Según yo este era el último capítulo, pero me equivoqué, porque en verdad ya estaba muy, muy largo, indiscutiblemente el que sigue será la última actualización..

(Para entender un poco mejor esta narración, quizá deban conocer mis oneshots "Noches de tormenta" "Siempre" y el minific "Reliquias de un jefe" al menos los primeros capítulos de éste último, ya que hay varias escenas tomadas de esas historias).

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Capítulo 29: Arcoíris y Tormentas.

"Sé fuerte, y espera por lo mejor"

Cómo hablar dragonés. –Cressida Cowell

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En Berk pasaron los años, Bertha se mantuvo oculta cada vez que había junta de tratados para evitar ser reconocida por alguna persona visitante, Erick no tuvo tanto problema ya que él no era tan conocido como la jefa. El secreto seguía guardado solamente la familia del jefe y la familia de ellos.

La verdad es que ni falta le hacía salir a otras partes, todo lo que soñaba estaba en esa isla, creciendo junto con ella.

Su hija era su máxima adoración. Sin embargo cuando llegó el cumpleaños número cinco de Astrid, decidieron llevar a cabo una tradición en su natal hogar, aunque fuera de manera simbólica, sería especial.

La misión consistía en llevarla al santuario, justo al claro de Bog Burglar, en donde según las leyendas decían que allí había iniciado la primera familia de la valquiria fundadora.

El matrimonio Hofferson pidió un galeón pequeño y con permiso del jefe se aventuraron a la isla natal de la princesa.

Mientras ellos estaban fuera, un visitante llegó a Berk, trayendo exóticas novedades y principalmente noticias de todo Luk Tuk; por lo que los interesados fueron al barco en cuestión para salir de la rutina.

Cuando Johan Trader entregó unos papeles al jefe Stoick mientras su hijo pequeño veía unos cuadernos en blanco y un poco de carboncillo, Stoick se alteró.

-¿Seguro que lo encontraste en los mercados del Norte? -preguntó Stoick, abrumado mientras veía el papel con la información revelada.

-Sí, jefe. Es una caza de esclavos fugitivos. -informó Johan, queriendo sacar ventaja. –Como ve, es la imagen casi idéntica de Bertha.

Stoick refunfuñó, años pasando desapercibidos y de la nada aparecía allí ese papel caza recompensas.

-¿Mencionan algo de Erick?

-No, sólo de su bella esposa, al parecer la siguen confundiendo con la jefa de Bog Burglar. –se encogió de hombros, tratando de descifrar el secreto que no le había sido revelado, aunque él tenía perfecta idea de lo sucedido.

La mano temblorosa de Stoick se calmó. No permitiría que su amiga fuera tratada como una esclava, aunque ese papel otorgara una recompensa de 10, 000 monedas de oro por Bertha Essen.

-Gracias por decirme, Johan. No sé cómo pagarte la lealtad a Berk. –reconoció, dándole unos golpecitos en la espalda.

-Oh, no es nada. Con ser recibido en la isla es más que suficiente. –halagó, haciendo una reverencia.

-Así será siempre, querido amigo. De momento, te pido que ahuyentes a los cazarecompensas de los límites de Berk. No deben saber nada de ella, ni de su hija. –pidió.

-Cuente con eso, Stoick. -sonrió landinamente, aunque por otro lado, él ya había hablado con el que iba detrás de la desaparecida Bertha.

El hooligan se quedó viendo las armas, deseaba otra hacha aunque ya tuviera muchas, pero en especial le causó ternura ver a su hijito mientras decidía qué cuaderno elegir.

-¿Te gusta alguno? –preguntó, agachándose a su altura.

El tímido niño negó. –Aun no sé escribir.

-Ah, pero aprenderás. Gobber y Gylda te ayudarán, también yo. Puedes usarlo para dibujar, he visto que eres bueno. –prometió, sacudiéndole la cabeza. –Johan, por favor dame ese cuaderno. –solicitó, el comerciante inmediatamente obedeció, separándolo del resto. -¿Hay algo más que te gusté? –preguntó a su hijo.

El pequeño niño de ojos verdes caminó por el barco, hasta que notó un pequeño espacio destinado a cosas de mujeres.

-¿Le podemos comprar algo a mi amiga Astrid, mejor? Ella cumple años en estos días. –cuestionó con timidez.

El jefe pelirrojo sonrió ante la facilidad de su hijo de renunciar a algo que él deseaba con tal de aprovecharlo para alguien más.

-Por supuesto, ¿viste algo que te gustó?

El infante se paraba de puntitas para ver alrededor, había muñecas, collares, ropa… pero nada que le gustara a su amiga, o al menos eso consideraba, hasta que vio otras cosas más llamativas.

-¿Qué es eso?

El mercader se acercó. –Eso, pequeño amo Hiccup, son escamas de dragón.

Al niño le brillaron los ojos ante la curiosidad.

-Un día atraparé un dragón y tendré esas escamas en mis manos. –mencionó emocionado, aunque temeroso en su interior. –Así como me dijiste ayer, lo del mundo oculto, papá.

-¡Ese es mi hijo! –alabó Stoick, cargándolo.

Pero también vio otra cosa que podría gustarle a la rubia Astrid.

-Creo, creo que le regalaré eso. –señaló desde los brazos de su padre.

El jefe sonrió, su hijo tenía buen ojo.

-Excelente gusto, pequeño amo Hiccup. A la niña Hofferson le gustará ese bolsita, puede usarla en su cinturón.

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En cuanto a los Hofferson, ellos empezaban su primer viaje familiar.

-¿A dónde vamos, papis? -preguntaba la pequeña Astrid mientras veía como el agua del mar rompía directamente con el galeón en el que navegaban.

Su madre le llamó y le explicó, sentándola a su lado.

-Vamos a un lugar muy especial para mí y que espero también sea especial para ti. ¿Puedes ser paciente y esperar a que te explique cuando lleguemos? –habló maternalmente, haciéndole sus trenzas gruesas.

La pequeña rubia asintió obediente, como todo buen soldado. Erick sonrió por la dicha de compartir con sus dos amores de ese único y especial momento de su vida.

Siguieron navegando y vieron agradecidos bellos paisajes que habitaban de costa a costa.

Después de un par de días navegando, llegaron a la isla. -Espérenme aquí echaré un vistazo, verificaré que no haya bandidos. –advirtió Erick, bajando del bote y amarrándolo al muelle.

Habían entrado por la caverna, aquella que era prácticamente desconocida salvo por los Burglars nativos.

La reina accedió, aunque tenía su hacha allí con ella para evitar cualquier sorpresa. Prestó atención y se dio cuenta que sus tesoros ya no estaban. Los habían robado.

-Saqueadores. –masculló furiosa, pues al cabo de cinco años ya había sido tomada esa isla por mercenarios, aunque no permanecían allí debido a la situación de vida que ofrecía.

Una hora después regresó su esposo, con un rostro serio.

-¿Y bien? -preguntó la jefa.

-Todo en orden, en demasiado orden diría yo. No hay rastros de saqueadores recientes, pero tampoco de refugiados. -mencionó dolido. –Es seguro que vayamos.

Bertha era más fuerte y estaba preparada para cualquier sorpresa.

-Lo sé pero no vinimos a llorar, vinimos a mostrarle a nuestra hija un lugar muy especial.

Con cuidado se bajaron del galeón. Para Astrid todo era nuevo, su sentido de aventura le hacía inspeccionar el terrero.

Caminaron por la caverna rumbo a los pasadizos que había ahí por dentro del bosque seco y estéril debido a la prácticamente a la nula vegetación, hasta llegar a un claro.

Bertha observó el lugar y se dio cuenta que estaba intacto, tal vez había esperanza aún en la isla. El agua seguía fluyendo allí, aunque la hierba seguía seca, la tierra se veía más productiva. También se respiraba el olor a ceniza, indicando que a pesar de los años transcurridos, el volcán seguía activo y haciendo erupción cada cierto tiempo, pues la lava semi seca lo indicaba.

-Un día los burglars volverán a estar aquí. –le prometió Erick, mientras la abrazaba por la cintura, sin perder de vista a su niña.

La jefa le dio un beso en su mejilla, agradecida por el apoyo. En seguida, Bertha se quitó su medallón y lo colocó en una posición exacta cerca de una gran roca pegada al resto de la pared del claro.

-¿Qué haces, mami? -preguntó Astrid.

-¿Recuerdas que te he contado una historia de una valquiria que se escondía en una isla lejana?

La rubita asintió.

Esta es esa isla, sus escondites están marcados por este símbolo, recuérdalo bien. –Bertha se agachó hasta ella para indicarle la reliquia familiar.

La rubia observó con sus grandes ojos azules, estudiando el detalle del relieve en el orificio que su mamá le mostraba. -Es igual a tu medallón. -abrió los ojos sorprendida.

-Así es, este collar es especial. ¿Lo quieres intentar? -Astrid asintió emocionada, tomó el collar de su mamá y junto con ella lo colocó dentro del hueco que estaba señalado ahí. Ambas los giraron y embonó perfectamente, abriendo una compuerta misteriosa formada de piedra.

La niña emitió un sonido de asombro, era un escondite perfecto.

Erick entró primero, encendiendo una antorcha y colocándola en el lugar indicado para iluminar el resto de la caverna.

-¿Qué es este lugar? –susurró Astrid, asombrada.

Bertha reprimió el llanto dentro de ella, recordó aquella vez cuando su mamá la llevó a ese mismo lugar cuando cumplió cinco años.

Lamentablemente esta ocasión no era igual, pero trataría de mantener la esencia de tal acto simbólico. -Éste es un lugar especial, se guardan muchos momentos importantes. Aquí te traje una vez cuando eras bebé y le pedí protección a las valquirias para que te cuidaran toda la vida.

Astrid seguía distraída viendo todo a su alrededor, de ese lugar donde había muchas joyas polvosas e inscripciones en el derredor de las rocosas paredes.

-Según las leyendas en las que yo creo y con las que fui educada, nosotros provenimos de una valquiria que se sacrificó con tal de proteger a las personas que más amaba. –la niña escuchó atenta, pero la distracción era sencilla en ese lugar. -Su corazón se volvió oro por reconocer tal acción de valor y amor. Esa valquiria era mamá de una niña de cinco años, llamada Liv, lamentablemente esa niña se quedó sin su mamá pero dos valquirias la cuidaron hasta que fue una mujer y cuando ella se enamoró forjó esta isla. En este lugar albergó el máximo tesoro de esa tribu.

Astrid estaba conmovida mientras escuchaba la historia de ella. -¿Y cuál es el tesoro? –preguntó interesada.

Ambos padres se sonrieron hasta que el general encendió más fogatas para alumbrar todo el recinto.

-Hay leyendas que dicen que las joyas eran las lágrimas de esa Valquiria… Nissa.

Astrid vio a su alrededor y encontró muchas reliquias, oro y varias inscripciones en la pared. -El máximo tesoro de una mujer nunca va a ser las riquezas materiales. Eso siempre se acaba. Lo que nunca va cambiar es la dicha y el amor que le tenemos a la familia. Para la valquiria que te cuento, lo más importante era el amor hacia su hija y hacia su amado. Ella no ocupaba las riquezas porque su mismo cuerpo las podía producir cada vez que lloraba, así que el valor no reside en lo que brilla ni en lo que se intercambia, sino en lo que le damos a los demás. –le besó la frente, llevando sus mechones traviesos detrás de su oreja. -¿Me estás entendiendo, Astrid?

-Sí mamá, eso creo.

Essen le sonrió nuevamente. -Cuando una princesa cumple cinco años se le entrega un regalo especial.

-No soy una princesa. –refunfuñó haciendo una mueca, no le gustaba que le dijeran así. –Soy una vikinga escudera. -pero decidió seguir con la conversación de su madre. -¿Tú que recibiste?

La jefa le sonrío y se quitó su diadema. A mí me dieron esta, es como una corona.

-Es muy bonita, siempre me ha gustado. –reconoció orgullosa.

-Sí. Es una elección que te define. Por eso es porque cada niña burglar debe elegir su regalo, esto fue lo que yo recibí porque fue lo que elegí; y te traje aquí para que veas el tesoro que te pertenece y que elijas tu regalo por tu quinto cumpleaños.

La niña miró hacia su alrededor.

-¿Puedo elegir lo que sea?

-¡Claro, lo que tú decidas! –animó Erick, viendo orgulloso a sus pequeña lady.

Essen por su parte, estaba feliz de llevar a su hija a ese lugar, de llevarla a cumplir una tradición íntima e importante para la familia real, le dolía que su mamá no estuviera ahí, pero también sabía que ella seguía viviendo en su corazón y que siempre le estaría agradecida por haber cuidado hasta su último aliento de su amada hija.

En cuanto a la rubia, miró atenta cada uno de los detalles. En algunos lugares había pieles y se veía que eran muy finas, aunque estaban descuidadas, en otro espacio había joyas, aretes e incluso collares sumamente llamativos.

Todo era de un valor inigualable, aunque a decir verdad, Astrid aún no conocía el precio del trueque.

La niña de las trenzas, siguió inspeccionando, al parecer era una misión importante el que ella eligiera algo y siguió mirando y miró de nuevo hasta que llegó a un espacio importante en la que eran armas.

Notó que eran armas de combate de cuerpo a cuerpo y personales nada ostentoso como una ballesta e incluso como escudos. Tal vez debía elegir uno de ellos, pero su tío Finn ya le había prometido que le daría una espada, así que no quería tomar una diferente antes de la que le habían mencionado.

Finalmente llegó a un área que parecía ser de broches y adornos para la ropa, llamándole la atención aquello que parecía ser la cabeza de un dragón, específicamente la cabeza de un Nadder Mortífero.

Algo en su interior le llamó a elegir esa pieza de joyería. Era diferente, valiosa, y muy bonita. Lo tomó con cuidado y lo observó con delicadeza. Parecía hecho con la máxima de las atenciones. Aún no sabía para que se utilizaba, pero le gustaba mucho.

-¡Éste! -lo enseñó a su madre corriendo hasta ella. -Esto es lo que quiero para mí.

Bertha se agachó para estar a su altura y lo tomó encantada. -Es muy bonito, buena elección. Éste dragón es símbolo de esta isla. Parece inofensivo y bello, pero sabe defenderse mejor de lo que cualquier cazador puede imaginar.

-¿Y para qué sirve este mami? Éste sirve para unir las ropas, como una especie de botón. Es un símbolo, debes portarlo con orgullo, aunque aún estás pequeña para usarlo. En algún momento te prometo que lo podrás usar y presumir.

La rubia asintió, emocionada y feliz. Entonces su madre sacó de una bolsa que llevaba una diadema y se la colocó en su frente.

-Esta diadema es un símbolo para cualquiera que la vea. Es una promesa de protección. Debes cuidar a los demás y los demás te verán a ti como una guía. Ahora eres pequeña, pero en tus manos hay una responsabilidad importante, que es la de cuidar a tu familia, a quienes amas.

-¿Y también cuidar a mis amigos?

-Claro que sí, los amigos son la familia que se elige. –dijo Erick, apoyando a su esposa y a su niña.

La rubia confirmó emocionada. Era como si fuera un deber para el que ella había nacido.

Erick observó embelesado esa escena, amaba con todo su corazón a Bertha, pero ese amor era casi superado por la devoción que le tenía su hija.

El mataría sin pensarlo a cualquiera que usara incluso en rasguñarla.

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El invierno empezaba a superarse. Sí fue el más frío del que se tenía registro en Berk, pero el calor de los corazones era el abrigo más cálido que alguien podía pedir.

Esas semanas los jinetes las aprovecharon para idear una estrategia de contraataque, de esa manera entrarían en territorio enemigo y recuperarían de una vez por todas el ojo del dragón que les había sido arrebatado.

-¿Todo listo para la presentación? –preguntó Stoick quien entraba al Gran Salón mientras veía que su hijo colocaba algunos planos y diagramas alrededor donde se llevaría a cabo la junta para el concejo de la isla.

-Sí jefe. –mencionó Astrid, colocándose en su lugar. –Convenceremos a todos.

-No, nena, deben convencerme a mí. –mencionó retador.

La pareja de novios se miró, mostrándose confianza y mucho ánimo para el paso que iban a dar.

Los miembros del consejo y Gustav, que seguía siendo el líder del equipo A, tomaron asiento, esperando a que el heredero Hiccup mostrara su estrategia de ataque a la isla de los cazadores.

Por suerte, ellos avanzaron a la perfección, el concejo y Stocik accedieron a llevar a cabo la estrategia para vencer a Viggo.

Por lo que esa misma noche, volaron a recuperar lo que era bien suyo.

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La familia Hofferson seguía en la caverna del tesoro, terminando de apagar las antorchas.

Antes de eso, Bertha decidió llevarse un cofre pequeño con varias monedas, mismo que Erick se encargó de llevar hasta el galeón nuevamente.

Astrid iba dando saltitos por todo el camino, jugaba con el dragón que traía hasta que por error se le cayó.

-Ten cuidado, hijita. –recomendó Bertha.

La rubia asintió, creyendo que había sido regañada. Levantó su adorno con cuidado, pero se desanimó cuando notó algo.

-Se rompió. –quiso llorar por ver que el broche se había abierto.

La burglar caminó hasta ella y se agachó a su altura.

-No está roto, se abre así para que lo puedas abrochar en tu ropa –le sonrió.

-¿Y por qué se le cayó esto? –señalo un pedazo de papel muy doblado que salió de la abertura.

-No debe ser nada. –opinó Erick, subiendo el cofre al barco.

Bertha echó una mirada más a la caverna.

Imaginó por un momento cómo estaba antes, sin embargo, debía aceptar las cicatrices que la marcaban a ella.

Esa barbarie que le ocurrió a sus compatriotas no volvería a ocurrir con nadie.

Respiró profundo, despidiéndose de su amada isla. Iba a arrojar el pedazo de papel que había recogido de su hija, cuando notó algo.

-Un sello burglar. –murmuró, reconociéndolo de inmediato. Le dio la vuelta y se sintió temblar por reconocer la grafía, y más aún el destinatario.

-Para mi hija Bertha. –susurró anonadada, era un mensaje de su madre.

Volteó a ver a Erick, mostrándole el papel. Éste le sonrió con ternura.

-¿Quieres que te deje sola para que la puedas leer? –preguntó.

Bertha sintió llorar su corazón. Pero, prefirió llegar a Berk y leerla en privacidad.

-Mejor en casa. –sugirió ella, abordando después de su familia. –Debemos irnos.

El rubio besó con ternura la frente de ella, dándole todo el apoyo que podía.

Erick puso en marcha el bote, ajustó la vela y permitió que avanzaran lo suficiente para salir de la caverna.

La líder guardó esa carta con sumo cuidado y acompañó a su hija para recargarse al borde del galeón. En el camino de regreso Astrid estaba feliz con su broche de dragón, tanto que imaginaba que estaba volando por los aires.

-¿Volveremos? –preguntó la pequeña, viendo cómo desaparecía esa isla que tanto le había gustado.

-Sí, eventualmente. Hay otra tradición que dice que debes buscar tus flores antes de casarte. –le guiñó el ojo. –Cuando lo hagas volveremos.

Erick carraspeó, mostrando su molestia.

-Además, algún día cuando tú te cases y tengas tu propia familia podrás traerlos aquí también. –agregó Bertha, haciendo sufrir a su esposo.

Esta información asustó a Erick.

-¿Cuándo se case? –cuestionó con protección, ajustando el timón para no verse obligado a sostenerlo.

-Claro, algún día ella formará su familia. ¿Celoso? –se recargó en el mástil, mientras la pequeña se distraía poco a poco con los colores del atardecer.

Erick se cruzó de brazos. -Yo nunca me pongo celoso, es sólo que es muy pequeña para andar pensando en esas cosas.

-¿Y en qué debo pensar papi?

-Pues en espadas y batallas. –sugirió lo que él conocía.

-No le metas ideas a la cabeza. –defendió a su hija.

-Yo no le pongo nada, es lo que le gusta. Mi hermano ya me dijo que le pidió una espada para entrenar. –se encogió de hombros, haciéndose el inocente.

La rubia abrió los ojos emocionada nuevamente. -Sí, me dijo que me la daría después de mi cumpleaños.

Bertha negó, no le gustaba que su hija corriera peligro, pero también aceptaba que ella debía entrenar y prepararse para defenderse a sí misma y para proteger a los indefensos.

Le dio un beso en la frente y le acarició sus trenzas, acomodándolas en el proceso.

-Tú harás lo que tú quieras. Sólo debes ser fuerte y proteger a todos aquellos a quienes ames, empezando por ti.

-Claro, tú debes entrenar, practicar, esforzarte y ser parte de la armada. –dijo seguro, colocando el curso en el timón del barco nuevamente.

La niña se echó a reír.

-Papi, según lo que dices jamás debo casarme. -argumentó la pequeña.

-Exacto, Astrid. Nunca, jamás te cases. Tú serás una guerrera, fin de la discusión. -coincidió orgulloso.

-No hagas caso hija, si deseas casarte hazlo, sino quieres, adelante. Tú haz lo que diga el corazón. -intervino su madre, regañando con la mirada a su esposo, temía que esa conversación se saliera de la mano de ambos.

Tal vez ese recuerdo sería borroso, e incluso creería firmemente que era un sueño. Pero algo era seguro, esas palabras y ese deber que creció en la pequeña permanecerían latentes por el resto de su vida.

Astrid sonrió confiada, sabía que sus padres le decían la verdad, pero algo más llegó a su mente, una preocupación. Es decir, sabía elegir espadas, pero cómo elegiría a quién entregarle su corazón.

-¿Y cómo sabré que es el indicado? ¿Cómo supiste que mi papá era el indicado?

Los orgullosos padres se miraron con amor, recordando lo difícil que fue para ellos estar juntos, pero agradeciendo en el fondo, todo lo que había valido la pena.

Erick suspiró, su hija era hermosa, descendiente de valquirias, le sobrarían pretendientes toda la vida, así que debía prepararla para que no le rompieran el corazón, y si lo hacían, ella tenía que conocer cómo desquitarse.

-Hijita, escuchar una cosa. –la cargó y la subió hasta que ella se apoyara en su cintura. –Todos los hombres tontos te dirán que te bajaran las nubes, las estrellas y la luna, pero no es así. Ninguno podrá. A ti no te sirve que te traigan nada. –habló con determinación. -El hombre que te lleve a tocar las nubes, y te haga volar, será el correcto. Si no cumple con eso, es porque no es el que mereces.

Tal vez el ex jefe hablaba en un sentido más figurativo, pero esa lección la aprendió Astrid a la perfección; años después lo comprobó cuando un muchachito ignorado y juzgado por todos la llevó a tocar las nubes.

-Está bien papá. Me casaré con el que me haga volar.

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-Oye mi lady, ¿quieres ir a volar? –le preguntó Hiccup a la rubia, mientras ingresaba al establo de su novio, quien terminaba de darle una buena dotación de pollo a su ya reestablecido Nadder.

Astrid le sonrió, recordando las palabras de su amado padre, ahora tenían más sentido. Erick Hofferson no se había equivocado.

-Sí, vayamos a las nubes… juntos.

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En cuanto los Hofferson regresaron a la isla de Berk, fueron informados por Stoick sobre la recompensa que se ofrecía por Bertha.

Prefirieron no alarmarse de más y poder enfocarse en la celebración del cumpleaños de su hija, la cual fue sencilla, pero especial.

Finn y Gylda le regalaron un hacha a la medida, la cual estrenó cuando los gemelos Thorson casi tumbaban el pastel, y claro que también cuando Snotlout Jorgenson le obsequió una cuchara oxidada para comer sopa; aunque se calmó cuando Fishlegs Ingerman le regaló un cepillo para su cabello.

-Ya, basta, tranquilos. –calmó Erick, entregándole otro regalo, lo cual era una bolsita. –Este es de Hiccup.

La rubia lo recibió y le gustó mucho. –Gracias, está bonito.

El tímido niño sólo le sonrió. –De nada, espero que lo uses.

La rubia sonrió un poco, para después seguir con lo suyo.

Los amigos y familia estaban expectantes del regalo de los abuelos. La abuela Astrid tomó un morral y lo entregó a su nieta.

-En la familia Hofferson es una tradición que los niños reciban un arma a la edad de cinco años. Tus tíos Finn y Gylda ya te dieron esa, ahora tu abuelito Einar y yo te entregamos esto.

El mencionado sacó del morral un casco, el cual se puso de inmediato, ya que era su primer casco vikingo.

-¡Muchas gracias! Ahora podré cazar dragones. –dijo emocionada mientras envainaba el hacha.

Todos sonrieron.

-Calmada, nena. –dijo el abuelo. –Te falta esto.

Dicho lo anterior, Einar le dio unas hombreras para colocarse. –Son para protegerte de los ataques.

A la niña le brillaron los ojos azules, sin duda era una Hofferson en todos los aspectos.

-¡Está genial! –gritó, golpeando a Hiccup, quien era el que estaba su lado.

El castaño se sobó el hombro, pero también, a sus escasos cinco años de edad, sintió vibrar su corazoncito.

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La noche del festejo de cumpleaños de Astrid, llegó una fuerte tormenta, de igual forma a la que había ocurrido cuando ella nació.

Le causó mucho miedo, pero ante las palabras tranquilizadores de su madre aprendió a aceptar ese cambio, en especial cuando otro trueno invadió el silencio de la habitación, provocando escalofríos en la niña, pero se asombró cuando su madre ni se aturdió por tal efecto.

-¿No te dan miedo, mami? –preguntó la pequeña.

Bertha sonrió y negó con una sonrisa cómplice.

-Hay cosas peores que una tormenta. Antes sí, me daban miedo.

-¿Y cómo le hiciste? –preguntó asombrada y con sus ojos azules bien abiertos.

-Tu padre me dijo un truco, ¿lo quieres saber? –preguntó juguetona.

La niña asintió con determinación.

-Un trueno, jamás llega después de un rayo. –informó la sabia mujer y Astrid puso atención como si se tratara de lo más importante del mundo.

-Pero como quiera se escucha.

-Sí, es cierto, se escucha para que puedas oír la fuerza con la que Thor manda rayos a la tierra. Cada trueno que oyes es un rayo de luz y poder que el dios del trueno manda al suelo mortal en las noches de tormenta, pero nunca caen cerca de ti. –expresó la mujer, arropando a la niña.

-¿Ah no? –preguntó Astrid, alzando una ceja, confundida.

-No, los manda lejos para ahuyentar a los piratas y bandidos que osen entrar a nuestras tierras. –tranquilizó.

-Pero las tormentas son fuertes y bravas, nadie las puede controlar. –reconoció Hofferson.

-Claro, sólo inténtalo. Las tormentas son hermosas, ves el poder de la naturaleza frente a ti, no tengas miedo mi princesa. Sólo es agua, lluvia, viento y ruido provocado por un rayo; eres más fuerte que una tormenta.

La niña sonrió, miró hacia su ventana, se levantó y fue a abrirla, al hacerlo, se vio un rayo que caía hacia el mar, se asustó un poco, hasta que un par de segundos después se escuchó un trueno.

Bertha Essen se colocó al lado de su hija, la cargó y ambas admiraron la hermosura de ese espectáculo de la naturaleza.

-Además, si tienes miedo al sonido, recuerda que el sonido es parte del rayo, por cada segundo que pasa, es una legua que ese rayo está lejos de ti. –repitió las palabras que su esposo le dijo cuando se enamoró de él.

-¿En serio? –preguntó sin creerse.

-Sí. –afirmó la hermosa mujer.

Astrid sonrió, y cuando vio un rayo que iluminó la habitación se aferró a su madre.

-Ahora mi niña, cuenta…

La rubita asintió justo antes de que la luz desapareciera del cuarto.

-1… -inició temerosa la pequeña.

-2. –animó la burglar.

-3. –continuó con más ánimo.

-4. –siguió Bertha, sonriéndole al ver que su hija poco a poco iba venciendo ese miedo.

-5…

-6

Después de contar el estruendoso sonido del relámpago se escuchó por todo Berk. Astrid estaba más relajada, hasta se atrevió a abrir los ojos.

-¿Tan lejos? –preguntó aliviada.

-Sí, lejos de ti, mi princesa… pero yo estoy contigo. –le dijo mientras la abrazaba.

-Y yo también. –se escuchó la voz de un hombre, Erick había aparecido en el umbral de la puerta, con su ropa algo mojada, abrazando a sus dos mujeres.

-Además, Astrid, después de las tormentas, hay arcoíris. –finalizó Erick, feliz de ver que su hija era muy valiente.

Horas después, la heredera burglar cayó dormida nuevamente.

La arroparon y la admiraron por unos momentos, era increíble cómo crecía.

-Sabes, cuando supe que estaba embarazada, y que tú dijiste que no era de ti… -inició Bertha, mirando de reojo a Erick que se ruborizaba, era la canallada más baja que había cometido y no le gustaba recordarlo. –Le rogué a la mismísima Freya que mi bebé no fuera rubio ni de ojos azules para poderlo hacer pasar por hijo de mi prometido.

Ambos se rieron por la jugada que le dieron sus dioses.

-No la imagino más perfecta que ahora. –susurró Erick, saliendo de la habitación junto a su esposa.

-Sí, ella es maravillosa. Me encanta que sea aguerrida como tú.

-A mí me encanta que sea hermosa igual tú, burglar. Que tenga tu corazón y tu fortaleza. –le acarició delicadamente el rostro. –Espero que sea igual de extraordinaria que tú.

Bertha no resistió más y lo besó.

Sí, su corazón se rompió ante la tristeza, pero también se arregló gracias al amor que le dieron.

-A propósito, ¿leíste la carta de tu mamá? –preguntó el rubio entre besos que le daba su mujer.

La fémina se separó un poco.

-Sí, y también me dio una idea… yo también le dejaré un mensaje a mi hija, en caso de que yo no pueda estar con ella. –confesó mientras mostraba su Krage, dándole a entender que allí estaba escondido el mensaje.

Erick se enterneció, ella era perfecta.

Ambos se abrazaron de nuevo.

-Te amo tanto, burglar.

-Y yo a ti, hooligan.

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Habían derrotado a esa facción de los cazadores en la Orilla del Dragón, claro que no había sido de las mejores técnicas, en especial porque tuvieron a Viggo como "aliado", hasta ese momento en el que él apareció con Astrid como rehén.

-Viggo… -masculló Hiccup al ver la escena. –Déjame adivinar, quieres el ojo del dragón a cambio de Astrid.

-Ah, se oye demasiado frío cuando lo dices así, pero sí. A pesar de que agradezco tu ayuda para poner a mi hermano en el lugar que le corresponde debo insistir en que lo regreses a dónde pertenece; conmigo. –al decir eso hizo tanta presión en el cuello de la rubia que Astrid se asustó.

El castaño no tuvo más opción que seguir la demandante petición del cazador. Se giró a la mochila con Toothless y sacó el Ojo del Dragón. Lo admiró por última vez. Tantos meses desde que quería tenerlo de vuelta que ya no sabía qué hacer con él.

Sabía que en manos de Viggo sería el fin de los dragones, pero si se quedaba en sus manos, sería el fin de su vida y de Astrid. Recordó la plática que había tenido con su padre semanas atrás, esa que lo inspiró a escuchar el corazón y decirle a Astrid todo lo que sentía por ella, esos presentimientos y corazonadas que dirigían su andar. Pero ahora… ya no quería perder.

Quería el ojo del dragón, pero necesitaba a Astrid para vivir.

Su corazón estaba dividido, ya había experimentado el dolor de que se rompiera y no iba a permitir que se destrozara. Astrid y él habían pasado por tanto, tenían un par de semanas con esa nueva y hermosa relación, y deseaba que fueran muchos años más.

-¡Hiccup! Ni si quiera pienses en eso. –rogó Astrid, tratando de convencerlo. Pero al mirarlo sólo sintió rabia porque Viggo se estaba aprovechando de ellos.

Miró a Astrid por última vez que le rogaba con la mirada que no lo hiciera, y claro que lo hacía porque ella ya sabía que Viggo los iba a matar de todos modos.

-Todos los años maravillosos que tienen frente a ustedes, ¿por eso?

Hiccup miró a Astrid y después al ojo del dragón. Renunciaría al Ojo del Dragón de una vez por todas.

-Woo, Viggo, bueno, supongo que ahora que lo dices, ¡No! ¡No lo haré!

Expresó con tanta seguridad y confianza. Sabía lo que estaba haciendo y lo que provocaría. Quizá detonaría otra batalla o tal vez la furia de él, pero algo era obvio. No lastimarían a los dragones con tanta facilidad de nuevo.

-¡No! –el cazador gritó con desesperación tratando de alcanzarlo, pero el brazo ágil del muchacho era más rápido y acertado, que fue directo al cráter del volcán.

Soltó a la rubia y ella aprovechó para huir de las manos de él. Hiccup la ayudó a levantarse, pues desde que había perdido la vista la cuidaba mucho más.

Mi miró con protección y ella sólo le asintió, comunicándole que estaba bien. Se puso de pie y quería abrazarlo, pero debía primero asegurarse que no hubiera peligro.

Le sonrió con amor, pero al escuchar el gruñido de Viggo ambos voltearon. Se vengaría de los dos seguramente, el Ojo del Dragón ya estaba cubierto de lava y hecho añicos en su totalidad, pero lo que nadie se esperaba es que justo la superficie en la que Viggo estaba parado empezara a desmoronarse.

El cazador trató de salir de esa porción, pero era tarde y difícil. Empezó a desesperarse. -¡Hiccup! –pidió socorro de él.

El castaño se acercó para ayudarlo, pero no logró hacerlo, en lugar de eso sólo observó cómo es que Viggo caía al lago de lava ardiendo junto al derrumbe.

Haddock se asomó y se sintió muy mal, su corazón compasivo y noble no era malicioso.

-Viggo, no tenía que terminar así. –susurró aturdido.

-¿Estás bien? –preguntó Astrid, nerviosa por lo sucedido.

-Sí. Voy a estarlo.

-¿Finalmente terminó? Porque ya se acabó, ¿cierto?

-Sí, por supuesto. Para siempre.

-Debí haberte escuchado. Eres nuestro líder, nuestra relación no puede interponerse así. No sucederá otra vez. –prometió temerosa de la reacción de su novio.

Las palabras de Astrid le conmovieron, pero era lógico que Hiccup tenía que corregir ese pensamiento.

-Prométeme que no dejarás de decirme lo que piensas. Quiero escucharlo todo de ti. Tu corazón, tu mente, tus ideas, tus miedos, tus sueños. Todo eso me ayuda a ser mejor. Astrid, confío en ti. Es lo que nos hace, bueno, a nosotros. ¿Hecho?

Hiccup le ofreció la mano a su compañera. La rubia sonrió agradecida y enternecida de todo lo que Hiccup era. Se burló internamente de la acción que acababa de hacer, porque un día antes le había dicho que eso no era lo único que ella iba a recibir.

Le dio la mano, pero también la cubrió con la otra. –Hecho.

Finalmente lo jaló para darle un beso, una verdadera manera de cerrar una promesa y establecer un pacto que jamás rompería.

Haddock se desconcentró un poco, pero correspondió gustoso. Colocó una mano en su cintura y profundizó el beso.

Se separaron para después mirarse con amor y admiración. Sin embargo no pudieron terminar de hablar porque los interrumpieron, algo que ocurriría muy seguido en sus vidas desde ese momento en adelante. Los jinetes habían visto esa romántica escena.

-Woo. –exclamaron con sorpresa.

El instinto principal de Astrid fue hacerse para atrás, pero Hiccup la sujetó de la mano fuertemente, como si quisiera trasmitirle el mensaje a sus amigos, ese mismo mensaje que ambos esperaban desde aquella vez en la playa cuando decidieron iniciar su relación.

-Esto… -inició Snotlout sorprendido.

-Lo cambia… -continuó Fishlegs, emocionado.

-Todo. –finalizó la gemela, contenta por sus amigos.

-¡Alto!, ¿quiere decir que no están muriendo? –se desconcertó Tuffnut al notar que su hipótesis estaba incorrecta.

Los novios se miraron extrañados por el comentario del gemelo. Seguían nerviosos y algo incómodos por descubrir todas las sensaciones que ahora disfrutaban enteramente y que de alguna manera tendrían que compartir con los amigos que habían sido testigos del crecimiento en hasta ese momento invisible relación que tenían. Disimuladamente se encogieron de hombros y lograron aceptar que tenían que confirmar de una buena vez que eran pareja.

Sólo sonrieron y negaron ese argumento.

Los chicos corrieron a ellos, felices y emocionados por el noviazgo que a leguas se veía. Tuffnut celebró el amor primero que todos, corriendo a abrazar a Hiccup y a Astrid. La gemela hizo lo mismo, abrazando a su amiga, Fishlegs fue con su amigo de aventuras a apapacharlo igual, e incluso Snotlout que dio unión con sus brazos a los chicos en ese abrazo grupal. Por otra parte la pareja oficial sólo agradeció en silencio esa felicidad empática que sus amigos les expresaban.

El castaño no soltó a Astrid en ningún momento, hasta que un par de segundos después el líder retomó la palabra cuando se separaron.

-Bien, chicos. Una vuelta más a la isla. Asegurémonos que la Orilla está a salvo.

-Hiccup estaba pensando en que tal vez pueda ayudarte con tu problema de apuestas. Va a tardar un poco, son como diez o doce pasos pero acabaré con eso en unos días. –le comentó Snotlout, pero ni Hiccup ni Astrid entendieron a qué se refería.

-Por última vez… ¿de qué están hablando amigos?

Astrid sólo sonrió y carcajeó por la expresión de Hiccup y la torpeza de Snotlout.

Todos se rieron.

Todos celebraron.

Todos disfrutaron de ese breve momento que recordarían para siempre.

Hiccup acompañó a Astrid hasta que ella se subió en Stormfly.

-Renunciaste lo que tanto estabas buscando y por lo que tanto peleamos. ¿Por qué?

Hiccup se montó en Toothless quien gruñó ansioso por volar de nuevo.

-Mi lady, ya te lo había dicho. No imagino un mundo sin ti. Siempre estaremos juntos. Ese es mi plan, y un extraño artefacto que me dice todo de los dragones no me distraerá ni alejará de él.

La rubia sonrió encantada y más enamorada que nunca. Aquellas malas jugadas de Dagur habían acabado, sus dudas e inquietudes, e incluso la mala voluntad de la tal reina de Escalofrío pasaron a un plano casi intangible.

Le guiñó un ojo y emprendió vuelo junto a sus colegas, quienes ya daban gritos de emoción por volar en una zona segura.

Se miraron una vez más mientras empezaban a volar. Hofferson sintió algo cálido y agradable en su pecho, pero también una cierta dependencia que empezaba a formarse en ella. Quería estar segura, quería saber por completo que Hiccup la veía como ella a él.

-¿Siempre? –preguntó Astrid, necesitada de una respuesta.

Hiccup sonrió, prometiéndole el mundo con esos ojos. No sabía lo que la vida les tenía preparado, pero lo que sí tenía seguro es que quería estar con ella, después de todo ella era su mundo y su corazón le decía a gritos que así sería por el resto de sus vidas.

Sus dragones se acercaron y los jinetes extendieron sus manos hacia el otro. Hiccup la sujeto firmemente. La miró embelesado por la chica que tenía en su vida. Viggo tenía razón. No arriesgaría nada por la felicidad que ella le hacía sentir.

Esa promesa que Astrid le pedía no era para ella, era para él mismo.

Tomó su mano y le transmitió con esa simple caricia todo el amor que le profesaba. Nada sería fácil, pero sí sería mucho más feliz si estaban juntos. Asintió levemente y sólo sonrió al responder: Siempre…

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Notas de la autora:

La próxima actualización será la última ahora sí.

Espero que les haya gustado. Si tienen alguna duda respecto a los fics pueden hacérmela saber, trataré de darle respuestas.

Gracias a KatnissSakura por tu review, a veces creo que tú eres la única que me lees jeje, gracias por tu apoyo, amiga!

Gracias por leer

**Amai do**

-Escribe con el corazón-

Publicado: 5 de agosto de 2020