Tablilla IX

Capítulo 33

Ilusión

Gilgamesh llevaba ocho días vagando por las afueras de Uruk, alejándose cada vez más de su preciado reino, tanto que el amable valle fértil donde se hallaba Uruk cedió a la arena y al pleno desierto. Sus pies cansados, su estómago sin comida y agua y el sudor de su frente no daban tregua a su cuerpo. Gilgamesh desistió de alimentarse luego de que Enkidu muriera, sin percatarse que aquello era una clara señal de desestabilidad emocional.

Gilgamesh estaba exhausto. De vez en cuando daba tropezones y caía de bruces sobre la arena, picando su cuerpo y sus ojos. En una de esas caídas, se quedó inmóvil y una tormenta de arena se creó conforme las horas pasaban.

El viento intenso lo cubría lentamente bajo los miles de granitos de arena que azotaban su espalda. Gilgamesh no pensaba en nada realmente. Su mente era una especie de piscina oscura, sin más que plantas parásitas y agua estancada.

—Siduri… —soltó Gilgamesh completamente confundido—trae agua. Avisa al consejo de sabios que la reunión se suspende. Estoy cansado.

"Entendido su majestad" contestó la alucinación y esta se alejó o eso creyó Gilgamesh.

Gilgamesh sonrió y pensó lo guapa que se veía Kinnamu con aquel collar de oro.

Belet Seri, la escribana de Ereshkigal, estaba sentada frente a Gilgamesh. Él despertó sobre un suelo negro, pulido como si fuese un espejo. Frente a él, unas enormes puertas de aspecto tenebroso encerraban tras de ellas, un reino impenetrable. Belet Seri tallaba el nombre de Gilgamesh en su tablilla de la muerte, con su cincel de oro a una velocidad apresurada. De pronto, a lo lejos, se aproximó Ereshkigal y habló:

—Escribana mía, no aceleres lo que aún no está listo. Talla con más lentitud, no queremos que ocurran cosas que aún no deben suceder.

Beret Seri asintió y dejó de lado sus herramientas.

Gilgamesh se sentó en el suelo y cuando Ereshkigal se aproximó, se puso de pie de un brinco y buscó por una espada, pero no había nada así en sus costados. Abrió un portal dorado y de su centro, se dispuso una finísima y hermosa espada de oro. Sintió resquemor, ya que la reina del inframundo sólo visitaba a los enfermos, los débiles y los moribundos y él era un semidiós sin gloria suficiente como para trascender hacia el mundo de los dioses. Miró a Ereshkigal por mucho tiempo y ella habló nuevamente:
—Gilgamesh, no entiendo tu dolor, pero te compadezco.

Gilgamesh gritó con rabia, ya superado:

—¡No necesito la compasión de nadie!

—Cállate—dijo Ereshkigal, sentándose en el aire, flotando fantasmalmente—. Soy la diosa menos indicada con la que debas enojarte.

Gilgamesh respiraba enfurecido y finalmente se calmó. Se quitó el turbante estropeado, lleno de arena y se restregó el rostro.

—¿Por qué de pronto te apareces frente a mí? —masculló, respirando con ira—¿Planeas llevarte mi vida y que me pierda en tu jardín del olvido? No lo permitiré, pelearé contra ti si es necesario. No puedes ser tan cobarde de venir a mí encontrándome desarmado.

Ereshkigal juzgó a Gilgamesh con la mirada y negó suavemente.

—Cálmate, quiero hablarte—Ereshkigal hizo aparecer una tinaja de vino y sirvió al rey en una copa del mismo negro que el suelo. Gilgamesh la tomó para lanzarla lejos y esperó las palabras con expectación—. He recibido tus ofrendas ¡Supieras lo feliz que me han puesto!

—¿Y qué hay con eso? —Gilgamesh apretó los puños.

—Nadie ha hecho algo así por mí en muchísimo tiempo—Ereshkigal bebió vino y se regocijó de su sabor.

—Nadie te quiere cerca Ereshkigal.

—Aún así, has hecho una noble petición. Cuidar de Enkidu.

Cuando Gilgamesh escuchó el nombre de su amigo, se detuvo en seco. Calmó su semblante y se dispuso a escuchar.

—¿Qué quieres, Ereshkigal? —dijo Gilgamesh, sin dejar la brutalidad de sus palabras de lado.

Ereshkigal rio como si fuese una niña pequeña y dejó caer la copa ya vacía y esta desapareció en la nada.

—¿Conoces a Utnapishtim? —Gilgamesh negó, con el ceño fruncido— Bien, Utnapishtim ha sido el único que ha logrado la gloria de los dioses para obtener la inmortalidad.

—¿Y? —comenzó Gilgamesh—. Yo evidentemente seré inmortal, no podrás hacerme lo que le has hecho a Enkidu.

Ereshkigal tornó los ojos en blanco y bufó. Gilgamesh se sintió tremendamente ofendido y abrió la boca para protestar, pero Ereshkigal fue más rápida al hablar:

—Al menos que los dioses cambien la opinión que tienen de ti, tres cuartos de dios y un cuarto de humano no serán suficientes para que ellos te hagan parte de su panteón.

"Como te he dicho antes. No comprendo tu dolor, pero me compadezco de ti.

Gilgamesh se mantuvo en silencio, hasta que finalmente habló:

—¿Qué ocurre si soy inmortal? Tendré el placer de jamás volver a ver tu pútrida cara y no pasaré por el mismo calvario que Enkidu, ¿Verdad?

Ereshkigal frunció los labios.

—Engreído—la diosa descendió de su silla invisible y caminó hacia Gilgamesh. Se detuvo a escasos centímetros de él y alzó una mano para acariciar su mandíbula, a lo que Gilgamesh contestó con un manotazo.

Ereshkigal se retiró y le dio la espalda.

—Escucha Gilgamesh, tengo una propuesta para ti, la cual no debería hacerla a ningún mortal, pero me he aburrido mucho últimamente y quiero algo de acción de mi desdichada vida en este reino. Los dioses me han abandonado tal como a ti y me rijo bajo mis propias reglas en mi reino. Nadie mortal atraviesa la séptima puerta del olvido y regresa para contarlo. Nadie, sin excepción. No podría dejar que desciendas a mis tierras y busques a Enkidu para llevártelo a tu lado nuevamente, porque entonces no regresarías. Belet Seri talla en estos precisos momentos tu nombre en mi tablilla de la muerte y algún día ella terminará su trabajo contigo, sin embargo, tengo una opción que quizás te ayude a encontrar a Enkidu.

"Más allá de los Montes Gemelos, se extiende el jardín de los dioses y el mar del olvido, que limita con mi reino. Cerca de ahí, se encuentra Utnapishtim. Para ello debes atravesar el corredizo de los Montes Gemelos y navegar en el mar del olvido. Él podrá darte el secreto que he guardado para ti. No puedo revelártelo porque debes demostrarme que mereces tal reconocimiento, además así será más divertido. Él te dará la clave de tu destino, gran Gilgamesh de la amurallada Uruk—aquello último Ereshkigal lo dijo con una pizca de ironía, aunque más bien parecía genuina inocencia.

Gilgamesh se quedó de piedra al oír aquello. Respiró hondo y la típica sonrisa engreída volvió a su rostro.

—¿Qué has dicho? ¿Una opción para no verte nunca más? Créeme, haré hasta lo imposible por ello.

Ereshkigal movió las manos como espantando insectos.

—¿No te preocupa Enkidu? —preguntó de la nada Ereshkigal, deseosa de oír algo que le hiciera sentir un revoltijo en las tripas.

—No—contestó Gilgamesh—. Él es un traidor.

—¿Un traidor? ¿De qué hablas?

—Rompió todas sus promesas. Eso lo hace completamente indigno de mi memoria. Ahora sólo soy yo.

—Sí, supongo tienes razón… ¿En serio no quieres saber nada de él?

Gilgamesh sabía la respuesta.

—No—dijo con un imperceptible temblor en su voz.

Ereshkigal torció el gesto y apoyó sus manos en las caderas.

—¡Qué aburrido! ¡Odio las mentiras!

Gilgamesh alzó la vista y castañeó los dientes.

—Cállate Ereshkigal.

—No—dijo fieramente la diosa. Su semblante cambió y ahora realmente parecía la reina de Kur—. Eres un desalmado, estás maldito, Gilgamesh. No puedo creer que tu egoísmo supere incluso tu propio dolor. Estás enfermo de poder.

—No siento dolor, estoy bien. Enkidu no significa nada para mí—masculló Gilgamesh, dispuesto a dar un puñetazo si así lo deseaba.

—¡Claro está! Una persona cuerda vagaría como un imbécil por el desierto hasta dejarse desfallecer.

Gilgamesh de pronto recordó aquello. Cayó en la cuenta de lo descabellado que sonaba.

—Gilgamesh… —comenzó Ereshkigal, dulcificando el tono de su voz— No seas tan duro contigo mismo. Yo no te juzgaré por desear a Enkidu como quien desea una esposa. Todos los dioses lo saben, todos en tu reino probablemente también. El único que mantiene la mentira eres tú y el único que mantiene la desilusión es Enkidu.

Gilgamesh reaccionó con violencia ante la verdad. Alzó la cabeza con determinación.

—No saques conclusiones apresuradas, menos dónde no las hay.

Ereshkigal tornó su expresión en pena absoluta y susurró:

—Lástima que no le hayas dicho nada.

—No tengo nada que decirle—rebatió Gilgamesh, con los ojos fieros como dos volcanes activos.

—Bueno está bien, creeré en tus palabras.

"Ve con Utnapishtim, hazme caso.

Gilgamesh clarificó su mente y decidió que se embarcaría en aquella aventura, aunque fuese solo. Se dio media vuelta, pero antes de eso, enfrentó a Ereshkigal una última vez:

—¿La consciencia de Enkidu sigue en tu reino?

Ereshkigal apretó los labios y negó.

—Se ha arrojado al mar del olvido.

Gilgamesh abrió la boca para decir algo, sin embargo, alzó la mano izquierda y sintió la cadena materializarse en su muñeca y tiró de ella. La cadena se perdió en las imponentes puertas del reino de Ereshkigal y Gilgamesh sonrió victorioso.

—Mentirosa—dijo Gilgamesh, lleno de renovado vigor—, esta cadena nos une y aparecerá siempre en donde quiera que él esté. Si se hubiese arrojado al olvido no tendría respuesta. Me iré donde Utnapishtim como me dices y lucharé todo lo que tenga que luchar.

Dicho esto, Gilgamesh dio media vuelta y en el sueño premonitorio que estaba teniendo, partió rumbo a los Montes Gemelos, para ver al dichoso Utnapishtim.