Capítulo 56
Piedras
Subir al palco más alto y alejado de los que había en aquel teatro era estremecedor y daba algo de miedo en aquel instante, en el que las luces solo se centraban en el escenario y nadie parecía percibir su presencia allí arriba. Pero eso era un detalle que no le importaba a Quinn. De hecho, su objetivo era precisamente que nadie supiese que estaba allí arriba, esperando a que llegase su turno para los ensayos. Turno que llegaba después de la reunión que se producía en ese instante con los bailarines y varios extras.
Quinn sabía que al menos le quedaba casi media hora de espera, y ese día había optado por esperar allí, en vez de en su camerino.
Lo hacía por un motivo concreto, por supuesto.
Ella. Poder verla a ella y tener al menos unos minutos de conversación tras lo sucedido aquella mañana con Mónica.
Rachel, como en cada ensayo, no debía tardar en dar señales de vida en aquel palco, y allí estaría ella esperándola, cobijada por la oscuridad del patio de butacas. Lo que Quinn no sabía era que Rachel solía presenciar el ensayo desde diferentes lugares, y que aquel día justamente, el palco que ella ocupaba no iba a ser el elegido.
Lo supo después de casi diez minutos esperándola, cuando un movimiento extraño le hizo lanzar la mirada hacia el lado opuesto a donde ella estaba.
Rachel aparecía justo en los palcos que quedaban frente a ella. Y a pesar de la distancia y la oscuridad, fue capaz de percibir una enorme sonrisa en su rostro.
Quinn no tardó en abandonar su posición e ir en su búsqueda. Adentrándose en el pasillo que rodeaba todo el anfiteatro, buscó la salida justa que daba al palco donde ya permanecía sentada, y por supuesto, completamente ajena a su llegada. Tan ajena que ni siquiera se percató de su presencia, y Quinn no dudó en darle una pequeña sorpresa.
—¿No tienes miedo de que Holy Kennedy se presente ante ti? —susurró a escasos centímetros de su cuello, provocando que Rachel saltara literalmente del asiento, y a punto estuviese de hacerlo también del palco, si no fuese por la rápida intervención de Quinn—Hey ¿Qué haces? —la detuvo sujetándola del brazo. El rostro desfigurado de Rachel la llegó a asustar.
—¡Dios! ¡Dios! —murmuró con la respiración entrecortada—¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre asustarme así?
—No pensaba que fueses a asustarte de esa manera—respondía confusa.
—¿Cómo no quieres que me asuste si estoy en el palco de un teatro a solas, sin luces y…? —tartamudeó—¿Cómo no quieres que me asuste?
—Lo siento—susurró tratando de tranquilizarla—. Lo siento cielo, no era mi intención.
—Ya, para colmo vas así vestida—le dijo señalando su vestuario, el mismo que usaba para los ensayos—. Pareces un fantasma de verdad—masculló aun con el susto reflejándose en su mirada.
—Shhh—trató de silenciarla—. Vamos siéntate, nos van a ver si seguimos hablando alto—miró hacia el teatro, donde ya se reunían el grupo de bailarines al completo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Rachel haciéndole caso—¿No deberías estar preparándote para tu ensayo?
—Aún falta media hora—respondía tomando asiento a su lado—, y ahora tienen reunión con el grupo de baile.
—Lo sé—volvía a mirarla más relajada—¡Dios! menudo susto me has dado—dijo llevándose la mano al pecho. Mano que Quinn no dudó en tomar y para entregarle un pequeño beso.
—Lo siento, no volveré a hacerlo. Te juro que he creído que ibas a saltar.
—Es que iba a saltar. Quinn, eras un jodido fantasma.
—Lo siento, lo siento… No volverá a suceder—se disculpó de nuevo tratando de contener la risa, cuando Rachel ya llenaba sus pulmones con una gran bocanada de aire, y trataba de relajarse.
—Eso espero.
—Lo prometo. Además, por culpa del susto te he quitado esa sonrisa que traías—recordó—¿Qué te pasaba? —se mostró curiosa.
—Oh dios—susurró volviendo a recuperar la sonrisa y bajando la mirada un tanto avergonzada.
—¿Qué pasa? —sonreía también Quinn—Cuéntamelo ¿No?
—Ok, pero tienes que prometerme que no vas a contar nada, absolutamente nada a nadie. Ni siquiera a Superman.
—¿Ni siquiera a Superman?
—Ni siquiera a ella ¿Ok?
—Ok, no contaré absolutamente nada. De hecho, lo olvidaré al minuto de saberlo para no caer en la tentación—bromeó.
—Está bien, acepto tu promesa—espetaba al tiempo que se giraba un tanto en el sillón tratando de quedar más cerca de la rubia, que ya la observaba con curiosidad—. Resulta que estaba en mi oficina arreglando unos asuntos y bueno, tenía pensamientos de venir a ver vuestro ensayo, así que dejé lo que estaba haciendo y me vine para acá. Pero al intentar subir por el acceso de los despachos me encontré con el Sr. Shepard, y me dijo que lo hiciera por la zona pública, porque al parecer están pintando no sé qué de la madera de los pasillos y no podía pasar.
—Ajam.
—Lo cierto es que cuando he accedido a la zona pública, me he fijado que había dos accesos a dos habitaciones de los guardas de seguridad cuando hay función, por lo que ahora deberían estar cerradas—hizo una pausa mientras volvía a intentar contener la sonrisa.
—¿Y qué? ¿Qué pasa, Rachel? —Cuestionó impaciente.
—Me di cuenta que en una de esas habitaciones había una luz encendida. Se… Se podía ver por debajo de la puerta gracias a la oscuridad del pasillo.
—¿Y?
—Bueno, pensé que había sido un despiste del Sr. Shepard, así que me lancé a abrir la puerta para apagarla y…
—¿Y qué?
—Había alguien ahí—sonrió traviesa—. Mejor dicho, había dos personas.
—¿Cómo? ¿Y qué hacían ahí? ¡Oh dios! —susurró—¿Has pillado in fraganti a dos?
—Más o menos, en realidad solo se estaban besando—respondía sin apartar la mirada de la rubia.
—¿Y quienes eran?
En ese instante, la voz de Gio se dejaba escuchar en el escenario llamando la atención de los bailarines que allí le esperaban. Y fue esa pequeña interrupción la que Rachel utilizó para responder a la pregunta de Quinn.
—Bingo.
—¿Bingo? Bingo ¿qué?
—Era Gio, Quinn—susurró tratando de pasar completamente desapercibida—. Eran Gio y Joseph.
Quinn no habló. Simplemente se tapó la boca con la mano y abría los ojos al máximo, provocando que la escasa luz que llegaba hasta aquella zona incidiese de pleno sobre ellos.
—Tendrías que haber visto sus caras—volvía a contener la risa—. Se han puesto pálidos.
—Pero espera, espera ¿Ellos saben que los has visto?
—Sí, la verdad es que cerré rápidamente y me excusé. Pero sí me vieron y yo los vi, y bueno, Gio me pidió que entrase para darme una explicación y pedirme que fuese su confidente.
—¿Quieren mantenerlo en secreto?
—Sí, bueno lo que no quieren es que lo sepan los chicos. Ya sabes, para no incitar a rumores y esas cosas.
—Ya… O sea, que no somos las únicas que vamos comiéndonos a besos por los pasillos de este teatro—bromeó—. Genial. Esto se empieza a poner interesante.
—Ya te digo. Y la verdad es que también me ha servido a mí.
—¿A ti? ¿Por qué? —cuestionó confusa.
—Porque él nos vio a nosotras y, bueno, ya sabes que, aunque le dije por encima lo que nos sucedía, no he vuelto a hablar más de ello con él. Desde entonces yo he tratado de esquivarlo por miedo a que me cuestionase aún más.
—Y ahora ¿por qué te ha venido bien encontrarlos así?
—Porque él me ha pedido que no dijese nada, de la misma forma que él no va a decir nada de lo nuestro. Básicamente, nos estamos cubriendo la espalda.
—¿Un aliado?
—Así es.
—Me parece perfecto—respondía volviendo a sonreír—. Veo que este teatro tiene algo especial…
—Será eso, pero lo cierto es que ha sido divertido. Te juro que recuerdo sus caras y no puedo evitar reír.
—Pues no te rías tanto, porque tú reaccionaste de una forma muy parecida y te aseguro que estabas pálida—recordó consiguiendo que Rachel terminase por fruncir el ceño, y eliminar la sonrisa que dibujaba en sus labios—¿Ves? Ahora no tiene gracia, ¿verdad?
—Déjame—respondía con tono infantil al tiempo que observaba el escenario—. Deberías prepararte, en 20 minutos tendrás que estar ahí abajo consiguiendo que se me erice la piel con tu actuación.
—Mmm, puedo conseguir que se te erice ahora—susurró acercándose hasta el cuello de la chica y dejando un pequeño roce con su nariz.
—¡Quinn! —exclamó apartándose—. Nos van a ver.
—¿Quién? —miró a su alrededor—Aquí no hay nadie. Y te aseguro que desde ahí abajo no se ve quien está aquí arriba.
—Da igual. No, no quisiera tener que contarle lo nuestro a nadie más—respondía con apenas un hilo de voz—. A este paso voy a tener que mandar un email a todo aquel que lo sabe—se quejó.
—Mmm—Quinn murmuró apartándose de la morena—. Eso me recuerda que tengo algo que decirte acerca de Mónica.
Rachel volvía a buscar la mirada de su chica tras notar el cambio en el tono de voz y posteriormente en su rostro, que ya permanecía con una leve mueca de preocupación.
—¿Qué ocurre con ella?
—Veras Rachel—tragó saliva—. Ya sabes que se ha tomado lo nuestro muy bien y que está dispuesta a evitar que nada ni nadie lo saque a la luz.
—Sí—balbuceó desconfiada.
—Pero para eso necesita saberlo todo, conocer todo lo que nos rodea y a lo que tiene que hacer frente—espetó—¿No sé si me explico?
—No, no sé a qué te refieres, Quinn.
—Rachel—susurró acercándose aún más—, Mónica tiene que saber lo de Em.
—¿Qué? —cuestionó un tanto alterada—No, no Quinn, ella no tiene porqué saberlo. No es necesario.
—Rachel—la interrumpió llenándose de valor—, se lo he dicho—confesó dejando completamente en silencio a la morena—. Lo siento, pero si nos va a proteger tiene que saber todo ¿Lo entiendes? Ella, ella…
—No me lo puedo creer—murmuró levantándose rápidamente del asiento y perdiéndose por la salida de aquel palco.
—Hey Rachel—consiguió detenerla en mitad del oscuro pasillo que rodeaba los palcos—. Espera, espera por favor.
—Quinn ¿No lo entiendes? No podemos decírselo a todo el mundo—se quejó—. Una cosa es nuestra relación y otra cosa es mi hija—balbuceó—. Dios—se llevó las manos a la cara.
—Rachel, escúchame—volvía a hablar sin permitirle el paso, obligándola a quedar junto a una de las paredes de madera del pasillo—. Mónica no va a decir nada, todo lo contrario. Ella se va a encargar de eliminar cualquier mínimo rumor que pueda surgir y que pueda asociarse a Em, te lo prometo—trató de convencerla—. No se lo voy a decir a nadie más, pero ella es mi representante y tiene que saber a lo que se enfrenta ¿Entiendes?
No respondió. Rachel bajó la cabeza y trató de respirar con calma, evitando que la locura que solía aturdirla en una situación como aquella no hiciese acto de presencia. Quería controlarse a pesar de sentirse insegura tras conocer aquellos detalles, y lo quería hacer porque se había prometido ser más racional, tratar mejor a aquella chica que ahora acariciaba con las manos su mandíbula y se acercaba a su cuerpo, tratando de regalarle una confianza que no conseguía encontrar de ninguna otra manera.
—Recuérdalo Rachel, todo va a ir bien—susurró—. No voy a dejar que nada ni nadie te haga daño, ni que te perjudique ¿Ok? Tienes que confiar en mí. Lo voy a hacer bien
—Quinn—respondía con la voz temblorosa—Lo intento ¿Ok? Yo te juro que estoy intentando tranquilizarme y confiar en todo, pero lo siento, no paro de pensar que una nueva persona conoce a Em y pienso en Kevin y todo lo que…
—Shhh—trató de tranquilizarla—. Rachel, he hablado mucho con Mónica y me ha dado la razón en lo que tú me decías, en eso de que, si se desvirtúan los rumores, pueden perjudicarte en tu carrera.
—Pues es lo que necesitaba oír para tranquilizarme—ironizó Rachel.
—Déjame terminar—interrumpió Quinn—. Me ha dicho eso, pero también me ha dado la razón a mí—explicó—. Rachel, es cierto que aquí, en Broadway los directores evitan a las actrices o actores que puedan acarrear conflictos, pero eso no va a suceder contigo—fue clara—. Mónica me ha dicho que tú eres una de las que tiene todas las papeletas para ser grande, y ya sé que es algo que todos los que te conocemos sabemos, pero Mónica no te conoce tanto como persona, y se mueve por el mundo, conoce a muchos representantes y todo ese ambiente—explicó—. Según me ha dicho, cada vez que le ha comentado a alguno de sus compañeros que tenía a una representada trabajando para un musical producido por ti, se han sorprendido. Se han alegrado y le han dado la enhorabuena a ella por haberme conseguido este personaje en tu musical, porque todos creen que vas a triunfar.
—¿Te ha dicho eso de veras?
—He estado una hora comiendo con ella y me ha hablado de eso y muchas más cosas, y todas buenas, Rachel. Tienes buen cartel, todo el mundo aquí sabe que tienes talento y eso, por suerte, si lo miran los directores—hizo una pausa mientras conseguía que Rachel la mirase a los ojos en aquella oscuridad que las rodeaba—. Rachel, tú estás por encima de cualquier duda o desconfianza que puedan tener por Em, y con el musical lo vas a demostrar sin dudas.
—Eso no quita que ahora sienta esa inseguridad que siento cada vez que alguien conoce a Em—se excusó.
—Pero ese es otro asunto que vamos a solucionar pronto—aclaró—. Con ayuda ¿Recuerdas?
—No, no sé si voy a poder estar mucho tiempo con todas estas contradicciones en mi cabeza, Quinn—respondía—. Yo, yo sé que tú lo haces por mi bien y yo te lo agradezco y trato de confiar, pero dentro de mí tengo a la Rachel histérica que ahora mismo estaría gritándote por haberle contado eso a tu representante. Y la verdad, no es agradable. No quiero perder el control contigo otra vez.
—Si eso te libera, hazlo, pero prométeme que no me vas a echar de tu vida si eso ocurre—susurró acariciando su mejilla—. Prométeme que podrás gritarme y luego aceptarme en tu cama, como cualquier otra noche.
—Quinn, yo te quiero—respondía—, pero te aseguro que es complicado asimilar que todo va a ir bien.
—Es que todo va a ir bien—volvía a hablar siendo consciente de la situación que Rachel trataba de controlar en su interior, y sabiendo que aquello, sin duda, solo lo podía solucionar alguien que estuviese preparado para ello. No podía alargar más aquellas terapias con Santana, pensó justo en el instante en el que se aventuraba a rodear la cintura de la morena y regalarle un abrazo que no había pedido, pero que sin duda le iba a servir para tranquilizarse. Al menos eso creía.
—A nadie más ¿De acuerdo? —murmuró la morena junto a su oído—Nadie más debe saber de Em.
—Nadie más—respondía Quinn dejando un cálido y sentido beso sobre el cuello de su chica—Mmm, adoro como hueles.
Un sonido, un pequeño pero delatador sonido provocado por Rachel hizo reaccionar rápidamente a Quinn, que descubría como la morena trataba de contener el llanto, pero no podía evitar que algunas lágrimas cayesen ya por sus mejillas.
—Hey ¿Qué sucede? —se apresuró en sostener el rostro de la chica entre sus manos—¿Qué te pasa Rachel? ¿Por qué lloras?
—Porque me siento mal—susurró con la voz entrecortada y dejando escapar varias lágrimas más—. Me siento mal por ti, Quinn.
—¿Por mí? ¿Por qué, cielo? Yo estoy bien—se preocupó.
—Pero no paras de hacer cosas por mí—balbuceó—. Dejas todo en un segundo plano para que yo esté bien y yo no puedo hacer lo mismo—volvía a llorar con más intensidad—. Y te juro que quiero, lo pienso y me lo propongo, trato de no darle importancia, pero al final es superior, Quinn. No puedo evitarlo y hago que tú seas la que se tiene que implicar para que esto funcione.
—Shhh—susurró divagando por sus ojos, que inundados en lágrimas conseguían brillar en aquella tenue oscuridad que las rodeaba—. Rachel, no es un sacrificio para mí, ¿Ok? Yo hago lo que sea necesario, por ti y por Em. Y lo hago porque quiero estar a vuestro lado ¿De acuerdo?
—Pero no es justo. Yo me doy cuenta Quinn, yo quiero que sepas que soy consciente de todo lo que haces para no perjudicarme, y te pido perdón porque yo no puedo sacrificarme, aunque lo intento
—No tienes que sacrificarte, Rachel—volvía a hablar con dulzura—. Yo solo quiero que me quieras, es lo único que necesito de ti, que me quieras, que me sonrías como lo haces o que vengas a casa y te lances sobre mi sin siquiera asegurarte de que estamos a solas—sonrió—. Rachel, solo necesito que seas tú, nada más. Nada de sacrificios.
—Pero no es justo para ti.
—¿Me quieres?
—Mucho, muchísimo.
—Eso es suficiente. Lo demás lo solucionaremos poco a poco. El único sacrificio que tienes que hacer es confiar en mí. Solo eso, Rachel. Confía en mí, prometo que todo…
—Va a ir bien—interrumpía la morena tratando de acabar con aquel nudo que se había formado en su garganta, y que apenas le permitía respirar.
—Exacto, todo va a ir bien—volvía a buscar la mirada de la chica para asegurarse de que las lágrimas habían cesado. Y como recompensa, no dudó en acercarse hasta apoyar su frente contra la de ella y sentir el aliento de la respiración en sus propios labios—Rachel, quiero hacerte feliz—susurró segundos antes de rozar con los labios los suyos y fundirse en un beso que la morena aceptó como respuesta y solución a su ya destrozada conciencia.
Era una lucha continua la que mantenía contra ella misma, y que se hacía más y más frenética cada vez que Quinn le daba alguna muestra de absoluta confianza y fe en aquella relación.
Aquella mañana ya había recibido toda una lección al ver como estaba dispuesta a rechazar ser protagonista de portada de una de las revistas más importantes de teatro, solo por evitar exponerla a ella. Un gesto que le hizo pensar, y que le ayudó a controlar su desmesurada reacción ante la falta de privacidad que suponía saber que otra persona más, ajena a su entorno, sabía de la existencia de su hija.
Que Quinn estaba entregándose por completo en aquella relación, era algo que le demostraba día a día. Y ella se sentía incapaz de lograr agradecerle como merecía. Solo de aquella forma, perdiéndose entre sus labios, podría hacerle entender al menos que sus sentimientos eran mutuos. Que quería que siguiese estando a su lado, regalándole aquella frase que tanto conseguía calmarla y que adoraba escuchar en su voz. Aquel, "todo va a ir bien" que sacaba lo mejor de ella, y le permitía demostrárselo como hacía en ese instante, en mitad de un oscuro pasillo donde solo el sonido que producían los bailarines en el escenario, podía dejarse oír. Donde solo aquellas paredes revestidas de madera eran testigos de su encuentro, de sus confidencias y de sus besos.
—Mmm, siento tener que ser yo quien pare esto—susurró Quinn sin apenas despegar sus labios de los de Rachel—, pero me temo que, si no lo hago, voy a llegar tarde al ensayo.
—Tienes razón—respondía la morena sin destruir el abrazo—. No debo de entretenerte.
—¿Te vas a quedar a verlo?
—Por supuesto.
—Ok—volvía a rozar de nuevo sus labios con los de ella—Espero no defraudarte.
—Estoy segura de que no lo harás—respondía con más tranquilidad y deshaciendo lentamente el abrazo—. Vamos, parece que los bailarines ya han terminado—lanzó una mirada hacia la entrada a los palcos.
—Te veo luego—murmuró segundos antes de volver a besarla, y comenzar a alejarse de ella, optando por recorrer el pasillo que quedaba a su derecha y que la llevaba directamente a la planta baja, donde estaba el escenario.
Rachel la observó sin perder detalle, al menos eso intentó tras ser consciente de cómo la escasa luz hacía dificultosa la visión. Solo pudo percibir el suave balanceo de su falda caminando a través de aquel pasillo, para luego perderse por el hueco que daba acceso a las escaleras. Mientras, ella trataba de recomponerse y despejar su mente tras aquel extraño ataque de histeria que había sufrido. Porque sabía perfectamente que, aunque no hubiese gritado, ni se hubiese enfadado como era normal en ella en una situación así, aquello había sido un ataque de histeria. Una histeria que ella jamás había sufrido de ese modo, tan pausado y solo con lágrimas. Hasta en eso le estaba haciendo bien Quinn, pensó tras recuperar la compostura y adentrarse de nuevo en el palco, dispuesta a ser testigo del ensayo. Quinn había logrado llenar su vida de cosas buenas, y ese dramatismo que siempre le había acompañado en su menudo cuerpo, parecía dejarse guiar por las buenas intenciones de su chica. Y se adaptaba a aquella nueva forma de vida, a aquella nueva manera de entender los conflictos. Con más calma, con la confianza y certeza de saber que todo tenía solución, o al menos, creer que la tenía.
Y Quinn se alejaba de ella con la misma sensación. Consciente de saber que esas lágrimas que no había sido capaz de controlar Rachel, no era otra cosa más que la rabia contenida por no poder o no querer gritarle. Y se alegró. Se alegró porque sabía que de esa forma, Rachel parecía ser más consciente de que el verdadero problema lo tenía ella, y no el mundo que la rodeaba.
Bajando aquellas escaleras solo iluminadas por las luces de emergencia, llegó a la conclusión de que aquello ya no podía alargarse más, y que Santana tendría que tomar protagonismo en sus vidas lo más pronto posible. Ella era la única que podría ayudar a Rachel, al menos eso creía. Lo que no llegó a creer nunca fue que, en aquellas escaleras, tras descender hasta la planta baja y situarse en el pasillo que daba acceso a las butacas, alguien iba a estar esperándola.
—Señorita Fabray—escuchó alto y claro tras ella, provocándole un pequeño susto.
—¡Sr. Sherpard! —exclamó girándose sobre sí misma y descubriendo al hombre junto a una de las salidas de aquel pasillo—. Me ha asustado. No le he visto.
—Lo sé—respondía con una leve sonrisa en su ya envejecido rostro—. Siento haberla asustado.
—Bueno, procure no hacerlo otra vez, aunque no se preocupe. Tengo el corazón a prueba de bombas—bromeó.
—Me alegro—espetó con la voz ronca—. El mío no está para muchos sustos.
—Estoy segura de que está usted más fuerte que todos los que estamos aquí.
—No estés tan segura—se apresuró en responder—. Va a llegar tarde al ensayo.
—Lo sé, por eso bajaba tan deprisa—se excusó—¿Todo bien por aquí?
—Sí, todo perfecto—respondía con amabilidad.
—Perfecto. Pues si me disculpa, voy a entrar en el escenario, ya es la hora.
—Claro, pero espere un minuto—la obligó a detenerse—. Le he hablado por un motivo.
—¿Ah sí? ¿Y qué motivo es ese?
—Srta. Fabray, realmente creo que es usted una persona inteligente, muy educada y responsable—comenzó a relatar—. Por eso mismo me gustaría darle un consejo.
—¿Un consejo?
—Sí, si me lo permite, claro.
—Por supuesto—respondía—. Dígame.
—Es muy sencillo, me gustaría decirle que nunca deje de luchar por lo que desea y quiere para su vida.
—Eh, claro—balbuceó totalmente confusa—. Es lo que hago.
—Bien, solo eso—sonreía con una mueca de satisfacción implantada en sus labios—¡Ah! y también procure mirar siempre a su alrededor, nunca sabe cuándo una piedra se va a interponer en su camino—suspiró—. Y a veces esas piedras consiguen que hacerte caer.
No supo que contestar. Quinn seguía mostrando su gesto de confusión mientras trataba de comprender aquel improvisado encuentro con el hombre, y sus extraños consejos. Consejos que no eran extraños por lo que decían sino de por quien procedían, y el momento exacto en el que los recibía, justo después de vivir con Rachel una tensa situación.
—Gracias—balbuceó aún extrañada justo cuando el hombre se disponía a permitirle el paso.
—Que tenga buen ensayo, señorita Fabray.
