No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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Edward se miró al espejo y casi se muere de la impresión. Otro rasguño, y éste sí que se notaba. Eran tres líneas rojas en el cuello, bajo su oreja izquierda. Volteó para observar cómo iban los otros. Oh, eso no se veía nada bien. Tenía dos arañazos en la espalda, y uno de ellos bastante grande, por cierto, pero ya estaba cicatrizando.
También tenía un mordisco en el hombro muy evidente, que ya había pasado de rojo a morado.
"Ay, Bella. ¿Qué voy a hacer contigo? Me estás matando de placer, pero también me estás arruinando, mi cielo".
Palpó su torso y pudo sentir las costillas asomando. Literalmente estaba quedando piel y huesos. Estaba desconcertado. Había escuchado de amores que matan, pero no de esa forma. Es que Isabella se había soltado realmente.
Era tan apasionada y vivía el sexo con tanto entusiasmo que a veces, en el fragor del encuentro amoroso, le producía a Edward algunos daños menores que él en ese momento apenas notaba, pero luego...
El día anterior, una señora mayor se lo quedó mirando cuando emergió de la piscina del hotel, y le preguntó si se había peleado con un gato. Él no supo qué carajo responder. ¿Qué podía decirle? "Es que tengo una gata en celo en mi cama, señora. Se la presento…". No podía decir nada, y menos cuando Isabella siempre se mostraba tan compungida por haberlo lastimado involuntariamente, y luego pasaba el día entero curándole las heridas con besos. No, no tenía de qué quejarse, ahora que lo pensaba.
Vamos, que él era un hombre y el placer que ella le daba, bien valía un poco de dolor y unas insignificantes marcas de uñas y dientes. Que no eran tan evidentes, después de todo. Quizás tendría que ir a la playa en traje de neopreno y a la piscina en camiseta para evitar miradas suspicaces, pero eso era sólo un detalle, porque no pensaba prescindir de las largas y apasionadas sesiones amorosas con su increíble esposa.
Todavía no podía creer que Isabella fuese suya. Su mujer… Con uñas largas y dientes afilados, pero nadie es perfecto. A él mismo le gustaría hincarle los suyos en su tersa y sedosa piel como había hecho otras veces, pero últimamente los roles se habían intercambiado.
Ambos continuaban brindándose intensos momentos de placer, pero la que perdía el dominio de sus actos era ella. Y él gozaba como un loco y aguantaba estoicamente las consecuencias de ese descontrol.
Hacía diez días que estaban en un resort cercano a Playacar que también era club de golf, deporte que a él lo apasionaba, pero jamás había pisado los verdes campos, no habían visitado ninguna de las atracciones de la Riviera Maya, y ni siquiera habían hecho lo que tanta ilusión le hacía a Isabella: nadar con delfines.
Pasaban varias horas al día en la cama. A veces hasta comían en ella, desnudos, jugando con las frutas y el helado de todas las formas imaginables, y de otras que ellos se encargaron de descubrir.
Y si fuese por él podrían continuar así toda la vida, el problema era que faltaban pocos días para volver al mundo real, y ambos estaban en condiciones bastantes desfavorables. Él lastimado, y ella delgada y con un bronceado bastante tenue. Se notaba que había pasado más tiempo a la sombra que al sol…
La tarde anterior, habían decidido suspender un poco las actividades amatorias que les estaban produciendo un evidente deterioro físico, y se fueron a la playa. Una cosa llevó a la otra, y terminaron follando lo más discretamente posible en uno de los camastros. Cuando terminaron, se encontraron con algunas miradas y sonrisitas extrañas de parte de otros huéspedes. ¿Se habrían dado cuenta? Ah, qué más daba…
Edward se secó el pelo con la toalla, mientras se preguntaba cómo harían para recuperarse un poco, y que la familia no creyera que la había llevado a alguna batalla en Medio Oriente en lugar de a la península de Yucatán. Tenía que poner un freno a esas actividades tan intensas, dedicar tiempo a alimentarse bien, a tomar sol, a nadar, en fin, a todo lo que solían hacer las personas normales y no los enfermos sexópatas como ellos.
¿Podrían hacerlo? Cuando salió del baño, supo que la escenita que tenía frente a sus ojos daría por tierra con todos sus buenos propósitos. Isabella estaba tendida en la cama completamente desnuda y con los largos cabellos regados en la almohada. Su cuerpo perfecto estaba salpicado de pétalos de rosa al igual que la cama en forma de corazón. Había encendido velas aromáticas, incluso había algunas flotando en el enorme jacuzzi.
Edward sintió que se le aflojaban las piernas…
—Ven, corazón… ¿te gusta lo que te he preparado? —preguntó ella dulcemente tendiéndole los brazos.
Él miró a su alrededor y respondió con voz ronca:
—Me encanta. Pero lo que más me agrada es lo que está sobre la cama.
Isabella sonrió, sensual.
—¿Te refieres a los pétalos de rosa?
—No precisamente, mi vida —respondió avanzando y arrodillándose en la cama junto a ella.
"Aquí vamos de nuevo. Eres tan hermosa que, aunque sé que te volverás loca y me rasguñarás lo poco que me queda sano, no puedo evitar desear perderme en tu cuerpo". Con algo de suerte, sólo se llevaría un pequeño mordisco cuando ella se corriera. Pero bien podía arrancarle un trozo de carne que apenas lo notaría, con ese coño divino apretando su verga hasta sacarle jugo. "Eres lo mejor y lo peor que me ha pasado en la vida, Isabella. No sé si saldré vivo de entre tus piernas, pero no me importa", pensó tan resignado como ardiente. Y con los pensamientos turbios por el deseo, comenzó a besarla desenfrenadamente. No tenía que tocarla para saber que estaba lista. Siempre lo estaba, igual que él.
La penetró con fuerza hasta el fondo, y ella arqueó la espalda y gimió.
"Oh, aquí tenemos a la gata de nuevo", pensó, y se preparó mentalmente para ser arañado en el instante más inoportuno. ¿Cómo podía alejarse de ella cuando la tenía acabando bajo su cuerpo, convulsionada de placer? Ni muerto se iría de allí, así que tendría que soportar cualquier… Un momento, no tenía por qué ser así.
Isabella abrió los ojos frustrada cuando él se retiró de su vagina segundos antes de que alcanzara el orgasmo.
—¿Qué diablos te pasa, Edward?
Él sabía lo lunática que se puede poner una mujer cuando le quitan el dulce justo "antes de", pero no le importó. Se dirigió al armario sin decir una palabra y buscó entre sus cosas. Sí, eso podría servir. Cuando se acercó a la cama, Isabella abrió los ojos asombrada.
Edward traía un cinturón de cuero en sus manos.
—¿Qué me harás? —preguntó alarmada.
—No te golpearé, Isabella, tranquila.
—¿No me golpearás? —y Edward casi se cae al suelo de la impresión cuando percibió la decepción en su voz.
"Así que quieres eso, mi cielo. Yo pensaba amarrarte como lo hice en la noche de bodas, esta vez no sólo para tenerte a mi merced, sino para evitar que me dejes la piel en jirones, pero dadas las circunstancias… ¿Quieres que te dé unas nalgadas, Isabella? ¿Quieres que lo haga?", pensó, excitado por la idea.
Hacía un tiempo la hubiese zurrado con mucho gusto por no haber confiado en él, por haber sido tan terca con tantas cosas que él quiso obsequiarle y no aceptó, por provocarle celos… Cualquier pretexto hubiese estado bien para eso. Pero lo cierto es que temía asustarla. Y también tenía miedo de no poder contenerse y correrse inmediatamente, pues verla así lo excitaría al máximo.
"Soy un pervertido, lo sé, pero es lo que ella me provoca", se dijo.
—La verdad es que te mereces que te golpee. Mira lo que me has hecho hace un rato —le dijo mostrándole el rasguño del cuello.
—Lo siento, yo…—comenzó a decir ella, pero el destello de sus bellos ojos, le quitaba crédito a su aire de culpabilidad.
—Y no sólo eso, Isabella. Has probado mi paciencia en más de una oportunidad, y creo que hoy te daré una lección por todo ello, querida.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me harás? —preguntó burlona. Quería que él supiese que no le temía. Deseaba que… no sabía muy bien qué era lo que deseaba, pero no le tenía miedo precisamente.
—¿Qué te haré? En principio no te correrás hoy, o en todo caso lo harás cuando yo te lo permita. Y lo harás controladamente esta vez Isabella. Nada de mordidas ni rasguños, yo me encargaré de eso. Pero antes…
Y sin que ella pudiese prevenir el movimiento, la tomó en sus brazos y la obligó a ponerse boca abajo sobre sus piernas. El trasero de Isabella estaba en un primer plano, a la vista de Edward. Y era una vista maravillosa.
—¿Sabes qué? He cambiado de idea. Tú estás necesitando un escarmiento desde hace mucho y yo te lo daré.
Y sin ningún contrato, ni papeleo de por medio, sin límites estipulados ni palabras de detención, le aplicó una fuerte nalgada con su palma. Fue lo bastante dura como para hacerla saltar en sus rodillas y hasta lanzar un pequeño grito.
—¿Y eso por qué? ¿Qué he hecho? —preguntó ella con un hilo de voz. Le había dolido de verdad y entendió lo que había sentido Anastasia, la de Cincuenta sombras de Grey, su libro preferido.
—En principio, volverme loco. – Y otra nalgada la hizo estremecer. —Y esta otra, es por ser tan hermosa y volver locos a todos los que te miran. – La tercera no fue tan fuerte, y ahora la loca era Isabella, pero de deseo. —Y esta última es por haber tomado del cogote a Kate, mi dorada amiga.
Esa no fue una nalgada, fue un pequeño golpe, casi una caricia y Bella sonrió.
—Puedo soportar tus castigos —murmuró aún boca abajo sobre sus piernas.
—¿De veras? —murmuró él alzando una ceja. Y diciendo eso la levantó, la tomó de las muñecas y la amarró con el cinto a la cabecera de la cama.
Ella no se opuso. Estaba disfrutando del juego, tanto como lo hizo en la noche de bodas, cuando él le ató las manos con los cordones de sus zapatillas.
—Pues cuánto me alegro —continuó diciendo Edward—. Yo he soportado los tuyos hasta ahora, así que ahora me vengaré, mi amor.
Y así como estaba, la tomó de las nalgas como si fuese una copa del más exquisito manjar, y le devoró el coño con ansiedad. Estaba totalmente trastornado por esa parte del cuerpo de Isabella. Lo lamió, lo mordisqueó, y frotó su rostro contra él. Era suave y delicioso…
Ella se corrió gritando y moviendo las caderas contra el rostro de Edward. Deseaba tomarlo de la cabeza y oprimirlo entre sus piernas como lo había hecho tantas veces, pero al estar atada no podía hacerlo y eso la frustraba. Así que ése sería su castigo. No le estaba gustando nada, ella quería recibir, pero también adoraba dar.
—Suéltame ahora
Él la observó jadear con las magníficas tetas moviéndose al ritmo de su respiración y estuvo a punto de desatarla, meterle la verga hasta el fondo nuevamente y permitir que ella hiciera lo que quisiera. Pero un instinto salvaje que se había apoderado de él al verla indefensa y vulnerable como un pájaro palpitando en su mano, no le permitió dejarla en completa libertad. Tenía ya el demonio en el cuerpo y no podía parar. Le desató las manos sólo para amarrarla boca abajo al cabecero de la cama.
—Ahora comienza lo bueno, Princesa —le dijo al oído.
Y luego se puso en pie, y se dirigió al baño. Necesitaba un par de cositas más para lograr lo que se había propuesto.
—¿Qué haces? —preguntó Isabella desde la cama. Estaba bastante incómoda en esa posición.
Se sentía expuesta. Le ardían las nalgas por los golpes que le había proporcionado Edward instantes antes y le dolía todo el cuerpo de la ansiedad por lo que estaba por ocurrir. No tenía ni idea de qué podía ser, pero sospechaba que a la larga le daría mucho placer. Lo que le preocupaba era el "mientras tanto".
Edward no le respondió y regresó a la habitación con el pene a punto de estallar, anticipando un momento más que placentero.
—¿Qué hago? Ya verás... —le dijo.
Se colocó de rodillas entre las piernas de ella, y…
"Ohhh… ¡Esto está helado! No me esperaba algo así. ¿Qué me harás, mi amor? ¿Qué es eso que me estás echando encima?", pensó y se revolvió, inquieta.
—Tranquila, Princesa. Es sólo acondicionador de cabello. No encontré otra cosa y quería aliviarte el escozor. ¿Te duele, Bella? —preguntó mientras le extendía la crema por las nalgas.
—Mmm… ahora no. ¡Qué dulce eres! Te confieso que tenía miedo de que… ¡auch! —Isabella ni en sueños se imaginaba que Edward le haría lo que le estaba haciendo.
Utilizando el cremoso acondicionador, él había comenzado a introducirle un dedo muy lentamente en el punto más íntimo y secreto de su ser, pero estaba tan estrecho que hasta un simple dedo le resultaba doloroso.
Cuando le aplicó la loción se había sentido muy relajada, pero ahora estaba tensa, inquieta, avergonzada...
Edward la había tocado infinidad de veces allí. Se lo había tocado, se lo había besado y también lamido, pero jamás intentó hacer lo que ahora le estaba haciendo, e Isabella se sentía demasiado invadida. Era la última puerta de su intimidad, algo prohibido y temía que fuese también doloroso. Él adivinó sus pensamientos.
—No temas, mi vida. No te haré más daño del que tú puedas soportar, te lo aseguro.
"Lo mismo le dijo Christian a Anastasia, y luego…", pensó Bella. Pero Edward no era Christian. Edward no estaba jodido por dentro, no quería hacerle daño y esto era un juego sexual que sólo perseguía darles placer a ambos. Entonces se relajó, y luego comenzó a disfrutarlo de veras.
Cuando Edward notó que ella ya no se resistía, intensificó la penetración de su dedo, y además agregó otro. Ayudado por la crema de cabello, sus dedos se deslizaban fácilmente e Isabella ya no sentía dolor. El placer comenzó a recorrer sus terminaciones nerviosas, y de verdad lo estaba gozando. Tanto que, sin quererlo, elevó su trasero y presionó los dedos de Edward para que la penetraran más profundamente.
Él tomo eso como un sí, e intensificó la actividad de sus dedos. Bella jadeaba y gemía, no cesaba de moverse. El roce de la sábana contra su clítoris contribuía a enloquecerla aún más.
—Edward… por favor, te lo ruego —murmuró con una voz que hasta a ella le sonó extraña.
—¿Qué deseas, Isabella? Dime.
—No lo sé.
—¿Seguro que no lo sabes? ¿Qué deseas? —insistió él.
E Isabella no pudo soportar más esa dulce tortura que la estaba transformando en una hembra descontrolada y hambrienta.
—¡Quiero más! Por favor —le dijo casi gritando.
Edward estaba a punto de perder la cabeza, pero intentaba dominarse, porque sabía que necesitaba controlar la iniciación de Isabella en el sexo anal para que quisiera continuar haciéndolo. Si le quedaba un mal recuerdo estaría perdido y perdería también ese maravilloso culo.
—No sé si estás lista, mi amor. ¿Sabes que te dolerá? Te haré daño, pero también te gustará.
—No me importa, Edward. Por favor — rogó desesperada.
Entonces él no pudo retrasar más el deseado momento. Se colocó entre sus piernas, y luego tomó una almohada y la puso debajo del vientre de Isabella para elevar su pelvis. Una vez que la tuvo como quería retiró cuidadosamente los dedos y le separó las nalgas con ambas manos.
Su hermoso culo quedó totalmente expuesto a los ávidos ojos de Edward, dilatado, húmedo, listo. Él cerró los ojos y comenzó a presionar su verga en la pequeña entrada muy lentamente.
Cuando la enorme cabeza del pene entró en Isabella, ella gritó y quedó paralizada. Edward se detuvo y le susurró al oído:
—¿Recuerdas tu primera vez, mi vida? También te dolió al principio. Esta es otra primera vez, por favor no me pidas que me retire ahora…
Parecía tan urgido al decirle eso, que ella se esforzó por complacerlo. Cerró los ojos, e intentó relajarse, pero el pene de él era tan grande y estaba tan duro... Era demasiado para su pequeño culo virgen.
Sin embargo, lo amaba tanto, y deseaba tanto complacerlo…
—Hazlo, corazón. Soy toda tuya —susurró.
Y Edward estuvo a punto de volverse loco.
Comenzó a moverse rápidamente, pero avanzando muy poco en cada embestida. Isabella gemía y en un momento se mordió el labio tan fuerte que comenzó a salirle sangre. Él tomó la toalla que había traído del baño y se la puso delante de esa hermosa boca.
Ella la mordió. Sabía que iba a dolerle más y no quería aullar como si la estuviesen matando ni seguir maltratando sus labios. Y evidentemente Edward también lo sabía, por algo había traído la toalla.
Él estaba ya fuera de control, y continuó penetrándola hasta que todo su miembro estuvo dentro de ese apretado y maravilloso culo.
El dolor era intenso, pero Isabella sentía los enormes huevos de Edward golpeándole el coño y eso, sumado al roce de la sábana le provocó un orgasmo gigantesco, que transformó su cuerpo en una máquina de placer. Se olvidó del dolor, y se relajó.
Y comenzó a disfrutar esa magnífica follada por detrás. Edward estaba loco de gusto, tanto que si ella lo hubiese arañado o mordido, lo hubiese considerado un premio. Le había provocado mucho dolor y ella lo había soportado por él y por el placer que ello le brindaba, así que nunca más se quejaría por nada de lo que Isabella le hiciese.
Todas las demostraciones de pasión y locura orgásmicas serían bienvenidas y que los demás pensaran lo que se les antojara. No le importaba nada. Su orgullo de macho le susurró al oído: "Te estás follando a la más linda, le estás haciendo el culo por primera vez", y eso bastó para que estallara en la corrida más grande de los últimos tiempos.
Isabella ya no sentía dolor sino un gran alivio por ese manantial que él le había dejado en su interior.
—Ah… qué maravilla —dijo él antes de desplomarse encima de ella. Con una mano le desató el cinturón, liberándola, pero ella no se movió. Parecía una muñeca de trapo. Tenía los ojos cerrados y la satisfacción pintada en su rostro. Aún conservaba alguna lágrima en las pestañas y un poquito de sangre en el labio, pero estaba hermosa y relajada. Él le besó la mejilla y lentamente se fue retirando.
Se quedaron mirándose el uno al otro, ella boca abajo y él a su lado, de perfil, sin dejar de acariciarla.
—Te amo —murmuró Edward.
Isabella sonrió y le dijo:
—Lo sé.
—Me has dado el regalo más intenso y excitante, tu otra virginidad, Bella.
—Lo sé.
—¿Así que sabes todo? —se burló él.
—Ajá.
—¿Y qué más sabes? —preguntó Edward sonriendo.
—Que haré cualquier cosa que me pidas siempre, mi amor —respondió ella.
—¿Cualquier cosa, Isabella? ¿No habrá más tabúes entre nosotros?
—Sí, cualquier cosa. Y no, no habrá tabúes entre tú y yo —dijo ella, convencida.
—Bien, señora Cullenl. Lo que harás ahora es lo siguiente: me mostrarás como sale mi leche de tu culo.
Isabella abrió los ojos como platos. Este hombre no tenía límites. ¿Y quién los quería? Ella no, desde luego. Este hombre era su hombre, y ella haría lo que a él se le antojara, pues sabría que de ello sólo obtendría placer. Así que no se lo hizo repetir. Y Edward terminó de volverse loco, cuando ella se puso en cuatro, y luego apoyando la cabeza en la cama, separó sus nalgas y le mostró lo que él le pedía.
"Qué estupenda luna de miel", pensó él. En menos de diez segundos su pene ya estaba en forma de nuevo. Entonces tomó con un dedo una gota de su semen que manaba del culo de Isabella, y se la puso a ella en los labios mientras le decía.
—Isabella, no te muevas, que aprovecharemos esa lubricación extra. Te follaré nuevamente, mi cielo. Y esta vez será por donde a ti más te gusta.
Y todo volvió a comenzar y continuó de ese modo el resto de los días de su ansiada, perfecta y apasionada luna de miel. Pasión, deseo, piel y más piel. Sin límites infranqueables, sin tabúes. Sólo ellos, sus manos, sus bocas…
—¿Para siempre, Edward?
—Para siempre, mi cielo, para siempre…
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¡Tará! Qué bonita historia jajajaja me gustó mucho, ¿y a ustedes? Y si… ya leí sus comentarios… ya se que quieren secuela jajajaja así que tendrán la secuela, vamos a darnos primero un tiempo y a disfrutar de los otros lindos proyectos que les traigo en puerta jajaja ayer estrené mi primer RosalieXEmmett, "Identidad Oculta", por si quieren darse una vuelta.
Mañana habrá otro estreno, así que estén pendientes jajaja
Prometo que pronto tendremos la secuela n.n
No olviden dejar un comentario, me encanta saber de ustedes.
¡Nos leemos pronto!
