Capítulo 60
Nuevas técnicas.
—Creo que nunca seré capaz de cansarme de esto.
Aquella frase escapaba de los labios de Quinn con apenas un hilo de voz, y acompañado por el último de los suspiros que su agitado pecho le permitía expulsar.
¿Cómo se iba a cansar de algo como así? De su aliento a escasos centímetros de su piel, de sus manos aforrándose a sus caderas y por supuesto de sus labios, sus cálidos y sensuales labios vagando por lo más íntimo de su cuerpo. Demostrándole que no había más experiencia que el deseo y las ganas de saber. Entregándole en cada beso, en cada roce una inescrutable razón para aceptar que aquello era lo que había estado esperando durante toda su vida. Rachel conseguía mostrarle el cielo con apenas un roce de sus labios, mientras su cuerpo desnudo se deslizada sobre ella.
¿Cómo cansarse de su mirada, intensa, capaz de leer sus pensamientos más profundos, que aparecía entre los rebeldes mechones de pelo que caían por su rostro con cada uno de sus gemidos? De su dulce y traviesa sonrisa tras descubrir detalles de su cuerpo, imperceptibles a simple vista
¿Cómo cansarse de aquello?
—Me gusta tu calor—susurró Rachel acoplándose su cintura, apoyando la cabeza sobre el terso vientre de Quinn que luchaba por recuperar la cordura —. Si llego a saber qué haces el amor tan bien, te juro que…
Era perfecto, pensó.
Aquella noche, después de casi cinco noches sin poder, volvían a compartir cama. Su cama japonesa, tras contar con la ayuda de Brody que había aceptado quedarse con Emily mientras ellas disfrutaban de una tranquila cena, y el postre que en ese instante se permitían el lujo de tomar.
Cinco días en los que la tónica general de su vida volvía a mostrarse tal y como pensaban que tenía que ser para que todo fuese perfecto.
Ensayos, encuentros, algunos paseos por el parque y sonrisas, muchas sonrisas que aparecían entre ellas cada vez que podían compartir algunas horas juntas. Daba igual si en el teatro, en la casa de Rachel o con la compañía siempre agradable de Superman y Emily haciendo de las suyas.
Se habían convertido en un buen equipo. En una pequeña familia, tal y como había deseado Quinn.
—¿Me juras qué? —respondía la rubia reincorporándose sobre el cabecero de la cama para tener una mejor visión de su chica, que, tras aquel movimiento, volvía a recuperar la postura sobre su vientre.
—Pues que no habría tenido tantas dudas antes de lanzarme.
—¿Tenias dudas? —cuestionó divertida—¿Dudas sobre qué?
—Sobre esto, sobre lo que era estar con una mujer—respondió dejando una pequeña ristra de besos sobre su vientre—.Ahora entiendo por qué Adèle casi se vuelve loca…
—¿Quién?
—Nada, cosas mías…
—Cuéntamelo.
—Quinn… Es una estupidez —le dijo, y la rubia no dudó en obligarla a que la mirase—. Ok. ¿Recuerdas la estúpida broma de Kate sobre que yo veía películas para pensar en ti?
—Ajam…
—Me pilló viendo una película de alto contenido erótico en mi habitación.
—¿Alto contenido erótico? —repitió alzando las cejas.
—Película de lesbianas que tienen sexo de todas las formas y maneras posibles—aclaró provocando la sonrisa en la rubia.
—¿Y veías eso para pensar en mí?
—Vi eso para tener algo de idea de lo que me podía encontrar cuando tuviese la oportunidad de estar contigo.
—¿Me estás hablando en serio? ¿Viste una película porno para aprender?
—No, no es una película porno. No tiene nada que ver con eso. Es una pequeña joya del cine francés con dos actrices que hacen muy bien su papel, y con un trasfondo más profundo, aunque se pasen media película teniendo sexo y comiendo espaguetis. Lo digo en serio, es una obra de arte.
—Ok—balbuceó conteniendo la risa—¿Y te sirvió?
—En absoluto.
—¿Ah no? Vaya, entonces todo esto que logras hacer es nato —se burló—. Menuda sorpresa, Berry.
—Deja de reírte de mí —le recriminó dándole un pequeño mordisco en el hueso de su cadera.
—No me estoy riendo. Es verdad que me has sorprendido muchísimo, Berry.
—¿Por qué?
—¿Por qué? No recuerdo haber tenido más de un orgasmo en una sola noche, y contigo ya pierdo hasta la cuenta.
—Eso suena bien… Vamos mejorando mucho, por lo que veo—le sonrió traviesa—. A mí me empieza a suceder también.
—¿Te empieza?
—Sí, ya me entiendes, cuanta más práctica, más conocimientos y mejor va todo… Ojalá hubiese sido así en nuestra primera vez.
—¿Cómo? —replicó Quinn—¿Así como?
—Así, como ahora—volvía a rozar con sus labios la parte baja de su vientre—.Ya sabes, estábamos muy nerviosas y bueno…
—¿Bueno qué? ¿No te lo pasaste bien?
—Sí, claro. Fue una noche muy especial.
—¿Muy especial? —le replicó confusa—Rachel, ¿me estoy perdiendo algo?
—No. Quinn, es cierto lo que digo, ¿no? O sea, esa noche estábamos muy nerviosas, yo estaba hasta temblando, era la primera vez que veía el cuerpo de una chica así, de esta manera… Es lógico que recordemos más el vivir la experiencia que el resultado de la misma.
—Ok, ok, me estás diciendo que, en nuestra primera vez, no logré nada. Porque te aseguro que yo toqué las estrellas —masculló, y Rachel la miró un tanto desconcertada mientras guardaba silencio—. Ok. Gracias por decírmelo un mes después. Es genial saber que fui un desastre esa noche, y ni siquiera…
—Hey, hey—la detuvo deslizándose hasta llegar a sus labios—. Quinn, solo he dicho que esa noche estábamos muy nerviosas, no que no disfrutase. De hecho, lo hice, y mucho… Lo que pasa es que poco a poco hemos ido conociéndonos mejor. Y eso se nota.
—Ya, claro…
—No cambiaria nuestra primera vez juntas, por todos los orgasmos que nos quedan por vivir, Fabray—le susurró a escasos centímetros de sus labios—. Y te aseguro que van a ser muchos, muchísimos.
—Eso lo dices para consolarme de mi fracaso.
—Quinn, ¿por qué finges ser insegura? —le sonrió—. Sé que no lo eres…
—Claro que lo soy, no soy de piedra—masculló mostrando un orgullo fingido—. Y mi novia me acaba de decir que he mejorado en el sexo después de un mes acostándome con ella. No me deja muy bien parada…
—Idiota—susurró robándole un beso—. Eres una idiota —añadió volviendo a deslizarse por su cuello, volviendo a marcar con sus labios por esa fina línea que descendía desde su pecho hasta el ombligo, para sentir como su piel reaccionaba de nuevo y su cuerpo se estremecía entre sus brazos.
—Me gusta sentir tu respiración—musitó Rachel acomodándose de nuevo sobre su vientre—. No quiero que te vayas nunca, Quinn — añadió aferrándose a sus caderas.
—No me voy a ir—respondía dejándose llevar—. No estoy tan loca como para escapar de esto.
—¿Loca? No hay que estar loca para salir huyendo, Quinn—susurraba—. Solo necesitas querer un poco de independencia, y encontrarás la razón justificada para hacerlo.
—¿Qué? —preguntó un tanto extrañada mientras apartaba el pelo que volvía a cubrir el rostro de la morena—¿Por qué dices eso?
—Es lo lógico y natural. Quinn tienes 30 años y miles de posibilidades, miles de cosas que hacer a lo largo de tu vida—susurraba—. A mi lado dudo que puedas disfrutar de esa libertad.
—¿De qué estás hablando, Rachel? —cuestionó, pero esa vez el tono sensual y divertido que habían estado usando, desapareció por completo. —¿Por qué me dices eso ahora? —La obligó a que la mirase de nuevo— ¿Creía que ya no había dudas? ¿Qué eras consciente de que quiero estar a tu lado y formar parte de tu familia?
—No tengo dudas, Quinn—murmuró deslizándose hasta el filo de la cama, tomando un pequeño vaso de agua que permanecía en el suelo—. Sé que quieres estar conmigo, pero eso no significa que no piense que puedas salir corriendo en cualquier instante.
—¿Y qué pasará si lo haces tú? —refutó—¿Qué pasará cuando te canses de mí y no quieras que esté a tu lado?
—Dudo que me canse de ti—respondía dándole la espalda, gesto que descompuso aún más a Quinn. Rachel volvía a sufrir uno de sus cambios bruscos de humor, o, mejor dicho, de inseguridad. Cambios a los que aún no terminaba de acostumbrarse, pero que ya empezaba a detectar con la suficiente antelación como para evitar que se prolongaran—. Es imposible cansarse de ti. Eres mi única esperanza de ser feliz al lado de alguien.
—¿Y qué te hace pensar que tú no eres mi única esperanza para ser feliz? —susurró acercándose, rodeándola con sus piernas mientras Rachel se aferraba a las suyas—¿Qué te hace pensar que no eres lo que necesito para ser feliz? —volvía a cuestionar con apenas un hilo de voz, apartando la melena que ya caía por la espalda y dejándola libre. Desnuda ante sus ojos.
—Quinn, seamos honestas. Eres libre, no tienes responsabilidades ni miedos por los que esconderte, podrías encontrar el amor sin problemas, pero mi vida es distinta y lo sabes. Yo no puedo confiar en cualquiera. No puedo dejar todo porque hay alguien que me necesita, y no todo el mundo aceptaría vivir así a mi lado.
—Yo quiero vivir así—se mostró dulce—. Quiero vivir ayudándote con Emily, cenando contigo cada noche y besando tu espalda siempre que lo desee—susurró dejando varios besos sobre la nuca de la chica—. Quiero vivir sintiendo como me haces enloquecer con tus labios, como consigues llegar hasta dónde nadie antes llegó. Como eres capaz de sentir mi respiración en cualquier parte de mi cuerpo, y que me enseñes a hacerlo contigo—hizo una pausa para volver a recorrer, esta vez los hombros, con sus labios—. Quiero poder abrazarte y que mis brazos ocupen todo tu cuerpo. Quiero que mis noches de locura no tengan fin, y solo contigo es así.
Y volvía el silencio y las caricias que las manos de Quinn comenzaban a dejar sobre los hombros de la morena, deslizándose suavemente por sus brazos y recorriendo cada centímetro de su piel desnuda. Volvía el calor que desprendía su cuerpo, anclado a la espalda de Rachel y los suspiros que comenzaban a escaparse de sus labios, mezclados con el dulce aliento que las envolvía. Volvía aquella sensación de placer con apenas un leve roce de sus cuerpos, y de la yema de sus dedos recorriendo sus caderas, su vientre, sus piernas, como si cada gesto, cada vez que pasaba por alguna de aquellas delicadas zonas, descubriera un nuevo camino.
Que las piernas de la morena eran espectaculares era algo que ella ya sabía, pero sus manos se encargaban de recordárselo mientras un leve susurro escapaba de su voz a la altura de sus hombros.
Rachel se estremecía al sentir como Quinn era capaz de abarcar todo su cuerpo aun estando detrás de ella. Cómo conseguía cobijarla por completo y sus manos se perdían entre sus piernas.
—Quiero que me enseñes a hacer el amor—susurró casi como una exhalación y Rachel dejó escapar el primero de sus gemidos, dejando caer la cabeza sobre sus hombros y entregándole todo su cuerpo.
La respiración desacompasada, el sudor por su espalda y el murmullo entre sus labios, mientras su cuerpo de estremecía entre los brazos de Quinn, les hizo recordar porqué aquella noche decidieron cenar en su casa y no en la de Rachel. Les hizo recordar porqué Superman permanecía en el interior de la jaula y no en plena libertad por el salón. Les hizo recordar que una cama deshecha, nunca estaba de más.
Y volvieron a las andadas. A dejarse caer, a deslizarse y rodar abrazadas, desnudas entre las sabanas deshechas. Con la luz de las velas y cobijadas en las alturas.
—Te amo, Rachel —susurró Quinn hundiendo el rostro en el cuello de la morena—. Quiero pasar mi vida entre tus brazos.
Que podía llorar mientras llegaba a ver las estrellas, era algo que Rachel ya sabía que podía suceder, pero nunca con aquella mezcla de sentimientos tras oír aquel "te amo" de su chica, que conseguía introducir en su maltrecha cordura con apenas dos palabras y miles, millones de besos repartidos por todo su cuerpo.
—Espero que esas lágrimas sean de placer—musitó sin apartar la mirada de los ojos de Rachel.
—No te quepa duda alguna—respondía con apenas un hilo de voz, tratando de volver a recuperar la sensatez y regresar a su cuerpo. A su mente lúcida y llena de miedos.
—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó Quinn dejándose caer a su lado, sin perder detalle de su rostro a escasos centímetros del suyo.
—Tengo miedo de perderte, de que todo se esfume.
—Eso no va a suceder ¿Me oyes? —respondía Quinn eliminando la lágrima que volvía a caer por su mejilla—. Voy a estar aquí, contigo. Y no voy a permitir que nada ni nadie te haga daño, Rachel. Lo juro.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo—susurró besándola con dulzura—Dime qué es lo que más miedo te da y prometo que nunca se cumplirá.
—Tengo miedo de que nos descubran, Quinn. Tengo miedo de que los de ahí afuera enturbien la vida de Emily y terminen por hacerte huir.
—Nadie me va a hacer huir. La única persona que tiene eso en sus manos eres tú. Solo me iré si tú me lo pides, nadie más.
—No puedo pedirte eso ahora. Soy egoísta ¿Lo recuerdas? Yo te necesito para estar bien.
—Pues si me necesitas, yo estaré. Y te prometo que nadie me hará cambiar de opinión.
—¿No tienes miedo por nada? —preguntó Rachel mientras trataba de encontrar un nuevo cobijo entre los brazos de la rubia.
—No ¿Por qué iba a tener miedo?
—No sé Quinn, yo pienso en tantas cosas que no puedo evitar asustarme. No estoy tranquila nunca, y no sé si algún día conseguiré estarlo.
—¿En qué piensas? —se interesó.
—Pues no sé, por ejemplo, en Kevin.
—¿Tú representante?
—Sí. Me, me preocupa demasiado.
—¿Por? ¿Qué sucede? ¿No acepta que estemos juntas?
—No lo sé—susurró—Aún no se lo dije.
—¿Cómo? —cuestionó extrañada—¿Por qué no? Pensaba que ya lo habías hablado con él.
—No me atrevo Quinn. Él no es como Mónica ¿Entiendes?
—¿Qué problema tiene? Su trabajo es representarte y cuidar de tu carrera, de tu vida personal no puede decir nada.
—Se va a enfadar mucho—se lamentó—. No porque seas una chica, sino porque no estoy pasando desapercibida todo lo que él exige. Y menos aún con Em. No, no quiero pensar cómo se va a poner cuando se entere de que hemos reservado plaza para ella en la guardería.
—Pero me dijiste que eso era una de las cosas que él quería para que tuvieses más tiempo, y poder hacer otras cosas ¿No es cierto?
—Él quería que cuidasen de mi hija todo el día, no solo un par de horas. Que Em entre en esa guardería no me va a dar más libertad para trabajar en otros proyectos. Y no es por eso por lo que lo he hecho, es por su bien, por el de mi hija. Tendré que estar pendiente de cómo se relaciona, y aprender yo también para poder relacionarme con ella.
—Entiendo—interrumpía—. Y no tienes que temer por eso—aclaró—. Emily tiene que ser lo más importante para ti, Rachel. Su bienestar depende de ti, y va a conseguir ser feliz gracias a los pasos que estás dando. Eso, y solo eso, es lo único que tiene que importarte ahora—volvía a besarla—. Lo que diga o haga Kevin solo tiene que estar relacionado con tu carrera, en cómo vas a conseguir triunfar con el musical y vas a ser la descubridora de una nueva y talentosa actriz en Broadway llamada Quinn Fabray—sonrió.
—La nueva y talentosa actriz de Broadway que me va a hacer volver a los escenarios por la puerta grande ¿Verdad?
—Así es.
—La nueva y talentosa actriz de Broadway que ahora me da cobijo en su cama, completamente desnuda y mirándome con dulzura.
—Esa misma.
—La nueva y talentosa actriz de Broadway que va a salir en la portada de una de las mejores revistas de teatro que hay en el mundo, consiguiendo que todo el mundo se muera de envidia.
—Y eso que aún no has visto las fotos—sonreía traviesa.
—La nueva y talentosa actriz de Broadway que me acaba de decir que me ama—balbuceó con la voz temblorosa—, mientras me hacía el amor como nunca nadie lo ha hecho.
—Yo—espetaba Quinn volviendo a besarla—. Esa soy yo.
—La nueva y talentosa actriz de Broadway que me va a volver a llevar al cielo por tercera vez consecutiva en esta noche ¿Verdad?
—Todo sea por mejorar el desastre de mi primera vez contigo—susurró segundos antes de volver a adueñarse de sus labios, y evitar que Rachel pudiera replicarle aquella última broma. No lo permitió.
Uno, dos, tres… cinco. Volvía a desaparecer el guion y surgían los diálogos improvisados, los besos, las miradas y los susurros que simplemente dejaban escapar, y conseguían llenar la estancia con aquel hipnotizador y pacifico sonido que se producía entre dos amantes, y que de nuevo las lanzaba a un baile que ya habían aprendido a la perfección
Baile que se alargó por horas, y que solo se detenía por pequeños descansos en el que los temores hacían acto de presencia en palabras. Y las promesas llegaban como perfectos escudos, protectores de su pequeño secreto. De su gran tesoro.
Volvían a olvidarse de las horas. Ni siquiera cuando el sol se atrevía a iluminar todo el apartamento, sentían la necesidad de abandonar la cama. Solo Quinn, aprovechando un momento de desliz en el que Rachel llegó a encontrar el sueño por algunos minutos, lo hizo. Pero solo por unos instantes, justo el tiempo que necesitaba para acudir hasta la jaula de Superman y ofrecerle un suculento desayuno compuesto por cacahuetes, semillas de girasol, y varios trocitos de fruta que hacían las delicias del animal.
El buen humor que inundaba su estado anímico era el mejor regalo para Superman, tras haber permanecido toda la noche encerrada, mientras los gemidos de sus compañeras interrumpían su sueño.
Su fallo fue precisamente ese. El regalarle un poco de tiempo al pequeño animal mientras creía que Rachel dormía en calma.
—Mmm ¡No me lo puedo creer! —escuchó desde el altillo, y hasta Superman se asustó.
—¿Qué ocurre, cielo? —alzó la voz a la espera de alguna respuesta, pero ésta solo llegó tras varios segundos, en los que la morena se deslizó hasta la baranda que protegía el altillo y la observaba con una mueca de desacuerdo en su rostro—¿Qué sucede? —volvía a preguntar alzando la mirada, con la bolsa de semillas en sus manos.
—¿Vuelves a abandonarme en la cama? —recriminó y Quinn tragó saliva.
Acababa de ser consciente del hecho y no pudo evitar dibujar una nerviosa sonrisa en su rostro.
—Lo siento, cielo. Iba a volver ahora mismo, pero Superman…—tartamudeaba—Supermán tenía que comer y apenas tiene comida en…
—¡Oh dios! —exclamó de nuevo Rachel—¿Me has abandonado por la ardilla?
—Cielo—se excusó—. Solo, solo son un par de minutos. Vuelve a dormir y prometo que cuando vuelvas a despertar estaré a tu lado ¿De acuerdo? —balbuceó.
—Vas a tener que regalarme la Torre Eiffel para compensar esto—volvía a quejarse tratando de contener la risa y apartándose de la baranda para regresar de nuevo a la cama.
—Prepárate—espetó Quinn volviendo la mirada hacia la ardilla—. No me va a hacer falta ir a París para hacerlo.
—¡Pues será mejor que subas pronto! —alzó la voz desde la cama—No estoy disponible para todo el día.
—¡Voy, voy! —respondía con gracia tras dejar un nuevo puñado de cacahuetes en la jaula del animal y correr rápidamente hacia las escaleras, donde un nuevo imprevisto la detuvo en mitad de ellas. Y un nuevo lamento de Rachel se dejaba oír tras ser consciente de lo que sucedía.
—¿Quién te llama a las 07:30 de la mañana? —se quejó la morena tras escuchar el sonido del teléfono.
—Pues, pues no, no lo sé—respondía tras localizar el teléfono sobre la mesa—. Es un número oculto.
—¡No lo aceptes! Seguro que es alguna compañía de teléfonos tratando de joder mi perfecta mañana.
—Eh, tengo que aceptarlo Rachel—se excusaba—. A lo mejor es Mónica. Quedó en llamarme esta semana.
—Ok, pero no tardes—volvía a ordenar al tiempo que Quinn, aun con la sonrisa en su rostro, aceptaba la llamada.
—Sí, dígame.
—¿Quinn Fabray?
—Sí, soy yo ¿Quién es?
—Hola Quinn, buenos días. Disculpa que te moleste a esta hora, soy Kevin, Kevin Reich.
—Kevin—balbuceó confusa.
—Sí, el dueño de tu piso ¿Me recuerdas? —sonó con algo de humor.
—Ah sí, sí claro, Kevin, Kevin Reich—repitió alzando la voz para provocar la atención de Rachel, que rápidamente volvía a asomarse por el altillo y la miraba confusa.
—Ese mismo—respondía tras dejar escapar una leve risotada—. Espero no interrumpirte con algo importante.
—Eh no, no. Acabo de despertar
—Ah, perfecto es lo lógico en una profesional como tú—añadía—. Despertar temprano para comenzar el día con energía.
—Sí, bueno. Me, me gusta aprovechar el día—respondía sin saber muy bien qué hacer o decir, buscando la mirada de Rachel como si fuese a darle una respuesta.
—Me parece perfecto. Oye, te estoy llamando porque me gustaría poder verte, tengo que hablar contigo acerca de unos asuntos.
—¿Hablar conmigo? —cuestionó preocupada sin dejar de mirar a Rachel, que había empezado a hacerle saber que no debía mencionar en ningún momento que ella estaba allí.
—Sí, acerca del piso y del alquiler. Nada, no te preocupes—aclaró—. Solo son unos asuntillos burocráticos.
—Ah, es eso—se tranquilizó—Ok, pues tú me dirás.
—¿Tienes alguna mañana libre de esta semana?
—Eh, pues el jueves ¿Te parece bien?
—Perfecto. El jueves sobre las nueve estaré ahí.
—Ok ¿Quieres que avise a mi representante? Ella es quien lleva todo el tema de…
—No, no tranquila—interrumpía con serenidad—. No es necesario, solo son un par de detalles del contrato que deberíamos cambiar, pero nada más. Podría hablarlo por teléfono, pero creo que es mejor en persona, así lo vemos in situ y todo queda claro ¿Te parece bien?
—Claro por supuesto, estaré esperándote.
—Perfecto Quinn. Pues muchas gracias por atenderme y, sobre todo, siento la molestia de llamarte tan temprano.
—No se preocupe—respondía tras regresar al altillo y enfrentarse a la preocupada mirada de Rachel—. No es molestia.
—Bien, pues que tengas un buen día—sonó amable.
—Usted también. Buenos días—se despidió segundos antes de escuchar como la llamada se cortaba y la calma volvía a apoderarse por completo de su cuerpo.
—¿Qué quería? —Rachel no tardó en cuestionarla.
—Tranquila, solo quiere mirar algunas cláusulas del contrato de alquiler. He quedado con él el jueves por la mañana.
—Uff—se mostró nerviosa—. Te juro que me he puesto histérica.
—Tranquilízate—espetaba dejando el teléfono a un lado—. Todo está bien y todo va a ir bien ¿Recuerdas?
—Sí —se dejó caer de nuevo en la cama—. Pero la sensación de agobio no hay quien me la quite ahora mismo. Voy, voy a tener que hablar con él ya. No puedo seguir con esta angustia.
—Ok, pero ahora no pensemos en eso. Tengo un par de horas por delante para seguir divirtiéndonos.
—Quinn, no sé si ahora mismo estoy preparada para eso. Me acaba de bajar todo el…
—Olvídate de él ahora—la interrumpió tratando de evitar que la tensión se adueñara de ellas —. Necesito terminar mi aprendizaje contigo. Déjame que pruebe con una técnica que de la que me han hablado para casos así, de angustia repentina.
—¿Una técnica? ¿Qué técnica?
No terminó aquella frase porque Quinn ya posaba los labios sobre los suyos y se acomodaba sobre ella con soltura, obligándola a retroceder y ocupar la cama como correspondía para poder llevar a cabo aquella técnica de relajación que solo Quinn parecía conocer.
—Ok —susurró Rachel—. Esta técnica.
