Capítulo 57

Por mí

Un paso a la derecha, un sorbo del vaso de agua, un paso a la izquierda, una mirada hacia Superman y de nuevo un sorbo de agua.

— ¿No tienes vino o algo mejor que esto? —se quejó de manera infructuosa.

—No, no te voy a dar alcohol—respondía Quinn con una sonrisa enmarcada en su rostro—. No se bebe cuando se trabaja ¿Recuerdas?

— ¿Qué piensas que voy a hacer si me tomo una copa de vino? ¿Seducirla? Tendría que tomar mucho vino… Y cerveza, y probablemente todo el whiskey escocés del planeta para siquiera pensar en hacer algo así—volvía a quejarse—. Por cierto ¿Dónde quedó la puntualidad de la que tanto hacía gala? Son las 10 de la mañana y aún no da señales de vida.

—Santana—Quinn se levantaba de su asiento sobre uno de los taburetes y no tardaba en recorrer la estancia, directa hacia los ventanales—. No seas más pesada, Rachel está por llegar. Te recuerdo que tiene una hija que atender.

— ¿No se iba a quedar con esa tal Kate?

—Sí. Pero, aun así, sigue siendo una niña y tiene sus obligaciones—añadía—. Así que, por favor, relájate, parece que eres tú la paciente.

—Yo no estoy nerviosa—espetó sin mucha convicción.

Por supuesto que lo estaba.

Santana estaba nerviosa a más no poder y eso era algo que no podía evitar camuflar de ninguna manera. Daba igual todas las excusas o su insistencia en criticar a Rachel, aquellos pasos sin sentido y los rápidos y breves sorbos del vaso de agua, era demostración suficiente para Quinn, que veía como su amiga también esperaba temerosa aquel primer encuentro oficial con Rachel.

Habían pasado siete días.

Siete perfectos, pero a la vez extraños, días desde que Rachel le confesó que no sabría cuánto tiempo más iba a poder soportar todas las contradicciones que se agolpaban en su cabeza, en aquella improvisada discusión que mantuvieron en los pasillos del teatro. Contradicciones respecto a la privacidad de su hija, de su relación y de su carrera. Y que luchaban contra las intenciones de Quinn, contra sus sonrisas y su ya típica frase de "todo va a ir bien".

Siete días que sirvieron para afianzar su relación, pero que a la vez las mantuvo alejadas del mundo.

Quinn vivía para entrenar en el gimnasio, ensayar y cenar con Rachel. Esa era su rutina diaria entre semana. Una rutina que no le hacía mal en absoluto, pero que sabía que estaba influyendo en la morena.

Para Rachel, aquella vida podría ser como el mismísimo paraíso. Tenía un trabajo que, a pesar de no ser lo que había soñado, le conseguía mantener donde quería estar. Tenía a su hija perfectamente protegida en su casa y tenía a Quinn a su lado, provocándole todas aquellas sensaciones que se adueñaban de las personas cuando se enamoran. Ofreciéndole confianza y besos por igual. Regalándole lo que siempre había deseado en una relación; la ansiada estabilidad.

Y era esa misma sensación de estabilidad lo que le recordaba a cada instante que, en aquella pareja, solo una de las dos estaba entregándose totalmente. Y no era ella precisamente. Rachel era consciente de que la vida que ella necesitaba no era la vida que Quinn merecía.

Sabía del sacrificio de la rubia, evitando en todo momento hacer cosas que pudiesen crearle alguna situación extraña frente al público. Una simple cena en algún restaurante, un paseo por el parque tomadas de la mano, o el hecho de hacer la compra juntas, suponía un esfuerzo casi sobre humano para ambas. Y terminaban descartándolo de su día a día. Eran esos pequeños detalles los que lograban forjar una relación, y Rachel era consciente de ello. Una simple carrera por el parque persiguiendo a una paloma con Quinn y su hija de la mano, conseguía provocar en ella mucha más sensación de felicidad y plenitud, que subirse a un escenario lleno de actores que esperaban su aprobación, o pedían su consejo. Y, sin embargo, no lograba hacerlo. No lograba calmar el miedo que la aturdía y terminaba sucumbiendo a lo estipulado.

Por eso, por aquella misma razón de impotencia que sentía al ser consciente de que su actitud no era la que realmente quería que fuese. Y porque no concebía su vida sin proteger y buscar una solución al problema de su hija, aceptó acudir aquel día a la que iba a ser la primera sesión de terapia que iba a tener en su vida.

—Pues lo pareces—bromeó Quinn, que seguía sin perder detalle de lo que podía observar desde aquellos ventanales—¡Ven! —exclamó rápidamente—. Vamos, ven a la terraza.

Santana dejó el vaso de agua sobre la encimera de la cocina y siguió los pasos de la rubia, que ya se dirigían hacia la única puerta que permitía el paso a la pequeña terraza que rodeaba su apartamento.

— ¿Qué haces? Hace mucho frio aquí.

—Mira—señaló hacia la avenida. Desde aquella esquina podía observar perfectamente el acceso a la calle desde la glorieta—. Allí viene ¿Ves aquella chica pelirroja con la pequeña de la mano?

—Eh Sí ¿Quién es?

—Kate—respondía rápidamente—, y Em.

— ¿Y dónde está Rachel?

—Espera—susurró tras ver como Kate y Emily ya se perdían por el interior de la calle, y dejaba de verlas—. Ahí está—señaló de nuevo.

Rachel se dejaba ver varios segundos después, caminando envuelta en una enorme bufanda a juego con su abrigo, que protegía su cuello y parte de su rostro—¿Has visto lo que hace? —cuestionó tras verla desaparecer al igual que Kate y Emily.

— ¿Qué hace? —preguntó Santana sin darle importancia.

—Caminar detrás de Kate y Emily—informó al tiempo que regresaban al interior del apartamento—. Creo… Creo que es algo que deberías saber. Igual te sirve para la terapia. Rachel siempre que sale con su hija, lo hace de esa forma

— ¿Cómo? ¿Me estás diciendo que sale con ella y no se acerca?

—Así es. Solo en casos excepcionales o cuando salgo yo con ellas, que me las arreglo para que termine haciendo cosas con la pequeña. Pero mientras sea con Brody o con Kate, siempre va así. Su hija delante con quien quiera que sea, y ella detrás, observándola y asegurándose de que nadie las relacione.

—Dios—susurró regresando a la cocina—. Me temo que su problema es más para un psiquiatra que para mí. Está perdiendo la cabeza.

—Santana por favor—se acercó preocupada—. Es importante que puedas ayudarla. Aunque no lo creas, viene con la esperanza de que así sea—confesó—. He logrado convencerla de que tú puedes hacerle bien.

—Hey—interrumpió—. Te recuerdo que estoy aquí como profesional ¿De acuerdo? —hizo una pausa—. Es cierto que he volado hasta aquí, pero porque tú me has pagado el vuelo, y no tengo intención de nada más que de ser psicóloga y tener un diagnóstico de ella. Nada de amistad ni cosas de esas ¿Entendido?

—Te necesita como psicóloga, y yo también te necesito de esa forma ahora mismo. No te estoy pidiendo nada más que no sea eso, a pesar de que siga sin entender ese odio irracional que le tienes.

— ¿Cómo? —cuestionó sorprendida—¿Irracional?

—Vamos San, ya te dije las razones por las que Rachel actuó así con Britt. Y en el fondo sabes bien que era lo mejor. Aunque no estoy excusándola de su actitud—aclaró—. Apartar a Britt de todo este lío era lo mejor, en eso tienes que estar de acuerdo conmigo.

—Quinn, me importa un bledo la vida de Rachel y sus motivos, pero soy yo la que recibió a Britt llorando y estuvo varios días preocupada, sintiéndose culpable de algo que no había hecho y que ni siquiera sabía que era—explicó—. Y ya sabes lo que ella significa para mí. No soporto que le hagan daño, ni siquiera me soporto a mí misma después de haberle hecho daño yo.

—Menos mal que eres consciente de eso—recriminó—. Porque no es justo juzgar a los demás de algo que tú también has hecho.

—Ni se te ocurra reprocharme nada, Quinn. Te lo advierto.

—Solo quiero que seas justa con Rachel. Que no dejes que eso que te sucede con ella te influya en lo profesional ¿De acuerdo? —fue dura.

—Justamente y solo por eso, estoy aquí—respondía segundos antes de escuchar como el sonido del timbre inundaba todo el apartamento.

—Es ella—susurró Quinn—. Por favor… Compórtate—suplicó.

—Abre de una vez—escupió adentrándose de nuevo en la cocina.

Quinn no tardó en llevar a cabo aquella acción tras asegurarse de que su amiga trataba de relajarse. Quizás no había sido buena idea sacar a la luz la pelea de Britt y Rachel en aquel instante. De hecho, en ese mismo momento en el que ya se apresuraba a abrir la puerta, sentía que quizás todo había sido un error, y que dejar a solas a su chica con su mejor amiga era la peor de las opciones para que todo acabase bien.

La leve y nerviosa sonrisa de Rachel tras la puerta recordó que todo lo que hacía era por ella, por conseguir que esa sonrisa forzada se convirtiese en una totalmente sincera. La misma sonrisa que Rachel Berry conseguía regalar cuando todo iba bien y que terminó enamorándola.

—Hola cielo—saludó Quinn con dulzura.

—Hola.

—Pasa, vamos.

Rachel accedía al interior del apartamento con paso dudoso y recibía un cálido y dulce beso de Quinn, que lejos de tranquilizarla, logró ponerla más nerviosa. Sobre todo, tras escuchar la primera de las indirectas que Santana iba a regalarles.

—No he volado 2.000 kilómetros para tener esa repulsiva imagen en mi cabeza.

—Ni yo te he pagado un vuelo de 2.000 kilómetros para te quejes de si beso o no a mi novia—respondía Quinn al tiempo que obligaba a Rachel a que la siguiese.

No hubo respuesta por parte de Santana, que, dejando el vaso de agua de nuevo sobre la encimera de la cocina, lanzaba la primera mirada directa hacia Rachel.

—Hola San—saludó nerviosa.

—Santana—aclaró—. Para ti soy Santana López.

—Ok, Santana—balbuceó.

—Bien—resopló Quinn—. Yo me voy con Kate y Em. Supongo que están en su casa ¿No?

—Sí. Te, te están esperando para ir al parque—respondía Rachel.

—Perfecto, pues avisadme cuando podamos volver—volvía a mirar a Santana—. Nada de insultos—le amenazó—. No quiero tener que llamar a la policía.

—Quinn ¿Te puedes ir de una vez? —Santana volvía a mostrarse cortante—De hecho, podrías llevarte a la rata—añadió—. Hablo de la ardilla, a la otra puedes dejarla aquí

— ¡Santana! —interrumpió Quinn enfadada.

—Ok, ok—levantó las manos en señal de rendición—. Nada de insultos.

Una mirada. Solo una simple y amenazadora mirada de Quinn sobre su amiga fue suficiente para que acabase con la endemoniada actitud que mantenía sobre Rachel, y que estaba comenzando a preocuparle de verdad.

—Márchate tranquila—susurró Rachel—. Todo va a ir bien ¿Recuerdas?

¿Cómo no hacerlo? Pensó Quinn tras haber hecho de esa frase su estandarte, su lema de vida en aquella relación. No pudo más que cambiar el gesto serio de su rostro y dibujar una sonrisa para despedirse de su chica, agradeciéndole el que hubiese aceptado aquel despropósito que ella misma le había pedido.

—Gracias por venir, Rachel—respondía tras dejarle un nuevo beso del que, otra vez, era testigo Santana. Pero que esa vez logró ignorar.

Le costó salir de su apartamento y dejarlas allí, a solas. Quinn dudó varios minutos, incluso cuando ya se encontraba fuera, pero la sonrisa de Rachel y la mirada tranquilizadora que le regaló, la obligó a continuar con el plan estipulado.

Y lo cierto es que ni siquiera Rachel sabia como había logrado tranquilizarla de aquella forma.

Fue ver como Quinn desaparecía de su apartamento dejándola completamente a solas con Santana, y sentir como todo su cuerpo se bloqueaba. Como sus músculos se tensaban e incluso le costaba caminar

—Puedes sentarte si quieres—masculló Santana haciéndola reaccionar, y Rachel con la inseguridad marcando sus movimientos, tomó asiento en uno de los sillones que Quinn había predispuesto frente al sofá principal, y del que se había adueñado Santana.

—Bien, pues… Pues tú dirás—habló Rachel con apenas un hilo de voz.

—Ok—se aclaró la garganta—. En primer lugar, quiero que sepas algo para que lo tengas muy claro. Esto que estoy haciendo lo no hago por ti ¿Entendido? Si estoy aquí es porque Quinn me pidió que viniese y ella sabe que por ella… Por ella soy capaz de cualquier cosa, incluso de tragarme mi orgullo—hizo una pausa—. Así que tienes que tener claro que no pienso en ti como amiga o algo parecido, porque no lo somos, ni lo vamos a ser

—Si estoy aquí—interrumpió Rachel—, es por Quinn—fue directa—. No habría aceptado esto ni contigo ni con nadie si no fuese por ella. Eso… Eso también lo tienes que tener claro tú. Además, no estoy aquí para suplicarte perdón, si es lo que piensas. Si estoy aquí es porque Quinn cree que eres la mejor profesional que puede ayudarme. Es todo lo que necesito, una psicóloga.

—Perfecto—aclaró—. Por mi parte está todo más que claro.

—Por la mía también—añadía Rachel.

—Ok—murmuró al tiempo que lanzaba hacia la mesa una pequeña libreta que había permanecido junto a ella en el sofá durante la breve conversación. Y que, al parecer por el gesto de la chica, no le iba a servir durante aquella sesión o terapia.

—Pues tú dirás—volvía a hablar Rachel.

Santana se acomodó en el sofá y clavó sus ojos en los de Rachel, tratando de intimidarla o, quizás, obligándola a que solo se focalizara en ella.

— ¿Quién es Emily? —la primera de las preguntas, tan directa que Rachel se sorprendió.

— ¿Cómo que quien es Emily? Pero si tú sabes que ella es…

—Te estoy preguntando que quien es Emily ¿Puedes responderme?

—Ok—bajó la mirada—. Emily… Emily es mi hija.

— ¿Cuál es su nombre completo?

—Eh, Emily Charlotte Berry—respondía volviendo a alzar la mirada.

— ¿Y por qué se llama así?

—Pues—volvía a mostrarse confusa—. Por Cumbres Borrascosas y Jane Eyre. No, no sé por qué, me dio por leer esas obras durante mi embarazo, y se me ocurrió la idea de usar el nombre de sus creadoras, Emily y Charlotte Brontë. A Brody le pareció perfecta la combinación de ambos nombres.

— ¿Cómo es Emily Charlotte?

— ¿Cómo es? —volvía a mostrarse confusa. No tenía ni idea de por qué le hacía aquellas preguntas tan directas sobre su hija, en vez de preguntarle a ella que le sucedía o cuales eran sus miedos.

—Sí ¿Cómo es físicamente?

—Pues, pues tengo fotos en mi móvil y… Además, tú la has visto.

—No quiero fotos, y yo sé cómo es. Lo que quiero es que tú me la describas—aclaró al ser consciente de la confusión de la morena.

— ¿Qué yo la describa?

—Sí, Rachel—espetó impaciente—. Descríbeme como es Emily Charlotte ¿Cómo es tú hija?

—Pues es pequeña. Tiene, tiene solo dos años y medio y el pelo castaño. Lleva flequillos, le encantan los flequillos, de hecho—sonreía mientras visualizaba mentalmente la cara de su hija—. Tiene los ojos azules, igualitos que los de Brody y también su nariz, en eso ha tenido suerte—bromeó—. Lo que si tiene igual que yo es la boca. Sus, sus labios son perfectos. La verdad es que es muy guapa, y no porque lo diga yo, que soy su madre—aclaró—. Todo el mundo lo dice. Y también dicen que se parece mucho a mí.

—Todo el mundo—susurró.

—Sí, todo el mundo.

— ¿Tiene hoyuelos? —interrumpió Santana.

—Eh sí, sí. Cuando sonríe se le forman dos hoyuelos, pero no en las mejillas como a mí o como a ti—la miró entusiasmada, olvidándose que aquella chica ya no era su amiga—, sino que le salen aquí, en la parte superior de los labios—señaló sus propios labios—. Es encantadora, a todo el mundo le fascina cuando sonríe.

—A todo el mundo —volvía a dejar en el aire—¿Y qué le gusta hacer?

—Dibujar—respondía sin pensarlo—. Se pasa las horas dibujando y tiene mucha capacidad a pesar de su edad. De hecho, con apenas un año ya conseguía sostener los lápices de forma adecuada, sin que nadie le dijese como hacerlo.

— ¿Y qué dibuja?

—Todo lo que le llama la atención, por ejemplo, a Superman—miró a la ardilla—. La vio una vez y al día siguiente la dibujó, bueno—hizo una pausa—, en realidad solo era un garabato de líneas marrones. Mira—lanzó una mirada sobre la pequeña biblioteca que Quinn tenía junto al televisor—.Ahí está el dibujo que hizo.

Santana desvió la mirada hacia el cuadro que se mantenía sobre la estantería y descubría el dibujo de la pequeña.

—Como esos detalles tiene miles. Le gusta dibujar todo, y todo lo recuerda perfectamente. Tiene mucha capacidad creativa, y es muy inteligente en ese aspecto.

— ¿Y qué más le gusta? ¿Cuáles son sus colores favoritos? ¿Sus dibujos animados?

—No, no suele ver mucho la televisión, ahora lo que más le gusta es jugar con un cuento electrónico que Quinn le regaló—le confesó—. Le gusta mucho, y sus colores.

— ¿Le gusta la ropa que le pones?

— ¿La ropa? —hizo una pausa—Pues no tiene mucho margen para quejarse—respondía nerviosa—, pero sí, supongo que sí.

— ¿Tiene alguna prenda favorita?

—Eh sí—recordó divertida—. Tiene, tiene un jersey de renos, como los que yo solía ponerme en el instituto ¿Lo recuerdas? —le preguntó y Santana simplemente se limitó a asentir —. Pues a ella le encanta. Sonríe a más no poder cuando se lo pongo y no quiere que le coloque el abrigo para poder lucirlo.

— ¿Y hay algo que a ti no te guste y que a ella le encante?

— ¿De su ropa?

—Sí.

—No, toda su ropa se la compro yo, por lo que me gusta toda. Aunque… —dudó—Hay, hay algo que no me gusta y a ella le fascina.

— ¿Qué es?

—Unas pantuflas que le regaló Brody—espetó.

— ¿Por qué no te gustan?

—Porque son dos cerditos y no creo que una niña como ella tenga que llevar dos cerditos en los pies. Es bochornoso, por mucho que tengan una corona y Brody diga que son princesas.

— ¿Y llora si no se las pones?

— ¿Llorar? Eh, no, no. Emily no llora mucho. De hecho, apenas lo hace. Solo cuando está enferma y bueno… Es comprensible que lo haga.

— ¿Y por qué no llora? ¿Qué le dices para que no lo haga?

—No le digo nada, es solo que está acostumbrada a pactar.

— ¿Pactar?

—Sí, cuando ella quiere algo yo le exijo otra cosa, y hasta que no hace lo que yo le pido, no recibe lo que ella quiere. Hacemos tratos.

— ¿Y lo entiende?

—Sí, perfectamente.

— ¿Y qué tal con Quinn? ¿Le gusta?

— ¿Estás bromeando? —sonrió desenfadada—Se adoran mutuamente—explicó—. Emily se vuelve loca cuando la ve y le hace caso en todo. Es como si la conociera de toda la vida, como si nunca hubiese sido alguien extraño. Y es raro, muy raro que la haya aceptado tan rápido. No, no hace eso con nadie.

— ¿Con nadie? ¿Quién es nadie?

—Pues con el resto de personas—balbuceó.

— ¿Qué personas? —cuestionaba sin dejar de mirarla—¿Qué personas se acercan a Emily?

—Bueno a los padres de Brody no les tiene mucho aprecio. Los ve poco y no termina de tomar confianza con ellos.

— ¿Y a quien más no le tiene confianza?

—Pues—susurró tratando de encontrar la respuesta a aquella pregunta. Una respuesta que evidentemente no iba a encontrar tras ser plenamente consciente de que su hija apenas mantenía trato con nadie.

— ¿Te das cuenta? —espetó Santana tras ser testigo del silencio prolongado de la morena tratando de responderle—¿Te das cuenta de la suerte que tienes?

— ¿Suerte? —cuestionó confusa.

—Rachel—sonó con algo de dulzura, motivo que sorprendió a la morena—. Tienes 29 años, vives, por lo que me ha contado Quinn, en un penthouse en pleno Manhattan. Estás produciendo un musical después de haber vivid años de estrenos en el teatro, decides acostarte por pura diversión con un chico que es responsable y que está buenísimo. Te quedas embarazada y él decide estar a tu lado a pesar de no ser tu pareja, con todas tus excentricidades y normas. Tienes una hija muchísimo más guapa que tú, de eso doy fe, y que con solo dos años derrocha creatividad y simpatía, sin contar con la inteligencia de saber que la mejor manera de conseguir sus caprichos es pactando con su madre—Hizo una pausa—. Una hija que empieza a crear su propia personalidad a pesar de estar bajo tu responsabilidad. Una hija que decide que esos cerditos que tiene como zapatos, son lo sumamente importantes para ella como para mostrarse firme, y querer tenerlos a pesar de la contradicción de su madre, que, como cualquier madre del mundo, ha ido diseñando su propia vida en base a sus propios gustos. Estoy segura de que a Emily esos jerséis de renos le gustan solo porque sabe que a ti te gustan—Volvía a tomar aire—. Y no solo eso, también tienes la suerte de encontrarte con alguien como Quinn, que, en un momento especial de su vida, ha decidido poner todo su mundo del revés y empezar a vivir la vida como siempre quiso. Y lo hace queriendo estar a tu lado, importándole poco o nada lo que puedan decir de ella, y aceptando a tu hija como alguien de su propia familia—volvía a detenerse—¿Te das cuenta de la suerte que tienes? No tienes que mirar las desgracias de los demás, solo tienes que mirar lo afortunada que eres tú.

— ¿Y crees que no lo hago? —respondía tras varios segundos tratando de asimilar el sermón—Por supuesto que soy consciente. Y por eso estoy aquí, porque necesito que me ayudes a no destruir todo lo que tengo.

—Rachel—se puso de pie—. Te voy a ser sincera, algo que tú no has sido en todo este tiempo atrás—le reprochó—, pero ya tengo un diagnostico

— ¿Qué? ¿Cómo vas a saber lo que me sucede si apenas llevamos media hora hablando? —se mostró confusa.

—No necesito más para saber lo que te sucede.

— ¿Y qué me sucede?

—Pues que eres imbécil—fue directa—. Que no tienes memoria y que las luces de los rascacielos y los flashes de los fotógrafos han acabado con las pocas neuronas que tenías activas.

Se lamentó. Rachel se lamentó y resopló tras sentir el azote que Santana le había regalado con aquellas palabras. A punto estuvo de levantarse también de aquel sillón para abandonar el apartamento, pero eso no entraba en los planes de la latina.

—No pienses que te lo digo por insultarte—habló de nuevo—. De hecho, no es un insulto, solo es la única manera que tengo de decirte que no tienes ningún problema psicológico. Que no tienes ningún trauma que te paralice y te evite hacer lo que quieres hacer.

— ¿Qué sabes tú si solo me has preguntado por Emily?

—No necesito preguntarte por nada más—alzó la voz—. Lo único que tienes es un problema de autoestima, y eso lo has tenido siempre, desde que estabas en el instituto.

— ¡Yo no tengo problemas de autoestima!

—Hablas de tu hija como si fuera la mejor del mundo, la más inteligente, la más importante, pero ¿Sabes qué? Nadie te creerá porque no permites que nadie lo vea con sus propios ojos—se pausó—. Hablas de que todo el mundo la conoce y no, no es cierto Rachel. Nadie conoce a Emily porque tú te estas encargando de que así sea, porque vuelcas tus miedos en ella ¿Y sabes que es lo que sucederá cuando crezca? —se acercó a uno de los ventanales—Pues que Emily no será una niña como tú —fue directa—. O mejor dicho, no será una niña como tú eras en el instituto. Esa chica que la única manera que tenía de hacerse valer era demostrando su talento. Tú, querida Berry, fuiste capaz de llevarnos a todos a las Nacionales y ganarlas. Tú, maldita Berry, fuiste capaz de conseguir cambiar a Quinn y cambiarme a mí. Tú estúpida, fuiste tú y ahora te sientes incapaz de afrontar lo increíble que es tu hija. Te sientes incapaz de mirarla a los ojos y hacerle ver que no va a necesitar nada más en su vida que su valor, que sus ganas y su fuerza de voluntad para conseguir sus sueños.

— ¿¡Qué sueños!?—alzó la voz completamente rota—¿Qué sueños tiene mi hija? ¿Lo sabes tú? ¿Qué pasa si quiere ser cantante?

— ¿Y qué pasa si quiere ser abogada, o pintora o que se yo? ¿Sabes el futuro? —se enfrentó a ella—¿Lo sabes tú?

—No, claro que no lo sé, pero algún día lo sabré ¿Y qué pasa si esos sueños no están a su alcance? Si no puede conseguirlos ¿Cómo le voy a decir que no puede llegar a lograr sus sueños como su madre? ¿Cómo pretendes que destruya las ilusiones de mi hija?

— ¿No te has parado a pensar que antes de que eso ocurra, tu hija pensará que no tiene madre?

— ¿Qué? —espetó completamente aturdida.

—Estás evitando que disfrute de su vida ¿No es eso más importante que lograr un sueño? Te pasas la vida caminando detrás de ella mientras es otra persona quien le descubre el mundo ¿Qué te hace pensar que cuando tenga sentido común, no te va a reprochar eso? Que nunca estuviste a su lado por miedo. ¿Crees que le va a importar que le digas que no puedes conseguir sus sueños? —espetó con sarcasmo—Pues no, no le va a importar porque tú no vas a ser nadie, más que la mujer que siempre ha ido detrás de ella, nunca a su lado. Eso es lo que va a pensar.

Rachel se derrumbó. No podía debatir las palabras de Santana, que no solo eran certeras y duras, sino que además tenían toda la razón.

Se estaba preocupando en cómo evitar que su hija no sufriese una decepción cuando conociese su verdadero estado, en vez de educarla para que aquello no fuese una decepción.

—Es ahora cuando tienes que estar con ella, Rachel—sonó más calmada—. Es ahora cuando tu hija te necesita, y es ahora cuando tienes que educarla y hacerle ver que con todo lo que tiene, es más que suficiente para ser feliz—hizo una pausa tras ver como las lágrimas de la morena conseguían estremecerla—. Déjala que encuentre su lugar y mostrarle las miles y miles de opciones que tiene en su vida gracias a tu esfuerzo, y ella misma escogerá el camino que desea y que esté adecuado para ella—sentenció—¿Cuántas veces te lanzaron slushies en la cara?

—Muchas—balbuceó.

— ¿Cuántas veces te dijeron que no eras lo suficientemente guapa o alta para ser una estrella?

No respondió. Simplemente alzó la mirada inundada en lágrimas y la clavó sobre el duro rostro de Santana.

— ¿Cuántas veces les creíste? ¿Cuántas veces creíste que no tenías talento?

Tragó saliva—Nunca.

—Exacto Rachel, daba igual lo que te dijese, daba igual cuantas veces te insultáramos, tanto yo como esa rubia estúpida que se ha enamorado de ti. Daba igual cuantos golpes te llevaras. Rachel, tú seguías en pie porque tus padres te tomaron de la mano cuando caminabas por la calle, porque ellos jamás tuvieron temor de tenerte en su familia, a pesar de saber lo que eso podría suponer para ti. ¿Qué habría sido de ti si ellos hubiesen tenido miedo de que supieras que eran gays? —hizo una pausa—No habrías sido nadie, porque sin ellos, sin la educación que ellos te dieron, no habrías tenido el valor de enfrentarte a todo y conseguir lo que sabías que podías conseguir. Ellos supieron enseñarte que podías lograr tus sueños, pero también a ser consciente de tus limitaciones. Y eso, precisamente eso, es lo que Emily necesita.

—Pero… —sollozó—¿No comprendéis que yo quiero ser así? Que yo quiero ayudarla a ella, pero no sé, no sé cómo hacerlo. Maldita sea—espetó cubriéndose el rostro con las manos—. No sé cómo hacerlo. Todo es sencillo cuando lo dices, pero luego, luego tengo miedo, sufro y no puedo más—confesó con el llanto cortándole la respiración.

—Yo sé cómo ayudarte con eso—interrumpió.

— ¡Pues hazlo! —exclamó devastada—¡te pagaré lo que sea necesario, pero dime cómo eliminar esta sensación de mí, como acabar con el miedo!

—Primero me tienes que dar tu palabra.

— ¿Mi palabra? —balbuceó.

—Necesito que me mires a los ojos y me prometas que vas a hacer lo que te proponga. Solo de esa manera puedo ayudarte.

—Quiero hacerlo. Lo haré, te lo prometo. Lo haré.

— ¿Por Emily?

—Por Emily.

— ¿Por Quinn?

—Por Quinn—tragó saliva al pensar en la rubia.

— ¿Por ti?

Silencio. Un breve pero intenso silencio inundó el apartamento en aquel preciso instante en el que Santana se detenía frente a ella, y le lanzaba la mano, dispuesta a sellar un trato con ella que iba a salir bien solo si contaba con su total y entera disposición.

Un trato que Rachel firmó en ese mismo instante tras levantarse del sillón, y aceptar aquel apretón de manos mientras fijaba la mirada en sus oscuros ojos.

No eran amigas, eso lo había dejado claro nada más verse, pero Santana estaba dispuesta a solucionar aquello, y demostrarle que ella si tenía el valor de conseguir lo que se proponía. Pero para ello necesitaba que Rachel también sintiese herido su orgullo y aceptase el pacto.

— ¿Por ti? —volvía a cuestionar Santana.

Rachel tomo aire sin apartar la mirada de la chica y aferrándose con fuerzas a aquella mano que prometía ser su salvadora, logró responder a su pregunta.

—Por mí.