Capítulo 26

Rachel, espera…

No, no era producto de su imaginación.

Podía sentir como algunas hojas rozaban con su cabeza, como la hierba tocaba sus piernas, podía sentir el murmullo de los pájaros que dormitaban en las copas de los árboles, y el sonido de la brisa que llegaba desde el lago y que conseguía tensarla aún más.

Aquella maldita linterna que Miller le había entregado apenas iluminaba sus pasos, y solo su intuición le permitía seguir el estrecho sendero que llegaba hacia el rincón mágico de Quinn.

Casi media hora había pasado dudando, pendiente de su teléfono mientras lanzaba miradas hacia el bosque, pensando en ella. Un pensamiento que comenzaba a atormentarla, tanto que había decidido romper con su mente y dejarse llevar por lo que su corazón le exigía.

Un crujido fue suficiente para detener su paso. Algo se movía a sus espaldas y no era pequeño precisamente.

—¿Quién hay ahí? —se giró valientemente, enfocando con la linterna a través de los árboles.

No recibió respuesta alguna y temió lo peor. Algo seguía moviéndose cerca de ella y la imagen del alce apareció por su mente.

Aquel animal podría destrozar a una persona con un simple golpe de su cornamenta. Sin embargo, no escuchaba ruido alguno, ni bramido como escuchó cuando estaban en la cabaña.

—¡Tengo un arma! —exclamó a modo de aviso. Evidentemente mentía, pero tenía esperanzas de ahuyentar a quien fuera que estuviese allí.

—¿Y a qué esperas para disparar?

—¿Dave? —apuntó con la linterna hacia su derecha.

El chico aparecía tras varios segundos, tratando de esquivar el haz de luz que Rachel ya proyectaba sobre él.

—¿Qué haces?

—Pues, pretendía ir al lago antes de que me dejes ciego, ¿quieres bajar eso?

—¿Y por qué no me has dicho que eras tú cuando he preguntado? Me has asustado.

—Por eso, si te lo digo no tiene gracia —le dijo sonriente, al tiempo que se acercaba a ella— ¿Dónde vas por aquí a solas?

—Busco a Quinn, sé que está en el lago.

—Sí, está en su rincón.

—¿Tú también lo conoces?

—Claro, conozco a Quinn demasiado como para que me oculte esas cosas. Y el año pasado nos recorrimos todo el bosque juntos — respondía divertido— ¿Vamos?

—¿Tú vienes?

—Mel me está esperando un poco más allá, pero te he visto tan perdida que me he apiadado de ti.

—No tiene gracia, este bosque es grande y hay alces.

—Cierto, vamos… Te acompaño —espetó rodeando a la morena con su brazo por encima de los hombros.

—¿Vais a ver los fuegos artificiales? —le preguntó Rachel aceptando su gesto.

—Ajam…Vosotras también, ¿no?

—Sí, eso espero.

—Oye, ¿y por qué vienes ahora? Quinn lleva ya un rato ahí sola.

—Tenía una llamada pendiente y tuve que esperar.

—Ah, Ok. Y… ¿habéis arreglado ya lo de esta mañana?

—¿Hablas de tu apuesta?

—Ajam…

—Sí, está todo arreglado.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿De veras no sabias que existía la apuesta?

—No, no tenía ni idea.

—Guau, yo estaba convencido de que ambas lo sabíais y estabais jugando conmigo.

—Pues no, no tenía ni idea.

Dave se detuvo. Habían llegado casi al límite. El lago ya se vislumbraba entre las sombras de los árboles y a lo lejos, se distinguía la silueta de Quinn, sentada junto a una de las dos secuoyas.

—Entonces, ¿por qué os besabais? —fue directo. Tanto que Rachel no pudo evitar sorprenderse al escucharlo. Ya casi había olvidado que Dave aún no sabía del plan que ellas habían tramado— Y no me digas que es mentira, porque Mel os vio. Y no sólo os habéis besado —añadió y Rachel reaccionó esbozando una divertida sonrisa—. ¿Me lo vas a negar?

—No. Claro que no. Quinn y yo nos hemos besado, y no solo en una ocasión.

—Oh dios… Entonces, ¿es real? —cuestionó lamentándose, y Rachel volvió a sonreír, esa vez con algo de travesura.

—Yo solo te puedo decir que quizás si hayas perdido la apuesta —respondió al tiempo que se alejaba.

—¿Qué? No me jodas, Rachel —masculló al verla desaparecer entre los árboles.

Evidentemente era broma, pensó la morena. Sin embargo, conforme iba acercándose a la orilla y distinguía con más nitidez la figura de Quinn, comenzó a desechar aquella divertida respuesta a modo de broma.

Estaba caminando hacia ella, completamente convencida de pasar las últimas horas a su lado, disfrutando de algo que, estaba segura, iba a sorprenderle. Como siempre le sucedía cuando Quinn la invitaba a contemplar algo "mágico". Y esa sensación, el hecho de que hubiera incluso descartado la dichosa llamada de Finn, bien podría responder a la cuestión de Dave.

Quinn se removió inquieta. Había descubierto el haz de luz proveniente de la linterna, pero no pudo contemplar a la morena por culpa de los destellos.

—¿Dave?

—No, me llamo Rachel —respondió iluminándose el rostro con la luz.

—¿Rachel? —murmuró— ¿Qué haces aquí? —se levantó rápidamente.

—Me preguntaba si aún había sitio para mí aquí.

—¿Vienes a ver los fuegos? —preguntó completamente sorprendida.

—Si aún estoy invitada, sí.

—Claro…Claro por supuesto —respondía rápidamente—. Vamos, ven, acércate.

—Ayúdame —espetó lanzándole la mano, y Quinn la tomó sin dudas, permitiéndole que pudiese sortear el pequeño escalón que se interponía entre ellas, y pudiese llegar a su lado.

—¿Has venido sola?

—Sí. Vaya, esto está muy oscuro…

—¿Por qué no me has avisado? —la cuestionó ignorando su comentario— ¿Has venido sola por el sendero?

—Ajam…

—Rachel, no puedes hacer eso. ¿Y si te sucede como esta mañana? Si te pierdes en el bosque en mitad de la noche, te aseguro que…

—Me encontré a Dave en el camino —la interrumpió tratando de evitar la reprimenda—. Bueno, en realidad me asustó, pero me acompañó hasta aquí. Me ha dicho que él está por aquí cerca también —dijo y Quinn desvió la mirada hacia la orilla del lago, buscando en la lejanía la supuesta silueta del chico.

—Está allí —musitó señalándolo, y Rachel lo buscó con la mirada.

—¿Cómo ha llegado tan rápido? Apenas hace un par de minutos estaba aquí atrás…—se sorprendió al ser consciente que toda la orilla del lago de podía vislumbrar perfectamente.

—Dave conoce los caminos. El año pasado…

—Lo recorristeis juntos —añadió Rachel llamando la atención de la rubia—. Me lo acaba de decir. Pero me sorprende que llegue hasta ahí tan rápido, y sin linterna.

—¿Para qué quieres una linterna, teniendo la luna?

—Cierto —respondía alzando la mirada hacia el cielo.

Una perfecta y brillante luna conseguía iluminar todo a su alrededor, mostrando la tranquilidad del lago.

Quinn la observó. La curiosidad por preguntarle por la llamada de Finn, le estaba comiendo por dentro, pero había algo en su interior que no le permitía preguntarle, que le pedía que dejase estar todo, que disfrutase de la decisión de acompañarla en aquel instante. Y eso fue lo que hizo.

—Vamos, ven… Siéntate aquí, he colocado una manta para no mancharnos de tierra.

—Y para los insectos, ¿no? —cuestionó divertida.

—Por supuesto.

—¿Te has bebido ya la botella de ron? —preguntó al tiempo que se sentaba junto a ella, sin perder de vista lo que quedaba a su alrededor. Podía estar segura a su lado, pero no podía olvidar que estaba en mitad del bosque, rodeada de arbustos que probablemente daban cobijo a miles de insectos deseosos por atacarla.

—Eh… No. De hecho, ni la he abierto.

—¿Y a qué esperas?

—¿Quieres beber?

—Solo así me olvidaré de todo, y podré estar tranquila.

— ¿Tranquila? —preguntó tratando de sonar despistada. Evidentemente estaba segura de que aquella expresión tenía algo que ver con la supuesta llamada que había recibido de Finn.

—Dicen que así se te olvidan los problemas, ¿no?

—¿Estás en problemas?

—No, pero no dudes de que van a llegar.

—No te entiendo, Rachel.

—No he hablado con Finn.

—¿No te ha llamado?

—No lo sé, me he venido antes —espetó sacando el móvil de un pequeño bolso—. No tiene cobertura aquí, así que no lo sabré.

—¿Por qué te has venido? ¿Por qué no le has esperado?

—Llevo 6 días esperándole, Quinn. Tenías razón cuando me dijiste que él decidía cuando quería o no hablar. Ha tenido todo el día para hacerlo y no ha querido, así que no es justo que yo ahora te deje sola por eso.

—¿Cómo? Un momento Rachel, ¿te has venido por no dejarme sola? —cuestionó sorprendida, y un tanto preocupada.

—Bueno, no quería fallarte.

—No, no, no puedes hacer eso.

—¿Qué? Pensé que querías que hiciera eso.

—Ay Dios. ¿Ves? Rachel, ese es tu problema.

—¿Mi problema? —cuestionó al ver como Quinn comenzaba a negar y se llevaba las manos a la cara— ¿Cuál es mi problema?

—Rachel, no puedes hacer siempre lo que los demás esperan o quieren que hagas. Eres tú, es tu vida y tú tienes que decidir lo que quieres o no hacer. No puedes dejarte guiar continuamente por lo que los demás dicen, tienes que guiarte por…

—Mi corazón —interrumpió terminando la frase de Quinn, y ésta asintió rápidamente—. Es eso lo que hice, Quinn. Realmente tenías razón, Finn ha tenido todo el tiempo del mundo para llamarme y no ha querido. Solo ahora, justo cuando yo deseaba estar aquí, he hecho lo que me ha dictado el corazón. Por eso he venido.

—¿Prefieres estar aquí conmigo? —masculló completamente abrumada.

—Llevo tres semanas descubriendo a una persona increíble. Cada día que hemos pasado aquí, he sido testigo de algo mágico gracias a ti, Quinn. Y no puedo permitirme el lujo de perderme el momento culmen —sonrió—. No quiero privarme de tu compañía aquí, en tu rincón mágico.

Silencio. Quinn enmudeció de repente y se limitó a observarla. A tratar de agradecer con la mirada, a pesar de la oscuridad que las rodeaba, lo que no era capaz de decirle con palabras.

—¿Te, te ha molestado que tome esta decisión? —preguntó tras no lograr descifrar su mirada, y Quinn sonrió.

—¿Quieres una galleta?

Rachel no pudo evitar esbozar una sonrisa aun mayor, agradeciendo sin duda aquella divertida respuesta que zanjaba toda la tensión que se había creado al hablar de Finn.

—Sí, mejor que el ron, ¿no?

—Mucho mejor —respondía entregándole la caja de galletas.

—¿Sabes? Pensaba que era la única que conocía tu rincón mágico. Eso que Dave también lo sepa…

—Lo descubrí con él. Era imposible ocultárselo —le dijo acomodándose, usando el enorme tronco de la secuoya como respaldo—. Pero tranquila, aun así eres una privilegiada. No he traído aquí a nadie más, que no seas tú.

—¿Ves? Eso me gusta más —replicó divertida—. Supongo que son privilegios por ser tu chica. ¿No?

—Claro. ¿Lo dudabas?

—No. Y me temo que Dave tampoco.

—¿Qué?

—Me ha preguntado por la apuesta.

—¿De veras? Este chico es idiota. Olvídalo. Ya le dije que no había más apuesta.

—¿No? ¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? —la miró incrédula— Es absurdo que sigamos con esto, ya se sabe todo.

—¿Estás segura? Porque me acaba de preguntar si yo de verdad no sabía nada, y porqué nos habíamos besado.

—¿Te lo ha preguntado? Es absurdo, si seguro que ya le…—se detuvo— Hey, Mel aún no sabe que él le mintió.

—Me temo que no, y ahora él si cree que entre nosotras hay algo. Así que, has ganado la apuesta.

—No, no la he ganado. Hay que ser justas y las apuestas no se ganan mintiendo.

—¿Me explicas cual era la apuesta completa?

—¿Es necesario? —cuestiono asegurándose de no volver a molestarla con aquel tema.

—Sí, me interesa saber hasta dónde estabas dispuesta a llegar.

—No es eso Rachel, no quería llegar a ningún lado. Solo pretendía aprovechar la situación que creamos para callar a Dave de una vez.

—Está bien, pero, ¿me lo explicas?

—No hay mucho que explicar. Él me dijo que no me preocupase por dormir contigo, que no te ibas a enamorar de mí, y a mí me sentó mal.

—¿Por?

—Bueno, me estaba diciendo que yo no iba a ser capaz de enamorar a una chica y menos a alguien como tú.

—¿Y qué tengo yo de diferente? —preguntó confusa.

—Eso mismo le pregunté yo, y él me dijo que te había pillado alguna que otra vez mirándole, que sabía que tú jamás te ibas a fijar en una chica.

—¿Y qué sabe él de mí? —preguntó sonriente— ¿Sabe que mis padres son gays?

—Me temo que no.

—Pues es un dato primordial para saber que yo no distingo entre sexos a la hora de enamorarme, y precisamente, enamorarse de ti no es algo que mucha gente pueda evitar.

Quinn no pudo evitar buscar el rostro de la morena. Aquella pequeña confesión consiguió que algo en su interior le golpeara con tanta fuerza que creyó que se había escuchado en todo el bosque.

—¿Qué? —preguntó al descubrir la extraña mirada de la rubia.

—Nada —sonrió tímidamente—. Me alegra que pienses así, es bueno saberlo.

—Ya te lo dije hace unos días, si alguna vez me enamoro de una chica, dudo que no seas tú.

Volvía a hacerlo, y Quinn volvía a estremecerse tras oír aquellas palabras.

Ya ni siquiera pensaba, simplemente dejaba que aquellas palabras se instalaran en su interior, y se quedasen para siempre ahí, guardadas, llenándola por completo.

—¿Quinn Fabray ruborizada? —cuestionó al ver como la rubia bajaba la cabeza completamente avergonzada, esbozando una tímida sonrisa.

—Quinn Fabray no es de hielo, aunque lo parezca.

—¿¡No!? —exclamó con un toque de humor— Todo el mundo piensa que sí.

—Nadie me conoce.

—¿Estás segura que no eres de hielo?

—Segurísima.

—Eso tengo que comprobarlo —espetó al tiempo que se levantaba de su improvisado asiento y rápidamente, buscaba un pequeño recoveco frente a la rubia.

—¿Qué haces? —preguntó sorprendida.

—Quiero saber si eres de hielo o no —respondía tras lograr encontrar el lugar perfecto.

Rachel apartó varias ramas que aparecían en el suelo, junto a las piernas de la rubia, y sin pedir permiso, se sentó entre ellas, buscando el cobijo del cuerpo de la chica mientras le daba la espalda y quedaba frente al inmenso lago.

—¿Qué haces, Rachel? —susurró al ver como la morena se acoplaba entre sus brazos y terminaba apoyando la cabeza en su pecho.

—Si eres de hielo, me darás frio. Si no lo eres, me darás calor…

—Rachel…

—Ok. Seré honesta. No encuentro una excusa mejor para que me abraces. Y después de todo lo que nos ha pasado hoy, y el remordimiento de consciencia que probablemente sufra mañana por dejar plantado a Finn, necesito mimos. Y nadie mejor que tú para hacer que todo esto merezca la pena. ¿Quién en su sano juicio iba a descartar la opción de estar aquí así, contigo? —susurró cobijándose aún más entre sus brazos, y Quinn se estremeció.

No podía creerlo.

No terminaba de comprender como apenas 15 minutos antes, estaba allí, sola, dudando si quedarse o volver al campamento para tener algo de compañía, y de repente estaba allí con Rachel entre sus brazos, y el inmenso y pacifico lago frente a ellas.

—¿Te molesta que me quede aquí? —le preguntó tras un intenso silencio en el que Quinn se esmeró en evitar que percibiera como su corazón había empezado a tronar desbocado.

—No, en absoluto —acertó a responder permitiendo que se acomodase aún más —. ¿Sabes? No me quiero ni imaginar la cara que pondría Dave si nos descubre así.

—¿Qué cara pondría?

—Probablemente se lamentaría.

—No es necesario que nos vea así para lamentarse —masculló Rachel tratando de distinguirlo en la distancia—. Ya deberá estar lamentándose.

—¿Por?

—Porque cuando me ha preguntado por la apuesta, le he dejado entrever que es posible que la haya perdido —soltó, y Quinn palideció. O quizás no, quizás aquella sensación que recorrió todo su cuerpo cambió el color de piel a cualquier color menos el blanco, daba igual, sólo sentía aquella respuesta retumbando en su mente.

—¿Le has dicho eso?

—Ajam…

—Pero…Ya te he dicho que las apuestas no se ganan si se basan en mentiras.

—Por eso mismo —susurró con un hilo de voz.

—¿Rachel? —cuestionó Quinn buscando encontrar la mirada de la chica, tratando de recibir una respuesta más clara y concisa.

—¿Nunca has tenido un amor platónico?

—Eh…

—Pues yo sí, he tenido muchos…Pero nunca tuve la oportunidad de conocerlos, excepto ahora.

—Rachel… ¿De qué hablas?

—De ti. Realmente creo que eres mi amor platónico. Venia pensándolo por el sendero, y cuando te he visto aquí, sentada, lo he podido confirmar. Es eso lo que siento por ti. Siempre te he admirado, Quinn, pero ahora esa admiración se está convirtiendo en algo más real y mágico a la vez. No sé.

—Rachel… —volvía susurrar esta vez incitándola a que se volviera frente a ella.

—¿Qué ocurre? —murmuró al contemplar el gesto incrédulo de la rubia.

—¿Me… me estás diciendo que…te…te has enamorado de…mi?

—En sentido figurado —replicó siendo consciente de la situación— Ya…ya sabes.

—No…no lo sé. ¿Cómo es eso?

—Ya sabes, como algo onírico.

—¿Un sueño?

—Eh…Bueno, un sueño, sueño no. Pero, ya sabes, cuando sientes que alguien es afín a ti, cuando conoces a una persona y sabes que puedes caminar a su lado, para siempre.

¿Búhos? ¿Alces? ¿Castores? Cualquiera de aquellos animales podría ser la excusa perfecta para camuflar el latido de su corazón, pero para desgracia de Quinn, ninguno de ellos tuvo a bien interrumpirlas. Un latido que inexplicablemente, comenzó a sentirse acompañado por el de Rachel.

Podían escucharse mutuamente.

Rachel desechó cualquier tipo de excusa más. Empezaba a ser consciente de sus palabras, de cómo acababa de confesarle algo que ni siquiera ella misma podía explicar bien, y ahora se enfrentaba a su mirada llena de confusión e incredulidad, tratando de entender qué clase de amor era aquél al que se refería.

—Da igual —se excusó volviendo a tomar su posición, esquivando la mirada de la chica—. Oye, hay algo que quiero preguntarte —masculló con la intención de salir airosa del pequeño embrollo en el que se había metido, y Quinn lo supo en aquel instante. A pesar del desconcierto que seguía aturdiéndola.

—Dime.

—Esa canción, la que has cantado con Dave, ¿la escribiste tú?

—Ajam…

—Oh… Es, es muy bonita.

—¿Bonita? —murmuró recuperando la voz— No, no, no lo es. Ni siquiera sé por qué se la mostré a Dave, la tenía guardada en una libreta que encontré por casualidad.

—¿Cuándo la escribiste?

—Hace meses, no sé.

—¿Y la escribiste por alguien? Quiero decir, la letra dice sígueme, o dame una sonrisa y te doy mi corazón…

—No habla de nadie en concreto, habla de mí, de lo único que necesito para ser feliz —le confesó.

—¿Es eso lo que buscas en una persona? ¿Su sonrisa?

—Su sonrisa, sus abrazos, su complicidad, no sé…Solo trataba de demostrar que no necesito mucho para ser feliz, que no soy como todos piensan, a pesar de aparentarlo.

—¿Por qué aparentas eso? Pareces fría, calculadora y no eres así, ¿por qué te empeñas?

—Es la única forma de que no te hagan daño. Pero, como ves, ha sido todo lo contrario en mi vida.

—Si haces mal, recibes mal, es un hecho incontestable. Todos recibimos lo que merecemos, y no estoy diciendo que tú merezcas cosas malas, pero, si haces daño a los demás, terminará por caer sobre ti.

—Lo sé…Pero es tarde para solucionar eso. He hecho mucho daño.

—No es tarde, míranos…Hace unas semanas estábamos a punto de tirarnos de los pelos. Has hecho lo imposible porque Finn y yo no estuviésemos juntos, te has reído de mí en miles de ocasiones e incluso has llegado a ridiculizarme, por no contar con aquella bofetada que me diste en el baile —espetó sonriente.

Una sonrisa que comenzaba a doler en Quinn. Recordar todas aquellas cosas que había hecho no le hacía bien, en absoluto.

—Yo lo siento, Rachel. No…no sé qué decir…

—No digas nada, estoy hablando yo —interrumpió—. Y sigo, todas aquellas cosas eran malas, pero las has redimido en apenas dos semanas.

—¿Qué?

—Durante estos días has hecho que me sienta especial, Quinn. Has conseguido que me sienta importante y me has cuidado, me has apoyado y aconsejado sin tener porqué, y con un tema que a ti te toca de lleno. Eso elimina todo lo malo que me has hecho.

—¿Tú crees? Porque yo sigo teniendo esa sensación de malestar al recordar todo.

—Pues olvídate. Está todo más que superado, y ahora no sabes cuánto agradezco que sea así. Sin incluso soy capaz de confesarte que me he enamorado de ti —musitó con algo de humor.

—No sigas con eso, por favor. Vas a conseguir que me lo crea.

—¿Y quién dice que es mentira? —espetó con tono burlón, y Quinn volvía a llenarse de dudas. No solo porque no podía terminar de asimilar la confusa declaración, sino porque, además, no tenía ni idea de cómo responderle.

Lo único que sentía es que tenía que actuar de alguna forma, y probablemente eligió la peor de todas. La única en la que la lógica brillaba por su ausencia.

Se dejó llevar, y sin mediar palabra alguna, posó su mandíbula sobre el hombro de la morena, entregándole un cálido abrazo mientras entrelazaba sus manos sobre el vientre de la chica.

—Gracias —susurró.

Era lo único que podía expresar en aquel instante, en el que comenzaba a entender que todo aquello, más que una confusión era un auténtico regalo.

Rachel se limitó a sonreír. No le importaba la imagen que podían dar a los ojos de aquellos que, a lo lejos, las observaban incrédulos. No le importaba si por alguna razón, había logrado confundirla con aquella declaración, ni tenía la sensación de abierto la caja de pandora con ella.

Simplemente se estaba dejando llevar. Estaba siendo honesta, y todo lo que sentía, era precisamente eso. Que la adoraba y la admiraba a partes iguales. Que había algo que la llevaba hasta a ella, y no era nuevo. Siempre lo sintió. Siempre tuvo esa sensación de querer estar más cerca de ella, y no encontró mejor descripción para confesárselo, que la de asociarlo a un amor platónico.

—Es cierto, no eres de hielo —susurró agradecida por el gesto, permitiendo que sus brazos aferrasen a ella—. Se está bien aquí. ¿Falta mucho para los fuegos? — preguntó al tiempo que tomaba una de las galletas.

—Mmm… Unos 15 minutos —le dijo tras comprobarlo en su teléfono.

—Ok… ¿Jugamos a algo mientras?

—No…

—¿No?

—No, he recordado que quería pedirte algo —respondió aún con el teléfono en su mano.

—¿El qué?

—¿Puedes volver a cantar la canción que cantaste con Dave en el bar?

—Claro… ¿Cuándo?

—Ahora.

—¿Ahora?

—Sí ahora.

—¿Para qué quieres que…? —Rachel hizo ademán de moverse e interrogar a Quinn frente a frente, pero ésta no se lo permitió, sujetándola con fuerza.

—Vamos, canta —ordenó con un leve susurro, ante la incredulidad de Rachel, que regresaba a su posición inicial—, por favor.

—Pero… ¿Aquí?

—Aquí, para mí. Solo para mí —volvía a susurrar.

—Ok, ok…Lo haré —respondía un tanto extrañada al tiempo que se aclaraba la garganta.

—Solo para ti y para mí, Rach…

—Ok.

No fue consciente en ningún momento de la maniobra de Quinn, que tras asegurarse de que Rachel permanecía de espaldas a ella, consiguió conectar la grabadora en su móvil, y se dispuso a grabar la pequeña actuación de la morena.

Fue exquisito, casi sublime, por no decir que una de las mejores experiencias que había vivido a lo largo de su vida.

La voz de Rachel sonaba casi como un suspiro. Podía sentir la vibración reflejarse en la espalda de la chica, y a su vez, transmitirse a su pecho, que delicadamente, permanecía junto a ella, ofreciéndole apoyo.

Cool Ohio girl…

Fue terminar de cantar aquella pequeña pero especial dedicatoria y escuchar como a lo lejos, los preparativos de los fuegos artificiales comenzaban a dejarse oír.

Lo había conseguido. Tenía guardado en su móvil aquel audio, y la morena no se había dado cuenta de ese hecho.

—¿Quieres que siga cantando mientras lanzan los fuegos? — cuestionó divertida.

—No, ahora es tiempo de relajarse y disfrutar —respondió obligándola a que se acomodara mejor.

No necesitó más.

Rachel hizo caso a su petición, y volvió a acomodarse entre sus brazos, con el pecho de la rubia sirviéndole de respaldo y sus piernas como dos perfectos reposa brazos.

La noche era perfecta. La templada temperatura que ofrecía el lago era ideal para aquel momento, justo cuando una fulgurante llamarada acompañada de un zumbido, daba el pistoletazo de salida a la sección de pirotecnia.

De todos los colores, de todas las formas posibles y ruidosos a mas no poder. Unos explotaban nada más volar hacia el cielo, y otros dejaban decenas de destellos con forma de palmeras, y algunos parecían meteoros que cruzaban el firmamento, y se extinguían con un sonoro silbido.

El rojo, el azul y el blanco abundaban entre todos aquellos fuegos que cruzaban el oscuro cielo, como forma de homenaje a la clausura de aquél importante día para el país.

El ensordecedor ruido que provocaban conseguía que ambas se mantuvieran en silencio, dejando escapar unos murmullos de satisfacción, o sorpresa al descubrir algunos de aquellos impresionantes dibujos que se formaban en el cielo, y el revoloteo de algunos pájaros en las copas más altas de los árboles.

—Es impresionante…—susurró Rachel, que buscaba con más ahínco el cobijo entre los brazos de la rubia— Mira cómo se refleja en el lago.

—Te dije que no debías perdértelo. Éste es el mejor sitio para verlos —respondía sin apartar la vista del lago.

Algo que consiguió que no fuera consciente del repentino movimiento que realizó Rachel, y que iba a cambiar para siempre su vida.

Apenas fue una fracción de segundo, suficiente para girar el rostro hacia ella, y en un improvisado gesto, terminar dejando un pequeño y apenas perceptible beso sobre su cuello.

Ni siquiera supo por qué lo hizo, o mejor dicho por qué lo dejó en aquella zona. Su intención, o al menos eso creía, Rachel, era la de agradecer aquel regalo con un beso en la mejilla, pero la postura que mantenía y la rapidez con la que lo hizo, la llevó a dejar el delicado beso allí, en el cuello, a escasos centímetros de su mandíbula.

Quinn no supo reaccionar. No estaba segura de sí aquel gesto había sido real o su imaginación le había jugado una mala pasada. Evidentemente, no había sido su mente, pero era tal el desconcierto que no conseguía entenderlo.

Rachel le acababa de besar en el cuello. No en la mejilla, como cualquier amiga podría hacer. Incluso un beso en el hombro, en el brazo, podría ser muestra simple de agradecimiento y confianza entre dos amigas, pero un beso en el cuello iba más allá.

Ella lo sabía y Rachel también. Quizás por eso decidió regresar la vista al frente y tratar de ignorar lo que había hecho. Algo realmente imposible.

Sentía la mirada de Quinn a escasos centímetros de ella. Podía sentirla, podía percibir la intensidad de sus ojos, buscando algún tipo de respuesta a aquel acto, y como su cuerpo había llegado a tensarse también.

Ni siquiera se atrevía a hablar, y Quinn lo supo. Notaba el nerviosismo que comenzaba a apoderarse de la morena. Estaba a punto de girarse y lo sabía al ver como dudaba.

Solo el sonido de una zambullida en el agua logró desviar su atención hacia el lago. A lo lejos, Dave y algunos de los chicos del grupo, se lanzaban al agua tras el término de los fuegos artificiales. Unos fuegos que incluso habían olvidado seguir contemplando tras aquel gesto.

—¡Se están lanzado! —consiguió exclamar tras recuperar un poco la compostura.

—Ajam….

—¿Vamos? —cuestionó siendo capaz de deshacerse y alzándose.

—¿Quieres lanzarte? —preguntó extrañada.

Rachel no la miró en ningún momento. Su vista, casi como remedio para evitar algo más, seguía fija en el lago, dónde los chicos ya jugaban entre ellos.

—No…Solo quiero verlos… ¿Vamos?

No respondió. Quinn reaccionó a tiempo para volver a la realidad y tras lanzar una mirada a su alrededor, se dispuso levantarse también.

Rachel se limitó a tirar de la manta, dispuesta a doblarla y meterla en el interior de la mochila que ya permanecía entre las manos de Quinn. Y de nuevo la descarga, de nuevo el extraño escalofrío recorriendo su cuerpo, por un simple y sencillo roce de sus manos.

Rachel se giró para tomar el pequeño sendero que las llevaba hacia el otro lado, tratando de ignorar como de nuevo, su cuerpo se estremecía. Pero Quinn la detuvo, aferrándose con firmeza su mano, y obligándola a que se girarse de nuevo, y esa vez sí, la mirase directamente a los ojos.

—Rachel, espera…