La mañana del día 14 de febrero amaneció con el cielo despejado, el sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts, seguía haciendo frío, pero las lluvias habían abandonado los terrenos del colegio dándoles un día de tregua.
En la sala común de Hufflepuff todos parecían animados, era el último día de clase de la semana, San Valentín y por si fuera poco al día siguiente tenían salida a Hogsmeade.
El gran comedor estaba decorado con corazones en los muros y pétalos de flor cayendo desde el techo. Los pasadizos también estaban engalanados para la ocasión. Las grandes armaduras metálicas sujetaban enormes bandejas en forma de corazón y ofrecían bombones a todo el que pasara por su lado.
El día pasó rápido para alivio de Johanna y al caer la noche fue la primera en irse a la cama.
Al día siguiente se levantó con energía renovada y con muchas ganas de ir a Hogsmeade. Johanna se puso una túnica de diario y sonrió al ver cómo Emma se vestía con especial esmero. Las dos chicas bajaron decididas a desayunar en el mismo momento en que llegaban las lechuzas con el correo. Un búho negro se posó sobre los hombros de Johanna para entregarle una nota. Johanna le agradeció el servicio dándole un poco de pan tostado y la lechuza se fue con las demás.
Johanna abrió el rollo de pergamino y leyó su contenido. Emma la observaba expectante. La chica dobló la nota un poco turbada y se la entregó a su amiga para que pudiera leerla.
Desde el primer día que te vi me pareciste fascinante. Eres una mujer extraordinaria con un increíble don para las pociones. Me gustaría que nos encontráramos hoy en Cabeza de Puerco, lejos de miradas indiscretas para que te pueda mostrar mis sentimientos como corresponde.
Te estaré esperando a las 12.
Emma miró a su amiga que estaba atónita ante lo que acababa de leer.
- Nunca pensé que el profesor Snape pudiera escribir algo así. – Dijo Emma sonriendo.
- Yo tampoco. Por eso creo que no fue él. – Le respondió Johanna sin creerse mucho sus palabras.
- Y si no es de él, ¿De quién?
- Buena pregunta.
Johanna se quedó pensativa unos minutos hasta que Emma volvió a hablar.
- ¿Irás?
- No creo.
- Pero si es súper emocionante, una cita, casi a ciegas. Súper romántica el día después de San Valentín.
Johanna se sonrojó.
- No lo sé, ya veré.
Las chicas terminaron el desayuno y fueron hacia la entrada. Edward les esperaba cerca de las puertas de roble del castillo. Había que reconocer que estaba muy guapo, con el cabello suelto y algo alborotado. Emma sonrió al verle y él le lanzó un beso desde lejos.
Se pusieron en la fila de estudiantes que esperaban la autorización de Sam para salir del castillo. Johanna veía a la pareja mirándose de vez en cuando y sonriendo furtivamente, pero sin decirse nada. La chica notó un gran alivio cuando salieron al exterior; se sentía mucho más cómodo andando en silencio que allí plantada sin saber qué decir.
Cuando llegaron a Hogsmeade todos miraron a su alrededor boquiabiertos, las calles estaban engalanadas con enormes corazones rojos que flotaban por encima de los tejados y en las esquinas de las calles había rosales congelados con algún hechizo que Johanna desconocía para que mantuviera las rosas abiertas e inmunes al paso del tiempo.
Johanna miró a su amiga que seguía sonrojada hasta las orejas.
- Id tranquilos, yo tengo asuntos que resolver. – Dijo guiñándole un ojo. – Tened cuidado.
Edward sonrió y agarró a Emma por la cintura.
- No te preocupes, yo protegeré a la princesa.
Emma estaba muerta de vergüenza por la situación. No le gustaba ser el centro de atención, pero a pesar de todo estaba extrañamente cómoda. Miró a su amiga antes de irse.
- ¿Irás? – Le preguntó.
- Aún no lo sé.
Sacó su reloj de bolsillo para mirar la hora, al entrar en Hogwarst tuvo que deshacerse de su reloj digital y optar por una opción más tradicional.
- Aún tengo una hora para decidirme.
Emma y Edward se despidieron de Johanna. Tenían una reserva para comer en Las cinco brujas errantes, un salón que habían abierto hacía poco. Pero antes querían dar una vuelta por las tiendas, ambos deseaban entrar en Honeydukes y comprar reservas de dulces suficientes para aguantar hasta la siguiente visita a Hogsmeade.
Johanna vio a sus amigos alejarse y se dio cuenta que no era la única pareja acaramelada que paseaba alegremente por las calles. Se quedó un rato pensativa. Aún no había tomado ninguna decisión sobre la nota, pero se le aceleraba el corazón cada vez que pensaba en ella. Para despejar un poco a cabeza, puso rumbo a la Bolsa de Té de Rosa Lee, allí se podía comprar el mejor té de la zona y había mezclas de hierbas que no se encontraban en el mundo muggle.
Al abrir la puerta sonó una campanita que colgaba del techo. De detrás del impecable mostrador salió una mujer pequeña que ya se acercaba a las ocho décadas de edad. Vestía una túnica estampada con muchos colores que le daba un aspecto jovial. Sonriendo se quedó mirando a la joven que acababa de entrar con unos enormes ojos grises ocultos tras unas pequeñas gafas. Detrás del mostrador, en una vieja butaca había un enorme gato que bostezó al ver entrar a la chica, la miró con desgana y se dio la vuelta para seguir durmiendo.
- Buenos días. – Dijo Johanna al entrar en el establecimiento.
- Buenos días Jovencita. ¿Qué te puedo ofrecer?
- Es la primera vez que vengo, soy de familia muggle y necesitaría algo de orientación.
A la anciana Rosa Lee se le iluminaron los ojos y empezó a enseñarle y explicarle todos los botes que tenía en los estantes con sus respectivos contenidos. Después de comprar suministros suficientes para un año, Johanna salió de la tienda y se dirigió a la casa de las plumas. No necesitaba ninguna, pero le encantaba ver el escaparate. Disfrutaba viendo todos los tipos de plumas que vendían y fantaseaba con la idea de comprárselas todas. Al llegar, sus ojos se posaron rápidamente sobre una pluma en concreto. Era una pluma de cuervo negra con reflejos verdosos con un cañón de plata grabada. Al verla, se le pasó por la cabeza la imagen de su profesor. Johanna sacudió la cabeza para quitarse la idea de sus pensamientos, pero seguía allí. Sabía que esa pluma no podía ser para nadie más, podría ser un buen regalo. Su corazón se aceleró al darse cuenta de que había olvidado su cumpleaños, hacía más de un mes que había pasado el nueve de enero y si lo compraba y se lo daba ahora tenía miedo que lo confundiera con un regalo de San Valentín. Aun así Johanna no pudo resistir la tentación, entró en la tienda y compró la pluma junto a dos botes de tinta, uno verde Slytherin y otro rojo, perfecto para garabatear los trabajos de sus alumnos. Se lo envolvieron con sumo cuidado en un bonito paquete. Ella pagó y lo guardó con las demás compras.
Al salir de la tienda un soplo de aire frio le hizo estremecer. Echó a andar y sin darse cuenta acabó delante de la cochambrosa puerta de Cabeza de Puerco. Nerviosa, consultó la hora en su reloj de bolsillo. El corazón empezó a latirle con fuerza, solo quedaban diez minutos para las doce y aun no se había decidido. Al final optó por entrar, al fin y al cabo sus piernas le habían llevado hasta allí. La taberna seguía tal y como la recordaba, con su barra mugrienta y sus extraños clientes. Estaba claro que allí no les vería ningún alumno ni profesor. En la barra había un individuo con un bigote descomunal y gafas oscuras que poco a poco tragaba sorbo tras sorbo de una sustancia humeante y abrasadora que le chamuscaba algún que otro pelo del bigote. También había una persona encapuchada sentada en una mesa, junto a una de las ventanas bebiendo de una taza de porcelana. Y en un oscuro rincón, al lado de la chimenea, estaban sentadas dos brujas con enormes sombreros que hablaban entre susurros y se callaron para observar a la muchacha que acababa de entrar.
Johanna le pidió al camarero un Wiski de Fuego. Este sonrió y le sirvió a la chica lo que había pedido. Johanna observó el vaso de dudosa higiene, pero pensó que el alcohol acabaría con cualquier forma de vida patógena que hubiera. Le dio un sorbo y lo volvió a dejar en la barra. Entonces se dio cuenta que el camarero había dejado un trozo de pergamino cuidadosamente doblado al lado del vaso. La chica lo abrió nerviosa.
Te espero en la
habitación número 3.
Subiendo las escaleras
a la derecha.
Johanna miró a su alrededor. Dejó la nota al lado del vaso y se acabó su bebida de un trago. Notó como le ardía el esófago. Se armó de valor y subió. Allí estaba de pie aun indecisa, cara a cara con la puerta número tres. Esta se abrió antes que la chica pudiera llegar a tocarla, desvaneciendo cualquier duda que albergara.
Dentro estaba oscuro, solo se veía la débil luz de una vela en la mesilla de noche. Eso no parecía propio de su profesor, pensó la chica. Pero ella no era nadie para decir lo que era propio de él o no, pues apenas le conocía. Se adentró en la penumbra y de repente notó una sacudida en el brazo. Johanna soltó un grito que quedó ahogado por el estruendo de la puerta al cerrarse de golpe. El corazón le latía muy fuerte, no podía moverse y apenas veía nada. Poco a poco sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y vislumbró una silueta que le resultaba familiar. Intentó hablar pero sus labios no se movían.
- Veo que tienes algo que decir. – Dijo una voz que conocía a la perfección.
La figura agitó la varita y Johanna notó como los labios le hormigueaban de una forma muy desagradable.
- Patrik… Tu…
Fueron las dos palabras que pudo pronunciar Johanna que empezaba a estar presa del pánico. ¿Cómo había podido ser tan tonta?
La verdad es que me has decepcionado un poco al caer en una trampa tan tonta. Aun así voy a aprovechar para divertirme un poco antes que llegue él.
Patrik cogió a la chica por el cuello, se acercaba a sus labios, pero Johanna en un acto desesperado le escupió. Lo que sintió a continuación fue un golpe seco en la cara que la hizo caerse al suelo.
El chico se colocó a horcajadas encima de la chica que permanecía inmóvil por el hechizo que le había lanzado. Johanna desesperada intentaba en vano deshacerse de su agresor. Se estaba a punto de dar por vencida cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar algo de luz en la estancia. La silueta de un hombre encapuchado se dibujaba a través de la luz que se filtraba por la puerta. Patrick se puso de pie mirando a la figura que le había interrumpido desafiante.
Pensaba que no llegarías nunca, Snape. ¿O debería llamarte Quejicus el traidor? Deberías haber muerto aquél día como la sucia rata que eres. Por tu culpa se frustraron todos los planes del señor tenebroso y volvemos a estar rodeados de sucios sangre sucia. Voy a hacer desaparecer todo lo que te importa para que desees morir.
Patrick apuntó a la chica, que seguía en el suelo, con la varita.
Cruc…
Antes de poder terminar de pronunciar el hechizo, un fuerte puñetazo aterrizó en su cara. Al chico se le cayó la varita lo que su contrincante aprovechó para lanzarle un hechizo aturdidor. Acto seguido, con un ágil movimiento de varita, hizo aparecer unas cuerdas que se enroscaron por todo el cuerpo del chico hasta dejarlo completamente inmóvil. Rápidamente recogió a la chica que poco a poco fue recuperando la movilidad. Deshecha de los nervios se lanzó al cuello de su salvador que se había sentado a su lado.
- Llora, tranquila. – Dijo poniéndole una mano en la espalda.
La chica no pudo contenerse más y empezó a llorar como nunca lo había hecho. Cuando se calmó el hombre se levantó varita en mano.
- Expecto patronum.
De la punta de su varita salió una cierva plateada que se quedó delante de su creador esperando instrucciones.
- Busca a Sam, asegúrate de que esté solo y dile; No esperes por Johanna está bien, pero regresaremos más tarde, está conmigo.
Acto seguido la figura salió por la ventana.
- Quédate aquí un momento. No te muevas. Ahora vuelvo. – Le dijo a Johanna.
Snape ya había recuperado su rostro severo. Arrastró a Patrick hasta el pasillo y cerró la puerta.
Johanna escuchó unas voces detrás de la puerta. En silencio se levantó para poder escuchar algo.
Asegúrate de que lo encierren de por vida por conspirar a favor del antiguo régimen. Pero no impliques a la muchacha. Esto que quede entre nosotros.
- Sigues trayéndome problemas como en los viejos tiempos.
Johanna no alcanzó a escuchar lo que seguía pues la puerta se abrió y corrió a la cama para que no notaran que estaba escuchando. Ella aún tenía lágrimas en los ojos, se las secó con la manga y observó en silencio al profesor que había vuelto a la habitación.
- ¿Cómo se te ocurre? – Gritó el profesor que había dejado atrás cualquier rastro de la ternura que antes le había mostrado.
Johanna temblaba y las lágrimas amenazaban con volver a salir. Con las manos temblorosas le acercó la nota que había recibido por la mañana. El profesor la leyó con atención.
- Te creía más lista. ¿Quién en su sano juicio citaría alguien en Cabeza de Puerco para una cita romántica? – Le espetó Severus con una furia desmedida.
- Creí… creí… que… habías sido tú. – Respondió la chica temblando y sin poder contener las lágrimas.
Snape enmudeció y en su piel de marfil se apreciaba un leve rubor en las mejillas que intentó ocultar dándose la vuelta.
- No seas ridícula. – Dijo el hombre.
La tensión podía cortarse con un cuchillo. La habitación se había quedado en silencio y solo se podía oír el débil llanto de la chica.
- Deja de llorar, ¿Quieres?
Snape había vuelto a acercarse a la chica. La rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí.
- Ya ha pasado todo.
- Tie… tie… tienes razón. – Dijo la chica entre sollozos. – Soy una estúpida.
Johanna lloraba a moco tendido entre los brazos del hombre que la había salvado, del hombre que quería pero que nunca le correspondería.
- Tras secarse las lágrimas y tomar una taza de chocolate caliente, la chica estaba más tranquila. Snape no se había separado de su lado.
- Gracias. – Susurró la chica.
Snape se puso en pie.
V- ámonos, tenemos que regresar a la escuela. Si no sus amigos empezarán a preocuparse.
Los dos se dirigieron en silencio hasta las afueras del pueblo. Pasaron por delante de la casa de los gritos. Severus se paró y echó una mirada nostálgica a la casa. Johanna era consciente del significado de aquél lugar y sin pensarlo le estrechó la mano al hombre que la miró descolocado.
- Ya hemos hecho esto antes, así que ya sabes cómo va. Agárrate fuerte.
Johanna se quedó sin respiración por unos segundos y tras una sacudida perdió notó como los pies se le despegaban del suelo para aterrizar en las afueras de los terrenos de Hogwarts.
- Vamos, estamos cerca. – Le dijo Snape
Siguieron andando un rato hasta que Finalmente, con gran alivio, vio los altos pilares que flanqueaban la verja, coronados con sendos cerdos alados. Tenía frío y hambre y estaba deseando separarse de su profesor o quedarse abrazada a él.
- Sigue tú. – Dijo el hombre. – Si tus amigos preguntan, volviste en otro carruaje y has estado con Hagrid y tu perro.
La chica asintió y corrió hacia el castillo, dejando atrás a un Severus agotado y hecho un mar de dudas.
