Capítulo Sexto: Intrigas de Galgados

Misión 2

Pedro y el Lobo

[Brigit, Cedric, Kaín y Paco]

El sonido de los cascos del caballo, chocando al galope contra los caminos rocosos del Valle de los Vientos, hacía en las montañas en el silencio de la noche. Karlson cabalgaba con gesto preocupado y mirada decidida, dirigiéndose con más prisa que calma a la localización que su hermano le había indicado un par de noches atrás. Para ahorra tiempo, había decidido dejar a su montura en las montañas y descender hacia la aldea en Cabalgavientos.

Sin embargo, cambió de opinión en cuanto vio, desde la distancia, la luz proveniente del aún lejano asentamiento.

La luz de las llamas.

Apurando al máximo a su caballo, y luego a sus propios pies, acabó llegando a la aldea. El fuego lo engullía todo. Viviendas, ganado, personas… Todo carbonizado, ennegrecido y chamuscado.

Entonces, escuchó un sonido. Fue ligero y súbito, como un paso entre los matorrales. Alerta, se llevó las manos a los bolsillos, extrayendo sus guanteletes reforzados, poniéndoselos y cerrando sus puños.

—¡Sé que estás ahí! Sal de tu escondite, sabandija —bramó.

De entre los arbustos, como una sombra, salió un hombre, que se abalanzó sobre el príncipe galense con su arma en mano. Karlson hizo chocar sus nudillos para bloquear el tajo entre ellos, y con un empujón, alejó a su agresor, permitiéndose usar la apertura para propinarle un puñetazo en la boca del estómago. El misterioso atacante dio dos pasos hacia atrás, permitiendo al joven heredero analizar adecuadamente su apariencia.

Era un hombre de pelo castaño claro y picudo, vestido con un uniforme de color azul oscuro y plateado, y armado con una espada corta de color negro.

Un acechador de la Alianza Azur.

Karlson chasqueó la lengua. ¿Qué hacían allí?

Aprovechando esos segundos de duda, el agente de Azur se agachó y, envainando su arma y llevándose las manos a la espalda, sacó una yesca y un pedernal y, prendiéndolos, los dejó caer frente a él, en la hierba fresca. El fuego no tardó en propagarse, produciendo una pantalla de humo entre ambos oponentes. Karlson, sorprendido, se lanzó de un salto a través del humo, presintiendo el plan de su contrincante. Lamentablemente, había acertado. Cuando atravesó la humareda, el soldado ya no estaba ahí. Karlson suspiró audiblemente y, abandonando la idea de perseguir al incendiario, se dirigió presurosamente hacia la aldea para aplacar las llamas. Mientras tanto, una sola cuestión perforaba su mente.

¿Cómo sabía Frederic que esa aldea estaba en peligro días atrás, si el incendio acababa de suceder hacía pocas horas?