No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.
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Esme estaba esperando cerca de una puerta en el muro trasero de la villa cuando regresaron.
—Eleazar y James están aquí. ¿Dónde quieres recibirles, en la sala o en el jardín del atrio?
Isabella tenía la boca seca, y podía sentir el martilleo de su corazón. Se arregló el vestido y preguntó a Esme:
—¿Qué aspecto tengo?
Esme le compuso un poco el pelo.
—No demasiado malo. Estás un poco roja por la caminata, pero por suerte no llevas cosméticos y no has sudado mucho. Con las nuevas ropas y joyas, creo que el efecto es satisfactoriamente amenazador.
—Bien —dijo ella.
—No te muestres sumisa —advirtió Esme—. Eso sólo les haría sospechar. Deja claro que piensas ser la dueña de tu casa, pero sé conciliadora. Finge creer que cuando vuelvas a tu país, necesitarás su respaldo político.
Isabella asintió, ausente.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Tony.
—No. Se sorprendería si no llegase sola, y podría no hablar libremente.
Se dirigió a las cortinas que separaban la habitación a oscuras del atrio. Eleazar y James estaban enfriándose los pies cerca de la entrada, sentados en un banco de piedra. Su tío contemplaba meditabundo el estanque, y James miraba nervioso a su alrededor, obviamente impresionado por el lujo del lugar.
Fue el primero en ver acercarse a Isabella, y se levantó de un brinco. Eleazar lo hizo más despacio. Los dos se giraron hacia ella.
Isabella se detuvo, manteniendo unos diez pies entre ella y el más próximo de sus parientes. Había esperado estar asustada, pero se sorprendió ante sus propias observaciones.
Cristo, eran una pareja andrajosa.
El manto y la camisa de James estaban raídos, y había obvias manchas de sudor en torno a sus sobacos. El manto bordado en oro de Eleazar, que tan elegante le había parecido en el pasado, estaba sucio, y sus calzas de lino le formaban bolsas en las rodillas. Ambos llevaban unas botas manchadas de barro y muy gastadas.
Y por Dios que apestaban.
Isabella les había olido con frecuencia en el pasado, y su olfato de loba podría haberles reconocido en la oscuridad, pero por primera vez se dio cuenta de que el hedor que asociaba con ellos era el resultado de unos cuerpos que raramente se lavaban v sus sucios cabellos y barbas.
Eleazar la miraba con ojos inyectados en sangre por la bebida y la falta de sueño. Por un momento, se preguntó si Esme se molestaría en hacer que matasen a cualquiera de ellos, no valían la pena. Pero entonces Eleazar sonrió, y ver sus gastados dientes amarillos hizo que volviese una sombra del antiguo terror.
—¿Y bien? ¿No le das a tu tío un beso en la mejilla?
El labio de la loba se echó hacia atrás... al menos, Isabella hubiese jurado que era la loba, hasta que vio la rabia en la cara de Eleazar y el miedo en la de James.
—¿Te atreves a gruñirme, mocosa estúpida? —preguntó su tío en voz baja—. Sé que crees haber encontrado nuevos amigos, amigos fuertes que te defenderán... y eso harán hasta que estés casada y de camino a la fortaleza en las montañas de tu nuevo señor. ¿Pero qué harás cuando te quedes sola con él?
—No intentes asustarme, Eleazar.
Él dio un paso hacia ella.
—No te acerques a mí —dijo Isabella suavemente.
Eleazar vaciló y dio un paso atrás. James parecía tener ganas de huir a la carrera, un pequeño gimoteo escapó de su garganta.
—No seas idiota —le reprendió Eleazar—. Aún es de día.
—Eleazar —dijo ella, meneando lentamente la cabeza—, ya no estáis seguros cerca de mí a la luz del día. Eso terminó. He cambiado.
James se puso detrás de Eleazar.
—Antes siempre lo hacías —dijo su tío.
—Sí, pero ahora lo hago con mucha más frecuencia y facilidad. Así que te advierto que no confíes en el sol. —La loba se alzó en lo más profundo de Isabella, abriendo sus fauces en una gran sonrisa canina, con la lengua roja y larga sobre los poderosos colmillos.
La expresión de sus ojos era de pura risa, la risa del vencedor en un mortal duelo de voluntades. Y Isabella supo que lo que le había dicho a Eleazar, sólo para asustarle, era la verdad. En algún lugar en la oscuridad de la Campania, en el mundo entre la vida y la muerte, en la lucha por salvar la vida de Tony, la loba había alcanzado su plenitud. Isabella podía llamarla de día o de noche, y la magnífica bestia asesina se alzaría en su servicio.
Había ganado.
—Padre... —lloriqueó James.
—Cierra el pico, idiota.
—Sí—dijo Isabella—, hazle callar. No me apetece escuchar sus gimoteos. Los perros gimotean, y él es un perro. Ahora, ¿qué es lo que quieres? O mejor, ya sé lo que quieres. Te lo voy a mostrar.
Isabella se dio la vuelta y apartó las cortinas del triclinio. Parte del tesoro de Edward yacía sobre la mesa, un descuidado montón de monedas de oro, gemas, anillos y joyas.
—No está mal —dijo Eleazar—. Has sabido arreglártelas.
—Esto no es ni la décima parte de lo que me trajo. Las piezas más valiosas están a buen recaudo.
Eleazar se acercó a la mesa y cogió una pequeña pila de monedas, haciéndolas tintinear en la mano.
—¿Una décima parte? —preguntó, la codicia brillando en sus ojos.
—Menos que eso —dijo Isabella.
De pronto se sintió cansada. Cansada y furiosa. Había vencido. Ahora, sólo tenía que embaucar a aquel par de necios para que confiasen en ella, y el asesino de Esme se ocuparía del resto. Vio cómo contemplaban absortos el cebo preparado por Esme.
Cogió un anillo de la mesa, un espléndido rubí engarzado en una ridículamente ornamentada pieza de artesanía celta, y lo dejó caer en la mano abierta de James.
—Esta baratija te bastará para comprar un montón de mujeres y de vino. ¿La quieres, James?
James retrocedió con la vista clavada en el anillo, hipnotizado por la gema que tenía en la mano.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Eleazar.
Isabella le miró a los ojos con expresión de falsa inocencia.
—¿Qué podría querer?
Eleazar se rió y soltó un bufido de burla.
—Quieres algo... De lo contrario, tus estupendos amigos no nos hubiesen dejado cruzar la puerta. Está muy claro —dijo con una cierta mortificación— que ya no me tienes miedo.
Los dedos de Isabella jugaron ociosamente con el montón de joyas de la mesa. Separó unos cuantos rubíes de la India del resto, empujándolos hacia el borde de la mesa y haciéndolos caer en su mano. Después alargó el brazo hacia Eleazar, que abrió sus manos esperando el regalo. Los rubíes cayeron entre los dedos de Isabella, y él cogió uno para contemplarlo a la luz.
—Este señor está cubierto de riquezas —dijo ella—. Debe de dormir y soñar con oro, sólo para encontrarlo llenando sus arcas al despertar. Un río de riqueza fluye por los pasos de montaña: caravanas cargadas de especias, seda, joyas y oro. Él ansia el favor de Aro El Grande para hacerse todavía más rico, y yo me he presentado como el camino a ese favor.
—¿Y qué hay de la luz de la luna? —preguntó Eleazar.
Isabella se rió.
—No temo a la luz de la luna, siempre fuisteis demasiado estrechos de miras para comprenderlo. Yo le daba la bienvenida, la abrazaba, la amaba, pero nunca, Eleazar, nunca le tuve miedo. Y ahora soy la dueña de la noche y todo lo que contiene. Para este señor seré un tierno juguete envuelto en seda hasta que lleguemos a su hogar, esa fortaleza en las montañas de la que hablabas. Necios, no es un pichón para desplumarlo, sino un huerto que debe ser atendido, trabajándolo año tras año hasta que le haya sacado todo el beneficio. Ese Edward es un hombre adecuado, y puedo convertirle en uno de los más grandes señores de los francos. Yo seré su dama, y vosotros dos mis compañeros de confianza, si me dejáis. No tendré rivales por sus favores, y no toleraré su existencia. Sufrirán... accidentes, ya me ocuparé de ello. Ninguno de vosotros tiene la menor idea de lo que dio a luz Renee.
Eleazar retrocedió, observándola.
—¿De verdad crees que podrás engañarle sobre tu naturaleza durante años?
Isabella intentó mantener la dureza de su rostro.
—Con tu ayuda, puedo engañarle tanto tiempo como quiera.
Eleazar le echó una mirada larga, lenta y calculadora. Después se acercó a la puerta y miró el jardín.
—Cuesta un poco hacerse a la idea —dijo—. Mi plan, tendrás que admitirlo, era muy sencillo: tomar cuanto pudiésemos, simular un accidente de caza, y después, como afligida heredera y piadosa viuda, y te convendría mostrar un poco de piedad religiosa, querida, podrías pasar el resto de tu vida bajo la segura supervisión de tu tío y tu primo.
—Sí—repuso Isabella—. En una estrecha celda de piedra, encadenada por el cuello a la pared. ¿Estabas pensando en eso?
—¡Oh, no! —balbuceó James—. Ni siquiera soñaríamos...
—¡Al infierno con que no lo haríais! —La voz de Isabella chasqueó como un látigo y le hizo callar.
—Es mejor así—dijo Eleazar, sopesando los rubíes—. Al menos los sobornos han sido pagados y las bonitas palabras pronunciadas. Ahora podemos dedicarnos a los negocios.
Isabella asintió.
—Vosotros dos, caballeros, haréis bien en escuchar mis condiciones, porque no pienso pasar ni un día más bajo tu "supervisión", Eleazar.
Su tío apoyó la espalda contra el muro.
—Lo que planeas es una completa locura —dijo.
—¿Una locura? —rió Isabella—. Tú mataste a mi padre, arruinaste a mi madre y convertiste mi juventud en un infierno de miseria y desesperación. Dame una razón, sólo una, para confiar en ti.
Eleazar se acercó a ella.
—Conocemos tu secreto —rugió, inclinándose sobre la mesa.
Isabella estaba al otro lado de la mesa, a unas pocas pulgadas de distancia. Su voz cayó a un grave y ronco susurro.
—Aparta, Eleazar, y aleja tu apestoso aliento de mi cara, o sabrás más de mi secreto de lo que te gustaría. ¡Ahora!
Eleazar obedeció, con el odio brillando en sus ojos, un oscuro y maligno centelleo.
—Sigo diciendo que tu plan es una locura. Tarde o temprano, ese hombre descubrirá tu secreto y te matará.
Isabella se esforzó por recuperar la compostura.
—Quizá no —dijo—, o quizá descubra mi secreto y no sea capaz de matarme. Pero te digo una cosa, y será mejor que escuches bien: no habrá oportunos accidentes de caza. Este matrimonio es importante de una forma que ninguno de vosotros comprende, ajenos como sois a los consejos de papas y reyes. Vuestras intrigas me arruinarían, y yo os arrastraría conmigo. Me aseguraría de ello. Acéptalo, Eleazar, ya no tienes poder sobre mí. Ahora es al revés. Yo doy las órdenes, y tú obedecerás o estarás fuera. Un grito mío haría entrar a una docena de hombres armados, y les diría que os arrojasen a las cloacas. Sin mi dinero, es allí donde pasaríais el resto de vuestras miserables vidas. ¿Me he explicado con claridad?
Con un gesto de la mano, Isabella barrió algunas de las monedas y gemas al suelo. James se abalanzó a por el oro, recogiéndolo a puñados y guardándolo en su bolsa. Eleazar se quedó en su sitio, su pecho agitado por la rabia.
—Creo —dijo— que nos entendemos.
—No hablaré por ti, Eleazar, pero yo te entiendo perfectamente. La única jugada que podrías hacer sería revelar mi secreto al mundo. ¿Y qué conseguirías? ¡Dímelo!
Los ojos de Eleazar se apartaron de ella, clavándose en las sombras.
—Nada —musitó.
—Te equivocas, Eleazar. Conseguirías algo mucho peor que nada. Mi nuevo señor y marido está muy contento con su dama de la realeza: podría decidir que eres un loco o un mentiroso y hacerte eliminar. O el papa, que apoya fervientemente este matrimonio, podría verte como un peligroso alborotador. Debes preguntarte si quieres correr el riesgo.
Eleazar bufó, sonriendo después, aunque la rabia seguía ardiendo en sus ojos. Habló entre dientes:
—Mi querida sobrina, eres una mujer inteligente, mucho más de lo que había pensado. Veo que, si quiero beneficiarme de nuestros estrechos lazos de sangre, habrá de ser bajo tus condiciones.
James se puso en pie, con la bolsa abultada y mirando a una y otro.
—Padre —dijo vacilante—, creo que es mejor que hagamos lo que dice.
Eleazar le lanzó una mirada, pero la expresión que adoptó ante Isabella era cuidadosamente neutral.
—De acuerdo —dijo—. ¿Qué querrías que hiciese?
Isabella se relajó. Estaba segura de que los tenía. Habían sido sometidos, no por ella, sino por su propia codicia, y estaban listos para ser llevados a la trampa. La loba tenía recuerdos de momentos como aquel. Montones de recuerdos, los recuerdos de una cazadora.
Sus ojos experimentados, eligiendo una presa en el rebaño, buscando el tropezón revelador en terreno fácil, la respiración trabajosa sin que hubiese habido esfuerzo, la pieza coja incapaz de seguir al resto, el toro o vaca con signos de edad.
Observó a James y Eleazar por un momento con la fría y mecánica mirada de una asesina. James retrocedió algunos pasos, y un músculo se agitó en la mejilla de Eleazar.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó nerviosamente su primo.
—Daos un baño, para empezar —contestó ella—. Todo lo de la mesa es para vosotros.
James olvidó sus temores y empezó a recogerlo de inmediato.
—Comprad ropa nueva para estar presentables ante mi señor. Eleazar, todavía tienes contactos en la corte de Aro El Grande, ¿verdad? —preguntó Isabella.
—Sí —dijo despacio su tío.
—Muy bien, te necesitaré. —Hizo una profunda inspiración—. Me serás muy útil, no puedo convertir a mi marido en un gran señor yo sola. Necesitaré la ayuda de hombre experimentado como tú. Nunca he prestado mucha atención a la política.
Eleazar empezó a recoger también el oro de la mesa, asintiendo como si hubiese tomado alguna decisión.
—Haré que los criados de Esme os muestren la salida. Volved dentro de unos días y podremos cenar con calma y hablar del futuro.
—Por supuesto —contestó Eleazar—. Una agradable cena en familia.
—Sí —dijo cansada Isabella.
La loba estaba lista para matar. No quedaba nada que decir, y ella ansiaba librarse de sus parientes. Ya en la puerta, Eleazar se volvió hacia ella.
—Estoy seguro —dijo conciliador— de que, ahora que hemos visto tu verdadero valor, no habrá más peleas entre nosotros.
—Seguro —replicó Isabella—. La sociedad será mucho más fructífera que la disensión.
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Cuando su hubieron marchado, Isabella encontró a Esme y Tony aguardándola en el jardín. Se dejó caer en un banco junto al estanque, no mirándoles a ellos, sino a las oscuras aguas.
—¿Habéis escuchado?
—Por supuesto —dijo Esme—. Con mucha atención. ¿Por quién me tomas, por una tonta incompetente? Eres mi protegida.
—¿Lo he hecho bien?
—No lo sé —respondió Tony—. Creo que podías haber sido un poco menos... sincera.
—No pude evitarlo. Detesto a esos dos.
—Eso he visto —dijo Tony, mirando apurado el pórtico por donde habían salido James y Eleazar.
—Lo que hayan pensado no importa —intervino Esme—. He conseguido mi objetivo, se ha visto que Isabella los recibía de forma civilizada, y que les daba ricos presentes. Supongo que ese par de sabandijas gastarán al menos parte del dinero en una juerga de borrachos por las peores tabernas y burdeles de Roma. Mi hombre se ocupará de ellos esta noche o mañana.
Isabella se encaró con Esme.
—En realidad no importaba lo que les dijera, ¿verdad?
Tony sonrió y se encogió de hombros, apartándose en dirección al estanque. Isabella golpeó el suelo con el pie.
—Lo tenías todo planeado.
—Sí —dijo Esme con irritante complacencia.
—Me sorprende que te molestases en consultarme.
—Estuve a punto de no hacerlo, pero necesitabas saber cómo y por qué se organizan estas cosas. Pero tenlo presente, querida, cuando supe tu secreto, decidí no dejar vivo a ese miserable.
—¿Pero por qué? Ni siquiera le conocías.
—¿Para qué necesitaba conocerle? Vi aquella espantosa hospedería, el cuchitril apestoso donde te encerraban, las marcas en tu espalda. ¿Qué más hacía falta? Dímelo, por favor.
Tony volvió con ellas.
—Isabella —dijo—, consulta a la loba. ¿Qué piensa ella?
La joven se giró, confusa.
—Ya lo he hecho —susurró—. Sé lo que piensa: le... es indiferente.
—Creo que es tu mejor mitad —repuso Tony—, o al menos la más lista. Escucha, muchacha, en todos los lugares, entre todos los pueblos, la ley da a los maridos cierta autoridad sobre sus mujeres. Nosotros tres hemos tomado medidas para hacerte independiente de tu esposo.
—Sí —dijo Isabella.
—Muy bien —Tony hablaba lentamente, como si se dirigiese a una niña—. Y el otro grupo al que la ley da poder sobre las mujeres son sus parientes varones, ¿verdad?
Isabella asintió.
—Con James y Eleazar eliminados, ¿cuántos parientes te quedarían?
—Ninguno, o al menos ninguno tan cercano como para que importase. Ya veo... sería libre.
Tony miró a su madre. Los ojos de ambos se encontraron, transmitiendo un mensaje sin palabras.
—Hay más, ¿verdad? —dijo Isabella.
—En cierto modo, supongo que Eleazar es mi regalo de bodas —explicó Esme—. Y puede que James también.
—No estoy de acuerdo contigo respecto a James, Madre —intervino Tony —Creo que es un majadero charlatán y sin seso, que soltaría el contenido de su vacía cabeza por todas las tabernas y prostíbulos de Roma y sus alrededores. Tarde o temprano, sus desvaríos de borracho llegarían a los oídos equivocados. Hazte cargo también de él. Isabella tenía razón, los dos necesitan un baño. Haz que se lo den... en el Tíber.
—¡Dios del cielo! —exclamó Isabella.
—Enfréntate a los hechos, muchacha, ninguno de ellos puede serte de utilidad, y están en posición de perjudicarte gravemente.
—¿Que me enfrente a los hechos? ¡Por Dios, Tony! ¿Sabes lo que me dijo Eleazar una vez? Quería hacer que le ayudase a matar a mi propio esposo. Le he dicho que no pasaría un solo día bajo su supervisión. Bien, pues tampoco acepto la tuya, ni la de tu madre. No —sollozó—. No quiero participar en un acto tan vil. ¿Visteis cómo miraban el oro? Pueden ser comprados, estoy segura.
Tony elevó las manos al cielo y se alejó. Esme suspiró profundamente.
—Tienes un sentido moral muy agudo. Yo también estoy segura de que podrían ser comprados... durante un tiempo. ¿Pero qué pasaría cuando se te acabase el oro? —preguntó en tono amable.
Isabella siguió llorando en silencio.
—No puedo soportar la idea —susurró— dejadles vivir. Antes odiaba a Eleazar, pero el pobre James... nunca le he odiado.
Esme abrazó a Isabella y apoyó la cabeza sobre el hombro de la joven, dándole suaves palmaditas.
—Dejadles vivir —repitió Isabella.
Esme observó su rostro manchado por las lágrimas.
—Oh, no... —dijo tristemente.
—Dejadles vivir.
—Madre —intervino Tony—, necesita ser libre. Debe tomar su propia decisión. No podemos hacerlo por ella.
Esme miró a su hijo y suspiró profundamente.
—Hijo mío, el mejor de los hijos, puede que estés en lo cierto. Muy bien, Isabella, no haría esto por nadie más, seguramente ni siquiera por Tony, pero les dejaré vivir por ti, querida hija de amor. Pero hay algo que debes saber —dijo alzando un dedo. Isabella se secó las lágrimas y miró a Esme. —Supongo que antiguamente, en el maravilloso reino que crearon los romanos, un hombre o una mujer podía cavar un nicho para él y vivir una vida independiente. Pero ya no es así. En este mundo roto y caótico sólo hay gobernantes y gobernados. Debes decidir por ti misma lo que quieres ser.
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Unas pocas horas después, Isabella se encontró sola en una litera tirada por muías, de camino a su fiesta de compromiso. Había recibido consejos de Tony y Esme antes de salir, montones de ellos. Mientras se vestía, tuvo una rápida conversación con Esme sobre agujerearse las orejas.
—No se quedan agujereadas —dijo.
—¿Qué quieres decir?
—Los agujeros desaparecen.
Esme se sentó sobre la cama, con aspecto sorprendido.
—¿Me estás diciendo que los agujeros se cierran?
—Sí. ¿Qué ocurre?
—Estaba pensando en tu himen, querida... Las cosas pueden ser muy molestas para ti si tu himen se... renueva constantemente.
—No me preocupa. Mi madre me dijo que ella no sintió ningún dolor. Supongo que yo tampoco lo sentiré.
Esme suspiró.
—En cierto modo, es una lástima... una verdadera lástima —dijo, dándose la vuelta para rebuscar en su mesa.
—¿Qué es una lástima? —preguntó Isabella, mientras cogía un vestido de seda bordado con cristal y perlas cultivadas en el cuello, las mangas y el dobladillo.
—Cuidado con eso, se puede romper.
—¿Qué es una lástima?
—Una mujer capaz de renovar perpetuamente su virginidad volvería locos a los hombres. Tendrías un inmenso éxito como cortesana.
Tony estaba en la habitación contigua, separado sólo por una cortina.
—¡Madre! —dijo en tono de reproche.
—Ya sé, ya sé. "No des ideas a la muchacha". En todo caso, tengo aquí un poco de ungüento. Si te lo aplicas justo antes del acto, reducirá la incomodidad. Toma —dijo, alargando un frasquito de cristal a Isabella—, llévatelo.
Isabella retrocedió y se dejó caer pesadamente sobre la cama de Esme.
—¿Esta noche? —boqueó—. ¿Va a ser esta noche?
—Querida —dijo Esme—, nunca estarás más casada que ahora. Sí, esta noche.
La cabeza de Isabella daba vueltas.
—Considerando cómo te saludó —prosiguió Esme—, debe de estar ansioso.
Isabella recordó a Edward, el suave y casto beso que le dio en la frente. La loba, en lo más profundo de su cerebro, despertó y la miró con expresión astuta.
Podía ser divertido.
Isabella se levantó de un salto, las palmas de sus manos contra las ardientes mejillas.
—Estábamos deseando probarlo —dijo.
—Los dos, ¿eh? —Esme le lanzó una mirada de desaprobación, dando golpecitos con el pie.
Al otro lado de la cortina, Tony aullaba de risa.
—¡Calla! —gritó su madre en dirección a la cortina—. Isabella, escúchame: se supone que las novias vírgenes no deben estar deseándolo. Has de mostrarte apocada, tímida, un poco asustada.
A partir de entonces, una cascada de consejos cayó sobre los oídos de Isabella.
—Déjale llevar la iniciativa. Cuando lo haga, finge que te duele.
—Pero supón que no me duele.
—Fíngelo de todas formas —dijo Esme—. Es lo que esperan.
—Madre, deja de asustarla. Estoy seguro de que lo hará muy bien. Pero no tengas demasiado miedo, Isabella, pase lo que pase, recuerda que no puedes ser herida permanentemente.
A partir de ese momento, el consejo degeneró en un intercambio de gritos entre Tony y Esme. Isabella se vistió rápidamente y huyó. Esme había planeado viajar en la litera con ella, pero Tony se opuso, diciendo:
—Quieta, Madre. No te necesita poniéndola todavía más nerviosa de lo que ya está. Le hace falta un poco de soledad para recobrarse.
Así que viajó sola. La loba olió la brisa de la noche, y Isabella se preguntó si sería permisible abrir las cortinas de la litera. No había nadie a quien preguntárselo, así que lo hizo.
El aire era frío. Estaban pasando junto al Coliseo, un muro de oscuras ruinas a su derecha. Había pocas casas y tiendas allí, y las calles estaban casi desiertas. En algún lugar a lo lejos, un perro aulló.
¿De verdad había sido un perro?
No podía estar segura, ni siquiera con sus sentidos superiores, La loba alzó la cabeza, y husmeó el aire.
Juegos de poder.
Tony y Esme le estaban enseñando a jugarlos. La mayor parte de sus consejos se habían centrado no en lo que ella debía esperar o hacer, sino en cómo complacer a Edward. Isabella consultó a la loba.
Su hermana de la medianoche no tenía miedo de aquel hombre; Sabía, de la misma forma en que había sabido que Esme era una amiga, que Edward nunca abusaría de ella ni le haría daño.
¿Pero le quería? Ella pensó en el lobo gris. ¿Quién sería, qué sería mientras caminase sobre dos piernas? Ella no tenía idea, No sería un hombre joven, supuso, ya habría dejado atrás su primera juventud. Pero tampoco sería viejo. Había sido el indiscutido líder de la manada.
Isabella no podía imaginar a ninguna criatura lo bastante arrojada como para desafiarle. Pero quizá fuese un hombre corriente, un tabernero, un sacerdote o un pequeño comerciante. Se preguntó cómo sería ser la esposa de un plebeyo. Vivir en un pequeño apartamento sobre su tienda, cuidando de un montón de niños. Cocinar y limpiar todos los días. Lavar la ropa en una fuente del patio y tenderla en una cuerda sobre la calle. Una vida de sencilla rutina cotidiana, resolviendo pequeñas crisis: bebés echando los dientes, niños enfermos, tener la comida a tiempo, atender el negocio y llevar las cuentas de la casa. Y también una vida alegre, compartida con un hombre al que podría confiar su ser más íntimo. Un hombre de quien nunca tendría miedo.
La loba esperaba en la oscuridad, las orejas arriba, alerta. Preparada para su servicio. Para cambiar y escurrirse bajo las ruedas de la litera. Huir. Encontrar al gran gris y someterse a él. Podrían huir juntos por todo el mundo. A Bizancio, o a donde nadie pudiese encontrarles. Pero estaba paralizada por la fría certeza de la mujer de que el hombre que era el lobo gris de día podría no ser alguien a quien la mujer Isabella fuese a amar nunca. Ella podía especular, podía hacer suposiciones, podía tener esperanzas, pero no lo sabía.
Encadenarse a alguien sin conocerle sería una completa locura.
Oyó el súbito ruido de los cascos de un caballo acercándose a su litera, y un instante después distinguió al jinete. Era el capitán de la escolta que la llevaba a la villa de Edward. Tenía la barba entrecana, y el pelo sal y pimienta le caía sobre el hombro.
—Mi señora... —dijo el soldado en tono severo.
La loba le devolvió la mirada a través de los ojos de Isabella.
Tan rápida, pensó ella alarmada. No la había llamado.
Pero quizá estuviese enfadada por no poder gozar de su libertad. La voluntad de Isabella la refrenó con firmeza. El hombre del caballo parecía un poco aprensivo, como si su instinto le advirtiese de alguna presencia más.
—Mi señora —repitió en tono más suave—. Corre las cortinas, por favor. Con todos los respetos... si alguien te viese... bien, no querrás que tengamos que derramar sangre para protegerte. Un raro premio como tú podría tentar incluso al más cobarde de los ladrones.
Isabella se obligó a sonreír.
—Lo siento —dijo—. No lo había pensado.
Corrió las cortinas y se recostó sobre los cojines. La litera era oscura y agobiante. El aroma de su propio cuerpo mezclado con el olor polvoriento de los gruesos cojines de seda le provocaba un ligero asco. Así supo que la loba seguía con ella.
Ambas se encontraron cara a cara en su mente. Los labios se retrajeron sobre los dientes de la loba. Isabella sintió que nunca se había enfrentado del todo al poder de la bestia. Había actuado por instinto al matar al caballo de Amun, había puesto a la loba en movimiento y dejado que la guiasen sus reflejos animales. Pero ahora, las dos estaban a solas. Se dio cuenta de que la bestia se rebelaba contra el juego de mentiras y engaños que había emprendido. La loba estaba haciendo su movimiento en busca de la libertad.
—No —dijo Isabella suavemente—. Tú tienes tu sabiduría, pero yo, la mujer, tengo la mía. Darte rienda suelta nos mataría a las dos. ¡Basta! No me importunes en el banquete ni más tarde, en la cama de matrimonio. Quédate quieta esta noche, incluso cuando la luna esté alta en el cielo. Y aguarda mientras yo hago lo que debo para liberarnos.
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Uh, uh, uh… bueno uno más jajaja solo nos quedan dos capítulos de la historia, ¿qué les parece?
Por favor, no olviden dejar un comentario, saben que es la única paga que tenemos, además de que me alegran la vida.
¡Nos leemos pronto!
