Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 33

Esta no era la primera vez que volaba a toda velocidad, en el pasado, antes de retirarse de su labor justiciera, para Videl era muy usual cruzar el cielo de Ciudad Satán igual de rápido que un misil. Sin embargo, en esta ocasión, los motivos que la empujaban a pisar el acelerador eran muy personales. Por ende, temiendo las consecuencias que se avecinaban, Videl deseaba llegar a su destino cuanto antes.

Tensa, sin soltar la palanca de control, Videl consultaba su rumbo cada cinco segundos en la computadora de navegación, la cual, por medio de un mapa, le indicaba su posición actual así como el lugar donde debían estar luchando Gohan y Shapner. Esos dos eran unos completos estúpidos, pensaba Videl, se comportaban como un par de gorilas sin cerebro ansiosos por matarse mutuamente.

Pero, por más que les reprochase su irracional comportamiento, Videl, sabiendo que ella era la culpable de todo, no le quedó más remedio que guardarse sus críticas. Y al pensar de nuevo en aquello, mirando de soslayo la hora en su reloj, la pelinegra se preguntaba si Shapner aún continuaba con vida. De no ser así, no habría peor castigo para ella, que hallar, frente a sus ojos, el cadáver inerte de su exnovio.

– ¡No hagas ninguna estupidez, Gohan! –Como si tuviese al hijo de Goku ante ella, Videl, suplicándole, le habló– ¡por lo que más quieras, no lo mates!

Shapner era un buen peleador, lo había visto luchar varias veces cuando participaba en torneos escolares de boxeo. No obstante, al considerar los poderes que Gohan poseía, Videl, mejor que nadie, comprendía que Shapner no tenía posibilidad alguna de salir victorioso. Si Gohan así lo quisiese, con meramente chasquear los dedos, Shapner acabaría hecho pedazos en un santiamén.

Dicho pensamiento, cobrando más fuerza en su mente, fue nublándole el juicio a medida que continuaba volando. Y por más imposible que fuese, Videl, convencida de ello, juraría que era capaz de verlos pelear. Un agotado Shapner, inútilmente, intentaba atacar a Gohan quien no sufría dificultades para esquivar sus débiles ataques. Videl, sin que pudiese ignorarlos, les pedía que se detuviesen.

Aquello era un producto de su imaginación, era indudable; empero, era una visión demasiado realista y dolorosa. Tan realista que escuchó la voz de Shapner al implorar clemencia, pero Gohan, enfurecido y cegado por su rencor hacia el rubio, hizo caso omiso a sus incesantes ruegos. Videl, empezando a correr hacia ellos, vio con horror como el suelo se tornaba infinito impidiéndole acercarse a Gohan y Shapner.

Y sin más, como si fuese un muñeco de trapo, de una manera brutal y barbárica, Gohan sujetó a Shapner de su largo cabello dorado antes de tirar de él. En ese instante, ya no pudiendo separar la realidad de la ficción, Videl vio como Gohan decapitó a Shapner alzando su cabeza en alto como un trofeo. Luego, volteándose a mirarla, cayendo a sus pies, el enfurecido Gran Saiyaman le arrojó su horrendo botín.

– ¡No!

Su desgarrador grito llenó la pequeña cabina de su aeronave, el impacto de aquella ilusión fue tan abrumador que, sin darse cuenta, soltó los controles y se llevó las manos al rostro en un natural intento por borrar aquella espantosa imagen de sus retinas. Pero, como era lógico suponer, su nave, al descontrolarse, empezó a ladearse peligrosamente hacia abajo llegando al extremo de caer en picada.

– ¡Yo no quería que esto pasara, no era mi intención que esto sucediese! –Comenzando a llorar, aún viendo a Shapner muerto en su mente, Videl no se percataba del peligro que comenzaba a envolverla– ¡todo ha sido culpa mía, soy la única responsable!

En tanto Videl sollozaba y se lamentaba, los sistemas de navegación de su helicóptero encendieron sus ruidosas alarmas, tratando, afanosamente, de sacar de su letargo a la hija de Mr. Satán. En un inicio, sumergida en sus tormentos, Videl ni siquiera notó las luces rojizas que adornaban su tablero de instrumentos. Pero, para su fortuna, las violentas sacudidas que la golpearon sí la despertaron.

Reaccionando, saliendo de su repentino shock, Videl, retomando la palanca de mando, elevó lo más que pudo la nariz de su nave al ver como la superficie terrestre se tornaba cada vez más grande. Poniendo en acción toda su habilidad y experiencia como piloto, la otrora heroína, estabilizando su trayectoria, sintió como las copas de los árboles se rompían al chocar con el tren de aterrizaje de su aeroplano.

Sin embargo, demostrando nervios de acero en una situación así, Videl fue ganando altitud logrando respirar más tranquila al recobrar el curso. Tuvo mucha suerte, de no haber reaccionado a tiempo, Videl se hubiese estrellado en la densa vegetación que adornaba los bosques de las afueras de la ciudad. Y ella, sin quererlo, se habría convertido en una víctima más de aquel sangriento día.

Respirando muy agitada, oyendo los latidos de su corazón recorriendo su cuerpo, Videl se esforzó por mantener la calma para no volver a caer ante sus culpas. Así pues, verificando su ruta, la pelinegra comprobó que iba en la dirección correcta tal y como se lo aseguraba su ordenador. Pero la alegría y la paz fueron efímeras, ya que, al agudizar su vista, Videl descubrió algo que agravó su preocupación.

– ¿Humo, acaso es un incendio? –Entrecerrando sus ojos, observando como una alta columna de humo oscuro se alzaba en el firmamento, Videl enfocó toda su atención en su descubrimiento, llegando, con rapidez, a una fatal conclusión– ¡eso no es un incendio, fue una explosión!

Videl había estado en miles de tiroteos urbanos en los años en que ayudó a la policía, gracias a ello, sabía identificar, sin problemas, cuando una estela provenía de un incendio o una explosión. Y en este caso en particular, segura de su criterio, Videl se reafirmaba que dicha columna de humo se debía a una detonación. Lo cual, avivando sus miedos, la condujo a tener un muy mal presentimiento.

Callada, no sabiendo qué decir, Videl prosiguió con su travesía a su vez que su memoria la arrastraba de regreso a la noche anterior en aquel frío y ventoso balcón. Gohan; es decir, el Gran Saiyaman, se retiró igual de rápido que un cohete dejando solos a Videl y Shapner. Los dos, quedándose inmóviles al verlo partir, no pudieron seguirle la pista al cabo de unos minutos debido a la espesa oscuridad.

Sintiendo como las bajas temperaturas congelaban sus pies descalzos, Videl, tragando saliva y girándose lentamente, se dijo a sí misma que ya no podía seguir huyendo. Por ende, armándose de valor, la hija del campeón mundial se mantuvo firme quedando cara a cara con Shapner. El rubio, por su parte, aún miraba el horizonte nocturno tomándose unos instantes para enfriar su ardiente ira.

No debiste haber hecho eso, fue una gran estupidez…–siendo la primera en romper el silencio, la pelinegra, hablándole con lentitud, no escondió su sincera opinión al respecto–pero aún estás a tiempo de rectificar tu error, olvídate que esto pasó y no vayas mañana a enfrentarlo.

¿Por qué me estás diciendo esto? –pestañeando, dolido porque Videl no parecía respaldarlo, Shapner le preguntó con evidente amargura–ese sinvergüenza vino hasta aquí sólo para burlarse de mí y para arruinar nuestra noche perfecta, no puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada.

Shapner, eres un buen hombre; pero en ocasiones puedes ser tan terco–de nuevo, con honestidad, Videl ya no se guardaría nada–por mucho que lo detestes, tienes que aceptar que él es muchísimo más fuerte que tú. Sin temor a equivocarme, me atrevo a decir que es mucho más fuerte que mi padre o cualquier otro peleador que conozca. Y mañana; a menos que recapacites, él te hará pedazos y todo por culpa de ese maldito orgullo que no te deja pensar con claridad.

Aún no me has explicado por qué lo estabas besando…–cambiando el tema, cada vez más decepcionado por la falta de confianza de Videl hacia él, Shapner, no queriendo ser grosero con ella, prefirió preguntarle sobre el beso que compartieron cuando los encontró–y te pido por favor que seas honesta conmigo, te daré la oportunidad de explicarme todo sin interrumpirte.

Videl, ya no pudiendo soportar todo el peso que cargaba en su espalda, finalmente, sin evadirla más, estaba más que dispuesta a decirle la verdad.

Ese beso no significa nada para mí, él me tomó por sorpresa y me besó sin que pudiera evitarlo–sin agachar la mirada, Videl mantenía sus ojos azules firmemente clavados en los de Shapner–si te preocupa que esté interesada en él; puedes estar tranquilo, en este momento en lo último que pensaría sería en algo así. Tengo otros asuntos pendientes mucho más importantes que pensar en un tonto beso.

Fiel a su oferta, Shapner no la interrumpió; aunque le inquietó la frase de "otros asuntos pendientes".

Shapner, no deseo seguir mintiéndote con falsas esperanzas, voy a decirte la verdad…–apretando sus puños, Videl, enfrentando sus demonios, se acercó aún más a él hasta casi cerrar la brecha entre los dos–lo nuestro no funciona, no va ningún lugar. Lo mejor para los dos, en especial para ti, es que todo esto se termine. Si continuamos juntos, cada día que pases junto a mí, sólo terminarás lastimándote.

¡Pero Videl! –Impulsado por tal declaración, Shapner, olvidándose de su pelea con el Gran Saiyaman, no se resistió a querer respuestas claras– ¿qué cosa hice para que pienses así?

Nada, no hiciste nada malo. La única que ha sido una mentirosa y una manipuladora he sido yo, todo este tiempo he estado jugando contigo…

Sin poder apartar su vista de él, Videl, restándole importancia al punzante viento gélido que la azotaba, fue incapaz de describir la expresión en el rostro de Shapner, quien, en menos de un parpadeo, mostró todo su dolor en tantas emociones diferentes y combinadas que la enmudeció. Y Videl, aún necesitando decirle mucho más, se vio forzada a seguir causándole lo que más deseaba evitarle: más sufrimiento.

Aquella noche, cuando nos encontramos de casualidad en esa discoteca, me dejé llevar por mi arrogancia y me confié. Creí que había derrotado a todos esos ladrones, no me di cuenta que faltaba uno más–rememorando aquel momento, Videl, sin apartarse de él, no se detuvo–luego escuché unos pasos a mis espaldas, me volteé y lo vi. Un último tirador me estaba apuntando con su arma, me quedé paralizada por la impresión.

Shapner, también recordando ese día, se limitó a escucharla sin emitir sonido alguno.

Y entonces apareciste de la nada, me empujaste a un lado y me cubriste–escuchando el eco del disparo retumbando en sus oídos, Videl cerró sus ojos por un segundo antes de proseguir–recuperé la compostura lo más rápido que pude y me encargué de ese sujeto; después, al buscarte con la mirada, te encontré tirado en el suelo en medio de un charco de sangre…

Con lentitud, moviéndose por su cuenta, la mano izquierda de Shapner se posó en su hombro derecho acariciándolo suavemente. Incluso meses después de aquel suceso, su cuerpo, hasta el día de hoy, continuaba padeciendo las dolorosas secuelas de su más grande acto de heroísmo. No obstante, por más que le doliese, Shapner no se arrepentía de haberse cruzado en el camino de aquella mortal bala.

En ese entonces, sin que pensase en su propia seguridad, Shapner logró salvarle la vida a la persona que más amaba en el mundo; empero, en un traicionero giro del destino, esa misma persona le estaba rompiendo el corazón a él.

Cuando te vi malherido entré en pánico, creí que estabas muerto…–rompiéndose su voz, Videl se halló de vuelta en aquel club nocturno arrodillada ante el supuesto cadáver de Shapner–nunca antes me había sentido tan impotente, esa fue la noche más horrible de toda mi vida; pensaba que habías fallecido por mi culpa.

Imaginándose a él mismo, Shapner se quedó sin habla.

Al verte partir en la ambulancia; me desplomé en un callejón cercano, quería morirme. Tan pronto como llegué a casa me encerré en mi habitación, deseaba ocultarme del remordimiento pero sin importar dónde me escondiera, siempre me encontraba.

Videl…

Entonces me enteré que estabas con vida y fui a visitarte al hospital tan rápido como pude…–volviendo a interrumpirlo, Videl no quería detenerse por nada del mundo–creo que no es necesario que diga lo que pasó ese día, estuviste ahí conmigo; sé que lo recuerdas todo mejor que yo.

Ahora fue el turno de Shapner para sumergirse en sus recuerdos, y como Videl lo aseguró, recordaba perfectamente aquella visita. Aún en cama, recuperándose de la intervención quirúrgica que evitó que muriese, Shapner se vio lleno de felicidad cuando ella se asomó por la puerta. Ambos conversaron un poco, Videl le agradeció su salvadora ayuda además de pedirle perdón por lo ocurrido.

Shapner, tomándola por una mano, le dijo que no se disculpara; él decidió salvarla porque el amor que sentía por ella lo empujó a hacerlo. Y fue allí, en esa habitación de hospital, cuando el rubio, no teniendo nada que perder, se atrevió a intentarlo una vez más. No obstante, esta vez, dejó a un lado la arrogancia que tanto lo caracterizaba. Simplemente fue sincero, le habló con franqueza al hacerle aquella petición.

Claro que lo recuerdo, nunca olvidaré ese día…–aprovechando la leve pausa de Videl, Shapner, respondiéndole con voz muy baja, se vio liberado de la rabia que minutos antes le contagió el Gran Saiyaman–quería volver a verte; necesitaba volver a verte. Tenía que decirte lo mucho que te amo; pero también, deseaba demostrártelo con un…

Un beso, me pediste que te dejara darme un beso–terminando lo que Shapner quería decir, Videl, ensimismada, se preparó para soltar otra bomba sobre el rubio–yo no había pensado llegar a tal punto cuando fui a visitarte, no era mi intención que eso sucediera; pero cuando me lo pediste, cuando te vi postrado en aquella cama, débil y cansado, no me pude resistir porque te tuve demasiada lástima…

Lástima. Shapner jamás imaginó que una palabra tan simple pudiese doler tanto. Por otra parte, esforzándose por comprender el significado de tal declaración, el rubio podría jurar que todo se derrumbaba dentro de él sin que supiese cómo detenerlo. Esta se suponía que sería una noche mágica y especial para los dos; se suponía que sería la primera de muchas alegrías que estaban por venir.

Pero eso no era más que una fantasía; una fantasía que reventó como una burbuja.

Tienes que saberlo, Shapner. Ya no voy a engañarte más–agitada, pero sin retroceder, Videl fue exorcizando sus demonios uno tras otro–en ese momento, cuando me lo pediste, acepté porque me provocaste muchísima lástima. No quería lastimarte más de lo que ya estabas, por eso accedí. Si un beso te hacía sentir mejor, entonces no me negué…

No, eso no puede ser verdad.

¡Sí lo es, es la verdad! –exclamando, a Videl no le importó que a alguno de los invitados de la fiesta del alcalde la escuchase gritar–pero luego las cosas se complicaron aún más. Sin darme cuenta, poco a poco, fue hundiéndome en un pantano lleno de mentiras del que creí que nunca podría salir.

Pero hemos estado juntos desde hace días. Tuvimos nuestra primera cita; e incluso, conocí a tu padre. Nada de eso puede haber sido una mentira, las últimas semanas no pueden ser una mentira–aferrándose a los momentos que compartieron juntos como si fuesen una cuerda de salvamento, Shapner, luchando por objetar la confesión de Videl, vio como todos y cada uno de sus anhelos para el futuro fueron esfumándose ante él–te he demostrado cuánto te amo, Videl. Y eso no es ningún engaño, es real.

Sé que me amas, no dudo de tus palabras; pero no puedo corresponderte como lo deseas–notando como Shapner daba un paso hacia atrás, Videl recordó aquel sueño que tuvo, donde, literalmente, le arrancaba el corazón al decirle la verdad–desde que ese día en el hospital, me he mantenido contigo por motivos egoístas. Cuando apareció el Gran Saiyaman, me di cuenta que yo no era quién creía ser; no era tan fuerte ni tan invencible como mi soberbia me decía. Verte casi morir, fue la confirmación de eso.

Ese desgraciado te está separando de mí, él no quiere que estemos juntos…–terco, negándose a escuchar a Videl, Shapner volvía a culpar al superhéroe de sus desgracias–esto es exactamente lo que él desea; pretende que nos volquemos el uno contra el otro.

¡No, no estás escuchando nada de lo que te estoy diciendo! –Al igual que Gohan, desgraciadamente para Videl, Shapner parecía no estar prestándole atención–me desmoroné por dentro; me sentí tan inútil que preferí renunciar a la policía antes que arriesgarme a cometer otro error fatal. El Gran Saiyaman podrá vestirse como un payaso, pero lo que él puede hacer es muy real. Y nada de eso lo puedo hacer yo.

No sabiendo qué responder, Shapner, volteándose para ver las brillantes luces de la ciudad, trataba de encontrar una solución a este desastre; aunque supiese que no la encontraría.

Cuando te dieron de alta en el hospital y me invitaste a salir, vi mi oportunidad para olvidarme de mi derrota pero también recordé que tenía una enorme deuda contigo. Así que por esas dos razones decidí aceptar tu invitación: pagaría mi deuda haciéndote feliz mientras huía de mis problemas–caminando al extremo opuesto del balcón, Videl, sujetándose de la barandilla perimetral que lo rodeaba, imitó al rubio mirando las luces artificiales que iluminaban Ciudad Satán–durante las últimas semanas me dediqué a usarte como un placebo, una anestesia que aliviara mis culpas. Pero en el fondo, nada había cambiado: seguía viéndote como un buen amigo; alguien en quien podría confiar pero no en alguien del cual enamorarme.

Esa última frase fue lapidaria para Shapner.

He sido una hipócrita, una mentirosa y una sinvergüenza. Sé que es muy posible que me odiarás por el resto de tu vida por decirte todo esto, pero ya no podía seguir sosteniendo esta mentira.

Videl; mi amor, yo nunca te…

No, Shapner. No me digas así, no es justo para ti que llames de esa forma a alguien que no siente lo mismo por ti. Y tampoco es justo que veas como tu novia a una chica que sólo te ha visto como un juguete.

Para Videl era prácticamente imposible leer los pensamientos de Shapner en ese instante, de haber podido hacerlo, se hubiese sentido mucho más miserable de lo que ya se sentía. Ya que Shapner, golpeado mentalmente por lo que ocurría, se vio a él mismo mucho más joven en el pasado, cuando, al ser un recién llegado a Ciudad Satán, la conoció en su primer día de clases.

Era un ángel, pensó Shapner, no había otra manera para describirla. Ella era la niña más hermosa que podía existir: largas coletas negras que caían sobre sus hombros como cascadas, y sus ojos, tan azules como zafiros, lo hechizaron llegando a soñar con ella en muchas ocasiones. Antes de conocerla, Shapner no entendía el significado de la frase: "amor a primera vista"; así pues, fue Videl quien se lo explicó.

De ese modo, colocando un ladrillo a la vez, Shapner fue construyendo toda clase de sueños e ilusiones que esperaba materializar en el futuro, los cuales, al entrar en la adolescencia, fueron volviéndose más y más ambiciosos: imaginó su boda con Videl miles de veces, fantaseó con cada beso y caricia que le obsequiaría en su ansiada luna de miel, y, por último, pensó en varios nombres para sus hijos venideros.

Sin embargo, dichas fantasías fueron construidas sobre inestables arenas movedizas, que ahora, al ser sacudidas con violencia por el terremoto que Videl desató, empezaron a derribar sus deseos desde sus cimientos hasta dejarlos hechos añicos. Videl, en términos boxísticos, lo tumbó a la lona con un demoledor derechazo, que Shapner, sencillamente, no fue capaz de eludir.

Ese fue un golpe que no sólo acabó en el idílico noviazgo que creía tener con ella; si no también, que destrozó su orgullo en todos los niveles imaginables. Recuperarse de algo así necesitaría tiempo, incluso más que el requerido para sanar su herida de bala.

¿Entonces esto significa que estás rompiendo conmigo, Videl?–no pudiendo decir algo más, Shapner, con voz seca y derrotada, le realizó una pregunta cuya respuesta era más que obvia.

Sí Shapner, por tu propio bien, estoy rompiendo contigo–todavía dándose la espalda el uno al otro, Videl le respondió con el mismo tono de voz bajo y triste–lamento tanto todo esto, pero ya no puedo mentirte más. Sé que no merezco tu perdón; sé me ganaré tu odio eterno, pero si continuamos con esta farsa, sólo seguiremos haciéndonos daño. Lo más sano para los dos, es seguir con nuestras vidas tomando caminos separados.

Es fácil para ti decirme todo esto; es muy fácil decir adiós mientras me dejas hecho pedazos–enojado, sintiéndose profundamente traicionado, Shapner no pudo evitar hablarle como nunca antes lo había hecho–yo confiaba en ti como jamás podrás imaginarlo, Videl. Arriesgué mi vida por ti sin dudarlo, lo hice porque no podría vivir en un mundo donde ya no existirías…

Shapner, yo no…

No digas más, Videl. Ya has dicho suficiente…

Para Videl era normal ver a Shapner fanfarroneando o haciéndose el gracioso en la escuela; no obstante, en todos sus años de conocerlo, jamás, ni una sola vez, el rubio se había atrevido a hablarle con ese tono tan áspero y hostil. A la pelinegra, pensándolo con rapidez, le fue muy claro que esa era una de las dolorosas consecuencias que tendría que pagar luego de haberle confesado la dura verdad.

Acababa de perder no sólo a su primer novio; acababa de perder a quien fue uno de sus mejores amigos desde que era niña y eso le dolía en el alma. Tal vez Shapner no era el hombre que estaría destinado a ser su pareja por el resto de su vida; pero el rubio, sin tomar en cuenta su enamoramiento obsesivo con ella, era una de las poquísimas personas que la valoró por quien era y no por la riqueza de su padre.

¿Cómo se tratarían desde hoy en adelante?

¿Shapner se dignaría a volver a mirarla a los ojos?

Videl no sabía cómo contestar a esas preguntas, aún era demasiado pronto para hacerlo. Aún así, aceptando con tristeza que sus acciones la llevaron a destruir una amistad que parecía eterna, Videl comprendía que era su turno para salvar a Shapner tal y como él la salvó de morir. Si bien le era obvio que él no quería hablar con ella al respecto, Videl se dispuso a intentarlo sin importarle el costo.

Estoy consciente que escucharme hablar es lo último que deseas hacer ahora mismo, pero por lo que más ames en este mundo, no pelees mañana con el Gran Saiyaman–con la misma sinceridad con la cual rompió su falsa relación, Videl, apelando a la cordura, le imploraba que recapacitara–él tiene la fuerza suficiente para matarte, podría romperte todos los huesos como mondadientes si así lo quisiese. No lo hagas por mí; hazlo por tus padres y por tu propia seguridad. Te lo suplico, detén esta tontería antes que pase algo malo.

¿Algo malo, dices? –Interrumpiéndola, Shapner le cuestionó– ¿por lo que más ame, dices?

Al unísono, como si ambos lo hubiesen planeado, tanto Shapner como Videl se giraron para quedar frente a frente.

¡Tú eras lo que más amaba en el mundo, Videl! –Vociferando, Shapner le apuntó con un dedo–yo hubiera metido las manos al fuego si me lo hubieses pedido; hubiera hecho lo que sea con sólo que me lo pidieras. Pero eso se acabó justo esta misma noche, ya no tienes ningún derecho a decirme cómo manejar mi vida. Lo que haga o deje de hacer, no es de tu incumbencia.

¡Este no es el momento para comportarse como un niño berrinchudo! –Objetándole, sacando a relucir su carácter combativo, Videl se negaba a dar por perdida esa batalla– ¿por qué persistes en continuar con esto, Shapner?

Ya no me queda nada más que perder, lo más valioso que tenía lo perdí hace un minuto. No me importa lo que me suceda después de esta noche; ya lo he perdido todo…

Sin decirle ni una palabra más, cerrando sus labios por completo, Shapner rompió el contacto visual con su ahora exnovia y abrió la puerta del balcón para retirarse. Videl, deteniéndose justo cuando se disponía a correr tras él, miró al suelo buscando sus tacones que permanecían donde los había tirado antes de la llegada del Gran Saiyaman. Veloz, sin ponérselos, los recogió y corrió descalza detrás de él.

Así pues, regresando al interior del ayuntamiento, a Videl no le importó las miradas indiscretas y curiosas que los allí presentes tuvieron para ella al verla marcharse tan apresurada. Su cabello despeinado, vestido arrugado y aspecto agitado, fueron, inevitablemente, un imán que atrajo toda clase de comentarios hacia ella de los reporteros y fotógrafos; aún así, Videl pasó entre ellos ignorándolos.

Pronto, ganándose la atención de la pelinegra, su padre apareció en su campo visual haciéndole un gesto para que lo siguiera. Minutos después, sentada justamente al lado de Shapner, tanto ellos como el campeón mundial, se hallaban en el vehículo que los llevaría de regreso a casa al terminarse el baile de gala. Y por más que quiso conversar con el rubio, bajo tales circunstancias, le fue llanamente imposible.

El viaje se vio protagonizado por una silenciosa e incómoda atmósfera que, con premura, le indicó a Mr. Satán que algo no andaba bien entre su hija y su yerno. Videl, en sus adentros, no tuvo más remedio que aceptar que no podría hacer nada más por ahora. Tendría que esperar a la mañana siguiente para intentar persuadirlo una vez más; sin embargo, como lo sabía actualmente, eso tampoco le fue posible.

– ¡Más rápido, más rápido! –Desesperada, ansiosa por llegar, Videl le hablaba a su aeronave como si esta pudiese entenderle– ¡vuela más rápido, maldito pedazo de chatarra!

Pero sus palabras y protestas de nada sirvieron, la turbina de su nave ya trabajaba a máxima capacidad. Ante aquel panorama, volviéndose cada más intenso, el mal augurio que brotó en su pecho la convenció que no podría hacer nada por detener aquella locura. Shapner sufriría una muerte horrenda a manos del Gran Saiyaman; no obstante, la responsable de aquel infierno era ella misma y nadie más.

Volando, sin apartar la mirada del horizonte frente a ella, Videl se quedó sin habla temiendo lo peor. Pasase lo que pasase, ella, hasta que diese su último aliento, jamás olvidaría ese día.


– Adiós, Shapner…

Confiado por su victoria, esbozando una sonrisa que evocaba a los villanos que enfrentó en su niñez, Gohan le dio un último vistazo a Shapner antes de soltarlo. El rubio, teniendo un aspecto terrible, ni siquiera podía hablar con claridad debido a la mandíbula dislocaba, que obtuvo, gracias al no tan heroico superhéroe, luego de haber sido castigado con un severo y demoledor puñetazo.

El saiyajin, encontrándose a varios kilómetros de altura sobre la superficie terrestre, se despidió de su maltratado compañero de escuela antes de finalmente dejarlo caer al vacío. Tal y como se lo dijo minutos antes, sería la gravedad, y no él, quien le diese fin a su patética existencia. Así pues, viéndolo precipitarse en caída libre a gran velocidad, Gohan permaneció flotando regodeándose de su triunfo.

Videl, finalmente, estaría liberada de las cadenas que Shapner le impuso. Incluso si ella misma continuaba adoctrinada para pensar lo contrario, Gohan, seguro de sí mismo, le demostraría que se equivocaba. Por otra parte, ardiendo dentro de su pecho, Gohan sentía como el orgullo que le fue heredado por miles de generaciones de saiyajins, corría, por sus venas, más ardiente que nunca.

El enemigo fue confrontado, humillado y abismalmente derrotado. Shapner, al tratarse de un insignificante terrícola, jamás representó una amenaza para él. Inclusive, ridiculizándolo aún más, Gohan se dio el lujo de derrotarlo con sólo un golpe. Tal vez no será una pelea que presumirá por el resto de su vida; empero, al liberar a la chica que le gustaba, dicha disputa tendrá un sitio especial en su memoria.

– He honrado el legado de mis ancestros y he defendido el orgullo de los saiyajins, ojalá estuvieras aquí para verme, papá…

Pero al decir aquello, Gohan, liberándose de su trance, se vio sorprendido por sus propias palabras. Hacía ya siete largos años desde que Goku murió, y en su ausencia, sintiéndose culpable por lo ocurrido en la batalla contra Cell, un joven Gohan se vio en la obligación de asumir el rol del hombre de la casa. Convirtiéndose, para su hermano menor Goten, en el ejemplo a seguir queriendo ser igual que él.

Aún así, antes de todo eso; antes de que Cell apareciese, Gohan tuvo la fortuna de presenciar, desde primera fila, como su padre defendía la Tierra de cuanto sujeto malvado pretendía destruirla o conquistarla. Goku, casi muerto, llegó al límite de sus fuerzas para derrotar a Vegeta. Más tarde, viajó millones de kilómetros en el espacio para destruir el imperio galáctico que Freezer gobernaba.

Y estando con él en su entrenamiento en el templo sagrado, Gohan, al ser del único testigo allí presente, observó cómo Goku sobrepasó todas las barreras inimaginables, volviéndose, contra todo pronóstico, más poderoso que el mítico Súper Saiyajin. No obstante, ignorando su propio poder en ese entonces, Gohan, sin sospecharlo, no imaginaba que él había superado el nivel de su padre y el del mismísimo Cell.

No haría dicho descubrimiento hasta ser llevado al extremo de su paciencia por Cell, el cual, destruyendo la cabeza decapitada del androide Número Dieciséis, desbloqueó su potencial reprimido dejando salir a la bestia de su jaula. Por ende, relevando al legendario Son Goku, Gohan cargó en su espalda el peso de proteger el planeta así como de salvaguardar a la indefensa humanidad.

Y fue en ese momento, al verse embriagado por el éxtasis de creerse invencible, que Gohan, sin tener la intención de hacerlo, cometería el mayor error en su vida; un error que lo marcaría para siempre. Imponiéndose sobre su raciocino humano, la genética saiyajin que formaba parte de él se apoderó de sus acciones, dándole, a Cell, la oportunidad de pensar y ejecutar una devastadora venganza suicida.

Pero Goku, asumiendo como si fuese suya la equivocación de Gohan, se encargó de todo no sin antes despedirse de su primogénito. Aquella corta conversación, hasta el día de hoy, continuaba provocándole escalofríos a Gohan; empero, teniendo un efecto más profundo en él, sería la despedida final de su padre en el templo de Kamisama la que resurgió entre sus recuerdos para visitarlo de improviso:

Ya no me necesitan porque Gohan se ha vuelto más fuerte que yo, él se encargará de proteger la Tierra ahora que ya no estaré. Confío en él, sé que la Tierra está en buenas manos.

Su padre decidió permanecer en el otro mundo porque entendió que él, sin desearlo, era el causante de atraer a todo villano que existiese en el cosmos solamente para desafiarlo a pelear. Y la Tierra, no teniendo más alternativa, se convertía en el escenario para cada una de sus batallas saliendo terriblemente lastimaba. Por ello; aunque le doliese, Goku tomó la decisión de no regresar.

Aún así, sabiendo que alguien debía ocupar su lugar, Goku depositó toda su confianza en su hijo mayor encomendándole la tarea de ser el guardián y protector de la Tierra. No muchos hubiesen podido soportar una carga tan pesada; muchos simplemente hubiesen tirado la toalla, pero Gohan le prometió a su padre que haría su mejor esfuerzo. O al menos así fue en un principio, ahora era muy distinto.

Si bien se dio cuenta de la dirección que empezó a tomar, Gohan, sin que lograse evitarlo, fue desviándose de las enseñanzas de su padre adoptando un estilo más violento que era más característico de Vegeta. El odio irracional, el rencor enceguecido y la barbárica sed de sangre lo llevaron justamente a donde se encontraba: flotando en lo alto del cielo luego de haber sentenciado a muerte a un amigo.

¿Qué pensaría Goku si se enterara de lo que ha hecho?

¿Es posible que su padre estuviese observándolo desde el más allá todo este tiempo?

Tal posibilidad dejó pálido a Gohan, la mera idea de ser observado lo aterró a tal grado de volver a sentirse como un niño asustado. No sólo había roto la promesa que le hizo a su padre antes de partir; si no además, que incluso imitó al maligno de Cell, al asesinar, con sus propias manos, a alguien incapaz de defenderse. Traicionó todo aquello que alguna vez defendió; y peor aún, se traicionó a sí mismo.

– ¿Pero qué he hecho?

Ya con la cabeza fría, sintiendo como el alma se le desplomaba a los pies, Gohan experimentó un pánico indescriptible que estuvo a punto de dejarlo paralizado donde se hallaba. No obstante, bajando la mirada, los ojos de Gohan distinguieron como una diminuta silueta se tornaba más y más pequeña con el trascurso de los segundos. No era necesario pensar mucho para saber quién era.

– ¡Shapner!

Aterrorizado, siendo muy consciente de lo que ocurriría si Shapner impactaba contra el suelo a esa velocidad, Gohan, persiguiéndolo de inmediato, comenzó a volar tras de él acelerando hasta romper la barrera del sonido. Entretanto se esforzaba por salvarlo, su imaginación, torturándolo como castigo por sus acciones, le mostró varias imágenes mentales de lo que pasaría si fallaba.

Lo vio chocar destrozándose en mil pedazos, fue un espectáculo repugnante. Observó, con macabro detalle, como varias partes del cuerpo de Shapner rebotaban en todas direcciones dejando una mancha rojiza en el sitio del choque. Muchísimos trozos de hueso, fragmentos de sus órganos aplastados y abundante sangre, plasmaron en el piso, de un modo atroz, el virulento final del exnovio de Videl.

Pestañeando, tratando de borrar dicha ilusión de su mente, Gohan sacudió su cabeza repitiéndose una y otra vez que eso no sucedería. No podía precisar con exactitud cuánto le faltaba a Shapner para completar su mortal viaje; empero, gracias a su brutal aceleración, el Gran Saiyaman consiguió reducir la separación entre ambos acercándose a Shapner a poco más de un metro.

– ¡Ya casi lo alcanzo!

Extendiendo un brazo, viendo como las puntas de sus dedos lo tocaban por escasos centímetros, el intelecto de Gohan, tomándolo desprevenido, lo forzó a recordar una de las tantas lecciones que aprendió en la escuela: Las leyes del movimiento. Cualquiera pensaría que era una estupidez considerar algo así en un momento como ese; sin embargo, Gohan aceptó que ni siquiera él podía eludir a la física.

Si detenía a Shapner en seco, como lo pedía el sentido común, la inercia lo mataría debido a toda la energía cinética que acumuló en su caída libre. Por lo tanto, tratándose de la opción más segura, Gohan optó por frenarlo gradualmente hasta que ambos tocasen tierra con suavidad. Si bien su madre se decepcionaría por lo que provocó, le gustaría saber que las duras secciones de estudio dieron sus frutos.

Así pues, mirando como los edificios de aquella desolada estación de trenes se convertían en gigantes ante ellos, Gohan, rodeando a Shapner por la espalda, lo sujetó con firmeza con un abrazo salvador. Enseguida, tal y como lo planeó, fue desacelerando el descenso con el cual se precipitaba ralentizando su fatal aterrizaje. Y así, de a poco, fue aproximándose al suelo hasta posarse con delicadeza sobre él.

– Lo logré; pude salvarlo…

Pese a haber evitado que muriese, el pelinegro, todavía sin soltarlo, respiraba con una sonora agitación asimilando lo vivido. En un inicio, sin darse cuenta de ello, se fue enamorando de Videl gracias a conocerla más de cerca en sus enfrentamientos cotidianos con ladrones y mafiosos; empero, dejándose convencer por los celos y la envidia, su amor por ella sacó a la luz su cara más oscura y malvada.

Varios años atrás, en uno de los tantos libros que su madre le obsequió en su juventud, Gohan leyó que cada ser viviente caminaba sobre una delgada línea que separaba el bien del mal; dicha línea se conocía como la moral. En el camino, a medida que cada persona crecía y se enfrentaba a los diversos desafíos de la vida, era su deber hacer las elecciones correctas para mantener el equilibrio entre ambas fuerzas.

Al luchar con Cell en su torneo, Gohan, corrompido por el destructivo orgullo de los saiyajins, se inclinó demasiado hacia la izquierda provocando que su padre tuviese que sacrificarse para arreglar el desastre que él propició. Y para su desgracia, tropezando con la misma piedra en la actualidad, Gohan no escuchó los consejos de Picorro ni sus advertencias volviendo a cometer otra gravísima equivocación.

¿Cómo podría mirar a los ojos a su madre cuando volviese a casa luego de lo ocurrido?

¿Cómo reaccionaría Videl cuando supiese que intentó asesinar a Shapner?

¿Cómo serían las cosas con Shapner ahora que su pelea se terminó?

– Fui un grandísimo estúpido, no puedo creer que haya pensado que esto sería una buena idea.

Pero por más válidas y ciertas que fuesen sus dudas, Gohan, teniendo que dejarlas para después, procedió a acostar a Shapner, notando, casi de inmediato, que el rubio había perdido el conocimiento. Era fácil suponer que el susto de morir, sumado a la falta de oxígeno en las capas más altas de la atmósfera, se confabularon para enviar a Shapner al reino de la inconciencia.

Comprobando que su corazón aún latía, el hermano de Goten, impresionado por la magnitud de las heridas que él mismo le causó a Shapner, sintió náuseas al ver lo cerca que estuvo de asesinarlo. En el pasado, cuando eliminó a sujetos despreciables como Cell, Gohan; aunque fuese técnicamente un homicidio, jamás experimentó culpa o remordimiento por haberlos liquidado.

No eran humanos ni tampoco eran criaturas benévolas; al contrario, eran unos monstruos venidos del infierno cuyos únicos propósitos eran expandir el terror y la ruina sólo por diversión. Sin embargo, en el caso de Shapner, aquella excepción a la regla no podía aplicarse. Shapner era un fanfarrón, un tipo molesto en ocasiones y un pésimo bromista, pero nada de eso lo hacía merecedor de ser asesinado.

Viendo sus manos enguantadas manchadas con la sangre de Shapner, Gohan, estudiándose con lentitud, notó muchas salpicaduras rojizas en varias partes de su traje de superhéroe. Dicho traje, confeccionado por la brillante genialidad de Bulma en un par de horas, se suponía que representaría los deseos de Gohan por traer paz y justicia a la corrompida Ciudad Satán.

Pero ahora, casi un año después de haberse puesto el disfraz por primera vez, Gohan se dijo en sus adentros que fue demasiado ingenuo y estúpido al creer que él podría ser un héroe. Videl, al sentirse superada, renunció a su misión justiciera al pensar que ya no era necesaria. Y Shapner, llevado al límite por las provocaciones de Gohan, lo veía más como un enemigo que un defensor de los desamparados.

– Esta será la última vez que me pondré este traje, el Gran Saiyaman desparecerá para siempre a partir de hoy–sintiendo un profundo asco por sí mismo, Gohan, apretando sus puños hasta escucharlos crujir, se hizo una promesa en aquella maltrecha estación ferroviaria–lo único que he hecho es traerles desgracias a los demás, lo mejor será que no regrese a Ciudad Satán nunca más…

Con la preparatoria prácticamente terminada, tanto a Gohan como a sus restantes compañeros, sólo les faltaba recoger sus diplomas para iniciar sus carreras universitarias. Tan pronto como se hubiese graduado, Gohan, sin dudarlo, aceptaría la oferta de su madre de ingresar a la misma universidad que Bulma en la Capital del Oeste. Haría sus maletas y se alejaría lo más que pudiese de Ciudad Satán.

Aquella era la única solución viable. Considerando todo el sufrimiento que les trajo a Videl y Shapner, el saiyajin, avergonzado hasta la médula, presentía que se necesitaría de muchísimo tiempo para que sanasen las heridas que se abrieron entre los tres. Ni Videl ni Shapner podrían perdonarlo fácilmente; inclusive, él mismo, no podría perdonarse todo lo que hizo en menos de un santiamén.

– Resiste, Shapner. Te prometo que todo estará bien muy pronto…

Buscando en su cinturón, exactamente igual como lo hizo anoche, Gohan tomó una de las muchas semillas del ermitaño que el Maestro Karin le obsequió con la clara intención de restaurar al rubio. Empero, evidenciando que no sería tan simple como pareciese, Gohan se vio ante el obstáculo de suministrarle aquel fruto milagroso a un convaleciente Shapner incapaz de masticar.

A raíz del puñetazo que le dio unos minutos antes, la mandíbula de Shapner, parcialmente dislocada, no sólo le brindaba un aspecto terrible; si no también, que le imposibilitaba hacer algo tan sencillo como comer. Al verlo en ese estado, Gohan creyó que Shapner acabaría muriendo a pesar de su acrobático rescate; sin embargo, viniendo a su auxilio, una idea se encendió en su cabeza como una bombilla.

– Vamos Shapner, necesito que cooperes conmigo…

Habiendo aplastado la semilla entre sus dedos, el hijo de Goku, convirtiéndola en una delgada masa verdosa, le abrió la boca con cuidado a Shapner lanzándole en su interior dicha pasta. Seguidamente, dándole unas suaves palmadas en el rostro, Gohan se esforzaba por hacerlo reaccionar para que tragase su medicina. De no conseguirlo, a Gohan únicamente le quedaban dos alternativas nada gratas.

Si lo cargaba en brazos, y lo llevaba a un hospital, los médicos se harían cargo de sus lesiones pero tardaría mucho en reponerse. Asimismo, como es lógico suponer, Shapner les contaría a todos que el responsable de casi matarlo era el Gran Saiyaman. Gohan, recordando el bochornoso espectáculo que protagonizó al triturar a un cuarteto de asaltabancos, sabía que nadie dudaría de la historia de Shapner.

La segunda implicaba pedirle ayuda a Dende, el cual, con sus poderes curativos, lo sanaría con mucha más rapidez que cualquier hospital. Aún así, eso significaría que tendría que explicarles lo que pasó. Gohan, literalmente, se moriría de vergüenza al contarles a Dende y Picorro lo que ocurrió con Shapner, explicándoles, con honestidad, que intentó eliminarlo porque se dejó manipular por los celos.

– ¡Vamos, trágatela! –No queriendo elegir ninguna de las dos opciones, el pelinegro, con ansiedad, le imploraba al rubio para que despertase– ¡estarás como nuevo en un segundo, te lo garantizo!

Abruptamente, interrumpiendo sus desesperados intentos por reanimar a Shapner, Gohan sintió como algo colisionó contra su casco, el cual, no resistiendo el impacto, explotó en miles de diminutos fragmentos, que dejaron, al descubierto, su cara. Pestañeando, confundido por aquel suceso tan repentino, Gohan miró de soslayo como numerosas siluetas lo rodeaban al mantener su distancia.

Mientras Gohan hacía hasta lo impensable por salvar al rubio, Van Zant, desde su escondite, vigilaba la situación con sus binoculares sin quitarle los ojos de encima al incauto enmascarado. Al ver que el Gran Saiyaman se encontraba distraído y con la guardia baja, Van Zant, con astucia, no se demoró en ordenarles a sus tropas que iniciasen con el ansiado ataque final.

– ¿Pero qué está ocurriendo?

Teniendo su faz desnuda y sin nada que la cubriese, Gohan, dando algunos saltos hacia atrás, sintió como muchísimos y constantes proyectiles chocaban con él al verse atacado por un batallón armado. Mirando de soslayo a Shapner, el saiyajin, no queriendo que ninguna de esas ráfagas lo alcanzase, procedió a alejarse del moribundo rubio para brindarle una mínima protección.

Por otra parte, protegiéndose a sí mismo al cruzar sus brazos frente a él, Gohan, tildándose de estúpido e inútil, se reprochó por no haber sido capaz de descubrir la presencia de tantos sujetos en esa aparente estación abandonada. No le quedaba la más remota duda que haberse olvidado de los entrenamientos le pasó factura, sus sentidos habían perdido agudeza y capacidad de reacción.

Aún así, ya era muy tarde para lamentarse por sus descuidos. Sean quienes sean dichos desconocidos, Gohan no tenía más remedio que hacerles frente y neutralizarlos a todos. Empero, no deseando cometer otra equivocación que lo atormentase, el hijo de Goku se prometió que ninguno de ellos moriría por sus manos. Lo quisiese o no, esta será la última pelea del Gran Saiyaman.

Al terminarse este día, fuese cual fuese el resultado, el superhéroe colgaría la capa para siempre.


– En ocasiones, las cosas no ocurren como se planean…

Desde un principio, Van Zant sospechó que enviar a un chico inválido a pelear contra el Gran Saiyaman no era una buena idea; sin embargo, permitiendo que Mr. Satán concretara sus absurdos planes, el mafioso simplemente se quedó mirando esperando su momento para intervenir. Y como lo pensó, al ver como Shapner era derrotado con suma facilidad, Van Zant no quiso esperar más y actuó.

Así pues, tan pronto como se deshizo de Mr. Satán, Van Zant, reafirmando su liderazgo ante sus soldados, vio su oportunidad de atacar cuando el Gran Saiyaman, reapareciendo en escena luego de su súbita desaparición, regresó a tierra en compañía de Shapner. Ver al rubio lo sorprendió genuinamente, para Van Zant, Shapner ya era la primera víctima antes de iniciar el tiroteo.

Por ello, al percatarse que el superhéroe le prestaba demasiada atención al rubio, Van Zant, no aguardó más y dio por comenzada la operación. Comunicándose con sus hombres por medio de la radio, el mafioso, ordenando un tiro preciso y directo a la cabeza de ese payaso, le giró instrucciones a uno de los tres artilleros que manipulaban las ametralladoras calibre cincuenta que compró en el mercado negro.

– Una vez que se ejecute el disparo perderemos el factor sorpresa, asegúrense que dar directo en el blanco–Van Zant, susurrando y manteniéndose protegido en la lejanía, continuaba vigilando al Gran Saiyaman con sus binoculares–tenemos que acabar con ese desgraciado, sólo tenemos una oportunidad antes que se dé cuenta que estamos aquí.

Originalmente, Van Zant planificó que Shapner actuara como un anzuelo que atrajese al Gran Saiyaman hasta la antigua aduana de la estación, una vez que estuviese allí dentro, con sólo accionar un botón, más de doscientas cargas explosivas demolerían aquel viejo edificio sepultando al enmascarado debajo de miles de toneladas de escombros. Pero al ser Shapner vencido, aquel plan tuvo que cambiarse.

Con anterioridad, llegaron a sus oídos historias que afirmaban que las balas no eran capaces de lastimarlo; no obstante, esperando que esta vez las cosas fueran diferentes, Van Zant depositó su confianza en aquellas ametralladoras, que el ejército, con regularidad, empleaba para perforar gruesos blindajes así como para derribar aviones al colocarlas en baterías antiaéreas.

– Disparen tan pronto como lo tengan en la mira…

Siendo un amante de las armas desde su descarriada juventud, Van Zant, complaciéndose al escuchar la potencia de aquel artefacto bélico, mantuvo su vigilancia sobre el Gran Saiyaman, pudiendo presenciar, segundos más tarde, como el casco de ese bufón explotaba en mil pedazos al ser destruido por aquella bestial munición. Empero, lo que ocurrió inmediatamente después, lo dejó el doble de sorprendido.

Demostrando que las leyendas sobre él eran ciertas, el Gran Saiyaman, increíblemente, pudo sobrevivir a un disparo certero a su cabeza sin lucir ningún daño. Aunado a eso, al quedarse sin nada que ocultase su rostro, Van Zant pudo contemplarlo sin obstáculos descubriendo que aquel individuo no era más que un chiquillo de la misma edad que Shapner. Eso era un detalle que ni en sueños hubiese imaginado.

Pero, saliendo de su asombro, Van Zant se recordaba que esto apenas comenzaba.

– ¡Abran fuego, disparen todo lo que tenemos!

Sabiendo que su presencia fue delatada, Van Zant, dispuesto a impedir que el Gran Saiyaman tuviese su turno para responder, renunció al sigilo para empezar con el bombardeo total. Así pues, el batallón de mercenarios y cazafortunas que reclutó, acatando sus indicaciones, abandonó sus escondites a lo largo y ancho de la estación ferroviaria para comenzar a descargar una descomunal lluvia de plomo contra él.

Como efecto secundario de dicha ofensiva, bloqueando la visión de Van Zant, una espesa cortina de polvo y pólvora se levantó frente al Gran Saiyaman impidiéndole seguir observando con claridad la batalla. Entretanto él permanecía refugiado lejos de la acción, arriesgando sus pellejos para eliminar al desenmascarado héroe, sus subordinados fueron cerrando el cerco entre ellos y él.

Algunos se reían y se divertían como si estuviesen jugando un videojuego, otros, más serios pero ansiosos por terminar con esto tan rápido como pudiesen, no dejaban de presionar los gatillos de sus fusiles, viendo, muy de cerca, como cada una de sus descargas impactaban contra su solitario enemigo, el cual, quedándose inmóvil cubriéndose la cara con sus brazos, no daba señales de contraatacar.

Pero, con la misma rapidez con la cual lo atacaron, muchos de ellos se dieron cuenta que el Gran Saiyaman continuaba de pie, resistiendo, sin problemas, sus incesantes disparos. Las burlonas carcajadas se fueron silenciando ante dicha singularidad, desatando, de inmediato, una avalancha de insultos y palabras de terror. Aquello parecía ser propio de una película, no podía ser la vida real.

Pese a sus dudas, así era.

– ¡Háganse a un lado, no estorben!

Gritando a sus espaldas, apuntándole al Gran Saiyaman, un sujeto armado con un lanzacohetes se abrió camino entre la multitud hasta colocarse en una posición ideal para dispararle. Y sin más, asegurándose de tenerlo en la mira, accionó el interruptor de lanzamiento provocando que un misil saliera disparado a gran velocidad, estallando, con espectacularidad, justo cuando hizo contacto con el superhéroe.

Una enorme bola de fuego se elevó en el cielo hasta tocar las nubes; entretanto, oscureciendo los alrededores, una espesa cortina de humo negro ennegreció al Gran Saiyaman mientras algunas llamas ardían en el aire. Aquel proyectil estaba diseñado para destruir tanques de guerra, era un armamento poderoso y era prácticamente imposible que un ser humano sobreviviese a una detonación como esa.

Pero, al no tratarse de un simple ser humano, tal argumento se desmoronaba cuando intentaba aplicarse con él. Ilustrando lo anterior de manera gráfica, aquellos pistoleros, al irse disipando el tizne con el viento, se percataron de como una silueta fue dibujándose poco a poco hasta quedar completamente expuesta. Y al verlo, en una sola pieza, la incredulidad los petrificó al instante.

Allí estaba Gohan, mirando a sus atacantes con una mirada enojada que los amenazaba con ser el último día de sus vidas. No obstante, manteniendo el control de sus emociones a pesar de los acontecimientos, el hijo mayor de Goku se tomó la molestia de respirar profundamente apaciguando su furia hasta tranquilizarse. Nadie morirá por mi culpa, se decía a él mismo. No macharía sus manos con más sangre.

– Escúchenme con atención. No tengo ni la más mínima idea de por qué ustedes están aquí, así que espero que resolvamos esto de la forma más pacíficamente posible–aprovechando que dejó sin habla a sus agresores, Gohan, hablando con su tono de voz normal al ya no tener un casco que lo cubriese, trató de ser amable y moderado con todos ellos–quiero que me digan quiénes son y qué hacen en este lugar, no hay necesidad de recurrir a la violencia.

Mirándose los unos a los otros por un momento, aquellos mercenarios pensaron en responder a sus preguntas; sin embargo, teniendo en sus mentes las órdenes de Van Zant, tomaron la peor elección imaginable:

– ¡Dispárenle!

Ya sea porque eran muy valientes o tremendamente estúpidos, volvieron a recurrir a sus armas aunque supiesen de antemano que no tenían ningún efecto en él. Aún así, actuando como los peones que eran en ese tablero de ajedrez, mantuvieron las descargas de manera constante mientras Gohan solamente las resistía. Pero quedarse inmóvil y sin hacer nada, no era algo que duraría para siempre.

Era una verdadera fortuna para Gohan, que Bulma, basándose en la avanzada tecnología extraterrestre de los saiyajins, hubiese copiado los materiales de sus armaduras para adaptarla a una tela con una resistencia y durabilidad excepcional. De no haber contado con ella, era más que probable que Gohan terminase casi desnudo al ser bombardeado sin piedad por tanta artillería.

– Supongo que tendremos que resolver esto por las malas…

Pasando a la ofensiva, Gohan, desplazándose con una aceleración que ningún terrícola podría percibir, corrió hacia el tirador más cercano que tuvo a su alcance, arrebatándole, con un manotazo, la ametralladora que sostenía en sus manos. Y frente a él, dándole otra y diminuta muestra de su poder, Gohan retorció el metal como si fuese papel reduciendo aquella máquina a meros trozos de chatarra.

Empero, aún no siendo suficiente para ellos, los demás continuaron disparándole, en tanto Van Zant, resguardado en su rincón, observaba todo con sus binoculares. Gohan, por su parte, sujetó al pobre diablo que desarmó por la chaqueta que traía puesta, y, teniendo la delicadeza de no matar a nadie, lo arrojó contra otros cuatro mercenarios con la potencia necesaria como para neutralizarlos.

– ¿Por qué no te mueres, maldito fenómeno? –Escuchando como alguien le gritaba a un costado, Gohan, volteando la mirada, vio como otro adversario le disparaba con la AK-47 que portaba consigo– ¡te mandaré al infierno de donde viniste!

Gohan, no prestándole mucha atención a sus insultos, únicamente se limitó a atrapar cada una de las balas que el cañón de aquel fusil le escupía a quemarropa. Para cuando se le agotaron las municiones a ese tonto, el hermano de Goten, dejando caer al suelo las esquirlas metálicas en las que se convirtieron aquellos proyectiles, los restantes enemigos que aún le hacían frente se apresuraron a alejarse de él.

No obstante, huir despavoridos no los salvaría de ser derrotados, ya que, volviendo a moverse más rápido que un relámpago, Gohan los fue tumbando con certeros pero no letales puñetazos dejando sólo a uno de ellos en pie. El cual, muerto de miedo, intentó utilizar sin éxito su M16 al hallarse descargado. Así pues, sin más remedio, desenfundó un revólver y con él empezó a dispararle al Gran Saiyaman.

– ¡No te me acerques! –aterrando, queriendo que la tierra se lo tragase, aquel desamparado hombre disparó una y otra vez hasta que su pistola se quedó vacía.

– ¿Podríamos tener una pequeña y civilizada conversación, por favor? –en menos de un parpadeo, quitándole su arma sin dificultades, Gohan lo inmovilizó al tenerlo agarrado del chaleco blindado que usaba–de verdad no quiero hacerte daño, sólo necesito un poco de información.

– ¡Te diré lo que quieras, pero no me mates!

– Así será, pero primero permíteme encargarme de un detalle…

Todavía encontrándose bajo los insistentes ataques de las ametralladoras de largo alcance, Gohan, creando una esfera de ki que los rodeó tanto a él como ese bandido, construyó una zona segura donde ninguna de esas descargas podían alcanzarlos. Enseguida, ofreciéndole una sonrisa amable, Gohan aflojó su sujeción sobre su acompañante queriéndole transmitir una pizca de tranquilidad.

– Ahora no podrán molestarnos, así que dime quiénes son ustedes y qué hacen aquí.

– Nos contrataron para matarte, nos prometieron mucho dinero si lo lográbamos…

– ¿Matarme? –Tal descubrimiento sorprendió mucho a Gohan, hasta donde él tenía entendido, su pelea con Shapner sólo los involucraba a ellos dos y a nadie más– ¿quién los contrató?

– Van…Van Zant, él nos reclutó a todos. Se hizo socio de un sujeto que nunca nos dijo su nombre, los dos fueron quienes planearon esta emboscada para eliminarte.

– ¿Van Zant?

Ensimismándose, metiéndose en sus pensamientos, Gohan estaba seguro de haber escuchado ese nombre muchas veces en el pasado. Fue en los noticieros de Ciudad Satán donde lo oyó por primera vez, al tratarse de una metrópoli plagada de delincuencia, en la televisión hablaban durante horas sobre las imparables olas de asaltos y robos que se denunciaban día tras día sin que la policía pudiese frenarlas.

Pensativo, buscando más profundo en su memoria, el saiyajin recordó que Videl, en algunas ocasiones, llegó a comentar que el peor gánster que había enfrentado era precisamente Van Zant. Si bien Gohan no lo conocía en persona, su reputación le precedía. No obstante, un elemento muy importante aún no le quedaba claro a Gohan: ¿Cómo supo Van Zant, en tan poco tiempo, que él y Shapner pelearían ahí?

– ¿Desde hace cuánto los contrataron?

– Hace dos semanas, hemos estado escondidos en este basurero desde hace días esperándote a ti y al chico rubio–apuntándole a Shapner que permanecía tirado en el piso, aquel sujeto le respondió temiendo por su vida.

– Eso no es posible, no hay manera alguna que ustedes supieran desde hace días que yo pensaba retar a Shapner–incrédulo en un principio, Gohan no se imaginaba la magnitud de la conspiración en su contra, que involucró, al mejor estilo de una película, al criminal más peligroso de la ciudad y al hombre más famoso del mundo–retarlo fue algo que se me ocurrió hasta hace muy poco tiempo, es imposible que Van Zant lo predijera.

– Van Zant nos dijo que él y su socio estuvieron planeando esto desde hace mucho, ese tal Shapner sería la carnada para que vinieras aquí y te atacáramos…

Todo parecía indicar que mientras él tejía sus propios planes, Shapner, también haciendo los suyos, acabó involucrándose con alguien tan infame como Van Zant. Pero, al tratar de conectar cada uno de los puntos, Gohan se daba cuenta que no poseía todas las piezas del rompecabezas. Inevitablemente, muchas preguntas más comenzaron resplandecer ante él sin que tuviese una contestación para ellas.

¿Cómo y cuándo se conocieron Shapner y Van Zant?

¿Quién era ese misterioso socio que se confabuló con Van Zant para eliminarlo?

Girándose, observando a Shapner quien continuaba sin moverse, Gohan deseaba que se recuperara pronto para aclarar de una vez sus dudas. Empero, no dándole tregua en su terca insistencia por atacarlo, otro pelotón de soldados de Van Zant le disparaba a la barrera de energía que creó utilizando más lanzamisiles portátiles. Aunque no lo quisiese, tendría que enfrentarlos y derrotarlos a todos.

Aquellas explosiones, generando enormes estelas de humo que llegaban hasta las nubes, eran visibles a muchos kilómetros a la redonda. Y Gohan, sin que lo supiese, no se imaginaba que Videl se dirigía hacia allí a la máxima velocidad de su avión. Preocupada, temiendo por Shapner y por Gohan, la otrora justiciera avistaba dichas fumarolas que le indicaban que nada bueno sucedía en aquel lugar.

– Te agradezco tu cooperación, la información que me diste es muy valiosa para mí–regresando su atención al individuo que tenía junto a él, Gohan, agradeciéndole, le afirmó–esto te dolerá un poco, pero te doy mi palabra que despertarás en unas cuantas horas.

– ¿De qué…?

Interrumpiéndolo, derrotando a un oponente más, Gohan le dio un ligero golpe en la nuca que lo dejó inconsciente instantáneamente. Así pues, tirándolo al suelo, el desenmascarado Gran Saiyaman se dio la vuelta para encarar a los cazafortunas que se atrincheraron en los alrededores. Hacía menos de una hora no imaginó un escenario como este; sin embargo, eran sucesos que exigían su participación.

Comenzando a flotar, subiendo a más de treinta metros de altura, Gohan trataba de alejar de Shapner los disparos para que ninguno llegase a alcanzarlo. De ese modo, preparándose para vencerlos, el hijo de Goku esperaba que al término de las hostilidades lograse obtener las respuestas que tanto le eran necesarias. Pero más allá de eso, también debería encarar las consecuencias de sus acciones.

Eso, definitivamente, será muchísimo más difícil que vencer al ejército que se apiñaba ante él.

Pero al mismo tiempo que Gohan era el blanco de miles de proyectiles, atrás y relegado del combate, el joven rubio que decidió enfrentarse sin la ayuda de nadie al Gran Saiyaman, comenzaba a dar sus primeros signos de conciencia al soltar algunos quejidos. Shapner, aún fantaseando con la falsa Videl de sus sueños, se vio abrazándola al obsequiarle un largo y apasionado beso que no parecía acabar nunca.

Aquello fue tan realista para Shapner que, inclusive, esbozó una deforme sonrisa feliz en su rostro herido y sangrante. De haber podido hacerlo, Shapner se hubiese quedado en esa ilusión viviendo una vida perfecta y mágica al lado de la mujer que amaba desde la infancia. En ese mundo no existía dolor ni traición de ningún tipo; era un mundo hermoso donde sus deseos para el futuro podían ser cumplidos.

No obstante, sin que tuviese el control de sus acciones, el exnovio de Videl desconocía que dentro de su boca permanecía un imprevisto invitado que esperaba por ser tragado. Y Shapner, al toser con levedad, acabó tragándolo. Era ni más ni menos que la semilla del ermitaño, que Gohan, cinco minutos antes, intentó hacerle comer para que se curare. Y no fue hasta ahora que dicho fruto haría su magia.

Los huesos de su mano rota crujieron y se retorcieron al ser reconstruidos, lo mismo ocurrió con su mandíbula dislocada al regresar a su posición natural. Igualmente, los dientes que perdió crecieron en segundos en tanto las hemorragias externas e internas en su organismo se cerraban. Y una vez que su salud fue reestablecida, sus ojos, abriéndose de golpe, lo trajeron de vuelta a la horrible realidad.

– ¿Dónde estoy? –Sintiéndose de maravilla, prácticamente como nuevo, Shapner fue levantándose con calma– ¿qué pasó con ese maldito del Gran Saiyaman?

Examinando el terreno circundante, quedándose sin habla, Shapner vio un sinnúmero de cuerpos humanos tirados por doquier, los cuales, en grandes cantidades, eran acompañados por casquillos de bala vacíos. Pero lo visual no fue lo único que llamó su atención, lo acústico provocó que se girase a un costado topándose con una imagen dantesca que daba la impresión de ser una pesadilla.

A lo lejos, siendo el foco de los ruidosos cañonazos que retumbaban en los oídos de Shapner, el rubio distinguió la inconfundible capa roja del superhéroe que se agitaba por los veloces movimientos de su portador. Aunado a eso, enfrascándose en un intercambio de ataques con los secuaces de Van Zant, el Gran Saiyaman, sin aprietos, los iba derribando uno tras otro al golpearlos con solamente sus puños.

– No tiene puesto ese ridículo casco…

Aún así, más allá de la violenta contienda de la que era testigo, Shapner, agudizando su visión, se percató que el pintoresco casco del héroe, un objeto característico en él, brillaba por su ausencia. A duras penas conseguía verlo desde el ángulo en que se ubicaba; pero, con total certeza, podía ver que el cabello de ese payaso era corto y negro. Aquel peinado, poderosamente, le resultó muy familiar.

Y esa sensación, incrementándose a niveles insospechados, casi le hizo explotar la cabeza cuando el Gran Saiyaman se volteó hacia atrás mientras luchaba con aquellos hombres. Esa cara la había visto miles de veces en la escuela cada mañana; esa cara se volvió parte de su rutina cotidiana al estar en el salón de clases y al caminar por los pasillos de la preparatoria. Esa cara era la de Son Gohan.

– ¿Gohan? –inicialmente pasmado, Shapner, petrificándose justo donde se hallaba, no podía creer lo que sus propios ojos veían– ¡no puede ser él, ese engreído sabelotodo no puede ser él!

Goleándolo como un martillo, tomándolo por sorpresa, sus recuerdos le hicieron revivir su conversación con el Gran Saiyaman ayer por la noche, donde él, con soberbia y confianza, le dijo que lo tenía vigilado muy de cerca desde hacía meses. En ese entonces, sin entender cómo era eso posible, Shapner no aceptó tal afirmación. Empero, al ver a Gohan en ese lugar, aquel misterio obtenía al fin una explicación.

Bombardeándolo, cayendo sobre él como centellas, muchos momentos del pasado aparecieron frente al rubio recordando la inusual disputa que tuvo con Gohan en la enfermería cuando Videl se lastimó, también recordó la actitud tan extraña que Gohan comenzó a mostrar hacia él en las semanas recientes. Aquello, dejándolo mudo, fue igual de abrumador que el derechazo de un boxeador.

Viéndolo volar y sobrevivir como si nada a los impactos de bala, Shapner, sin comprender cómo Gohan era capaz de lograr algo así, se mantuvo perplejo diciéndose a sí mismo que su más grande enemigo siempre estuvo a su lado todo este tiempo. El Gran Saiyaman, o mejor dicho, Gohan, no sólo lo humilló al derrotarlo con facilidad; además, tuvo la osadía de esconderse ante sus narices con éxito.

– No entiendo nada de lo que está pasando aquí, este día tiene que ser un maldito mal sueño…

Todavía sin cuestionarse su instantánea curación, Shapner, sintiendo algo pesado en uno de sus bolsillos, hurgó con prisa en él encontrando la granada de gas que Van Zant le entregó en secreto. Tal vez el rubio no podría imitar nada de lo Gohan lograba hacer; sin embargo, con aquella arma que sujetaba, al menos intentaría cumplir la promesa que se hizo días antes: acabar con el Gran Saiyaman.

No lo haría por Videl, ni por Mr. Satán ni por Van Zant. Lo haría por él mismo y por su propio honor, acabaría con ese desgraciado aunque le costase la vida.

Fin Capítulo Treinta y tres

Hola, muchas gracias por leer otro capítulo más de esta historia. Estoy tan cerca del final que ni yo mismo me lo creo, me resulta tan increíble que ya hayan pasado cinco años desde que comencé este fic. Siempre he sido muy lento para terminar mis fanfics, mi tiempo libre es muy limitado y cuando estoy a punto de acabar una historia me pongo un poquito "sentimental".

Todavía me faltan algunos cabos sueltos que necesito atar para resolver todas las tramas de la historia, creo que con sólo dos o tres capítulos más será suficiente para hacerlo. Originalmente tenía pensado que el fic tuviese treinta episodios, pero la historia se me alargó más de lo planeado y me vi en la obligación de extenderme. Les ofrezco disculpas por eso, pero el fic lo requería.

Antes de despedirme, les doy las gracias a SViMarcy, Lei1990, Guest, Kellz19, Akane Mitsui, Getsukei y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.