Bueno, esta historia tiene una parte de mí. A pesar de que con los años la encuentro un poco fuera de lo que me gustaría llamar mi estilo, sigue teniendo una añoranza que me sacó varias sonrisas al reeditarla. Sé que es idealista pero, yo siempre fui una romántica empedernida... Como dije al principio espero no se hayan asustado con mis ooc pero así salió y tocarla demasiado me hubiera valido quitarle su esencia. A quienes la leyeron, a quienes la leerán y a quienes me han dejado siempre sus palabras de aliento a través de los años, muchas gracias. Los quiero.


«Lo sé con solo mirarte a los ojos. Aun después de morir, seguiste un camino de espinas. Pero a pesar de todo, el hecho que podamos pelear así de nuevo, juntos, para mí es un honor, Saga».

Aioros de Sagitario a Saga de Géminis — Soul of Gold


Watari rouka ni maikomu hanabira, okujou e to kake agatte

minna issho ni nekoronde aogu, takaku sunda aozora

Arigato janaku sayonara demo nai, umaku iezu damari komu

dare ka ga potsuri mata na tte ii tte, sora ni te wo nobashita

akiru hodo mainichi warai atteta, saikou no tomoyo iza

tabidatsu toki da

Hirari hanabira chitte ku, sono wake wa hora kaze ni nori

habataku tame saa takaku tobou

yume wo kizanda tsugi no, machi awase basho wa mirai

ima fumi dasou yakusoku no asu e

Natsu no yoru ni mita seiza no umi, fukai aki no ochiba michi

mafuyu no houkago kakushi teta yume, katari atta ki mochi

tatoe hanarete mo zutto tsunagatteru, saikou no tomo no se ni

eeru wo okurou

Kitsuku kuchibiru kamishime, namida wo korae tewofuru yo

hanabira mau komorebi no naka de

yume o kanaete mune hatte, minna to au tame

ima kake dasou, atarashii hibi e

Nankai mo furimuki Waratte, sakebu nagori wo oshimu koe

takai sora ni suikoma rete yuku

yume no tochuu de tsukaretara, itsu demo aou ze

hitori janai kara

Hirari hanabira chitte ku, sono wake wa hora kaze ni nori

habataku tame saa takaku tobou

yume wo kizanda tsugi no, machi awase basho wa mirai

ima fumi dasou

yakusoku no asu e

Yakusoku no Ashita he — Root Five


«Puedo prometerte que seguiré adelante, que continuaré mi vida, pero no olvidarte».

En diez años son demasiadas las cosas y situaciones que pueden llegar cambiar. Demasiado tiempo para olvidar y retomar. Para rehacer, reconstruir o simplemente, comenzar de cero. La mente también cambia; evoluciona. Las personas, los sentimientos, el entorno, la percepción de todo, incluso, los hábitos más arraigados. Tantas cosas pueden cambiar en diez años.

Nunca la esencia. La complejidad del alma… la autenticidad de la identidad.

Aquel perpetuo sentimiento de honestidad.

Lleva recorriendo las calles de New York desde casi el amanecer. Esa será su última visita a la ciudad que lo acogió en la última década. Aioros siente un poco de nostalgia al observar el gran afluente de personas ir y venir. El joven griego no ha cambiado casi nada físicamente, sus facciones pueden verse menos angulosas y más marcadas, como su herencia helénica le dicta, por lo demás, sigue conservando el aire jovial y bondadoso que lo caracteriza, ni sus ojos verdes han perdido el brillo adolescente. Tal vez su sonrisa es un tanto distinta. Solo un poco.

—Sí, llegaré alrededor del mediodía, no, no te preocupes, tomaré un taxi ¡qué no Aioria!, está bien—suspira—también estoy ansioso, nos vemos en casa, adiós—cuelga su teléfono observando un tiempo de más al aparato.

Del otro lado del mundo aguardan ansiosos, pero Aioros no se siente así precisamente. Sino todo lo contrario; esta aterrado.

«…ahora sólo nos resta vivir para ser felices, a nuestra manera y la manera en que yo quiero seguir viviendo y ser feliz, no es olvidándote».

Había cumplido con su promesa y siguió su vida, lo mejor que pudo. Cuánto había costado.

—A juzgar por tu rostro, no te entusiasma mucho ese viaje, ¿no es así?—escucha que le dicen, pero no presta mucha atención—.No Entiendo por qué ese empeño en irte, me suena más a un capricho, aquí tienes todo lo que necesitas y si es por tu familia, bueno, podrías visitarlos más seguido.

—No entenderías.

—Explícame—.Aioros observa a la joven que le habla, su expresión no es la mejor y su voz, generalmente calmada, se escucha bastante rencorosa. Puede entender sus razones pero su decisión es irrefutable.

—No quiero discutir esto otra vez, te lo expliqué cuando nos conocimos, te dije que algún día volvería a Grecia y si mal no recuerdo, también te invité a ir conmigo, tú no quisiste—toma la mano de la joven y le dedica una sonrisa; —Marin, no discutamos, sabes que te quiero, pero…

—Y yo te amo Aioros, esa es la gran diferencia—interrumpe al griego—a pesar de los años que llevamos conociéndonos, nunca supe nada de ti, apenas si se el nombre de tu familia, pero…—el castaño suspira.

Sabe que le será imposible evitar una discusión, pero no tiene los ánimos para soportarla, no ese día cuando su mente es un batiburrillo de recuerdos a los que no quiere invocar y sin embargo presumen su dominio ante su voluntad. Por lo que prefiere callar y seguir su camino hasta su departamento, todavía tiene cosas que acomodar y órdenes que dar para que todo sea llevado a su destino. Marin lo sigue con el rostro contraído.

Aioros había conocido a Marin tres años después de que llegara a New York. Ella también era estudiante de posgrado en la universidad a la cual asistía, como bióloga. Entablaron una relación amistosa casi de inmediato, al sentir empatía, ya que ambos eran extranjeros, Marín provenía de Japón. Con el tiempo, y la convivencia, se acercaron más, hasta que después de dos años, Aioros decidió que era momento de dar un paso hacia su propia recuperación.

En un principio, asustado, deprimido y con un sentir que le asfixiaba a cada momento, Aioros se había refugiado en sus estudios y el trabajo, se mantenía ocupado casi las veinticuatro horas del día. Aprendió que esa era una manera de mantenerse lejos de los pensamientos, ya que cuando llegaba a su casa, era sólo para comer y dormir. Un hábito nocivo que iba consumiendo y al cual se iba aferrando con fuerza. Le aterraba la sola idea de verse solo con sus pensamientos, porque todo cuando su mente entretejía, era la figura casi fantasmal de Saga, sus ojos, sus cabellos alborotados enredados a sus dedos. Tantas noches se despertó sudado y con una erección, por soñarse entre los brazos del griego de azules cabellos para luego deshacerse en lágrimas por su patetismo. Y fue ahí que decidió refugiarse en Marín.

Su relación nunca fue normal, con altos y bajos, ya que ella era de un carácter fuerte a veces seco, pero profundo y de convicciones sólidas. Chocaron muchas veces, porque Aioros también era sincero, en extremo, y si bien, no estaba con nadie más, tampoco se decidía a establecerse formalmente como pareja definitiva.

¿La razón? Marin nunca la supo, pues Aioros la resguardaba en su más recóndito interior.

— ¿Así que éste es tu adiós? Se puede decir que ya no somos pareja, o lo que sea que éramos—dice la joven mientras le sigue los pasos al interior del departamento.

—Te lo he dicho miles de veces—responde en un tono cansado—siempre supiste que algún día regresaría a mi país, así que llámalo como quieras Marin, una rompimiento, una despedida, un hasta pronto ¡como quieras!—levanta la voz—¡Llámalo como quieras!

La joven oriental lo observa entre sorprendida y resentida, ante su claro gesto de hartazgo. Aioros la contempla también ofuscado por su comportamiento y ese sentimiento que crece en su pecho a medida que las horas mueren y el retorno se hace inevitable. Marin frunce el ceño al divisar una increíble nostalgia derramarse a través de sus ojos, nunca lo había visto tan obcecado, como si temiera regresar, pero a la vez lo ansiara con vehemencia. Ella sonríe.

—Ya veo, es por eso que nunca me decías nada de tu pasado… hay alguien más.

—No hay nadie.

—De acuerdo, tú ganas.

—Nunca fue una competencia Marin, por favor, no hagas que mi viaje sea desdichado.

La abraza y besa en los labios, ella se aferra a su cuerpo como último recurso vano. Aioros acaricia su espalda, tal vez le haría el amor, una última vez. Tal vez.

«—Hubiera deseado que las cosas fueran distintas, o tal vez, no haberte conocido nunca.

—Te habría encontrado de todas formas. Sonará cursi, pero… aún y con más fuerza, te amo.

—Yo también Aioros, para tu desgracia, te amo»

Aioros aprieta sus parpados tratando de tranquilizar su agitada alma. Es momento de regresar.

Si hay algo que Aioria conoce bien eso es a su hermano. Aioros es de mente simple e idealista, comprobado estaba ya. Demasiado. Y Aioria supone que si su hermano pierde esa simpleza, esa bondad, terminará por romperse y deshacer todo lo que con empeño y dedicación ha construido; su vida.

Silencioso cuando lo necesita y hablador—demasiado—el resto de las veces, nunca doblegó, para él, su pasado es tan importante como todo lo que construye en el presente.

Pero Aioria sabe que eso es una burda e insípida mentira y es por eso que lo oculta bajo llave, porque Aioros no construye nada, nada interno, ninguna procesión, esperando que sus cimientos renazcan por arte y gloria divina. Una estupidez, llegó a decir a viva voz, una vez.

Solo una. Aioros no se lo permitió más. Y la prueba de todo ello, es su regreso.

Fue recibido entre efusivos abrazos y llantos imposibles de controlar por su madre, mientras él los recibe de la misma manera, en diez años los había visto tan sólo una vez y eso fue porque su familia entera viajó a New York para su vigésimo cumpleaños.

La felicidad que experimenta al verlos es genuina, pero estar de regreso también supone una debacle para su alma.

Pisar Atenas nuevamente fue un golpe duro y depresivo. No le dará la razón a su hermano, pero sí, regresa al pasado, por así decirlo. Había hecho una carrera importante, trabajado para uno de los más prestigiosos museos, conocido gente fantástica, recorrido América y su cultura casi en su totalidad, había hecho una vida lejos de Grecia, pero es momento de regresar, porque siempre supo que no era capaz de desembarazarse del ayer.

Y en un abrir y cerrar de ojos, ya han transcurrido tres semanas. El tiempo vuela cuando buscas serenidad. Su departamento se halla listo para ser habitado otra vez, pero por alguna razón todavía no tiene la valentía de mudarse, por lo que en esos momentos vive en la casa que lo vio creer, junto a sus padres y su hermano. Piensa tomarse ese año de descanso.

Sasha no ha tenido el corazón para deshacerse de nada en ese departamento y de igual manera, Aioros nunca se lo hubiera permitido. Él no se había llevado nada, más que sus vestimentas, su laptop y algunas cosas más, lo demás permaneció en ese departamento, acompañado de soledad por casi diez años.

Sin embargo Aioros sabe que ya es momento de hacerle frente, por lo que esa tarde se decide a regresar a su departamento acompañado de su madre. Al ingresar, casi pierde la respiración, cuando los recuerdos le abofetean de golpe y sin compasión. Perturbado, trata de disimular su ofuscación, mientras se dedica a reorganizar el lugar, pero a medida que los minutos pasan, la sensación en su pecho se hace peor, siente el remolino de una crisis interna y solitaria quemándole en las venas y se reprende por ser tan idiota. Es ridículo después de tantos años seguir acusando su presencia de esa manera. Aioros deja una caja a medio vaciar largando un suspiro antes de pedirle a su madre que lo dejara solo, con la pobre excusa de estar agotado y querer descansar un poco. Sasha lo observa con el semblante preocupado y se muerde los labios para evitar hablar de lo que su hijo, seguramente, necesita oír. No obstante, antes de marcharse, voltea a verlo, en sus ojos se refleja la veracidad de su escueta frase; —él se encuentra bien—susurra y se marcha, Aioros da un respingo y la sangre le palpita en las sienes. No responde, no la observa y apenas se supo solo, se desploma en su sillón, cerrando sus ojos, dibujando una sonrisa, mientras sin pensarlo comienza a llorar.

Fue por ello. Justamente por ello que no había querido regresar y por lo que desesperaba por volver… porque sabía que lloraría y que gritaría y correría a su casa para saber de él, verlo, abrazarlo…amarlo. Un deseo casi incontenible lo invadía día y noche, pero nadie hablaba y Aioros no preguntaba.

Muere por saber de él.

—Saga…

Aquel eco con el nombre del gemelo en la quietud de su departamento, la de su propia voz pronunciándolo—llamándolo—en un susurro fino, agrietó su consciencia cargada de evocaciones y sentires.

Sus pestañas se despegan observando el techo, inmóvil. Permanece en el vacío quien sabe por cuánto tiempo pero, para cuando se percata, las estrellas ya alumbran la ciudad. Decide que ya es suficiente de auto compadecerse, necesita salir, caminar para despejarse, para librarse de los fantasmas que lo persiguen pues piensa que todo es en vano ya, que Saga aún sigue en ese sanatorio. Que, muy probablemente, ya no lo recuerda.

Antes de salir, busca un libro de los que ha traído de su viaje y acomodado en su biblioteca, lo abre.

Inalterable con su mancha de lágrimas, toma la carta que Saga le había escrito el día que se fue. Con necedad la relee, hace años que no lo hacía y llora una vez más, quiso arrugarla, romperla y así terminar con todo, siente que esa carta es su talón de Aquiles y lo único que lo mantiene atado al pasado, a él, a Saga. Pero no puede hacerlo, cada vez—cada maldita vez—que lo intentó, su corazón cual si fuera esa hoja de papel, se desgarraba y sangraba de dolor, por lo que optaba por guardarla en el mismo libro y dejarla en el olvido.

Masoquista, la lee una vez más.

Sale. Camina alrededor de una hora sin rumbo, disfrutando nuevamente de su tierra, admirando con nuevos ojos, lo bella que es Atenas. Un ruido en su estómago le advierte que el hambre ya se ha hecho presente. Entra al primer restaurante que divisa, acomodándose en la barra, pide algo de comer y sólo porque ya se siente mejor de ánimos, bebe una copa de vino tinto. Se dedica un momento más a observar a las personas antes de pagar y seguir camino, se percata de que esa terapia, la de caminar, le hace tremendamente bien, por lo que no considera todavía regresar a su departamento, después de todo no tiene sueño ni cansancio.

Llega a una zona bastante concurrida, sobre todo por jóvenes, ya que es una zona donde abundan los bares. Sonríe, nunca ha sido de esos lugares, en América, Marín solía arrastrarlo, pero con el tiempo se cansó, comprendiendo que no le gustaban. Y ahí, en Atenas, recordaba haber ido algunas veces con amigos, llevado otras tantas a amantes… y luego a Saga. Suspira, la amargura se precipita con fuerza cada vez que recuerda al gemelo.

Cuando calma un poco a su angustiada alma, nota un lugar en particular, donde varios jóvenes hacen fila en la entrada, en ese momento lee el cartel que anuncia un número musical esa noche.

«Presentación en vivo de Cástor»

Algo en Aioros se quiebra al leer ese nombre. Le resulta conocido, demasiado, se recuerda pronunciándolo.

Una burla.

Una risa.

Un abrazo y un beso…

Un rosto ceñido.

Un rostro amado. Cástor es el segundo nombre de Saga.

Su corazón se dispara, dando un vuelco que le acelera el pulso, siente como toda su sangre se hela e incluso sus pupilas se dilatan. Mareado, tuvo que asirse de una pared. Le lleva varios minutos salir del vértigo que dicho recuerdo le produjo y sin darse cuenta, ya se encuentra haciendo la fila para entrar a ese lugar.

El corazón parece querer escapársele por la boca.

¿Será él? ¿Qué hará al verlo? ¿Lo reconocerá?

—Saga, siempre fuiste alguien sobrenatural, ¿me estas llamando?—Piensa en voz alta.


Saga siempre ha sido complejo, Kanon lo sabe bien y siempre lo será. Un tipo complejo, de esos a los que es mejor mantener alejados, porque pueden contagiarte— ¿de qué? Eso sí no lo sabe—de los que no puedes mantenerle la mirada por más de un segundo, alejándola como quien ve a un demonio. Saga es de esas personas correctas e intachables a la vista de sus semejantes, alguien magno y perfecto que oculta la más absoluta imperfección, podrida y atormentada. Cuando la gente, de niños los veían jugando, corriendo o del brazo de su madre, no veían la diferencia, pero cuando se presentaban, esa pequeña gran diferencia saltaba a la vista. Los ojos de uno brillaban con entusiasmo, los del otro brillaban con profundidad, como si de verdad pudieran esos pequeños ojos azules ver el interior de las personas, por eso se asustaban y desviaban su atención al carismático, al hablador y confianzudo. Entonces Saga se transformaba en esa parte de la historia que nadie quiere leer, una palabra lejana, un nombre y ya.

Sucedió una tarde, Saga corrió hacia su madre para entregarle una pequeña flor silvestre que había arrancado del parque, junto a ellas se encontraban dos mujeres. El niño de por ese entonces corto cabello, tomó la mano de su madre mientras escuchó algo en particular; a pesar de ser el mayor, fue considerado el gemelo de Kanon.—son preciosos—dijo una—Si, él es Kanon y éste es su gemelo Saga—le había respondido la otra.

Saga fue relegado a ser el gemelo del otro, a ser «éste» y eso le molestó, mucho. Sin pensarlo apretó la mano de su madre y la observó algo azorado, pero descubriendo para su alivio, que su madre también estaba molesta por la presentación de sus hijos, a la cual esa mujer no tenía ningún derecho.

Él no era «éste» no era «ése» ni «aquel» él era Saga y Kanon era Kanon y ambos eran gemelos. Punto final.

Pero después de ese día, la ruleta giraba y la suerte sería echada. Saga se encontraría con la prueba fehaciente de su mente desdoblada. Pero claro, con cinco años y un amigo (aparentemente inofensivo) imaginario, nunca supo la magnitud de sus consecuencias, nunca, hasta que fue demasiado tarde y el cuchillo se clavaba en el estómago de su hermano, al que empezaba a ver como una amenaza a su individualidad. Saga no quería verse como el gemelo de alguien, quería ser él y nadie más que él, porque con eso tenía suficiente, siendo solamente Saga, ni hermano, ni nada… de nadie.

Saga quería ser Saga, y cualquier intruso que amenazara con quebrantar su perfecta individualidad, debía ser destruido.

Claro que, Saga nunca supo de esos sentimientos, porque en realidad… ése Saga, no era él.

Una mente brillante, de espíritu frágil.

Ha pasado más de una hora y todavía no puede creerlo, incluso piensa que ante tanto asalto de emociones, su cuerpo terminará por colapsar. Presiona la palma de su mano derecha contra su pecho, tratando de calmar sus palpitaciones al tiempo que levanta la vista para observar el habitáculo que lo había acogido en los últimos diez años. No lo extrañará en lo absoluto.

Se incorpora de la cama yendo hasta el pequeño escritorio que posee, se ubica en la silla y saca su cuaderno, ese donde ha descrito toda su vivencia en ese lugar, Kanon le había dicho que podía hacerse famoso sacándolo como un libro. Saga sonríe, incluso puede escuchar la voz de su hermano tan bocajarro como siempre; —Ya sabes, de esos locos que escriben sus vivencias y después le sacan provecho.

Repasa con la yema de sus dedos el contorno del cuaderno antes de decidirse a abrirlo en una página al azar. Hace tiempo de aquello, pues la fecha data de cuatro años atrás. Entonces relee;

Caprichoso, ¿Por qué te catalogan de esa manera? Deberían considerarte como misterioso y hasta a veces, inalcanzable. ¿No es así, destino?… No hablaré por los demás, pero es lo que sucede ante mí. Inalcanzable fue el destino que quise y me fue negado. El normal correr de la vida, el caer y levantarse, el sonreír y llorar, el enamorarse… eso me tocó, si, por partida doble… me convertí en algo que nunca debió, siquiera, existir. Dime, ¿cómo es qué mi vida terminó en esto?... no cuestiono tus designios, destino, pero ¿siempre ha sido esto?… Kanon jura que cada quien forja su propio destino, que cada paso es una línea escrita en el gran libro…

Tiene ese extraño pensamiento de que, al morir, cada persona se acomoda en la gran roca de la existencia, a leer ese libro que ha grabado desde sus primeros pasos en el mundo, deteniéndose en los detalles que les agradan, pasando las hojas rápido en aquellos que les avergüenzan... Es tan sólo un pensamiento… Esto que te cuento me trae a memoria la sonrisa de mamá… calma total de mis sentidos, puedo asegurar que si mi madre sonríe, todo estará bien…y ella reía por las ocurrencias post mortem de Kanon, ella cree en el paraíso, en la salvación divina…

Mamá… ¿Tendré yo esa salvación? ¿La tengo, destino?

¿La tendrá él?...

– Hoy estoy bien, mañana no lo sé. –

El suspiro llena el silencio de su habitación al terminar de leer esa primera página. Esa fue y ha sido su firma. Cada vez que terminaba de escribir sellaba su relato con esa frase «Hoy estoy bien, mañana no lo sé».

Ese día, se encuentra mejor que nunca.

—Pensé que te encontraría ya listo para irte—la voz logra sacarlo de sus recuerdos. Es Afrodita, su médico.

—Todavía lo estoy asimilando—dice algo quedo—pensé que estaría aquí de por vida.

—No es algo sorprendente debido a tu recuperación.

—Según tú, es una enfermedad que no se cura, se trata, ¿cómo puedo estar recuperado entonces?—pregunta temeroso, incrédulo.

—Lo es Saga, siempre tendrás que lidiar con esto, pero ya no aquí, no eres una persona que debe estar aquí—se acerca hasta el escritorio. —Todos tus cargos fueron removidos y tu respuesta a todos los tratamientos fueron positivas, tu vida ya no depende de nosotros, sino de ti mismo—Afrodita habla con calma y orgullo. Saga nunca lo había visto perder la compostura, ni su semblante fresco y despreocupado, semejante a la dulzura.

Eso es lo que más lo asusta; libre de ser. De ir y venir. Y aunque no extrañará ese lugar, se había acostumbrado a su protección, a saberse observado y estudiado, a encontrarse en esas cuatro paredes a través de sus libros… y sus recuerdos.

Ahora Saga es plenamente consciente de todos sus actos. Los tratamientos de psicoterapia e hipnosis fueron los más difíciles de asimilar, tremendamente dolorosos a niveles emocionales insospechables. Fue llevado muchas veces hasta los límites de su tolerancia, incluso más allá, cayendo rendido entre espasmos y convulsiones que lo derivaban a internaciones y situaciones de emergencia para salvar su vida. Los recuerdos e imágenes iban y venían una y otra vez, las soñaba después de sus manifestaciones, las traspiraba y las gritaba… desesperado.

Muchas veces sintió que su cuerpo y alma ya no podían dar más, que no resistiría tanto tormento, esos días eran los peores, eran las crisis más agresivas manifiestas, tomando su cuerpo como descargo, lo cortaba. Fue descubierto en esas circunstancias varias veces.

Lo peor de todo fueron los electrochoques, a eso, nada se le comparaba.

Afrodita fue testigo de todo eso y más. Siendo su médico, estuvo presente en cada etapa de recuperación y recaída en su paciente. Fue él quien indicó cada tratamiento y a quien un día, al fin, el alter de Saga se presentó como tal.

Fue durante una sesión de hipnosis, la consciencia de Saga se desmembró por completo, dando paso a ese sujeto egoísta, lleno de odio hacia cualquier persona que estuviera cerca de Saga.

Saga estaba enamorado de Saga, o más bien, su alter estaba enamorado y obsesionado con Saga.

Fue un gran paso al descubrir que el alter padecía de ensoñaciones excesivas y trastornos narcisistas. Un caso excepcional para cualquier profesional de la salud mental. Saga era un caso único entre los trastornos de personalidades múltiples. Pero todo eso ha quedado atrás, si tendrá que vivir con tratamientos y sesiones ambulatorias por varios años más, pero ahora es libre.

¡Libre!

Ni siquiera es capaz de pronunciarlo sin que sus ojos se humedezcan y su pulso se acelere.

— ¿Saga?—El gemelo da un respingo.

—Supongo que tiene razón, de todas formas, no se ha librado de mí todavía—dice con una mueca parecida a una sonrisa.

—Créeme, es un placer saber que sólo serán sesiones esporádicas. Estoy feliz por ti, no sabes cuánto.

Saga arruga la nariz y el rubor le cubre las mejillas, Afrodita ya había tenido varias veces esos matices personales hacia él, que nada tienen que ver con la relación médico-paciente.

—Gracias—responde, sin saber qué decir realmente.

—Pero vamos ¡muéstrame una sonrisa! Volverás a ver a tus amigos, podrás estudiar nuevamente, recuperar una vida social normal e incluso enamorarte, Saga.

Saga abre sus ojos enormes y el rubor, ésta vez, abarca más de su rostro ¿enamorarse? No, no es algo que estuviera en sus planes nuevamente. Para enamorarse de nuevo, primero tienes que dejar de amar lo anterior.

—Quiero recuperar el tiempo con mi familia primero, luego pensaré en todo lo demás—Saga sonrió ampliamente.

—Empecemos desde ahora entonces—una tercera voz se une a la conversación.

Saga es asaltado por un efusivo abrazo, el pequeño Defteros aprisiona en sus pequeños brazos a su hermano mayor. El gemelo lo sujeta con fuerza mientras le besa la cabeza y le revuelve los cabellos, los cuales al parecer piensa dejar crecer. Levanta la vista y ve a sus padres y a Kanon en la habitación, quien había hablado fue Aspros.

—Los dejaré solos—dice Afrodita—Saga, felicidades—y lo abraza. El gemelo corresponde sin pensarlo.

Una vez el profesional les diera privacidad, Asmita de dos zanjadas termina con la distancia abrazando con brío a su hijo inhalando el aroma que por diez años faltó en su hogar. Termina con el cálido abrazo solo para repasar el rostro de Saga con sus manos, su piel ya no le trasmite rechazo ni frialdad, es increíble la calidez y amor que despide su contacto, su hijo vuelve a ser el de antes, es su Saga. Llora.

El normal correr de la vida, el caer y levantarse, el sonreír y llorar. El enamorarse… puede que después de todo, no sea tan inalcanzable.

Al menos, eso piensa Saga.

¿O es que en definitiva, ya lo ha alcanzado?

La complejidad de Saga no venía de su comportamiento, en apariencia normal, Kanon, a pesar de saberse un pedazo más del alma de su hermano y aunque se uniera nuevamente, nunca llegará a saber lo que Saga en su fuero interno, siente.

Creyó, se dijo orgulloso de saberlo, que incluso él mismo lo sentía, pero aquel sentir no fue más que una efímera parte, tan pequeña… tan.

Porque de haber mantenido la conexión casi espiritual de la que alardeaba, estaba seguro, podría haber evitado todo el cataclismo interno y devastador de su hermano, pero él sólo fue perspicaz y un tanto suertudo. De no haber soñado con aquel episodio, de no haber encontrado su padre aquel diario, la historia sería contada de una forma más fúnebre y su hermano no estaría ahí, sujeto a su instrumento, tocando como antaño, mientras le enseña al pequeño de la casa, sus primeras notas musicales, mientras sonríe orgulloso por lo hábil del niño.

El talento viene de familia, es algo lógico, Kanon no se siente orgulloso por saber eso.

—Me gustaría ser un poco más hábil y acompañarte cuando te presentes a tocar—dice el niño algo triste.

—Más pronto que tarde lo harás y serás mejor que yo—responde sonriente el mayor.

Sí. Un mes después de haber obtenido su libertad, Saga se pone a prueba.

— ¡Oye!—grita el menor de los gemelos—yo he tratado de enseñarte incluso papá ha intentado y nunca quisiste, ¿qué te picó ahora?

—Tú eres gritón y no me tienes paciencia—Defteros le saca la lengua—Además dices muchas palabrotas, luego es a mí a quien reprenden por repetirlas. Y papá es peor.

— ¿Y quién te manda a repetirlas, tarado?

—Idiota.

—Mocoso feo—eso dolió. Defteros entrecierra los ojos poniéndose rojo de rabia.

— ¡Viejo arrugado y…!

—Basta ya—interrumpe Saga con un gesto divertido en su rostro.

Hace un mes que ha vuelto y Saga pudo notar dos cosas; la primera es—como era de esperarse—que su casa se encuentra igual que siempre. Cada mueble, cada libro, cada adorno en su lugar. Es su habitación la que ha cambiado un poco debido a que ahora luce un poco más infantil. Defteros había tomado posesión de ella cuando Kanon decidió mudarse y comenzar a vivir solo. Empero, su cama se halla pulcramente acomoda y en su lugar, aguardando por él. Y la segunda es que, en ese tiempo, pudo comprobar que esos dos se llevan como perros y gatos.

—…Envidioso—susurra el pequeño terminando su inconclusa frase anterior.

— ¿De verdad tengo arrugas?—exclama con espanto Kanon, mientras busca un espejo.

Saga sonríe y Defteros se lleva una mano a la cara mientras niega con resignación.

— ¿Es verdad lo que me ha contado Kanon?—pregunta de repente el menor— ¿Qué ustedes eran amigos de Antares, el marica ese que toca el contrabajo?—Saga comienza a reír por el calificativo que ha recibido su antaño amigo.

—Defteros, no uses palabras peyorativamente, Milo es una excelente persona y si, solíamos ser amigos, incluso de jóvenes tuvimos una banda.

— ¿Y qué sucedió? ¿Por qué ya no lo son?

—Digamos que seguimos caminos diferentes, Kanon entró a la policía, yo estuve internado y él se fue a Francia, para cuando regresó ya no fue lo mismo—una mueca algo incomoda aparece en el rostro del pequeño, viendo la melancolía naufragar en los ojos de su hermano.

—Maldito mocoso, arrugas, si como no, sólo tengo veinticinco años y estoy mejor que nunca…arrugas mis calzones.

Escuchan a Kanon murmurar desde el baño y debatirse entre sus traumas triviales. Ambos se observan, para estallar en risas instantes después.


Afrodita no sólo es un reconocido psiquiatra y neurólogo, cuyos estudios sobre la terapia con aromas está siendo furor. Utiliza tipos especiales de rosas, para tratar los trastornos de ansiedad. Pero lejos de lo profesional, es un joven más, que gusta de encontrarse con amigos en bares o de asistir a algún concierto de jazz, música que disfruta mucho, es por eso que tiene contactos con los dueños del bar Sanctuary, un pequeño lugar, muy concurrido y popular entre los jóvenes atenienses.

Cuando Saga habló con él de sus gustos por la música y su habilidad con la guitarra, se fascinó, al punto de sentarse por horas junto a él para escucharlo tocar, Saga en un principio se había sentido incomodo con la presencia y suma atención del profesional, pero después de un tiempo, hasta disfrutaba de la compañía y las charlas relacionadas al género, debatiendo sobre gustos y músicos talentosos. El de cabellos celestes se había sorprendido a sobremanera cuando descubrió que Saga conocía y muy bien al afamado Milo Antares, del cual se proclamaba su admirador.

Para cuando surgió la idea de una íntima presentación, para comenzar a reincorporarse a la sociedad nuevamente y ver sus comportamientos, Afrodita no dudó un instante en darle el visto bueno y conseguirle un lugar en la apretada agenda de Sanctuary.

Y esa gran noche ha llegado, sus padres se hallan presentes, incluso el pequeño de la familia. Kanon ha prometido ir en cuanto terminara su ronda de patrulla y por supuesto, Afrodita, quien no pensaba perderse el espectáculo. Mucho teme el sueco, que sus intereses han sobrepasado todo lo profesional y amistoso y hasta Asmita, perceptiva como es, se da cuenta del interés sentimental que guarda el psiquiatra para con Saga.

— ¡Vaya Saga! Te ves muy apuesto esta noche, es innegable lo bien que te hizo regresar a tu hogar—lo elogia Afrodita.

—Muchas gracias doctor, le debo una vez más mis agradecimientos por permitirme estar aquí.

—Deja las formalidades Saga y comienza a llamarme Afrodita, veme más como un amigo que como tu doctor, después de todo, hemos vivido y superado muchas cosas juntos, quiero que sepas qué…—Saga observa al mayor ruborizarse, nunca antes lo había visto así, y no puede negar que le parece, por primera vez, apuesto…demasiado; —que cuentas conmigo para todo, estoy para y por ti.

Saga abre sus ojos, asombrado por sus palabras y el rubor ahora, fue de él. Siempre le pareció extraño la manera tan incondicional de su accionar, pero dado que es un hombre muy abocado a sus pacientes, no lo tomaba nada más que como un excelente profesional, pero Afrodita esta vez, le esta insinuando mucho más. Y Saga no sabe si puede tomar eso y corresponder como, aparentemente, el otro desea.

No sabe, o no quiere…

Fuerza una sonrisa lánguida, al darse cuenta que no encontrará las palabras que pudieran dejar de alimentar esas esperanzas en el peli celeste.

Afrodita fue a ubicarse en la mesa donde se encuentra la familia Argyropoulos, esperando por la presentación que está seguro, será el punto final para destruir el miedo que Saga sigue almacenando con respecto a encontrarse cara a cara con la realidad.

Un punto de inflexión, que comienza en el instante en que los dedos de Saga se posan en las cuerdas de su guitarra y sus ojos se pierden más allá de todas las personas presentes. Personas que no pueden dejar de conmoverse con la suave melodía, de los primeros acordes… Saga siempre será un ser especial.

Sumamente especial.

[Buenos tiempos para un cambio. Ve, la suerte que he tenido.

Puede un buen hombre, hacerse malo.]

En diez años pueden existir muchos cambios.

[No he tenido un sueño en mucho tiempo. Ve, la vida que he llevado.

Puede un buen hombre hacerse malo.]

Diez años que pueden robar y dar en la misma intensidad. No obstante, en un efímero segundo, aquellos años se vuelven fútiles al momento de volver a ver su mirada.

[Así que por una vez en mi vida, déjame tener lo que yo quiero.]

Sólo ellos pueden dimensionar lo profundo del dolor y lo insondable de la ausencia que provocó en sus vidas, en sus almas, en todo su ser… aquella mirada.

Aioros permanece de pie, paralizado, con todas las emociones juntas y más vivaces. Nunca fue consciente de todo lo que lo había extrañado, hasta ese instante en que lo ve sentado en el pequeño escenario, con guitarra en mano y dejando que su alma cantase, para el público en aquellas sentidas estrofas. Con aquella voz preciosa y profunda… Aioros se desarma en medio de la nada misma que es su existencia en ese lugar, cuando observa a aquel hombre rodear el cuerpo del gemelo entre sus brazos y darle un beso en la mejilla. Su alma se quiebra por completo al ver la sonrisa que le dedica Saga a ese hombre y lo hermoso que luce sonriendo, Aioros se hace añicos cuando los azules, tan intuitivos, se posan en sus verdes, tan devastados.

Solo ellos pueden entender, que a pesar de cualquier pasado e historia, a pesar de cualquier huida y encierro… a pesar de haberse prometido seguir adelante, terminarían pudriéndose en la soledad, que desde el fondo, emanaba sus almas.

Porque en diez años pueden pasar muchas cosas, pero así también, detener y renacer otras.

Camina. Obliga a sus tambaleantes piernas a dirigirse donde se halla su más profunda y completa felicidad, su más entrañable y desquiciada obsesión.

Camina, temblando de pies a cabeza, mientras sus ojos cristalinos luchan a muerte por contener un instante más, el advenimiento de sus lágrimas.

Saga lo siente como un golpe. Tan fuerte y doliente que también tiembla en brazos de Afrodita, en presencia de sus padres y su pequeño hermano. La imagen de Aioros se alza como un fantasma del pasado al que no pudo soltarle la mano. El rostro pálido y los labios zigzagueante del peli azul preocupan a los presentes.

—Saga, ¿qué te sucede?—pregunta alarmado el médico.

Aspros no necesita preguntar cuando ve a Aioros acercárseles, él sabía de su vuelta. Aspros mantuvo después de todo lo ocurrido el contacto con Sísifo, construyendo una nueva amistad que pudo sobrevivir a la tragedia y fue justamente el mayor de los castaños quien le contó sobre el regreso de su hijo. También le había pedido que no dijera nada hasta que Aioros pudiera reacomodarse. Pero de igual manera no puede evitar el abrir sus ojos enormes y sujetar con fuerza la mano de su mujer ante su presencia.

—Saga…

Saga se pierde en el recuerdo de esa sensación correntina en su espalda al escuchar su voz por primera vez, y como en ese pasado lejano, la experiencia es la misma. O mayor.

Aioros tiembla sin importarle quién es esa persona que sujeta al gemelo casi con posesividad, tampoco a la conmoción en los padres de este, sólo le importa Saga. El verlo… y tenerlo, una vez más

—Hola—dice Aioros con una mueca que simula una sonrisa. Pero esta no llega a dibujarse—Saga—vuelve a nombrarlo con la voz entrecortada. El castaño no encuentra las palabras o el orden en que quiere que salgan. Solo se queda de pie contemplando ese rostro perturbado y dolido. Harto extrañado.

Nadie produce sonido alguno, Afrodita se aparta del gemelo con el rostro algo afligido. Conoce a Aioros y toda la historia que acarrea junto al gemelo—por supuesto—se preocupa por su paciente y secreta fascinación, teme por su reacción, más al verlo tan tieso y pálido, al borde de un colapso, a punto de desmayarse.

Defteros es el único, que por ignorar la identidad del recién llegado, no entiende para nada porqué de repente todos traen sus rostros como si acabaran de recibir una paliza o peor aún, una terrible noticia.

—A…Aioros…—el nombre le quema la garganta.

Verlo es surreal.

—Necesito hablar contigo…me lo debes—Saga aprieta sus ojos, —te lo debes.

—Saga, creo que es mejor que te sientes—Afrodita toma la mano del gemelo entre las suyas, Aioros al ver esto entrecierra sus ojos e inconscientemente aprieta sus puños; —esto puede ser…

—Estoy bien—exclama seco y sin expresión—déjenme solo con Aioros.

— ¿Qué pasa papá? ¿Quién es éste sujeto?—refunfuña con recelo y el rosto ceñido el menor.

Aioros observa al muchachito dando un respingo inconsciente, no se había percatado de la presencia del menor hasta ese momento, el cual es el calco de Aspros, aún más que Saga y Kanon.

—Vamos hijo, te lo explicaré de camino—Aspros observa a su hijo mayor—Saga…

—Estaré bien papá, no tienes de qué preocuparte.

El mayor asiente mientras toma a su mujer de la mano, quien se ha mantenido callada debido a la conmoción, y a su hijo, dejando solos al psiquiatra y a la otrora pareja.

—Me sentiría mejor si te acompaño—habla el profesional.

— ¿Pensé que confiabas en mí? No haré nada indebido, no te preocupes… te llamaré, lo prometo.

Aioros escucha la conversación, sintiéndose por demás idiota al ver que, aparentemente, Saga ya tenía una nueva vida y mucho más importante, alguien nuevo en su vida. No puede reprocharle absolutamente nada, al fin y al cabo, él había intentado hacer lo mismo con Marín. Pero no por ello puede dejar de sentirse desdichado, dolido y tremendamente celoso.

—De acuerdo Saga y discúlpame, claro que confió en ti—Afrodita sonríe y se marcha sin abrazarlo, besarle la mejilla ni nada.

Se encuentran solos.

—Vamos—toma su mano evadiendo las miles de emociones que el mero contacto le produjo.

— ¿Dónde?—Saga se detiene. Aioros se da vuelta y lo enfrenta. El gemelo por primera vez no puede interpretar la intensidad de su mirar.

—Quiero hablar contigo, pero no aquí, donde las palabras se pierden—se restriega los ojos—lejos, lejos, solos los dos—dice casi desencajado.

Saga traga saliva, para esa altura ya no sabe distinguir nada más. Asiente asustado, fluctuando entre dejarse llevar o salir corriendo. Asiente, desfigurado entre los recuerdos y el presente. Entre las noches en las que su rostro le produjo febriles insomnios… y ante el seguir adelante.

Caminan a paso ligero, apretándose con fuerza las manos, silenciando sus gargantas, más no sus corazones que parecen retumbar como martillazos en sus tímpanos. ¿Dónde lo lleva?

Aioros se detiene en seco.

—Ahí—señala, —ahí está bien.

Saga sigue la línea de la mano extendida; es una pequeña y desolada plazoleta, poco iluminada y no muy segura. Un terrible escalofrío le recorre la espina dorsal, tuvo miedo y duda por primera vez de su integridad junto al castaño, ¿Qué pretendía Aioros llevándolo a ese lugar oscuro? Aun así, se deja arrastrar los pocos metros que quedan entre ellos y el destino que ha elegido Aioros.

El castaño se arroja al primer banco que divisa, sujetando su cabeza entre sus manos mientras se inclina hacia adelante, hundiéndose entre sus rodillas. Saga lo observa expectante, confundido y asustado.

—Aioros—lo llama, pero no obtiene respuesta ni reacción— ¿Te encuentras bien?—Saga da un respingo cuando lo siente carcajear.

—No. No lo sé… nunca pensé que nuestro reencuentro sería así—ríe quedo—caminé por la ciudad sin ningún destino fijo y terminé aquí, ¿qué posibilidades hay de eso? ¡Ninguna!—brama— ¿Por qué Cástor? Odiabas ese nombre—la vista la mantiene turbia, aun así, Saga puede notar como brilla llena de… de no sabe qué.

—Tampoco lo sé, tal vez no quería ser Saga… o muy probable, todavía no soy Saga—fue sincero y Aioros sonríe encantado. Saga en esencia, no ha cambiado. No se asusta por aquello de no ser.

— ¿Cómo te encuentras?—toma su mano entre las suyas, las acaricia y se permite temblar todo lo que quiere, sin disimular la perturbación, la hiriente necesidad de su contacto.

Sin embargo, las palabras salen forzadas, incomodas, el contacto visual, el aroma, todo. Parecen dos completos extraños. La deplorable verdad es que, lo son.

—Bien, estoy…bien—guarda silencio por un momento—pensé que seguías en América.

Sus miradas vuelven a encontrarse, debatiéndose entre la necesidad, la maldita necesidad que late con fuerza, que emerge como bestia para demostrar que no lo están, ninguno de los dos. Que aquellos insustanciales diez años, sólo han sido un punto muerto, un letargo en el que se vieron forzosamente obligados a permanecer. Pero ya no más… ya no puede más.

—Regresé hace un mes—gimotea el castaño, lastimando su voz, su corazón y la herida abierta que jamás pudo cicatrizar.

¿Cómo algo puede doler tanto? ¿Cómo puede aún sangrar? Después de tantos años… de interminables motivos para que aquello no doliera, no quemara. Y no es precisamente el amor ¡eso no! El amor no duele... Aioros comienza a llorar al darse cuenta que todo ese tiempo estuvo equivocado, que él no lloraba y sangraba por la herida producida por el amor de Saga.

¡Es la soledad! ¡La distancia!... ¡Era estar sin Saga el problema! Le habían arrancado de su felicidad, obligado a arrancarse los sentimientos que le pertenecían al gemelo, como si fuese un tumor llamado Saga, el cual consumía su vida ¡Y que terrible ha sido eso! Pensar siquiera que su amor es una enfermedad. La enfermedad es su soledad, su ausencia.

Se incorpora matando la distancia entre ellos, con el rosto desquiciado y bañado en lágrimas acaricia el losado rostro del gemelo. Y Saga cierra sus ojos y se derrite en el contacto, se une a esa mano, a su tacto, a sus marcas, ladea la cabeza persiguiendo el roce, mancillando la cordura de la que puede decir al fin, es completamente suya…y de Aioros. De nadie más. Y llora también.

Abrazo. Sentires. Menester correlación. Amor y nada más.

—Te extrañé tanto.

Beso.

La privación del contacto cálido, la humedad que nunca halló en nadie, el sabor que jamás olvidó, los labios que se abren para invitarlo a sellar la unión. Aioros lo presiona contra su cuerpo y se funde en un beso demandante, poco importa si raya lo salvaje. Es que esos labios fueron, son y serán siempre su más absoluta adicción. Saga al completo lo es.

Saga fue quien se separa de él, se ve aun pálido y dudoso, entonces Aioros recuerda al hombre que estaba junto a él en ese bar, al bello hombre de cabellos celestes. Se estremece al pensar que ha llegado demasiado tarde.

Qué cobarde había sido.

—Lo siento—se disculpa separándose completamente del gemelo, extrañando ya su cercanía.

Saga enarca sus cejas y lo observa un tanto abatido. ¿Por qué se disculpaba?

— ¿Por qué?—su voz suena nada firme— ¿Por qué te disculpas? ¿Por qué me besas? ¡Aioros!—grita exacerbado— ¿Por qué estás aquí?—llora. —Deberías odiarme, no fui siquiera lo suficientemente valiente para ir y pedirte disculpas personalmente, para abrazarte y decirte adiós, para liberarte de mi persona ¡no lo fui! ¿Y sabes por qué? Porque me era imposible decirte adiós, porque te amaba y…

— ¿Amaba?—Aioros siente a sus fuerzas escurrirse cual liquido— ¿Ya no me amas?

Es lo más lógico pero se rehúsa a escucharlo, ahora que lo tiene enfrente, ahora que su corazón vuelve a latir con anhelo y calor. No. Y su silencio, tortuoso. Lento.

—Lo intenté…

—Ese hombre que estaba contigo, ¿es…? ¿Tu novio?—Saga parpadea antes de percatarse que se refería a Afrodita.

—Ese hombre es mi psiquiatra, es quien me ayudó todo este tiempo y es gracias a él que estoy aquí hoy.

— ¿No me has respondido?

Saga suspira al tiempo que vuelve a acercarse al castaño, eleva sus manos dudando por un instante antes de tomar el rostro del castaño entre sus manos y presionar suaves caricias con sus pulgares.

—No lo es, me es imposible amar a otra persona Aioros… jamás te he olvidado y si me he recuperado—la voz le tiembla, —si he soportado todos estos años los tratamientos… fue por ti. Por ti Aioros, tu rostro—lo acaricia—tus ojos…tus labios—roza apenas, mezclando así sus alientos; —Fue por ti y la promesa de seguir viviendo a pesar de todo.

Y es lo único que necesita el castaño para acabar con la distancia y la soledad.

—Te amo.

Incapaz de contenerse, vuelve a besarlo a saborear lo que alguna vez le correspondió y que de ahí en adelante, correspondería hasta el final de sus días. Y batallará contra todos de ser necesario. Lo hará, luchará por ese amor.

Luchará por Saga.

Para estar junto a Saga. Para siempre…


—Me llamo Aioros.


Llegan con las mejillas arreboladas. El correteo y la excitación tiñen de adorable carmesí a sus rostros. Aioros se detiene de a momentos para contemplarlo, asegurándose que es real haciendo que Saga se ruborizara todavía más. Le encanta.


—Mi nombre es…


No piensan en nada más. Todo es tan fantástico e ideal, que temen pestañear y encontrarse con que sus presencias solo fueron una más de las fantasías, que distanciados, compartían. Pero no, ahí están, ingresando en el departamento que le pertenece a Aioros, tomados de la mano, y con los corazones acelerados.


—Saga…Te he estado observando.


Emoción, alegría exacerbada, felicidad… calentura, no lo iba a negar. Todo lo siente. Absolutamente todo.


— ¿Por qué?


Lo observa una vez más antes de ingresar, se gira tomando sus labios, mordisqueándolos, suspirando…jadeando.


—Porque me gustas…


Gemidos entrecortados, suspiros fuertísimos y gritos ahogados. Ambos se paralizan al escuchar semejante concierto de jadeos. Aioros palidece y Saga se siente descomponer. ¿Acaso Aioros tiene un amante? Uno bastante desleal al parecer.

—Espera aquí—dice titubeante. Saga no habla ni hace ningún gesto.

Lo observa caminar por el pasillo que comunica a la habitación, encender la luz de dicha habitación. Luego escucha un grito.

— ¡AIORIA!

—Hola, Aioros—escucha otra voz descarada y harta conocida. Su hermano. Saga abre sus ojos asombrados y sigue los pasos de Aioros, hasta llegar junto a él.

Aioria y Kanon se encuentran desnudos y en una posición muy comprometedora. Pero eso claro, queda en segundo plano cuando el pasmo en los rostros de los amantes se hace evidente y turbio. Kanon y Aioria palidecen al ver a Saga allí.

— ¿Qué es todo esto?—inquiere Aioria.

Aioria apenas y se hallaba asimilando el hecho de estar nuevamente junto a Kanon, imaginándose en algún futuro lejano este encuentro, pero no así… y no tan pronto. Allí esta Saga, la persona que supo odiar con todas sus fuerzas, el motor de vida de su hermano…

—Saga, ¿qué haces aquí?—pregunta su hermano.

—Saga y yo… nos encontramos y necesitamos hablar, así que por favor ¡retírense de mi casa! ¡Y Aioria por el amor de Dios, cubre eso!

El castaño jala las sabanas para envolverse en ellas y observar con una mezcla de sorpresa y (todavía) desagrado, al gemelo mayor. Kanon presiona ligeramente su mano sobre el brazo de su amante y le lanza una severa mirada, que acalla toda posible perorata que podría decir el castaño. Aioria suspira y se dispone a vestir, con el aire tensándose a cada momento, Kanon observa a su gemelo, se ve algo pálido, pero feliz, algo le dice que esos dos ya han hablado lo suficiente, sonríe y Saga percatándose de eso, le devuelve una sonrisa sincera y feliz.

—Llámame—es lo único que dice Aioria, a su hermano, antes de abandonar la casa junto a Kanon quien palmea su espalda expresando un contundente es bueno verte hacia Aioros y estrechando su mano rápidamente con su hermano.

Saga se queda observando hacia la puerta, aun cuando está ya ha sido cerrada y esos dos ya se han marchado. Le parece tan irreal que estén juntos. Despierta sólo cuando siente unos brazos rodearle la cintura y unos labios pegarse a su cuello. Se estremece con los recuerdos de ayeres distantes y un presente brumoso, al punto de sentir que le falta el aliento. Gira encontrándose con la bella estampa de la sonrisa de Aioros. Tal parece que el tiempo no ha transcurrido, que siguen siendo los adolescentes enamorados de antes, y felices.

Pero no. Esos jóvenes ya no regresarán, ahora convertidos en dos hombres, que en mayor o menor medida, encaminaron sus vidas, en diferentes rumbos. Y a pesar de ello, allí se encuentran, observándose en la misma habitación que fue testigo de su primer encuentro. Saga sonríe, ensancha lo más que puede sus labios, mientras se acerca y termina con la distancia.

Y termina con todo ¿Existirá realmente un destino impuesto?

Nada de lo que se avecina será fácil y posiblemente, los obstáculos comenzarán a aparecer. Fueron diez años de ausencia y tendrán que conocerse nuevamente. Para Aioros, todo—como siempre fue su costumbre—es un poco más sencillo. Tiene a Saga a su lado, lo demás queda sobrando.

Se arrojan en la cama. Esa misma que los recibiera diez años atrás para consumar algo mucho más allá del amor. Más genuino y esencial. Colocando en su debido lugar las piezas en sus almas, ensamblando así una conexión profunda y destinada.

Las pieles se adhieren. Canela y alabastro. Terrestre y celestial.

Aioros recorre el camino y vuelve a marcar el cuerpo con su sello. Inicia el descenso, precipitándose con ello a la irrefutable obviedad; que Saga, sólo le perteneció a él.

Allá, lejos, quedan esos nombres que no vale la pena recordar. Allá quedan los golpes que no son necesario volver a sentir…allá—lejos—en el olvido… quedan ellos. Renaciendo en el ósculo de sus vidas, para ser uno, una vez más.

Saga gime, abriendo sus piernas, dando paso al calor conocido y el dolor, ese que bien vale la pena soportar, se presenta acompañado con besos balsámicos y caricias furtivas, dejando como saldo sus suaves jadeos…«Aioros…Aioros…» no se cansará nunca de escucharlo en esa forma, tan cruda y prístina.

Se aferra a su espalda, la marca con sus uñas y encuentra el alma; el ser puro. El que siempre fue, Saga es la criatura más sublime que pudo haber conocido e incluso, aquellas lágrimas lo reafirman. Conmovido porque alguien así lo amara, conmovido por todo lo que viven.

Aioros desde la distancia, algo confusa, parece apreciar sus siluetas moviéndose compasadas, desfigurándose en la pared, en una única mancha. Eso eran ellos, uno solo.

Y están haciendo el amor. Aioros desvía su vista de la sombra y la vuelve a enfocar en Saga debajo suyo, sonrojado, jadeante y bello. Bellísimo, sus azules ojos, escampados y brillantes, anegados en lágrimas que poco tienen que ver con la tristeza y soledad, muestran el interior de Saga, que brilla cual oro.

Un alma dorada.

Acelera sus movimientos, las piernas blancas se aferran a su cintura, los brazos a su cuello, Saga une sus labios, mientras drenan en aquel orgasmo sustancial, todo el dolor y tormento vivido. Lavan en sus gritos, sus almas, limpiándolas de todo.

Son libres de ser y de estar. Lo abraza, Saga se pega al cuerpo, temiendo que la ilusión se termine. Pero Aioros, con sus besos, le recuerda que esa es su realidad.

En el abismo de su mente, lo único que permaneció inalterable; fue ese amor. Ese beso.


—Porque me gustas…


Fue el conocerlo.

Allá, lejos, en el olvido… quedaron ellos. El nuevo día, traerá un nuevo renacer.


Muchas gracias por leer.