa de inmediato, Naruto -apuntó la joven-. Hay que extraer la bala del hombro-. Naruto consiguió esbozar una sonrisa.
-Me temo que no podemos ir a casa, por lo menos hasta dentro de un rato -dijo-. Tendremos que pasar la noche aquí. La tormenta es muy peligrosa. Ha empeorado desde que llegué y probablemente se ha duplicado desde que lo hiciste tú.
-Pero hay que limpiar esa herida -insistió Hinata-. ¿Y Boruto? ¿Quién va a amamantarlo?
Naruto soltó una carcajada y la atrajo hacia sí sin pensar en la sangre que le cubría el pecho.
-Tendrás que cuidar tú de mi hombro, cielo y en cuanto a Boruto, mandé a Iruka a buscar una nodriza por si no podíamos regresar. Una misión perfecta para Iruka por haberte ensillado el caballo. Fue un acto temerario salir de casa con esta tormenta, Hinata, y todavía más ir en busca de Lulu.
-Pero, querido -protestó ella-, no podía quedarme sentada de brazos cruzados.
Ni Naruto ni Hinata se percataron de la figura que se arrastraba en dirección a la puerta. Al notar una ráfaga de aire acompañada de lluvia, se volvieron y descubrieron que Yakushi huía. Éste se arrastraba luchando contra el viento, que ahora tenía una intensidad demoníaca.
Naruto también tuvo que luchar contra él para llegar hasta la puerta. Pero cuando lo hizo, Yakushi ya estaba corriendo por el porche hacia los caballos. Naruto no llegó a tiempo para impedir que Yakushi montara a Kurama. Le gritó, pero su voz se perdió en el vendaval.
Yakushi tiró de las riendas, tratando de mantenerse erguido. Reía a carcajadas a pesar de su inestabilidad, pensando en cómo había logrado vencer al hombre corpulento que tenía tras él.
Había recibido muchos azotes de parte de su padre cuando era pequeño, y su cuerpo se había endurecido. Ningún mortal podría acabar con él tan fácilmente. Con una carcajada espeluznante, espoleó a Kurama, y el animal se adentró velozmente en la tormenta hecho una furia.
Hinata se hallaba en el porche, luchando contra el viento y la lluvia, cuando Yakushi pasó por delante de ella y se precipitó por el camino embarrado donde los árboles se agitaban violentamente por encima de él.
La joven pudo oír el crujido de una rama al partirse. Una tromba de agua la empapó mientras intentaba descender por las escaleras. Naruto pasó por delante de ella con el cabello y los pantalanes empapados y la sangre aguada resbalando por el pecho.
Se volvió hacia ella para decirle algo, pero Hinata no pudo oír nada debido a la fuerte tormenta. El hombre le señaló la casa para que entrara. De pronto un rayo iluminó el cielo y el ruido ensordecedor de un trueno explotó sobre sus cabezas. Otro rayo rasgó el firmamento cuando Hinata vio a Kurama encabritarse, asustado.
Yakushi, incapaz de mantenerse sobre la silla de montar, se precipitó al suelo. La rama de un árbol se partió, cansada de luchar contra el viento, y cayó sobre él con todo su peso. Otro relámpago iluminó a Hinata, que soltó un grito ahogado por un trueno.
Corrió en dirección a Naruto, pero éste ya se dirigía hacia donde yacía Yakushi. Vio cómo alcanzaba a éste y trataba de levantar la rama. Se arrodilló juntó al hombre, pero se volvió para mirar a su esposa y por su gesto, ésta supo que no había razón para intentar apartarla, pues Yakushi ya no podía sentirla. Estaba muerto.
Se había hecho justicia.
