¡Holi!

¡He vuelto! Tras mis breves vacaciones en las que he podido descansar y desconectar vuelvo a vosotres para continuar con Wicked Game. Os espera un capítulo largo y jugosito, así que preparaos un café o un buen chocolate mientras lo leeis.

Aprovecho para aclarar que seguimos en el Acto 2, puesto que Wicked Game solo tiene dos actos más su epílogo cuando tenga que llegar. Aún me queda historia que quedar, pero no os mentiré que ya vamos cogiendo rumbo hacia el final. De igual manera, me quedan bastantes cosas que relatar todavía, así que aún nos queda fic para un ratito. Mil gracias por seguir más de dos años siguiendo esta historia y otras mil gracias a todes les que os habéis ido uniendo con el tiempo, ¡sois siempre bienvenides!

Recordaros que podéis seguirme por Twitter (ItsasUmbrella) y por Instagram (ItsasUmbrellasart), aunque últimamente no esté super activa dado que no me da la vida, pero hey, ahí seguimos dándolo todo.

Por último, como ya viene siendo costumbre, recordaros que vuestras reviews son el sueldo que recibo por las horas que invierto en escribir y desarrollar este fic. Todas vuestras reviews me aportan algo y ayudan mucho para seguir adelante, aunque sea un aliciente cuando las inseguridades y/o el cansancio abaten mi pobre cabecita. Por no decir que me hacéis sentir mucho menos sola en este viaje cuando me escribís, así que no dudéis en animaros si tenéis ganas, sobre todo porque respondo a todos vuestros mensajes. Por cierto, recordad que no puedo responder las reviews escritas desde Guest, es necesario que tengáis una cuenta en Fanfiction para que pueda escribiros de vuelta.

Nos seguimos leyendo.

Cuidaos mucho y disfrutad de la lectura.


Hipo se despertó creyendo que había escuchado a Astrid murmurar algo.

Sin embargo, cuando se incorporó observó decepcionado que su novia seguía profundamente dormida. Volvió a tumbarse y rodeó su cintura con su brazo para pegar su cuerpo contra el suyo. De estar despierta, Astrid se habría quejado del frío y de la humedad del lugar, por esa razón Hipo se aseguraba de darle todo el calor que le era posible.

Llevaba casi cuatro días profundamente dormida.

Cuatro largos y eternos días en los que Hipo había velado su sueño sin apenas pegar ojo. En realidad, tras muchas insistencias de su padre, se había hecho turnos con Brusca para cuidar de Astrid; pero Heather, quien se había despertado a las pocas horas de caer desmayada, le había pedido que dejara de darle vueltas al asunto.

—Fue una descuidada y usó mucha más magia de la que debía, se repondrá —la bruja frunció el ceño ante su gesto dubitativo—. Es Astrid, Hipo. Ella siempre se recupera porque tiene más vidas que un puto gato. Déjalo estar, se despertará cuando tenga que hacerlo.

Hipo sabía que lo haría. Ya había visto con sus propios ojos lo que pasaba cuando Astrid se excedía con el uso de su magia. Tras haber gastado toda su energía en su enfrentamiento contra Anya, la bruja que había intentado matarle antes de su boda, y desvanecerse por el cansancio, Astrid se había despertado a las pocas horas.

Sin embargo, Hipo sabía que esta vez había algo diferente.

Astrid se hallaba en un estado profundo de sueño. Su respiración era regular e Hipo respiró aliviado cuando, a partir del segundo día, había empezado a moverse y a murmurar palabras sueltas en sueños. Aún así, por mucho que Hipo sacudiera su hombro o la llamara, no había manera de que volviera en sí. Así que se vio resignado a seguir el consejo de Heather y esperar a que Astrid se despertara por su propia cuenta.

Además, el propio Hipo también estaba agotado.

El hechizo de transporte había causado que su magia se mantuviera dentro de él en reposo, como si también necesitara recuperarse después de haberla usado desmesuradamente. Se había extrañado de que el vínculo no hubiera causado que él hubiera caído desfallecido como Astrid, pero supuso que al haber estado usando diferentes cantidades de magia, Hipo no había llegado al límite que había sobrepasado su novia.

Hipo volvió a cerrar los ojos y se concentró en escuchar las olas golpear las rocas del exterior para intentar dormirse de nuevo, pero fue inútil. Ya se había desvelado ante la posibilidad de que Astrid hubiera podido despertarse y ahora no iba a poder dormirse de nuevo. Frustrado, Hipo se levantó de la cama y arropó bien a Astrid para que no se quedara fría. Desdentao gruñó al pie de la cama cuando escuchó su piel metálico rozar contra el suelo de piedra e Hipo susurró:

—Voy a bajar un momento a tomar el aire, ¿puedes vigilarla?

Desdentao bostezó.

Sabes que lo haré —respondió el dragón somnoliento.

Hipo rascó sus escamas antes de vestirse y correr la cortina que separaba su cuarto del resto de las galerías. Ando casi de puntillas por el pasillo, procurando no hacer demasiado ruido con el eco de su pie de metal, hasta que alcanzó la escalinata que llevaba hasta la salida de la caverna. Hipo tuvo cuidado de no resbalarse por las escaleras hechas mayormente de sal y recogió su cabello en una coleta baja tan pronto llegó al piso de abajo. Un grupo de gente dormía en el suelo con colchones improvisados hechos de materiales que habían ido encontrando por aquel lugar. Hipo los sorteó como pudo y, cuando por fin salió al exterior, dio una fuerte bocanada de aire.

El resplandor de la luna menguante ocultaba el brillo del manto de estrellas que cubría el cielo nocturno e iluminaba la playa con cierta timidez. Aunque todavía hacía frío, Hipo sintió el viento sur golpear su cara y enredar su cabello. Miró hacía la montaña, formada mayormente de sal solidificada y roca, y pudo apreciar la fisura de la habitación que compartía con Astrid. Aquel lugar era muy tranquilo, tal vez demasiado, y era algo más pequeño que la Isla de los Marginados. Estaba seguro que en su día había sido un sitio repleto de vida, aunque ahora no era más que un lugar vacío y sin alma.

Tras el shock inicial del hechizo de teletransporte, la primera pregunta que todos formularon fue la más obvia: ¿Adónde los había llevado Astrid? Nadie supo reconocer dónde estaban y ni ubicarse en un mapa, llegando incluso a pensar que estaban fuera del Archipiélago. Con Astrid y Heather inconscientes, los refugiados se vieron afectados por la indecisión y el miedo, hasta el punto que todos acudieron a él en busca de respuestas. No obstante, Hipo estaba más preocupado en atender a Astrid que en preocuparse de su ubicación, pues si algo tenía claro era que si su novia había escogido aquella isla como refugio había sido porque lo había considerado seguro.

Lo que nadie se hubiera esperado, y mucho menos él, habían sido los cadáveres.

Mientras intentaba asentar un campamento improvisado en la playa, mandaron partidas para explorar la isla. Al cabo de un rato, regresó la primera anunciando que podía accederse al interior de la montaña, la cual estaba preparada con camas, cocina e incluso con una herrería. Todo el mundo parecía eufórico por tales noticias, pero Hipo no podía quitarse una pregunta de cabeza: ¿dónde estaban sus habitantes? La segunda partida trajo la noticia que esperaba a media mañana. Pálidos como la nieve, explicaron a Alvin, Estoico e Hipo que habían encontrado un centenar de cadáveres flotando en un lago que se hallaba en el otro extremo de la isla. Cuando detallaron que todos los cuerpos eran de mujeres y presentaban signos de violencia, Hipo entendió al instante por qué Astrid los había llevado hasta allí: Drago Bludvist había encontrado un aquelarre y, de alguna manera, Astrid lo había descubierto. Hipo recordó a la bruja de piel oscura que su novia había salvado la otra noche del barco de Eret. Quizás ella le hubiera dicho algo al respecto, pero no era más que una suposición.

Alvin dio órdenes explícitas de que nadie se acercara a ese extremo de la isla, pero Hipo estaba decidido a comprobar con sus propios ojos si aquellas mujeres habían sido brujas de algún aquelarre. Su padre se negó en rotundo, por supuesto, pero parecía que Estoico Haddock había olvidado que a cabezón a Hipo no le ganaba nadie, así que le permitió ir con la condición de que le dejase marchar con él. Brusca se prestó voluntaria para atender a Astrid antes de que el propio Hipo se lo preguntara.

—¿Estás segura?

—¿Por qué no iba a estarlo? —replicó ella con el ceño fruncido—. Es mi mejor amiga.

—Ya te estás encargando de Gothi y de Heather…

—Hipo, que están sobadas, no desangrándose —insistió Brusca con impaciencia—. Estará bien conmigo, en serio.

Hipo no lo dudó. A pesar de su desnutrido y enfermizo aspecto, la vikinga parecía llena de energía y fue de las pocas, por no decir la única a parte de su padre, que realmente parecía contenta de verle allí. Tampoco es que le hubiera dado tiempo a saludar a nadie más, pero cuando se cruzó con Mocoso a la hora de comer, éste reaccionó con una mueca y se marchó antes incluso de que Hipo pudiera decirle nada. Chusco fue tras él, reduciéndose a hacerle un gesto con la cabeza que Hipo le devolvió nervioso. Mientras esperaba a coger su ración de comida, observó que a su alrededor los refugiados provenientes de diferentes tribus del Archipiélago, incluso del suyo propio, también le lanzaban miradas de recelo e incluso resentimiento.

—No les hagas caso —dijo entonces Camicazi colocándose a su lado—. La gente siempre busca a alguien a quien señalar.

—Ya, bueno, en parte me lo esperaba —comentó él hundiendo los hombros—. ¿Cómo estás, Camicazi? —el vikingo tragó saliva—. ¿Tu madre…?

—Está viva —le aseguró ella con una sonrisa triste—. Le Fey la ha embrujado con ese hechizo manipulador de mentes.

—¿Y cómo…?

—¿Acabé aquí? Bueno, al principio no estaba convencida de que Kateriina Noldor fuera una bruja, al menos no en el sentido literal de la palabra. Poco después de que la coronaran Reina del Salvaje Oeste, mi madre organizó una fiesta en la que ella fue nuestra invitada de honor. No reparó en gastos, cosa que para nuestra tribu es un problema, dado que nosotras vivimos de la pesca y de… —Camicazi hizo una mueca, Hipo sabía que no iba admitir en voz alta que su tribu todavía se dedicaban a robar y a saquear a barcos piratas y mercantes—. Cuando Le Fey nos dijo que hincáramos la rodilla para jurarle lealtad y servidumbre, me negué, y digamos que mi madre se lo tomó bastante mal.

—¿Mal en el sentido…?

—Mal en plan que quiso que me colgaran.

Hipo palideció.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

Camicazi hizo un mohín antes de agarrar su bol de sopa.

—Las cosas se han enturbiado mucho desde que te fuiste, Hipo. Deberías mentalizarte que aquí lo impensable ya ha sucedido —concluyó su amiga antes de alejarse para dirigirse hacia dónde se encontraba Brusca.

Hipo apenas probó bocado durante el almuerzo. Tenía el estómago revuelto por la tensión y, honestamente, lo que más le apetecía era echar una cabezada. Sin embargo, cuando su padre le propuso volar hasta el lago sobre Desdentao, Hipo descartó la idea tras darle un vistazo a su amigo. El Furia Nocturna estaba dormido junto a Tormenta tras haberse pasado prácticamente toda la noche anterior volando sin descanso. El vikingo comprendía sus límites y, por muy cansado que se encontrara él, no iba a molestar a Desdentao por puro capricho.

Padre e hijo caminaron por el bosque en silencio, algo incómodos, ¿pues qué se le decía a un padre al que no hacía ni veinticuatro horas pensaba que estaba muerto? Se habían reencontrado en la entrada a la montaña de los Marginados y, aunque el primer impulso de Hipo había sido correr a los brazos de su padre, supo que aquel no era el momento para los reencuentros. Ahora, en cambio, no estaba muy seguro de qué debía hacer.

—¿Cómo…?

La voz de Estoico seguido de un suave carraspeó hizo que Hipo alzara la mirada hacia su padre.

—¿Sí? —le animó él a seguir.

—¿Cómo sabíais lo que iba a suceder? —preguntó Estoico algo abrumado—. Aparecisteis de la nada en el momento justo.

—¡Ah! —soltó Hipo algo azorado, no muy seguro de cómo debía explicárselo—. Tuve una visión.

—¿Visión? —cuestionó Estoico sin comprender.

Hipo se mordió el labio.

—Esto… A veces veo el futuro en sueños —explicó el vikingo inseguro—. Os vi a ti y a Brusca en los establos salvando a los dragones y cómo el techo del establo se os iba a caer encima. La verdad es que fue entonces cuando me enteré de que estabas vivo.

Estoico parpadeó y abrió ligeramente la boca, aunque tardó unos segundos en decir:

—No sabíamos muy bien cómo hacértelo saber sin que…

—Papá… —le interrumpió Hipo sin deseos de escuchar una justificación que no necesitaba.

—No, hijo, sé que te enteraste por Gerdo Gilinson de la mentira que difundieron Thuggory y esa bruja. Creíste que estábamos todos muertos y ellos iban tras vosotros, hiciste lo que te dije que hicieras y...

—No debíamos habernos marchado —insistió Hipo conteniendo las lágrimas—. Fue una irresponsabilidad por mi parte. Abandoné el Archipiélago pensando que no quedaba nada por lo que luchar cuando quedaba absolutamente todo.

—Pero volviste, ¿no? —insistió Estoico con orgullo—. ¿Por qué?

—Es una larga historia —respondió él—. Te lo contaré cuando me sienta con un poco más de energía.

Estoico asintió y continuaron caminando por el bosque hasta que su padre sacó el valor para preguntar:

—¿Tienes muchas de esas… visiones?

Hipo tomó una larga bocanada de aire.

—No es nada extraordinario —argumentó él algo apurado—. Ni siquiera puedo controlarlo. Las pocas veces que he forzado las visiones, casi me ha dado un síncope.

—Parece peligroso, hijo —comentó su padre frunciendo el ceño preocupado.

Hipo alzó las cejas y soltó una risotada nerviosa.

—¡Para nada! Deberías ver lo que pasa cuando yo…

El vikingo cerró la boca en ese instante. Aunque Hipo ya le había mostrado indicios de que podía manipular el fuego, quizás no era tan buena idea contárselo si ya de por sí consideraba que sus visiones eran peligrosas. Estoico le observaba inquieto por su repentino silencio e Hipo sacudió la cabeza.

—Nada, no me hagas caso.

—¿Qué ibas a decirme? —insistió su padre intranquilo.

—Nada, de verdad, está todo bien. Mi magia es muy básica, papá, apenas la uso, así que puedes respirar tranquilo —mintió Hipo forzando una sonrisa.

Por suerte, Hipo era un buen mentiroso, al menos lo suficiente para engañar a su padre. Sin embargo, Estoico estrechó los ojos, como si no estuviera del todo convencido de que Hipo le estuviera contando la verdad. Se esforzó en mantener una expresión tranquila y sosegada aunque su estómago seguía revuelto por los nervios. Por suerte, su magia seguía demasiado débil y perezosa como para reaccionar a su intranquilo estado de ánimo.

Decidido a no retar a su suerte a que su padre intentara sonsacarle más información sobre su magia, Hipo le pidió que le contara todo lo que había sucedido en los últimos meses en el Archipiélago. Escuchó horrorizado sobre el asesinato de Patón Jorgenson y comprendió al instante la hostilidad de Mocoso ¡Por supuesto que tenía que culparle a él! Por otra parte, su padre le relató sobre cómo Le Fey le había torturado y cómo Alvin le había rescatado antes de que le ejecutaron, por no mencionar las cientas de anécdotas que habían relacionadas con el salvajismo de Drago Bludvist, los Jefes que habían rendido pleitesía a la reina y, por supuesto, de Thuggory.

—¿Sabes algo de Dagur? —preguntó Hipo preocupado.

—Brusca, Camicazi y los demás estuvieron allí no hace mucho, pero no quiso arriesgarse a ayudarnos —explicó su padre—. Es comprensible, ya sabes que la tribu de los Berserkers, aún fuerte, sufre problemas de natalidad. Dagur no quiere arriesgar a su pueblo —Hipo asintió resignado, consciente de que él habría decidido lo mismo—. Sin embargo, tuvimos suerte porque Brusca encontró allí a Heather.

Hipo se detuvo en seco y su padre alzó una ceja cuando vio que había abierto mucho los ojos.

—¿Heather estaba en la isla Berserker? —preguntó asombrado.

—¿Qué ocurre, hijo?

El vikingo se llevó la mano a su pelo para apartárselo de la cara.

—¿Os ha dicho Heather si tiene alguna relación con Dagur?

Estoico frunció el ceño.

—No te entiendo, Hipo. Por lo que me contó Camicazi, Dagur ni siquiera le había prestado especial atención hasta que Brusca la señaló de bruja —Hipo se mordió el labio—. ¿Quieres contarme lo que pasa? ¡Me estás asustando!

—Papá, Heather es la hermana de Dagur.

Su padre sostuvo su mirada unos segundos.

—La hermana de Dagur murió al poco de nacer —le advirtió Estoico extrañado—. Oswald me lo dijo por carta, lo recuerdo perfectamente. Tu madre ya había fallecido para entonces.

Hipo tuvo que contener una mueca ante la mención de Valka.

—¿No te dijeron bajo qué circunstancias? —insistió Hipo.

—Claro, fue durante un ataque de dragones —respondió su padre y sus ojos se apesadumbraron—. Oswald nunca tuvo buena suerte con sus esposas. La madre de Dagur, Dagmar, murió a causa de una viruela de dragón y su segunda esposa, la madre de la pequeña, Erika, murió en aquel ataque con su hija. Sus cuerpos quedaron calcinados, así que Oswald ni siquiera pudo organizar un funeral como era debido.

—¿Y no le pusieron un nombre a la niña?

—Si la nombraron, no lo hicieron público. Si no recuerdo mal, iban a presentar a la criatura la semana siguiente al incidente —argumentó su padre—. ¿Cómo estás tan seguro de que Heather es la hermana de Dagur?

—Encontramos registros de secuestros de bebés que el aquelarre de Astrid había llevado a cabo desde hacía décadas —contestó Hipo—. A Heather la secuestraron en marzo de 987.

Estoico abrió mucho los ojos.

—Erika y su hija murieron en marzo de 987 —su padre puso sus barras en jarras—. ¿Sabe ella algo de esto?

—No debería, aunque es una coincidencia extraña que Heather acabara en la isla de los Berserkers —explicó el vikingo.

—¿Y de dónde has sacado esta información?

Hipo se llevó su mano a su cuello, sintiéndolo más tenso de lo habitual.

—Es una larga historia.

—Pues quizás tengas que plantearte que algún día tendrás que empezar a contarme una de tus largas historias —le achacó Estoico con impaciencia—. No me gusta que me ocultes cosas, Hipo.

El vikingo miró fijamente a su padre, consciente de que si se calentaba por su acusación iba a terminar enturbiando la conversación y no deseaba ponerse a discutir con su padre cuando hasta hace bien poco pensaba que estaba muerto. Hipo se pellizcó el puente de su nariz y soltó un largo suspiro.

—No voy a ocultarte nada —le prometió el vikingo con templanza—, pero esta historia no me pertenece solo a mí. Ahora que sabemos que estás vivo, estoy convencido de que Astrid querrá abordarte a preguntas cuando despierte.

—¿Por qué dices eso? —cuestionó él extrañado.

Hipo fue a responder a su cuestión cuando percibió un olor muy desagradable. Por un segundo entró en pánico pensando de que aquel pudiera ser el hedor de Le Fey; pero cuando su padre arrugó también la nariz supo que debía ser otra cosa. Hipo aligeró el paso seguido de cerca por Estoico hasta que alcanzaron el lago que había mencionado la partida de Alvin.

Hipo sintió la bilis subir por su exófago cuando vio la dantesca escena.

Cientos de cadáveres flotaban en el agua enturbiada o se apelotonaban en las orillas del mismo. Las moscas zumbaban sobre los cuerpos que se encontraban en un avanzado estado de descomposición y emanaban un olor espantoso a carne podrida. Ninguna de ellas tenía pelo, parecía que les habían arrancado el cuero cabelludo a corte de cuchillo. Hipo sintió un escalofrío al suponer que seguramente lo habrían hecho antes de matarlas. Los recuerdos de su encuentro con Hela mucho meses atrás invadieron su mente e Hipo no pudo contener por más tiempo sus intensas ganas de vomitar. Echó todo lo que había comido y se limpió la boca con la manga mientras su padre le ofrecía un poco de agua de la cantimplora que llevaba en su cinturón.

—Volvamos, Hipo —le pidió su padre muy pálido—. Advertiremos de que nadie se acerque a este lugar.

—¡No! —exclamó furioso.

Estoico parpadeó sorprendido por su repentino arranque de furia, pero Hipo le ignoró, acercándose a una de las mujeres para observarlas más de cerca. Conteniendo la respiración y palpó la tela del vestido rosáceo que llevaba puesto y el tacto le recordó al vestido que Astrid llevaba puesto cuando la conoció, por no mencionar que sintió el resquicio mágico en la tela que probablemente protegía aquellas brujas del frío.

—Eran brujas —confirmó Hipo sintiendo su boca seca—. Supongo que Drago encontraría este lugar y las liquidó a todas ahogándolas aquí.

—Ese hombre siempre ha sido un loco, pero esto… —Estoico tragó saliva—. Esto sobrepasa cualquier límite.

Hipo se preguntó qué demonios había causado que Drago Bludvist odiase tanto a las brujas como para cometer actos tan salvajes como aquel. No había conocido a muchas brujas y mucho menos a un aquelarre completo, pero estaba convencido de que hicieran lo que hicieran nadie merecía sufrir un acto como aquel. Hipo se levantó y caminó por la orilla hasta que se topó con el cuerpo de una niña de no más de cinco años de edad. Se llevó la mano a la boca para contener un jadeo y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que su cuerpo se quedaba helado por el terror.

—Hipo, será mejor que…

—Hay que sacarlas del lago y darles un entierro digno —le cortó él con voz de hilo.

—Hijo, no creo que eso sea lo mejor —le aseguró su padre frunciendo las cejas.

—¿Piensas dejarlas así? —cuestionó él molesto—. Tú mismo has dicho que este acto sobrepasa cualquier límite. ¡Hay niñas aquí, papá!

Estoico parecía muy contrariado y se pasó la mano por su barba, gesto que solía hacer cuando estaba indeciso sobre algo. Miró al lago de reojo, pero cerró sus ojos rápidamente, incapaz de soportar una visión tan dantesca por mucho tiempo.

—No podemos quemar los cuerpos —dijo Estoico preocupado—. Son tantas que probablemente se crearía una columna de humo que llamaría la atención.

—Enterrémoslas entonces —sugirió Hipo.

—Eso supondría cavar mucho, hijo —le advirtió su padre.

—¿Acaso tenemos algo mejor que hacer? —replicó el vikingo irritado.

Estoico no pudo contradecirle. Sabía bien que si a Hipo se le metía una idea en la cabeza sería imposible quitársela y el joven vikingo tenía muy claro que no iba a dar su brazo a torcer en aquel asunto. Volvieron al campamento y, tras una larga discusión con Alvin, juntaron a una veintena de hombres y mujeres fuertes y con estómago para cavar tumbas, sacar a todas aquellas brujas del lago y enterrarlas con la mayor dignidad posible. Hipo, por supuesto, los acompañó. Estoico también se apuntó a la partida, aunque Hipo estaba convencido que acudía para velar por él más que para otra cosa. Cierto era que sus músculos agonizaban por el cansancio y le pesaban los ojos por la falta de sueño; pero no se detuvo a descansar hasta que cerraron el último hoyo en el bosque. Para entonces, ya era noche cerrada y todos regresaron al campamento que se había trasladado hasta el interior de la montaña. Brusca le indicó que había conseguido instalar a Astrid en uno de los dormitorios que se encontraban en las galerías superiores.

—¿No se ha despertado entonces? —preguntó él decepcionado.

—No, pero sí que ha dicho algo en sueños —comentó ella.

—¿Qué?

—Solo es un nombre —dijo Brusca sacudiendo los hombros—. «Eyra». ¿Te dice algo?

Hipo tenía la sensación de que ese nombre le era terriblemente familiar, pero no conseguía adivinar de qué. El vikingo fue a dirigirse al dormitorio donde habían instalado a Astrid cuando Alvin lo detuvo. Estoico se encontraba también cerca, hablando con algunas de las personas que les había acompañado a enterrar a las brujas, y el Jefe de los Marginados le hizo una seña para que se acercara.

—Hay algo que tenéis que ver.

Padre e hijo intercambiaron las miradas confundidos antes de seguir a Alvin hasta una escalinata que llevaban a los túneles que se encontraban bajo la montaña. El Marginado les explicó que, al parecer, las brujas de aquel lugar habían contado con una especie de mazmorra que habían estado usando como almacén. Al contar con gente que seguía hechizado por Le Fey, como habían sido los casos de los padres de Brusca y Chusco e incluso de Patapez, habían decidido encerrarlos allí por el momento.

—¿Crees que tu novieta podrá hacer algo por ellos? Porque la otra inútil no tenía ni pajorera idea de lo que hacer con ellos —comentó Alvin molesto.

—Te agradecería que la llamaras por su nombre —dijo Hipo irritado.

—¿Qué más da?

Hipo chasqueó la lengua. Estaba demasiado agotado como para ponerse ahora a discutir con Alvin.

—Se lo preguntaré a Astrid cuando despierte, ¿puedo irme ya a dormir?

—No, chico, no hemos bajado aquí por eso —replicó el Jefe de los Marginados muy serio—. Hemos hecho el recuento y falta al menos una treintena de personas, entre ellos ocho de mi gente.

El joven sintió un nudo en su estómago.

—Lo siento, no voy a buscar excusas en eso, Alvin.

—Tampoco iba a aceptártelas, chico —dijo el Marginado muy serio—, pero no voy a recriminarte nada cuando habéis salvado a prácticamente toda mi tribu y al resto de refugiados y dragones.

—¿Qué hacemos entonces aquí, Alvin? —intervino esta vez Estoico con impaciencia.

—Al parecer, se nos ha colado uno, probablemente cuando los hombres de la reina consiguieron entrar a mi montaña —Hipo y Estoico palidecieron de la impresión, pero Alvin sonrió mostrando sus dientes sucios—. Calmaos, no es Thuggory. De haber sido él no habría sido tan fácil apresarlo.

—¿Quién es, entonces? —preguntó Hipo ansioso.

Alvin señaló hacia una celda e Hipo se acercó con paso dubitativo hasta allí. Se quedó sin aire cuando reconoció al hombre inconsciente sobre el camastro.

—¡¿Lars Gormdsen?! —chilló su padre a su espalda—. ¿Qué coño hace aquí? ¿Cómo es que no lo hemos visto antes?

—El muy cabrón aprovechó la confusión para esconderse —explicó Alvin apoyándose contra los barrotes oxidados de la celda—. Al parecer, intentó abalanzarse sobre Camicazi mientras vigilaba a tu novieta y a Gothi. ¡Estúpido, Gormdsen! ¿A quién se le ocurre meterse con la hija de Bertha la Tetuda? Lo noqueó en cuestión de segundos.

Hipo apretó los puños para ocultar el temblor colérico de sus manos. Aquel hombre había sido el producto de mucho sufrimiento, ya no solo para él por ser uno de los principales impulsores de su boda y la caza de brujas en Mema, sino también por todo el sufrimiento que había causado a la tribu y a todo el Archipiélago. Su magia reaccionó levemente dentro de él, susurrándole que podía ayudarle a matarlo lenta y dolorosamente, empezando por quemar sus órganos y luego todo lo demás, tal y como había hecho con Sven Gormdsen. Sin embargo, el vikingo sacudió la cabeza y se dirigió a Alvin:

—¿Estará vigilado?

—Día y noche —respondió el Marginado.

—Vale, entonces me voy a la cama.

—Te hemos preparado un dormitorio no muy lejos del de tu novia, pregúntale a la chica Thorston —dijo Alvin.

—Dádselo a otro que lo necesite —replicó Hipo con voz pastosa.

—¿Y dónde piensas dormir? —preguntó su padre extrañado.

Hipo se frotó los ojos que andaban ansiosos por cerrarse.

—Creo que ya sabéis la respuesta —dijo sin más.

Tanto su padre como Alvin soltaron un quejido de sorpresa.

—¿Estás loco? —replicó su padre escandalizado—. ¡No puedes hacer eso! ¿Qué pensará la gente si ven que duermes con una mujer con la que no estás casado?

—¿Te crees que a estas alturas me preocupa estar involucrado en un escándalo como ese? Papá, no es ningún secreto el hecho de que me acueste con Astrid. Llevo más de un año haciéndolo; así que, por favor, dejémoslo estar, ¿vale?

—Hipo, no…

—Dejémoslo estar —repitió Hipo con lentitud.

El joven se marchó de allí antes de que su padre o incluso Alvin pudieran replicar de nuevo. Dejó que sus pies se guiaran por el vínculo escaleras arriba hasta la habitación que compartía con Astrid. Desdentao se encontraba tumbado al pie de la cama, aunque alzó ligeramente la cabeza cuando entró. Para su sorpresa, Chusco se encontraba allí medio dormido, con la cabeza apoyada contra su mano y sentado en un taburete.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Hipo desconcertado.

Chusco dio un sonoro bostezo antes de responder.

—Le he dicho a Brusca que me quedaba yo con Astrid hasta que llegaras tú. Ella ya se ha ido a dormir a la habitación de Gothi.

—¡Ah! —soltó estúpidamente Hipo—. Gracias Chusco, puedes irte a la cama.

El vikingo se levantó y se estiró mientras Hipo se acarició la mejilla de Astrid. Su cara estaba fría, pero su respiración seguía siendo regular y Brusca se había asegurado de taparla bien con unas pieles que tenía que haber encontrado por el lugar.

—Oye, ¿y esas greñas?

Hipo giró la cabeza hacia Chusco, quien le observaba con aire curioso.

—Sin más, me apetecía un cambio —respondió el joven.

—Pareces más mayor así.

Hipo ladeó la cabeza, convencido de que el pelo no era lo único que le hacía parecer más mayor.

—No es que te quede mal, ¿eh? —Chusco pasó su mano por sus rastas—. Estoy pensando en dejarme barba, quizás tú deberías hacer lo mismo, parecerás más vikingo así.

Soltó una risotada que vibró desde su pecho.

—No creo que la barba me siente especialmente bien —le aseguró Hipo.

—¿Quién sabe? El bronceado y esos pelos no la han espantado a ella —señaló a Astrid—, así que puede que la barba sea un plus.

Hipo puso los ojos en blanco.

—Vete a la cama, anda.

Chusco alzó las manos en señal de que no iba a discutir más y se marchó con paso lento. Hipo se quitó el cinto de su túnica a la vez que Desdentao decía:

Sigue siendo raro de cojones.

—No sería Chusco si no fuera así —le recordó Hipo con voz cansada mientras dejaba su túnica al pie de la cama—. Es raro estar aquí con todos ellos, la verdad. Mocoso ni siquiera me ha dirigido la palabra.

¿Y eso? —preguntó Desdentao.

—Su padre fue asesinado el día de la boda —contestó Hipo metiéndose en la cama—. Me imagino que me culpa por ello.

Pero no lo fue —le advirtió el Furia Nocturna.

—Bueno, eso es discuti…

No fue tu culpa —Desdentao volvió a acomodar su cabeza sobre sus patas—. Es una pena que en ciertas cosas no hayas cambiado nada.

—¿A qué te refieres? —cuestionó el vikingo sin comprender.

Aún sigues cargando con el peso del mundo sobre tus hombros, Hipo.

Hipo quiso replicar a la acusación de su amigo, pero sabía que no había forma de defenderse. Siendo el heredero de la tribu, se había acostumbrado a coger tantas responsabilidades que ya era incapaz de diferenciar cuáles le concernían a él y cuáles no. No podía evitar no sentirse responsable, más por todo lo que había sucedido en su boda. Por mucho que su padre y Astrid le hubieran forzado a marcharse, él tenía que haberles confrontado más decidido para quedarse.

Hipo se quedó dormido con ese pensamiento en mente y, por primera vez en mucho tiempo, durmió sin sueños.

Por suerte, durante los siguientes tres días, apenas tuvo tiempo para aburrirse y pensar en sus cargos de conciencia.

Si no estaba pendiente de Astrid —por lo general, se hacía turnos con Desdentao y con Brusca. Tormenta, por su tamaño, no podía acceder a la habitación de Astrid por lo que se había reducido a descansar su ala que había vuelto a resentirse tras pasarse el efecto de su magia—, ayudaba a acondicionar aquel lugar para todas las personas que se encontraban allí. Limpió la herrería de arriba abajo y se encargó de encender el horno para hacer los arreglos que fueran pertinentes. Encontraron también un huerto del que Heather decidió hacerse cargo junto con otros agricultores y, por suerte, la bruja estaba receptiva para ayudar a los heridos. Hipo le había pedido a su padre que, por el momento, no le dijera nada a Heather sobre su relación consanguínea con Dagur. No conocía a la bruja lo suficiente como para saber cómo iba a reaccionar ante la noticia y prefería esperar a que Astrid despertara antes de tomar cualquier decisión.

A medida que pasaban los días, su magia fue reanimándose poco a poco y, aunque había sido un alivio no tenerla zumbando dentro de él como la mosca cojonera que podía ser a veces, tenía que admitir que se había acostumbrado tanto a su presencia que se había sentido algo vacío debido a su ausencia. Ello suponía que ahora debía andarse con más cuidado con el uso de su magia, puesto que aunque hubiera formado parte del ritual de transporte, todo el mundo había supuesto que aquello había sido cosa de Astrid y de Heather y no de él. En realidad, solo su padre y Heather sabían que podía emplear la magia y la bruja apenas le dirigía palabra, hasta el punto que le evitaba como la peste.

No obstante, Heather no era la única que estaba decidida a no hablarle. A medida que fueron pasando los días, la hostilidad de Mocoso y otras personas, en su mayoría refugiados de Isla Mema, fue en aumento. No es que le insultaran o le atacaran, sino más bien habían establecido una especie de ley del silencio en la que, además de no dirigirse nunca a él, murmuraban cosas a sus espaldas y le lanzaban miradas envenenadas que hizo aflorar sus peores miedos. ¿Y si le atacaban mientras dormían? ¿Y si le hacían algo a Astrid a la mínima que se despistara? Hipo no temía que le atacaran porque fueran hacerle daño, más bien tenía miedo a cómo reaccionaría su propia magia ante la tentativa de que pudieran herirlo. ¡Y mejor no pensar en lo que podría hacerles si tocaban un solo pelo de Astrid! Hipo sabía bien que no iba a tener piedad con nadie, ni siquiera con su primo.

—Ignórale —le señaló Brusca.

Era la noche del cuarto día e Hipo empezaba a estar un poco harto de las miradas hostiles y de los cuchicheos de su alrededor. Se había acostumbrado a comer y cenar siempre con Brusca, quién sorpresivamente había resultado ser una de las compañías más agradables y entretenidas de aquel lugar. Es más, durante los días previos no había parado de hacerle preguntas sobre sus viajes y lo que habían hecho hasta entonces e Hipo no negaba lo mucho que le complacía responder sus cuestiones llenas de curiosidad sobre cómo era el mundo más allá del Archipiélago.

—Me culpa por lo que le pasó a sus padres —dijo Hipo con amargura—. Es normal que…

—Mocoso utiliza la excusa de que su familia murió para todo —escupió la vikinga con rabia—. Está sumido en el dolor y lo entiendo, pero no justifica que tenga que comportarse como un gilipollas. Todos hemos perdido a alguien en esta guerra y no nos beneficia que tengamos que echarnos mierda los unos sobre los otros.

A Hipo le fascinaba la madurez en el discurso de Brusca. La vikinga había cambiado mucho desde la última vez que la había visto, ya no solo por su malnutrido aspecto, sino porque daba la sensación de que tenía los ojos de una anciana que había vivido una vida llena de catastróficas desdichas. Que sus padres estuvieran bajo el hechizo de Le Fey había sido un duro golpe para los gemelos y Alvin le había mencionado que habían tenido más de una tentativa de matar a Brusca. Hipo sólo había bajado para ver por sí mismo los efectos del conjuro, pero se había tenido que marchar con rapidez dado que todos los hechizados intentaron abalanzarse sobre él según entró en la sala. Le Fey claramente había ponzoñado sus mentes con la orden de que le mataran según le vieran, por lo que tenía terminantemente prohibido volver a pasar por allí.

Por otra parte, Brusca se había volcado en cuidar a Gothi, cuyo estado era muy delicado y, según Heather, era muy probable que no volviera a despertar. La anciana, al igual que Astrid, estaba profundamente dormida, por lo que en un principio no la creyeron; sin embargo, al cuarto día, Brusca observó que los dedos de Gothi habían empezado a gangrenarse. Alarmados, acudieron a Heather por respuestas y la bruja dibujó un gesto de impaciencia en su delicado rostro.

—¿Pensabais que Le Fey iba a dormirla así sin más? Está claro que la ha maldito —explicó Heather observando las manos de la anciana—. Casi hubiera sido mejor que Astrid la hubiera dejado morir, porque lo único que ha hecho ha sido retrasar lo inevitable. ¡Menuda pérdida de tiempo!

Brusca procuró un insulto a la bruja, pero Hipo seguía sin estar seguro de que Gothi pudiera morir así como así.

—¿Estás segura de que no hay solución, Heather? —insistió el vikingo—. Por lo general, toda maldición debería tener un contraconjuro que pudiera deshacerlo.

Heather puso los brazos en jarras y alzó una ceja.

—¿Ahora vas de sabiondo? ¿Te crees que ahora que tú puedes emplear magia sabes más que yo?

Brusca alzó la cabeza confundida por ese último comentario. Hipo estrechó sus ojos y contó hasta diez para no perder la paciencia.

—Astrid me ha estado enseñando estos últimos meses y tengo claro que prácticamente todas las maldiciones se pueden romper —dijo él moderando la ira en su voz—. Ahora, ¿que no sabes cómo romper esta maldición en concreto? Pues tampoco me sorprende por tu parte, Heather.

Las aletas de la nariz de la bruja se abrieron, claramente ofendida por su comentario.

—¡Esperad! —exclamó Brusca interponiéndose entre ellos dos—. Hipo, ¿no teníais un grimorio con vosotros? ¡Quizás ahí haya algún hechizo que pueda ayudarnos a salvar a Gothi!

Hipo palideció. Heather ladeó la cabeza ante su repentino silencio y sonrió con crueldad.

—Lo habéis perdido, ¿a que sí?

—¡No! —exclamó Hipo rabioso—. Sabemos perfectamente dónde está.

—Seguro que sí —concordó la bruja con sarcasmo mientras se miraba las uñas—. Estoy convencida de que a Le Fey le encantará saber que habéis perdido su preciado libro.

Hipo y Brusca abrieron mucho los ojos, sin dar crédito a que la bruja hubiera soltado una amenaza tan a la ligera. Hipo abrió la boca para replicar, pero Brusca le dio tal empujón a Heather que casi la tiró al suelo.

—¡¿Nos estás amenazando?! —chilló la vikinga indignada—. ¡¿Después de todo lo que hemos hecho por ti todavía tienes el puto valor de amenazarnos?!

—¡Venga ya, Brusca! Ni Hipo ni Astrid han hecho una mierda por mi, ¿por qué tendría que preocuparme ahora por ellos? —escupió la bruja con repulsa.

—¿Porque tal vez nos salvaron la vida a todos? ¿Porque puede que por tu estúpida cabecita rencorosa pueda pensar en alguien que no seas tú misma? ¡Me tenéis todos hasta el mismísimo coño con vuestros rencores! —siguió gritando la vikinga rabiosa, dejando a Heather y a Hipo sin palabras—. ¿Crees de verdad que solo tú lo has pasado mal, Heather? —señaló a Hipo—. ¡Este tío que tienes aquí ha vivido toda su vida sintiendo que es un trozo de mierda porque es un escuálido y todos nos metíamos con él porque es un raro de cojones! Y no solo eso, sino que encima perdió su pie para salvarnos el culo de un dragón que era más grande que esta puta montaña —Brusca carraspeó para recuperar su voz—. Sí, Heather, Astrid te cortó un dedo, ¿pero cuántas veces te salvó?

—Más de una —señaló Hipo de mala gana recordando todas las anécdotas que Astrid le había contado sobre Heather—, por no mencionar que ella te dio una segunda oportunidad y te dejó entrar en el ejército cuando la hicieron general.

Heather quiso replicar, pero Brusca no la dejó. Estaba tan enfadada que su cara se estaba tornando roja de la ira.

—Todo tu puto drama gira en torno a que tu mejor amiga te cortó un puto dedo —le recriminó—. No defiendo su acto, pero me imagino que siendo Le Fey vuestra reina tampoco es que tuviera otro remedio, ¿no? Dudo muchísimo que Astrid o nadie en su sano juicio te cortara el dedo porque realmente quisiera hacerlo —Heather no respondió y agachó la cabeza para evadir sus miradas severas. Brusca respiró profundamente para calmarse y puso sus manos sobre sus caderas—. Eres una egoísta, Heather. Al principio pensé que te preocupabas por nosotros, pero veo que eres tan falsa que a veces te crees alguien que realmente no eres.

—Al menos yo no mato bebés —dijo la bruja con voz envenenada.

Hipo frunció el ceño desconcertado ante su comentario, pero la cara de Brusca palideció tanto que por un momento pensó que se iba a desmayar. Sin embargo, la sonrisa de suficiencia de Heather fue lo que le dio a entender que la bruja había revelado algo que se supone que él no debería saber.

El vikingo no se lo pensó dos veces.

Sin importarle cuán calientes estaban sus manos cogió a Heather del brazo. La bruja soltó un chillido, alarmada por el calor de su tacto, y la arrastró fuera de la habitación de Gothi. Por suerte, se encontró con una guardia Marginada que hacía ronda por el pasillo. La empujó contra ella y la guardia la cogió con fuerza de sus brazos.

—Que la metan en una celda —la ordenó con gravedad—. Que no salga a menos que yo diga lo contrario.

—¡No puedes hacerme esto! —chilló Heather colérica—. ¡No eres más que un puto engendro! ¡Abominación!

Hipo solo necesitó dar dos zancadas para alcanzar su cuello. Su mano ardía contra su piel y Heather se quedó muy tensa por su inesperada reacción, al igual que la soldado. Nadie hubiera esperado que Hipo Haddock agarrara del cuello a nadie con tanta frialdad.

—Escúchame bien —empezó a decir el vikingo en la lengua de las brujas—. Ahora mismo vives en una comunidad de humanos y estás bajo la protección de Alvin y de mi padre, pero si dudas por un solo instante que no puedo matarte con solo chasquear los dedos vas lista. Conmigo puedes experimentar lo que es arder, Heather, así que la próxima vez que te plantees traicionar la confianza de Brusca o de cualquiera de nosotros, te juro por mi dragón que te destrozo. ¿Me has entendido?

La bruja asintió con lentitud.

—Te quedarás en las celdas de los subterráneos hasta que despierte Astrid y ella decidirá qué hacer contigo —Hipo le hizo una seña con la cabeza a la soldado y ésta arrastró a Heather hasta las escaleras. Hipo apreció la marca rojiza de sus dedos en su cuello—. Tienes tiempo hasta entonces para replantearte muchas cosas.

Cuando Hipo volvió a la habitación, Brusca estaba sentada en la cama junto a Gothi, pero con la cabeza en otra parte. Hipo se sentó a su lado, aunque la vikinga no hizo ningún movimiento.

—¿Astrid lo sabe? —preguntó Hipo con cautela.

—Fue ella la que me ayudó —respondió Brusca sin ninguna emoción en su voz.

Hipo asintió con lentitud. No le sorprendía en absoluto y estaba orgulloso de la discreción de su novia, quien nunca le había soltado una palabra al respecto.

—¿Tú estás…?

—¿Bien? —le cortó ella con sequedad—. Perfectamente. Nunca lo quise de todos modos.

Sus ojos estaban clavados en sus manos. Hipo sintió un peso en su pecho, algo de lástima tal vez, aunque sabía que Brusca no buscaba eso de él. A lo largo de su vida, apenas había tenido trato con ella. Es más, había tratado mucho más con Chusco que con Brusca, quizás porque nunca se había sentido demasiado cómodo por su malévolo carácter. Sin embargo, Astrid siempre había expresado un enorme afecto hacia ella, pese a que no podían ser más diferentes. El hecho de que Astrid no le hubiera contado lo del aborto, ni siquiera cuando habían pasado tanto tiempo pensando que todos habían muerto, demostraba lo leal que era hacia su amiga. Casi de manera inconsciente, Hipo cogió de su mano. Brusca soltó un jadeo, no supo si de la sorpresa de su gesto o de lo caliente que debía sentirse su piel contra la suya, pero al menos no se la rechazó, porque de lo contrario habría sido un tanto incómodo.

—Está bien, Brusca —dijo él con suavidad.

La vikinga alzó la mirada con recelo.

—¿No crees que soy horrible por no arrepentirme?

—A estas alturas de la vida he visto cosas mucho peores que el no querer tener hijo fuera de un matrimonio —señaló Hipo con tristeza.

Brusca arrugó la frente.

—No sabía que fueras tan comprensivo.

Hipo tuvo que fingir que aquel comentario no le había ofendido.

—Porque no me conoces —señaló él con sequedad—. Creo que salvo Astrid, casi ninguno de vosotros tenéis idea de cómo soy realmente.

—Tampoco es que fueras muy abierto…

Hipo sacudió la cabeza.

—No te lo tomes a mal, pero para mí me resultaba muy difícil abrirme con las personas que se dedicaban a hacerme la vida imposible antes de conocer a Desdentao.

No había reproche en su voz, aunque Brusca abrió mucho los ojos y sus mejillas se tiñeron de bermellón. Soltó su mano y carraspeó incómoda.

—Lo siento mucho, Hipo —confesó ella con un tono que daba a entender que realmente estaba arrepentida—. Astrid nos lo señaló varias veces, ¿sabes? ¡Se enfadaba tanto cuando nos metíamos contigo a tus espaldas! —Hipo sintió una punzada en su pecho, inconsciente hasta ahora de que habían seguido haciéndolo hasta hacía bien poco—. Pero creo que hasta ahora no me he dado cuenta de la repercusión que nuestro comportamiento de mierda ha tenido en ti. No puedo disculparme en nombre de los demás, pero por mi parte ten por seguro que lo siento muchísimo, Hipo.

—No tienes que disculparte, eran otros tiem...

—Sí, tengo que hacerlo —le interrumpió ella con amargura—. Ya no soy la que era antes y creo que esta nueva versión de mi misma está obligada ya no solo a decir lo que piensa, sino también a aceptar sus errores y enmendarlos. Esta disculpa era necesaria para ambos.

Hipo no podía negar que se sentía conmovido por las palabras de Brusca y sonrió.

—Disculpas aceptadas.

La vikinga respiró aliviada, aunque se mordió el labio, como si estuviera debatiéndose si contarle algo o no. Hipo la observó extrañado, no muy seguro de cómo entrar en su propia discusión interna.

—Creo que deberías saber que Mocoso era el padre.

A Hipo no le sorprendió aquella confesión.

—¿Lo sabe?

—Desgraciadamente, no se ha tomado muy bien que abortara sin consultárselo —explicó Brusca subiendo sus pies a la cama.

—Bueno, en cierta medida entiendo que le moleste que no le hayas contado nada —replicó Hipo y Brusca agachó la cabeza avergonzada—, pero tú tenías más que perder que él... ¿A menos que hubiera accedido a casarse contigo?

Brusca le lanzó una mirada de circunstancias.

—Sabes que eso jamás habría pasado —señaló ella con amargura—. Mocoso era el segundo en la línea de sucesión de la Jefatura de Mema después de ti y sé que yo ni tengo la posición ni la madera para ser su mujer. Es más, ahora estoy segura que lo nuestro jamás habría funcionado. El sexo era bueno, no lo niego —Hipo tuvo que contener una mueca, dado que hablar de la capacidad sexual de su primo no era su conversación preferida—, pero Mocoso siempre me vio y me trató como algo pasajero. Y ahora… se ha transformado en alguien que… no sé, comprendo que lo ha pasado mal y yo tengo que dar gracias de que mis padres están vivos, pero Mocoso ha optado por la vía fácil y es culpar a absolutamente a todo el mundo de todos sus males.

—Lo siento mucho, Brusca —dijo él con simpatía—. Y agradezco que confíes lo bastante en mí como para contarme esto.

Brusca hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

—Astrid no se equivocaba cuando dijo que eras bueno escuchando y, honestamente, si ella confía en ti me imagino que yo puedo hacer lo mismo —Hipo sonrió con cierta timidez por el halago—. Aunque más me vale no cabrearte, dabas un poco de miedo cuando has echado a Heather de aquí.

Hipo se sintió de repente muy avergonzado. No le gustaba tener arranques de ira delante de nadie.

—Yo…

—Eres sin duda hijo de tu padre —se mofó ella.

Las mejillas de Hipo se calentaron ligeramente, consciente que decía aquello más como un halago que como una burla. Brusca chocó su puño con el suyo antes de que Hipo se retirara al cuarto que compartía con Astrid. Se había dormido rápido, aunque dado que su sueño tendía a ser ligero, se había despertado varias veces por el movimiento de Astrid hasta que le pareció escuchar decir algo que no dejaban de ser murmullos incoherentes en sueños.

Y ahora, allí estaba, sentado solo en la playa y abrumado por la ansiedad por la sola posibilidad de que Astrid no fuera a despertarse nunca. La echaba muchísimo de menos. A pesar de estar en cuerpo presente, echaba en falta escucharla reír, sus regañinas y sentir sus dedos pasear por su cuero cabelludo. Añoraba su voz, su sonrisa y el brillo en sus preciosos ojos, azules como el cielo en verano. No dudaba que todo sería infinitamente más fácil si ella estuviera consciente. Estaba seguro de que a Astrid sabría qué pasos debían dar a continuación y le aconsejaría sobre cómo sobrellevar toda la hostilidad que estaba sufriendo en aquellos últimos días. ¡Incluso sabría qué hacer para salvar a Gothi!

Pero si no se despertaba...

Hipo escondió su cabeza entre sus piernas y se concentró en acompasar su respiración. Astrid iba a despertarse más pronto que tarde, se forzaba a pensar una y otra vez. Ella era fuerte, valiente y sabía que lo único que necesitaba era descansar lo bastante para recuperar sus niveles habituales de magia.

Sólo necesitaba ser un poco más paciente.

Sólo un poco más.

Parpadeó un par de veces para desvanecer las lágrimas que se le habían acumulado en los ojos y se centró en escuchar el sonido calmado del oleaje. Si cerraba los ojos casi podía imaginarse que estaba otra vez en el Egeo, en una de sus muchas noches de insomnio, esforzándose en calmarse porque había tenido una visión o porque estaba aterrado por lo que su magia pudiera hacer mientras dormía. Astrid había aparecido cada noche, abrazándolo por los hombros mientras le daba suaves besos en su mejilla a la vez que susurraba palabras de amor para tranquilizarlo. La mayor parte de las veces terminaban haciendo el amor en la playa y, si hacía demasiado frío, volvían a su cabaña y se acurrucaban hasta que Astrid se quedaba dormida otra vez.

Tenía la sensación de haber vivido todo aquello hacía décadas y apenas habían pasado poco más de cinco meses desde entonces.

Es más, pronto se haría un año de su supuesta boda con Kateriina y Astrid iba a cumplir veintidós. Se anotó mentalmente que debía empezar con su regalo lo antes posible. Astrid aún conservaba los brazaletes que Hipo le había regalado en su último cumpleaños, aunque solo se los había puesto una única vez y había sido durante su boda. Desde entonces, la bruja los había guardado envueltos en un trozo de tela al fondo de la alforja que habitualmente cargaba Tormenta y que, por puro milagro, todavía no se había perdido. Hipo le planteó venderlos cuando estuvieron en Grecia, pero Astrid se había negado en rotundo.

—¡Pero si no te los pones! —le indicó él impaciente.

—¡Son demasiado bonitos para que los vaya luciendo todos los días! —le achacó ella con las mejillas encendidas—. Los hicistes pensando en mí, así que por favor no me vuelvas siquiera a plantear la posibilidad de venderlos a menos que yo lo sugiera.

Y nunca lo hizo.

Tal vez ese año debería regalarle el hacha que tanto tiempo llevaba deseando, pues no había manera de que Astrid cargara con un arma sin quejarse. El vikingo soltó una risita, ¡su novia podía ser tan exquisita para algunas cosas!

Hipo soltó un sonoro bostezo y se alivió pensando de que tal vez pudiera dormir unas horas de tirón. Se levantó y se sacudió la arena de sus pantalones, pero cuando se giró en dirección a la montaña, Hipo sintió que la vista se le emborronaba y le entró un mareo tan grande que no pudo evitar caerse hacia atrás. Esperaba caerse sobre el terreno blando de arena, pero se encontró cayéndose de bruces contra una superficie mucho más dura. Hipo soltó un quejido de dolor y parpadeó con rapidez para recuperar la visión; sin embargo, se encontró que ya no estaba en la playa, sino en un lugar muy oscuro. Hipo encendió varias llamas que lanzó al aire para iluminar el lugar y vio que se encontraba en una cueva. Aún aturdido, Hipo se apoyó contra la pared para levantarse y le sorprendió sentir la piedra extrañamente caliente contra su mano.

A estas alturas, Hipo ya sabía que estaba teniendo una visión, pero era la primera vez que se veía afectado por el ambiente de la misma y que incluso podía usar su magia. El vikingo cogió un trozo de piedra y observó que aquello era esquisto, por lo que debía encontrarse o bien en Isla Mema o en una algún lugar que tuviera una base de roca similar. Le pareció escuchar el sonido de un oleaje a lo lejos, pero sonaba más bien como un eco muy lejano, por lo que se imaginó que la salida de aquel lugar debía encontrarse a una distancia considerable desde su ubicación.

En realidad, el sonido que allí reinaba era el de su propia respiración.

Hipo tenía un mal presentimiento.

Uno muy malo.

Su vista estaba clavada en el extremo opuesto a donde provenía el sonido del mar, hacia un túnel que llevaba a la más pura oscuridad. Su magia reaccionó recelosa dentro de él, advirtiéndole que no era buena idea dirigirse hacia allí. No obstante, puede que aquella visión fuera clave para saber cuál iba a ser el siguiente paso del enemigo. Tragándose inútilmente su miedo, Hipo se dirigió hacia la oscuridad.

Estuvo caminando como diez minutos cuando algo en la pared captó su atención. Movió sus fuegos flotantes hacia la roca e Hipo palpó desconcertado un rastro de garras. El vikingo sabía que ningún mamífero podía desgarrar la piedra con tanta profundidad, por lo que por descarte debían de ser marcas de un dragón. Sin embargo, Hipo no estaba muy seguro de qué clase de dragón podría ser. No parecía ser más grande que Desdentao, puesto que las marcas apenas alcanzaban una altura de cinco metros y, aún así, sus garras eran lo bastante fuertes y afiladas como para realizar un corte limpio en el esquisto. Hipo siguió caminando y observó cómo las paredes de la cueva presentaban cada vez más y más marcas de garras hasta que no quedaba una superficie sin arañazos. El terror le obligó a detenerse cuando le pareció escuchar una respiración profunda en la oscuridad.

Hipo sabía que fuera lo que fuera lo que estuviera allí no debía verle… ¿verdad? Aquello era una visión. Aunque la caverna estuviera iluminada a sus ojos, aquel lugar no debía tener ni un ápice de luz realmente. De repente, aquella cosa en la oscuridad gruñó e Hipo contuvo su respiración dando un paso inconsciente hacia atrás. Miró hacia sus pies para asegurarse de que no caía al suelo y entonces reparó horrorizado que el suelo estaba lleno de huesos sueltos… algunos humanos y otros de dragón. Hipo se llevó la mano a la boca para contener una arcada cuando vio que algunos de ellos todavía tenían carne incrustada en ellos.

La criatura de la oscuridad rugió esta vez. No era un rugido que se asemejara a ningún alarido de dragón que Hipo hubiera escuchado antes, aunque encontraba algo familiar en él. Tragó saliva. Tenía que seguir, fuera lo que fuera aquella cosa iba a encontrarla tarde o temprano en su futuro, así que más le valía seguir hacia adelante. Con paso vacilante y lento, Hipo continuó hacia delante, aunque se detuvo enseguida al apreciar entre los huesos escamas negras como la noche. Cogió una de ellas para estudiarla de cerca y observó un pequeño rastro de sangre en ella, casi como si hubiera sido arrancada del cuerpo del dragón.

Todo aquello le resultaba extraño. ¿Qué clase de dragón comía carne humana y de dragón y se arrancaba las escamas? En los años que se había pasado estudiando el comportamiento de los dragones, jamás se había encontrado con ninguno que actuara como tal. Aquella escama pertenecía a un dragón pequeño, no cabía duda, pero Hipo sólo conocía una raza de dragón que tuviera las escamas de un color tan azabache.

Hacía años que había dejado de buscar activamente otras Furias Nocturnas. Había recorrido el Archipiélago de arriba abajo para encontrar alguna manada con la que Desdentao hubiera podido reconectar; sin embargo, nunca había tenido éxito en su misión. Es más, al poco de descubrir que podía entenderse con él, Hipo le había preguntado sobre aquello, a lo que Desdentao simplemente respondió:

Siempre he estado solo. Tengo flashes de mi madre cuando era un crío, pero ni siquiera sé qué le pasó. Lo más seguro es que muriera —el dragón parpadeó ante su gesto de tristeza—. Estoy bien, Hipo, eso fue hace tiempo y ahora soy feliz con la familia que tengo.

¿Acaso la criatura que estaba en aquella caverna era un Furia Nocturna? Hipo estudió de nuevo la pared llena de arañazos y concluyó que aquellas marcas no podían ser de esa especie, dado que los Furia Nocturnas contaban con cuatro garras por cada pata delantera y los zarpazos de la pared estaban compuestos por cinco. Escuchó otro gruñido, ésta vez mucho más cerca, e Hipo se dio cuenta de que la criatura debía estar a escasos metros de donde se encontraba. De repente, le pareció escuchar pasos por el otro extremo de la cueva e Hipo, aún sabiendo que no le verían, apagó de manera inconsciente sus fuegos flotantes. Se quedó pegado contra la pared a la vez que oía unas voces que se acercaban hasta su ubicación. La respiración de la bestia se intensificó e Hipo se dio cuenta que estaba olfateando el aire, como si también se hubiera percatado de la presencia de los otros desconocidos. Hipo apreció la luz de tres antorchas a unos treinta metros de donde se encontraba, aunque no se acercaron. Intentó agudizar su oído para escuchar la conversación, pero hablaban en susurros y no les entendió bien. Finalmente, una de las antorchas se acercó con lentitud hacia su situación y aquella persona —un hombre por el tono de su voz— soltó un jadeo cuando vio las marcas de garras en la pared. La criatura se movió sigilosamente en la oscuridad, aunque el hombre de la antorcha no pareció percibir ningún sonido o movimiento fuera de lo normal pese a su titubeante paso. Cuando se encontraba a poco menos de diez metros de él, Hipo soltó un respingo al reconocer a Acke, uno de los consejeros más cercanos de Thuggory. Hacía años que no le veía, pero seguía teniendo la misma frondosa barba gris y sus ojos, siempre cansados, tenían más arruguitas de las que podía contar por leer siempre a la lumbre.

El hombre se detuvo poco antes de su ubicación, claramente consternado por la terrorífica visión de las paredes marcadas por las garras de la bestia. Su respiración era acelerada e Hipo apreció un ligero temblor en su mano libre que estaba convencido que no se debía a los estragos de la edad. Acke se volvió de nuevo hacia la oscuridad y extendió inútilmente su brazo para intentar iluminar más la caverna; sin embargo, Hipo sabía que más allá solo estaban la bestia y las sombras. De repente, algo pareció iluminarse en las sombras, fue solo durante unos segundos, pero tanto Acke como Hipo observaron dos pequeños resplandores morados a pocos metros de distancia. Hipo no se movió, pero el otro hombre dio un traspiés hacia atrás que hizo que se tropezara con uno de los huesos del suelo y cayera de bruces al suelo.

En un estado normal, Hipo habría tenido el impulso de intentar ayudar al anciano a pesar de saber que estaba dentro de una visión. Sin embargo, el vikingo estaba tan paralizado por el miedo que no se atrevía a mover ni un músculo. Escuchó los pesados pasos de la criatura pisar los huesos de la caverna y cómo gruñía por lo bajo mientras olisqueaba a su presa. Acke intentó coger la antorcha, pero se había caído fuera de su alcance e Hipo agradeció que fuera lo bastante prudente como para no hacer movimientos bruscos.

—¿Q-quién eres? —balbuceó el hombre esforzándose en controlar el temblor de su voz.

Hipo le hubiera gustado que hubiera mantenido la boca cerrada, más teniendo en cuenta que tenía a la bestia a dos metros escasos de él. La escasa luz le impidió realmente ver cuán grande era y no estaba del todo seguro si estaba ante un dragón u otro tipo de animal, pues la extraña forma que podía apreciarse en la oscuridad no se parecía al de ninguna otra criatura que él hubiera visto antes. Hipo pensó que tal vez debería encender sus fuegos flotantes, después de todo la bestia no las vería, pero su instinto le estaba gritando que por favor se mantuviera quieto.

E Hipo era muy fiel a su instinto.

De repente, los dos fulgores morados de antes aparecieron de nuevo e Hipo se dio cuenta que eran los ojos de la bestia. El vikingo se llevó la mano a la boca para contener un grito de terror, pero Acke no fue capaz de hacerlo. La criatura, que hasta ahora parecía haber estado andando a cuatro patas, se incorporó e Hipo observó en la oscuridad que debía medir por lo menos dos metros y medio, casi tres. A ojos de un dragón no era muy grande, pero a ojos de un humano… era enorme. Acke se echó inútilmente hacia atrás aterrado, incapaz de formular una sola palabra. Hipo sabía que era demasiado tarde para él y, aún habiéndose levantado, no habría escapatoria para él. La bestia soltó un alarido que ni sonaba a dragón ni a otro animal que conociera, pero el vikingo parecía percibir tantas emociones en él: dolor, ira, hambre…

Hipo cerró los ojos cuando la criatura se abalanzó sobre Acke y sus gritos de pánico y dolor reventaron sus tímpanos. Se tapó los oídos ya no solo los aullidos del pobre desgraciado, sino para aplacar el sonido de los dientes rasgando la piel, la ingesta de la carne y la respiración acelerada y casi eufórica de la criatura. Hipo intentó salir de la visión, pero lo único que consiguió fue ganarse un buen dolor de cabeza. La mecha de la antorcha estaba casi apagada cuando sacó el valor para entreabrir los ojos. Con la poca luz que contaba, Hipo observó la espalda de la criatura, cubierta parte con escamas y por otra por una piel grisácea llena de cicatrices de las escamas que se había arrancado. Tenía una cola larga que le salía desde la zona lumbar, aunque Hipo apenas pudo apreciar su forma de lo oscuro que estaba. De sus omoplatos salían dos protuberancias que le pusieron la piel de gallina, como si las alas se le hubieran quedado por dentro. Intentó acercarse para observarlo de más cerca, pero la criatura se movió, casi como si le hubiera oído. Se incorporó sobre sus dos patas, mucho más largas y firmes de las que suelen ser las de un dragón y olisqueó el aire. Hipo visualizó el cuerpo inerte de Acke, pero apartó enseguida la vista al ver que estaba abierto en canal y que la bestia había estado devorando sus órganos.

No podía ser un dragón.

Poquísimos dragones comían carne humana, prefiriendo el pescado o incluso la carne de ave.

Pero aquella bestia…

Se escuchó un eco proveniente de la entrada de la caverna y la bestia volvió a ponerse a cuatro patas, aunque observó que las extremidades delanteras también eran inusualmente largas para un reptil e Hipo no pudo pensar en nada que pudiera asemejarse a esa cosa. El vikingo sintió una punzada en el fondo de su cabeza, pero consiguió incorporarse. Fue entonces cuando la bestia se giró hacia él y todo lo que Hipo tuvo tiempo de apreciar fueron sus brillantes ojos morados y sus pequeños y numerosos dientes afilados antes de que la criatura se lanzara sobre él.

Hipo abrió los ojos de repente, aunque volvió a cerrarlos por la intensidad de luz que había de repente.

—¡Joder! ¡Menos mal! ¡Está vivo! —oyó a alguien exclamar a su lado.

Reconoció la voz de Chusco. Parpadeó un par de veces antes de enfocar sus ojos. Estaba de nuevo en la playa, aunque ya había amanecido y el sol de media mañana abrasaba su piel. Hipo tenía las manos temblorosas aún por la impresión de su terrorífica visión y cayó que tenía la cara empapada de sudor frío.

—¿Estás bien, tío? —le preguntó Chusco, quién estaba arrodillado a su lado—. Te estábamos buscando y te hemos encontrado aquí tirado y convulsionando. Pensábamos que te había dado un yuyu o algo.

—Bueno, ya ves que está bien —dijo alguien junto a la orilla y vio que era Mocoso—. ¿Nos vamos ya?

Chusco tocó su cara con su mano, pero la apartó enseguida.

—¡Tío, estás ardiendo de fiebre! —exclamó horrorizado.

—Estoy bien —se apresuró a decir Hipo aún sin poder quitarse esos brillantes ojos morados de su cabeza.

—¡Pero si estás tan caliente que quemas! —insistió Chusco.

—Chusco, sólo hace esto para llamar la atención y ya te ha dicho que está bien, ¡vámonos! —gritó Mocoso con impaciencia.

Aquel comentario molestó tanto a Hipo que se incorporó de un salto para encarar a su primo. Hipo le sacaba al menos una cabeza, hecho que Mocoso jamás había superado, por lo que cruzó los brazos sobre su pecho y alzó la cabeza para desafiarlo con la mirada. Hipo se sintió tentado en propinarle una hostia para bajarle los humos. Su magia parecía encantada de unirse al plan, pero tuvo que contenerse. Aún estaba muy alterado por su visión y lo último que necesitaba era liarse a puñetazos con su primo. Nunca había sido su estilo y no tenía intenciones de que empezara a serlo ahora.

—¿Qué pasa, Hipo? ¿Acaso he herido tus sentimientos? ¿Vas a ir a llorarle a papá? —se burló Mocoso.

Hipo apretó los puños para contener su rabia.

—¿Ganas algo siendo un trozo de mierda, Mocoso? —cuestionó el vikingo cuidando que su voz no delatara su molestia.

—La satisfacción de ver tu geto muriéndose de ganas de golpearme cuando sabes que no tienes ninguna posibilidad contra mí —respondió su primo con frialdad—. Tienes suerte de que papá te cubra el culo, porque estaría encantado de partirte la cara si pudiera. ¿Y quién sabe lo que podría pasarle a tu novia si…?

Mocoso no pudo continuar porque Hipo le propinó tal puñetazo en la mandíbula que le tiró al suelo. Chusco jadeó a su espalda por la sorpresa de su acto, pero Hipo tenía la visión nublada por la ira. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo osaba a amenazarle con dañar a Astrid así como así? Mocoso se incorporó tambaleante, con la mano puesta en su cara que había empezado a inflamarse. Hipo alzó su puño para golpearlo de nuevo, pero Mocoso dio dos torpes pasos hacia atrás mientras que Chusco tiraba de su brazo para detenerle.

—¡Para, Hipo!

—¿Por qué no me lo dices a la cara, Mocoso? ¡¿Por qué no me culpas por lo que les pasó a tus padres?! —escupió Hipo a voz de grito—. ¿O es que eres tan cobarde que ni siquiera te atreves a enfrentarte a mí? Prefieres ir hablando de mí, de Astrid o de Brusca a mis espaldas, ¿verdad? ¡Cobarde de mierda!

—¡¿Me llamas tú a mí cobarde?! ¡¿Tú?! Que llevas… ¿cuánto tiempo? ¡Casi un puto año desaparecido! —chilló Mocoso sin poder contenerse por más tiempo—. ¡He tenido que ser testigo de cómo mi padre era asesinado durante tu puta boda, de cómo colgaban a mi madre por cómplice de tu repugnante familia! ¡He tenido que limpiar la mierda de la aldea y he perdido a la mujer que quería por tu culpa y la de tu puta!

Chusco tuvo que emplear todas sus fuerzas para impedir que Hipo se abalanzara sobre él.

—¡Te presentas aquí casi un año después sano como una manzana, bronceado, con esa ridícula melena que te la lleva el viento e incluso más musculado! ¡Has vivido en el jodido paraíso con esa zorra mientras los demás nos pudríamos en esta mierda de archipiélago por algo que causasteis vosotros dos! —siguió Mocoso sin poder contener su rabia—. ¡Vosotros trajisteis a Le Fey aquí! ¡Todo esto no habría pasado si no hubieras sido tan gilipollas de enamorarte de una bruja!

Hipo dio un empujón a Chusco para que lo soltara y respiró hondo para calmarse, sobre todo porque estaba planteándose usar su magia contra su primo y sabía bien que chamuscarlo no iba a ser bien recibido por el resto.

—¿Qué? ¿No dices nada en tu defensa? —le retó Mocoso con voz envenenada.

El vikingo sostuvo su mirada por unos segundos.

—No puedo defender lo indefendible —admitió Hipo con voz sosegada—, pero no fui yo quien manipuló al Consejo para forzar una boda que nunca quise que sucediera. Le Fey usó su cara de Kateriina Noldor para usarnos a todos y convertirse en la Reina del Salvaje Oeste. Si piensas por un solo instante que yo o Astrid habríamos permitido esto de haber sabido que se ocultaba bajo el rostro de Noldor, creeme, habríamos actuado mucho antes.

—¿Actuar cómo, capullo? ¡Si te largaste antes de hacer nada!

—¡Habría muerto igual, Mocoso! —gritó Hipo frustrado—. Aquel día todo era un maldito caos, ¿crees que no habría salvado a tu padre de poder hacerlo? ¿o a todos los que perecieron aquel día? ¡Yo estaba dispuesto a quedarme, pero mi padre no me dejó! ¡Y ahora sé que hice lo correcto porque Le Fey quería matarme a mí para así acabar con Astrid!

—¡Y dale con Astrid! —escupió Mocoso—. ¡Estás empanado con ella! Astrid, Astrid, Astrid… ¿Es que no te das cuenta que el amor no sirve para nada? Ella no te quiere, Hipo. Mujeres como Astrid no quieren a tipos como tú.

—Y, sin embargo, soy yo el que mantiene una relación estable con ella, mientras tú te dedicas a echarme a mí la culpa de que tu relación con Brusca no ha funcionado cuando sabes de sobra que yo poco tengo que ver.

—Esa jodida bruja tuya…

Hipo cogió a su primo de la túnica. Mocoso intentó zafarse de él, pero Hipo le zarandeó para que se mantuviera quieto.

—Entérate bien, Mocoso. Me da igual lo poco que te guste o el problema que tengas con ella, es mi novia y por tanto le debes respeto.

—¡Yo no te debo respeto ni a ti ni mucho menos a esa perra!

—Mocoso…

—¡Esa zorra mató a mi hijo! —escupió su primo dándole un empujón—. Le dio una poción a Brusca y lo mató sin decirme nada, ¿y me dices que tenga respeto por esa asesina?

—No era una decisión que te perteneciera, Mocoso —le recordó Hipo con frialdad.

—¡No es…!

—¿Embarazaste a mi hermana? —escucharon a Chusco decir a su espalda.

El rostro de Mocoso se tornó blanco e Hipo se giró hacia el gemelo que parecía que estaba a punto de desmayarse. Sin embargo, su expresión de espanto se deformó a uno de pura ira, hasta tal punto que ésta vez fue Hipo el que tuvo que agarrarle para que no se abalanzara sobre Mocoso.

—¡Hijo de la grandísima puta! ¿La embarazaste y no hiciste nada?

—¡Yo no tenía ni puta idea de que estuviera embarazada! —gritó Mocoso ofendido—. ¡Me lo soltó el otro día sin más!

Chusco agitó sus brazos para que Hipo le soltara; pero, por suerte, el vikingo contaba con más fuerzas que él.

—¡Suéltame, Hipo! ¡Voy a destrozarle la cara a ese cabronazo!

—Cálmate, hazme el favor —le pidió Hipo nervioso.

Sin embargo, Mocoso no tenía la capacidad de cerrar su enorme bocaza.

—¿Por qué montas esta escena, Chusco? ¡Si hay una víctima aquí soy yo! ¡Abrí mi corazón a Brusca y me suelta que mató a nuestro bebé!

—¡¿Y por qué crees que lo hizo, cacho gilipollas?! —gritó Chusco tan enfadado que todo su cuerpo temblaba—. ¡Bastante malo era saber que te la follabas como para encima descubrir que la embarazaste! ¡Brusca lo hizo porque sabía que tú jamás aceptarías al bebé!

—¡Claro que sí! —chilló Mocoso ofendido—. Mi padre...

—¡No pongas a tu abuela en la misma bolsa que mi hermana, Mocoso! ¡Tu abuela era la puta esposa del Jefe y Brusca es la hija de un juguetero y una costurera! ¡Follaste con ella, jugando con su reputación, que es lo único que tenía, por pura diversión! ¡Porque no había nadie más con quien pudieras hacerlo!

Mocoso parecía tan impactado por sus palabras que no fue capaz de responder. Hipo aún agarraba a Chusco con fuerza, pero por suerte ya no luchaba contra él para soltarse, pues ahora su cara estaba inundada por sus lágrimas.

—Todo este tiempo te he estado apoyando a ti por encima de mi hermana, sin darme cuenta del infierno que ella ha tenido que pasar por tu culpa. Ahora todo tiene sentido.

—No es mi cul…

—¡Cierra la puta boca! —rugió Chusco—. Entérate bien, Mocoso, vuelve acercarte a mi hermana y te juro que te destrozo de la forma más dolorosa posible. Jamás negaré que todo lo que te ha pasado ha sido horrible, pero crees que eres el único que lo ha pasado mal. ¡No sabes una mierda! Jamás te has preocupado en pensar en lo desnutrida que se encuentra mi hermana porque la mataron de hambre en Mema y en lo trastornada que está por todo lo que nos ha pasado en el último año, es más, la has llamado loca a sus espaldas más de una vez. Tampoco te preocupaste porque no me enganchara a las setas cuando huímos, es más, me animaste a hacerlo para así unirte tú también, ¿a que sí? Porque encima eres de esos que no puede hacer las cosas solo, necesitas llevarte a todo el que puedas por delante para así no hundirte solo.

Mocoso parecía muy contrariado por sus acusaciones. Sus ojos estaban vidriosos y su boca estaba ligeramente entreabierta, aunque parecía incapaz de emitir ningún sonido.

—Eres un hijo de la grandísima puta, Mocoso —escupió Chusco—. No me extraña que ni tu propio dragón quiera volar contigo nunca más.

Aquello fue la gota que colmó el vaso para su primo. Se giró sobre sus propios pies y se marchó corriendo sin mirar atrás. Hipo sintió que su pecho se contraía, consciente que, a pesar de todas sus acusaciones y su terrible forma de sobrellevar el dolor, su primo merecía algo mejor. Se había quedado solo, sin una familia a la que acudir y un dragón al que acompañar.

Hipo siempre se había sentido solo, pero sabía que la soledad de Mocoso difería mucho con la suya, puesto que él había apartado los pocos amigos que le quedaban y ahora no tenía a nadie más. Tal vez debería hablar con su padre y buscar juntos la mejor manera de ayudarle, después de todo, eran la única familia que le quedaba.

—Por cierto, Hipo, Astrid se ha despertado —dijo Chusco cuando Hipo aflojó su agarre.

Su corazón dio un vuelco.

—¡¿Qué?! —exclamó Hipo.

—Hace como media hora —añadió el vikingo—. Por eso te estábamos buscando.

—¡¿Y se puede saber por qué demonios no me lo habíais dicho desde el principio?! —gritó Hipo colérico.

Sin esperar a la respuesta de Chusco, corrió hacia la montaña. Sorteó a los refugiados que ahora andaban por la galería principal, algunos para acudir a un desayuno tardío, otros para realizar sus tareas correspondientes… Captó la atención de varias personas, pero Hipo no se detuvo a hablar con nadie, ni siquiera con aquellos que gritaron su nombre. Su mente sólo estaba enfocada en una cosa: Astrid.

Subió la escalinata de sal y piedra de dos en dos. Se tropezó un par de veces, aunque por suerte no tuvo que pasar por la humillación de darse de morros contra el suelo. Cuando se encontraba a pocos metros del dormitorio que compartía con Astrid, escuchó su voz, claramente molesta, declarando:

—Por última vez, ¡no pienso contaros nada hasta que me asegure de que Hipo está bien!

—¡No estás en posición para reclamar cosas, niña! —gritó una voz masculina que reconoció como la de Alvin.

—¡Vuelva a llamarme niña y le juro que le estampo la cara contra la pared! —replicó Astrid furiosa.

Hipo descorrió la cortina consciente de que su novia iba a cumplir su promesa. Además de Alvin, también se encontraban allí su padre y Camicazi. Desdentao se hallaba sobre el pie de la cama con aire defensivo, atento por si alguno de ellos hacían un movimiento extraño contra la bruja; sin embargo, para Hipo lo único importante en esa habitación era ella. Durante los cuatro días que había estado dormida, su pelo había crecido hasta alcanzar media espalda —cosas de la magia, supuso— y sus ojos, azules como el cielo en verano, brillaban ahora descansados y llenos de energía. Se hizo un silencio grave en la estancia y Astrid, quien estaba sentada todavía en la cama, entreabrió la boca, casi como si se hubiera quedado sin aire al verle. Aún así, Hipo no fue capaz de moverse, incapaz de creerse que ella estuviera por fin despierta. Solo cuando la bruja extendió los brazos hacia él fue capaz de reaccionar. Se fundieron en un cálido y reconfortante abrazo, en el que su vínculo vibró como nunca antes lo había hecho. El cuerpo de Astrid se sentía templado, quizás hasta casi caliente contra el suyo, y le reconfortó sentir la suavidad de su mejilla contra la suya pese a su barba incipiente. Su pelo se sentía suave y se enredaba entre sus dedos, viéndose todavía más rubio por el contraste con su piel todavía más bronceada de lo habitual. La bruja buscó sus labios con desesperación e Hipo abrió su boca para acoger con gusto su lengua. Hipo sintió la euforia sacudir todo su cuerpo, ¡por fin! ¡Se le había hecho tan eterna la espera de tenerla de nuevo entre sus brazos!

Sin embargo, un carraspeo a sus espaldas les trajo de vuelta a la realidad. Había olvidado por completo que había más gente en la habitación, entre ellos su padre que parecía totalmente avergonzado por la violenta situación que ambos amantes habían generado sin ninguna vergüenza. Alvin parecía molesto por la situación y Camicazi tenía una sonrisita pícara en sus labios, como si aquel escenario le divirtiera en sobremanera. Desdentao, por su parte, les lanzó una mirada de circunstancias.

Podríais haberos cortado un poquito —musitó el dragón—. Parecéis dos humanos adolescentes.

Hipo iba a responder al comentario de su amigo, pero tuvo que morderse la lengua dado que no le apetecía explicar que también podía hablar con los dragones. Astrid, en cambio, hizo un mohín y se hizo a un lado para que Hipo pudiera sentarse con ella en la cama sin soltar su mano en ningún momento. El vikingo tenía muchas preguntas para la bruja, pero sabía que muchas de ellas coincidirían con las de su padre y los demás, por lo que permitió que ellos llevaran la voz cantante. Por suerte, ahora que él estaba ahí, Astrid estaba abierta a responder a todas sus preguntas.

La primera, y probablemente más importante, era su ubicación, puesto que seguían sin saber dónde estaban. Astrid les tranquilizó asegurándoles que seguían en el Archipiélago, en una isla que había pertenecido a un aquelarre conocido como el del Vindr, el cual conocía de sus tiempos como general en el aquelarre de Le Fey.

—¿Entonces ese montón de brujas que estaban muertas en el lago son de ese aquelarre que dices? —preguntó Alvin con sospecha.

Astrid no respondió al principio, aunque la pregunta no pareció pillarla desprevenida.

—¿No ha habido supervivientes? —cuestionó en un hilo de voz.

Hipo negó con la cabeza y ella suspiró.

—Tenía esperanzas de que hubiera quedado alguien con vida, pero veo que Drago sabe hacer bien su trabajo —manifestó la bruja.

—¿Cómo sabías que Drago ha pasado por aquí? —cuestionó Estoico extrañado.

—Me lo contó una bruja de otro aquelarre del Archipiélago cuando Eret me capturó —explicó Astrid con aire ausente—. Cuando fuimos a aplicar el hechizo de transporte pensé que este sería un lugar seguro, dado que Drago ya había pasado por aquí.

—¿Sabes dónde se encuentran todos los aquelarres del Archipiélago? —dijo esta vez Camicazi con inevitable curiosidad.

—Por supuesto que lo sé —contestó Astrid ofendida—. Era mi trabajo saberlo.

Durante las siguientes horas, los dos Jefes y Camicazi abordaron a Astrid con toda clase de preguntas: ¿cuál era su relación real con Le Fey? ¿cómo era su vida en el aquelarre? ¿qué función real tenía dentro de él? ¿cómo funcionaba un aquelarre? ¿qué poderes puede llegar a tener una reina de un aquelarre? Astrid intentó responder a sus preguntas como mejor pudo, aunque empezó a tensarse cuando el interrogatorio abordó el territorio más personal, sobre todo en lo relacionado con su pasado y en su relación con él.

—No tengo por qué responder a esas preguntas —dijo ella de mala gana.

—Yo creo que sí —insistió Estoico.

—Papá… —intentó intervenir Hipo.

—¡No, Hipo! ¡Ni te atrevas a replicarme en esto! Si es cierto que vuestras vidas están atadas por un vínculo mágico quiero entender hasta qué punto va todo esto —dijo su padre muy serio.

Hipo y Astrid intercambiaron miradas de recelo antes de ponerse a explicar con detalle cómo funcionaba. Hipo quería que le tragara la tierra de lo vergonzoso que era detallar algo tan íntimo y especial como el vínculo y ambos se dieron cuenta que era muy complicado no quedar como dos completos idiotas ninfómanos al hacerlo. Al menos tuvieron la suerte de que la conversación era lo bastante incómoda para Estoico y Alvin como para que cambiaran rápidamente de tema, aunque Camicazi parecía estar muy interesada.

—Osea, ¿si beso a Astrid te pondrás a potar? —preguntó la bog-burglar con sumo entusiasmo.

—Ya te hemos dicho que sí —respondió Hipo de mala gana.

—No sé yo, ¿eh? Me gustaría verlo con mis propios ojos —sugirió ella echándose hacia delante con su silla.

Astrid soltó una carcajada cuando Hipo fulminó a su amiga con la mirada y le dio unas palmaditas en el brazo para que se calmara.

—No me van las rubias —le aseguró ella con una sonrisa traviesa.

—¡Lástima! —declaró Camicazi con pena.

—Chica —le cortó Alvin claramente incómodo por la conversación y deseoso de cambiar de tema—. Hay algo que no tengo claro contigo.

Astrid arqueó una ceja.

—¿El qué?

—¿Por qué te odia tanto esa bruja?

La bruja sacudió los hombros resignada.

—Eso es algo sólo lo sabe ella —declaró la bruja—. Le Fey no es una persona que considere que ha de justificar su comportamiento ante nadie.

—Pero admites que siempre tuvo fijación contigo —añadió Estoico extrañado.

—Nunca le gustó que fuera bendecida con el poder de Thor, puesto que no es un poder usual entre nosotras, pero probablemente haya algo más. Supongo que el hecho de que no pueda matarme y que me haya vinculado con Hipo para hacerlo a través del vínculo será por algo.

Estoico palideció ante su declaración, pero Hipo intentó quitarle importancia al asunto.

—Piensa que sería mucho peor estar en el lugar de Thuggory y, además, sabes que puedo defenderme bien yo solo.

—¿Tú solo contra ese monstruo y con Thuggory? —cuestionó Alvin casi con burla.

Hipo se mordió el labio y miró a Astrid no muy seguro de qué hacer. Ella apretó su mano e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Cuéntaselo.

La expresión de Estoico se fue ensombreciendo más y más a medida que Hipo confesaba la verdadera naturaleza de su magia. A diferencia de Alvin y Camicazi, quienes abrieron la boca fascinados cuando Hipo encendió una llama en su mano, su padre no articuló una sola palabra en el tiempo que estuvo hablando. Cuando terminó su relato, Estoico arrastró su silla hacia atrás y salió del dormitorio sin decir una sola palabra. Hipo soltó la mano de Astrid y corrió tras él, consciente de que debía estar furioso con él por haberle mentido.

—¡Papá! —le llamó Hipo en pleno pasillo.

Su padre no se giró ante su llamada y cuando Hipo alcanzó para agarrar su brazo, Estoico lo sacudió para que lo soltara.

—¿Qué vas a decirme ahora? ¿Que sientes haberme mentido? —estalló su padre rabioso—. ¡Me prometiste que no ibas a ocultarme nada! ¡Me dijiste que tu poder era seguro, que no iba más allá de las visiones y cuatro trucos de magia!

—No dije "trucos" exactamente… —intentó justificarse él azorado.

—Fuiste tú, ¿no? Tú mataste a Sven Gormdsen con tu magia —le achacó Estoico ignorando su comentario—. No te reconozco, hijo. Ahora mismo sólo veo un extraño ante mis ojos.

Hipo apretó los puños furioso, claramente herido por su declaración.

—¡Siempre me he comportado como tú esperabas que fuera! —le recriminó Hipo sin poder contener la rabia en su voz—. ¡Nunca has soportado que fuera diferente!

—¡No digas estupideces! ¡Eres mi hijo! —gritó su padre colérico—. Una cosa es que tuviera que aprender a tolerar a los dragones, el que tuviera que hacerme a que no eras…

Estoico calló de repente, llevándose la mano a la boca para detener la barbaridad que parecía que iba a soltar, pero Hipo era un hombre listo y sabía bien a qué se estaba refiriendo.

—Nunca soportaste que no fuera como tú o tus antepasados —escupió Hipo—. Siempre odiaste que prefiriera los libros a matar dragones, querías que fuera como Mocoso, un zopenco con músculo que un tirillas con cerebro, ¿verdad?

—Sabes que eso no es cierto —se defendió su padre dolido—. No negaré que fue complicado criarte porque eras diferente a los demás vikingos, pero me esforcé en adaptarme y sacar partido a todas tus capacidades.

—Aún sabiendo que yo jamás debería haber nacido —sentenció Hipo con frialdad.

Estoico dibujó una expresión de profundo desconcierto.

—¿De qué demonios estás hablando? Fuiste un niño muy deseado, Hipo. Tu madre y yo... te quisimos desde el instante que supimos que Valka estaba embarazada, como también amamos a todos tus hermanos que no… —Estoico tragó saliva e Hipo sintió un dolor en su pecho ante la desolación de sus ojos—. No sabes lo duro que fue, hijo. Naciste antes de tiempo y… la matrona nos dijo que morirías en cuestión de días. Tu madre parecía que iba a volverse loca, pues una cosa eran los abortos y otra muy distinta era tenerte vivo entre nuestros brazos a sabiendas que ibas a morir. Aunque, por suerte, después del incidente, saliste hacia delante.

—¿Incidente? —preguntó Hipo sin comprender.

Estoico arqueó las cejas.

—¿Nunca te he contado lo que hizo tu madre a los pocos días que nacieras?

Hipo tuvo que contener una mueca ante la obsesiva mención de Valka, aunque puede que sus padres pudiera darle las respuestas que tanto necesitaba.

—Nunca me hablas de ella —contestó Hipo con sequedad.

—¡Ah! Ya… Se me hace muy duro hablar de ella, pero no dudes que tu madre era la mujer más…

—Papá —le cortó Hipo de mala gana—. ¿Qué hizo ella al poco de nacer yo?

Su padre frunció el ceño por su sequedad.

—Una noche te cogió y desapareció por tres días.

—¿Adónde? —dijo él sorprendido.

—No lo sé, se negó a contármelo —confesó su padre avergonzado—. Tu madre pasó por un calvario cuando naciste. Ni Gothi, ni la matrona eran capaces de dar con una solución que pudiera salvarte la vida. Nunca vi a Valka así, tan desesperada… tan furiosa. Estaba enfadadísima con los dioses, me lo decía una y otra vez, por lo crueles que habían sido por dejarte traer el mundo y no darte la oportunidad de vivir. Supongo que tu madre encontró una manera, porque un día, en mitad de la noche, cogió y se marchó contigo sin decir nada a nadie. Estuve buscandoos como un loco por todas las islas de alrededor, convencido de que alguien os habría secuestrado. Tres días después, me encontré a tu madre en casa y tú estabas en la cuna con un aspecto mucho más saludable, como si Hela nunca hubiera husmeado a tu alrededor. Ahora que lo pienso, creo que nunca te has puesto enfermo desde entonces, un catarro o dos a lo sumo.

Hipo no daba crédito a lo que su padre le estaba contando, pero sentía que ahora entendía parte de la historia. El alfa del nido donde se encontraba Valka escondida le había reconocido, por lo que tuvo que haber ido hasta allí para buscar una manera que le salvara la vida. Sin embargo, había muchas lagunas en esa historia: ¿por qué su madre fue allí? ¿cómo encontró aquel lugar? ¿y cómo demonios salvó su vida? La respuesta le sacudió por dentro.

El lago.

La fuerza mágica que venía del fondo.

Allí estaba la respuesta al origen de su magia.

¡Tenía que estarlo!

—Hipo —la preocupada voz de su padre le sacó de sus pensamientos—. ¿Qué te hace pensar que tú debías haber nacido muerto?

—Finn Hofferson —confesó Hipo con la cabeza aún en otra parte.

Hipo reparó que Astrid había salido del dormitorio y les escuchaba apoyada contra la pared, aunque se mantuvo a una distancia prudencial para no entrometerse en su conversación. Su expresión era tranquila, aunque Hipo percibió algo extraño en sus ojos cuando mencionó el nombre del mercenario.

—¿Qué pasa con Finn Hofferson? —cuestionó Estoico sin comprender—. Hace años que ese hombre no vive en el Archipiélago.

—Nos topamos con él en Londinium y me aseguró que mi nacimiento fue un mal augurio, que yo debí haber nacido muerto y al haber sobrevivido otros pagaron por ello.

Estoico hizo una mueca de exasperación y se frotó los ojos agotado.

—Ese hombre perdió la cabeza hace mucho tiempo, Hipo.

—Si lo dijo fue por algo, ¿no crees? —insistió el vikingo.

—Escucha Hipo, muchos hombres se volvieron locos durante la guerra contra los dragones —insistió Estoico moleste—. No debiste escucharlo y mucho menos hacerle caso. Sobreviviste, hijo, eso es lo único que importa.

Hipo quería seguir interrogando a su padre, pero Estoico cogió de su hombro con fuerza para que le mirara a los ojos.

—Júrame que no volverás a mentirte.

El vikingo contuvo su aliento. Realizar ese juramento conllevaba a mentirle, dado que Hipo no había mencionado que Valka estaba viva. ¿Cómo hacerlo? Si se lo confesaba, su padre no entraría en razón e iría corriendo a buscarla, sin importarle que les hubiera abandonado o que Valka no quisiera ser encontrada. Había mentiras que debían sobrepasar el límite de cualquier juramento y lo último que deseaba Hipo era que su padre sufriera en consecuencia de una mujer que los había dejado en la estacada.

—Lo juro —dijo Hipo casi sin voz.

Y con eso su padre se retiró sin mediar una sola palabra más, Alvin y Camicazi se marcharon poco después, algo incómodos por cómo había acabado la conversación, y se quedaron Astrid y él solos en el pasillo. Hipo se giró hacia su novia, quien le observaba en un severo silencio.

—Crees que tenía que haberle dicho la verdad —afirmó Hipo en la lengua de las brujas, temeroso de que alguien tuviera puesta la oreja en su conversación.

—No —dijo Astrid con suavidad acercándose a él—. Has hecho lo que tenías que hacer. Revelar lo de tu madre habría sido demasiado para él, al menos ahora, y creo que necesitamos hablar con ella antes.

La bruja cogió su mano y acarició las cicatrices del dorso de su mano con suma delicadeza. Hipo la conocía lo suficiente como para saber que su mente estaba en otra parte y que algo la tenía preocupada, lo que ya no estaba tan seguro es que quisiera compartirlo con él o no. Con su mano libre, apartó un largo mechón de su cara y lo colocó tras su oreja.

—¿Quieres que te corte el pelo? —sugirió él.

—Estaría bien —respondió ella con una pequeña sonrisa.

Hipo le cortó el pelo en su dormitorio mientras Desdentao los observaba muy atento. Al poco rato, Brusca apareció para anunciarles que habían encontrado unos instrumentos musicales en una de las muchas galerías de aquel lugar y que algunos habían decidido organizar una especie de fiesta para relajar el ambiente triste y tenso que se respiraba en aquel lugar. Hipo no estaba de humor para festividades y le gustaba más la idea de quedarse el resto del día y la noche a solas con Astrid, pero la bruja le sorprendió sugiriendo que tal vez estaría bien que asistieran.

—No estamos en Fira, Hipo —le animó ella con una jovialidad poco propia de su carácter—. Esta es tu gente, tus amigos y tu familia, es importante que te reintegres entre ellos de nuevo.

—Prefiero estar a solas contigo —se quejó él.

—Tendremos tiempo de sobra para estarlo —replicó ella echándose hacia delante para que la besara.

Había algo raro en Astrid. Hipo lo sabía. Su espalda estaba tensa y parecía tener su mente en otra parte, hasta el punto que ni siquiera pareció reparar en los murmullos de la gente cuando ellos dos bajaron a almorzar. Hipo se habría preocupado de cortarle el pelo lo bastante para que le quedara a la altura de la mandíbula y la bruja se había hecho dos trenzas que recogía la mitad de su melena. Al vikingo le incomodaban las miradas juiciosas e incluso de desaprobación que algunos les lanzaban, aunque otras muchas eran más bien de curiosidad. Se sentaron con Brusca y con Camicazi y la conversación fue bastante animada hasta que a Astrid le dio por preguntar por Heather:

—Está en los calabozos que hay a un par de pisos más abajo. Hipo la tiene ahí castigada —respondió Brusca con cierta indiferencia.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó ella sin comprender.

—Porque tiene una boca muy grande —dijo Hipo sin más, pero Astrid seguía esperando una respuesta—. Te lo contaré luego.

Después de comer, fueron a visitar a Tormenta, quien dormía con el resto de los dragones en el bosque. La Nadder corrió hacia ella sobreexcitada tan pronto la vio y Astrid casi cayó de culo al suelo cuando su amiga la acarició con su morro. La bruja rió también, encantada de verla sana y salva, e Hipo se alegró de que la tensión que había habido entre ellas hubiera desaparecido por fin.

En algún punto de la tarde, Hipo y Astrid tuvieron que separarse. Había quienes le pedían que por favor les arreglara las armas desgastadas que habían encontrado en aquel lugar e Hipo, demasiado educado para decir que no, se pasó el resto de la tarde metido en la herrería. Astrid, por su parte, fue reclamada para que pasara a ver a los heridos y enfermos de la última batalla.

Dado que las noches eran inusualmente cálidas en aquel lugar, se decidió que la cena y la fiesta se celebraría al aire libre. Hipo apenas fue capaz de probar bocado, aún demasiado inquieto por sus discusiones con Mocoso y su padre. Además, por alguna razón, no vio a Astrid durante la cena y supo por Brusca que había decidido ir a ver a Gothi antes de ir a cenar. Sin embargo, cuando fue a buscarla al dormitorio de la galena, no encontró a nadie más que unos Terrores Terribles que velaban por el sueño de la anciana, así que Hipo decidió dejarse guiar por el vínculo para ir buscarla.

La encontró en la playa, algo alejada del gentío, con la mirada perdida hacia el horizonte. En ese momento, en plena oscuridad, Hipo había caído que todavía no le había contado nada acerca de la visión que había tenido esa misma mañana. Los rugidos de aquella criatura todavía hacían eco contra sus tímpanos y si cerraba los ojos temía volver a encontrarse con aquellas brillantes orbes moradas. No estaba muy seguro si contárselo a Astrid básicamente porque no sabía qué clase de monstruo había visto devorando a uno de los consejeros de Thuggory. Además, su novia no parecía ella misma y no estaba seguro de que alarmarla con una visión de la cual no podía sacar ningún tipo de conclusión era la mejor de las ideas. Se sentó a su lado y apoyó sus brazos sobre sus rodillas para clavar sus ojos también en el oscuro mar. Se quedaron un rato en silencio hasta que Hipo no pudo aguantarse más.

—¿Vas a decirme lo que te pasa?

Astrid se tomó su tiempo para reaccionar y alzar la mirada hacia él. Hipo contuvo su aliento al observar que sus ojos estaban vidriosos, como si realmente estuviera conteniendo las ganas de echarse a llorar.

—As, ¿qué pasa? —preguntó él preocupado acunando su mejilla en su mano.

—Sé quiénes son mis padres —dijo ella en un voz bajita.

Hipo se quedó tan impactado por su revelación que, por un minuto, fue incapaz de formular una frase coherente.

—¿Lo… lo dices en serio? ¿Quién? ¿Cómo lo has sabido?

—Había soñado otras veces con ella, pero esta vez… Esta vez fue diferente. Nunca he tenido una visión tan nítida como ésta —argumentó ella algo abrumada—. Más bien era un conjunto de visiones en las que salía mi… mi madre —Astrid no pudo contener una sonrisa—. Se llama Eyra, Hipo, ¿la recuerdas?

El vikingo parpadeó extrañado. Aquel nombre otra vez. Podía sonarle familiar, aunque estaba convencido de que no conocía a nadie que se llamara así.

—¿Debería?

—Ella te crió cuando tu madre desapareció —explicó la bruja nerviosa—. Castaña, algo flacucha, con un ojo marrón y otro verde.

Hipo no recordaba a nadie con unas características como tales. Además, que él supiera, nunca había tenido nunca una figura materna presente en su vida. Siempre habían sido su padre, Bocón y él, no recordaba a nadie más que se hubiera preocupado realmente por él durante su infancia.

—Te quería tanto, Hipo, era… era increíble. Era tan cálida y tan maternal, ella… los tenía a todos en su contra y…—balbuceó ella mientras se limpiaba las lágrimas que caían traicioneras de sus ojos—. Alguien se oponía a ella. Eyra no podía ni verla y...

—¿De quién hablas, Astrid?

—De Asta —respondió la bruja algo alterada—. Eyra no quería que se acercara a mí, se lo dijo a…

—¿A…? —le animó a seguir él esforzándose a seguir el hilo de su incoherente discurso.

—He visto a mi padre, Hipo —dijo ella muy seria de repente—. Y creo que ahora entiendo muchas cosas.

Hipo tuvo un mal presentimiento.

—¿A qué te refieres? ¿Quién es?

—Finn Hofferson.

Aquella confesión fue como si la propia Astrid le hubiera propinado un sopapo en la cara. ¿Por qué? ¡Anda que no había personas en todo el Midgar que podrían ser el padre de Astrid! ¿y tenía que ser el jodido Finn Hofferson?

Estaba claro que los Dioses no paraban de reírse de su suerte.

—¿Estás segura de que era él?

—Tan segura como que tus ojos son verdes, Hipo. Por supuesto, en mi visión se veía veinte años más joven y por entonces sabía lo que era una pastilla de jabón —explicó Astrid y torció el gesto—. Al parecer, la familia Hofferson no fue muy partidaria de su matrimonio con Eyra. Tengo la sensación de que Asta Lund también está envuelta en esta historia, dado que, aunque mi madre no se llevaba bien con ella, decidió llamarme así por Asta, pero sigo sin comprender bien su rol en esta historia. Lo que sí sé es que mi madre sabía que yo nací con la bendición de Freyja y…

Astrid lanzó un suspiro largo.

—¿Y? —le instó Hipo a seguir.

—Creo que Asta quería bautizarme porque me esperaba un gran porvenir como bruja y mi madre, en cambio, se negaba en rotundo a hacerlo —se mordió el labio—. De alguna manera me he convertido en lo que mis padres nunca quisieron que fuera.

Parecía que estaba a punto de romper a llorar e Hipo le cogió de la mano con fuerza.

—Eres la mujer más maravillosa e increíble que conozco y…

Astrid soltó su mano con brusquedad.

—Dudo mucho que a mis padres les llene de orgullo todo lo que he hecho en los años que estuve sirviendo a Le Fey, Hipo —le interrumpió ella con tristeza, aunque sacudió la cabeza, como si quisiera cambiar de tema—. Lo que sí que creo es que Finn… mi padre, de alguna manera, me reconoció aquel día en Londinium.

—Ahora que lo dices… tienes sus ojos —comentó él alzando su barbilla para mirar sus preciosas orbes azules al brillo de luna menguante—, pero tú los luces mejor que él.

Astrid soltó una pequeña risita y acarició sus nudillos con los pulgares, quedándose pensativa de nuevo.

—Quieres ir a buscarle, ¿me equivoco?

Ella volvió a morderse el labio inferior.

—Teníamos que hacerlo igualmente para recuperar el grimorio. Lo necesitamos para salvar a Gothi.

—¿Crees que podremos salvarla? —preguntó él inquieto.

—Tenemos que hacerlo, tiene que responder a muchas preguntas —le aseguró ella—. Ya no solo por lo que le hizo a Le Fey, sino también porque es la tía de Eyra.

Hipo alzó mucho las cejas.

—¿Gothi es tu tía abuela?

—Eso parece —contestó la bruja consternada—. El vestido que llevé el día de tu vida, el que vendimos después de escapar de la Isla de los Dentudos para irnos hacia el sur, ¿lo recuerdas?

Hipo lo recordaba perfectamente. Astrid se había visto increíble con ese vestido y le había roto el corazón tener que venderlo para recaudar algo de dinero para su viaje hacia el sur.

—Estabas preciosa con él puesto.

—No teníamos que haberlo vendido —se lamentó la bruja—. De igual manera, Gothi y Eyra mantenían una relación muy estrecha y puede que ella pueda esclarecer algo más además de Finn.

—¿Esclarecerte cosas cómo…?

—Quiero saber qué ha sido de Eyra, por supuesto, y… ¿por qué nunca me buscaron? —dijo con voz de hilo.

—Podríamos hablarlo con mi padre, si quieres, él claramente sabe lo que sucedió y…

—No —le cortó ella con sequedad—. Tu padre y Finn claramente no se llevan nada bien y tu madre tampoco se fía de los Hofferson.

—Más a mi favor, entonces.

Ella soltó sus manos.

—¡He dicho que no, Hipo! —expresó ella molesta—. Es mi pasado y no quiero oír versiones mal habladas de gente que se llevaba mal con mi familia. No diremos nada hasta que hable con Finn.

Hipo cogió de su muñeca cuando se levantó y su novia le fulminó con la mirada por un segundo hasta que leyó la preocupación en su rostro.

—Sabes que si Finn Hofferson es tu padre yo voy a ser la última persona con la que querrá verte.

Astrid se puso de cuclillas para acunar su rostro.

—Ese hombre será mi padre, pero nada ni nadie, ni siquiera el mismísimo Odín, podrán convencerme para que me separe de ti, ¿me has entendido?

Hipo sabía que hablaba en serio, pero una parte de su mente, probablemente aquella donde reinaban todas sus inseguridades, temía hasta qué punto Finn Hofferson podría influir sobre Astrid. Después de todo, ella llevaba toda una vida buscando a sus padres y él, por desgracia, conocía a Finn mucho mejor que ella. Sabía bien que Hofferson haría todo lo que estuviera en su mano para alejarla de él, aunque tenía esperanzas de que Astrid no se fuera a dejar influir así como así.

Por Odín, más le valía que fuera así.

—¿Hipo? ¿Me has entendido? —repitió ella inquieta.

El vikingo miró directamente a sus ojos, relucientes ante la fría luz de la luna. Sin embargo, su atención se desvió rápidamente hacia sus carnosos labios, aunque fue Astrid la que terminó inclinándose para besarle. Su boca sabía a la sal de la brisa marina y su lengua buscaba la suya con desesperación, como si quisiera hacerse hueco dentro de su boca. Le empujó contra la arena y se colocó sobre él para bajar sus labios hasta su cuello. Hipo gimió sonoramente cuando su muslo rozó contra su erección y sintió su mano deslizarse peligrosamente bajo su túnica.

—Astrid… —suspiró—. Espera… yo…

—¿Qué? —susurró ella antes de lamer el lóbulo de su oreja e Hipo pensó que iba a perder la cabeza.

—La fiesta —respondió él.

Astrid se incorporó ligeramente para lanzarle una mirada de extrañeza.

—Creía que no querías ir.

—Y no quiero, pero cualquiera puede aparecer por aquí y… ya sabes —explicó él algo azorado—. ¿Y si vamos…?

La bruja no esperó a que terminase su sugerencia y se redujo a tirar de su brazo para que se levantara y correr juntos en dirección al bosque. Tras considerar que se encontraban a una distancia lo bastante prudencial del gentío, Hipo acorraló a Astrid contra un árbol y atrapó de nuevo sus labios con los suyos. La bruja enredó sus dedos entre los mechones de su cabello y arqueó su cuerpo contra el suyo cuando Hipo apretó sus nalgas a la vez que devoraba su cuello. Astrid soltó el cordel que ataba su pantalón y metió la mano para coger su erección.

—Echaba esto tanto de menos… —murmuró ella—. Ha pasado demasiado tiempo.

—Poco más de una semana, mi amor —dijo él conteniendo un gemido mientras ella empezaba a subir y bajar su mano.

—Demasiado tiempo —repitió Astrid antes de lamer su mandíbula.

Hipo no estaba para juegos previos. Le bajó los leggins con una abochornante prisa que resultaba más propia de un adolescente que de un adulto, aunque aquello pareció divertir mucho a Astrid. La levantó empujándola de sus nalgas y Astrid rodeó sus caderas con sus fuertes piernas. Cuando el vikingo la penetró de una sola estocada, la bruja soltó tal grito que casi resultaba milagroso que no la hubieran escuchado desde la fiesta. Necesitaron un tiempo para coordinarse en el ritmo de sus movimientos, pero la fricción era sencillamente exquisita. Astrid movió sus caderas de tal forma que Hipo pensó por un segundo que iba a perder el equilibrio, aunque la bruja le sujetaba con tanta fuerza con sus piernas que estaba seguro que sería imposible. Su novia tiró de su túnica para que la besara de nuevo e Hipo aceleró sus estocadas cuando supo que ella estaba muy cerca.

—Oye, ¿crees que en este bosque habrá fantasmas?

Tanto Hipo como Astrid se quedaron helados. Aquella voz provenía de un adolescente que no debía estar muy lejos de su ubicación.

—No seas tonto, Orli. ¡Los fantasmas no existen! —se quejó una voz masculina más adulta.

—Pues juraría que he oído un grito fantasmagórico no muy lejos de aquí…

—Habrá sido un Terrible Terror —insistió el más adulto.

Hipo iba a salir de Astrid, pero su novia no le dejó. Su cara apenas era visible por la oscuridad, pero sabía que ella no estaría contenta por tener que dejar su encuentro a medias. Es más, empezó a mover sus caderas de nuevo para animarle a que siguiera por dónde lo había dejado.

—¿Estás loca? —susurró él sin dar crédito.

Ella se echó hacia delante y rodeó su cuello con su brazos para murmurar en sus oído:

—Me sobreexcita la idea de que nos pillen, así sabrían que eres mío en todos los sentidos.

—Astrid, no…

La bruja le besó y rotó sus caderas con lentitud, llevándolo al límite de su cordura y autocontrol.

¡A la mierda!, concluyó Hipo mentalmente.

Cuidando de silenciar sus propios gemidos contra la boca de Astrid, la penetró con la misma fuerza y rapidez que él empleaba cuando usaba su martillo en la herrería. El cuerpo de la bruja ardía contra el suyo, sudaba por el exceso de ropa que aún vestía e Hipo casi pudo jurar que podía sentir la electricidad fluir bajo su piel. Por mucho que ambos contuvieran sus jadeos, era inevitable insonorizar el choque de sus cuerpos y el obsceno —y jodidamente excitante— sonido de su pene entrando y saliendo su empapadísima vagina. ¿Honestamente? Le daba igual si les pillaban o no, lo único que importaba era lo cálida y estrecha que se sentía Astrid cada vez que la penetraba. Todo lo demás era bastante irrelevante. No negaba que deseaba seguir siendo capaz de mirar a su padre a los ojos y no le apetecía que se difundiera el rumor de que ambos eran unos ninfómanos; pero, como venía siendo lo habitual, cuando se trataba de sexo con Astrid le daba igual todo lo que pudiera suceder después.

Tuvo que tapar la boca de su novia con su mano cuando ésta soltó un grito orgásmico al tirar del vínculo. Hipo mordió la piel descubierta de su hombro cuando se corrió dentro de ella.

—¿Has oído eso? —dijo el hombre joven.

—¿El qué?

—He oído algo por esa dirección.

Ninguno de ellos se dejó arrastrar por el pánico. Sin salir todavía de ella, se deslizaron hacia el suelo para que la maleza ocultara su presencia de ojos curiosos. Astrid, aún abrumada por el poscoito, le susurró un tierno «te quiero» y acarició su cara, siguiendo en la oscuridad la estela de sus pecas que conocía mejor que su propia mano. Hipo podía imaginar su bello rostro en la oscuridad: su cabello, del color del sol, pegado contra sus mejillas que estaban cubiertas por una fina capa de sudor; sus ojos, aún oscuros por el deseo, resplandecientes de calidez azul y sus labios, hinchados por el intenso juego que había compartido con los suyos, entreabiertos mientras recuperaba el compás de su respiración. No importaba las veces que la hubiera visto así, no podía evitar preguntarse si existiría un hechizo que le permitiría ver en la oscuridad para así poder contemplar esa maravillosa imagen una vez más.

Esperaron a que los dos hombres siguieran con su camino y cuando se aseguraron de que estaban lo bastante lejos, se limpiaron como pudieron, se vistieron debidamente y volvieron a la fiesta. Su padre le lanzó una mirada inquisitiva a lo lejos cuando aparecieron, pero Hipo decidió hacerse loco para ahorrarse la vergüenza. Brusca le lanzó una mirada sugerente a Astrid que la bruja claramente decidió ignorar y se unieron a Camicazi y Chusco, quienes parecían estar haciendo un torneo de ver quién aguantaba más bebiendo. Mocoso no estaba por ninguna parte. En algún momento, alguien le pasó una pinta de hidromiel y el olor a alcohol embadurnó sus fosas nasales; sin embargo, antes de que pudiera hacer nada, Astrid cogió el vaso y lo tiró a un lado sin apenas mirarlo, volcando todo su contenido en el suelo. La bruja ni se inmutó ante su violenta reacción e Hipo se sintió algo avergonzado cuando todas las miradas posaron en ellos. El vikingo quiso decir algo en su defensa, pero Astrid le lanzó una mirada de advertencia que claramente le dio a entender que en este asunto no había nada que discutir.

En algún punto de la noche, le empezó a doler la cabeza, aunque procuró no darle más importancia que se la merecía. La música era animada, la comida estaba deliciosa y el ambiente le recordaban a los viejos tiempos en Isla Mema, cuando el Festival del Deshielo o el del Solsticio no acarreaban una boda de por medio. Brusca, algo borracha, les dijo que salieran a bailar, pero Astrid se negó en rotundo.

—¿Tan mal acompañante me consideras? —bromeó él.

Las mejillas de Astrid se tiñeron levemente de escarlata.

—Ya sabes que no sé bailar.

—No sabes bailar porque nunca te has preocupado en saberlo —le recordó Hipo con una sonrisa.

—No necesito aprender a bailar —replicó ella—. Eso es cosa de humanos.

Hipo arqueó una ceja y Astrid puso los ojos en blanco como respuesta.

—Que yo sepa, te has pasado más tiempo actuando como humana que como bruja, no creo que te mate que hagas algo más —observó él.

—No voy a bailar, Hipo —le advirtió ella—. Además, odias ser el centro de atención y todo el mundo se quedaría pasmado viendo como Hipo Haddock, el hijo del Jefe Estoico y el Maestro de Dragones, sale a bailar con una mala bruja. ¡Menudo escándalo!

Astrid soltó una carcajada por su propio sarcasmo, pero a Hipo no le pareció en absoluto gracioso.

—Jamás me avergonzaría de que me vieran bailando contigo y mucho menos de ser el centro de atención precisamente por estar enamorado de ti.

Astrid dejó de reírse y sostuvo su mirada algo inquieta.

—Sabes que jamás lo aceptarán —le advirtió Astrid.

—Tendrán que hacerlo si quieren que me quede por aquí.

La bruja hundió los hombros, claramente molesta por su actitud.

—Hipo…

—Baila conmigo, As —insistió él.

Ella negó con la cabeza irritada y se alejó de él con intención de perderse entre el gentío. Hipo cogió de su brazo para detenerla; pero, de repente, sintió que el dolor de su cabeza se intensificaba por veinte, hasta tal punto que todas las llamas que iluminaban la explanada le cegaron y un montón de voces inconexas empezaron a tronar en sus oídos.

—¿Has oído alguna vez el graznido de un Furia Nocturna muriendo lentamente de dolor, Maestro de Dragones?

Otra vez los eco de la visión de Drago Bludvist que tantas veces había visto ya. Hipo intentó liberarse de la cadena de voces y flashes que inundaba su cabeza, pero resultaba imposible romper la cadena de incoherentes visiones.

—Prométemelo Hipo… —no, por favor, esa visión no, pensó el vikingo con desesperación—. Prométeme que…

Un grito espantoso de la propia Astrid cortó su discurso y, una vez más, escuchó aquella voz juvenil que no supo reconocer.

—¿Cuándo te darás cuenta que el listón que has puesto es tan alto que es imposible alcanzarte?

Hipo intentó alcanzar a la muchacha desconocida, quien se escuchaba más lejana que nunca, y estaba tan difuminada ante sus ojos que le era imposible verla con claridad. De repente, una intensa luz blanca volvió a cegarle. Cuando por fin consiguió abrió los ojos cayó que estaba en el Gran Salón de Isla Mema. Estaba vacío a excepción de dos personas: una de ellas era Le Fey y la otra era una anciana que estaba sentada junto al fuego, con la cara cubierta hasta la nariz. A diferencia de las otras ocasiones en las que se habían visto, la reina tenía muy mal aspecto. Parecía agotada, con los ojos marcados por unas grandes ojeras oscuras y estaba tan pálida que podían adivinarse las venas bajo su piel casi transparente.

—¿Cuánto tiempo entonces? —preguntó la reina con voz decrépita.

—Poco, un mes a lo sumo si no te pasas usando magia —respondió la anciana.

—Yo nunca me paso usando mi magia —espetó Le Fey con voz envenenada.

—Siempre te pasas usando tu magia, Moryen —replicó la anciana con indiferencia—. Tu último hechizo ha acelerado el proceso y que conste que te advertí que esto pasaría.

La bruja estrechó los ojos furiosa, pero no replicó.

—Mi último hechizo supone la clave para ganar esta guerra.

—Y has pagado un alto precio por ello —le recordó la anciana—. Tu olor ya roza lo insoportable, Moryen. El cuerpo de la chica se pudre por dentro porque no puede soportar todo tu poder. Tienes que buscar una nueva huésped y tiene que ser ya. A ser posible una bruja y no una niña del montón que fue marcada por Freyja.

Le Fey golpeó una bandeja que había sobre una mesa cercana e Hipo se estremeció cuando los vasos de arcilla se quebraron contra el suelo.

—¡Esta cara es lo que me da poder ahora mismo, Ikerne! —escupió la reina furiosa—. Si quito a Kateriina de en medio, no solo Thuggory será el primero en matarme, sino que no perderé a todo mi ejército de humanos y Bludvist se revelará en mi contra.

Hipo abrió mucho los ojos. ¿Esa anciana era la famosa Ikerne? Astrid le había mencionado que era la vidente personal de Le Fey, pero que nunca se dirigía a nadie que no fuera la reina y aún menos en público.

—¿Para qué quieres a todos ellos, Moryen?

—No quiero a ninguno de ellos —escupió la reina—. Son útiles y fáciles de manipular y…

Le Fey calló y miró fijamente sus manos que temblaban sin cesar.

—Te has encaprichado demasiado de ese humano —le acusó la anciana con voz severa—. Fuiste una insensata por vincularte con él.

—¡Cállate! —ladró la reina—. Tú misma me dijiste que si mantenía a Thuggory a mi lado, tenía mi victoria garantizada. El vínculo lo une conmigo para siempre y nada hará que se separe de mí.

La anciana puso los ojos en blanco.

—Fue un error que escogieras a esa huésped, Moryen —señaló Ikerne malhumorada—. Su alma ha influido demasiado en ti.

—¡No digas estupideces!

—Thuggory morirá, Moryen —dijo la mujer con indiferencia—. Astrid lo matará llegado el momento.

—¡No!

El grito de la bruja fue tan desgarrador que por un segundo todo tembló. Le Fey cayó al suelo, jadeante y sudorosa, con los ojos tan abiertos que parecían que iban a salir de sus cuencas.

—Esa puta no lo matará —dijo la bruja con voz rota—. Casi lo consiguió la última vez y ya ves que sigue vivito y coleando gracias a mi.

Ikerne torció el gesto.

—Lo hará —insistió la anciana.

—¡Es imposible! —chilló la bruja.

—Astrid rompe cualquier ecuación, Moryen. A estas alturas deberías saberlo.

La mujer se llevó las manos a la cabeza y su cuerpo se tambaleó hacia delante y hacia detrás, como si hubiera entrado en un estado de completa locura.

—¿Qué puedo hacer, Ikerne?

—Moryen…

—Eres mi vidente —le cortó la reina con voz autoritaria—. ¿Qué hago?

—El futuro es un libro abierto —respondió la anciana—. Tu poder es cada vez más poderoso y ese cuerpo no aguantará mucho más tiempo. Tienes que encontrar una huésped pronto.

—Ninguna de las estúpidas de mi aquelarre podrá soportarlo —escupió la bruja con rabia—. Estaría bien que me dieras una lista de opciones.

Ikerne sostuvo su mirada en silencio y la reina contuvo la respiración a los pocos segundos.

—No.

—Nunca lo has intentado —le cortó la anciana—. Y ella es indudablemente la huésped más fuerte e ideal que has encontrado en años. Es más, ¿no estaba ella destinada a ser tu nuevo recipiente después de todo?

Le Fey se levantó del suelo de un salto y caminó de un lado a otro mientras se tiraba del pelo.

—Astrid era el precio que ella me propuso para que la dejara en paz, ¡ni siquiera había nacido cuando me la ofreció! —escupió la reina furiosa—. Querer darme una niña a ciegas… debía estar desesperada por quitársela de en medio y encasquetármela a mí. La muy imbécil...

—Sin embargo —le interrumpió Ikerne con tono aburrido—, Astrid te ha demostrado que es la candidata perfecta, puede que su cuerpo sea el único que pueda albergar todo tu poder durante un tiempo indefinido y, además, absorberías su poder de Thor. Yo solo veo ventajas.

Hipo sintió que se le paraba el corazón y sacudió la cabeza desesperado. ¡No podía ser cierto! ¡No podía creerse que Le Fey realmente deseara poseer el cuerpo de Astrid! Intentó abalanzarse sobre la reina, pero como en sus otras visiones, atravesó su cuerpo como si fuera un fantasma. Le Fey ni siquiera se inmutó por su acto.

—Sabes que Astrid es intocable para mí. No puedo tocarla.

—Entonces tendrás que forzarla a que se entregue a ti —sugirió la anciana.

Le Fey arqueó las cejas y seguido sonrió.

—Ya veo. Supongo que el inútil me va a ser al final más útil de lo que en un principio pensaba.

—No lo subestimes —le advirtió Ikerne—. Su futuro está emborronado, como el de Astrid, así que no lo tienes todo a tu favor.

—Tengo absolutamente todo a mi favor —indicó la reina con arrogancia—. Ha llegado la hora de la caza, Ikerne.

—El chico no tiene un pelo de tonto, Moryen —le recordó Ikerne con impaciencia—. No te va a resultar fácil atraparlo.

La sonrisa malévola de Le Fey se extendió por su cara.

—¿Crees que no? —se burló ella—. Astrid solo tendrá un punto débil, pero Hipo Haddock cuenta con dos —se risa hizo eco en las paredes del Gran Salón—. Iré a organizar todo ahora mismo, Bludvist estará encantado de poner sus manos sobre Haddock y creo que es el momento de que Thuggory vuelva a entrar en escena ahora que está del todo recuperado.

Hipo sintió sus tripas revolverse del terror ante el sadismo en la expresión de Le Fey. El rostro de Ikerne, en cambio, era imperturbable. El vikingo intentó seguir a la reina, desesperado por detenerla, pero una fuerza invisible le empujó hacia atrás, causando que se golpeara contra el suelo. El golpe hizo que le entrara un fuerte mareo que le emborronó de nuevo la visión. Escuchó un fuerte oleaje y el sonido del acero chocando con el acero, junto con gritos de hombres y mujeres. Le pareció oír el silbido que Desdentao emitía cada vez que cogía velocidad y explosiones por doquier. Sin embargo, el sonido más nítido fue el grito agónico de la bestia, la cual reconoció al instante, y por un instante Hipo volvió a encontrarse con esos brillante ojos púrpuras y sus dientes, pequeños y puntiagudos, dispuestos a devorar hasta sus entrañas.

Hipo abrió los ojos sacudiéndose del terror. Unas manos frías sujetaban su cabeza e Hipo cayó enseguida que era Astrid. La bruja tenía los ojos nublados por la preocupación y de su nariz caía sangre, aunque eso parecía serle indiferente. Oyó a su padre gritar su nombre, pero Astrid, sin apartar sus ojos de los suyos, le dijo que no se acercara.

—¿Qué has visto? —le preguntó ella en la lengua de las brujas.

—Ha… ha creado un monstruo —respondió él con voz entrecortada. Le costaba mucho hablar.

—¿Qué clase de monstruo? —insistió ella muy seria.

—No… no… —Hipo intentó hacer memoria, pero le dolía mucho la cabeza—. Tenía escamas.

—¿Un dragón? —sugirió Astrid con el ceño fruncido.

—No… no, algo más que eso —respondió él—. Astrid, ella…

—¿Le Fey?

Hipo asintió con la cabeza.

—¿Qué quiere hacer esa perra ahora? —preguntó la bruja con voz envenenada—. ¿Cual es su siguiente paso, Hipo?

El vikingo estaba al borde de perder la consciencia. Oía muchas voces susurrantes a su alrededor que no le ayudaban a concentrarse y quiso que le tragara la tierra al darse cuenta que todos los refugiados, su padre y sus amigos estaban haciendo un corro a su alrededor.

—¿Hipo? —le llamó Astrid suplicante.

—Quiere tu cuerpo, Astrid. Necesita una nueva huésped porque el cuerpo de Kateriina no aguanta más su poder —explicó Hipo con voz temblorosa—. Y piensa usarme a mí para conseguirlo.

Xx.