28
Rosa azul
Tres llamadas seguidas. Apenas dejé que pasaran cinco minutos de intervalo entre ellas, por lo que según el reloj llevaba 15 minutos allí encerrada, con la falda sujeta con varias pinzas de los archivadores y observando la caprichosa rosa azul sobre mi mesa. Y por supuesto, dándole vueltas a la dichosa frase que aparecía en la tarjeta que la acompañaba.
De repente el mundo parece un lugar tan perfecto.
No sabía dónde, pero me resultaba tan familiar que estaba convencida de haberla leído en algún lugar. O tal vez la había escuchado. Fuera lo que fuese estaba logrando que perdiese el tiempo que debía estar aprovechando en organizar mi trabajo para los siguientes días. Por ese mismo motivo Sam me ofreció su despacho, para que tuviese un lugar en el que hacer mis cosas sin tener que hacer uso del aula de ensayo. Pero yo no estaba sacándole partido en absoluto. Mi único razonamiento sensato después de saber que Quinn estaba allí, bajo el mismo techo que yo y pendiente de todos mis pasos, me llevaba a coger el teléfono y llamarla a ella. A la única que a buen seguro estaba al corriente de todo lo que estaba sucediendo. A la única a quien debía pedirle explicaciones, y con quien podía descargar toda mi rabia.
Fue a la cuarta de las llamadas cuando se dignó a aceptarme.
—Espero que tanta insistencia sea por algo realmente importante, porque como me estés llamando para decirme que se te ha roto una uña, te aseguro que mandaré unas doscientas palomas mensajeras para que se hagan caca encima de ti y de tu coche. Créeme, soy capaz de hacerlo…Y sé dónde encontrarlas.
—En primer lugar, se dice hola, buenos días —la interrumpí ignorando su desagradable saludo—. Y, en segundo lugar, me temo que voy a ser yo quien vaya hasta tu casa a patearte el trasero por volvérmela a jugar.
—¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Qué he hecho ahora?
—No te hagas la idiota. Ya lo sé todo, ya sé por qué insistías en que viniese aquí. Así que dejar de hacerte la…
—Espera, espera. Rachel me acabas de despertar. Anoche terminé de rodar a las cinco de la madrugada y apenas son las nueve. ¿Podrías ser un poco más benévola conmigo y hablarme con tranquilidad? Te aseguro que no me cuesta nada apagar el teléfono y seguir durmiendo.
—Si me cuelgas, te vuelvo a repetir que me presento en tu casa para patearte el trasero.
—¿Qué mierda te pasa? ¿Estás estreñida?
—Deja de reírte de mí. Estoy en el instituto, en el despacho de Sam Evans con la falda destrozada…
—¡Oh dios mío! ¿Te has acostado con él?
—¿Qué? ¡No!
—¿Entonces? ¿Quién te ha destrozado la falda?
—¿Me dejas hablar?
—Está bien… Sigue.
Tomé una bocanada de aire antes de continuar, porque sabía que, si no lo hacía, volvería a empezar mi reprimenda de alguna manera que a ella le sirviera para seguir interrumpiéndome.
—¿Qué te pasa? —insistió tras el auricular.
—¿Por qué no me dijiste que Quinn estaba aquí? —directa, certera y simple.
—Porque si te lo llego a decir no habrías ido. —Ni siquiera titubeó.
—No me lo puedo creer… ¡Lo sabías! ¡Sabias que estaba aquí y por eso se te ocurrió la genial idea de que me encargase del Glee Club, ¿verdad?!
—No te confundas, Rachel. Si lo que piensas es que yo te dije que hicieras eso para que te encontrases con ella, estás equivocada. A mí se me ocurrió la idea precisamente hablando con Quinn, pero no tiene nada que ver con lo que crees.
—¡Sabias que no quiero verla! ¡Sabías que no…!
—Yo lo único que sabía es que necesitabas algo, un reto que te hiciera recuperar la ilusión por algo —volvió a interrumpirme—. Quinn me dijo que había empezado a dar practicas o algo de eso en el McKinley, y me comentó que el Glee Club era un caos. Que Sue estaba como loca porque quería o, mejor dicho, necesitaba ganar las Nacionales para lograr un premio importantísimo. Y que el director del coro se había dado de baja por depresión, justamente porque no podía manejar a los chicos. No sé, simplemente recordé lo feliz que estabas cuando ganamos ese campeonato, y después cuando lo lograste dirigiéndolos… Pensé que, si te hacías cargo de ello, al menos te sentirías mejor de cómo estabas últimamente.
Sí. A pesar de estar recién despierta y de no haber dormido apenas, Santana hablaba con una coherencia que me hacía imposible debatir alguna de sus razones. Todo era justificado. Pero aun así no me convencía del todo, porque yo sabía lo que ella era capaz de hacer a escondidas. Precisamente así lo hizo conmigo cuando ambas le ocultamos a Quinn todas nuestras conversaciones del promance que nos hizo vivir juntas. Y evidentemente, podría estar haciendo lo mismo, pero con ella, dejándome fuera de sus tramas y conjeturas.
—Rachel, te juro que yo no he organizado nada para que te encuentres con Quinn.
—¿Y por qué no me dijiste que ella estaba aquí?
—Porque no habrías aceptado ir, y sabes que es una oportunidad perfecta para ti. Rachel, las dos sabemos que necesitas un impulso, algo que te haga romper con esos pensamientos negativos que tienes por todo, y que te aporte energía. Si consigues que ese grupo de chicos ganen las Nacionales en tan solo tres semanas, volverás a sentir esa… ilusión. Y no soy la única que te lo dice. George también estaba de acuerdo, Kurt, Blaine, Britt…Todos te han animado a que te hagas cargo de eso.
—¿Y Quinn? —la interrumpí con sarcasmo— ¿Qué te ha dicho Quinn?
—Quinn no me ha dicho nada, porque Quinn no sabe el motivo real por el que estás ahí.
—¡Ja! ¿Me vas a negar que no le has dicho que vendría?
—Pues no. No le dije nada hasta ayer. Me llamó para preguntarme dónde estabas, porque creía haberte visto con el coche. Solo entonces le dije que estabas ahí y que te harías cargo del Glee Club porque la entrenadora había hablado contigo. Nada más.
—¿Y te tengo que creer?
—Haz lo que quieras, Rachel. Yo solo te digo como han sucedido las cosas. Mis intenciones contigo siempre han sido buenas, y lo sabes. Y tampoco tengo por qué mentirle a Quinn. Simplemente omito detalles.
—O sea, que si te pregunta se lo vas a contar.
—¿Recuerdas cuando le dijiste todo lo que te había sucedido con los productores y no querías contármelo? Yo te pregunté miles de veces y me mentías. Te aseguro que duele muchísimo más eso que omitir detalles. Sabes que te podría guardar rencor eternamente, y no lo hago porque eres mi amiga. Y entiendo que estuvieras preocupada por mí, pero te aseguro que no volveré a permitir que algo así suceda. No voy a dejar que alguien me oculte cosas por mi bien, supuestamente, y tampoco voy a ocultarles cosas a los demás por el bien de ellos. Las cosas claras, Rachel. Ya lo sabes.
—Te prohíbo que le digas a Quinn como me encuentro. Te lo prohíbo. ¿Me oyes? Si lo haces te juro que me vuelvo a Los Ángeles.
—Deja de decir idioteces y haz lo que has ido a hacer ahí. Olvídate de Quinn y de todo. Simplemente haz tu vida como ella hace la suya. Te aseguro que no se va a meter en tus asuntos.
—¿Ah no? Pues me temo que estás equivocada —repliqué sabiendo que poco o nada tenía para que me diese la razón—. Por lo pronto hoy ya me ha perseguido para saludarme, y para colmo me ha golpeado en la cabeza con la puerta.
—¿Qué? ¿Os habéis pegado?
—No, no… Bueno, ella sí me ha golpeado.
—¿De verdad?
—Sí… Bueno, tal vez ha sido sin querer, pero por su culpa ahora tengo que tener un bollo en la cabeza, y me he destrozado la falda. Además, alguien me ha regalado una rosa azul y no me siento cómoda sin saber quién es. ¿Es ella?
—Me temo que ese golpe que te has dado parece que sí está perjudicándote. No entiendo nada de lo que me dices, Rachel. ¿Una rosa azul? ¿De verdad piensas que Quinn va a estar enviándote una rosa azul después de saber que la odias? O, mejor dicho, que intentas odiarla.
—No, yo no intento odiarla. Yo la odio. La odio por todo lo que me hizo, por cómo me mintió y como jugó con mis sentimientos. La odio por ser una cobarde y por reírse de mí. Y como sea ella quien me está enviando las rosas, te aseguro que voy a odiarla mucho más —descargué casi sin pararme a respirar.
—La odias por regalarte un par de orgasmos en una noche de locura, ¿no?
—¡Vete al diablo!
—Rachel —me interrumpió dejando escapar alguna que otra risotada—. ¿No te has detenido a pensar que tal vez las rosas te las ha enviado Zac?
—¿Por qué me iba a enviar Zac rosas azules al McKinley?
—Porque es tu novio, tal vez…
—No es mi novio. Fue mi novio por dos meses, nada más. Ya es pasado y seguirá siéndolo.
—Pero os lleváis bien. No sé, tal vez quiera…
—Tal vez nada. Zac ni siquiera sabe que estoy aquí. Solo tú, Kurt, Blaine, Britt, Mercedes, George y mis padres saben que estoy aquí. Bueno, y también Sam, y por supuesto tu amiga la cobarde. Así que la flor tiene que venir de alguno de vosotros.
—Pues te aseguro que yo jamás te mandaría una rosa. Así que empieza a descartar… No sé, tal vez sea Sam.
—No, él no es —respondí justo cuando dos pequeños golpes en la puerta me sacaban de la conversación—. Espera un segundo, están llamando a la puerta.
—No, no espero nada. Quiero seguir durmiendo otro rato, así que luego con más calma hablamos, pero ahora mismo voy a colgar.
—No Santana, espera…
—Adiós Rachel, y recuerda… Disfruta de la vida —respondió sin darme opción a replica. Lo siguiente que escuché fue el tono de la llamada al colgarla, y de nuevo el repiqueteo en la puerta, logrando que mis nervios volvieran a hacer acto de presencia.
—Adelante —mascullé asegurándome que la mesa me protegía perfectamente y mi falda quedaba oculta bajo ella.
—¿Puedo entrar? —escuché cuando la puerta se abría tímidamente y lo veía aparecer sin siquiera mirarme.
—Claro Sam, entra…
— No estás desnuda ¿no? —cuestionó cubriéndose el rostro con una de sus manos.
—¿Qué? No, claro que no.
—Ok. No sabía si estabas disponible. Quinn me ha dicho que has tenido un pequeño percance con la puerta, y que tu falda…
—Quinn es una bocazas —le interrumpí aún más enfadada. Lo último que deseaba era que efectivamente tal y como yo creía, estuviese metiéndose en mi vida—. Se ve que sigue siendo la misma.
—No, no pienses mal de ella. He sido yo quien le ha preguntado por ti y me dijo que estabas aquí desde hace un buen rato. Me ha dado esto para ti —añadió colocando una bolsa sobre la mesa—. Has tenido suerte, Quinn siempre tiene ropa en su despacho.
—¿Ropa? —cuestioné sin salir de mi asombro— ¿Quinn te ha dado ropa suya para que yo me la ponga?
—Sí. Creo que es una falda. Suele tener ropa para cambiarse en su taquilla cuando termínanos los entrenamientos.
—¿Entrenamientos? ¿Quinn entrena?
—Eh… Sí. Bueno solo de vez en cuando. Salimos a correr por el campo de futbol cuando no hay nadie, o utilizamos el gimnasio. Me dijo que quería mantenerse en forma, ya que estar todo el día sentada no le ayudaba en absoluto. Hoy toca un poco de boxeo —sonrió divertido, pero a mí no me hizo ninguna gracia saber que no me necesitaba, para hacer algo que yo misma le había incitado a hacer. Fui yo la que la despertaba para salir a correr por la playa. Fui yo la que le aconsejaba que mantuviese una vida sana, que ella había abandonado por tal de seguir comiendo tortitas y chocolate hasta la saciedad.
—No la quiero, devuélvesela —respondí llenándome de orgullo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque no la necesito —repliqué poniéndome de pie para que viese como mi falda seguía haciendo sus funciones. Evidentemente, debería de haberme asegurado antes de que siguiera protegiéndome, porque fue levantarme y una de las pinzas saltó, logrando que parte de la falda volviese a caer y dejase visible mi pierna derecha, y parte de mi ropa interior. Al menos fui lo suficientemente rápida como para evitar que se cayese por completo, aunque la sonrisa de Sam al verme me hizo comprender que la vergüenza ya debía pasarla.
—Me temo que si la necesitas. Solo póntela, y sal de aquí sin que esos adolescentes con las hormonas revolucionadas logren verte así. Ya me cuesta lo mío poder controlarlos. No me quiero ni imaginar si ven a una chica como tú así.
Bien. Un halago acompañado de su sonrisa y esos ojos que siempre me miraban con dulzura. Sam era todo un caballero, pero saber que Quinn estaba detrás de todo aquello no me ayudaba en absoluto, sobre todo después de mi charla con Santana. Mi orgullo estaba llegando a ese límite en el que deja de ser tal y se convierte en soberbia.
—Te lo agradezco, pero vuelvo a decirte que no es necesario. Puedo apañármelas con la mía y…
—No me voy a meter en discusiones de chicas —me interrumpió—. Yo solo quería verte para saber si te apetece salir a cenar.
—¿Salir a cenar? —repetí recuperando la confusión.
—Sí. Hace mucho que no te veo, que no hablamos… No sé, ninguno de los chicos excepto Quinn están aquí, y me apetece mucho pasar un poco de tiempo contigo. No sé... ¿No te apetece?
—Eh… No, no es que no me apetezca. Es solo que me ha pillado de sorpresa.
—¿Entonces aceptas?
—Eh… Sí, sí claro.
—Bien. ¿Te parece bien el viernes? Te paso a recoger si quieres.
—No, no te preocupes. Solo dime dónde y la hora, y allí estaré.
—Perfecto. Déjame que busque un buen lugar y te aviso. Ahora será mejor que regrese al campo de entrenamiento, apenas me quedan cinco minutos para empezar la clase.
—Está bien… Eh Sam.
—¿Dime?
—¿Te, te ha dicho Quinn algo más de mí?
—¿Algo de ti? Pues… No.
—¿Solo te ha dado la falda y ya?
—Sí. Me ha dicho que tenía que marcharse, y como yo te andaba buscando, pues me la ha dado para que yo te la entregase. Solo, solo me ha dicho que habías tenido el incidente con la falda, nada más.
—Ok… Eh, espera —volví a evitar que se marchase—. Sam, ¿te dijo ella que yo vendría a hacerme cargo del coro?
—¿Quinn? No, a mí me lo dijo Sue. Cuando me enteré que el director del coro estaba de baja por depresión me interesé por saber qué iba a pasar con ellos. Fue ella quien me dijo que tú te harías cargo. Por eso te preparé el despacho. ¿Por? ¿Ocurre algo?
—Eh… No, no, claro que no. Solo quería saber quiénes sabían que yo iba a venir.
—Pues solo lo sabía Sue.
—¿Y Quinn no?
—¿Quinn? No lo sé. Supuse que tú se lo habrías dicho. Al menos yo no le dije nada, porque apenas he podido hablar con ella en estos días. Solo hoy.
—Oh…
—¿No se lo has dicho tú? —insistió y yo guardé silencio. Era obvio que Sam desconocía mi enemistad con Quinn al preguntarme aquello, y eso solo me hacía comprender que Quinn tampoco le había hablado de ello aun trabajando en el instituto desde hacía algunos meses. Y también era evidente el por qué Sam no me había mencionado nada de su presencia en el instituto cuando me recibió el día anterior. Para él, lo más lógico y creyendo que seguíamos siendo amigas, es que yo lo supiera— ¿Ocurre algo, Rachel?
—Eh… No, claro que no. El viernes cenaremos y hablaremos con calma. ¿De acuerdo?
—Está bien. Pero tienes mala cara. ¿Estas seguras de que no te sucede nada?
—No, no. Solo estoy un poco confusa. Han vuelto a enviarme una rosa —me excusé señalando la misma sobre la mesa—. Empiezo a sentir curiosidad.
—Bueno, una rosa siempre es buen presagio, aunque no tengo ni idea de si al ser azul puede significar algo en concreto. Tal vez deberías buscarlo, puede que así intuyas de quien viene —me sonrió y yo palidecí. Porque aquella sonrisa era más traviesa que divertida, y eso solo podía significar que él estaba detrás de ello, o que tal vez sabía quién me las estaba enviando. Además, todo eso del significado de las flores era algo que yo no aceptaba ni creía. Para mí todas eran iguales. Flores que simplemente ayudaban a decorar una estancia o un lugar. Flores que se entregaban a modo de agradecimiento o para conquistar. Aquella en concreto deseaba que fuese a modo de agradecimiento por algo, como solían hacerme cuando acababa alguna función de teatro. Porque si lo hacía para conquistarme, quiera quien fuese estaba completa e irremediablemente equivocado. No solo porque mi corazón estaba cerrado, sino porque además no creía en esas tonterías. ¿Quién en su sano juicio iba a buscar significado en una simple rosa?
Ni siquiera le respondí. Dejé que fuese suya la última palabra antes de despedirse, y volví a quedarme a solas, con la rosa sobre la mesa, la cabeza repleta de pensamientos confusos y una bolsa con su falda.
Casi media hora estuve tratando de arreglar la mía, pero me resultó imposible hacerlo sin dejar que mi culo quedase al descubierto. Por lo que haciendo de tripas corazón, y pensando que Quinn ya no estaría allí para verme, me decidí a utilizar la suya.
Mentiría si dijera que no sentí un escalofrío al tocarla, al percibir el olor que desprendía y que tanto había echado de menos. Mentiría si negase que ese escalofrío se convirtió en una punzada en mi corazón que llegó a humedecer mis ojos. Lágrimas que ya incluso había olvidado dejar escapar por ella después de tanto tiempo tratando de olvidarla. De olvidar su mirada, sus caricias, su preocupación, su sonrisa. De olvidar como su cuerpo se estremeció con el mío cuando nos besamos por primera vez jugando a ser pareja, y cuando lo hicimos por última vez dejándonos llevar por los sentimientos. De olvidar como sus manos, sus labios y todos sus sentidos se adueñaron de mi cuerpo en aquella noche, en la que olvidamos que nunca fuimos amigas y dimos rienda suelta a nuestros deseos más íntimos.
Lo había intentado. Había hecho todo lo posible por olvidar que me había enamorado de ella, y que ella también me hizo creer que lo estaba de mí. Pero el tiempo siempre se encargaba de recordármelo. De traerme su presencia al presente con cualquier estúpida excusa. Aquella mañana la excusa del destino, o del karma, fue una falda negra que me estaba perfecta, y que me ayudó a salir del instituto sin que las miradas de los hormonales adolescentes, como los había llamado Sam, pudiesen ver mi trasero al descubierto. Logrando que mi orgullo apenas me permitiese respirar. Aunque confieso que decidí utilizarla porque pensaba que ya no iba a volver a encontrármela en mi huida. Según Sam, debían estar haciendo deporte en el gimnasio, y eso me iba a permitir salir de allí sin que ella supiese que me había colocado la falda. Al día siguiente se la dejaría en su despacho cuando no estuviese, y ella nunca lo sabría. Pero claro, todas esas cosas que suelo pensar en una situación como aquella, nunca terminan siendo como las imagino en mi mente. Y no. No es que el infortunio hiciera que me encontrase con ella cuando caminaba por el pasillo, y hubiese algún cruce de miradas al más puro estilo película del Oeste. Lo que sucedió es que yo misma, con mi inconsciencia habitual y sintiendo que debía hacerlo, fui en su búsqueda solo para asegurarme que no me vería.
Sí. Todo muy lógico, lo sé.
Ni siquiera sé por qué no lo pensé antes al menos un par de segundos. Cuando quise darme cuenta iba de camino hacia el gimnasio, con su falda puesta, mi maletín en la mano derecha y la rosa azul en la izquierda. Me colé en él, sin procurar llamar demasiado la atención de los chicos que ya recorrían los pasillos en busca de su última clase del día, y la descubrí como nunca imaginé encontrarla.
No había nadie. El gimnasio estaba completamente vacío, y supuse que Sam seguía en el campo de futbol, o tal vez se había marchado, no lo sé. Ella estaba allí, con el pelo recogido en una cola alta, una camiseta del equipo de futbol, que a juzgar por el tamaño probablemente era del quarterback, y unas mayas cubriendo sus piernas que danzaban sin parar frente a un saco de arena que colgaba del techo. Sus manos, perfectamente protegidas con vendas negras, golpeaban con furia el mismo, acompañándose del quejido de sus resoplidos, y algún que otro insulto que logré distinguir entre sus jadeos.
Estaba luchando contra el saco, y juro que jamás en mi vida me sentí tan embelesada como lo hice en aquel instante. No sé si fueron dos, o tres o incluso cuatro minutos los que estuve escondida tras una de las columnas junto a la puerta, observándola descargar su ira a golpe de puñetazos. Lo que sí sé es que me descompuse al ver cómo se detenía, y tras aferrarse varios segundos al saco y posar su cabeza sobre él para estabilizarlo, el sollozo se apoderó de su garganta y las lágrimas cayeron sin control alguno por sus mejillas.
No. No era un llanto de dolor por los golpes, o de la rabia que parecía descargar con aquella actividad. Era un llanto lleno de pena e impotencia que se acentuó cuando decidió ocupar uno de los bancos que rodeaban la sala. Fue entonces cuando pude verla de pleno, justo de frente, aunque su cabeza permaneciera cabizbaja. Fue entonces cuando vi esa pena reflejándose en su rostro, y el alud de suspiros que quebraban su llanto mientras trataba de controlarlos. Fue entonces cuando olvidé que desde aquella posición no había columna que pudiera protegerme si ella alzaba la mirada, dejándome completamente expuesta. Pero por suerte no llegó a suceder.
Apenas un minuto fue lo que duró ese instante. Ella controlando el llanto ajeno a mi presencia, y yo guardando absoluto silencio observándola, preguntándome qué motivo había para que aquellas lágrimas estuviesen cayendo de sus mejillas. Y lo cierto es que podría haber estado así durante horas, pero el crujir de la puerta tras de mí me hizo reaccionar rápido, y me escapé de allí sin dar opción alguna a reprimenda o cuestionario por parte de ella. Sam fue quien rompió ese momento, y yo, presa de los nervios, llegué incluso a empujarle en mi huida para evitar que Quinn me descubriese allí. Una huida que esa vez si me llevó hasta mi coche, y que me mantuvo en estado de shock y terriblemente confundida mientras conducía hacia mi casa. Tan confusa que nada más llegar, evité a mi padre que ya preparaba el almuerzo, y me encerré en mi habitación como una quinceañera a la que le acaban de romper el corazón por primera vez. No sabía por qué, tal vez porque necesitaba tener algo, alguna excusa para poder seguir odiándola más allá de todo lo que me repetía hasta la saciedad. Quinn me mintió. Estuvo tres semanas a mi lado haciéndome creer que quería ser mi amiga. Consolándome cuando peor lo estaba pasando, y pidiéndome que fuese honesta y sincera con ella. Cuando lo hice todo se acabó. No supo guardar mi secreto y cumplir su palabra, como tampoco fue sincera conmigo al hacerme creer que estaba interesada en hacer el casting para quedarse en la ciudad. Quinn regresó de Lima con la soberbia por las nubes y una cuenta bancaria que casi alcanzaba a la mía en aquel instante, y nunca más fue la misma. Eran motivos suficientes para odiarla como quería odiarla. Y digo quería porque lograrlo era una utopía. Necesitaba excusas, muchos más motivos que añadir a todos eso que he mencionado para lograrlo, y olvidarme de ella de una vez por todas. Y más aún después de sentir esa pena que desprendía con su llanto como mía. La empatía y los enemigos no pueden ir de la mano, eso era algo que aprendí estando dentro del mundo de la fama. Y la única forma de no dejar que eso sucediera, era manteniendo mi mente ocupada con otra cosa. Por suerte, la rosa azul me ofrecía la oportunidad perfecta para olvidarme de ella al menos en aquellas horas. Buscar su significado podría guiarme hacia quien me la enviaba, y por ende mi mente estaría ocupada.
Seguí el consejo de Sam creyendo que encontraría una respuesta, aunque no la creyese. Encendí el ordenador, me senté en la cama con él entre mis manos, y descubrí que, a veces, las decisiones precipitadas no hacen otra cosa más que aumentar la confusión en vez de erradicarla.
Rosa Azul: misterio, obtención de un imposible, libertad y franqueza. Amor imposible. Todos antónimos de Quinn Fabray, sin duda. No era ella. Y a mí lejos de agradarme la idea, me fastidió en lo más profundo.
