Aviso: Secuela del fic Life Unexpected. Los personajes y todo lo que reconozcan pertenece a JK Rowling.
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33. Un año después
Mar nunca había querido ser madre; ni siquiera de pequeña se había sentido atraída por los juegos de muñecas, a pesar de que le habían regalado muchas. No tenía buena mano para los niños, que durante años le habían parecido otra especie diferente a la adulta, y había asumido desde muy temprano que no los tendría. Le gustaba la idea de tener sobrinos; primero los había soñado como hijos de sus hermanos. Luego, cuando eso había pasado a ser imposible, había decidido guardar ese cariño para todos los bebés que Lily seguro tendría.
Ophelia había cambiado todos sus planes.
Un año después de su nacimiento, Mar lo seguía considerando el día más agridulce de su vida. A menudo se encontraba recordando lo malo, que se hacía presente en el miedo frío que la despertaba a mitad de la noche, tomando la forma sus miedos más profundos. Sin embargo, ese día decidió que solo quería enfocarse en la parte buena. En el final feliz que había tenido aquel escalofriante episodio.
Muchos de los libros que había leído durante el embarazo, describían ese primer encuentro de una forma poética, muy romántica y casi exagerada. Ella no había visto fuegos artificiales, y el dolor definitivamente no había mermado tras echarle un vistazo al bebé arrugado que le pusieron sobre el pecho. No sabía si sería así para el resto de las mujeres, pero no había sido así para ella.
Lo único que sabía era que había querido a Ophelia desde el primer segundo, y que ese amor solo había ido creciendo durante esos doce meses. Y que no se comparaba con nada que hubiera sentido antes.
No era una madre perfecta, estaba muy lejos de serlo, pero era una realidad con la que poco a poco se había reconciliado. Sabía que hacía todo lo posible por su hija, para mantenerla a salvo y segura. Libre de toda la oscuridad que se estaba cerniendo sobre ellos.
Ophelia estaba cumpliendo su primer año, y Mar no podía estar más feliz de que hubiera llegado a su vida para cambiarlo todo.
—Ya le diste suficiente, ¿no te parece? —preguntó, mirándolos con una ceja enarcada. Estaba haciendo un esfuerzo por morderse la sonrisa—. Es tarde para tanto dulce.
—Marlene, no existe tal cosa como tanto dulce. No para los niños, al menos.
—No dirás eso en media hora cuando esté hiperactiva.
Sirius estaba a punto de replicar cuando Ophelia —que viajaba feliz sobre sus hombros—, lo interrumpió.
—Pa… pa… —balbuceó la niña, inclinándose hacia él con insistencia.
—Ya, ya. Tú tranquila —respondió él, dándole un trozo de algodón de azúcar que estaba pidiendo—. Yo lo tengo cubierto.
—Sí sabes que te está manipulando, ¿cierto? —preguntó Mar, entrecerrando los ojos.
—No seas absurda, si apenas aprendió a caminar —desestimó Sirius, sonriéndole a Ophelia—. ¿Crees que sea capaz de manipular a alguien?
Al mirar a su hija, que se reía encantada por la consistencia pegajosa de su golosina, Mar no pudo evitar imitar su sonrisa. No tenía idea de si la niña sería consciente de que los tenía a todos comiendo de la palma de su mano, pero no iba a costarle mucho darse cuenta.
No sabía si podía considerarse manipulación con ellos tan dispuestos a complacerla.
—Bueno, esta noche te toca a ti, así que te encargas del desastre a la hora de dormir —dijo Mar, encogiéndose de hombros.
—Para tu información, tenemos muchas cosas planeadas para esta noche —replicó Sirius, levantando la barbilla con falsa solemnidad—. Que tú seas una aburrida de mierda no significa que nosotros no celebraremos.
Mar le dedicó una mirada fastidiada antes de girar los ojos. En un mes entero no había dejado pasar la oportunidad de sacarle en cara su decisión de no hacerle una fiesta a la niña, aun cuando el día había llegado y su opinión se mantenía intacta.
Y cuando, al final, no la había obedecido del todo.
Se había aparecido en el departamento esa mañana, con dos inmensas bolsas de regalo bajo el brazo y un plan que, desde luego, no tuvo la decencia de discutir con ella. Ambos tenían el día libre de guardias, así que no había tenido más opción que dejar que las arrastrara a un parque de diversiones en el Londres muggle. Era obvio que lo había organizado todo con lujo de detalle, ya que había sabido con exactitud a qué juegos subirse y cuanto tiempo les llevaría cada uno.
Aunque a Mar le encantaban todos los planes que involucraran actividades muggles divertidas, al principio le había costado relajarse. No dejaba de mirar por encima de su hombro, recelosa de cualquier ruido o movimiento brusco —lo que había sido una tortura estando rodeada de atracciones mecánicas—, esperando que, al igual que un año atrás, apareciera esa figura tenebrosa a arruinarlo todo. Había estado nerviosa y un tanto irritable, lo que había amenazado con cortar la diversión.
Por suerte, eso no había pasado.
Al final, la emoción con la que Ophi veía todo, y el esfuerzo que Sirius estaba poniendo en que la pasaran bien, había terminado por calar en ella, obligándola a disfrutar. A no permitirle a esa mujer que arruinara un día que debía ser feliz.
Si no lo había hecho el año anterior, tampoco lo haría entonces.
Mientras regresaban a Grimmauld Place, Mar no pudo evitar agradecer que Sirius hubiera decidido no hacerle caso. Era, quizás, el cambio más inesperado de la jornada.
—A ver, cielo, ven acá —le dijo a la niña, tomándola en brazos—. Vas a llenar de caramelo el cabello de tu padre, y lo último que queremos es un cumpleaños lleno de drama.
—No le metas ideas en la cabeza —dijo él, frunciendo el ceño al ver las manos pegajosas de su hija, y pasándose una mano por el pelo, nervioso—. Pero sí, mejor llévala un rato.
Mar soltó una risita y sacó una toallita de su bolso para limpiar el rostro y los dedos de Ophelia, que había obtenido una ración más que aceptable de golosinas. Y todavía faltaba el pastel de cumpleaños.
Decidió que no iba a preocuparse. Se lo merecía después de haber atravesado unos primeros doce meses tan tumultuosos.
—Oye, no… no ha sido un año tan terrible, ¿cierto? —preguntó Mar, deteniéndose a unos metros de la entrada—. Digo, es obvio que no ha sido perfecto, pero… podría haber sido peor, ¿no?
—Um, es una pregunta interesante —dijo Sirius, llevándose una mano a la barbilla mientras fingía pensar seriamente—. ¿Quieres que responda la parte de mí que se le olvidó lo que es dormir o la que tiene casi seis meses sin…?
—No lo estaba preguntando por ti —le cortó Mar, dedicándole una mirada irritada.
—Sí, ya lo sé —aseguró él, sonriéndole de forma conciliadora—. Bueno, con el inicio que tuvimos, debimos adivinar lo que nos esperaba.
Mar asintió y apretó a Ophelia contra sí. Sabía que se refería a eso que ella había estado tratando de evitar todo el día.
—Pero, si te soy sincero, yo la veo igual a cualquier otro mocoso malcriado lleno de azúcar —continuó Sirius, encogiéndose de hombros con la mirada puesta sobre su hija—. Así que no, supongo que no la ha pasado tan mal.
—Cállate. No es una mocosa —dijo Mar, acariciando la mejilla de Ophelia con la nariz—. Es perfecta.
—Entonces, ¿para qué me preguntas?
Tras decir eso, le dedicó una sonrisa que hizo que el corazón de Mar se saltara varios latidos, y que perdiera la noción del tiempo por un segundo. Si las cosas hubieran sido diferentes, ese habría sido el momento perfecto para darle un beso. Le hubiera encantado poder hacerlo.
—Espero que los chicos puedan llegar temprano. Seguro estará exhausta para cuando acabe el día —dijo Mar, mientras entraban a la casa—. Le avisaste que nos reuniríamos aquí, ¿cierto?
—Eh, ¿tenía que hacerlo?
—Pero…¿Eres idiota? —preguntó ella, agrandando los ojos—. Si cambiaste de pronto todo el itinerario, ¿cómo esperas que sepan…?
—¡SORPRESA!
El grito agudo que los recibió al pasar el vestíbulo la hizo dar un salto, desconcertada.
—¿Qué…?
—¿Qué demonios haces? —resopló Sirius, mirando a su prima con irritación—. Les dije que esperaran en el salón.
—Ay, ya sé, pero estaba emocionada y quería verlos ya —explicó Tonks, que llevaba un gorro de cumpleaños y un montón de serpentinas alrededor del cuello—. Además, ¡estaba decorando el vestíbulo! ¿No te encanta?
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —preguntó Mar, que no terminaba de entender lo que ocurría.
—Una fiesta de cumpleaños para la princesa —explicó Tonks, dedicándole una sonrisa inmensa a Ophelia, que se estiraba emocionada hacia ella—. Lily trajo pastel, James un montón de regalos, ¡y yo decoré!
—Ah, ¿eso significa que todos estos globos explotaran en cualquier momento? —preguntó Sirius, mirando la decoración infantil a su alrededor.
—Qué chistoso —murmuró ella, haciendo un mohín antes de volver a retomar su actitud alegre. Una que tenía varias semanas apagada—. Bueno, pasen, pasen. Los estábamos esperando…
—¡Tú espera! —exclamó Mar, atajando a Sirius por el brazo cuando estaba a punto de seguirla. Esperó que la muchacha se adelantara antes de continuar—. Te dije que no quería una fiesta.
—¿Que no escuchaste a Tonks? —le preguntó él, enarcando las cejas—. La fiesta es para Ophelia, no para ti.
—Sirius…
—Marlene —le cortó él, dedicándole una mirada significativa—. Escucha, entiendo que no haya sido el año que esperabas, y no hace falta señalar que en gran parte es culpa mía. —Ella apretó los labios, sin llevarle la contraria—. Pero podemos estar de acuerdo en que ella no tiene tiene por qué pagar por eso… más de lo que ya lo ha hecho.
—Pero no…
Esa vez, su protesta se vio interrumpida por los sonidos emocionados que Ophelia soltó a lo lejos. Giró la cabeza y la encontró en la otra habitación, manoseando con curiosidad uno de los regalos que Tonks acababa de entregarle.
La imagen fue suficiente para que todos sus peros se perdieran en algún lugar de su cabeza, uno donde no pudieran seguir molestando. Sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—No sé por qué lo intentas —se rió Sirius, claramente aliviado de haberse salido con la suya—. Eres tan cursi como James.
Aunque le dio un empujón, la risa que escapó de sus labios fue suficiente para dejar claro los verdaderos sentimientos de Mar, que había empezado a sentir como su corazón se expandía a lo ancho de todo su pecho.
Al parecer, que Sirius no le hiciera caso había empezado a ser algo positivo.
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Hannah no había faltado a las prácticas del ED ni un día. Ni siquiera en todas las ocasiones que se había enfadado con Harry —esas en las que hubiera preferido nadar en el lago congelado antes que verle la cara—, ni en los últimos meses, cuando le hubiera gustado estar en otro lugar. Con Draco, específicamente.
Sin importar lo que sus compañeros pudieran pensar de ella, estaba comprometida con el grupo y con los entrenamientos, a pesar de que era una de las peores en los hechizos de ataque. Tenía claras sus prioridades, así como su lealtad.
Pero para todo había una primera vez, y un día libre se lo podía permitir cualquiera.
Al menos, eso fue lo que se hizo creer esa tarde, cuando sucumbió a la petición de Draco de quedarse con él un rato, como si no hubieran pasado horas juntos. Últimamente, se le hacía muy difícil negarse a sus propuestas; no porque sintiera que debía aceptar, sino porque en verdad quería estar con él. Siempre había disfrutado de su compañía, pero las circunstancias habían cambiado en los últimos meses. Estaban juntos en una forma nueva, diferente.
Hannah no se cansaba de descubrir hasta dónde podían llegar.
—¿Seguro de que podemos estar aquí? —preguntó, sucumbiendo a los nervios para romper el beso.
—No podemos —respondió él, mirándola desde arriba con una ceja enarcada—. Es contra las reglas entrar a los dormitorios de otras casas.
—Conozco las reglas, Draco —dijo Hannah, girando los ojos.
—¿Y para qué preguntas? —El chico le sonrió, volviendo a inclinarse sobre ella.
—A lo que me refería… —explicó Hannah, enderezándose un poco en la cama que, por alguna razón, se sentía más cómoda que la de su dormitorio—, es si estás seguro de que no vamos a meternos en problemas. ¿No va a llegar ninguno de tus…? ¿Amigos?
—No, están haciendo cosas.
—¿Qué cosas?
—Solo… cosas.
—¿Y por qué no fuiste con ellos?
—Porque estoy aquí, Hannah. Pensé que era obvio —respondió, chasqueando la lengua, fastidiado. Se sentó con los brazos cruzados—. ¿O prefieres que me vaya?
—Claro que no —se apresuró a aclarar ella, haciendo un mohín.
—Bien, porque no te traje para que me hicieras un interrogatorio.
—¿No? —Ella fingió sorprenderse, volviendo a acercarse a él para rodear su cuello con los brazos—. Entonces, ¿para qué?
—¿Tú qué crees?
Intercambiaron una sonrisa antes de retomar el beso profundo de un minuto atrás. Hannah se sentó a horcajadas sobre él, cruzando las piernas en la parte baja de su espalda cuando Draco se inclinó para dejarla caer sobre el colchón. Se estremeció cuando sintió su cuerpo presionando el suyo, en especial las partes más bajas de sus caderas que se encontraron gracias a la posición perfecta de sus piernas. La chica se sonrojó, pero le fue sencillo dejarlo estar. El paso de los meses, y todo lo que habían hecho, había conseguido que la timidez empezara a desaparecer durante esos momentos. Aun cuando era la primera vez que se encontraban en una cama.
Estructuralmente, la habitación de los chicos de Slytherin no era muy distinta a la de los Gryffindor; sin embargo, la decoración hacía toda la diferencia. Hannah había notado de inmediato como los colores cálidos y reconfortantes de su casa eran suplantados por los tonos helados que rodeaban las mazmorras. En otras circunstancias, no dudaba que le hubiera dado escalofríos, pero, por supuesto, la decoración era lo último en lo que estaba pensando en ese momento.
Le era sencillo distraerse con los labios de Draco paseando por la piel de su cuello, recorriendo el camino hacia su hombro que ya conocían de memoria. De esa forma, Hannah podía ignorar la puntada de advertencia que se clavaba en su estómago al saber que no debía estar ahí. Como había dicho un segundo atrás, estaban rompiendo las reglas.
Pero habría mentido de decir que eso no lo volvía un poco más emocionante.
—Draco… —jadeó, cuando lo sintió abriendo los botones de su camisa.
—¿Mm? —murmuró él, usando la boca para apartar la manga de su camisa—. ¿Qué pasa?
Su sonrisa divertida la confundió, pero entonces cayó en cuenta de la situación en la que se encontraban. Las otras veces que habían llegado hasta allí —en su rincón de siempre o en algún salón desierto—, siempre tenía que asegurarse de no dejarse llevar más de la cuenta, y ser muy cuidadosa con cuánta ropa se permitían perder.
En esa ocasión, por fin, contaban con el privilegio de la privacidad.
—¡Aquí sí me la puedo quitar! —exclamó la chica, dándose cuenta tarde de lo tonta que había sonado.
—Sí, es el punto —dijo él, soltando una risita ronca contra su piel. La tomó por las manos y las estiró a ambos lados de sus cuerpos—. ¿Quieres hacerlo o me permites?
Ella se rió por lo bajo, reconociendo un jalón de nervios y anticipación en la parte baja del vientre. Pensar en todas las posibilidades que les daba estar allí, solos, la hizo sentir mareada y acalorada, como si su sangre se hubiera vuelto más espesa. Caliente.
La boca del chico contra la piel de su pecho solo incrementó esas sensaciones.
Se dejó hacer con ganas, sucumbiendo a todos sus avances. Su camisa quedó perdida en algún lugar del piso, y pronto fue seguida por su sujetador. Para esas alturas, ya la había visto así un par de veces; no con tanta libertad, pero sí lo suficiente como para haber dejado el pudor a un lado. Le era más fácil hacerlo con Draco desapareciendo a besos cualquier inseguridad.
Mordía con fuerza el interior de su mejilla, tragándose el gemido que quería salir de su garganta al sentir su lengua caliente jugueteando con uno de sus pezones, endureciéndolo a niveles que nunca hubiera creído posibles. Ella se movía en la cama, inquieta, y le sujetaba el pelo en un puño, instándolo a continuar. Una vez más, estaba derretida entre sus brazos, sin detenerse a pensar más de lo necesario. O nada en absoluto.
Cuando estaban así, no hacía falta darle muchas vueltas a las cosas. Solo dejarse llevar, convertirse en instinto y en sensaciones. Jamás se había sentido tan presa de sus hormonas y necesidades como cuando estaba con él. Y no deseaba que terminara.
Quería más.
Era el único pensamiento que pasaba por su cabeza cuando los dedos del chico se perdieron en el interior de su ropa interior, arrancándole los gemidos que había estado conteniendo. Las primeras veces había sido un poco incómodo y raro, pero con el paso de los días había aprendido a hacerla temblar como lo estaba haciendo en ese momento. Siempre lucía muy pagado de sí mismo, orgulloso de la forma en la que la hacía sentir. Ella lo sabía porque le pasaba cuando era al contrario.
La situación siguió escalando en intensidad, hasta que casi toda la ropa desapareció de la ecuación. Hannah tenía la cabeza completamente ida. Estaba entregada a vivir el momento, y más que dispuesta a seguir hasta el final.
Por eso se sorprendió cuando él se separó de pronto, rompiendo el beso y dejando de abrazarla.
—Espera… —dijo, con una voz irreconocible. Se sentó y la vio con los ojos entrecerrados—. ¿Estás segura de que quieres hacer esto?
—Yo… —balbuceó Hannah, confundida—. Pensé que a eso habíamos venido.
—Pues no —aclaró Draco, pasándose una mano por el cabello despeinado—. No necesariamente.
Hannah se mordió el labio y apretó las sábanas bajo ella. Hubiera preferido no tener que conversar estando casi desnuda, pero hizo su mejor intento por ignorarlo.
Comprendía lo que le decía; le estaba dando la oportunidad de detenerse, de dejarlo hasta allí, si era lo que deseaba.
Pero ella ya había tomado su decisión.
—Sí —respondió, con un hilo de voz—. Sí quiero.
—¿Por qué? —preguntó él, con una brusquedad que la tomó desprevenida.
—¿Cómo que por…?
—¿Es por mí? —insistió, apretando las mandíbulas—. ¿O es por…?
Hannah supo lo que iba a preguntar antes de que lo hiciera, y no pudo evitar sentirse culpable.
Para ninguno de los dos era un secreto la verdadera razón por la que su relación había cambiado. Ella había estado buscando un escape y él se lo había dado. Había sido el consuelo que había necesitado en un momento de oscuridad… pero las cosas no habían quedado ahí.
Se había convertido en mucho más que eso. Y necesitaba que lo entendiera.
No lo pensó dos veces para enderezarse y volver a besarlo, sin pedir permiso.
—Es por ti —le prometió, viéndolo a los ojos—. Porque me gustas. Tú.
Draco gimió contra sus labios y volvió a abrazarla, aceptando su respuesta. Hannah esperaba que lo hiciera en serio, que le creyera.
Pero, por el momento, no tendría que preocuparse por eso.
—Has hecho esto antes, ¿cierto? —le preguntó, acomodándose sobre él.
—Por supuesto —respondió el chico, que ahora estaba tendido sobre la cama. Lo dijo demasiado rápido, casi sin dejarla terminar.
—Draco. —Hannah levantó una ceja y le dedicó una mirada significativa—. No tienes que mentirme.
—¿Qué? No estoy mintiendo —aseguró él, agrandando los ojos con indignación—. ¿Por qué demonios lo haría? Acaso es muy difícil de creer que haya…
Un gruñido ronco interrumpió el resto de su protesta cuando Hannah movió las caderas contra las suyas, rozando sus intimidades todavía cubiertas.
—Ya —jadeó, divertida y excitada—. No seas malcriado.
—Qué chistosa —murmuró él, acariciándole las piernas—. ¿Has hecho tú esto?
—No, pero eres fácil de predecir —bromeó la chica, volviendo a moverse.
Draco enarcó las cejas, en un reto mudo. Hannah soltó un grito agudo cuando la tomó por las caderas y la hizo rodar sobre la cama, volviendo a intercambiar posiciones. Soltó una risita, sofocada, a la que él se unió mientras volvía a acomodarse sobre ella, en un enredo de piernas y labios.
Hannah le sonrió y tomó el borde de su ropa interior, instándolo a quitársela.
—No te voy a lastimar —le prometió Draco, unos minutos más tarde, haciéndola abrir las piernas.
La chica se dejó hacer, sintiendo un nudo de nervios en la boca del estómago y unas cosquillas imposibles en su entrada húmeda.
Le regaló otro beso y una caricia en la mejilla.
—Lo sé.
Sí le dolió cuando se hizo paso dentro de ella, pero no fue nada que no pudiera soportar. No cuando se estaba aferrando con las uñas a la promesa que acababa de hacerle.
Y segundos después, mientras jadeaba y sudaba bajo él, tratando de acompasar el movimiento de sus cabezas, confirmó lo que ella misma le había dicho. No quería estar con otra persona que no fuera él. Era incapaz de pensar en nadie más.
En ese momento, no había otro lugar en el mundo en el que quisiera estar.
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—Como mi mejor amiga, pudiste haberme avisado.
—¿Y cuál habría sido el punto de una fiesta sorpresa? —preguntó Lily, esbozando una sonrisa divertida y culpable a la vez.
—El punto es que podría haber usar algo más apropiado —señaló Mar, mirando con fastidio el atuendo tan básico que había escogido pensando que solo irían al parque—. Ahora apareceré en todas las fotografías luciendo como si no me importara.
—Al menos tendrás fotografías —replicó su amiga, entrecerrando los ojos—. Si te hubiéramos hecho caso, la historia sería otra.
Mar boqueó, indignada, pero no se atrevió a llevarle la contraria. No podía hacerlo sabiendo que tenía razón, aunque no quisiera admitirlo.
Tenían unas horas en la fiesta de Ophelia, y, hasta el momento, solo había encontrado razones que le escupían a la cara que había estado a punto de cometer un grave error. Le bastaba con ver a su alrededor —a la descoordinada pero adorable decoración, y a las personas que quería reunidas—, para saber que iba a estar agradecida con Sirius toda la vida.
Después de todo lo que había pasado entre ellos, había intentado proteger su corazón de otra decepción como sus fallidos intentos de Halloween y Navidad. Por eso había evitado seguir construyendo ilusiones y planes tradicionales, incluso con el primer cumpleaños de Ophi. No quería sentirse como un fracaso cuando todo saliera mal.
Que todo estuviera yendo perfecto le parecía un sueño.
Pero no lo era. Solo tenía que ver a su hija a mitad del salón, nadando entre todos los regalos que James y Sirius habían arreglado a su alrededor, para aceptar que era real.
Sabía que la fiesta no era para ella, pero sentía que le habían dado el mejor regalo de todos
—Lily —dijo, sin dejar de mirarlos—. ¿Cuánto tiempo estuvo planeando esto?
—Eh, creo que un mes, más o menos. Desde que le dijiste que no lo hiciera.
—Típico —resopló ella, soltando una risita. Se giró hacia su amiga, mordiéndose el labio inferior—. Lo está intentando, ¿cierto?
—Mucho más de lo que todos esperábamos, honestamente —respondió Lily, dedicándole una mirada complice—. Lo que significa que hiciste lo correcto.
—Supongo. —Mar suspiró y le dio un trago a la bebida que tenía en la mano—. Ahora la cosa es decidir cuál es el siguiente paso… Si es que lo hay.
—Cuando estés lista lo sabrás, no te apresures —le dijo su amiga, frotándole la espalda en un gesto cariñoso y reconfortante—. Puede esperar un poco más. Se lo merece, aunque lo esté intentando.
—Por supuesto que sí… —concordó Lily, pasando la mirada por el lugar y cambiando el foco de su atención—. Oye, Lily, ¿has hablado con…?
Apuntó disimuladamente hacia un punto en la habitación, al lugar exacto en el que Regulus y Remus estaban sentados en silencio. Lily siguió su mirada y suspiró, entendiendo de inmediato a quién se estaba refiriendo.
—No, lo he intentado y James también, pero es un caso perdido por el momento —explicó la pelirroja, cabizbaja—. Sigue firme en su decisión.
—Una estúpida decisión —dijo Mar, chasqueando la lengua.
—¿Qué te puedo decir, Mar? Son amigos por una razón —respondió Lily, medio en serio medio en broma.
Ella subió las cejas, dándole la razón sin palabras. Para lo mucho que Remus se quejaba de las estupideces de Sirius, las cosas que él hacía no eran más inteligentes.
Era una suerte que hubiera aceptado estar en la misma habitación que Tonks, aunque se estuvieran ignorando… o al menos, eso querían fingir. Mar no se había perdido las miradas furtivas que se lanzaban cuando el otro no estaba viendo. Era frustrante, porque ninguno de los dos merecía estar pasándolo tan mal como lo estaban haciendo. Se les notaba en el rostro, en especial a ella, que siempre se veía tan luminosa y contenta, y recientemente lucía muy apagada. Había recuperado algo de color en el pelo mientras jugaba con Ophi y sus regalos, pero era solo temporal.
Mar podía imaginar lo que ocurría cuando nadie la estaba viendo.
—En fin, intentaré que me escuche a mí. A veces la fuerza de tu dulzura no es suficiente —le dijo a su amiga, que le respondió con una mueca que la hizo reír—. Al menos todos vinieron.
—Como si Sirius fuera a permitir que faltara —respondió Lily, girando los ojos.
El corazón de Mar volvió a expandirse en su pecho, como si hubiera estado meses guardando las formas y ese día estuviera aprovechando para sentir todo lo que la situación le exigía.
—¡EY! En caso de que no lo hayan notado, esto es una fiesta —justo gritó él, mirando hacia donde estaban su amigo y su hermano—. ¿Pueden dejar de actuar como si fuera un funera? Van a confundir a la niña.
—Sirius, compórtate —le cortó Mar, haciéndolo callar, antes de dirigirse a Lily—. Iré por más tragos, asegúrate de que no ocurra una tragedia.
Su amiga asintió y le entregó su vaso para que se marchara.
En la cocina, Mar se sorprendió al encontrar a un invitado de lo más inesperado.
—Ey, ¡estás aquí! —exclamó, sonriendo con gusto cuando lo vio—. Me preguntaba si te veríamos hoy.
—Por supuesto, no pensaba perderme la celebración —respondió Will, devolviéndole la sonrisa—. ¿A quién iba a entregarle el regalo que compré?
—Qué dulce, no tenías que hacerlo —dijo ella, mirando con ternura la caja mediana que llevaba bajo el brazo—. Y tampoco quiero ser grosera, pero con la pirámide que ya tiene, tal vez tarde un poco en abrirlo.
—Me lo imagino —dijo él, soltando una carcajada—. ¿Está arriba? Quiero entregárselo antes de marcharme.
—¿No vas a quedarte? Vamos, al menos un rato —le pidió Mar, que ya se había emocionado con la idea de tener una fiesta con la mayor cantidad de personas.
—Mar, si todos ustedes están aquí, alguien tiene que ir a hacer sus guardias —apuntó él, divertido.
—Ah, cierto —murmuró ella, sintiéndose algo avergonzada por haberse dejado llevar—. Yo… pensé que nos habían dado el libre a todos.
—Sí, porque eso es algo muy propio del jefe —dijo Will, resoplando con ironía—. Bah, está bien, solo quería dejar el regalo y felicitar a la cumpleañera. Además, que me hayan invitado ya es un logro gigante.
—¿Sirius te invitó? —preguntó Mar, agrandando los ojos.
Él entrecerró los ojos, en un gesto irónico que fue más que suficiente respuesta.
—Ya, pregunta estúpida.
—¿Te parece? —preguntó Will, soltando una risita amarga—. Le dijo a James que lo hiciera. Supongo que porque sabía que no podría quedarme, pero hay que darle crédito. En especial porque esto fue un buen gesto de su parte.
—Sí, en verdad sí lo fue.
—No te mentiré, me sorprende lo bueno que es ganando puntos contigo —comentó, cruzándose de brazos y esbozando una sonrisa más agria—. Sería bueno tener el secreto.
—Ni siquiera yo lo tengo, sinceramente —murmuró Mar.
A pesar de que se mordió el labio inferior, no alcanzó a contener la sonrisa ridícula que apareció en su rostro. No era propio de ella dejarse llevar de esa forma, pero ese día estaba particularmente feliz.
Y cualquiera que la conociera un poco lo habría notado.
—En serio lo amas, ¿cierto, Mar?
—Yo… Eso no… —balbuceó, sorprendida e incómoda por la pregunta—. No es…
—Ya, no es de mi incumbencia. Lo siento, sé que no te gusta hablar de esas cosas —se disculpó Will, aunque no dejó el tema estar—. Pero supongo que, después de esto, vas a volver con él.
—Eso tampoco es de tu incumbencia —le cortó ella, algo exasperada—. En especial porque fui clara desde el principio. Will, yo…
—Mar, no tienes que darme explicaciones. Sé que no vas a hacerlo, pero quiero que dejar claro que no las espero —la interrumpió él, suspirando y dedicándole una mirada apenada—. Debí haberme resignado hace mucho, ¿no?
—Debiste escucharme —respondió Mar, sin poder evitar sentirse mal por alguien a quien consideraba su amigo—. Como esa vez que me besaste y…
—¿Y qué?
La sangre en sus venas se congeló cuando reconoció la voz tras ella. Jadeó, desconcertada, y se giró en menos de un parpadeo, sintiendo un vacío profundo en el estómago cuando lo encontró de pie en el umbral de la puerta.
—Sirius. —Mar boqueó, nerviosa—. No…
—Por favor, no se detengan por mí —le cortó él, apretando las mandíbulas con fuerza. Tenía todo el cuerpo tenso, y sus facciones se habían endurecido—. Estaban a punto de recordar una ocasión muy especial.
—Por favor, escúchame —casi le rogó Mar—. Escúchame antes de que…
—No. Mejor sigan con lo suyo —la ignoró Sirius, esbozando una sonrisa grotesca —. Prefiero no interrumpir.
—¿Qué estás…?
—Y en caso de que te lo preguntarás, Barkley —le espetó, asesinándolo con la mirada—. Por esto nadie te invita a una mierda.
—¡Sirius! Ven acá, no… —Él se marchó antes de que ella pudiera terminar, haciéndola sentir frustrada—. Will, yo… tengo que…
El aludido iba a responderle, pero Mar no se quedó para escucharlo. Salió corriendo detrás de Sirius con el corazón en un puño, preguntándose por qué había sido tan estúpida como para hacer ese comentario, y por qué tenía tan mala suerte como para que él la escuchara.
Para que se enterara justo ese día.
—Sirius, espera un momento —lo llamó, acelerada, al encontrarlo en el vestíbulo—. Solo…
—Vete de aquí, Marlene.
—¡NO! Escúchame —le pidió ella, desesperada. Lo tomó por el brazo para detenerlo—. Por favor, solo déjame…
—No, déjame tú —espetó Sirius, soltándose de su agarre con brusquedad—. Vuelve arriba con el resto, o vete con… No sé, haz lo que quieras. Yo voy a salir.
—¿Qué? ¿A dónde vas? —preguntó Mar, agrandando los ojos.
—¡A cualquier puto sitio! —casi gritó Sirius, tomando su abrigo—. Lejos de ese imbécil, preferiblemente.
—Sirius, solo espera un segundo —insistió ella, suplicante—. No hagas esto, ¿sí? Quédate y…
—Ya te dije que no, Marlene —le cortó él, mirándola a los ojos por primera vez. El corazón de Mar se saltó un latido al ver lo furioso que estaba—. No voy a quedarme porque, si lo hago, voy a ir a la cocina y lo voy a… —Se obligó a callar y tomar una profunda respiración, manteniendo la calma a duras penas—. No pienso ser yo quien arruine este día, ¿de acuerdo? Así que me voy antes de hacerlo.
—Pero… pero Sirius…
Se fue de la casa sin escucharla, conteniéndose para no azotar la puerta a su salida. Aunque Mar se sintió igual que si lo hubiera hecho cuando lo vio marcharse.
Se abrazó a sí misma con fuerza, negada a creer que así era cómo iba a acabar el día.
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Si sacaba la guerra de la ecuación, Sirius podía asegurar, sin duda alguna, que aquellos seis meses habían sido la época más dura de su vida.
Cualquiera que lo conociera sabía lo bueno que era saliéndose con la suya; lo bien que se le daba hacer tonterías sin enfrentar las consecuencias, así como lo mucho que detestaba admitir que se había equivocado. Y cuánto le costaba decir lo siento.
Por eso, aquellos meses habían sido una tortura, porque había tenido que hacer todo lo anterior. Mar no le había dejado otra opción, y él había aceptado, resignado, porque se negaba a perderla. No estaba dispuesto a dejarla ir sin intentar que se quedara, sin tratar de hacer —y ser— lo que ella quería. Al principio, ese había sido su propósito principal: hacer lo que Mar quisiera, sin importar lo que fuera; mantenerla contenta y que, con suerte, eso sirviera para que lo perdonara. Sin embargo, eso no había evitado que, con el paso de los meses, el camino hacia su meta se torciera sin que él se diera cuenta, que se encontrara haciendo las cosas porque le nacían naturalmente. Porque sabía que eran lo correcto.
A pesar de que no había sido parte de su plan inicial, esos meses le habían servido para aprender algunas cosas, y mejorar en otras. Seguía sin tener idea de muchas mierdas, y aún estaba muy lejos de ser un tipo perfecto, o decente… pero sí había cambiado. Sabía que lo había hecho, más de lo que había pensado que podría hacerlo a esas alturas de su vida.
Estaba más cerca de ser la persona que Mar necesitaba, pero eso le había llevado trabajo y esfuerzo que no estaba dispuesto a arrojar por la borda. Bajo ninguna circunstancia.
Era la razón por la que se había marchado tras escuchar su conversación con el imbécil de Will. Porque sabía que, si se quedaba, iba a volver a donde había empezado. De haber seguido sus instintos —esos que le rogaban que le partiera la cara al maldito—, todo lo que había hecho habría sido inútil.
Y, lo más importante, iba a arruinar el cumpleaños de Ophelia. Eso no lo podía permitir, no sabiendo que Mar nunca se lo iba a perdonar.
Que él mismo no se iba a perdonar.
Así que se había largado a dar vueltas por el vecindario, esperando que los celos irracionales que le nublaban el juicio se esfumaran. O, al menos, que se disiparan lo suficiente para saber que podía regresar sin hacer un escándalo.
En especial, necesitaba deshacerse de ese otro sentimiento. Ese que siempre iba ligado a los celos, el que lo iniciaba todo, pero que luego se hacía pequeño y huía del desastre que había causado. El mismo del que Sirius hacía alarde de no poseer, pero que nunca lo abandonaba.
Era ese miedo que le helaba la sangre al pensar que iba a perderla. Que todo habría sido en vano, porque por fin se había dado cuenta de que él no valía la pena, que podía encontrar algo mejor.
Eran los pensamientos que lo habían acompañado durante una hora entera, mientras daba vueltas como un idiota, tragándose las ganas de convertirse y salir corriendo muy lejos de allí. Pero no podía hacerlo, no quería, no sabiendo que la fiesta seguía, que Ophelia seguía de cumpleaños, y que quería estar ahí. A pesar de todo, no quería perdérselo. Una de las cosas que había aprendido en ese tiempo, era que ella no tenía la culpa de nada, ni de la basura que él cargaba encima, ni de sus problemas con Mar. No era culpable, por lo que no tenía por qué pagarlo. Y, por alguna razón, habían logrado que no lo hiciera; la habían mantenido pura, limpia de todas sus cagadas. Estaba determinado a que eso siguiera así, a protegerla —tanto como pudiera—, de la mala suerte de tener un padre que no servía para nada. Aunque ella no se diera cuenta.
Al final, fueron esas reflexiones las que lo obligaron a tragarse todos sus sentimientos de mierda y regresar a la casa. Para entonces, el cielo estaba a punto de ponerse, y no tenía ninguna intención de seguir perdiéndose la fiesta que, por cierto, él mismo había organizado. Lo mínimo que podía hacer era disfrutarla.
No había esperado que Barkley se quedara, pero siguió siendo un alivio llegar y saber que se había ido. Habría sido una estupidez sobreestimar su capacidad de autocontrol.
Ophelia lo recibió como si no hubiera notado nada extraño en su repentina ausencia. Gateó entusiasmada hacia él y se puso de pie solo para pedirle que la levantara. Con ella en sus brazos —balbuceando y llenándole la cara de babas y golosinas—, fue más fácil aparentar que nada había pasado, y volver a retomar su actitud divertida y relajada. Desde luego, sus amigos no se lo compraron, pero ignoró las preguntas en sus miradas preocupadas, y continuó con lo suyo. En especial, ignoró a Mar, que lo recibió con una expresión de alivio e impresión que él sabía que se merecía. Unos meses atrás, no habría regresado bajo ninguna circunstancia.
De nuevo, había cambiado. Y la prueba final llegó a la hora de cortar el pastel.
Le había pedido a Lily que se encargara, y la pelirroja había respondido preparando un pastel de chocolate que había provocado que los pequeños ojos de Ophelia ocuparan todo su rostro. Mar y él habían compartido una carcajada ante eso; la primera sincera desde su regreso. En una tregua silenciosa, se acomodaron con la niña alrededor del pastel, en una escena que hizo pensar en el primer cumpleaños de Harry. En cómo la estampa del chico junto a sus padres le había parecido la de una familia verdadera. No perfecta, solo real.
No tenía idea de cómo se debía ver él desde afuera, pero sí supo lo que sintió al mirarlas a ella.
Un vistazo fue suficiente para cambiarlo todo.
La sonrisa brillante de Mar cegó su visión al mismo tiempo que las carcajadas infantiles de Ophelia inundaban sus oídos. Sirius sintió que su pecho se inflaba, pero, a diferencia de como le había pasado en otras ocasiones, no trató de impedir la oleada de sentimientos que nacieron en su pecho. Solo los dejó fluir, y permitió que lo ahogaran.
Entonces, lo soltó todo.
Soltó el miedo a ser un mal padre, el mismo que lo había mantenido alejado de su hija en orden de no arruinarle la vida. También soltó el miedo a estar sin Mar —a que lo dejara por Will, o por quien fuera—, y esa fue la única forma de que la llama posesiva que ardía en su pecho al pensar en ella finalmente mermara.
Lo soltó todo y se sintió tranquilo, quizás, por primera vez en su vida.
Aceptó, por fin, que su lucha no debía ser para que Mar lo aceptara de vuelta, sino para que fuera feliz. Para que ambas lo fueran.
Quizás ya la había cagado demasiado como para merecer otra oportunidad, pero podía vivir con ello.
Mientras ellas estuvieran bien, lo demás podía soportarlo.
Porque las amaba y nada importaba más que eso.
.
.
Hannah regresó a la torre de Gryffindor muy tarde en la noche, después de la hora de dormir. Draco le aseguró que no tendría de qué preocuparse; él se encargaría de que no se metiera en problemas.
En otro momento, no habría aceptado que usara los privilegios que Umbridge le había otorgado para protegerla; siempre trataba de evitar que lo hiciera. Por esa vez, podía dejarlo pasar. No quería discutir, no con él.
Su corazón le había pedido que no lo hiciera.
Se habían marchado de los dormitorios de Slytherin un rato después de lo que habían hecho. A ella le habría encantado quedarse más, acurrucada contra Draco, disfrutando de esa sensación burbujeante que nacía en su estómago y subía hacia su pecho. Sin embargo, no quería jugar con su suerte, y aunque él le había asegurado que nada iba a pasar, había preferido que se marcharan. No quería que nada arruinara ese día.
Al final, lo había convencido de que se refugiaran en su rincón de siempre, apartados del resto del castillo. Del mundo entero.
Se habían quedado ahí durante horas, intercambiando los besos que les habían quedado pendientes, aunque pareciera imposible después de todos los que se habían dado. A Hannah la sorprendió darse cuenta de que no se sentía diferente; estaba contenta, pero seguía siendo la misma persona que antes de entrar al dormitorio de Draco. En especial, la sorprendía darse cuenta de que seguía siendo la misma con él.
Trataba de no pensar en Harry en momentos como ese. No le gustaba compararlos, porque no tenían nada que ver el uno con el otro, pero era la única relación que había tenido, así que era imposible no hacerlo, hasta cierto punto. No podía no pensar en lo abochornada que se había sentido en cada momento de intimidad que había tenido con él, por más pequeños que hubieran sido. Recordada como le había costado mirarlo a los ojos después de terminar, y lo roja que se ponía cuando todo volvía a la normalidad.
Con Draco, nada de eso había ocurrido.
Sí, había sido agobiante que la viera desnuda, y vestirse frente a él después de que todo terminara fue particular, pero las cosas no habían tardado en regresar a la normalidad. Y era eso, más que haberse acostado con alguien por primera vez, lo que la hacía sentirse tan contenta.
Era ese sentimiento que estaba empezando a conocer. Era el cariño que siempre había sentido por él, convirtiéndose en algo nuevo, distinto. Especial.
Se había marchado a su dormitorio caminando sobre nubes imaginarias, con la promesa de que se verían al día siguiente. Habría dado cualquier cosa por no tener que romper la burbuja que habían creado a su alrededor, pero podía aferrarse a eso hasta el día siguiente.
Nunca se hubiera imaginado que aquella burbuja pudiera ser tan frágil.
Tras dar la contraseña, encontró la sala común por completo vacía. Era tarde, así que esa no fue su primera pista de que algo iba a mal. Sin embargo, si notó la energía fría y opresiva que la envolvió al entrar en la usualmente confortante habitación.
No se escuchaba ni un una respiración, ni siquiera podía oler los restos del fuego de la chimenea.
Era como si la torre se hubiera quedado sin vida.
Caminó hacia su dormitorio, tratando de quitarse aquella bizarra sensación de la piel, sin exito.
—¿Creen…? ¿Creen que sea muy terrible? Los castigos…
—No lo sé, pero definitivamente nos van…
Las voces de sus compañeras se detuvieron en seco cuando la puerta se abrió. Hannah dio un respingo antes de entrar, dándose cuenta de cómo la energía de la sala común se había trasladado también allá.
—Chicas —balbuceó, sin saber qué preguntar—. ¿Qué…?
Cerró la boca de golpe ante las miradas que Parvati y Lavender le lanzaron. Nunca habían sido grandes amigas, pero nunca la habían mirado con tanto desprecio como en ese momento.
Hannah abrió la boca para preguntar qué les pasaba, pero las dos chicas la ignoraron antes de salir juntas del dormitorio, azotando la puerta tras de ellas.
—Hermione, ¿qué…?
Sintió que su corazón se caía a su estómago cuando su amiga se giró a mirarla, con una expresión agotada, desencajada. Dolida.
Si antes había estado preocupada, en ese instantes quedó presa de la angustia.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué…?
—Hannah. —La chica suspiró y se puso de pie, enfrentándola—. ¿Dónde estabas?
—Yo… yo estaba…
—Con Malfoy, ¿no es así? —preguntó Hermione, mirándola con resignación.
Hannah se encogió en sí misma. La altanería con la que había estado respondiendo a esa pregunta se evaporó en el aire ante la actitud de su amiga.
—Sé… sé que falte a la práctica, pero… por una vez no…
—Tú… no tienes idea de lo que pasó —dijo Hermione, como si fuera un hecho, aunque había un brillo de duda en sus ojos—. No la tienes, ¿cierto?
—¡No! No tengo ni la menor idea de lo que está pasando aquí —exclamó ella, empezando a desesperarse—. ¿Puedes explicarme qué es lo que ocurre?
A pesar de que su expresión se mantuvo igual de apagada, la chica soltó un suspiro lleno de alivio. Hannah se dio cuenta de que había confirmado algo que ya sabía, pero que había necesitado escuchar de todas formas.
—Hermione, me estás asustando. Dime qué…
—Nos descubrieron, Hannah —murmuró, mordiéndose el labio con fuerza—. Todo acabó.
Una cortina de hielo cayó sobre ella al escucharla decir eso, haciendo la noche incluso más fría.
—¿Q-qué…? ¿De qué estás…?
—La brigada de Umbridge. Llegaron hoy a la Sala de los Menesteres... ya ella lo sabe todo —le explicó Hermione, que parecía a punto de echarse a llorar—. Dumbledore se echó la culpa y tuvo que irse del colegio o… O iban a llevarlo a Azkaban. Umbridge es la nueva directora.
Hannah trató de recoger el significado de esas palabras apenas llegaron, pero le llevó un momento atajarlas. No podía creerlo, no podía haber pasado… no podía ser cierto.
Pero, de alguna forma, lo era.
Soltó un jadeo y se cubrió la boca con las manos, tratando de acallar el grito que quería soltar y las náuseas que le habían llenado el estómago.
De pronto, todo tuvo sentido.
La insistencia de Draco para que pasara el día con él, el dormitorio de Slytherin vacío…
Hannah se abrazó con fuerza, clavándose las uñas en la piel, deseando poder arrancarla para dejar de sentirse de esa forma. Dejar de sentirse tan sucia.
No solo su burbuja se había roto, sino que los pocos escombros de su vida que había reconstruido volvieron a desmoronarse.
Al igual que su corazón.
.
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—¿Podemos hablar?
—Claro —dijo él, sin mirarla a los ojos—. ¿Quieres encargarte tú de recoger todo el confeti o lo hago yo?
—Sirius —le cortó Mar, suplicante—. Lo digo de verdad.
La fiesta había terminado de forma oficial. Era casi media noche y ya todos se habían marchado a casa; incluso la cumpleañera había caído rendida un rato atrás, exhausta tras haber atravesado tantas emociones sin tomar ni una siesta. En un principio, Sirius había anunciado que limpiaría en la mañana —lo que todos habían interpretado como que obligaría a Kreacher a hacerlo—, pero Mar se había quedado, insistiendo en ayudarlo a recoger todo.
En verdad, la limpieza la tenía sin cuidado, simplemente había sido la excusa perfecta para quedarse sola con él y hablar. No pensaba marcharse de esa casa hasta que lo hicieran.
—No sé qué quieres que te diga, Mar —suspiró él, usando la varita para bajar las decoraciones que Tonks había colgado en las paredes—. Estamos hablando, ¿no? Lo hemos hecho todo el día.
—No, de hecho no fue así —replicó ella, cruzándose de brazos—. Dejamos de hacerlo durante la hora y algo que te marchaste sin… sin escucharme.
Sirius continuó en lo suyo, sin dar indicio de haberle prestado atención.
Todavía estaba sorprendida de que hubiera regresado tras largarse así de enfadado. Después de lo que había escuchado, Mar había asumido que no volverían a verlo en un largo rato, quizás, hasta el día siguiente.
Que sí lo hiciera, y, además, sin armar un escándalo, la había dejado desorientada.
—¿Vas a dejar que me explique o…?
—No —la interrumpió él, girándose, por fin, a verla—. La verdad es que prefiero que no.
—Pero… —Ella boqueó, incrédula—. Sirius, yo…
—Mar, estoy hablando en serio —insistió, deteniéndose para darle toda su atención—. No necesito que me expliques nada. No quiero que lo hagas.
—Entonces, ¿qué? —soltó ella, resoplando con algo de brusquedad. Su actitud empezaba a ponerla nerviosa—. ¿Esperas que te deje marchar pensando lo que te dé la gana?
—¿Eso sería tan malo?
—Sí, porque tu mente es demasiado creativa.
Por toda respuesta, él soltó una carcajada sincera, aunque amarga. Mar intentó contenerse, pero no pudo luchar contra la sonrisa que apareció en sus labios.
No era, para nada, la forma en que había esperado que se manejara esa conversación. Y el cambio estaba resultando ser un alivio.
—Eso no te lo voy a negar —admitió él, esbozando su mejor sonrisa sugerente—. En especial porque tú sabes que tan creativo puedo ser.
—Sirius —le cortó Mar, mirándolo de forma significativa—. Escucha, no tiene sentido que pienses que pasó algo que…
—Marlene, ya. Déjalo estar —volvió a pedirle, pasándose las manos por el pelo—. Prefiero no saberlo. Lo que sea que haya pasado…
—¡Es que no pasó…!
—O no haya pasado. Es entre tú y… y el imbécil ese. —Apretó los labios con fuerza, y un brillo de desprecio apareció en sus ojos. Sin embargo, un suspiro profundo lo ayudó a calmarse—. No hemos estado juntos durante estos meses. Técnicamente, no me debes nada.
Mar balbuceó, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. No estaba siendo sarcástico, sino que lo estaba diciendo con total sinceridad, por imposible que pudiera parecerle a ella. Y a cualquiera que lo conociera.
—Sabes que no es así cómo funciona —murmuró, sin salir de su sorpresa.
—Nunca entendí cómo funcionaba esto, en verdad —señaló él, encogiéndose de hombros—. Pero qué más da. Lo importante es que, para variar, yo sí me porté bien.
—Cierra la boca —le ordenó Mar, haciendo que volviera a reír—. Te juro que no… no lo entiendo.
—¿Qué? ¿Mi madurez? —preguntó Sirius, sonriendo encantado.
—Pues sí —confesó ella, mirándolo como si le hubiera salido un tercer ojo—. No sé cómo tratar con esta versión de ti.
—Cómo tratabas a la anterior estará más que bien —respondió él, enarcando las cejas—. Pero disfrútala mientras puedas, no sabemos cuánto va a durar.
—Eso sí puedo creerlo.
Volvieron a compartir otra risa antes de volver a retomar la limpieza. Lo hicieron en un silencio que Mar aprovechó para tratar de hacerse a la idea de lo que acababa de pasar. Sabía que no eran el tipo de cosas que debían dejar pasar, o esconder debajo del tapete. Había que conversar y dejar todo claro, comunicarse. Pero, por esa noche, decidió que podían saltarse esa parte.
Prefería disfrutar de la victoria que significaba que aquel incidente no hubiera terminado en un drama. Era algo que hacía mucho que había dejado de esperar de él.
Que le hubiera probado que estaba equivocada fue una sorpresa que recibió con los brazos abiertos.
—Merlín, vamos a tener que mudarnos a un departamento más grande —comentó Mar, mirando impresionada todos los regalos que habían apilado a un lado del salón—. ¿Dónde demonios vamos a meter todo esto?
—Bah, no seas exagerada —desestimó Sirius—. Pudo ser más. Para variar, la pelirroja nos cortó las alas.
—Por suerte alguien lo hizo —dijo Mar, girando los ojos—. Oye, sé que te dije que estas fiestas me parecían una tontería, porque eran los padres quienes disfrutaban, pero… pero ella se divirtió, ¿no? Al menos, a mí me lo pareció.
—¿Qué dices, Mar? Fue el mejor día de su vida —señaló él, sonriendo muy pagado de sí mismo—. ¿A quién le importa si también fue para nosotros? O para ti. Mereces celebrar que cargaste con esa mocosa ocho meses y sobreviviste.
—Ese es un excelente punto, gracias por recordármelo. —Mar rió y dio un paso hacia atrás, recostándose contra el escritorio tras ella—. No recibo suficiente crédito por esa hazaña.
—Disculpa, pero yo soy el primero en halagar tu embarazo —apuntó él, fingiendo estar ofendido.
—Solo porque tuviste buen sexo.
—Tuvimos buen sexo. Increíble, de hecho.
—¿Y no era así siempre? —preguntó ella, subiendo las cejas.
—Eso dicen —respondió él, esbozando una sonrisa peligrosa. Se acercó a ella y colocó las manos a ambos lados de su cuerpo—. A mí ya se me olvidó.
Mar aguantó la respiración al sentirlo tan cerca. Lo más cerca que habían estado en meses.
Se mordió el labio por encima de la sonrisa, tratando de recordar cómo mierda se coqueteaba. A la vez, hacía su mayor esfuerzo por callar la vocecita en su cabeza que le decía que no debía dejarse llevar, todavía no era el momento de ceder. Quizás no lo fuera, pero no podía importarle menos.
En otras circunstancias, tal vez se le habría hecho más fácil resistirse, pero después de todo lo que había pasado ese día…. no podían pedir mucho de ella.
—Nada que no te merecieras —murmuró, poniendo una mano en su pecho, sin atreverse a apartarlo—. Eres un imbécil.
—Gracias. —Sirius sonrió, como si acabara de recibir un cumplido. Luego subió las manos a sus caderas, haciendo erizar su piel—. Lo tendré en cuenta cuando planee tu fiesta de cumpleaños el próximo mes.
—Ah, espero que las sorpresas terminen con esta —advirtió Mar—. No tientes a tu suerte organizando cosas sin consultarme.
—No sé de qué te quejas, si esto salió genial. Pero no, no es eso lo que tengo planeado para ti —la tranquilizó, inclinándose lo suficiente para arrojarle el aliento en el rostro al hablar—. Tu regalo se apega más a tus gustos, como debe ser.
—¿Ah sí? —Mar levantó el rostro de forma deliberada, sonriendo casi contra sus labios—. ¿Me das una pista?
Sirius le devolvió la sonrisa antes de desaparecer la distancia. Y darle el beso que ambos habían anhelado por meses.
Mar suspiró y le rodeó el cuello con los brazos, sintiendo como su cuerpo entero reaccionaba ante el roce de sus labios, por fin reencontrándose con los suyos. Una parte de ella sintió que habían pasado siglos desde la última vez, pero la otra actuó como si no hubiera pasado ni un día. Como si besarlo fuera algo que nunca podría olvidar.
Y lo era.
Lo abrazó con fuerza, dejando que las cosas escalaran con la misma rapidez que siempre lo hacían entre ellos. Sirius gruñó y le mordisqueó el labio inferior, haciéndola temblar entre sus brazos. Mar jadeó cuando sintió sus manos sujetarle el trasero, apretándola antes de elevarla en el aire y sentarla sobre el escritorio. Se hizo un lugar entre sus piernas, inclinándose más hasta pegar todo el cuerpo contra el suyo. Sin dejar de besarlo, una y otra vez, Mar se echó más hacia atrás, llevándolo con ella hasta quedar casi tendidos sobre la superficie. Sirius se separó, respirando acelerado, y le dedicó una sonrisa antes de bajar el rostro para besar y mordisquear su cuello. Mar se dejó hacer, apretando las piernas alrededor de él y moviendo las caderas contra las suyas. Sonrió agitada, cuando lo escuchó soltar otro gruñido.
Mar gimió bajito cuando, sin dejar de moverse, Sirius volvió a encontrar sus labios. Se estremeció ante el contacto de sus manos, que habían empezado a recorrerla de arriba abajo. Le apretó los pechos con ganas, haciendo que sus pezones reaccionaran de forma instantánea. Había pasado tanto tiempo, y cada parte de sus cuerpos lo estaba reclamando.
Cada beso, cada roce, los hacía calentarse y perder la cabeza un poco más. A Mar no le importaba que hubieran dejado la puerta abierta, ni que Regulus o Kreacher pudieran encontrar en cualquier momento. Habían pasado seis malditos meses, y no estaban dispuestos a esperar ni siquiera para subir a la habitación.
Ya se había hecho a la idea de que iban a hacerlo en ese mismo lugar, y estaba a punto de avanzar hacia eso cuando, por desgracia, sus planes fueron arrojados a la basura. Otra vez, por la misma persona.
Si Ophi estaba esperando el peor momento para empezar a llorar, definitivamente lo encontró.
Congelaron sus acciones durante un segundo antes de gruñir, llenos de frustración.
—Maldición —murmuró Sirius, con la voz irreconocible. Pegó su frente de la suya y apretó los ojos con una expresión adolorida—. Esa mocosa en verdad me odia.
Mar soltó una risita, sintiéndose igual de fastidiada que él. Habían estado tan cerca.
—Cállate —le dijo, volviendo a besarlo.
—Encantado —respondió, sucumbiendo a sus labios durante un momento antes de separarse por completo—. Será mejor que subamos, ¿no crees? Quizás pasó algo, no debería despertarse a esta hora…
Ella resopló, irritada, sin poder creer que su repentina madurez le hubiera jugado sucio dos veces en el día. Pero, de nuevo, estaba muy encantada como para enfadarse de verdad.
—Como quieras —accedió ella, bajando del escritorio y lanzándole una falsa mirada de indignación—. Pero ahora tendrás que esperar hasta mi cumpleaños.
—No me jodas —soltó, riéndose con exasperación—. ¿Ahora me castigas por tratar de ser un padre decente?
—Si lo hubieras sido desde el principio, no haría falta —replicó Mar, moviendo las pestañas de forma encantadora, y tomándolo de la mano para llevarlo a la puerta.
—Ya, por eso la niña me odia: lo heredó de ti.
Mar se rió —con una sinceridad que le nació del fondo del estómago—, y lo guió hacia el cuarto sin ceder en su nueva decisión, aunque no fue tan firme a la hora de impedir que le siguiera robando besos en el camino al piso de arriba.
Ophi los recibió sin nada más grave que sus ganas de no tener que dormir sola. Y, a pesar de la frustración que todavía vibraba en su cuerpo, se dio cuenta de que esa era la forma perfecta de terminar el día.
Y no la habría cambiado por nada.
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¡Hola, mis amores!
Después de otra de mis pausas larguísimas, por fin saqué un momento para escribir este capítulo. Es de esos que tenía pensado desde hace muuucho tiempo, casi desde el inicio del fic, así que poder subirlo por fin es un gran alivio. Supongo que para ustedes también lo será, jeje.
Supongo que esto va a ser… polémico, en especial para todos los que tienen poca paciencia con el personaje de Hannah. Como siempre, les pido que traten de entender su circunstancias y sentimientos como persona individual, más allá de Harry y de lo que él puede o no sentir. Sin embargo, no puedo decirles cómo sentirles y en sus comentarios (siempre respetuosos) está lo divertido de esto, así que quiero leer tooooodas sus opiniones, sin importar cómo sean.
A pesar de lo polémico, espero que hayan disfrutado el capítulo. Ya nos acercamos al final, así que trataré de que mi próxima pausa no sea tan larga. También espero que se encuentren muy bien a pesar de todo lo que estamos viviendo en el mundo, ojala que este capítulo pueda servir como una distracción para quien no la esté pasando tan bien❤❤ Les envío mucha fuerza y un abrazo inmenso.
¡Gracias por leer y por esperarme! Cuídense mucho y nos leemos pronto, bye.
Harry - Viernes
