Cuadragésimo cuarto
La miraba y sentía que el universo se había detenido solo para mí. Que las constelaciones se alineaban en los pequeños lunares de su espalda, y los remolinos interestelares se confundían con su pelo.
Bah, no, lo confieso. Dormir con Quinn podría ser una auténtica delicia. Despertar junto a ella era como el mejor regalo que podría recibir, sin duda, pero aquella magia de la que hablan los poetas cuando ven a sus amadas durmiendo, esas luciérnagas que revolotean por la habitación cuando dos enamorados despiertan al unísono, no era precisamente lo que yo pude contemplar cuando amaneció. De hecho, los escasos minutos en los que pude estar a su lado antes de tener que abandonar la cama, se convirtieron en una lucha interna por evitar que mi risa terminase despertándola.
Existía una notable diferencia entre la Quinn que dormía plácidamente en su cama el día que murió su abuela, donde la ternura, la delicadeza y fragilidad que transmitía por culpa de la pena, lograba provocarte la necesidad de querer estar a su lado para siempre. A la Quinn que aquella mañana del 18 de enero dormía en mi cama. Una notable diferencia que echaba por tierra cualquier ideario de princesas y cuentos de hadas.
Boca abajo, con parte del pelo ocupando su rostro mientras la almohada lo desfiguraba hasta el punto de casi cortarle la respiración. La boca entre abierta y un leve ronquido casi imperceptible, escapándose de ella. El edredón hecho un remolino cubriendo solo el costado que quedaba en el centro de la cama, junto a mí. El resto de su cuerpo, el lado izquierdo, al descubierto mientras su pierna se acercaba peligrosamente al precipicio de la cama.
Un desastre absoluto. Una auténtica contradicción para alguien que cuando se sentaba, colocaba de forma ordenada su falda. Algo realmente extraño en una chica tan extremadamente meticulosa, que vertía un tercio de leche en su té y echaba un azucarillo y medio porque ese era el dulzor justo que aceptaba aquella bebida. Quinn era perfecta en todo lo que hacía menos cuando dormía. Aunque he de reconocer que incluso así resultaba completa e irremediablemente adorable.
No sabía si reír o abrazarla, y opté por no hacer ninguna de las dos, porque con ambas opciones, terminaría despertándola. Y no era eso lo que quería.
Apenas eran las 8:30 de la mañana cuando salí de la habitación tras haberme duchado y vestido, logrando que el escaso ruido que hice la despertase, aunque yo sabía que el cóctel de Santana era un extraordinario somnífero, y aprovechándome de su plácida estancia para observarla y recordarla. Para guardar aquella imagen de su cuerpo medio desnudo durmiendo entre mis sábanas, y prometerme que volvería a verlo en muchas más ocasiones.
Ni siquiera me entretuve en recoger lo que había en el salón, o mejor dicho en el caos que inundaba el salón. Hacerlo supondría llegar tarde a la cafetería, y probablemente despertar al resto. Y después de ver y sufrir el estado en el que se encontraban durante la noche, decidí que lo más lógico y sensato era que siguiesen durmiendo sin prisa alguna por despertar.
Y lo hice bien, o al menos eso creí.
Aquella mañana el sol seguía acompañándonos de una manera realmente extraña para la estación. Tras casi un mes de lluvias y nevadas continuadas, un pequeño adelanto de la primavera parecía haberse instalado en Nueva York, y la temperatura era perfecta para disfrutar mientras caminaba directa hacia la cafetería. Y aunque resulte extraño, las escasas cuatro horas que logré dormir no me pasaron factura en aquella mañana.
Estaba feliz después de mucho tiempo sin estarlo. Me sentía completa al saber que, aunque no todo estaba aclarado en mi vida personal, si parecía que la normalidad se asentaba y me permitía disfrutar de aquellos fascinantes sentimientos que Quinn me provocaba, aunque mi relación con ella aún estaba por ver hacia donde se dirigía.
Todo hacía indicar que seguía interesada en mí. A pesar del alcohol que la hizo descontrolarse, y los conceptos que mezclaba sin sentido alguno, aquel vamos a hacer el amor, aún seguía resonando en mi cabeza y me hacía sonreír. De hecho, apuesto a que los clientes que aquella mañana decidieron tomar desayunar en el Café Manhattan no recibieron una sonrisa igual a la mía en toda su vida.
¿Qué más podía a pedir?
Quinn dormida en mi cama. El sol me regalaba un día espléndido. Mi voz estaba perfecta y Rupert Campion me había enviado varios emails con el planning del musical. Mi uniforme se había convertido en la ropa que yo quería llevar. Las rosquillas de huevo las recibía Kristen, mientras yo me limitaba a firmar el albarán de entrega.
Mi disfraz de cumpleaños fue el más sexy de todos cuanto había tenido que llevar a lo largo de mi vida, y además de todo eso, ni siquiera tenía resaca. ¿Qué más podía pedir? Nada. Y es probable que, siendo consciente de todas aquellas buenas vibraciones, temiese porque algo lograra romper la calma de aquella mañana. Sin embargo, no. No sucedió absolutamente nada durante tres horas y medias. Y tres horas y medias en mi vida era mucho tiempo en calma. Demasiado si era consciente de que mi vida sin sorpresas, no era mi vida.
Estaba bien una tregua de tres horas en las que me limité a trabajar en la cafetería, pero ese paréntesis inevitablemente se rompía y la sorpresa aparecía con la presencia de ella, de Santana.
Ni siquiera la vi entrar, y probablemente fue porque lo hizo arrastrándose en vez de caminando.
—Café, solo, fuerte, café, mucho café —la escuché pedir a Rob, el sustituto de mi querido Jake en el turno de mañana, y no pude evitar reírme de su estado. Hasta que ella me vio, claro. Fue recibir su mirada asesina y mi sonrisa se esfumó—. Tú, ven —me ordenó como solía hacer cuando necesitaba gritarle a alguien. Sin embargo, yo no se lo iba a permitir.
Que siguiese bajo su mando no significaba absolutamente nada para mí. Mi confianza y todo lo sucedido entre nosotras, eran excusas más que suficientes para no darle la más mínima opción de hablarme si yo no lo deseaba. No me costaba nada marcharme de allí sin darle explicación alguna, y lo haría si fuera necesario.
—¿Qué diablos haces aquí?
—¿Trabajar? —le repliqué, y ella se limitó a observar su reloj mientras alzaba la ceja desafiante.
—¿Trabajar un domingo después de mi cumpleaños? ¿Trabajar un domingo de 10 de la mañana hasta las 6 de la tarde? ¿Eres idiota?
—¿Qué? ¿De qué hablas? —le recriminé— ¿Acaso no recuerdas que trabajo aquí? ¿Qué quieres que haga si tengo turno?
—No sé, tal vez, ¿cancelarlo, o llegar más tarde?
—¿Por qué iba a hacer eso? —balbuceé confusa.
—Porque eres la jodida encargada —espetó sorprendiéndome—. ¿Por qué piensas que te pedí que lo fueras?¿Para qué estuvieras aquí la primera cuando había que abrir?
—Se supone que eso es lo que hace una encargada. ¿No? —le repliqué— ¿Quién va a controlarlos?
—Rachel, te has acostado a las 5 de la madrugada. Tienes excusa perfecta para venir a trabajar a la hora que te apetezca, no a las 10 de la mañana.
—¿Y qué pasa si quiero venir a esa hora? ¿Ahora me vas a reprochar que haga bien mi trabajo? Oh dios, de verdad, el mundo se está volviendo loco o soy yo la única estúpida.
—El mundo ya estaba loco, y tú eres una estúpida —murmuró justo cuando recibía su café
—¿Sabes qué? Estaba muy bien antes de que llegaras y no tengo ganas de discutir. Así que te dejo con tu mal humor y…
—Tengo resaca —me interrumpió—. Me duele la cabeza y ahora mismo solo me apetece tomarme este café, y volver a dormir. Pero por tu culpa, porque tú te has empeñado en trabajar, he tenido que limpiar el apartamento con Blaine y Kurt, sabiendo lo que conlleva tener que soportar al gominas y su insoportable verborrea. Y, por si fuera poco, Brittany y Quinn se han visto en la obligación de ayudarnos, a pesar de que yo le he pedido que no lo hicieran. Se han quedado allí, recogiendo la basura y soportando también a Blaine, lo que supone un castigo demasiado duro para Brittany, que no se ha quejado en ningún momento e incluso le ha reído las gracias. Y para Quinn, que no ha abierto la boca en toda la mañana y me miraba con cara de asesina. ¿Te haces una idea de lo que significa eso para mí? Me he pasado toda la noche mostrándome amable con ella, siendo simpática y recordándole continuamente que no me importa que te coja de la mano, que te sonría o que se meta en tu cama. Tú tendrías que haber estado allí para que evitar ese tipo de situaciones.
—¿Estaba, estaba mal? —mascullé tras analizar el sermón.
—No lo sé, pero evidentemente no se sentía muy bien estando con nosotros. Llegó un momento en el que creí que me tenía miedo, y no es muy agradable para mí ver como alguien que me importa, me tiene miedo. ¿Entiendes?
—Pero… ¿Le has dicho algo? ¿No le habrás insinuado algo raro y por eso…?
—No, no le he dicho nada, ni siquiera me atrevía a preguntarle por su estúpido corte.
—Entonces. ¿Por qué te iba a tener miedo?
—¿Tal vez porque hace una semana le dije que ni se le ocurriera acercarse a ti? ¿Tal vez porque la última vez que estuvo en el apartamento, a punto estuve de romperle la cara?
—Pero anoche todo estaba bien. Ella, ella me preguntó si entre tú y yo todo se había calmado y le dije que sí. Además, luego se divirtió mucho contigo y con Britt.
—Se divirtió porque estaba borracha, y estaba tranquila porque tú estabas allí —replicó —. Cuando salió de la habitación y nos vio, su cara cambió radicalmente. Y desde entonces todo han sido miradas de desconfianza. No puedes dejarla sola después de pasar la noche contigo, tienes muy poco tacto.
—Estaba dormida. No me apetecía despertarla a las 8 para decirle que me marchaba. Además, supuse que como buena anfitriona tú las traerías hasta aquí para invitarlas a desayunar.
—¿Qué? —me escrudiñó con la mirada— ¿Qué es eso de que no te apetecía despertarla?
—Estaba dormida —volví a repetir, y en ese instante Santana alzó las cejas y me miró como si fuese el peor monstruo de cuántos podían existir— ¿Qué? ¿Por qué me miras así?
—A ver, déjame que asimile bien lo que estás diciendo. ¿Has pasado la noche con ella y te has ido dejándola sola después de lo que nos ha sucedido, sin decirle nada?
—Ella, ella sabía que yo tenía que trabajar.
—¿Y? —me replicó— Rachel. ¿De verdad no te has dignado a decirle adiós, o un, quédate aquí un poco más y descansa?
—Pues, pues no, no lo he visto necesario. Supuse que tú vendrías y ellas lo harían contigo. ¿Qué sentido tiene decírselo a las 8 de la mañana si puedo decírselo a las 12, cuando ya esté despierta y sobria?
—Ah, bueno. Ok —balbuceó—. Es lo más normal en tu mundo, claro.
—¿Estás insinuando algo?
—Rachel. ¿De verdad no te das cuenta? ¿Crees que es normal que te despidas de ella por teléfono después de todo lo sucedido? Yo en su lugar, pensaría que no quieres verme...Que no te ha gustado la idea de dormir a mi lado y tratas de evitarme. Pero oye, eso solo lo piensan las paranoicas como yo, tal vez las inglesas sean más…
—¿Qué…qué dices de teléfono? —la interrumpí sintiendo como algo dentro de mí empezaba a provocarme nauseas—. Ahora, en cuanto tenga mi hora para comer iré a verla y me despediré de ella.
—¿Ahora? —murmuró tomando otro sorbo del café— Rachel, Quinn ha dicho en el apartamento que se iba a Connecticut antes del mediodía.
—¿Qué? No, Quinn se va hoy a Connecticut, pero no ha dicho que se marche antes del… —tuve que detener mi respuesta al recordar que no tenía ni idea de la hora en la que supuestamente se iba a marchar—. Estás bromeando. ¿Verdad?
—Pues no, no bromeo, a menos que nos haya mentido a Kurt y a mí —replicó—. Llámala, a lo mejor aún no ha salido. ¿No te dijo nada?
—Oh, mierda —me lamenté
—Tranquila, vamos llámala, igual aún puedes.
—¡Mierda! —grité tanto que mis compañeros lo escucharon y me miraron incrédulos, y más aún Santana.
—¿Qué te pasa? No grites, te recuerdo que estás en un lugar público y hay gente, y me duele la cabeza mucho.
¿Cómo no iba a gritar? Habría destrozado el restaurante en aquel mismo instante si tuviese fuerza para ello. Y no solo por lo que me estaba diciendo acerca del estado de Quinn y el mal humor que parecía inundarla aquella mañana, sino porque fui consciente en ese momento de que seguía sin tener en mi poder algo que debía ser primordial si quería volver a verla.
—¡No tengo su teléfono!
—¿Qué? ¿Como que no tienes su teléfono?
—¿Dime que lo tienes? Vamos San, dámelo, tú tienes que tenerlo… —le ordené desesperada, pero su gesto confuso me daba la peor de las respuestas.
—Pues no, no lo tengo. Pensaba pedírselo, pero tal y como estaban las cosas preferí mantenerme al margen. Ya sabes, por eso de haberle dado una bofetada y que ella aún desconfíe de mí.
—Mierda, mierda, no, otra vez no —me dejé caer sobre la barra—. Otra vez no, ni siquiera sé cuándo va a volver, y lo va a hacer pensando que estoy arrepentida de haberle dejado que durmiese, o que estoy molesta o que…
—O… ¿Por qué no dejas de lamentarte y vas a su apartamento? Son las 12, a lo mejor aún está allí, y si no está, Emma o Brittany podrán darte su número. Aprovecha que tienes poder y no tienes que pedir permiso para salir —bromeó dejando un pequeño toquecito sobre mi recién estrenada placa de encargada—. Aunque ya lo has hecho sin ser la encargada, y nadie te ha dicho nada, así que.
¿Un caramelo con un palillo? ¿La libreta para zurdos? ¿El café para llevar? Nada, todas aquellas ideas eran estúpidas comparadas con la genial idea de Santana, que, aunque era lo más lógico y sensato de hacer en una situación así, a mí no se me habría ocurrido en aquel momento de colapso mental.
Colapso que ya había empezado a echar de menos en mi vida, y que llegó para hacerme reaccionar como nunca antes lo había hecho, ni pensado, ni imaginado, ni siquiera soñado. Aún me pregunto cómo fui capaz. No dejé que continuase con su retahíla post resaca porque me lancé hacia ella y le planté un beso que la dejó helada. A ella, a mí, a Rob y al señor que ocupaba la mesa 15 como cada mañana de domingo, mientras leía el New York Times. Y llamó la atención porque el beso no se lo di en la mejilla, sino que lo hice directamente sobre sus labios.
—¿Qué…qué mierda haces? —balbuceó con los ojos como platos, tratando de asimilar lo que había sucedido. Sin embargo, yo no tuve respuesta alguna, y simplemente negué. Negué tantas veces como pude antes de asegurarme que mi móvil estaba en los bolsillos de mis perfectos shorts, y salí corriendo, o más bien huyendo, de cualquier tipo de reacción más agresiva a mi inesperado beso.
Y lo cierto es que habría sido lo más lógico por su parte retenerme y cuestionarme por aquello. Era algo que no pude evitar pensar cuando ya me disponía a recorrer la manzana y media que me separaba del apartamento de Quinn. No sabía por qué la había besado, así que me limité a asociarlo al subidón de adrenalina que sentí tras ser consciente de que tenía que correr en busca de mi princesa. Y lo cierto es que fue muy divertido recordar la cara de sorpresa que puso Santana aquello. Y me reí como nunca antes lo había hecho, haciendo de mi carrera un suplicio más llevadero, sin duda.
Fue tan extraño ese trayecto que ni siquiera me percaté de cómo la gente me miraba de forma extraña, y se apartaba a mi paso. Volvía a ser la paranoica de la que siempre había renegado. Una de esas locas que ríen sin motivo aparente, y que probablemente Quinn habría encontrado en sus primeros días de estancia en Nueva York, y que la llevó a asumir que realmente toda la población era así.
Sin embargo, si lo mirabas desde mi punto de vista no era una locura sino una escena típica de un guion de película. De una de esas comedias, o más bien dramáticas comedias románticas, en las que el chico corre desesperado en busca de su amada, y logra encontrarla antes de que ésta embarque hacia un lugar lejano. Qué curioso era el destino. Cuán parecido estaba siendo el guion de mi película favorita desde que conocí a Quinn, con mi vida real.
Yo era Rachel, y corría en busca de Luce que estaba a punto de marcharse. Tal vez no era Londres, ni un tipo en bicicleta tarareaba Happy Together en un atasco, pero estábamos en Nueva York, y era el escenario perfecto. Y su floristería el marco ideal para que todo acabase con un final feliz, como en el de los cuentos de princesas, como en aquella película.
Qué ilusa, pensé casi sin respiración cuando descubrí a Emma y a Brittany tras los ventanales de la floristería. No sé por qué, pero supe que ya era tarde, y que Quinn no iba a estar esperándome a que llegase a última hora como en las películas.
Me adentré sin pensarlo. Al menos tendría la opción de tener su teléfono y lograr que me perdonase a base de llamadas, mensajes, sonrisas dibujadas, daba igual. Estaba dispuesta a cantarle todo el libreto del Mago de Oz en su buzón de voz si con ello lograba que me disculpase. Porque después de la conversación con Santana, yo estaba más que convencida de que Quinn se había enfadado con mi actitud. Y esta vez no estaba dispuesta a nueva confusión.
—¡Chicas!¡Hola! —saludé llamando la atención de ambas, y casi sin voz. La carrera volvía a pasarme factura y mi respiración apenas me dejaba expulsar sonidos.
—Hey. ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?
—¡Hola Rachel! ¿Vienes a por una flor? —Brittany y su sonrisa. Juro que llegué a cuestionarme qué diablos tenía aquella chica en lugar de sangre, para estar tan eufórica después de la noche pasada.
—No, no vengo a por una flor.
—Mierda, pues deberías llevarte una. Las flores siempre…
—¿Qué te pasa? —cuestionó Emma desviando mi atención de Britt— ¿Por qué respiras así?
—¿Está Quinn? Dime que no se ha ido, por favor.
—Eh, pues me temo que sí se ha ido. De hecho, ahora tiene que estar en la estación y, Ok, no —recapacitó tras observar el reloj que colgaba de la pared frontal, entre dos ventanales—, ya debe de estar de camino a Connecticut. Su tren salía hace media hora.
—Oh, mierda.
—¿Qué ocurre? No me digas que habéis vuelto a discutir, porque si es…
—No, no, no hemos discutido. Eh… ¿Puedes, puedes darme su número?
—¿Su número? ¿De teléfono? ¿No lo tienes?
—No, no lo tengo ¿Puedes dármelo, por favor? —supliqué, y supuse que mi cara de desconsuelo fue lo suficientemente dramática como para hacerla reaccionar in so facto.
Ambas se miraron asustadas, y Emma no tardó en abrir uno de los cajones del mostrador, y deslizarme una pequeña tarjeta sobre el mismo que yo recogí en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Tarjeta? —musité contemplándola.
—Es, es Quinn —balbuceó Brittany como si con aquella sentencia me dejase claro que era algo lógico que Quinn tuviese una tarjeta de visita. Y efectivamente, tenía razón.
En aquel pequeño rectángulo de papel verdoso con el logotipo de la Pequeña Gardenia, aparecía el nombre de Quinn y un número de teléfono que yo evidentemente desconocía. Ese número que fue el culpable de estar un mes sin saber nada de ella, y que me hizo respirar nada más verlo. Nadie que no fuese Quinn podría tener aquellas elegantes tarjetas con su nombre en cursiva, y ese tipo de caligrafía clásica, de los grandes autores novelísticos ingleses del siglo de oro, que tan bien la describían a ella.
—Gracias —susurré sin más. Emma no me volvió a hablar, solo Brittany dejó escapar un nuevo intento por venderme alguna flor, pero casi ni la escuché. De hecho, ni siquiera dejé de mirar la tarjeta cuando abandoné la floristería, y me alejé de allí dispuesta a buscar un lugar tranquilo en el que hacer la llamada. Sí, fui una completa maleducada al dejarlas así, sin más, pero en aquel instante no pensaba en nada que no fuese Quinn y en hablar con ella lo antes posible.
¿Y qué mejor sitio que el pequeño parque donde ella solía llevar a Bleu?
Admito que las manos me temblaban mientras sostenía el teléfono, y me preparaba para llamar, no obstante, hacía apenas 15 minutos que estaba tranquilamente en la cafetería, siendo una completa ignorante por mi actitud inconsciente en aquella mañana. Pero quería hacerlo en calma, sin que la respiración me obligase a detener mi discurso, y por eso debía estar en el lugar perfecto. Un discurso que ni siquiera tenía preparado pero que no me importaba improvisar.
Yo sabía que todo lo que quería decirle a Quinn, lo tenía guardado en mi corazón, así que poco o nada tenía que pensar. Y había llegado el momento de hacerlo. De dar ese paso y ser yo por una vez en mi vida quien tomase las riendas, y decidiese qué es lo que quería, cómo lo quería y lo que estaba dispuesta a hacer por tenerlo.
Fueron diez interminables minutos los que tardé en llegar hasta el mismo banco en el que día antes me encontré con ella. Y fueron 4 los interminables tonos que escuché cuando me saltó el buzón de voz de su teléfono. El dichoso buzón de voz.
Es cierto que tuve ganas de llorar al escuchar la grabación, pero estaba tan decidida que sin pensarlo comencé a hablar.
—Hola Quinn, supongo, supongo que ya estarás en el tren, y que es probable que tengas el teléfono desconectado. Soy Rachel, por si no reconoces mi voz. Te llamo porque, porque acabo de caer en lo estúpida que he sido…
—¿Rachel?
Era su voz quien interrumpió mi confesión, y yo me quedé en silencio. Supuestamente era su buzón de voz el que me invitaba a hablar, no ella.
—¿Rachel eres tú? —repitió y por fin reaccioné.
—¿Quinn? ¿Eres tú?
—Eh, sí —respondió tras dejar escapar una débil risilla—. Me estabas llamando a mí. ¿No?
—Sí, sí, pero me ha saltado el buzón de voz y pensé que…
—Oh, lo siento, estaba quedándome dormida y tenía el móvil en silencio en el bolso. Lo he mirado para comprobar la hora y he descubierto que salía tu número en la pantalla.
—Ah, eh… ¿Estabas, estabas dormida? Vaya, lo siento, siento molestarte yo pensé que estabas en el tren.
—Lo estoy —susurró—. Llevo ya media hora en él. ¿Ocurre algo?
—Oh, ok, estás de camino a Connecticut —me dije a mi misma, pero ella respondió como si se lo hubiese preguntado.
—Claro, te dije que hoy salía hacia Yale y…
—¿Por qué no estás en un atasco? —la interrumpí rememorando aquella maravillosa escena de la película.
—¿Qué? ¿Un atasco? No entiendo, voy en tren, Rachel.
—Quinn, se supone que debías estar en un taxi, atascada en cualquier avenida de Nueva York mientras yo trato de localizarte, hasta que un chico pasa canturreando Happy Together y entonces…
—¿Rachel? —me interrumpió con algo de incredulidad en su tono— ¿Qué dices?
—Lo siento, estoy loca Quinn, pero tú me dijiste que esa película que tanto te gustó tenía mucho de nuestra realidad, y no quiero creer que nuestro final no sea igual. Estaba dispuesta a subirme al techo de un coche y gritar tu nombre, te lo aseguro.
—Ok, empiezo a creer que voy en el Expreso de Hogwarts. Todo esto es muy raro, Rachel. ¿Qué te ocurre?
—Es, es lo más raro que he hecho nunca —confirmé—, pero es lo que necesito hacer, Quinn. Lo siento.
—¿Lo sientes por qué? ¿Qué tienes que sentir?
—Haberte dejado sola en el apartamento, haber dejado que despiertes y no estar ahí. No despedirme de ti.
—Tenías que trabajar. ¿No es cierto?
—Sí, pero no tenía ni idea de que te marchabas a esta hora. Pensaba despedirme de ti a la hora de comer y… Oh dios, Quinn. Lo siento muchísimo, no quise despertarte. Estabas tan dormida que creí que lo mejor era que descansaras, y sin embargo lo he fastidiado.
—¿Lo has fastidiado? —me interrumpió—¿Por qué?
—¿Por qué? ¿No, no estás enfadada?
—¿Enfadada por qué?
—Por haber amanecido sola. Por tener haberte dejado a solas con Santana y Kurt, no sé…
—Tenía a Brittany para defenderme —bromeó y yo me confundí aún más—. Rachel, no pasa nada, está todo bien.
—Pero… ¿No has pensado que estaba esquivándote? —pregunté recordando las palabras de Santana
—¿Por qué iba a pensar eso? Me dijiste que tenías que trabajar y simplemente pensé en eso.
—Oh dios, estúpida Santana —me quejé y con razón. ¿Por qué seguía dejándome llevar por los demás?
—¿Qué ocurre con Santana?
—Nada, nada. Es solo que me ha reprochado que no me haya despedido de ti, y me ha empezado a decir cosas, como que estabas muy seria y que, tenía la sensación de que no estabas bien. Y yo ya, yo ya pensé que había vuelto a fastidiarlo todo.
—No has fastidiado nada, Rachel —me tranquilizó con dulzura—. Estaba seria porque tenía resaca, en realidad sigo teniendo, y también admito que tener que soportar a Blaine no es muy divertido. Lo siento, me parece buen chico, pero es bastante…
—Pesado.
—Exacto, muy pesado y más aún si has dormido cinco horas y aún recuerdas el amargo sabor del cóctel López — alargó la broma—. No te preocupes. ¿Ok? Todo está bien, además, soy yo la que tiene que pedirte disculpas. Es probable que hubiese muerto de vergüenza si despierto y estás a mi lado.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso? No tienes nada por lo que pedir disculpas.
—Sí, sí que tengo. Rachel siento mi espectáculo de anoche —respondió un tanto dudosa—. El cóctel de Santana tiene un gran fallo.
—¿Un fallo?
—Sí. Te emborracha, pero por la mañana recuerdas absolutamente todo lo que has hecho, y créeme, hay cosas que no me gustaría recordar.
—Oh, bueno, puedes estar tranquila. No hiciste nada de lo que tengas que…
—Rachel —me interrumpió—. No soy así, no voy por ahí pidiéndole a las chicas que, bueno, ya sabes lo que dije anoche cuando íbamos a…a dormir —susurró de forma tan imperceptible que casi me costó entenderla—. Lo siento —añadió—. Acaba de llegar mi compañera de asiento y me está mirando raro, no puedo hablar muy alto
—¿Es guapa? —cuestioné imaginándome la situación y rápidamente recibí la negativa de la manera más divertida que podía esperar.
—¡No! —susurró—. Es una anciana, por eso me mira raro —siguió hablándome con un hilo de voz—. De hecho, sigue mirándome al ver que te susurro.
—Ok, ok, supongo que es mejor que deje que tengas el viaje tranquila, así esa mujer no pensará que eres una pervertida —bromeé.
—Bueno, supongo que puedo pedirte disculpas sin mencionar el hecho que me lleva a ello. ¿No?
—No, no quiero tus disculpas. No las acepto. Soy yo la que te ha llamado para decirte lo siento, así que...tienes que aceptar que ahora es mi momento.
—Ok, ok, entonces yo te llamaré para disculparme por…
—Llámame cuando quieras —la interrumpí, y de repente uno de esos silencios que te dejan completamente bloqueada se instaló entre nosotras. Uno de esos silencios que no sabes cómo romper ni tampoco si debes continuar.
Me limité a dejar escapar un suspiro mientras lanzaba una mirada a mí alrededor y era consciente de cómo necesitaba ese momento, ese impulso para dar el paso que tanto deseaba. Y supuse que Quinn lo intuyó, a pesar de estar viajando hacia Hogwarts.
—¿Solo me has llamado porque Santana ha generado todas esas dudas en ti? —susurró y yo sonreí presa de los nervios.
—No, bueno sí, pero, quiero decir, en un principio solo te llamaba para eso, pero ahora que te tengo aquí, que por fin consigo hablar contigo y no con el buzón de voz, tengo que aprovechar para decirte algo más.
—Ok, pues dime. Te estoy escuchando.
—¿Qué… qué estás viendo ahora mismo?
—¿Qué estoy viendo ahora mismo? —repitió confusa.
—Sí, mira por la ventana y dime que estás viendo.
—Pues acabamos de entrar en New Rochelle, al menos eso indica la pantalla de direcciones y, por mi ventana estoy viendo algo parecido a un bosque, pero tiene bastantes explanadas. Me recuerda mucho a una campiña que hay cerca de Brighton y que se llama Great Wood ¿Por?
—¿Sabes si ese tren realmente puede viajar en el tiempo?
—¿Qué?
—Antes, antes me has dicho que creías que estabas en el Expreso de Hogwarts, tal vez ese tren te pueda permitir viajar en el tiempo.
—Pues, no lo sé, creí que el Expreso solo te trasladaba a Hogwarts —susurró siguiéndome la corriente, algo que agradecí muchísimo—. ¿Por qué quieres que viaje en el tiempo?
—Porque, porque me encantaría que regresaras a aquel jueves cuando te conocí.
—¿Para qué? ¿Quieres volver a vivir todo? O es que te arrepientes de…
—No —interrumpí—. No me arrepiento de nada, pero daría lo que fuera por volver a tener la oportunidad de conocerte de nuevo —tragué saliva—. Si, si pudiese hacerlo no te recriminaría que Bleu estuviese suelto.
—¿Y qué ibas a hacer? Creías que te iba a morder.
—Sonreírte, dejar de mirarte como una estúpida y preguntarte tu nombre, confesarte que jamás en vida había visto una sonrisa como la tuya y que tus ojos me tenían completamente hechizada. Te, te tomaría de las manos y te diría lo terriblemente bonitas que son. ¿Sabes que me enamoré de tus manos aquel día? Sí, apuesto a que ahora pensarás que estoy loca —dije tras notar su silencio—, pero sí, me enamoré de tus manos, y de tu voz, y de cómo me mirabas, lo que pasa es que no me di cuenta. Estaba tan asustada, tan ciega que no me di cuenta Quinn. Pero aquel día me enamoré de ti. Y es, es una pena que me haya dado cuenta tan tarde —Tuve que detenerme tras sentir como el nudo se anclaba a mi garganta y casi no me dejaba hablar.
—Rachel…
—No, no, déjame hablar, porque si me interrumpes me pierdo y seguro que algo pasa y no puedo, no puedo terminar de decirte lo que quiero decirte,
—Ok, pero te aviso que la pantalla de direcciones avisa de que en unos metros vamos a pasar por varios túneles, puede que se corte la llamada, así que, si no hablo, solo espera a que vuelva a llamarte y no entres en pánico. ¿Ok?
—Quinn.
—Dime.
Aire. Llené mis pulmones con aire y cerré los ojos, dejando que la calma de aquel parque y el sol me invitasen a hablar, a susurrarle, a gritarle, a confesarle lo que tanto deseaba. Tal vez no lo había soñado hacer a través del teléfono, pero la vida me había enseñado que nunca es tarde para hacerlo, y que dejar para mañana lo que puedes hacer hoy es inadmisible en el amor. Jamás, nunca más me iba a volver a guardar mis sentimientos, ni con ella ni con nadie. Y eso hice. Era la primera vez que aquellas dos palabras iban a salir de mi corazón.
—¿Rachel? —la escuché cuestionarme algo desesperada porque hablase—. Estoy viendo el túnel, ya, estamos a punto de…
—Te amo.
