Casi todo había vuelto a la normalidad —a la normalidad previa al estado zombi— en menos tiempo de lo que yo hubiera creído posible. El hospital acogió a Henry con los brazos abiertos sin disimular su alegría por el hecho de que Cora no se hubiera adaptado a la vida en Los Ángeles. Ruby y Regina estaban en mejor situación que yo para graduarse por culpa del examen de Cálculo que me había perdido mientras estuve en el extranjero. De repente, la facultad se convirtió en una prioridad —la universidad seguía siendo el plan B, por si acaso la oferta de Regina me hacía cambiar de idea respecto a la opción de Henry después de mi graduación—. Había dejado pasar los plazos de admisión de muchas universidades, pero Regina me traía todos los días más solicitudes para rellenar. Ella ya había estudiado todo lo que deseaba en Harvard así que no parecía molestarle que, gracias a mi tendencia a dejarlo todo para el último día, ambas termináramos el año próximo en el Península Community College.

David no estaba muy satisfecho conmigo y tampoco hablaba con Regina, pero al menos permitió que ella pudiera volver a entrar en casa en las horas de visita predeterminadas. Mi padre me castigó a quedarme sin salir.

Las únicas excepciones eran el instituto y el trabajo. En los últimos tiempos, por extraño que pudiera parecer, las paredes deprimentes de mis clases, de color amarillo mate empezaron a parecerme acogedoras, y eso tenía mucho que ver con la persona que se sentaba junto a mí.

Regina había retomado su matrícula de principios de ese año, de modo que volvió de nuevo a mis clases. Mi comportamiento había sido tan terrible el último otoño, después del supuesto traslado de los Mills a Los Ángeles, que el asiento contiguo había permanecido vacante. Incluso Neal, siempre dispuesto a aprovechar las ventajas, había mantenido una distancia segura. Con Regina ocupando nuevamente su lugar, parecía como si los últimos ocho meses hubieran quedado simplemente en una molesta pesadilla…

… pero no del todo. Quedaba aún la cuestión del arresto domiciliario, por citar un ejemplo y, por poner otro, Graham Black y yo no habíamos sido buenos amigos antes del otoño. Así que, claro, entonces no lo habría echado de menos.

No tenía libertad de movimientos para ir a La Push y Graham no venía a verme, ni siquiera se dignaba a contestar mis llamadas.

Le telefoneaba sobre todo por la noche, después de que, puntualmente a las nueve, un resuelto David echara a Regina —con gran satisfacción—, y antes de que ésta regresara a hurtadillas por la ventana en cuanto mi padre se dormía. Escogía este momento para hacer mis llamadas infructuosas porque me había dado cuenta de que Regina ponía mala cara cada vez que mencionaba el nombre de Graham. Un gesto que estaba entre la desaprobación y la cautela… o quizás incluso el enfado. Yo suponía que estaba relacionado con algún prejuicio recíproco contra los hombres lobo, aunque no se mostraba tan explícita como lo había sido Graham respecto a los «chupasangres».

Por eso, procuraba no mencionar demasiado el nombre de Graham en presencia de Regina.

Era difícil sentirme desdichada teniendo a Regina a mi lado, incluso aunque mi antiguo mejor amigo probablemente fuera bastante infeliz en esos momentos por mi causa. Cada vez que me acordaba de Graham me sentía culpable por no pensar más en él.

El cuento de hadas continuaba. Mí reina había regresado y se había roto el maleficio. No estaba segura exactamente de qué hacer con el personaje restante, el cabo suelto. ¿Dónde estaba su «feliz para siempre»?

Las semanas transcurrieron sin que Graham quisiera responder a mis llamadas. Esto empezó a convertirse en una preocupación constante. Era como si llevara un grifo goteando pegado a la parte posterior de mi cabeza que no podía cerrar ni ignorar. Gota, gota, gota. Graham, Graham, Graham.

Así que, aunque yo no mencionara mucho a Graham, algunas veces mi frustración y mi ansiedad explotaban. Un sábado por la tarde, cuando Regina me recogió a la salida del trabajo, me desahogué:

—¡Es una verdadera falta de educación! —enfadarse por algo es más fácil que sentirse culpable—. ¡Estuvo de lo más grosero!

Había cambiado el horario de las llamadas con la esperanza de obtener una respuesta diferente. En aquella ocasión, había telefoneado a Graham desde el trabajo sólo para encontrarme con que había contestado Marco, poco dispuesto a cooperar. Otra vez.

—Marco me dijo que él no quería hablar conmigo —estaba que echaba humo, mirando cómo la lluvia se filtraba por la ventana del copiloto—. ¡Que estaba allí y que no estaba dispuesto a dar tres pasos para ponerse al teléfono! Normalmente, Marco se limita a decir que está fuera, ocupado, durmiendo o algo por el estilo. Quiero decir, no es como si yo no supiera que me miente, pero al menos era una forma educada de manejar la situación. Sospecho que ahora Marco también me odia. ¡No es justo!

—No es por ti, Emma —repuso Regina con calma—. A ti nadie te odia.

—Pues así es como me siento —mascullé, cruzando los brazos sobre el pecho. No era nada más que un gesto de terquedad. Ya no había allí ningún agujero, apenas podía recordar esa sensación de vacío.

—Graham sabe que hemos vuelto y estoy seguro de que tiene claro que estoy contigo —dijo Regina—. No se acercará a donde yo esté. La enemistad está profundamente arraigada.

—Eso es estúpido. Sabe que tú no eres… como los otros vampiros.

—Aun así, hay buenas razones para mantener una distancia razonable.

Miré por el parabrisas con gesto ausente sin ver otra cosa que el rostro de Graham, que llevaba puesta la máscara de la amargura que yo tanto odiaba.

—Emma, somos lo que somos —repuso Regina con serenidad—. Yo me siento capaz de controlarme, pero dudo que él lo consiga. Es muy joven. Lo más probable es que un encuentro degenerase en lucha y no sé si podría pararlo antes de m… —de pronto, enmudeció; luego, continuó con rapidez—: Antes de que le hiriera. Y tú serías desdichada. No quiero que ocurra eso.

Recordé lo que Graham había dicho en la cocina, y oí sus palabras con total exactitud, con su voz ronca. No estoy seguro de mantenerme siempre lo bastante sereno como para poder manejar la situación. No creo que te hiciera demasiado feliz que matara a tu amiga. Pero aquella vez había sido capaz de conservar la serenidad…

—Regina Mills —mascullé—. ¿Has estado a punto de decir «matarle»? ¿Era eso?

Ella miró hacia otro lado, con la vista fija en la lluvia. Frente a nosotros, se puso en verde el semáforo cuya presencia no había advertido mientras brillaba la luz roja. Arrancó de nuevo y condujo muy despacio. No era su manera habitual de conducir.

—Yo intentaría… con mucho esfuerzo… no hacerlo —dijo al fin Regina.

La miré fijamente con la boca abierta, pero ella continuó con la vista al frente. Nos habíamos detenido delante de la señal de stop de la esquina.

De pronto, recordé la suerte que había corrido París al regreso de Romeo. Las acotaciones de la obra son simples. Luchan. París cae.

Pero eso era ridículo. Imposible.

—Bueno —contesté y respiré hondo mientras sacudía la cabeza para ahuyentar las palabras de mi mente—, eso no va a ocurrir jamás, así que no hay de qué preocuparse. Y sabes que en estos momentos David estará mirando el reloj. Será mejor que me lleves a casa antes de que me busque más problemas por retrasarme.

Volví la cara hacia ella, sonriendo con cierta desgana.

Mi corazón palpitaba fuerte y saludable en mi pecho, en su sitio de siempre, cada vez que contemplaba su rostro, ese rostro perfecto hasta lo imposible. Esta vez, el latido se aceleró más allá de su habitual ritmo enloquecido. Reconocí la expresión de su rostro; era la que le hacía parecerse a una estatua de una Diosa Griega.

—Creo que ahora tienes algunos problemas más, Emma —susurró sin mover los labios.

Me deslicé a su lado, más cerca, y me aferré a su brazo mientras seguía el curso de su mirada para ver lo mismo que ella. No sé qué esperaba encontrar, quizás a Mérida de pie en mitad de la calle, con su encendido cabello rojo revoloteando al viento, o una línea de largas capas negras… o una manada de licántropos hostiles, pero no vi nada en absoluto.

—¿Qué? ¿Qué es?

Respiró hondo.

—David…

—¿Mi padre? —chillé.

Entonces, ella dirigió su mirada hacia mí, y su expresión era lo bastante tranquila como para mitigar un poco mi pánico.

—No es probable que David vaya a matarte, pero se lo está pensando —me dijo. Condujo de nuevo calle abajo, pero pasó de largo frente a la casa y aparcó junto al confín del bosque.

—¿Qué he hecho ahora? —jadeé.

Regina lanzó otra mirada hacia la casa. La imité, y entonces me di cuenta por vez primera del vehículo que estaba aparcado en la entrada, al lado del coche patrulla. Era imposible no verlo con ese rojo tan brillante. Era mi moto, exhibiéndose descaradamente en la entrada.

Regina había dicho que Henry se estaba pensando lo de matarme; por tanto, mi padre ya debía de saber que era mía. Sólo había una persona que pudiera estar detrás de semejante traición.

—¡No! —jadeé—. ¿Por qué? ¿Por qué iba a hacerme Graham una cosa así? Su traición me traspasó como una estocada. Había confiado en Graham de forma implícita, le había contado todos mis secretos por pequeños que fueran. Se suponía que él era mi puerto seguro, la persona en la que siempre podría confiar. Las cosas estaban más tensas ahora, sin duda, pero jamás pensé que esto hubiera afectado a los cimientos de nuestra amistad. ¡Nunca pensé que eso pudiera cambiar!

¿Qué le había hecho para merecerme eso? David se iba a enfadar muchísimo, y peor aún, iba a sentirse herido y preocupado. ¿Es que no tenía bastante con todo lo que había ocurrido ya? Nunca hubiera imaginado que Graham fuera tan mezquino, tan abiertamente miserable. Lágrimas ardientes brotaron de mis ojos, pero no eran lágrimas de tristeza. Me había traicionado. De pronto, me sentí tan furiosa que la cabeza me latía como si me fuera a explotar.

—¿Está todavía por aquí? —farfullé.

—Sí. Nos está esperando allí —me dijo Regina, señalando con la barbilla el camino estrecho que dividía en dos la franja oscura de árboles.

Salté del coche y me lancé en dirección a los árboles con las manos ya cerradas en puños, preparadas para el primer golpe.

Regina me agarró por la cintura antes de que hollara el camino.

¿Por qué tenía que ser siempre mucho más rápida que yo?

—¡Suéltame! ¡Voy a matarle! ¡Traidor! —grité el adjetivo para que llegara hasta los árboles.

—David te va a oír —me avisó Regina—, y va a tapiar la puerta una vez que te tenga dentro.

Volví el rostro de forma instintiva hacia la casa y me pareció que lo único que podía ver era la rutilante moto roja. Lo veía todo rojo. La cabeza me latió otra vez.

—Déjame que le atice una vez, sólo una, y luego ya veré cómo me las apaño con David —luché en vano para zafarme.

—Graham Black quiere verme a mí. Por eso sigue aquí.

Aquello me frenó en seco y me quitó las ganas de pelear por completo. Se me quedaron las manos flojas. Luchan. París cae.

Estaba furiosa, pero no tanto.

—¿Para hablar? —pregunté.

—Más o menos.

—¿Cuánto más? —me tembló la voz.

Regina me apartó cariñosamente el pelo de la cara.

—No te preocupes, no ha venido aquí para luchar conmigo, sino en calidad de… portavoz de la manada.

—Oh.

Regina miró otra vez hacia la casa; después, apretó el brazo alrededor de mi cintura y me empujó hacia los árboles.

—Tenemos que darnos prisa. David se está impacientando.

No hubo necesidad de ir muy lejos; Graham nos esperaba en el camino, un poco más arriba. Se había acomodado contra el tronco de un árbol cubierto de musgo mientras esperaba, con el rostro duro y amargado, exactamente del modo en que yo sabía que estaría. Me miró primero a mí y luego a Regina. Su boca se torció en una mueca burlona y se separó del árbol. Se irguió sobre los talones de sus pies descalzos, inclinándose ligeramente hacia delante con sus manos temblorosas convertidas en puños. Parecía todavía más grande que la última vez que le había visto. Aunque fuera casi imposible de creer, seguía creciendo. Le habría sacado una cabeza y algo más a Regina si hubieran estado una junto al otro.

Pero Regina se paró tan pronto como le vimos, dejando un espacio amplio entre él y nosotras, y ladeó el cuerpo al tiempo que me empujaba hacia atrás, de modo que me cubría. Me incliné hacia un lado para observar fijamente a Graham y poder acusarle con la mirada.

Pensaba que iba a enfadarme aún más al ver su expresión cínica y resentida, pero, en vez de eso, contemplarle me recordó la última vez que le había visto, con lágrimas en los ojos. Mi furia se debilitó y flaqueó conforme le miraba. Había pasado tanto tiempo desde aquella ocasión que me repateaba que el reencuentro tuviera que ser de este modo.

—Emma —dijo él a modo de saludo, asintiendo una vez en mi dirección sin apartar los ojos de Regina.

—¿Por qué? —susurré, intentando ocultar el sonido del nudo de mi garganta—. ¿Cómo has podido hacerme esto, Graham?

La mueca burlona se desvaneció, pero su rostro continuó duro y rígido.

—Ha sido por tu bien.

—¿Y qué se supone que significa eso? ¿Quieres que David me estrangule? ¿O quieres que le dé un ataque al corazón como a Harry? No importa lo furioso que estés conmigo, ¿cómo le has podido hacer esto a él?

Graham hizo un gesto de dolor y sus cejas se juntaron, pero no contestó.

—No ha pretendido herir a nadie —murmuró Regina, explicando aquello que Graham no estaba dispuesto a decir—, sólo quería que no pudieras salir de casa para que no estuvieras conmigo.

Sus ojos relampaguearon de odio mientras miraba de nuevo a Regina.

—¡Ay, Graham! ¡Ya estoy castigada! ¿Por qué te crees que no he ido a La Push para patearte el culo por no ponerte al teléfono?

Los ojos de Graham relumbraron de vuelta hacia mí, confundido por primera vez.

—¿Era por eso? —inquirió, y luego apretó las mandíbulas como si le sentara mal haber preguntado.

—Creía que era yo quien te lo impedía, no David —volvió a explicarme Regina.

—Para ya —la interrumpió Graham.

Regina no contestó.

Graham se estremeció una vez y después apretó los dientes tanto como los puños.

—Emma no había exagerado acerca de tus… habilidades —dijo entre dientes—. Así que ya debes de saber por qué estoy aquí.

—Sí —asintió Regina con voz tranquila—, pero quiero decirte algo antes de que empieces.

Graham esperó, cerrando y abriendo las manos de forma compulsiva mientras intentaba controlar los temblores que corrían por sus brazos.

—Gracias —continuó Regina, y su voz vibró con la profundidad de su sinceridad—. Jamás seré capaz de agradecértelo lo suficiente. Estaré en deuda contigo el resto de mi… existencia.

Graham la miró fijamente sin comprender, y sus temblores se tranquilizaron por la sorpresa. Intercambió una rápida mirada conmigo, pero mi rostro mostraba el mismo desconcierto que el suyo.

—Gracias por mantener a Emma viva —aclaró Regina con voz ronca, llena de intensidad—. Cuando yo… no lo hice.

—Gina… —empecé a hablar, pero ella levantó una mano, con los ojos fijos en Graham.

La comprensión recorrió el rostro de Graham antes de que volviera a ocultarla detrás de la máscara de insensibilidad.

—No lo hice por ti.

—Me consta, pero eso no significa que me sienta menos agradecida. Pensé que deberías saberlo. Si hay algo que esté en mi mano hacer por ti…

Graham alzó una ceja.

Regina negó con la cabeza.

—Eso no está en mis manos.

—¿En las de quién, pues? —gruñó Graham.

Regina dirigió la mirada hasta donde yo estaba.

—En las suyas. Aprendo rápido, Graham Black, y no cometeré el mismo error dos veces. Voy a quedarme aquí hasta que ella me diga que me marche.

Me sumergí por un momento en la luz dorada de sus ojos. No era difícil entender la parte que me había perdido de la conversación. Lo único que Graham podría querer de Regina sería que se fuera.

—Nunca —susurré, todavía inmersa en sus ojos.

Graham hizo un sonido como si se atragantara.

Con renuencia, me solté de la mirada de Regina para fruncirle el ceño a Graham.

—¿Hay algo más que necesites, Graham?, ¿deseabas meterme en problemas? Misión cumplida. David quizás me mande a un internado militar, pero eso no me alejará de Regina. Nada lo conseguirá. ¿Qué más quieres?

Graham siguió clavando la mirada en Regina.

—Sólo me falta recordar a tus amigos chupasangres unos cuantos puntos clave del tratado que cerraron. Ese tratado es la única cosa que me impide que le abra la garganta aquí y ahora.

—No los hemos olvidado —dijo Regina justo en el mismo momento que yo preguntaba:

—¿Qué puntos clave?

Graham seguía fulminando con la mirada a Regina, pero me contestó.

—El tratado es bastante específico. La tregua se acaba si cualquiera de vosotros muerde a un humano. Morder, no matar —remarcó. Finalmente, me miró. Sus ojos grises eran fríos.

Sólo me llevó un segundo comprender la distinción, y entonces mi rostro se volvió tan frío como el suyo.

—Eso no es asunto tuyo.

—Maldita sea si no… —fue todo lo que consiguió mascullar.

No esperaba que mis palabras precipitadas provocaran una respuesta tan fuerte. A pesar del aviso que venía a transmitir, él seguro que no lo sabía. Debió de pensar que la advertencia era una mera precaución. No se había dado cuenta, o quizá no había querido creer, que yo ya había adoptado una decisión, que realmente intentaba convertirme en un miembro de la familia Mills.

Mi respuesta empujó a Graham a casi revolverse entre convulsiones. Presionó los puños contra sus sienes, cerró los ojos con fuerza y se dobló sobre sí mismo en un intento de controlar los espasmos. Su rostro adquirió un tono verde amarillento debajo de la tez cobriza.

—¿Graham? ¿Estás bien? —pregunté llena de ansiedad.

Di medio paso en su dirección, pero Regina me retuvo y me obligó a situarme detrás de su propio cuerpo.

—¡Ten cuidado! ¡Ha perdido el control! —me avisó.

Pero Graham casi había conseguido recobrarse otra vez; sólo sus brazos continuaban temblando. Miró a Regina con una cara llena de odio puro.

—¡Arg! Yo nunca le haría daño a ella.

Ni Regina ni yo nos perdimos la inflexión ni la acusación que contenían sus palabras. Un siseo bajo se escapó de entre los labios de Regina y Graham cerró sus puños en respuesta.

—¡EMMA! —el rugido de David venía de la dirección de la casa—. ¡ENTRA AHORA MISMO!

Todos nos quedamos helados y a la escucha en el silencio que siguió.

Yo fui la primera en hablar; mi voz temblaba.

—Mierda.

La expresión furiosa de Graham flaqueó.

—Siento mucho esto —murmuró—. Tenía que hacer lo que pudiera… Tenía que intentarlo.

—Gracias —el temblor de mi voz arruinó el efecto del sarcasmo. Miré hacia el camino, casi esperando ver aparecer a David embistiendo contra los helechos mojados como un toro enfurecido. En ese escenario, seguramente yo sería la bandera roja.

—Sólo una cosa más —me dijo Regina, y después miró a Graham—. No hemos encontrado rastro alguno de Mérida a nuestro lado de la línea, ¿y vosotros?

Supo la respuesta tan pronto como Graham la pensó, pero éste contestó de todos modos.

—La última vez fue cuando Emma estuvo… fuera. Le dejamos creer que había conseguido infiltrarse para estrechar el cerco, y estábamos preparados para emboscarla…

Un escalofrío helado me recorrió la columna.

—Pero entonces salió disparada, como un murciélago escapando del infierno. Por lo que nosotros creemos, captó tu olor y eso la sacó del apuro. No ha aparecido por nuestras tierras desde entonces.

Regina asintió.

—Cuando ella regrese, no es ya problema vuestro. Nosotros…

—Mató en nuestro territorio —masculló Graham—. ¡Es nuestra!

—No… —empecé a protestar dirigiéndome a los dos.

—¡EMMA! ¡VEO EL COCHE DE REGINA Y SÉ QUE ESTÁS AHÍ FUERA! ¡SI NO ENTRAS EN CASA EN UN MINUTO…! —David ni siquiera se molestó en completar su amenaza.

—Vamonos —me instó Regina.

Miré atrás hacia Graham, con el corazón dividido. ¿Volvería a verle otra vez?

—Lo siento —susurró él tan bajo que tuve que leerle los labios para entenderlo—. Adiós, Emma.

—Lo prometiste —le recordé con desesperación—. Prometiste que siempre seríamos amigos, ¿de acuerdo?

Graham sacudió la cabeza lentamente, y el nudo de mi garganta casi me estranguló.

—Ya sabes que intenté mantener esa promesa, pero… no veo cómo va a ser posible. No ahora… —luchó para no mover su dura máscara de lugar, pero ésta vaciló y después desapareció—. Te echaré de menos —articuló con los labios. Una de sus manos se alzó hacia mí con los dedos extendidos, como si deseara que fueran lo suficientemente largos para cruzar la distancia entre los dos.

—Yo también —contesté ahogada por la emoción. Mi mano también se alzó hacia la suya a través del amplio espacio.

Como si estuviéramos conectados, el eco de su dolor se retorció dentro de mí. Su dolor, mi dolor.

—Graham…

Di un paso hacia él. Quería pasar mis brazos por su cintura y borrar esa expresión de sufrimiento de su rostro. Regina me empujó hacia atrás de nuevo, sujetándome más que defendiéndome con los brazos.

—Todo va bien —le prometí, y alcé la vista para leer su rostro con la verdad en mis ojos. Supuse que ella lo entendería.

Pero sus ojos eran inescrutables y su rostro inexpresivo. Frío.

—No, no va bien.

—Suéltala —rugió Graham, furioso otra vez—. ¡Ella quiere que la sueltes!

Dio dos zancadas hacia delante. Un destello llameó en sus ojos en anticipación a la lucha. Su pecho pareció ondularse cuando se estremeció.

Regina volvió a empujarme detrás de ella y se dio la vuelta para encarar a Graham.

—¡No! ¡Regina…!

—¡EMMA MARIE SWAN!

—¡Vamonos! ¡David está como loco! —mi voz estaba llena de pánico, pero ahora no por David—. ¡Date prisa!

Tiré de ella y se relajó un poco. Me empujó hacia atrás lentamente. Mientras nos retirábamos, no perdió de vista a Graham…

… que nos miró con el ceño fruncido en su rostro amargo. La expectativa de la lucha desapareció de sus ojos y entonces, justo antes de que el bosque se interpusiera entre nosotros, su cara se contrajo llena de pena.

Supe que este último atisbo de su rostro me perseguiría hasta que volviera a verle sonreír.

Y justo allí me juré que volvería a contemplar su sonrisa, y pronto. Encontraría la manera de que continuara siendo mi amigo.

Regina mantuvo su brazo ceñido a mi cintura, conservándome cerca de ella. Esto fue lo único que impidió que rompiera a llorar.

Tenía varios problemas realmente serios.

Mi mejor amigo me contaba entre sus peores enemigos.

Mérida seguía suelta, poniendo a toda la gente que amaba en peligro.

Los Vulturis me matarían si no me convertía pronto en vampiro.

Y ahora parecía que si lo hacía, los licántropos quileutes tratarían de hacer el trabajo por su cuenta, además de intentar matar a mi futura familia. No creo que tuvieran ninguna oportunidad en realidad, pero ¿terminaría mi mejor amigo muerto en el intento?

Eran problemas muy, muy serios. Así que ¿por qué me parecieron todos repentinamente insignificantes cuando salimos de detrás del último de los árboles y vi la expresión del rostro purpúreo de David?

Regina me dio un apretón suave.

—Estoy aquí.

Respiré hondo.

Eso era cierto. Regina estaba allí, rodeándome con sus brazos.

Podría enfrentarme a cualquier cosa mientras eso no cambiara.

Cuadré los hombros y fui a enfrentarme con mi suerte, llevando al lado a la mujer de mis sueños en carne y hueso.