Los personajes de Twilight no me pertenecen y la historia es de blueberrytree, solo me adjudico la traducción.
Disfrútenlo.
Día 29
—¿Garrapata? —llamaba él, pero era terca y continuaba con los ojos cerrados.
Sabía que él sabía que estaba despierta, pero iba a continuar fingiendo. No quería dejar esa cama por nada. Aquí era mi lugar preferido del mundo entero.
—Vamos, Garrapata. Tenemos que desayunar y arreglar maletas para irnos a Nueva York —dijo, acostándose encima de mí y prácticamente aplastándome.
—No puedo respirar —respondí con el poco aliento que me quedaba.
—Levántate que el desayuno debe estar listo —comentó al levantarse y haló mi mano.
—Ay, que cansón —murmuré, sentándome en la cama e intentando desperezarme.
—¿Garrapata?
—¿Qué?
—Creo que una de las chicas me ama más que la otra —afirmó.
—¿De qué estás hablando?
—Tu pecho. Tienes uno por fuera de la camisa —habló apuntando, y cuando miré hacia abajo vi que estaba en lo correcto. La camiseta que usaba era tan larga que, de alguna manera mientras dormía y me movía en la cama, un seno quedó por fuera.
—Deja que me cambie de ropa, no voy a bajar así —avisé.
—No me quejaría.
—Cachorro, no sé ni cómo me avisaste que mi pecho estaba por fuera. Conociéndote, no me sorprendería si no me avisabas y pasaras el resto del día mirando mis tetas.
—Verdad —habló, ponderando lo que había dicho—. ¿Qué pasó? No necesitas mirarme de esa manera, no es mi culpa que sean tan bonitas.
Al bajar al primer piso, Zaza ya tenía puesta la mesa. Comimos rápido, pues hoy nuevamente teníamos que tomar un avión, solo que esta vez nuestro destino era Nueva York.
—¿Por qué tenemos que ir tan temprano? —indagué mientras arreglábamos una maleta con nuestra ropa junta.
—Quiero ver si logramos aprovechar para ir un poco por la ciudad.
—¿Pero no vas a hacer la presentación en el Times Square sino hasta la noche? Podríamos ir después de almuerzo —hablé con un puchero—. Estoy siendo sentimental y quiero quedarme el máximo tiempo que puedo en esta casa y en esta cama. —Y para enfatizar más aun lo que había dicho, me tiré encima del colchón, abrazando las almohadas.
—Para la bobería, Garrapata —dijo, pellizcándome el trasero.
—¡Ay! ¡Eso dolió! —exclamé, sobándome la parte que me había pellizcado.
—Para que pares con las payasadas. Vamos a estar juntos, no hace la diferencia si es aquí o en NY.
—Sí… creo que tienes razón.
—Siempre tengo razón, Garrapata —afirmó como si fuese la cosa más obvia del universo. Debe haber aprendido eso con Alice.
Nuestra rutina fue parecida al día anterior, excepto que salimos en dirección a Nueva York a las diez de la mañana y el vuelo era mucho más largo que el de San Francisco.
—Ven aquí, Garrapata —llamó, pidiendo que me acercara más a él, lo que solo era posible si me sentaba en sus piernas.
—¿Qué pasó?
—¿Cuáles son las chances de que aceptes tener sexo en el baño? —cuestionó, cuchicheando en mi oído y rolé los ojos—. No estoy bromeando contigo, estoy hablando en serio.
—Claro que no voy a hacer algo del tipo, Edward —susurré de vuelta—. Félix y Sophie están aquí con nosotros.
—¿Y qué pasa? Quien va a entrar en el baño somos nosotros, no es como si también fueran a participar. No estoy muy a favor con esa cosa de sexo con varias personas.
—Deja quieto ese trasero en la silla —hablé—. No creo que sea una buena idea.
—Por favor, Garrapata —pidió con un puchero.
Esa porquería de puchero iba a meterme en algún problema.
Fui la primera en levantarme y caminar al baño. Ni un minuto después, Edward abrió la puerta.
—¡Tenías que disimular! ¡Ahora todo el mundo sabe que viniste para acá!
—No hay problema, no me importa —dijo, encogiéndose de hombros.
—Creí que esta porquería de avión sofisticado tendría más espacio —reclamé—. ¿Estás realmente seguro que quieres hacer esto?
—Aham —dijo y, como si quisiera explicar más aún sus pensamientos, me acorraló contra la puerta y me tomó en un beso.
—Edward… —intenté manifestarme, pero su boca se movía sobre la mía, dificultando mis palabras—. Edward…
—¿Qué pasó?
—¿Hay manera que nos alejemos de la puerta? Me está dando un poco de asco —pedí.
—Ok.
Nos alejamos de la puerta y quedamos en frente del sanitario. No sé de dónde alguien sacó la maldita idea de que follar en un baño minúsculo como ese podría ser excitante. No era una persona quisquillosa cuando estábamos en el tema de algo sexual, pero tengo que admitir que por más que Edward estuviera besando mi cuello lentamente y su lengua dejara mi piel sensible, no estaba muy animada para aventurarme aquí.
—Ay, no me enciende —hablé, apartándome de él.
—¿De verdad? —cuestionó, un poco desanimado.
—No sé, me estoy sintiendo un poco sofocada.
—¿Quieres salir? —preguntó, tan cabizbajo que decidí intentar una vez más.
Lo besé con ganas, imaginando que estábamos en casa y que ese era nuestro cuarto, aun sabiendo que el olor de lavanda del desinfectante no pertenecía a nuestro nido. Mi ánimo súbitamente fue tanto que, sin darme cuenta fui empujando a Edward en dirección al sanitario y, cuando lo notó, fue demasiado tarde.
Calló sentado en la letrina con tanta fuerza que solté un grito involuntario por la sorpresa. El gran problema era que la tapa estaba subida y buena parte de su trasero cayó dentro del sanitario.
—Mi pantalón está mojado —habló, con ojos cerrados e intentando mantener la calma. Quería reír mucho, pero estaba controlándome porque sabía que era una situación muy incómoda y asquerosa.
—Levántate rápido —hablé halándolo y, cuando se levantó con el pantalón escurriendo, no fui capaz de controlar mi risa.
—¡Para de reír! ¡No es gracioso, Garrapata!
—Disculpa —pedí, intentando recuperar el aire. Lágrimas caían por mi cara.
—Tráeme un pantalón de mi maleta, por favor.
—Ya voy.
Salí del baño, dividida entre intentar no reír y mantener una expresión disfrazada para que nadie pensara que estaba haciendo alguna travesura con Edward. Caminé hasta nuestra maleta y saqué de dentro un pantalón Jean de mi novio. Cuando miré a un lado, vi que Félix observaba todo, pero rápidamente giró el rostro. Chismoso.
—Toma, fue el primero que vi —hablé cuando regresé al baño.
—¿Y mi calzoncillo? También se mojó.
—Ah, no voy a regresar allá. ¡Félix se quedó mirando todo lo que hacía! Quédate así, no sé… te da más libertad.
—Mierda —habló, quitándose la ropa e intentaba girarse para mirar su propio trasero—. ¿Mi trasero está sucio?
—Ahí está una cosa que nunca esperé que fueses a preguntarme —hablé riendo—. Caíste en el agua, es obvio que no tienes nada sucio.
—Pero me estoy sintiendo sucio. Caí en esa agua estancada, donde varias personas ya hicieron pipi y cosas peores ahí dentro —dijo, palideciendo un poco—. Creo que voy a vomitar, Garrapata.
—Shhh, calma. Respira —hablé, intentando calmarlo. Estaba desnudo de cintura para abajo, con al pantalón jean limpio en la mano e inhalando y exhalando con tranquilidad, siguiendo mis palabras. Merecía un Óscar por haber conseguido no reírme de su expresión—. ¿Mejoró?
—Un poco.
—Entonces ponte el pantalón que te espero afuera, ¿ok?
Al regresar, Edward no podía parar de moverse en el asiento, reclamando que estaba sintiendo los microbios en su piel. Sophie y Félix estaban más que curiosos por saber por qué tanto se movía Edward, pareciendo que tenía pulgas en su sitio.
—Caí en el excusado, ¿ok? —dijo cuando no aguantó más el recibir miradas de duda de sus compañeros de vuelo.
La reacción que todos tuvimos fue reír, era rara la oportunidad que teníamos de ver a Edward así de incómodo.
Apenas llegamos al hotel en Nueva York, alrededor de las cuatro y media de la tarde, la primer cosa que Edward hizo fue correr al baño y se tardó tanto que pensé se había caído y golpeado la cabeza.
—¡Finalmente! —hablé cuando abrió la puerta.
—Me sobé tanto el trasero que creo lo tengo en carne viva —comentó, haciéndome reír.
—Ay, Cachorro, un día me vas a matar —dije, colocando mis brazos alrededor de su cuerpo.
—Solo si eres asfixiada de tantos besos —habló, juntando sus labios a los míos.
Extrañaría eso todos los días
—¿Vamos a salir? —indagué.
—No, la verdad estoy esperando una cosa —contó.
—¿Qué?
—Sorpresa.
—¡Ah, no! ¡Cuéntame! —supliqué.
—No, es secreto. Además, está tardando un poco, hasta me estoy preocupando —comentó, mirando el reloj.
—Ahora quiero saber —dije, haciendo un puchero.
—Hacer pucheros no sirve, Garrapata, eso solo me da ganas de besarte más.
—¿Por qué no me quieres contar?
—Porque creo que tu reacción será mejor cuando lo sepas en el momento.
—¡Que mierda! —exclamé.
De pronto, alguien golpeó la puerta del cuarto y mis ojos se ampliaron.
—¿Es mi sorpresa? —indagué.
—Tal vez —dijo, saliendo del cuarto—. Quédate ahí y no salgas.
—¡Pero qué mierda!
No podía oír nada además de susurros, y estaba por levantarme de la cama para ver lo que estaba haciendo Edward, pero no fue necesario, pues regresó en ese mismo momento.
—Es tu sorpresa —habló con una enorme sonrisa en el rostro—, cierra los ojos.
—¿De verdad me vas a hacer cerrar los ojos? —pregunté.
—De verdad. Cierra los ojos o no obtienes nada —dijo y apenas cerré los ojos, haló mi mano. Mi corazón estaba acelerado y no tenía idea de lo que podría estar esperándome—. Ahora, puedes abrirlos.
Podría haber pasado horas intentando adivinar lo que Edward me había preparado, hasta días, pero jamás hubiera acertado. Para ser sincera, apenas podía creer en lo que mis ojos estaban viendo.
—¿Papá? —indagué como si no fuese posible que estuviera viendo a mi padre frente a mí.
Solo sonrió y vino en mi dirección, envolviéndome en un abrazo, tan nostálgico y apretado, que no logré evitas las lágrimas que dejaron mis ojos.
—No puedo creer que estés aquí —dije, abrazándolo de vuelta con toda la fuerza que tenía—. ¡Te extrañaba tanto! ¡Déjame mirarte!
Mi papá estaba casi igual a como lo vi la última vez por internet, incluso usaba la misma camisa que tanto le elogiaba. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y mi corazón se apretó más aún al ver cuánto mi viejito también compartía la nostalgia que sentía. Nadie en este mundo era tan importante para mí como la figura frente a mí.
—Cómo estás de linda, mi niña —dijo él, dándome un beso en la frente—. No tienes idea de cuánta falta me has hecho.
—Yo también, mucha —dije, abrazándolo y descansando la cabeza en el hombro que tantas veces me consoló durante mi vida—. Discúlpame.
—¿Disculpar qué? Deja las tonterías.
—¿C-Cómo lo consiguieron? —comencé a preguntar, apuntando a mi novio.
—Conversamos sobre eso anoche. Querías ver a tu papá. Llamé a Charlie anoche, cuando fuiste al baño, y le pregunté si le gustaría venir a pasar el día de hoy con nosotros en Nueva York. Aceptó y le mandé los pasajes —dijo Edward y en ese momento solo salté encima de él y le di un largo beso en los labios, agradeciéndole de la manera más espontanea que vino a mi mente.
Mi papá empezó a carraspear y me distancié en ese mismo instante de mi novio. Recordando la imprudencia que había cometido, mis mejillas comenzaron a colorearse y mi papá soltó una alta carcajada.
—Nunca vas a perder eso, ¿eh? —cuestionó Charlie, apuntando a mis mejillas—. Me hace pensar en que aún eres mi niña pequeña, que moría de vergüenza por todo.
—Infelizmente creo que eso me perseguirá por siempre —dije con una risita—. ¿Cuándo llegaste? ¿Dónde está Sue? —indagué, mirando a mi alrededor y dándome cuenta que Sue no estaba ahí.
—¿Y acaso no sabes cuánto esa boba le tiene miedo a las alturas? —preguntó papá retóricamente—. No vino por su tontería, dijo que te extraña mucho, pero que es mejor que hagamos algo cuando seas tú quien nos visite.
—Tu papá acaba de llegar —informó Edward—. Apenas nos dejó aquí, Félix fue con el carro alquilado hasta el aeropuerto para buscarlo.
—Y no sospeché de nada —hablé, más que sorprendida con todo lo que ellos habían planeado—. Finalmente, ustedes ni tuvieron tiempo para conocerse bien, ¿eh? Creo que como novia e hija debería hacer las presentaciones. Papá, este es Edward, mi novio. Edward, este es Charlie, mi papá.
Los dos se saludaron, estrechándose las manos, y estaba casi haciendo un bailecito de felicidad. Edward había encontrado la mejor manera de conquistar la simpatía de mi papá, que era haciéndome encontrar con él.
—¿Tiene hambre? —indagó Edward.
—Un poco, pero la verdad estoy siendo vencido por el cansancio. A esta edad, hacer un vuelo de casi seis horas no es fácil —comentó—. ¿Qué tal si tomo una siesta de dos horitas y los encuentro para cenar?
—¡Está bien! —concordé, animada.
—Más tarde nos vemos —dijo él, dándome un suave beso en la mejilla, haciéndome recordar la época en que me llevaba al colegio y no dejaba que saliera de su carro hasta que le diera un beso en la mejilla y él me retribuyera.
Apenas mi papá salió del cuarto, me tiré nuevamente a los brazos de mi amado.
—Gracias —dije, besando todos los lugares de su rostro que mis labios alcanzaban—. ¡Gracias! ¡Gracias! No hay mejor regalo en el mundo que me pudiste haber dado, Cachorro. Creí que iba a pasar más meses sin ver a mi papá. Apenas puedo creer que esté aquí. Gracias por todo —agradecí, sintiendo nuevamente las lágrimas llenar mis ojos.
—Sin llantos. No hice esto para verte llorar, fue totalmente lo contrario. Es para hacerte feliz.
—Estoy feliz. Más que nunca. Hoy voy a cenar con los dos hombres más importantes de mi vida, no hay manera de estar triste —comenté.
—Qué bueno. Solo que no podemos quedarnos mucho tiempo, lo siento mucho. Mi show es a las diez de la noche en el Times Square, tengo que llegar ahí máximo a las nueve.
—Ok, nos alistamos ahora y, cuando sean las siete, llamamos para despertar a papá. Después de cenar, salimos derechito para tu compromiso.
—Está bien. Si tu papá quiere, está invitado para acompañarnos.
Estaba como boba sonriendo cuando encontramos a mi papá en la recepción del hotel para ir hacia el restaurante. Charlie era discreto como yo y me di cuenta que tampoco sabía manejarse muy bien cuando las personas pasaban al lado de Edward y le pedían una foto o un autógrafo. Eso es porque no sabía cómo las cosas empeoraban cuando estábamos en la calle.
Cada uno de nosotros pidió un plato simple de pasta y estábamos conversando de cosas banales. Cuando nuestros platos fueron servidos, nos enfrascarnos en una conversación más seria.
—¿Ya decidieron qué harán de aquí a unos días? —indagó Charlie—. El artículo está por terminar, ¿no es cierto?
—Sí —hablé—. La verdad, hoy es mi penúltimo día con Edward. Mañana, después de la cena, regresaré a mi casa.
—¿Y vas a continuar trabajando en esa bendita revista? —cuestionó con desdén.
—Sí. No me mires con esa cara, papá, sabes muy bien que tardé mucho para llegar donde estoy. Creí que estabas orgulloso de todo lo que conseguí.
—Lo estoy —bufó—, estoy muy orgulloso de ti, mi niña. Solo quiero verte feliz…
—Estoy feliz.
—¿Y hasta cuándo esta felicidad va a durar? Es tu vida lo que estas tirando por la ventana, niña, sabes de qué te estoy hablando. Lo que conquistaste es muy bueno y excelente, pero un día va a pesar tanto en tu vida ese trabajo, querida.
—Estoy decidida —hablé con ímpetu—, mi objetivo nunca ha sido abandonar lo que hago, y nosotros lo vamos a manejar y hacerlo funcionar, ¿eh, Edward?
—Sí —respondió y mi papá lo miró furioso—, haremos de todo para que las cosas funcionen.
—Bien, ustedes son los que saben. A fin de cuentas, solo soy un viejo metiéndome donde no me llaman —habló en medio de la rabieta, haciéndome rolar los ojos.
—Sabes cuán importante eres en mi vida, papá. Solo reza por mi para que todo salga bien.
—Siempre estoy orando, niña. ¿Qué tipo de papá sería si no orara todas las noches por el bien de mi nena?
Cómo había extrañado ese cariño paterno.
Conversamos un poco más y quedé sorprendida por el nivel de conocimiento repentino que mi papá tenía de la carrera de Edward. No sé qué medio usó para buscar todo eso, pero sospechaba que Sue lo había ayudado a buscar algunas cosas en internet. Era una ternura cuánto se mostraba interesado en saber más sobre mi novio. Creo que apenas nos vio juntos se dio cuenta que estaba completamente enamorada del hombre que compartía mesa con nosotros.
A veces me miraba de manera diferente, hablaba algo con Edward y cuando giraba a un lado, dirigiéndome a mi padre, tenía una expresión que nunca vi en su cara. Era algo tan nuevo para mí que apenas sabía identificarlo.
Edward estaba todo educado y no había dicho ninguna tontería durante toda la cena. Parecía tranquilo y se expresaba con facilidad, pero sentía que quería la aprobación de mi padre. Se dirigía a él de manera educada y siempre poniendo atención a todo lo que mi papá hablaba. Ese día estaba siendo tan surreal, que aún era difícil creer que todo estaba pasando de verdad.
Después de la cena, nos fuimos hasta el lugar donde Edward haría una pequeña presentación. Cantaría algunas canciones de éxito de su CD anterior y otras más que aún eran nuevas para el público. Todo sería trasmitido en vivo por un canal de televisión.
Cuando la hora de la presentación llegó, Edward subió al pequeño escenario que fue montado en el Times Square; y Sophie, Félix, mi papá y yo, lo miramos desde un lugar privilegiado.
—Sus canciones son buenas —elogió mi papá.
—Sí, canta con una pasión que nunca deja de sorprenderme —respondí, sin quitar los ojos de mi novio.
—Lo amas, ¿eh? —cuestionó Charlie un poco tímido, y dejándome un poco incómoda, porque nunca teníamos esas conversaciones sobre mis casos amorosos—. Disculpa por tomarte por sorpresa con esa pregunta. Sé que nunca conversamos sobre esas cosas, pero… nunca te vi de esa manera, mi niña.
—Lo amo, sí —respondí sincera. No tenía motivos para mentir, era más que obvio lo que sentía por Edward.
—Sabes que nunca me meto en tus cosas, ¿eh? —preguntó, esta vez exigiendo mi atención por completo—. Creo que estás lo suficientemente grande para decidir lo que es mejor para tu vida. Tienes ya veintiséis años, y aunque te llame "mi niña", eso es más un consuelo para mí que una afirmación.
—¿De qué estás hablando? —indagué.
—Creo que estás cometiendo un error, Bella. Puedo quédame quieto aquí y no decir nada, pero no quiero que te arrepientas. Parece que finalmente lograste ser feliz y vas a tirar todo eso para ir una vez más a vivir la vida de un extraño.
—¿Vamos a hablar de eso de nuevo? —pregunté—. Papá, cada vez es esto. Sé que te preocupas por mí, sé que estoy en deuda contigo y con mucha gente a mi alrededor, pero creo que todo en la vida exige un sacrificio; infelizmente algunas cosas quedan atrás mientras consigo establecerme profesionalmente. Aún no es un año de que comencé a trabajar con las celebridades y creo que aún tengo mucho para crecer.
—¿Estás segura que no estás solo inventando disculpas? Te conozco, Isabella —dijo serio y, sobre todo, usando mi nombre completo. Perfecto.
—Disculpa, papá, ¿qué?
—Porque Edward tiene más condiciones financieras que tú, porque dices desde pequeña que quieres ser independiente. Te crie, niña. Si quieres razones por las cuales creo que estás inventando disculpas, puedo darte una lista.
—Claro que no, papá. ¿Podemos dejar de hablar de esto? Viniste aquí para pasar un tiempito juntos, no para estar discutiendo sobre eso.
—No estoy discutiendo, solo estoy exponiendo lo que creo, pero no sé ni porque intento conversar contigo sobre estas cosas. ¡Cómo eres de cabeza dura! Nunca vi niña más terca.
—¡Debo haberlo heredado de ti! —comenté con una sonrisa y él roló los ojos. Recosté la cabeza en su hombro y agarré su mano con la mía, como hacíamos tanto cuando era pequeña.
—No quiero nuevamente estar todo este tiempo sin ver a mi hija —admitió. Su voz salía casi en un suspiro.
—No será así, papá. Te lo prometo.
—Él es un buen tipo —habló nuevamente, intentando dejar el ambiente de nuestra conversación más ligero—. Espero que sea tan respetuoso contigo como lo fue conmigo.
—Lo es. Edward adora hacerme bromas, pero es porque esa es su manera de ser conmigo —dije riendo.
—Me llamó cuando esos chismes salieron en las revistas —Charlie me contó, dejándome más que sorprendida. Estaba perpleja.
—¿Cómo? ¿Desde cuándo intercambiaron teléfonos?
—Dijo que encontró el número en tu celular —habló papá, riendo—. Estaba listo para llamarte cuando vi toda esa confusión pasar. Tu novio me llamó, diciendo que había acabado de despedir a la persona responsable por todo eso y que sus intenciones contigo eran buenas. Quedé sorprendido.
—Es así como me siento ahora —admití—. No puedo creer que Edward hizo algo así y no me contó.
—No vayas a pelar con él.
—De ninguna manera. Cuando creo que no puede hacer nada para hacerme amarlo más, hace una de esas.
—Quiere hacerte feliz, eso es más que claro. Le dije que eras una chica de oro y que no debería dejarte escapar; pero también siento que debo decir lo mismo para ti.
—No lo haré, no quiero dejar a Edward por nada. Con él todo es diferente. Vivimos por un mes, sin despegarnos, nuestra relación necesita un poco de normalidad, extrañar. Vamos a lograr que funcione —hablé y al mismo tiempo intenté convencerme de eso.
—Si crees que tus decisiones son hechas para mejorar, no me meteré más en eso —habló honestamente.
—Lo creo.
Al terminar el espectáculo, Edward se quedó algunos minutos para dar autógrafos y mi papá siguió al hotel sin nosotros, alegando que ya estaba cansado.
—¿A dónde se fue tu papá? —cuestionó Edward.
—Ya debe estar en su cuarto, durmiendo —hablé, abrazándolo cuando estábamos sentados en el asiento trasero y Félix nos conducía hasta el hotel.
—¿A él le gustó el show?
—¡Bastante! Gracias —dije, dándole un beso en los labios.
—No fue nada, debí haber pensado en eso antes, así tendrías más tiempo para pasar con él —habló y lo callé con un beso.
Primero quedó sorprendido, pero después respondió con la misma intensidad que yo. Si no estuviéramos en el carro con Félix, probablemente me hubiera tirado encima de él. Esa era nuestra última noche juntos, después de ese intenso mes que pasamos.
—Cuando lleguemos al hotel… —hablé en su oído—, te quiero.
Entramos al cuarto y puso las manos alrededor de mi cintura, besándome el cuello. Su lengua mojada tocaba puntos tan sensibles que ni yo misma conocía.
—Nunca me voy a cansar de esto —dijo, mordisqueando el lóbulo de mi oreja—. Eres todo para mí.
Lo halé de la mano y lo llevé hasta el cuarto, acostándome en la cama y cubriendo mi cuerpo con el de él.
—Apenas logro poner en palabras lo que significas para mí —hablé, sintiendo mis emociones invadirme—. Todo lo que vivimos.
—Lo que aún vivimos.
—Sí, lo que aún vivimos… Edward… —comencé a hablar, sintiendo un nudo en mi garganta y él me besó, absorbiendo de mis labios las palabras que no salían.
Yo halaba su ropa con fuerza, queriendo que se liberara de todo eso y sentir su piel cerca a la mía. Sus manos también eran ágiles y entraron debajo de mi vestido, quitándome las bragas. Sus labios eran apresurados, torpes, mojando mi cuello y probablemente dejando marcas rojas, ya que no se hacía la barba hace tres días.
Mis manos halaban su cabello con fuerza y respondía a cada toque mío. Su mano pasaba por mi muslo y después por mi cintura y costillas, hasta finalmente llegar a uno de mis senos, que masajeó.
—Quería intentar una cosa —dijo, pareciendo, sorprendentemente, un poco tímido, aún con su palma sobre mi pecho.
—¿Qué? —indagué, pasando mi nariz por su cuello y sintiendo su delicioso olor a jabón.
—¿Recuerdas que un día te pregunté si te gustaba ser vendada y así? —cuestionó, circulando con su dedo índice mi pezón a través del vestido y haciendo que perdiera un poco el sentido que tenían sus palabras.
—Aham… —respondí.
—Entonces… —habló, apartando el rostro y mirándome a los ojos.
—¿Qué? —pegunté, aún sin reaccionar muy bien.
—Quiero vendarte. Y si te dejas, también me gustaría atarte aquí —habló, apuntando al cabecero de la cama—. Si quieres.
—¿Realmente compraste esposas y las trajiste? —cuestioné, viendo un poco de humor en la situación.
—No. Tengo mis corbatas y una camiseta… —dijo con una sonrisa torcida.
—Ok —hablé en una mezcla de timidez y animo con algo nuevo que estaba pronta a intentar.
—Ya regreso —avisó, dejando el cuarto y corriendo al lugar que habíamos dejado nuestras maletas.
No tardó en regresar con dos corbatas en la mano y la larga camiseta. Subió nuevamente a la cama y dejó las corbatas encima del colchón.
—¿Puedo quitarlo? —indagó, colocando la mano sobre el vestido que cubría mi cuerpo.
—Sí —afirmé, levantando los brazos y dejando que me desvistiera por completo.
Con calma, me acosté en la cama y puse los brazos hacia arriba, de manera que Edward pudiera hacer lo que quisiera. Agarró mi muñeca con delicadeza y sentí la seda de su corbata tocar mi sensible piel. Apretó la tela y me preguntó si no había hecho un nudo muy fuerte, lo que rápidamente negué. Hizo lo mismo con el otro lado y segundos después estaba desnuda y presa en la cama, solamente con él observándome.
—Puedo colocar esto sobre tus ojos? —preguntó, aún con la camiseta en las manos.
—Puedes —permití, confiando plenamente en él y entregándome a él, como siempre de una manera que jamás me había entregado a alguien.
Puso el paño sobre mis ojos y todo lo que veía era oscuridad. Mi corazón latiendo rápido y la ansiedad invadiéndome.
—¿Está bien?
—Sí, no necesitas preocuparte. Si me incomoda, te aviso —hablé, sabiendo muy bien que él era capaz de preguntarme a todo momento si estaba cómoda con lo que estábamos haciendo.
—Ok.
Sentí su movimiento en la cama y no sabía qué esperar. De pronto, sus labios tocaron tímidamente los míos y los recibí con la misma pasión de siempre. Succioné su labio inferior y pasé mi lengua dentro de su boca, sintiendo su familiar sabor. Su beso era largo y lento, calmándome y al mismo tiempo dejándome con ganas de más.
Su boca se apartó de la mía y fue distribuyendo besos por mi cuello, haciendo que los vellos de mi brazo se erizaran. Su sutil barba me picaba de la manera más deliciosa posible, y la suavidad de sus labios era una maravillosa combinación con mi piel. Chupó la curva de mi cuello, provocando un gemido que dejó mis labios. Caminó con su lengua hasta el valle de mis senos y rehízo el mismo camino dos veces, para en seguida soplar el lugar.
Levanté el rostro, queriendo tener una vez más su boca en la mía, pero no tenía idea de dónde estaba su cara.
—Bésame —solicité y le llevó apenas unos segundos atender mi pedido. Sus manos pasaron por mi costado y se acercaron lentamente a mi seno.
Tomó mi pecho en su mano, con cuidado, palpando y sintiendo la suavidad de mi cuerpo. Cuando sus labios dejaron los míos, sabía exactamente a dónde irían.
Chupó con ganas uno de mis senos, su boca caliente y húmeda recorriendo mi sensible piel. Después movió ágilmente su lengua para en seguida tomarme nuevamente en su boca, succionando con más fuerza. Exactamente de manera que sabía me gustaba. Sus dientes pasaron levemente por la cima de mi seno, haciendo que me removiera en la cama y levantara mi torso, claramente pidiendo por más. Su otra mano dio atención a mi otro pecho, pellizcando su extremo y dejándome suspirando. Las cosas parecían más intensas cuando no podía ver lo que hacía.
Sentí su mano deslizarse por mi abdomen y tocar mi pircing, ligeramente bajando un poco más y descansando entre mis piernas. Uno de sus dedos se deslizó entre mis labios y paró con las caricias que hacía con su lengua en mi pecho para poder hablar.
—Ya estás tan excitada —comentó, moviendo su dedo de arriba abajo—. ¿Es porque estás vendada?
—No lo sé. Todo parece más intenso, impactante —hablé, intentando controlar mi respiración, concentrándome en la manera en que me tocaba.
Pasó el dedo por mi clítoris e hizo movimientos alternos con su yema en mi parte más sensible. Mi cuerpo parecía en llamas.
Siguió distribuyendo besos por mi cuerpo. Primero mi rostro, después mis senos, abdomen y por último en mi sexo. Cesando el contacto que su dedo tenía conmigo, Edward pasó la lengua por toda la extensión de mi sexo, haciendo que involuntariamente cerrara las piernas, tomada por sorpresa por el intenso placer.
Más calmada, abrí las piernas y dejé que continuara la placentera forma de manipular mi cuerpo. Pasó la lengua lentamente por mi clítoris y con un dedo fue penetrándome lento. Edward alentaba los movimientos de su boca de arriba abajo y a veces rodeaba mi parte más sensible. Su único dedo no era suficiente y, conociéndome bien, agregó uno más.
Sentía mi piel húmeda, sudada. Respiraba profundo e intentaba controlar los leves suspiros que salían de mi boca, mis manos agarradas a las corbatas, buscando fuerzas. Edward mantenía el ritmo lento y eso estaba matándome lentamente, dejándome cada vez más excitada, pero nunca llevándome al culmen de mi placer.
De pronto, su lengua tocó una parte que hizo que mi cadera súbitamente se levantara de la cama. Repitió el movimiento y mi reacción esta vez fue cerrar las piernas. Edward pasó la mano libre por mi muslo, intentando calmarme; cuando mis piernas se relajaron, repitió lo que había hecho y un fuerte gemido dejó mis labios.
Sin al menos avisarme, aceleró los movimientos tanto de su lengua como de sus dedos, dejándome jadeante y halando las corbatas con tanta fuerza que sospechaba iba a rasgar la tela. Empecé a sentir un incendio recorrer mi cuerpo, comenzando en mis pies e invadiéndome. Cuando me di cuenta, estaba exclamando su nombre y contrayendo mi sexo, siendo invadida por el mejor orgasmo de mi vida.
—Nunca te vi gritar de esa manera —dijo Edward, y por su tono de voz sentí que estaba orgulloso de lo que había provocado.
—Eso fue… fuerte —dije, intentando recuperar el aliento.
—Eres hermosa —dijo. El hecho de no saber a dónde estaba mirando, me dejaba tímida y sentí mis mejillas colorearse.
Nos quedamos en silencio y no sabía que esperar, ya que no tocaba mi piel y tampoco pronunciaba palabra. Sentí la cama moviéndose y mi corazón estaba acelerado. Mi piel estremeciéndose de anticipación. Escuché el sonido de un zíper a mi lado y no tenía idea de a dónde se estaba moviendo, hasta que escuché el sonido de un condón siendo abierto.
Regresó a la cama, pero al contrario de lo que esperaba, no hubo acción.
—Edward, ¿qué pasó? —indagué preocupada.
—Yo… leí una cosa estos días… —habló con voz baja, y percibí que estaba un poco tímido.
—Qué?
—Un poema. Esto suena completamente gay, ¿verdad? —preguntó y reí por su comentario.
—No. Muchos poetas eran heterosexuales y escribían poemas y poesías para sus amadas.
—Lo sé. Bueno, yo… quería decirte este a ti. Tardé un poco, pero creo que logré hacerlo bien.
—Ok.
—"Como en la piedra fresca
del manantial, el agua
abre un ancho relámpago de espuma,
así es la sonrisa en tu rostro,
bella." —habló, pasando la mano delicadamente por mi rostro y una sonrisa inmensa se formó en mi boca al escuchar sus dulces palabras.
»" Bella,
no te caben los ojos en la cara,
no te caben los ojos en la tierra.
Hay países, hay ríos
en tus ojos,
mi patria está en tus ojos,
yo camino por ellos,
ellos dan luz al mundo
por donde yo camino,
bella." —dijo, esta vez tocando la tela que cubría mis ojos. Era bueno que estuvieran tapados, pues creo que ojos llorosos no era lo que Edward esperaba ver.
»"Bella,
tus senos son como dos panes hechos
de tierra cereal y luna de oro,
bella. —Y con esas palabras, apretó mis senos en sus manos, en seguida pasando un dedo levemente por la curva de mi cintura—. Bella,
tu cintura
la hizo mi brazo como un río cuando
pasó mil años por tu dulce cuerpo,
bella."
»"Bella, mi bella…" —suspiró en mi oído y sentí su erección acercarse a mi entrada.
—Edward…
—"Bella, mi bella,
tu voz, tu piel, tus uñas
bella, mi bella,
tu ser, tu luz, tu sombra,
bella,
todo eso es mío, bella,
todo eso es mío, mía" —habló y con eso me penetró por completo. Volviéndonos uno solo, unidos. No se movió y sentí su respiración fuerte golpeando mi rostro.
»"Cuando andas o reposas,
cuando cantas o duermes,
cuando sufres o sueñas,
siempre,
cuando estás cerca o lejos,
siempre,
eres mía." —dijo. Su voz saliendo con cierta dificultad y su cadera moviéndose casi imperceptiblemente—. Mi Bella, siempre.
Algunas lágrimas cayeron de mis ojos y en ese momento todo lo que quería era poner mis brazos alrededor de él, sentir el calor de su piel en mis manos y decirle con mis toques y besos cuánto lo amaba.
—Desamarra mis manos —pedí y pronto lo hizo. Mis brazos inmediatamente fueron alrededor de su torso y mis piernas lo abrazaron, manteniéndolo lo más cercano a mí, lo que me era más posible.
—¿También quieres que te quite la tela de tus ojos? —indagó.
—No —respondí. Primero porque no quería que viera cuán emocionara estaba y segundo, porque no necesitaba tener los ojos abiertos para saber la forma que me observaba ahora. Era con adoración y amor, estaba segura. Siempre lo estuve.
Comenzó a moverse lentamente, en un movimiento de vaivén que me era familiar. Sus labios fueron pronto al encuentro de los míos y no necesitaba de nada más que eso.
Mantuvimos un ritmo lento hasta que nos fue posible, nuestros cuerpos de pronto imploraron por más, llevándonos a un ritmo frenético, en el que al besarnos nuestros dientes se golpeaban y mis uñas arañaban su espalda. Chupaba mis labios con fuerza y sus manos hacían nudos en mi cabello.
Cuando un orgasmo me invadió, no tuve otro nombre saliendo de mis labios. Edward, Edward, Edward. En seguida, gimió encima de mí, como si el hecho de llamar su nombre lo hubiese llevado al placer máximo.
Aún dentro de mí, me abrazó y lo abracé de vuelta. Queriendo que el día de hoy durara para siempre, que mi estadía en la casa que compartimos durante ese mes durara para siempre. Que pudiéramos quedarnos así, juntitos, sin nadie que nos perturbe, hasta que las personas comenzaran a llamarnos enfermos de amor. Era difícil creer que todo eso, esa compañía, esa convivencia, iba a terminar mañana.
—No quiero dejarte —hablé, sintiendo las lágrimas cayendo de mis ojos.
—No vas a dejarme —dijo, apretándome aún más en sus brazos—. Vamos hacer que todo funcione. No importa que no podamos vernos todo el día o que logremos vernos una semana cada mes.
—Tengo miedo —admití. Entonces me quitó la tela que cubría mis ojos, sus manos limpiaron las lágrimas que continuaban cayendo libremente por mi rostro.
—Va a funcionar. Tiene que funcionar, mi amor. No llores, mi Garrapata.
—Prométeme que no vas a desistir de mí.
—Te lo prometo cuantas veces quieras. No llores, ¿ok? Por favor —habló, dándome un dulce beso en los labios.
—Dime adiós ahora —pedí—. No voy a poder hacer eso mañana. Aprovechemos que ya estoy llorando.
—Hasta pronto, mi Bella —habló, dándome un beso en la frente.
—Hasta pronto, Edward.
—¿Vamos a parar de llorar? De aquí a un rato el que va a llorar soy yo y eso no le va a hacer muy bien a mi masculinidad —dijo, haciéndome sonreír—. ¿Viste? Así está mejor. No importa lo que pase de aquí en adelante, ¿ok? Lo que importa es que estamos juntos. Cuando mañana salgas por esa puerta, estarás saliendo como mi novia y así va a permanecer hasta el día que notes que no tienes paciencia para soportarme.
—Nunca.
—No digas eso, puedo ser muy molesto.
—Lo sé —hablé, soltando una carcajada y riendo aún más cuando hizo cara de ofendido y decidió atacar mi abdomen haciéndome cosquillas.
Se levantó de la cama rápidamente para quitarse el condón, pero en un parpadeo ya estaba de vuelta en mis brazos.
—No vuelvas a llorar, ¿de acuerdo? —dijo cuando me tenía acurrucada a su cuerpo.
—Estoy intentándolo lo máximo posible —admití, pero ese nudo aún estaba atrapado en mi garganta. Mañana, a esta hora, estaría durmiendo sola en casa, sin él a mi lado. Era difícil entender eso y no parecía tener sentido.
Acercó sus labios a mi oído y comenzó a canturrear una canción familiar que había compuesto para nosotros. Eso no ayudó y mis ojos comenzaron a lagrimear nuevamente. Mojé su hombro con mis lágrimas y no pareció impórtale. Pasó sus dedos por mi cabello y de vez en cuando, besaba mi frente.
Mis ojos intentaron ver qué hora marcaba el reloj, pero por estar abrazados, tuve dificultad para distinguir los números rojos. Cuando finalmente logré enfocar, vi que pasaba la medianoche. Un día menos. Menos de un día.
Intenté agarrarme a él y permanecer despierta lo máximo que pude, pero me sentía tan desgastada emocionalmente que en el momento que mis ojos se cerraron, no los pude abrir más.
Mi consuelo era saber que, al despertar, sus brazos aún estarían a mi alrededor.
