Capítulo XXI


Su coto de caza ya no era tan visitado por muggles o magos y eso se lo atribuyó a los Kakuseishas que lideraban los diferentes lugares. Y si bien cada cierto tiempo los Inefables le enviaban a guerreras, que según su experiencia estaban por sobrepasar sus límites, no era una dieta que deseara seguir o siquiera le agradara.

El antiguo guerrero ahora despertado; dejó sus tierras para buscar un nuevo lugar donde asentarse, solo debía seguir el olor de intestinos.

Del bosque de Whitam a otra ciudad poblada no sería mucho tramo para un ser como él.

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Theo terminó de peinar a su hija, no es que esta tuviera el cabello largo, no; Deneve siempre llevaba el cabello muy corto a petición de ella misma.

–No quiero que te unas a Helen para hacer travesuras.

–No papá.

–Trata por lo menos hijita.

Concluyó Theo al recordar que su hija y la prima de esta –o primas si estaba Miria también–; eran como un grupo de duendes.

Charlie y ellos, iban a ver a los Weasleys mayores cada semana o más seguido si podían, más que nada por lo unido que eran todos los pelirrojos.

Esa tarde, Theo y Deneve se adelantarían y Charlie los alcanzaría en La Madriguera.

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Las cortinas del balcón se movían al ritmo del viento. Harry se quitó la túnica y se descalzó. Su ropa debajo de la túnica consistía en unos pantalones livianos y la camisa igual de delgada, y es que si bien ya estaban en verano, no era muy caluroso para estar descubierto, no obstante si algo de ropa ligera era lo mejor.

Salió al balcón y como intuyó vio a Draco sentado en una de las tumbonas, con un libro olvidado sobre su regazo. El rubio miraba hacia el horizonte. Harry se sentó delicadamente junto a su esposo y colocó una mano sobre una de este.

–Aun pensando en ello. –confirmó el moreno.

–Si. Tal vez es la edad, pero tengo miedo.

Potter se guardó su comentario ¡¿Edad?! ¡Tenían veintiocho años!, más optó por expresar:

–Irene entró hace tres años y le fue excelente, ellas estarán bien.

–Y me lo digo todas estas veces, que Severus, Remus, incluso Hermione estarán ahí. Y yo tomé la plaza de profesor de pociones, sin embargo...

–Te entiendo. Son nuestras bebés. Más ellas están impacientes.

–Por supuesto.

–Si.

Draco sintió como su pareja lo acercaba hacia él y se dejó mimar. Harry abrazó al rubio y agarrando la barbilla de este lo besó. Draco correspondió la caricia e incluso la profundizó y eso alertó al de ojos verdes a notar que su esposo deseaba más que solo un beso.

Harry agarró el libro y lo dejó sobre la mesita de al lado. Luego le dio la mano a Draco y lo llevó dentro, a su habitación. Ahí, siguió besando al rubio. Sus manos inquietas recorrieron las formas firmes del de ojos grises por sobre la ropa y al sentir que la temperatura aumentaba, fue quitando las prendas como quien deshoja una flor.

Las mudas cayeron sobre la alfombra y las pieles se encontraron, consolidándose como una sola.

Draco se alejó un poco de Harry, pero solo para guiarlo a la cama. Retomaron los besos y se dejaron caer con las extremidades entrelazadas.

Las manos viajaron por el cuerpo contrario con el tacto gobernado por la memoria, pues ambos conocían el cuerpo del otro como el propio; no en vano llevaban años siendo una pareja que no vivían lejos del otro por mucho tiempo.

Por eso mismo Draco regresaba todos los días de Hogwarts a su casa, porque Harry sin sus hijas y él, no podría estar tranquilo. El Malfoy sabía perfectamente que su esposo y la soledad no eran buenos amigos.

Alistar a su amante era una tarea que el de ojos verdes disfrutaba y obviamente nunca olvidaba. Después de todo así pasaran años, Draco siempre sería su niño amado y al que cuidaba como a un tesoro.

Draco se removió saboreando al sentir esas falanges abriéndolo para recibir a su esposo; anhelaba secretamente la impaciencia de esperar por el miembro de su moreno. El que no tardó en complacerlo e ir ingresando en su interior hambriento.

Los besos se redoblaron, intentando llevar el ritmo de las estocadas del ariete de Harry. Los gemidos no se callaron ni se escatimaron en ese intercambio de pasión. La cama se movió al ritmo de la pareja que sonreían picaros, ante el hecho.

Los gritos de liberación, de ambos se escucharon casi al mismo tiempo; y seguido a eso, las respiraciones tratando de normalizarse, unido a otra ronda de besos sobre las pieles húmedas de sudor.

El matrimonio descansó uno en brazos del otro, sin preocupaciones, porque las niñas Potter estaban de visita con su prima Helen en La Madriguera. Lucius en una reunión y luego iría a recoger a Remus a Hogwarts; una costumbre que la pareja ya tenía, más que se profundizó con la buena nueva de Remus gestando y es que por la edad y enfermedad del rubio trigo no se escatimaban en precauciones, anexando el hecho de que no sabían si habría una nueva Claymore o correría con la buena suerte de Raki Black Snape que era un mago sin nada de yōma.

La pareja descansó por un par de horas y luego se metieron a asearse para ir por sus hijas.

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Patear gnomos era un deporte Weasley, y es que Clare se divertía bastante practicándolo con Helen. Las niñas corrían buscando a sus víctimas, que de eso no tenían mucho, pues se defendían bastante bien.

A pesar de que Helen era conocida por ser traviesa, era muy consciente de nunca sobrepasar las barreras mágicas. Clare –a pesar de ser mayor por dos años–, obedecía las reglas que Helen le compartía.

Haciendo eso, fue que Deneve llegó y se unió al juego.

Teresa se encontraba acompañando a Arthur que revisaba un viejo auto. Ella era curiosa por naturaleza y es que Harry le contaba sobre el mundo muggle y es que si bien los visitaron alguna vez. No iban muy seguido, pues sus padres y abuelos consideraban que era más propenso a ataques yōmas por carecer de todas las precauciones del mundo mágico.

Teresa sintió curiosidad por saber más de como o que hacía funcionar a los objetos no mágicos. Por eso cada vez que iba y Arthur Weasley se encontraban en su taller trabajando, se unía a este en su investigación.

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El camino o mejor sería afirmar, el delicioso aroma que llegó a sus fosas nasales provenía de ese lugar, un par de casas juntas, no visibles para los muggles, pero sí para él. El despertado caminó tranquilamente; su apariencia normal no levantaría sospechas... hasta que fuera demasiado tarde.

El Kakuseisha avanzó sin dejar de sonreír inocentemente. Llegó hasta las barreras mágicas –parándose convenientemente antes de estas– y llamó.

–Hola... ¿Hay alguien? Solo soy un viajero que busca donde pasar la noche, sentí las barreras y...

Dudle salió sin dejar de sostener su varita dentro de su bolsa.

–¿Qué buscas?

–Lo siento, mi ciudad fue destruida hasta los cimientos por uno de esos monstruos y voy a buscar a algunos parientes, pero he tenido que optar por ir a pie, pues ni mi varita pude salvar...

Dudle vio con sospecha al hombre y no se decidió por dejarle pasar más allá de las barreras, aunque se dijo que eso era bueno que sintiera las barreras ¿no? Y es que con Arthur en su taller y Fred en la tienda con George; solo Molly y él estaban para bajar las barreras; porque Theo era visita igualmente; así que él debía decidir.

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Clare pateó a un gnomo especialmente fuerte.

–¡Wow eso fue excesivo! –opinó divertida Helen.

Deneve vio a la Potter y se acercó a ella:

–¿Pasó algo? –Deneve era algo silenciosa, pero muy observadora.

–Me temo que sí. Vamos al frente de la casa. Helen adelántate y ve con tu papá. –pidió tranquilamente Clare

Helen abrió los ojos sorprendida, más obedeció. Clare caminó acompañada de Deneve.

–Esperemos que nuestras varitas sirvan.

–...– No comprendió la menor, más Clare apoyó su mano en el hombro de esta y Deneve cambió sus rasgos– Oh ya lo sentí. Por eso le dije a papá que apresurara a los duendes.

–Bueno, por lo menos se las darán al mismo tiempo que a nosotras.

–Si. Es bueno no tener que esperar hasta que cumplamos once.

Clare y Deneve se referían a las espadas –Claymore– que sus padres habían mandado a hacer para ellas, sin embargo como todo debía ser muy discreto; se demoraría un tiempo.

Clare vio al hombre detrás de las barreras e igualmente este las vio a ellas.

Los ojos del extraño se entrecerraron, pues si bien había niñas rubias, no tantas en una sola familia y tampoco con esos ojos acerados.

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Teresa volteó hacia la puerta del taller y Arthur preguntó:

–¿Sucede algo?

–Hay alguien en las barreras.

–Vamos.

Dijo Arthur y Teresa le siguió; no iba con prisa ni alertó al mayor, pues estaba confiando en su gemela y las otras niñas.

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En el frente de la casa. Clare dejó que el extraño las observara; después de que este terminó su escrutinio. Sonrió de nuevo.

–¿Puedo pasar? –volvió a preguntarle a Dudle.

Dudle vio a su hija y luego a Clare; ambas negaron e incluso Helen pidió:

–Podrías hacerte para atrás papá.

–Pero, ustedes...

–Por favor y no te preocupes tío. –dijo Clare.

Dudle, titubeó un poco, no obstante obedeció y se dio cuenta que su suegro ya iba en su dirección. Arthur caminó un poco más rápido. Teresa lo imitó; sin embargo no dejó de ver a las tres niñas.

El despertado, dejó toda teatralidad y gruñó:

–No sé porque en esta casa hay tantas de ustedes, más no dejan de ser unas crías, no duraran mucho. Deberían llamar a sus mayores.

Clare entrecerró los ojos y respondió:

–No hay mayores...

El ser al escuchar eso comenzó a reír a carcajadas. La menor de los Potter no apartó ni un momento la vista del despertado y definitivamente fue la decisión correcta, pues el yōma cambió en un segundo. Clare llamó:

–A sus flancos.

Las otras niñas se movieron veloces ya con los rasgos cambiados. El Kakuseisha no perdió ni por un segundo la confianza y es que las niñas eran muy parecidas a las Claymore, más seguían siendo niñas.

O eso fue lo que creyó; pues la coordinación de las tres chicas le costó un brazo y él se tuvo que poner serio regresando a su forma real.

Arthur reprimió un grito de asombro y Dudle estaba por correr por su hija; más Teresa lo detuvo.

–No tío, te pondrías en peligro.

–¡Pero son niñas!

–Confíen en nosotras. No en vano hemos entrenado. –solicitó Teresa.

La puerta de La Madriguera se abrió y Molly salió junto con Theo. Teresa dejó a los adultos y avanzó rumbo a la batalla.

Clare coordinaba bien los ataques; más se notaba que aquel yōma era un antiguo guerrero.

El yõki de Helen y Deneve subió y sus rostros cambiaron un poco, las orejas de las dos se volvieron puntiagudas y sus dientes se transformaron en colmillos.

La velocidad del par, incrementó bastante y Clare se vio apoyada doblemente por ellas.

El despertado que asemejaba a un monstruo con varios brazos, usaba sus falanges como proyectiles, más las niñas se movían ágilmente evitando los ataques.

Al momento que Clare saltó y quiso enterrar su varita/espada en el cuello de este notó con enojo que el yōma portaba un collar natural que protegía su cuello como si fuera de acero o diamante. Y su ataque fue repelido de inmediato.

La menor de las Potter Malfoy cayó sobre sus pies y se enfureció dejando que su yõki aumentara... enseguida percibió una mano sobre su hombro que detuvo su molestia de un plumazo; no tuvo que girar para saber quién era...

–Yo apoyaré ese golpe. Hagámoslo juntas. Helen Deneve no dejen que el yōma se mueva. –requirió Teresa.

Las chiquillas obedecieron las órdenes de su líder. Las primas Weasley movieron dinámicamente su varitas/espadas y las clavaron sobre las extremidades del despertado; utilizando su sobre fuerza para evitar el movimiento del monstruo. Las gemelas saltaron al mismo tiempo y Clare dio el golpe sobre ese cuello blindado, Teresa recargó su espada sobre la de su hermana y la cabeza del Kakuseisha cayó cercenada...

De cierto modo las varitas espadas poseían magia y se sentía como tal, por ese motivo el sonido de aparición se escuchó poco después. Las pequeñas se miraron entre ellas. Arthur salió veloz y llamó.

–Teresa, Clare entren y quédense con Molly. Deneve, Helen ¿pueden cambiar nenas? –Todas las peques obedecieron al mago mayor.

Molly jaló a las Potter y las colocó detrás de ella. Theo se puso estratégicamente a lado de su suegra, para que Teresa y Clare no se vieran, a pesar de la curiosidad de estas por ver que estaba pasando.

Los intrusos eran dos aurores y un trabajador del Departamento del Uso indebido de la Magia, pues las niñas eran menores de edad y combatieron fuera de las barreras de la casa Weasley.

El hombre del Ministerio fue hacia Arthur. Los aurores seguían revisando los restos de la batalla.

–Hubo una infracción sentida desde este lugar, señor...

–Arthur Weasley del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Artefactos Muggle.

–Oh un colega, entonces esto será más fácil, sabe que...

–Lo sé, lo sé, pero mis nietas se asustaron cuando apareció ese monstruo y usaron sus varitas de entrenamiento.

Uno de los de capa azul, se acercó al pelirrojo y lo observó admirado.

–¡¿Fue usted?! ¡¿Él que se deshizo de este monstruo?!

Arthur sonrió nervioso y contestó:

–Con ayuda de mi yerno, ven Dudle.

El aludido se acercó y entre los dos explicaron como acabaron con el yōma.

Molly metió a las Potter a la casa y le siguió Theo que ya llevaba a Deneve de la mano. La chimenea se escuchó un instante luego.

Harry y Draco llegaron. Clare corrió a ellos y les relató velozmente lo sucedido. Harry buscó a su primo y a Arthur, más estos aún seguían fuera, por lo que Molly explicó:

–No te preocupes cariño, ellos están cuidando de tus hijas, como prometimos el día que las conocimos.

Draco asintió y respondió:

–Gracias por honrar el juramento.

Esa noche la cena estuvo llena de novedades y de cierto modo, los adultos tuvieron que aceptar un poco, que las infantas estaban listas para defenderse.

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Irene le dio uno de los peluches a su hermanito en lo que sus amigas le relataban su aventura. Teresa contó todo desde su perspectiva, pues Clare jugaba con Raki sin prestar atención a otra cosa.

Fue un verano en donde hubo más entrenamiento y muchas travesuras, debían disfrutar el último antes de que las Potter entraran a Hogwarts.

...


Muchísimas gracias Ana Luisa.