[~Seline~]
Estaba muy emocionada por haber pasado una navidad en el Santuario. Tenía una familia con la cual compartir y amigos con los cuales celebrar. En el Templo Submarino mis navidades se reducían a un sencillo intercambio de regalos con Salma. Hasta que no fui mayor no conocí a nadie de mi edad así que era bastante solitario allí. Puntualmente hasta que Lexie llegó cuando tenía catorce años. A pesar de todo, Salma siempre se las había arreglado para hacer de mi navidad algo especial con poco. Ahora que la recordaba veía en serio lo mucho que la extrañaba. Ojalá pudiera ir o mejor: ojalá pudiera ella venir. Quería que conociera a Milo. Y a Selket, Aioria, Afrodita… pero eso no sería posible por mucho que lo deseara. Sin embargo, le enviaría algo, aunque fuera pequeño. Tal vez un perfume hecho por mí o alguna pócima herbal que Afrodita me enseñara. De todas formas ya había pasado la navidad y el año nuevo, sería un regalo sin ocasión especial.
Aioria seguía dormido a mi lado, con aquel cabello de visos dorados y su fuerte pecho moviéndose con su lenta respiración. Yo siempre me despertaba al menos una hora antes que él, por lo que ya tenía habitualmente un libro en su mesa de noche para matar el tiempo mientras el León se levantaba con el sol. Llevaba meses pasando la mitad de las noches a su lado. Afrodita no sé inmiscuía para nada, lo cual era un alivio. A veces me levantaba y preparaba el desayuno para el par de Leones si Adeline, la vestal de Leo, no estaba de guardia ese día. Trataba de no coincidir con ella lo más que podía, pues me daba un poco de verguenza sabiendo lo que había estado haciendo con el Guardián del Templo la noche anterior.
Me acosté un rato más a meditar qué regalo podría conseguir para Salma. Aquel cuarto se me antojaba inmenso (y lo era), pero era una sensación de vacío, como si estuviera viviendo una vida que en realidad no me pertenecía. ¿Qué hacía yo en la cama de un Caballero Dorado, siendo yo una aspirante a General Marino? Jugaba con mi suerte y el tiempo se encargaría de cobrarme cada uno de mis atrevimientos. La cuenta regresiva, el reloj que nunca paraba retumbaba en mi cabeza todo el tiempo. Cada sonrisa, cada beso, cada abrazo me hacía recordar que esto era una ilusión. Yo desde antes de empezar ya sabía cómo acabaría todo esto. Era una Marina de Poseidón y no podía permitirme olvidarlo mi lugar estaba en Atlantis, no en el Santuario.
Me removí incómoda en la cama y abracé fuerte la almohada, humedeciéndola con unas lágrimas traicioneras. Aioria me rodeó con un brazo por la cintura y me atrajo hacia sí, pero no me volteé, pues no quería que se diera cuenta que había estado llorando. Por suerte volvió a quedarse dormido en unos segundos y yo me deshice del abrazo y volví a Piscis en silencio. En unas horas tendría que entrenar y eso despejaría mi mente.
[~Selket~]
Hay ciertas cosas a las que por instinto les tememos. Yo no le temo a los escorpiones o a las víboras, por ejemplo. A aquella matrona alemana que sirve al Templo del Escorpión Celestial, sí. Creo que más que a su mismo Guardián.
-Tienes exactamente una hora a partir de que deje de mover mis labios para regresar con todo lo que te he pedido, linda. No me hagas esperar- me dijo con aquel tono autoritario pero extrañamente dulce que tenía Ilse.
Aquella vestal de tierras germanas era de cuidado: podía mimarte como si fueras el hijo favorito, cosa que hacía a ratos conmigo, o exasperarse fácilmente como solía hacer con Milo cuando dejaba su ropa tirada… y conmigo cuando no le traía las cosas del mercado a tiempo. Si algo sacaba de casillas a Ilse era eso último: el retraso. Había sido criada con puntualidad alemana y calibrada como un reloj suizo, así que me constaba que más me valía llegar con todo a tiempo o podría no molestarme en regresar a Escorpio en dos días.
Me levanté de la mesa bebiendo el último trago de té y cogiendo una manzana verde me apresuré a salir de Escorpio rumbo al mercado de Rodorio.
-Gracias Ilse, no tardaré ¡Te lo prometo!- grité saliendo.
-Weißt du, dass sie zu gut für dich ist?- alcancé a oír que Ilse le espetó a Milo, mirándolo con desaprobación.
Milo le contestó con un suspiro mezclado con risa. No tenía idea de lo que le había dicho, ya que Ilse tenía la costumbre de hablarle a Milo casi siempre en alemán. Agité el brazo y desaparecí de su vista escaleras abajo.
Llegué a Rodorio en poco tiempo, siguiendo el atajo del bosque. Entre senderos escondidos se llegaba en tiempo récord, atravesando algunos arroyos y adentrándose en lo profundo del bosque. Si no se tenía cuidado, uno podía perderse con facilidad.
Pronto alcancé la carretera empedrada y llegué al pequeño Monastiraki e hice las compras habituales según la lista que la vestal me había dado. Estaba distraída cuando oí una fuerte explosión cercana. Cuando miré a mi alrededor, todos miraban en dirección a la panadería.
-¡Ka Selket! ¡Ka Selket!- alguien me llamaba con urgencia.
Volteé y vi a una chica de unos doce años corriendo hacia mí. Era una de las hijas del panadero donde yo solía comprar mis amadas kourabiedes. Su nombre era Ina y era la hermana del medio. Corrí de inmediato hacia ella y llegué a la panadería, que estaba en llamas en la zona de los hornos. Sin pensarlo me adentré en la casa buscando a la familia, que seguramente estaba atrapada allí dentro.
No podía ver bien por el humo, mis ojos ardían y la garganta me picaba, haciéndome toser y luchar por el aire. No me costó mucho hallar a la menor de las niñas llorando en una zona en la que las llamas todavía no llegaban. La cargué y seguí explorando la salida. Todavía me faltaba poner a salvo a la pequeña, pero me costaba abrirme paso entre los escombros ardientes. Intentaba hallar una ruta de escape, pero mi campo de visión era escaso. Sentí que algo me alzó en brazos juntos a la pequeña y en unos segundos estuvimos afuera. Me depositó con cuidado y cuando levanté la vista, pude ver que se trataba de Milo. Con dificultad, señalé adentro, sin poder hablar. Él entró nuevamente y sacó de allí al padre de las chicas, kyrie Fausto, el panadero. Cuando pude recuperar el aliento y dejar de toser, me incorporé junto a él. Toda la familia estaba a salvo, aunque la pequeña panadería estaba severamente quemada. Un accidente con el horno había prendido fuego al resto de la estructura, hecha mayormente de paja y madera.
Las pequeñas llegaron junto a su padre, que miraba con pesar el fruto de su trabajo destruido por el fuego.
-Kyrie Fausto, vendré todos los días a ayudar. Podremos reconstruirlo- llegué junto a él con lágrimas en los ojos.
-El Santuario proveerá ayuda también. Yo me encargaré de ello- intervino Milo.
Aquella familia se abrazaba unida entre lágrimas. Estaban sanos y salvos, pero aún así entendía su dolor. Seline y Lexie me ayudarían, sin dudarlo. Raido y Hokan también echarían una mano si se los pedía. Sentía una sensación de tristeza y frustración extraña. ¿Y si hubiera llegado antes? No sé, tal vez hubiera podido hacer algo.
No te culpes, Mátia Mou, no hubieras podido hacer nada. Ayudaremos a reconstruir la panadería, no asumas culpas que no te corresponden.
La voz de Milo en mi cabeza me hizo dar un respingo involuntario. Lo miré y asentí, para luego despedirme de ellos y regresar con mi maestro al Santuario. La gente se había aglomerado a nuestro alrededor y ofrecían todo tipo de ayudas. Sonreí para mis adentros, no estaban solos. Rodorio era una villa pequeña pero unida. No necesitaban ser Caballeros para demostrar aquel espíritu de ayuda y nobleza.
En silencio tomé las compras que había hecho previamente y seguí a Milo por la carretera empedrada. No hablamos en la mayor parte del trayecto, pero seguía teniendo la duda de si me había seguido o cómo y por qué había estado allí justo cuando lo había necesitado. A decir verdad, había sido la "coincidencia" perfecta, pues yo estaba en serios problemas allí.
-¿Cómo supiste que necesitaba ayuda?- le pregunté, finalmente.
Milo se detuvo y me miró extrañado, quizás intuyendo hacia dónde iba mi pregunta.
-Estabas tardando, Ilse estaba preocupada y luego vimos la columna de humo en dirección a Rodorio. Sabiendo que tú estabas allí, no fue difícil imaginar que había problemas- me contestó con simpleza.
-Gracias… supongo- exclamé, aclarándome la garganta.
Bueno, estaba un poco paranoica. Milo no me estaba espiando ni siguiendo. Había llegado alertado por condiciones externas. Tenía que dejar de estresarme por todo, el Torneo me tenía con los nervios de punta y todo lo sobredimensionaba al punto de ahogarme en un vaso de agua. Suspiré pesadamente y seguimos camino al Santuario. Seguramente Ilse me perdonaría esta vez por llegar tarde. Había aspirado algo de humo, por lo que no había parado de toser todo el camino de vuelta. La Calzada había supuesto un reto mayor en aquellas condiciones, pero llegué apoyada en Milo, poniendo un pie en la última escalera de Escorpio y con una sonrisa triunfante en mi rostro.
-Aquí tienes, frau Ilse- le dije, entregándole los víveres.
Ella asintió y se pasó la mano por el cabello rojo, le dedicó una seria mirada a Milo y luego se acomodó el delantal.
-Selket, ¿por qué estás llena de hollín?- me preguntó fingiendo casualidad.
-No es nada, Ilse, un pequeño accidente en la panadería. Estoy bien- le respondí entrando a la cocina tras ella.
Seguí hasta sentarme en la mesa, cogiendo un strudel de queso y bebiendo limonada. Debía comer algo antes de comenzar realmente mi día pues Milo hoy tenía preparado un entrenamiento especial y debía alistarme de inmediato. Terminé de comer rápidamente y comencé a ataviarme con todos los protectores, vendando mis brazos y nudillos. Ambos me miraban como si me estuviera saliendo otra cabeza.
-¿Segura que estás bien? Podemos posponer el entrenamiento por hoy- me ofreció Milo, pero me negué.
Exhaló ante la mirada acusadora de la alemana y salió de la cocina. Cuando salí a los pocos minutos, Milo me esperaba fuera del Templo, ataviado de igual forma, por lo que estaba segura que habría mucha acción física. Juntos fuimos a una de las arenas alternas al Coliseo, donde me encontré con una pequeña gran sorpresa.
Camus me atacó con puños de hielo que amenazaban con paralizar completamente cualquier extremidad que lograran tocar. Tenía que ser muy veloz y cuidadosa para no dejarme impactar o perdería una de ellas a causa del congelamiento y posterior gangrena. No me había dado tiempo de prepararme, me había atacado a quemarropa, sin ningún tipo de preaviso. El problema con los ataques de imprevisto y a gran velocidad era que todavía no era capaz de concentrarme al grado que necesitaba para usar la Restricción. Un segundo que perdiera concentrándome en vez de esquivándolo y quedaría como una escultura de hielo barata. Mi única salida era utilizar mi velocidad y… tendría que atacarlo en algún punto, más temprano que tarde, si no quería agotarme antes de poder responder a su ataque. No podía huir indefinidamente. Tenía que comenzar a devolverle los golpes, pero no quería utilizar mi Aguijón contra él. Ahora que lo pensaba, yo no tenía técnicas que fueran "suaves", conmigo era pelear a los puños o pasar directamente al veneno.
-Vas mejorando, quizás no todo esté perdido y entres a la Orden, fille- me dijo al tiempo que me lanzaba un puño con dirección a mi cara.
Lo esquivé y respondí a su ataque con una patada alta, que frenó con su brazo.
-Veremos la voluntad de los dioses en unos meses, rajul althalj- le devolví el comentario mordaz.
-Sin embargo, tendrás que atacarme realmente en algún momento, punaise- me molestó.
-¡Deja de conversar y atácalo de una vez!- me gritó mi maestro exasperado.
-Je t'ai dit, Cherie- sentenció el acuariano, parando y esperando mi ataque.
Milo nos observaba desde todos los ángulos, corrigiendo mis golpes o mi postura, indicándome con su voz qué hacer o cómo contrarrestar los ataques de mi oponente. Camus, obviamente, no usaba toda su velocidad o verdadero poder. Ni siquiera llevaba puesta su Cloth Dorada, en aras de no tener la ventaja abismal que suponía ser un Caballero Dorado. Sobre todo cuando luchas contra una aprendiza… que quieres que aprenda sin matarla en el proceso. O eso pensaba yo…
-¡Polvo de Diamante!
Esperen, ¿Qué? El chorro de aire gélido me golpeó en el peto, elevándome para luego caer pesadamente en la arena. El impacto sacó todo el aire de mis pulmones y tosí para que entrara de nuevo. Intentaba ponerme de pie, pero no era capaz de levantarme. Mi torso estaba lleno de escarcha, de no haber sido por los protectores me hubiera congelado el pecho por completo. Aún estaba en el piso deshaciéndome del ya inservible pectoral cuando el acuariano llegó hasta donde estaba yo, con su mano ondeando Cosmoenergía helada a su alrededor.
-¿Estás demente? No se supone que me mates, Camus- le espeté con odio, aún ahogada.
-¿Cómo más vas a aprender? Es obvio que no estabas tomando en serio el entrenamiento, así que tenía que darte algún aliciente- me sermoneó con aquel tono de suficiencia y ese molesto acento francés.
Sonreí llena de ira y antes de levantarme concentré mi Cosmos en una corriente eléctrica en mi mano y le lancé una descarga directo al brazo. Se quejó dolorosamente cuando la ráfaga lo envolvió, electrocutándolo como si hubiera tocado una anguila. Se inclinó del dolor hasta casi arrodillarse y yo me levanté frente a él con una sonrisa maliciosa.
-Veo que ya estás tomando más en serio nuestro combate. Trés bien, fille- me dijo con una sonrisa enmascarando el dolor.
-¿Vamos a hacer esto o no?- lo reté, poniéndome en guardia.
Milo nos miraba de brazos cruzados, hastiado de nuestros jueguitos. Esta vez comencé a atacarlo sin detenerme a pensar. No iba a usar mi Aguijón, pero podía concentrar mi Cosmos en descargas eléctricas. Era algo relativamente nuevo que había descubierto. Una dualidad en mi Cosmoenergía que había empezado a desarrollar. Al principio era una pequeña ráfaga eléctrica en mi mano, pero a medida que iba entrenando y meditando, pude comenzar a manipularla mejor y ahora podía lanzar descargas eléctricas con un voltaje considerable. Milo había estado muy impresionado, aunque no le había gustado para nada ser el recipiente de mis primeros intentos.
Continuamos el entrenamiento subiendo el nivel de intensidad y la rudeza de los ataques. A pesar del calor griego que comenzaba a aflorar con la primavera, sentía que estaba de vuelta en Oymyakon sintiendo el frío de Siberia. El aire helado que despedía Camus hacía que se me dificultara aún más respirar. Moverme también resultaba un desafío, pues mis músculos se sentían fríos y pesados. Yo, por otro lado, había logrado hacerlo ver chispas en varias ocasiones. Luego de muchos golpes, patadas, agarres, inmovilizaciones y esfuerzo, logré hacerlo perder el equilibrio y me le avalancé hasta inmovilizarlo con una de las llaves que me había enseñado Milo. Quedé justo sobre él, apoyada en su torso y sosteniendo sus muñecas con mis manos. Había ganado este round.
-Una última cosa, Selket- la voz de Milo captó mi atención y volteé a mirarlo. Solté mi agarre, creyéndome vencedora, cuando sentí un golpe seco en la espalda y luego mi mundo estuvo de cabezas en un segundo, sintiéndome inmovilizada por el peso y los fuertes brazos del acuariano de cabellos viridián. -No le des la espalda a tu enemigo.
-Eso fue trampa. Ya había ganado- me defendí molesta, levantándome y limpiando la tierra de mi ropa.
Me ubiqué aún molesta junto a Camus mientras Milo tomaba posición frente a la asgardiana.
-Observa bien a tu maestro, fille- me dijo Camus, ansioso.
Me quedé quieta junto al acuariano sin quitarle la vista al Escorpión, quien se veía confiado. Siempre se veía confiado y seguro de sí mismo. Eso era algo que me ponía nerviosa, pues ¿a qué le temen los poderosos? Ciertamente no a alguien inferior. Milo no tenía que pretender ser fuerte, pues lo era, aún así sabía que aquella actitud haría desistir a más de uno de retarlo en un enfrentamiento. Seguro había logrado quebrar la confianza de Leyja aunque fuera un poco.
Comenzó dejando que ella tomara la iniciativa atacando, lo que hizo con una ráfaga de Cosmos helado para, irónicamente, tener un calentamiento. Luego de algunos golpes y agarres, comenzaron a subir de intensidad. Milo era increíblemente rápido, en verdad su velocidad era increíble, incluso para un Santo Dorado. Sin embargo, el punto era enseñarnos, no que ellos tuvieran su momento de superioridad y grandeza, por lo que también fue condescendiente con ella y se niveló un poco con su poder. Llevaban ya un buen rato peleando y, a decir verdad, comenzaba a perder el interés un poco. Camus me miraba de reojo y notó de inmediato que comenzaba a aburrirme.
-¿No te ha enseñado la Aguja Escarlata, cierto?- me preguntó con voz neutral, sin mirarme.
-No…- repuse molesta, cruzándome de brazos.
-Eres muy impaciente, Selket- rió por lo bajo y me pasó el brazo por los hombros.
Camus y yo teníamos una relación especial de complicidad que se había desarrollado con largas noches de tragos. Me agradaba bastante y sabía que para Milo también era importante. Este tipo de entrenamientos eran posibles gracias a ello. Seguimos pendientes del combate y el tema paró ahí, aunque yo no me iba a dar por vencida tan fácilmente.
Volví a concentrarme en ellos justo cuando Leyja intentó moverse, pero Milo había sellado previamente sus movimientos con La Restricción. Luego la envió a volar por los aires hasta estrellarse contra el peñasco del fondo. Oh, los recuerdos, el Déja vu "ajeno"... No podía evitar recordar nuestros primeros entrenamientos en los que aterricé en aquella pared de roca más veces de las que podría contar.
-Leyja, ponte de pié ahora mismo- la voz de Camus se sentía pesada y fría.
La chica se puso de pie con bastante dificultad, pero adoptó su posición defensiva de inmediato. Creo que no había visto realmente a Camus en calidad de maestro. Era bastante duro y frío con ella. Finalmente, así era Camus en la mayoría de aspectos de su vida...
Seguí atenta a los movimientos de mi maestro. Golpes, llaves e inmovilizaciones que podía copiar en una siguiente ocasión. Al menos eso, porque estaba segura de que Milo no usaría la Aguja Escarlata en un entrenamiento… No, no era posible. Sólo había sacado su uña para asustarla y… ¡Woah! Cerré los ojos un segundo, por puro reflejo de la impresión. Leyja estaba a duras penas sosteniéndose en pie, apretando muy fuerte sus manos contra su pecho. La había impactado con su Aguja. No importaba que fuera una sola, el dolor debía ser insoportable, suficiente para hacer que perdiera el conocimiento.
En total clavó tres Agujas en la asgardiana, bajo la mirada vigilante, aunque no reprobatoria, de Camus. Pobre Leyja, debía sentir un dolor indescriptible y aún así, estaba de pie. Sus sentidos bastante nublados y una hemorragia controlada. Milo no quería matarla, realmente, aunque lo pareciera. Un rato más y el Escorpión dio por terminado el encuentro. Camus ayudó a Leyja de inmediato, apoyándola en su hombro y aplicándole frío en los golpes.
Nos sentamos en las rocas mientras Leyja se recuperaba del Impacto Escarlata. Se sentía físicamente terrible, pero tenía una sonrisa dibujada en su rostro. La entendía perfectamente, yo todavía sentía escalofríos de los residuos del Cosmos del Santo de Hielo.
-¿Qué tal el entrenamiento, chicas?- preguntó Milo, satisfecho.
-Estupendo, claro, aunque es una pena que no podamos aprender viéndolos a ustedes dos pelear. Después de todo, ambos son nuestros maestros- dije con el tono más mordaz del que fui capaz.
Ambos se quedaron mirándome y luego intercambiaron miradas entre sí. Oh oh, no creía que aquello era bueno. Esas sonrisas y el brillo en sus ojos me indicaban que había puesto una mala idea en sus cerebros inundados de testosterona y adrenalina. ¿Por qué los hombres eran así? Se levantaron como un rayo y encendieron sus Cosmos. Genial, Selket, la aprendiza de Escorpio, había incitado una Guerra de los Mil Días. Ya podía oír la voz del Patriarca sermoneándome y expulsándome del Santuario.
Comenzaron lanzádose golpes y patadas, pero, como era de esperarse, pronto escaló el asunto hasta oír "Ejecución Aurora" y "Aguja Escarlata" más veces de las que había escuchado antes. Sus Cosmoenergías eran bastante parejas, por lo que constantemente el choque de éstas generaba una explosión que los impulsaba hacia atrás en sentidos contrarios. Leyja y yo mirábamos atónitas sin saber qué hacer. Intervenir no era una opción, claramente. Al menos quedaba la esperanza que toda esa testosterona se aplacara con un buen intercambio de golpes. Eran amigos, no era un combate real, aunque a ratos me lo cuestionaba. El retumbar del suelo y las constantes explosiones de Cosmos pronto atrajeron público, el cual se deleitaba extasiado con un enfrentamiento entre Dorados. Para cuando decidieron declarar un empate y darse la mano como amigos, medio Santuario estaba rodeándonos. Los aprendices vitoreaban y hacían gestos de gladiadores, contagiados por el espíritu belicoso de ambos. En un rato, cuando terminó el encuentro, todo el Coliseo estuvo desocupado, dejándonos tal cual habíamos comenzado.
Finalmente podríamos descansar. Leyja y Camus partieron hacia la Calzada y Milo y yo nos quedamos un rato para ir al risco a refrescarnos y disfrutar de los últimos rayos de sol escondiéndose tras las montañas. Inhalé con fuerza, llenando mis pulmones de aquella brisa fresca que tanto me gustaba. Milo estaba sentado a mi lado con cara seria, seguramente pensando en el siguiente paso de mi entrenamento. Hoy había sido un día particularmente duro y sabía que en unas horas sentiría verdaderamente los horrores del Maestro del Hielo en mi cuerpo, cuando la adrenalina me abandonara por completo y mi temperatura corporal volviera a la normalidad. Al haber pasado más combates, ganando con justa ventaja, no podía menos que cuestionarme y plantearme diversos escenarios en mi cabecita de aprendiza inquieta. Había estado pensando desde quién podría ser mi próximo oponente, qué pasaría si fuera, por ejemplo, Raido… o Galatea, Médora o Aitana. Aprendices que conociera y fueran mis amigos. No era ni remotamente cerca a combatir desconocidos. Incluso me planteaba dudas el sólo pensar en que Hokan llegara a ser mi oponente. Me decidí por fin a poner en palabras externas a mi mente lo que tanto me había quitado el sueño en estos últimos días.
-Milo, ¿qué pasa con los aspirantes que no logran ganar una Armadura?- pregunté al fin, temiendo que su afán por conseguirme un oficio se debiera a ello.
Nunca nos habían dicho qué pasaba si… si no lográbamos el objetivo primordial por el que habíamos llegado al Santuario. Era obvio que para los maestros sería una vergüenza y una marca permanente en su historial, además de un golpe fatal al orgullo, pero ¿qué pasaba como consecuencia real? No creo que pudiéramos regresar así como así a ser civiles. Después de todo, conocíamos grandes secretos del Santuario, su ejército, sus técnicas… No sería muy inteligente de su parte dejarnos vivir para contarlo. Tragué en seco.
-¿Te preocupas por ti o por los demás?- me preguntó, subiendo una ceja acusatoriamente.
-¿Hay diferencia?- me salí por la tangente.
-Si es por los demás, pensaría que es una noble preocupación, pero si lo dices por ti… sería un signo de debilidad- me dijo con frialdad.
Auch. A Milo le molestaba muchísimo cuando mostraba esa clase de flaqueza y autocompadecimiento. Obviamente me importaban mis amigos, pero sí, lo decía por mí. Me preocupaba la incertidumbre.
-Ambos. Es por ambos: me preocupan mis amigos, pero también me preocupo por mí. Es realista, pelearé contra los mejores y puede no ser suficiente.
-Algunos se quedan siendo meramente soldados rasos. Otros esperan unos años a poder competir por segunda y última vez. Otros no aguantan la vergüenza y toman su propia vida… pero ninguno abandona el Santuario.
"Al menos no con vida…" pensé.
-¿Mejor? ¿Era eso lo que querías oír?- me dijo con hostilidad.
Ya había ganado tres combates de los cinco de eliminatorias. Estaba muy cerca de la final y no dejaba de pensar en aquel último combate: Milo sería mi oponente. Tendría la misma delicadeza para mí ese día que la que acababa de tener ahora con esta conversación.
[~Seline~]
Me atavié con mi ropa de entrenamiento y protectores a juego en hombros, pecho, antebrazos y rodillas. Intuía que iba a ser un entrenamiento duro y necesitaría de toda la protección posible. Me até los vendajes en las manos y recogí mi cabello, que por fin pasaba de los hombros, en una media cola terminada en un moño y despeiné un poco la capul de mi cara, dividiéndola en dos grandes mechones irregulares. Desde que DeathMask había hecho que Selket me cortara el cabello había comenzado a sufrir por su aspecto. No sólo Selket me había trasquilado, teniéndolo que dejar luego más corto de lo que hubiera querido, sino que mi cabello se alborotaba con facilidad, pues no era tan liso como el de ella.
Me di una última mirada en el espejo y salí de Piscis en dirección al claro de la cascada, donde Selket me había citado. Caminé sin afán mientras comía una manzana y disfrutaba del paisaje griego bajo el cálido sol primaveral.
-Seline, ¿qué haces aquí?- frunció el ceño apenas me vio venir.
-Buenos días para ti también, Camus de Acuario- repuse con fingida cortesía. -Vine a entrenar contigo y Leyja, por supuesto.
-Le pedí a Selket que fuera ella- me contestó con algo de fastidio, mirándome gélidamente.
-Y ella me lo pidió a mí- me aventuré a decir antes de que siguiera. No entendía cuál era su problema conmigo. -Se encuentra indispuesta hoy, así que aquí me tienes a tus órdenes, Caballero Dorado.
Podía ver la irritación en él aunque lo disimulara magistralmente, pero ante mí no le funcionaban sus trucos, ya que era la Cazadora de Corazones gracias a Caça y sus entrenamientos cuando estaba en el Templo Submarino. Lo vi tragarse toda su frustración y asentir de mala gana, mientras yo ocupaba un lugar junto a Leyja.
-No veo en qué me puedes ayudar, Seline. Tú no tienes Cosmos de Hielo- me espetó con suficiencia.
-Y Selket sí, ¿no es así?- dije con sorna y una pequeña risita. Camus estaba a punto de perder el control, podía sentirlo.
Encendí mis Cosmos mientras me acercaba y lo concentré en mi mano, para luego enviarlo en un rayo hacia Camus, quien lo detuvo con su palma en una fracción de segundo, como era de suponer. Sin embargo, no se esperaba que aquella Cosmoenergía fría chocara con su guantelete, aunque no estuviera cerca de congelarlo, pero de no haberlo tenido puesto, la cosa sería diferente. Al menos un resquemor hubiera sentido. Me miró con asombro en sus ojos, abiertos de par en par.
-Nunca preguntaste- me encogí de hombros, sonriendo.
En realidad yo no tenía Cosmoenergía criogénica, pero gracias a haber entrenado con Caça en el Pilar del Antártico, había desarrollado algo parecido, cercano a su tipo de Cosmos. El problema era que no lo dominaba, pues jamás lo había usado más que para practicar con Caça imitando al Krakken del Pilar del Ártico. No era más que un truco de prestidigitación con Cosmoenergía. Tendría que entrenar mucho para desarrollar un Cosmos de Hielo y no era mi caso. No era algo natural en mí y seguramente me costaría horrores desarrollarlo, sin contar con que no tenía nada que ver con mi enfoque en Cosmos ponzoñoso y técnicas mentales. Lo había hecho sólo para molestar a Camus por tratarme con arrogancia y prepotencia.
-Muy bien, adelante. Ambas me atacarán con sus Cosmos de Hielo para empezar. Tú primero, Nereida.
Esa última palabra la había prácticamente escupido con molestia. No es como que llamarme Nereida fuera un insulto, pero lo hacía de forma despectiva. No estaba muy segura, pero su aversión hacia mí la había desarrollado justo después del episodio en Cabo Sunión. Desde aquel día me había evitado por todos los medios y yo, bueno, no lo culpaba, aunque deseaba en el fondo poder conocerlo y llevarnos bien. Era el mejor amigo de mi hermano y Selket era bastante cercana a él también.
Concentré mi Cosmos en una pequeña esfera de energía, haciendo que en el último momento éste cambiara de color por uno blanquecino, a diferencia del usual tono amatista que caracterizaba mi Cosmoenergía. La dirigí hacia él con un rápido movimiento de mi mano. Camus la detuvo con la palma de la suya y cuando creí que todo quedaba ahí, me lanzó su Polvo de Diamante, mandándome a volar varios metros y llenando mi cabello y protectores de una suave escarcha.
-¿Qué fue eso?- pregunté, mientras me incorporaba con dificultad.
-Dije que me atacaran, no que yo no les iba a devolver el golpe. No te distraigas, Nereida.
¿Iba a seguir con eso? Está bien, podía soportarlo. Dos podían jugar su estúpido jueguito. Continuamos luchando y atacándonos. A veces en conjunto, a veces de a una y otras más sólo Leyja y yo. No me costaba mantener el ritmo de combate físico, pero esto de andar convirtiendo en paleta todo era desgastante. Comenzaba a sudar y a sentir el cansancio antes de lo previsto, pero ninguno daba muestras de querer dar por terminando el entrenamiento, así que debía aguantar lo más que pudiera. Las horas pasaban y yo sentía que iba a caer muerta en aquel prado verde a sólo unos cuantos pasos del río. Un lindo lugar para morir, si me lo preguntan. Mejor que morir en la arena hirviente del Coliseo.
Ya no sentía mi mano, estaba entumecida totalmente por el frío y estaba segura que en cualquier momento perdería la movilidad completamente de los dedos. Sin embargo, tenía que seguir a como diera lugar, no podía rendirme y aceptar mi derrota… al menos no hasta probar que tenía lo necesario par- Agh, el frío me quemaba el brazo y sentía que subía más y más hasta llegar al codo. De seguir así, terminaría por congelarme la extremidad completa.
-¿Seline, estás bien?- Leyja me miraba con ojos preocupados, viéndome hacer muecas contenidas de dolor. Asentí con la cabeza y traté de pararme con mayor firmeza, pero el dolor se agudizaba.
-¿Qué tienes?- sentí la voz severa de Camus, llegando a mi lado en una fracción de segundo y tomándome el brazo en cuestión.
Grité de dolor y traté de alejarlo, pero no me soltó.
-Quédate quieta, Seline. Tienes el brazo congelado- me dijo con un tono más serio del esperado. Al menos ahora me llamaba por mi nombre.
Me cargó en sus brazos en un rápido movimiento, que me dejó desconcertada y continué tensionada todo el tiempo hasta que me depositó en un lugar seguro, fuera del claro donde habíamos estado entrenando. Leyja no decía palabra alguna, aunque su gesto era de desconcierto y preocupación. Volvió a revisar mi brazo, que no había mejorado para nada aunque ya había apagado mi Cosmos. Esto pareció preocuparlo, intuí por la expresión de su rostros y sus cejas casi juntas. Me volvió a cargar sin preguntarme siquiera y se dirigió hacia la Calzada Zodiacal. Antes de llegar a Aries ya Aioria estaba acercándose hacia nosotros, nada feliz, por cierto. Camus se detuvo cuando estuvieron a menos de dos metros de distancia el uno del otro y Aioria me cargó enseguida.
-Puedo caminar, mis piernas están bien- dije en un intento de que dejaran de pasearme de brazo en brazo como si fuera un perrito miniatura.
Ambos me ignoraron deliberadamente, mientras me llevaban, creía yo, a Leo. Cuando entramos en el Templo del León, éste me depositó en una cama y me cubrió con mantas pesadas como si tuviera hipotermia, a pesar de estar a unos veinticinco grados celsius aproximadamente. Adeline entró de inmediato y me revisó con cuidado, mientras los dos Caballeros Dorados discutían en mi puerta.
-...No lo sé, jamás había visto algo así. Supongo que al tratar de utilizar su Cosmos sin cuidado o consideración, terminó por hacerse daño a sí misma al no dejarlo fluir con libertad- escuché a Camus hablando con Aioria.
-Ella no tiene Cosmos de Hielo, Camus. Debiste darte cuenta de inmediato que se estaba poniendo en peligro ella misma- le dijo Aioria con el peor tono del que fue capaz.
Aioria aguantó el impulso de golpear con sus puños al acuariano y se concentró en calentar con su Cosmos la vasija con agua para aplicarme paños tibios y combatir el congelamiento de mi brazo derecho.
-Ya basta, no peleen. La culpa es mía. Es verdad que no poseo Cosmoenergía de Hielo y no domino el frío, pero quería intentarlo. He visto esa doble naturaleza del Cosmos y pensé que tal vez yo… Tal vez yo podría desarrollarla- me justifiqué, intentando que el ambiente hostil se disipara, pero logré el efecto contrario.
Camus seguía de brazos cruzados enfurruñado mirándome con desprecio mientras Aioria aplicaba su cálido Cosmos solar, representando el Astro Rey y la intensidad del verano en hermosas chispas de luz que brotaban de la palma de su mano. Podía sentir aquel calor llenando cada gota de mi sangre, reanimando mi brazo y recuperando la movilidad, aunque cada ligero movimiento me dolía horrores.
Selket entró en la habitación apresuradamente, frenando en seco al ver el aspecto de mi brazo aún azulado. Su cara de pena reflejaba una culpa indescriptible que se hizo más evidente cuando las lágrimas se amontonaron en sus ojos cerúleos.
-Lo siento mucho, Pecesito- me dijo entre lágrimas, abrazándome.
-No es nada, Alimaña- le dije en tono burlón para que dejara de culparse.
Camus la arrastró del brazo con brusquedad, sacándola de la habitación con él. Quise detenerlo, pero Aioria me lo impidió con un gesto de negación. No iba a dejar que se echara la culpa o que Camus la maltratara porque yo había tomado su lugar y me había herido en el proceso.
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-¿Selket, en qué diablos estabas pensando cuando enviaste a Seline en tu lugar?- le dijo más que con rabia, decepción en su voz el acuariano a la aprendiza.
-Era un entrenamiento básico, como solemos hacerlos últimamente- se defendió.
-Milo se va a molestar mucho... con ambos, además que ya Aioria se adelantó en ese menester.
-Lo siento, Camus, yo…¿Hay algo que podamos hacer? Dime, lo que sea- intentó disculparse, bastante afectada.
-No lo sé, Selket- dijo con pesadez. -No lo sé. Jamás había visto algo así, todos los Caballeros que dominan el Hielo han nacido con ese tipo de Cosmos. Seline… es diferente. Por lo pronto esperaremos a que Aioria fuerce el descongelamiento.
-No me quiero ir todavía- se quejó Selket cuando Camus la instó a salir de Leo con él.
-No te estoy preguntando qué quieres, Selket- estaba ofuscado.
-Tú no me das órdenes a mí, Camus- se plantó, desafiante.
-¿Quieres quedarte y estorbar? Porque no puedes hacer nada más- le dijo, algo exasperado.
Selket gruñó frustrada, pero le hizo caso finalmente. Caminaron Calzada arriba a buen paso, molestos, entrando a Escorpio discutiendo todo el camino. Siguieron hasta donde estaba Milo en el salón, el cual volteó cuando sintió el resonar de las botas metálicas de Camus con el mármol. Selket iba un poco más atrás. Camus siguió derecho sin saludar al Escorpión y cuando este volteó desconcertado en dirección a Selket, ésta también lo ignoró yendo directo al cuarto de baño.
-Tu aprendiza es insoportable- le siseó el acuariano directamente al Escorpión.
-Ya te dije, Camus que no estaba "arreglando" nada- se defendió, furiosa.
-No estás enferma, Selket- le recriminó.
La cara de Selket se enrojeció violentamente, muerta de ira. Se devolvió del cuarto de baño, llegando hasta donde estaba él en tres pasos y conteniendo las ganas de golpear la cara de Camus, le explicó la realidad detrás de su actuar. Le molestaba enormemente que la acusara de jugar sucio y encima la irritaba más tener que contarle a él los pormenores de sus ciclos corporales.
-No dije que estuviera enferma, Hemar. ¡Dije que no me sentía bien! ¿Sabes por qué? Porque el frío hace que me duela más, así que no quería pasar un día de mierda aguantando cólicos insoportables para que puedas jugar a hacerme una muñeca de nieve.
Camus se quedó pasmado, dándose cuenta de lo que Selket estaba diciendo.
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-Y ahora me encuentro en un dolor insoportable, pero no tanto como tener que oír tus reproches, así que te agradecería que me dejaras de una maldita vez en paz a ver si puedo prepararme un té de canela y opio- dijo casi gritando, saliendo a grandes zancadas en dirección a la cocina.
Milo se había quedado como mudo espectador.
-¿Ella…?
Milo asintió, apretándose con los dedos el tabique, sacudiendo un poco la cabeza y cerrado los ojos. Camus siguió su camino sin despedirse, pero ya más calmado, mientras Milo se dirigía con cautela a la cocina. Selket enfurecida era algo que no quería volver a experimentar.
-¿Mal día con Camus?- preguntó desde una distancia segura para no recibir una descarga eléctrica de imprevisto.
-¿Tú qué crees?- le espetó, malhumorada.
-¿Qué hiciste para molestarlo, Selket?- preguntó suspirando, intuyendo que no quería saber realmente la respuesta.
-Seline tuvo un pequeño accidente entrenando con él en mi lugar. Se encuentra en la Casa de Leo con Aioria. Está bien, per- Milo no la dejó terminar de explicar cuando ya estaba de camino a la Quinta Casa.
"Mierda, sólo esto faltaba" pensó, entonces elevó su Cosmos buscado el de Leo, logrando advertirle que en unos segundos el enfadado hermano mayor estaría en su Casa exigiendo respuestas.
Milo llegó en menos de un minuto a Leo, entrando con brusquedad al cuarto donde se hallaba Seline. Ya había recuperado la movilidad en su mano y la piel lucía sonrosada y sana. De todas formas le dolía un poco abrir y cerrar la mano. Aioria estaba sentado en la cama junto a ella, revisándola y aplicándole su Cosmos en pequeñas dosis.
Luego del sermón que esperaba, la dejó a solas con el León Dorado, sabiendo que no regresaría esta noche a Piscis.
-No harás otra idiotez como ésta de nuevo, Seline- sentenció antes de irse.
-¡Ya vete!- le gritó ella, harta de oír regaños de Camus, Aioria y ahora Milo.
Pareciera mentira que siguieran creyendo que las aprendizas hicieran tal caso cuando se les daban órdenes de ese tipo, pero aún así seguían intentándolo. Menos aún cuando no era su maestro directamente quién se las daba. Tendría el mismo éxito que Camus dándole órdenes a Selket, aunque Seline fuera su hermana.
Cuando regresó a Escorpio buscó a Selket, encontrándola dormida profundamente en su propia cama. Había bebido el té de canela con algo de opio, así que estaba en un nivel de inconsciencia y relajación que poco tenían que ver con la escena de hacía un rato. Ahora se veía apacible y serena, con su respiración tranquila y algún suspiro suave de vez en cuando. Se limitó a observarla por un instante y la dejó en paz. Tanto él como Camus habían aprendido una lección hoy.
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Weißt du, dass sie zu gut für dich ist?: Más o menos es "sabes que es muy buena para ti, ¿cierto?" en alemán jajajaja
rajul althalj: "Muñeco de nieve" en árabe
Punaise: "Bicho" o "chinche" en francés.
Je t'ai dit, Cherie: "Te lo dije, querida"
Hemar: "ass" o patán en árabe.
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Chica en modo guest y Ana Nari (y los demás que comentan online y offline):
Creo que ya sí pasamos de la mitad, no creo que pase más allá de 50 capítulos, aunque antes no pensaba que llegaría siquiera al 10. Esto es puro fan service (y cuando digo fan me refiero a mí). Esto es lo que yo quisiera que pasara, hecha totalmente a mi gusto y, obviamente, tiene un corte de niña (Shojo) donde exploro mayormente la vida cotidiana y las relaciones personales, aunque vienen muchas peleas y una Guerra Santa. Antes de empezar ya tenía claro el final, incluso ya están escritos los últimos capítulos muchísimo antes que cualquier otra cosa. No creo que vaya a extenderlo por extenderlo, pero tampoco siento que esté en una contrarreloj. Habrá semanas (como esta) en la que el trabajo y el cansancio no me dejarán escribir más de dos líneas, pero está bien. De vez en cuando publicaré dos capítulos en una misma semana... Esto lo escribo porque me ayuda a liberar estrés, me gusta. Es una manera de mantenerme creativa, sobre todo en esta época difícil. Tal vez por eso me ha sido más fácil escribir capítulos que van mucho más adelante, porque puedo "desahogarme" con mis personajes. Así como no es bueno escribir por escribir, tampoco lo es leer por leer. Pueden esperar unos 6 meses más o menos y buscar el último capítulo al que titularé "el fin". Así será seguro que sí sea el capítulo final de este fic. También pienso escribir otras historias tipo crossover con Senda Dorada y uno exclusivo de The Lost Canvas, pero ya veremos cuándo llegarán. Por ahora viene la parte más importante para mí, donde realmente desarrollaré la historia de Selket. Vendrán Armaduras (¿Cuál ganará Selket? Escucho teorías), vendrán Dioses Guerreros, Generales Marinos y muchas cosas más. Ojalá sigan leyendo y comentando como lo han estado haciendo, encontrarme sus reviews es algo que alegra el día siempre. Mil gracias por leerme :)
