Enkidu despertó sobresaltado, sintiendo frío y las manos entumecidas.
Se giró sobre sí mismo y se encontró acostado sobre un montón de almohadas negras. La oscuridad en el lugar no le permitía ver más allá que un par de metros. A su lado se encontraba una tablilla de arcilla con su cincel. Enkidu se incorporó y se aferró a los barrotes de su jaula.
Todos sus días se redujeron a estar encerrado como un animal exótico.
Pensó en ello cuando apoyó su frente en el metal. No acostumbraba a llevar el cabello corto, más sentir entre sus piernas una superficie llana. Aprovechó que nadie le veía para levantar su túnica y bajar sus pantalones para observarse. No era ni hombre ni mujer, no tenía nada entre sus piernas, era simplemente andrógeno.
Lo único que lamentó de ello es que más nunca disfrutaría de un orgasmo.
¿Acaso estaba en condiciones de "vivir" algo así de nuevo?
Enkidu sonrió ante la ironía y volvió a vestirse adecuadamente.
Tentó por el candado que lo encarcelaba y lo tomó entre sus manos: era pesado y macizo, probablemente imposible de quebrar. Se paseó por su jaula, tratando de encontrar algo con lo que distraerse, incluso extendió sus cadenas más allá de los barrotes, las cuales chocaron con paredes sin encontrar nada.
—¿Te diviertes, Azul? —preguntó Ereshkigal, apareciendo en las sombras— ¿Quieres salir?, puedes acompañarme mientras ceno algo si gustas.
Enkidu entornó los ojos y la vio: llevaba una túnica color borgoña ceñida a su cuerpo y había trenzado su cabello. Sostenía una especie de llave invisible y jugaba con ella. La diosa se acercó con un aire de alegría que era muy poco usual en alguien que vive entre sombras y miseria. Abrió el candado de Enkidu y lo dejó salir.
—¿Has dormido bien? —preguntó Ereshkigal, tomando un brazo de Enkidu y caminando a su lado—, realmente te cansó el viaje hasta aquí. Lo entiendo, ¿Sabes?, te hallabas en un estado lamentable, es normal que murieras agotado.
Enkidu no dijo nada.
Ambos estuvieron juntos hasta que llegaron a un comedor amplio que daba a unas ventanas que funcionaban como tragaluz cubiertas de telas para evitar que el viento se colara por ellas. A través de los espacios, se observaban las tinieblas de la vasta Kur, dando un aire deprimente al ya silencioso lugar.
Enkidu se sentó a un lado de Ereshkigal y miró la comida sobre la mesa.
—¿Cómo puedes estar tan feliz con un reino como este, Ereshkigal?
La reina detuvo el camino de su bocado y cerró la boca. Fijó su atención en Enkidu y chasqueó la lengua.
—La muerte es algo hermoso para mí. No tengo motivos para estar deprimida. Me encanta mi palacio y me encanta conocer personas nuevas cada día.
—Estás lejos de ser una tirana—dijo Enkidu, colocando uno de sus mechones cortos tras su oreja—, pero sí tienes un corazón frío. La gente sufre en esta oscuridad, las almas transitan en pena, me mantienes en una jaula encerrado por mero gusto tuyo.
Ereshkigal dejó caer su comida y ahogó un grito.
—¡Eres muy atrevido, Enkidu! Recuerda que no estás en Uruk ya, ¡No puedes hacer lo que quieras aquí! —reprochó Ereshkigal moviendo un dedo.
Enkidu no parecía inmutarse.
—Gil me dijo eso todo el tiempo que viví en Uruk y jamás le hice caso.
—¡Hmp! —exclamó Ereshkigal, ofreciendo una fruta a Enkidu—, esta bien Enkidu, puedes ser libre aquí también, pero no te permitiré arrojarte al olvido.
"Come algo, no necesitas comer aquí, pero te sentirás… ¿Cómo decirlo? ¿Más vivo? —Ereshkigal rio ante la ironía y asió la comida con entusiasmo—Anda, come.
Enkidu tomó la fruta inanimadamente y no la comió.
Los insectos que acostumbraban la noche se hacían escuchar a toda hora. La instancia estaba cubierta de las ya usuales lucecitas azules y el fuego de las velas y las antorchas eran de las mismas tonalidades. Enkidu observó lo alto del techo y vio como enredaderas caían casi marchitas por los pilares.
Todo era lo contrario a Uruk.
Enkidu se sintió tan deprimido que ocultó su rostro tras sus antebrazos después de apoyarse en la mesa y lloró en silencio. Quería recordar por siempre sus días en Uruk y que estos fuesen sus motivos para no caer en la locura.
—Enkidu… —habló suavemente Ereshkigal, colocando una mano sobre su hombro— Por favor no seas tan ingrato con mi benevolencia. Sé que no soy la mejor diosa ni anfitriona, pero quiero que intentes disfrutar tu paso por mi palacio. Algún día podrás arrojarte al olvido. Sólo permítete recordar lo que has vivido y cuéntamelo. Quiero llevar en mi memoria tu maravillosa historia.
Enkidu alzó la cabeza y mostró sus llorosos ojos a Ereshkigal. La diosa curvó las cejas y dejó de comer.
—¿Sabes?, has dormido siete días desde que llegaste a Kur. ¿Has recordado sueño alguno?
—No—contestó Enkidu, restregando su mejilla—. Quisiera estar en esa nada para siempre.
—¿Cómo sabrás que efectivamente estás en esa nada si no lo recuerdas? —Ereshkigal apoyó los codos sobre la mesa para posar su rostro entre las manos y prestar atención a las palabras de Enkidu.
—Así estaría bien para mí—Enkidu perdido, se centró en una manzana a medio morder sobre la mesa—, todo lo que tenía lo he perdido.
—¿Qué tenías?
—Un corazón y un amigo.
—Un corazón—repitió Ereshkigal—, sé que Aruru te creó sin uno, ¿Cómo es que lo obtuviste?
Enkidu sonrió tristemente y comenzó a relatar:
—Cuando Gilgamesh perdonó mi vida supe que no era el tirano que todos decían que era. Era sólo un hombre solitario, con una debilidad enorme. Sus inseguridades eran ocultadas tras la arrogancia y la petulancia, pero no era más que un niño asustado de estar solo. Lo único que necesitaba para ceder su bondad al mundo era alguien a su lado. Yo me convertí en ese alguien. Quería ser todo para él, tanto que puse alma que no tenía por hacerlo feliz. ¿Sabes lo hermoso que lucía cuando su sonrisa era sincera? Quizás nadie más que yo ha tenido la dicha de ver esa faceta. Él es el mejor amigo que pude tener en la vida y yo fui completamente entregado a él. No tenía otro objetivo en mi vida. Soy un ser vacío, sin existencia más que mis años en Uruk. Todo eso lo guardé en un corazón que creé: mis risas, mi amistad con Gilgamesh, mis anhelos, mis propios tesoros, pero todo eso se ha esfumado. Aquí estoy, muerto, deseando ser borrado de toda existencia.
Ereshkigal estaba completamente interesada en Enkidu. Se aclaró la garganta y frunció los labios.
—¿Qué sentías por Gilgamesh?
Enkidu sintió esa pregunta como una estaca en el pecho. Su labio tiritó y sus ojos se cargaron en nubes de lluvia. Un par de gotas abandonaron sus cielos, pero el torso de la mano apaciguó la tormenta con rapidez.
—No sé.
Ereshkigal suspiró y tomó su copa para beber agua.
—Jamás me he enamorado Enkidu, pero es algo que probablemente todos traemos escrito en nuestras existencias: aunque nunca lo hayamos vivido, sabremos el momento cuando eso ocurra.
—Nunca se lo dije hasta el final—confesó Enkidu, entrelazando sus propias manos, ya tranquilo—, él no sentía lo mismo por mí. Ya lo sabía.
—Ni nunca se lo dirás de nuevo, ¿Te has dado cuenta lo valiosa que es la vida?
Ereshkigal sonreía como si hubiese dicho algo dulce. Enkidu cerró los ojos un momento y cambió su expresión a calma absoluta. Una pequeña mueca parecida a la alegría se plasmó en su rostro e iluminó tenuemente sus ojos.
—Está bien así.
Ereshkigal aplaudió y Enkidu se sobresaltó. La diosa alzó un dedo y lo movió unos segundos para girarse y sacar de su cinto una daga de lapislázuli.
—Mira lo que me ha regalado Gilgamesh—al escuchar su nombre, Enkidu abrió los ojos de par en par, como si la esperanza esclareciera las tinieblas del palacio—. Nadie me ha regalado nada en mucho tiempo. Realmente tu rey se ha vuelto benevolente.
—¿Cómo es que has hablado con él?
—No, tonto, no he hablado con él directamente. Tendría que venir al menos a la primera puerta del inframundo. El ha rezado y he escuchado su plegaria. Ha hecho un tributo y yo lo he aceptado. No me preguntes por qué lo hizo, sólo soy la reina de Kur. No sé de su destino ni lo que planea.
Enkidu iluminó su rostro y finalmente decidió tomar la manzana y dar un mordisco.
