Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO VI

Fácil es concebir el júbilo que causó a Candy la ansiada carta del Príncipe; desde entonces no se pensó más que en hacer los preparativos para recibirle. Se adornaron las habitaciones, se cubrió de arcos y de flores todo el camino por donde debía pasar desde la subida del monte, se prepararon coronas para ofrecérselas e himnos para cantar en su honor.

Candy expresaba frecuentemente al Príncipe sus deseos de verle por medio de su corazón, y recibía de él las más cariñosas respuestas. Pero hubo un día en que el amante Anthony no escribió a su Candy. Ésta se afligió sumamente de no ver los amados caracteres que la llenaban de dicha. Escribía una y otra vez sin obtener ninguna respuesta; se creía culpable de alguna infidelidad, se llamaba ingrata, lloraba sin consuelo; pero al otro día y otros muchos que le siguieron continuó el Príncipe guardando el mismo silencio, y Candy sentía destrozarse su pecho y volvía a inquirir en su corazón lo que pudiera haber desagradado a su amado, hasta que por último fue a comunicar su pena con su fiel amigo. Albert le hizo mil preguntas, a las que Candy respondió con sencillez y claridad. Entonces Albert le dijo: «—No, hija mía, no es por tu culpa lo que te sucede; pero el Príncipe te ama, tú no puedes dudar de ello sea cual fuere su conducta para contigo. Te ama, repito, y sabe bien lo que debe hacer; déjale, pues, que obre como le plazca, tú no por eso has de amarle menos. ¿No es cierto que le reconoces por tu Dueño y por tu Señor? Déjale que obre contigo como guste». Candy se aquietó y espero con paciencia, pero pasaron otros días y el silencio continuaba. Candy se halló oprimida de amargura. En vano Rosemary procuraba consolarla. En vano Albert le repetía sus razones, en vano todo; Candy estaba enferma por la ausencia de su Esposo, no oía, no veía, no sosegaba; rehusaba tomar alimento; por las noches no podía encontrar reposo… Una segunda vez estaba loca, loca con la locura del amor. Salía y derramaba lágrimas por el campo. ¡Cuántas sentidas quejas no oyó el árbol de sus amores! Le bañaba con sus lágrimas y reclinaba en él su ardorosa frente, suspiraba como la tórtola solitaria, llamando a su querido consorte. Muchas veces no volvía a su morada hasta que Rosemary y Albert iban por ella para hacerla tomar alimento, lo que hacía forzada por la obediencia. ¡Ay!, el escaso alimento era mojado con su llanto, y su lecho por la noche era también regado con él. Estaba pálida; pero su palidez no la hacía menos hermosa; perdidos los colores de su rostro no había hecho más que cambiar de belleza. Se levantaba muy temprano e iba a sentarse al pie del árbol querido, abrazaba el amado tronco, y otras veces levantaba sus miradas hacia los brazos, pareciéndole que aún veía a su Dueño pendiente como un dulce fruto. De tanto mirarle le ocurrió un día subir ella también al árbol. Algo le decía en su interior que esto sería el remedio de su mal. Pero la empresa era difícil porque el tronco era alto, áspero y erizado de espinas; con todo, Candy no desistió, discurrió fabricar una escala en el tronco para subir ella, no obstante que no se le ocultaba el trabajo que debía costarle. Proveyóse de una piedra cortante y luego, al momento, puso manos a la obra. No en todo el día y con ímprobo trabajo apenas pudo fabricar el primer escalón y se vio precisada interrumpir su obra, cuando Rosemary y Albert fueron a recogerla para conducirla a su morada. Esa noche descansó un poco más tranquila con la esperanza de conseguir lo que anhelaba; verdades que se afligía al pensar lo mucho que le faltaba, pero por fin, el haber comenzado le daba gran consuelo y cada vez que despertaba sonreía diciendo: «—¡Ya tengo el primer escalón!» Se levantó más temprano que de ordinario y se dirigió al sitio acostumbrado; iba resuelta avanzar cuanto más se pudiera en la obra. Pero, ¡cuál fue su sorpresa cuando llegando al pie del árbol halló concluida una escala desde el primer escalón que ella había trabajado hasta lo más alto de él! Y no sólo esto, sino también estaban quitadas las espinas y asperezas de la subida, franqueándole un ancho y cómodo camino. Al instante y sin detenerse a pensar quién pudiera haberle hecho este servicio, subió apresuradamente por la escala y llegó hasta la cima del árbol. Entonces abrió sus brazos y se asió de dos ramas distintas para levantarse mejor. Tendió la vista por el camino, y en un recodo de la montaña… ¿Qué fue lo que viste, venturosa virgen?... ¿Qué viste que así te hizo desfallecer de júbilo?... Sí, el júbilo esta vez hizo en Candy el mismo efecto que el dolor: su cabeza cayó sobre su pecho, su rostro se cubrió de palidez y cayó en profundo desmayo. Desmayada y pendiente del árbol como una hermosa, delicada flor, ¡cuán bella debió parecer a su Amado, que oculto tras un recodo de la montaña la contemplaba, y que desde allí hacía tiempo que observaba todo lo que hacía! Él gozaba en ver las señales que ella daba de su amor. Él había fabricado la escala, y él ahora tenía resuelto poner fin a tan dolorosa prueba.

Así es que al volver Candy de su desmayo se halló al pie del árbol en los brazos de Rosemary, y el Príncipe a su lado, que servido por Albert le suministraba aguas cordiales con que quería devolverle la salud.

Y a la verdad, su amor y su presencia se la devolvieron cumplidamente. Levantóse alborozada, abrazáronse los dos amantes, diéronse cuenta de cuanto habían pasado en su ausencia, y todos llenos de júbilo se dirigieron a su morada, en donde el Príncipe recibió de su amada familia los obsequios que le tenían preparados.

Hízose la cosecha de los frutos y de ellos se sirvieron en la mesa. Ofrecidos por la mano del Príncipe parecieron a Candy mil veces más dulces, y todos gozaron con delicia de su exquisito sabor.

Después de esto, sólo se pensó en apresurar las deseadas bodas, para lo cual el Príncipe rogó a Albert que fuese al Reino de las Luces, a fin de presentar al Rey todo cuanto Su Majestad había tenido a bien exigir de Candy, es, a saber: los frutos, el retrato y el vestido. Al mismo tiempo le encargó le pidiese el permiso para celebrar sus bodas en el Desierto, haciendo presentes a Su Majestad las razones que el Príncipe tenía para desear hacerlo de esta manera. Le encargó también que, si como lo esperaba, el Rey daba su permiso, convidase a sus amigos y cortesanos de aquel Reino a que viniesen a sus bodas. Por último, que comprara las ricas alhajas con que pensaba enjoyar a su esposa. Albert, que amaba tiernamente al Príncipe, vio con gozo esta nueva ocasión de servirle, y partió sin tardanza para el Reino de las Luces.

Durante su ausencia, el Príncipe y Rosemary se ocuparon de disponer la futura habitación de los esposos. Ésta fue fabricada no lejos del sitio donde se hallaba el árbol que les era tan querido. El Príncipe fabricó un precioso lecho de madera incorruptible del Árbol de los Perfumes, el que Rosemary se encargó de cubrir y adornar con telas de púrpura y de grana que había trabajado de antemano ayudada de sus hijas las pastoras. En fin, toda la nueva morada fue adornada con exquisito primor.

Albert volvió tan pronto como pudo saboreando el gozo que iba a causar a su Señor. Fue recibido con mil demostraciones de regocijo, el cual se aumentó cuando dio cuenta de su embajada. El Rey había visto con sumo agrado las obras de Candy; gustó con delicia los frutos, hizo colocar en su palacio el retrato del Príncipe y devolvió el vestido para que sirviera el día de la boda, para la que dio su real permiso por escrito y con todas las formalidades de la ley. Aprobó también todo cuanto el Príncipe había hecho y dispuso que Albert representase su real persona y autorizase y firmase la escritura del matrimonio, para lo cual le dio plena potestad y su real sello. Escribió también a la Reina, al Príncipe y a Candy. A ésta la llamaba su hija muy amada, le decía cómo la había elegido desde antes que naciera para esposa de su Hijo, y por último le daba en dote el monte de la Mirra con todos sus riquísimos productos, ordenando que el día en que se celebrase la augusta ceremonia fuesen puestos en libertad todos cuantos allí estaban aprisionados.

Todos los cortesanos a quienes Albert había convidado de parte del Príncipe aceptaron su invitación con gozo y gratitud, y quedaban disponiendo su partida para el monte de la Mirra, a donde ofrecían llegar a tiempo oportuno. Albert, fiel a los encargos del Príncipe, cuyo gusto conocía muy bien, había preparado los ricos dones y regalos que debían presentarse a Candy: vestidos, alhajas, adornos, muebles, todo de exquisito gusto. Estos regalos fueron presentados a Candy por el Príncipe con indecible ternura y recibidos por ella con gratitud y amor. Y en seguida ella los entregó a Rosemary, quien los guardó cuidadosamente para el día que fueran menester. Después la Señora rogó a Albert fuese a convidar a sus hijas las pastoras, a quienes había dejado en su casita a cargo de la mayor de ellas, a fin de que vinieran a la boda, como también a todos los vecinos pastores y labradores que vivían en aquellas cercanías, todos los cuales amaban a Rosemary y eran amados de ella, y que habían concurrido a solemnizar su fiesta, en la cual les había anunciado este convite. Albert partió muy contento de servir a su amada Reina.

Los cortesanos de las Luces comenzaron a llegar en grupos, unos tras otros, y todos eran recibidos con el mayor agrado y cortesía. Se construyeron habitaciones para alojarlos. Uno de los primeros que llegaron fue Vincent, el muy amado del Príncipe y de la Reina. El gozo que causó su presencia fue incomparable. Candy le fue presentada por el Príncipe y por Rosemary y recibida por él con muestras de la mayor benevolencia. Vio y aprobó todo cuanto ella había trabajado. Llamaron particularmente su atención los retratos del Príncipe, y mucho más aquellos en que estaba representado niño, ya en los brazos de su dulce Madre, ya acariciando un hermoso corderillo, ya dando de comer a multitud de palomas, ya regando las azucenas de su huerto, ya de otras muchas maneras. Los miraba y los volvía a mirar. ¡Cuántos recuerdos le traía la imagen de aquel adorado Niño que tantas veces había llevado en sus brazos! Felicitaba a su amada hija Candy. ¡Oh! ¡Cuántas veces Vincent se entretenía en referir mil pasajes de la infancia de aquel querido Niño que hacían derramar lágrimas de ternura a Candy! Ya se deja considerar cuánto agradaría a la joven la conversación de Vincent; ella también, como el Príncipe, le llamaba Padre.

Entre tanto Albert llego a la casa de Rosemary; fue recibido con inmenso regocijo por las pastoras, que, alborozadas, sólo pensaban en disponerse para partir con él al monte de la Mirra. Hizo publicar las regias bodas del Príncipe de las Luces, convidando a ellas a todos los habitantes del Desierto, a fin de que todos cuantos gustasen pudiesen acudir a esta gran ceremonia. No contento con esto, fue de puerta en puerta convidando de uno en uno a todos aquellos que moraban en las cercanías de la casita de Rosemary, a quienes la Señora le había encargado que convidase. Indecible fue el júbilo por este convite, y todos se ocupaban en prepararse para acudir a él. Sin embargo, hubo algunas pastoras negligentes, no de aquellas que vivían con Rosemary, que se descuidaron en los preparativos y de proveerse de cuanto era necesario, por lo cual no estuvieron dispuestas el día de la partida, y como ésta no podía demorarse, marchó con las que estaban prevenidas, y las otras, por su descuido, quedaron privadas de tan incomparable dicha.

Albert llegó con su acompañamiento a su amada aldea y convidó en público y en particular a sus queridos habitantes, los que le recibieron con indecible gozo. Sin embargo, hubo algunos tan desgraciados y tan necios que no quisieron admitir el convite, los unos por no abandonar sus posesiones, y los otros por no separarse de sus familias. En fin, los que fueron tan dichosos que lo aceptaron, partieron con Albert para el monte de la Mirra.

Incomparable fue el gozo de Rosemary, de las pastoras y de Candy al abrazarse y volver a vivir todas juntas. El Príncipe también recibió con gran cariño a sus amigos de la aldea.

Los cortesanos de las Luces llegaban de continuo: los guerreros, los sabios, los amigos y privados del Rey, las nobilísimas matronas y muchas bellísimas doncellas, cuya vista llenaba de gozo a Candy. Por todas partes había preparado habitaciones, sobre cuyo frente brillaban los escudos y blasones de cada familia; de suerte que el monte de la Mirra semejaba entonces a la hermosa capital del Reino de las Luces.

Por todas partes se hacían preparativos para la gran fiesta deseada y suspirada por todos. Rosemary, ayudada por las pastoras, todo lo arreglaba y disponía. El Príncipe, entre tanto, se ocupaba en una tarea muy agradable. Había plantado tiempo antes en aquel fértil terreno un huerto y una viña, de cuyos maduros racimos había fabricado vinos generosos con que anhelaba obsequiar a su amada esposa, y a fin de causarle una grata sorpresa nada le había dicho de este dichoso plantel. Se retiraba a él algunos ratos a fin de tenerlo todo preparado para el cercano venturoso día.

Candy comenzó a notar esta ausencia, porque no se hallaba bien cuando el Príncipe no estaba a su lado. Una tarde que iban juntos de paseo a visitar su amado árbol, le dio ella su cariñosa queja con gran modestia, pero con la mayor ternura, concluyendo por decirle que si aquella era una nueva prueba a que quería sujetarla estaba dispuesta a sufrirla. «—No, amada mía —le contestó el Príncipe—, no quiero hacerte sufrir más; por tanto, ahora mismo te haré saber el motivo y sitio de mi retiro». Diciendo esto la condujo por un sendero ignorado hasta entonces por ella, muy ameno, florido y delicioso, hasta un recodo de la montaña, donde se halló Candy en un bellísimo huerto plantado de flores y de frutales y regado por un arroyo cristalino. Luego fue conducida más adentro y se halló en una deliciosa viña llena de maduros y sabrosos racimos. Tú amante la obsequiaba y regalaba con incomparable profusión; pero no contento con esto, la tomó por la mano y la introdujo en una cueva donde estaba guardado el regalado, generoso vino. Diole de beber, pero en tal abundancia, que Candy, embriagada, saltó de júbilo en presencia de su amado, y gozó de tales dulzuras cuales nunca había podido imaginar.

Cuando de allí salieron, Candy ya no sabía a dónde iba, no sabía el camino, no sabía cosa alguna sino sólo amar. Sintió que sus fuerzas desfallecían, tendió sobre el césped florido que alfombraba el suelo, y se durmió bajo el influjo del sueño del amor. Empero durmiendo hablaba a su Amado, expresando sus amores con tal ternura, con tal efusión, con tal derretimiento, que el venturoso amante dio por bien empleado cuanto por ella había sufrido, y adelantándose presuroso fue al encuentro de Elroy y de las pastoras que venían a buscar a Candy cuidadosas de haberla perdido de vista; mas él las conjuró que no la despertasen y que la dejasen dormir hasta que quisiera. Rosemary no tardó en venir cuidadosa por su hija; mas no la despertó, antes bien la dejó que gozase de su amoroso regalado sueño, el cual se prolongó por largo tiempo.

No sólo los cortesanos de las Luces se apresuraban a venir a las bodas, sino también llegaban todos los días en gran número los habitantes del Desierto, gozosos al verse honrados con el regio convite.

En fin, llegó un día grato y apetecido que llenó de júbilo a todos, y mucho más a los dos amantes; ¡era la víspera de la boda! Desde la mañana todo era bullicio y alegría, que fueron aumentando a medida que el día avanzaba.

Llegó la tarde, todo estaba dispuesto. Candy vio con emoción ocultarse el sol que luego debía levantarse para ser testigo de su felicidad. Poco después de anochecer Rosemary y su familia cenaron debajo de los árboles, y a poco más se retiró cada uno a su aposento. Candy se sentó cerca de su lecho, saboreando el pensamiento de su próxima felicidad. Elroy vino y se sentó a su lado. ¡Oh, cuán mudada estaba! Obediente y sumisa amaba y respetaba al Príncipe, y había visto con alegría que se acercaba el tiempo en que Candy iba a recibir el título de Princesa de las Luces; mas ahora que llegaba ya el momento, que era ya la víspera, sintió una dolorosa impresión y sus ojos se llenaron de lágrimas. Candy iba a ser feliz, no podía ya dudarlo; pero al fin ya no le pertenecía. Disuadirla no lo pensaba, pero quería despedirse, hablarle, gozar de toda su ternura por la última vez. «—Hija mía —le dijo atrayendo dulcemente la cabeza de la joven para reclinarla en su regazo—, mi querida hija, mañana vas a ser feliz, vas a ser la esposa del mejor de los príncipes. —¡Oh, sí! —le interrumpió Candy—, ¡del más hermoso de los hijos de los hombres, del más grande entre todos los héroes, del más noble entre todos los príncipes! —Todo esto es cierto —respondió Elroy—; pero yo… ya tú no serás mía, y por eso te ruego que esta noche, que es la última que me perteneces, la pases conmigo. Dígnate conversar con la que ha sido tu compañera en el Desierto y que ha corrido tantos peligros sin separarse de ti. Ya lo ves, nada más esta noche te pido, esta última noche… Mañana, ¡oh! mañana ya no me pertenecerás».

Candy sintió que la asaltaba un ímpetu de ternura, abrazó a su nodriza e iba a responderle cuando sintió que se movía su corazón; le abrió al instante vio escrito: «—Paloma mía, sólo esta noche, larga por cierto, es la última que nos separa. ¿Quieres, pues, consagrármela? ¿Quieres que la pasemos conversando como algunas otras?» Candy quedó suspensa. ¡Los dos le pedían la última noche! En eso se abrió la puerta del aposento y apareció Rosemary. Venía cariñosa a ponerse al lado de Candy. «—Hija mía —le dijo—, se acerca el día de tu felicidad; vengo a darte mis últimos consejos. Pero, ¿qué veo? ¿Tienes en las manos tu corazón? ¿Estás conversando con el Príncipe? Pues no será bien que le dejes por hablar conmigo. ¿Qué tengo que aconsejarte sino que continúes tan dulce ocupación?» Diciendo esto se levantó y tomando por la mano a Elroy, que no osó resistir, salió del aposento llevándola consigo. Candy entró en su lecho y contestó a su Amado que con gusto le consagraba la última noche, y al punto comenzaron entre sí los más dulces coloquios. Ambos se quejaban de aquella noche acusándola de larga e interminable; su silencio les era importuno porque anhelaban el alegre bullicio del venidero día; no obstante, alborozados con su próxima dicha, cambiaban entre sí las más dulces expresiones, hasta que embriagados de delicias sintieron desfallecer sus fuerzas, y el sueño del amor cerró los ojos de ambos.


¿Qué les ha parecido? En nuestro próximo capítulo ¡LA ESPERADA BODA! Nos vemos pronto.