Cuadragésimo tercero
99 días.
Habían tenido que transcurrir 99 días para que Kurt, Blaine, Santana, Emma, Quinn y yo, estuviésemos bajo el mismo techo sin nada que ocultar, sin rencores, sin indirectas ni sarcasmo. Sin malentendidos ni insultos, y sí con sonrisas, con bromas, con algún que otro baile, halagos y miradas, sobre todo, miradas que no hacían más que provocar esos suspiros que tienes que dejar escapar, por miedo a perder la consciencia si lo contienes.
99 días hasta llegar a un punto en el que ya todos sabíamos todo, y lo aceptábamos. Aunque aún había pequeños matices que ocultábamos, pero que no entorpecían a nuestro objetivo de disfrutar de una fiesta de cumpleaños, y olvidarnos de todo lo que había sucedido en esos 3 meses.
Santana cumplía 26 años aquel 17 de enero, y como cada año desde que vivíamos juntos, Kurt y yo le armábamos la mejor fiesta de cumpleaños que podía tener. O al menos lo intentábamos.
Siempre con una temática diferente, para que no perdiese el punto de sorpresa, aquel sábado Kurt decidió que el Rock iba a ser nuestro compañero de música, y vestimenta para aquella noche.
Rockeros de los clásicos, de los que vestían jeans ajustados y camisetas blancas con las mangas dobladas por el hombro. De los de chupa de cuero y tupé. Rockeras de botas altas y leggins. De pelo cardado y ojos negros. Rockeras de miradas traviesas, sonrisas pícaras y chicles de menta. Estilo que yo me limité a tratar de seguir con un conjunto de pantalones de cuero que le robé a Santana sin que lo supiera, y que me estaban dejando sin aire. Y la chupa también de cuero negro que aun guardaba de mi época más rebelde. Sí, ya sé que no es algo muy típico para una fiesta así, pero no fui la única que tuvo que improvisar en aquella misma mañana.
Mientras Kurt, Blaine y la mayoría de invitados que habían sido avisados con antelación aparecían perfectamente uniformados para la ocasión, incluida Santana, que, tras la indicación de Kurt, apareció con uno al más puro estilo Joan Jett. El resto, o sea Quinn, Emma, Brittany y yo, tuvimos que improvisar con nuestro atuendo. Y todas terminamos cayendo en el típico tópico de las chupas de cuero y los pantalones o leggins negros. Incluido Bleu, que llegó con un pañuelo anudado al cuello, y una correa negra con pinchos metálicos, que Emma se había empeñado en comprarle aquella misma mañana para la ocasión.
Pero tampoco importaba demasiado. Lo único que realmente merecía la pena era ver cómo nos reímos al ir descubriéndonos poco a poco conforme iban llegando a casa. Y como todos estuvimos en el momento exacto en el que Santana, secuestrada por dos de sus amigas más íntimas durante todo el día, acudía y recibía su deseada sorpresa cumpleañera.
Confieso que después de todo lo sucedido entre Santana y yo, me sentía realmente rara recibiendo el primero de sus abrazos tras cantarle el feliz cumpleaños. Y digo primero porque siempre era yo la primera que tenía el honor de abrazarla, y aquel día ninguna de las dos rompimos esa tradición, firmando en público nuestra paz. Aunque eso era algo que las dos ya habíamos certificado con nuestras acciones, y el perdón mutuo que no necesitábamos gritar para saber que existía.
No hablábamos mucho, pero sí nos mirábamos y nos sonreíamos. Y eso era más que suficiente para saber que todo empezaba a recobrar el sentido que nosotras mismas perdimos.
Pero no solo aquella complicidad existía entre nosotras dos. Apenas llevábamos un par de horas de fiesta, y puede notar como había otra persona en el apartamento que no paraba de regalarme muestras de cariño, llamando la atención de aquellos que habían tenido el gusto de conocer nuestras guerras. Emma.
Tan afectuosa estaba, que incluso se ofreció a ayudarme con las bebidas, mientras el resto se las bebían sin pensar.
—¿Se han bebido todo el vino? —cuestionó tras colocar varias botellas más de sobre la mesa.
—Las amigas de Santana tienen predilección por el vino, y no piensan en los demás. Supongo que Kurt tendrá más reservado. Le voy a preguntar.
—No, tranquila —me sujetó—. Ya le molesto yo. Llevas toda la noche ocupándote de todo, deberías disfrutar un poco.
—Disfruto viendo como todo va bien —respondí agradecida por la sonrisa que me regalaba.
—¿Disfrutas recogiendo cada patata que tiran al suelo o recopilando vasos vacíos que dejan por cada esquina? Eso no es disfrutar, eso es ser un aburrido Tucán.
—Es lo que tenemos los pájaros tropicales —respondí divertida—. Somos aburridos. Además, todo lo que recoja ahora, no tendré que recogerlo por la mañana.
—Vamos, Rachel —me apartó de la mesa donde habíamos colocado las bebidas—. Baila un poco, mi hermana y Brittany están tratando de sociabilizar y no se les da muy bien. Deberías de ejercer de anfitriona con ellas.
—Tu hermana y Brittany son lo suficientemente mayores como para hacer amistades sin necesidad de alguien a su lado. No intentes hacerme caer en tu juego, jirafa —respondí intencionadamente. Jamás pensé que nuestras pequeñas discrepancias con los apodos, se iba a convertir en una rutina que ambas necesitábamos para sentirnos bien.
—Míralas —me señaló hacia ellas y por fin encontré el momento justo para mirarla, en singular. Porque sí, Brittany estaba allí también, y Bleu hacía de las suyas con una pelota pequeña junto al sofá grande, pero toda mi atención fue a parar sobre Quinn.
No habíamos hablado en toda la noche, pero no hizo falta hacerlo. Nada más llegar a casa me regaló una de sus sonrisas a modo de saludo, y desde ese instante no la eliminó de su rostro cada vez que nos mirábamos. Para mí era más que suficiente.
Nuestra conversación en el parque nos aclaró todas las confusiones que nos habían llevado a aquella situación. Todas las discusiones, la incertidumbre y las culpas quedaron disipadas en el mismo momento en el que yo le entregué aquel lirio, y ella me sonrió. Pero aún quedaba un tema pendiente que nos incumbía solo a nosotras, y del cual aún ni siquiera nos habíamos mencionado.
Yo tenía claro que mis sentimientos seguían intactos, y que nada de lo que había pasado los había hecho desaparecer. De hecho, estaban más afianzados aún, pero no tenía ni idea de lo que ella pensaba al respecto. Quinn no me dejó muestras de querer retomar nuestra relación, sino de querer arreglar los conflictos y que todo se volviera normal entre nosotras. Y por mucha curiosidad que sintiese o ganas de recuperarlo, tenía que ser paciente y esperar a ver hasta donde avanzaban aquellas buenas intenciones. El tiempo nos estaba ayudando, sin duda.
No obstante, cada vez que nuestras miradas se cruzaban, en bastantes ocasiones, a decir verdad, las sonrisas aparecían entre las dos y rápidamente nos esquivábamos. Como si estuviese prohibido mirarnos, como si nadie más pudiese ser testigo de ello. Como un secreto entre nosotras. Jamás creí que ese cosquilleo que sentí cuando Quinn me confesó que sentía algo por mí, se fuese a repetir de nuevo. Sin embargo, así era. Cada vez que me miraba, yo lo sentía, lo vivía y hacía de mi pequeño mundo el más maravilloso de los cuentos, con sus princesas, aunque vistiesen de cuero, con sus malvadas reinas que me regalaban abrazos, y las hadas que le daban el toque mágico, aunque siguiesen regalándome apelativos como Tucán.
Fingí no ser consciente, pero ver su cara tras invitarme a ser la anfitriona de su hermana lo dejaba claro. Emma pretendía que me acercase a ella a toda costa, y sabía que, si utilizaba ese anzuelo, iba a terminar picando. Lo que no sabía es que yo ya había superado esa fase, y tenía mis propias ideas de como pasar aquella noche. Y aunque fuese extraño, no entraba dentro de mis planes acercarme a Quinn por miedo a destruir cualquier mínima posibilidad. Prefería que fuese ella quien lo hiciese.
—Están reprimidas, son sosas… Deberías echarles una mano.
—Tranquila, Santana y sus amigas van a empezar con su juego en unos minutos, apuesto a que dentro de diez estarán divirtiéndose como nunca.
—¿Qué juego? ¿A qué van a jugar?
—Acércate a ella y lo descubrirás. Yo me quedo fuera del círculo.
No lo entendió muy bien en aquel instante, y tal vez por eso aceptó mi propuesta y me dejó a solas, dispuesta a descubrir que tramaban el resto de chicas y chicos que se distribuían por toda la casa.
No éramos muchos, solo 13 personas nada más, pero contando que el salón del apartamento no era gran cosa, y que todos se esparcían por él, parecía que había el doble. Y Emma no tardó en intentar averiguar de qué se trataba aquel juego al que yo me negaba a jugar. Y no porque no me apeteciera divertirme. De hecho, era algo que realmente necesitaba. Sino porque el jugar conllevaba tener que beber el cóctel especial de Santana, y mi cuerpo nunca reaccionaba bien a él.
Ella lo sabía, de ahí que ni siquiera me invitase a participar.
Lo que yo no sabía era que mi estancia a solas mientras volvía a organizar las bebidas, no iba a ser tan tranquila como después de deshacerme de Emma. Es más, tampoco sabía que la menor de las Fabray pudiese jugármela de aquella manera, pero lo hizo.
Apenas pasaron un par de minutos desde que me dejó a solas, cuando noté la presencia de alguien a mi lado. Alguien que olía de maravilla.
—¿Qué te sucede? —dijo segundos antes de que me diese tiempo a mirarla a la cara, y enmudecer.
No lo he dicho, pero Quinn aquella noche no solo apareció vestida de cuero negro y un aire rebelde espectacular, sino que además adornó su cabeza con un pañuelo anudado en la parte trasera, y que provocaba que las piernas te temblasen hasta hacer sonar los tacones sobre la madera del suelo. Estaba tan diferente que era imposible no quedarse embobada mirándola.
—¿Estás bien? —me cuestionó de nuevo tras notar mi mutismo, y me hizo reaccionar.
—Eh, sí, sí, claro. Estoy bien. ¿Por?
—¿No te sucede nada?
—Pues… —sí, lo que me sucedía era que me sentía incapaz de mirarla y que no se me notase el rubor, pero eso no podía confesárselo. Habría quedado demasiado patético, o tal vez no— No, no me sucede nada.
—Pero… Emma me ha dicho que querías hablar conmigo, que estabas mal.
—¿Mal? —repetí confusa, recuperando un poco la compostura—. No, yo estoy bien, no entiendo por… Ok —Sí, sí lo entendí. Me bastó buscar con la mirada a la pequeña de las dos hermanas, y descubrir su gesto divertido burlándose de mí en mitad del salón, mientras ya parecía prestar atención al grupo de amigas de Santana.
—¿Ok? ¿Qué sucede?
—Nada —me excusé—. Eh, oye, ¿crees que Bleu estaría bien por aquí? ¿Crees que estará mejor en la habitación? ¿O tal vez necesita algo más?
—¿Qué? No, míralo —lanzó una mirada hacia el animal—. Se lo está pasando en grande con tanta gente —sonrió.
—¿Segura? No me importa prepararle algo especial —bromeé
—Mmm, si lo dices así es más que probable que se haga el enfermo para que le cuides, pero no, no te preocupes. Está bien. Solo hay que verlo.
—Ok —desvié la mirada hacia ella—. ¿Y tú? ¿Estás pasándotelo bien?
—¿Tú que crees? —me sonrió al tiempo que bebía de su copa.
—Si hacemos el mismo análisis que con Bleu, intuyo que sí, te veo bastante bien.
—Estoy bastante bien, aunque siempre se puede estar mejor —apuntilló—. Nunca había estado en una fiesta con temática "rock". ¿Lo hacéis así siempre?
—No, no, lo normal es que sean fiestas más raras. El año pasado Kurt se empeñó en que la fiesta fuese de El Señor de los Anillos. Era lo más friki que he visto en mi vida.
—¿Friki? No lo creo, me hubiera gustado verte —bromeó—. ¿Arwen? ¿Galadriel?
—¿Qué? ¡No! Ojalá me hubiese tocado disfrazarme de alguna de ellas, pero normalmente Kurt hace un sorteo de personajes y a quien le toca, le toca.
—¿Y de quien te disfrazaste tú? —preguntó curiosa— Creo que Arwen habría sido perfecta para ti.
—Del hijo de Glóin y descendiente de Durín I, nacido en las Montañas azules durante la tercera edad del sol —canturreé notando como las cejas de Quinn comenzaban a alzarse —. Gimli, el enano.
—¡Oh dios! Estás bromeando. ¿Verdad?
—Podría mostrarte fotos para que me creyeras, pero te bastará con esperar algunos minutos más en los que Santana tenga el punto perfecto de alcohol en su cuerpo, para ver como hace referencia a algo de eso. Creo que me ha traumatizado. Incluso más que cuando tuve que hacer de Voldemort el año en el que la fiesta fue de Harry Potter.
—Ok, ok… ¿Voldemort? ¿Gimli? ¿Por qué diablos no te pudo tocar Hermione o Arwen?
—Eso mismo me pregunto yo —la miré fingiendo algo de pena—. Me habría conformado con Légolas o Ron, pero no, Rachel Berry siempre tiene que ser el centro de atención en las fiestas, aun sin quererlo.
—Bueno, tranquila —dijo conteniendo una débil carcajada—, en ésta también estás siendo el centro de atención, y no precisamente por… —Silencio. Juro que mi mirada no le dijo otra cosa más que, vamos, dímelo, estoy jodidamente sexy vestida de cuero, pero Quinn no lo hizo. Me lanzó una mirada y se contuvo mientras decidía volver a beber de su copa, evitando así cualquier situación comprometida entre las dos.
Y es que, aunque ella no sabía que yo me moría de ganas por escucharle decir algo así, yo supe que estaba siendo comedida por evitar cualquier conflicto por ella, por Santana. Me bastó ver como desviaba la mirada hacia mi amiga, para saber que se estaba conteniendo por ella. Algo que realmente le honraba como persona después de todo lo que había tenido que soportar.
—He visto como os habéis abrazado antes —cambió radicalmente de tema—. ¿Habéis firmado la paz?
Tomé aire para hablar de ella. Al fin y al cabo, Santana había sido nuestro punto de ruptura y el de unión, sin duda.
—Después de muchos insultos, después de una puerta destrozada y una flor pisoteada. Después de muchas mentiras y fallarnos como hermanas, sí. Todo parece que vuelve a la normalidad entre nosotras. Ella ha entendido que también tuvo culpa y, bueno…
—Las amigas están por encima del amor. ¿No? —añadió ella regalándome sin querer el primero de los golpes. Y dolió. Dolió tanto escucharla rememorar aquella frase tan parecida a la que yo misma le regalé, que me hizo pensar en lo duro que debió ser para ella escucharlo en aquel instante—. Te confieso que me sorprendió mucho que me pidiese disculpas — continuó—. Y también me ha sorprendido que esté tan tranquila viéndome aquí, contigo.
—Puedes estar tranquila. Santana se ha dado cuenta de que solo fuiste un capricho, bueno, dicho así suena mal. Lo siento, no pretendía que sonase así, lo que quiero decir es…
—Te entiendo —me interrumpió—. Lo que quiere decir es que ella se sintió atraída por mí, y al ver que no le daba opción empezó a obsesionarse. Ya, ya lo sé. Ella misma me lo confesó el día del restaurante. Me dijo que no pensaba que tú y yo, bueno que lo nuestro fuese algo, algo más serio. Para ella fue un juego hasta que creyó que realmente nos estábamos riendo de ella.
—¿Te dijo eso?
—Sí, al igual que me dijo que no me acercara a ti a menos de cincuenta metros —volvió a sonreír, pero a mí no me interesaba que sacase aquella broma a relucir. Lo que realmente me interesaba es que siguiera hablando de nosotras. Saber si seguía existiendo alguna oportunidad más concreta entre las dos que no tuviese a Santana como protagonista—. Pero ya veo que esa orden no tiene valor alguno —me miró sonriente—. Tendría que echarme de aquí, y por ahora me permite estar a menos de un metro. No sé, sigo sin confiar demasiado en que todo esté tan bien y demás, pero tendré que darle el beneficio de la duda. ¿No crees?
No creo nada.
No pude responderle porque cuando estaba a punto de hacerlo, Brittany y dos chicas más tiraron de ella y la arrastraron hasta el centro del salón, obligándola a que formase parte del juego y dejándome a solas, sin mi deseada respuesta.
Me lamenté, y mucho, aunque evité mostrar evidencias de mi molestia para no fastidiar la fiesta, y me limité a sonreírle cuando vi que buscaba mi aprobación a su obligada espantada. No podía no hacerlo. Al fin y al cabo, era una fiesta para disfrutar y divertirse, no para sacar a relucir el daño que nos habíamos hecho.
Aunque eso de disfrutar no estuviese en mi mente. Bleu se llevó mi atención cuando vi que tanto Quinn como Brittany empezaban a descubrir el juego, y mi carácter protector me hizo prepararle un nuevo plato de la comida que Kurt, le había traído a él. Así que, sin pensarlo, acudí hasta la cocina dispuesta a tal menester, hasta que de nuevo alguien se molestaba en interrumpirme.
Aquel sujetador negro que se dejaba ver a través del impresionante escote no podría ser de otra persona más que de ella, de Santana.
Se apoyó sobre la barra de la cocina y centró su mirada en mí. Por inercia mis ojos fueron a posarse sobre su pecho, y eso le provocó una divertida sonrisa aumentada por el alcohol que ya corría por su sangre.
—¿Te gusta?
—¿Estás loca? —le recriminé—¿Qué me va a gustar tu pecho?
—¿Quién habla de mi pecho? —musitó sin perder la burla— Hablo de la rubia. ¿Te gusta cómo viene vestida hoy?
—Santana, creo que has bebido demasiado, así que lo mejor que podemos hacer para no fastidiar la noche, es evitar temas de conversación como ese precisamente. ¿Ok?
—Rachel, el alcohol no me evita ser testigo como se te cae la baba cada vez que esa idiota te mira. Tranquila, lo he superado, no tienes por qué cohibirte con ella.
—No hablemos de eso, por favor. Todo está saliendo bien, y no quiero…
—Bla, bla, bla, —me interrumpió—. Escúchame gayBerry —murmuró alzándose encima de la isla—. Primero, se supone que tú no querías saber nada de ella, y aquí está, invitada por ti. Segundo, se supone que no querías saber nada de ella, y no paras de mirarla y sonreírle continuamente. Tercero, se supone que no querías saber nada de ella, y se te ve a leguas que te mueres por ella. Deja de hacer el imbécil, te lo advierto. Me he pasado un mes odiándome por lo que hice, y no estoy dispuesta a que ahora que está todo bien, hagas el idiota y no des el paso. ¿Entendido?
—Santana —traté de detenerla justo cuando el estallido de una copa contra el suelo y las risotadas de las chicas me hicieron detenerme.
—Ni Santana ni mierdas, Rachel —continuó ignorando lo que sucedía detrás de nosotras—. Quinn se va mañana de viaje a Connecticut, me lo ha dicho Emma y ni siquiera sabe cuándo va a volver, así que no seas estúpida y no dejes que se vaya sin más. O vas a obligarme a que vuelva a meter mis narices en tu vida.
—¿De viaje?
No me respondió. Y no lo hizo porque no lo supiera, sino porque alguien más se unió a nuestra conversación. Alguien con el rostro desencajado y una palidez que nos asustó a ambas.
—Disculpa, Santana o Rachel —balbuceó Quinn colocándose al lado de mi amiga.
—¿Estás bien? —cuestioné mientras Santana la escrutaba de igual manera que yo.
—Eh, me, me he hecho daño —murmuró alzando la mano sobre la isla y mostrándonos un pequeño corte junto a uno de sus dedos.
—¿Daño? Es un arañazo —respondió Santana sin darle importancia, pero evidentemente eso era porque no la conocía ni una mínima parte de lo que yo la conocía. Tenía sangre, y eso era más que suficiente para que alguien aprensiva como ella, estuviese a punto de caer inconsciente al suelo.
—Ok, ven aquí —la obligué a que rodease la isla para intentar limpiar el pequeño reguero de sangre que corría por su mano—. San, puedes traer algún apósito del baño.
—¿Qué? Pero si solo es una heridita de nada…
—Hazme caso, por favor —le supliqué al tiempo que tomaba la mano de Quinn y la introducía de lleno bajo el grifo del fregadero—. ¿Cómo te has cortado?
—Un, un cristal. Las chicas han roto una copa y he ido a recogerla y, bueno me, me…
—Oh dios —susurró Santana sin poder contener la risa. Y lo cierto es que la entendí. Quinn alzó la mirada hacia el techo, evitando en todo momento ver la sangre, y la imagen que mostraba era completamente tronchante. Aunque a mí solo me provocaba ternura. Demasiada ternura—. Están todas locas, todas locas —espetó apartándose de nosotras tras mi petición.
—Tranquila, ella no sabe lo mal que se pasa cuando eres aprensiva a algo. Yo no puedo ver las arañas. Me siento tan mal que incluso lloro.
—Sinceramente, me importa muy poco lo que Santana piense o no de mí. Solo quiero que me digas que no es grave y que ya no hay sangre.
—No hay sangre —le respondí aún con su mano entre las mías y el agua cayendo directamente sobre el pequeño corte—. Apenas se nota el corte.
—No, no lo digas, por favor —suplicó—. Omite esa palabra.
—Tranquila, todo está bien —no pude evitar sonreír y ella se percató.
—No te rías de mí, suficiente tengo con las burlas de mi hermana y Brittany, más Santana. Que menos que tú me defiendas y me apoyes. He cogido esa copa para evitar que tú lo hicieras, así que básicamente es una herida de guerra por ti —soltó dejándome muda—. Pocas heridas te veo a ti —pero por suerte reaccioné a tiempo, y lo hice sin perder el humor que Quinn le había imprimido a aquella conversación. No podía olvidar que aún tenía su mano entre las mías, y que estaba cerca, muy cerca de mí.
Alcé mi mano derecha y le mostré el reverso de la misma, donde aún conservaba pequeñas cicatrices de algunos arañazos recientes—. Todo un jardín de rosales, tulipanes, y No Me Olvides. ¿Dime que esas cicatrices no son heridas de guerra por tu culpa?
—¿Un jardín?
—Mi padre se empeñó en que tenía que ayudarle a redecorar el jardín de mi casa en Lima, y me tuvo una semana tratando con tierra, semillas, rastrillos y espinas, muchas espinas. Y todo porque supuestamente tengo una amiga florista, y por ello yo debo saber de flores. Así que básicamente las heridas son por ti.
—¿Supuestamente? —me cuestionó ignorando todo mi discurso. Quinn solo pareció darle importancia a aquel pequeño desliz al considerarla una supuesta amiga. Lo que ella no sabía es que yo no mentía al decir aquello, ya que no la consideraba mi amiga. Era mi chica—. ¿Tienes una supuesta amiga florista, o una amiga supuestamente florista?
—No tengo ninguna amiga florista —dije mirándola directamente a los ojos—, que yo sepa no eres florista, sino historiadora. Una historiadora que dicen que mañana se marcha a Connecticut y no sabe cuándo regresa. ¿No es cierto?
—No del todo. Sí es cierto que me voy a Connecticut. Te dije que un amigo mío estaba trabajando en Yale, y me ha ofrecido un proyecto interesante que quiero ver. Así que tengo que ir para ver si me interesa o no. Sin embargo, yo nunca he dicho que no sepa cuando voy a volver.
—¿Y cuándo vas a volver?
—Cuando, cuando acabe allí.
—¿Se tarda mucho en acabar allí? —insistí, y creo que mi intención quedó notablemente reflejada en la curiosidad que mostré porque me diese una fecha concreta de su regreso. Mi mente no procesaba una duración máxima de un par de días, pero ver como lo mantenía en silencio, me empezaba a provocar una extraña sensación de malestar. Tal vez hablaba de más tiempo del que podía imaginar, y eso no me gustaba en absoluto. No después de haber aclarado todo con ella.
—Pues…
No respondió. Quinn desvió la mirada rápidamente hacia el frente y apartó su mano de la mía de forma brusca. Como si mi intención de curarla, fuese algo prohibido de cara a los demás. Y lo cierto es que no supe por qué lo hizo hasta que vi aparecer a Santana. Quinn seguía sin confiar demasiado en aquel buen rollo que desprendía mi amiga.
—¡Toma! —exclamó ella interrumpiéndonos, mientras le mostraba uno de los apósitos que había cogido para ella—. Tiene corazones y ositos, son de Rachel —se burló —. Es evidente, ¿verdad?
—Son los mejores —dije arrebatándoselo, y me dispuse a colocárselo sobre la terrible herida de guerra que sufría Quinn. Obviamente estoy siendo sarcástica—. ¿Me permites que te lo coloque? —cuestioné tratando de hacerle ver que todo estaba bien, y que, si Santana tenía algún inconveniente, no era nuestro problema, sino el suyo.
—Me da igual que tenga ositos o fusiles —respondió acercándome de nuevo la mano —, mientras no me deje ver la herida será más que suficiente.
—Tranquila, Rachel es buena amiga de Légolas el elfo, y si ve que tu vida peligra, le pedirá ayuda, —bromeó Santana y a ninguna de las dos nos hizo gracia. Bueno, a Quinn sí, porque era la broma que ambas habíamos estado esperando para que mi disfraz de Gimli fuese confirmado por ella. Aunque su sonrisa se esfumó rápidamente. Y sé que lo hizo porque volvía a ser consciente de su inquietud, y se había percatado de la extraña situación que se estaba dando en aquel instante. Y que duró poco por culpa de la repentina aparición de Brittany y Emma.
Era la primera vez en la que las tres estábamos allí, hablando, bromeando e incluso recriminándonos algunas burlas sabiendo lo que sentíamos cada una. Y no había miradas de desconfianza, ni malas palabras. Todo era tan normal entre nosotras, que parecía que nunca había pasado nada entre las tres.
Yo me alegraba, pero no tenía ni idea de lo que podía sentir Quinn. Sabía que se alegraba, por supuesto, pero no sabía si se sentía cómoda en aquella situación. De hecho, intuí que incluso desconfiaba un poco por todo aquel buen rollo que pareció instalarse entre nosotras de repente. Y no podía reprocharle nada. Yo en su lugar, también lo habría hecho.
—¿Te han hecho ya la transfusión de sangre? —fue Emma la primera en interrumpirnos al tiempo que colocaba la botella con el famoso cóctel de Santana sobre la isla, y Brittany se apoyaba a su lado, junto a Santana— ¿Te vas a desmayar?
—Cierra la boca —esgrimió Quinn recuperando un poco la compostura—. Quiero un trago de eso
—¿Quieres probar mi cóctel?
—No lo hagas —dije yo—. Es una bomba
—Me da igual, necesito saber que esto está sucediendo de verdad y no es una alucinación mía. Apuesto a que eso me lo aclara todo —dijo provocando la confusión en las demás. No así en mí. Quinn encontró en el alcohol la única manera de asimilar que, entre Santana, ella y yo, todo era normal. E iba a dar buena cuenta de ello durante el resto de la noche.
—Marchando un trago del especial López —intervino Brittany ofreciéndole la botella —Vamos, bebe a morro, sienta mucho mejor —le sonrió.
—¿Te ha gustado? —le preguntó Santana a Britt con algo de travesura dibujando su sonrisa.
—Me ha encantado, me vas a tener que dar la receta.
—Claro, pero tendrá que ser en privado —le guiñó el ojo, y Britt le respondió de igual manera ante nuestra perpleja mirada.
—Ok, demasiado ambiente lésbico por aquí es desconcertante —interrumpió Emma —. Quinn, antes de que bebas ese licor del demonio y caigas muerta, te aviso que en unos minutos va a venir Nick a recogerme. Voy a dormir con él.
—¿Ahora? Son las 3 de la madrugada —le replicó.
—¿Y desde cuando eso es un impedimento para que vaya a dormir con mi novio? Aunque viendo el estado que vas a tener cuando bebas eso, es probable que te haga un favor y me lleve a Bleu conmigo. A saber, cómo termináis las dos —señaló también a Brittany.
—Podéis dormir aquí, hay camas suficientes.
Helada. O tal vez sin respiración. Aunque así solo me sentí yo tras escuchar a Santana darnos su genial idea. Brittany sonrió sin más, y Quinn se apresuró en beber del dichoso cóctel hasta casi escupirlo.
—Por mí encantada. Hace tanto frio fuera que dormiría en el ascensor con tal de no ir hasta Manhattan — añadió Brittany, no así Quinn que se limitó a volver a beber de la botella mientras yo seguía en silencio, completamente muda esperando ver que camino tomaba aquella genial idea.
Porque sí. Porque que, si Quinn y Brittany dormían con nosotras, después de ver las sonrisas que se regalaban Brittany y Santana, todo hacía indicar que yo iba a salir ganando en la elección de compañera de cama. Y solo pensarlo ya me encogía el corazón, y me ponía nerviosa, demasiado nerviosa.
—Pues entonces nada más que decir, os quedáis a dormir —añadió Santana, que rápidamente buscó a Quinn—.¿Ok? —La rubia tragó el último de los sorbos que iban a quitarle cualquier tipo de duda que tuviese, y asintió disimuladamente mirándome de reojo, casi sin querer ser testigo de algún tipo de negación por mi parte.
¿Cuán equivocada estaba? Pensé al tiempo que le regalaba una media sonrisa como si realmente no me importase en absoluto aquella decisión. ¿Cuán equivocada estuve yo al creer que, a partir de entonces, mi noche no se iba a convertir en un auténtico infierno?
No. No ese infierno que había pasado en los meses anteriores, ni tampoco hablo del infierno de algo caótico que estuviese por pasar y que fastidiaría todos los planes. Hablo del infierno que suponía ver como de nuevo volvían los bailes, la diversión, las bromas y los juegos en la fiesta, y nadie parecía querer marcharse pronto. Hablo de ver como todo el mundo bebía menos yo, y las horas se ralentizaban hasta desear el suicidio. Hablo de ver como Quinn parecía haber perdido la cabeza con el cóctel de Santana, logrando un estado más que lamentable, que incluso le llevó a despedirse de su hermana con un procura no quedarte embarazada, que nos avergonzó a todos. Hablo de mi impotencia al ver como yo, solo yo, era la que tenía que dar por finalizada la fiesta y despedir a las invitadas cuando el reloj ya marcaba las 5 de la madrugada, y los vecinos nos habían avisado por tercera vez que, si no cesaban los ruidos, terminarían llamando a la policía.
Menuda noche, pensé. Menuda idea la de dormir con Quinn cuando a las 10 de la mañana debía estar en la cafetería, sirviendo café y las dichosas rosquillas de huevo. Menudo plan fantástico cuando vi que en casa no quedaban tres chicas, sino tres niñas que apenas podían mantenerse en pie, y tuve que obligarlas a que se repartieran en las distintas habitaciones, mientras Kurt y Blaine ya dormían plácidamente.
Bueno, lo cierto es que solo Brittany y Santana me hicieron caso al acceder a su habitación, porque Quinn, muy a mi pesar, se coló en el cuarto de baño y estuvo allí tanto tiempo que incluso me dio tiempo a colocarme el pijama, y casi terminar de desmaquillarme. Estuve a punto de acudir en su búsqueda cuando la vi entrar en la habitación. Pálida, completamente seria y sin saber muy bien qué hacer o decir.
El espejo donde me miraba para eliminar los restos de maquillaje, fue la ventana perfecta para observarla detrás de mí.
—¿Estás bien? —le pregunté tras verla dudar de nuevo.
—Eh, sí, claro. Un poco mareada, pero estoy bien.
—Te dije que no debías beber eso. No sé lo que lleva, pero cualquier persona podría morir con un simple sorbo.
—No, no me tranquilizas demasiado. Oye, ¿puedo, puedo acostarme ya? —me preguntó al tiempo que dejaba caer el pañuelo que arrastraba entre sus manos— Me he lavado la cara con agua, así que no tengo maquillaje.
—Claro, yo termino enseguida.
—Ok. No, no te molesta que duerma aquí. ¿Verdad? —volvió a cuestionarme mientras empezaba a desvestirse. Mientras que mi mundo se acababa.
Tal vez no sea demasiado ético ni moral que aprovechase aquella ocasión para contemplar a Quinn en todo su esplendor. Pero siendo honestas, en aquellas circunstancias yo no me sentía cohibida como podría sentirme si estuviese en plenas facultades, y verla con aquella vestimenta era demasiado tentador para alguien que estaba completa e irremediablemente enamorada de ella.
Ya había tenido ocasión de contemplarla en ropa interior, pero Quinn aquella noche me estaba regalando un striptease que no iba a olvidar nunca, y ella ni siquiera lo sabía.
Primero fue la chaqueta de cuero, que me permitió ver como debajo solo llevaba una simple y sencilla camiseta de tirantas negra. Y luego vinieron los pantalones, lo ajustadísimos pantalones que a punto estuvieron de hacerle perder el equilibrio, y que me regalaban la visión más sexy y sensual de cuántas había tenido en mi vida.
La princesa de encantadora sonrisa y clásicos modales, había optado por el negro para su ropa interior en aquella noche, y le sentaba de maravilla. Tanto que incluso perdí la noción de lo que estaba haciendo, y mis ojos se limitaron a observarla a través del espejo. Solo reaccioné cuando la vi dudar de nuevo mientras trataba de desprenderse de la camiseta.
—Ahí, ahí te he dejado un, un, pijama —balbuceé como pude, permitiéndome el lujo de girarme hacia ella y observarla en primera línea.
—No es neces… necesario —susurró casi sin voz—. Oh dios, todo me da vueltas. ¿Y si vomito?
—Mejor no lo pienses —le dije tratando de calmarla—. Lo bueno del cóctel de Santana es que en cuanto te tumbes, te quedarás dormida. Te lo aseguro. Le pasa a todo el mundo que lo prueba. Yo diría que es incluso un hecho científico.
—¿Y si no me duermo? Soy una estúpida, lo que menos quiero es dormir… Tienes, tienes que ponerle una aspirina al ramo de flores, así se conserva mejor. Oh dios, no quiero dormir.
Tuve que analizar bien aquella respuesta e inevitablemente una sonrisa se apoderó de mí. Había olvidado que el alcohol saca siempre el lado sincero de las personas, y Quinn parecía no ser muy consciente de que lo estaba siendo. No lo fue cuando rechazó el pijama, algo que estando sobria jamás habría negado. Y no lo fue dejando escapar aquella sentencia, y menos aun cuando mencionó aquel truco para las flores, algo que no tenía sentido alguno en la conversación, y que demostraba el lamentable estado de embriaguez en el que se hallaba.
—¿Por qué no quieres dormir? —cuestioné jugando mis cartas mientras me acercaba a ella, que ya decidía tomar asiento a los pies de la cama—. Son las 5 de la madrugada, es hora de dormir.
—¿Preguntas de verdad? —me miró tratando de focalizar sus ojos y evitar que los parpados se le cayesen sin más. La somnolencia empezaba a acusarla de veras.
—Claro. ¿Por qué no quieres dormir? ¿No estás cansada?
—Es tu cama, llevo meses soñando con dormir aquí, contigo, y mírame, ni siquiera, ni siquiera puedo vocalizar bien. Y… ¿Dónde está tu ropa? ¿No ibas vestida de negro?
—Quinn, vamos metete en la cama —le ordené tras ver como empezaba a divagar.
—Ok… Pero, pero vamos, vamos a hacerlo. ¿No? —balbuceó mientras se deslizaba por la cama y se dejaba caer sobre la almohada.
—¿Hacer el qué? ¿Qué quieres hacer ahora?
—El amor, vamos a hacer el, el amor —susurró de manera casi imperceptible y yo sentí como mi corazón quería salirse del pecho.
No me importaba que estuviese borracha. No me importaba que apenas fuera consciente de lo que decía y cómo lo decía, ni siquiera me importaba que no me mirase a los ojos cuando lo decía. Evidentemente no íbamos a hacer absolutamente nada, más que dormir. Pero el solo hecho de escucharla decir aquello, ya me hacía enloquecer, y me regalaba la necesidad de querer adorarla por encima de todo. De amarla como nunca antes había amado a nadie. De abrazarla hasta que el sueño nos venciera, y el sol nos despertara. Y eso hice.
—Otro día será —murmuré siguiendo sus pasos y metiéndome en la cama. Me miró extrañada, pero no podía hacer otra cosa más que eso dado su estado—. Has bebido demasiado, Quinn —añadí cubriéndola con el edredón—. Prefiero que estés en condiciones para algo así.
—Eso, eso significa que, que quieres hacerlo conmigo.
Me dejé caer sobre la almohada sin dejar de mirarla, y no pude más que sonreír.
—Yo contigo quiero todo —le respondí, pero dudé de que lo escuchase con nitidez. Justo en aquel instante se giró dándome la espalda y dejó escapar un lamento que me asustó—. Quinn —susurré acercándome a ella—. ¿Estás bien?
—Lo siento —susurró—. lLo siento Rachel, tenía miedo y por eso he bebido, y ahora… Oh dios, mañana tengo que ir a Connecti, Connecticut.
—Shhh, no hay nada que sentir —volví a susurrarle mientras me permitía el lujo de acariciar su pelo. Pero eso a ella no le pareció suficiente, y apenas un par de segundos después, noté como su brazo me buscaba y me atraía hacia ella, obligándome a abrazarla, a sentir su cuerpo junto al mío mientras el edredón ya nos cubría del frío. A tener el privilegio de ser yo, de nuevo, quien la acunaba entre mis brazos—. Vamos a dormir. ¿Ok?
—¿Y si no duermo? —musitó de nuevo sin sentido alguno.
—Te pondré la segunda sinfonía de Tchaikovsky, y ambas dormiremos.
—No, no —murmuró adueñándose de mi mano que llevó justo hasta su pecho, donde se aferró a ella y la mantuvo durante toda la noche—. Mejor canta tú... Quier, quiero escucharte.
Sonreí. ¿Cómo no hacerlo tras escucharla hablar de aquella forma? ¿Cómo no hacerlo cuando por fin, tras todo aquel infierno vivido, la tenía entre mis brazos, en mi cama, y me pedía que le cantase? ¿Cómo no hacerlo siendo mi princesa?
Admito que no puede evitar pensar en aquel primer día en el que nos conocimos junto al teatro, y en como la vida me había cambiado en apenas 3 meses. Era imposible no hacerlo, como tampoco pude evitar que las primeras notas de aquella melodía empezaran a rondar por mi cabeza. Una melodía que, sin duda, se iba a convertir en la banda sonora de mi vida.
—En algún lugar sobre el arcoíris, muy alto, y los sueños que has soñadoalguna vez en una canción de cuna. En algún lugar sobre el arcoíris, pájaros azules vuelan.
