¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
En las siguientes visitas de George, le fue informando que las obras para la construcción de la nueva Clínica Feliz estaban avanzando a buen ritmo, era posible que a final de año, el Dr. Martin pudiera trasladarse al nuevo edificio. El hombre también había realizado el seguimiento del Dr. y parecía que se estaba esforzando, esta vez en serio, por abandonar su alcoholismo. El hecho de que el mismísimo William A. Andrew, reconocido como uno de los mayores benefactores de la ciudad, depositara su confianza en él, parecía haberle transmitido una nueva confianza en sí mismo. George había hablado varias veces con él y le transmitió sus deseos de volver a trabajar con ella, en cuanto la nueva clínica fuera inaugurada. Candy le reafirmó su intención de volver a trabajar con él y le pidió a George que se lo hiciera saber.
En su actual trabajo estaba bien, pero sentía que necesitaba tener más actividad y se estaba empezando a replantear el volver a estudiar, para realizar la carrera de medicina. Las pocas urgencias que se habían dado durante este tiempo, en los poblados de alrededor del orfanato, le hacían darse cuenta de cuanto más desearía saber para poder ayudar mejor a las personas. No dudaba de que Albert la volvería a apoyar. Él mismo había ejercido en África y comprendería su creciente necesidad.
Sin embargo, el viaje en barco hasta Santos de Albert, parecía haberse demorado, según un telegrama que había recibido George a las seis semanas. Candy había empezado a preocuparse por la falta de noticias, pero George le confirmó que Albert se encontraba bien. Debía de ser consciente, le comentó el hombre, que a pesar de que el correo se transportara vía aérea, con una demora menor en el envío que los viajes de pasajeros, hasta que Albert no llegara a su destino final, en São Paulo, no podría responder.
En una de las siguientes visitas, George la sorprendió con una nueva propuesta; enseñarla a conducir. Candy no disponía de auto propio pero George insistió, comentándole que también era una propuesta del Sr. William y que, de hecho, el patriarca ya tenía dispuesto un auto para ella. Por supuesto, ella podía solicitar un chófer que la llevara cuando lo necesitara, si se sentía más cómoda. Candy se sintió abrumada. Estaba intentando valerse por sí misma tanto como podía. Recordó las acusaciones de Frannie Hamilton, respecto a ser, en realidad, una privilegiada heredera.
- Srta. Candy, usted, para bien o para mal, sigue perteneciendo a la familia Andrew -respondió George a sus protestas-. Al igual que el actual Sr. Andrew, en su juventud, usted es quien es. Él también quiso probarse a sí mismo. Sin embargo, rechazar la ayuda de los que les quieren y pueden hacerlo, no va a conllevar que ustedes dejen de ser quienes son pero puede provocar dolor y preocupación en los demás.
- Pero yo no he contribuido para nada en esta familia. Aceptar todo lo que me está ofreciendo Albert últimamente... no sé... no siento que lo merezca -protestó tozudamente Candy-. Es parte de un patrimonio labrado por sus antepasados...
- Un patrimonio que, sin embargo, el propio Sr. Andrew, a pesar de sus desventuras, siguió protegiendo desde su mayoría de edad -George se paró frente al lago, al que habían llegado sin darse cuenta, mientras paseaban en su discusión-. Déjeme asegurarle que, de todos los jóvenes miembros de la familia, los que más han contribuido en salvaguardar su patrimonio, hasta el momento, han sido usted y el Sr. Andrew.
- George, eso no es cierto. El Sr. William no ha dejado de comprarme ropa, de alimentarme, de pagar mis estudios...
- Sin embargo, hubo un tiempo en que usted tuvo que arreglárselas sola, cuando él desapareció. Y fue precisamente usted la que, aunque no lo supiera, salvaguardó la estabilidad y el futuro de la familia. Si el Sr. Andrew hubiera desaparecido del todo o muerto, ahora estaríamos frente a la división y lucha interna del clan por el control del patrimonio. Este, acabaría dividido y, muy probablemente, algunos aumentarían su riqueza, pero otros la dilapidarían.
- ¿Cómo?
- No todos los miembros sirven para los negocios ni se preocupan por ellos. Muchos se han desligado tanto que solo saben vivir de sus rentas. Por eso, el Sr. Andrew está apoyando tanto a los Leagan y a los Cornwell. Ambas familias demuestran su valía en este aspecto -le explicó George sin entrar en más detalles.
- ¿Hay otras familias del clan a las que no se les está prestando apoyo, entonces? -reaccionó en aquel momento.
- ¡Exacto! Hay varios herederos por los que no se responde y tienen una renta fija adjudicada que no pueden sobrepasar. Son miembros que se han dado al juego y otros menesteres -Candy intuyó que se refería a otras actividades consideradas 'vícios' por el silencio que George dejó flotar-. Pero usted, es un miembro productivo.
- Pero el Sr. William ya no depende de mí. Hace tiempo que no me hago cargo de él ¿En qué modo estoy yo contribuyendo? -insistió Candy, más como una pregunta a sí misma.
George la miró con su eterna seriedad, mientras parecía pensar como exponer su respuesta. Por un momento, a Candy le pareció ver la misma expresión en su mirada que cuando los interrumpiera antes de la última partida de Albert-. Srta. Candy, usted trabaja y, por lo que usted misma me dice, va a continuar trabajando con el Dr. Martin. Si no se encuentra cómoda con la propuesta del Sr. William respecto al auto, siempre puede considerarlo un préstamo con la familia.
- George, sabes que, si lo acepto, el Sr. William no querrá que le pague -Candy se giró hacía el lago, sin poder evitar que, la luz que se reflejaba en él, le recordara la mirada de aquel hombre que tanto añoraba y que, en aquellos momentos, se encontraba a miles de kilómetros de distancia.
- Tampoco pierde nada por aprender a conducir -George volvió a captar su atención-. El Sr. William es muy consciente de su deseo de independencia. Usted sabe que si alguien de la familia puede comprenderlo, es precisamente él. Su oferta no tiene ninguna intención de control sino todo lo contrario. Él valoró su deseo de ayudar en el Hogar y, a la vez, de trabajar con el Dr. Martin. Aunque la distancia no es excesiva hasta Chicago, disponer de un auto propio o prestado por la familia, le facilitará mucho su movilidad y le evitará tener que elegir entre estar en un lugar u otro. Lamentablemente, no podemos estar en todos los sitios a la vez -sentenció.
- Déjeme que lo dude en su caso, George -bromeó Candy, intentando distender la tensión del desacuerdo. Después de su conversación, entendió el gesto y los argumentos de ambos hombres-. Está bien, George. Enséñame a conducir -George pareció relajar la tensión que hasta entonces había mantenido en su cuerpo-. Pero te lo advierto, no me hago responsable si acabamos en el lago -Pudo observar un breve amago de sonrisa en su impasible rostro-. Hablo en serio George. Ya acabé una vez en uno, conduciendo Stear -El recuerdo agridulce de su amigo, sentenció la conversación. George también había resentido mucho la pérdida del joven Cornwell. Lo que Candy no sabía era que el propio George le dio sus primeras lecciones, al igual que hiciera años antes con Albert. De hecho, indirectamente, de este modo, George había facilitado la breve escapada que llevó a Albert a conocerla en aquella colina cercana.
George regresó la semana siguiente, aún sin carta de Albert, pero aprovecharon para practicar la conducción. Lo cierto es que a Candy le resultó muy divertido, aunque le costaba un poco llegar a los pedales y el volante costaba bastante de girar, por el peso de la máquina. Sin que ella lo supiera, George tomaba buena cuenta de aquellos detalles. Más tarde, los utilizaría para adaptar un auto que ella pudiera utilizar. Debería encargar un sistema para poder cambiar la posición del asiento, acercándolo al volante. El Sr. William y él habían estado valorando facilitarle un Ford Model T y debido a su particular funcionamiento, George se había presentado con uno, para enseñarle directamente. Seguramente, el coche estaría listo para cuando Candy volviera a trabajar en Chicago. Entretanto, Candy proseguía utilizando a la yegua de los Cartwright para las, relativamente, cortas distancias entre los pueblos.
Continuarà...
Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita
Pg. 264 - Carta de Albert a Candy desde Kenia - donde le dice que está ayudando en un ambulatorio, para personas no para animales.
Pg. 321 - Retrospectiva de Candy, en su actualidad con esa persona, hablando del apoyo que recibieron los Leagan por parte de los Ardlay para expandir sus negocios hosteleros.
Pg. 353 - Carta de Candy a Archibald, sobre su decisión de estudiar en la Universidad y la aprobación del Sr. William.
